The phoenix and the mirror

•abril 23, 2019 • 1 comentario

Entre las lagunas que por vicisitudes editoriales encontramos en la traducción de títulos significativos del fantástico, una de las más clamorosas es la ausencia de cualquier tomo propio de Avram Davidson. Sí, es un autor frecuentemente antologizado (hasta tres decenas de cuentos), pero esa misma circunstancia debería alertar acerca de la importancia que alcanzó, que le valió por ejemplo en 1986 el World Fantasy Award a la trayectoria de toda una vida.

El caso es que, a poco que se explore un poco, no deja de emerger su nombre como fuente de inspiración para multitud de autores, lo que hacía imperativo dedicarle al menos una lectura. Su carrera, iniciada en los años cincuenta, fue bastante ecléctica, distribuyéndose entre la ciencia ficción, la fantasía, el policíaco y el ensayo histórico. Su período más productivo, al menos por lo que se refiere a novelas, fueron los años sesenta, aunque quizás por apartarse bastante de las modas su influencia no acabó de plasmarse en el palmarés de los grandes premios.

Su obra más famosa se inscribe en el género de fantasía, y consiste en la trilogía de Vergil (Virgilio) Magus, una serie de fantasía pseudohistórica, inspirada en las leyendas medievales sobre la historia y mitología clásicas, consistente entre novelas, publicadas con un amplio lapso de separación entre ellas. La primera en aparecer fue “The phoenix and the mirror”, publicada en 1969, y hubo que esperar hasta 1987 para que llegara la siguiente, en realidad una precuela, “Vergil in Averno”, que le supuso su segunda nominación al premio Nebula de novela. Por último, ya de forma póstuma, su ex mujer (y al parecer albacea literaria) sacó en 2005 en una edición muy limitada “The scarlet fig; or slowly through a land of stone” (completada en 1989, pero probablemente no a satisfacción del autor, lo que explica que no la publicara en los cuatro años siguientes hasta su muerte).

El mundo de Vergil Magus es el de la antigüedad clásica (siglos I o II a.C.), aunque visto desde la distancia temporal, a través del filtro del mito y la cosmovisión medievales que, por ejemplo, transformaron al poeta Virgilio en una figura misteriosa, a medio camino entre un alquimista y un hechicero. De este folclore surgido del conocimiento medio olvidado y el sincretismo, Avram Davidson sacó la materia prima para construir un pasado que nunca existió, en el que conviven en perfecta anacronía pueblos de distintos períodos junto con criaturas fantásticas, tradiciones mistéricas y esotéricas y simple superstición medieval. En cierto modo, es parecido a esos escenarios pseudohistóricos que nos ofrece el cine y la televisión, aunque en vez del enfoque pop simplificador, Avram Davidson hace gala de una profunda erudición y de una extraordinaria habilidad para sintetizar las esencias y fusionarlas en un todo uniforme.

La novela arranca con Vergil obligado por muy adversas circunstancias a manufacturar un speculum major, un espejo virgen, capaz de mostrar al primero que pose sus ojos en él aquello que su corazón más desea. Para ello, sin embargo, ha de haberse construido a partir de los materiales más puros y con los últimos pasos ejecutados en la más completa oscuridad, porque cualquier mirada ociosa podría mancillarlo. Se trata de una empresa harto dificultosa, conseguida solo un par de veces en la historia, y pronto comprendemos por qué, pues ya solo conseguir los metales vírgenes para fundir el bronce constituye toda una odisea.

Buena parte de la novela se centra en los esfuerzos de Vergil por hacerse con muestras puras de estaño y cobre, superando obstáculos geográficos, burocráticos e incluso mágicos, aunque de una forma muy directa, avanzando de problema en problema por el camino más recto. No es en los vericuetos de la trama donde Davidson pone el énfasis, sino en la propia narración, con un estilo ampuloso, a veces hasta oscuro por la profusión de subordinadas (algo que el idioma inglés no está diseñado para gestionar con la misma prodigalidad que el español). No es cuestión solo de la gramática, también el léxico está al servicio de la ambientación, de modo que el texto requiere de una atención constante para aprehender por completo su significado… o no. Al fin y al cabo, lo que busca (y consigue) es evocar una mágica atmósfera de misterio atemporal.

Así, empezando por las calles de una Nápoles emparentada con Lankhmar, Tarantia o cualquier otra de las grandes ciudades de la espada y brujería (Davidson fue miembro de SAGA), Vergil nos lleva por un mar Mediterráneo controlado por los temibles hunos del mar a Chipre, y de allí de vuelta a su taller y al ejercicio de su arte, para desembocar en un último periplo por los siempre evocativos desiertos de África.

Hay un pequeño misterio que resolver, y aunque el autor proporciona una solución, no se puede decir que resulte deslumbrante (o siquiera sorprendente), e incluso recurre hacia el final a un truco bastante burdo, sacando de la manga de Vergil una habilidad apenas insinuada hasta el momento. No importa, porque es una de esas narraciones en las que la recompensa está en el trayecto y no en el destino.

“The phoenix and the mirror” constituye la demostración fehaciente de que otros tipos de fantasía son posibles. Resulta imposible clasificarla con comodidad bajo ninguna de las etiquetas que se han ido creando para estructurar el género. No es desde luego fantasía épica, ni espada y brujería (pues carece casi por completo de espadas y su brujería es demasiado científica), tampoco encaja en el molde de la fantasía histórica y se aleja de los referentes tradicionales de la feérica. Constituye pues una creación personal, que toma prestada la fascinación de una perspectiva medieval para asombrarnos hoy, en una época más reacia a la maravilla. Creo que cumple su objetivo por completo.

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Condicionalmente humano

•abril 17, 2019 • 1 comentario

La carrera literaria de Walter M. Miller Jr. fue muy, muy breve. En siete años, entre 1951 y 1957, publicó unas tres docenas de relatos y novelas cortas de ciencia ficción, y a partir de ahí solo compilaciones y en algún caso específico alguna reescritura (como con las tres novelas cortas que compusieron “Cántico por Leibowitz” en 1959), hasta la aparición póstuma de la secuela de su gran éxito, “San Leibowitz y la mujer caballo salvaje”, que completó Terry Bison en 1997.

Esta fugacidad quizás explique la falta relativa falta de reconocimiento que se le tiene, pues aunque “Cántico por Leibowitz” está universalmente considerada una de las mejores novelas ganadoras del premio Hugo (y su secuela una de las mayores decepciones del género), apenas se le presta atención al resto de su producción, y las novelas cortas recopiladas en el volumen “Condicionalmente humano” (“Conditionally human”, 1962), prueban que esto es un error.

