Barrayar

•mayo 18, 2015 • Dejar un comentario

En 1991 Lois McMaster Bujold publicó su octavo libro dentro de la Saga Vorkosigan, a la que había dado inicio por triplicado en 1986 con “Fragmentos de honor”, “Ethan de Athos” y “Aprendiz de guerrero”. Al final, entre todos los personajes presentados, fue Miles Vorkosigan, el protagonista del último, el que acabó erigiéndose en piedra angular de la que quizás sea la más importante serie de space opera moderna.  Sus padres, Aral y Cordelia Vorkosigan (nombre de soltera, Naismith), protagonistas de “Fragmentos de honor”, como secundarios, siguieron siendo pese a todo presencias importantes, y como muestra de ello llegó la presente novela.

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La historia se ambienta unos meses después de la desastrosa campaña de Escobar. Los Vorkosigan esperan su primer hijo, y sobre Aral recae el pesado manto de la regencia, a ejercer hasta que el emperador Gregor, a punto de cumplir los cinco años, llegue a la mayoría de edad. A todo esto, Cordelia, la protagonista de la historia, se esfuerza por adaptarse a la atrasada (relativamente por lo que respecta a avances tecnológicos) sociedad barrayaresa.

Aunque su principal frente de conflicto lo encuentra en la limitación de los roles femeninos que impone una estructura social construida sobre siglos de aislamiento, seguidos por una terrible guerra de liberación contra un imperio muy superior (lo que da como resultado una especie de victorianismo militarizado, influido por una mentalidad de raíces rusas), su educación betanesa choca con los usos y costumbres de su nuevo hogar en infinidad de aspectos. Ah, y tampoco está demasiado acostumbrada a encontrarse en todo momento en el punto de mira, literalmente, de decenas de complots que pretenden reconducir la política de Barrayar a la antigua usanza.

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A lo largo de la historia asistimos al atentado que condicionará la vida de Miles, al estallido de una guerra civil y a las maniobras de Cordelia por mantener a salvo a su hijo no nato (aunque ya transferido a un replicador uterino). También, y esto es un aspecto que sólo podrán apreciar en su totalidad los fieles a la saga, se nos muestran los inicios de muchos de los habituales, tales como Simón Illyan (antes de acceder a la dirección de SegImp), Alys Vorpatril, los Koudelka (su historia de amor es quizás la pata más endeble del conjunto) y, sobre todo, el sargento Bothari.

Desde determinado punto de vista, los continuos guiños convierten “Barrayar” en uno de los títulos preferidos por los conocedores de la saga, aunque también es cierto que un lector privado de ese conocimiento suplementario se pierde buena parte de la gracia de la novela, que se queda en una intriga político-militar ágil, pero también muy superficial (y, como se ha señalado a menudo, con poco, muy poco desarrollo cienciaficcionero).

Barrayar

En cierto modo, “Barrayar” es un híbrido de las distintas sensibilidades que exploraría la serie, al menos en sus primeras entregas: romanticismo (más evidente en “Fragmentos de honor”), intriga política (“El juego de los Vor“), aventura militar (central hasta el giro que se experimenta en “Una campaña civil“) y quizás de forma particular feminismo (abanderada de un igualitarismo que constituye un importante sublectura de fondo durante toda la serie, aunque cristalizaría por completo en la ya mencionada “Una campaña civil”). La capacidad de Bujold para construir personajes fuertes se centra en hacer de Cordelia los ojos externos con los que contemplamos (y juzgamos) la sociedad de Barrayar, a la que quizás miremos con condescendencia… antes de darnos cuenta de lo retrasados que también nosotros estamos con respecto a la de Colonia Beta, de la que es oriunda.

La velocidad con que se lee “Barrayar” no puede ocultar, sin embargo, lo superficial e inconexo de la trama, que parece más bien diseñada para ir encajado toda una serie de elementos prediseñados. Si sale bien parada, es sobre todo testimonio de la capacidad de la autora para delinear personajes y enzarzarlos en diálogos afilados y chispeantes (un poco demasiado precisos para ser creíbles, pero bueno, se supone que todos ellos son excepcionales a su manera).

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Para la redacción de esta reseña opté por una relectura, pues mi primera experiencia, que creo que fue mi segunda aproximación a la serie (tras “Aprendiz de guerrero”), no había sido muy satisfactoria, y quería comprobar cuánto dependía de la inmersión del lector en el universo Vorkosigan (a día de hoy ya lo he leído casi todo). El resultado es que, en efecto, la percepción mejora muchísimo cuando sabes qué va a ser de Cordelia, Miles, Gregor, Kou, Elena, Simón, Alys y tantos otros. Quizás por eso “Barrayar” conquistó en 1992 galardones a diestro y siniestro.

