El laberinto de la Luna

•septiembre 8, 2021 • Dejar un comentario

Hacia 1960 Algis Budrys, uno de los más destacados autores de la Edad de Plata, se medio retiró de la escritura para centrarse en actividades con ingresos más estables (edición y publicidad). La última de sus novelas originales de este período (la quinta en siete años) fue “El laberinto de la Luna” (“Rogue Moon”), que le supuso su segunda (y última) nominación al Hugo de la categoría tras “¿Quién?“.

Lo más destacable de “El laberinto de la Luna” es su estilo, que huye por completo de lo que venía siendo habitual en el género, buscando un enfoque más mainstream, que se apoya en diálogos que intentan plasmar la compleja psicología de los tres personajes principales. De hecho, el principal elemento especulativo, que para cualquier otro autor hubiera constituido el elemento central de la historia, es relegado por Budrys a un muy lejano segundo plano, hasta el punto de que su misterio ni siquiera recibe respuesta al final de la novela. Es un medio, no un fin.

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¿Y de qué se trata? Pues resulta que en la Luna ha sido descubierto un objeto alienígena, cuya exploración conduce de forma invariable a la muerte. No se sabe cuál es su propósito, ni siquiera se tiene constancia de que esté tratando activamente de defenderse. Es, simplemente, una incógnita, y la clave de de su resolución la posee el doctor Edward Hawks, el científico jefe de un proyecto secreto de la marina estadounidense que constituye básicamente un replicador de materia. Desde sus instalaciones en la Tierra recrean en la Luna un doble del voluntario, mientras el molde original permanece en una cámara de privación sensorial, lo que le permite compartir recuerdos y experiencias con su doppelgänger, al menos durante unos minutos, hasta que la divergencia cerebral se hace demasiado grande y la conexión se rompe… al menos en teoría, porque ninguno de los voluntarios ha llegado a sobrevivir más que unos pocos pasos en el interior de la estructura.

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Lo peor de todo el asunto es que la experiencia de la muerte, aunque sea vicaria, afecta tanto a los exploradores que ninguno ha logrado mantener la cordura tras ser recuperado. Así, cada minúsculo paso adelante en la resolución del mortal rompecabezas que es el objeto de la Luna cuesta una vida (dos, si contamos tanto al explorador sacrificado como a su copia superviviente en la Tierra). Es una situación insostenible, y las repercusiones éticas (y publicitarias) del asunto han hecho plantearse a los altos mandos la conveniencia de cerrar todo el tinglado y dar por concluido (en fracaso) el experimento del doctor Hawks.

Es por ello que se ve obligado a recurrir a Vincent Connington, el jefe de personal de la empresa, un individuo manipulador, que se deleita “construyendo” relaciones que le permitan luego atribuirse el mérito de sus logros. A él le encarga la casi imposible tarea de encontrar el candidato ideal para salvar el proyecto y, contra todo pronóstico, acaba encontrándolo, en la figura de Al Barker, un aventurero, adicto al riesgo, con tendencias básicamente suicidas. Entre los tres (con la ocasional incursión de Claire Pack, la chica de Barker, codiciada por Connington y atraída/desafíada por la fortaleza de Barker) se establecen dinámicas de poder, donde cada cual pretende alcanzar sus propias metas (en ocasiones coincidentes) por su propios motivos (en absoluto coincidentes).

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Al final, la contratación de Barker supone todo un éxito, pues se convierte en el único explorador capaz de retener al cordura tras experimentar su propia muerte. Ese, sin embargo, es solo el principio, porque para desentrañar el laberinto de la Luna deberá morir una y otra y otra vez, en un proceso que le afecta no solo a él, sino también a Hawks (y de una forma mucho más egoísta a Vincent y Claire). El precio de la exploración del misterio alienígena se va cobrando su tributo, mientras se van acumulando cadáveres de Barker en el interior de la construcción, hasta que llega el día en que solo resta un paso para terminar de cartografiar un camino seguro a través de la… ¿trampa?, ¿test de inteligencia?, ¿basura abandonada?

Es entonces cuando Barker descubre que el precio es aun más alto de lo que creía, y no resulta ningún consuelo que Hawks esté dispuesto a pagarlo también.

No es fácil definir una explicación para “El laberinto de la Luna”. A lo largo de los años se han propuesto muchos análisis temáticos, pero casi todos ellos se fijan en la muerte, que viene a ser el elemento central de la historia. El artefacto alienígena en sí es solo un medio para dispensar muerte, y por primera vez la tecnología le permite a un mismo individuo experimentarla una y otra y otra vez, con un único propósito que en realidad es hueco: llegar al otro lado.

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De este modo la novela se erige casi como una metáfora de la vida, una lucha en ocasiones amarga, sin propósito ulterior, que acaba invariablemente en la muerte. Lo extremo de las condiciones (y de los protagonistas) favorecen una reflexión quizás más forzada, pero en esencia representa el mismo conflicto existencial que podría atenazarnos a todos y llevarnos a la inacción. Si algo define al ser humano y lo diferencia del resto de animales quizás sea precisamente eso, la conciencia de mortalidad… y pese a todo seguimos adelante.

Una interpretación más concreta podríamos encontrarla en los eventos contemporáneos. En 1955 se había dado el pistoletazo de salida a la Carrera Espacial y en 1958 había arrancado el programa Mercury, con el objetivo de poner a un americano en órbita. A tal efecto, fueron seleccionados en 1957 siete astronautas, los pioneros (estadounidenses) de la exploración espacial. Aunque a lo largo de los años se probó una empresa extraordinarimente segura (para los estándares de cualquier proyecto de exploración de la historia), existió desde el principio esa visión romántica del astronauta como cara visible del esfuerzo e intrépido explorador, que los hizo figuras de proporciones casi míticas. El apoyo popular, sin embargo, no siempre fue apabullante, sobre todo durante los primeros compases de la carrera, aunque por razones obvias no ocurría así dentro de la comunidad de aficionados a la ciencia ficción y hubo apoyos explícitos por parte de muchos de los principales autores.

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“El laberinto de la Luna” supone quizás la aportación de Algis Budrys a esta conversación. En la novela trata de explicar la necesidad del sacrificio, al tiempo que explora la psicología de científicos, políticos y astronautas, que podrían identificarse a grandes rasgos con Hawks, Connington y Barker. A la postre, muestra como inextricablemente unidos los conceptos de avance y muerte, concluyendo (quizás) con que el riesgo es el precio que pagamos por ser humanos y aspirar a descubrir lo que hay un paso más allá de lo que conocemos (aunque, insisto, esto es una interpretación personal, pues Budrys se preocupa mucho por no forzar ninguna resolución, dejando el final abierto).

No puedo, de todas formas, recomendar incondicionalmente esta novela. Su afán por mostrarse críptica hace que su lectura no sea siempre totalmente satisfactoria y ninguno de los personajes acaba resultando realmente simpático. En su brevedad, sin embargo, encierra una virtud, y si bien es posible que plantee más preguntas que respuestas proporciona, no deja de resultar un intento loable por romper las convenciones narrativas de un género que por esa época estaba buscando escapar de los estrechos límites de las revistas populares en las que había nacido.

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Como ocurrió también con “¿Quién?” y “Espinas“, en 1968 Robert Silverberg recodificó muchos de los temas y motivos de “El laberinto de la Luna” en su novela “El hombre en el laberinto” (obteniendo con ello una obra, en mi opinión, mucho más redonda, quizás por el empleo de los recursos de la New Wave), y de igual modo podemos encontrar algunas similitudes (totalmente azarosas con toda seguridad) entre la novela de Budrys y “Pícnic junto al camino“, de Arkady y Boris Strugatsky (1972).

Aquel año, junto con “El laberinto de la Luna”, estuvieron nominadas al premio Hugo “La gran cruzada” de Poul Anderson, “Mundo muerto” de Harry Harrison y “Venus más X” de Theodore Sturgeon, siendo el garlardón para la extraordinaria “Cántico por Leibowitz“, de Walter M. Miller Jr.