Son tres los textos que integran la antología, el que le da título, publicado originalmente en el número de febrero de 1952 de la revista Galaxy; “El darfsteller”, aparecido en Astounding en enero de 1955 y merecedor del primer premio Hugo a mejor cuento largo; y “Bendición oscura” (“Dark benediction”), de septiembre de 1951, en Fantastic Adventures. Todos ellos presentan un estilo muy cuidado y literario, propio de los autores que comenzaron su carrera en la década de los cincuenta, pero además desbordan de ideas que trascienden el momento de su escritura y permiten soslayar la lógica obsolescencia tecnológica de que hacen gala, pues apuntan a conceptos y dilemas atemporales.

“Condicionalmente humano”, por ejemplo, nos lleva a un mundo superpoblado, en el que se ha instaurado un férreo control poblacional, con licencias de reproducción concedidas bajo estrictos criterios eugenésicos. Ante esta circunstancia, y para satisfacer de algún modo el instinto maternal de las mujeres rechazadas, se ha desarrollado la tecnología de los neutroides, animales modelados a nivel embrionario para adoptar la apariencia de niños asexuados, que nunca pasan del estado de desarollo y la inteligencia de un auténtico niño de dos o tres años (aunque les dejan una cola, para no llevar la mímesis demasiado lejos). El protagonista es un encargado regional de la gestión de los neutroides, que debe enfrentarse a una doble crisis. Por un lado está la desaprobación que siente su esposa (con la que acaba de casarse), ante un trabajo que considera inhumano, pero además su supervisor la avisa de que debe retirar toda una serie de neutroides ante la posibilidad de que uno o más de ellos hayan sido manipulados en la línea de producción y puedan incluso alcanzar la madurez sexual.

Con estos mimbres, Miller construye un relato que si bien no puede sustraerse a la estereotipificación de roles sexuales propia de la época, ahonda en el dilema ético de qué es un ser humano y examina los mecanismos opuestos de empatía y deshumanización, con claras evocaciones de los crímenes nazis (Miller era veterano de la Segunda Guerra Mundial, y fue una experiencia que le marcó toda su vida). El trauma bélico y la pérdida de confianza en la humanidad es un tema recurrente en la ficción de la época, que podemos encontrar en obras como “Más que humano” de Theodore Sturgeon, “El fin de la infancia” de Arthur C. Clarke o “Ciudad” de Clifford D. Simak, pero “Condicionalmente humano” es la única que no fuerza el desenlace, sino que impone sobre sus protagonistas un juicio ético.

Por su parte, “El darfsteller” (también traducido en otras compilaciones como “El actor”) es una historia fascinante y adelantada a su tiempo, que trata sobre la obsolescencia de los trabajos tradicionales ante el imparable avance de la tecnología. Se centra en las vivencias de un antiguo actor, resentido por la implantación del autodrama, funciones robóticas, controladas por un cerebro electrónico, el Maestro, que han apartado a los intérpretes humanos del teatro. Paradójicamente, aunque la industria del entretenimiento se haya desarrollado por cauces totalmente diferente y la tecnología descrita se antoje a medias obsoleta y a medias inverosímil, la situación en sí podría ser más actual que nunca, con la revolución robótica asomando por el horizonte con su amenaza de destruir una más que generosa proporción de los empleos tradicionales.

“El darfsteller” (algo así como “actor libre” o “actor de improvisación”) es una magnífica muestra de la capacidad de la ciencia ficción con sustrato de sobrevivir al paradigma tecnológico en el que se concibió, así como un gran acierto de aquellos principiantes votantes del Hugo (que, todo sea dicho, no estuvieron tan finos en las otras categorías literarias).

Por último, “Bendición oscura” ha sido toda una sorpresa, porque lo último que esperaba encontrarme en una historia de 1951 es una narración de zombis (en su variante de “infectados”). La novela corta arranca en un escenario postapocalíptico, con un superviviente a una terible plaga, la neurodermia, intentando regresar a Houston. Lo que encuentra allí, sin embargo, es una especie de organización paramilitar (de nuevo con reminiscencias del nazismo), y lo que es peor, una mujer infectada, a la que salva en un impulso de ser ajusticiada.

A medida que avanza la historia, descubrimos que el origen de la plaga fue una lluvia de meteoritos (lo que la emparenta con “El día de los trífidos”, de John Wyndham, aunque los dos meses que mendian entre ambas publicaciones descarta la posibilidad de influencia mutua), y más importante, nuestra percepción de los infectados empieza a cambiar, pues si bien es cierto que ante la presencia de un “normal” sufren una especie de paroxismo que los impele a tocarlo (transmitiéndoles así la enfermedad), la neurodermia podría tener un origen y unos efectos difícilmente imaginables.

Aun a riesgo de incurrir en un pequeño spoiler (si no deseáis saber más de la cuenta, saltaos el párrafo), no puedo dejar de comentar cómo “Bendición oscura” resulta un claro antecedente de “Soy leyenda“, de Richard Matheson, publicado solo tres años después. No solo el planteamiento es muy similar, sino que también tienen mucho en común en su enfoque cientifista y su reflexión final (aunque la obra posterior bebe más de la tradición del terror).

En conjunto, tenemos tres magníficas novelas cortas, que abordan la ciencia ficción desde una perspectiva profundamente humanista. En ellas se perciben además algunas de las obsesiones (o fantasmas) de Miller, como es su experiencia bélica y su religiosidad, que nos ofrece el punto de vista católico (no necesariamente positivo) en dos de los cuentos (aunque sin la profundidad que luego daría a “Cántico por Leibowitz”). Si bien es cierto que los temas pueden resultar un poco manidos, cuando se toma en consideración la fecha de redacción no queda sino reconocerles su cualidad de pioneros, y de todas maneras el cuidadoso estilo compensa más que de sobra cualquier posible sensación de déjà vu que pudiera embargarnos.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

El apagón / Cese de alerta

•abril 2, 2019 • 1 comentario

Tras casi diez años desde su anterior novela (la ganadora del Locus “Tránsito”), Connie Willis sorprendió con una novela tan larga que tuvieron que dividirla en dos tomos, publicados en 2010 con una separación de ocho meses. A la postre, “Black out/All clear” acabó cosechado los premios Hugo, Nebula y Locus, consolidando aún más a la autora como la más exitosa en los principales galardones del género fantástico.

