Las tierras en juego

•febrero 5, 2016 • 1 Comentario

Entre las novelas finalistas al premio Ignotus el año pasado se contaba “Las tierras en juego”, la que es la primera entrega de la planificada saga de los Relatos de Mirthad, y que es, si no me equivoco, la primera en alcanzar esta distinción partiendo de un proyecto de Crowdfunding. Supone también el debut de su autor, Arkaitz León Muela, que se presenta con una historia de fantasía épica muy, muy clásica en la forma, pero al mismo tiempo muy contemporánea en el trasfondo (no sólo por su clara conexión con la actualidad más candente, sino por sumarse a la tendencia de analizar nuestra realidad a través del filtro de la fantasía).

El libro nos presenta Mirthad, la Tierra Conocida, un mundo que ha estado en paz desde hace generaciones, tras la derrota en una gran guerra de un poder maligno. Desde entonces, elfos y humanos han vivido separados, medrando cada cual en sus propios reinos, con muy poco contacto entre las distintas razas. El protagonismo de la historia recae en Belthrank, hijo del rey de los elfos y un personaje singular en su cultura, pues al contrario que a sus congéneres, le gusta viajar y conocer otras realidades.

Precisamente esas otras realidades no están yendo muy bien. En las ciudades de los hombres se están produciendo cambios preocupantes, que bien podrían llevar a una guerra entre los principales reinos. Eso por lo que respecta a la alta política. A un nivel más cercano al pueblo llano las noticias también van cobrando un sesgo preocupante, pues de todos los rincones llegan noticias sobre los abusos de un grupo de Comerciantes, que a través de manejos turbios, quizás con la connivencia de parte de los gobernantes, se están haciendo con cantidades inusitadas de propiedades, arrebatándoselas a granjeros y artesanos.

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Todo esto es descubierto por Belthrank cuando es enviado por su padre en misión diplomática para detener la actividad de una fábrica que está contaminando un río, y pronto acaba reportando sus experiencias al rey, quien lo pone (de modo un tanto forzado) al mando de sus ejércitos y le encomienda la misión de averiguar quién anda detrás de todo ese embrollo. Para ello cuenta con la ayuda de tres compañeros: una espía, un mercenario y el propio príncipe heredero.

No revelaré mucho más de la trama, salvo para apuntar que estas pesquisas conducen, claro está, a desenmascarar una gran conspiración, que tiene su origen en fuerzas externas pero que busca sobre todo erosionar la estructura social desde dentro. El panorama que dibuja, pese a tratarse de un mundo secundario, nos resulta muy familiar: poderes económicos haciendo y deshaciendo a su antojo, enriqueciéndose a costa de la gente humilde, mientras cuentan con la protección de gobernantes corruptos.

Durante esta última década, la crítica social, que en el género fantástico tradicionalmente se ha servido de la ciencia ficción para hacer llegar su mensaje, se ha orientado más bien hacia la fantasía épica, en un proceso de reinvención que se ha visto claramente plasmado, por ejemplo, en la trilogía de La Primera Ley de Joe Abercrombie (quedando totalmente de manifiesto en “El último argumento de los reyes“). Arkaitz León ha sabido tomar unos arquetipos propios de la clásica lucha entre el bien y un mal nebuloso, primario, para concretizar esa idea general en una confrontación no sólo particular, sino que despierta una fácil e inmediata identificación por parte del lector contemporáneo.

Eso sí, esta innovación se queda en la faceta referencial, porque lo cierto es que a nivel estilístico “Las tierras en juego” no puede ser más tradicional. No es sólo que nos proponga unos elfos de manual, sino que casi todo tiene un regusto muy tolkiniano… pasado por el filtro de los juegos de rol. Desde la construcción del mundo (y la planificación de las ciudades y otros escenarios) al empleo de arquetipos simples (ladrón, guerrero, diplomático…) o incluso las reglas de la magia, todo evoca a los sistemas popularizados por ICE (Iron Crown Enterprises).

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Tal vez no sea tan evidente como a mí me lo parece, pero en mis tiempos jugué (y diseñé y dirigí) mis buenas campañas del Middle Earth, y no puedo dejar de percibir el andamiaje bajo la redacción.

El principal problema que le encuentro a la narración, sin embargo, gira en torno al personaje de Belthrank, tan por encima de todos los demás que los anula. Ya pueden ser compañeros, que no tienen nada que aportar que el elfo no haría mejor, o enemigos, que no están jamás a la altura. Tal superioridad resta mucha tensión a la historia. Incluso en los momentos de mayor dramatismo, cuando el destino de los reinos pende de un hilo, apenas deja un resquicio para dudar de la capacidad de Belthrank para solventar la papeleta.

Quizás sea precisamente el acusado contraste entre forma y fondo lo que acentúa estas sensaciones que describo. Ante la tremenda vigencia y actualidad de las sublecturas, se crean unas expectativas similares con respecto al continente, por lo que su acentuado clasicismo se hace aún más patente.

El libro en su conjunto, sin embargo, es prometedor,  y una vez limadas las asperezas y superada cierta rigidez argumental (algo que sólo puede proporcionar la experiencia), es de esperar que la serie profundice en las virtudes y siga ofreciendo una fantasía como la que hemos aprendido a esperar hoy en día, en la que los mundos imaginarios no constituyen tanto un escenario evasivo como un reflejo de aquél en el que nos ha tocado vivir.

Agradezco al autor la entrega de un ejemplar eletrónico de la novela para su reseña en Rescepto.

Otras opiniones:

A journey in other worlds

•enero 27, 2016 • 1 Comentario

La víctima más acaudalada del hundimiento del Titanic fue John Jacob Astor IV, con una fortuna personal de 85 millones de dólares (equivalente a unos 1.700 millones de hoy en día). Heredero de una fortuna familiar que se remontaba a su bisabuelo, tuvo toda su vida una fama de diletante, alimentada por unos intereses cambiantes que le llevaron a presentar varias patentes, invertir en hoteles (suya fue la parte “Astoria” del Waldorf-Astoria, perteneciendo la otra mitad de la propiedad a su primo), desarrollar una breve carrera militar como voluntario durante la Guerra Hispano-Estadounidense… y a publicar en 1894 una novela de ciencia ficción: “A journey in other worlds: A romance of the future”.

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En el límite mismo de la ciencia ficción moderna, la novela de Astor recoge varias de las tendencias propias de finales del siglo XIX, e incluso apunta a muchas de las características que exhibirá la ciencia ficción popular temprana, aunque eso sí, sin abandonar por completo el encorsamiento propio de la ficción decimonónica. Un problema añadido (o todo lo contrario) es la carencia de un enfoque claro y unívoco, con la historia alternando entre tres propósitos muy diferentes para cada una de sus partes.

