Islands in the net (Islas en la red)

•septiembre 21, 2017 • 1 comentario

Aunque William Gibson, gracias a su novela “Neuromante“, se convirtió (un poco a su pesar) en la cabeza visible del movimiento cyberpunk, su principal impulsor e ideólogo fue sin duda Bruce Sterling. Eso sí, el concepto que del cyberpunk tenía Sterling no responde exactamente a la idea que todos tenemos en la mente, muy influenciada por la obra temprana de Gibson. Para él, el cyberpunk buscaba sobre todo dar respuesta a una serie de inquietudes generacionales, desatendidas por la ciencia ficción de su época, como el sentimiento de deshumanización corporativo, la difícil adaptación al cambiante panorama impuesto por la revolución informativa (en muchos sentidos tan profunda y quizás más brusca que la industrial) o la concepción del futuro como un mundo peor que el pasado.

Sus dos grandes contribuciones literarias al movimiento son la serie de los formadores y mecanicistas, que alcanzó su clímax con la novela “Cismatrix” (1985), y la novela que nos ocupa, de 1988, “Islas en la red” (“Islands in the net”, 1988).

Curiosamente, “Islas en la red” comienza en una aparente utopía, en el Galveston de las primeras décadas del siglo XXI. El mundo está en paz, y lleva así mucho tiempo. La guerra fría concluyó, las naciones se desmilitarizaron y la amenaza nuclear se esfumó como una mala pesadilla. La mayor parte de los países son firmantes del Convenio de Viena, que instaura una especie de cuerpo policial supranacional, encargado de controlar los remanentes de terrorismo internacional.

La única amenaza para las grandes corporaciones como Rizome (una democracia económica, en la que todos los empleados son socios y las promociones obedecen a elecciones abiertas internas) son los paraísos de datos, pequeñas naciones como la isla caribeña de Granada o la emergente Singapur que actúan al margen de las regulaciones, recopilando datos confidenciales de la red y vendiéndolos al mejor postor. Precisamente una negociación a cuatro bandas entre tres de estos paraísos de datos, con Rizome como anfitriona, termina con el asesinato del líder de la delegación granadina por un dron, lo que lanza a Laura Webster, la anfitriona en una cruzada personal a favor de la Red, viajando primero a Granada y luego a Singapur, en medio de acontecimientos terriblemente convulsos, que amenazan con destruir la imagen idílica de un mundo bastante menos pacificado de lo que aparenta.

Es curioso. El cyberpunk suele relacionarse con el género distópico, aunque en realidad sus protagonistas suelen ser agentes que luchan, a menudo desde la marginalidad, contra el statu quo. Es decir, buscan un ideal, normalmente de libertad, en un entorno opresivo. “Islas en la red” va más allá, situándonos al límite mismo de la utopía. Ese paso restante, la absorción de esas “islas” de resistencia, es lo que escenifica, poniendo de manifiesto la fragilidad de un sistema recién nacido. Hay violencia subyacente, terrorismo, sombras de totalitarismo populista y la más oscura sombra de la bomba atómica, cerniéndose inesperada sobre una población que creía haberla dejato atrás; un panorama que va poniéndose de manifiesto al paso de Laura, embarcada en una suerte de viaje iniciático del que no es realmente protagonista, todo lo más elemento catalizador.

Ésa es la única pega que se le puede poner realmente a la novela. Como personaje, Laura (y en menor medida, por su peso más reducido en la trama, su esposo David) resulta muy poco agradecido. No dejan de llevarla de aquí para allá, al capricho de los acontecimientos y de los agentes opuestos a la Red, con su albedrío limitado a la tozuda defensa de un mundo interconectado y libre, sin paraísos de datos, ejércitos o, ya puestos, naciones (algo implícito en la evolución social hacia organizaciones supranacionales).

También es cierto que Sterling parece carecer de humor, y un libro tan largo (y tan convencido de su propia importancia) sin unas gotas de humor se hace a veces un poco cuesta arriba. Las escenas se van hilvanando, desgranando un discurso político postindustrial, ecológico y esencialmente libertario… que tampoco queda excesivamente claro, pues presenta no pocas contradicciones internas y elementos oscuros. Quizás sea algo deliberado.

En el fondo, “Islas en la red” no parece ir tanto de cimentar el futuro como de exorcizar el pasado, de soltar lastre (ese lastre final que se aferra como una garrapata) para avanzar hacia un mañana mejor: los secretos, la información como moneda de cambio, los nacionalismos, el racismo, la crisis del petróleo y, sobre todo, la bomba.

La generación de Sterling se crio durante los peores años de la paranoia nuclear, cuando la Tercera Guerra Mundial parecía no sólo inevitable, sino inminente. Ocho años tenía él cuando la Crisis de los Misiles Cubanos, una época en la que los escolares tenían que realizar obligatoriamente en clase simulacros de ataque nuclear (agachándose debajo de los pupitres, como si eso fuera a servir de algo). Eso es un trauma que permea la novela de inicio a fin. Resulta quizás poco patente al principio, pero para cuando concluye es inevitable no percibir que en esencia “Islas en la red” pretende ser una adiós a la bomba y a la mentalidad que la hizo posible.

Otro de los puntos fuertes (y débiles) de la novela es su capacidad predictiva. Sí, la ciencia ficción no está obligada a predecir el futuro… pero tampoco está obligada a no intentarlo. El 2023 que nos presenta es estremecedoramente similar a nuestro presente… lo cual es contraproducente, en realidad, porque en lo que acertó (la desactivación del conflicto este-oeste un año antes de la caída del muro de Berlín, el fin efectivo del apartheid en Sudáfrica, o incluso el ascenso a la presidencia de los EE.UU. de un político negro, el auge de la piratería informática y el uso ubicuo de la red) la visión a posteriori priva a la predicción de impacto, y en lo que erró (el desarme global, la erradicación del hambre mediante cultivos celulares, la auténtica magnitud de la capacidad de cálculo…) la discrepancia resulta doblemente patente (aunque, repito, no creo que pretendiera ser predictiva, sino prospectiva)

Es curioso cómo el mayor éxito de la novela puede haberse convertido también en su mayor desventaja. El mundo del 2023 de Sterling se parece tanto al nuestro de 2017, y es tan diferente en determinados aspectos, que la comparación entra casi, casi en el terreno del valle inquietante. Es posible que dentro de otros treinta años, con una nueva perspectiva, la novela adquiera nuevos significados (y ojalá su predicción del desarme global sea para entonces una realidad… aunque el futuro vuelve a verse casi tan negro como el que inspiró el nacimiento del cyberpunk).

