La música de los vampiros / El alma del vampiro

•marzo 8, 2021 • Dejar un comentario

Poppy Z. Brite irrumpió muy joven en el mundo del terror, convirtiéndose casi de inmediato en una de las más prometedoras nuevas voces del género, en su vertiente gótica (y más específicamente, southern gothic, pues su localización favorita es la ciudad de Nueva Orleans). Este impacto no hizo sino crecer con la publicación de sus primeras novelas en los años 90, empezando en 1992 con la que nos ocupa, “Lost souls” (traducida primero como “La música de los vampiros” y más tarde como “El alma del vampiro”), y siguiendo con una suerte de semi secuela, “Trazos de sangre” (1993), y la todavía más extrema “El arte más íntimo” (1996). Desde entonces, sin embargo, dentro del terror propiamente dicho solo ha publicado una novela en el universo de “El cuervo”, “The lazarus heart” (1999), que sirvió de inspiración para la tercera película de la saga, pues a partir del año 2000 se pasó a la comedia negra (ambientada a menudo en el mundo de la restauración de Nueva Orleans).

Otra característica importante de su producción consiste en el protagonismo que adquieren personajes homosexuales, bisexuales o de sexualidad ambigua. Desde muy joven, Poppy Z. Brite (nacido Melissan Ann Brite), se identificó como un hombre gay en un cuerpo femenino, aunque solo a partir de 2010 inició el proceso de reasignación de sexo que le ha llevado a adoptar el nombre de Billy Martin (aunque no reniega, para corpus literario, del seudónimo con que se dio a conocer). Todo esto lo estoy contando ahora porque es fundamental para contextualizar y realizar una exégesis de “El alma del vampiro”, auque no sea necesario para disfrutarla, porque independientemente de estas cuestiones, es una de las mejores novelas del género. Aquí en Rescepto, sin embargo, siempre me gusta profundizar un poco más en lo que subyace a las obras.

Vampiros, Nueva Orleans, ambigüedad sexual y moral… No eran temas nuevos. Desde unos cuantos años antes, Anne Rice ya los abordaba en su serie de las Crónicas Vampíricas (iniciada con “Entrevista con el vampiro” en 1976, pero reformulada de verdad en 1985 tras “Lestat el vampiro”). El estilo de Brite, sin embargo, al contrario de lo que ocurre con Rice (y, más tarde, de un modo tovadía más patente, lo que adoptarían las autoras de romance paranormal), es sincera y genuinamente terrorífico. No hay idealización del vampirismo, ni exactamente una fascinación idealizadora, tal vez porque la perspectiva de Brite es más ambigua. En “El alma del vampiro” el tema central es una crisis identitaria, y al igual que ya hiciera un poco antes Clive Barker con “Cabal” (1988), esa ambigüedad, ese conflicto interno, se manifiesta como monstruosidad… dependiente, eso sí, del punto de vista.

“El alma del vampiro”, estrictamente hablando, es una novela coral, con un protagonismo que podríamos definir generosamente como difuso. El corazón de la novela, sin embargo, lo constituye Nada, un joven de catorce años, híbrido de humano y vampiro, que se enfrenta a una profunda crisis de identidad tras escapar de una casa y una vida adoptivas en las que nunca se ha sentido cómodo. Otros fragmentos del tapiz se nos presentan desde la perspectiva de Christian, un vampiro que lleva más de trescientos cincuenta años viviendo en el mundo; Steve y Fantasma, dos amigos de infancia, integrantes del grupo indie Lost Souls? y protagonistas recurrentes del autor; y, finalmente, el grupo de vampiros nómadas liderados por el violento Zillah (además de fragmentos relatados desde quizás una media docena de perspectivas adicionales diferentes; en este aspecto, la novela es un poco inconsistente).

Una cosa que conviene recalcar desde el principio es que los vampiros en el mundo de Poppy Z. Brite no se hacen, sino que nacen. Son una especie (o varias) aparte, que convive con los humanos, alimentándose de ellos. Nacen, además, mediante un acto de violencia, matando a sus madres en el proceso. Esto es lo que le ocurrió a la de Nada, fecundada por Zillah en la casa de Christian, encima del bar que este regenta en Nueva Orleans. Recién nacido (sin que su padre sepa de su existencia), es abandonado por Christian en una casa de un pueblo lejano, y allí, adoptado en secreto por la pareja residente, vive sus siguientes catorce años, sintiéndose progresivamente más y más alienado, hasta que decide finalmente huir hacia el sur, hacia Missing Mile, el pueblo natal de la banda de rock gótico que lo tiene fascinado.

Da la casualidad de que por el camino es recogido por una furgoneta en la que Zillah y sus dos compinches, Molochai y Twig, se mueven por el mundo, regresando hacia Nueva Orleans para ver de nuevo a Christian… que precisamente ha tenido que abandonar su bar por las repercusiones de lo acontecido allí en su última visita… acabando como camamero en el Tejo Sagrado, el bar de ambiente gótico/siniestro de Missin Mile donde tocan a menudo Lost Souls?

Sí, las coincidencias que se van acumulando resultan poco menos que increíbles, y la trama avanza de un modo un tanto errático, pero todo eso no importa, porque se entiende como un peaje necesario para narrar la historia de la toma de conciencia de su identidad por parte de Nada y de los conflictos que ello le supone. En cierto sentido, “El alma del vampiro” es una bildungsroman, una novela de maduración; aunque en su caso, por su especial naturaleza, es una maduración moralmente… complicada.

Como ya adelantaba, la visión de Poppy Z. Brite del vampirismo no tiene mucho de idealizada. Sus vampiros son sobrehumanos, no solo de forma literal, sino en el sentido nihilista del termino, y por ello mismo su moralidad es también la de un übermensch nietzschiano. Matar no les causa a lo sumo más que una efímera diversión, y en su compañía Nada termina abrazando esa despreocupación. Por fortuna, además, Brite no utiliza el vampirismo como una suerte de pantalla para sublimar la represión sexual (algo muy, muy habitual en el romance paranormal posterior). Sus vampiros no solo son intensamente sexuales, sino que no respetan ningún tipo de tabú humano. Bisexualidad, por supuesto, pero también pederastia (Nada, después de todo, pese a sus experiencias anteriores, sigue siendo un niño de catorce años), incesto… nada les está prohibido por imposiciones externas. Una libertad absoluta, tan monstruosa como oscuramente atractiva, a la que Nada se entrega con el abandono de quien no tiene en realidad control alguno sobre su vida.

Todas estas ambigüedades hacen de “Almas perdidas” un libro fascinante. Tal vez más incluso por la ausencia de un propósito claro y definido. El caos se apropia de la narración, que avanza de escena perturbadora en escena perturbadora, sustentada en la fuerza de sus personajes (Fantasma, Nada, Christian…), con un sentimiento premonitorio de inevitabilidad que nos permite perdonarle incluso ese abuso de las coincidencias que sigue siendo una seña característica, más todavía porque, sobre todo, es una novela que se percibe sincera.

Se enraíza claramente en conflictos internos así de ambiguos y caóticos, y resulta interesante comprobar cómo el terror es el vehículo perfecto para plasmarlos metafóricamente. No estoy familiarizado con mucho de lo que describe, e incluso en ocasiones no puedo estar más alejado de todo ello (de esa subcultura gótica de la que se nutre, por ejemplo), pero pese a todo, leyendo la novela, siento que puedo empatizar con los personajes y que los entiendo a un nivel quizás subconsciente, y eso es algo muy meritorio y que eleva la novela, a mi entender, a la categoría de imprescindible.

Habría mucho más que rascar. Hay, por ejemplo, una posible sublectura que involucra las diferencias generacionales entre los vampiros (de 300, 100 y 14 años), que a su vez podría reflejar diferencias generacionales en la comunidad LGBT (con Christian representando quizás la actitud más disimuladora previa a los disturbios de Stonewall en 1969 y el arranque del movimiento del Orgullo Gay, mientras que Nada es claramente un producto de los noventa). Luego tenemos la magia de Fantasma, que apenas comienza a explorarse y que tiene mucho que ver con la magia de Nueva Orleans en su conjunto; la relación entre Steve y Fantasma (que culmina en un relato posterior); los apenas insinuados vampiros que se alimentan no de sangre, sino de belleza… Capas sobre capas que podrían convertir esta reseña en un texto interminable.

Baste con lo dicho para dejar claro que recomiendo encarecidamente “Lost souls”, sobre todo para quienes ya habían echado la toalla con respecto a la representación habitual del vampiro dentro del southern gothic/romance paranormal. Aquí tenéis los mismos elementos, pero plasmados con total sinceridad y mediante un horror tan genuino como descarnado, y si os apetece profundizar algo más en el sustrato referencial de la obra y en esos paralelismos entre el vampirismo y la identidad sexual en una sociedad en evolución pero todavía hostil a la diversidad, difícilmente podréis encontrar una novela mejor.

