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•enero 11, 2020 • 8 comentarios

Triscaidecafobia: Miedo irracional e incontrolable al número 13.

Bueno, algo puede que haya en todo eso, porque el decimotercer año de Rescepto ha sido el más crítico en la historia del blog (y no precisamente por el número de críticas publicadas). Cuestiones ánimicas que no se han circunscrito exclusivamente a Rescepto, provocaron que entre mayo y septiembre experimentara el período de parálisis más prolongado en sus ciento cincuenta y seis meses de existencia. De hecho, julio, agosto y septiembre fueron los primeros meses sin una sola actualización… y tener un blog parado tanto tiempo suele ser indicativo de que se encuentra cuando menos moribundo. A la postre, sin embargo, ha conseguido remontar, y aun a trancas y barrancas, sigue adelante, dejando atrás el número fatídico y avanzando ya hacia su decimocuarto año de vida.

Las consecuencias, sin embargo, han sido duras. Solo treinta y seis entradas publicadas (la mayor parte reseñas), y una caída significativa en el número de visitas respecto al récord que marcó el año pasado. Julio, en particular, fue el peor mes en casi una década. Visto en conjunto, sin embargo, hubiera podido ser mucho peor, pues otras épocas más boyantes han contribuido a que, a la postre, 2019 haya sido el segundo mejor año en cuanto a visitas de la historia del blog, contabilizándose un total de 86.492, para 237 diarias (lejos de las 358 del año pasado, pero por encima de las 226 de 2017 y 2012). Tampoco es que lo entienda mucho. Las visitas van y vienen como el Guadiana (justo en estos momentos, el blog está inmerso en un período de sequía extrema, con una caída de la noche a la mañana del 75% para la que no encuentro otra explicación que alguna jugarreta en la indexación de contenidos por parte de WordPress). Por eso mismo, me abstendré este año de desglosar el número de visitas por países, pues me resulta imposible determinar hasta qué punto es un dato fiable.

Con un total de 917.170 visitas, el objetivo del millón estará a tiro a lo largo del curso que se inicia… aunque no me atrevo a aventurar nada, porque para empezar, debería seguir activo durante todo ese tiempo.

El caso es que es tras tanto tiempo se hace complicado mantener la motivación. ¿Qué más me queda por explorar? ¿Qué puede añadir una nueva reseña a lo que ya exponen las setecientas sesenta y dos precedentes? Tengo, de hecho una veintena de títulos leídos y en cola de reseña (los que no escribí en la época oscura), y sí, tal vez haya cosas que me gustaría comentar de ellos, pero a estas alturas hace falta algo más para seguir en la brecha (el objetivo de las mil reseñas está tan lejos que no ayuda y, como siempre, la repercusión y el feedback son casi inexistentes).

Al menos, contra viento y marea, logré completar uno de los grandes proyectos del blog, la Hugolatría. Ya están reseñadas en Rescepto las sesenta y ocho novelas ganadoras del premio Hugo. Me ha llevado diez años, pero ahí están, junto con otras ochenta y cinco obras finalistas (solo en categoría de novela, que también hay un buen puñado de novelas cortas).  Ahora podría seguir con los Nebula (¿La Nebulatría?), de las que me falta por reseñar nueve, y después estarían los Locus, los World Fantasy, los Mythopoeic… (a este respecto, señalar que el Listado de Premios Fantásticos incluye ahora once galardones, catalogados además con etiquetas internas que mejoran la conectividad entre los distintos contenidos del blog). No hay límite. Setecientas y pico reseñas apenas suponen una minúscula fracción de lo que es la literatura fantástica.

No sé, tal vez se imponga una renovación. Buscar retos y enfoques distintos (como el plasmado en la última entrada sobre la posnarrativa en “El ascenso de Skywalker”). O no. Quizás baste con recuperar un poco las fuerzas y gestionarlas de modo diferente. Ya veremos. Por ahora, superado el bache, el blog sigue vivo, y eso tendrá que ser suficiente por un tiempo.

Centrando la atención en la parte social, la parálisis cuatrimestral también afectó al crecimiento de suscriptores en todas las opciones disponibles, aunque en las últimas semanas esa desviación se ha corregido un poco. Así, por ejemplo, los seguidores de Facebook han escalado hasta 384 (39 o un 11% más), mientras que la cuenta de Twitter cuenta con 41 seguidores adicionales, que suben el total a 346 (un incremento del 13,5%). También cabe destacar que la he desdoblado, creando una cuenta de autor para tratar temas que no conciernen al blog. A través del sistema de suscripción de WordPress sí que se ha notado de verdad el frenazo, pues apenas se han registrado 7 seguidores más (hasta 152, un 5% de incremento).

Para concluir, los más observadores (o memoriosos) habréis notado que de la propuesta estrella del año pasado, el salto de Rescepto a YouTube, nada de nada. Digamos que bastante había con mantener vivo el invento como para pensar siquiera en embarcarse en nuevas empresas. De hecho, el trabajo en torno al “Drácula” de Bram Stoker, que debía haber sido el tema del vídeo inaugural, acabó llegando como reseña tradicional muchos meses después. No he descartado la posibilidad por completo, aunque desde luego los meses siguientes los voy a tener muy, pero que muy ocupados, así que es difícil que mueva nada al respecto a corto o medio plazo.

¿Llegaremos al decimocuarto aniversario? ¿Se superará la cifra del millón de visitas? ¿Pasará la Nebulatría de un nombre molón a una realidad listable? ¿Verán finalmente la luz las diecinueve reseñas que están en estos momentos en el limbo?

Todas estas respuestas y más, el próximo 11 de enero (o no).

Cumpleaños anteriores:

 

El ascenso de Skywalker y el triunfo (o fracaso) apoteósico de la posnarrativa

•enero 3, 2020 • 2 comentarios

Vivimos inmersos en la Era de la Información, esa edad dorada en la que disponemos de toda (o una significativa porción de) la información que jamás se haya generado a un golpe de clic. Podemos encender la tele y sintonizar docenas de canales (si nos molestamos siquiera en ello, porque disponiendo de agregadores de contenido como Netflix, HBO o Amazon Prime Video…). Podemos entrar en YouTube y ver alguno de los más de mil millones de vídeos compartidos. Podemos contactar a golpe de like con cualquiera de los 2.271 millones de usuarios activos de Facebook (o los 1.500 millones de WhatsApp, los 1.000 de Instagram o los míseros 326 millones de Twitter).