Lo que es más, también hizo de la serie de los historiadores viajeros en el tiempo de Oxford la segunda en cosechar tres premios Hugo (y tres Locus), por detrás de la serie de Miles Vorkosigan de Lois McMaster Bujold, pero la primera en recibirlos por todas las novelas publicadas (antes de que repitiera la hazaña N. K. Jemisin, y en años consecutivos, por la serie de la Tierra Fragmentada). Si a todo esto añadimos el relato largo “Fire watch” (de 1983), que fue el auténtico inicio de la serie. En conjunto (es decir, “Fire watch”, “El libro del día del juicio final“, “Por no mencionar al perro” y “El apagón/Cese de alerta”), acumulan cuatro premios Hugo, tres Nebula y cuatro Locus (“Por no mencionar al perro” perdió ante la mediocre “Paz interminable“)… y no tengo ni idea de a qué puede deberse todo este desmesurado reconocimiento, porque si “Por no mencionar al perro” ya era bastante anodina, el díptico de “El apagón/Cese de alerta” cae de lleno durante largos, larguísimos tramos en lo inaguantable.

Antes de entrar a fondo en la reseña, una aclaración: no son dos novelas, es una sola, dividida en dos tomos por motivos editoriales (unas mil doscientas páginas en total). “El apagón” se interrumpe bruscamente, sin ofrecer cierre de ninguna clase o siquiera un punto claro de inflexión en la historia, y “Cese de alerta” continúa en medio del desarrollo, sin hacer uso de ningún tipo de introducción.

En esta ocasión, el período visitado por los historiadores del 2060 es mucho más cercano en el tiempo, pues las distintas misiones se centran no en la edad media (“El libro del día del juicio final”) o la Inglaterra victoriana (“Por no mencionar al perro”), sino en la Segunda Guerra Mundial, con especial énfasis en el Blitz de Londres (entre septiembre de 1940 y mayo de 1941) y un segundo escenario preferente durante el bombardeo con V1s y V2s en 1944/1945, además de un puñado de ubicaciones espacio/temporales adicionales (desde una casa de acogida de niños en el campo a la evacuación de Dunkerque, pasando por las operaciones de inteligencia Fortitude y Ultra).

Los problemas no se hacen esperar cuando al poco de llegar los historiadores a 1940 (tras desarrollar sin problemas sus misiones en 1944/45) los portales, que ya habían estado mostrando un desempeño errático, dejan de abrirse, dejando a los investigadores atrapados en un entorno peligroso, sin saber cuándo podrán volver a su propio tiempo y poseídos por la sospecha de que, después de todo, quizás su presencia sí que puede cambiar la historia y de hecho eso es lo que va a ocurrir… a peor.

Connie Willis dedica la obra a examinar la vida, durante aquel momento de prueba, de los héroes anónimos: enfermeras, conductoras de ambulancias, analistas, incluso dependientas, actores o civiles sin otra responsabilidad bélica que mantener la moral alta y sobrellevar las dificultades y los peligros. A este respecto, se nota una historia documentada con cariño y esmero, que sitúa el foco en los protagonistas ignorados de las guerras. El problema es que estos personajes, reales y vivos, quedan en segundo plano, obligados a ceder el protagonismo a los historiadores del futuro, la panda más inútil, ignorante e irresolutiva a la que jamás se le haya encargado tarea alguna.

Resulta cargante hasta extremos indecibles asistir a sus reiterados ataques de pánico ante el más mínimo indicio de adversidad. Cualquier persona sensata no enviaría a ninguno a comprar pan a la tienda de la esquina, mucho menos a una zona de (relativa) guerra (vamos, que por mucho que nos lo quiera vender la autora, el Blitz londinense no es ni de lejos el peor escenario imaginable para unos civiles atrapados en medio de un conflicto bélico (lo cual sería igualmente cierto si solo consideráramos la Segunda Guerra Mundial). Aun peor, exhiben por lo general una preparación histórica deficiente en extremo, con unos conocimientos nulos de cualquier cosa que no tenga que ver directamente con lo que iba a ser en principio su misión (hasta el punto de que una de ellos es incapaz de reconocer y recordar el nombre de Bletchley Park, una de las ubicaciones críticas de la guerra, al nivel, por ejemplo, del Laboratorio Nacional de los Álamos). Y ya que estamos… ¿cómo es que nadie los supervisa? ¿Cómo se les permite trastear con la historia si las consecuencias no están claras? ¿Qué tipo de inconsciencia colectiva caerá sobre la humanidad de aquí al 2060 para arriesgar por una suposición (la de que nada puede ir mal) el continuo espacio-tiempo?

Por si no fuera bastante insoportable verlos correr de un lado a otro como pollos sin cabeza durante toda la historia (y recuerdo que son más de mil páginas), exhiben otra característica todavía más irritante, y es un egocentrismo que alcanza cotas monstruosas. No es solo que los caracterice una falta de empatía (entendiendo como tal su capacidad para ponerse en el lugar de los observados) poco menos que patológica (demasiado centrados en sus problemas como para prestar más que un minúsculo porcentaje de sus reflexiones a ese entorno que supuestamente han ido a estudiar y en el que no se implican sino a regañadientes), sino que incluso entre ellos se muestran incapaces de colaborar, surgiendo la mayor parte de los malentendidos de su negativa rotunda a compartir siquiera una migaja de información (para no preocuparse mutuamente, por supuesto).

Esta actitud, además, se hace extensible al análisis de su propia situación. Asumiendo sin pruebas de ningún tipo la peor interpretación posible (y la que más importancia les concede)… y cambiándola hacia el final por otra diametralmente opuesta contando con exactamente los mismos indicios; una mera cuestión de forzarse a ver medio lleno el vaso medio vacío (un detalle adicional: cualquier historiador medianamente competente sabría que no había forma de que las fuerzas del Eje ganaran la guerra, sin importar los pequeños cambios que pudieran introducir en el sistema; todo lo más, (incluso de haberse descubierto el descifrado de Enigma) hubieran supuesto alargar unos meses la contienda… y aumentar, por supuesto, el número de víctimas).

Porque en el fondo, a Connie Willis la realidad histórica global le importa bien poco (hasta el punto de mentir sobre el número de víctimas que ocasionaron los bombardeos en Inglaterra, una cifra fácilmente encontrable con una búsqueda sencilla que llega a quintuplicar). Su interés manifiesto es poner rostro y sentimientos al pueblo llano. Un supuesto homenaje al don nadie cuyo esfuerzo y sufrimiento también contribuyeron a la victoria, que suele ser ignorado por el relato oficial, más preocupado por los hechos de armas. La verdad es que es un propósito con el que puedo conectar, y lo cierto es que no son pocos los momentos en que logra transmitir justo eso… hasta que se acuerda de que tiene que enredar un poco más con sus protagonistas y fuerza otro contratiempo improbable (absurdo, como se suele presentar a la autora, solo por la reiteración en el uso del recurso)

Porque lo cierto es que nunca he terminado de ver la supuesta entrega al absurdo literario en la obra de Connie Willis. En mi opinión, le faltan dos elementos fundamentales: una mayor entrega al surrealismo y, sobre todo, una intencionalidad que lo justifique. Kurt Vonnegut, por ejemplo, utiliza el absurdo para afrontar lo inafrontable (la mortandad masiva de un bombardeo, también de la Segunda Guerra Mundial, en “Matadero cinco“, o la amenaza de la aniquilación nuclear global en “Cuna de gato“). No estoy seguro de qué pretende transmitir Connie Willis, aparte de la naturaleza azarosa del destino; interpretación que, de hecho, se carga por completo en una resolución emocionalmente satisfactoria, pero intelectualmente… ¡Ay, intelectualmente!

