La maldición de Chalion

•junio 27, 2017 • Dejar un comentario

Hacía el año 2001, Lois McMaster Bujold era quizás la autora de ciencia ficción con más prestigio, con tres premios Hugo de novela (y uno más de novela corta) en la década precedente por su trabajo en la saga de Miles Vorkosigan. Tenía, sin embargo, una espinita clavada, porque en 1993 había intentado darse un respiro y cambiar de aires hacia la fantasía, pero “El anillo del espíritu” tuvo una recepción muy tibia que la llevó a regresar al redil y seguir produciendo entregas de la saga Vorkosigan por casi un década (cambiando el enfoque, eso sí, y produciendo quizás los mejores títulos de la serie, culminando en la magnífica “Una campaña civil“.

Coincidiendo quizás con un sentimiento de agotamiento creativo en lo que respectaba a la ciencia ficción (la siguiente novela, y última por casi una década en el género, fue “Inmunidad diplomática” un año después), decidió darse una segunda oportunidad con la fantasía… y en esta ocasión acertó de pleno con su serie de Chalion (o del Mundo de los Cinco Dioses), inspirada en la baja edad media española (y más concretamente en la juventud de la futura Isabel I de Castilla, rebautizada como Iselle, y la turbulenta sucesión de Enrique IV el Impotente, u Orico según la reformulación de Bujold), que se inició con “La maldición de Chalion” (“The curse of Chalion”, 2001).

Con esos mimbres quizás hubiera podido escribir una fantasía histórica, aunque el enfoque de la autora es distinto. Para empezar, renuncia a buena parte de la complejidad real de los acontecimientos, que toma como inspiración, no como guía estricta. Así, imagina un mundo alternativo al nuestro, en el que el mapa de la Península Ibrana es un reflejo invertido norte-sur de la Ibérica, con Chalion ocupando el lugar de la corona de Castilla, Ibra el de la corona de Aragón, Brajar el de la corona de Portugal, las infieles provincias roknari al norte y al sur, tras una imponente cordillera, el reino de Darthaca.

Esta traslación le confiere a Bujold no sólo libertad para modelar a los personajes y alterar la historia a su antojo, sino sobre todo la posibilidad de idearle un trasfondo teológico propio, inspirado lejanamente en la religiosidad cristiana pero sobre un sistema de cinco dioses: el Padre, la Madre, el Hijo, la Hija y el Bastardo (no reconocido como dios por los roknari). Cada una de estas divinidades, conformando una familia, posee su ámbito de influencia y su liturgia asociada, aunque desde un plano colaborativo, no competitivo. Destaca ahí la figura del Bastardo, algo así como un tribunal de última instancia divino para todos aquellos aspectos que quedan fuera de la influencia del resto de dioses.

Una vez planteado el mundo, el protagonismo recae en la figura del castelar Lupe de Cazaril, recientemente liberado tras pasarse varios años prisionero en las galeras roknari. Destrozado física y espiritualmente, tan sólo busca un pequeño lugar al servicio de la provincara, la viuda del gobernante de Baocia y madre de la royeza (reina) viuda Ista, progenitora a su vez de los róseos (príncipes) Teidez e Iselle (hermanastros del actual roya, Orico).

Con lo que se encuentra sin embargo, es con la ímprova tarea de ejercer de secretario y tutor de la joven Iselle, un trabajo que se vuelve mucho más exigente y peligroso cuando los róseos son llamados a la corte de Cardegoss, donde se alza el imponente castillo del Zangre (el alcázar de Segovia)… y epicentro de una maldición que flota sobre la casa real de Chalion, condenando a sus miembros a un destino aciago si nadie es capaz de actuar en su contra. Ahí entran en escena los dioses y sus designios azarosos e inescrutables, y nadie es más consciente de la interferencia que los santos, o vehículos por medio de los cuales, muy a su pesar, se canaliza la voluntad divina hacia el mundo material.

Lois McMaster Bujold se toma su tiempo para describir el escenario antes de cargar las tintas en la faceta fantástica, e incluso cuando por fin se vuelca en ella lo hace de forma sutil. Nada de grandes gestos, sino apenas milagros contenidos, ejecutados por aquellos que tienen la suerte (o la desgracia) de haber sido escogidos como herramientas divinas (con el agravante de que se ven obligados a realizar su tarea completamente a oscuras respecto al propósito final de sus acciones o incluso respecto a lo que supuestamente el dios o la diosa espera de ellos). Todo ello crea un mundo secundario ciertamente original, que hace que la lectura, una vez lograda la inmersión en Chalion, progrese con enorme fluidez (algo a lo que ayuda, además, la buena caracterización de los personajes, una virtud habitual en la obra de McMaster Bujold).

Quizás, eso sí, flojee un poco hacia el final, con una resolución que se percibe como simplista; ya no sólo desde una perspectiva histórica, en la que no hay ni punto de comparación con los líos que se montaron al respecto de la sucesión de Castilla, sino incluso ateniéndonos a los propios desarrollos ficticios de la obra. Da la impresión de que el escenario daba para más, quedando un poco desaprovechado tanto el modelo histórico como la especulación teológica (con elementos parecidos, por ejemplo, N. K. Jemisin se mostró mucho más ambiciosa poco después con “Los cien mil reinos“). Nada, sin embargo, que enturbie en exceso el disfrute de una obra de fantasía épica diferente, mercedora sin duda de los parabienes que recibió.

Antes de pasar a ese punto, sin embargo, me gustaría intentar especular un poco sobre los motivos de que la historia de Isabel la Católica atrajera la atención de la autora (que por entonces estaba dando un curso sobre historia medieval española en la Universidad de Minnesota). En un mundo de hombres, Isabel logró imponer su criterio ya no sólo en un tema tan ajeno a las mujeres nobles de la época como la elección de marido, sino incluso llegando al tanto monta, monta tanto de su acuerdo con Fernando de Aragón (algo, además, que se cumplió de forma efectiva, y no sólo en forma de papel mojado en un tratado).

De igual modo, en “La maldición de Chalión”, aun estando progatonizada por un hombre (y narrada desde su punto de vista), los personajes femeninos cobran una importancia crucial, ya sea la propia Iselle, la provincara viuda o Ista, llegando por supuesto a la propia Hija (cuya importancia divina en la historia se encuentra tan sólo por detrás de la del Bastardo… y en este último caso el propio título carece de muchas de las connotaciones negativas con las que se suele asociar, como hijo natural de la Madre, antes que del Padre). Es un feminismo más sutil que en muchas de las novelas del Nexo de Agujeros de Gusano, ogligada quizás por la ambientación medieval, pero aun así lo impregna todo.