Otras opiniones:

The light is the darkness

•marzo 2, 2021 • Dejar un comentario

Laird Barron es uno de los más destacados autores de terror actuales, con una propuesta que busca recuperar el horror cósmico lovecraftiano y una sensibilidad pulp, pero con un estilo que más allá de constituir una mera copia del antiguo, busca modernizarlo con una sensibilidad poética moderna.

La poesía, de hecho, constituyó la primera actividad literaria de Barron, tras mudarse a Nueva York en 1994 desde su Alaska natal. No fue sino hasta 2001 que empezó a publicar sus relatos de terror, sobre todo en The Magazine of Fantasy & Science Fiction. Esta actividad fructificó en su primera antología, “The Imago Sequence & other stories” (2007), que le valió el premio Shirley Jackson. Cuatro años después apareció su primera novela (una obra breve, muy poco por encima de la longitud de novela corta), “The light is the darkness” (2011), que ahondó en las características y temas presentados en sus relatos.

El protagonista de la novela es Conrad, un luchador perteneciente a una red secreta internacional que organiza combates a muerte entre hombres y entre hombres y bestias para deleite de los obscenamente ricos. Pero Conrad es mucho más que un simple gladiador moderno. Sus dotes no tan naturales le convierten en poco menos que un reflejo oscuro de Doc Savage, con una mente (supuestamente) a la altura de sus extraordinarias dotes físicas, que pone al servicio de la búsqueda de Imogen, su hermana desaparecida cuando ella misma se hallaba embarcada en una misión de venganza contra el mefistofélico doctor Drake, responsable de la muerte treinta años atrás del hermano mayor de ambos.

Las resonancias pulp son intensas en “The light is the darkness”. El doctor Drake es una figura Fu manchunesca; la mente maestra maligna que mueve desde las sombras los hilos del destino ya no solo del protagonista, sino quizás incluso de la humanidad misma. Porque si algo hay en esta novela son círculos dentro de círculos. La red de peleas clandestina no es más que el nivel más superficial de confabulaciones, apenas una tapadera para un juego de poder que convertiría a los superricos participantes en menos que comparsas, simples marionetas de fuerzas oscuras cuya existencia ni siquiera sospechan (y que a su vez, se insinúa, no son sino pececillos inofensivos en un mar mucho más tenebroso de lo que podemos siquiera imaginar).

La referencia nada sutil a “El corazón de las tinieblas” no es gratuita. “The light is the darkness” es la historia de un viaje al núcleo de la maldad, en el transcurso del cual Conrad va profundizando, y el lector con él, en esos horrores subyacentes a nuestro mundo. La iluminación tan solo nos desvela el auténtico alcance de la oscuridad que nos rodea. Barron captura así a la perfección el espíritu lovecraftiano del horror cósmico, enmarcado en una búsqueda que entrelaza los motivos personales con un más arquetípico anhelo por la inmortalidad. El personaje es, sin embargo, tremendamente pasivo. Deja que le ocurran cosas. En ningún momento da la impresión de estar al mando de lo que le ocurre (lo que, en cierto modo, concuerda con la idea de la insignificancia del ser humano; aunque eso no lo hace precisamente un buen protagonista).

La lectura supone una experiencia interesante, aunque a la postre no deja de primar en exceso el estilo sobre la sustancia. La trama en sí es de lo más simple, con una serie de revelaciones que llegan con excesiva facilidad y desembocan en un clímax final potente en lo descriptivo, pero bastante parco por lo que se refiere a llegar a conclusiones o incluso a cerrar los hilos narrativos. Por en medio, Barron ha ido sembrando ideas y obsesiones potentes, que posiblemente desarrolla más en sus cuentos, como la de la transformación (con Conrad convertido en un imago de algo… distinto) o una idea que se repite una y otra vez sin llegar a nada en concreto: la naturaleza circular del tiempo.

Al final, me da la impresión de que Laird Barron está demasiado volcado en los aspectos formales y evocativos de la historia para provocar auténtico miedo. Aunque renovado en lo estilístico, su horror cósmico sigue dependiendo de la voluntad del lector para aceptar la insignificancia en base a insinuaciones y miradas de reojo hacia un inefable Horror con mayúsculas. Por añadidura, en todo este propósito, interfiere además la naturaleza sobrehumana de Conrad, por quien nunca llegamos realmente a temer (y por quien nunca llegamos realmente a sentirnos identificados). Al no ser completamente humano, no es un buen representante de la humanidad en el conflicto, y eso, como lectores, nos mantiene al margen, como meros testigos de un enfrentamiento que no nos concierne (más allá de constituir parte integrante de la chusma ignorante y pasiva).

Quizás hay historias que funcionan mejor como obras breves, y pese a su limitada longitud “The light is the darkness” acaba ofreciendo menos de lo que debería para justificar sus páginas. Lo que aporta, sin embargo, es una propuesta estilística renovada para revitalizar modelos que habían quedado fosilizados en los (escasos) requerimientos literarios del pulp clásico, demostrando que es posible explorar esas mismas historias sin necesidad de replicar los modelos léxicos y gramaticales de hace casi un siglo. Eso, por si solo, aun si la novela no presentara escenas y pasajes evocativos, bastaría para justificar sobradamente su existencia. Tan solo necesita echar en la próxima ocasión un poco más de carne al asador.

El hijo de la noche infinita

•febrero 22, 2021 • Dejar un comentario

Para cuando explotó la fiebre por el terror a principios de los setenta, John Farris llevaba ya casi veinte años dedicado a la literatura barata, produciendo tanto con su nombre como bajo el seudónimo de Steve Bracken una serie de thrillers con pinceladas de violencia y sexo, ambientados a menudo en el sur de los EE.UU., motivo por el que suele clasificarse su obra dentro del abanico del southern gothic.

Su gran oportunidad surgió en 1976, cuando a la estela de “Carrie” (Stephen King, 1974) publicó su propia historia de terror sobre personas con poderes parapsicológicos, “La furia”, que fue llevada al cine dos años después por Brian de Palma (que venía de adaptar precisamente “Carrie”), con guion del propio Farris. Su éxito marcó el devenir de su carrera, que empezó a orientarse más claramente hacia el terror, aunque sin abandonar nunca una inclinación hacia el thriller. Tras abordar el vudú, el terror psicológico o la aventura arqueológica, en 1984 volvió su mirada hacia otra de las obras fundacionales de la tendencia, “El exorcista“, para ofrecer su propia versión del ya popular subgénero de posesiones demoníacas con “El hijo de la noche infinita” (“Son of the endless night”).

Durante un poco menos de la mitad del libro la historia es bastante tópica. Tenemos a nuestro protagonista, Richard Devon, un joven estudiante de derecho que está de vacaciones en una estación de esquí en Vermont con su novia, Karyn, cuando se ve involucrado en un episodio de posesión (que implica originalmente a Polly, la joven hija del dueño del hotel, cuya enigmática llamada de auxilio es, de hecho, lo que lo ha atraído de vuelta a aquellos parajes). Tras ciertas desavenencias de pareja, una separación en no muy buenos términos y una experiencia perturbadora en una casona de temporada que supuestamente debería haber estado deshabitada, Richard, sin mediar palabra, asesina brutalmente a Karyn delante de múltiples testigos.

Seguimos con las pesquisas torpes de Conor, el hermano mayor de Richard (un antiguo seminarista, dedicado a la lucha libre), que trata de encontrarle sentido a la situación, investigando por su cuenta (dado que la policía no parece muy por la labor de hacer caso de los delirios de Richard) sobre la supuesta implicación de Polly, sobre una misteriosa mujer que parece encontrarse en el centro de todo el asunto y, en última instancia, sobre las alegaciones de su hermano de encontrarse poseído por un demonio. Entonces es cuando, por fin, entra en escena el giro que se nos anuncia en la sinopsis, pues el equipo legal que llevará el juicio que se va a celebrar sobre el homicidio de Karyn, ante la imposibilidad de negar la mayor, acaba decantándose por una defensa un tanto inusual, pues en vez de alegar la tópica enajenación mental transitoria, optará por un enfoque tan polémico como novedoso: solicitar la absolución en base a haber actuado bajo los efectos de una posesión demoníaca.

La premisa es sin duda novedosa e interesante, la ejecución… no tanto. “El hijo de la noche infinita” se encuentra siempre oscilando entre tratar de ser una obra de horror pulp desquiciada y un drama (no solo judicial) riguroso, pero los excesos de la primera faceta y el excesivo puntillismo descriptivo (no necesariamente bien documentado) de la segunda están en perpetuo conflicto. En su primer tercio, por ejemplo, se nota una estrategia descarada de inflar la trama a base de repetir escenas desde distintos puntos de vista, sin aportar absolutamente nada a la historia, y luego, cuando entra en escena el elemento sobrenatural, cae a menudo en la gran trampa de este tipo de historias, que consiste en crear escenas de influencia demoníaca en la que los personajes carecen por completo de agencia. Son meros sufridores pasivos de hechos que no obedecen a otra lógica que el capricho del autor (algo que, personalmente, más que producirme inquietud, me saca de la historia, pues no hay modo alguno de establecer una coherencia interna).