En esencia, “A journey in other worlds” cuenta la historia de tres exploradores, Ayrault, Bearwarden y Cortlandt (encarnando todos ellos posiblemente aspectos idealizados del propio Astor), embarcados en el primer viaje interplanetario en el año 2000, propiciado por el descubrimiento de una nueva fuente de energía antigravitatoria, la apergía (inventada en 1880 por Percy Greg para “Across the Zodiac“). Su exploración les lleva primero a Júpiter y luego a Saturno (ambos planetas rocosos y habitables), viviendo en cada una de las etapas experiencias muy diferentes.

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Así pues, la primera parte del libro, tres un capítulo introductorio joviano, nos lleva a la Tierra, en las postrimerías del año 2000, durante la junta general de accionistas de la Compañía Para el Enderezamiento del Eje Terrestre, una megaempresa de ingeniería que busca eso mismo, reducir a cero el ángulo entre el plano ecuatorial del planeta y su plano orbital, eliminando así las diferencias estacionales (y promoviendo, según sus optimistas expectativas, una primavera eterna en todo el globo).

Dejando de lado el método (que no tiene ni pies ni cabeza), lo cierto es que supone una empresa digna de los más visionarios proyectos de astroingeniería, que el autor pasa a contextualizar a través de una charla que glosa las maravillas de ese año 2000, en la más pura tradición de la literatura utópica. Eso sí, al contrario que en los casos más famosos del subgénero (como “Looking backward“, de Edward Bellamy, 1887), no se trata de una utopía socialista, sino capitalista (imaginando, de hecho, una Europa empobrecida por la implantación del socialismo).

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Astor, además, aplica hasta sus últimas consecuencias el darwinismo social y abraza sin ambages la doctrina del Destino Manifiesto, expandiendo los Estados Unidos a toda América (por un proceso de adhesión voluntaria), con numerosas colonias en África y Asia, todo ello para mayor gloria de la “raza” anglosajona (en un siglo, el inglés es la lengua única, y los elementos “débiles” de la sociedad, es decir, negros e hispanos, se han extinguido por sí solos). Si a ello le añadimos una evolución social inexistente, queda circunscrita la especulación al terreno tecnológico, y ahí curiosamente sí que se muestra el autor bastante acertado en sus predicciones. No, normalmente, en el detalle fino de la tecnología, pero sí en las tendencias (llegando incluso a pronosticar las autopistas, e incluso un sistema de control de velocidad por fotografía).

Como suele ser habitual en el género, lo cierto es que estilísticamente esta sección es muy árida, quedando todo reducido a una enumeración de maravillas y avances, algunos más perspicaces que otros, pero dibujando un mundo no tan diferente del que acabó configurándose (su valor literario es limitado, pero como predicción a un siglo vista, es sin duda uno de los mejores ejemplos que he encontrado). El caso es que, puesto en marcha el proyecto, se impone hacer algo aún más aventurado, y ahí entra en juego  el descubrimiento de la apergía, que abre las puertas del Sistema Solar al hombre (entendiendo por tal a los estadounidenses).

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Se inicia entonces la segunda parte del libro, que detalla el viaje hacia Júpiter a bordo del Callisto, una astronave que en poco se diferencia de la Astronauta de Percy Greg. De camino realiza diversas observaciones (de un cometa, de Marte y de los asteroides del cinturón) y acaba llegando a Júpiter, un planeta en un estadio de evolución anterior al de la Tierra (sobre el carbonífero), habida cuenta de las teorías imperantes sobre planetología (fundamentada en la termodinámica de Lord Kelvin). La excesiva gravedad (de 2,5 g) se compensa a través de trajes apergéticos, aunque tampoco es algo a lo que dé mucha importancia.

La exploración de Júpiter se transforma en una aventura colonial (de hecho, la intención es precisamente buscar nuevos territorios habida cuenta de que en la Tierra ya no hay hacia dónde expansionarse), con una filosofía científica que se puede resumir en la máxima “dispara primero y estudia después”. Así, nos encontramos con algunas descripciones ingeniosas de fauna y flora, aunque la estrella de la función son los dinosaurios, muy de moda en la época gracias a los esfuerzos de los paleontólogos rivales Othniel Charles Marsh y Edward Drinker Cope (en una enconada rivalidad que pasó a la historia como la Guerra de los Huesos).

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Así, los expedicionarios encuentran estegosaurios, mastodontes, hormigas gigantes, una especie de medusas aéreas eléctricas, aves… todo ello entremezclado sin mucho orden, con el fin último de configurar una batida fantástica, capaz de colmar los sueños del más exigente de los cazadores.

Es de destacar en este (y el previo) bloque la necesidad de reajustar la valoración de las especulaciones de los protagonistas al conocimiento científico de la época. Rara vez aciertan, pero ello no es extraño dados los grandes avances que la física estaba a punto de experimentar. De igual modo, resulta chocante su descarado imperialismo… que ya era anacrónico en su año.

“A journey in other worlds” es la obra de un ricachón del siglo XIX, perteneciente a una de las familias que impulsaron la Edad Dorada de acelerado crecimiento económico y desarrollo industrial de los Estados Unidos… justo cuando esa etapa estaba quemando sus últimos cartuchos. Se oteaban cambios en el horizonte, y en ese contexto la novela puede entenderse como una negativa a aceptarlos, una prolongación forzada del statu quo.

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En marcado contraste con todo ello, la tercera parte de la novela relata el viaje del Callisto a Saturno, un planeta donde los exploradores encuentran… los espíritus de los justos (en especial el de un antiguo obispo episcopaliano), en una especie de Purgatorio que educa sus almas para una posible reencarnación o para proseguir su ascenso hacia Dios, quizás a través de las profundidades del cosmos. Allí, aunque no se abandonan por completo las aventuras cinegética (sobre todos con unos “dragones” insectoides), prima la exploración espiritual.

Sí, el espiritismo estaba de moda en aquella época, y no se consideraba algo opuesto a la ciencia. Lo curioso es que la perspectiva que asume el autor no es la del espiritismo anglosajón (spiritualism), sino la del espiritismo francés (spiritism), en particular por lo que se refiere a la ubicación de los mundos de los espíritus en otros planetas (algo en lo que quizás influyeran obras como “La pluralidad de los mundos habitados” y “Lumen“, de Camille Flammarion) y el proceso de purificación ética que debe seguir toda alma que aspire al Paraíso (estado ubicado el infierno en Cassandra, un desconocido noveno planeta del Sistema Solar).

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Esta sección, la más sugerente de todo el libro, incluye elementos propios de un romanticismo tardío, también de clara influencia europea (como la contemplación en una visión del propio entierro), y se convierte en un alegato a favor del arrepentimiento, la ética y la rectitud (lo que no deja de resultar irónico, habida cuenta de las opiniones expresadas en los dos primeros bloques del libro). También cobra aquí importancia el anhelo amoroso de Ayrault hacia su joven prometida, que ha quedado en la Tierra, y a la que visita por medio de un angustioso viaje extracorpóreo.

