Across the Zodiac

•julio 29, 2015 • 2 comentarios

En 1880, el británico Percy Greg publicó en dos volúmenes la precursora directa del género del planet opera (y por tanto la abuela de una de las series más icónicas del género, la de John Carter, iniciada en 1912 con “Una princesa de Marte“), “Across the Zodiac: the story of a wrecked record, translated and edited by Percy Greg”.

La novela es notable por su cualidad de pionera en otros muchos aspectos. En ella, por ejemplo, se encuentra la primera aproximación filológica a un lenguaje artístico, así como puede hacer gala de la primera mención en inglés del término “Astronaut” (nombre con que se bautiza el vehículo espacial que le sirve al protagonista para viajar hasta Marte). Por añadidura, el sistema de propulsión empleado es una suerte de energía antigravitatoria bautizada como “apergy” (o apergía), que se convertiría en el facilitador del viaje interplanetario predilecto por al menos un par de décadas.

También es cierto que presenta una serie de desafíos para el lector moderno. Por un lado, lo temprano (para ser ciencia ficción) de su composición la hace presentar una sensibilidad decimonónica muy acusada, ofreciendo una hibridación extraña entre el enfoque especulativo propio de la ciencia ficción y géneros tan victorianos como el relato de viajes o el romance costumbrista (abordado con una singular falta de sensibilidad). Por otro, ateniéndonos al enfoque, la novela va dando tumbos, reflejando quizás la propia inconsistencia (y conservadurismo) del autor.

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Percy Greg emplea, como ya lo hiciera años antes C. I. Defontenay en “Los libros starianos“, el artificio de la traducción de una crónica llegada a la Tierra desde el espacio a bordo, presumiblemente, de un meteorito estrellado. En ella, registrada en lenguaje telegráfico marciano (o marcial, según terminología de la novela), viene la historia de un viajero innominado, que partió hacia Marte sobre 1830, en torno a las fechas de la más favorable oposición planetaria anterior a la de 1877, cuyos primeros descubrimientos (previos a la publicación del trabajo de Giovanni Schiaparelli y, por supuesto, Percival Lowell, que tanto influirían en la literatura marciana posterior) sirven de fundamento científico para la caracterización del planeta.

Tras describir con todo lujo de detalles (hasta el extremo de llegar a la petulancia) el periplo (aunque omitiendo explícitamente toda descripción de la naturaleza exacta de la apergía gracias a una conveniente pérdida de los capítulos inciales de la crónica, que nos privan también de conocer su motivación), Percy Greg se explaya en las peripecias de su viajero en un mundo en el que la baja gravedad (comparativa) lo convierten en un gigante (el marcial medio apenas alcanza el metro y medio).

Estatura aparte, los habitantes de Marte resultan ser bastante humanos, aunque en un estadio de desarrollo científico superior al terrestre. Esto le permite al autor desarrollar una utopía tecnológica fundamentada en el empleo de la electricidad y en un sistema de gobierno que podría definirse como un absolutismo meritocrático (no hereditario, pues en general las relaciones paterno filiales son irrelevantes en Marte), con una economía capitalista (tras el colapso, miles de años atrás y víctima mayormente de su ineficacia y sus contradicciones intrínsecas, de una revolución comunista). Al mismo tiempo, sin embargo, las peculiaridades sociales de la cultura marcial la transforman también en una distopía moral, caracterizada por la cobardía y el egoísmo.

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Entre todos los temas que baraja, destacan dos ideas que permean de un modo u otro toda la trama. La primera es una reacción contra el cientifismo que niega toda relevancia a una faceta espiritual de la existencia (en aquella época, la confrontación entre ciencia y religión, no sólo a costa de la evolución, era un tema candente en Inglaterra). Percy Greg parece situarse en una ambigua posición intermedia, que no niega los descubrimientos científicos, pero defiende al mismo tiempo un teísmo subyacente. Todo ello se vertebra por medio de una sociedad mística marcial con la que el viajero entra en contacto, análoga a la masonería o a cualquiera otra de las órdenes esotéricas surgidas a lo largo del siglo XIX.

La segunda idea nuclear supone un rechazo frontal a los movimientos por la igualdad de los sexos, alcanzada legalmente en Marte, donde ha dado como resultado, a través de una lógica un tanto retorcida (apoyada en la teórica contradicción de ofrecer una igualdad artificial a un sexo evidentemente más débil), a un sistema terriblemente opresor para la mujer, soguzgada en la práctica a la voluntad del marido. Ello, unido a la poligamia, la obligación de llevar velo en público y el derecho (casi deber) del jefe de la casa de disciplinar físicamente (haciendo buen uso de la sandalia, algo a lo que por supuesto nuestro protagonista se opone por completo) a sus mujeres, transforma el objetivo confeso del feminismo de primera ola en un infierno (de lo que supuestamente debía inducirse que lo mejor que podían hacer las mujeres era quedarse como estaban).

A ojos modernos, la narración se arrastra, con una grave carencia de méritos literarios que confieran vida a las descripciones interminables de las peculiaridades de la sociedad marcial (que apenas difiere de la terrestre de la época, vista desde una distancia de más de siglo y cuarto), sus logros tecnológicos (describe algo similar al fax como sistema de comunicación, así como armas de rayos y asfixiadoras y diversos vehículos eléctricos, terrestres, acuático-submarinos y aéreos) o sus pequeños melodramos domésticos (resulta muy, muy difícil hacer apasionante un enredo amoroso a múltiples bandas, observado a través del puritanismo sexual victoriano). Respecto a la acción, queda relegada por completo a los capítulos finales, aunque de nuevo se ve lastrada por un estilo pomposo más que épico.

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Muchos de los temas que hemos aprendido a esperar en una aventura de capa y espada planetaria están ahí esbozados, pero la falta de concreción (va dando tumbos entre la narración de un viaje exótica a lo Marco Polo, un ensayo sociológico, una distopía utópica, una aventura tardocolonial, un drama romántico o incluso una novela iniciática) y sobre todo de pulso narrativo, la hacen apta sólo para interesados en la historia del género de ciencia ficción que sepan dónde se están metiendo (existen ediciones modernas abreviadas, aunque a efectos de esta crítica me he basado en la edición electrónica completa que es posible descargar del Proyecto Gutenberg).