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Ethan de Athos

•agosto 30, 2021 • Dejar un comentario

 En 1986 Lois McMaster Bujold publicó tres libros dentro de su serie del Nexo de Agujeros de Gusano: “Aprendiz de guerrero”, “Fragmentos de honor” y “Ethan de Athos”. La recepción respectiva marcaría el devenir futuro de la serie y así es como arrancó las Saga Vorkosigan, porque por supuesto fue “Aprendiz de guerrero” la novela que capturó de verdad la imaginación de los lectores. Con el tiempo, sin embargo, “Fragmentos de honor” se convirtió en el capítulo fundacional para su propia subserie, la de los padres de Miles (o, más específicamente, la de Cordelia). “Ethan de Athos”, por su parte, constituyó un camino sin salida, un intento infructuoso por ampliar el foco de la serie (al que quizás podríamos sumar dos años después “En caída libre“).

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La novela sigue las peripecias del doctor Ethan Urquhart, un especialista en reproducción al que se le ha encargado la delicada tarea de descubrir qué ha pasado con un cargamento de material ovárico, imprescindible para la supervivencia de su cultura después de casi doscientos años de aislamiento. Por pura ignorancia, los athosianos habían contratado los servicios de una de las casas mafiosas de Jackson’s Whole, y ahí radica la fuente de la mayor parte de los problemas con los que se va a encontrar, porque en paralelo sus proveedores han estado jugando con material genético proveniente de un experimento militar cetagandano, y al mismo tiempo que Ethan llega a la estación Kline para averiguar qué ha pasado con su pedido, también lo hacen dos agentes de Cetaganda… que no pueden sino sospechar que él está involucrado de alguna forma en todo el lío.

Por suerte para Ethan ha acudido también a la estación Kline un miembro de los Mercernario Libres Dendari, contratados por los jacksonianos para frustar los planes de los cetagandanos. Por desgracia para Ethan, es una mujer, la comandante Elli Quinn (“Ethan de Athos” se escribió después de “Aprendiz de guerrero”, así que toma a este personaje y muchos elementos de ambientación de ella). En contra de todos sus instintos y sus más arraigadas creencias (en Athos las mujeres son tan desconocidas como temidas), Ethan tendrá que aprender a confiar en Quinn, porque no solo están en juego su vida y sus derechos reproductivos, sino la propia viabilidad de toda su cultura.

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“Ethan de Athos” se configura básicamente como una historia de espías propia de la Guerra Fría, solo que en una estación espacial (con lo que Lois McMaster Bujold se aproximó más al tipo de space opera que había hecho famosa C. J. Cherryh, en vez de la versión más militarista que acabó dominando la primera etapa del universo Vorkosigan). Aparte del juego de espionaje y contraespionaje que juegan Quinn y los cetagandanos, nos encontramos con un potencial refugiado político y la propia política interna de la estación (que vendría a hacer las veces de una puerto franco). Bujold introdujo además un poco de especulación, imaginando a contracorriente un mundo habitado solo por hombres (gracias a los replicadores uterinos, uno de los inventos estrella de la serie). Por desgracia, da la impresión de no saber muy bien qué hacer con esa idea, de forma que la cultura athosiana, con sus complejas reglas reproductivas, queda a lo sumo esbozada (cuando no involuntariamente ridiculizada por su misoginia “de oídas”), pese a que se nota que es un elemento al que la autora dedicó tiempo de reflexión para hacerlo coherente.

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El gran problema de “Ethan de Athos”, sin embargo, son los personajes. La ficción de Lois McMaster Bujold se apoya invariablemente en unos personajes fuertes e interesantes. Todo gira a su alrededor (o, más específicamente, alrededor del personaje central, que cataliza la acción, bien sea Miles, Cordelia o cualquiera de los secundarios que gozan de su momento de gloria, tanto en el Nexo de Agujeros de Gusano como, dirigiendo la vista hacia la fantasía, en el Mundo de los Cinco Dioses). El trasfondo es básicamente un escenario dispuesto para su lucimiento. Por desgracia, los personajes de esta novela son… aburridos.

Ethan, como centro focal de la narración, resulta particularmente decepcionante en su recalcitrante pasividad (la carta de “provinciano ingenuo al que las complejidades de la sociedad interestelar pillan siempre a contrapié” acaba agotándose y más allá de eso no hay mucho donde rascar, mientras que Elli Quinn queda retratada como una versión muy inferior de Miles Vorkosigan (el almirante Naismith, para ella). Si a esto le añadimos un par de trampas narrativas para desencallar la historia cuando ha llegado a un punto muerto… el resultado es una de las entregas menos memorables de toda la serie.

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Cuando menos, su brevedad (al parecer, se rumoreaba por aquella época que los editores estaban más dispuestos a valorar novelas breves de autores noveles) trabaja a su favor, logrando que nunca llegue a cansar (a lo cual contribuye igualmente el humor situacional, que nunca anda demasiado lejos en las novelas de Bujold) . Lástima que no siguiera construyendo a partir de ahí, porque hay elementos muy interesantes con potencial para enriquecer considerablemente el universo Vorkosigan (no he hablado del experimento cetagandano por reservar alguna sorpresa al lector potencial; me limitaré a comentar que es una pena que haya quedado arrinconado dentro del complejo entramado sociopolítico que la autora fue construyendo con los años).

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Venus más X

•agosto 26, 2021 • Dejar un comentario

“Venus más X” (“Venus plus X”) fue la última novela original de ciencia ficción publicada por Theodore Sturgeon (y la penúltima de cualquier tipo, contando la edición al año siguiente de la novela de terror “Some of your blood”) y cuando se editó en 1960 estaba a la vez muy adelantada y muy atrasada a su tiempo… y quizás por eso logró una nominación al premio Hugo; y quizás también por eso lo perdió ante la mucho más redonda “Cántico por Leibowitz“.

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El libro, pese a su escasa longitud, no salió del mercado pulp, sino que fue publicado originalmente por Pyramid Books, una editorial con una producción fantástica no muy abundante pero significativa. En esas fechas empezaban a derribarse ciertas barreras, pero seguían muy presentes los vetos a determinados temas (sobre todo el sexo) en revistas que se dirigían a un mercado con un gran porcentaje de lectores juveniles (suele señalarse como la primera historia de ciencia ficción que tuvo el sexo como tema central la novela corta “Los amantes”, de Philip José Farmer, de 1952, y el propio Sturgeon publicó en 1953 el primer relato sobre una relación homosexual, “El mundo bien perdido”). “Venus más X” se articula en torno a dos líneas argumentales: por un lado están las experiencias de un tal Charlie Johns, que cierto día se despierta en Ledom, una comunidad utópica conformada por individuos a todos los efectos hermafroditas y que se presentan a sí mismos como herederos del antiguo Homo sapiens. Por otro, a modo de breves interludios entre los capítulos de esa historia principal, se narran diversas viñetas acerca de la vida contemporánea de dos parejas vecinas en un suburbio cualquiera de los EE.UU., que ponen de manifiesto cómo los roles sexuales tradicionales empezaban a verse desafiados.

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Por medio de ambas líneas, Sturgeon aborda el tema de la relación entre sexos, adelantándose así en unos tres años al inicio del Feminismo de Segunda Ola (y, por consiguiente, a toda la ciencia ficción feminista asociada a ella, escrita mayoritariamente por mujeres), pero también al tratamiento que del sexo (y también de la religión, temas ambos casi testimoniales hasta entonces) por parte de la New Wave en su conjunto (cuyo despegue americano estaría asociado a la publicación de “Visiones peligrosas” siete años después).

Ledom (“Model” al revés) se ha construido en base a dos tecnologías (en realidad tres, aunque la tercera se mantiene en secreto hasta la revelación final). Por un lado, la generación de campos de fuerza de casi cualquier forma y tamaño, algo que se utiliza tanto en arquitectura como en usos tan banales como la cubertería. Por otro, una máquina capaz de registrar e implantar recuerdos y conocimientos. Todo ello se le explica en detalle a Charlie al poco de despertar en Ledom, proveniente según se le cuenta de un mundo exterior que se insinúa devastado por alguna terrible catástrofe (eran los años del pánico nuclear y, de hecho, esta novela podría sumarse a todas las que en esta época propugnaban el reemplazo de la humanidad fallida, capaz de tamaña locura, por otra forma superior, tales como Ciudad” de Clifford D. Simak,  “El fin de la infancia” de Arthur C. Clarke o “Más que humano“, del propio Sturgeon). Según se le cuenta, su función es la de observador externo, capaz de juzgar la sociedad allí creada con ojos libres de prejuicios. La realidad es… diferente, pero eso no se descubre hasta mucho más tarde.

