Cadete del espacio

•septiembre 14, 2018 • Dejar un comentario

“Cadete del espacio” (“Space cadet”, 1948) fue la segunda novela de ciencia ficción juvenil que Robert Anson Heinlein escribió para Scribner, tras “Rocket ship Galileo” del año anterior. Aunque suele ser considerada una obra muy superior a la primera, todavía se nota que no ha terminado de pillarle el tranquillo al asunto, y sigue siendo un título un tanto acartonado, que pese a todo hace gala de algunas de las virtudes que caracterizarían la obra del autor.

Por añadidura, desde la siempre polémica (cuando hablamos de Heinlein) perspectiva ideológica, nos encontramos con un texto de evidente glorificación militarista (no hay que olvidar lo reciente que estaba todavía la Segunda Guerra Mundial), pero que al mismo tiempo se muestra bastante menos radical en sus posicionamientos de lo que llegaría a ser la norma en su obra y, sobre todo, mucho menos aleccionador. Con “Cadete del espacio”, Heinlein no trata tanto de convencernos a través de su típica argumentación falaz (porque se sustenta sobre todo a través de la confirmación en la misma trama de sus bondades), como presentarnos un desarrollo futuro que aborda una gran preocupación de la época: ¿Quién vigila a quienes disponen de la bomba atómica? (o en la alocución latina que es el lema de la Patrulla Interplanetaria: “Quis custodiet ipsos custodes?“). El que la respuesta del autor resulte poco convincente ya es otro cantar.

Pero antes de entrar en disquisiciones éticas toca hablar de la trama, y en “Cadete del espacio” nos encontramos con la típica historia de formación y primer desempeño profesional de un soldado, que el propio autor perfeccionaría en “Tropas del espacio” (y que otros retomarían con intencionalidad exactamente opuesta, como es el caso de “La guerra interminable” o “Bill, héroe galáctico“). El muchacho en cuestión es Matt Dodson, de Iowa, con el que nos encontramos el día mismo en que es recibido como aspirante y debe pasar por una serie de pruebas de ingreso, cuya finalidad reside tanto en valorar sus aptitudes físicas como en certificar su catadura moral.

A esto le sigue un riguroso período de instrucción, durante el cual Matt y sus compañeros deben alcanzar la excelencia académica, así como familiarizarse con diversos aspectos del servicio en el espacio (como una práctica de actividad extravehicular, narrada con el habitual respeto por la física del autor, ingeniero de profesión). Es un segmento que posiblemente, junto con los detalles más especulativos, presente elementos autobiográficos del paso por la academia militar del propio autor (que fue licenciado forzosamente de la armada con el grado de teniente por culpa de una tuberculosis).

Obtenida la graduación, su primera misión como cadete le fuerza a poner en práctica todas las enseñanzas recibidas, y sin la supervisión (por toda una serie de circunstancias) de mandos superiores, al enfrentarse a una crisis diplomática con la matriarquía nativa del planeta Venus (un mundo pantanoso, como se caracterizaba por entonces), provocada por el proceder inmoral de un ex compañero de academia, que abandonó la formación militar para integrarse en la flota comercial de su padre.

Por un lado, Heinlein tomó un arquetipo preexistente, como puede ser el del oficial de una organización interplanetaria (véase por ejemplo, “La legión del espacio“, de Jack Williamson, o la Patrulla Galáctica de los Hombres de la Lente de E.E. Doc Smith), y lo transportó a un entorno ya no de space opera, sino de ciencia ficción dura, añadiéndole como propio de la literatura juvenil la historia de formación; lo cual no sólo es positivo, sino que posiblemente influyó en iteraciones posteriores del arquetipo, como es el caso de Lucky Starr, el Ranger del Espacio de Isaac Asimov (1952-1958).

Desgraciadamente, en el proceso se dejó atrás buena parte de la diversión, y “Cadete del espacio” resulta tan verosímil (teniendo en cuenta los conocimientos de la época) como anodina, con unos personajes fríos, unos diálogos plúmbeos (sobre todo por lo que se refiere a esos pilares de la virtud que son los oficiales superiores) y una acción lastrada por la pretensión de rigurosidad (ya no sólo científica, sino sobre todo militar). En novelas posteriores (incluso dentro de la propia serie de novelas juveniles), Heinlein crearía personajes mucho más pintorescos y tramas con un mayor grado de tensión, aquí no consigue elevarse sobre la correctitud formal, así que es una suerte que no recurra a sus trucos de costumbre para colar sus ideas, porque simplemente no estaba preparado para colárnosla a base de actitud y carisma.

Esto no quiere decir que abandone por completo toda pretensión de transmitir algo más. En 1948, con el mundo todavía impactado por el efecto devastador de las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki, Heinlein imagina su Patrulla Interplanetaria como un cuerpo de paz supranacional, que mantiene bajo control independiente la posibilidad de destrucción atómica a modo de garante de la paz mundial, aparte de realizar otras labores de vigilancia, exploración y diplomacia por todo el Sistema Solar. Básicamente, propone una organización sustentada en los más estrictos valores éticos como la única fuerza moralmente apta para gestionar el inmenso poder destructivo del átomo (el que a efectos prácticos cree con ello una dictadura militar supone una complicación menor, que en la mente de Heinlein no supone ningún contratiempo, porque para él el estamento militar está por encima de la falibilidad humana).

Nos parezca atinada o no la solución, de lo que no cabe duda es de que Heinlein logra adelantarse con “Cadete del espacio” al terrible problema de la amenaza nuclear y el equilibrio de poder, que dominaría la política internacional durante décadas tras el éxito de la primera prueba nuclear soviética en 1949. Vio con preocupación que un poder tal quedara en manos de intereses comerciales, e imaginó la mejor solución que se le ocurrió: una utopía de hombres justos, capaces de sacrificar incluso sus anteriores lealtades nacionales en aras de un bien superior, dentro de la más pura tradición castrense que tanto idolatraba.