Pese a todas estas pegas, la notoriedad inmediata de la novela fue importante (si bien es verdad que se difuminó con bastante rapidez). Ya he comentado cómo la apergía (y otros sistemas antigravitatorios) se convirtió en un elemento recurrente de la ciencia ficción decimonónica (presente, por ejemplo, con ese mismo nombre en “Journey into other worlds”, de John Jacob Astor IV, en 1894), pero además es posible detectar una influencia importante en obras inmediatamente posteriores como la neozelandesa “The great romance” (1881). Por añadidura, en 1896, Edwin Pallander publicó un libro titulado “Across the Zodiac: a story of adventure”, que no sólo copia el título sino también algunos de los elementos de la novela de Percy Greg (incluyendo una antigravedad, lograda en su caso mediante giroscopios). Por supuesto, también la relación con la serie de Barsoom de Edgar Rice Burroughs es evidente, aunque en este caso, entre medias, cabría mencionar “Lieut. Gullivar Jones: His vacation” (Edwin Lester Arnold, 1905), su antecesora directa, como la más relevante de las (muchas) novelas puente entre ambas.

La novela prometía, si el interés (es decir, las ventas) acompañaban, una continuación (que por índicios dejados caer aquí y allá, posiblemente se hubiera ambientado en Venus) de las aventuras del viajero del Astronauta, aunque Percy Greg murió en 1889 sin llegar a materializarla.

Otras opiniones:

La música de cine (I)

•julio 23, 2015 • 2 comentarios

Debido a un proyecto paralelo, he estado preparando el guión preliminar de una serie de charlas sobre la historia de la música de cine. No es un repaso exhaustivo (la temporalización del ciclo, en sólo seis sesiones, no lo permite), e incluso tras la primera entrega (la presente) se centra casi exclusivamente en Hollywood, ignorando toda la riqueza internacional del género, pero algo menos de cinco horas (de presentación) no dan para más (y aún no sé si bastarán para ofrecer una primera aproximación).

Rescepto, por su orientación, tal vez no sea el lugar idóneo para abordar esta temática, pero en estos meses de verano (que de hecho van a ser los más ocupados en proyectos variados desde hace tiempo), viene bien disponer de una pequeña reserva de comodines para mantener el blog actualizado.

Así pues, doy inicio con la presente entrada a una miniserie sobre la música de cine. Espero que os sea interés.

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El cine nació acompañado de música. Ya en la primera presentación del cinematógrafo de los hermanos Lumiere, en 1895, se hallaba presente un pianista. En esos primeros años, la función del músico (o músicos) era disimular el desagradable sonido del proyector, que se encontraba en el mismo recinto que los espectadores.

Con tal de sincronizar las imágenes con la música, los gerentes de las salas de espectáculos proporcionaban a sus músicos unas guías conocidas como cue sheet, que les indicaban cuándo tenían que empezar a tocar, cambiar de tono o aportar algún efecto en particular (simulando, por ejemplo, un portazo). En los primeros años, se trataba de música improvisada o mezclas de composiciones clásicas. No fue hasta 1908 que se compusieron las primeras obras destinadas específicamente a acompañar películas.

Fairylogue_Baum

La primera banda sonora original documentada fue compuesta por Nathaniel D. Man para el espectáculo de L. Frank Baum (autor de “El mago de Oz”), “The fairylogue and radio plays”, que combinaba música en directo (27 pequeñas piezas), actores, declamación y película (coloreada). El experimento fue un fracaso comercial debido a los elevados costes de producción, que el aforo de los locales de la época no permitía recuperar.

Hablando estrictamente de cine, la primera banda sonora podría considerarse la compuesta unos meses después para la película muda francesa “L’assassinat du duc de Guise”, un proyecto que buscaba elevar a la categoría de arte respetable la nueva forma de entretenimiento. Para dotar de música a los quince minutos de metraje, los productores recurrieron al aclamado compositor Camille Saint-Saëns, una de las últimas grandes figuras del romanticismo, que escribió una de las obras más ambiciosas de todo el período del cine mudo.

http://www.youtube.com/watch?v=AOFZWXU_WHA

Frank Baum, por su parte, siguió intentando abrirse camino en el mundo del cine, y para ello fundó en 1914 The Oz Film Manufacturing Company, contando con el compositor Louis F. Gottschalk como subdirector. Gottschalk compuso la primera banda sonora para un largometraje: “The patchwork girl of Oz” (81 minutos), así como para las otras tres producciones de la compañía (“The magic cloak of Oz”, “His majesty, the scarecrow of Oz” y “The last egyptian”). Tras el fracaso de la empresa, Gottschalk pasó a trabajar con otros directores, como D. W. Griffith, para quien compuso la música de “Orphans of the storm” en 1921 (año durante el que también escribió música para “The four horsemen of the Apocalypse”, con Rodolfo Valentino, “The three musketeers” y “Little lord Fauntleroy).

http://www.youtube.com/watch?v=WfGVcB8SJrs

Durante esos primeros años, cobró enorme importancia el cine expresionista alemán, con el director Fritz Lang en primer plano. Para sus películas mudas, Lang contó con el compositor Gottfried Huppertz, que escribió piezas orquestales para películas como “Die nibelungen” (1924) y, sobre todo, “Metropolis” (1927). En este último caso, compuso también una versión más sencilla, sólo para piano, para ser interpretada en locales más modestos. Huppertz compuso nueve bandas sonoras antes de su prematura muerte en 1937.

http://www.youtube.com/watch?v=M9fuNWGrX4U

Otro de los grandes directores alemanes de la época, Friedrich W. Murnau, también encargó composiciones específicas para algunas de sus películas, por ejemplo para “Nosferatu” (1922), con música de Hans Erdmann, o “Faust” (1926), con música de Werner Richard Heymann, quien como muchos talentos de la industria cinematográfica alemana acabaría emigrando a Hollywood y participando en el despegue del cine sonoro y contribuyendo a más de un centenar de películas hasta 1960, e incluso cosechando cuatro nominaciones a los Oscars en los años 40 (por ejemplo, para las películas “Hace un millón de años” y “Ser o no ser”).

http://www.youtube.com/watch?v=xjSZ0dQV_pU

Mientras tanto, los grandes (y no tan grandes) estudios de Hollywood llevaban años experimentado con el cine sonoro (unir a la banda visual otra u otras con información sonora, sincronizándolo todo). Los esfuerzos, tanto en competencia como fruto de grandes pactos de colaboración, terminaron de fructificar en 1927, año en que fueron apareciendo sucesivamente cortos sonoros, noticiarios hablados, reestrenos de películas mudas con la banda sonora integrada (pudiendo, por tanto, prescindir de las orquestas en los cines y asegurando la sincronización perfecta) y la primera película estrenada con música (y unos pocos efectos sonoros) grabada (aunque no compuesta originalmente para la ocasión): “Amanecer” de Murnau, que ganó tres Oscars en el primer año en que se concedieron (aunque, lógicamente, todavía no había una categoría para mejor banda sonora).