Por añadidura, cuando por fin parece que todo empieza a focalizarse en el conflicto entre Zarach Bal-Tagh (el inventado lugarteniente de Lucifer que ha poseído a Richard) y la raza humana, Farris comienza a dar bandazos, metiendo en la trama a un exorcista católico que al final se queda sin mucho que hacer, a un predicador ambulante medio loco al que despacha en un par de escenas que forman parte de los mayores excesos del libro y, finalmente, a una ¿abogada-mística? a la que Conor tiene que sacar de su retiro espiritual en las Islas Canarias para liderar la lucha contra el demonio. Entre tanto vaivén, “El hijo de la noche infinita” ofrece de tanto en tanto un atisbo de lo que podría haber llegado a ser con una documentación más rigurosa y una trama algo más sólida. Las cuestiones que plantea resultan sugerentes y la idea misma de someter la posesión al rigor probatorio de un juicio penal es brillante.

Al final, por desgracia, a John Farris le pueden más las ansias de impactar y sorprender que el ánimo de ofrecer una novela sólida y bien estructurada. De igual modo, en su afán por sacudir al lector, incurre en una innecesaria… y ciertamente perturbadora, aunque no en el buen sentido… sexualización de sendas niñas de trece y catorce años (por no hablar del tufillo racista que tiene las conexiones mexicanas de uno de los personajes… que, por cierto, es descartado a mitad de la historia sin que nunca más vuelva a tener la menor relevancia). Una lástima, porque en estas condiciones “El hijo de la noche infinita” no pasa de constituir un entretenimiento ligero (si bien más largo de lo que le conviene). Para pasar el rato y ser olvidado casi al instante.

Las ratas / La invasión de las ratas

•febrero 8, 2021 • Dejar un comentario

El británico James Herbert dio inicio a su exitosa carrera como escritor de terror en 1974 con “Las ratas” (“The rats”), un relato que hunde sus raíces en los famosos creature features de los años cincuenta (“La humanidad en peligro”, “Cuando ruge la marabunta”, “Tarántula”…), que estaban de hecho a punto de volver a ponerse de moda con “Tiburón”, 1975).

Según su propia confesión, la inspiración le vino tras revisionar “Drácula” de Tod Browning, aunque parece más probable que le influyera el éxito de “Willard” (1971), basada en el libro de Stephen Gilbert “Ratman’s notebooks”, de 1968, que a raíz de la película se reeditó en grandes tiradas (e inspiró también, por ejemplo, la serie B “Night of the lepus”, con conejos mutantes gitantes, en 1972).

La novela no tarda mucho en entrar en materia. De forma inopinada, empiezan a sucederse en Londres una serie de ataques de ratas negras inusualmente grandes, inteligentes y agresivas, con una particular querencia por la carne humana. Los primeros capítulos son escenas sueltas en las que se nos presenta en profundidad una futura víctima, generalmente en los márgenes de la sociedad, que va a ser devorada al final de forma gráfica. Esto cambia cuando llegamos al segmento de Harris, profesor de arte de un instituto de barrio obrero londinense (evidente alter ego del propio Herbert), uno de cuyos alumnos ha sido mordido por una rata.

A partir de aquí la acción se dispara. Pronto nos enteramos de que las mordeduras de rata son mortales en veinticuatro horas por culpa de una infección asociada, Harris es llamado a declarar frente a una comisión gubernamental encargada del problema y, finalmente, una horda de ratas ataca el propio instituto, como parte de una plaga que ya resulta imposible ignorar. Cuando las noticias de estos incidentes se hacen públicas se desata el pánico por toda la ciudad (aunque principalmente en los barrios más desfavorecidos, cerca del puerto y con las cicatrices de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial todavía visibles). Como experto local (o, cuando menos, nativo de la zona), Harris acaba formando parte del grupo de crisis formado ad hoc, y así participa en los primeros, y no revelo nada si adelanto que infructuosos, intentos por controlar la plaga, mientras los animales van haciéndose cada vez más grandes y más atrevidos.

Sin duda, el punto fuerte de la novela lo encontramos en las descripciones de los ataques, que mantienen el equilibrio adecuado entre exageración y relativo realismo… o cuando menos plausibilidad (aunque, como suele ser habitual en estos casos, el comportamiento de las ratas no tiene absolutamente nada que ver con la realidad etológica), moviéndose así al borde mismo de la suspensión de la incredulidad mientras explotan la natural repulsión que nos producen los roedores (aunque he de reconocer que hay momentos, como el del ataque al zoológico, en que esa suspensión de la incredulidad se ve seriamente comprometida).

Por supuesto, todo tiene que escalar, y el papel de Harris ha de verse potenciado, desde experto a hombre de acción (mientras esquiva de forma milagrosa la muerte una y otra vez), hasta una conclusión previsible pero más o menos satisfactoria (que deja abierta, por supuesto, una puerta a posibles secuelas).

“Las ratas” es carnaza pura y dura. Existe un atisbo apenas esbozado de crítica social, con la denuncia del abandono de los barrios obreros de Londres por parte de las autoridades, pero es todo muy superficial, puesto casi por obligación. Del mismo modo, los distintos relatos, dejando de lado la trama central de Harris, no terminan de percibirse como un todo integrado. Son narraciones más o menos independientes, perfectamente intercambiables por cualquier otra anécdota, que funcionan muy bien en solitario pero que no logran construir una sinergia en su conjunto porque sus protagonistas, pese al cuidado que pone aparentemente en su caracterización, son básicamente de usar y tirar. 

Por otro lado, esta misma falta de pretensiones hace que el ritmo sea muy vivo, sin permitirnos un solo instante de respiro, con lo que la experiencia lectora (siempre y cuando no se padezca de musofobia) es satisfactoria, incluso si hay momentos en que parece no aprovechar todo su potencial (con un clímax innecesariamente apresurado, que introduce novedades apenas esbozadas y que tal vez hubiera podido resultar todavía más pintoresco, tal y como Stephen King había demostrado unos años antes con el cuento “El último turno”, de 1970, recopilado en la antología “El umbral de la noche”, de 1978, que comparte numerosos elementos con “Las ratas”).

La publicación de la novela supuso un éxito inmediato, vendiéndose los 100.000 ejemplares de la primera tirada en cuestión de tres semanas, dando inicio así a la carrera literaria de Herbert (que hasta ese momento trabajaba en diseño publicitario). Tras otras cuatro novelas, en 1979 Herbert publicó una secuela de “Las ratas”, titulada “El cubil”, y en 1984, con “Dominios”, completó una trilogía que a esas alturas ya incluía hasta un apocalípsis nuclear. A todo esto hay que añadir una novela gráfica, “The city”, aparecida en 1993. En 1982 Robert Clouse firmaría una adaptación cinematográfica muy, muy libre de “Las ratas” titulada “Fieras radiactivas” (“Deadly eyes”).

Un apunte final. Si podéis elegir, optad por la edición de 2017 de La Biblioteca de Carfax (“Las ratas”), porque la antigua de Planeta (“La invasión de las ratas”), de 1975, presenta la típica traducción desastrosa de la época.

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Manitú

•febrero 1, 2021 • 2 comentarios

A principios de los años setenta, Graham Masterton era un joven autor de manuales de sexo. Justo por entonces, sin embargo, ocurrió algo que daría una dimensión nueva a su carrera. En 1973 una película de terror, “El exorcista”, basada en la novela de 1971 de William Peter Blatty, se convirtió en un superéxito internacional, terminando el año como la cinta más taquillera a nivel mundial. Fue la primera vez desde 1931 (con “Frankenstein”) que una película de terror conquistaba el año y, lo que es más, alcanzaba a ser la más taquillera de la historia (en números absolutos).

Pronto empezaron a aparecer nuevos títulos que se fueron sumando a los tres pioneros (“La semilla del diablo”, de Ira Levin, 1967; “El otro”, de Thomas Tryon, 1971; y “El exorcista”). En 1974, Stephen King publicó “Carrie”, su primera novela, y ese mismo año James Herbert hizo lo propio con “Las ratas”. Poco a poco se fueron sumando más y más autores, que fueron inundando el mercado con estremecimientos impresos que eran devorados por el público. Se había dado el pistoletazo de salida a la era del terror bestseller, y en medio de todo ello se presentó Masterton con su primera obra de ficción, “Manitú” (“The manitou”, 1975), una novela que bebe descaradamente tanto del libro de Blatty como del de Levin… y que se convirtió al instante un un superéxito que acabaría definiendo su carrera (jalonada por más de medio centenar de novelas de terror, además de un número casi igual de thrillers, novelas históricas y policiacas… sin abandonar nunca sus manuales sexuales).