En cuanto te paras a recapacitar sobre el cierre (que se centra a grandes rasgos en el mismo concepto de “Oveja mansa” de la influencia imperceptible de personas sin aparente importancia), descubres que se sustenta en una relación causal circular que invalida las conclusiones de los protagonistas. Eso por no hablar de que introduce más preguntas de las que contesta y acentúa el egocentrismo, llegando al punto (pequeño spoiler) de que, literalmente, el propio universo conspira para plegarse a la visión ética de los protagonistas, a los que, irónicamente, priva de libre albedrío (y sin libertad de acción no hay heroísmo, solo predeterminismo).

En resumidas cuentas, un pantano filosófico y metafísico en el que ni siquiera intenta adentrarse (posiblemente ni lo ve), que convierte las mil doscientas páginas en una sucesión arbitraria de improbabilidades (algo que, después del esfuerzo de la lectura, no constituye precisamente un cierre deseable).

Volviendo pues a la cuestión de los premios… No los entiendo. No entendía ya lo de “Por no mencionar al perro” (que tampoco presenta una sola idea original), pero esto es peor. Arrastrarme por los dos volúmenes ha sido cuestión de pura cabezonería (y por no dejarme a mitad un ganador del Hugo), recompensada apenas por una o dos escenas sueltas (la evacuación de Dunkerque, y quizás todo lo relativo a la operación Fortitude de desinformación). El escenario es interesante, pero los protagonistas principales resultan insoportables y la trama repite y repite y repite, sin avanzar un paso hasta casi el final. Quizás en medio de tanta página haya una buena novela de… digamos un tercio de su longitud, pero incluso en ese caso no pasaría de ser una pálida iteración de la muy superior “El libro del día del juicio final”.

Es posible que 2010 no fuera una añada particularmente memorable, pero por innovación (algo que siempre valoro mucho), yo me hubiera decantado mucho antes por “Los cien mil reinos“, de N. K. Jemisin (mi preferida del año) o “Quien Teme a la Muerte“, de Nnedi Okorafor, ambas formalmente un tanto primerizas, pero que ya avanzaban lo que nos deparaba el futuro.

Mi opinión, a juzgar por las críticas casi unánimemente entusiastas que enlazo a continuación, parece ser minoritaria, pero hacía tiempo que un libro no me provocaba un desagrado tan visceral.

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Periplo nocturno

•marzo 28, 2019 • Dejar un comentario

Bob Shaw fue un autor norirlandés que nunca llegó a gozar fuera de las islas británicas del reconocimiento que tal vez se merecía, quizás porque en una época en que lo que allí estaba en vanguardia era la experimentación de la New Wave, su aproximación a la ciencia ficción era más clásica y sobria; lo cual no quita que se convirtiera en toda una figura dentro del fándom, lo que le hizo incluso ganar un par de premios Hugo a mejor fan escritor (en un momento en que ya le habían concedido el primero de dos premios BSFA, por “Orbitsville”, en 1976).

Tras más de una década publicando relatos, su primera novela fue “Periplo nocturno” (“Night walk”), de 1967, una obra todavía inmadura, pero que ya apuntaba maneras, en la que un agente terrestre, Sam Tallon, es capturado en el planeta Emm Lutero tras intentar escapar con datos supersecretos concernientes al descubrimiento de la ruta segura a un nuevo mundo habitable. Porque en el universo descrito, aunque el viaje interestelar es posible, está sujeto a saltos unidireccionales predeterminados entre portales, de modo que la información más confidencial se refiere a las rutas de ida y vuelta descubiertas por azar tras el envío de millones de sondas.

Emm Lutero, antigua colonia terrestre, es ahora una teocracia luterana, pero a efectos prácticos lo que nos describe Shaw es una situación de guerra fría, con lo que Tallon es tratado como cualquier espía, siendo torturado por el agente de contrainteligencia Cherkassky, un sádico que se complace en ir borrando uno a uno todo los recuerdos de sus prisioneros hasta dejarlos catatónicos. Es un destino que nuestro protagonista esquiva con decisión, pero en el intento de huida le destruyen los ojos, y así acaban mandándolo ciego al Pabellón, la cárcel de máxima seguridad del planeta.

Es un pequeño contratiempo que no detiene a Tallon, quien pronto acaba participando en el loco plan de fuga de otro prisionero que también es invidente, motivo por el cual acaban construyendo un dispositivo que constituye el elemento más interesante de la novela. Se trata, aunque no lo describen así, de unas gafas que hackean los impulsos visuales de ojos cercanos y reproducen la señal en el nervio óptico de quien las lleva. Así que, para “ver”, Tallon tan solo tiene que detectar un par de ojos funcionales cercanos que estén mirando en su dirección y mandar la señal a su propia corteza visual.

La huida por medio planeta ocupa buena parte de la novela, que incluso nos tiene reservada una sorpresa final (que ni siquiera insinuaré); y a lo largo de la misma Tallon se ve obligado a confiar su vista a animales domésticos, seres humanos e incluso en determinados momentos a sus propios perseguidores (con una perspectiva de sí mismo que supongo que no será muy diferente de la que hoy en día tenemos jugando a un videojuego, aunque en aquella época resultaba bastante más insólita).

Como se puede ver, la novela no carece de ideas sugerentes, aunque la ejecución no siempre está a la altura. De hecho, todo el texto tiene un aroma anticuado, con un desarrollo más propio de la Edad de Oro que de las vanguardias estilísticas de su época. De buenas a primeras, por la perspectiva de ingeniero, podría parecer que es Heinlein el principal referente, pero a la postre queda sin embargo claro que el auténtico modelo de “Periplo nocturno” lo constituyen las aventuras trepidantes (y un tanto inconexas) de A. E. van Vogt (“Slan“, “El mundo de los no-A“), con un toque de extra de especulación tecnológica (y bastante más de coherencia interna).