La película que marcó el despegue del cine sonoro, sin embargo, fue “El cantor de jazz”, con música de Louis Silver (quien posteriormente seguiría componiendo música para el cine hasta su muerte en 1954), que incluía seis canciones y un par de breves secuencias de diálogo sincronizado.

http://www.youtube.com/watch?v=UYOY8dkhTpU

A mediados de 1929, Hollywood dejó definitivamente de producir cine mudo. Se abría una nueva era para el joven arte, y con ella un período en el que las bandas sonoras originales irían cobrando cada vez más importancia.

Sultana’s dream

•julio 16, 2015 • 1 Comentario

Entre los lugares donde arraigó la ciencia ficción temprana, uno de los más improbables sea quizás la región de Bengala, por entonces bajo el dominio del imperio británico, y quizás nada más improbable, desde nuestra perspectiva actual, que una precursora de la ciencia ficción bengalí, feminista y musulmana. Sin embargo, todo ello es aplicable a Begum Rokeya Sakhawat Hussain, una mujer nacida en 1880 en lo que hay conocemos como Bangladés.

begumrokeya

Nacida en una familia de la clase alta musulmana, tanto ella como su hermana mayor (que se hizo poetisa) estudiaron bengalí e inglés gracias al interes de uno de sus hermanos (cuando los idiomas considerados cultos en su círculo eran el árabe y el farsí). Tras desposar a los dieciséis años con un magistrado de habla urdu, no sólo no vio obstaculizada su pasión, sino que su marido, además de apoyarla, la animó a escribir, y a hacerlo mayoritariamente en bengalí, por ser éste el idioma del pueblo.

En 1909 enviudó, no sin antes haber sido animada por su esposo para fundar una escuela para mujeres musulmanas. Hasta su muerte en 1932, se erigió en una de las primeras y principales voces del feminismo dentro de la comunidad musulmana y una importante figura reformista, en apoyo de la igualdad entre géneros. Su ficción, como no podía ser de otra forma, aborda esta problemática, y lo hace adoptando uno de los géneros más en boga por aquel entonces en el mundo angloparlante: la utopía (y más específicamente, la utopía feminista, de la que es una de la precursoras, junto con “Arqtiq” de Anna Adolph, “Unveiling a Parallel” de Alice Ilgenfritz Jones y Ella Merchant o “New Amazonia” de Elizabeth Corbett).

Sultanas_dream

Sus dos grandes obras a este respecto son “Padmarag”, una novela escrita en bengalí en 1924, y el relato “Sultana’s dream”, publicado originalmente en inglés en 1905 en The Indian Ladies’ Magazine.

“Sultana’s dream”, como su mismo nombre indica, relata el sueño de una mujer, que es acompañada por una visitante inesperada, a la otorga el nombre de Sister Sara, a una tierra llamada Ladyland, situada en un futuro caracterizado por los avances tecnológicos y la inversión en los papeles del hombre y la mujer. Así pues, tras una guerra que diezmó y avergonzó al dominante género masculino, las mujeres, lideradas por su reina, imponen a los hombres el purdah (que en la India se manifestaba encerrando a las mujeres en una parte privada de la casa llamada zenana, privándolas del acceso a la educación y a cualquier medio de sostenerse económicamente a sí mismas, siguiendo la misma “lógica” que aun hoy en día impone el gurka).

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Esto se logra gracias a una revolución educativa (despreciada por los hombres, con el Primer Ministro, el auténtico gobernante en la sombra del reino, a la cabeza), que produce en sendas universidades sólo para mujeres adelantos como un sistema para absorver directamente del cielo el agua de las nubes (controlando con ello el clima) y otro para recolectar, almacenar y utilizar el calor del Sol.

El breve texto sirve también como sátira, al afirmar la Hermana Sara que en Ladyland a las mujeres les basta con dos horas de trabajo al día para igualar el que los hombres hacían en siete, porque ellos se pasaban cinco de las siete horas dedicados exclusivamente a fumar cheroots (una especie de puro). Por no hablar de la obsolescencia de instituciones como la policía o la magistratura, dado que la porción violenta de la sociedad se encuentra convenientemente recluida (algo que las protagonistas encuentran mucho más lógico que la alternativa opuesta).

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Desde una perspectiva especulativa, lo cierto es que el cuento se queda un poco en lo superficial, tanto en lo tecnológico (aparte de lo mencionado, cabría destacar la existencia de vehículos voladores;dirigibles de bolsillo, sustentados por hidrógeno e impulsados con alas movidas por electricidad) como en lo social (aunque no conviene minusvalorar lo chocante y provocativo de la idea de base en su contexto histórico y cultural). Por otro lado, no me cabe duda de que utiliza sutilmente el humor (recalcando lo absurdo de la situación) para suavizar el mensaje rupturista, que se centra principalmente en dos puntos:

Primero, un rechazo rotundo del purdah, que Begum Rokeya denuncia en numerosos escritos como una práctica sustentada en una versión pervertida del auténtico islam (y que, de hecho, es un rasgo cultural preislámico, adoptado por los musulmanes con la conquista de los antiguos territorios persas y dotado entonces de justificación religiosa ad hoc). En segundo lugar, un llamamiento claro y decidido por la educación femenina, como camino para romper la dependencia que genera la discriminación sexual.

