Quince años tiene mi blog

•enero 11, 2022 • 23 comentarios

Es curioso cómo puedes tirarte catorce años y pico persiguiendo un objetivo solo para descubrir, cuando por fin lo alcanzas, que se ha transformado en polvo. Algo así ha ocurrido con el millón de visitas al blog, que se alcanzaron el 17 de mayo. Las razones son diversas. Para empezar, este hito viene enmarcado en uno de los peores años de Rescepto por lo que respecta a visitantes, habiéndose contabilizado tan solo 49.936, la peor cifra desde 2008 (el segundo año de vida del blog). Esto suponen 137 al día, una brutal caída desde el máximo de 358 que se registró en 2018 (un 62% de contracción en apenas tres años). Además, vivimos ahora en el mundo del vídeo y un millón de visualizaciones es a lo que aspira cualquier vídeo viral que se precie de YouTube, Tik-Tok o Twitch.

15velas

No sé si los blogs están muertos o es algo que solo ha afectado a Rescepto, pero hacer hoy, en su decimoquinto aniversario, la broma de los años-de-blog resulta casi cruel, porque en estos momentos Rescepto es un muerto viviente, que sigue adelante por pura inercia. Parece más que evidente que el tiempo del contenido escrito ha pasado y que nadie tiene tiempo ni ganas de pararse a leer un crítica. ¿Por qué seguir pues? ¡Buena pregunta!

En parte por cabezonería, en parte por costumbre, en parte, también, porque obligarme a escribir las reseñas me ayuda a organizar las ideas. Lo que está claro es que ya no espero absolutamente nada de él en términos de alcance o impacto.

broken_facebook

Me perdonaréis, por tanto, si en esta ocasión me salto las habituales estadísticas sobre seguidores a través de los distintos canales de promoción (Twitter, Facebook y el sistema de suscripción de WordPress). Los incrementos en todos los casos no han pasado de testimoniales, así que por ahí también parece haber tocado techo el tema y no sería de extrañar que en cualquier momento empezara a decaer.

Tal vez esté sonando demasiado derrotista, pero lo cierto es que ya me he hecho a la idea de la nueva situación e incluso me he reconciliado en parte con ella. Asumo que el blog de ha desvelado ya definitivamente como un vicio personal, así que libre por completo de presiones lo actualizaré al ritmo que quiera o pueda, utilizándolo básicamente como excusa para seguir estudiando el género fantástico. Si además a alguien le interesa lo que cuelgo, pues miel sobre hojuelas, pero no es algo que necesite (aunque siempre será bienvenida cualquier interacción).

Hugo_awards

En este sentido, a lo largo del 2022 continuaré seguramente con mi repaso a los finalistas del premio Hugo. Estoy a punto de terminar con los candidatos de 1966 y dado que me faltan «apenas» unos 125 (un buen puñado ya los tengo leídos, pero de hace tiempo), tengo trabajo para rato. Casi suficiente, de hecho, para llegar a la última gran meta que me resta, la de las mil reseñas (ahora mismo, estoy un poco por encima de 850). En tres o cuatro años, podríamos estar ahí.

Estoy casi seguro de que completaré al menos los de los años sesenta y setenta (hay once finalistas ya leídos y en cola de escritura de reseña). A partir de ahí, ya veremos si sigo o si me desvío por algún otro camino (empiezo a echar de menos la ciencia ficción decimonónica y hay cierto huecos en la historia de la fantasía que me gustaría cubrir). También tengo pendiente ponerme al día con la Hugolatría, reseñando la ganadora de este año («Network effect», de Martha Wells, para lo cual quizás debería abordar los diarios de Matabot en orden cronológico, incluyendo un par de premiadas novelas cortas) y añadir un par de novelas de sendas Grandes Maestras por la SFWA («Ladrona de medianoche», de Nalo Hopkinson, que ya está leída y cuya reseña es iminente, y «Arrows of the queen», de Mercedes Lackey).

manuscrito

El objetivo de esto último es tener reseñada al menos una novela de todos los Grandes Maestros, para servir de material complementario online para un libro de ensayo que acabo de terminar («Grandes  Maestros de la Ciencia Ficción y la Fantasía») y que incluirá enlaces QR a alrededor de cuatrocientas de las reseñas de Rescepto (que no se diga que tanto material no sirve para nada). Ando ahora mismo a la búsqueda de editor, así que no puedo aventurar nada sobre posibles fechas de publicación. Me gustaría que fuera en 2022, pero..

Respecto a los planes de subir de nivel el blog con la creación de Rescepto IndaTube… bueno, sigue siendo un propósito vago, a años luz de cualquier posible concreción. No le recomendaría a nadie que aguantara la respiración mientras espera.

Caveman

Me despido ya. ¿Volveremos a vernos dentro de un año para celebrar los dulces dieciséis de Rescepto Indablog? Tal vez sí, tal vez no. Quién sabe. A lo mejor todo da un vuelco y se desata una fiebre mundial por seguir blogs viejunos dedicados a la crítica de libros antiguos de género fantástico. Cosas más raras se han visto. Supongo.

Otros aniversarios:

The squares of the city (Las casillas de la ciudad)

•enero 8, 2022 • 1 comentario

Durante sus quince primeros años de carrera, nada hacía presagiar que John Brunner se convertiría en uno de los grandes autores de la ciencia ficción. Desde su debut en 1951, se dedicó a producir a toda velocidad primero un cuento tras otro y, a partir de 1959, noveluchas en rápida sucesión, a una media de cinco al año hasta 1965 (en su mayoría para la colección Double de ACE), con poco o ningún interés perdurable.

casillas_ciudad

Se suele apuntar a «El hombre completo» (1964), por su nominación al premio Hugo, como el punto de inflexión de su carrera. Sin embargo su mayor mérito fue posiblemente abrirle las puertas de Ballantine en los EE.UU. y Faber&Faber en el Reino Unido, sellos en los que empezó a publicar títulos producidos directamente para un mercado más exigente. En 1965, dos fueron las novelas que exploraron esta nueva vía: «The long result» y «The squares of the city» («Las casillas de la ciudad»), que a la postre le valió su segunda nominación al premio Hugo, cimentando así su prestigio.

Lo más curiosos del asunto es que solo con mucha manga ancha podríamos clasificar «Las casillas de la ciudad» como ciencia ficción. Ni siquiera es seguro que esté ambientada en el futuro (incluso un futuro cercano). La novela sigue las peripecias de un ingeniero de transporte, Boyd Hakluyt, una eminencia en su campo, que ha sido contratado por Juan Sebastián Vados, el dictador de Aguazul (un país sud o centroamericano típico de la época), para que busque soluciones para unos problemas concretos que se han detectado en ciudad de Vados, la capital, un municipio creado de la nada un par de años antes, cuidadosamente diseñado por expertos extranjeros para ser una ciudad del futuro.

squares_city

El referente más evidente para esto, por supuesto, es la ciudad de Brasilia, comenzada a construir en 1956 e inaugurada en 1960 como capital de Brasil, aunque no es el único ejemplo contemporáneo, pues justo en esos años se estaba erigiendo también Islamabad, la nueva capital de Pakistán. En cualquier caso, el clima político es evidentemente sudamericano, así que es razonable asumir que el modelo para Vados fue la nueva metrópoli brasileña.

Nada más llegar a su destino, Boyd descubre dos cosas: primero, que en Aguazul existe auténtico fervor por el juego del ajedrez; segundo, que la situación municipal no es tan sencilla como le han hecho suponer y que de hecho hay dos bandos en pugna por definir el futuro de la ciudad (y pronto queda claro que su contratación tiene por motivo el contribuir a que se imponga una de esas visiones, la oficialista).

squares_city2

Lo que se sucede a partir de aquí es toda una serie de eventos, que van desde protestas populares y juicios mediáticos hasta una auténtica plaga de suicidios y asesinatos que van descabezando metódicamente a los hombres fuertes de ambos bandos. La postura premeditadamente apolítica de Boyd se ve puesta a prueba por todos estos incidentes, hasta el punto que solo desea acabar rápido el proyecto y largarse del país, aunque eso no va a ser tan fácil como le hubiera gustado, sobre todo cuando empieza a albergar serias dudas sobre la ética del líder que lo ha contratado.

