The centaur

•septiembre 13, 2016 • Dejar un comentario

Algernon Blackwood fue uno de los principales autores de lo que ha venido a llamarse literatura weird (extraña). En su caso es particularmente apropiado, pues aunque podía bordear en ocasiones el terror, su principal objetivo no era despertar aprensión en sus lectores, sino un sentimiento de asombro ante supuestos poderes trascendentes, escondidos en el interior del ser humano, como extensión metafísica de las potencias naturales.

Él mismo fue un ferviente creyente en esta realidad mística, y en ese sentido, tras su retorno a Inglaterra a los treinta y tantos (después de haber desempeñado toda una plétora de trabajos en Canadá y Estados Unidos), empezó a escribir decenas de relatos de ficción sobrenatural (entre los que destacan sus cuentos de fantasmas o los relacionados con el detective de lo oculto John Silence), que compiló en numerosas antologías (más de treinta a lo largo de su vida), así como catorce novelas. Toda esta obra se alimentaba de su experiencia con el ocultismo, bien sea a través de su participación en el Ghost Club (una organización que osciló con los años entre una reunión de escépticos empeñados en investigar supuestos casos de actividad paranormal y tertulias de fervorosos creyentes) y en organizaciones más secretas como logias rosacrucianas o la propia Orden Hermética de la Aurora Dorada.

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Aunque muy afamado en su tiempo, en la actualidad se le recuerda sobre todo como influencia temprana de Lovecraft, que lo ensalzó como uno de sus cuatro maestros contemporáneos del horror sobrenatural (junto con otro autor con el que comparte mucho, Arthur Machen, aunque éste, en títulos como “El gran dios Pan“, tiende más hacia el terror), con dos novelas cortas destacadas: “Los sauces” (1907) y “El wendigo” (1910). Así, muchas de sus mejores obras, como la antología “Incredible adventures” (1914), permanecen inéditas en español, lo que es el caso de “The centaur” (1911), la novela que paso a comentar.

Estructuralmente es extraña. Se trata de la narración de la narración de una experiencia mística, acontecida a un tal Terence O’Malley, un irlandés con una sensibilidad especial, que se siente ajeno a su tiempo, necesitado de reconectar con la auténtica realidad espiritual del mundo, cada vez más alejada del hombre en medio de la vorágine de cambios tecnológicos y sociales que caracterizó la revolución industrial. Esta experiencia se reconstruye para los lectores a partir de los comentarios de su albacea testamentario, que trata de construir una narración coherente a partir de diversas fuentes, principalmente los propios e inconexos diarios de O’Malley, pero también varias conversaciones personales mantenidas con él.

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En un viaje a las montañas del Cáucaso (Blackwood consideraba él mismo la escalada como una experiencia mística, lo que se refleja en gran parte de su ficción), a bordo de un paquebote, O’Malley se tropieza con un par de seres peculiares, un hombretón y su hijo, silenciosos y retraídos, de los que sin embargo parece emanar un aura irresistible para el irlandés, algo que lo retrotrae a épocas pretéritas, en las que los seres humanos no habían perdido el contacto con la Tierra. Allí, a medias contenido, a medias espoleado por el médico del barco (el doctor Stahl, posiblemente una referencia al químico y filósofo alemán Georg Ernst Stahl, que malrepresenta la incredulidad científica, en lucha contra la necesidad de creer), emprende un viaje que le lleva, cómo no, a las montañas, a descubrir el espíritu de la Tierra, proyectado en el mundo antiguamente como dioses y criaturas fantásticas (como los centauros), y del que los propios hombres no son sino facetas (que han perdido la autoconsciencia necesaria para darse cuenta de su verdadera naturaleza).

Una y otra vez Blackwood hace referencia a la obra de Gustav Fechner, aunque no en su faceta científica (se le considera el fundador de la psicología experimental), sino filosófica. Así, desarrolla una concepción animista del universo, que rechaza fervorosamente el progreso y todas sus manifestaciones y abraza en su lugar la convicción de una escala espiritual, una dimensión que lo une todo al nivel más profundo imaginable. Vamos, lo que unas décadas después acabaría conformando el movimiento New Age, aunque con una filosofía menos elaborada, y en muchos sentidos más sincera.

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El problema de todo ello es que hay muy poco más en las más de trecientas páginas del libro. Una y otra vez está O’Malley haciendo gala de su brutal conservadurismo, exponiendo con pequeñas variaciones su pseudofilosofía y apelando, por supuesto, a la emoción, porque a través del intelecto no hay por dónde sostenerlo. El discurso de Blackwood es el de un niño desconcertado, que se niega a aceptar la complejidad del mundo y construye fantasías reconfortantemente simples para justificar su sentimiento de desconexión. No voy a negarle capacidad literaria, pero el exceso, la reiteración, resultan agotadores.