Gracias a su patrimonio, John Jacob Astor pudo hacerse con los servicios de Dan Beard, famoso por las ilustraciones de las obras de Mark Twain (y uno de los fundadores del movimiento Scout en los Estados Unidos), aunque dado que “A journey in other worlds” es su única novela es muy probable que la recepción de la misma no fuera tan entusiasta como habría deseado. El caso es que, pese a sus carencias literarias, no deja de representar un ejemplo notable tanto por lo que se refiere a la literatura utópica como entre los romances planetarios, aunque sus bruscos vaivenes hacen difícil conciliar sus distintas partes. En ella se avanzan muchos arquetipos que luego serían lugar común, y es más que probable que la space opera le deba mucho, habida cuenta de las importantes similitudes que presenta con uno de los título seminales del género: “The skylark of space”, de E. E. Doc Smith.

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La novela, que nunca ha sido traducica al español, se encuentra en dominio público, y puede descargarse a través del Proyecto Gutenberg.

Noveno círculo del blogueo

•enero 11, 2016 • 14 comentarios

Conseguido. Rescepto Indablog ha cruzado los Nueve Círculos del Blogueo y se encuentra ahora en la antesala del Purgatorio de las Bitácoras (hala, nueve giros/años más para llegar al Paraíso). En otras palabras: hoy se cumple el noveno aniversario del blog.

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Fue un 11 de enero de 2007 cuando arrancó este proyecto, sin una idea muy clara de hacia dónde iba, ni lo que pretendía, ni mucho menos de lo que iba a durar. Nueve años, que se dicen pronto; a través de épocas mejores y peores, con su buena medida de cambios y su cuota de alegrías y decepciones. Tal vez durante los doce meses pasados no haya hecho gala de la misma vitalidad que en algunos de los años anteriores, pero es algo normal. La edad no perdona, ni siquiera a los blogs.

Lo que se pierde por un lado, sin embargo, espero que lo vaya recuperando por otros, y quizás la novedad más importante del año haya sido la completitud de los índices (por título, autor y año de publicación). Sirven, por ejemplo, para constatar lo mucho que ha crecido todo esto. 584 críticas de libros de 327 autores distintos (sin incluir los participantes en antologías) publicados en nueve siglos diferentes (aunque en su mayor parte sean de los siglos XX y XXI); y aunque sea algo secundario, nueve años dan para mucho, así que también se cuentan 76 comentarios de películas. Son números para contemplar con satisfacción.

Al igual que las casi 550.000 visitas (548.342 en el momento de escribir estas líneas), 74.136 correspondientes a 2015 (un repunte del 2,5 % respecto al año pasado), para 203 visitas diarias de media (aún lejos de las 226 del pico de 2012, aunque confirmando la dinámica ascendente). De ellas, 41.625 procedían de España (56,14%), 6.137 de México (que recupera el primer puesto en las visitas foráneas), 5.415 de Argentina, 4.590 de EE.UU. (un descenso de casi el 50%, ¿provocado quizás por cambios en la indexación de la página?), 3.349 de Chile, 2.961 de Colombia, 1.663 de Perú, 1.604 de Ecuador, 1.091 de Venezuela y 669 de Uruguay para completar el top ten (números y posiciones muy similares a los del año pasado).

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En cuanto a los seguidores, los incrementos se han moderado un poco porcentualmente (no tanto en números absolutos), aunque es algo normal a medida que suben su número (especialmente si no se aprecia su impacto en las visitas totales). Así pues, los 163 seguidores de Facebook os habéis transformado en 217 (+54),  los 117 de Twitter en 152 (+35), las suscripciones a través de WordPress han subido de 83 a 104 (+21) y las de Feedburner, un servicio claramente obsoleto, han bajado de 20 a 16 (-4). En Google+, pese a que ni me aclaro ni le saco partido, han pasado de 13 a 17 (+4). En total, a través de un medio u otro (y sin contar las más que posible duplicidades) 506 seguidores (+109), un incremento anual del 27,5%. Muchas gracias.

En cuanto a los hitos previstos, al final el de las mil entradas se queda a tres de distancia, lo que significa que disfrutará en breve de su propia celebración individualizada (los que sí han caído, como ya se habrá podido ver, son los del medio millón de visitantes y los 500 seguidores, a sumar al millón largo de palabras alcanzado a principios de año).

El mayor reto para este 2016, por supuesto, será llegar en buenas condiciones al décimo aniversario, pero sólo eso no basta, sino que hay que marcar objetivos, y un buen propósito podría ser concluir lo que ha ido quedando pendiente a lo largo de estos años, para entrar en el segundo decenio de Rescepto lo más libres de cargas posible.

¿Os acordáis por ejemplo de la Cifilogenia? Ya han caído 56 de los 65 premio Hugo. Quedan pues 9 (entre ellos tres que exigen relectura y cuatro de los más recientes). No puedo prometer nada sobre los dos o tres últimos años, porque todo depende de la disponibilidad, pero el resto debería estar listo por estas fechas en 2017. Como bonus, también están reseñados en Rescepto 34 de los 59 ganadores del premio Nebula, así que por ahí también podría avanzar bastante el listado (por no hablar de los 70 u 80 finalistas a alguno de los dos premios que ya están incluidos, o los ganadores y finalistas de otros galardones como el Locus, el World Fantasy Award o el Ignotus). Cuando se complete la Cifilogenia (con la posible excepción de las ediciones más recientes), estrenaré un nuevo índice de reseñas centrado en los premios fantásticos.

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También, y esto es una espinita que tengo clavada, hay unos quince libros que se me entregaron para reseña y al final no cumplí. Quizás lleguen con un poco de retraso (lo que puede significar mucho en un panorama de gloria tan efímera como el nuestro), pero eso es algo que toca corregir sin falta (sobre todo en los casos en que los tengo leídos, a la espera de redacción de la reseña). Otra sección que toca completar es la del año pasado sobre Música de Cine, con al menos dos entradas adicionales.

Añadamos a todo esto algo especial por tratarse del décimo año de existencia de Rescepto Indablog: Cada 11 de mes, a modo de precalentamiento para el Gran Aniversario, intentaré ir publicando un repaso año a año de lo que ha sido Rescepto (empezando, por supuesto, por el ezine).

Así, a lo tonto, ya he comprometido casi cincuenta entradas del centenar más o menos que publico al año, y hay que tener en cuenta que el blog no puede contentarse con mirar hacia el pasado, sino que debe mantener su vocación de crecer y seguir reinventándose a sí mismo, así que me reservo esa mitad (al menos) como sorpresa, incluso ante mí mismo.