Otro de los detalles que demuestran la complejidad del pensamiento político de Heinlein, queda patente en el hecho de que uno de los principales personajes secundarios (uno de los compañeros y amigos de Matt en la academía), es de raza negra, algo de lo que se nos informa de pasada a mitad novela (cuando ya ha habido ocasión de encariñarnos con los “héroes”), en un tiempo en el que la diversidad racial en la ciencia ficción era prácticamente inexistente (y mucho antes de que los movimientos por los derechos civiles hicieran de la cuestión un tema de debate). Para terminar, incluye también uno de los primeros ejemplos de teléfono móvil (que se queda sin cobertura).

Por desgracia, todo esto no basta para superar el que muestre el espacio con tal cotidianidad que lo deje huérfano de aventura. El que una novela de ciencia ficción no resulte entretenida, por muy rigurosa que sea, supone un fallo imperdonable (y una rareza si se trata de una obra de Heinlein, al que pocos le discuten la amenidad de sus propuestas).

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Titán (Ben Bova)

•septiembre 6, 2018 • Dejar un comentario

Ben Bova es uno de los grandes nombres de la ciencia ficción estadounidense, sobre todo por su labor como editor al frente de Analog, puesto que ocupó con la nada envidiable tarea de meterse en los zapatos del recién fallecido John W. Campbell y que en los años setenta le reportó seis premios Hugo casi consecutivos.

Aparte de esta labor, que es quizás la más conocida en España, es también autor de más de un centenar de novelas, que podrían encuadrarse en la corriente más clásica de la ciencia ficción, y buena parte de su labor literaria de las tres últimas décadas se ha visto dedicada a un megaproyecto que recibe el título genérico de “El gran tour”, veinticuatro novelas hasta la fecha, que describen una historia futura del Sistema Solar, dentro de unos ochenta años (eran cien cuando empezó), en que en medio de profundos cambios sociales y políticos el ser humano se ha expandido por entre los planetas y satélites de nuestro sistema estelar (descubriendo, de paso, vida por doquier).

Aunque son novelas relativamente independientes, el escenario sirve como una especie de elemento aglutinador y hay referencias cruzadas y personajes recurrentes. También existen miniciclos, y a uno de ellos corresponde “Titán” (“Titan”, 2006), como secuela más o menos directa de “Saturn” (2003), narrando las experiencias de diez mil colonos en la estación espacial más lejana del sistema, el Hábitat Goddard, en órbita en torno a Saturno. Los habitantes de la colonia son, en su mayor parte, inadaptados exiliados por los gobiernos totalitarios y teocráticos de la Tierra, a los que acompañan unos pocos centenares de científicos, cuya misión consiste en incrementar el acerbo de conocimientos de la raza humana.

Mientras que “Saturn” narra (al parecer) una crisis política, con un grupo de fanáticos religiosos que intentan hacerse con el control de la colonia, “Titán” da inicio con la situación un tanto más estabilizada y tres grandes líneas argumentales. Por un lado tenemos unas elecciones presidenciales, a las que se presenta el actual ocupante del cargo, un político de pura cepa que sólo vive para ostentar el poder (y más que el poder, el prestigio), obsesionado con que alguien le pueda hacer sombra, y por otro dos misterios científicos (y medio).

Para empezar, tenemos un vehículo automatizado de exploración sobre la superficie de Titán que se niega a remitir datos (tan importantes como la presencia de unos organismos primordiales) al control de misión, poniendo en peligro la carrera científica del director de dicho departamento en Goddard; pero también la postura de una investigadora que afirma que los anillos de Saturno albergan algún tipo de vida… lo cual entra en conflicto tanto con las autoridades científicas, que no están dispuestas a desviar recursos de su problema principal en el satélite, como con la políticas (pues el actual presidente tiene como principal baza electoral la explotación de los anillos como fuente de agua para el sistema interior). A todo esto se añade, casi de refilón una serie de misteriosos cortes periódicos de energía.

Mimbres, pues, para una buena aventura científica a la antigua usanza… quizás demasiado antigua para haber sido publicada en 2006 y, sobre todo, hipertrofiada; muy, muy hipertrofiada.

Poco de lo que se cuenta en “Titán” se percibe fresco, y de hecho casi se podría montar la trama escogiendo cuentos y novelas cortas de Isaac Asimov y Arthur C. Clarke de la Edad de Oro (que no mencionaré, por no reventar las pocas sorpresas que podría deparar la trama), la novedad podría llegar por un enfoque más social y una narración más detallista, que son características más modernas, pero por desgracia las capacidad literaria de Ben Bova no da más que para convertir lo que debería haber sido un típico ejemplo de hard ingenieril en un mamotreto farragoso, que cuenta en cuatrocientas páginas lo que podría haber ventilado en doscientas si no se hubiera empeñado en forzar una suerte de pseudocomplejidad en los personajes, a base de que todos y cada uno de ellos nos vayan desgranando su monomanía personal (no les da para más de un rasgo distintivo) por medio de repetitivos monólogos internos que explicitan lo que ya queda suficientemente claro por su acciones.

Si a esto añadimos que en el hábitat parece haber nueve mil novecientas setenta personas de puro relleno, que no muestran su supuesto inconformismo en modo alguno, que algunos de los personajes parecen, no ya intelectualmente inadecuados para desempeñar su función, sino incluso para atarse solos los cordones de los zapatos (no es fácil escribir personajes supuestamente inteligentes enfrentados a problemas que los superan… y aun así seguir manteniendo su apariencia de inteligencia) y que el autor parece confundir toda nanotecnología con los replicadores Von Neuman… En fin, que cuesta ir avanzando a rastras hacia un final casi telegrafiado desde el principio y que, por la necesidad de dejar cabos sueltos para futuras entregas, debe ser necesariamente inconclusito (lo cual no disculpa la escasa sofisticación, o incluso verosimilitud, de las respuestas que sí proporciona).