“Islas en la red” ganó el premio John W. Campbell Memorial y resultó finalista del Hugo y el Locus, perdiendo ambos frente a “Cyteen“. Entre los nominados a ambos premios se contaba también “Mona Lisa acelerada”, la conclusión de la trilogía del Sprawl de William Gibson (lo que tal vez explique, por competencia interna, el que triunfara una obra tan mediocre como la de Cherryh).

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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El soldado

•septiembre 13, 2017 • Dejar un comentario

El viernes pasado falleció a los 84 años Jerry Pournelle, famoso sobre todo por sus múltiples colaboraciones con Larry Niven, que les reportaron hasta cuatro nominaciones a los premios Hugo (“La mota en el ojo de Dios”, “Inferno”, “El martillo de Lucifer” y “Ruido de pasos”).

Tras una carrera profesional ecléctica, y después de haber publicado bajo seudónimo un par de obras menores, se dio a conocer en 1973 con “A spaceship for the king”, conquistando ese mismo año la primera edición del premio John W. Campbell al mejor nuevo escritor, además de ocupar por un año el cargo de presidente de la SFWA. Una irrupción tan sonada, sin embargo, condujo a una carrera literaria sólida, pero casi siempre en un segundo plano (a la sombra, a menudo, de su frecuente colaborador Niven, con quien firmó hasta dieciséis novelas).

En general, su obra, tanto publicada en solitario como con diversos colaboradores (añadiría a Steven Barnes, S. M. Stirling y Roland J. Green como los principales nombres aparte de Niven), así como su labor como antólogo, se orientó hacia la ciencia ficción militarista, a la estela de Gordon R. Dickson (el ciclo Dorsai) y Robert A. Heinlein (“Tropas del espacio“), aunque su interés se limitaba a la especulación política y a la descripción táctica, con una muy limitada especulación tecnológica o social.

La mayor parte de sus novelas se organizan como un gran ciclo de Historia Futura, con diversos subciclos, que se inicia con el CoDominio (una inestable alianza política entre los EE.UU. y la Unión Soviética) y va evolucionando hasta el Segundo Imperio del Hombre en el siglo XXX, poniendo en todo ello de manifiesto unas inclinaciones políticas ultraconservadoras, con exaltación de la disciplina militar (y cierto desdén por las estructuras democráticas, sobre todo en tiempos de conflicto… que para su historia futura cubren prácticamente todo el tercer milenio).

“El soldado” (“West of honor”) es una de sus primeras novelas ambientadas en el CoDominio. Apareció en 1976, justo tras el éxito de “La paja en el ojo de Dios” (que constituye el inicio de uno de los subciclos de la Historia Futura), e inauguró otro de los subciclos principales, el del escuadrón de Falkenberg (un regimiento que al principio está integrado en cuerpo de marines del CoDominio y que tras su disolución comienzan a actuar como mercernarios). Con el paso del tiempo, se integró junto con “El mercenario” en el volumen “Falkenberg’s legion”, y finalmente en una edición omnibus con la serie de los espartanos (coescrita por S. M. Stirling) como “The prince” (2002), completando y cerrando el ciclo.

El protagonismo en esta primera novela, no recae sin embargo en el comandante Falkenberg (que aquí aún es capitán), sino en uno de sus subordinados, el teniente novato Hal Slater, recién salido de la academia. El regimiento 501 de Falkenberg es enviado al planeta Arrarat a petición de su gobernador, con el fin de poner remedio a la caótica situación en que lo ha sumido la errática política migratoria terrestre.

Originalmente, Arrarat fue colonizado por fundamentalistas religiosos que deseaban desarrollar lejos de la Tierra una sencilla vida de granjeros. El problema es que el CoDominio empezó a exiliar al planeta contingentes de delincuentes, que no tardaron en organizarse como bandas para extorsionar a quienes trabajaban la poco productiva tierra el planeta. A la llegada de Falkenberg y sus hombres, el gobierno real del CoDominio se extiende apenas a lo que encierran los muros de la pequeña ciudad doble de Harmony y Garrison.

Así pues, nos encontramos con apenas un millar de soldados, de los cuales un tercio (incluyendo los tres tenientes) son cadetes muy, muy verdes y otro tercio desechos expulsados de otras compañías o delincuentes enrolados a la fuerza, enfrentados a un número indeterminado de oponentes cuyo armamento y preparación son desconocidos. Lo peor, sin embargo, es encontrarse bajo el mando político del gobernador, cuyos interés no siempre coinciden con la solución militarmente más eficaz. Para el teniente Slater, arrojado a su primera experiencia de mando, es cuestión de nadar o ahogarse, obedeciendo las órdenes no siempre comprensibles (en primera instancia) del capitán Falkenberg.

No diré nada más de la campaña, cuyo desarrollo ocupa el resto de la breve novela. De todas formas, cualquiera que haya leído un libro ambientado en el ejército (cualquier ejército, de cualquier época) sabrá a qué atenerse, porque “El soldado” no se despega un milímetro de la fórmula magistral (en todo caso, la deja reducida a su esqueleto más básico). Uno de los motivos de ello es la absoluta renuncia de Pournelle a introducir elementos tecnológicos futuristas. Las tropas son trasladadas al planeta en astronave, pero una vez en él cuentan apenas con tres helicópteros y los infantes de marina, armados con fusiles y morteros. La poco creíble excusa es que ni los EE.UU. ni la Unión Soviética desean que las innovaciones tecnológicas rompan el statu quo, por lo que han establecido un veto a la investigación militar (receta segura, como ha demostrado la historia, para acabar perdiendo la supremacía).

Si algo externo a la campaña le preocupa, es el telón de fondo político, aunque su visión apunta más a largo plazo, contentándose en “El soldado” con bibujar unas pocas pinceladas y, sobre todo, con denostar a su bestia negra, la burocracia (todo es mucho más sencillo desde la perspectiva militar).

Poco más se puede decir de la novela. Cumple su función, aunque Hal Slater más que un novato que va endureciéndose y aprendiendo por las malas las lecciones de la vida (un arquetipo que Heinlein manejaba a la perfección), se me antoja más bien un niñato con la capacidad táctica y de liderazgo de un escarabajo pelotero. Menos mal que ahí están los suboficiales, para que se haga el trabajo (y él se lleve las medallas y a la chica). Lo peor es que estoy convencido de que no hay intención satírica de por medio. Digamos que la caracterización no es uno de los fuertes de “El soldado”.