Bob Shaw estuvo a punto de quedarse ciego por culpa de una enfermedad, y de hecho arrastró toda su vida secuelas perceptuales, hecho que sin duda influyó en la concepción del elemento central de la novela. Por desgracia, sus habilidades narrativas no terminan de estar a la altura de la tarea, o tal vez sea que su perspectiva acaba siendo demasiado ingenieril, por lo que lo contempla todo como un problema que resolver y no llega a explotar las posibilidades que ofrece el invento (más allá de una timidísima sugerencia de posibles usos morbosos), y de hecho apenas si existe diferencia en el uso subrogado de ojos de ave, de perro o de humanos de distinta calaña.

De igual modo, la historia romántica se bosqueja de forma tan esquemática que acaba aceptándose a regañadientes por pura convención. Para variar, “Periplo nocturno” es una novela que agradecería un poco más de desarrollo.

“Periplo nocturno” es una novela un poco frustrante, porque su potencial se adivina muchísimo mayor de lo que acaba siendo. Empujada por la necesidad de no dejar que el ritmo decaiga en ningún momento, pasa de largo frente a infinidad de posibilidades de tratar temas de mayor calado y poner a buen uso el concepto potentísimo del hombre que toma prestado de otros la facultad de la visión. Con esta misma idea, Dick hubiera escrito todo un tratado sobre la percepción (o hubiera divagado hasta el exceso, dependiendo de cómo le pillara). Bob Shaw, sin embargo, se encuentra demasiado constreñido por una visión lógica y ordenada de ingeniero, aplicada en este caso a una trama de espías demasiado ingenua para sustentar a todo lo (no muy demasiado) largo la historia.

Una promesa de desempeño futuro más que un éxito en toda regla, pero aun así nada desdeñable como entretenimiento ligero.

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Juego de tronos (novela)

•marzo 24, 2019 • 5 comentarios

En 1996 George R. R. Martin publicó una novela destinada a convertirse en uno de los grandes hitos de la fantasía, aunque su verdadero impacto no fue tan evidente desde el principio. Martin había sido un autor de ciencia ficción, fantasía y terror que había gozado de gran prestigio en los años setenta, aunque este reconocimiento no siempre se trasladaba a las ventas. En particular, el desastre comercial de su quinta novela, “The armageddon rag”, en 1983, dirigió sus pasos hacia Hollywood y el mundo de la televisión, donde desarrolló durante más de una década una fructífera carrera como guionista, en series como la segunda iteración de The Twilight Zone y, sobre todo, La Bella y la Bestia, aunque sus esfuerzos por montar una serie propia no prosperaron.

En medio de todo ello, en 1991 se le ocurrió una idea para una serie de novelas de fantasía épica con un tono marcadamente diferente de casi todo lo que se estaba haciendo en ese momento (dominado por la franquicia juvenil de inspiración rolera, a la estela de la Dragonlance). El proyecto, que inicialmente tenía que conformar una trilogía, no se materializó sino en 1996, con la publicación de “Juego de tronos” (“A game of thrones”), la primera entrega de la futura Canción de Hielo y Fuego.

En honor a la verdad, “Juego de tronos” no supuso en realidad una ruptura radical con la fantasía épica precedente, sino más bien la consolidación de ciertas tendencias que ya empezaban a apreciarse en otras series. Así, su planteamiento inicial tiene mucho de la situación descrita en “El vuelo del dragón“, la primera novela de los jinetes de dragón de Pern de Anne McCaffrey (1977), y está ampliamente reconocida la influencia en la concepción de la serie de Tad Williams y su serie de Añoranzas y Pesares (1988-1993), así como en entregas posteriores la obra de Robin Hobb a partir de la trilogía del Vatídico (1995-1997).

Todos estos títulos rompen un tanto con esquemas implantados desde el éxito de “El Señor de los Anillos” en 1965, tales como la lucha arquetípica entre el bien y el mal (o el orden y el caos según la revisión de Moorcock) como eje moral de la narración, la plasmación estricta del Viaje del Héroe (y no digamos ya su recreación literal) o el claro posicionamiento ético de los protagonistas. Martin añadió además un par de toques propios, empezando por una suerte de realismo sucio, adoptado de la novela histórica medieval (que contrasta con la idealización romántica de la mayor parte de la fantasía hasta la fecha). A este respecto, la fuente principal de inspiración, reconocida por el propio autor, es la serie de Los Reyes Malditos, de Maurice Druon (1955-1977), siete novelas sobre la monarquía francesa durante el siglo XIV (aunque también toma mucho de la propia historia, en particular de la Guerra de las Rosas en Inglaterra, durante el siglo XV).

Lo que termina de conferir a la obra de Martin la condición de renovadora del género fantástico fue sin embargo la implementación de las enseñanzas obtenidas durante su etapa como guionista audiovisual, lo que se trasladó en un protagonismo múltiple, con puntos de vista contrapuestos, giros sorpresa y cliffhangers al final de los capítulos, así como la convicción de que nadie, ni el más carismático de los personajes, está a salvo de los reveses del destino.

“Juego de tronos” se inicia hacia el final de un período de relativa estabilidad en los Siete Reinos que conforman Westeros (tras las caída de la dinastía Targaryen, que había gobernado Poniente durante tres siglos). Este primer volumen se encarga de presentar las amenazas a este frágil statu quo, que se clasifican en dos clases: por un lado las tensiones internas derivadas de la legitimidad de la dinastía Baratheon para ostentar el poder absoluto (frente al resto de casas nobles de Westeros, ya agitadas por la rebelión original), por otro sendas amenazas externas que empiezan a perfilarse tanto al norte como al este. En el norte, la inminente llegada de una Noche Larga, un período de frío intenso y oscuridad que durará toda una generación y que ya se abatió sobre el mundo ocho mil años antes, época de la que data el gran muro que protege Westeros de los ignotos horrores boreales (los caminantes blancos, que en esta época ya no son sino un mito olvidado). En el este, la última de los Targaryen, Daenerys de la Tormenta, ha contraído matrimonio con Khal Drogo, líder de los salvajes jinetes Dothraki, como parte de un plan de su hermano Viserys para reunir un ejército con el que reconquistar los reinos al otro lado del Mar Angosto, tal y como en el lejano pasado lo hiciera su antepasado, Aegon el Conquistador.