Así pues, obtuvo el premio Hugo de 1992 (aunque sabes que la añada fue floja cuando un bodrio insufrible como “Ender el xenocida” es capaz de colarse entre los finalistas), así como el Locus de ciencia ficción (por delante de la novela de Card). En los Nebula resultó finalista, siendo el triunfo para la diametralmente opuesta “Las estaciones de la marea”, de Michael Swanwick (finalista el Hugo). Con mayor perspectiva, quizás el título más relevante del año fue “La máquina diferencial” de Bruce Sterling y William Gibson, que sentó las bases del steampunk tal y como lo conocemos actualmente (ignorado por los Hugo, finalista en los Nebula).

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Como nota curiosa, Lois McMaster Bujold se convirtió en la segunda (y por ahora última) autora en obtener el Hugo en dos ediciones sucesivas (ya lo hizo Orson Scott Card en 1986-7), haciéndolo también por entregas sucesivas de la misma serie (en total, la saga Vorkosigan suma tres victorias y otras cinco nominaciones).

En 1996, la autora publicó “Barrayar” junto con “Fragmentos de honor” en una edición omnibus titulada “Cordelia’s honor” y ya ha anunciado que, tras veinte años, su próxima novela, “Gentleman Jole and the Red Queen”, reincidirá en ceder el protagonismo absoluto a Cordelia (Naismith) Vorkosigan.

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Completados los índices del blog

•mayo 15, 2015 • 2 comentarios

Acabo de implementar el último índice que faltaba, el que recoge todos los títulos, ordenados según el año de edición original, que se suma a los ya existentes por nombre del autor y por título.

El primero que estuvo disponible fue, me temo, el menos útil, ya que resultaba bastante engorroso consultar la lista alfabética por título. En su momento pareció una buena idea, cuando apenas había unas pocas decenas de reseñas. Luego empezo a crecer y a crecer y a crecer… y para cuando me quise dar cuenta tenía por delante un trabajo enorme para hacer las cosas bien, y a cada año se hacía más inabordable.

Hace unos meses, sin embargo, decidí coger al toro por los cuernos e implementé el índice que considero más funcional, el que agrupa los títulos por autores, clasificados a su vez por orden alfabético del apellido. Pese a todo, seguía faltándome algo, y aprovechando en parte aquel trabajo, por fin puedo presentar un índice que constituye un pequeño capricho personal.

Desde siempre, pero particularmente estos últimos años, Rescepto ha presentado un importante carácter histórico. Creo que es lo que fundamentalmente lo distingue de la mayor parte de blogs de reseñas sobre literatura fantástica que pueden encontrarse por internet. No es sólo que saque a la luz títulos viejunos, sino que además suele haber un propósito bien definido detrás de cada elección, ya sea examinar algún hito dentro de la evolución de la fantasía, la ciencia ficción o el terror, estudiar algún movimiento o autor en concreto o completar el listado de algún galardón (luego, claro está, los hay que se cuelan por puro capricho del momento).

Todo ello, para “lucir”, precisaba de otro tipo de índice, y ése es el que ahora os presento.

En él encontraréis a día de hoy (seguirá creciendo, por mucho tiempo, espero) 547 títulos de 299 autores (sin contar los integrantes individuales de las antologías colectivas), con obras publicadas originalmente entre el 414 a.C. (“Las aves“, de Aristófanes) y 2l 2014 (“Extraños eones“, de Emilio Bueso). Entre medias, otros cinco títulos del siglo XVIII o anteriores, dieciocho del XIX (este número irá creciendo, sin duda), algún que otro centenar del XX y, por supuesto, muchos títulos más recientes (sobre todo de una década a esta parte, que viene a ser el período de actividad del blog).

He aprovechado igualmente para etiquetar en este mismo índice las entradas entre fantasía, ciencia ficción y terror (con algún que otro ítem no fantástico que se ha colado por en medio). Lógicamente, no es una clasificación exacta, pues hay muchos títulos que podrían encajar perfectamente en más de una categoría. En tales casos, me he visto obligado a escoger el género que consideraba más relevante.

Sea como sea, ofrece una buena panorámica de lo que ha cubierto el blog… e insinúa posibles áreas de atención para el futuro.

Lo único que queda claro es que aún queda mucho trabajo por delante. Lo menos, lo menos, para otros ocho años. Espero que con esta novedad, a partir de ahora, os sea más cómodo y fácil seguirlo (o recomendarlo).

Os invito, sin más, a consultar el nuevo índice. Quién sabe, a lo mejor incluso encontráis algo de interés que se os pasó en su momento por alto.