¿Cuál es, pues? Bueno, lo que atrae a sus lectores es la acción pura y dura. Hay algo en el subgénero de las hazañas bélicas que resultaba muy atractivo para determinado tipo de lector, y Pournelle sabe equilibrar bien la estrategia con la acción, combinando elementos de diversos ejércitos (desde las legiones romanas al concepto anglosajón del oficial-caballero, pasando por la legión extranjera francesa) y sin dejar que le tiemble el pulso a la hora de la verdad (aunque tampoco se recrea en exceso). Me ha parecido percibir, eso sí, cierto afán de revanchismo con respecto a la derrota en Vietnam (o cuando menos a la gestión política del conflicto). La visión de Pournelle, veterano de la Guerra de Corea, difiere en gran medida de la de los participantes en la posterior (como reflejó Joe Haldeman en “La guerra interminable“).

Jerry Pournelle

(7 de agosto de 1933 – 8 de septiembre de 2017)

IN MEMORIAM

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Más allá del Sol

•septiembre 10, 2017 • 1 comentario

Dentro del mundillo de los bolsilibros de ciencia ficción las series son un fenómeno raro. Tan sólo dos de gran extensión (y una de ellas, la del Orden Estelar de Ángel Torres Quesada, tuvo que publicarse “a escondidas” de los propios editores), pues la asunción era que los lectores podían desentenderse de seguir comprando ejemplares si perdían el hilo de la aventura. Así, aparte de la Saga de los Aznar, el propio Pascual Enguídanos (o George H. White) tan sólo publicó otras cinco minisagas (si es que las historias contadas en dos volúmenes, como la serie de Bevington y la de los Intrusos Siderales, pueden contarse entre ellas).

De cierta importancia tendríamos la trilogía de Finan (que se publicó cuando Luchadores del Espacio era ya una colección moribunda, por lo que queda la duda de si hubiera podido continuar), así como la de “Heredó un mundo” y la pentalogía de “Más allá del Sol”… para las que tengo una teoría que expondré más adelante.

Centrándonos en los cinco bolsilibros que nos ocupan (que, recopilados en un único tomo, conforman toda una novela), empezó a publicarlos en 1956, con el número 60 de la colección, “Extraño visitante”. Para entonces, aproximadamente la mitad de los títulos eran suyos, aunque la presencia de otros autores había ido haciéndose más y más común. Veintiséis novelas correspondían inequívocamente a la Saga de los Aznar, con otros tres títulos independientes (aunque uno de ellos, “Robinsones cósmicos”, acabaría integrándose retroactivamente con la reedición de los años setenta). Así que era inusual pero no sin precedentes el que apareciera una historia que no tuviera nada que ver con sus personajes principales.

La historia, ambientada en el presente, acontece en los EE.UU., donde unos chavales de una reserva india localizan un platillo volante posado en una quebrada. A raíz de ello, se monta todo un dispositivo militar que altera la vida del tranquilo poblado, donde el protagonista de la historia ejerce de médico. Tras diversas vicisitudes (que no conviene revelar), acaba demostrándose que el aparato es ciertamente extraterrestre, y no sólo eso, sino que proviene de la Contratierra (un supuesto planeta gemelo que no podemos ver por orbitar en nuestro mismo plano y justo al otro lado del Sol… posición que la física nos dice que es inestable, aunque si a John Norman le valió para estar dándonos la vara durante décadas con las historias de Gor, a mí me vale).

Todo hubiera podido terminar ahí, pero sorprendentemente su siguiente novelita, “Más allá del Sol”, fue una secuela, iniciando un miniciclo de tres volúmenes que, en realidad, constituyen una única historia partida en tres trozos, la de una expedición internacional a Marte, organizada seis años después de los eventos de “Extraño visitante” para confirmar desde tal posición la existencia de la Contratierra. Se nota el cuidado de Enguídanos en la forma en que planifica la flotilla de investigación, construida en órbita con materiales elevados mediante cohetes multifásicos. Por supuesto, el doctor Welby (el médico de “Extraño visitante”) es premiado con un puesto como médico de la expedición.

Nada más llegar al planeta rojo, sin embargo, y apenas ha descendido el equipo de exploración, un platillo volante idéntico al contraterrestre inicia un ataque que destruye todas las aeronaves, dejando a los expedicionarios como náufragos sin apenas recursos en el extremadamente hostil ambiente marciano.

Tras un par de novelitas de relleno del Profesor Hasley, Enguídanos continuó con su historia en “Marte, el enigmático”, que para mí contiene los mejores pasajes de toda la serie. Tras lograr enviar a la Tierra una aeronave precariamente reparada, con la importantísima noticia de la confirmación no sólo de la existencia de la Contratierra, sino de su posicionamiento hostil, se organiza una expedición a los polos, donde esperan encontrar agua helada que les permita sobrevivir (proporcionándoles oxígeno y alimento, en forma de un poco atractivo musgo marciano) hasta un hipotético rescate, a meses vista.

De camino, sin embargo, hacen un descubrimiento asombroso, los restos apenas discernibles como artificiales de una antiquísima ciudad, a cuyo interior, presurizado, consiguen acceder finalmente. Con unas magníficas descripciones, Enguídanos evoca en su máxima expresión el sentido de la maravilla, teñida eso sí de una nota de pesar, por la decadencia irreversible de una poderosa raza, que se ha visto reducida a un único individuo (destino aciago por el que cabe culpar a la pérdida progresiva de la atmósfera marciana en el pasado lejanísimo).

En ese punto es cuando a mi entender el rumbo de la serie empieza a torcerse, pues tiene lugar una profunda escisión, al rebelarse el contingente ruso, intentando apropiarse para su exclusivo beneficio de la avanzada tecnología alienígena. En medio del caos fallece Miroslava, la chica de la serie, atrapada en el fuego cruzado de la lealtadad a su país y el amor que siente por Welby, y se inicia la autodestrucción del último bastión marciano, no sin que antes los protagonistas consigan abordar una avanzadísima aeronave que es el regalo postrero del último marciano vivo.

En “¡Atención… platillos volantes!”, los expedicionarios regresan a la Tierra a bordo de su recién adquirido vehículo, para descubrir que el planeta se encuentra bajo el terrible ataque de miriadas de platillos volantes contraterrestres, que con base en la Luna están a punto de aniquilar a la humanidad con terribles armas de destrucción masiva (biológicas y radioactivas).