Podríamos afirmar que se cumplen en nosotros los más locos sueños de conocimiento jamás concebidos por mente calenturienta alguna. Sin duda, tal avalancha de información no puede sino conducir al Paraíso y a la Libertad (o eso nos quisieron hacer creer todos esos escritores Cyberpunk de los ochenta y noventa, cuyos antihéroes rompían bit a bit los muros despersonalizadores de las megacorporaciones). Es la época perfecta para que la narrativa alcance su apogeo, ¿no? ¿No?

Pues va a ser que, tal vez, no, y la novena película de la Guerra de las Galaxias (la novena del núcleo central, claro) es un ejemplo paradigmático de lo que tan solo puedo bautizar como posnarrativa.

 

Voy a intentar explicar primero qué entiendo por posnarrativa y por qué surge justo ahora.

Volvamos, por ejemplo, a lo de los vídeos en YouTube. ¿Sabéis cómo se ha llegado a esos más de mil millones de vídeos? Tales cifras se alcanzan porque al cierre de 2019 se estaba subiendo nuevo contenido a un ritmo de más de quinientas horas por minuto. Si alguien quisiera ver todo lo que se ha añadido en un día, necesitaría emplear para ello ochenta y tres años. Hace doce meses era más fácil. Como entonces “solo” se subían 300 horas por minuto, hubiera bastado medio siglo para ponerse al día… de un día.

El problema es que no solo nos dedicamos a bucear por YouTube. También hay en cualquier momento dado unas 1.500 series que poder ver en Netflix (y 5.579 películas), y Vodafone TV tiene a gala poner a disposición de sus usuarios, en su pack completo (que suma varios servicios como HBO y Amazon Prime), 2.400 series. En medio de todo eso, por supuesto, hay que encontrarle un huequecito al último juego de la Play/Xbox y ya, si eso, ver alguno de los múltiples eventos deportivos en directo, desde el tradicional fútbol a los fascinantes torneos de dardos.

Esto ha ido provocando un cambio en el modo de consumir la información. Cada vez más, lo de mantenerse fiel a un programa o un vídeo durante toda la duración del mismo es cosa del pasado. Si en 1956, con la invención del mando a distancia, se preconfiguró la moda del zapping, que no se instauró de verdad hasta finales de los años 90, cuando el número de canales disponibles (y en competición comercial) aumentó considerablemente, hoy en día ya es todo un arte. La mayor parte de quienes aún ven la televisión lo hacen ya casi a modo de collage, saltando de cadena en cadena, y viendo ahora uno cuantos números de un talent show, a continuación la explicación de por qué los alienígenas construyeron las pirámides y de inmediato esa escena tan buena de aquella película que fue un éxito hace tres años.

Ya no hay narrativa. Hay emociones. Hay experiencias. Hay posnarrativa.

Podéis leer sobre todo esto de un modo un poco más amplio en este artículo viejo (de 2015).

¿Viejo? ¿De 2015?

Pues sí, porque 2016 fue el año de la posverdad (y las fake news). Así lo declaró el diccionario Oxford, habiendo detectado un aumento en el uso del término del 2.000% respecto a 2015 (2016 fue el año de la fructífera campaña presidencial de Donald Trump en EE.UU. y del referéndum del Brexit en Gran Bretaña; también fue el año en que se lanzó, por ejemplo, Face2Face, un programa que permitía imitar con una cara cualquiera las expresiones de otra grabada… en tiempo real). La posverdad es “la distorsión deliberada de una realidad en la que los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones”, y se diferencia de un engaño en que las dos partes, emisor y receptor, son igualmente conscientes de esta distorsión, y aun así optan por gobernarse de acuerdo a esa verdad emocional.

Si combinamos la avalancha informativa con la era de la posverdad, nos encontramos con que cualquiera puede “hacer zapping” por millones de horas de vídeo, por las opiniones de miles de usuarios de redes sociales e incluso por los anticuados medios de comunicación tradicionales (aunque destilando artículos escogidos, de acuerdo, por ejemplo, con las recomendaciones de su subred de Twitter) para conformarse una realidad a medida, emocionalmente satisfactoria y, sobre todo, comunitaria (sin importar que esa verdad, esa narrativa vital, no esté realmente anclada en los hechos crudos ni, por supuesto, que pueda entrar en conflicto con narrativas competidoras, igualmente fundamentadas en postulados apriorísticos).

Ya vamos llegando a Star Wars. Aunque antes, detengámonos en el primer gran éxito audiovisual de la posnarrativa: “Perdidos” (2004-2010).

“Perdidos” fue una serie de la ABC creada por J. J. Abrams y Damon Lindelof (otro profeta de la posnarrativa, junto con otros colaboradores de Abrams como los guionistas Roberto Orci y Alex Kurtzman). Seis temporadas y ciento veintiún episodios que ofrecieron sorpresas, intriga, personajes potentes, ciencia ficción, fantasía… una amalgama gargantuesca de emociones que a la postre NO significaba absolutamente nada. Preguntas sin respuesta. Un pollo sin cabeza corriendo desesperado de un lado para otro antes de darse cuenta de que estaba muerto. Un éxito arrollador. El valor de la narración no reside en adónde conduce, sino en que el viaje sea lo más sorprendente posible, y sin que nadie tenga que preocuparse de pagar luego los cheques lógicos expedidos sin fondo, porque el entretenimiento ya ha sido servido, disfrutado y olvidado… para poder centrar la atención en la siguiente cuenta de vidrio brillante.

La posnarrativa, en definitiva, libera al creador de la necesidad de justificar la progresión dramática de su historia, o incluso de proveerla de coherencia interna. Lo que importa es la coherencia emocional (y su resonancia entre el público al que va dirigida).

Allá por el 2015, cuando se estrenó “El despertar de la fuerza“, lo de la posverdad aún no estaba del todo asumido. Así que en esa primera película de la trilogía, Abrams se limitó a copiar descaradamente la estructura de la obra inaugural de 1977, buscando replicar exactamente las mismas emociones (actualizando a los protagonistas jóvenes para captar las nuevas generaciones de espectadores). En 2017, sin embargo, Rian Johnson se le subió a la chepa y buscó con Los últimos jedi” construir a partir de ese ejercicio de replica emocional una narrativa divergente… lo cual se saldó con resultados ambiguos en taquilla, desafección entre cierto subconjunto del fándom starwarsero y una gigantesca polémica en torno a los supuestos “haters“. Ahora, en 2019, Abrams vuelve a la carga (sustituyendo al despedido in extremis Colin Trevorrow), para ofrecer una posnarración de Star Wars. Gracias al auge de la posverdad, nada más seguro que olvidarse de intentar contar una historia (con el peligro de que la polémica domine la conversación, tal y como pasó con la película de Rian Johnson) y limitarse a entrelazar con la más tenue de las excusas argumentales escenas emocionalmente significativas.

La trampa a largo plazo reside, por supuesto, en que esa emoción no surge de la nada, sino que se ancla en el poso dejado por una narrativa antigua. Al menos, Abrams ha aprendido un poco en estos cuatro años, y en vez de copiar al pie de la letra una sola película, para “El ascenso de Skywalker” pasó toda la saga clásica por el turbomix, lo que le permite construir una película de más de dos horas y media que se asemeja a un monstruo de Frankenstein, a base de piezas muertas extraídas de decenas de hipotéticos remakes inconexos de las tres películas originales, engarzados al buen tuntún, sin preocuparse siquiera de posibles incoherencias internas (algunas de elas sangrantes). Lo único importante es que cada escena resulte emocionalmente poderosa. Y a la mierda cualquier pretensión de narrativa.

Si os paseáis por YouTube (en vuestro empeño condenado al fracaso de abarcar una ínfima parte de la información que pone a disposición de los navegantes), podréis ver decenas de vídeos poniendo a parir con más o menos gracia (la crítica de Loulogio me parece particularmente hilarante) las barbaridades narrativas de la película. Lo que no aciertan a comprender, sin embargo (como tampoco ocurre con los críticos, que en esta ocasión se han decantado por suspender la película con un 54% de aprobación en Rottentomatoes… frente al 86% del público), es que tal vez estén juzgando la película con unos parámetros equivocados. Abrams no busca ni por asomo contar una historia coherente. Se la bufan de mala manera las coincidencias imposibles, los personajes forzados, el cargarse de un plumazo todo cuanto creemos saber sobre la Fuerza o las más simples reglas de la física y de la lógica. Él lo que ha pretendido es emocionar de principio a fin, sin dar respiro ni ocasión para la reflexión. Él está entregado a la posnarrativa.

El que eso te satisfaga, ya es cosa de cada cual (a mí no, yo soy, me temo, un anticuado consumidor… y creador, de narrativas-tesis).

Para concluir (aunque posiblemente aún tenga algo adicional que decir más adelante respecto a la posnarrativa, centrado, eso sí, en la ciencia ficción literaria), me gustaría simplemente destacar una escena como epítome de todo este rollo que os he estado soltando. Se trata de la última escena de la película (que no describiré, por si hubiera alguien en el mundo incapaz de adivinar su desenlace apenas comienza), en la que la respuesta final de Rey a cierta pregunta constituye un ejemplo paradigmático de lo que es la posverdad. Si esa respuesta te resulta satisfactoria, enhorabuena, “El ascenso de Skywalker” se ha rodado para ti. Si por el contrario estás dándote de cabezazos contra el asiento de delante antes siquiera de que Rey abra los labios… lo siento, bienvenido al futuro.

Otras películas de J. J. Abrams analizadas en Rescepto:

También en Rescepto:

Las crisálidas

•diciembre 27, 2019 • Dejar un comentario

La carrera de John Wyndham Parkes Lucas Beynon Harris presenta dos etapas claramente diferenciadas. La primera, desarrollada sobre todo en los años treinta bajo el nombre de John Beynon (y por un breve período John B. Harris), dedicada a la ciencia ficción y las historias de detectives, no le hubiera hecho destacar en modo alguno entre los cientos de autores que cultivaban estos géneros. Tras la Segunda Guerra Mundial (en la que participó), sin embargo, algo cambió. Su estilo evolucionó y sus historias encontraron el enfoque temático que necesitaba, y así, bajo el nuevo apelativo de John Wyndham, se convirtió a partir de 1951 con “El día de los trífidos” en una figura fundamental en la evolución de la ciencia ficción, sirviendo de amalgamante entre las sensibilidades opuestas del romance científico británico y la ficción pulp estadounidense y de puente hacia la futura New Wave (como antecesor directo de autores como J. G. Ballard o Brian Aldiss).

Tras dos novelas de invasiones (“El día de los trífidos” y “El kaken despierta”), ofreció en 1955 algo distinto, trasladándose del presente en que ambientó la mayor parte de sus novelas (como Wyndham) a un futuro postcatastrofista en el que, mil años después de un posible conflicto termonuclear, sobrevive en la península del Labrador una civilización profundamente religiosa, obsesionada por la pureza genética y anhelante de las maravillas que dominaron los casi míticos Antiguos.

“Las crisálidas” (“The chrysalids”, “Re-birth” en su edición estadounidense), es una novela postapocalíptica que aborda temas clásicos, como el temor al holocausto nuclear y el advenimiento de una humanidad mejorada que corrija las carencias de la nuestra, sustituyéndola, que podemos encontrar en muchas de las mejores ficciones de la época (como “Cántico por Leibowitz“, de Walter M. Miller; “El fin de la infancia“, de Arthur C. Clarke; “Más que humano“, de Theodore Sturgeon; o “Ciudad”, de Clifford D. Simak), añadiendo sublecturas contra el inmovilismo y la intolerancia religiosa. Todo lo cual apunta directamente hacia los horrores contemporáneos, como la amenaza de la aniquilación atómica global, la sinrazón de la guerra y el recuerdo estremecido del Holocausto.

La historia nos la narra David, un joven de Waknuk, el asentamiento más próspero antes de los Márgenes, la franja donde la naturaleza empieza a mostrar formas descontroladas y que acaba desembocando en las Malas Tierras, donde no crece nada. La civilización se ha preservado a costa de caer en el fundamentalismo religioso, y toda desviación de la Norma es tratada como una aberración y destruida (ganado y cultivos) o esterilizada y exiliada (subhumanos mutantes, con alteraciones tan graves como un dedo de más). De hecho, el padre de David es uno de los hombres más rectos (es decir, fanáticos) de la región, lo cual constituye un motivo adicional de tensión para este cuando empieza a ser consciente de su peculiaridad. David, junto con otros siete jóvenes de su misma generación, poseen la capacidad de hablar entre sí a distancia con el pensamientode, una comunicación directa de cerebro a cerebro que los hace, lo quieran o no, diferentes, en una sociedad en que eso puede suponer la ruina.

Con estos mimbres, Wyndham va tejiendo un tapiz catastrofista (cercano a visiones contemporáneas como la de George Stweart con “La Tierra permanece“), también en el sentido de que ofrece una visión optimista, aunque solo a través de la renuncia. El sentimiento de obsolescencia y desesperanza para con nuestra sociedad que permea “Las crisálidas” se engendró en la carrera armamentística. En 1952, los EE.UU. anunciaron la implementación del armamento nuclear de segunda generación (las bombas de hidrógeno o termonucleares); un año después hacía lo propio la U.R.S.S. Tan intenso era (y tanto sentimiento de culpa había entre la comunidad de escritores de ciencia ficción por su entusiasmo inicial hacia la energía atómica), que frente a la Destrucción Mutua Asegurada oficial, propusieron el reemplazo por una sociedad alternativa y una humanidad mejor (o cuando menos distinta), algo que también encontramos en títulos como “Soy leyenda” (Richard Matheson, 1954) o “Bendición oscura” (Walter M. Miller, 1951). Un reemplazo que, por supuesto, no se concederá de buen grado.

La gran novedad de Wyndham con “Las crisálidas” consiste en entrelazar todos estos temas con el inmovilismo social y con el concepto de “pueblo elegido”. Detrás de muchas de las escenas de la novela se perciben ecos del Holocausto. El fundamentalismo religioso tras lo que conocen como la Tribulación (el hipotético conflicto nuclear que lo arrasó todo y llegó a cambiar el propio clima), defiende una interpretación exclusivista de lo divino, y a lo largo de la novela se hace incidencia en las mutuamente contradictorias interpretaciones acerca de la voluntad divina que tienen los diversos grupos. Además de esto, resulta imposible dejar de percibir un paralelismo milenarista, que añade matices a una filosofía que bien hubiera podido quedarse en la superficie, sin atreverse a abordar de frente las aparentes contradicciones internas; camino fácil que el autor evita, aunque para ello se vea obligado a utilizar personajes que constituyen poco más que altavoces para el mensaje de la novela (primero el tío Axel, y más tarde… bueno, para eso toca leer el libro, que si no reventaría el final).

Resulta triste que el fundamentalismo religioso siga, más de medio siglo después, constituyendo una realidad incómoda en muchos aspectos (y donde de dice “religioso”, podemos sustituir por cualquier otra ideología excluyente). A la postre, “Las crisálidas” defiende el cambio. Invita a abrazar la novedad, como único camino adaptativo (aunque reconoce la necesidad de cierto control, estableciendo un equilibrio inestable a medio camino entre el inmovilismo y el caos).

Respecto al texto en sí, por un lado es de agradecer la fluidez con que nos relata todo, pues Wyndham logra incluir muchas reflexiones en poco más de doscientas páginas. Se echa, eso sí, de menos un poco más de desarrollo en algunos tramas. Todo evoluciona demasiado rápido. Desde una perspectiva moderna, deja muchas posibilidades sin concretar (hoy en día, de esta trama hubiera surgido probablemente toda una trilogía distópica juvenil) y hace quizás un poco de trampa, recurriendo a una conclusión que se asemeja demasiado el proverbial (y casi literal) deus ex machina

En definitva, “Las crisálidas” es una gran obra, que se lee además en un suspiro, y cuyas reflexiones son más profundas y complejas de lo que aparenta a primera vista. Su escenario postapocalíptico, además, le concede tal vez mayor vigencia que otras ficciones similares, demasiado ancladas quizás a su época. Entre las influencias reconocidas, destacaría la manifestada por Margaret Atwood, que señala esta novela como fuente de inspiración crucial para su propia distopía fundamentalista (desde una perspectiva feminista), “El cuento de la criada”.

Agradezco a Alianza Editorial (esta reseña se basa en al reciente reedición de Runas, con nueva traducción a cargo de Catalina Martínez Muñoz) el envío de un ejemplar de este libro para su reseña en Rescepto.

Otras opiniones:

Diez años de Hugolatría

•diciembre 17, 2019 • 1 comentario

El 3 de febrero de 2009, cuando me disponía a reseñar en Rescepto “Tú, el inmortal“, de Roger Zelazny, concebí la idea de, ya que tenía un blog, reseñar todos los premios Hugo. Bauticé aquel empeño como la Hugolatría, y al finalizar el año contaba ya con veintiséis de los por entonces cincuenta y ocho ganadores reseñados.

A la postre me ha llevado un poquitín más de lo que seguramente anticipaba, pero diez (en realidad casi once) años después, con la publicación de mi crítica de “El cielo de piedra“, de N. K. Jemisin, puedo dar por completada la Hugolatría, pues entre las entradas del blog figuran ya las sesenta y ocho obras galardonadas desde que en 1953 los asistentes a la Worldcon reconocieran con el primer premio Hugo de la historia “El hombre demolido“, de Alfred Bester.

Cada año publico en Rescepto entre sesenta y setenta reseñas. ¿Por qué me ha llevado entonces tanto tiempo completar la Hugolatría? Bueno, el caso es que una cosa son los propósitos teóricos y otra muy distinta su concreción. Por un lado, está el pequeño detalle de hacerme con las obras en cuestión, algunas de las cuales llevan décadas descatalogadas. Eso se solucionó en gran medida cuando compré mi Kindle, sobre todo teniendo en cuenta que si no lo encontraba en español me valía en inglés. Quedaba, de todas formas, la cuestión de la dedicación. Sesenta y ocho novelas suponen alrededor de 30.000 páginas, o el trabajo de lectura de buena parte de un año en exclusiva… y mis intereses son, simplemente, demasiado extensos como para concederle a nada dedicación exclusiva.

Los premios Hugo suponen algo menos del diez por ciento de las obras reseñadas en el blog (que sumarán a día de hoy setecientas sesenta y pico). Me interesa también la fantasía (tradicionalmente ignorada en los Hugo, sobre todo durante sus primeras décadas) y el terror (todavía más ninguneado), me interesa el fantástico decimonónico (y anterior), he querido estudiar la ciencia ficción feminista de finales del siglo XIX, las obras ganadoras de otros grandes premios como el Nebula, el Locus o el World Fantasy, la Edad de Oro, la literatura gótica, los detectives sobrenaturales… o, por supuesto, el fantástico español. Vamos, que lo de los Hugo siempre ha estado ahí presente, pero no siempre en primer plano… o sí.

Esto de querer reseñar todos los premios Hugo ha tenido un efecto curioso en el blog. Por un lado, me forzó más de una vez a salirme de mi zona de confort, ayudándome a ampliar mis miras y, con el tiempo, colaborando a instaurar una filosofía reseñadora ecléctica. Además, llegó un momento en que se me ocurrió lo de señalar los premios recibidos en el índice original del blog, el que lista las obras por apellido del autor… y ello acabó conduciendo al listado por premios fantásticos, que se inició con el Hugo y cuenta ya con once galardones (allí tenéis no solo ganadores, sino también finalistas, con enlaces, por ejemplo, a las otras setenta y nueva obras finalistas del Hugo reseñadas hasta el momento en Rescepto Indablog). Por último, siguiendo el ejemplo marcado por la Hugolatría, en estos momentos hay cuarenta y seis premios Nebula, cuarenta y ocho Locus y otras setenta y seis novelas galardonadas con algún premio (contando con que en algún caso una misma obra ha sido receptora de varias distinciones) reseñadas en el blog. No es mala cosecha para algo que se inició hace tanto tiempo con un juego de palabras malo.

Como decía, la Hugolatría me ha sido de inestimable ayuda para ampliar mis horizontes, y tras su compleción creo estar en disposición de realizar una valoración crítica de los premios Hugo en su conjunto… y he decir que, con sus lógicos sesgos y altibajos (incluyendo errores clamorosos y ausencias imperdonables como la de Robert Silverberg), no suponen una mala guía para adquirir una idea general de al evolución del género fantástico (sobre todo de la ciencia ficción) a lo largo de las décadas. Son unos premios que no siempre han destacado lo mejor, pero casi siempre han puesto el foco sobre una obra significativa o cuando menos representativa de alguna gran tendencia, y de hecho son a ese respecto quizás el premio más justo y que mejor plasma los vaivenes editoriales. Ventajas de los premios populares (que, por supuesto, presentan también sus inconvenientes).

Un análisis en profundidad daría no para una entrada, sino para un libro entero (que quizás algún día me anime a escribir), pero por destacar algunos de los premiados, mencionaría por un motivo u otro la inaugural “El hombre demolido“, “Cántico por Leibowitz” (Walter M. Miller Jr., 1961), “El hombre en el castillo” (Philip K. Dick, 1963), “Dune” (Frank Herbert, 1966), “Todos sobre Zanzíbar” (John Brunner, 1969), “La mano izquierda de la oscuridad” (Ursula K. Le Guin, 1970), “La guerra interminable” (Joe Haldeman, 1976), “Pórtico” (Frederik Pohl, 1978), “Marea estelar” (David Brin, 1984), “Neuromante” (William Gibson, 1985), “El juego de Ender” (Orson Scot Card, 1986), “Un fuego sobre el abismo” (Vernor Vinge, 1993), “Paladín de almas” (Lois McMaster Bujold, 2004), “Al final del arco iris” (Vernor Vinge, 2007) o “La quinta estación” (N. K. Jemisin, 2016).

Por el contrario, en el bando de los deficientes incluiría “La máquina de la eternidad” (Frank Riley y Mark Clifton, 1955), “Un caso de conciencia” (James Blish, 1959), “El planeta errante” (Fritz Leiber, 1965), “El Señor de la Luz” (Roger Zelazny, 1968; sí, sé que tiene múltiples valedores, pero simplemente a mí no me llega), “Donde solían cantar los dulces pájaros” (Kate Wilhelm, 1977), “Reina de la nieve” (Joan D. Vinge, 1981), “Cyteen” (C. J. Cherryh, 1989), “Marte verde” y “Marte azul” (Kim Stanley Robinson, 1994 y 1997), “Paz interminable” (Joe Haldeman, 1998), “Spin” (Robert Charles Wilson, 2006)  “El libro del cementerio” (Neil Gaiman, 2009), “El apagón”/”Cese de alerta” (Connie Willis, 2011), “Justicia auxiliar” (Ann Leckie, 2014), “El cielo de piedra” (N. K. Jemisin, 2018) o “The calculating stars” (Mary Robinette Kowal, 2019).

Pero bueno, esto no es sino una opinión absolutamente personal (razonada, eso sí; podéis leer mis argumentos a favor o en contra de tal o cual título en la reseña correspondiente). Yo os recomendaría, si os interesa la historia del género fantástico, realizar vuestra propia lectura crítica de los premios Hugo (pero sin limitaros en modo alguno a este enfoque).

Podéis consultar todos los premios y finalistas, así como navegar desde allí por el blog hacia las 147 reseñas correspondientes, en el ya mencionado Listado de Premios Fantásticos.

A buscar nuevos retos.

The stone sky (El cielo de piedra)

•diciembre 15, 2019 • 1 comentario

En 2018, N. K. Jemisin logró lo que nunca antes nadie había conseguido, un tercer premio Hugo consecutivo, por libros pertenecientes a la misma serie (aunque Connie Willis ya había logrado algo similar, solo que los tres libros sobre los viajeros en el tiempo de Oxford recibieron su galardón en 1993, 1999 y 2011, mientras que los tres Hugos de Lois McMaster Bujold a novelas del universo Vorkosigan representan además un porcentaje limitado de la serie). Por añadidura, tras quedarse con anterioridad a las puertas, “El cielo de piedra” (“The stone sky”, 2017) cosechó los premios Nebula y Locus de Fantasía, en lo que puede entenderse como premio conjunto a toda la trilogía (y sin embargo, se le resistió la nominación al World Fantasy que sí habían recibido las novelas precedentes).

Entiendo la reticencia de Nebula y Locus por premiar una obra inacabada. Lamentablemente, “El cielo de piedra” es con mucho la más floja de las tres partes de la trilogía de la Tierra Fragmentada, algo que empaña a mi entender el honor recibido, y apunta quizás a motivos extraliterarios para este éxito sin precedentes (en pocas palabras, el efecto rebote contra el triste intento de manipulación de los Hugo por parte de los Sad/Rabid Puppies). A nivel más personal, sin embargo, lo que lamento es que una serie que empezó de forma tan extraordinaria con “La quinta estación” no haya sabido cerrar a un nivel similar, transformando la que podría haber sido una trilogía referencial dentro del género (lo de qué género ya sería otra cuestión a considerar) en una experiencia frustrante.

A grandes rasgos, la novela divide su atención en tres escenarios. Por un lado la visita de Nassum y el ex guardián Schaffa al Portal de los Obeliscos, en la antigua ciudad de Syl Anagyst, donde habitan los comepiedras y donde uno de ellos, Acero, desea que utilice sus poderes para destruir definitivamente el mundo. Por otro, Essun, tras sobrevivir al ataque contra Castrima (provocando en el proceso la Quinta Estación definitiva e incidentalmente el fin del mundo), debe acompañar transformada a los supervivientes hacia la relativa seguridad ecuatorial, para partir luego en busca de su hija junto al comepiedras Hoa (que se nos revela por fin como el narrador de la historia) y a un pequeño grupo, unido a ella por lazos diversos. En medio de todo ello, Hoa narra su propia historia, en el lejanísimo pasado, cuando la avaricia y soberbia de los hombres desencadenó, por medio de un odioso acto de discriminación inicial,  la furia del Padre Tierra y el inicio de las estaciones.

“El cielo de piedra” rezuma rabia. Las sublecturas raciales que en los primeros libros quedaban más o menos implícitas en el escenario se manifiestan aquí de forma directa, con la inversión que ya se había insinuado (el fenotipo subyugado es el de piel y pelo claros, que se asocia con la incipiente orogenia). Lo que no me termina de convencer es que esa rabia se encauza a modo de una suerte de fantasía de revancha, en la que los oprimidos alcanzan el poder de destruirlo todo. Entiendo (intelectualmente) el sentimiento, pero no puedo compartirlo. Es una especie de “mira quién tiene el poder ahora”, que aunque se resuelve en la confrontación entre Nassum y Essun, se me antoja un desarrollo forzado (nada justifica en realidad la rabia absoluta de Nassum; por mucho que la autora intente racionalizarla, se antoja más sociopatía que otra cosa).

En mi opinión, a lo largo de esta novela los personajes pierden su “independencia” y quedan supeditados a los intereses filosóficos de la autora, quien no duda en forzarlos a su antojo para llegar a representar el conflicto que busca plasmar, sin que le importe mucho la verosimilitud de estos desarrollos. De igual modo, me de la impresión de que pierde la paciencia tratando de sugerir y pasa a explicar con pelos y señales su mensaje (a través sobre todo de la historia de Hoa). Es cierto que, siendo el cierre de la trilogía, este libro era el de las explicaciones, pero el modo en que se ofrecen se me antoja forzado en extremo, hasta el extremo de que ya casi ni se puede hablar de alegoría.

Otra fuente de insatisfacción reside en el decidido giro, que ya se apreciaba en “El portal de los obeliscos“, hacia la fantasía, echando a perder con ello la coherencia interna del escenario (o, mejor dicho, supeditando esa coherencia no a la ciencia, sino a la intencionalidad emotiva, una tendencia que cada vez es más evidente ya no solo en las muestras de science fantasy como esta, sino incluso en autores presuntamente rigurosos como Cixin Liu). Resulta particularmente decepcionante constatar cómo se recurre al socorrido animismo, solo que trocando la bondadosa Madre Gaia por el vengativo Padre Tierra, lo cual, cuestiones de inconsistencia de enfoque aparte, abunda en la arbitrariedad del desarrollo (pues libera a la autora de la necesidad de supeditarse a las leyes geológicas e incluso astrofísicas sobre las que aparentemente se sustentaba el escenario).

Todo ello hace que “El cielo de piedra” constituya una conclusión muy decepcionante para una serie que había presentando un potencial tan extraordinario. Mi impresión es que Jemisin no ha sabido cómo desarrollar los temas que le interesaban dentro del marco inicial, lo que la ha obligado a inmiscuirse cada vez más en la historia, hasta el punto de afectar a su coherencia interna… y eso supone un problema muy gordo. Lo peor es que, más que una serie de libros razonablemente independientes, la trilogía de la Tierra Fragmentada podría considerarse una gran novela dividida en tres partes, de modo que la debilidad de la última fase (y en menor medida la segunda) afecta de forma significativa a la consideración que a posteriori merecen las precedentes.

Por supuesto, esta es una valoración emitida desde una perspectiva concreta, la de considerar que la coherencia interna se sustenta sobre lo que podríamos llamar una estructura de tesis lógica. De un tiempo a esta parte parecer estar en auge la tesis empática, que supedita todo a la transmisión de un mensaje emocional, sin preocuparse de la verosimilitud de la propuesta de acuerdo con las herramientas tradicionales de la ciencia ficción (o, en este caso, la science fantasy). En otras palabras, no busca convencer, sino estimular un sentimiento compartido, y eso es algo que me resulta especialmente frustrante cuando hay de por medio una apariencia de lógica tradicional… que acaba siendo manipulada de acuerdo con las necesidades emotivas de la historia.

Aunque he criticado la concesión del premio Hugo a “El cielo de piedra”, lo cierto es que no existió alternativa clara, al contrario que el año anterior (cuando el galardón hubiera tenido que ser para “Too like the lightning“, de Ada Palmer). El premio Locus de ciencia ficción fue para “El fin del imperio“, de John Scalzi (una space opera bastante ligera), y la única otra obra que a priori parece candidata a la distinción sería “Ciudad de jade” de Fonda Lee, coganadora del World Fantasy en compañía de “The challenging”, de Victor Lavalle (o, tal vez, “La extraordinaria familia Telemacus”, de Daryl Gregory).

En cualquier caso, lo que a la postre cuenta es el resultado oficial, y con su triple victoria la trilogía de la Tierra Fragmentada hizo historia en los Hugo. Veremos, una vez cerrada esa etapa, qué nos depara Jemisin para el futuro.

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Seeker (Última misión Margolia)

•diciembre 10, 2019 • Dejar un comentario

Sorprendentemente, el autor con más novelas nominadas al premio Nebula es Jack McDevitt, con doce de sus títulos (uno de cada dos) habiendo sido encontrados merecedores de dicha distinción. Solo Gene Wolfe (10) y Robert Silverberg (9) se le acercan siquiera. Pese a ello (al igual que con los otros dos), solo en una ocasión (por ahora, e incluyendo también las cuatro nominaciones en otras categorías) ha logrado conquistar el galardón. Fue en 2007, por “Última misión Margolia” (“Seeker”, 2005), la tercera novela de la serie del arqueólogo Alex Benedict, iniciada en 1989 con “Un talento para la guerra” (aunque no fue sino quince años después cuando apareció la segunda, “Polaris”).

Lo cierto es que me resulta difícil explicar tanto este premio en concreto como la inusitada querencia de los votantes del Nebula por McDevitt, que no deja de ser un autor de space opera clasicota y carente por completo de riesgo o innovación. Tal vez tenga que ver con que sus novelas son lo más parecido en ciencia ficción al bestseller procedimental, o quizás sea porque, en medio de ficciones que dan vértigo (con el singularitarismo cobrando cada vez más relevancia), las novelas de McDevitt parecen constituir una promesa de estabilidad, con sus futuros lejanos una versión apenas aderezada con tal o cual tecnología puntual de la vida de la clase media-alta estadounidense.

Eso mismo nos encontramos con “Seeker” (utilizaré el título original, que es más corto). Teóricamente se ambienta en una civilización diez mil años en el futuro de la nuestra, pero de no ser por la existencia de viajes ultralumínicos, inteligencias artificiales y hologramas, bien podría desarrollarse todo pasado mañana, y la excusa de que se llega allí a través de períodos de auge y caída no es muy válida, ya que eso no termina de explicar la absoluta identidad cultural. El futuro de McDevitt, básicamente, viene a tranquilizarnos con la promesa implícita de que, cuando todo termine de asentarse, los cambios habrán sido poco importantes o nulos. Tal vez eso baste para hacerlo destacar en medio de quienes se empeñan en restregarnos la vigente crisis de cambio por las narices.

La novela se inicia, como de costumbre, con un enigma histórico, al llegar para su tasación a las oficinas de la compañía de Benedict una copa de nueve mil años de antigüedad, que además, por las inscripciones que presenta, podría estar relacionada con uno de los mayores misterios de todos los tiempos: la desaparición de uno de los primeros grandes intentos de colonización interestelar, la expedición de los margolianos, huyendo del por entonces autoritario gobierno teocrático terrestre.

El principal atractivo de “Seeker” reside sin duda en su enfoque, al examinar nuestro futuro desde la óptica y con la herramientas de la historiografía. Así, nos lleva a ir desvelando un episodio que si bien para los contemporáneos de la novela (sobre todo la narradora, Chase Kolpath, un personaje en principio secundario que se erige en realidad en protagonista de la historia) es historia lejana, se encuentra todavía a mil años en el futuro para nosotros. Eso sí, sus métodos no son muy… laboriosos. Básicamente se trata de ir pidiéndole a una inteligencia artificial que analice tal o cual dato, con ocasionales viajes para recabar datos in situ (viajes que en ningún caso superan los cuatro días de duración, en virtud de los nuevos impulsores de salto, descubiertos por Benedict en “Un talento para la guerra”). Hacía falta aderezar la historia de algún modo, y por ello Benedict y Kolpath son objetivo de los atentados contra su vida de rigor en la serie, al tiempo que se despliega de fondo una minipolémica sobre si lo que hacen (ellos y otras empresas competidoras) es arqueología o expolio.

Lo cierto es que McDevitt logra presentar de un modo atractivo los grandes temas de la novela, e incluso apunta a una sublectura interesante, al equiparar la fascinación por la colonia perdida de Margolia con mitos de nuestro pasado como el de la Atlántida. También reviste interés la visita de Chase al territorio alienígena de los ashiyyur (aunque la insistencia por pintar la repulsión mutua como un instinto insuperable tiene cierto tufillo xenófobo), si bien a la postre todo se soluciona conectando un pendrive a un puerto USB… o los equivalentes exactamente iguales de la tecnología de dentro de 90 siglos. Ese es el gran problema, que la familiaridad acaba por matar cualquier atisbo de exotismo, y cuando todo resulta tan culturalmente monolítico y tan poco exótico, y por ende la “investigación” se ve reducida a ir de A a B para encajar determinada pieza de información de la que nada sabíamos hasta que Alex Benedict se la saca de la manga… Digamos que para ese viaje no hacían falta tantas alforjas (o, traducido, que si lo mismo se nos hubiera contado en una novela corta, hubiera resultado hasta atractivo, pero extendido por toda una novela resulta cansino y reiterativo).

Lo que más he acabado por lamentar es la absoluta ausencia de progreso social, cultural y casi tecnológico. McDevitt, al parecer, considera la sociedad de clase media-alta estadounidense el sumun de la perfección, de modo que por mucho que se sucedan las épocas oscuras, los totalitarismos despóticos o las guerras, todo acaba regresando de forma natural al redil (e incluso esboza una tesis a favor del capitalismo económico, contrapuesto de forma harto maniquea al control estatal de la investigación). Ese inmovilismo golpea a la novela directamente en su línea de flotación, haciendo que la perspectiva histórica pierda gran parte de su atractivo. No resulta creíble que una sociedad de la que nos separan tantos milenios como de la revolución neolítica se presente tan condenadamente familiar.

¿Por qué entonces resulta tan atractiva para, al menos, los votantes estadounidenses? Debe de ser por su cualidad confortadora. En cierto modo, minimiza el impacto de cualquier cambio futuro. ¿Singularidad tecnológica? ¿Inteligencia artificial? ¿Extremismos religiosos? No hay de qué preocuparse, el futuro se extiende como un interminable remanso de ineltarabilidad. Tendemos a considerar la ciencia ficción como una literatura progresista, que trata de analizar e incluso adelantarse al cambio. La ficción de Jack McDevitt, sin embargo, es tan conservadora y clásica como los temas mismos que trata. Inofensiva (y aburrida) como un estanque donde jugar con barquitos de plástico cuando podríamos estar lanzándonos a explorar el océano.

La serie de Alex Benedict se ha visto continuada por, hasta el momento, otros cinco libros (dos de los cuales, por cumplir con la media, han sido nominados al Nebula), ninguno de los cuales ha sido traducido al español. Aquel mismo año, el Hugo sí que reconoció dos novelas en las antípodas de esta aproximación inmovilista: “Al final del arco iris“, de Vernor Vinge (la ganadora), y “Visión ciega“, de Peter Watts (que los Nebula, por cierto, ignoraron por completo).