Sultanasdream

La escuela femenina que Rokeya Sakhawat Hussain fundó en Calcuta en 1911 sigue en activo, y de los últimos veinticuatro años, Bangladés ha sido gobernado por una mujer veintiuno (lo cual constituye además casi la mitad de la existencia de la joven república, tras su independencia de Paquistán en 1972).

En esta página podéis leer “Sultana’s dream” (en inglés).

Ingenieros de Mundo Anillo

•julio 13, 2015 • Dejar un comentario

Nueve años después del mayor éxito de su carrera, Larry Niven decidió escribir una secuela que en principio no tenía planeada, la de “Mundo Anillo“, que en 1971 cosechó todos los premios del sector gracias a la fuerza de su concepto de partida: un mundo artificial que se extiende como una enorme cinta de más de un millón y medio de kilómetros de anchura en torno a un sol, y con una superficie habitable equivalente a tres millones de Tierras.

Ya en la Worldcon de 1971 (donde le concedieron el Hugo), los estudiantes de ingeniería de la cercana MIT se habían divertido proclamando a gritos por los pasillos de la convención que el Mundo Anillo no era estable (por su rigidez, no se encuentra realmente en órbita, y dejado a su suerte acabaría descentrándose y golpeando su sol). Según Niven, su principal motivación para escribir “Los ingenieros de Mundo Anillo” (“The Ringworld engineers”) fue precisamente el solucionar ese error.

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Para ello, dio inicio a su historia veintrés años después del viaje original al Mundo Anillo. Luis Wu, el protagonista de la serie, vive como un fugitivo, enganchado al cable (que le estimula directamente el centro de placer del cerebro), hasta que es secuestrado de nuevo por otro titerote (que se hace llamar Ser Último) junto con el kzin (una especie de agresivos felinos inteligentes de dos metros y medio de altura) Intérprete de Animales, que ahora sólo responde (de forma no letal) a su nuevo apellido: Chmeee. Los tres, a bordo de la Aguja Candente de Interrogatorio, replican el periplo interestelar (a la fuerza en el caso de Luis y Chmeee), a la búsqueda de una supuesta tecnología de transmutación, para encontrarse con una megaestructura que se ha desviado de su posición y amenaza con una catástrofe de proporciones inimaginables en poco menos de dos años.

Así pues, el humano y el kzin deben cooperar, siguiendo en apariencia las órdenes de Ser Último aunque con el propósito claro de sacudirse su yugo y encontrar la forma de regresar al Universo Conocido o, cuando menos, salvar al Mundo Anillo de su destino. Para ello deben encontrar la hipotética sala de control y reparaciones, donde podrán conocer el destino de los motores de corrección de posición que, también hipotéticamente, deberían contrarrestar las pertubaciones accidentales del sistema. En el proceso, quedará resuelto (de un modo bastante chapucero, todo hay que decirlo) el misterio del origen de tal obra de ingeniería estelar.

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Se da la paradoja de que resulta imprescindible haber leído “Mundo Anillo” para entender mínimamente su secuela… y que al mismo tiempo ello provoca una acuciante sensación de déjà vu, pues por dos terceras partes del libro nos encontramos con una reiteración de elementos ya explorados, con pequeñas variaciones que no bastan ni mucho menos para sobreponerse a la sensación de familiaridad que arroja todo el proceso.

Lo que es peor, también resultaría bastante útil haber leído con anterioridad “Protector”, una novela ambientada en el Espacio Conocido de 1973, aunque concebida originalmente con independencia de la saga de Mundo Anillo. Niven resume para beneficio del lector despitado lo fundamental de aquélla, aunque no constituye ni mucho menos un recurso elegante para introducir una información imprescindible para la comprensión de la historia (en otras palabras, se tira decenas y decenas de páginas para no aportar más que ambientación, y en un par suelta todos los conceptos cruciales que, en su momento, le llevó toda una novela desarrollar).

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Tengo más motivos de crítica. Larry Niven suele considerarse como el escritor hard prototípico… siempre y cuando te limites a cuestiones de ingeniería. Porque lo ha demostrado una y mil veces: a Niven el rigor biológico o le importa un pimiento o, simplemente, no entiende ni los fundamentos más básicos de evolución. Ya sea con los pajeños de “La paja en el ojo de dios”, las criaturas del anillo de humo de “Los árboles integrales” o las especies humanoides del Espacio Conocido, la evolución en sus escenarios actúa de forma poco menos que mágica.

Oh, sí, y también parece obviar el detallito de que las condiciones ambientales reinantes en la superficie del Mundo Anillo lo harían inhabitable muchísimo antes de que chocara con su estrella.

Una dificultad añadida, que en principio poco tiene que ver con el autor (me reservo mi opinión hasta leerlo alguna vez en versión original), tiene que ver con la traducción, utilizada y reutilizada en todas las ediciones desde 1987, que es simplemente desastrosa, con errores que van desde desconocer el término astronómico terminador (que se traduce como “terminátor”), hasta líneas de diálogo que, por más que lo he intentado, no he podido siquiera asignar a un personaje u otro del poco sentido que tenían.

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Volviendo a la novela, lo cierto es que en su último tercio parece centrarse y la cosa mejora sustancialmente. Es también el segmento en que mejor se aprecia el punto fuerte de la saga: la inmensidad anonadante del Mundo Anillo. Buena parte de su apoyo conceptual, por desgracia, se sostiene fuera de la saga (en la ya mencionada “Protector”) y con una reintroducción sorpresa que tiene más de un aspecto propio de un Deus ex machina, pero por fin se aprecia ese sentido de maravilla que teóricamente debería despertar una novela como ésta. Por desgracia, Niven no sabe dotar a su prosa de los matices necesarios para resaltar el impacto emocional de un final apresurado y resuelto a una escala que no hace honor a la grandiosidad del concepto.

Pese a estas quejas personales, lo cierto es que “Ingenieros de Mundo Anillo” es una secuela que goza de buena reputación entre los fans de la saga (al contrario que las posteriores entregas: “El trono de Mundo Anillo”, de 1996, e “Hijos de Mundo Anillo”, de 2004, antes de enlazar con la serie de la Flota de Mundos “coescrita” con Edwar M Lerner. En 1980 no obtuvo ninguna nominación (entre otras cosas, supongo, porque John Varley le había ganado ampliamente en su propio terreno con “Titán“), pero en 1981 (un año muy, muy flojo, lo que posiblemente facilitó la repesca, factible para obras de dos años atrás no reconocidas anteriormente) se hizo con nominaciones a los premios Hugo y Locus (ganó en ambos casos “Reina de la nieve“, de Joan D. Vinge).