Por fortuna para los terrestres, los expedicionarios descubren que la aeronave marciana no está indefensa, sino que monta unos destructivos rayos capaces de hacer estallar al más mínimo toque los reactores nucleares de los platillos enemigos. Así, tras barrerlos del cielo, se monta un contraataque para desalojarlos de nuestro satélite, utilizando en esta ocasión el vehícula marciano como transporte de tropas en una arriesgada y exitosa misión, que tiene como resultado la expulsión de los contraterrestres y la captura de parte de su flota.

El cierre de la serie llegó con el siguiente número, “Raza diabólica”… en el que se verifica un acusado descenso de la calidad, dando más bien la impresión de que Enguídanos, insatisfecho con el rumbo que había tomado, se desentendía de la historia. La acción arranca dos años depués de los acontecimientos previos. Welby trabaja en la universidad de Harvard, combatiendo las enfermedades traídas por los soldados de la Contratierra (o Ziryab, como ellos la llaman), cuando es requerido de nuevo por los militares.

Se da la inverosímil casualidad de que es idéntico a un oficial enemigo, con lo que el Alto Mando ha diseñado un plan para infiltrarlo en territorio enemigo como espía y agitador (pues han descubierto que la mayoría de la población de Ziryab pertenece a una pacífica raza de piel rojiza, sojuzgada por la belicosa y bárbara raza blanca que ellos conocen). Tan bien cumple este segundo propósito, que cuando meses después llega la armada terrestre, apenas tiene que esforzarse por ayudar a los oprimidos en su abierta rebelión contra quienes los tiranizan y, cómo no, Welby acaba no se sabe bien cómo casado con la princesa legítima (ascendida a reina por la muerte de su padre) de Ziryab. Todo ello aderezado con típicos incidentes pulp, aunque también con un descuido impropio del autor.

Parece evidente que nos encontramos con tres etapas en la miniserie de “Más allá del Sol”. Primero un prefacio, concebido de forma independiente, que presentó un escenario lo bastante sugerente para que Enguídanos se planteara la exploración del mismo en entregas subsiguientes. A continuación tres novelitas a través de las que desarrolla una de sus mejores historias, alcanzando cotas muy elevadas de exotismo y emoción, que las situán a la altura de los mejores títulos de la Saga de los Aznar. Por último, una conclusión que no está ni mucho menos a la altura de los títulos previos (todos ellos con pasajes notables, cuando menos), pergueñada deprisa y corriendo, casi parece que por compromiso.

Curiosamente, Enguídanos no retornó de inmediato a la Saga principal (de hecho, no lo haría hasta el número 93, dando inicio a la espectular subserie de los hombres de titanio). Antes tuvo ocasión de publicar tres novelas independientes y otras tres conformando la trilogía de “Heredó un mundo”… que cuando llegó el momento de escribir el guión para la adaptación al cómic de la saga fue escogida por Enguídanos como inicio de las aventuras de Miguel Ángel Aznar, en vez del inicio original (con la Astral Information Office y los cazadores de platillos volantes).

Mi teoría es que eso mismo había buscado con la serie de “Más allá del Sol”, diseñar un inicio alternativo para la Saga de los Aznar (bastaría para ello cambiar el nombre de Arthur Shelby por el de Miguel Ángel Aznar de Soto, porque los personajes en sí mismos son prácticamente inéditos). Por supuesto, para ello habría que situar a los Thorbod en la Contratierra, convirtiendo a Marte en el equivalente del Ragol de “Cerebros electrónicos” y a la aeronave marciana en el autoplaneta Rayo. Todo encaja demasiado bien como para no contemplar esta posibilidad (que explica, además, la anomalía de ambas serializaciones). Por supuesto, sin contar para nada con “Raza diabólica”, cuyas particularidades ya he comentado.

A la postre, sin embargo, cuando tocó sacar la segunda edición en los setenta el inicio siguió siendo el de “Los hombres de Venus“, modificando ciertos detalles (como convertir en un quimera lo del trasplante de cerebros… algo que quedaría reservado para la refinada crueldad del Imperio Milenario nahumita). Tal vez la solución de “Heredó un mundo” tampoco terminaba de convencerlo (o tal vez hubo presiones editoriales). Cuando décadas después tuve ocasión de interrogar a Enguídanos sobre qué inicio era su preferido (en el transcurso una entrevista que me concedió en 2003 para un libro de la Universidad de Valencia), su respuesta, tras unos instantes de vacilación, fue un poco comprometido “mejor dejarlo así”.

En cualquier caso, el contemplar el núcleo central de “Más allá del Sol” como un posible inicio alternativo de la Saga de los Aznar constituye tan sólo un plus. La historia es lo suficientemente atractiva por sí sola para justificar su lectura y disfrute, y al respecto me gustaría reincidir en las extraordinarias atmósferas que consigue evocar en numerosos pasajes. Su Marte moribundo, en particular, no tiene nada que envidiar a ningún escenario similar (y mira que ha habido bastantes).

Otras opiniones:

  1. Extraño visitante
  2. Más allá del Sol
  3. Marte, el enigmático
  4. ¡Atención… platillos volantes!
  5. Raza diabólica

Entradas sobre la Saga de los Aznar en Rescepto:

Leviathan wakes (El despertar del leviatán)

•septiembre 9, 2017 • Dejar un comentario

La aproximación a la escritura de una serie empezando por el worldbuilding suele ser más habitual en la fantasía, donde ha dado origen a series como la Dragonlance o Malaz. No es tan habitual en ciencia ficción, donde la trama suele preceder al escenario, aunque también se dan casos, relacionados a menudo con el mundo del rol (por ejemplo, el universo UC-Crow de Felicidad Martínez, que ha dado lugar a la novela de space opera “Horizonte lunar”).

Lo cual nos lleva a Ty Franck, quien durante años (trabajando, por ejemplo, como secretario de George R. R. Martin) estuvo desarrollando un escenario de futuro… ¿medio? Es decir, en torno al año 2350, cuando la invención del motor Epstein ha permitido la colonización de buena parte del Sistema Solar, con dos grandes poderes hegemónicos, la Tierra y Marte, y diversas colonias esparcidas por las lunas de los gigantes gaseosos y, sobre todo, el cinturón de asteroides. Este trabajo debía servir de base para un MMORPG, aunque el proyecto acabó derivando hacia un juego de tablero… hasta que el segundo autor, Daniel Abraham (colaborador habitual de Martin), entró en escena.