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Hasta ahí la parte en que “Venus más X” constituye una obra claramente adelantada a su tiempo. Por desgracia, el estilo que escoge el autor para tratar todo esto retrotrae a la novela filosófica decimonónica (y a su variante utópica de, sobre todo, las últimas décadas de dicho siglo, que fue de hecho cuando proliferaron las novelas asociadas al movimiento feminista de primera ola). En otras palabras, más que esbozar una trama al servicio de un subtexto, Sturgeon sitúa en primer plano la tesis (en algún que otro capítulo, donde aborda la responsabilidad de la tensión sexual en la creación de las desigualdades y la violencia innata al ser humano, de forma absolutamente explícita), dejando la historia como algo secundario, una mera excusa para sustentar el discurso (que tiene tiempo, además, para ahondar en otras cuestiones como cierto pastoralismo y una peculiar reinterpretación del impulso religioso).

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Esta cuestión se agrava cuando tenemos en cuenta todo lo que ha evolucionado el tema de la relación entre sexos en los sesenta años transcurridos desde su escritura, lo que priva de fuerza al elemento filosófico (no ayuda cierta falta de claridad en la exposición de algunas de sus facetas, como todo lo referido a su postura teológica), ni tampoco que la propia evolución social ha logrado que la trama contemporánea, la de las dos parejas americanas prototípicas, haya quedado radicalmente anticuada, convirtiendo lo que en su momento pudo ser chocante o cuando menos incisivo en anodino y artificioso (obligando a un esfuerzo adicional de contextualización por parte del lector moderno para apreciar lo que intentaba transmitir Sturgeon en 1960). Esta circunstancia sitúa a su vez más presión sobre la trama… y esta, pese a un ingenioso giro de tuerca final, que recodifica toda la historia, simplemente no es lo bastante robusta como para sostener por sí sola el interés, ni siquiera teniendo en consideración la brevedad de la novela.

“Venus más X” es una de esas precursoras tan, tan adelantadas a su época que apenas unos años después ya están anticuadas. El feminismo experimentó durante los años siguientes un extraordinario desarrollo, tanto teórico como social, lo que se tradujo por ejemplo en auténticas obras maestras como “La mano izquierda de la oscuridad“, de Ursula K. Le Guin (1969), que trata igualmente el tema de la relación entre sexos a través del hermafroditismo, aunque bajo un prisma mucho más complejo (y literario).

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Aparte de “Cántico por Leibowitz”, el quinteto de finalistas de los premios Hugo de aquel año se completó con un par de space operas con premisas ingeniosas, “La gran cruzada de Poul Anderson y “El mundo de la muerte” de Harry Harrison; y “El laberinto de la Luna“, de otro de los autores característicos de la Edad de Plata, Algis Budrys; en conjunto, una muestra muy sólida y variada de lo mejor que deparó 1960.

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La gran cruzada

•agosto 23, 2021 • Dejar un comentario

En 1961 Poul Anderson cosechó su segunda nominación al Hugo de novela por “La gran cruzada” (“The high crusade”). Como en las otras seis ocasiones en que fue finalista, se fue de vacío (cediendo en esta ocasión el lugar de honor, con toda justicia a “Cántico por Leibowitz“, de Walter M. Miller, que es simplemente una obra maestra). Solo Silverberg ha obtenido más nominaciones sin premio en esta categoría. Supongo que para compensar Anderson ganó un Hugo casi cada vez que estuvo nominado en las categorías breves (siete de ocho), por ejemplo ese mismo año con la novela corta “El viaje más largo” (ganadora del Hugo a ficción breve).

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De todas formas, “La gran cruzada” se ha probado como una de las historias más populares del autor desde su serialización original en las páginas de Astounding (de julio a septiembre de 1960), inmediatamente seguida por una edición en formato de libro por parte de Doubleday aquel mismo noviembre, tal vez porque apela a la tendencia humana de alinearnos con el más débil… o por ser un ejemplo descarado de ese tipo de narraciones que explotan el mito de la excepcionalidad humana (características sobre las que un par de décadas después David Brin cimentaría prácticamente toda su carrera).

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La historia arranca con el aterrizaje de una nave de exploración alienígena en la Inglaterra de 1345. Pertenece a los wersgorix, una raza belicosa que ha creado un extenso imperio entre las estrellas. Para su desgracia, sin embargo, han ido a parar en medio de un ejército, aprestado para ir a combatir a los franceses en la Guerra de los Cien Años. Lo que nunca hubieran podido concebir los invasores, que solo los ven como salvajes atrasados, es su reacción. En vez de huir a la desbanda, los caballeros se agrupan y atacan en masa.

Contra todo pronóstico, la carga de los ingleses pilla tan por sorpresa a los recién llegados que no solo los derrotan, sino que toman por asalto la nave y se convierten en sus nuevos dueños. Es entonces cuando sir Roger, el señor feudal, concibe la idea de utilizar ese vehículo para llevar con presteza la guerra a Francia, y de ahí a Tierra Santa, abandonada varias generaciones atrás a los infieles. Los planes, sin embargo, se tuercen cuando un prisionero alienígena los engaña y manda la nave de vuelta a la colonia wersgor de donde provino. Lejos de amilanarse, los ingleses optan por la osadía y atacan de nuevo, compensando su enorme desventaja tecnológica con la experiencia del combate cuerpo a cuerpo y la pérdida del ardor guerrero que supuestamente han experimentado los wersgorix tras siglos de predominio incontestado sobre razas más débiles.

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Sí, la novela fuerza bastante la suspensión de la incredulidad y se apoya en exceso en la ineptitud bélica de los wersgorix (incongruente en una raza guerrera), pero Poul Anderson logra, en general, vender bastante bien la idea. Su enfoque se basa en tratar con respeto a los hombres del pasado, y eso es algo relativamente inusual, sobre todo en la ciencia ficción temprana y sobre todo en referencia a la edad media (ridiculizada y despreciada a menudo desde la perspectiva estadounidense, desde tiempos al menos de “Un yanqui en la corte del rey Arturo”, de Mark Twain). Si escora un poco en la dirección contraria, exagerando el concepto de la degeneración de una civilización tecnológica por la supuesta ausencia de competencia, tampoco es algo que resulte excesivamente forzado, y se percibe cierto tono ligerísimamente autoparódico que ayuda a aceptar la idea sin llegar a menospreciarla.

Lo que de verdad termina por minar un poco la fuerza de la historia es la limitada longitud que en esa época se permitía para las novelas de ciencia ficción. “La Gran Cruzada” pide con desesperación un desarrollo más detallista. En vez de decirnos que la experiencia militar y política de los veteranos guerreros ingleses puede imponerse a la decadencia wersgor, hubiera sido preferible que se nos pudiera haber mostrado la campaña de conquista con el detalle adecuado y, sobre todo, con un desarrollo estratégico un poco más elaborado (Poul Anderson, precisamente, por su experiencia en la fantasía épica, con títulos como “La espada rota” o “Tres corazones y tres leones“, que publicó al año siguiente, y sus conocimientos históricos, era quizás el único autor de ciencia ficción de la época capaz de sacar adelante un proyecto de estas características).

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Hacia el final del libro, por desgracia, todo se acelera y los últimos capítulos se acaban leyendo más como la sinopsis de una segunda parte que nunca llegó a escribirse que como la conclusión lógica de la novela. Una pena, porque ahí había un gran libro potencial, constreñido por los límites comerciales de la ciencia ficción de los años cincuenta y principios de los sesenta (faltaban unos pocos años para que “Dune” revolucionara por completo la percepción comercial del género y abriera la puerta a los libros voluminosos… por no hablar de que cualquier otro autor hubiera convertido esta premisa en una serie interminable).