ACTUALIZADO : He aprovechado el trabajo para limpiarle también la cara al índice por nombre del autor. Ahora, para cada uno de ellos, las reseñas están también organizadas por año de publicación original, y por añadidura he incluido la información sobre ganadores y finalistas de los premios Hugo, Nebula, Locus (hasta el quinto puesto, WFA e Ignotus (sólo españoles).

Down and out in the Magic Kingdom (Tocando fondo)

•mayo 13, 2015 • 4 comentarios

La primera novela del canadiense Cory Doctorow irrumpió con fuerza en 2003 en el panorama de la ciencia ficción, levantando olas como pocos libros de debut, y todo ello pese a tratarse, en contra de la costumbre actual, de una obra cortita y no excesivamente ambiciosa, cosechando una nominación para el premio Nebula y el premio Locus a primera novela, pero sobre todo dando mucho, mucho que hablar.

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Uno de los motivos principales de esta recepción cabría encontrarla en el hecho de que fue la primera novela jamás publicada bajo una licencia Creative Commons (recién aparecidas por entonces). Simultáneamente con la edición en papel (por Tor), se liberó en varios formatos una edición electrónica con una licencia que prohibía el uso comercial, y que desde entonces se ha ampliado para permitir la creación de obras derivadas, siempre y cuando mantengan el mismo tiempo de licencia (Attribution-Noncommercial-Share Alike). Como indica el propio autor, mientras no haya dinero de por medio los lectores pueden descargársela de donde sea, compartirla, distribuirla o incluso, si son fetichistas al respecto, imprimirla.

Aquello funcionó. Cory Doctorow atravesó como una bala el muro que se alza ante los autores primerizos y se hizo de inmediato conocido (en una estrategia que luego han replicado autores como Peter Watts, también canadiense), aunque para mantenerse ahí hace falta algo más, y ese ingrediente especial lo aportó la temática de la novela. “Down and out in the Magic Kingdom” (traducida al español por AJEC como “Tocando fondo”, y más tarde en la edición electrónica, gratuita, por supuesto, como “Tocando fondo en el Reino Mágico”) presenta una sociedad post-escasez, en la que el dinero ha dejado de tener sentido y el único valor de cambio es el whuffie, una estimación de la reputación personal, ganada (o perdida) en función de las interacciones sociales.

TocandoFondo

Ah, sí, en la sociedad Bitchun la muerte también ha sido abolida. Ante cualquier accidente (o incluso por capricho), cualquiera puede decidir recargarse en un nuevo cuerpo clónico, con o sin modificaciones, a partir de su último backup. La edad aparente es una cuestión de preferencias, y la inmortalidad es un hecho, interrumpible sólo por la decisión consciente de entrar en estado de deadhead (reversible o no).

No se ofrece explicación alguna para todo esto. Se asume que algún avance científico, relacionado posiblemente con la obtención de energía infinita, ha posibilitado todos estos cambios. Nos adentramos de lleno en una sociedad ya consolidada (con más de cien años sus espaldas). La única estructura supraindividual con algún tipo de sentido (aparte de los emparejamientos más o menos exclusivos) son las adhocracias, u asociaciones voluntarias para llevar a cabo una tarea en concreto (que redundará a su vez en un incremento del whuffie de todos los miembros).

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El protagonista (y narrador) de la novela es Julius, un hombre de ciento cuarenta años en su cuarta reinvención, que ha acabado recalando en Disney World para unirse a la adhocracia que gestiona Liberty Square, una de las seis zonas del parque de atracciones (que incluye el Salón de los Presidentes y la Mansión Encantada).

Todo parece irle bien, junto con Lil, su novia actual (de un 15% de su edad, con sólo 23 años reales), hasta que reaparece en su vida Dan, un viejo amigo que solía disponer de reservas ilimitadas de whuffie pero que se ha encontrado de repente sin propósito para seguir viviendo… ni resolución para acabar con su existencia.

A partir de ese instante todo parece torcerse. Jules es “asesinado” y una adhocracia rival aprovecha, teniendo conocimiento previo del crimen o no, el caos resultante para apropiarse de la gestión del Salón de los Presidentes. Este hecho obsesiona a su yo restaurado, que se lanza, con más ímpetu que sentido estratégico, a una campaña activa por evitar la absorción también de la Mansión Encantada, con una torpeza tan manifiesta que su whuffie empieza a bajar y a bajar y a bajar…

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“Down and out in the Magic Kingdom” es una novela lineal y simplona, sustentada en un conjunto de ideas tremendamente sólidas y sugestivas. Su mayor problema reside en su protagonista, que no exhibe ni la experiencia que por su edad se le presupone ni la inteligencia de la que alardea, sino que más bien se limita a corretear como un pollo sin cabeza, golpeándose contra cada muro que el destino (léase “el autor) pone en su camino.