Abraham convenció a Franck de que todo aquel trabajo era ideal como documentación para una serie de novelas y, adoptando el seudónimo conjunto de James S. A. Corey, ambos se lanzaron a la tarea de contarnos la historia de la Expansión, el momento preciso en que la humanidad supera las fronteras del Sistema Solar e inicia su salto a las estrellas. El primer libro, “El despertar del leviatán” (“Leviathan wakes”) apareció en 2011, con gran éxito de crítica y público, y desde entonces vienen publicando una entrega anual (el actual contrato finaliza en 2019 con la novena entrega, aunque dado que van firmando por trilogías, no es descabellado pensar que pudieran seguir), con cuatro novelas cortas y un par de relatos sirviendo de enlace entre los distintos arcos (juntos han escrito, además, una novela de Star Wars).

“El despertar del Leviatán” tiene lugar durante un período de gran tensión política. Los habitantes del cinturón de asteroides (los belters), como cualquier colonia tarde o temprano, están hartos del dominio que sobre ellos ejercen los planetas interiores. Tres generaciones ya en condiciones de microgravedad (los principales asteroides poseen una pseudogravedad centrífuga, gracias a décadas de progresiva aceleración angular, pero aun así el tirón es una fracción de la gravedad terrestre o incluso marciana) los han modificado físicamente, con huesos más largos y finos, e incluso su lenguaje ha empezado a divergir. También psicológicamente están marcados por la necesidad de importar (generalmente desde los anillos de Saturno) el agua y el aire, con el vacío del espacio rodeándolos por completo, a semanas de distancia de quienes trazan la política.

Las cosas no pintan mucho mejor entre Marte y la Tierra. La segunda posee una flota mucho mayor, pero la ventaja tecnológica la tienen los marcianos, por lo que ambas potencias se encuentran enzarzadas en una suerte de guerra fría. Para complicar las cosas, el movimiento indepentista belter ha dado origen a una organización ilegal, la OPA (Asociación de Planetas Exteriores), inspirada a grandes rasgos en el IRA, sin grandes recursos aunque una importante implantación entre la población autóctona (y, de todas formas, las rocas son baratas, y las ciudades al fondo de pozos de gravedad planetarios se encuentran indefensas frente a un ataque de ese tipo… aunque, incluso sin contar la lógico y contundente respuesta militar, los mundos exteriores no pueden realmente medrar sin los recursos y la diversidad de los planetas interiores).

En medio de este panorama se nos presentan las dos grandes líneas argumentales de la novela. Por un lado tenemos a Joe Miller, un policía veterano de Ceres al que se le encarga la misión de buscar a una joven díscola y devolverla junto con su acaudalada familia en la Tierra. Por otra, tenemos a un pequeño remanente de la tripulación del Canterbury (un transporte de hielo), únicos supervivientes de la destrucción de su nave al responder a una llamada de socorro por parte del misterioso carguero Scopuli.

Los capítulos, narrados desde el punto de vista de Miller y de Jim Holden, segundo oficial del Canterbury y nuevo capitán del reducido grupo de supervivientes, se van alternando, escritos respectivamente por Daniel Abraham y Ty Franck, narrando cómo la situación en el Sistema Solar empieza a deteriorarse a pasos agigantados en cuanto se conoce el aciago destino del Canterbury (es decir, en cuanto Holden proclama a los cuatro vientos los indicios que apuntan a una implicación de Marte en el incidente), y a partir de ahí los acontecimientos no dejan de evolucionar a peor, con Miller cada vez más involucrado en una investigación incómoda para muchos y Holden y los suyos rebotando de un lado para otro en medio de una trama que cada vez acerca más a la humanidad a una desastrosa guerra interplanetaria.

“El despertar del leviatán” es sin duda space opera, pero de un tipo particular. Me atrevería a decir que contenido. Su apuesta no es por la espectacularidad, ni mucho menos por la especulación de altos vuelos, sino por el realismo, algo que alcanza en el plano político… a costa de un futuro a trescientos años vista cuyas mayores innovaciones, impulso Epstein aparte, no parecen aguardarnos a mucho más que unas pocas décadas en el futuro.

Esto le confiere un sabor bastante retro a la acción. Desde mediados de los noventa la space opera ha venido flirteando con nociones como el transhumanismo y el singularitarismo, apostando por la especulación más desatada. En los últimos años, sin embargo, nos encontramos cada vez más con historias de la vieja escuela, enraizadas más en nuestro pasado que proyectando un futuro pausible. El escenario de “El despertar del Leviatán”, de hecho, evoca revoluciones independentistas coloniales (sobre todo la Revolución Americana), sin añadir elementos realmente novedosos al cóctel (vamos, ningún elemento que no contemplara ya Heinlein en “La Luna es una cruel amante” hace medio siglo).

Pese a ello, está todo tan bien hilvanado que se lee con interés. La alternancia entre personajes, además, funciona, y pronto se pone de manifiesto la contraposición entre el cinismo de vuelta de todo de Miller y el idealismo de Holden (que incluso bautiza a una nave de ataque capturada Rocinante). Incluso llega un momento en que estas visiones opuestas tienen la oportunidad de coexistir, permitiendo a los autores de profundizar muy someramente en la disyuntiva entre pragmatismo y deber ético; por ejemplo, por lo que se refiere a la difusión de la información, que en opinión de Miller puede ser peligrosa, mientras que Holden se mueve bajo la premisa de que los secretos acaban siendo perniciosos (a corto plazo, la visión cínica es siempre la más acertada, aunque a largo plazo quizás la transparencia sea la mejor vía). Como punto negativo, esa confluencia hace que la alternancia entre capítulos y puntos de vista se vuelva un poco forzada y artificiosa.

Tenemos pues un futuro inverosímil, aunque con una coherencia interna tal que nos permite suspender con facilidad la incredulidad y aceptarlo en sus propios términos. Entonces empezamos a dirigirnos hacia la resolución y nos enfrentamos a dos problemas. Por un lado la incapacidad de los autores para subir las apuestas cuando el elemento oculto de la trama se pone de manifiesto. Su estilo es muy seco, funcional, y no consigue transmitir con suficiente intensidad ni el horror ni el asombro que debería provocar el… digamos que el leviatán del título. Así, unos capítulos finales que deberían ser trepidantes se convierten, quizás por encontrarnos limitados por los puntos de vista de Miller y Holden, en una extensión sin más de la acción precedente. Yo, al menos, no percibo el incremento en intensidad que merecería el clímax.

Por otro, a poco que pienses en ello te das cuenta de que la trama no tiene ni pies ni cabeza. No revelo nada diciendo que detrás de todo hay una cuarta facción en discordia. Lo que ocurre es que sus acciones no tienen sentido. La destrucción del Canterbury con que arranca la historia es gratuita por completo, y no digamos ya su siguiente golpe. No hay coherencia entre medios, recursos y objetivos. Eso por no hablar de la soberana estupidez de su gran experimento. La caracterización de los villanos es tan superficial que quedan reflejados como poco más que un arquetipo caricaturesco.