En España el libro se publicó originalmente divido en dos volúmenes, bajo los títulos de “Los cuervos del Zangre” y “El legado de los cinco dioses” (lo cual no tenía ningún sentido dada su longitud y que probablemente ha jugado en su contra por lo que respecta al aprecio de los aficionados españoles para con esta saga), aunque con posterioridad se reunificó ya bajo el título de “La maldición de Chalion”. La trilogía (de historias autoconclusivas) se completó en 2003 con “Paladín de almas” (la historia posterio de Ista) y 2005 con “La búsqueda sagrada”. Recientemente, Lois McMaster Bujold ha publicado una serie de cuatro novelas cortas ambientadas en el mismo escenario general, componiendo la historia de Penric y Desdemona.

“La maldición de Chalion” conquistó el Mythopoeic Award de 2002, y fue finalista en los premios Hugo, Locus y World Fantasy (siendo derrotada en los dos primeros por “American gods“, de Neil Gaiman, y en los últimos por “El otro viento”, de Ursula K. Le Guin, aunque se resarciría en 2004, haciéndose con Hugo, Nebula y Locus por “Paladín de almas”).

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Cyteen

•junio 21, 2017 • Dejar un comentario

En 1989 C. J. Cherryh obtuvo su segundo Hugo (de novela) y su primer (y único) Locus por “Cyteen” (1988), su vigésimo tercera novela ambientada en el universo de la Unión-Alianza (y una de las pocas narradas desde el punto de vista de la Unión… o cuando menos de parte de la Unión).

Se trata de una novela de más de mil páginas, que por razones editoriales ha sido a menudo publicada en tres partes, subtituladas “La traición”, “El renacer” y “La vindicación” (y así es la única edición existente en español, aunque la autora lo desaconseja vívamente).

Ambientada en el siglo XXIV, tras el período de las guerras de la compañía, que determinó la independencia de la Unión (una confederación de colonias) y la Alianza de mercaderes de la Tierra, se centra en la política interna de la primera, con especial atención a su capital en el planeta semihabitable de Cyteen, sede también de la región administrativa independiente de Reseune (básicamente, una gigantesca compañía biotecnológica que además controla tradicionalmente uno de los nueve puestos del Consejo de gobierno de la Unión).

La trama arranca (más o menos, en realidad le cuesta un par de cientos de páginas llegar allí) con el misterioso asesinato de Ari Emory, la consejera de ciencias y directora todopoderosa de Reseune. El terremoto político resultante es manejado por la Familia (el consejo de dirección de Reseune), resituando las piezas y dando inicio a un ambicioso proyecto: la clonación, no sólo física, sino también psicológica, de Ari (con la excusa de recuperar para la Unión su mente privilegiada, que le ha valido la consideración de Especial).

En medio de todo ello queda atrapado Justin Warrick, hijo (y clon) adolescente de otro Especial al que todo el asunto le pilla con el pie cambiado. Él y su medio hermano azi Grant quedan como rehenes en manos de Reseune, mientras la compañía se dispone a sobrellevar del mejor modo posible el período de lo que podría considerarse regencia, hasta que Ari Emory 2 esté en disposición de retomar las riendas de la compañía.

A priori, no suena mal. En la práctica, sin embargo…

Lo voy a decir ya, “Cyteen” me ha parecido uno de los peores premios Hugo jamás concedidos (y a estas alturas ya los he leído casi todos), superando incluso en ineptitud a la anterior galardonada de la autora (“La estación Downbelow“), y las razones para mi juicio son múltiples. Vamos primero con las más objetivas (dentro de la subjetividad de una opinión).

Estructuralmente “Cyteen” es un desastre que nunca termina de encontrar su foco. No es una novela, sino un capítulo dentro del más amplío tapiz del universo Unión-Alianza, y eso hace que esté continuamente haciendo referencia a hechos desarrollados en otros libros (como el desastroso experimento/operación militar narrado en “Forty thousand in Gehenna”). No estaría mal (y de hecho es lo esperable en una serie), si todas esas referencia no tuvieran un peso significativo considerable en “Cyteen”, o si se llegara a alguna conclusión, la que fuera, con alguno de los temas narrados.

Peor incluso, ni siquiera las propias tramas específicas de “Cyteen” llegan a ningún lado. Simplemente, van pasando los años (veinte en total), con escenas sueltas a las que por alguna razón la autora presta atención, sin que se perciba otra intención firme que el comprobar cómo Ari 2 va encajando poco a poco en el molde de Ari 1 y, supuestamente, vence a todos los demás con su inteligencia excepcional (de la que pocas pruebas se nos ofrecen). Baste un apunte para ejemplificar todo esto. El motor principal de la historia, el asesinato de Emory, no se resuelve en el millar largo de páginas del libro, sino que queda aplazado para su secuela directa, “Regenesis”… que publicó veinte años después.

Ítem más, los personajes son insufriblemente anodinos, lo cual es especialmente preocupante para con los dos en los que se centra la narración: Justin (un niñato traumatizado que no cambia un ápice en toda la novela) y Ari 2 (a la que, para darle algo de profundidad, supongo, la autora hace pensar desde los diez años a medias con el cerebro y a medias con los genitales). Claro que peor lo tiene la oposición… a ningún posible oponente (quitando de un incongruente giro final) se le concede la más mínima atención, e incluso Jordan, el padre de Justin, supuestamente un especial como Emory, se contenta con aceptar mansamente el resultado del encontronazo inicial durante dos décadas.

De igual modo, el entorno de futurista tiene más o menos lo que la típica novela de intrigas palaciegas, aderezada con el omnipresente mito fundacional estadounidense (con la Unión haciendo el papel de las Trece Colonias). Tan sólo dos tecnologías (significativas en al trama) tienen un mínimo de interés especulativo: el uso de cintas de instrucción (y manipulación psicológica) y el desarrollo de clones. De todas formas, la implementación deja mucho que desear, e incluso el gran tema de la replicación psico-clónica de Emory no hace sino imitar lo que ya propuso Ira Levin en 1976 con “Los niños del Brasil” (estirando la premisa para llenar tres o cuatro veces el número de páginas). Ya lo comenté cuando reseñé “La estación Downbelow”, pero me veo en la necesidad de reincidir en el tema: la ciencia ficción de Cherryh es carca. No ahora, ya lo era en 1988. Su concepción de la space opera es similar a la de la Edad de Oro, treinta y tantos años antes: un lavado de cara cosmético (e hipertrofiado) con respecto a los temas y estilo del Asimov de la etapa del Imperio… con una importante diferencia en el plano ético.