El juego sucio es moneda corriente, empleándose en la guerra no declarada trucos  de dudosa moralidad como propaganda subliminal transmitida por medio de la televisión (el único elemento que podríamos quizás calificar de ciencia ficción, basado en un supuesto experimento realizado por James Vicary en 1957 que alcanzó gran notoriedad, aunque para 1962 ya se sabía que había sido un invento), manipulación de procesos legales y finalmente incluso violencia.

squares_city3

Algo en lo que Brunner pone especial cuidado, sin embargo, es en no presentar ninguna postura como completamente buena o completamente mala. Para cada una de esas estrategias hay una explicación perfectamente razonable y todos los actores en el drama parecen estar genuinamente convencidos de que su bando es el más justo y por ende el que merece triunfar.

«Las casillas de la ciudad» juega (bastante literalmente) una compleja partida en la que se esfuerza por equilibrar las posiciones (aunque a menudo se le ve el plumero al autor respecto hacia dónde se inclinan sus simpatías). De igual modo, aprovecha el planteamiento del conflicto para ir metiendo reflexiones sociológicas, abordando cuestiones políticas, económicas y raciales, que anticipan los grandes temas que tratará en novelas subsiguientes como «Todos sobre Zanzíbar» (1968) u «Órbita inestable» (1969).

squares_city5

La premeditada equidistancia, sin embargo, priva a la novela de poder llegar a ninguna conclusión definitiva, porque en el fondo «Las casillas de la ciudad» es un juego literario, una historia que ha caído en su propia trampa, constreñida por las necesidades narrativas de un artificio que el mismo Brunner desvela en una nota final (supongo que a estas alturas mantener el secreto no tiene mucho sentido, porque es algo que se ha comentado una y mil veces, pero aun así me abstendré de ahondar en esa cuestión por coherencia personal).

Dicho todo lo cual (que difícilmente puede considerarse de género fantástico y que la trama resulta un poco forzada y, por ello mismo, se traiciona a sí misma), he de confesar que me ha gustado. He seguido con interés en las peripecias de Boyd Hakluyt y la ciudad de Vados, con sus contradicciones, me ha resultado lo bastante interesante como para que me preocupe por cuál va a ser el desenlace. Como avanzaba, creo que John Brunner empezó a flexionar músculo con esta novela, y solo por eso pienso que ya vale la pena concederle una oportunidad.

squares_city4

Pese a su nominación al Hugo de aquel año, «Las casillas de la ciudad» nunca contó realmente con ninguna posibilidad. No el año que coronó a «Dune«, de Frank Herbert (y, sorprendentemente, también a «Tú, el inmortal«, de Roger Zelazny). Entre los convidados de piedra, se contaban igualmente «La Luna es una cruel amante«, de Robert A. Heinlein (que, por motivos ignotos, sí supo aprovechar su segunda oportunidad al año siguiente) y «Skylark DuQuesne», la conclusión de la serie de la Alondra del Espacio de E. E. Smith (incluida ahí meramente como homenaje póstumo a uno de los padres del género).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Davy

•enero 4, 2022 • Deja un comentario

Entregado a la ciencia ficción a la relativamente tardía edad de cuarenta y pico años, y tras un par de novelas (la segunda de las cuales, «A mirror for observers», le valió su mayor reconocimiento, el International Fantasy Award de 1955), el grueso de la producción de Edgar Pangborn giró en torno a un mismo escenario, unos EE.UU. postapocalípticos en los que tras un conflicto nuclear a escala planetaria la tecnología ha retrocedido a niveles preindustriales y el territorio se ha balcanizado, dando lugar a decenas de estados seudofeudales.

davy

Esta serie recibe por apelativo conjunto Tales of a Darkening World (Relatos de un Mundo Oscurecido), aunque muy a menudo se la conoce por el título de la primera novela del ciclo (por orden de publicación, que no según la cronología interna): «Davy» (1964), que es también la obra más conocida de Pangborn.

Unos trescientos años después de aquel conflicto, el personaje titular, Davy, que es también el narrador (aunque contándolo todo a modo de memorias, desde una veintena de años en el futuro), es un joven de poco más de trece años, atado por un contrato de servidumbre a una posada (para pagar la manutención estatal recibida en el orfanato donde, como hijo de una puta, se ha criado). Davy lleva una existencia simple, hasta que las circunstancias (el estallido de una guerra fronteriza y ciertas actividades, razonablemente inicuas, al menos por lo que se refiere a su patrón, aunque peligrosas en tiempos de conflicto) le fuerzan a escapar (no sin antes cumplir su sueño de fornicar con la hija del amo).

davy2

Inicia así un periplo que lo acabará llevando a bordo del Morning Star, un barco de vapor casi como los de antes, donde él y otros rebeldes parten al exilio después de un fracasado intento de reforma social en uno de los más poderosos estados del noreste de los antiguos EE.UU. Esto se nos cuenta a través de insinuaciones, porque en realidad el período que abarca la novela es bastante más corto, comprendiendo básicamente sus años de vagabundeo, primero en compañía de una pequeña banda de desertores (buena gente, sin embargo) y luego como integrante de una troupe itinerante (hasta que, de nuevo, las circunstancias lo obligan a abandonarlos).

Confieso que me ha costado comprender este libro (o, más bien, comprender qué vieron en él los votantes que lo nombraron finalista del premio Hugo de 1963). El escenario no resulta particularmente novedoso y ya no lo era en 1962. Para entonces, de hecho, se había transformado en una suerte de tópico, que se apoyaba en precursores tan magníficos como «The long tomorrow» de Leigh Brackett (1955) o «Cántico por Leibowtiz» de Walter M. Miller Jr. (1960). Ni siquiera el componente de maduración resulta a primera vista especial, aunque posiblemente en su época sorprendió por su tratamiento de la muy activa vida sexual de su joven protagonista (hoy lo que tenía de provocativo se ha tornado en machacón y un tanto gratuito… por no hablar de algún que otro encuentro de consentimiento dudoso).

davy4

La culpa la tiene en parte su estructura. En realidad, son dos novelas cortas, «The golden horn» y «A war of no consequence», publicadas originalmente en The Magazine of Fantasy & Science Fiction en 1962, engarzadas por medio de una historia auxiliar (que narra la llegada de los navegantes a unas islas atlánticas identificadas como el archipiélago de las Azores). La conexión temática entre los tres grandes bloques narrativos es… tenue.

En el primero, Davy se tropieza en los bosques cercanos a su hogar con uno de esos temibles mutantes de los que tanto le han hablado, quien se encuentra en posesión de una valiosa trompa precataclísmica (la música es una constante en las narraciones de Pangborn). El modo, no demasiado ético, en que Davy se hace con ella ocupa parte de la historia, descansando el resto en una superficial descripción del conflicto armado que pone todo en movimiento; un guerra sin consecuencias, como indica el título de la segunda novela corta, porque la propia sociedad se encuentra estancada, por decisión propia en niveles casi medievales.

davy5

Existen aquí y allá detalles que podrían justificar la alta estima que le tenía, por ejemplo, Ursula K. Le Guin a Edgar Pangborn. Así, por ejemplo, en ese futuro no hay conflictos raciales, por la simple razón de que el cuello de botella inicial ha creado una población mestiza muy homogénea (en la que se practica la eugenesia, eliminando sin piedad las mutaciones y donde caracteres inusuales como el pelo rojo se contemplan con sospecha), pero a la novela, por mucho que el Davy adulto se inmiscuya en la narración, le cuesta llegar al meollo filosófico y, cuando lo logra, lo hace de un modo tan sutil que al pricipio apenas resulta preceptible.