“Manitú” no pierde el tiempo en entrar en materia. En su primer capítulo se nos narra la visita de una joven, Karen Tandy, a un especialista en tumores de una clínica privada, por culpa de un bulto que se le ha empezado a formar en la parte posterior del cuello. Emplazada al día siguiente para una operación de urgencia, acude esa misma tarde a la consulta de un adivino, más charlatán que otra cosa, llamado Harry Erskine, que será desde ese momento nuestro narrador en primera persona, con un tono cercano, de colega confidente, que nos hace perdonarle en seguida el no ser más que un sacacuartos de poca monta (con una clientela compuesta sobre todo por ancianas con más dinero que sentido común).

Al parecer, Karen ha estado sufriendo una serie de pesadillas terribles, que ella sospecha relacionadas con el bulto que está creciendo en su nuca. Por alguna razón ignota (incluso para él mismo), Harry se toma el asunto en serio y empieza a tirar de un hilo que le llevará por caminos insospechados. Primero, hasta un barco holandés del siglo XVII, y pronto hacia terribles magias ancestrales nativas, pues lo que está creciendo en el cuello de Karen es ni más ni menos que un hechicero indio que en 1626, ante el avance de los colonos holandeses en  Manhattan, urdió una poderosa medicina para renacer siglos después… y desencadenar su venganza.

No. No tiene mucho sentido, y a poco que te pares a pensar ese poco sentido va haciéndose cada vez más tenue. Por añadidura, no se puede afirmar que, al menos en estas etapas tempranas de su carrera, Masterton fuera un fino estilista. Su prosa es más funcional que otra cosa y la trama avanza a golpe coincidencias y sin apenas conflicto (porque, increíblemente, todos parecen dispuestos a aceptar sin otra prueba que su palabra que en todo el asunto anda involucrado lo sobrenatural). Pasamos del médico al profesor universitario, y de ahí a un hechicero indio moderno, Roca Cantarina, quien por un módico precio está dispuesto a enfrentar su magia a la del manitú (en el libro, los “manitús” son como el espíritu de cualquier persona, ser vivo o incluso cosa).

Pero bueno, todo va tan rápido y fluye con tanta simplicidad que tampoco es que nos apetezca pararnos demasiado a considerar las cosas, y cuando por fin llegamos al último tercio del libro… ahí las cosas empiezan a desmadrarse de verdad. “Manitú” se transforma entonces en un delirio muy, muy pulp, que no ahorra en imágenes grotescas, gore e incluso unas cuantas dosis de terror lovecraftiano, y tampoco importa demasiado que el final se precipite literalmente a través de un deus ex machina; ha sido divertido, y si a estás alturas vemos su desarrollo como excesivamente tópico (no hay que olvidar, sin embargo, que “Manitú” antecede a toda la fantasía urbana modera e incluso al terror cinematográfico ochentero)… en fin, no seré yo quien me queje. El libro me ha entretenido (no me ha asustado, haría falta mucho más, o cuando menos una prosa más trabajada, para poder aspirar siquiera a ello), y no ha consumido una porción muy importante de mi tiempo, y a veces eso es todo lo que se pide a un libro.

Antes de concluir me gustaría mencionar un par de curiosidades que datan indefectiblemente el libro. Por un lado está la ya mencionada credulidad de las diversas autoridades hacia lo fantástico. Cabe mencionar que más o menos por esas fechas es cuando se produjo el breve y estéril escarceo del mundo académico con lo paranormal. Existió un genuino interés en tratar de aplicar el método experimental a toda aquella fenomenología popular, aunque esta efímera respetabilidad se esfumó casi igual de rápido cuando todos los experimentos confirmaron que allí no había nada más que coincidencias y autosugestión. Más chocante hoy en día (porque, al fin y al cabo, tenemos que aceptar como premisa sine qua non los elementos fantásticos), cabe mencionar la absoluta desvergüenza con que Masterton explota la faceta india, porque tras “Manitú” hay, si eso, la más somera de las documentaciones, e incluso cuando trata de mostrarse comprensivo (reconociendo la explotación del hombre blanco y el sentimiento de culpa que ya empezaba a aflorar por esas fechas), no puede evitar caer en cuestiones que hoy en día se considerarían como poco terriblemente incorrectas.

En cualquier caso, son estas unas salvedades menores, y no seré yo quien se ponga ahora a aplicar revisionismo histórico a mis reseñas (hay que tener siempre muy presente la fecha de escritura de un libro para poder interpretar sus intenciones correctamente). “Manitú” es un libro tan simple como efectivo, y quizás sea precisamente en su simpleza donde radica el secreto de su todavía aceptable frescura.

En 1978, la novela fue adaptada al cine en una película homónima (que, sin embargo, aquí retitularon creativamente como “Retorno desde la quinta dimensión”), que pasó bastante desapercibida. “Tras “Manitú”, Masterton ha escrito otros seis libros en su serie (y un séptimo adicional que también tiene como protagonista a Harry Erskine, aunque no tenga nada que ver con espíritus indios ancestrales), el último tan reciente como de 2015 (“Plague of the manitou”). Ninguno de ellos ha sido traducido al castellano (y a “Manitú” le vendría de perlas una nueva traducción). Por alguna razón, Masterton, pese a la inmensa popularidad de que goza en el Reino Unido, no ha sido un autor que haya calado mucho en nuestro mercado.

Hermana luz, hermana sombra

•enero 27, 2021 • Dejar un comentario

Es muy difícil calibrar desde aquí la relevancia de Jane Yolen, nombrada Gran Maestra por la SFWA en 2017, debido a que el grueso de su carrera está dedicada a la literatura infantil y juvenil, de la que no hay casi nada traducido al español. Su producción consta de alrededor de medio centenar de novelas, veintisiete antologías… y algo así como doscientos libros infantiles ilustrados (a lo que sumar libros de cocina para niños, cancioneros, libros de ensayo ilustrados, decenas de libros de poesía….). Aparte de esta obra personal, Jane Yolen ha trabajado en la industria editorial en distintos sellos y revistas, e incluso dirigió entre 1990 y 1996 su propio sello de joven adulto, Jane Yolen Books, para Harcourt Brace.

Su obra más famosa, “The devil’s arithmetics”, es una novela corta en la que una niña judía contemporánea (1988) es transportada hasta los tiempos del Holocausto y le supuso su primera nominación al Nebula. Consiguió tres nominaciones más, en novela, por “Hermana luz, hermana sombra” (“Sister light, sister dark”, 1988) y su secuela directa, “Blanca Jenna” (1989), y por “Briar Rose” (1992) (que le supuso además su segundo Premio Mundial de Fantasía, tras “Cards of grief”, de 1984), antes de ganarlo en dos ocasiones por los relatos “Sister Emily’s lightship” (1996) y “Lost girls” (1998). La serie iniciada por “Hermana luz, hermana sombra”, la de Gran Alta, se completó en 1998 con “The one-armed queen”, que no ha sido traducida al español.

“Hermana luz, hermana sombra” es una novela de aprendizaje, que narra la infancia de Jenna (Jo-an-enna) en una Congregación de mujeres, conocidas como Jinetes de Sombras, en un período que se nos describe como el de las invasiones garunianas, justo antes del comienzo de las Guerras del Género. Las Congregaciones fueron fundadas por una figura mítica, la Gran Alta, que recogió a niñas a las que la guerra había dejado huérfanas y las organizó en capítulos, bajo la guía del Libro de la Luz, que recogía en sus páginas una profecía sobre una líder, la Anna, que tendría tres madres muertas y sería conocida como la Blanca.

No cuesta mucho reconocer en todo esto un esquema mitológico arquetípico. De hecho, la autora no hace nada por intentar ocultarlo. Es más, lo potencia, de un modo que transforma la enésima historia sobre el Elegido (la Elegida) de turno, en un fascinante estudio sobre la mitopoyesis. Esto lo logra fragmentando su narración en diversos planos narrativos, el más importante de los cuales se denomina simplemente “El relato”, y vendría a ser la narración simple de los hechos (lo que vendría a ser normalmente la novela).

Junto con “El relato”, tenemos otros fragmentos que llevan por epígrafe lemas como “El mito”, “La leyenda”, “La historia”, “La canción”, “La balada” o “La parábola”, que contemplan los mismos acontecimientos que se nos van a relatar desde perspectivas totalmente diferentes. Así, “El mito” suele consistir en un breve párrafo que, en lenguaje profético, nos habla de la Gran Alta y de la Anna, y que posiblemente forma parte del Libro de la Luz (aunque esto no es algo que se explicite). “La leyenda”, por su parte, examina cómo el saber popular ha conservado y deformado los hechos originales, tergiversando motivos, entremezclando hechos y transformando metáforas en fábulas, algo parecido a lo que nos encontramos en las canciones, baladas y parábolas, que esconden todas ellas bajo sus referencias crípticas una verdad legendaria y otra histórica, ha largo tiempo olvidada.