“Titán” hubiera podido ser un título menor pero simpático en los años sesenta o setenta, apto sobre todo para nostálgicos de la Edad de Oro, con una longitud adaptada a lo que propone, pero las exigencias formales actuales lo condenan a ser un mamotreto inaguantable, que por añadidura sufre enormemente en la comparación con su homónima de John Varley (“Titán”, 1979).

Pese a ello, el jurado correspondiente decidió concederle el premio John W. Campbell Memorial de 2007, por delante de obras como “Visión ciega” de Peter Watts, “Al final del arco iris” de Vernor Vinge o “Sol de soles” de Karl Schroeder (por mencionar sólo algunas de las finalistas con puntos de contacto temáticos con “Titán”), lo cual da claramente idea de que se trató de un reconocimiento honorífico más que otra cosa, que se unió a otros muchos concedidos por esas fechas al por entonces setentón veterano.

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Peligro tentador

•agosto 29, 2018 • Dejar un comentario

Ya he comentado en numerosas ocasiones que uno de los subgéneros más boyantes… e ignorados, del fantástico es el romance paranormal, desarrollado en paralelo con el auge de la fantasía urbana en los años noventa. Suelen ser historias que encajan en un molde muy poco variado, lo cual supone tanto una ventaja para las escritoras (porque es un nicho explotado sobre todo por escritoras), que disponen de una plantilla bastante simple sobre la que construir su ficción, como un reto, ya que dada la escasa variación argumental, se hace necesario aportar algo más que ayude a la diferenciación, sin perder por ello las características que hacen atractiva la lectura a su público.

Analicemos el caso de Eileen Wilks y el inicio de su más relevante serie, El Mundo de los Lupi, con “Peligro tentador” (“Tempting danger”, 2004).

Ante todo, cabe caracterizar el escenario. Nos encontramos ante un caso de mundo mágico revelado, y como es relativamente frecuente en estos casos, recientemente revelado. Tras siglos de convivencia oculta y persecución, la comunidad sobrenatural se ha dado a conocer, e incluso en algunos casos, como con los hombres lobo, han conquistado un estatus aún frágil de legalidad.

El protagonismo recae en Lily Yu, una joven detective de homicidios de origen asiático, que además posee el don oculto de la empatía (una especie de cajón de sastre paranormal, que tan pronto sirve como detector de magia que como escudo contra encantamientos). Vamos, el prototipo perfecto de alter ego para este tipo de ficción: joven, talentosa, con cualidades que no son evidentes a la vista y porfiando por destacar en un entorno eminentemente masculino. Tan sólo falta destacar el otro rasgo relevante, crucial incluso: sexualmente reprimida, hasta el extremo de comenzar la novela inmersa en una asexualidad autoimpuesta.

La acción arranca con el asesinato por parte de un hombre lobo (en forma lupina) de un hombre cerca de un club conocido por ser punto de reunión de estos. Esa noche, de hecho, está allí Rule Turner, heredero de uno de los más importantes clanes, que se convierte de inmediato en el principal sospechoso, pues ha estado relacionándose con la mujer del fallecido.

La investigación, por supuesto, se complica cuando ocurre algo inesperado: Rule y Lily quedan vinculados, una suerte de irresistible atracción mutua, tenida por una manifestación poco menos que religiosa por parte de los hombres lobo, al tiempo que lo que parece una simple trama para implicar al clan de Rule y a él mismo en un crimen, justo cuando en el senado se está debatiendo sobre la ampliación o no de los derechos de los seres mágicos, empieza a mostrar ramificaciones preocupantes, que apuntan a un supuesto culto ancestral.

Nada excesivamente original, pero desarrollado con razonable oficio. Por supuesto, todo lo comentado no es sino la excusa para introducir el vínculo, esa atracción que vence las reticencias de Lily y hace que se entregue a la pasión del momento (pura lujuria por lo pronto; el amor, si eso, ya llegará luego).

Básicamente, ahí es posible identificar una y otra vez la razón de ser de estas historias poco menos que clónicas. El principal obstáculo para la plena realización de la protagonista se encuentra en un puritanismo exacerbado, que en este caso se manifiesta en la envidia encubierta de censura con que la protagonista contempla inicialmente el desinhibido comportamiento sexual de los hombres lobo (no hay mujeres lobo). El vínculo parece ser todo lo que Lily Yu necesita para dar rienda suelta a sus impulsos y pegar un buen polvo con un tío bueno sin tener que preocuparse por los convencionalismos sociales (eso sí, el vínculo asegura también la monogamia, así que, como suele ocurrir en estas novelas, es un salto con red).

Si bien a la postre reconoce que, más que imposición, el impulso ha tenido que surgir de ella misma, y por tanto sería algo que potencialmente podría estar en el interior de cualquier mujer, el elemento fantástico (hombres lobo, encantamientos, rituales ancestrales…) constituye la red de seguridad para las lectoras. Fantasear sobre hombres lobos buenorros es seguro, porque los hombres lobos no existen, ¿verdad? Más que peligro tentador, es peligro controlado, apariencia de peligro, sin tener que dar cuenta de las consecuencias de la presunta trasgresión (moral) o encontrarse en una situación realmente incontrolable.