Porque resulta que el fundamentalismo religioso también es una de esas características comunes al escenario, así que al principio no le prestas mucha atención. Poco a poco, sin embargo, emerge un conflicto subyacente entre conservadurismo religioso y progresismo científico, al tiempo que la maduración de Davy va quedando más y más definida por su progresivo abandono de la fe que le han inculcado de pequeño (sin excesivo fervor) y su viaje hacia el ateísmo.

davy3

He ahí, por fin, el eje vertebral de «Davy». Se trata de una novela que describe la «conversión» al ateísmo de un joven, algo que incluso hoy en día resultaría polémico en los EE.UU., pero que Edgar Pangborn retrata con tanta sutileza que hay que estar muy atentos para verle venir. En ese sentido, lo (relativamente) tópico del escenario se convierte en un truco más del autor para enmascarar sus verdaderas intenciones. Así, al igual que pasaba con «A mirror for observers», «Davy» va ganando en interés a medida que lograr focalizar su discurso… aunque eso no basta para compensar por completo una estructura narrativa un tanto desarticulada.

A la postre, además, la novela se queda muy en la superficie, dejando la historia colgada y con un tremendo agujero en el centro para el que se insinúan acontecimientos que se antojan más interesantes que los que finalmente se acaban narrando en detalle. Al parecer, además, cualquiera interesado en estos hechos o en el futuro de Davy después de lo narrado en la novela se tiene que quedar con las ganas, porque el resto de historias ambientadas en este escenario funcionan más como precuelas, ambientándose en general unas pocas décadas después de la Guerra de los Veinte Minutos que lo desencadenó todo.

davy6

Así ocurre con «The judgemente of Eve» (1966) y «The company of glory» (1974), las dos novelas (breves) adicionales, y posiblemente también con el resto de historias, diez cuentos largos, publicados en distintos medios entre 1973 y 1975 y compilados parcialmente en la antología «Still I persist in wondering» (1978). En estas narraciones posteriores es más patente la orientación queer de Edgar Pangborn, que en «Davy» no queda más que ínfimamente sugerida (algo que deriva sin duda de los movimientos de liberación gays posteriores a 1969).

El premio Hugo de aquel año lo ganó Fritz Leiber con «El planeta errante» y hubo solo tres finalistas. Junto con «Davy», se contaron «El hombre completo«, de John Brunner, y «The planet buyer», de Cordwainer Smith, que con el tiempo acabaría constituyendo una porción de su única novela, «Nostrilia» (que no fue publicada de forma íntegra hasta 1975).

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Ruta de gloria

•diciembre 26, 2021 • Deja un comentario

En los Hugo se ha dado algún caso de autores obteniendo nominaciones, e incluso galardones, casi por incercia. El primero de ellos y uno de los más beneficiados fue sin duda Robert A. Heinlein. Apoyado quizás en el prestigio y reconocimiento entre los aficionados que le dio su larga etapa juvenil y su exitoso salto a una producción más ambiciosa, siguió acumulando finalistas, incluso con candidatos obviamente deficientes, hasta casi el final de su carrera (cuando su decadencia resultó ya imposible de ignorar). Tal es el caso de «Ruta de gloria» («Glory road», 1963), una de sus escasas incursiones en la fantasía (aunque disfrazada de ciencia ficción, como era costumbre en la época), que se impuso también a «Hija de Marte», la otra novela de Heinlein de aquel año.

La novela sigue las aventuras de E. C. Gordon, licenciado del ejército de una guerra que podría o no ser la de Vietnam (los EE.UU. todavía no habían entrado oficialmente en guerra), quien se encuentra con año libre por delante antes de tener que regresar a su hogar y reempreder cualesquiera planes que tuviera para su futuro. Tras una serie de digresiones, acaba en una comunidad nudista francesa y allí se tropieza con una rubia escultural y atiende a un extraño anuncio en un periódico que busca un héroe bajo una descripción que se le ajusta como anillo al dedo.

Al final, resulta que la solicitante es la rubia, llamada Star, y la empresa para que se le requiere implica un viaje transdimensional, en busca del Huevo del Fénix, en poder de una fuerza maliciosa. De modo que para allá que parte Gordon (rebautizado como Oscar… en referencia a la cicatriz, «scar», que cruza su cara), Star y su viejo asistente, Rufo, embarcados en la Ruta de Gloria, que los llevará por distintos planos hasta alcanzar la torre, sita en un mundo muerto, donde los enemigos de la chica guardan bajo terribles protecciones ese premio.

En «Ruta de gloria» hay en realidad dos novelas en conflicto. Por un lado, tenemos un homenaje al género de fantasía por parte de uno de los autores de ciencia ficción más influyentes de la Edad de Oro. Sobre el modelo de las farsas de James Branch Cabell («Jurgen, una comedia de justicia«), Heinlein se las arregla para referenciar desde «Alicia en el País de las Maravillas» hasta Conan, pasando por Talbot Mundy (Jimgrim), Edgar Rice Burroughs (las aventuras de John Carter) y hasta Tolkien (por «El hobbit«, que «El Señor de los Anillos» aún no se había publicado en los EE.UU.). Del mismo modo, parece evidente que «Ruta de gloria» influyó al menos en el ciclo de Xanth de Piers Anthony, muy posiblemente en las Crónicas de Thomas Covenant el Incrédulo de Stephen R. Donaldson y quizás hasta en la Saga de la Torre Oscura de Stephen King.

Por otro lado, sin embargo… Por otro lado tenemos una vergonzante fantasía juvenil, pergueñada por un cincuentón chocho (inconsciente de su condición), con un machismo rampante y sustituyendo las incómodas diatribas políticas del primer período del autor por las incómodas diatribas (y desvaríos) sexuales de su último período (sin que falte la casi-justificación de la pedofilía… si la niña en cuestión es suficientemente madura, por supuesto).

Hacia el final de su carrera, la ficción de Heinlein fue inclinándose cada vez más hacia el revanchismo subrogado y «Ruta de gloria» podría interpretarse como un adelanto de lo que vendría después (en títulos como «El número de la bestia» o, sobre todo, «El gato que atravesaba las paredes» y «Viaje más allá del crepúsculo»). Aquí empezamos con una pataleta en contra del ejército (apenas unos años después de idealizarlo con «Tropas del espacio«) y sigue con una fantasía de autorrealización en toda regla, con un personaje central que es un gilipollas integral (lo cual no deja de ser curioso pues, como suele ser habitual en su ficción, no es sino un trasunto del propio autor), con la típica mujer fuerte e independiente que se pliega al menor de sus deseos e incluso pullas nada disimuladas contra la democracia.

Viviendo en su randianamente utópica Central (un mundo, que digo, un multiverso, que se rige por el «dejar hacer», sin que el estado intervenga más que en los casos más graves de conflicto y a golpe de autoritarismo dictatorial), el Viejo Heinlein de turno, en este caso, un disminuido Rufo, lanza sus dardos contra la estúpida idea de que la opinión de cualquiera (uno de esos mindundis descerebrados, quizás como los que frustaron la carrera política del propio Heinlein) valga lo mismo que la de cualquier otro mucho más capacitado (él, por ejemplo).

Algunos alaban de la novela que no concluya tras el triunfo de la búsqueda, sino que explore el qué pasó después y el cómo se ajusta el héroe a la vida postaventurera; y sí, algo de eso hay. Profundizando un poco, sin embargo, no me cuesta observar ahí el reflejo de una crisis de mediana edad de caballo… lo cual no estaría mal, si no fuera porque Heinlein no parece ser consciente de que es eso lo que está plasmando (para él, Oscar es demasiado macho para soportar la inactividad y una vida regalada como acomodado consorte de la emperatriz del multiverso)

En otras palabras: «Ruta de gloria» es mala. Tal vez por que al ser literalmente una fantasía, es posible que en ella, libre de la estructura intelectual más rígida de la ciencia ficción, se aprecia un atisbo de la autocomplacencia a la que se entregaría desaforadamente más adelante.

El premio Hugo de 1969 lo ganó la meritoria «Estación de tránsito«, de Clifford D. Simak, si bien hubo cierta controversia alentada por quienes apostaban por la más moderna «Cuna de gato«, de Kurt Vonnegut; ahondando en la science-fantasy, Andre Norton obtuvo su única nominación por «Mundo de Brujas«; mientras que Frank Herbert amagó con «Dune world», la primera (y parcial) versión de lo que en un par de años acabaría convirtiéndose en «Dune«.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Entrevista con el vampiro

•diciembre 20, 2021 • Deja un comentario

Hace una semana se anunció que el pasado día 11 había fallecido a los ochenta años Anne Rice, a consecuencia de un derrame cerebral.