El propio autor parece darse cuenta de su inevitable fracaso, así que pone en boca de su narrador secundario la frustración por su propia incapacidad de caracterizar con palabras todas las facetas de una experiencia mística (al fin y al cabo, el lenguaje se construye a través de la lógica, no del sentimiento).

Supongo, pues, que el disfrute de “The centaur” dependerá mucho de hasta qué punto el lector sea receptivo al misticismo de Blackwood. Personalmente, no mucho (o nada). Lo que extraígo de la novela es la pataleta de un autor profundamente reaccionario (parece mentira cómo abunda esa característica entre los autores de fantasía de la época), que se siente él mismo desconectado de su época (por haber nacido cincuenta años demasiado tarde… o cincuenta demasiado pronto, pues resulta en verdad muy protohippy). Tampoco ayuda que el título suponga un spoiler como una casa, que arruina la poca sorpresa que podría deparar la lectura.

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Las ideas presentes en la novela no dan de sí para un formato tan extenso. Como alguien encantado de charlas sobre lo que le gusta, no calcula bien la capacidad de aguante de cualquiera que no se muestre igual de entusiasmado con lo que cuenta. Supongo que para el lector adecuado, “The centaur” supondrá toda una experiencia fascinante, pero en como no comulgues con sus ideas, se hace muy, muy cuesta arriba terminarla.

Si aún no os he desanimado, podéis encontrar una edición electrónica de la novela en el Proyecto Gutenberg, aunque recomiendo que probéis antes con “Incredible adventures”, que toca temas muy similares, aunque al ser en (relativamente) pequeñas dosis es más digerible.

Rescepto: Año siete

•septiembre 11, 2016 • Dejar un comentario

En retrospectiva, 2013 fue para Rescepto un año de transición (y de debacle… pero quedémonos con las cosas positivas).

A lo largo de 2012, como comenté en la anterior entrega del anuario, el panorama editorial fantástico sufrió un auténtico terremoto, con la desaparición de varias editoriales que apostaban por los autores españoles, como AJEC, NGCFicción! o Viaje a Bizancio. Coincidiendo con ello, otras que solían enviarme libros para reseña dejaron de hacerlo. Todo ello motivó que, de repente, mi cola de lectura quedara más abierta de lo que lo había estado en años, así que me dediqué a rellenar huecos, explorar nuevos autores o empezar a aligerar por fin las pilas de saldos adquiridos (es un trabajo sisífico).

Torre_de_cristal

Así, durante los primeros meses cayeron por ejemplo Tim Powers (“Cena en el Palacio de la Discordia“), Larry Niven (“El martillo de Lucifer“), Samuel R. Delany (“Babel-17“), Robert Silverberg (“La torre de cristal“) o Karl Schroeder (“La Señora de los Laberintos“). También aproveché para darle un empujoncito a la Hugolatría, dedicándole atención a títulos como “El planeta errante” de Fritz Leiber, “Al final del arco iris” y “Un fuego sobre el abismo” de Vernor Vinge, “Spin” de Robert Charles Wilson, “La mano izquierda de la oscuridad” de Ursula K. Le Guin, “La estación Downbelow” de C. J. Cherryh y “Homínidos” de Robert J. Sawyer (junto con un buen montón de finalistas).

De todas formas, todo esto era trabajo continuista. Faltaba claramente el elemento innovador que permitiera mantener fresco el blog, y eso acabó notándose, sobre todo en la forma de afrontar la crisis de visitas que se vivió durante el año. En febrero, sin que hubiera ningún motivo evidente, el número de visitantes se desplomó, hasta niveles equivalentes a los de cuatro años antes. Sigo sin explicármelo. ¿Quizás se verificó un cambio en los algoritmos de indexación de los motores de búsqueda? ¿Cambió algo en la gestión interna de WordPress? ¿Alcanzó por fin la crisis al ciberespacio? Aún no lo sé. Lo único cierto es que a día de hoy todavía estoy muy lejos de recuperar el tráfico de finales de 2012 (lo cual resulta, cuando menos, frustrante).

2013

Mi respuesta, como avanzaba, no fue de lo más productivo. A lo largo de 2013 hubo dos frenazos importantes. Uno en marzo (sólo dos entradas publicadas) y otro más grave en el período de octubre a diciembre (apenas ocho entradas entre los tres meses, con casi un mes entero de sequía entre el 12 de noviembre y el 7 de diciembre). Supongo que es imposible llevar adelante un proyecto tan longevo como ya es este blog sin sufrir altibajos. Tarde o temprano llegará el momento en que los condicionantes externos e internos se confabularán para poner tu determinación (o cabezonería) a prueba.

Entre unas cosas y otras, la cosecha del 2013 fue escasa. Apenas 71 entradas. Sobre todo críticas de libros y algún que otro comentario cinematográfico (“Iron Man 3“, “El hombre de acero“, “Star Trek: En la oscuridad“, “El juego de Ender“, “El hobbit: La desolación de Smaug“…), con un único ensayo (“Conflictos raciales en la ciencia ficción“). Entre las iniciativas frustradas se cuenta un tímido intento por examinar la narrativa interactiva (me temo que las historias de los vieojuegos aún no han alcanzado el grado de sofisticación necesario para hacerme interesante su ánalisis) y el repaso a la Saga de los Aznar, que se quedó en “Salida hacia la Tierra” (aunque esto es algo que pienso retomar).