A este respecto, resultan especialmente reveladores los segmentos de “La historia”, en los que estudiosos de un futuro lejano practican una implacable exégesis sobre todo ese corpus legendario, con un ánimo desmitificador y revisionista que busca despojarlo de misterio y encajarlo en patrones mentales (y estructuras sociales) muy posteriores, y que  nosotros, como testigos de excepción de la “realidad” gracias al relato, sabemos equivocado. En otras palabras, en “Hermana luz, hermana sombra”, Jane Yolen no solo narra una historia épica, sino que además la deconstruye, la mitifica y luego la recodifica sesgadamente. Esta forma de narrar tiene la virtud de hacernos reflexionar sobre nuestra propia historia, nuestras propias leyendas, sobre la trascendencia y la cotidianidad, sobre el modo en que el conocimiento se transforma en ficción y la ficción se reinterpreta (de forma consciente o inconsciente) a gusto del estudioso supuestamente objetivo.

Todo esto es un juego que, aun siendo fascinante, no bastaría para sustentar una novela. Por suerte, “Hermana luz, hermana sombra”, el relato, sigue siendo por sí sola una historia de crecimiento condenadamente buena y original, incluso cuando recurre literalmente a narrar un rito de madurez, el de Jenna, la hija de tres madres muertas.

Parte de esta fascinación surge de la cultura de las Congregaciones, donde por cada mujer adulta existe su hermana sombra, que se manifiesta solo a la luz de la luna o en presencia de unas antorchas especiales. Estas dobles oscuras no solo poseen un nombre propio, sino también una personalidad hasta cierto punto independiente. A lo largo del texto se nos revelan como una suerte de proyección del yo profundo de cada una de las mujeres, con las que comparten intereses y perspectivas, aunque no siempre actitudes, a las que llaman por medio de un rito desde las profundidades de un espejo.

Esta peculiaridad, con evidentes resonancias junguianas, hace de las mujeres de Gran Alta un grupo particularmente equilibrado (salvo en un caso, en el que una de las mujeres renuncia a su sombra, con resultados trágicos), en el que además cada una tiene una función, siendo las principales las cazadoras/guerreras, las cocineras, las agricultoras y, por supuesto, las sacerdotisas.

No me gustaría desvelar mucho más sobre el desarrollo de la novela, porque cuanto menos se sepa sobre lo que va a pasar, mejor se puede apreciar el juego entre mito/realidad que propone la autora. Hay desarrollos terriblemente tópicos, junto con otros que sorprenden por lo inesperado (lo cual, de hecho, aumenta el interés de la historia, porque no se limita a buscar la frustración de las expectativas simplemente por impactar, sino que dosifica muy bien cuándo y cómo seguir la senda clásica del mito, algo similar al camino del héroe, y cuándo subvertirla). Tenemos compañeras, profetisas, algo parecido a una antagonista y, por supuesto, peligros externos a modo de llamada a la aventura, pero todo muy bien integrado en una narración que nunca deja de tener los pies en el suelo y nunce fuerza la suspensión de la incredulidad.

Lo que sí añadiré es que, aunque he afirmado que hay una separación de los fragmentos narrativos, míticos e históricos, lo cierto es que nunca está demasiado lejos del ánimo de la autora el evocar ese saber tradicional del que bebe y que busca recrear, de modo que abundan dentro del relato los refranes, las canciones, las invocaciones y las leyendas, que quedan todavía más de manifiesto por cuanto constituyen una especie de segundo nivel referencial del que no disponemos de guía de interpretación (pero que el resto del libro nos invita a aceptar y disfrutar a múltiples niveles).

El único pero que le puedo poner a “Hermana luz, hermana sombra” es que concluye poco menos que a medio relato y nos deja con las ganas de saber qué será de Jenna. Por suerte, “Blanca Jenna” fue también publicada en Nova Fantasía (aunque nos quedamos sin la tercera y algo posterior entrega).

Aquel año el sexteto de candidatos al Nebula tuvo mucho que ver con el mito (aunque el premio fue para “El color de la guerra”, de Elizabeth Ann Scarborough, que nada tiene que ver con esta temática). Junto con “Hermana luz, hermana sombra”, tenemos libros como “El barco de un millón de años” de Poul Anderson, “American Apocalypse ™” de John Kessel, “Alvin el aprendiz” de Orson Scott Card y “Marfil” de Mike Resnick, que tratan todos en mayor o menor medida sobre leyendas y mitos encarnados.

Huella 12

•enero 22, 2021 • Dejar un comentario

El equipo de Huella 12 está compuesto por cinco agentes de la ley cuyo trabajo consiste en insertarse en el tálamo cerebral las huellas de temperamento de los sospechosos.

Así comienza la sinopsis de la la novela debut de Eva García Guerrero. Si además os cuento que se trata de un fix-up, construido mediante doce fragmentos, cada uno de ellos un relato en sí mismo, ambientado en (o referente a) una de las doce lunas del planeta acuático gigante de Sargazia, estoy seguro de que ya os habréis hecho una imagen mental de lo que podéis esperar de su lectura… Pues dejadme deciros algo: no podéis estar más equivocados.

Sí, tenemos un equipo variopinto, formado por Luna Bárladay, la joven jefa experta en temperamento, el cirujano (y antiguo ksatrya) Cha-Mert, el drama-escenificador Sólomon Cloyaris, el veterano agente exiliado Logario Cupeiro y la trepanada e inestable Virda Scarsi, impuesta al equipo por el general Weist; y sí, tenemos un esbozo de procedimiento, que se basa en el uso del Velo, un traje de nanobios que mejora los sentidos y permite la inserción de una huella, la grabación del temperamento, el registro emocional, de otro ser humano; sí, (casi) cada luna representa una actuación, o intermisión, del equipo o de parte del equipo; pero “Huella 12” no es exactamente un policiaco procedimental.

Ante de proseguir por ese camino, permitidme hablaros del escenario. Sargazia es un mundo perteneciente a la Mancomunidad, la organización multiestelar que se formó en el cúmulo globular de Akasa-Puspa entre la construcción de la Esfera y el advenimiento del Imperio, tal y como se relata en “Antes de Akasa-Puspa“, la antología coordinada por Juan Miguel Aguilera como prólogo a la serie de Akasa-Puspa que escribió junto con Javier Redal entre 1988 y 1994 (“Mundos en el abismo”, “Hijos de la eternidad” y “El refugio”, reescrita en 2011 como “Némesis“, ampliada por él mismo en 2005 con “Mundos y demonios”). En ella ya participó Eva G. Guerrero con “Las sombras de doce lunas”, que es la simiente de esta novela.

Cada una de las lunas de Sargazia, además, tiene un carácter especial. Algunas albergan civilizaciones propias, otras son yermas, algunas son semi independientes, otras, en fin, albergan bases de la organización de inteligencia en que se integra Huella 12, o son destinos vacacionales, o albergan experimentos sociales voluntarios o impuestos. Se podría decir que el sistema de Sargazia es un microcosmos que refleja, complementa y enriquece el macrocosmos mayor del cúmulo globular (y que no es necesario conocer, puesto que las civilizaciones compartidas, como las de los ksatryas o los shakistas, se encuentran suficientemente explicadas).

Cada luna, en fin, posee su propia personalidad, y esto se refleja en el tipo de historia que inspira, desde elementos tan aparentemente incidentales (aunque nada es completamente incidental en “Huella 12”) como la paleta cromática que la define, hasta la elección del subgénero que evoca. Porque sí, hay un par de historias que podrían definirse como policiacas, pero también hay otras con resonancias cyberpunk (¿o quizás biopunk?), o con elementos propios de la espada y brujería (sin dejar de ser ciencia ficción), o incluso una historia que, bajo otros parámetros, bien podría haberse desarrollado como terror sobrenatural (posesiones “demoníacas” incluidas).

Lo sorprendente es que, siendo los enfoques tan variados y las historias tan independientes, el conjunto jamás pierde la coherencia interna, la impresión de hallarnos ante una obra única. En parte se debe al estilo. La autora posee indudablemente una voz propia, ligeramente barroca, reconocible bajo todos los disfraces que adopta para contar sus historias. En parte, también, a lo que comparten todos los segmentos, ese equipo de agentes, con Luna Bárladay a la cabeza, cuyos sentimientos son tan importantes para la historia como los registrados en las huellas que utilizan en las intermisiones (y, si me permitís la digresión, qué extraño es leer una historia de ciencia ficción en la que los sentimientos constituyen el núcleo central, hasta el punto de que, si tuviera que elegir un único género, creo que archivaría “Huella 12” bajo la etiqueta de sensopunk… o tal vez pathospunk).