Una novela de estas características precisa mantener al lector deslumbrado de continuo, para no dejarle mirar más allá del escenario hacia los huecos de la tramoya. Es lo que consigue, por ejemplo, Charles Stross con “Accelerando” (publicada como libro en 2005, pero habiendo aparecido sus novelas cortas constituyentes entre 2001 y 2004), o unos pocos años después Vernor Vinge con “Al final del arco iris” (que incluye lo que bien podría ser una guerra de adhocracias… elevada a la enésima potencia de locura). “Down and out in the Magic Kingdom” se queda un poco atascada por el camino, manteniéndose sociológicamente relevante pero con carencias a nivel de trama.

Pese a ello, las ideas de base han demostrado poseer un atractivo que trasciende a la propia novela. No es difícil encontrar referencias a la sociedad Bitchun y al sistema de reputación por whuffie. En el fondo, “Down and out in the Magic Kingdom” es una utopía postcapitalista (e incluso postdemocrática, al menos en su foma representativa), y aunque precise la concurrencia de prerrequisitos más mágicos que realistas, no deja de ser un concepto que resuena con fuerza (y cada vez lo hará más) en nuestra sociedad.

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Como decía al principio, “Down and out in the Magic Kingdom” fue finalista del premio Nebula en 2005 (aquella edición resultaban elegibles las novelas publicadas durante los dos años anteriores), que acabó ganando “Paladín de almas”, de Lois McMaster Bujold, que ya se había hecho con el Hugo.

La novela sigue disponible para su descarga gratuita en la propia página del autor (y la versión en castellano debería circular por ahí, aunque la desaparición de AJEC haya hecho que se pierdan los enlaces de descarga “oficiales”).

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Carmilla

•mayo 11, 2015 • 2 comentarios

El tercer gran hito en la configuración del arquetipo del vampiro, precedente directo de la culminación del proceso en “Drácula” (Bram Stoker, 1897), fue la novela corta “Carmilla” (Joseph Sheridan Le Fanu, 1872).

Si la introducción en la literatura occidental y su caracterización original se había verificado en 1819 con el relato “El vampiro” de John William Polidori, y a la popularización de la criatura había contribuido significativamente el serial de penny dreadfuls “Varney, el vampiro: o el festín de sangre” (James Malcom Rymer, 1845-1847), que también había fijado muchas de sus características distintivas (los colmillos puntiagudos, el mordisco en el cuello, los poderes hipnóticos y la fuerza sobrehumana), fue “Carmilla” la obra que lo catapultó como el monstruo más famoso y reconocible de la literatura gótica, y la que terminó de preparar el camino para la síntesis de Stoker.

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Su publicación original se produjo entre diciembre de 1871 y marzo de 1872, en cuatro números de la revista The Dark Blue, una publicación de Oxford efímera (sólo se editó entre 1871 y 1873), pero muy significativa por el nivel de talento que logró reunir (a base de prometer sustanciosos pagos que llevaron al proyecto a la bancarrota y a su promotor a huir a América). Ese mismo 1872, el autor la publicó conjuntamente con otras cuatro historias en la antología “In a glass darkly”, bajo la premisa de ser casos de estudio del doctor Martin Hesselius, uno de los primeros detectives de lo oculto de la literatura, protagonista de la primera historia, “El té verde”.

Antes de proseguir, quisiera dedicar unas pocas líneas a Joseph Thomas Sheridan Le Fanu, una escritor actualmente poco conocido, aunque fue en su época el principal exponente del relato gótico de fantasmas. Nacido en Dublín en 1814, destacaría sobre todo por sus cuentos de horror y misterio, aunque también se dedicó, sobre todo en sus primeras obras, a la literatura histórica con ambientación irlandesa (siguiendo el modelo de Walter Scott en Escocia). Sus mayores reconocimientos le llegarían por sus historias de horror gótico, tales como “El tío Silas” (1864) o, por supuesto, “Carmilla”.

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La novela corta se ambienta en la montañosa región austriaca de Estiria, donde se ubica el schloss (un cruce entre mansión solariega y castillo) en el que vive la joven Laura, la narradora de la historia, con su padre viudo, dos damas de compañía y un número indeterminado de criados. Es una existencia solitaria, así que la muerte repentina de la sobrina de un vecino (de esos que viven a varias leguas de distancia), a la que aún no conocía pero que iba a quedarse con ellos unos meses por la amistad entre sus progenitores, la afecta profundamente.