Nos vemos en 365 días (y nos vamos leyendo, espero, a lo largo de ese lapso).

Cumpleaños anteriores:

Caves of terror (The gray mahatma)

•enero 3, 2016 • Dejar un comentario

Entre los antecedentes directos de la literatura fantástica moderna, uno de los principales es la novela de aventuras exóticas, que vivió su mayor popularidad a finales del siglo XIX y principios del XX, de la mano de escritores como Rudyard Kipling, Henry Rider Haggard, el propio Jules Verne, Jack London o Emilio Salgari. En los EE.UU., después de Jack London, los dos principales autores de novela popular de aventuras fueron quizás Harold Lamb y Talbot Mundy, y ambos acabaron introduciendo en su obra elementos fantásticos.

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Lamb, por ejemplo, publicó en 1923 en la revista pulp Adventura “The three palladins”, una historia sobre la juventud de Gengis Kan en el reino fabuloso del Preste Juan, y en 1931 en la editorial Doubleday “Durandal”, perteneciente a su serie sobre los cruzados, con el caballero Sir Hugh de Taranto y su descubrimiento de la espada de Roldán mientras escapa de los musulmanes en Asia Menor. A lo largo de su carrera publicó un buen número de novelas históricas de aventura y numerosas biografías de grandes personajes.

El caso de Talbot Mundy es algo diferente, pues para empezar no nació en Norteamérica, sino en Inglaterra, en 1879, bajo el nombre de William Lancaster Gribbon. Tras abandonar los estudios en 1895 y entregarse a diversos trabajos poco especializados en Inglaterra y Alemania, acabó viajando a la India en 1899. A partir de ese punto su vida entra un poco en el terreno del mito autofabricado, pues con posterioridad embellecería la narración de sus vivencias con claro propósito promocional. Lo indiscutiblemente cierto es que viajó y trabajó varias veces en la India durante los siguientes años, hasta que en 1904 acabó trasladándose al África oriental, donde por cinco años desempeñó toca clase de trabajos (incluyendo el de cazador de elefantes). Por último, en 1909 acabó recalando en EE.UU., donde resultó herido en un intento de robo viéndose abocado a la pobreza por los gastos médicos y la imposibilidad de trabajar durante la convalecencia.

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Por suerte, al periodista que se encargó de cubrir su caso le fascinaron las historias que contaba de la India y África y le animó a hacer carrera en el circuito de revistas. En 1911 publicó su primer relato en The Scrap Book y en 1912 su primera artículo en la nueva revista pulp Adventure (con una orientación que se hace evidente por el título), que se convertiría en su principal mercado, aunque pronto empezó a vender también sus historias en el Reino Unido en diversas revistas.

En 1914 se serializó en Adventure “Runh Ho!”, la primera de sus 45 novelas y en 1917 aparecería la tercera y más famosa de todas, “King of the Khyber Rifles” (ambas con ambientación india). Entre ambas, solicitó y obtuvo la ciudadanía estadounidense (en parte, quizás, por evitar el reclutamiento por Inglaterra para la Primera Guerra Mundial). Más o menos por esas mismas fechas su tercera esposa (de cinco totales; las cuatro primeras acabaron divorciándose de él por sus clamorosas infidelidades) le introdujo en el cristianismo científico de Mary Baker Eddy (si queréis saber más al respecto de esta religión revelada americana, os remito a la entrada que dediqué a los fundamentos telógicos de “Mas allá de los sueños), estimulando un interés por el misticismo que acabaría conduciéndolo a la teosofía en 1922, interés además que se reflejaría claramente en su obra, donde fue introduciéndose el elemento fantástico, asociado en general a la religiosidad oriental.

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Al contrario que sus más famosos colegas Kipling y Haggard, su posicionamiento era claramente anticolonialista, destacando a menudo en sus historias la dignidad de los personajes nativos que se enfrentan al dominio británico (aunque sus protagonistas seguían siendo occidentales). De hecho, llegó a abogar por la independencia de la India.

Buena parte de lo que he comentado (y de lo muchos asombrosos detalles biográficos que me he visto obligado a omitir por no enrollarme en demasía) se refleja en la novela “The gray mahatma”, serializada en 1922 en Adventure y rebautizada como “Caves of terror” para su edición independiente posterior.

Como buena parte de las novelas de Talbot Mundy se inscribe en una gran superserie, la de Jimgrim (James Grim), que abarca algo más de una veintena de novelas y novelas cortas que tienen como protagonista o bien al héroe titular (un americano, que inicia la serie como oficial del servicio secreto británico en oriente próximo) o bien a algún personaje relacionado (sobre todo Jeff Ramsden, su compañero y biógrafo, un poco a lo John Watson para Sherlock Holmes, aunque Ramsden es descrito como un hombretón, fuerte y voluminoso como un buey). De hecho, “Caves of terror” es una de las novelas en las que no participa directamente Jimgrim, sino que a través de su agencia le encarga a Ramsden que asista en la India a otro de los héroes de Mundy, Athelsdan King, también ex oficial de los servicios secretos británicos (héroe a su vez de la anterior “King of the Khiber Rifles” e introducido desde esta novela en la órbita de Jimgrim).

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King pretende investigar rumores sobre un posible levantamiento en la india, y a tal efecto se hace acompañar por Ramsden a Benarés, donde un hombre, el mahatma gris del título, está pregonando el final del kali-yug (o kali yuga), un período de oscuridad para la cultura india, que está pronta a un renacer espiritual y a ocupar el lugar que le corresponde entre las potencias de la tierra. En el transcurso de sus pesquisas descubren la implicación de otro de los grandes personajes de Mundy, la princesa Yasmini (evidentemente inspirada en “Ella“, aunque como arquetipo de poder femenino, más que en los aspectos más sobrenaturales de la creación de Haggard), que pretende al parecer descubrir la ciencia secreta de la que el mahatma es guardian para emplearla en una revuelta violenta contra el dominio británico.

Solventadas a toda velocidad las presentaciones, la novela pronto dedica su primera mitad a una especie de iniciación mistérica de King y Ramsden, a través de las cavernas del título, situadas bajo un templo, donde el mahatma los somete a distintas pruebas (con la esperanza de que Ramsden fracase y muera) y les muestra, sin explicaciones, ejemplos de la extraña ciencia de la que alardea. Su objetivo es que King, en quien confía, se adhiera a su causa y se convierta en defensor de la independencia de la India en los Estados Unidos.

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A nivel filosófico, esta sección muestra también el convencimiento del autor de que por debajo de los trucos de feria de los faquires existe en oriente una auténtico secreto místico (al que bautiza como “ciencia”), digno de ser estudiado. Una idea que lo acompañará ya hasta su muerte, dieciocho años después. Quizás precisamente sea esa creencia la que roba impacto a un relato que pretende transmitir seriedad y veracidad, al tiempo que deja correr la imaginación con “demostraciones” de la antigua ciencia india. Quizás funcione como expresión de un anhelo, pero en cualquier caso se me antoja una sección demasiado larga y repetitiva.

La segunda mitad de la novela es más convencional, y quizás por ello más satisfactoria desde cierto punto de vista (aunque pierda el elemento que la hace única). King, Ramsden, el mahatma y la princesa Yasmini se enzarzan en una lucha de voluntades, inteligencia y audacia, cada cual con objetivos muy concretos en mente. Los pocos elementos de acción de la novela se encuentran en esta sección, aunque resultan más relevantes las fintas dialécticas y las presiones indirectas (a través de la plebe, por ejemplo, o ideando la manera de alertar a las autoridades británicas de lo que se está cociendo en aquel lugar).

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Curiosamente, aunque King debería ser el héroe, lo cierto es que se trata de un personaje bastanta plano, resultando mucho más interesantes tanto la cercanía de Ramsden como las sutilezas del mahatma (además de místico hindú, doctor en medicina por la universidad John Hopkins), que no duda sacrificar lo que sea, incluso su propia vida, para mayor gloria de la ciencia hindú y del fin de la kali yuga (según la tradición hindú, y de acuerdo con las cifras más comunmente aceptadas, actualmente nos encontraríamos en torno al año 5118 de la presente kali yuga).

A la postre, como suele ocurrir en estos casos, pocos elementos probatorios quedan a disposición de King y Ramsden (quien pese a los intereses de unos y otros consigue llegar más o menos de una pieza al final de la historia) para explicar lo acontecido a las autoridades (o a los lectores). Mundy sí que se reserva el detalle que permite convencerlos a ellos, y sólo a ellos, de la veracidad de todo lo acontecido (algo que tiene que ver con el destino del mahatma), pero en general se contenta con insinuar lo milagroso, dejando la puerta abierta a otras explicaciones más mundanas, pero sin cerrarla por completo a lo sobrenatural (o en este caso paracientífico); un recurso que se emplea aun hoy en día en ficciones de intencionalidad similar.

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En general, la obra de Talbot Mundy ha sido mencionada como referente directo por muchos de los grandes autores fantásticos, entre los que destacan Robert E. Howard, Edgar Hoffmann Price, Fritz Leiber o Robert A. Heinlein.

En los EE.UU. las obras de Talbot Mundy han entrado ya en dominio público, de modo que “Caves of terror”, junto con algunos otros de sus títulos, puede encontrarse en el Proyecto Gutenberg. Las ilustraciones en blanco y negro que acompañan esta entrada fueron obra de Virgil Finlay, un ilustrador pulp a tener muy en cuenta. Os invito a conocer más sobre él y sobre su obra en IMAGE(I)NARTE.

Ideas en torno al despertar de la fuerza

•diciembre 27, 2015 • 6 comentarios

Hace casi cuarenta años, en una galaxia muy, muy lejana, George Lucas reinventó para todos nosotros el mito del héroe y lo llevó a las estrellas. La trilogía original de Star Wars marcó un antes y un después en el cine (a muchísimos niveles), y dejó una huella igualmente profunda en todos aquellos que hemos crecido jugando primero con los muñecos y luego con las sucesivas iteraciones electrónicas, que nos han puesto en la piel de pilotos, stormtroopers, rebeldes, caballeros jedi y lores sith.

Desde la perspectiva de un aficionado a la ciencia ficción, las películas no pudieron llegar en mejor momento. Tras más de una década de experimentos literarios y exploración interior, se empezaban a añorar las aventuras de antaño; las grandes epopeyas estelares de E. E. Doc Smith o Edmond Hamilton, con naves de guerra del tamaño de planetas, héroes extraordinarios y amenazas apocalípticas… y por fin la tecnología, llevada al límite, podía empezar a plasmar todas esas visiones sobre una pantalla de cine. Ahí, en la confluencia entre necesidad y potencial, se obró el milagro, y la fuerza pasó a formar parte de nuestras vidas, con la promesa de acompañarnos para siempre.

Star_Wars_Logo

No voy a entrar ahora a analizar en detalle las posibles razones de su éxito, pero baste para comprobar su alcace que ni siquiera la sorprendente (por su uniformidad) concatenación de malas decisiones que jalonan la trilogía de precuelas (iniciada en 1999 con “La amenaza fantasma”) logró tiznar el recuerdo de las aventuras de Luke, Leia y Han. Todo lo más, lo acabamos considerando una oportunidad perdida, con unos personajes e ideas fácilmente descartables.

Entre eso y la recepción más bien fría de la cuarta película de Indiana Jones, pareció confirmarse que ya poco podíamos esperar, al menos por unos lutros, de la franquicia en su vertiente cinematográfica. Entonces pasó lo inconcebible: George Lucas dio un paso atrás y vendió el gigantesco legado de Lucasfilm a Disney por 4.000 millones. Sí, hubo alguna que otra broma a costa de Leia y las princesas Disney, pero la gestión de los activos de Pixar y Marvel otorgaba cuando menos el beneficio de la duda a una compañía que ha sabido reinventarse década a década desde hace más de ochenta años, para seguir siendo relevante en uno de los sectores económicos más cambiantes.

Star_Wars_El_despertar_de_la_Fuerza

Una de las primeras decisiones, y quizás la más significativa, fue entregar las riendas del proyecto de relanzamiento de la franquicia a J. J. Abrams, recién salido de la exitosa resurección de la otra gran (¿antitética?) saga galáctica, la de Star Trek. No fue una elección exenta de dudas. Aun devolviéndole la relevancia comercial, algunos fans de toda la vida no estuvieron para nada contentos con “Star Trek” (2009). Claro que la mayor parte de esos aficionados ya habían desertado en masa (con “Star Trek: Némesis”, el único auténtico fracaso comercial), así que se trataba más bien de ganar una nueva audiencia (y recuperar, de ser posible, a los desengañados) que justificara la gargantuesca inversión (150 millones de presupuesto, algo sólo equivalente, inflación mediante, a los 46 que costó cuatro décadas antes la original).

Pese a ello, restaba la duda de cómo funcionaría la transición entre dos filosofías tan diferentes (no entraré aquí en debates sobre hasta qué punto la reinvención trekie respeta  la filosofía de Roddenberry). En retrospectiva, no tendríamos que habernos preocupado. Abrams es un maestro de la emulación. Al fin y al cabo, “Super 8” es sin duda la película más spielbergiana no dirigida por el propio Spielberg.

Force_Awakens_Solo

Así pues, sin duda, “El despertar de la fuerza” tiene el sabor de la vieja y gloriosa trilogía de antaño, algo a lo que la maquinaria promocional de Disney (la más poderosa del universo) podía hincar el diente para diseñar una campaña modélica, que jugó con todos nosotros durante meses al juego de ahora te enseño una migaja, ahora lo oculto todo tras pudorosos velos, subiendo poco a poco el grado de excitación y transformando el evento en algo más que una película, prometiéndonos esa satisfacción que nos fue esquiva hace dieciséis años y cuya ausencia guardábamos enquistada, sin ser muy conscientes de ello.

El resultado ha sido histórico. Mientras escribo estas líneas, a unos nueve días de su estreno mundial, la recaudación global debe de haber superado los mil millones de dólares, con un segundo fin de semana en EE.UU. que se proyecta de 155 millones (lo que le hubiera bastado para entrar en el top ten de los mejores estrenos de la historia). Nadie duda de que le arrebatará a “Avatar” el título de película más taquillera de la historia en EE.UU., e incluso se habla (de forma un poco prematura, aunque no del todo descabellada) de que se convierta en el primer título que recaude 1.000 millones sólo en EE.UU. (de ser así, el récord global de “Avatar” podría estar también en juego, lo que tendría doble mérito pues el dólar está ahora muchísimo más fuerte que a finales del 2009, perjudicando notablemente el cambio de divisa).

Force_awakens

El caso es que he achacado el éxito a la avalancha publicitaria, pero eso no es del todo justo con el producto. Incluso una chapuza a nivel narrativo como “La amenaza fantasma” rompió récords en 1999 (tan sólo “Titanic” se interpuso en su camino por alcanzar la gloria recaudatoria suprema). Tal es la fuerza de… en fin, de la Fuerza.

Lucas sabía lo que se hacía cuando para la escritura del primer/cuarto episodio (de una serie que ya planeaba como de tres trilogías) se puso a estudiar, entre otros referentes, mitología comparada, sobre todo a través de “El héroe de las mil caras”, de Joseph Campbell (y otras obras posteriores del mismo mitólogo). Su objetivo confeso era aplicar la estructura arquetípica a la sociedad moderna y a sus  nuevos cuentos de hadas, que identificó con la ciencia ficción, para reformular el monomito en una iteración que resonara en nuestra sociedad y mirara hacia nuestro futuro y no hacia nuestro pasado.

Nada menos que ése es el reto al que se enfrenta cualquier secuela (o precuela) de “La guerra de las galaxias”: estar a la altura del mito; y es un desafío que podría llegar a ser paralizante en su complejidad (quizás haya sido la consciencia de no haber estado a la altura en los episodios I a III y esa sensación paralizante lo que finalmente ha convencido a Lucas de pasar la antorcha). El reto se complica, además, cuando tenemos en cuenta los cambios de paradigma. Un mito moderno debe ajustarse a su época. La idea misma de reelaborarlo se fundamenta en la (limitada) obsolescencia de las proyecciones antiguas.

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Aquel mismo 1999, de hecho, nos presentó en la piel de Neo otro candidato mucho más cualificado a nuevo rostro del héroe prototípico que el fallido Anakin Skywalker. Sabemos cómo terminó aquello. El fundamento filosófico de la trilogía de “Matrix” se sotenía en pilares huecos y la estética acabó asfixiando a la sustancia. El que el intento fracasara no implica, sin embargo, que estuviera mal dirigido, o que no fuera un buen candidato al trono de Skywalker (Luke), tan sólo previene de que construir un mito no es tan sencillo como seguir una receta y saber captar por dónde soplan los vientos.

(Tampoco ayudó que fuera más o menos por entonces cuando el mito moderno anterior incluso al de Lucas, e importante fuente de inspiración para la saga galáctica, “El señor de los anillos” de J.R.R. Tolkien, encontrara por fin un camino exitoso hacia el cine. Frodo no era un héroe exactamente contemporáneo, pues sus cimientos culturales se asientan en la primera mitad del siglo XX, pero un mito es un mito, y si hoy en día nos seguimos emocionando con la lectura de la Odisea no hay razón para no sentirnos identificados con la desesperanzada misión de un pequeño hobbit enfrentado al poder sin límites del Señor Oscuro).

Quizás todo ello haya pesado en la decisión de Abrams de andarse con pies de plomo y procurar, ante todo, no fastidiarla de buenas a primeras.

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“El despertar de la fuerza” (y aquí empiezo por fin con algo parecido a un crítica; por si os lo queréis saltar hasta haber visto la película) es a efectos prácticos un remake del episodio IV (rebautizado como “Una nueva esperanza”), con cuarto y mitad de elementos del V (“El imperio contraataca) e incluso algo del VI (“El retorno del jedi”). En eso se van quizás dos tercios de la película. El resto sirve de presentación a los nuevos héroes o villanos generacionales (Rey, Finn y Kylo Ren) y de reencuentro nostálgico con los antiguos (Han Solo, Leia, Chewbacca…), mientras se corrigen un par de errorcillos percibidos en la trilogía original (fruto más bien de la evolución social en treinta y ocho años) y sí, tambien se cometen algunos nuevos.

Expresado en otras palabras: “El despertar de la fuerza” intenta replicar el molde mítico de “Una nueva esperanza”, actualizando un par de detalles para mantenerlo culturalmente relevante.

La actualización más obvia la encontramos en el papel protagonista de Rey, que rompe con el arquetipo de damisela en apuros que (injustamente) se le ha endosado a Leia. Rey es una mujer moderna que no necesita a ningún héroe que la salve, porque ya se basta ella sola para salvarse y para ser la heroína de la historia; algo que queda muy claro en su primer encuentro con Finn… y que a la postre te machacan con tanta insistencia que cruza por momentos la frontera de la autoparodia (un error por sobrecompensación). El otro gran nuevo protagonista de la trilogía es Finn, un stormtrooper desertor que lograr el doble objetivo de humanizar a los secuaces (pseudo)imperiales (al tiempo que se hace con un sustrato muy sugerente para explorar su evolución futura) y corregir la cuota racial (los únicos personajes humanos relevantes no caucásicos de las anteriores trilogías fueron los secundarios Lando Calrissian y Mace Windu). Por desgracia, no parece que los guionistas le hayan dedicado mucho trabajo aparte de pintar a brochazos las características más obvias. Finn carece de consistencia interna, lo que abre la puerta a la especulación sobre qué es lo que realmente aporta (y esa misma indefinición le priva del carisma que sí exuda su compañera, aunque cualquiera que haya visto “Attack the block” sabe que el chico tiene carisma para regalar).

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El tercero en discordia es el piloto Poe Dameron, que sufre de una indefinición aún mayor. Eso por no hablar de lo poco impactante que resulta el malo de turno, Kylo Ren, apenas una sombra desvaída de Darth Vader (hay que reconocerle que tenía el papelón más ingrato, pues los otros tres son remezclas de los héroes originales, pero a él le ha tocado calcar a uno de los mejores villanos de la historia del cine). Por cierto, Rey posee su propio tema bien desarrollado en la banda sonora (un gran tema, a la altura de los mejores de la saga), mientras que Poe Dameron y Kylo Ren deben contentarse con pequeños motivos recurrentes y Finn ni eso (su participación suele ventilarse con música genérica de acción). No es casualidad. Esperemos que en posteriores entregas pueda repartirse un poco mejor el foco de atención.