Son fallos bastante graves, pero no catastróficos, porque de nuevo el buen hacer de los autores nos ofrece la oportunidad de asirnos a las fortalezas de la narración y soslayar sus patentes flaquezas. Todo dependerá de la buena disposición que ponga el lector en ello… y de lo mucho que añore los tiempos en que la space opera no tenía que romper esquemas a cada página. “El despertar del Leviatán” es una historia de personajes y de política interplanetaria. Si no miras más allá, puede ser una experiencia satisfactoria (aunque, en cierto modo, ejemplifica el conformismo en que se ha asentado durante estos últimos años la ciencia ficción, incapaz de dar respuesta a las inquietudes del momento y contentándose, por tanto, con ofrecer algo de sano escapismo).

Todo ello fue suficiente para conquistar para los autores una nominación al premio Hugo de 2012 (que ganó “Entre extraños“, de Jo Walton, con menciones también para títulos como “Embassytown” de China Miéville, “Danza de dragones” de George R. R. Martin y “Deadline” de Mira Grant), siendo igualmente finalista (quinta posición) del premio Locus (que ganó Miéville).

Más importante quizás desde una perspectiva comercial, en 2014 SyFy anunció la producción de una serie de televisión basada en las novelas. La primera temporada de The Expanse, consistente en 1o episodios y abarcando aproximadamente tres cuartos de “El despertar del Leviatán”, se estrenó con notable éxito en 2015. Tras la emisión de la segunda temporada, sin embargo, los resultados de audiencia estuvieron a punto de suponer su cancelación, aunque a última hora consiguió la renovación por una tercera temporada (lo que tal vez les permita completar el arco compuesto por “El despertar del leviatán”, “Caliban’s war” y “Abaddon’s gate”). El décimo episodio de la primera temporada conquistó en 2017 un premio Hugo a mejor representación dramática en formato corto.

Otras opiniones:

Las brujas

•septiembre 8, 2017 • 3 comentarios

Roald Dahl, británico de ascendencia noruega, está considerado uno de los grandes nombres de la literatura infantil del siglo XX. No fue un autor excesivamente prolífico. Apenas diecisiete novelas (breves) en casi medio siglo de desempeño profesional, junto con diversa producción dirigida fundamentalmente a los adultos, que incluye dos novelas, un buen número de relatos e incluso guiones cinematográficos. Es, sin embargo, por esas diecisiete novelas infantiles por la que es principalmente reconocido.

Quizás el truco de su popularidad resida en su negativa a realizar concesiones innecesarias a su púbico. Así, sus historias presentan a menudo giros inesperados, crueles incluso, y no ahorran en detalles grotescos o aterradores. Así han sido siempre los cuentos, y no hay razón para ir cambiando a estas alturas la receta.

Ejemplo paradigmático de todo ello lo tenemos en su novela de 1983 “Las brujas” (“The witches”), publicada el mismo año en que se le concedía el Premio Mundial de Fantasía a la labor de toda una vida, por títulos como “Charlie y la fábrica de chocolate”, “El superzorro” o “James y el melocotón gigante” (y aún le quedaban por delante unos años y cinco novelas, entre las que se cuenta “Matilda”).

Con elementos autobiográficos, “Las brujas” constituye a grandes rasgos una recodificación modernizada de uno de los más poderosos arquetipos de los cuentos de hadas: el de la bruja, no con connotaciones religiosas (o satánicas), sino simplemente como encarnación de los peligros mortales que acechan a los niños. Si en el siglo XVIII y anteriores esa oscuridad amenazante se ocultaba en los bosques, en pleno siglo XX se hacía necesaria una reformulación, que trasladara la amenaza a un ambiente urbano.

Así pues, y a grandes rasgos, “Las brujas” toma los elementos estructurales de cuentos como el de Hansel y Gretel y los actualiza, adaptándolos también al modelo Dahl, que presenta a sus jóvenes protagonistas como héroes, enfrentados a la villanía adulta con el auxilio de un adulto amistoso (en este caso la abuela noruega, caracterizada en homenaje a la madre del autor). A la postre, por supuesto, Dahl se pone siempre de parte del niño, derrotando la maldad que se ejerce sobre él desde el mundo adulto.

Nos encontramos con la historia de un chaval que a los siete años queda huérfano y tiene que quedarse a vivir con su abuela, una gran narradora que la cuenta historias sobre brujas viviendo ocultas entre los seres humanos, con un odio terrible hacia los niños. Ese mismo verano, cuando están de vacaciones de la costa sur de Inglaterra, tienen la mala suerte de alojarse en el mismo hotel donde las brujas inglesas van a celebrar su reunión anual con la Gran Bruja, lo que se prueba una experiencia realmente transformativa para el chaval.

“Las brujas” es, ante todo, un libro ágil, concebido para ser leído prácticamente de un tirón. Aparte de su retorcido sentido del humor y su vocación por lo políticamente incorrecto, destacaría el modo en que Dahl gestiona la información, racionándola para no saturar jamás a sus jóvenes lectores, aunque asegurándose de que el dato preciso esté siempre fresco en su memoria para cuando es necesario. Crea, por así decirlo, una burbuja de atención, dentro de la cual no dejan de suceder cosas, en continua progresión hacia un final… inusual.

Recuerdo cuando leí este libro de niño y logró sorprenderme con un desarrollo atípico. Lo más habitual en estos casos es que los sucesos, por muy extravagantes que sean, constituyan apenas un paréntesis en la ordenada vida de sus protagonistas. Nada más lejos de las intenciones de esta novela. El encuentro con las brujas tiene consecuencias para el protagonista, consecuencias irreversibles, que sin embargo no logran hundirlo, sino que simplemente lo hacen adaptarse y continuar adelante con optimismo (ahí, de hecho, reside la principal diferencia con la adaptación cinematográfica de 1990, desautorizada precisamente por ese motivo por su autor).

Quizás ese espíritu rebelde y gamberro, que conecta más con los niños (a los que sugiere que lavarse más de un vez al mes es peligroso) que con los adultos, haya hecho de “Las brujas” uno de los libros más censurados en las escuelas públicas estadounidenses. Formalmente, eso sí, es por su presunta misoginia (aunque deja claro que, pese a parecerlo, las brujas no son mujeres, y la abuela es un personaje claramente positivo “pese” a ser femenino). Lo cierto es que Dahl comprendía que la asepsia (conceptual) es aburrida, que los niños, como cualquier otra persona, necesitan un estímulo que los atraíga, y que no hace mal una travesura cuando estás hablando de valentía y responsabilidad, de presentar modelos positivos (aun con sus defectillos, que los hacen más reales) y de estimular el respeto por las raíces culturales (en este caso el sustrato noruego que comparten tanto Dahl como el protagonista de su libro).