Casualmente, el mismo día en que se enteran por carta de la luctuosa noticia, son testigos del accidente de un carruaje, que tiene como consecuencia la oferta a la joven dama herida que lo ocupa de alojarse en el schloss mientras se recupera. La huésped fortuita dice llamarse Carmilla, y pronto establece con Laura una relación de amistad… y quizás algo más. Los problemas surgen cuando la misteriosa enfermedad que está asolando la región parece afectar a Laura, quien empieza a sufrir pesadillas en las que una sombra indefinida se cuela en su cuarto y se tiende sobre ella, justo antes de sentir dos pinchazos helados en el pecho.

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“Carmilla” es una narración pausada, que se toma su tiempo para ir construyendo la ambientación adecuada. A Sheridan Le Fanu no le gustaba recurrir a las escenas chocantes, a los sustos fáciles, sino que prefería insinuar más que mostrar, dejar que la atmósfera fuera impregnando la narración de una sensación inquietante, que por acumulación fuera deviniendo en horror.

Leída hoy, es posible que “Carmilla” resulte por momentos un poco lenta, pero cabe recordar que la figura del vampiro en 1872 distaba de ser tan conocida como hoy en día. En esta novela corta se muestra por primera vez en su vertiente femenina, así como su transformación en animal (un gato negro gigantesco) y se insinúa su posible cualidad neblinosa, así como su rechazo a la simbología cristiana. También, y esto es algo que la hace destacable incluso ahora, exhibe sin tapujos sublecturas eróticas (mucho más evidentes que la posterior “Drácula”), con la particularidad de que la relación prohibida que se sugiere es de carácter lésbico.

Carmilla

Carmilla es un monstruo, pero en su monstruosidad antinatural hay una sombra de patetismo. Está condenada a alimentarse de la sangre de los vivos, pero busca una y otra vez una conexión especial con algunas de sus víctimas, jóvenes de su misma edad aparente (y de alta condición social), a las que se entrega con una pasión que las atrae y repele por igual, aunque a la postre todo tenga que concluir en tragedia.

Para concluir con las innovaciones que aportó, cabría mencionar la figura, apenas delineada, del barón Vordenburg, la plantilla de la que surgió el profesor Van Helsing (al igual que la propia Carmilla se transformaría en Lucy). Descendiente del cazador de vampiros que se propuso originalmente librar de su maldición a la región, el barón tiene un papel limitado aunque crucial en la resolución de la trama (por el método tradicional de la estaca, el cuchillo y el fuego).

La única razón razón que se me ocurre por la que “Carmilla” no es hoy una historia más conocida y apreciada reside en que ha sido tal su influencia (ya no sólo en “Drácula”, que en un principio incluso iba a utilizar Estiria como patria del vampiro, sino de forma reconocida en muchas obras posteriores, incluyendo, por ejemplo, las crónicas vampíricas de Anne Rice) que sus grandes innovaciones se antojan a primera vista poco meritorias. La interacción, cargada de sublecturas eróticas, entre Carmilla y Laura, sin embargo, sigue manteniendo todo su poder de fascinación, como crónica de una resistencia fundamentada en valores morales tradicionales que, poco a poco, va erosionándose ante el insistente acoso de una pasión que tiene no poco de trágica (quizás como un intento, condenado al fracaso, de recuperar la inocencia perdida).

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Mucho se ha especulado sobre las fuentes de inspiración de Le Fanu. Aparte de los textos ya mencionados (así como los relatos folclóricos en que se basan), se ha propuesto por ejemplo la historia de Elizabeth Báthory, la condesa sangrienta, tal y como apareció en el tratado folclórico “El libro de los hombres lobo” (Reverendo Sabine Baring-Gould, 1865) o el poema inconcluso de Samuel Coleridge “Christabel” (1797-1800), una de las primeras muestras literarias del vampirismo.

“Carmilla”, como buena parte de la ficción de Sheridan Le Fanu, está disponible en versión original (con un estilo anticuado, un tanto peculiar) para su descarga a través del Proyecto Gutenberg.

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El libro del cementerio

•mayo 8, 2015 • 6 comentarios

El año 2009 Neil Gaiman se alzó con su segundo premio Hugo por “El libro del cementerio” (“The graveyard book”). Ocho años antes, J. K. Rowling ya había roto moldes con su premio por “Harry Potter y el cáliz de fuego“, aunque en este caso la polémica decisión de otorgar el galardón a un libro juvenil (casi infantil) alteró menos los ánimos. Después de todo, Gaiman ya había sido distinguido por “American gods“, una novela adulta (y, todo sea dicho, la producción de 2008 no fue de las más fuertes que se recuerdan).

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Más que por su cualidad juvenil, yo pondría reparos a la elección por las características de la obra (que es extraordinariamente derivativa). Claro que ya he comprobado que por lo que respecta a Gaiman suelo estar en una onda completamente diferente del resto del mundo.