Cada relato contiene, de hecho, dos o tres misterios que desentrañar. Por un lado, está el que justifica la intermisión (un asesinato, unas desapariciones, una traición…) o desencadena la actuación de algún miembro del equipo. Por otro, tenemos la exploración del pasado sensitivo de cada uno de los integrantes de Huella 12. Los casos casi nunca se resuelven de forma fría y puramente objetiva. Después de todo, a través del Velo trabajan con sentimientos, y no es posible aislarse por completo del objetivo de estudio. Por último, hay un tercer rompecabezas que recomponer, el que conforman todos los relatos en conjunto, y de nuevo esta suprahistoria refleja el tema central de casi todas las subhistorias, porque si hay algo que se aborda una y otra vez, bajo distintos prismas, es el ejercicio abusivo del poder.

Existe, por añadidura, un tema común adicional, que es la fragmentación temporal del discurso. No solo la mayor parte de las historias se nos presentan a través de analepsis y prolepsis, troceadas en escenas que nos van proporcionando información a medida que la vamos necesitando, no tanto para entender la historia (la lógica, a veces, resulta un poco difusa) como para empatizar con ella. El propio fix-up se nos presenta desordenado, y nos obliga a armar mentalmente la secuencia temporal a partir de las pistas que va dejando caer en cada relato. Es una técnica que provoca cierta desorientación, pero que entiendo como fundamental para situarnos en el plano adecuado, para obligarnos a asimilar “Huella 12” no tanto como un ejercicio intelectual, sino como una experiencia emocional.

Tal y como sugería antes, una propuesta de lo más inusual dentro del campo de la ciencia ficción, que constituye un debut tan interesante como prometedor.

Otras opiniones:

Postciencia ficción

•enero 15, 2021 • 17 comentarios

Vivimos en la era de la postverdad. Los hechos, la realidad, no es tan importante como la “verdad” emocional, esa que te hace sentir bien, o quizás solo parte de algo mayor. El mundo es extraño y aterrador. Todo se encuentra en continuo cambio, y así, puedes levantarte un día y descubrir que aquello que siempre habías dado por sentado ya no existe, o se ha visto tan alterado que de nada te sirve el trabajo realizado hasta la fecha y has de pelear de nuevo por privilegios, o incluso necesidades básicas, que dabas por sentado.

En su faceta más preocupante, acabamos de ser testigos de lo que la postverdad puede hacer a una nación con el reciente asalto al Capitolio por parte de una horda de trumpistas convencidos, sin pruebas de ningún tipo, de que las elecciones que habían echado a su ídolo de la Casa Blanca habían sido fraudulentas. Esa es la belleza de la postverdad: no necesitas probar nada. Basta con que aquello que sostienes resuene emocionalmente en tus interlocutores. Es verdad simple y llanamente porque ansían que sea verdad.

A otro nivel (no menos problemático, quizás, a largo plazo), tenemos ese auge espectacular de terraplanistas, antivacunas, conspiranoicos varios y negacionistas de la nieve (espero que esto, dentro de unos meses, tenga que explicarse tirando de hemeroteca, porque si no…). ¿Cómo es posible que en una época en que disponemos de más información al alcance de nuestra mano de la que jamás haya existido el conocimiento científico se encuentre paradójicamente en retroceso? ¿Cuándo se transformó la utopía de la información en distopía de la ignorancia?

Todo tiene que ver, precisamente, con esa disponibilidad sin precedentes de información. Somos tan, tan ricos en información que cuando nos disponemos a estudiar cualquier tema la oferta de datos nos supera. Horas y horas de vídeo en YouTube, páginas, foros de discusión… Tanta, tanta diversidad que no importa qué postura decidamos adoptar sobre cualquier tema dado, siempre podremos encontrar un hilo del que tirar que nos lleve directos a una sucesión interminable de contenido que refuerce nuestra postura apriorística (y no quiero entrar ahora en las cajas de resonancia endogámicas en que se han convertido las redes sociales, en parte por decisión nuestra, en parte por unos algoritmos de recomendación cuya única prioridad es mantenernos enganchados el mayor tiempo posible.

¿Cómo escoger entre la inmensa gama de realidades que se nos presentan? En un mundo ideal, analizaríamos cada alternativa con espíritu crítico, sopesaríamos lo que la avala y lo que la refuta y, por último, tomaríamos una decisión fundamentada. ¿Pero sabéis qué? Eso no solo resulta engorroso, sino que podría darse el caso de que tuviéramos que aceptar una verdad que no nos gusta. Mucho mejor recurrir a la postverdad. Lo relevante no es que algo sea cierto o no, sino que, siendo cierto, nos aporte satisfacción. Así que, decidido: cierto (o más propiamente dicho, postcierto).

Las derivaciones de este fenómeno son tan numerosas (y aterradoras) que difícilmente podría empezar a explorarlas en una entrada de blog (y eso que ya empiezo a sospechar que esta será de las largas). Voy, por tanto, a centrarme en lo que constituye el campo de estudio de Rescepto Indablog: la narrativa fantástica.

Hace un año ya analicé cómo puede afectar la cultura de la postverdad al planteamiento y ejecución de una película de éxito (concretamente, me fijé en la postnarrativa de “El ascenso de Skywalker”). El caso es que ahora me gustaría cerrar todavía más el foco, y la adscripción de Star Wars a la ciencia ficción es una cuestión… dejémoslo en que abierta a debate. Existen otras películas recientes que sí se nos venden cuando menos con una pretensión de rigor científico (y “pretensión” es, ciertamente). En ellas, la postnarrativa se sustenta en otra postverdad, que paso a bautizar como postciencia.

Por analogía, “postciencia” consiste en asignar validez a una teoría o descubrimiento no en base a lo medios tradicionales (observación, hipótésis, experimentación, falsabilidad), sino atendiendo única y exclusivamente a nuestra respuesta emocional ante ellos. Así, podemos considerar científicas (postcientíficas) teorías como las de la Tierra Plana, la astrología, los chemtrails, que las vacunas generan autismo, que la pandemia es un producto de laboratorio, que las terapias alternativas no solo funcionan, sino que son auténticamente milenarias y no inventos o reconstrucciones modernos. Todo, absolutamente todo, puede ser “demostrado” postcientíficamente. Lo cual, como os podréis imaginar, viene al pelo para escribir ciencia ficción, porque ya no hace falta romperse la cabeza para obtener si no rigor científico, cuando menos coherencia interna.

Basta con que el mensaje emotivo de la historia sea al correcto.

Retrocedamos hasta el 20 de septiembre de 2019. Ese día se estrenó “Ad Astra”, de James Gray, con Brad Pitt de protagonista absoluto (y coproductor). La intención del director era, en sus propias palabras: “crear la representación más realista del viaje espacial que se haya rodado para mostrar que el espacio no es terriblemente hostil” (lo que debería haber hecho saltar todas las alarmas, porque algo parecido ya sostuvo Danny Boyle respecto a “Sunshine“). Para lograrlo no tuvo mejor idea que contratar como guionista a Ethan Gross, todo un experto en ciencia ficción… después de haber participado como guionista y coordinador de historia de “Fringe” (segunda señal de alarma).

¿En qué quedó todo eso de la “representación realista del viaje espacial”? Pues en una de las muestras más sonrojantes de postciencia jamás filmadas, con chorradas del tamaño de una nave en tránsito por el cinturón de asteroides que decide parar para contestar una llamada de socorro (y ahí Newton, revolviéndose en su tumba), un traslado a Marte para hablar desde más cerca con Neptuno o, ya que estamos, una estación de investigación en Neptuno para estar más cerca de las estrellas y poder estudiarlas mejor, que lanza hacia la tierra hondas destructivas de antimateria porque… no estoy seguro, porque sí, supongo; porque de algún modo había que justificar el viaje.

No es que el engarce tuviera mucho más sentido. La postnarrativa es fuerte en “Ad Astra”. Su estrategía consiste en presentarnos fragmentos que nos recuerden a películas que nos han gustado, para que por resonancia empática decidamos que esta otra es igual de buena (mejor, porque conglomera las virtudes de todas ellas). Así, comenzamos con una escena que nos retrotrae a Gravity (y que, de hecho, será lo mejor de la película), con un accidente durante la construcción de un ascensor espacial; seguimos con un interludio lunar (¡con piratas espaciales!… que ni idea de qué viven cuando no pasa cerca ningún módulo de despistados que no han caído en la cuenta de que para ir al otro lado de la Luna basta con alunizar allí) y enlazamos con la parada en ruta para poder admirar unos cuantos simios digitales y evocar, con suerte alguna película estilo “Alien”); de ahí al fragmento “2001” (diseño retro, fotografía evocativa, irrelevancia y malas decisiones por doquier); y por último, el meollo de todo el asunto, cuarto y mitad de “Apocalipsis Now” (aunque el director haga referencia a “El corazón de las tinieblas”, por eso de que una referencia literaria viste más).

Lo peor de todo el asunto es que… les funcionó. En Rottentomatoes tiene una aprobación crítica del 83% (85% entre los críticos top), con muchos profesionales alabándola como una gran películas de ciencia ficción… cosa que no es. Como mucho, es una película de postciencia ficción, que reutiliza sin mucho acierto elementos tan, tan antiguos dentro del género que ya son clásicos, los ensambla sin orden ni concierto y adorna con ellos una historia cuya única coherencia se encuentra, quizás, en el plano emotivo (y, aun así, el drama psicológico es de una simpleza que tira de espaldas).