La novela suele presentarse ilustrada por el artista habitual de Roald Dahl, Quentin Blake, que sabe transmitir a través de sus trazos ligeramente paródicos todo el humor y el dinamismo de la historia.

El Torreón del Cosmonauta

•septiembre 7, 2017 • Dejar un comentario

Ken MacLeod forma parte de la “escuela” de space opera británica (y más específicamente escocesa) que surgió a mediados de los noventa a las estela de Iain Banks. Destaca, además, por ser uno de los más comprometidos con las políticas de izquierdas (que es lo habitual en el caso de estos autores, con la llamativa excepción de Peter Hamilton), lo que inicialmente supuso un obstáculo para la edición de sus novelas en los EE.UU., aunque luego, y por un breve período, fue asiduo finalista en los grandes premios del género.

Sus siete primeras novelas conforman un par de series compuestas por obras semi independientes. Tras publicar la tetralogía de Fall Revolution (que le reportó ya sus primeras nominaciones), dio inicio en el año 2000 a la trilogía de los Motores Lumínicos con “El Torreón del Cosmonauta” (“Cosmonaut Keep”), que cosechó nominaciones a los premios Arthur C. Clarke y Hugo.

La acción de la novela está dividida en dos hilos que se van alternando. El primero acontece en un escenario de futuro más o menos cercano, en torno al año 2045, en una Europa que tras una Tercera Guerra Mundial ha quedado bajo el dominio de Rusia, conformando la Unión Comunista Europea. Llegados a ese punto, queda establecida una nueva guerra fría (aunque, curiosamente tras el conflicto bélico, aparentemente más distendida y razonable que la original). Allí, el analista de sistemas escocés Matt Cairn, perteneciente a una organización de viejos hackers anarquistas, se ve involucrado en los asuntos de una espía americana, justo cuando su gobierno hace público que llevan meses en contacto con una avanzada especie alienígena.

El segundo hilo se desarrolla en el planeta Mingulay, en un futuro inespecífico en el que la humanidad forma parte de la Segunda Esfera, una especie de comunidad en la que conviven en armonía diversas especies inteligentes, como los saurios, cuyos antepasados fueron transportados desde la Tierra millones de años atrás. Por lo que respecta a los hombres, en su mayor parte han sido traídos en grupos dispersos por los dioses (unos alienígenas omnipotentes, de los que poco más se sabe). La excepción la conforman los navegantes, que supuestamente llegaron a Mingulay por sus propios medios siglos atrás, poseedores además del don de la inmortalidad.

El primer escenario se organiza básicamente como una novela de espías, con tímidos elementos cyberpunk, alcanzando también el espacio, con la base europea Almirante Titov, que es donde se ha verificado el contacto alienígena. En cuanto al segundo, es más difícil de caracterizar, porque básicamente no ocurre nada relevante en una búsqueda contemplada tangencialmente del antiguo secreto de la navegación interestelar, así que su interés descansa sobre todo en la descripción de la extraña sociedad mixta (y sus múltiples anacronismos), con aderezos como la cultura mercader (que viaja entre mundos a bordo de naves lumínicas pilotadas por krakens).

La obsesión ideológica de MacLeod por huir de los héroes convierte a sus personajes, al menos en este libro, en seres bastante anodinos, a los que ni siquiera unos torpes triángulos amorosos son capaces de dar vida (entre otras razones, porque en ningún momento condesciende a mostrar una interacción a tres bandas… o una reacción emocional, ya que estamos). Lo peor, sin embargo, es la enorme morosidad con la que gestiona sus ideas.

No es que la novela carezca de desarrollos sugerentes (entre otros que resultan, todo hay que decirlo, bastante patéticos, como una reivindicación parcial de la ufología, que ni siquiera funciona a modo de sátira). El problema surge cuando descubres que MacLeod va desvelando sus cartas con cuentagotas, estirando las revelaciones hasta el infinito, con una absoluta alergia a profundizar en nada de lo que propone. Así, los capítulos (de una extensión desproporcionada), van pasando sin eventos significativos, poniendo a prueba la paciencia del lector, y a medida que va acercándose la conclusión empieza a cobrar forma una sospecha de lo más desagradable: va a cerrar sin dignarse, no ya a proporcionar respuestas a nada de lo que propone, sino siquiera a hacer confluir con un mínimo de sensación de resolución sus dos tramas.

No ahondaré demasido en esto. Voy a limitarme a comentar que de la trama de futuro cercano, el noventa por ciento de lo que se narra es irrelevante (es decir, inconsecuente) para complementar la trama de Mingulay, que a su vez deja casi todos sus hilos abiertos, para proporcionar el cierre, si eso, en las otras novelas de la serie (“Luz oscura” y “Ciudad Motor”). Es algo que hubiera podido funcionar si las historias fueran al menos entretenidas por sí mismas, pero no, nada de eso. El estilo de MacLeod es tan árido como los escenarios que propone.

Tal vez sea que estoy perdiéndome algo. He comprobado que presenta su Unión Comunista Europea como una sátira, pero si es así no soy capaz de encontrarle la gracia. Es más, se me antoja caduca, desfasada. No sé si serán los diecisiete años que nos acercan a la fecha estipulada, pero lo cierto es que los futuros de William Gibson, cuya concepción es bastante anterior y en los que supuestamente se inspira MacLeod, siguen siendo más futuristas.

 También me pierdo las bromas a costa de las diversas corrientes comunistas (con una fijación particular por el trotskismo) y la historia misma del socialismo revolucionario. Fallo mío, lo reconozco, aunque dudo mucho que un mayor conocimiento por mi parte hubiera bastado para corregir la sensación de estar leyendo una historia en la que no pasa realmente nada.

En definitiva, que “El Torreón del Cosmonauta” me ha supuesto una decepción mayúscula, y no acabo de comprender el porqué de sus nominaciones. En el caso específico de los Hugo (compitió en la edición de 2002), la novela ganadora no fue tampoco plato de mi gusto (“American gods“, de Neil Gaiman), pero entre el resto de opciones se contaban también “La estación de la calle Perdido” de China Miéville (imperfecta también, pero mucho más innovadora) o el magnífico retorno de Lois McMaster Bujold a la fantasía con “La maldición de Chalion” (el quinteto se completo con “Pasaje”, de Connie Willis”, y “Los cronolitos”, de Robert Charles Wilson).