“El libro del cementerio” narra la infancia de Nadie “Nad” Owens, un niño que, siendo un bebé de un año, escapó del asesino que acabó son su familia, encontrando refugio en un cementerio, donde fue adoptado por los Owens, una pareja de fantasmas (fallecidos a finales del siglo XIX). Asistimos pues a sus aventuras cada dos años o así, a medida que va creciendo como habitante honorario del cementerio, con la facultad de ver a los muertos (y alguna que otra habilidad fantasmagórica adicional), mientras en el mundo exterior su frustrado asesino, el hombre Jack, no ha cejado en su empeño por concluir el trabajo.

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Especial importancia en su educación tiene reservada el señor Silas, su tutor, una criatura entre la vida y la muerte (que queda descrito como vampiro, aunque nunca se utilice explícitamente ese término), que ocasionalmente deja al niño al cargo de la señora Lupescu (una mujer lobo). Así, entre lección y lección, Nad traba contacto con los habitantes más peculiares del cementerio y, a su debido tiempo, comienza a relacionarse con el temible (para él) mundo exterior, donde aquellos que aún respiran llevan adelante sus vidas, algo que les está vedado a los muertos, atrapados para siempre en un presente inmutable.

La novela juega con el atractivo de lo macabro, algo ya explorado en la literatura infantil, desde las novelas de “El pequeño vampiro” de Angela Sommer-Brodenburg hasta la serie de “Escalofríos” de R. L. Stine, y más recientemente en la imaginería neogótica de las películas de Tim Burton, aunque lo hace desde una perspectiva más cercana a la fantasía que al terror. De igual modo, mira de refilón al misterio de la muerte, que ya había sido el tema central de la novela “El árbol de las brujas” de Ray Bradbury (1972).

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Pasando a una valoración más personal, mi principal motivo de frustración reside en la falta de originalidad del conjunto. El propio autor reconoce sin tapujos la inspiración extraída de “El libro de la selva”, recopilado en dos volúmenes en 1894-95 por Rudyard Kipling. Claro que una cosa es inspirarse y otra muy distinta reescribir las mismos cuentos, cambiando la ambientación selvática por otra fúnebre.

Así, podemos establecer paralelismos directos, ya no sólo entre Nad y Mowgli, sino entre Silas y Baloo, Lupescu y Bagheera o el hombre Jack y Shere Khan, así como identificar claramente varios de los episodios con cuentos de Kipling (en particular, se pueden distinguir sin gran esfuerzo las variantes de “Los hermanos de Mowgli”, “La caza de Kaa”, “¡Al tigre!¡Al tigre!” y “El ankus del rey”). En otras palabras, más o menos la mitad de “El libro del cementerio” no es sino “El libro de la selva” disfrazado de Halloween (gules por orangutanes, el Sanguinario por la cobra del mausoleo, mausoleos por fronda y así). Es una circunstancia que me ha incomodado mucho (“El libro de la selva” es uno de mis títulos de referencia de la infancia) y me ha sacado por completo de la lectura.

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Pero lo peor de todo es que son esos fragmentos los más sólidos, porque cuando Gaiman se aparta de la guía de Kipling, entremezclando referencias mitológicas y populares sin mucho orden ni concierto (aún me estoy preguntando a qué viene apellidar al hombre Jack como Frost, salvo por hacer la gracieta), el interés del libro decae considerablemente (con la posible excepción del episodio de la danza macabra, que no deja de resultar un pegote en medio de la novela, porque a la postre Gaiman no termina de desarrollar ningún comentario, más allá de apuntes superficiales y en ocasiones contradictorios, sobre la mortalidad). Al concluir, además, deja con la impresión de que el autor no tenía muy claro lo que quería contar, o cuando menos que no ha sabido o no ha querido hacer suyo el arquetipo del niño-lobo (niño-fantasma en este caso), dejando a su personaje bastante vacío de significado.

Si a esto se le añade la típica carencia descriptiva de Gaiman (que siempre confía en sus ilustradores para complementar ese aspecto de su ficción, en el caso que nos ocupa Dave McKean y Chris Riddell, según ediciones) y la naturaleza tremendamente episódica y desestructurada del conjunto, el resultado se me antoja poco satisfactorio, y desde luego muy escaso en méritos propios para tanto premio.

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Porque el caso es que aparte del Hugo, “El libro del cementerio” se ha alzado con premios a diestro y siniestro (como ya pasó con “American gods”). Fue distinguido con la Newbery Medal y la Carnegie Medal (los dos galardones más prestigiosos en el campo de la literatura infantil en Estados Unidos y el Reino Unido, respectivamente) y el premio Locus a Mejor Novela Juvenil (la respuesta de los Locus a la victoría en 2000 de “Harry Potter y la orden del fénix” en su categoría de novela de fantasía), con nominación para el World Fantasy Award. Gaiman es sin duda un autor popular.