Durante años hubo intentos de llevar la historia al cine, aunque finalmente no fructificaron hasta 1994, cuando Roland Emmerich produjo una película de igual título, alemana aunque rodada en inglés. El tono escogido para ella, sin embargo, fue mucho más cómico, bordeando el absurdo, lo cual se acentuó con el redoblaje de los alienígenas para el mercado videográfico.

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Junto con “Cántico por Leibowitz”, el resto de nominados al premio Hugo de aquel año fueron “El laberinto de la Luna“, de Algis Budrys; “Mundo Muerto”, de Harry Harrison; y “Venus más X“, de Theodore Sturgeon, uno de los quintetos más sólidos de los Hugo.

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Primera tumba a la derecha

•agosto 20, 2021 • Dejar un comentario

En 2011 la neomexicana Darynda Jones presentó su primera novela, que fue también el título original de su serie de Charley Davidson, “Primera tumba a la derecha” (“First grave on the rigt”), que cuenta con trece títulos (a los que sumar un spin-off, una trilogía juvenil y el inicio de una nueva serie, de la que por ahora cuenta con un par de entregas).

La serie se inscribe en el popular subgénero del romance sobrenatural/fantasía urbana, al seguir en primera persona las peripecias de una joven de Albuquerque, Nuevo México, que posee la peculiar habilidad de poder ver, hablar e interactuar con los muertos. Bueno, no con todos, solo con aquellos que no han cruzado al otro lado. Y ahí es donde las cosas se complican, porque no solo es ella el Ángel de la Muerte (Grim Reaper en el original) sino también el portal que conecta ambas realidades.

Aparte de esta función (que tampoco es que realice con un celo excesivo), como hija de policía (actualmente retirado y propietario de un bar) se emplea como detective privada… y ayuda de tanto en tanto a su tío, que sigue en el cuerpo, con sus casos más difíciles, como una suerte de consultora sobrenatural (aunque el resto de oficiales desconocen cómo obtiene la información). Con esto está casi todo dicho, salvo que de un tiempo a esta parte sus sueños derivan siempre hacia tórridos encuentros sexuales con un joven al que conoció brevemente diez años atrás (aka, el Malo Malísimo, porque para qué ser sutil).

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Al comienzo de la novela nos encontramos con un par de tramas que avanzan en paralelo. La principal involucra a tres abogados muertos y un sacerdote desaparecido, mientras que la secundaria trata sobre una mujer maltratada a la que ayuda a huir a México… y sobre todo ello planea el misterio de la identidad del Malo Malísimo, que es lo que tendrá relevancia en el desarrollo ulterior de la serie.

La trama, en cualquier caso, es algo secundario, porque la novela se apoya sobre todo en la narración en primera persona de Charley, diseñada para ser cercana, humorística e intrigante, mientras trata con elementos sobrenaturales y criminales con ligereza, a base de pura actitud. Personalmente, sin embargo, me resulta una voz narrativa más cargante que otra cosa, con una personalidad caricaturesca, fundamentada en la repetición insistente de una corta serie de rasgos y caracterizaciones supuestamente ingeniosas (el chiste de la dependencia del café, por ejemplo, no tarda mucho en hacerse insufrible).

Lo peor, sin embargo, es todo lo que tiene que ver con el romance. Para empezar, Charley parece patológicamente incapaz de contemplar a un hombre sin valorar su atractivo sexual (no quiero ni pensar en cómo sería recibido un personaje masculino igual de rijoso), en cuanto a la “relación” central de la historia… básicamente consiste en soportar una serie de violaciones que no por ser oníricas deberían prescindir de algo tan básico como el consentimiento. ¿Qué recibe Charley de su Malo Malísimo? Nada salvo menosprecios, acoso y sexo impuesto (extracorpóreo, pero no por ello menos forzado, sobre todo cuando ocurre incluso durante los períodos de vigilia y en público). La narración en primera persona lo disimula poniendo el énfasis en el placer que recibe, pero basta con recapacitar un poco para ver lo mórbida que es esa “relación”.

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Esto, por sí solo, ya me bastaría para descartar la novela, pero es que además la faceta de fantasía urbana hace aguas por todas partes. Ya no es solo que no existan reglas claras de actuación para el componente sobrenatural (los muertos se comportan de un modo u otro de forma aleatoria, el papel de Charley como Ángel de la Muerte no es coherente e incluso hay un fantasma “joven”, trece años al morir, que actúa como ayudante de Charley… con la esperanza de poder verla alguna vez desnuda… porque eso es sexi… supongo… estas cosas me desconciertan), sino que la trama policíaca es terriblemente insulsa. Cada vez que la autora necesita hacer avanzar la acción, se saca una revelación a modo de deus (muerto) ex machina y a tirar.

A grandes rasgos, “Primera tumba a la derecha” se me antoja poco más que un mal fan fiction de “Entre fantasmas”, con algún que otro elemento de “Medium”, al que se le añade el ingrediente del interés “romántico” (un malote… malísimo). Para terminar de apoyar esta hipótesis, ambas series iniciaron su andadura en 2005, tan solo un par de años antes de la publicación del libro. 

El escenario es derivativo, los personajes puros estereotipos con patas y la trama inconexa a lo sumo. Todo lo cual sería en realidad perdonable (porque si no otra cosa, la narración es ágil) de no ser por la ya descrita permisividad hacia al abuso (que resulta especialmente incongruente por cuanto hay una subtrama de violencia doméstica en la propia novela). Me sigue asombrando cómo en muchas de estas obras supuestamente románticas la relación se plantea desde la asimetría más absoluta, dándose la paradoja de que nuestra protagonista, supestamente independiente y liberada, acaba sometida a un capullo (capullísimo en este caso, supongo) por no saber controlar las hormonas.

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Lo grave es que el manuscrito ganó el premio Golden Heart, concedido por la RWA (Romance Writers of America), como mejor historia inédita, y con posterioridad el RITA a mejor primera novela en 2012, por lo que resulta evidente que todas estas cuestiones fueron irrelevantes para el jurado (quizás quepa aquí mencionar que en 2019 la RWA estuvo a punto de desaparecer por acusaciones de racismo y homofobia contra los RITA, que fueron cancelados y refundados en 2021 como los premios Vivian… solo para tropezar con otro escándalo en su primera edición al premiar una novela que supuestamente romantiza a un participante en una de las peores masacres de indígenas de las historia de los EE.UU.).

Es evidente que no soy público objetivo de esta novela, pero no deja de resultarme desconcertante su recepción; y para muestra, un botón (literalmente, no es que esas sean todas las reseñas de internet, es que me he cansado de añadir).

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La magia quema

•agosto 17, 2021 • Dejar un comentario

Ilona Andrews es el pseudónimo conjunto del matrimonio formado por Ilona y Andrew Gordon, quienes en 2007 debutaron con su primera serie de fantasía urbana, la de Kate Daniels, con “La magia muerde”. Desde entonces vienen publicando un par de novelas al año, en diversas series de fantasía y ciencia ficción, complementadas con numerosas narraciones más breves que sirven de puente entre los distintos capítulos, arropados por una nutrida comunidad de aficionados con los que mantienen una estrecha relación.

Como tantas otras series de fantasía urbana moderna, la de Kate Daniels presenta elementos de romance sobrenatural, aunque el peso principal de la trama descansa en la acción. Su originalidad (relativa), radica en el escenario, que no es ni de mundo mágico oculto ni de fantástico revelado, sino que hibrida con la literatura postapocalíptica, imaginando un futuro en el que la balanza se ha desequilibrado y tras dos mil años de predominio de la ciencia la magia ha regresado con una venganza, transformando el paisaje y a la gente, destruyendo ciudades y mutando a algunos seres humanos en brujos, cambiaformas, vampiros y otras criaturas mágicas.

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De forma aleatoria, se van produciendo oleadas de cambio, que deshabilitan la tecnología y potencian la magia. Cada más o menos siete años, además, la frecuencia y duración de estos eventos va incrementándose poco a poco hasta desembocar en un estallido de energía, durante la cual hasta los dioses son capaces de caminar entre los zarandeados mortales. Por supuesto, al inicio de la novela que nos ocupa, hay uno de esos estallidos en el horizonte, lo cual crea un escenario de cuenta atrás, que contribuye a construir un ritmo frenético para la historia.