Otras opiniones:

Más oscuro de lo que pensáis

•septiembre 6, 2017 • Dejar un comentario

Mantener la relevancia en un género en continua evolución como es el fantástico resulta complicado. Lo habitual es disfrutar de en torno a una década de relevancia (en ciencia ficción, un poco más para quienes se dedican a la fantasía o al terror) y luego toca dar paso a nuevos autores, con ideas más frescas. Los grandes autores siguen manteniendo una producción más o menos constante, si bien ya no tan rompedora, y aunque tratan de reinventarse, pocas veces tienen éxito (a no ser que el vaivén de los gustos ponga de nuevo de moda su estilo).

Esta dinámica se ha manifestado de forma muy particular cada vez que el género en su conjunto ha dado un salto de calidad, con multitud de autores incapaces de responder a las nuevas exigencias desvaneciéndose en la más absoluta irrelevancia. Sobrevivir a uno de esos puntos de inflexión es difícil, a dos o más casi milagroso. Jack Williamson es quizás el ejemplo más extraordinario de adaptabilidad. Sus primeros cuentos datan de 1928, en plena era del pulp, mientras que su última novela la firmó en 2005, a los noventa y siete años de edad. En 2002, a los noventa y cuatro, ganó el John W. Campbell Memorial por “Terraformar la Tierra” (una concesión en la que debió de pesar lo suyo el elemento honorífico, pero aun así…).

Un magnífico ejemplo de esa evolución lo encontramos en la historia de la creación de uno de sus libros más famosos, “Más oscuro de lo que pensáis” (“Darker than you think”, 1948), cuyo punto de partida cabe situarlo en 1932, con la publicación en Strange Tales de la novela corta “Wolves of darkness”. A partir de 1936, el joven Williamson se derrumba y busca ayuda, atendiendo durante dos años a terapia psicoanalítica en la Clínica Menninger en Topeka. Reconciliado, según sus propias palabras, con sus contradicciones internas, Williamson regresa a un campo en el que la irrupción de John W. Campbell al frente de Astounding supondrá toda una revolución que dará inicio a la Edad de Oro, equipado con las herramientas necesarias para hacer que su ficción se ponga a la altura de los nuevos requerimientos.

Así, en 1940 publica en la nueva revista Unknown una nueva versión de la historia, titulada ahora “Darker than you think” y con el añadido de una clínica psiquiátrica, Glennhaven, en la ficticia Clarendon, como reflejo de la Clínica Menninger y Topeka, donde su protagonista aprende a aceptar su oscuridad interior de un modo que, sinceramente, no es el que sus terapeutas esperan. Pero no acaba ahí la cosa. Tras la segunda guerra mundial, con las restricciones de papel, el mercado de las revistas pulp empieza a decaer y, paralelamente, comienza a surgir una nueva forma de comercializar la ciencia ficción, recopilando como libros las principales obras serializadas en los años treinta y cuarenta. La pionera al respecto fue Fantasy Press, que lanzó con gran éxito como su segundo título “La legión del espacio“, de Williamson, en 1947. Uno después, tras solicitarle un segundo título al autor, éste propuso “Más oscuro de lo que creéis”, aunque para su publicación como novela necesitaba doblar su longitud, y esa versión es ya la definitiva.

El protagonista de la historia es el periodista Will Barbee, que aguarda en su ciudad el regreso de la expedición del profesor Mondrick, de cuyo grupo formó parte. En medio de una rueda de prensa improvisada en el mismo aeropuerto, ante el anuncio de revelaciones terribles y portentosas, Mondrick fallece en extrañas circunstancias, que podrían estar relacionadas con April Bell una misteriosa joven que se ha presentado a Will como periodista novata (y al lector como la típica femme fatale del género negro).

Los estudiantes del profesor, junto con su viuda, se conjuran entonces para proteger un hallazgo arqueológico de tremenda importancia, dejando de lado a Will, quien empieza a experimentar unos extraños sueños en los que se transforma en lobo y merodea por Clarendon en compañía de una loba blanca que es April, llevando a su pesar la tragedia a sus antiguos amigos. En el proceso, y tomándose las cosas con mucha calma, April va desvelándole la historia secreta de un antagonismo ancestral entre humanos y… en fin, no es que Williamson haga un gran trabajo gestionando la información (lo increíble de verdad es lo obtuso que resulta el protagonista), pero mejor dejo alguna sorpresa para el lector.

A grandes rasgos, mencionaré cómo Williamson se esfuerza por trascender los estrechos límites de la antigua literatura pulp, entrelazando la licantropía con el psicoanálisis, inventando un conflicto de orden superior al episodio concreto descrito en la novela y buscando una explicación pseudocientífica (inspirada en la mecánica cuántica, aunque sin comprenderla demasiado) que ancla la fantasía a una lógica interna propia (algo que propugnaba Unknown, para diferenciarse de otras revistas como Weird Tales). Con todo ello, reinventa el mito del licántropo (cambiaformas, para ser más exactos), añadiéndole facetas científicas y psicológicas. Desde una perspectiva moderna quizás resulte todo muy vago y somero, pero fue toda una novedad en su momento.

Respecto al estilo, se le nota, y mucho, la labor de engrosamiento. Simplemente, no hay suficiente información para una novela, y Williamson se ve en la necesidad de dar vueltas y más vueltas en torno a los mismos conceptos. Lo que funciona en una novela corta, puede no ser suficiente para una novela, y aquí tenemos un caso paradigmático al respecto. De igual modo, los intentos del autor por aportar giros sorpresa (y de engañar con los títulos de los capítulos) se ven venir de muy, muy lejos, por lo que la experiencia dista de ser plenamente satisfactoria.

Aun así, sobre todo cuando más se aparta de la licantropía clásica, la novela es capaz de ofrecer escenas y, sobre todo, imágenes memorables, con un toque noir que la hace singular, lo cual tal vez explique su condición de pequeño clásico dentro de la fantasía oscura (más que terror). Quizás, por cuestiones de ritmo y densidad informativa, hubiera disfrutado más de la versión corta (la de Unknown) de la historia, que posiblemente conserve todas las innovaciones sin forzar repeticiones machaconas.

Dos años después de la aparición de la novela corta, Jacques Tourneur estrenó “La mujer pantera”, que exploraba temas similares (aunque con una conexión mucho más directa con la sexualidad).

Otras opiniones:

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