Volviendo al tema de los Hugo, el resto de nominados de aquel año fueron “Anatema”, de Neal Stephenson (la más ambiciosa de largo del lote), “Pequeño hermano”, de Cory Doctorow (también juvenil, aunque menos, y bastante más gamberra), “Saturn’s Children”, de Charles Stross (un homenaje gamberro… ahí hay un tema, al “Viernes” de Heinlein) y “La historia de Zöe“, de John Scalzi (su intento por arreglar el cierre en falso de la trilogía de la Vieja Guardia).

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Ventus

•mayo 6, 2015 • Dejar un comentario

El debut del canadiense Karl Schroeder en novela se produjo el año 2000 con “Ventus”, obra que aún no ha sido traducida al castellano, pero que el propio autor puso a disposición de los lectores bajo una licencia Creative Commons en 2007.

Schroeder forma parte de una “generación” de autores canadiense (que también incluye, por ejemplo, a Cory Doctorow y a Peter Watts) que a partir más o menos del año 2000 empezaron a explorar nuevos caminos en el campo de la ciencia ficción dura, abordando cuestiones tales como el transhumanismo, la nanotecnología o la realidad artificial (o ampliada)… entrelazadas con especulaciones filosóficas, sociológicas o antropológicas.

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“Ventus”, en particular, sitúa la acción en un planeta de igual nombre, colonizado mil años antes tras la siembra de nanotecnología terraformadora, que dio origen a los Vientos (una especie de entidades autoorganizadas nanobóticas, que se ocupan de matener en equilibiro la ecología artificial impuesta según los requisitos humanos). El problema es que, por alguna razón desconocida, los primeros colonos perdieron la capacidad de comunicarse con los Vientos, y éstos acabaron considerándolos una amenaza para el equilibrio ecológico del planeta.

Los Vientos establecieron un límite al desarrollo tecnológico y procedieron imponer por la fuerza estrictas restricciones, que dejaron reducida la población colonizadora a unos pocos supervivientes que se vieron obligados a reconstruir una civilización preindustrial, olvidado su pasado al encontrarse los archivos fuera de su alcance.

Así están las cosas cuando nos encontramos con uno de los principales protagonistas, Jordan Mason, un joven artesano que es secuestrado por Calandria May y su compañero Axel, dos agentes provinientes del Archipiélago (el resultado de la modificación postsingularista del Sistema Solar, con trillones de humanos, inteligencias artificiales y un puñado de “dioses”) con la misión de destruir a Armiger, el enviado semidivino de un “dios” loco, 3340, recientemente derrotado y destruido.

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Schroeder se permite iniciar una novela de ciencia ficción dura bajo la apariencia de una fantasía medievaloide (con alguna que otra licencia, en forma de tecnología a vapor), en la que los Vientos (y otros seres conocidos como “mecas”) adquieren características casi sobrenaturales. Poco a poco (muy poco a poco, de hecho), vamos descubriendo que las cosas no son lo que parecen, que en Ventus hay poco que sea natural. La nanotecnología lo permea todo, aunque los hombres hayan perdido la capacidad de interaccionar con ella.

Poco a poco (lo recalco de nuevo), los diáfanos puntos de partida van enturbiándose, a medida, por ejemplo, que un Armiger súbitamente huérfano de propósito comienza a redescubrir su humanidad, o que empieza a hacerse patente la guerra que durante siglos han mantenido los Vientos atmosféricos con los geológicos por una discrepancia en cuanto a su propósito último. Aflora así el contenido filosófico de la novela, con un concepto, la Taliencia, central.

La Taliencia, un término que al parecer ha cosechado cierta relevancia en los círculos filosóficos cercanos a las discusiones sobre inteligencia artificial, parece indagar sobre la posibilidad de una metafísica no humana, una visión del universo que no sea un mero eco de la perspectiva humana. Schroeder dota a su nanotecnología de voz e independencia, jugando con planteamientos que se me antojan un tanto platónicos, en el sentido de que otorga “pensamiento” propio a las ideas, al concepto puro, antes de la intervención/interpretación humana.

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No puedo afirmar que acabe de entenderlo, aunque también tendría que aclarar que personalmente es una especulación que se aleja de mis intereses personales. Tampoco me atrevería a tildarla directamente de neoplatónica, pues lo cierto es que una de las peculiaridades de Schroeder es su predilección (compartida por algunos de sus personajes) por la realidad física, el mundo material, frente a la virtualidad (un planteamiento diametralmente opuesto a la metafísica que podemos encontrar en la obra de Greg Egan).