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Entre los nominados al Hugo se contaban también otras continuaciones de series sobre grandes estructuras extraterrestres: “Hechicera”, de John Varley (secuela, inferior, de “Titán”) y “Tras el incierto horizonte” de Frederik Pohl (secuela muy decepcionante de “Pórtico“). El quinteto se completaba con “El castillo de Lord Valantine” (la reinvención en clave fantástica de Robert Silverberg), ignorando de forma curiosa a la vencedora del Nebula: “Cronopaisaje“, de Gregory Bendford.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Edison’s conquest of Mars

•julio 9, 2015 • Dejar un comentario

En 1897 se publicó simultáneamente en Reino Unido (Pearson’s Magazine) y Estados Unidos (Cosmopolitan) “La guerra de los mundos” de H. G. Wells. Por aquel entonces las leyes de protección de los derechos de autor no eran para nada estrictas, así que ni cortos no perezosos los editores del Boston Evening Post se lanzaron en enero de 1898 a publicar su propia reescritura de la historia: “Fighters from Mars: The war of the worlds at an near Boston”, atribuida a un tal H. C. Wells, que trasladaba la acción del lejano Londres a las conocidas (para sus lectores) calles de Boston.

Debió de ser una iniciativa exitosa, porque para cuando la serialización estaba por concluir se les ocurrió llevarla un paso más allá, encargando la escritura de una secuela de su versión (en la que ya, por supuesto, todo rastro de oficialidad se había perdido para siempre). El encargado de llevar adelante el proyecto fue Garrett Putnam Serviss, astrónomo aficionado a quien hoy definiríamos como divulgador científico, gracias a sus populares artículos en diversos períodicos y a las charlas sobre astronomía que impartía por todo Estados Unidos.

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El tema de la secuela, por supuesto, tenía que ser el contraataque humano, y la Tierra precisaba de un campeón a la altura de las circunstancias. Gracias a sus contactos, Serviss obtuvo a este respecto el dubitativo permiso del científico más famoso del país, Thomas Alva Edison (dividido entre un ego adulado y la molesta idea de que el público pudiera atribuirle inventos que luego no podría replicar en la realidad). Así, “Edison’s conquest of Mars” se convirtió en la edisonada definitiva (y una de las pocas en las que el inventor es adulto).

El resultado, mediatizado también por la forma de publicación, como pequeños fragmentos en una serialización diaria (acompañada de ilustraciones), con un lenguaje entre periodístico y telegráfico, no es ni mucho menos buena literatura. Tampoco supuso un hito referencial en la joven historia de la ciencia ficción estadounidense (aunque se sabe que, cuando menos, ejerció una poderosa influencia en un joven Robert Goddard, más o menos por la época en que cristalizó la vocación que lo convertiría en el padre de la astronáutica americana), pues tras su edición original tuvo que pasar medio siglo hasta ser redescubierta. Sin embargo, ejemplifica a la perfección lo que diferenció a la ciencia ficción temprana a ambos lados del Atlántico, e incluso insinúa los porqués, por no hablar de que se trata posiblemente de una de las primeras muestras tanto de space opera como de ciencia ficción dura.

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El planteaminto es simple. Tras ser diezmados por el virus, los marcianos (que en la historia de Serviss no poseen tentáculos, sino que se limitan a ser gigantes cabezones y feos) escapan de la Tierra (iniciando con ello la costumbre de destruir Nueva York, ya que se impulsan hacia su planeta con una superexplosión), dejando atrás un mundo en ruinas. De entre ellas, surge el genio científico de Edison para aplicar ingeniería inversa a los restos abandonados por los alienígenas, consiguiendo no sólo replicar su tecnología, sino incluso superarla.

Pronto se convoca una conferencia internacional en Whasington, a la que acuden dignatarios de todas las potencias (y no tan potencias) para asistir a la demostración de la aeronave eléctrica de Edison (que utiliza una forma de magnetismo para contrarrestar la fuerza de gravedad) y de sus pistolas desintegradoras (que inducen en la materia mediante vibraciones una resonancia mecánica que las destruye; haciendo referencia al colapso de los puentes de Angers en 1850 y Broughton en 1831 cuando los cruzaban soldados marcando el paso). Entre todas las naciones se acuerda una gran suma como fondos de guerra, que permite a Edison construir cien naves del nuevo modelo y equipar con desintegradores a dos mil voluntarios, con los que llevar el conflicto al mismísmo planeta de la guerra.

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La expedición cuenta además con lo más granado de la ciencia planetaria: geólogos, lingüistas, astrónomos… hasta el mismísimo y venerable lord Kelvin (que contaba por entonces con setenta y cuatro años), por lo que constituye tanto una expedición de conquista como una empresa científica (al estilo de los viajes de la ilustración). Serviss hace gala de sus conocimientos astronómicos y procura ser riguroso con la ciencia, que utiliza como fuente de asombro (por ejemplo, jugando con la microgravedad en planetoides).

“Edison’s conquest of Mars” no sólo es la primera obra que menciona (y además por su nombre) las pistolas desintegradoras, sino que también anticipa los trajes de astronauta (que denomina “air-tight suits”), a los que dota de cables telefónicos para permitir la comunicación en el vacío e incluso de mochilas electromagnéticas para permitir paseos extravehiculares. También presta atención a la no difusión de la luz en el vacío, al frío absoluto del espacio (aunque deduce erróneamente que necesita calentar al ocupante del traje) y, en definitiva, a todos esos detalles que hoy en día nos son relativamente familiares pero que no eran en modo alguno evidentes cinco años antes de que los hermanos Wright lograran los treinta y siete metros de su primer vuelo propulsado).

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Del periplo interplanetario, destacaría la visita a la Luna (con el hallazgo de intrigantes restos arqueológicos), un encuentro casi fatal con un cometa y la batalla por el control de un asteroide de cinco millas de diámetro y de oro casi macizo. Las aventuras en Marte resultan por comparanción bastante menos interesantes.