Kate Daniels, la protagonista, es una joven con un talento mágico considerable, aunque todavía por pulir, que trabaja como mercenaria, ocupándose de solucionar problemas de índole sobrenatural, como el del pirómano que de algún modo ha logrado hacerse con una salamandra y está arrasando el centro de Atlanta. Kate valora sobre todo su independencia, aunque una serie de encargos particularmente difíciles la obligan a aceptar a regañadientes un puesto de enlace con el gremio de mercenarios en la orden de los Caballeros de la Misericordia (una unidad casi monástica, volcada en la eliminación implacable y, eso sí, gratuita de cualquier amenaza mágica.

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Las cosas empiezan a complicarse cuando una serie de casos aparentemente no relacionados (un aquelarre de brujas novatas que ha desaparecido en medio de un ritual de invocación de un dios cuervo, el robo de unos planos secretos de la mismísima fortaleza de la Manada y unas criaturas no muertas que persiguen a una niña con un talento natural muy especial) empiezan a apuntar hacia un apocalipsis inminente, que involucra a un antiguo dios celta que busca reinar en el mundo a través del mismo caldero mágico que resucita a los muertos en torno al cual giran las Crónicas de Prydain, de Lloyd Alexander.

 

Ilona y Gordon (como prefiere ser llamado) han creado un escenario interesante, que logra diferenciarse a la perfección de toda esa legión de clones que inunda el mercado de la fantasía urbana contemporánea. Lo consiguen combinando ideas de distintas fuentes, jugando todo el momento con esas explicaciones a medio camino entre la (pseudo)ciencia y la magia, como con unos vampiros aquejados por un virus que los transforma en seres sin mente, controlados telepáticamente por maestros de los muertos. También parcialmente vírica es la infección de los cambiaformas… aunque hay opciones todavía más exóticas.

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Hablando de los cambiaformas, el futuro interés romántico es evidentemente Curran, el Señor de las Bestias de Atlanta (un hombre-león, por supuesto). Se encuentran sin embargo en la fase de “ni por asomo”, tan típica de estas lides, aunque la novela sorprende por cómo trata con dignidad a Kate Daniels (no solo a este respecto, sino ante los avances insistentes de un héroe celta salidorro), cuando en tantas y tantas novelas de estas características la protagonista tiene comportamientos que van de la rijosa vergüenza ajena a la sumisión (a malos tratos físicos o psíquicos). Tiene bemoles la cosa que para encontrar un tratamiento digno de la protagonista en este tipo de ficciones haya que recurrir a una obra escrita no por una mujer, sino por una pareja.

 

Este enfoque feminista en un género que no se destaca precisamente por ello queda patente igualmente en la relación entre Kate y la joven que coge bajo su protección, quien en busca de aprobación sí está dispuesta a dejarse utilizar por un hombre. En cualquier caso, al igual que ocurre con la trama romántica, es un elemento más de la historia, sin necesidad de ocupar nunca una posición preeminente. Porque lo que de verdad mueve los acontecimientos es la acción, y ahí, en el centro de todo, tenemos a una protagonista resuelta y, literalmente, de armas tomar.

La novela no es perfecta en modo alguno. Por mor del ritmo, sacrifica desarrollo, saltando en ocasiones con demasiada brusquedad entre escenas. Es un libro relativamente corto, al que, para variar, no le hubieran venido mal unas cuantas páginas más. Por la misma razón, la secuencia causal se fuerza a veces en exceso, quizás ante un miedo cerval a bajar el ritmo y perder a los lectores entre excesivas explicaciones. Es un fallo menor, que compensa dándolo todo en las escenas de acción (parece mentira que sea solo la segunda entrega de la serie, porque aquí ya va con todo).

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Hablando de la serie, ya está completada y son diez novelas (a las que se añaden cuatro novelas cortas y una serie de relatos, algunos de ellos, protagonizados por Curran, reunidos en una antología).  En español se han quedado en la tercera.. y me parece harto difícil que siga adelante. De nuevo se cumple lo que ya he comentado en ocasiones de que no son siempre las mejores series las que terminan cogiendo tracción, porque la percepción inicial depende mucho de la editorial que las traiga (eso por no hablar de que publicitarlas como “romance paranormal” en España es un error, sobre todo si, como es el caso, es más relevante la faceta de fantasía urbana). En cualquier caso, es casi imposible que ninguna de estas series tenga mucho recorrido, porque simplemente nuestro mercado no es lo bastante grande como para sostenerlas.

“La magia quema” (“Magic burns”, 2008), en cualquier caso, es más que razonablemente autoconclusiva (de hecho, no he leído el primer libro y eso no me ha supuesto un obstáculo excesivo para disfrutar de la trama) y altamente recomendable como entretenimiento ligero para cualquier amante de la fantasía (por desgracia, lo más probable es que solo se hayan enterado de su existencia en círculos románticos y, aun más, cercanos al romance paranormal; que, por supuesto, es una gran idea en un mercado tan pequeño intentar explotar nichos dentro de nichos).

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Corum: Trilogía de las espadas

•julio 27, 2021 • 6 comentarios

Entre finales de los años sesenta y sobre todo la primera mitad de los setenta, Michael Moorcock se hallaba inmerso en la estructuración de la superhistoria del Campeón Eterno. De esta época más o menos data la consolidación de la serie de Elric de Melniboné (personaje que había debutado en 1961, pero cuya saga se estructura inicialmente entre 1972 y 1977), así como la escritura del cuerpo principal de las historias de otras reencarnaciones del héro arquetípico como Dorian Hawkmoon (la tetralogía del bastón rúnico entre 1967 y 1969 y las Crónicas del castillo de Brass entre 1973 y 1975), las dos primeras novelas de Erekosë en 1970, el cuarteto original sobre Jerry Cornellius (1969-1977) y por último las seis novelas sobre Corum Jhaelen Irsei (1971-1974).

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Esto es, por supuesto, una enorme simplificación, porque casi toda su obra puede engarzarse de algún modo en el ciclo del Campeón eterno, ya sean subciclos escritos durantes este período como la trilogía de los Bailarines al Final del Tiempo (1972-1976), con anterioridad como la trilogía de Kane del Viejo Marte (1965) o posteriores como los libros sobre la familia Von Beck (inicialmente 1981-1986, y más tarde, entrelazada con la saga de Elric, 2001-2005). Eso por no hablar de nuevos libros de Elric (1981-1991), Erekosë (1987) o Jerry Cornelius (sobre todo en forma de novelas cortas).

Como se puede apreciar, no es para nada una estructura sencilla, así que por simplificar como decía, podemos asilar un período entre aproximadamente 1967 y 1975 (entre las novelas de Dorian Hawkmoon “La joya en la frente” y “En busca de Talernon”) que constituye el núcleo central de la saga del Campeón Eterno y del concepto del Multiverso (con algún que otro cabo suelto atado a posteriori, como en las novelas de Elric “Marinero de los mares del destino“, de 1976,  y “La torre evanescente”, de 1977). Las seis novelas de Corum, el príncipe de la túnica roja, publicadas en rápida sucesión entre 1971 y 1974, constituyen por tanto un elemento central de la serie.

corum

Corum es un vadhagh, un miembro de una de las antiguas razas que habitan una porción del multiverso organizada en quince planos (que antaño les habían sido accesibles). Tras las cataclísmicas guerras con sus grandes rivales los nadragh, su cultura ha ido decayendo poco a poco, hasta el punto en que viven sus largas existencias dedicados al ocio, sin apenas contacto entre los distintos castillos. En estas, una nueva raza, los mabden, hace su aparición. Considerados inicialmente por los vadhagh poco menos que subhumanos, su poder va sin embargo acrecentándose, hasta el punto de iniciar una campaña de exterminio contra las razas antiguas, que tiene tal éxito que Corum, mutilado (sin su mano y ojo izquierdos), queda como último vadhagh y jura vengar a los suyos.