Autora relacionada con el southern gothic, publicó su primera libro, «Entrevista con el vampiro», en 1976. Tras la fría acogida inicial, se apartó de la escritura fantástica por nueve años, durante los que sacó un par de títulos realistas y, en 1985, un par de novelas eróticas (publicadas bajo seudónimo), que darían lugar a sendas series. Ese mismo año salió a la luz «Lestat el vampiro», que supuso toda una reinterpretación de sus personajes originales y un cambio de estilo, inaugurando así realmente las Crónicas Vampirícas, una larga serie que acabaría extendiéndose por quince libros.

Entrevista_vampiro

Junto con ella, publicó la trilogía paralela de las brujas de Mayfair y tres historias independientes en un estilo similar, antes de anunciar en 1998 su conversión al cristianismo y el abandono de sus anteriores series. Sin embargo, en 2010 (tras una trilogía histórica en torno a la figura de Jesús y un par de novelas fantásticas de temática cristiana), retornó a sus temas habituales con dos novelas sobre licántropos, una secuela de la hasta entonces novela independiente de Ramsés el maldito y los tres últimos libros de las Crónicas Vampíricas, sobre el príncipe Lestat.

La novela sobre la que sustenta su fama comienza con un vampiro, Louis, en el Nueva Orleans contemporáneo que ha decidido contarle la historia de su vida a un joven periodista (innominado en este primer libro, donde solo recibe el apelativo de «el chico»). Empieza así a relatar cómo fue convertido en 1791, cuando contaba con veinticinco años y era el cabeza de familia de unos colonos franceses en una plantación (Pointe du Lac) cercana a la ciudad antigua (en ese momento, colonia española).

interview_Vampire4

El vampiro que lo ha atacado, Lestat, pretende utilizar su dinero y posesiones para gozar de una posición que no puede procurarse por él solo (y para cuidar de su anciano padre ciego), pero las dispares personalidades pronto entran en conflicto, con el más refinado y sensible Louis hartándose progresivamente del tosco Lestat y de sus promesas de revelarle grandes secretos sobre su existencia sobrenatural. Todo acaba por estallar una noche en que los esclavos se rebelan y la mansión acaba siendo destruida por las llamas. Ese hubiera podido ser el fin de la asociación, pero una vez a salvo en un hotel de la ciudad, Lestat encuentra el modo de atar a Louis a su lado, convirtiendo en vampiresa a Claudia, una niña de apenas cinco años.

Las relaciones tumultuosas entre los tres se prolongan por años, mientras Claudia, incapaz de cambiar, sigue atrapada en el cuerpo de una niña, lo que va generando un odio cada vez más profundo hacia Lestat (y Louis), que finalmente vuelve a estallar, lanzando la novela en un nuevo rumbo, a la búsqueda de un sentido para esa existencia nocturna y depredadora a la que están todos ellos atados.

Confesiones_vampiro

Las circunstancias que rodearon la escritura de «Entrevista con el vampiro» («Interview with the vampire») son determinantes para el resultado final. Unos pocos años antes, Anne Rice había perdido a su primera (y por entonces única) hija, debido a una leucemia. Estaba a punto de cumplir los cinco años.

El ambiente mórbido y decadente de la novela, ese horror más ético o metafísico que tangible, nace en parte de la angustia por comprender un acontecimiento tan devastador como sobrevivir a un hijo, aquejado de una horrible maldición en la sangre. Es un sentimiento, el del dolor de la supervivencia, que se enhebra con una pérdida filosófica, la de un referente moral universal, debido al viaje desde el catolicismo de su niñez al ateísmo de ese momento de su vida, y que impregna cada página de «Entrevista con el vampiro» con un vértigo metafísico. Lo que impulsa a Louis no son sino las preguntas eternas: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Cuál es nuestro propósito? ¿Existe el bien? ¿Existe el mal? ¿Existe una autoridad ante la que plegarme y que me exonere de la responsabilidad por mis actos? ¿Qué me impulsa a vivir?

interview_Vampire

Anne Rice no fue la primera en retratar a un vampiro con dudas éticas. Ya en el serial victoriano de «Varney el vampiro» (James Malcolm Rymer y Thomas Peckett Prest, 1845-1847) hay entregas en los que el personaje titular siente aprensión por verse obligado a matar para sobrevivir (en otras, la mayoría, no; no se puede decir que ese serial fuera un paradigma de coherencia interna). Posiblemente sí que fue pionera en el modo en que simpatiza con el monstruo, hasta el extremo de que el punto de vista humano no tiene apenas cabida en la novela (salvo algún comentario suelto del periodista). En 1976 eso suponía ir completamente contra corriente, y tal vez por eso no fue sino hasta diez años después que sus novelas encontraron por fin su público.

Las Crónicas Vampíricas resultan en cierta forma irresistibles para la naciente cultura gótica y la figura trágica y romántica del vampiro empezó a cobrar forma, primero como metáfora de lo marginal y diferente (muchos lectores encontraron en ellos una metáfora sobre la homosexualidad que la autora negaba, aunque sobre todo a partir de los años noventa este componente empezó a ser más y más explícito en su ficción), idealizado por Anne Rice en su serie, con unas connotaciones mucho más oscuras y violentas en los libros de Poppy Z. Brite (como «La música de los vamprios«, de 1992) y más tarde, ya completamente suavizado, como una desvaído símil de la represión sexual («Muerto hasta el anochecer«, de Charlaine Harris, 2001, y cientos de obras de romance paranormal) o simplemente de la adolescencia (saga de Crepúsculo, de Stephanie Meyer, 2005-2008).

Confesiones_vampiro2

Es cierto que a Anne Rice podría achacársele parte de «culpa» en este proceso (en el que también es crucial la película de Francis Ford Coppola «Drácula, de Bram Stoker», 1992; así como los libros de Anita Blake, de Laurell K. Hamilton), pero al menos ella nunca renunció por completo al componente de horror, nunca terminó de desligar por completo sus vampiros de su naturaleza monstruosa, y la completa amoralidad de Claudia, por ejemplo, queda retratada como un horror mayor que el nihilismo de superhombre de Lestat.

«Entrevista con el vampiro» es un magnífico ejemplo de Southern gothic. Las contradicciones subyacentes dotan a la novela de una fuerza de la que el resto de la serie carece (a partir de «Lestat el vampiro», Anne Rice replanteó por completo el enfoque narrativo y filosófico de la serie, arrebatándole el protagonismo y la palabra a Louis para centrarlo todo en un reinterpretado Lestat). En otras palabras, pienso que esta novela es muy, muy superior al resto y vale mucho la pena.

interview_Vampire3

En 1977 la novela fue designada finalista del British Fantasy Award (un año en que ganó Gorden R. Dickson por «La torre abominable«) y en 1992 fue magníficamente adaptada al cine por Neil Jordan (aunque los personajes de Louis y Lestat presentan cierta influencia de su plasmación en el resto de libros de la trilogía original, «Lestat el vampiro» y «La reina de los condenados», que por entonces ya estaban publicados).

_________________________________

annerice

Anne Rice (4 de octubre de 1941 – 11 de diciembre de 2021)

IN MEMORIAM

Encuentro en Zarathustra

•diciembre 13, 2021 • 2 comentarios

H. Beam Piper dio inicio a su carrera en 1947, entrando directamente en la órbita de John W. Campbell y Astounding. Durante trece años fue conocido sobre todo por sus relatos, aunque de esta época se cuentan tres breves novelas (dos de ellas publicadas en colaboración). A partir de 1961, sin embargo, empezó a volcarse más en la novela y publicó seis en cinco años. Sin embargo, la muerte de su agente, ocurrida antes de que pudiera comunicarle un buen número de ventas, unida a penurias económicas derivadas en parte de un agrio divorcio, lo llevaron al suicidio, que perpetró con una de las armas que coleccionaba.

encuentro_zarathustra

Su producción se inscribe principalmente en un par de grandes series. Por un lado, la del Paratiempo, sobre una sociedad que ha dominado el viaje entre hilos temporales y patrulla el universo para evitar desviaciones. Consiste en ocho relatos y una novela, «Lord Kalvan of Otherwhen», publicada póstumamente en 1965. Su serie principal, sin embargo, es la Terro-humana, que constituye una historia del futuro que abarca unos seis mil años, tras una guerra atómica en 1973 de la que surge una Federación que a su vez acaba dando paso a un imperio terrano (pese a constituir el período más extenso, el imperial fue el menos desarrollado por el autor).