Mientras Serviss se ciñe a transmitir su entusiasmo por la ciencia en general y la astronomía en particular, su ficción resulta contagiosamente vivaz (sin importar que en algunos aspectos haya quedado ampliamente superada). Por contra, cuando se ve en la obligación de narrar las hazañas bélicas de la expedición, naufraga por completo en su empeño de transmitir cualquier atisbo de emoción, al imitar posiblemente (de un modo poco eficaz) la literatura de la época en torno a las guerras con los indios (que a efectos prácticos habían concluido para entonces, aunque los veteranos de los últimos grandes conflictos seguían en el servicio activo).

El Marte de Serviss, como el de Wells (y posteriormente el de Burroughs), se inspira en las observaciones de la gran oposición planetaria de 1877 (la primera oportunidad que hubo de estudiar Marte en las mejores condiciones posibles, desde el perfeccionamiento del telescopio). Primero en la obra de Giovanni Schiaparelli, popularizada en los EE.UU. gracias a las observaciones de Percival Lowell. Es, por tanto, un mundo con casquetes polares, deshielos catastróficos y grandes obras de ingeniería hidrológica, lo que a la postre constituye el talón de Aquiles de los marcianos (por el camino, le da tiempo además a especular sobre el origen ario, es decir, indoeuropeo, de la humanidad, la influencia de la frenología en el carácter marciano y a ser el primero que especuló sobre el origen extraterrestre de las pirámides).

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Más que por sí misma, “Edison’s conquest of Mars” es singular por cómo ejemplifica la forma de abordar la ciencia ficción que sería característica de los escritores estadounidenses. EE.UU. era por entonces una superpotencia en ciernes, que miraba hacia el futuro con un optimismo y una confianza irrebatibles. Por contra, la ciencia ficción británica nacía en un imperio colonial en declive, con una generalizada sensación de pesimismo vital (identificado como el espíritu de fin de siècle) y las raíces de las Grandes Guerras germinando en tierra fértil. “La guerra de los mundos” era la crónica de una derrota, de la impotencia salvada in extremis por el azar. “Edison’s conquest of Mars” da la vuelta a la tortilla y escenifica, casi literalmente en el episodio de la gran conferencia internacional, el traspaso del testigo a la relativamente joven nación.

No es la primera obra de ficción que especula con la extensión de la influencia estadounidense hacia las estrellas (una proyección lógica de la doctrina del destino manifiesto, muy en boga por entonces. Por ejemplo, unos años antes, en 1894, destacaría la novela “A journey in other worlds”, de John Jacob Astor IV. Se trata, sin embargo, de un buen anticipo de lo que serían las líneas maestras de la ciencia ficción americana durante al menos toda la era del pulp y bien entrada la Edad de Oro: sentido de la maravilla de origen científico-tecnológico e sustrato ideológico neoimperialista (o, en otras palabras, optimismo desbordante).

Edisons-Conquest

Tras la (exitosa) serialización, la historia cayó en el olvido durante décadas (aunque, sin ir más lejos, hay curiosos paralelismos nada menos que con “Los primeros hombres en la Luna“, una obra muy superior tanto desde una perspectiva literaria como filosófica), hasta que en 1947 un grupo de aficionados recuperaron el texto (de los ejemplares del periódico guardados en la Biblioteca del Congreso) y lanzaron una edición amateur (con unas sobrecubiertas espantosas que se han convertido en ansiado material de coleccionismo) condenada al fracaso (de hecho, se llevó por delante al joven sello, Carcosa House, que no llegó a sacar un segundo título).

En 1969, Forrest J. Ackerman fracasó de nuevo al intentar popularizar la obra en una versión recortada que tituló “Invasion of Mars”, y no fue hasta 2006 (con alguna que otra edición intermedia, tanto en las versiones íntegra como recortada) que se publicó una versión íntegra, con las ilustraciones originales, permitiendo la difusión de esta singular obra.

En cuanto a Garrett P. Serviss, tras la serialización de “Edison’s conquest of Mars” publicó siete libros de divulgación astronómica (que se sumaron al que había firmado con anterioridad) y otras cuatro novelas de ciencia ficción, serializadas en distintas revistas entre 1909 y 1915.

“Edison’s conquest of Mars” se encuentra en dominio público, y puede descargarse en diversos formatos (con y sin imágenes) a través del Proyecto Gutenberg.

Paz interminable

•julio 6, 2015 • Dejar un comentario

En 1997 Joe Haldeman pareció ceder a una presión de más de dos décadas para publicar una secuela de su novela más famosa (y una de las obras más destacadas del género), “La guerra interminable“. Cuando salió al mercado “Paz interminable” (“Forever peace”), sin embargo, vino acompañada de una advertencia inicial, en la que el autor indicaba que no se trataba de una continuación directa, sino más bien de una especie de acompañamiento conceptual (la secuela, “La libertad interminable”, se acabaría publicando dos años después).

La novela acabaría conquistando, como su predecesora espiritual, los principales premios del sector (el Hugo y el Nebula, añadiendo además el John W. Campbell Memorial), aunque a la larga su reputación iría sufriendo una fuerte erosión, hasta llegar a ser considerada una de las entradas menos ilustres en el palmarés de ambos premios… lo cual está parcialmente justificado, aunque habría que realizar un par de matizaciones.

ForeverPeace(1stEd)

Primero, la valoración del libro (por propia elección del autor, todo hay que decirlo), se ve irremediablemente influenciada por las altas expectativas que se derivan de su conexión, cuando menos a nivel de título, con aquella pequeña obra maestra de la ciencia ficción antibelicista. Segundo, el que se le concediera tanto el Hugo como el Nebula incrementa aún más esas expectativas, pero hay que tener en cuenta que lo de los premios va mucho también por años, y 1998 no fue precisamente de las ediciones con mayor nivel. Podría defenderse que entre los nominados, “Paz interminable” era efectivamente la mejor opción (no si contemplamos toda la producción de 1997, pero ya llegaremos a eso).