Estos acontecimientos vienen motivados por un cambio en la hegemonía de los quince planos, pues si antes pertenecieron a los dioses de la Ley (que crearon a vadhagh y nadragh), ahora se encuentran bajo el dominio de los tres dioses hermanos del Caos: Arioch, Xiombarg y Mabelode; el Caballero, la Reina y el Rey de las Espadas, regente cada uno de ellos de cinco planos, cuyo propósito es borrar las obras de sus antecesores y poblar el mundo con sus propias criaturas, los mabden.

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De acuerdo con la mitología de Moorcock, Corum se convierte en una encarnación del Campeón Eterno, una herramienta de la Balanza para restablecer el equilibrio, combatiendo en este caso a los dioses del Caos, acompañado por figuras arquetípicas como la Consorte Eterna (en este caso, la margavrina Rhalina, pese a ser también mabden, aunque de un reino no alineado con el Caos) y, más adelante, el Compañero Eterno, Jhary-a-Conel (que hace su aparición en el segundo libro, con la peculiaridad de ser consciente de su papel y recordar pasadas y futuras reencarnaciones).

Delinear en mayor medida la trama no tiene mucho sentido, porque la trama en sí es totalmente secundaria. Moorcock, fiel a su filosofía, reniega de elementos que ya se habían convertido en indispensables de la fantasía como un contexto físico definido. Sus personajes saltan de forma poco menos que aleatoria de plano en plano y a través del tiempo o incluso de los universos (e incluso el limbo entre ellos), llegando a encontrarse incluso con manifestaciones alternativas de ellos mismos y llegando a unir fuerzas con otras encarnaciones del Campeón Eterno (Elric y Erikosë), en una batalla a muerte con los dioses del caos (primero Arioch, en “El caballero de las espadas”, 1971; luego su hermana Xiombarg en “La reina de las espadas”, 1971; y finalmente Mabelode, el Dios sin Rostro, en “El rey de las espadas”, 1972). En el caso de Corum, sin embargo, el instrumento de poder no es una espada negra, sino la mano de Kwll y el ojo de Rhynn (dos Viejos Dioses, anteriores incluso al Orden, la Ley y la Balanza).

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Detalles anecdóticos aparte, hay muy poco que diferencie a Corum de, digamos por ejemplo Elric. Del mismo modo que con aquel, sus aventuras tienen un punto de absoluta aleatoriedad y otro de dirección forzada por fuerzas externas (dioses, brujos, la guía de su compañero o incluso la voluntad independiente de la mano de Kwll). Esa falta de agencia puede llegar a resultar casi tan exasperante como la reiteración de soluciones a los conflictos, con un tufillo (a veces una peste) a deus ex machina. Todos los enfrentamientos de “La reina de las espadas”, por ejemplo, se resuelven exactamente del mismo modo: haciendo uso de la mano de Kwll para llamar en auxilio de los héroes a los enemigos previamente derrotados. Corum deambula de un lado para otro (y de un tiempo para otro, y de un universo para otro) sin entender nunca nada de lo que ocurre, obedeciendo las instrucciones del primero que parece saber algo más sobre cómo funciona el multiverso (a partir de “La reina de las espadas”, ese alguien suele ser Jhary-a-Conel).

Con un héroe carente por completo de carisma, la trilogía se apoya en dos elementos. Por un lado está la imaginación de Moorcock para evocar paisajes y personajes exóticos, que resulta de todo punto innegable, aunque también, a la postre una mera exhibición de fuegos artificiales, porque por diseño no existe una coherencia interna que de soporte a todas esas imágenes. Por otro, la plasmación de la supertrama que podríamos tildar de cósmica, con ese conflicto eterno entre la Ley y el Caos, esa poderosa Balanza a la que sirve a su pesar Corum, esos movimientos cataclísmicos entre esferas, esas confluencias cósmicas que ponen en peligro la esencia misma del (multi)universo.

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Son conceptos potentes, aunque a la postre la negativa de Moorcock de atarse a nada hace que termine percibiéndose el conflicto como puro ruido inconsecuente. Ahora gana el Caos, ahora la Ley, pero contraataca el Caos, y vuelve la Ley por su fueros con un poco de ayuda tramposa… No hay propósito, no hay nada ulterior. Falla incluso, a mi entender, su huida de la vieja dicotomía bien/mal, porque a la postre acaba asociando el Caos con valores tradicionalmente considerados malignos. La trilogía de Corum (y, en general y por lo que le he leído, todo su superciclo de El Campeón Eterno) no desarrolla tanto una filosofía como plantea una base ideológica para la misma… aunque al final no tiene ni idea de qué hace con ella.

No quiero dar una impresión de excesivo disgusto. La trilogía se lee con facilidad y, como ya he mencionado, presenta aquí y allá imágenes sugerentes. Su apuesta por relativizar tiempo y espacio, al tiempo que realiza una exploración casi metaliteraria de conceptos arquetípicos (el héroe, el acompañante, el interés romántico, la ciudad arquetípica de Tanelorn…), así como su buena disposición a traicionar expectativas, fue novedosa, y sin duda hubiera funcionado mejor con algo menos de paja. En vez de tres novelitas, totalizando algo más de quinientas páginas, la misma historia bien estructurada en la mitad de espacio hubiera sido mucho más satisfactoria. Al leer a Moorcock hay que tener muy presente sus limitaciones narrativas y estilísticas, sobre todo en esta época en que su nivel de producción fue extraordinario (a costa de todo lo mencionado).

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En 1972 “The knight of the swords” conquistó el primer premio August Derleth, concedido por la British Fantasy Society, distinción que repetiría en 1973 para con “The king of the swords”. No solo eso, sino que en 1975 se le concedió su tercer August Derleth por “The sword and the stallion”, la tercera entrega de la segunda trilogía de Corum (la de la Mano de Plata), en la que potenció los elementos mitológicos celtas que ya estaban en cierto modo presentes en la trilogía original (con los vadhagh pudiendo equipararse a grandes rasgos con los tuatha dé dannan).

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El clamor del silencio

•junio 27, 2021 • Dejar un comentario

La de Wilson Tucker es una carrera curiosa dentro de la ciencia ficción. A lo largo de más de sesenta años hizo todo cuanto podía hacerse en el campo sin llegar realmente a profesionalizarse. Muy activo desde 1932 en el terreno de los fanzines (y en la sección de cartas de los aficionados en las revistas), su primera venta profesional se produjo en 1941 con el relato “Interestellar way-station”, al que seguirían durante los treinta y cinco años siguientes veintitantos más, junto con una veintena de novelas de misterio y ciencia ficción (diez y diez), todo ello sin dejar nunca su trabajo principal como proyeccionista.

Fue hacia el final de su período más activo, en 1976, cuando recibió su mayor distinción, el premio John W. Campbell Memorial, concedido de forma excepcional a “El año del sol tranquilo“, novela publicada en realidad seis años antes (el jurado quiso así protestar por la poca calidad de las obras recibidas como candidatas). La novela había sido ya en su año finalista de los premios Hugo y Nebula, y en la edición anterior Tucker se había alzado con el premio Hugo al mejor escritor aficionado.

¿Hubiera cambiado en algo esta trayectoria si Tucker se hubiera alzado con el primer premio Hugo de novela de la historia? No es algo tan descabellado. Un informe de progresos de la Worldcon de 1953 desvela que por entonces, a un mes más o menos del cierre de la votación, su segunda novela de ciencia ficción, “El clamor del silencio” (“The long loud silence”), se encontraba en segunda posición, por detrás de la finalmente ganadora, “El hombre demolido“, de Alfred Bester.

“El clamor del silencio” (1952) es una de las primeras novelas postapocalípticas que lidiaron con la posibilidad de una guerra nuclear (por detrás de “Shadow of the hearth”, de Judith Merrill, en 1950; y “Ape and essence”, de Aldous Huxley, en 1948). En ella, Gary Russell, un cabo del ejército estadounidense, se despierta cierto día de una borrachera y se ve en medio de una ciudad devastada y abandonada. Tras ciertas peripecias, descubre que el todo noreste del país ha sido atacado por un enemigo ignoto, que ha arrasado las grandes ciudades con bombas atómicas y ha esparcido por el resto del territorio terribles enfermedades. Se inicia, pues, una lucha por la supervivencia en la que Gary es… ¿el héroe?