No voy a comentar gran cosa sobre la trama, que no es desde luego el fuerte de la película. Por momentos da la impresión de que las autorreferencias van a terminar por hundirla, pero sale relativamente airosa, gracias al equilibro entre la recuperación nostálgica (fundamentada principalmente en Solo y Chewie) y la renovación (Rey). No era un equilibrio fácil de lograr y resultaba crucial para el éxito de la empresa, pues necesitaba tanto recuperar a los fans antiguos, mostrándonos que aún somos importantes, como no alienar a los nuevos a base de montañas de referencias crípticas.

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Personalmente, eso sí, encuentro preocupantes ciertas tendencias, como la sustitución del trabajo y el entrenamiento duro por pura habilidad innata. Prefiero los héroes que se hacen a los que nacen, y ahí veo, quizá, un menosprecio a la cultura del esfuerzo. En la misma línea, resulta ridículo el acortamiento de los viajes espaciales hiperlumínicos hasta convertirlos en prácticamente instantáneos (con la consiguiente sensación de que esa galaxia tan, tan lejana, consiste en realidad en un corralito de dos o tres sistemas esteleras vecinos) o algún que otro deus ex machina (literalmente, en el caso de la revelación final de R2). No sé estas características vienen impuestas por exigencias del ritmo o si, como me temo, reflejan algo importante acerca de la sociedad contemporánea.

Sea como sea, diría que la fórmula sigue funcionando. Por ahora, Abrams y compañía han tenido más aciertos que errores. A costa, eso sí, de no arriesgar lo más mínimo (curiosamente, la misma estrategia que ha seguido con parecido éxito la otra gran secuela/remake del año, “Jurassic World“). En futuras entregas, sin embargo, les va a tocar buscar soltarse de la mano de papá y buscar su propio camino, y ahí es donde veremos si Rey y Finn están hechos de la materia prima con que se construyen los mitos o si son un simple eco de héroes auténticos.

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Como petición adicional, agradecería también que los guionistas actualizaran su marco referencial. Si “La guerra de las galaxias” original cooptaba elementos literarios con cuarenta y pico años de antigüedad (véase “Triplanetaria“), no estaría de más que esta nueva entrega echara un vistazo, cuando menos, a la space opera de los años setenta (pedir más en un producto popular comprendo que es contraproducente), porque parece más bien que haya retrocedido en ese aspecto en vez de avanzar (Starkiller, no digo más).

En definitiva, mantengo el veredicto en suspenso hasta comprobar cómo se desarrolla todo. Replicar el pasado no es un logro menor, pero quiero más. Fuera muletas. La galaxia se ha redimido. Ahora toca conectar el hiperimpulso y alcanzar estrellas nuevas.

Otras películas de J. J. Abrams analizadas en Rescepto:

Inversión primaria

•diciembre 22, 2015 • Dejar un comentario

Como ya comenté en la Cifilogenia, los años 90 supusieron una época de hibridación en la ciencia ficción. Tras recuperar en la década anterior el gusto por la space opera, muchos escritores se lanzaron a experimentar, añadiéndole elementos de otros géneros y siguiendo los pasos de los pioneros. En los EE.UU. la autora que marcó tendencia fue Lois McMaster Bujold, con su serie de Miles Vorkosigan (iniciada en 1986), y justo en esa línea debutó en 1995 Catherine Asaro con “Inversión primaria” (“Primary inversion”), el primer volumen de su saga del Imperio Eskoliano.

La protagonista de la historia es la primaria (un rango equivalente a almirante) Sausconia Valdoria (más conocida por familiares y amigos como Soz), jagernauta y heredera de la corona imperial, en manos de su medio hermano Kurj. Como parte de la familia reinante es también una poderosa émpata rhon, en una sociedad en la que los telépatas no son extraordinariamente raros (aunque sí los más poderosos). Desde hace siglos Eskolia se encuentra en guerra más o menos fría con los mercaderes eubianos, un beligerante imperio dominado por la casta de los aristos (que son justo lo opuesto a los rhon, al disfrutar con la percepción del dolor ajeno). La tercera potencia en discordia, neutral ante ambos, son los Aliados, una comunidad organizada bajo el liderazgo de la Tierra.

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La novela se articula en tres secciones bien diferenciadas, que a su vez oscilan entre las distintas influencias de la serie. Así pues, empezamos con cierto tono militarista, al presentársenos el escuadrón de cuatro jagernautas de Soz de permiso en el planeta neutral de Delos. Tras un encontronazo con Jaibriol Cox, joven y misterioso heredero del imperio Mercader, el escuadrón al completo debe partir apresudaramente en auxilio de un planeta rebelde que está a punto de ser cruelmente castigado por los aristos.

Por ahí empieza a insinuarse la faceta romántica (claramente inspirada en el amor prohibido de Romeo y Julieta), pero sobre todo se desarrolla una batalla espacial trepidante, en la que Catherine Asaro da rienda suelta a sus conocimientos científicos (es fisicoquímica, una disciplina dura, dura) para introducir un atractivo (para los que nos van estas cosas) componente hard en la historia (aunque tan poco explicado que corre el peligro de verse confundido con mera palabrería). De hecho, el viaje superlumínico se logra mediante inversión, un procedimiento posibilitado por la adición de un componente imaginario al vector de velocidad (por muy esotérico que suene, es algo matemáticamente factible).

El caso es que justo cuando podríamos empezar a explorar todos esos conceptos, la novela cambia de tercio y manda a Soz a Foreshires, planeta donde se ubica la academia militar y donde se espera que la primaria se recupere del ajetreo de las últimas misiones. La trama romántica sigue su ñoño curso (no entraré en excesivos detalles al respecto, aunque por ahora no tiene nada que ver con Jaibriol), pero en contrapartida se nos abre la que quizás sea la faceta más interesante desde un punto de vista literario, con el padecimiento por parte de Soz de lo que sólo puede diagnosticarse como estrés postraumático (relacionado también con ciertos acontecimientos desagradables, por decirlo suavemente, en su trato con los aristos casi una década antes).

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Claro que justo cuando estamos en lo mejor de la terapia con el mecánico (psicólogo) Tager, la historia vuelve a dar un bandazo y nos traslada a Diesha, la capital del imperio Eskoliano, y nos mete de lleno en los tejemanejes políticos de Kurj, complicados por la captura de Jaibriol Cox, que devuelve al primer plano la tensión romántica (un poco irreal) entre los dos herederos. No contenta con ello, Asaro se suma tardíamente a la moda ciberpunk, aunque dado que su red tiene una naturaleza telepática más que cibernética, lo que nos encontramos sería más bien con un psiberpunk… indistinguible a efectos prácticos de su modelo (sólo que en vez de hackers lo que tenemos son telépatas… rhon a ser posible).