Es un planteamiento bastante clásico, que incluye elementos como el del retorno de la magia (que se manifiesta principal aunque no únicamente en los caminantes blancos y los dragones), el conflicto de opuestos y el tablero de ajedrez político, en el que cada casa intenta sacar provecho del río revuelto… que evoluciona hacia algo diferente. Aunque antes de entrar a analizar esto, unas palabras sobre estilo y estructura:

“Juego de tronos” consta de setenta y tres capítulos, cada uno de ellos centrando en un punto de vista único, un personaje que sirve de ancla para una tercera persona limitada, que nos ofrece la narración centrada en su perspectiva y con acceso exclusivamente a sus pensamientos. En total, hay nueve personajes (ocho si descontamos el efímero punto de vista del prólogo), que se van turnando para construir una visión multifacetada de los acontecimientos. En este primer volumen los puntos de vista son los de Bran Stark, Catelyn Stark, Daenerys Targaryen, Eddar Stark, Jon Nieve, Arya Stark, Tyrion Lannister y Sansa Stark, y Martin se cuida mucho de ofrecer una narración acorde con su edad y posición social, una voz propia. Como se puede comprobar, además, hay una paridad de personajes masculinos y femeninos, lo cual también es bastante novedoso, porque lo habitual era, y hasta cierto punto es, centrar la fantasía épica en la perspectiva masculina. Lo más importante, sin embargo es que Martin no fuerza la asignación de roles de forma que resulte incongruente con el escenario, sino que busca (y encuentra) esa relevancia femenina que a menudo queda enmascarada o directamente ignorada (tanto en la ficción como en la historiografía).

Supongo que a estas alturas ya no será un spoiler, pero aun así lo comentaré con cuidado. El mayor golpe de efecto de la novela posiblemente sea la muerte del que se estaba erigiendo como principal personaje de la trama (con el mayor número de capítulos por un margen generoso). No será el último en sufrir este destino a lo largo de la serie, aunque sí el más significativo, y ejemplifica un truco empleado por el autor para hacer sentir de verdad la muerte de personajes con los que el lector ha llegado a establecer un vínculo empático.

Golpes de efecto, giros argumentales, personajes carismáticos e incertidumbre son los pilares sobre los que se asienta el atractivo de “Juego de tronos” en particular y Canción de Hielo y Fuego en general. Eso y el tono realista, sin ahorrar miserias, con el mundo dibujado a través de una paleta de grises más que en blancos y negros bien delimitados (lo que no evita que existan los “héroes” y los “villanos”, sino que simplemente se les proporciona algo más de complejidad), explican y justifican su éxito, que se extendió por lo siguientes tomos, a razón de uno cada dos años… hasta que llegó de verdad la explosión de popularidad allá por el 2001 y el plan descarriló un tanto.

Toca aquí hablar un poco de las continuaciones. “Choque de reyes” apareció en 1998, añadiendo un par de puntos de vista que ampliaban el tablero político. “Tormenta de espadas” se publicó en el año 2000, sumando otros dos puntos de vista (que equilibraban un tanto el protagonismo entre las facciones en conflicto). Este último libro cierra con una famosa escena que constituye una de las mayores sorpresas y de los mayores giros argumentales de toda la serie. En teoría, a continuación se iba a dejar un lapso de cinco años que daría paso a una trilogía de cierre. En la práctica…

Digamos que en 2001 se estrenó una pequeña película sobre gente pequeña y anillos mágicos que llevó la fantasía épica a nuevas cotas de popularidad. El público, ansioso, se lanzó a leer la obra literaria original y luego preguntó: ¿Hay más de esto? Lo que llevó al descubrimiento masivo de Canción de Hielo y Fuego y a una subida significativa de las ventas, que hizo que el cuarto volumen, “Festín de cuervos”, debutara ya en primera posición en las listas de bestsellers en 2005. Deberían pasar sin embargo seis años para que llegara el siguiente volumen, “Danza de dragones”… que ya debutó en un panorama totalmente diferente, porque con anterioridad ya se había empezado a emitir la serie de televisión de HBO basada en los libros que ha hecho historia en el medio.

Lo curioso es que ni “Festín de cuervos” ni “Danza de dragones” estaban en los planes iniciales de Martin, sino que casi todo lo que cuentan no debía ser antecedentes, contados a través de recuerdos, del lapso de cinco años sin libros. Martin, sin embargo, decidió que aquello no era una buena idea, y luego, cuando se puso a escribir la novela-puente se dio cuenta de que tenía mucho más que contar de lo que pensaba, así que la dividió en dos, que cuentan más o menos el mismo período de tiempo, pero en localizaciones diferentes (con el problema de que se dejaba fuera a sus cuatro personajes más populares, así que finalmente decidió repartir los capítulos de Arya entre ambos libros… lo cual no evita que se eche de menos a Jon Nieve, Daenerys Targaryen y Tyrion Lannister). Personalmente, opino que todas estas decisiones destrozaron el ritmo de la serie (y, de hecho, no he llegado a leer “Danza de dragones”).

En teoría, quedan dos libros (“The winds of winter” y “A dream of spring”), sin fecha prevista de publicación (ya van ocho años desde el último), y el resultado final diferirá mucho de lo que hubiera sido un pentalogía (o incluso hexalogía), iniciada en 1996 y concluida diez o doce años después (como estaba planeado). Hay elementos que se han abandonado (al menos por el momento, como Catelyn Stark) o han quedado tan diluidos que cualquier sentido que hubieran podido tener inicialmente se ha perdido (los lobos huargos). Por momentos, incluso se pierde de vista incluso a los caminantes blancos, al ceder protagonismo las amenazas externas al conflicto dinástico interno de los Siete Reinos (con Daenerys yendo un poco a su bola en el este). ¿Puede reconducirlo todo Martin? Sin duda. El problema es que, desde que empezó a escribir la serie, la misma fantasía épica ha vivido un par de revoluciones adicionales, por lo que Canción de Hielo y Fuego, a estas alturas, es fantasía anticuada. Son detalles que pesarán, sin duda, cuando en unas décadas los estudiosos del género reconsideren la importancia y relevancia de la serie (al menos en su versión literaria).

Las tres últimas (por el momento) novelas han recibido nominación al Hugo, aunque todas se han ido de vacío. Sí que tiene el Hugo parte de “Juego de tronos”. En particular, los capítulos dedicados a Daenerys Targaryen, que fueron extractados y publicados como novela corta bajo el título de “Sangre de dragón” (premio Hugo en 1997). Por el contrario, son las tres primeras novelas (junto con la novela corta mencionada) las que cosecharon nominación al Nebula. “Juego de tronos” fue nominada al World Fantasy Award, como “Danza de dragones”, que también optó al British Fantasy Award. A la postre, solo el Locus ha venido reconociendo reiteradamente la serie, con galardón para “Juego de tronos”, “Choque de reyes”, “Tormenta de espadas” y “Danza de dragones” (“Festín de cuervos” quedó en segundo lugar). Las tres primeras cosecharon también en España el premio Ignotus a mejor novela extrajera, por su ediciones en 2002, 2003 y 2005.