Es muy fácil malinterpretar “El clamor del silencio”. Superficialmente, sería lógico confundirla con una de las típicas narraciones aventureras que proliferaron en las revistas pulp. Al fin y al cabo, ¿qué había más heroico que un soldado americano, veterano de la Segunda Guerra Mundial, enfrentado a una situación extrema en la que la supervivencia depende del coraje y la astucia? Si a esto le añadimos la injusticia del ataque sin aviso ni provocación, tenemos los mimbres necesarios para confeccionar una típica historia confortadora de superación.


Nada de eso. “The long loud silence” es de 1952, y eso nos permite contextualizarla de un modo diferente. En esa época, antes de que la amenaza de la guerra nuclear fuera patente (la Unión Soviética había realizado hasta la fecha un total de tres pruebas nucleares exitosas, por alrededor de una treintena de los americanos), el gobierno de los EE.UU. se estaba esforzando denodadamente en un lavado de cara, tratando de vender la idea de que la energía atómica era el futuro y estaba por abrir un período de prosperidad sin parangón y de que los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki habían sido justos, necesarios y proporcionados.

Con “El clamor del silencio”, Wilson Tucker desafía todo esto, y lo hace volviendo las tornas y situando el territorio norteamericano como receptor de un ataque combinado atómico/biológico (aunque he de hacer constar que Tucker no tenía una idea muy certera sobre los efectos de ninguno de esos agentes). En la novela no importa tanto quién es el responsable (algo que nunca llega a saberse) como la reacción de los ciudadanos y del gobierno en funciones, que delinea una frontera interna impenetrable a lo largo del río Mississipi. Todo lo que queda al este de ella es territorio salvaje, abandonado a su suerte, mientras que al oeste del masivo curso fluvial la vida sigue adelante de forma más o menos inalterada.

En estas condiciones, Gary hace lo que considera necesario para sobrevivir… y Gary no es un ser humano particularmente ético.

“El clamor del silencio” no es una novela de aventuras. Es una denuncia. Es una exploración amarga de lo peor del ser humano y de la auténtica naturaleza brutal de las nuevas armas de destrucción masiva que con tanta levedad habían introducido los generales estadounidense en el antiguo campo de juegos de la guerra (aunque no llegó a emplearlas, el programa de desarrollo de armas biológicas había sido aprobado por Roosevelt en noviembre de 1942 y siguió a pleno rendimiento tras la guerra hasta su cancelación por parte de Nixon en 1969). Del mismo modo, replicaba de un modo todavía más cruel la despreocupación de la sociedad estadounidense para con los efectos reales de estas armas, transformando esa ceguera selectiva en un impulso fraticida, que lleva incluso a la deshumanización de los compatriotas que han sido víctimas del brutal ataque, para así poder desentenderse de ellos sin cargo de conciencia.

Lo curioso es que esta actitud parece encontrar eco entre cierto sector de los lectores, que por sus comentarios prefieren ver en Gary a un héroe y se sienten defraudados cuando una vez tras otra resulta poco convincente en ese papel. A ello ayuda el que Gary esté siempre lleno de excusas para actuar como lo hace (lo que convierte el punto de vista narrativo en no fiable, al encontrarse centrado en su persona). La misoginia (que hoy en día resulta tal vez más patente) es casi la menor de sus flaquezas. Gary es mentiroso, violento, artero y, sobre todo, brutalmente egocéntrico. Es un ganador, como el personaje principal de “Más verde lo que creéis” (Ward Moore, 1947), un superviviente… y de igual modo, un grandísimo hijo de puta.

Todo esto quedaba dibujado a la perfección en un final mucho más duro y despiadado del que finalmente llegó a imprenta (el editor se empeñó en darle la vuelta y suavizarlo, demostrando con ello que no había entendido nada). De él indicaré solamente que implicaba canibalismo… y que hubiera terminado de redondear una novela de esas que golpean por sorpresa donde más duele.

“El hombre demolido” es un novelón, y personalmente lo sigo situando por encima de “El clamor del silencio” (tanto a nivel espaculativo como literario), pero esta historia de Wilson Tucker no la desmerece en absoluto… y al fin y al cabo el triunfo es más dulce cuando se ha logrado frente a adversarios dignos.

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The sirens of Titan (Las sirenas de Titán)

•junio 23, 2021 • Dejar un comentario

Tras publicar en 1952 su primera novela, “La pianola”, una distopía relativamente tópica, Kurt Vonnegut encontró finalmente su voz distintiva en 1959, con su segunda novela, “Las sirenas de Titán” (“The sirens of Titan”). En esta obra ya se aprecia el postmodernismo que caracterizaría su carrera, así como el pesimismo existencial que se encuentra en su núcleo y con el que lidia a través del humor negro.

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El eje vertebrador de la historia lo constituye Winston Niles Rumfoord, un ricachón que, tras armar su propina nave espacial, se ha adentrado en un infundibulum crono-sinclástico, que lo ha transformado junto con su perro Kazak en un fenómeno ondulatorio que se extiende en espiral entre el Sol y Betelgeuse, manifestándose físicamente cada vez que la Tierra (u otro astro) interseca con la espiral. Al comienzo de la historia, Rumfoord ha convocado a Malachi Constant, el hombre más rico (y afortunado) de la Tierra, a su última aparición, y allí le confia que se emparejará con su mujer Beatrice (que lo detesta) y tendrá un hijo (Crono) con ella, que viajará a Marte y luego a Mercurio y finalmente a Titán, donde le esperan las epónimas sirenas. El resto de la novela consiste básicamente en el cumplimiento de esta profecía, de modo que el lector es tan omnisciente como el cronosinclásticoinfundibulado Rumfoord. Lo cual, a la postre, no importa en absoluto.

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Ese es el punto al que quiere llegar Vonnegut: la vida es absurda, no tenemos control sobre ella, cualquier percepción de libre albedrío es un espejismo y nada tiene sentido, por mucho que nos empeñemos en encontrárselo. Un concepto tan pesimista solo podía transmitirse de una forma, con humor, y por eso “Las sirenas de Titán” es en el fondo una novela cómica, con un humor negro que a la postre se está riendo de la broma suprema que es la existencia humana.

Para transmitir esta idea, el autor juega con distintos elementos cooptados desde la ciencia ficción pulp: naves espaciales, extraterrestres (el trafalmadoriano varado en Titán) que son a su vez robots, tecnologías de control mental, extraños ecosistemas mercurianos… El enfoque, sin embargo, no puede ser más divergente, pues si en aquellas historias es central el concepto del héroe protagonista, con agencia para imponer su voluntad al propio universo, aquí los protagonistas no solo se encuentran inermes ante el desarrollo de los acontecimientos, sino que su misma identidad es maleable, con lo que la novela los despoja incluso de lo más íntimo del ser humano, el concepto del yo.

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Tan solo Rumfoord, en su omnisciencia cronosinclástica, es consciente en todo momento de lo que deparará el futuro (y deparó el pasado), y por ello es una figura más trágica incluso, porque es así el único plenamente consciente de su absoluta carencia de libertad.

Aparte de los elementos propios de la ciencia ficción, Vonnegut extrajo inspiración de sus experiencias personales, en particular de su participación en la Segunda Guerra Mundial. No de un modo tan directo y personal como en Matadero Cinco” (1969), pero sí recalcando lo absurdo que fue todo aquel sufrimiento a través de uno de los episodios más significativos de “Las sirenas de Titán”, la guerra entre los “marcianos” y la Tierra (otro tema clásico subvertido), que conduce a un replanteamiento de la religión y a la creación (auspiciada, como siempre, por Rumfoord) de la Iglesia de Dios, el Absolutamente Indiferente.

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De nuevo se recalca que no hay propósito. No hay nadie ahí arriba que se preocupe de un modo particular por ninguno de nosotros. Nuestras vidas no tienen sentido. Son una mera sucesión de accidentes aleatorios.