Lo cual me lleva a las razones más subjetivas de mi rechazo a “Cyteen”.

El mundo de “Cyteen” es una pesadilla totalitaria. Una distopía brutal que en ningún momento se manifiesta explícitamente (y mi sospecha es que se debe a que la autora no lo percibe así). Para empezar, la economía de la Unión se sustenta en un sistema esclavista. Un porcentaje elevado de la población (en torno a la mitad) son azis (clones) manipulados mentalmente y sin derechos civiles. La autora intenta presentarnos la situación bajo la mejor luz posible, pero a poco que se reflexione se percibe la salvajada de un sistema que deshumaniza a hombres y mujeres y los convierte en objetos de los que aprovecharse (con su plena aquiescencia… ¿cómo van a protestar, si están literalmente programados para servir?) o incluso eliminar sin remordimientos (por su propio bien). Cherryh puede alabar hasta el infinito el proceso mental azi como más eficaz que el humano normal (CIUD), pero en esencia la ausencia de dudas y contradicciones nace de lo que sólo puede definirse como una mutilación del libre albedrío.

Más grave todavía es la dirección en la que apunta (aunque al final, por supuesto, no llega a nada) el plan maestro de Emory. Por lo que he podido entresacar, consiste en crear sociedades azi preprogramadas. En serio, si por alguien deberíamos decantarnos es por los malvados terroristas abolicionistas, que pretenden derrocar un sistema podrido hasta la médula, que bajo la apariencia de un régimen democrático esconde una dictadura oligárquica. Por supuesto, si hay protagonista del que no sabemos absolutamente nada es el líder de los abolicionistas. Su papel es el del malo de la función, el que quiere destruir el statu quo a cualquier coste (y, al parecer, en las obras de Cherryh el sistema siempre es sacrosanto).

Ari Emory vendría a ser una Hari Seldon 2.0… con la salvedad de que Asimov se dio cuenta de la trampa ética en la que se había metido con su serie de la Fundación, y así cuando la retomó en los ochenta su máxima preocupación fue desmontar la tiranía elitista de las Fundaciones (sobre todo de la secreta Segunda Fundación) y devolver el libre albedrío a los hombres.

Se suele alabar “Cyteen” mencionando su análisis del uso de la clonación a gran escala, pero cualquier examen de dicho asunto sin ahondar en su faceta ética no sólo está incompleto, sino que queda automáticamente invalidado. Y no, no me vale el que la postura contraria se aborde (quizás) en otros libros de la saga. Una novela tiene que presentar en sí misma todos los argumentos necesarios para su valoración, y “Cyteen”, pese a sus 1200 páginas, no cierra absolutamente nada, ni en el nivel de la trama ni mucho menos en el referencial. Incomprensible para mí su fama.

En cuanto al resto de finalista del Hugo de aquel año, es cierto que tal vez no componen el grupo más impresionante de la historia, pero aun así hay alternativas. Entre los finalistas de aquel año se cuentan “El profeta rojo” (segundo libro de la saga de Alvin Maker), de Orson Scott Card; “En caída libre“, de Lois McMaster Bujold (uno de los libros más flojos del universo del Nexo de Agujeros de Gusano); “Mona Lisa acelerada”, de William Gibson (tercera y menos interesante entrega de la trilogía del Sprawl); e “Islas en la red”, de Bruce Sterling (uno de los grandes títulos del movimiento cyberpunk, que hubiera podido alzarse sin problemas con el triunfo).

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Trilogía del Vatídico

•junio 9, 2017 • 6 comentarios

Robin Hobb (o Margaret Astrid Lindholm Ogden) es una de las autoras clave en la revolución de la fantasía de mediados-finales de los 90. Hasta entonces había publicado con éxito limitado (aunque buen reconocimiento crítico) fantasía juvenil y fantasía urbana contemporánea bajo el nombre de Megan Lindholm. En 1995, sin embargo, decidió abordar la fantasía épica de ambientación medievaloide, para la que empezó a usar el pseudónimo de Robin Hobb.

Aquel primer libro fue “Aprendiz de asesino” (“Assassin’s apprentice”), con el que dio inicio a la Trilogía del Vatídico (Farseer Trilogy) y, desde una perspectiva más amplia, a la serie del Reino de los Vetulus (que a día de hoy cuenta con diecisiete novelas, en cuatro trilogías, una tetralogía y una novela independiente). En 1996 publicó “Asesino real” (“Royal assassin”) y completó la historia en 1997 con “La misión del asesino” (“Assassin’s quest”). En España la primera edición partió cada libro en dos (de forma totalmente arbitraria), dando lugar a “La diplomacia del asesino”, “La fragilidad del asesino” y “La senda del asesino” (como títulos para las segundas mitades respectivas).

En su momento, la Trilogía del Vatídico supuso toda una revolución. Toca proporcionar un poco de contexto histórico. Desde 1984, año en que se publicó “El retorno de los dragones“, la fantasía épica estaba dominada por la influencia de los juegos de rol, una orientación claramente juvenil e iteraciones directas del camino del héroe (lo que las acercaba las más de las veces a la bildungsroman). Un modelo muy claro de enfrentamiento (entre el bien y el mal, a menudo disfrazados como orden y caos), conservadurismo (retorno de la magia, restauración de antiguos modos de vida, amenazas de antaño…) y dilemas personales juveniles.

No es que esa etapa no produjera también buenos títulos (“Añoranzas y pesares“, “El señor del tiempo“, “Las crónicas de Belgarath”…), aunque el omnipresente modelo de franquicia, unido a una juvenilización excesiva, produjo también una cantidad inusitadamente alta de basura (y, lo que es peor, basura comercialmente provechosa). Para 1995 el campo estaba maduro para una nueva revolución, y quizás Robin Hobb constituyó la punta de lanza con su Trilogía del Vatídico, una obra que muestra una peculiar mezcla entre características innovadoras y topicazos agotados (lo lógico en un título de transición).  Las primeras le proporcionaron notoriedad casi instantánea, mientras que los segundos hacen de su lectura hoy en día un empeño… contradictorio.