Tras una decepcionada lectura hace quince años (poco después de leer por primera vez “La guerra interminable), decidí concederle una segunda oportunidad para completar la relación de premiados con el Hugo en el blog. No se puede decir que la mayor perspectiva histórica me haya hecho cambiar radicalmente de opinión, pero al menos ha limado un poco mi rechazo.

Paz interminable - Ediciones B - Nova CF

La historia se nos narra desde la perspectiva (literalmente desde su perspectiva en la mitad del texto) de Julian Class, un profesor universitario de física a mediados del siglo XXI, obligado a servir una semana de cada tres como “mecánico” del ejército, en una guerra norte-sur (países ricos-países pobres) con motivación principalmente económica, manejando un soldadito.

Los soldaditos son robots controlados a distancia mediante un enlace neuronal, que se extiende también horizontalmente entre los diez componentes del pelotón (cinco hombres y cinco mujeres), formando una especie de consciencia gestáltica (aunque cada cual conserva la individualidad). Los países desarrollados no sólo cuentan con esta tecnología, sino que además poseen nanofraguas, compiladores de materia capaces de crear cualquier objeto si se le proporcionan las materias primas; lo que ha llevado a una sociedad sin dinero (salvo para el ocio), en la que todas las necesidades básicas se encuentran cubiertas… siempre y cuando seas un ciudadano del primer mundo.

Toda el primer tercio de la novela seguimos a Julian en sucesivas misiones, mientras se nos presenta el mundo, el conflicto y las peculiaridades de la conexión. En su vida civil, lo más destacable es su relación con una colega quince años mayor y blanca (Julian es negro, y al parecer en los EE.UU. del 2050 y pico eso aún resulta chocante… lo cual no deja de resultar sorprendente para un libro escrito en 1997), que trabaja en el proyecto de una megacolisionador de partículas en torno a Júpiter.

forever_peace

Cuando ya creemos saber de qué va la historia, ésta pega un vuelco, con la introducción de una amenaza inmediata de carácter científico, la incapacitación de Julian para seguir operando su soldadito e incluso una confabulación con ramificaciones alcanzando las más altas esferas del gobierno. El cambio de tercio deja un poco colgando la reflexión en torno a las motivaciones económicas de la guerra (hay que tener en cuenta que el referente inmediato para Haldeman ya no es su Guerra de Vietnam, sino los más recientes conflictos de Panamá, Somalia y la primera Guerra del Golfo), para desviarse por el camino del pacifismo impuesto tecnológicamente.

El problema es que todo el proceso parece carecer de un enfoque claro. Haldeman se dispersa, no sé si intentando abarcar demasiado o tratando de encontrar (sin éxito) un armazón estructural adecuado para las ideas que quiere transmitir. En general, da la impresión de que conceptualmente “Paz interminable” amaga mucho, pero no terminar de golpear, y eso que había mucho por donde entrar: el efecto socioeconómico de las nanofraguas, un análisis profundo de las motivaciones económicas de la guerra, el racismo subyacente al conflicto… incluso la postura ética de qué coste humano sería aceptable para acabar por siempre con las guerras.

En vez de ello, Haldeman se centra en una conspiración que tiene mucho de folletinesco, avanza a base de trompicones y bandazos en la trama principal y concluye de una forma tan anticlimática (y recurriendo un poco al manido deus ex machina para terminar de cerrar todos los hilos) que ello afecta retrospectivamente a la valoración del conjunto.

Paz_Interminable

Al contrario que en obras posteriores de Haldeman (como “Viejo siglo XX“), en “Paz interminable” hay buenas ideas de partida. Es la ejecución lo que no termina de estar a la altura.

De entre su competencia por el Hugo y el Nebula, destacaría quizás “El ascenso de Endymion”de Dan Simmons (que se alzó con el Locus, aunque representa uno de los puntos débiles de la saga de Hyperion)  y “Por no mencionar al perro“, de Connie Willis (cocandidata al Nebula, que ganó el Hugo al año siguiente, aunque en los Nebula la saga de los historiadores de Oxford es bastante menos popular).

En cuanto a la producción de 1997, no puedo dejar de mencionar una obra que tiene más ideas en un sólo capítulo que toda “Paz interminable” (por no hablar de que conceptualmente parecen separarlas décadas): “Diáspora“, de Greg Egan (que fue tercera en los Locus y partía con el handicap de que el autor australiano jamás ha tenido una novela nominada a los Hugo o a los Nebula).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

La diversidad sexual en la literatura fantástica

•julio 3, 2015 • 2 comentarios

Con el reciente fallo del tribunal supremo estadounidense a favor del matrimonio homosexual, es un buen momento para echar un vistazo al tratamiento de la diversidad sexual en la literatura fantástica, tal y como hice con respecto a los conflictos raciales, con motivo del fallecimiento de Nelson Mandela. Al igual que en aquella ocasión, me veo obligado a precisa de antemano que no se tratará en modo alguno de un estudio concienzudo y sistemático, sino apenas de un esbozo, que se detendrá mínimamente en un puñado de títulos y corrientes significativos.

Ante todo, quisiera abordar por separada el terror, que es con mucho el género dentro del fantástico que antes presentó sublecturas claramente homosexuales, a menudo reflejando, dentro de los límites que la moral imperante permitía, las propias experiencias de los autores. En ese sentido, la naturaleza sobrenatural del horror que se desarrolló bajo la tradición gótica permitía trasgredir las convenciones sociales (y sublimar, en su caso, la culpa).

castillo_otranto

Así pues, se ha propuesto un conflicto interno de carácter sexual en la génesis de novelas tan emblemáticas del género gótico como “El castillo de Otranto” (Horace Walpole, 1764), “Vathek” (William Beckford, 1786) y sobre todo “El monje” (Matthew Lewis, 1796), extendiéndose esta tendencia hasta bien entrado el siglo XIX, por ejemplo con “Melmoth el errabundo” (Charles Maturin, 1820). A este respecto, sin embargo, la obra por antonomasia es sin duda “El retrato de Dorian Grey”, publicado por Oscar Wilde en 1890 (en su versión íntegra en 1891) y que provocó una enorme controversia con su plasmación metafórica de una doble vida; la externa, aparentemente impoluta, y la interna, entregada a la sensualidad y a los excesos.