A esta serie corresponden también ocho relatos, a los que se suman seis novelas, de las cuales las más famosas son la trilogía de los peluditos (little fuzzy). En 1963 «Litte fuzzy» («Encuentro en Zarathustra») obtuvo una nominación al premio Hugo, y su popularidad le llevó a publicar en 1964 una secuela, «The other human race» (rebautizada posteriormente como «Fuzzy sapiens»). En 1984 se encontró entre los papeles del autor el manuscrito de una tercera novela inédita, que se publicó bajo el título de «Fuzzies and other people».

LittleFuzzy

Si hubiera que definir «Encuentro en Zarathustra» con una sola palabra, yo elegiría «simpática». La novela nos cuenta las peripecias de Jack Holloway, un humilde trabajador en el planeta Zarathustra, cuyo único producto de exportación son las piedras solares. Cierto día, Holloway se tropieza con un ejemplar particularmente curioso de la más desarrollada forma de vida nativa, unos diminutos antropoides de espesa pelambre dorada que bautiza como «peluditos» (otra posible traducción de «fuzzy» sería «difusos», y esto es una polisemia totalmente premeditada).

Poco a poco, Holloway va convenciéndose de la inteligencia de sus nuevos amigos, hasta el punto de llegar a plantearse el que pudieran ser sapientes. Esto no cuadra con los intereses de la compañía que controla la extracción de piedras solares, pues de existir vida sentiente en el planeta sus prerrogativas se verían muy limitadas. Así pues, Victor Grego, el gestor principal de la empresa arrendataria de Zarathustra se apresta a pelear con todas sus fuerzas contra la noción de que esos simpáticos peluditos puedan ser inteligentes, y tras unos cuantos dimes y diretes y cierto juego sucio, al final, la cuestión se dirimirá del modo más estadounidense imaginable: en un tribunal, mediante un proceso que pone el quid del caso en la sapiencia o no de los peluditos.

LittleFuzzy2

«Encuentro en Zarathustra» aborda temas profundos, como la definición exacta de inteligencia o el equilibrio entre los derechos éticos y las necesidades económicas, pero lo hace con una simplicidad deliciosa, que no implica necesariamente superficialidad. De algún modo, Piper consiguió escribir una novela ecologista sin resultar sermoneante, una fábula moderna que toca sin la menor vergüenza todas las teclas emocionales que se ponen a su alcance, de un modo tan flagrante que es fácil perdonárselo. De vez en cuando, lo que te apetece es justo una novela de esas que te hacen sentir bien, y «Little fuzzy» es una de ellas.

Es cierto que la resolución judicial del caso reposa, más que en una maniobra astuta por parte de Holloway y sus seguidores, en un pequeño deus ex machina (que se salva de resultar excesivamente tramposo por cómo su semilla está ahí desde el principio… más o menos), pero esta flaqueza no deja de estar en consonancia con la ligereza de la trama. «Encuentro en Zarathustra» nos tiene en realidad ganados desde la presentación de los peluditos, que son justo el tipo de peluche viviente que cualquier película de ciencia ficción mataría por tener (y  hasta es posible que los ewoks les deban más de lo que posiblemente Lucas esté dispuesto a confesar).

LittleFuzzy3

La popularidad de las historias de los peluditos queda atestiguada a través de la publicación de cinco secuelas oficiales por otros autores. En 1981, William Tuning, a petición de la editorial ACE, publicó la secuela «Fuzzy bones» (esto fue antes del descubrimiento de la tercera novela de Piper). A esta siguió «Golden dreams: a fuzzy odyssey», de Ardath Mayhar (1984), que cuenta de nuevo la historia de «Encuentro de Zarathustra», pero desde el punto de vista de los peluditos. Más recientemente, John Scalzi, con permiso de los herederos de Piper, escribió una suerte de reboot de la franquicia, titulada «Fuzzy nation» («El visitante inesperado»), mientras que Wolfgang Dierh ha producido una trilogía secuela (que toma como canónica «Fuzzies and other people» en vez de «Fuzzy bones»), en colaboración con John F. Carr (albacea literario de Piper).

No solo el tiempo ha sido amable con esta novela (a tenor de la atención que aún despierta). Ya en su época le brindó a Piper su única nominación al premio Hugo, en un año en que la victoria (totalmente justa) fue para Philip K. Dick con «El hombre en el castillo«, siendo el resto de nominados Arthur C. Clarke por «Naufragio en el mar selenita«, Vercors por «Sylva» y Marion Zimmer Bradley por «The sword of Aldones» (posteriormente ampliada como «El exilio de Sharra»).

Otras opiniones:

 

Naufragio en el mar selenita

•diciembre 7, 2021 • Deja un comentario

Pese a su relevancia, Arthur C. Clarke apenas tuvo presencia en los primeros premios Hugo (quitando del temprano triunfo en la categoría de relato por «La estrella» en 1955). Esto, en parte, fue cuestión de mala suerte. Sus mejores novelas de la época las publicó o justo el año antes de que empezaran a entregarse («Preludio al espacio» y «Las arenas de Marte«) o precisamente en los años que se saltaron la categoría («El fin de la infancia» en 1953, aunque luego fue candidata al retroHugo de 1954, y sobre todo «La ciudad y las estrellas» en 1956). Por ello, su primera nominación (en novela) hubo de retrasarse hasta 1963, con la publicación de «Naufragio en el mar selenita» («A fall of moondust»)… en 1961 (el porqué fue nominada dos años después se escapa a mi comprensión).

fall_moondust5

«Naufragio en el mar selenita» es bastante típica dentro de la producción temprana de Clarke (de hecho, marca para muchos críticos el final de esta primera etapa, en el sentido de que enfrenta a unos hombres con un desafío que solo podrán superar aliados con la ciencia. En un momento en que la Luna acababa de ser elegida como meta de la carrera espacial (por John F. Kennedy, en un mensaje al congreso en mayo), Clarke se imagina nuestro satélite ya «domesticado», convertido en un prosaico destino turístico. Pero en el espacio, hasta lo más rutinario puede transformarse en un desafío.

A falta de información directa de nuestro satélite, Clarke imagina un océano de fino polvo acumulado en una depresión, por el que puede navegar una nave estanca, la Selene, al mando de un joven (y no muy ambicioso) capitán, con una azafata y veinte afortunados turistas. Bueno, afortunados hasta que ocurre lo inimaginable y un pequeño lunamoto, con epicentro justo bajo el mar de polvo, licua ese inusual sustrato y provoca que el vehículo se hunda quince metros bajo la superficie. Es entonces cuando sus ocupantes, junto con las autoridades y especialistas pertinentes, empiezan a librar un combate a contrarreloj contra las implacables leyes de la física.

naufragio_mar_selenita

Lo que sigue es un desarrollo bastante típico, en el que se van encadenando problemas potencialmente catastróficos a los que buscar soluciones inspiradas por la ciencia, mientras a bordo de la Selene la tripulación (con ayuda de un famoso héroe espacial que por casualidad estaba realizando el trayecto a petición de los dueños de la compañía) se esfuerza no solo por colaborar en su rescate, sino también por entretener al variopinto grupo de viajeros (muy británicos ellos).