Pero vayamos primero con una pequeña introducción argumental. La acción nos lleva al reino de los Seis Ducados, una antigua coalición comercial gobernada por la estirpe de los Vatídico desde la ciudad-fortaleza de Torre de Alce. El actual gobernante es el rey Artimañas, con una sólida línea sucesoria de tres hijos, Hidalgo, Veraz y Regio, y con el bálsamo de la prosperidad aquietando las tradicionales diferencias entre los cuatro ducados marítimos y lo dos terrales. Es ahí donde entra Traspié, presentado por sorpresa a los seis años como hijo bastardo del príncipe Hidalgo.

Este evento, por algún motivo (se ve que el mundo de Hobb los bastardos son raros), provoca un terremoto sucesorio que fuerza la renuncia a los derechos dinásticos de Hidalgo y deja a Traspié solo en el castillo, bajo la tutela del jefe de caballerizos Burrich y, en secreto, del asesino real Chade, de quien se convierte en aprendiz por orden de Artimañas. La novela comienza a seguir así la plantilla típica de la bildungsroman, mientras Traspié va madurando (es un decir), dentro del ecosistema de Torre del Alce, bajo dos fuentes de tensión: por un lado la interna de la lucha de poder entre sus tíos Veraz y Regio, y por otro la externa, al empezar a sufrir los Seis Ducados la invasión de las Velas Rojas, unos ataques piratas de devastadores consecuencias (sobre todo morales) para las poblaciones costeras.

Tenemos varias novedades. Por un lado el carácter decididamente antiheroico del protagonista. Nada de un origen humilde con un brillante futuro. Su futuro es el de un asesino clandestino, y bastardo para más señas, siempre al servicio (y bajo la sombre) de los poderosos. Incluso su dominio de la magia familiar (la habilidad) es errático, mientras que presentar aptitudes para otro tipo de magia, la maña, que le permite conectar con las bestias, sólo le trae sinsabores. Más importante quizás, no hay viaje. Casi toda la acción se circunscribe al microcosmos de Torre del Alce, lo que la emparenta con títulos como “Titus Groan“, aunque la aleja decididamente del modelo predominante en su época.

También cabe mencionar que la voz narrativa de la autora ayuda no poco a que las páginas se devoren, y eso que Traspié puede que sea el protagonista más insufrible de la historia de la fantasía épica (un niñato llorón al que no se le da nada bien y que siempre encuentra una excusa para justificar sus fracasos… aunque lo peor aún está por llegar). Ello se compensa con interesantes personajes secundarios (el bufón, Burrich, Lady Paciencia, la reina Kettricken…) y gracias a un feminismo soterrado, que busca en todo momento subvertir los típicos roles de género en la fantasía épica (aunque lo hace con extremada sutileza).

Todo planteado, las cosas pintaban bien para “Asesino real”… aunque desgraciadamente con este segundo tomo Robin Hobb pierde el rumbo. Para empezar, según el dictado del Camino del Héroe, toca hacerlo fracasar, y no se le ocurre mejor forma que hacerlo (a él y a todos los de su bando) rematadamente estúpido. La novela se centra en las intrigas del príncipe Regio por hacerse con el poder, ante la pasividad de Veraz y Artimañas. Que sí, la amenaza de las Velas Rojas es importante, pero no prestar atención al aspirante tras un intento de asesinato y una rebelión abierta (que se apoya en el descontento de los ducados terrales y la desorganización de los marítimos) es suicida. La cosa llega a tales extremos que sorprende que las entendederas les alcancen para seguir respirando, y la cosa no mejora cuando Veraz parte en una misión imposible a la búsqueda de la ayuda de los míticos vetulus.

La soberana simplicidad de este montaje (no es que Regio sea un genio maquiavélico, es que Veraz, Traspié y el resto con unos papanatas) quedó retratado con la publicación ese mismo año de la novela que consolidó la nueva era de la fantasía épica, “Juego de tronos”, de George R. R. Martin (quizás os suene de algo). No dejaba de presentar características tópicas (ese retorno de la magia…), pero manejaba mucho, muchísimo mejor la intriga y perfilaba unos personajes que no necesitaban ser estúpidos para verse en aprietos.

Y no termina ahí la cosa. A la autora, además, se le ocurre vincular con la maña a Traspié con un lobo, Ojos de Noche, aunque lo hace atentando contra sus propias reglas internas, porque aunque supuestamente es un animal común, en realidad su capacidad de razonamiento es superior a la del propio protagonista (que no es difícil, pero…). Ojos de Noche es un pegote, que emparenta directamente con el animal compañero de la Mary Sue de turno (o, por hacer una referencia literaria, con Grimya, la loba compañera de Índigo en la serie homónima de Louise Cooper; aunque en su caso está justificada la inteligencia cuasi humana). La idea de emparentar la maña con la licantropía (o, en general, con el fenómeno de los cambiapieles) es buena, aunque la ejecución deja mucho que desear.

Llegamos pues, con interés sensiblemente reducido, a “La misión del asesino”, cuyo arranque no ofrece muchas esperanzas de mejora. Traspié sigue siendo un llorón, sigue siendo más simple que un botijo y, para colmo, demuestra una y otra vez ser el asesino más inepto que jamás haya existido (por sí solo creo que en toda la trilogía sólo consigue matar de forma eficaz a unos locos… y con alimento envenenado). A Robin Hobb se le va la mano en su anhelo por humanizar el personaje con debilidades. Es un propósito loable, pero requiere compensarlo de algún modo, ofrecerle una característica redentora (aparte de la ausencia de ambición personal y la lealtad inquebrantable… que bien podrían ser consecuencia de su simpleza).

Por fortuna, tras un intento torpe de venganza contra Regio, la narración toma un camino diferente cuando Traspié se ve impulsado a acudir junto a Veraz (que, recordémoslo, ha estado todo este tipo fuera del tablero, buscando a los vetulus en el lejano norte). Ahí, por fin, Robin Hobb retoma la senda de la innovación, ofreciendo una descripción sugerente del reino de los vetulus y de la magia implicada. Eso sí, se nota que va improvisando sobre la marcha, porque poco de lo que presenta ha sido claramente fundamentado en los libros precedentes. Es interesante, sí, pero plantea más dudas de las que resuelve.

A la postre, el disparador de la trilogía, la invasión de las Velas Rojas (y su proceso de forjado), queda como poco menos que un macguffin, mientras que la rebelión de Regio se resuelve mediante un deus ex-machina (o ex-petra, para ser exactos).

¿Quiere esto decir que sea una mala serie? No, en absoluto. Ya he comentado lo fácil que se lee, y aunque no hubiera sido pionera, presenta suficientes elementos singulares como para hacerla recomendable. Su influencia posterior es, además, innegable (desde elementos coincidentes en “Canción de Hielo y Fuego” a una influencia reconocida en “El nombre del viento“, de Patrick Rothfuss). Eso sí, ojalá el volumen central no fuera tan rematadamente flojo y ojalá la autora hubiera encontrado una forma de humanizar a su protagonista que no hubiera implicado el hacerlo idiota perdido (porque en el tercer volumen llega a momentos de estulticia realmente anonadantes).

Tras su publicación, la autora mantuvo el pseudónimo de Robin Hobb para la trilogía de las Leyes del Mar (sin otra relación que tener lugar en el mismo mundo, unos años después, aunque con una ambientación totalmente náutica), regresando a los mismos personajes de la Trilogía del Vatídico en 2001 con el inicio de la Trilogía del Profeta Blanco (que justo está terminando de editarse en español por primera vez) y de nuevo con la reciente trilogía de Traspié y el Bufón (que acaba de concluir en inglés).

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Historia de la Llanura Esplendente

•junio 5, 2017 • Dejar un comentario

La fantasía moderna nació posiblemente en 1890, de la mano de dos obras fundamentales, que sentaron las bases de todo el desarrollo posterior: “Eric Ojos Brillantes“, de Henry Rider Haggard, e “Historia de la Llanura Esplendente” (“The story of the Glittering Plain or the Land of Living Men”), de William Morris.

Mientras que la primera constituye una suerte de imitación de las sagas nórdicas, con una acción que transcurre en nuestro mundo (si bien un mundo donde tiene cabida la magia), la novela de Morris tal vez sea la primera fantasía de mundo secundario, totalmente independiente del nuestro, cosntituyéndose así en precursora de lo que hoy en día llamamos fantasía épica (o high fantasy, en su clasificación anglosajona). Y sí, también hunde sus raíces en la épica nórdica (de la que Morris era especialista), así como en la mitología grecolatina o los cantares de gesta medievales, aunque su posicionamiento, y esto es el segundo elemento que lo diferencia fundamentalmente de dichas manifestaciones anteriores del género épico, es puramente estético. No pretende enseñar nada, sino sólo despertar sensaciones; reavivar, en particular, un sentimiento inocente de maravilla.

Todo esto no quiere decir que la novela no presente sublecturas más profundas. Más bien al contrario, su interpretación no es en modo alguno simple. Su objetivo, simplemente, no es transmitir una enseñanza. El significado no es el fin, sino un medio para dotar de consistencia a la historia de Hallblithe, de la casa del Cuervo, en su búsqueda de su perdido amor, la Rehén, de la casa de la Rosa.

La novela arranca con la llegada de tres cansados viajeros al hogar de Hallblithe, en la Tierra de los Riscos Junto al Mar. Se hallan embarcados en la búsqueda de la Llanura Esplendente, la Tierra de los Vivientes, región de la que el héroe no sabe darles noticias. Pronto, sin embargo, se olvida de ellos, pues le llega aviso de que unos navegantes han raptado a su prometida, y sin perder un instante se arma y parte en su búsqueda.

Su periplo le lleva primero a la Isla del Rescate, y de allí, acompañando a un misterioso anciano, al mismísimo reino de la Llanura Esplendente, aunque todos sus esfuerzos se prueban vanos. Aun tentado con bellas mujeres y con la promesa de la inmortalidad, Hallblithe no puede descansar hasta haber recuperado a la Rehén, y se resiste una y otra vez a olvidarlo todo y abrazar una nueva existencia, por muy satisfactoria o apetecible para cualquier otro que pueda ser.

Desde una perspectiva actual, la “Historia de la Llanura Esplendente” supone una lectura que desafía las expectativas, pues a pesar de ser Hallblithe un guerrero e ir durante todo el periplo armado hasta los dientes, no es en la acción donde reside el atractivo de la obra. De hecho, como protagonista el héroe es un personaje bastante pasivo, que se deja arrastar de aquí para allá, al capricho de las disposiciones de otros. Su única cualidad destacable de verdad es la terquedad, su compromiso inquebrantable con la misión que se ha impuesto, y por tanto su fidelidad absoluta para con la Rehén.

Lo que de verdad interesaba a Morris era recrear en novela la poesía y el aroma épico de las sagas vikingas (de hecho, llamó a sus obras de fantasía “romances en prosa”), y de igual modo se percibe la influencia de Homero (tres años antes había publicado una traducción en dos tomos de la Odisea, del mismo modo que veinte años antes había aprendido islandés para poder traducir tres sagas: la Volsunga, la de Gunnlaugr lengua de serpiente y la de Grettir).

Entrando a un análisis temático, me parece bastante evidente cierta inclinación hacia la escatología, que emparenta la “Historia de la Llanura Esplendente” con los antiguos mitos de muerte y renovación, tales como el del rapto de Perséfone (con Hallblithe en un papel a medio camino entre Hera y Orfeo). La Llanura Esplendente queda identificada como un reino de ultratumba; pero no un lugar tenebroso, sino un paraíso inmortal al que Hallblithe accede como mortal, atado todavía al mundo terrenal por el amor. No es de descartar que el propio Morris contemplara cercana su propia muerte (que de hecho le sobrevino seis años después), y que la respuesta fuera componer una fantasía en torno a un hombre que todavía tiene mucho por hacer antes de permitirse pensar siquiera en la otra vida.

La crítica también ha señalado elementos de socialismo utópico (aunque la Llanura Esplendente esté, al menos nominalmente, gobernada por un rey… que no obliga a cumplir sus mandatos ni presta ayuda a quien se opone a ellos) en el paraíso imaginado por Morris. Tanto la sociedad de donde procede Hallblithe como la ideal de los inmortales, aparte de un sustrato histórico-mítico, tienen mucho que ver con la que ese mismo año había presentado en su utopía futurista anti industrial “Noticias de Ninguna Parte”.

Para concluir, señalar un par de cuestiones sobre la su edición. La obra apareció originalmente en The English Illustrated Magazine en 1890 y al año siguiente constituyó el título fundacional de Kelmscott Press, la imprenta personal de William Morris, que acabaría publicando sesenta y seis volúmenes en apenas seis años. Su concepción del libro como obra de arte le llevó a diseñar sus propia tipografía (los tipos Troy, Golden y poseriormente Chaucer), así como a emplear profusa ornamentación y grabados. Los de “Historia de la Llanura Esplendente”, obra de Walter Crane, no estuvieron listos para la primera edición, así que de forma excepcional se realizó una segunda en 1895.

En español hemos tenido que esperar hasta 2014 para contar con una estupenda edición de Javier Martín Lalanda para Cátedra, que respeta hasta cierto punto el arcaicismo impostado de la prosa de Morris (mucho más acusado en inglés). El texto original, por supuesto, puede obtenerse gratuitamente en edición electrónica a través del Proyecto Gutenberg.

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¿Unos Ignotus para el 2017?

•mayo 1, 2017 • 2 comentarios

Allá voy, con la tradicional entrada mendicante al inicio del período de votación de los premios Ignotus 2017 (correspondiente a obras hechas públicas durante el 2016).

Con lo mío termino pronto. En todo 2016 sólo publiqué un par de ensayos (aparte de las 67 entradas de Rescepto, pero bueno, ya he perdido toda esperanza para con ellas). Se trata de “Los secretos del acero: Sobre la espada y brujería”, publicado en el número 1 (y por ahora único) de la revista electrónica Hierro y Huesos, y “Sobre los viajes interestelares”, el artículo-prólogo con que presento la antología “La canción de Orfeo” (puestos a elegir, este segundo ha despertado más interés… entre los tres o cuatro lectores de la antología).

Y vale, aunque extractar una sola entrada del blog parece una quimera, ¿qué tal os parecería votarlo a mejor página web? Voy a apelar a los trucos más sucios y a presentarlo como una especie de premio a su trayectoria. Después de todo, acaba de cumplir diez añitos y sería bonito conseguir en efeméride tan señalada una segunda nominación (la primera es de hace ya muchos, muchos años). Me temo que el 2016 destaca sobre todo por una docena de reseñas de títulos decimonónicos (o anteriores), y que si sumamos los previos a la Segunda Guerra Mundial, conforman casi la mitad de los contenidos del año (es algo así como pegarse un tiro en el pie por lo que respecta a intentar mantener la vigencia)… por eso apelo a la historia, que en diez años son ya casi 650 reseñas (¡y algunas hasta de libros actuales!).

¡Ánimo! ¡Démosle una pequeña alegría al abuelo! (y no hace falta que nadie se fije en el hombrillo patético tras las cortina).

Por supuesto, mi otro punto de interés sería Cápside… y aunque el 2016 tampoco fue un año muy productivo, aún tengo para mostrar “La canción de Orfeo y otros relatos de viajes interestelares”. Los diez cuentos que la componen son todos ellos inéditos, y por tanto elegibles, y valen la pena. Os los copio, para que estén fresquitos en la memoria (pero no me hagáis elegir, que son todos para mí como hijos de disintas madres y padres):

“La canción de Orfeo”, de María Tordera
“Hacia la última estrella”, de José L. Millán
“Mierda de Gusano”, de Daniel Garrido Castro
“Diario de una bioexploradora”, de Marisa Alemany
“La chambre nue”, de Mª Concepción Regueiro
“La luna existe cuando la miramos”, de Eva G. Guerrero
“La chica más veloz de Babilonia”, de Ana Tapia
“Las carpas del jardín japonés del té”, de David G. González
“Quinta Sinfonía en Do sostenido menor”, de Josué Ramos
“Navegantes de eternidad”, de Pedro Moscatel

Además, la magnífica portada es también un trabajo original, obra de Juan Miguel Aguilera, y termina de redondear las potenciales candidaturas (junto con mejor antología y mejor ensayo).

En cuanto al resto… Como decía es un año en que no he leído mucho contemporáneo. En novela, no creo equivocarme si apunto al favoritismo de Guillem López con “La polilla en la casa del humo” (Aristas Martínez), y también me gustaría hacer mención de “El laberinto Tennen”, el debut novelístico de David Luna (Ed. del Transbordador), que también ha publicado la novela corta “El ojo de dios” (Apache Libros). También en Apache, tenemos la novela corta de Javier Castañeda “Horror vacui”.

De autor extranjero aún he leído menos, pero entre lo que sí he catado, lo que más destacaría es “Un cuento oscuro”, la multipremiada novela de Naomi Novik.

En cuanto a antologías, aparte de “La canción de Orfeo”, mencionaría también “Herederos de Cthulhu” (Kokapeli Ediciones), “Quién tiene miedo a morir”, de Pedro Moscatel (Saco de Huesos) y una antología autoeditada que espero reseñar en breve por aquí, “Trancemónium”, de Aitor Bertomeu (de la que también destacaría el cuento “Azul”).

Este año, además, la revista SuperSonic Magazine ya será elegible en su categoría (aparte de lo que puedan sacar sus contenidos).

Aún tengo que pensarme a fondo la papeleta (porque seguro que me estoy dejando cosas que tengo intención de apoyar), pero baste esto como una primera aproximación.

Votéis lo que votéis, eso sí, recordad que toda aportación es importante. Gracias por contribuir a que los Ignotus gocen de buena salud.

Dark Crusade

•abril 27, 2017 • Dejar un comentario

En 1976 Karl Edward Wagner publicó la tercera novela de su espadachín místico, Kane, recuperando la espada y brujería de Robert E. Howard con un personaje que, presentando muchos puntos en común con Conan, posee su propia identidad diferenciada. Así, Kane es un hombre inmortal (relacionado con la leyenda de Caín), que vaga por el mundo dejando un rastro de muerte y destrucción a su paso. Tan poderoso en el uso de las armas como en la hechicería, su existencia constituye una sucesión de empresas violentas a través de las cuales trata de dar sentido a una vida prolongada más allá de toda medida.

A priori, hay en Kane material para el análisis filosófico, pero Karl Edward Wagner está demasiado interesado en la estética para que todo ese sustrato sea algo más que un barniz superficial, algo que caracteriza, pero no motiva realmente al personaje (inspirado también, según confesión del autor, en “Melmoth, el errabundo”, de Charles Maturin). Esa superficialidad queda muy de manifiesto en “Dark Crusade”, la historia de una campaña salvaje de conquista contra las ciudades-estado del continente sureño, abordada por el otrora bandolero Orted Ak-Ceddi, avatar del antiguo dios Sataki, que tras décadas de decadencia ha encontrado un resquicio para intentar implantar de nuevo su imperio oscuro en el mundo.

Fiel a su individualismo, Kane ha pasado de intrigar como general en una de las ciudades estado más importantes de la región a buscar un modo de vengarse cuando su principal rival lo desenmascara y lo obliga a exiliarse. El masivo aunque desorganizado ejército de Sataki, embarcado en su Cruzada Oscura, constituye el arma pefecta para cumplir sus ambiciones, así que le ofrece sus servicios como general experimentado, aunque pronto queda de manifiesto que sus intereses no son realmente comunes.

Se nota que Karl Edward Wagner estudió con cuidado las tácticas de guerra con caballería pesada antes de escribir la novela. Se nota quizás demasiado, pues a menudo se emociona con su propia épica, y todo cuanto no son batallas se antojan por momentos interludios fastidiosos pero necesarios para llevar a Kane de tal a cual combate. Y hablando de Kane… su plasmación como evidente encarnación de una fantasía compensatoria da por momentos hasta un poco de vergüenza ajena. Es el mismo arquetipo de acabaría transformándose en He-Man, casi una parodia involuntaria de masculinidad exacerbada (más o menos en la línea del Den de Richard Corben).

Hay en “Dark Crusade” elementos sugerentes, como indicios sobre otros planos de la realidad (de donde provienen los dioses) y apuntes hacia el análisis del fanatismo, pero a la postre todo queda supeditado a mantener la tensión a intensidad máxima, sin modulaciones. Incluso el estilo se fundamenta en la misma filosofía de darlo todo en todo momento, con descripciones barrocas, violencia estilizada y vocabulario especializado (para armas y pertrechos militares sobre todo, aunque etimológicamente tal riqueza léxica no ofrezca una visión sincrónica coherente).

Esa ausencia de autocontrol es una pena, porque si algo sabe Karl Edward Wagner es recuperar el estilo de la espada y brujería clásica, y los intentos de enriquecer la trama con giros de cierto calado están ahí, insinuados. De igual modo, es de agradecer el propósito de ampliar la perspectiva, ofreciendo capítulos desde el punto de vista de diversos personajes (Orted Ak-Ceddi, el general rival Jarvo o una joven feriante, atrapada en el conflicto) a la postre, sin embargo, la resolución simple del combate frontal acaba imponiéndose siempre, dejando la novela reducida a una serie de viñetas bélicas bastante logradas, engarzadas por la más tenue de las excusas argumentales. La idea central es que no importa cuánto se esfuerce, al final las ambiciones de Kane serán víctimas de su propio éxito como agente de la destrucción.

Entonces llegamos al capítulos final, “In the lair of Yslsl”, que en realidad constituye un cuento independiente (publicado dos años antes en la revista Midnight Sun), que resulta al mismo tiempo más interesante (por el modo en que enfrenta a Kane a una serie de pruebas) y desconcertante, por cuanto rompe por completo con el tono e incluso la continuidad de la novela y le otorga un final truncado, que no resuelve realmente nada (lo cual, todo sea dicho, no es incongruente con el mensaje global).

“Dark Crusade” nos ofrece el relato de un episodio de violencia salvaje, alimentada por el fanatismo religioso y la ambición, que no resuelve absolutamente nada, sino que se limita a extender la miseria y la muerte, asolando toda una región. En ese contexto, puede entenderse la esencia de Kane como un catalizador, cuya misión consiste meramente en acelerar una reacción que se llevaría a término de igual modo sin su auxilio, y que al terminar ésta sale de escena sin haber cambiado ni un ápice. La personificación pura de los instintos más brutales del ser humano.

No es poca cosa, aunque las elecciones estéticas de Karl Edward Wagner no permiten que la narración pierda tiempo en describir las penurias de la gente corriente (todo lo más, son carne de espada en las batallas… y carroña después de ellas). Salvo a Kane, utiliza y desecha a sus personajes sin dedicarles un segundo pensamiento. Son piezas sacrificables, que no merecen más atención de la justa, y aún tienen suerte, porque hay otros cuyo objetivo parece ser tan sólo ofrecer un poco de color, pero que finalmente, por encontrarse demasiado en la periferia de la acción, quedan como meras hebras sueltas en el tapiz (algo que afecta incluso a los dos antagonistas principales). Todo un potencial desperdiciado, sacrificado en el altar de Kane.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

El problema de los tres cuerpos

•abril 25, 2017 • 2 comentarios

“El problema de los tres cuerpos”, de Cixin Liu, es una novela de ciencia ficción, serializada originalmente en la revista china Science Fiction World en 2006 y posteriormente publicada en formato de libro en 2008, convirtiéndose en uno de los títulos más populares de la ciencia ficción china. En 2014, con traducción de uno de los autores norteamericanos de mayor proyección actual (y de ascendencia china), Ken Liu (sin relación con Cixin Liu), fue publicada en los EE.UU., acabando por alzarse, un poco de rebote, con el premio Hugo de 2015, lo que la convirtió en la primera novela publicada originalmente en un idioma distinto del inglés en recibir tal distinción.

Todo ello, por supuesto, propició la distribución internacional de la novela, llegando también a España (aunque esta crítica se basa en la edición en inglés), y dado que se trata del primer volumen de una trilogía, la de Recuerdos del Pasado de la Tierra, a la espera estamos de la conclusión con “El bosque oscuro” y “El fin de la muerte” (que de nuevo ha cosechado nominación a los Hugo en la presente edición).

La trama fluye por tres líneas dramáticas entrelazadas, la primera de ellas protagonizada por el ingeniero de materiales Wang Miao, quien se ve involucrado en una especie de confabulación cuyo fin parece ser bloquear el desarrollo de determinadas tecnologías. Junto a él, nos enteramos también de la plaga de suicidios entre prominentes figuras científicas y acabamos tropezando con un juego de realidad virtual, 3cuerpos, que nos lleva al segundo escenario.

Aquí estamos en un mundo muy esquemático, sometido a terribles y aleatorios cataclismos, en los que la civilización medra en los oasis de estabilidad, de duración impredecible, que median entre eras caóticas, en las que las condiciones cambiantes con incompatibles con el sostenimiento de la vida. Los seres vivos de ese mundo han desarrollado la capacidad de deshidratarse para permanecer en letargo durante las eras caóticas, pero de vez en cuando una catástrofe de especial gravedad destruye todo rastro de civilización, devolviendo a la vida al casillero de salida.

La tercera línea argumental se nos cuenta a través de una serie de flashbacks, e involucra la vida de una astrofísica, Ye Wenjie, quien pierde a su padre durante las purgas de intelectuales de la Revolución Cultural en 1965 y acaba trabajando en un proyecto secreto conocido como Base Costa Roja, asumiendo tareas de cada vez mayor responsabilidad al cargo de un radiotelescopio experimental.

Con estos mimbres, Cixin Liu teje un misterio fascinante, relacionado con uno de los problemas clásicos de la física (descubierto inicialmente por el propio Newton), el problema de los tres cuerpos, que apunta a la dificultad computacional de predecir con absoluta exactitud las posiciones futuras de tres cuerpos sujetos a mutua influencia gravitatoria, conociendo tan sólo los datos de su posición y vector de velocidad en un momento concreto. Pronto resulta evidente que el escenario de 3cuerpos constituye una versión de este problema, con un planeta atrapado en el supuesto caos de un sistema trinario (siendo estrictos, por tanto, es una problema de cuatro cuerpos).

Trataré de ser lo menos revelador posible, pues parte del interés de la novela reside justo en el progresivo desenmarañamiento de sus misterios. Tan sólo quisiera comentar que mi perspectiva para con la novela es tremendamente ambivalente. Por un lado, los capítulos de la Revolución Cultural (y purgas posteriores), así como el planteamiento del escenario o las sucesivas “fases” del juego de los tres cuerpos, me resultan fascinantes (respecto a esto último, me ha recordado por momentos el manual ilustrado de “La era del diamante”). Cuando toca empezar a explicar las cosas, sin embargo, un escollo monumental se interpone en el camino de mi disfrute: la ciencia en la que se fundamente “El problema de los tres cuerpos” no tiene ni pies ni cabeza (y, por añadidura, las explicaciones acaban pintando un escenario especulativo tremendamente anticuado, que frustra las expectativas generadas por el sugestivo planteamiento).

“El problema de los tres cuerpos” supone una lectura contradictoria, porque lo que hace bien es extraordinario, pero cuando mete la pata lo hace también hasta el fondo. En el apartado positivo, me ha gustado mucho su análisis (literal) del alienamiento. En la novela se aplica sobre todo al sentimiento de extrañamiento para con la propia patria, resultado del trauma de la Revolución Cultural, aunque también tiene aplicación respecto al ecologismo radical, y lo cierto es que se trata de un estado mental que realmente trasciende fronteras y encuentra reflejo en muchas actitudes de difícil comprensión que vemos día a día (desde la violencia verbal o incluso física que exhiben en defensa de una postura ética ciertos animalistas hasta, llegados al extremo, ese proceso de radicalización express que exhiben ciudadano aparentemente integrados en la sociedad, que les lleva de la noche a la mañana a planificar y ejecutar atentados suicidas).

Cixin Liu disecciona con gran habilidad la mezcla de rabia contenida, desilusión y pérdida de esperanzas que podría conducir a la traición más inconcebible, y en el proceso pone de manifiesta las profundas cicatrices dejadas en la sociedad china por esa auténtica era caótica que fue la Revolución Cultural, al tiempo que delinea una plantilla de aplicabilidad mucho más amplia. El problema surge cuando trata de sustentar todo ello sobre un armazón supuestamente hard… porque a poco que el lector sepa algo de astronomía o siquiera de la física más elemental, ese armazón se desmorona como un castillo de naipes.

Todo ello, además, se agrava con el paso de los capítulos, a medida que la trama va trasladando el foco de atención de la psicología a la ciencia, llegando en las últimas páginas a auténticos despropósitos, del tipo que no se han dado en la ciencia ficción desde los primeros años de la Edad de Oro. Porque una cosa es ignorar obstáculos físicos (como el límite de la velocidad de la luz, algo que curiosamente sí respeta “El problema de los tres cuerpos”) y otra muy distinta es coger de aquí y de allá lo que le parece y construir una realidad física totalmente alternativa… que ni siquiera es internamente coherente y sólo se sostiene bajo al promesa tácita de que es así como funciona el universo.

Yo, personalmente, no soy capaz de entrar en el juego, porque no tengo la impresión de que surja de un ánimo especulativo, sino que es producto, simple y llanamente, de la ignorancia (o, siendo un poco más generoso, de la interpretación libre de nociones incomprendidas). Lovecraft salió bastante bien librado de ello, pero eso fue en los años treinta, y hoy en día casi nadie entiende su obra como perteneciente a la tradición de la ciencia ficción. Para cuando en “El problema de los tres cuerpos” llegan los sofones y esa interpretación tan peculiar de las dimensiones adicionales avaladas por ciertas formulaciones de la Teoría de Cuerdas, la novela ya ha perdido para mí toda credibilidad e incluso buena parte de su interés.

Recurriendo a clasificaciones ya superadas, diría que “El problema de los tres cuerpos” resulta una obra magnífica cuando se circunscribe a la faceta soft… pero fracasa estrepitosamente cuando trata de apoyarse en el estilo hard. En conjunto, pues, no puedo sino considerarla fallida.

Pese a ello, como avanzaba, conquistó el premio Hugo de 2015, aunque lo hizo de rebote, y posiblemente beneficiada por el escándalo de los sad/rabid puppies (y aquí entro ya en cuestiones extraliterarias, así que si deseas dejar de leer, mi opinión respecto a la obra ya está expresada y lo que queda son detalles circunstanciales). De hecho, ni siquiera se encontraba en el quinteto de finalistas hasta que Marko Kloss retiró su candidatura por “Lines of departure”. Como primera novela de reserva, acabó compartiendo papeleta con “The goblin emperor” de Katherine Addison, “Ancillary sword” de Ann Leckie (premio Locus) y dos candidatos de los puppies (que quedaron por debajo de la opción de “Sin premio” en la votación final): “The dark between the stars” de Kevin J. Anderson y “Skin game” (la decimoquinta novela de Harry Dresden) de Jim Butcher.

No es en modo alguno una certeza que “El problema de los tres cuerpos” no hubiera podido triunfar en un campo abierto (después de todo, también fue finalista del premio Nebula, que ganó “Aniquilación”, de Jeff VanderMeer), pero no fue una edición tradicional y hay análisis estadísticos que apuntan a que sin el medio millar largo de puppies contaminando el proceso “The goblin emperor” hubiera (y recalco el “hubiera”, porque además habría habido un cambio en dos candidatos) podido alzarse con la victoria.

A la postre, toda esta especulación es un poco ociosa. Lo que de verdad importa es cómo se sostiene la novela por sí misma, y a ese respecto me reafirmo en mi opinión: muy bien… y al mismo tiempo, por desgracia, muy mal. Ambivalencia en estado puro.

Otras opiniones:

 
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