Dejando de lado estas cuestiones, como obra literaria “Ventus” presenta sus propios desafíos. Ya he dado a entender la lentitud con que evoluciona todo. Se trata de un tomo (físico) de más de seiscientas páginas, al que muy bien podrían recortársele cien, sobre todo al principio, donde el autor se deja llevar en exceso por lugares comunes, con un Jordan Manson que es un prototípico héroe campbelliano que no adquiere personalidad propia hasta muy, muy avanzada la historia.

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La vida en Ventus no es, al fin y al cabo, tan atractiva como el maremagno archipelágico del que apenas se nos muestran unas pocas pinceladas, un desequilibrio que las dotes literarias de Schroeder no logran compensar (oscila entre una funcionalidad y meticulosidad un tanto monótona y la inclusión de alguna que otra construcción gramatical desconcertante). Se trata de un estilo que precisa del brillo de las ideas para resultar atractivo, por lo que la novela gana muchísimos entero a medida que va abandonando el medievalismo y Ventus, el planeta, se va quitando la careta y empieza a revelar su auténtica naturaleza nanotecnológica, dirigiéndose hacia una conclusión apropiadamente apoteósica, en la que los distintos personajes y tramas se entrelazan, poniendo de manifiesto una gran habilidad y un propósito bien definido que no siempre había resultado patente.

En 2005, Schroeder publicó la precuela de “Ventus”, titulada “La señora de los laberintos“, que narra, entre otros asuntos, la guerra con 3340. Por alusiones, queda claro que el autor tenía ya muy claro el año 2000 cómo se había desarrollado, por lo que quizás sea preferible empezar por ella la exploración de su obra (aunque el concepto de Taliencia se encuentra más desarrollado en esta primera obra).

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Medio millón

•mayo 4, 2015 • 22 comentarios

Esta mañana, a eso de las nueve y media, Rescepto Indablog alcanzó el medio millón de visitantes. Ocho años y un tercio dedicados a la fantasía, la ciencia ficción y el terror, que han visto pasar 938 entradas (incluyendo ésta), con más de quinientas reseñas, y que se han visto recompensados con 427 seguidores por distintos medios (Facebook, Twitter, Google+, WordPress, Feedburner…).

500000

La cifra es alta (dejadme que la escriba en números: 500.000), pero ha llevado su tiempo alcanzarla. Rescepto no es un sprinter, sino un corredor de fondo. Su única estrategía ha sido seguir y seguir adelante, sin desfallecer, cuando podría haberse rendido, encarnando (virtual y metafóricamente, si eso tiene sentido) la vieja fábula de la liebre y la tortuga de Esopo.

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No es cuestión de pararse a celebrarlo, sino de seguir poniendo un pie delante del otro e ir haciendo camino hacia nuevas metas, pero ello no es óbice para no “premiar” a quienes con su apoyo han espoleado a la tortuga y le han permitido alcanzar este hito. ¿Y qué mejor modo que a través de la concreción física de todo cuanto ha podido alcanzar Rescepto en este tiempo? Es decir, con ejemplares de “La 100cia ficción de Rescepto”.

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Gracias a la “colaboración” de Cápside Editorial, en una semana a partir de hoy procederé al sorteo de dos ejemplares de “La 100cia ficción de Rescepto” (premio Ignotus 2014 a mejor libro de ensayo) y otros dos de “Los Forajidos del Aire” (la primera traducción al castellano de este clásico británico de 1895) entre quienes comenten esta entrada, los seguidores que compartan el aviso de la misma en Facebook o Google+ y los que retwitteen el de Twitter (si sigues las actualizaciones de Rescepto Indablog a través de varias redes sociales, no te cortes, ¡tienes una oportunidad de conseguir tu libro por cada una de ellas!).

LosForajidosdelAire

En principio, por motivos puramente logísticos, la promoción queda circunscrita a seguidores afincados en España (con envío postal gratuito incluido, por supuesto), aunque de darse el caso de que participara y saliera escogido algún amigo hispanoamericano ya pensaríamos en algo.

ACTUALIZADO: Ojo, para que pueda contabilizaros de cara al sorteo tenéis que compartir en Facebook a partir del anuncio en la página del blog (que, además, debéis estar siguiendo). Si lo hacéis directamente en esta página no tengo modo de saberlo (salvo como cifra anónima).

Gracias de nuevo, porque sin vosotros no sólo no habrían sido posibles las 500.000 visitas, sino la propia pervivencia de Rescepto.

¡Quedáis emplazados para la celebración del millón!

 
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