Salida_hacia_Tierra

Pero bueno, tampoco quiero ser tan negativo. El 2013 también trajo consigo muy buenas nuevas para Rescepto Indablog. Por ejemplo, en julio se supo que el blog había cosechado su primera (y única hasta la fecha) nominación a mejor página web en los premios Ignotus. Se unió a otras dos (novela por “La ley del trueno” y artículo) en mi contador particular, y aunque al final me fui de vacío, sólo entrar en el quinteto de finalistas ya fue todo un logro.

En octubre, además, Rescepto dio el salto al papel, pues me di el gustazo de editar a través de Cápside (¿Para qué quieres un sello editorial si no es para darte algún caprichito?) “La 100cia ficción de Rescepto“, una recopilación de material publicado previamente en el blog (la cifilogenia y 100 reseñas) que trataba de ofrecer una panorámica razonablemente completa de un siglo y pico de ciencia ficción.

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Trabajar en su elaboración, además, me proporcionó el giro que estaba buscando. Desde los primeros años de Rescepto el blog, aun abarcando todo el fantástico se había centrado especialmente en la ciencia ficción. Elaborar un tomo similar a “La 100cia ficción de Rescepto” dedicado a la fantasía, por ejemplo, era de todo punto imposible, pues faltaban muchos, muchos hitos insoslayables. Si quería elaborarlo, primero tendría que currarme lo de rellenar los enormes huecos, ya no sólo por lo que respectaba a reseñas escritas, sino incluso con respecto a carencias lectoras.

Ello me llevó a la elaboración de un guión preliminar, que me marcaba como medio centenar de libros a leer, tarea que dio comienzo ese mismo año y que continúa hasta el presente (básicamente, porque sería muy aburrido ceñirme exclusivamente a ese listado, y a que a veces parece que tengo la capacidad de concentración de un gato cafeinómano… siempre hay lucecitas de colores que perseguir). El caso es que a partir del 2013 empecé a prestar mayor atención a los grandes títulos de la fantasía, lo que se tradujo, por ejemplo, en reseñas a “La princesa y los trasgos” (George MacDonald, 1872), “Clavos rojos” (Robert E. Howard, 1936), “Elric de Melniboné” (Michal Moorcock, 1972), “Leyenda” (David Gemmell, 1984) o “El nombre del viento” (Patrick Rothfuss, 2007).

Rescepto Indablog empezaba a virar, poco a poco, hacia unos planteamientos aún más históricos, preconfigurando buena parte del trabajo realizado durante estos últimos años.

Homenaje a Pascual Enguídanos

•septiembre 5, 2016 • 4 comentarios

El próximo día 17 de septiembre el Ayuntamiento de Llíria homenajeará, con motivo del décimo aniversario de su muerte, a uno de sus vecinos más ilustres y paradójicamente desconocidos, el escritor Pascual Enguídanos Usach, quien por imperativo editorial firmó su extensa obra (más de trescientas novelitas) bajo seudónimo anglosajón. A mediados de los años 50, por ejemplo, no había en España autor de ciencia ficción más celebrado que George H. White, el creador de la Saga de los Aznar, la columna vertebral de la colección Luchadores del Espacio de Editorial Valenciana (a la que también contribuyó vomo Van S. Smith).

Eran unos tiempos en que los españoles, con menos opciones de ocio (por disponibilidad y economía) que hoy en día, consumían todas las semanas decenas de miles de bolsilibros (o “libros de a duro”), de ciencia ficción, de hazañas bélicas, del oeste, románticos, policíacos… Esos libritos, de calidad variable, venían en general firmados por misteriosos autores de nombres tan sonoros como Clark Carrados, Curtis Garland, P. Danger, Alf Regaldie, Keith Luger, Ralph Barby, Joe Benet o Silver Kane, y pocos tenían la sospecha de que tras ellos se escondían conciudadanos, profesionales de la producción en masa de entretenimiento popular (Luis García Lecha, Gerardo López Muñóz, Pedro Domingo Mutiñó/Domingo Santos, Alfonso Arizmendi, Miguel Oliveros Tovar, Rafael Barberán Domínguez y Àngels Gimeno, José Luis Benet Sanchís o Francisco González Ledesma… entre muchos otros).

(Vídeo de Juan Miguel Aguilera)

El de Enguídanos fue un caso particular. En unas condiciones tan poco propicias, y sin excesivos referentes externos, supo imaginar a lo grande, con aventuras espaciales que nada tenían que envidiar a la de los grandes maestros anglosajones, pero con un estilo propio, que lo hizo destacar. Así pues, su gran saga fue merecedora de una reedición en los setenta, que alcanzados los 32 títulos iniciales se continuó con otros veintidós, extendiéndose por miles, millones de años y visitando sistemas estelares tan exóticos como los de Redención, Nahum o el Circumplaneta y enfrentado a la humanidad de titanio, los crueles thorbod o el Imperio Milenario. En 1978, la Saga de los Aznar fue reconocida en la Eurocon de Bruselas como la mejor serie de ciencia ficción europea.

Concluida la etapa de los bolsilibros, pocos de estos autores consiguieron dar el salto a otro tipo de litetura (que, de todas formas, ya no daba para vivir) y en muchos casos volvieron al anonimato. Tal fue el caso de Pascual Enguídanos, que siguió viviendo en su Llíria natal (a la que había regresado cuando la riada de Valencia de 1957), ignorante de la repercusión que seguían teniendo sus novelas… Porque al contrario que pasó con la mayor parte de los títulos, la obra de George H. White, y en particular la Saga de los Aznar, siguió presente en la memoria de los aficionados.

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A principios de los años 90, los escritores Javier Redal y Juan Miguel Aguilera localizaron su casa y lo reconectaron ligeramente con el fándom, siendo invitado de honor de la Hispacon de 1994 (y recibiendo el premio Gabriel a toda una vida en la de 2003). Todo ello propició también un segunda reedición, ya con tiradas minúsculas, de la Saga a través de la editorial Silente entre 1999 y 2007.

Yo tuve ocasión de conocerle a finales del 2003, gracias a toda una serie de carambolas que acabaron conmigo en su domicilio, todo nervioso y entrevistándolo para un libro de la Universitat de València sobre la colección Luchadores del Espacio. Básicamente, estaba a mano, había hecho mis pinitos en ciencia ficción y había leído varias veces la Saga, gracias a unos libritos amarillos, comprados por mis padres más o menos por la época en que nací, cuyos huecos (son libros muy frágiles) estuve rellenando durante años.

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Fue más que leerla, por supuesto. Casi, casi supusieron mi introducción a la ciencia ficción, y aunque después han venido muchos cientos de novelas más, eso es algo que marca.

En unas semanas disfrutaré de una nueva oportunidad de rendirle homenaje al maestro Enguídanos. Formo parte del jurado del II Concurso de Relatos Cortos “Pascual Enguídanos-George H. White”, cuyo fallo haremos público ese sábado a las 13:00, y luego, por la tarde, participaré en mesa redonda sobre su obra (a partir de las 19:00), junto con Juan Miguel Aguilera, Manuel Enguídanos y Francesc Rozalén.

<Actualizado 19/9/16: Podéis consultar el resultado del certamen en la web de del ayuntamiento de Llíria>

Podéis consultar los horarios de todos los actos en la siguiente imagen (pulsad sobre ella para verla en su tamaño real).

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Por supuesto, estáis todos invitados a los actos de homenaje a don Pascual, a revivir junto con nosotros la fascinación por el autoplaneta Rayo, Valera, las máquinas Karendón, la luz sólida, los baptures, los hombres planta… por el legado, en suma, de una imaginación prodigiosa, que (ojalá se mantenga) va recibiendo poco a poco el reconocimiento que se merece.

La Saga de los Aznar en Rescepto:

Presentando: Herederos de Cthulhu

•agosto 29, 2016 • Dejar un comentario

Hace unos días se ponía a la venta, en formato electrónico, la antología “Herederos de Cthulhu”, de Kokapeli Ediciones, un homenaje a los escritos de Lovecraft, tan influyentes todavía, a algo menos de un siglo de su publicación original. No es tarea fácil seguir siendo relevante tanto tiempo después, y más raro todavía es el truco de ser, quizás, más influyente ahora que cuando estaba vivo.

Herederos_Cthulhu

Ya entonces H. P. L. fue el epicentro de un variopinto grupo de escritores, entre los que se contaban pesos pesados del fantástico como Robert E. Howard, Clark Asthon Smith, Robert Bloch, Henry Kuttner, C. L. Moore o August Derleth (el llamado Círculo de Lovecraft), y son innumerables los autores que han reconocido explícitamente su influencia (desde Stephen King a Neil Gaiman, pasando por Fritz Leiber, Ramsey Campbell, Alan Moore, Mike Mignola, Brian Lumley, Clive Barker…). Antes o después, cualquier escritor de terror siente la necesidad de escribir su propio relato lovecraftiano, y los autores españoles no somos una excepción, atrapados por la fascinación oscura del escritor de Providence al menos desde que Rafael Llopis y Francisco Torres Oliver nos lo redescubrieran con su edición de “Los mitos de Cthulhu” en 1969.

Este proyecto, coordinado por José Javier Arnau, no hace sino reconocer esta deuda, a través de quince relatos, la mayoría inéditos, otros recuperados de aventuras previas (como es el caso de mi aportación). Los autores y cuentos recopilados son:

  • Beatriz T. Sánchez con «Los ojos de Yog-sothot»
  • Javier Redal con «El horror sin nombre»
  • Nieves Delgado con «El color que salió del agua»
  • Laura López Alfranca con «Arrastra las palabras»
  • Heberto de Sysmo con «El cuadro negro»
  • Juan José Tena con «El heredero»
  • Marta Martínez Velasco con «La invocación»
  • Pablo García Naranjo con «Advenimiento»
  • Aída Albiar con «La Hermandad del umbral de la vida»
  • León Arsenal con «Whateley terminal»
  • Sergio Mars con «Yamata-no-Orochi»
  • Javier Arnau con «En el inframundo»
  • Sonia Córdoba y Alberto Valverde con «Origen»
  • J.E. Álamo con «Abdel Muta’al»
  • Ramón San Miguel con «Infiltrada»
  • Gabriel Romero de Ávila con «El demonio está aquí»
  • Ramón Muñoz con «Final de trayecto»
  • Portada de Pablo Uría

Por lo que respecta a mi cuento, “Yamata-no-Orochi”, lo publiqué originalmente en 2007, en el número 7 del fanzine Miasma (al que le quedaban apenas tres números más), y el año siguiente fue seleccionado para la antología “Fabricantes de sueños 2008” (que recopilaba los mejores cuentos publicados durante el año anterior). Aún volvería a ser editado, en 2012, en la antología “Insomnia”, uno de los ultimísimos títulos del Grupo AJEC (de modo que sufrió directamente todos los problemas derivados de una quiebra editorial). A ver si en esta nueva oportunidad le sonríe un poco más la fortuna y es capaz de llegar a un público más amplio.

En cierto modo, se podría considerar una secuela apócrifa de “La llamada de Cthulhu”, con conceptos como los que Lovecraft manejaba en torno a 1926, justo antes de que empezara a transformar su panteón mitológico en una amenaza alienígena (la mal llamada fase de los Mitos, propiamente dicha). Es, en ese sentido, bastante canónico, aunque siempre considerando que la obra lovecraftiana, lejos de conformar una visión única y coherente, fue oscilando entre distintas perspectivas…. como las estrellas, buscando encontrarse en posición.

Esa diversidad permite también que distintos autores encuentren formas diferentes de rendir homenaje a Howard Phillips Lovecraft, y “Herederos de Cthulhu” es una buena muestra de ello como se apunta en la sinopsis, que copio a continuación:

Podríamos decir que, además del padre, Howard Phillips fue ideólogo de los Mitos de Cthulhu. Cuando comenzó a producir los cuentos, no tenía en mente otra cosa que explorar el terror primigenio —ese que enfrenta al alma humana con los terrores de un cosmos desconocido— como eje de sus historias. Pero, pronto comenzó una relación epistolar con otros autores, el Círculo de Lovecraft, del que surgieron una serie de narraciones que compartían una serie de elementos y que engrosaron el corpus de los llamados Mitos de Cthulhu.

En esta antología, muchas décadas después, un grupo de autores españoles nos ofrecen sus propias exploraciones de los Mitos de Cthulhu. Aquí, encontraremos a autores que han frecuentado de manera asidua los Mitos junto a otros que los abordan por primera vez. Leeremos relatos ajustados al canon de los Mitos, otros más fronterizos y algunos experimentales. Los hay de terror puro, homenajes, humor y hasta alguna parodia. Los autores noveles se mezclan con otros muy veteranos, y los cuentos de manera expresa para la antología lo hacen con otros que ya fueron publicados hace años. Todos juntos, nos dan una panorámica bastante ajustada —aunque, como siempre, incompleta— del influjo que los Mitos de Cthulhu han tenido y tienen en los escritores de fantástico español.

Seguro que no necesitáis de mayor incentivo.

Podéis encontrar “Herederos de Cthulhu” en las principales plataformas de distribución de libro electrónicos (mobi y epub, sin DRM y con todo un complemento de extras), tales como Amazon, La Casa del Libro, Lektu o Google Play.

22/11/63

•agosto 25, 2016 • Dejar un comentario

Tras haber leído todo cuanto Stephen King escribió antes del 2001, no había vuelto a visitar su ficción hasta ahora, con “22/11/63” (“11/22/63” según la ordenación anglosajona original), su novela de 2011 que explora el viaje en el tiempo, bajo unas reglas muy particulares, con el objetivo de prevenir el asesinato de John F. Kennedy.

Las razones de este “abandono” son diversas. Por un lado está el significativo bajón en la calidad de los libros de King durante los noventa, unido a una falta de interés apriorístico por sus propuestas desde entonces. También cabría considerar la importante diversificación de mis lecturas en lo que llevamos de siglo, especialmente desde la creación de este blog, que ha complicado sobremanera la gestión de la Pila (intentar abarcar tres siglos de literatura fantástica deja muy pocos huecos libres para “caprichos”).

El caso es que, finalmente, he podido ponerme con la que tal vez sea la novela de Stephen King más aclamada de los últimos lustros, y el reencuentro ha sido suave, quizás algo por debajo de las expectativas en determinadas facetas, pero satisfactorio en términos generales.

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Lo cual resulta en cierto modo una pena, porque podría haber sido mucho más. El problema de “22/11/63” es que hay en ella al menos tres novelas peleando por los focos, una magnífica, las otras dos no tanto. Prescindiendo de ésas últimas, tendríamos un novelón (con trescientas páginas menos), y es un testamento a la calidad de Stephen King el que, pese a todo, siga siendo un gran novela.

El protagonista es Jake Epping, un profesor de literatura de Maine que es “reclutado” por un conocido del pueblo para la misión de salvar a JFK. Tal extremo es posible dado que este hombre, Al, ha descubierto que existe una especie de túnel que conecta el almacén de su bar con el 9 de septiembre de 1958, cinco años antes del magnicidio. Durante años estuvo aprovechándose de él para comprar carne de primerísima calidad a precio de ganga, pero en los últimos tiempos se obsesionó con cambiar el rumbo de la historia pasada de los EE.UU., y sólo un inoportuno cáncer le impidió completar él mimos la autoimpuesta tarea.

Las reglas del viaje temporal son simples. No importa cuánto tiempo se quede en el pasado, vuelve siempre cinco minutos después de haberse ido; y cada vez que cruza el túnel el pasado se resetea, y todo lo que cambió en el viaje anterior vuelve al rumbo original. Además, el pasado se “protege”, poniendo dificultades cada vez mayores en el camino de cualquiera que intente cambiarlo, con un efecto más y más intenso de acuerdo con la magnitud del cambio previsto.

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Tras las dudas iniciales, Jake acaba por aceptar su papel, y viaja a 1958 bajo el nombre de George Amberson, aunque antes de abordar su objetivo principal decide hacer una prueba previniendo el asesinato de casi toda una familia por parte del padre borracho (conocimiento que le llega en forma de redacción por parte del único superviviente). Casualmente, este suceso tiene lugar en Derry, pocos meses después de los hechos narrados en la línea temporal del pasado de “It” (1986).

Solventado satisfactoriamente este asunto (a la segunda), da comienzo la trama principal, que encuentra a Epping/Amberson disfrutando de las cosas buenas del pasado (sin olvidar las no tan buenas, como el racismo, especialmente vigente en Texas) y preparándose para seguirle la pista a Lee Harvey Oswald, desde su retorno a los EE.UU. después de su truncada deserción a Rusia. El objetivo de esta vigilancia es comprobar si, efectivamente, actuó solo y no como pieza desechable de una conspiración, única circunstancia que permitiría salvar al presidente eliminándolo previamente.

Así, Jake empieza a vivir entre Dallas y Fort-Worth (lugares de residencia de Oswald en estas fechas), aunque escoge también, tanto por motivos económicos como psicológicos, llevar una vida más o menos normal en un pueblecito cercano, Jodie, donde sin pretenderlo realmente se verá atrapado por la vida a principios de los años 60 y encontrará incluso el amor en la forma de la joven bibliotecaria Sadie Dunhill.

Stephen King recrea en “22/11/63” la añorada vida de su juventud (nació en 1947), mientras realiza una aproximación tangencial (la única factible) al misterio del asesinato de Kennedy, que tuvo lugar bajo unas circunstancias que han dado pie a la especulación y a la proliferación de las más variopintas teorías conspirativas (quizás por lo prosaico de los hechos contrastados).

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Con su maestría narrativa, Stephen King navega con mano firme por entre los hechos históricos, entretejiendo una semblanza poco halagüeña (y probablemente acertada) de Lee Harvey Oswald, examinando de paso al resto de personajes de su entorno, su esposa rusa Marina, el expatriado ruso (y quizás activo de la CIA) George de Mohrenschildt o el agente del FBI James Patrick Hosty. Los importantes huecos que aun hoy presentan la biografía de Oswald, los rellena con su (doble) vida en Jodie y los altibajos de su complicada relación con Sadie… y cuando no hay más remedio, la fuerza correctora del pasado interviene para que Jake no pueda averiguar nada que no sepamos (o intuyamos) ya sobre esos acontecimientos que condujeron al crimen que conmovió a todo un país y al mundo.

Como comentaba, son tres las “novelas” que pugnan por el control del libro. Por un lado está todo lo relacionado directamente con el magnicidio, que conecta con la novela histórica, un género que era terra ignota para King (la idea de abordar esta historia existía desde al menos 1974, pero hasta el 2011 no se sintió capacitado para llevarla a buen término). La excusa del viajero temporal no es nueva en estos menesteres, pero sí imprescindible, dado lo anodino de la vida de Oswald, que lo mantuvo por debajo del radar (en parte por graves errores de juicio de las fuerzas del orden) hasta el momento fatídico. La espera, además, le ha dado un nuevo sentido a la historia, pues en los últimos años se está haciendo popular el concepto de que en algún punto entre la administración de Kennedy y la de Nixon el rumbo de la nación se torció (personalmente, creo que se trata más de una percepción de declive).

De igual modo, aunque no tenga nada que ver con Kennedy, la vida de Jake en Jodie es fundamental como contrapunto dramático y para proporcionar el “sabor” de principios de los sesenta. Todos los personajes del pueblo, “Deke”, Miz Mimi, Ellie, los alumnos del instituto Denholm… son creíbles y memorables, y en conjunto aportan el ancla de cotidianidad que permite aceptar los elementos más fantásticos (como una querencia del pasado por los motivos recurrentes).

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Antes, sin embargo, Stephen King se ha permitido un autohomenaje que no termina de encajar en el conjunto (y que, de hecho, frena la lectura durante un par de centenares de páginas). La visita de Jake a Derry (donde incluso conoce a dos de los protagonistas de “It”) entronca más con su producción habitual, y requiere de cambios en la aproximación de los que el propio autor es consciente. La muerte de Frank Dunning (el padre borracho) sigue con bastante fidelidad el guión típico de las historias del Maine oscuro de King, lo cual contrasta con el tratamiento obligadamente realista (y por ello confuso y ambiguo) de Lee Harvey Oswald y su crimen.

Tal vez el autor pretendía destacar la diferencia (y las similitudes, pues luego se encarga de recalcar que Dallas y Derry son la misma cosa), pero tal vez resulta un fragmento un poco autoindulgente, que corta el ritmo de la narración. Como examen de la relación entre el mal en la ficción de King y en la realidad tiene su mérito, pero la decisión de darle tanto peso en la novela resulta cuestionable.

Peor, sin embargo, es la tercera “novela”, la que abraza sin ambages los aspectos más fantásticos de la historia. En mi opinión, King se pasa de frenada. Intenta adornar en demasía una buena estructura (con un importante fallo lógico, pero bueno, es muy difícil controlarlo todo en las historias de viajes en el tiempo), introduciendo elementos innecesarios (el hombre de la tarjeta amarilla y los daños catastróficos en el continuo espacio-temporal) y poco trabajados. Para un cuento, o quizás incluso una novela corta, servirían, pero integrados en el todo mayor se perciben a medio cocer y, lo peor, innecesarios (por fortuna, tampoco molestan demasiado). La historia de Jake y Lee Harvey Oswald, junto con las consecuencias meramente ucrónicas de sus acciones, bastaban con creces para sostener la novela.

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En conjunto, sin embargo, pesan mucho más los aciertos que los fallos, y tenemos una muy interesante novela de ciencia ficción (un género al que no es para nada ajeno King), con importantes rasgos de novela histórica, que le ha valido al autor numerosos parabienes. Así, por ejemplo, y en lo que nos atañe a los lectores de literatura fantástica, “22/11/63” acabó segunda en la votación de los Locus de 2012 en la categoría de novela de ciencia ficción (por detrás de “Embassytown“), y de igual modo fue finalista del World Fantasy Award y del August Derleth (British Fantasy Award).

En 2016 la productora televisiva Hulu produjo una miniserie de ocho capítulos basada (es un decir) en la novela, aunque lo cierto es que cualquier parecido entre la una y la otra, salvo quizás en los capítulos inicial y final, es pura coincidencia.

En esta ocasión no incluiré enlaces a otras críticas (más que nada porque me resulta actualmente imposible ponerme a separar el grano de la paja; quizás más adelante pueda volver y hacer una criba).

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Alma y el Poeta

•agosto 22, 2016 • Dejar un comentario

Dissident Tales fue una gran iniciativa editorial que por desgracia no consiguió asentarse. Entre sus propuestas se contaba la colección ReBro de novelas cortas ilustradas (de las que ya reseñé la primera, “El rayo rojo“, de Roberto Malo y CalaveraDiablo). En 2015 lanzaron “Alma y el Poeta”, de José María Tamparillas, fotoilustrada por Marifé Castejón, que ha cosechado una nominación al premio Ignotus de novela corta.

El volumen, además, contiene el cuento “La mirada del dodo”, que fue premio Nocte en 2013 y está protagonizado también por el Poeta y se ambienta igualmente en el barrio; sí, ese barrio, el barrio que conforma los intestinos de cualquier gran ciudad, ahí donde se acumula la mierda, no por designio, sino porque en algún lugar debe hacerlo.

Son barrios con sus propios reyes, insignificantes en el exterior, pero tiranos en sus dominios, como el Sotanas; con sus puntos focales, como el bareto El Cigüeñal, regentado por Miguelón; y con sus pequeñas celebridades locales, como el Poeta. Todos con su papel, pero en el fondo todos a una misma altura, no muy por encima de las putas, los ladronzuelos o los vecinos humildes de toda la vida… y de varias vidas antes que ésta.

alma_poeta

Es en este escenario que Tamparillas sucede y actualiza la tradición romántica oscura, ésa que surgió en Alemania allá por principios del siglo XIX de la pluma de autores como E.T.A. Hoffman, y que tras pasar por toda Europa acabó encontrando un esplendor tardío en tierras americanas, bajo la influencia de Edgar Alan Poe. “Alma y el Poeta” es, sin duda, un cuento neogótico.

Pero ojo, no es un ejercicio de mera copia, “Alma y el Poeta” no se limita a apropiarse de elementos que funcionaron en el pasado y a insertarlos en un contexto contemporáneo. Toda la narración es contemporánea. Por eso hablo de tradición, no de homenaje o pastiche. Una tradición actualizada, ajustada a los tiempos, tanto en el fondo como en la forma, que abre en el corazón de nuestras ciudades una puerta a una oscuridad fantástica que no es sino contrapunto a la oscuridad cotidiana, y por desgracia muy real, que ya habita en ellas.

Esto resulta bastante evidente en la novela corta, que en cierto modo gira en torno a la caída en desgracia del Sotanas, el perro alfa del barrio, el matón que no duda en reafirmar su dominio mediante el ejercicio de la violencia más extrema e irreflexiva. En su regreso al barrio, sin embargo, el Poeta lo descubre atrapado bajo el hechizo de Alma, una misteriosa mujer que proyecta sobre todos un aura de fascinación y terror.

En cuanto a “La mirada del dodo”, su conexión contemporánea es más intensa incluso, al tratar el tema de los desahucios, con un personaje inquietante, el hombre-dodo, como encarnación de la indiferencia ante al sufrimiento e incluso la muerte.

La mirada del Dodo

No es casualidad que ambas historias se nos presenten desde la perspectiva del Poeta. La suya es una mirada a un tiempo interna, como parte integral del barrio, y externa, con una sensibilidad que le permite, quizás, percibir lo oculto. No necesariamente lo fantástico. El elemento fantástico no es sino una capa intermedia, o quizás una manifestación externa de realidades subyacentes más profundas.

En “Alma y el Poeta” encontramos seres que podrían ser brujos o quizás demonios, encontramos gatos tuertos que regresan de la tumba, encontramos muerte y locura; pero sobre todo encontramos personas al límite, desesperadas, y más que desesperadas, desesperanzadas. Encontramos el lado oscuro de la ciudad, con una oscuridad cotidiana, que no tiene prácticamente nada de excepcional; una oscuridad a la que podrías llegar a acostumbrarte por su normalidad… a no ser que la mirada de un Poeta la resalte para ti.

Para concluir, quisiera resaltar la labor de Dissident Tales en la edición. Es terrible que un proyecto tan cuidado se haya visto abocado a la cancelación por falta de apoyo. De igual modo, resaltaría la labor en la ilustración de Marifé Castejón, realizada a partir de retoque fotográfico, en blanco y negro, con un tratamiento que transmite a la perfección esa sensación de cotidianidad vista a través de la lente de lo fantástico.

Otras opiniones:

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Fallo del II certamen Cápside-CIFICOM

•agosto 15, 2016 • Dejar un comentario

Ya tenemos fallo para la segunda edición del concurso CIFICOM, de relatos de ciencia ficción, patrocinado por Cápside Editorial, de cuyas bases me hacía eco hace unas semanas:

CIFICOM-logo

A 15 de agosto de 2016, Sergio Mars y Vicente Hernándiz, como jurados del II Concurso CIFICOM de relatos de ciencia ficción, han decidido conceder el primer premio, dotado con 100 euros, a «La canción de Orfeo», obra de María Tordera Baviera.

De igual forma, han decidido conceder los dos segundos premios, dotados con packs de libros, a los relatos «Hacia la última estrella», de José Luis Millán Bonillo (mención especial por parte de Vicente Hernándiz), y «Viajero de gusano», de Daniel Garrido Castro (mención especial por parte de Sergio Mars).

Por último, acuerdan nombrar finalistas, y de este modo participantes en la antología conmemorativa a editar por Cápside Editorial, a los escritores (indicados por orden alfabético):

Marisa Alemany López por «Diario de una bioexploradora»
Eva García Guerrero por «La Luna existe cuando la miramos»
David G. González por «Las carpas del jardín japonés del té»
Pedro Moscatel por «Navegantes de eternidad»
Josué Ramos por «Quinta sinfonía en do sostenido menor»
Mª Concepción Regueiro Digón por «La chambre nue»
Ana Tapia por «La chica más veloz de Babilonia»

Los jurados desean destacar la alta calidad media de los relatos presentados, y agradecen a todos sus autores su participación en la segunda edición de este certamen.

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La entrega de premios y presentación del volumen conmemorativo tendrán lugar en horario aún por determinar durante la celebración del festival CIFICOM 2016, en Valencia, los próximos días 8 y 9 de octubre.

 
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