¿Cómo es posible que algo así cuele como científicamente riguroso? Supongo que la única respuesta posible cabe encontrarla en un mundo donde prima a postverdad. No hay que dejar que la realidad se interponga en el camino de un buen impacto emocional. “Ad Astra” espera de los espectadores que acepten acríticamente cualquier desarrollo que se les presente, por muy peregrino que sea, siempre y cuando evoque algo (generalmente, por el camino fácil de recordarnos a alguna otra película que sí se trabajó el arco emotivo).

Otro ejemplo, más reciente, lo tenemos en “El cielo de medianoche”, lanzada directamente en Netflix el pasado 23 de diciembre (tras una exhibición testimonial para hacerla elegible para los Oscars). Aquí el director/protagonista en George Clooney, siguiendo el guion de Mark L. Smith que adapta (libremente) la novela de 2016 de Lily Brooks-Dalton (que no he leído, así que me abstendré de realizar ningún juicio de valor al respecto; entiéndase que todo cuanto voy a comentar se refiere a la versión cinematográfica).

Augustine es un científico que se niega a ser evacuado de la estación polar donde trabaja ante el avance de una misteriosa catástrofe que está asolando la Tierra y de la que no se nos darán más indicaciones. Su única compañía será una niña, que encuentra escondida días después, y su única tarea restante avisar a la tripulación de la Aether, que está regresando de una misión exploratoria en las lunas de Júpiter, de lo sucedido en el mundo durante su ausencia.

Estos mimbres le sirvieron a Brooks-Dalton para escribir una novela, tengo entendido, sobre la soledad, la aceptación de la fatalidad, el sentido de la vida y la importancia de las conexiones personales. En manos de los cineastas, “El cielo de medianoche” se transforma en un thriller renuente, mal acoplado sobre un drama psicológico de baratillo (con giro “sorpresa”)… y lo peor, para lo que atañe a esta entrada, es que convierten una historia de ciencia ficción (más como trasfondo que en esencia) en un desastre postcientífico, que lleva a nuevas cotas la reinvención de la realidad con intencionalidad emotiva.

No sé si alguna vez sabremos la auténtica razón, pero me huelo que alguien (Clooney o los productores) decidió que no podían hacer una película sobre el fin del mundo sin ofrecer un atisbo de esperanza, así que se hacía necesario resignificar la película como una alegoría con resonancias bíblicas sobre el pecado (personal y global) y la redención. Y claro, para ello había que forzar unas cuantas coincidencias imposibles y cambiar la realidad para ofrecer un nuevo Edén que reemplace al antiguo: la hasta ahora ignota luna de Júpiter K-23, lo bastante grande como para disfrutar de una atmósfera respirable (y ahí Galileo, revolviéndose en su tumba), e incluso de fértiles campos de cereales que supondremos aptos para el consumo humano (y Darwin que se une al baile de San Vito), donde poder reasentar al nuevo Adán y la nueva Eva (con todos los genéticos desde Mendel… en fin, ya sabéis).

Una vez te has inventado una realidad del tamaño de un mundo, el resto de transgresiones son poca cosa, ya sea sumergir en agua a cero grados sin aparentes consecuencias a un enfermo terminal de edad avanzada, tropezar con una lluvia de meteoritos (reminiscente de nuevo de “Gravity”) en “una zona no cartografiada del espacio” (sic) tras haberse apartado del rumbo, o llevar adelante sin problemas un embarazo en el espacio (un espacio tan benigno y libre de radiación que la embarazada se plantea sin dudarlo dar un paseo espacial para arreglar la antena y el radar… que maldita falta que hace para detectar rocas).

La sucesión de incongruencias científicas y narrativas es larga como un día sin pan. “El cielo de medianoche”, como “Ad Astra”, coopta temas, escenarios y situaciones de la ciencia ficción, pero no tiene la menor intención de jugar según sus reglas. Del mismo modo que la ciencia en ambas películas es postciencia, cabe definir su género como postciencia ficción.

El problema de recurrir a la postverdad para sustentar tu trama es que, por definición, la postverdad es maleable. No existe otra coherencia interna que la emocional, así que en una película de postciencia ficción, como puede ocurrir literalmente cualquier cosa, nada es capaz de generar tensión, porque nada posee un valor fijo intrínseco. A lo único que se puede aspirar es a generar evocaciones, y si te sale la jugada, como en “Ad Astra”, tal vez puedas engañar a unos cuantos críticos temerosos de gritar que el emperador va desnudo (o tan metidos en su trampa autorreferencial que no se dan ni cuenta), pero al público en general todavía no, básicamente porque los únicos que se interesan por una película de ciencia ficción son… en fin, aficionados a la ciencia ficción, no a la postciencia ficción (aunque démonos tiempo, me temo).

¿Esta tendencia hacia la postnarrativa y la postciencia va a ser el futuro de la ciencia ficción audiovisual? Espero que no, pero los indicios no son nada alentadores (podríamos añadir a la lista de engendros postnarrativos recientes la serie “Another life”). Lo que me preocupa de verdad es que empiece a extenderse la moda a la vertiente literaria, que al fin y al cabo es la que me atañe (y el que haya quienes tildan de “hard” un absoluto despropósito científico como “El problema de los tres cuerpos” no es una buena señal). Vivimos en una sociedad en la que la ciencia está cada vez más desprestigiada, en la que la verdad ya no es un concepto sólido, sino maleable a gusto del consumidor, en donde los clásicos parecen servir solo como depósito de elementos que carroñear.

La postnarrativa es una amenaza particularmente grave para la ciencia ficción, porque se trata de un género que se sustenta precisamente en la coherencia interna (lo cual no siempre implica respetar la realidad tal y como la conocemos, aunque sí precisa de un marco, el que sea, con unas reglas fijas). Si arrojamos por la ventana la coherencia para abrazar el impacto emocional referencial, ya no nos encontramos en el terreno de la ciencia ficción, sino con suerte en el reino de la fábula o la alegoría (transitado alegremente por Christopher Nolan en “Interestellar”) y sin ella… bueno, sin ella hemos llegado por ahora a las simas (post)narrativas que son “Ad Astra” y “El cielo de medianoche”.

Todavía me enfado cuando constato que llaman a esos engendros “ciencia ficción”. Espero no llegar a verme obligado a renunciar a un género que aprecio y me importa, aquejado, como tantas otras facetas de nuestras vidas, por el virus de la postverdad.

Rescepto-14

•enero 11, 2021 • 16 comentarios

Pues contra todo pronóstico, y pandemía mediante, Rescepto ha llegado a cumplir los catorce años. No ha sido, desde luego, la temporada más brillante del blog, ni por número de entradas (solo cuarenta y cuatro), ni por número de visitas (61.952 en 2020, lo que constituye el cuarto peor registro de siempre… y los otros tres corresponden a los tres primeros años de vida del blog, hace más de una década). Por añadidura, hubo otros dos meses en blanco (febrero y abril), que resucitaron la posibilidad de que hubiera llegado el final para el blog. Por suerte (o no), pude remontar, y aunque con números comparativamente pobres, Rescepto sigue al pie el cañón.

Ya no tengo muchas expectativas para con el blog. Si a estas alturas sigue siendo básicamente irrelevante, así continuará haga lo que haga (sobre todo ahora que mantener un blog es casi un ejercicio de recreacionismo artesanal de los tiempos pre-vídeo). El caso es que sigo creyendo que un proyecto como Rescepto Indablog puede ofrecer cosas que están fuera del alcance de un canal de YouTube (no digamos ya de una cuenta de Instagram). Me refiero, por supuesto, a la interconectividad, a la organización mediante índices y a la velocidad de consulta (directo a la distancia de una búsqueda, sin necesidad de aguantar varios minutos de diatriba para obtener cualquier dato)… o tal vez solo sea carca.

Sea como sea, mi intención es seguir adelante. Sobre todo porque me fuerza a leer cosas que tal vez con otra excusa no abordaría. Planificar los contenidos de Rescepto me permite organizar un tanto mi estudio de los géneros fantásticos, faceta a faceta (este 2020, por ejemplo, me he centrado un poco en el terror de los últimos cuarenta y pico años, y durante las últimas semanas en autores honrados con el título de Gran Maestro por la SFWA). En consonancia con este propósito, el cien por ciento de las entradas (descontando la de aniversario) del año corresponden a reseñas. Cuarenta y tres más, que sumadas a las anteriores dan ochocientas cinco, de cuatrocientos cincuenta y seis autores diferentes.