Los personajes son simples, pero están quizás mejor definidos de lo que era habitual en Clarke, y su modelo de hard ingenieril no solo es más accesible que el físico de, por ejemplo, Hal Clement, sino que mantiene con relativa facilidad su vigencia. Lo que sí ha quedado totalmente desfasado es su planteamiento social, bastante machista (simplemente, no le alcanzó la imaginación para proyectar una mayor igualdad en el futuro a cien años vista), aun siendo Clarke un humanista muy adelantado a su tiempo, que presenta por ejemplo a uno de los personajes como un inteligente físico y tal vez el mejor de los pasajeros… antes de revelar su linaje como aborigen australiano (hasta 1962 los aborígenes no pudieron votar y hasta 1967 no poseyeron los mismos derechos que el resto de habitantes de Australia, aunque a efectos prácticos siguen siendo incluso a día de hoy una etnia con problemas de integración).

fall_moondust3

Estos detalles son los que lastran y datan un poco la historia que, por lo demás, bien podría haber sido escrita hoy en día (respecto, quizás, a otro satélite más ignoto de nuestro Sistema Solar). Clarke es meticuloso y la estructura sigue siendo hoy en día el modelo sobre el que se construye cualquier aventura catastrófica que se precie. Por una vez, además, es de agradecer que un autor reduzca al mínimo imprescindible el melodrama barato (pues plantea un escenario donde otros muchos escritores, menos hábiles en el planteamiento de desafíos técnicos, podrían haberse visto impelidos a engordar el conflicto artificialmente a base de encontronazos de carácter personal).

Como curiosidad, podría mencionarse que Clarke, racionalista hasta el fin, emplea a uno de sus personajes (un pasajero conspiranoico) para burlarse de la ufología… lo cual no le sentó nada bien al traductor, el reconocido ufólogo español Antonio Ribera (autor también de novelas de ciencia ficción), que se despachó a gusto sobre el particular en una notas a pie de página que confieren a la obra una insospechada (e involuntaria) riqueza metatextual.

naufragio_mar_selenita2

Tras «Naufragio en el mar selenita» Clarke publicó una novela juvenil y otra no de género en 1963, y tras liarse con Stanley Kubrik no volvió a sacar una nueva novela hasta 1968 con «2001: Una Odisea en el espacio» (después de pasar cuatro años trabajando en el proyecto). Fue una época más centrada en la divulgación científica, que dio paso a su período más reconocido gracias a la fama otorgada por el cine. Como punto final de una era, «Naufragio en el mar selenita» es una pequeña/gran novela, cuya sencillez le confiere todavía más mérito, porque a veces no hace falta deslumbrar, sino simplemente proponerse un objetivo y cumplirlo a la perfección.

Philip K. Dick mereció por completo el Hugo de aquel año por «El hombre en el castillo«, pero la de Clarke (cuestiones dudosas de elegibildiad aparte) no fue en absoluto una mala nominación. El quinteto de finalistas se completó con «The sword of Aldones», de Marion Zimmer Bradley (una de sus primeras novelas del ciclo de Darkover, posteriormente reescrita por completo como «El exilio de Sharra»), la simpática novelita «Encuentro en Zarathustra«, de H. Beam Piper, y la más extraña del grupo, «Sylva«, de Vercors (Jean Bruller), que fue no solo la priera novela traducida en obtener una nominación, sino también la primera puramente de fantasía.

Otros libros del mismo autor reseñados en Rescepto:

El otoño de las estrellas

•diciembre 1, 2021 • Deja un comentario

El pasado día 23 de noviembre se anunció el fallecimiento de Miquel Barceló, una de las personalidades fundamentales en la evolución de la ciencia ficción en España.

Tras sus primeros pinitos en la edición, como responsable del fanzine Kandama a principios de los ochenta, en 1986 se hizo cargo de la dirección del nuevo sello Nova para Ediciones B, y fue a través de él como nos abrió las puertas de la mejor ciencia ficción internacional (con posterioridad, dirigió también la efímera colección Omicrón de la editorial Libros del Atril). Fueron decenas (cientos) de títulos, muchos de ellos provistos de sus característicos (y a veces controvertidos) prólogos. En Nova apareció también su clásico ensayo «Ciencia ficción: guía de lectura» (1990), que vino a rellenar un gran hueco que había en el panorama nacional y que abrió a muchos las puertas del género en una época en la que la información no se encontraba tan disponible como hoy en día (y en Nova también participó como autor, junto con Pedro Jorge Romero, con su única novela, «El otoño de las estrellas», y años después con un fix up, «El tríptico de Dios»).

De importancia no menor cabría mencionar su papel en la creación y mantenimiento del premio UPC, tal vez el más prestigioso (y sin duda el más internacional) de cuantos se han concecido en nuestro país a la ciencia ficción (y que está por fin de vuelta, tras unos años de declive, si bien con una periodicidad bianual).

En 2001 recibió su único premio Ignotus (a mejor libro de ensayo, por «Paradojas: Ciencia en la ciencia ficción), si bien por dos veces las antologías del premio UPC por él coordinadas obtuvieron también este galardón. Eso sí, ya en 1996 había recibido el premio Gabriel, como reconocimiento a todo su trabajo en pro de la ciencia ficción.

otoño_estrellas

«El otoño de las estrellas» (2001) constituye una relativa rareza dentro de la ciencia ficción española por su vocación hard (algo más singular hace veinte años). Parte de una novela corta, «Testimoni de Narom», que fue ganadora en 1998 del premio andorrano Juli Verne a narrativa breve de ciencia ficción en catalán, a la cual se le añadió para su edición en Nova una segunda línea argumental. Así, la obra final se compone de dos historias que se van alternando para confluir (más o menos) al final.

La primera de ellas nos sitúa en Geria, un planeta recientemente colonizado en un futuro distante varios siglos de nuestros días. Este mundo se caracteriza por una extraña sucesión de estaciones que sufren transiciones irregulares y cataclísmicas, hasta el punto de impedir la habitabilidad en la superficie planetaria. La ciencia se ha visto incapaz de explicar este fenómeno y en su sustitución ha emergido una suerte de religión, que impulsa cada cambio de estación a unos pocos colonos a arrostrar las terribles tormentas del cambio en busca de los míticos habitantes originales de aquel mundo, los gerios. Ninguno de ellos ha regresado jamás, lo que supone una grave preocupación para el narrador, un ingeniero de soporte vital cuya novia ha partido inopinadamente en busca de esa quimera.

La segunda trama se sitúa unos mil años en el futuro de esta. A esa realidad posthumana despierta Tawa, un astronauta perdido en el espacio en el siglo XXIII y resucitado gracias a la fabulosa nanotecnología del XLVIII. Los hijos de la Tierra han alcanzado un desarrollo extraordinario que los ha vuelto no solo inmortales, sino casi omnipotentes. Las grandes obras de astroingeniería se desarrollan por doquier y posthumanos comparten universo con entidades puramente artificiales… pero siempre de su creación. La galaxia se ha probado un territorio yermo por lo que respecta a vida no ya solo inteligente, sino incluso superior. En busca de un propósito que le permita reconectar con una existencia tan diferente a la suya original, Tawa encuentra motivación en la exploración del único planeta en el que se ha detectado una civilización tecnológica (de reptiles), aunque con una psicología muy diferente de la humana.

La novela alterna entre ambas líneas narrativas, sin que existan realmente muchos puntos de unión, más allá de un interés manifiesto por explorar conceptos avanzados de cosmología, nanotecnología y astroingeniería. En ello queda de manifiesto no tanto la formación específica (ambos autores eran ingenieros aeronáuticos, a lo que Miquel Barceló añadía un doctorado en informática y una diplomatura en ingeniería nuclear) como un interés general por la ciencia y sus posibilidades.

testimoni_narom

De igual modo, son más que evidentes las influencias (el uno como editor y el otro como traductor eran grandes conocedores de la ciencia ficción anglosajona), que sin embargo no resultan excesivamente molestas por lo amplio del abanico de referentes, que van desde las reconocidas «Río lento» (Nicola Griffith, 1996), «Marte se mueve» (Greg Bear, 1993) o «Hacedor de estrellas» (Olaf Stapledon, 1937) a las más que probables «Pórtico» (y su saga, de Frederick Pohl, 1977), «La era del diamante» (Neal Stephenson, 1995) y «Ciudad Permutación» (Greg Egan, 1994) o incluso algo de Sheffield («Entre los latidos de la noche», «La odisea del mañana«, «La telaraña entre los mundos«) y a saber cuántos más. Esa es la cuestión: cuando la inspiración es directa, el resultado adolece de poca personalidad; sin embargo, cuando bebes de múltiples fuentes, la novela, aun siendo evocadora de todas ellas, posee pese a todo un carácter propio.