Esta noche arderá el cielo

•marzo 23, 2019 • Dejar un comentario

Voy a intentar algo muy difícil, que además supone pagar una deuda contraída hace alrededor de seis años, porque de 2013 es una novela que recibí por cortesía de Salto de Página y que, pillándome de lleno en el inicio de una tremenda crisis de confianza que estuvo a punto de acabar con el blog, nunca llegué a reseñar. Pero sí que pensé en la reseña. La tenía, de hecho, ya estructurada en mi cabeza, y creo que aún la tengo.

He decidido no releerla, sino echar mano a aquellos recuerdos y construir algo así como una reseña macerada. Los detalles, a buen seguro se habrán borrado de mi memoria, pero espero que lo que quede sea la esencia, lo fundamental de lo que quería comunicar. Sin más preámbulo, paso a contaros de “Esta noche arderá el cielo”, de Emilio Bueso.

Emilio llegaba de cosechar dos años consecutivos el premio Celsius, con sendas novelas publicadas igualmente en Salto de Página (“Diástole” y “Cenital“). Lejos de acomodarse, probó sin duda algo totalmente diferente, aunque bien es cierto que el estilo es una evolución directa del mostrado en las dos obras anteriores. Porque si algo ha terminado destacándose de esta novela es su problemática adscripción genérica. ¿Es fantasía? ¿Terror? ¿Ciencia ficción? ¿Thriller? ¿Incluso western… o northern crepuscular? Pues sí, todo ello y más. Un cóctel difícil de conjugar, de no ser por la Trans-Taiga.

Pero hablemos antes de los protagonistas. Tenemos a Mac y Perla, un par de moteros amigos (aunque Mac aspira a algo más), y también un par de perdedores redomados. Mac por naturaleza, Perla más o menos por elección. Ambos han decidido realizar juntos una ruta singular, la de la Trans-Taiga, una carretera de 666 kilómetros a través de los bosques canadienses que conduce literalmente a ninguna parte. Sin desvíos, sin paradas, casi sin curvas; el aislamiento y soledad hechos pista de grava. Mas no están solos esa jornada fatídica. Comparten vía, por ejemplo con un padre y su hijo, que buscan en la astronomía amateur una conexión íntima que los distraiga de las desconexiones de sus vidas, y también con un peculiar cuarteto de indios cree, cuyos negocios, en aquel extremo solitario del mundo, no parecen demasiado limpios.

666 kilómetros son muchos kilómetros, pero por su carencia de ramificaciones la Trans-Taiga prácticamente asegura que quienes la recorran van a terminar, antes o después, encontrándose; y eso ocurre, en la peor noche posible, una noche destinada a ver arder el cielo y durante la cual una avioneta tan legal como los indios se ha estrellado, liberando en la taiga canadiense su misterioso cargamento vivo. Y esto es solo el planteamiento, porque estos elementos, estos personajes, acaban enredados en una trama simple a tenor del número de elementos, pero tremendamente compleja por los cambios de tono, los encuentros casuales, las coincidencias poco menos que increíbles, mientras, como comentaba al principio, el libro salta alegremente de género en género, apuntando tan pronto a un techno-thriller como dejando sitio a la irrupción de un fantasma o a conflictos que no desentonarían en una novela negra (o, con otros ropajes, una película del oeste).

¿Es posible que todo esto, en especial cuando las coincidencias empiezan a alcanzar la categoría de auténticos milagros, se sostenga?

Pues sí. Tal y como había avanzado, gracias a la naturaleza de la Trans-Taiga.

En la Trans-Taiga no hay lugar para escabullirse. Bosques sin fin a ambos lados y solo dos direcciones en las que moverse, dos míseros grados de libertad que limitan las opciones y fuerzan una progresión única. Comenzar el viaje es una decisión consciente, pero una vez empezado, no hay más cojones que llegar hasta el final (y, una vez allí, no existe otra posibilidad que volver sobre los propios pasos). Mac, Perla, el padre y su hijo, los cree… todos están atrapados en una dinámica inexorable, en una broma pesada del azar, a la que el propio lector asiste como un rehén más de los acontecimientos, porque ya sabemos cómo va a terminar, sabemos que esa noche arderá el cielo, y solo nos resta ser testigos de cómo se van resolviendo las tramas humanas menores.

No es habitual encontrar un título expresado en futuro. Lo que suelen intentar vendernos los títulos es incertidumbre. Todo lo más, hacen uso de futuros condicionados, de la expresión de deseos o temores cuya concreción (o no) sustenta esa incertidumbre necesaria para mantener nuestro interés. “Esta noche arderá el cielo” no es de ese tipo. Lo que expresa es inexorabilidad, algo que ocurrirá sí o sí, y es esa inexorabilidad, unida al marco escénico de la carretera sin desvíos, de lo que se vale Emilio Bueso para forzar los límites de lo verosímil y saltar con despreocupación entre géneros. Son desarrollos que normalmente no funcionarían, que se percibirían como forzados en demasía, pero que en la Trans-Taiga, y en una noche en la que va a arder el cielo, devienen también por asociación en inevitables (siempre y cuando entres, claro está, en ese juego conceptual, lo cual supongo que constituye el principal escollo de la novela).

Esa es una de las grandes ironías de la novela: que conquista la libertad para desmelenarse por medio de restringir al máximo las opciones (aunque para ironía, lo que le depara la vida, que es una cabrona, a Mac).

“Esta noche arderá el cielo” no llegó a ser nominada al Celsius, pero sí fue finalista del premio Ignotus (que acabó ganado Eduardo Vaquerizo por “Memoria de tinieblas”).

Otra opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Materia

•marzo 22, 2019 • 2 comentarios

La Cultura es el gran escenario de ciencia ficción creado por Iain Banks que revigorizó la space opera con la publicación de “Pensad en Flebas” en 1987 y sirvió de modelo para un par de generaciones de escritores británicos. En el momento de su muerte en 2013, la serie contaba con siete novelas explícitamente enmarcadas en este escenario, además de otra relacionada y una serie de relatos incluidos en una antología.

De todo ello, la antepenúltima obra fue “Materia” (“Matter”), novela publicada en 2008 que se gira en torno a acontecimientos aparentemente irrelevantes en el gran esquema de las cosas que tienen que ver con la accidentada sucesión de un rey muerto (asesinado) de un pueblo de baja tecnología del octavo nivel del mundo concha Sursamen. Los sarlos constituyen una de las civilizaciones menores del complejísimo entramado galáctico, con un grado de desarrollo protoindustrial, embarcados en una guerra contra la civilización similar del noveno. Los mundos concha son antiquísimos planetas artificiales, construidos por una raza ya desaparecida con propósitos ignotos, consistentes en sucesivas esferas concéntricas, sostenidas con pilares titánicos, capaces de sostener en cada uno de sus niveles una o varias civilizaciones.

Al igual que en los mundos concha hay una estratificación, el universo en sí presenta una escala de especies vagamente pupilas y tutoras (aunque no en el sentido que le da Brin a la relación, sino más como una responsabilidad de los más desarrollados ante quienes todavía no han escalado a la misma altura en el ascenso cutural. Así, por encima de los sarlos están los oct (quienes se autodenominan los “herederos”, pues se consideran, aunque nadie más lo hace, descendientes directos de los antiquísimos constructores de los mundos concha), en disputa con los aultrida por el control de los niveles de Sursamen. Pero es que por encima de los oct están los insectiles nariscenos, y aún más arriba en la escala los acuáticos morthanveld, una de las especies involucradas, es decir, en el nivel superior de desarrollo, previo a la decadencia (destino en el que han caído los xinthianos, unos de los cuales habita el centro de Sursamen como Dios del mundo) o a la trascendencia; siendo por tanto las principales resposables de mover el cotarro.

Otra de estas sociedades involucradas es, precisamente, la Cultura, un especie de utopía anarquista basada en la casi absoluta libertad individual y en una economía post-escasez, que tiene como unos de sus principios generales el propósito de “ayudar” (de formas que a veces bordean lo maquiavélico) a otras civilizaciones menos desarrolladas a seguir su propio modelo (con la eliminación del dinero y la concesión a las IAs de los mismos derechos que cualquier otro ciudadano). Para ello cuentan con una división que es todo lo jerárquica que puede serlo algo en la Cultura, Circunstancias Especiales, y un miembro de este grupo tiene precisamente algo que decir respecto a lo que ha ocurrido en Sursamen, pues Djan Seriy es la la hija del rey asesinado, entregada años atrás como una especie de pago a un agente libre de la Cultura.

Pero volvamos a Sursamen. La traición que acaba con la vida del rey sarlo es presenciada por otro de sus hijos, Ferbin, quien ante el tamaño de la conspiración (liderada por el que supuestamente era el más fiel consejero del monarca, Tyl Loesp), decide en el acto huir lo más lejos posible y buscar ayuda en los niveles superiores, mientras el hijo menor, Oramen, queda como regente (ajeno a la conspiración y con una esperanza de vida bastante limitada). Así pues tenemos establecidas las tres líneas dramáticas principales. Por un lado, Ferbin, junto con un criado, el señor Holse (el Sancho Panza prototípico), tiene que huir del octavo nivel y del propio Sursamen, buscando la ayuda de la Cultura; por otro, Djan Seriy realiza el camino opuesto, impulsada por el deber familiar pero, en principio, en viaje no oficial y sin otro propósito que rendir sus respetos al progenitor muerto; y finalmente tenemos la evolución del drama dinástico sarlo, con Tyl Loesp (un villano bastante anodino) considerando cuándo y cómo atentar contra el joven y desprevenido príncipe.

Claro que no sería una novela de Iain Banks si no hubiera más. Así que tenemos a los oct particularmente interesados en unas excavaciones arqueológicas que están teniendo lugar en el nivel noveno (y pareciera que todo el asunto de inmiscuirse en los asuntos de los sarlos tiene como única finalidad facilitar facilitar esta empresa), y aun a más altura diversas consideraciones políticas que tienen que ver sobre todo con la legitimidad o incluso obligatoriedad para las civilizaciones más avanzadas de inmiscuirse en los asuntos un tanto bárbaros de las más simples (en donde se dan comportamientos tan atávicos como la guerra).

Interesante, ¿verdad? Banks tiene grandísimas ideas y, como siempre, escenarios que te quitan el aliento (desde el propio mundo concha hasta la ciudad ancestral que una catarata titánica va sacando poco a poco a la luz, pasando por el impresionante mundo-nido de los morthanveld) y comentarios sociales e incluso filosóficos (con una versión materialista del problema de la teodicea, o la ética de la intervención de quien tiene el poder para subsanar el dolor, a costa de privar al rescatado de su libertad).

Por desgracia, cuatrocientas y pico páginas de minúscula letra (made in La Factoría; rondaría más bien las seiscientas con una tipografía normal) requieren de demasiada paja de relleno, y entre maravilla y maravilla e idea deslumbrante e idea deslumbrante, hay capítulos que se arrastran como gusanos con muy poco que ofrecer (toda la trama política sarla se lee casi como fantasía protoindustrial de la mala). Existe, además, una brutal descompensación entre planteamiento, nudo y deselance, porque a la novela no arranca hasta encontrarse bastante más allá del punto medio, y luego todo se soluciona apresuradamente en un par de capítulos hacia el final, dejando la sensación de que no hay bastante recompensa al esfuerzo de lectura.

Con cualquier otro autor posiblemente esto constituiría un error insalvable, pero Banks de algún modo logra salvar los muebles… aunque poco más. “Materia” es una de esas novelas que hubieran ganado considerablemente con una poda (mayor de la sufrida, pues el propio autor llegó a publicar algún capítulo eliminado como relato suelto). Todo lo que tiene que ver con la Cultura (o con el shock cultural que sufren Ferbin y Holse) se me antoja de enorme interés; lo sarlo, que constituye más de la mitad del volumen… en fin, digamos que para leer historias similares se me ocurren una infinidad de opciones mejores (reconozco que nunca he conectado con la ciencia ficción que presenta sociedades atrasadas; no le veo sentido a “desperdiciar” las posiblidades especulativas del género creando escenarios de ese tipo).

Así pues, mi postura frente a la novela era bastante ambivalente. Por un lado, me gustaba el trasfondo que insinuaba (no me parece casual que “matter” pueda traducirse como “materia” o como “importar”; por que a la postre la decisión ética de intervenir se revela como todo un acierto), pero por otro no le encuentro ningún sentido a su extensión. Todo dependía, pues, de la resolución… y digamos que no me ha parecido a la altura, así que la nota global de este volumen se sitúa algo por debajo del aprobado.

Una pena. Especulaciones de tan alto nivel como las que salpican “Materia” no se encuentran así como así.

“Materia” fue finalista del premio Prometheus (que ganó “Pequeño hermano“, de Cory Doctorow) y quedó segunda en la votación de los Locus (por detrás de la impresionante “Anatema“, de Neal Stephenson).

Otras opiniones:

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