Hacia el final de la novela se nos revela que a la postre sí que había un sentido para todo (aunque no sea muy halagador para el ser humano)… e inmediatamente después queda desvelado que hasta ese propósito es absurdo. No hay escapatoria. Vonnegut no nos deja ni un resquicio para la esperanza, ni un minúsculo y tortuoso sendero hacia la trascendencia. ¿Qué queda pues? Según concluye Malachi Constant al final de todas su peripecias, “El propósito de la vida humana, sin importar quién la controle, es amar a quienquiera que se encuentre cerca para ser amado”.

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Aunque he comentado que con “Las sirenas de Titán” Vonnegut encontró su estilo, lo cierto es que no me parece que sea una novela tan redonda como las que llegarían después. No me refiero solo a “Matadero Cinco”, que es una obra maestra, sino incluso a “Cuna de gato” (1963), publicada apenas cuatro años después, pero con un equilibrio mucho más medido entre humor y pesimismo (en el cómputo global, “Las sirenas de Titán” acaba inclinada en exceso hacia el segundo).

Desde luego, cuando se publicó en 1959 fue algo totalmente diferente a lo que los lectores de ciencia ficción estaban acostumbrados, lo cual no fue óbice para que fuera nominada al premio Hugo de aquel año. Su derrota frente a “Tropas del espacio“, de Heinlein, levantó cierta polémica entre quienes valoraban lo arriesgado de la propuesta de Vonnegut por encima del clasicismo de la space opera militarista heinlenita. Con el correr de los años, sin embargo, tal vez acertaran con la obra más influyente. Poco podía nadie imaginar que Vonnegut acabaría apartándose de vacío de la ciencia ficción.

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Aquel año el quinteto de finalistas se completó con “Dorsai“, de Gordon R. Dickson (la otra fundadora de la rama militarista de la ciencia ficción), así como las menores “The pirates of Zan“, de Murray Leinster, y “That sweet little old lady“, de Mark Phillips (Laurence Janifer y Randall Garrett).

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Dorsai

•junio 15, 2021 • 1 comentario

Dos novelas de 1959 sentaron las bases de toda la ciencia ficción militarista posterior. Por un lado, desde el punto de vista del soldado de a pie (o de armadura autoimpulsada, en este caso), tenemos “Tropas del espacio“, de Robert A. Heinlein, que detalla la experiencia del joven Johnny Rico desde su alistamiento hasta sus primeras acciones de combate. Por otro, Gordon R. Dickson se situó con “Dorsai” (“Dorsai!”, serializada originalmente en Astounding como “The genetic general”) en la piel de un oficial, integrado en la cadena de mando (e involucrado, por tanto, en la toma de decisiones estratégicas).

De forma ultracondensada, se nos muestran en la novela los primeros destinos de Donal Graeme, un Dorsai recién licenciado al inicio de la historia que emprende una fulgurante carrera militar en el escenario diseñado por Dickson de dieciséis mundos colonizados por la humanidad, la mayor parte de ellos especializados en el entrenamiento de un tipo muy particular de trabajadores, que constituyen invariablemente su principal producto de exportación, integrado en un estricto sistema de contratos. En el caso de Dorsai, lo que venden al resto de mundos son soldados de élite, formados bajo una estructura casi espartana y destinados al mando (la carne de cañón ya la proporcionan los Amistosos, fanáticos religiosos de Epsilón Eridiani).


Pero incluso entre los dorsai Donal es extraño, hay algo en él que desconcierta a quienes lo conocen, y esta peculiaridad pronto se verá puesta a prueba, cuando apenas iniciada su carrera se tropieza con quien será su némesis, el político William de Ceta. El antagonismo bulle en segundo plano mientras ambos van disponiendo sus piezas en el tablero de juegos que es el escenario de los dieciséis mundos habitados (en ocho sistemas estelares diferentes). Por añadidura, a lo largo de sus aventuras Donal descubre que podría ser el producto final (accidental) de un megaproyecto genético de los Exóticos de Procyon para obtener un superhombre.

Si todo eso suena vagamente familiar, tal vez sea porque es muy, muy difícil leer “Dorsai” y no pensar en “Dune“, de Frank Herbert (1965, aunque con la versión original de su primera parte, “Dune World”, escrita entre 1963 y 1964). Hay temas que siguen un desarrollo casi calcado, y en definitiva la idea del líder mesiánico está en la base de ambas obras). El universo y sobre todo los personajes de “Dune” están, sin embargo, mucho más trabajados, y tal vez su filosofía de base sea más compleja (al menos por lo que puede determinarse a través de la lectura aislada de “Dorsai”).

Con “Dorsai”, Dickson dio inicio a una serie de novelas, tituladas en su conjunto el ciclo de Childe (en referencia al poema “Childe Roland to the dark tower came”, de Robert Browning), aunque es muy común referirse a él simplemente como el ciclo Dorsai. A través de esta serie inconclusa, Dickson intentaba transmitir ideas filosóficas sobre el destino futuro de la humanidad. El núcleo central lo componen seis títulos, que abarcan acontecimientos desarrollados entre el siglo XXI y el XXIV: las precuelas “Nigromante” (1962) y “La estrategia del error” (1971), la paracuela “Soldado, no preguntes” (1967, a partir de una novela corta homónima que recibió en 1965 el premio Hugo de narración corta) y las secuelas (inéditas en español) “The final encyclopedia” (1984) y “The Chantry Guid” (1988). Dickson falleció antes de poder escribir la séptima entrega, “Childe”, que tendría que haberlo cerrado todo.

Junto con esto, hay dos novelas cortas y dos relatos paralelos, compilados en “El espíritu de los dorsai” (1979) y “El dorsai perdido” (1980), así como tres novelas, publicadas entre 1991 y 2007, ambientadas en el mismo escenario y concebidas quizás para dar mayor entidad al antagonista final de la serie, pero sin formar parte oficialmente del ciclo (“Young Bleys”, “Other” y “Antagonist”, esta última completada póstumamente por un colaborador de Dickson). En su última década de vida, Dickson encontró el éxito explotando su otra gran serie, la de fantasía del Caballero Dragón (iniciada en 1976 con “La torre abominable“), y tal vez esa dedicación sea la responsable de dejarnos sin conclusión.

De forma preliminar (extraer conclusiones de una serie a partir de una única entrega es arriesgado cuando menos, aunque por lo que tengo entendido las virtudes y defectos de este primer volumen constituyen la tónica general), sugeriría que las intenciones de Gordon R. Dickson son demasiado ambiciosas o, tal vez, que la ejecución no está a la altura. Recurre en “Dorsai” a personajes acartonados, sin apenas rasgos distintivos, y a una estructura entrecortada que no deja apenas espacio para que se desarrolle la trama.

Lo que no puede negársele al ciclo de Childe es que intentó ir más allá de la simple aventura de la que solía nutrirse la space opera, fundamentándose en grandes ideas y que, en cualquier caso, su  legado es incuestionable, percibiéndose sus ecos en series tales como la del CoDominio de Jerry Pournelle (“El soldado“, 1976), “El juego de Ender” de Orson Scott Card (1985, aunque la novela corta es de 1977), la serie de Honor Harrington de David Webber (“El honor de la reina“, 1993) o, quizás especialmente, las primeras novelas de la saga de Miles Vorkosigan de Lois McMaster Bujold (por ejemplo, “El juego de los Vor“, 1990).

Solo eso ya basta para justificar su nominación al premio Hugo de 1960, que perdió precisamente ante su gran rival, “Tropas del espacio” (una victoria merecida, porque la novela de Heinlein, con un planteamiento mucho más simple, es también más sólida desde un punto de vista puramente literario). En el quinteto de finalistas destacaba también “Las sirenas de Titán“, de Kurt Vonnegut, también un paso por delante de “Dorsai” (hubo cierta polémica, suscitada por quienes la veían como más justa ganadora), aunque la novela de Dickson podría situarse sin problemas por delante de los otros dos títulos: la space opera resultona de “The pirates of Ersatz“, de Murray Leinster, y la parodia de telépatas de Mark Phillips “That sweet little old lady“.

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