¿Es suficiente con eso? Bueno, no del todo. La inexperiencia de los autores en el campo de la ficción se deja notar claramente. Los personajes son superficiales, la narración presenta una acusada tendencia a caer en el didactismo y la mera enunciación de sucesos, errores como las repeticiones innecesarias son abundantes y las tramas en sí resultan bastante simplonas, con ciertos giros argumentales tratados con una excesiva ligereza que los priva de dramatismo. Todo lo cual no implica que la novela no sea disfrutable.

Hay un toque de optimismo y confianza en la ciencia y el futuro que a menudo se echa de menos en la ciencia ficción hard moderna. Es cierto que, sobre todo en la trama del futuro lejano, hay a veces un aluvión de ideas que no terminan de encajar ni mucho menos llegan a desarrollarse, pero esa misma exhuberancia retrotrae a tiempos más optimistas, en los que el futuro se contemplaba con esperanza. En muchos sentidos, «El otoño de las estrellas» es una utopía tecnológica, y leída así se minimiza el peso de la trama o los personajes en la valoración final.

Quizás su mayor virtud resida precisamente en tener muy claras sus limitaciones y operar así dentro de ellas para ofrecer una visión amable del futuro de la humanidad (lo cual no le impide desviarse ocasionalmente hacia el drama o incluso la tragedia). «El otoño de las estrellas» ofrece ciencia ficción hard de la vieja escuela (nada de elucubraciones metafísicas) y es razonablemente eficaz en cumplir su propósito: entretener con lectura ligera y apelar al sentido de la maravilla a través de la ciencia. No pretende más, no logra menos.

_________________________________

miquel-barcelo

Miquel Barceló (30 de noviembre de 1948 – 23 de noviembre de 2021)

IN MEMORIAM

Otras opiniones:

Chuck Tingle pounded by the Hugo (in the butt)

•noviembre 25, 2021 • 2 comentarios

Vale, ya está, he encontrado la mejor historia referente a los premios Hugos que jamás ha habido y jamás habrá. A partir de ahora, todo podrá aspirar a lo sumo a un lejano segundo puesto. Se trata de la nominación de Chuck Tingle en 2016 a mejor relato por «Space raptor butt invasion» («La invasión anal del raptor espacial»).

¿Qué quién es Chuck Tingle? Pues uno de los más prolíficos y exitosos escritores de narraciones eróticas en Amazon. ¿Su especialidad? Relatos gays con un toque absurdo y no poca intencionalidad política, que no dudan en satirizar cualquier tendencia imperante en el subgénero (como el dinoporno), cuyo objetivo último, sin embargo, era entretener, con títulos como «Pounded in the butt by my own butt» («Enculado por mi propio culo»; una historia de ciencia ficción que, al parecer, involucra clonación, quimeras genéticas y narcisismo), «My billionaire triceratops craves gay ass» («A mi triceratops multimillonario le van los culos gays») apuntando tanto a los fans del dinoporno como a los seguidores de «Cincuenta sombras de Grey»), «Taken by the gay unicorn biker» («Poseído por el unicornio gay motero») o «Pounded by the pound: Turned gay by the socioeconomic implications of Britain leaving the European Union» («Acometido por la libra: vuelto gay por las implicaciones socioeconómicas de la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea»)..

Hasta aquí, todo normal (dentro del submundo de la autopublicación de nicho en Amazon). Chuck Tingle era una figura conocida y celebrada por una selecta minoría de connoisseurs, que iba sacando ebook tras ebook a su bola, sin meterse con nadie. Entran los Rabid Puppies.

Toca remontarnos un poco atrás. Como ya sabréis, en 2014 un tal Larry Correia inició una campaña para «devolver los Hugo al camino recto» (es decir: sin tanta preocupación por cuestiones vanales como políticas identitarias y representatividad). La campaña fue exitosa, logrando su nominación como finalista en la categoría de novela por «Warbound», de ahí que para el años siguiente la campaña,  bautizada como los Sad Puppies, fue cooptada por elementos conservadores y etuvo aún más «éxito», al lograr mediante votos concertados colocar a varios de sus candidatos, representantes de la buena y vieja ciencia ficción de siempre, entre los finalistas (incluyendo dos en la categoría de novela).

En fin, se han escrito ríos de tinta (mayormente electrónica) sobre esta cuestión y, dado que no es el tema central de esta entrada, vamos a la chicha. Para 2016, un tal Brad Torgensen tomó el relevo al frente de los Sad Puppies y el ultraconservador Vox Day (que ya había sido expulsado de la SFWA por comentarios racistas) subió las apuestas creando los más extremos Rabid Puppies, un grupo asociado al alt-right estadounidense cuyo objetivo ya era directamente cargarse los Hugo (porque los Sad Puppies habían logrado cierto éxito colocando nombres entre los finalistas a categorías menores, e incluso copando alguna, pero se habían tropezado una y otra vez con un muro en la votación final, optándose en algún caso extremo hasta por la opción de «no premio»).

A tal fin, entre sus propuestas incluyeron autores y obras legítimamente nominables, que ideológicamente nada tenían que ver con ese grupúsculo, porque en los años precedentes algunos nominados habían retirado su candidatura por no querer verse relacionados con los Puppies y buscaban provocar esa misma reacción. Por añadidura, en 2016 lograron colar a Chuck Tingle con su inofensiva parodia entre los nominados a mejor relato (junto con tres de sus candidatos y un único relato ajeno a todo el proceso, «Cat pictures please«, de Naomi Kritzer, que a la postre resultó ganadora). Vox Day lo celebró como una gran victoria. No podía estar más equivocado.

Chuck Tingle, muy conocido por sus posturas progresistas (en las escasas entrevistas que había concedido, todas manteniendo su anonimato, defendía que su intención última era combatir la homofobia y cualquier tipo de discriminación a través del absurdo), se vio en la tesitura de si retirar o no su candidatura (aunque muchas voces muy aclamadas, como la de Neil Gaiman, urgían a los autores que nada tenían que ver con la campaña a mantener sus candidaturas para no concederles una victoria a los Puppies). En vez de eso, decidió volver las tornas y convertir su nominación en una broma, sí, pero no contra los Hugo, sino contra los Puppies.

Así, empezó por anunciar que si ganaba recogería el premio en su lugar Zöe Quinn, una activista feminista muy destacada en la polémica del Gamergate y enemiga declarada de los Puppies. No contento con eso, sacó un nuevo relato: «Slammed in the butt by my Hugo award nomination» («Embestido en el culo por mi nominación al premio Hugo», una historia de amor y sexo entre el doctor Chuck Tingle y un premio Hugo). Además, se dio cuenta de que a los Puppies se les había pasado por alto un pequeño detalle: no habían registrado el dominio therabbidpuppies.com.

Ni corto, ni perezoso, se hizo con él y lo utilizó para dar soporte a campañas anti-discriminación online, apoyar la nominación al Hugo de N. K. Jemisin por «La quinta estación» (demostrando una enorme deportividad, pues Jemisin había cargado en términos despectivos contra su nominación) y servir de eco a campañas de crowdfunding en favor del colectivo LGBTQ. El dominio sigue activo (aunque solo sea por que no lo «reclamen» los cachorrillos rabiosos), aunque la página en sí ha sido rebautizada como The Tingle Puppies.

«Space raptor butt invasion» no ganó (quedó en tercer lugar, justo por detrás de la vencedora y de «no premio», pero por delante de los tres candidatos Puppies), pero Chuck Tingle se lo tomó a bien, publicando «Pounded in the butt by my Hugo award loss» (from Hugo nominated author Chuck Tingle) («Enculado por mi fracaso en los premios Hugo», por el autor nominado al Hugo Chuck Tingle) y completando la trilogía de los raptores espaciales con «Space raptor butt redemption» y «Space raptor butt ascension«.

En 2017, tras la implementación de medidas para evitar el voto concertado, que acabaron definitivamente con la mamarachada de los Puppies, Chuck Tingle recibió su segunda (y legítima) nominación al premio Hugo, esta vez como mejor escritor aficionado. Logro que, por supuesto, celebró publicando «Pounded in the butt by my second Hugo nomination» («Enculado por mi segunda nominación al Hugo»).