Esa contención es, a la postre, la que siempre acaba por atenazar estos libros, y en principio constituye algo que va erosionándose a medida que pasan las entregas y crece la confianza (y aquí hablo desde la teoría, porque nunca he avanzado mucho por ninguna de estas series… y la del Mundo de los Lupi cuenta ya con dieciocho novelas).

Desde una perspectiva puramente literaria, “Peligro tentador” es una novela de fantasía urbana con una ambientación bastante lograda, unos personajes secundarios interesantes (en especial la misteriosa abuela Yu, aunque también tienen potencial los integrantes de un grupo especial del FBI especializado en crímenes mágicos… en el que Lily Yu se integrará en futuras novelas)… y unos protagonistas sosos, con una trama que pronto desemboca en uno de los peores clímax que he leído en este tipo de historias.

Se le nota a Eileen Wilks la absoluta falta de experiencia a la hora de construir la trama fantástica, con unos villanos sin personalidad, un plan maléfico tonto como pocos y una resolución propia de un mal capítulo televisivo. Una pena, porque sin ser una obra maestra u original en lo más mínimo, “Peligro tentador” mantiene bastante bien el tipo hasta esa conclusión torpe y apresurada. Por lo menos se lo deja todo bastante bien preparado para futuras entregas de las aventuras de Lily y Rule, con un escenario al que aún le quedan cartas que mostrar.

Eso sí, muy lejos del interés de propuestas similares pero mejor construidas como las de Karen Chance (serie de Cassandra Palmer), Kim Harrison (los Hollows) o incluso la precursora Laurel K. Hamilton (Anita Blake), que tampoco me parece particularmente interesante.

Las estaciones de la marea

•agosto 25, 2018 • Dejar un comentario

Los premios Nebula son concedidos por los miembros de la SFWA (Sience Fiction and Fantasy Writers of America), una asociación profesional de escritores. Ello hace que su dinámica difiera un tanto de otros grandes premios del fantástico, como los Hugo o los Locus, y de tanto en tanto ofrecen resultados… curiosos.

Una de estas ocasiones se dio en 1992, con el galardón a “Estaciones de la marea” (“Stations of the Tide”), de Michael Swanwick, que en retrospectiva suele verse como uno de los resultados más extraños en la categoría de novela. Bueno, aquí tenemos dos factores actuando que ayudan a explicarlo. Por un lado, 1991 no fue un año particularmente bueno por lo que respecta a candidatos (el Hugo lo ganó de nuevo Lois McMaster Bujold por “Barrayar“, que también repitió en el Locus de ciencia ficción, mientras que el de fantasía fue para “La bella durmiente”, de Sheri S. Tepper; con decir que “Ender el xenocida” fue candidato a Hugo y segundo en el Locus está todo dicho). Por otro, al ser un premio gremial, los Nebula de vez en cuando responden a polémicas o discusiones internas que no siempre mantienen su vigencia años después (tal es el caso, por ejemplo, de la victoria en 1969 de “Rito de iniciación“, de Alexei Panshin).

¿Cuál es entonces el contexto específico que contribuyó a la victoria de “Estaciones de la marea”? Bien, en 1991 a la ciencia ficción se le estaba pasando un poco la fiebre cyberpunk, que ya estaba perdiendo su “pureza” para ramificarse en decenas de corrientes postcyberpunks, en medio de un ambiente de fuertes debates a favor y en contra de sus postulados, estética, filosofía e influencia sobre el género en su conjunto. A esta cuestión, Swanwick había contribuido con un importante artículo en 1986, “The user’s guide to the postmoderns”, que clasificaba a los escritores de la generación de los ochenta (es decir, los que habían empezado a destacar entonces) en dos campos opuestos, el del cyberpunk y lo que él llamó humanismo literario (para que nos entendamos, lo que escribe Kim Stanley Robinson, considerado el autor más característico de este grupo).

Bien, la etiqueta “cyberpunk” ha sobrevivido hasta nuestros días, lo de “humanistas” para definir a quienes no hacían cyberpunk no, entre otras cosas porque nunca estuvo muy claro cuáles eran sus rasgos definitorios… si es que había alguno más allá de la característica común de no escribir cyberpunk. Sea como sea, a los primeros se les acusaba, entre otras cosas, de haber renunciado a la exigencia literaria y a la aproximación al estilo del mainstream impuesta por la New Wave (algo que otros teóricos como Bruce Sterling calificaron de slipstream), de personajes planos y anodinos y de falta de interés por el elemento humano frente a la preeminencia del paisaje tecnológico (en contrapartida, eran ellos quienes abordaban de verdad el gran cambio paradigmático de la época, el desarrollo explosivo de la era de la información).

En cuanto al propio Swanwick, lo curioso es que su primera novela, “En la deriva” (1984), bien hubiera podido pasar por hermana de los primeros títulos de Kim Stanley Robinson. Sin embargo, para su segundo título, “Vacuum flowers” (1987), ya se había pasado definitivamente al bando cyberpunk (tampoco permaneció allí mucho tiempo). Desde esa trayectoria, y con la en mi opinión clara intención de responder a las críticas contra el cyberpunk, publicó en 1991 “Estaciones de la marea”, que básicamente podría describir como una novela cyberpunk escrita al estilo de la New Wave (con una influencia más que evidente de la obra de Robert Silverberg, y en particular de “Regreso a Belzagor“).

La historia trata de un personaje tan, tan anodino que no tiene ni nombre, sino que lo conocemos durante toda la novela como el burócrata. Este personaje gris ha sido enviado a la superficie de Miranda por el Departamento de Transferencia Tecnológica para averiguar si Aldebarán Gregorian ha robado tecnología prohibida y pretende usarla para modificar humanos y adaptarlos al mundo acuático en que se transformará el planeta como parte de un ciclo natural de siglos (cada 200 años se producen las mareas del jubileo al derretirse los polos, sumergiendo buena parte de las tierras emergidas, lo que obliga a plantas y animales oriundos a tener dos formas, una adaptada al medio terrestre y otra al acuático).

El burócrata se sumerge, sin gozar de auténtica autoridad, en un mundo extraño, sometido a un embargo tecnológico (del que con el tiempo nos enteramos que viene motivado por una especie de singularidad tecnológica que se produjo en la Tierra y la convirtió en prohibida a los humanos), que aún arrastra errores cometidos en el anterior período de mareas (que provocaron la muerte de los espectros, la especie inteligente local), mientras sigue los pasos que un mago (inspirado claramente en Aleister Crowley) ha ido dejando a tal fin en el terreno fangoso e incierto, cuajado de trampas, traiciones e intereses contrapuestos.

Michael Swanwick se niega en redondo a proporcionar información gratuita, así que nos vemos obligados a descubrir por las malas las claves de Miranda y de la organización humana superior de la que forma parte. Incluso su naturaleza cyberpunk (o quizás especialmente su naturaleza cyperpunk) se encuentra camuflada tras apariencias y engaños (una constante de la historia), con una narración que avanza a saltos, dejando grandes huecos para que los rellenemos (o no) a posteriori.

Son opciones estéticas y filosóficas que comprendo que puedan resultar tan fascinantes como cargantes, y el que el personaje más carismático resulte ser el maletín robótico del burócrata no ayuda. Sin embargo… Si te dejas llevar y asumes el punto de visto correcto, “Estaciones de la marea” supone una lectura de lo más entretenida, con una visión de la magia, entendida como el arte de la apariencia y el engaño, no sólo original, sino congruente con la visión particular del mismísimo Crowley (quien posiblemente hubiera aplaudido los método de Gregorian).

Lo mejor para mí, sin embargo, es la ironía y el cinismo que lo impregnan todo. “Estaciones de la marea” es claramente una novela nacida por y para la polémica… que tuvo la mala suerte de que la controversia que la vio nacer devino pronto en irrelevante. Como experimento de prolongación y mestizaje de las sensibilidades formales de la New Wave (de la que reclama así derechos de sucesión) y los intereses filosóficos del cyberpunk, sin embargo, no puede sino resultar irresistible para cualquier estudioso del género que no le haga ascos a los cócteles extraños.

Por una vez, en la disyuntiva Hugo/Nebula me posiciono completamente del lado de los últimos (a falta, eso sí, de leer “La máquina diferencial”, de Gibson y Sterling, fundadora del steampunk moderno y también una de las destacadas del año, junto con otra pionera, en este caso de la ciencia ficción/fantasía urbana, “Danza de huesos“, de Emma Bull.

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Thomas the Rhymer

•agosto 21, 2018 • Dejar un comentario

Tras un puñado de libros de Elige tu Propia Aventura, Ellen Kushner debutó en 1987 con la novela de fantasía costumbrista “A punta de espada”, que constituyó el inicio de la serie de Riverside (cuatro novelas hasta la fecha). En 1990, con su segunda novela, “Thomas the Rhymer”, conquistó dos de los máximos galardones consagrados a la fantasía, el World Fantasy y el Mythopoeic.

“Thomas the Rhymer” comparte con la serie de Riverside cierta querencia por el costumbrismo, pero puede describirse mejor como fantasía feérica, al basarse en las leyendas escocesas en torno a sir Thomas de Ercildoun, más conocido como Thomas the Rhymer o True Thomas, un laird del siglo XIII al que se le atribuía el don de la profecía (obtenido, según el folclore, por su relación con la reina de los elfos), e incluso la incapacidad para decir mentiras. Todo esto quedó fijado en un romance escrito en torno al 1400, que sirvió de base para una popular balada compuesta en torno al 1700, que Kushner utilizó como inspiración para la novela (al igual que muchos otros autores, sobre todo escoceses, a lo largo de los años, empezando por Walter Scott, que no sólo patrocinó la primera edición impresa de la balada original, sino que le añadió dos partes, una con profecías atribuidas a True Thomas y otra con la historia del regreso del profeta a la Tierra de los Elfos).

Los hechos básicos son los siguientes:

En cierta ocasión en que Thomas se encuentra paseando por el campo se le aparece la reina del País de los Elfos, y le conmina a acompañarla a su hogar, donde Thomas pasará siete años amándola y sirviéndola, pero sin poder hablar con nadie. Al término de estos, la reina lo hace regresar, dotado del don de la profecía (una lengua que no puede mentir), y Thomas descubre que, aun habiendo vivido el siete años en el País de los Elfos, no ha envejecido ni un día (elemento que ha sido recogido por numerosos autores, empezando por Jonathan Irving para el cuento de “Rip van Winkle”, tras conocer la historia por mediación de Walter Scott, y llegando por ejemplo a influir en episodios de títulos como “Tres corazones y tres leones“, de Poul Anderson, cuya principal fuente es el Ciclo Carolingio).

Ellen Kushner añade a esto dos relaciones significativas. Por un lado la de Thomas con una pareja de campesinos ancianos, Gavin y Meg, que asumen el papel de padres sustitutivos para el trovador errante que es, siempre a la búsqueda de un patrón rico y metiéndose en líos de faldas. Por otro la joven Elspeth, vecina de aquellos, rebelde y enamorada de Thomas, aunque éste, perdido en sus sueños de gloria, no le hace caso al principio. Cada no de estos personajes narra una sección de la novela. Gavin la introductoria, donde se nos presenta a los personajes y asistimos a las idas y venidas de Thomas en pos de sus instintos y ambiciones; Meg la inmediatamente posterior a su regreso del País de los Elfos, cambiado de formas sutiles y no tan sutiles, listo por fin para comprometerse con Elspeth, aunque primero tengan que superar ciertos obstáculos; y por último contando Elspeth su vida posterior, y lo que supone ser esposa de un profeta.

En medio de todo esto, tenemos la parte principal, que es la que desarrolla el contenido de la balada y que no tiene narrador, sino que utiliza la tercera persona; eso sí, equisciente, centrada en la experiencia de Thomas en el País de los Elfos.

Supongo que el principal atractivo de la novela reside en que bebe de una tradición feérica ligeramente distinta de la más habitual perspectiva irlandesa, aunque eso no se manifiesta más que en términos específicos intraducibles, como llamar a la reina de los elfos “the Queen of Elfame”, en vez de “the Queen of Elfland” o “the Faerie Queene” (como hizo Edmund Spenser en 1590, en su influyente poema épico), y en el floclore asociado al don escocés de la profecía (dentro del más amplio fenómeno de la second sight). Ahora bien, que eso sea suficente para dotar de interés al texto, ya es otra cuestión, porque hay poco, muy poco a lo que aferrarse en “Thomas de Rhymer”.

A lo ya contado sólo podría añadir cierto desafío al que es sometido Thomas en el País de los Elfos, que tiene que ver con un acertijo, inspirado en un hecho del mundo de los hombres y que da origen a una balada, que añade algo de trama a una historia que, por lo demás, se contenta con crear una atmósfera primero rural y luego élfica, para retornar al mundo rural y acabar en un epílogo un poco (muy poco) más cortesano. Vamos, que supongo que hay que pertenecer a la tradición folclórica de la que se nutre o tener una sensibilidad muy cercana a la misma para apreciar la meticulosidad de las descripciones y lo reposado, muy, muy reposado de la trama.

Entrelazado con todo esto, he de mencionar la sublectura en torno a los diferentes caminos que les están permitidos a dos espíritus libres, como son los de Thomas y Elspeth, y cómo el primero vive un vida errante, despreocupada y aventurera (con algún que otro lío de faldas por enmedio), mientras que la segunda se encuentra atrapada en el muy restrictivo nicho de lo que se consideraba adecuado para una mujer en esa época y lugar (una diferenciación de los roles “aceptables” que aún puede extrapolarse sin dificultad a nuestros tiempos). Aunque de nuevo, poca sustancia para demasiadas páginas.

En cuanto al World Fantasy Award, 1991 fue uno de esos infrecuentes casos en que se concedió el premio ex-aequo, siendo la otra galardonada la sátira religiosa (desde una perspectiva atea) de James K. Morrow, “Su hija unigénita”, estando también nominados Guy Gavriel Kay por “Tigana”, Valerie Martin por “Mary Reilly” y Terry Pratchett y Neil Gaiman por “Buenos presagios”. El Locus de fantasía fue para “Tehanu”, la tardía cuarta novela de Terramar, que también ganó el Nebula y fue candidata al Mythopoeic (“Thomas the Rhymmer”, con un quinto puesto, puede ser considerada finalista de los Locus, por detrás también de “Tigana”, “Buenos presagios” y “Su hija unigénita”).

Un muchacho y su perro

•agosto 17, 2018 • 1 comentario

El pasado 28 de junio falleció, a los 84 años, Harlan Ellison, un escritor irrepetible.

Es imposible hablar de él y no mencionar la polémica, pero antes quisiera glosar brevemente sus méritos literarios. No fue un novelista destacado (tan sólo tres títulos poco importantes). Su fuerte estaba en las distancias cortas, en las que publicó unos dos mil cuentos de diversa longitud y un puñado de novelas cortas de gran mérito. Todo ello le reportó siete premios Hugo, cuatro Nebulas y dieciocho Locus (incluyendo premios a antologías).

Se cuentan ahí títulos como la novela corta postapocalíptica “Un muchacho y su perro”, que reseñaré a continuación, o los icónicos cuentos “No tengo boca y debo gritar” y “¡Arrepiente, Arlequín!, dijo el señor Tic-Tac”. A ellos se les unen otros cuantos cientos de ensayos, en los que hacía cualquier cosa menos morderse la lengua.

También participó como consultor o guionista en diversos proyectos audiovisuales, siendo su obra más reconocida la primera versión del guión del episodio clásico de Star-Trek “La ciudad al fin de la eternidad”. Como consultor, destaca su labor en series como “Más allá del límite” o “Babilon 5”.

Añadamos a ello su labor editorial. En 1967, contra viento y marea, sacó adelante una antología de más de quinientas páginas, con treinta y dos autores y una intencionalidad rupturista. Esa antología fue “Visiones peligrosas”, la colección de relatos más influyente de la historia de la ciencia ficción y abanderada de la New Wave (New Thing lo llamaba Ellison). La novela, por supuesto, arrasó en los premios, y llevó a la preparación de dos secuelas, “Again, dangerous visions” (1972) y la todavía inédita y campo minado para la polémica “The last dangerous visions”.

Ah, sí, la polémica.

La polémica siguió toda la vida a Ellison como un fiel compañero canino. Su carácter lo convirtió en una figura famosa en los círculos de aficionados desde muy joven. Existen decenas de anécdotas narrando encontronazos con tal o cual personalidad… y pese a todo no eran pocos los que lo consideraban un amigo.

Ellison dejó a su paso un reguero de demandas judiciales (muchas de ellas falladas a su favor). A la mínima que sentía, con razón o no, que sus derechos estaban siendo vulnerados, saltaba, y es muy posible que tuviera al respecto la piel extraordinariamente fina (y poca manga en sentido opuesto), pero ¿sabéis qué? Creo que todo los escritores podríamos aprender un poco de su beligerancia. Nos dedicamos a un trabajo en el que parece ser norma no escrita la necesidad de dejarse pisotear de vez en cuando. Tal vez era necesario un carácter como el de Ellison para plantarle cara a todo eso… o tal vez ese sea el carácter que se te queda cuando te ves solo en una cruzada que involucra a tantos.

“Un muchacho y su perro” (“A boy and his dog“) es una novela corta publicada originalmente como cuento en el número de abril de 1969 de la (ya de por sí polémica) revista New Worlds, bajo la labor editorial de Michael Moorcock. Ampliada a la longitud de novela corta para la antología “The Beast that Shouted Love at the Heart of the World“, de aquel mismo año, acabó siendo nominada al premio Hugo y ganando el Nebula de novela corta.

La historia nos presenta al joven Vic y a su perro telepático Sangre, dos solitarios que sobreviven en un una suerte de futuro postapocalíptico como el que décadas después se desarrollaría en los videojuegos de la serie Fallout. Las necesidades de la pareja son modestas: munición, algo de comer, un poco de entretenimiento y de tanto en tanto algún culito(a ser posible femenino) para aliviar los más bajos instintos. Claro que allá en el exterior calcinado las mujeres no abundan, así que mucho se sorprenden ambos al detectar a una en un cine, disfrutando del espectáculo como un solitario más.

Se trata, sin duda, de una jovencita de alguno de los refugios subterráneos con ganas de experimentar de primera mano las emociones de la superficie salvaje. No es algo que preocupe demasiado a Vic. A él sólo le interesa la posibilidad de echar un buen polvo, sin que importe mucho la opinión de ella… o la de Sangre, que no ve con muy buenos ojos el calentón de Vic y los problemas en los que podrían meterse (y de hecho se meten) por su culpa.

En “Un muchacho y su perro” Ellison se aplica a los principios que enarboló como antólogo de “Visiones peligrosas”, la antología definitoria de la New Wave: explorar terrenos que la ciencia ficción no había explorado hasta entonces, medrar en la polémica, buscar reacciones emocionales ante sus escritos (que carecían, tal vez, de ese punto extra de calidad literaria que caracterizó a los grandes nombres del movimiento). En 1969 eso se traducía en sexo; sexo explícito en la historia y sexo como motivación principal del protagonista; al menos en apariencia, porque por debajo de esa superficie provocativa quizás haya algo más… de provocación subyacente.

Una de las claves de la historia, como el propio autor desvela en el comentario a su edición en la antología de “Lo mejor de los premios Nebula” de Ben Bova, es presentar a los seres humanos comportándose como animales y al animal, el sabueso telepático Sangre, como ejemplo de la racionalidad y mentor de Vic (por no hablar de ser una especie de voz de su conciencia que intenta refrenar esos impulsos básicos a los que se entrega sin pensar). Releyéndolo ahora, sin embargo, me ha parecido detectar otra sublectura, y es que no el ambiente ultra masculino en el que se mueven Vic y Sangre parece evocar los huertos de nabos que eran buena parte de las convenciones del género fantástico por aquellas (y no tan lejanas) fechas.

¿Es posible que Harlan Ellison se estuviera riendo de los fans? ¿Que ese mundo exterior devastado fuera el mítico fándom y que los refugios aburridos y ultraconservadores fueran ese otro mundo de la cotidianidad donde había… ¡glups! chicas? En ese caso, el papel de Sangre no sería sólo como concienca de Vic, sino también sería ese amigote que se queda con tres palmos de narices cuando el compañero se echa novia y ya no se le ve ya el pelo por los tinglados de siempre.

Bajo ese prisma, la polémica acción final de la novela corta (que tiene que ver, sin desvelar demasiado, con una decisión entre el perro y la chica), cobra un nuevo sentido, y acaba de un plumazo con las acusaciones de misoginia que le cayeron al autor (sobre todo a raíz de la película de 1975 sobre la historia, que al carecer de la narración en primera persona del original literario pierde en parte su potencial satírico). Harlan Ellison se estaba riendo de los fans, de su inmadurez y del típico cliché de la chica revienta amistades (algo que desde otra perspetiva quizás abordara también Isaac Asimov casi un cuarto de siglo antes en “El fin de la Eternidad“); y los fans se lo premiaron con garlardones y reconocimiento… lo cual debió de resultar particularmente satisfactorio.

Teorías aparte, “Un muchacho y su perro” constituye una buena muestra de por qué Harlan Ellison era considerado un provocador, y también de cómo, sin ser un gran estilista, era capaz de imaginar escenarios sugestivos, que aún siguen resultando intrigantes hoy en día.

Durante años, el autor sostuvo la intención de extender la historia de Vic y Sangre y convertirla en una novela, aunque al final todo ello quedó en un par de relatos (“Eggsucker” y “Run, Spot, run”), adaptados al cómic, junto con la novela corta original, por Richard Corben para conformar la novela gráfica “Vic and Blood: the continuing adventures of a boy and his dog”. Justo tras su fallecimiento salió al mercado un volumen titulado “Blood’s a rover”, que incluye material adicional preparado originalmente para una serie de televisión que no fructificó y que Ellison nunca llegó a convertir en novela (por razones tan dispares como contradictorias fueron siempre sus declaraciones respecto al proyecto). Al final, queda como una muestra más de un talento caótico y mercurial, que nos abandonó hace unas semanas, dejando ya para siempre inconclusa la historia. Gracias por todo y hasta siempre.

Harlan Ellison

(27 de mayo de 1934 – 28 de junio de 2018)

IN MEMORIAM

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Una guirnalda de estrellas

•julio 21, 2018 • Dejar un comentario

Bob Shaw no es un nombre que suela sacarse a colación cuando se habla de los grandes autores de la ciencia ficción, tal vez porque es difícil clasificar su obra, producida mayoritariamente en un lapso de unos veintipocos años, entre finales de los sesenta y principios de los noventa. Quizás carezca también de esa gran obra definitoria que es a veces tan necesaria para asegurar un legado, siendo su mayor éxito posiblemente la trilogía de los Astronautas Harapientos, que le proporcionó hacia el final de su carrera su segundo BSFA y su primera nominación al premio Hugo tras haberlo ganado en dos ocasiones como autor aficionado (en 1979 y 1980).

En 1976 publicó “Una guirnalda de estrellas” (“A wreath of stars”), reciente el éxito de “Orbistville” (una historia sobre una esfera Dyson, ganadora del BSFA), una novela en la que cambia por completo de escenario, optando por una de sus historias contenidas, ambientada en un futuro cercano (a diecisieta años vista) y con limitados adelantos tecnológicos. El más importante de ellos, por lo que a la trama se refiere, es el magniluct, unas muy eficaces lentes de visión nocturna con inesperadas propiedades adicionales.

En 1993, un astrónomo aficionado descubre por casualidad un nuevo astro, visible únicamente a través de unas lentes de magniluct. Pronto se alcanza el consenso de que es un planeta errante de neutrinos, completamente incapacitado para interactuar en modo alguno con la materia hadrónica pero visible gracias a la emisión de antineutrinos (partícula detectada por primera vez en 1956). En un principio, parece que va a “chocar” con la Tierra, pero finalmente acaba siendo un encuentro cercano, pasando por dentro de la órbita de la Luna, a la vista de cualquiera con unos anteojos de visión nocturna.

Tres años después, Gil Snook, un ingeniero de estructuras que trabajaba en el mantenimiento de aviones (el mismo trabajo que desempeñó Shaw a principios de lo sesenta), se encuentra atrapado en Barandi, una república africana de reciente creación (la evolución política de la Tierra presenta una tendencia a la atomización de los estados), trabajando como medio prisionero en la educación de mineros de una explotación de diamantes. Un día se produce un alboroto en las galerías más profundas, con los trabajadores alertando de la manifestación de fantasmas apreciables únicamente a través de las lentes de magniluct.

Esa información logra salir del país, y en los EE.UU. un astrónomo mediocre (pero con dinero) ata cabos y adivina lo que ha ocurrido: la Tierra comparte espacio con un mundo neutrínico, cuya órbita, hasta la fecha coincidente, se ha visto afectada por el paso del planeta errante. El problema es que, lejos de perderse para siempre en el universo, ese bólido ha descrito una parábola (lo que apunta a la existencia de un sol neutrínico compartiendo espacio con nuestro Sol), y se espera que en noventa y dos años regrese y en dicha ocasión atraviese la Tierra… e impacte de lleno contra el submundo recién descubierto, que parece habitado por una raza humanoide inteligente.

Como se puede apreciar, de ideas intrigantes no anda escasa la novela. Los mundos paralelos son un tema clásico de la ciencia ficción, y de hecho ya habían protagonizado escenarios similares, como el de “Un anillo alrededor del Sol“, de Clifford D. Simak (1953). La originalidad de Shaw consiste en dotarlos de una explicación novedosa, que suena vagamente científica (la formación técnica del autor basta para vender la idea, aunque a la postre no se sostenga en modo alguno dentro del modelo estándar de la física, completado en 1974 y bautizado al año siguiente), entrelazando además la escasa interacción de los neutrinos con la filosofía vital de Gil Snook, que se apoda a sí mismo “el neutrino humano”, por su fobia al compromiso social.

Hay un par de detalles, sin embargo, que echan a perder en parte el efecto. Por un lado, está el empleo de la telepatía como elemento válido en una historia científicamente rigurosa. Ahí se nota la época en que se escribió, cuando aún no había sido descartada por completo su validez experimental (aunque ya empezaba a estar en entredicho en el entorno académico). Es algo que choca al lector contemporáneo, pero su inclusión es lo bastante sistemática para que a la postre no importe demasiado. Sin embargo, esta misma seriedad en el enfoque se ve comprometida por un problema de formato. La ciencia ficción, en esa época, favorecía la publicación de novelas breves, y eso que en muchos casos supone una ventaja, para “Una guirnalda de estrellas” constituye un problemón, pues intenta abarcar demasiado en demasiadas pocas páginas.

Hoy por hoy, la misma historia podría ocuparle a un autor como Robert Charles Wilson o Robert J. Sawyer toda una trilogía de tochos (lo cual supondría pasarse tres pueblos). Bob Shaw la ventila en menos de doscientas páginas… y no son suficientes, ni para prestar atención a las consecuencias de su especulación, ni para desarrollar los personajes (el caso de la única mujer relevante de la novela es especialmente conflictivo y contradictorio), ni para prestar atención a todas las subtramas (como la que involucra el inestable orden político de Barandi), ni para ofrecer una conclusión a la altura. “Una guirnalda de estrellas”, y sin que sirva de precedente, se hubiera beneficiado de una longitud entre un 50 y un 100% superior.

Dejando de lado estas cuestiones, la novela de Bob Shaw, un autor que aún no había catado, constituye una sorpresa de lo más agradable. Lo único que estropea un poco el buen sabor de boca es la convicción de todas las oportunidades perdidas para convertir esta novela en un auténtico clásico del género. ¿Falta de ambición? ¿Contención mal entendida? No estoy seguro, el caso es que es una novela que vale la pena leer, más que por aquello que consigue por todo cuanto evoca. Es bueno constatar que, después de tantos años y tanta lectura, aún quedan resquicios para que asome, como una presencia fantasmal de otro mundo a través del suelo de una mina africana, el sentido de la maravilla.

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