Mención aparte merece el subgénero vampírico, que ya desde su misma concepción presentaba sublecturas claramente sexuales (“El vampiro“, de 1819, podría entenderse como la plasmación de la atracción morbosa de Polidori por Lord Byron). La primera relación explícitamente homosexual (lésbica), la encontramos unas pocas décadas después, en 1872, con “Carmilla” de Sheridan le Fanu. Desde entonces, vampirismo y homosexualidad se han encontrado unidos de forma más o menos patente, desde el propio “Drácula” (Bram Stoker, 1897) hasta la reinvención neogótica moderna, en series como las Crónicas Vampíricas de Anne Rice (iniciadas en 1976 con “Entrevista con el vampiro”) o en la obra de Poppy Z. Brite (cuya primera novela, de 1992, fue “El alma del vampiro”).

Carmilla

Entre los autores contemporáneos de terror, destaca el nombre de Clive Barker, que ha llegado a declarar que su obra nació precisamente como forma de expresión de los conflictos derivados de lidiar con su homosexualidad (o más bien, con la tensión, durante sus primeros años, de llevar una doble vida). Así, ya en 1986 uno de los principales ejes de “Hellraiser” fue precisamente la represión sexual, aunque sin duda es “Cabal” (“Razas de noche”) la novela que más directamente bebe de sus experiencias dentro de la semiclandestina comunidad gay de finales de los ochenta.

Respecto a la ciencia ficción, cabría señalar que en sus orígenes se dirigía a un público tremendamente conservador en lo moral, actitud compartida, lógicamente, por muchos de los primeros editores (singularmente, John W. Campbell). Así pues, durante muchos años, el sexo, no digamos ya la homosexualidad, fue un tema apenas tratado, e incluso cuando aparecía algún personaje implícita o explícitamente gay, se trataba sobre todo de mostrar de forma patente su degeneración (característica que compartían, por ejemplo, las sociedades lésbicas de pseudoamazonas estelares).

venusplusx

Este panorama empezó a ser desafiado con la llegada de la New Wave (aunque un poco antes, en 1960, Theodore Sturgeon había encontrado problemas para publicar su “Venus más X”, una novela en la que proponía una sociedad de hermafroditas, liberada de las tensiones generadas por la dicotomía sexual). La nueva generación de editores (Michael Moorcock, por ejemplo), no sólo no rehuían la temática de la exploración de la diversidad sexual, sino que la alentaban.

Entre los grandes nombres surgidos de este período un puñado no sólo eran más o menos abiertamente homosexuales, sino que además plasmaron sus experiencias o expectativas en sus libros. Así, por ejemplo, en la obra de Samuel R. Delany se aprecia una enorme diversidad sexual y una integración tolerante de todas las opciones, ya sea como trasfondo (“Babel-17“, 1966) o como parte integral del escenario y de la propia reflexión filosófica (“Dhalgren”, en 1975, y “Tritón“, en 1976). En cuanto a Thomas M. Disch, abiertamente gay desde 1968, aunque no estuvo interesado en explorar una temática explícitamente homosexual, plasmó metafóricamente sus experiencias de juventud y los conflictos que le ocasionó su orientación sexual (y que le llevaron incluso a un intento de suicidio) en una de las obras cumbres de la New Wave, “En alas de la canción” (1979).

Hombre_Hembra_Ultramar

Mención aparte merece el auge de la literatura feminista en los años 70, que se encontraba asociada a menudo con la exploración de relaciones, o directamente sociedades, lésbicas. Entre las autoras más destacadas se cuentan: Joanna Russ (“El hombre hembra“, 1975), James Tiptree Jr. (la novela corta “Houston, Houston, ¿me recibe”, de 1976, un año antes de que se hiciera público que Tiptree era en realidad una mujer), Sheri S. Tepper (“La puerta al país de las mujeres”, 1988) o Ursula K. Le Guin (quien, sin haber aceptado nunca la etiqueta de ciencia ficción feminista, exploró una sociedad de hermafroditas en la premiada “La mano izquierda de la oscuridad“).

Tras la New Wave, la sexualidad (tanto hetero como homo), fue un tema mucho más normalizado. Así, es un elemento recurrente en las primeras obras de John Varley (Cirocco Jones, la protagonista de la trilogía Geana, iniciada en 1979 con “Titán“, es lesbiana, y en su universo de los Ocho Mundos existen hasta nueve sexos, y el cambio entre unos y otros es habitual). Por su parte, Lois McMaster Bujold presentó en “Ethan de Athos” (1986) un mundo habitado exclusivamente por hombres (que se reproducen mediante replicadores uterinos), en el que su misoginia se confronta con cierta homofobia aún existente en otros planetas.

Titan_Nebulae_2

Estas últimas décadas también han vivido la creación de diversos premios orientados específicamente a destacar las novelas que abordan esta temática, entre los que destacan el James Tiptree Jr., que desde 1991 premia las obras que expanden o exploran la cuestión del género, y el Lambda, orientado hacia la literatura LGBT, que desde 1989 presenta diversas categorías relacionadas con la literatura fantástica. Todo lo cual no es óbice para que obras que pueden encuadrarse en esta temática hayan logrado también destacar en los principales premios fantásticos “generalistas”.

Así, Nicola Griffith ganó el Nebula (además de su segundo Lambda) por “Río lento” (cuyo protagonista es una joven lesbiana rica que se escapa de casa y acaba trabajando en una planta de reciclaje de agua), y de ese mismo 1994, el relato largo más destacado (galardonado con el Hugo y el Nebula) fue “El niño marciano”, de David Gerrold (que ficcionaliza sus propias experiencias como padre soltero adoptivo gay). Por su parte, Geoff Ryman conquistó el Arthur C. Clarke y el John W. Campbell Memorial con “El jardín de infancia” de 1989 (protagonizado por una educadora lesbiana) y con su libro de 2004 “Aire” se hizo de nuevo con el Arthur C. Clarke, además de conseguir el BSFA y el James Tiptree Jr. Por último, con su libro de 1992 “China Montaña Zhang” (sobre las vicisitudes de un joven homosexual en una restrictiva sociedad futura), Maureen F. McHugh ganó el James Tiptree Jr., un Lambda y un Locus a primera novela, y fue finalista tanto del Hugo como del Nebula.

 
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