Como se puede apreciar, por variedad no será. “Inversión primaria” va saltando de subgénero en subgénero con un espíritu realmente hibridante. El problema es que nos deja con la miel en los labios con casi todos. De hecho, la única perspectiva que realmente sobrevive durante todo el libro es la romántica… lo cual es decepcionante.

Y no porque no se pueda escribir buena space opera romántica. Lois McMaster Bujold ya había publicado en 1986 “Fragmentos de honor”, una extraordinaria space opera que además seguía a rajatabla las convenciones de la novela romántica (aunque el éxito mayor de “Aprendiz de guerrero” hizo que la serie de los Vorkosigan acabara decantándose más, al menos durante esa primera etapa, por la faceta militar y aventurera). El problema de “Inversión primaria” es que su romance es anodino. No sé hasta qué punto alguien más cercano a las sensibilidades del público objetivo de ese tipo de ficción podría tener una percepción diferente, pero lo que es a mí se me antoja un cúmulo de lugares comunes y desarrollos previsiblemente aburridos.

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Lo peor, sin embargo, es que un personaje fuerte y complejo como Sausconia parece transformarse en una adolescente atontada cada vez que le toca “pensar” con las gónadas. Reacciones de pura vergüenza ajena, incoherentes en una mujer experimentada, criada básicamente para el gobierno y la guerra durante cuarenta y ocho años (los rhon son de vida más larga de lo normal, así que aún tiene un aspecto joven) y, por si fuera poco, una de las telépatas más poderosas de la galaxia. Como demostró claramente Lois McMaster Bujold con Cordelia Naismith (y más tarde con Ekaterín Vorsoisson), el enamoramiento no tiene el porqué estar asociado a una merma de inteligencia (aunque los errores de juicio supongo que son inevitables… o no habría novelas románticas).

Al fallar pues la columna vertebral de la historia (rematada con un final decepcionante como pocos), la novela en su conjunto sufre mucho, manchando el buen recuerdo de sus mejores momentos (a los ya mencionados podría añadir, por ejemplo, la inmersión en el psiberespacio de Soz).

El caso es que la acogida fue buena, lo que le permitió a Catherine Asaro seguir explorando ese mismo escenario (expandido a varios personajes y yendo adelante y atrás en el tiempo) en más de una docena de libros hasta el momento, de entre los que destaca “Rosa cuántica”, ganadora del premio Nebula en 2001 (y la única otra traducida al español).

Otras opiniones:

Los tres reyes

•diciembre 18, 2015 • Dejar un comentario

Dissident Tales inaugura su nueva línea infantil/juvenil con “Los tres reyes”, un cuento de Roberto Malo, Jesús Mesa y Daniel Tejero, ilustrado, como viene siendo señal de identidad en los proyectos de esta joven editorial, por Teresa del Río.

Es complicado abordar este tipo de reseñas, porque se corre el peligro de acabar escribiendo más palabras de las que constituyen cuerpo del libro (bueno, quizás esté exagerando un poco, pero sólo un poco). En realidad, lo que de verdad dificulta la tarea es que lo importante no suele ser lo que cuentan, sino cómo lo cuentan, y sintetizando la historia para poder contar de qué va, pierde invariablemente buena parte de su gracia.

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Me arriesgaré, sin embargo, a aportar unas breves pinceladas, que bosquejen esta propuesta, que en contra de lo que podría pensarse no versa sobre los famosos tres reyes de oriente, sino como indica la contraportada de un rey anciano, un rey malvado y un rey dragón. Bueno, pensándolo mejor sí que podría tener que ver con sus mágicas majestades, porque en el fondo el libro trata sobre la felicidad. Sobre la felicidad que buscan los hijos, y sobre la felicidad que anhelan proporcionarles sus padres… y enlazando con los tiempos que nos están tocando vivir, sobre los obstáculos que por desgracia a veces nos pone la vida (y quien dice la vida, dice el malvado rey del norte, y quien dice el malvado rey del norte…) en nuestro camino.

El primer ingrediente de la fórmula de la felicidad que nos ofrecen los autores es el humor, algo que no sorprenderá a quien haya seguido la trayectoria literaria y como animador de Roberto Malo o a quien conozca la labor teatral de Jesús Mesa y Daniel Tejero, Los Hermanos Carcoma. En mi caso, es la obra de Roberto la que conozco bien, tras muchos años de estar leyéndole (y criticándole en el blog), así que espero que se me perdone por centrarme un poco más en la comparación con sus títulos infantiles anteriores, asociado sobre todo con Francisco Javier Mateos. Porque existe una diferencia apreciable con todos ellos. Mientras que cuentos como “Tanga y el gran Leopardo” o “El prícipe que cruzó allende los mares” son ideales para ser declamados, “Los tres reyes” parece exigir una representación (y, de hecho, también cuenta con su versión escenificada), y no una cualquiera, sino específicamente una a tres voces, pues son casi siempre tres los personajes que se enzarzan en diálogos (¿triálogos?) repletos de ingenio y, claro está, ciertas dosis de irreverencia (con sana intención humorística).

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Por esa peculiaridad, quizás no sea pues un cuento tan optimizado para serle leído a un niño, como para que sea el propio niño el que lo disfrute… y para que poco a poco, con el paso del tiempo y lectura tras lectura, vaya asimilando todos sus matices (que no son pocos, como se comprenderá a poco que esboce la historia).

Resulta que al rey Bastián lo quieren desahuciar de su castillo, algo que le afecta enormemente, sobre todo por su hija, la princesa Margarita (que aunque le haya salido pesada, caprichosa, respondonda y maleducada, sigue siendo su hija). Paseando preocupado por los bosques, tropieza con el duende Martín, que le aconseja que obtenga el valioso tesoro que custioda el rey dragón Chordón en una cueva mágica (adonde lo guiará su sobrino, el duende Apolino).

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De las aventuras y desventuras del rey Bastián y del duende Apolino en la cueva de marras no contaré nada. Tan sólo apuntaré que si estáis pensando en algún tópico… seguid pensando en él, así os sorprenderá aún más cuando “Los tres reyes” tome un camino totalmente inesperado.

No comentaré nada de las ilustraciones de Teresa del Río porque mi sensibilidad artística es equivalente a la de una plantilla usada, pero podéis juzgar por vosotros mismos su colorido (y divertido) estilo en las imágenes que acompañan esta entrada.

Otras obras de Roberto Malo reseñadas en Rescepto:

 
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