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The collapsing empire (El fin del imperio)

•diciembre 3, 2019 • 4 comentarios

John Scalzi es primero y ante todo un fan de la ciencia ficción, que por capricho del destino ha acabado transformando su pasión en oficio, lo que le ha permitido escribir sus propias versiones de “Tropas del espacio” (“La vieja guardia“) o de  una novelita que recomiendo vivamente de H. Beam Piper, “Encuentro en Zarathustra” (“El visitante inesperado”), homenajear a Dick en el título de “El sueño del androide” (en el título y poco más) o marcarse un homenaje/parodia a Star Trek (“Redshirts“). En ello le ha ayudado un estilo ágil, un agudo sentido del humor y mucho, mucho desparpajo, lo cual en una época en que poco más se le pide a la ciencia ficción, lo ha convertido en uno de los autores más destacados de lo que llevamos de siglo.

“El fin del imperio” (“The collapsing empire”, 2017), el inicio de su nueva serie (la de la Interdependencia), comparte con todo lo anterior virtudes y carencias. Es una space opera ágil, con personajes pintorescos, una trama que combina con maestría aventura y entretenimiento, en donde los malos son muy viles y los buenos molan puñaos y acaban saliéndose con la suya pese a todas las zancadillas que les ponen los primeros. También es un escenario simplón, inspirado en este caso, de forma un tanto más libre que de costumbre, en el de la Fundación de Asimov, con una trama política apenas suficiente para sustentar las escenas de lucimiento de los protagonistas y un subtexto sobre la obsolescencia de los sistemas políticos que se ha colado, como el propio Scalzi confiesa en los agradecimientos, impremeditadamente. Es en definitiva fast food que distrae y se lee en un suspiro, pero que desde luego no satisface el hambre.

La acción tiene lugar unos mil años en el futuro, con la humanidad dispersa entre veintitantos asentamientos, conectados por el Flujo, una red de atajos que permiten el viaje entre sistemas separados por años luz en cuestión de semanas o meses. Al poco de descubrirse esta red, la corriente que conectaba con la Tierra se desestabilizó, y las colonias quedaron abandonadas a su suerte. El gran problema al que se enfrentaron es que en su mayor parte eran sistemas estériles, sin planetas aptos para la vida, así que la única forma de mantener la estabilidad fue crear la Interdependencia, un imperio controlado por grandes monopolios comerciales, que aseguraban la distribución de materias primas por toda la red. La casa de Wu, por virtud de controlar el Hub, el sistema central de la red, entronizaron al primer emperox, líder tanto del senado (de nobles comerciantes), como de la iglesia (con una religión creada ad hoc para proporcionar al cotarro una ética y una espiritualidad apropiadas).

En el momento en que empieza la acción, tras ocho siglos de estabilidad, el Flujo empieza a fallar, y pronto nos enteramos de que hay un físico, autoexiliado en el mundo más remoto de la red (“casualmente”, el único con un planeta tipo Tierra habitable) que posee un modelo según el cual todo el chiringuito va a cerrarse… para siempre. Mucho que afrontar para Cardenia, la recién ascendida emperox (de rebote, por la muerte accidental del heredero oficial), que se nos presenta como un personaje honrado en un nido de víboras, ejemplificadas en la casa Nohamapetan, unos comerciantes ávidos de poder y riquezas (no como todo los demás, claaaaaaro), cuyas maquinaciones van desde intentar casar a su heredero con la emperox a mangonear en la rebelión que está intentando echar de su poltrona al gobernador de End (no sé cómo se habrá traducido al español), el Términus particular de la Interdependencia.

Tenemos pues la típica lucha de poder, un juego de nodos light, en el que lo más sorprendente es pensar cómo es posible que la casa Wu se haya mantenido al frente del cotarro durante mil años disponiendo de unas redes de seguridad e inteligencia tan limitaditas. De todas formas, por si hay algún lector despistado, Scalzi se detiene de tanto en tanto para explicar con pelos y señales lo que está pasando (algo particularmente irritante en un flashback al final del primer acto, que pone sobre la mesa toda la conjura, no sea que alguien se pierda). Definitivamente, lo de tejer una trama compleja no estaba entre las prioridades del autor, que se muestra mucho más cómodo en las distancias cortas, describiendo personajes super guays, que pueden pertenecer también a la misma casta de comerciantes explotadores, pero ¡hey, son los buenos! (y si es una joven lenguaraz y con carácter, pues mejor que mejor).

No quiero dar, sin embargo, una impresión equivocada. Scalzi tiene oficio, y eso se nota. Si no te paras a pensar demasiado, “El fin del imperio” es una novelita la mar de entretenida, y tiene algún que otro hallazgo interesante (como la sala de la memoria de los antiguos emperadores). Además, lo pretendiera o no, lo cierto es que sí que refleja muchas de las incertidumbres a las que se enfrenta nuestra sociedad. Tal vez no dependamos de Flujos que están a punto de secarse (o sí, porque una posible lectura de la novela podría relacionar su crisis con la crisis climática a la que nos estamos viendo abocados), pero ese mismo sentimiento de obsolescencia permea nuestra cultura, y es interesante ver cómo la ciencia ficción también le presta atención, aunque sea de refilón (resulta, además, una sublectura mucho más significativa que la inocentona denuncia de los sistemas de poder que se autoperpetúan en su propio beneficio a la que recurre Scalzi para sorpresa de absolutamente nadie).

A la postre, todo queda dispuesto para las secuelas (iba a ser una, pero ahora el plan apunta a trilogía), de la que ya ha sido publicada la segunda, “El imperio en llamas”, con la tercera, “The last emperox”, prevista para el año que viene.

“El fin del imperio” cosechó en 2018 una nominación al premio Hugo (que acabó ganando por tercer año consecutivo N. K. Jemisin por “El cielo de piedra“), y le supuso a John Scalzi su segundo premio Locus (tras “Redshirts”), imponiéndose a otras tres space operas de nuevo cuño, como son “Provenance” de Ann Leckie, “Raven stratagem” de Yoon Ha Lee y “Las estrellas son Legión” de Kameron Hurley.

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