No está mal. De aquí a la mayoría de edad existe una posibilidad real de alcanzar las mil reseñas (aunque para eso tendría que subir un poco el ritmo, y no sé si me dan el tiempo y las ganas para ello (aunque si es en un lustro en vez de en cuatro años, pues tampoco me quejaría). El hito que sí está, por fin, a tiro de piedra es el del millón de visitas. Menos de 21.000 faltantes, que incluso al ritmo anémico actual deberían poder sumarse en cuatro o cinco meses. Por supuesto, el auténtico logro sería seguir adelante y llegar a cumplir los quince, los dieciséis, los…

Pero basta ya de elucubraciones. ¡Datos! ¡Datos!

Ya he comentado cómo han sido 61.952 las visitas de 2020. Eso da una media de solo 169 diarias (¡y pensar que en 2018 fueron 358!). No voy a seguir fustigándome con eso. Pasemos a los seguidores, que en Facebook llegaron a los 402, apenas 28 más que a hace un año. La ralentización podría deberse a que he estado prestando más atención a mi otra cuenta, la de autor, que por primera vez superó hace unos pocos meses a la del blog situándose en 436 seguidores. La cuenta de Rescepto queda pues limitada casi exclusivamente a anunciar las actualizaciones, y si hay pocas…

Algo parecido ocurre con Twitter, aunque aquí la cuenta fuerte sigue siendo la del blog, con 356 seguidores (solo diez más que hace doce meses). Tampoco es ninguna sorpresa, que la otra tiene poco más de un año (y aun así ya llega a 118 seguidores). Lo cierto es que escribir con limitación de caracteres no es lo mío, así que tengo las dos bastante olvidadas. Donde sí he mejorado registros es en los seguidores a través del sistema de suscripción de WordPress, pues a día de hoy son 167 (quince más que hace un año). Numeros todos ellos, en cualquier caso, modestos, máxime para un proyecto que lleva dando la lata catorce años.

El futuro inmediato de Rescepto pasa por… seguir como hasta ahora. No preveo grandes cambios; solo la lenta acumulación de reseñas (objetivo para fin de año: llegar a las 850) y autores (no es descabellado apuntar a los 475, aunque ahí, en el medio millar, hay un objetivo jugoso a medio plazo). Pasito a pasito, sin levantar mucho la vista, porque eso sería la receta segura para propinarme un morrazo.

Seguiré explorando el terror moderno, seguiré rellenando huecos aquí y allá, según cómo me guíe el albur, seguiré completando con reseñas los listados de los grandes premios (esos diez Nebula que me faltan, por ejemplo, o los tres retro-Hugos) y confiaré en que querráis seguir acompañándome en este viaje.

Gracias por estar ahí. Vamos a por los quince.

Otros aniversarios:

Adaptation

•enero 7, 2021 • Dejar un comentario

Mack Reynolds fue un autor californiano que empezó a escribir ciencia ficción en 1950. Tras vivir cuatro años en México, pasó casi una década viajando con su mujer por Europa, y esto, junto con sus convicciones socialistas (inspiradas por el ejemplo de su padre y la lectura juvenil de “El año 2000“), marcan una carrera singular dentro de la producción de su época (su carrera se extendió por tres décadas), pues no eran tan habituales en aquel momento las especulaciones políticas y socioeconómicas que caracterizan sus obras más señaladas (como “Mercenary from tomorrow” o “Black man’s burden” y sus secuelas, una de las primeras representaciones de una África futura; o las novelas cortas “Ultima Thule”, “Adaptation” y “Status quo”, su única nominación al premio Hugo).

Pese a sus más de sesenta novelas (la mayor parte muy breves) y doscientos y pico relatos, es recordado sobre todo por el que quizás sea su mayor fracaso, “Mission to Horatius”, la primera novela comisionada de la franquicia de Star Trek (de 1968, con una orientación juvenil). Roddenberry se mostró tan descontento con ella que rompió el contrato con la editorial (Whitman Publishing; dos años después, la franquicia se reiniciaría con mejor pie de la mano de James Blish en Bantam). A día de hoy, sin embargo, sigue siendo la novela más exitosa de Reynolds.

“Adaptation” es una novela corta publicada originalmente en el número de agosto de 1960 de Astounding (apenas dos meses antes de que cambiara su nombre por Analog), que gira claramente en torno a los temas favoritos del autor. Se inscribe en (y da inicio a) una de sus series, la historia del futuro de los United Planets (que comprende siete novelas y cinco novelas cortas, publicadas en su mayor parte entre 1960 y 1967).  En este escenario, la Tierra esparció por la galaxia numerosas misiones colonizadoras, compuestas por doscientos pioneros cada una. Mil años después inicia una campaña de recontacto, para llevar a las sociedades supervivientes, que se asume que han tenido que retroceder tecnológica y socialmente, al estándar de la sociedad humana avanzada.

Tal es el caso de los planetas Texcoco y Genoa, en un sistema solar a un año de viaje de la Tierra (lo cual, sinceramente, parece muy poco para mil años de abandono), al cual se envía una misión a bordo de la Pedagoga para hacer avanzar en el plazo de cincuenta años sus respectivas sociedades hasta un nivel lo más cercano posible al del viejo planeta de origen. La sociedad más avanzada de Texcoco tiene un nivel de desarrollo similar al del imperio Azteca, mientras que en Genoa hay civilizaciones al borde de la era de los descubrimientos. Ambos, sin embargo, conservan el idioma (inglés) y vagas leyendas sobre los lejanos terrestres que un día retornarán.

Durante el largo viaje de ida, los dieciséis miembros de la tripulación (todos hombres, en “Adaptation” las mujeres cuentan entre poco y nada) no hacen más que discutir sobre la mejor estrategia para cumplir sus objetivos (es la primera misión de su tipo, así que se trata en gran medida de una prueba piloto). Uno de los comandantes defiende que es la libre competencia dentro de una economía de mercado lo que estimula el avance, mientras que su segundo sostiene que el modo más eficaz de llevar a buen puerto la modernización es imponiendo una férrea planificación económica (a grandes rasgos, capitalismo frente a comunismo; no cabe olvidar que se escribió en plena Guerra Fría).

La solución que encuentran es salomónica. Ocho expedicionarios bajarán a cada mundo y actuarán sobre él de forma independiente, siguiendo cada grupo una filosofía económica diferente y poniendo en común los avances cada diez años. Genoa es elegido como terreno de implantación del libre mercado, mientras que Texcoco queda en manos de los defensores de la economía centralizada (la estructura socioeconómica contemporánea en la Tierra no se especifica, aunque se sobreentiende que es algo nuevo alternativo a ambas).

Lejos de recurrir al maniqueísmo de ensalzar a unos para denigrar a otros, Mack Reynolds guarda en realidad dardos para todos en su carcaj. Es cierto que superficialmente el control comunista sobre Texcoco se muestra como más brutal e irrespetuoso para con los nativos, pero el libre mercado de Genoa da lugar a tremendas desigualdades y crea inevitablemente ciclos de crisis y expansión que resultan tan devastadores como las guerras de expansión en el planeta vecino (y el que inicialmente se muestre como más benévolo bien podría ser un truco de Reynolds para jugar con las expectativas de los lectores). A la postre, sin embargo, el autor no está tan interesado en mostrar las carencias de cada uno de los sistemas como en reflexionar sobre lo que realmente los hace fallidos, y esto es que deben ser implementados por hombres, y que el poder depositado en sus manos los vuelve o bien crueles e insensibles ante los sufrimientos de la gente corriente (algo fundamental en el caso de Texcoco) o bien avariciosos y dispuestos a transgredir las reglas en beneficio propio (principal pero no exclusivamente en Genoa).

“Adaptation” tal vez no dé soluciones, pero sí que se encarga de poner el dedo en la llaga y señalar la tara fundamental de los sistemas sociopolíticos y económicos que hemos desarrollado hasta la fecha: otorgan un poder desmedido a determinados hombres, y no importa cuáles puedan ser sus intenciones iniciales, el poder corrompe.

La novela corta no da para mucho, y de hecho es una pena que hacia el final comience a acelerarse y nos obligue a asistir a las dos últimas décadas de la misión de la Pedagoga a través de esbozos muy parciales. Mack Reynolds tenía ahí una historia potente, pero tal vez no terminara de estar a la altura de lo que exigía, y su exposición queda tan superficial como un final utópico un tanto forzado (que de todas formas resulta plenamente comprensible, e incluso relevante, si lo contextualizamos en medio de las tensiones políticas de la carrera nuclear… pero un par de años antes de la Crisis de los Misiles Cubanos, por lo que se le perdona la inocencia).

A la postre, el mensaje de “Adaptation” es un poco más elaborado de lo que cabría esperar a priori, e incluso mantiene en parte su vigencia sesenta años después (lo cual debería por sí solo hacernos reflexionar). Resulta además interesante descubrir este tipo de especulación en una obra de su época, y si bien con posterioridad llegarían títulos mucho más osados al respecto (lo cual explica tal vez la progresiva pérdida de popularidad del autor a lo largo de los años setenta), sigue siendo una novela corta interesante, y justifica sobradamente el prestigio que Mack Reynolds ostentaba por aquel entonces.

 
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