Desde entonces su ficción ha tomado un cariz un poco más político, siempre desde la sátira, con títulos como «Domald Tromp’s ass is haunted by the handsome ghost of his incriminating tax returns» (El culo de Domald Tromp está embrujado por el atractivo fantasma de sus incriminatorias declaraciones fiscales»)  o «Billionaire Elons Mugg takes the handsome planet Mars in his butt« («El multimillonario Elons Mugg recibe al atractivo planeta Marte en su culo»), sin descuidar sus grandes éxitos, incluso en modo meta extremo (Pounded in the butt by my book «Pounded in the butt by my book ‘Pounded in the butt by my book «Pounded in the butt by my own butt»'»… Enculado por mi libro «Enculado por mi libro ‘Enculado por mi libro «Enculado por mi propio culo»'»… que es el cuarto volumen de la recursiva serie).

No duda tampoco en seguir haciendo uso de la frase promocional «Del finalista al Hugo Chuck Tingle» (o incluso «Del doble finalista al Hugo Chuck Tingle»), sobre todo en títulos conectados con el fantástico, como su sátira en contra de las declaraciones tránsfobas de J. K. Rowling «Trans wizard Harriet Porber and the bad boy parasaurolophus» («La maga trans Harriet Porber y el parasaurolophus malote», 2020), esta sí, una novela de ciento cincuenta páginas, que ya cuenta incluso con una secuela: «Trans wizard Harriet Porber and the theater of love» («La maga trans Harriet Porber y el teatro del amor», 2021).

A todo esto. ¿Es buena literatura la de Chuck Tingle?

Pues las referencias de que dispongo sugieren que, dentro de su estilo absurdo, satírico y provocador, sus historias no están para nada mal. El medio impone ciertas exigencias en cuanto a ritmo, pero se preocupa por trabajar sus personajes, el worldbuilding suele ser sorprendentemente elaborado (a pesar de lo reiterativo de sus títulos y habida cuenta de que todo es una gran broma), hay a menudo cierto trasfondo filosófico o social y la parte erótica, surrealismos aparte, está tratada con (relativa) seriedad (y, sobre todo, respeto por la comunidad LGBT). Estoy bastante seguro de que habré leído cosas mucho peores… con pretensiones mucho más altas.

¿Curiosos? Podéis escuchar algunos de los relatos de Chuck Tingle a través de Pounded in the Butt by my Own Podcast.

Sylva

•noviembre 22, 2021 • Deja un comentario

De las trescientas treinta y tantas novelas que han sido finalistas al premio Hugo, posiblemente la más improbable (y desconocida) sea «Sylva», del francés Vercors (Jean Bruller), nominada en la edición de 1963, siendo simultáneamente la primera obra de fantasía pura finalista y la primera escrita originalmente en un idioma diferente del inglés (¡tuvieron que pasar cincuenta y dos años para que nominaran la segunda, «El problema de los tres cuerpos«, de Cixin Liu!). Cómo lo consiguió, habida cuenta además de que no es ninguna obra maestra olvidada, se escapa a mi comprensión (aunque sospecho que pudo haber algo de juego sucio, teniendo en cuenta además que hasta a los autores británicos les costaba ser reconocidos en esa época).

La trama es fácil de resumir. En los años veinte, un joven caballero inglés presencia la milagrosa transformación de una zorra en una bella muchacha que, pese a todo, conserva inicialmente la mentalidad animal. Poco a poco, y a través de grandes esfuerzos, va adquiriendo facultades humanas, mientras la actitud de su cuidador para con ella va cambiando, también con notable parsimonia. Eso es básicamente todo. Una narración contada en primera persona (y en pasado, supongo que porque esta misma historia, ambientada en los años sesenta, sería incluso más anodina), con un puntillismo cansino que no conduce realmente a nada, ni construye ningún tipo de discurso filosófico más allá de unas vagas nociones antropológicas que posiblemente ya estaban anticuadas en los años sesenta (y de ahí, también, esa ambientación anticuada).

Hay dispersas aquí y allá subtramas que involucran a la media docena de personajes secundarios con un mínimo de presencia (como la drogadicción en la que cae una potencial rival de Sylva, antigua casi novia del narrador), pero que se quedan igualmente en la superficie… y ya. Muy, muy poca sustancia para dar consistencia a una narración tan larga. Da la impresión de ser un cuento largo, quizás incluso una novela corta, estirada y estirada hasta la extenuación. De hecho, no oculta su relación con una novela corta de David Garnett de 1922, «Lady into fox», que cuenta la historia justamente opuesta, la de una joven dama que un día, sin previo aviso, se transforma en zorra. No solo la obra de Vercors  presenta un reflejo especular de esta premisa, sino que las respectivas mujeres se llaman de forma parecida (Silvia/Sylva) y existen otros paralelismos en el desarrollo de ambas historias. La principal diferencia es que Garnett lo cuenta todo en cien páginas, mientras que Jean Bruller alarga y alarga su novela hasta llegar casi a las trescientas (sin añadir un ápice más de profundidad).

Todo esto queda epitomizado en la apresurada y un tanto surrealista resolución, que no cierra nada, no conecta con nada y no da sentido a nada, quedando únicamente como el giro sorpresa que podría diseñarse para un relato breve e inconsecuente (y que, de nuevo, referencia el remate de «Lady into fox», si bien no esta vez como un reflejo invertido). Puro impacto gratuito, sin mayor relevancia.

Como adelantaba, no encuentro una explicación lógica a su inclusión entre las novelas finalistas al Hugo que no implique algún tipo de campaña sucia por parte del autor o su entorno (lo bastante moderada como para no hacer saltar las alarmas). Aquel 1962, por ejemplo, quedaron fuera títulos como «La isla» de Aldous Huxley, «La naranja mecánica» de Anthony Burguess o «El mundo sumergido» de J. G. Ballard, e «Invernáculo» de Brian Aldiss acabó entrando (e incluso se llevó el gato al agua), pero en otra decisión extraña no como novela, sino en la categoría de relato (para el conjunto de textos del fix-up).

Ni siquiera creo que pueda colgársele la medalla de haber abierto los premios Hugo a la fantasía, pues si bien obras de este género empezaron a aparecer de forma más consistente entre los finalistas (aunque por décadas lo más común era que fueran disimuladas como algún tipo de science-fantasy), ello también pudo deberse a los cambios que fueron introduciéndose en el mercado estadounidense tras la publicación en 1965 de «El Señor de los Anillos».

Disquisiciones inconsecuentes aparte, encuentro muy poco que recomendar en «Sylva» como novela, con independencia de cualquier reconocimiento que pudo o no recibir. Tal vez no soy el lector adecuado, porque necesito percibir algo detrás de la mera enunciación de acontecimientos y en este libro no encuentro absolutamente nada. Tal vez «Sylva» tenga que sentirse más que reflexionarse. Solo sé que a duras penas conseguí acabarlo y que al hacerlo no podían importarme menos ni Sylva ni el aburrido narrador de la historia.

Aquel año Philip K. Dick ganó su único premio Hugo con «El hombre en el castillo«, mientras que Marion Zimmer Bradley logró una nominación por «The sword of Aldones» (que más tarde reescribiría como «El exilio de Sharra»), H. Beam Piper hizo lo propio con una novelita muy simple, aunque tremendamente simpática, «Encuentro en Zarathustra» y, en otra decisión extraña (y van…), se incluyó en el quinteto de destacados una novela de Arthur C. Clarke editada (tanto en el Reino Unido como en los EE.UU.) en 1961, «Naufragio en el mar selenita«, que no había sido nominada en su año.

Ya solo queda mencionar que en 2019, casi sesenta años después de la edición en cuestión de los premios Hugo, se reconoció oficialmente como coautora (y por tanto como cofinalista) a Rita Barisse, la mujer de Jean Bruller y su traductora al inglés (era una periodista británica), posiblemente a raíz de la inclusión de Ken Liu como traductor de Cixin Liu en 2015 (y 2017).

 
A %d blogueros les gusta esto: