Neverness

•octubre 13, 2017 • 1 comentario

En 1988 David Zindell publicó “Neverness”, su primera novela, que posiblemente sea una de las obras de ciencia ficción más espectaculares, ambiciosas y infravaloradas de la historia del género.

Su pecado quizás sea entremezclar dos conceptos aparentemente antitéticos, como pueden ser space opera y exploración filosófica… destacando además en ambas facetas como pocos títulos lo logran en sólo una. La mayor parte de las críticas se centran sobre todo en su capacidad de worldbuilding, al presentarnos una sociedad futura (dentro de unos tres mil años) compleja, exótica y auténticamente diferente en lo que respecta a psicología y valores.

En el planeta helado de Nevada, la ciudad de Neverness constituye la base de la orden de los Pilotos, una organización semi monacal de matemáticos, capaces de desentrañar a bordo de sus naves-luz la topología profunda del universo, lo que les permite saltar entre las estrellas en una misión eterna de exploración. Aunque no sólo ellos habitan la ciudad, sino que existe todo un entramado de órdenes menores, cada una con su propia función, tales como los escatólogos, los scrytas, los horólogos, los céticos o los talladores. Eso sin contar a diversas especies alienígenas y a órdenes rivales como la de los guerreros poetas… ni por supuesto a los dioses.

Los dioses tal vez fueron humanos en su orígenes, pero al entregarse a la modificación genética han ido poco a poco divergiendo y alcanzando conocimientos y poderes cuando menos semidivinos, porque la auténtica divinidad corresponde a inmensas inteligencias artificiales, cuyo hardware abarca nebulosas enteras, o quizás a los ieldra, la raza ancestral que sembró la galaxia de vida y luego desapareció.

La novela arranca con un doble misterio (interrelacionado). Por un lado, las estrellas de una región del espacio conocida como el Vild están estallando como supernovas, sin que nadie pueda aventurar una hipótesis al respecto. Además, el Lord Piloto Soli regresa por sorpresa del viaje más lejano realizado hasta la fecha con el mandato de buscar las Eddas, la antigua sabiduría de los ieldra, que supuestamente contienen el secreto de la vida, que asegurará la supervivencia del ser humano.

Entre los Pilotos llamados al desafío se cuenta el novato Mallory Ringess, sobrino de Soli y un matemático arrogante, que en una pelea de taberna pronuncia el apresurado juramento de penetrar los secretos de la Entidad de Estado Sólido, una diosa nebular que a lo largo de los siglos se ha cobrado las vidas de algunos de los mejores pilotos de Neverness. Es el arranque de una aventura de exploración que apunta a las grandes preguntas en torno al ser humano: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? ¿Qué es la inteligencia? ¿Existe el libre albedrío? ¿Cuál es la relación entre el universo percibido y el universo real? ¿De dónde surgen las matemáticas?

“Neverness” desborda ambición, y lo curioso es que cumple con casi todo lo que se propone. Se la ha comparado a menudo con “Dune“, y hay motivos de sobra para esa comparación, pero en mi opinión David Zindell supera a Frank Herbert en casi todos los frentes, en especial por lo que se refiere a la profundidad filosófica (lo de Herbert se me ha antojado siempre más aparente que profundo). No es que la novela presente muchas respuestas, pero sí que realiza las preguntas adecuadas.

Donde resulta claramente inferior es en la descripción de su protagonista. Tanto Mallory Ringess como Paul Atreides se ajustan más o menos al molde del Elegido, pero en el caso del Ringess no es resultado directo de una planificación religiosa (la Misionaria Protectiva), sino que es especial porque sí… y llega un momento en que resulta un tanto cargante su acumulación de singularidades (aunque nunca cae en la trampa de hacerlo heroico o incluso simpático; es simplemente la excusa de la exploración filosófica, un medio, no un fin).

Las carencias como personaje del protagonista, sin embargo, queda sobradamente compensadas con el elenco de secundarios, desde su mejor amigo, el hedonista Bardo, hasta el antagonismo de Soli o del Maestro del Tiempo, la ambigüedad de su madre o la extraña filosofía vital del guerrero poeta en cuyo camino se cruza (por no hablar de toda la tribu alaloi, o neoneandertal, entre quienes habitan una temporada). 

A la postre, si eliminamos toda la especulación secundaria, lo que nos queda es uno de los arquetipos más antiguos y poderosos de la mitopoiesis humana: la búsqueda sagrada de la inmortalidad y la trascendencia (con la revelación final de la participación de una importante figura mitológica muy relacionada con esta cuestión), apuntando además a la necesidad del cambio y la renuncia a la humanidad para alcanzar el siguiente nivel de consciencia (cósmica). Casi nada…

Por supuesto, no todo acabó ahí. En la misma serie, Zindell publicó la trilogía A Requiem for the Homo Sapiens, consistente en los libros “The broken god”, “The Wild” y “War in heaven” (cuya acción es un poco posterior a la de “Neverness” y termina de atar algunos de los elementos que quedan sueltos en la novela). Su escasa bibliografía se completa con la serie de fantasía épica del Ciclo de Ea (que trata sobre la evolución de la consciencia), consistente en cinco novelas (empezando por “The lightsone”).

Por su enfoque filosófico, no es extraño que David Zindell esté más reconocido en el Reino Unido de lo que al parecer lo está en sus Estados Unidos natales. Filosofía y space opera es una combinación que evoca más a autores como Wells o Stapledon que a los maestros del pulp. En cuanto a premios, tan sólo apareció (y no en puestos significativos) en los listados de primeras obras relevantes (octavo puesto en el Locus de Primera Novela, que ganó Ian MacDonald por “Camino Desolación”, y mención en el Arthur C. Clarke, que fue para Geoff Ryman por “El jardín de infancia“).

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Juego mortal

•octubre 4, 2017 • Dejar un comentario

Tras varios años escribiendo relatos, en 2008 David Walton publicó su primera novela, “Juego mortal” (“Terminal mind”), que le supuso el premio Philip K. Dick (compartido) y lanzó una carrera que cuenta ya con cinco novelas.

En una Filadelfia de un futuro indeterminado, transformada en una ciudad estado a resultas de un conflicto nuclear que ha arrasado los viejos EE.UU., un par de amigos, procedentes de estratos sociales muy diferentes, liberan por error una especie de virus informático mientras hackean un satélite militar. Tras un fallo casi catastrófico en los sistemas de la presa que evita la inundación de los varios pobres de la ciudad (el Comb) por parte del río Delaware, el virus parece desvanecerse, pero pronto descubren que se trata en realidad de un “rebanador”, una inteligencia artificial creada por procedimientos poco éticos a partir del escaneo de un cerebro humano (que queda destruido en el proceso). Por si fuera poco, la violencia del conflicto latente entre pobres (combers) y ricos (rimmers) está a punto de escalar hasta extremos impredecibles por la introducción de una nueva tecnología de construcción que extenderá aún más el desempleo.

El autor hubiera podido tomar esos elementos y trabajar sobre ellos. En vez de ello, opta por seguir añadiendo más y más piezas, sacrificando cualquier atisbo de profundidad. Así, tenemos a una experta en contramedidas informáticas, con un pasado trágico, que no sólo está involucrada en la liberación del rebanador (que se encontraba bajo su custodia), sino que pronto pondrá de manifiesto enlaces mucho más profundos con la trama. También tenemos al padre de uno de los chicos, un político rimmer hundido hasta el cuello en las luchas de poder de los privilegiados de la ciudad, y al doctor Alastair Tremayne, un especialista en modding (transformación corporal; algo así como cirugía plástica avanzada) que confabula en la sombra, con su propia agenda secreta.

Un momento, que hay más. Tenemos también a la hija pija del político, una caricatura de ricachona echada a perder al más puro estilo Paris Hilton; y a una joven provinciana, recién llegada a la ciudad desde una comunidad ultrarreligiosa, que acaba encajando en un incómodo hueco entre rimmers y combers. Por último, para sorpresa de nadie, hay que contar con la inteligencia (pseudo)artificial del rebanador, tan poderosa intelectualmente como vulnerable desde una perspectiva emocional.

Todos esos elementos van encajando, en una trama trepidante que he visto acertadamente descrita como “el camino de menor resistencia”. Desde luego, “Juego mortal” no decepciona, en el sentido de que no deja sin tocar un solo lugar común de la literatura cyberpunk (salvo quizás, por eso de las nuevas sensibilidades, en lo que respecta a la total asusencia de drogas). La esperanza del autor es que ese dinamismo frenético oculte lo estereotipado de los personajes y la sucesión de coincidencias inverosímiles.

Vamos, que no hay mucho en donde excavar en busca de algo novedoso (o siquiera sustancioso). Hay conflictos éticos, sí, pero tan palmarios que no desafían un ápice nuestras preconcepciones. Más que “conflicto”, de hecho, lo que se nos ofrece es una patente vulneración de cualquier principio moral, que dibuja claramente la línea de separación entre el bien y el mal.

Lo curioso es que precisamente su carencia absoluta de sutileza podría constituir su mejor baza, porque “Juego mortal” nos ofrece con absoluta falta de vergüenza el más puro ejemplo de doctor loco que he leído jamás (y sí, he intentado hacer memoria buscando otros candidatos al trono, pero no, indisputado para Alastair Tremayne). Ojo, no es “loco” en el sentido de transtornado mental, sino por una sociopatía tan perfecta, una carencia sin mácula (es un decir) de cualquier atisbo de sentido moral, que resulta hasta fascinante. ¿Es ridículo? Sí, mucho; pero al mismo tiempo constituye una entrega tan desinhibida al arquetipo, tan carente de cualquier tipo de justificación para su empleo en la exploración de dilema ético alguno, tan pura en su prístina crapulencia, que resulta refrescante.

Eso sí, no acabo de entender lo de la concesión del Philip K. Dick (compartida con “Emissaries from the dead”, de Adam-Troy Castro). “Juego mortal” es una novela que no transita por un solo camino nuevo, un cyberpunk prototípico, publicado con casi quince años de retraso, en el que hasta la crítica social se antoja formulaica, casi de compromiso. Tal vez la explicación quepa encontrarla en que el Dick es una premio promovido por la Asociación de Ciencia Ficción de Filadelfia. A lo mejor la novela hace gala de referencias a la política local que a un lector foráneo se le escapan (dudoso, pero cosas más raras se han visto).

Para añadir falta de distinción al asunto, su edición en español pasó prácticamente desapercibida, empañada por una traducción pobre, un título alterado que no puede ser más genérico, una ilustración de cubiertas inadecuada y uno de los peores textos de contraportada que he leído nunca (escrito sin duda por alguien que no había leído la novela)… a lo que sumar hasta un error en la edición del Philip K. Dick que se le atribuye.

Como no hay mucho más que añadir, quisiera concluir con una reflexión. En los quince años de andadura de Solaris Ficción (la colección donde apareció), con ciento ochenta títulos publicados, sólo se incluyeron dos títulos de autor español, la magnífica “Las fuentes perdidas“, de José Antonio Cotrina, y al final, cuando ya estaba la editorial por echar el cierre, un premio Bubok, que es más autoedición que otra cosa (si añadimos los libros de la colección hermana de Solaris Terror, podemos sumar setenta y cuatro títulos más al contador foráneo). ¿De verdad en esos quince años no hubo novelas fantásticas españolas mejores que “Juego mortal”? (por poner un ejemplo). ¿Por qué resulta tan complicado publicar en las mismas condiciones? (sobre todo por lo que respecta a tirada y distribución). Cualquiera diría que ahorrarse la traducción (sí, ya, mejor no hablar mucho de las traducciones de La Factoría) bastaría para compensar cualquier supuesta carencia comercial, pero no, no hay manera. ¿Son nuestros editores a los que les repele el trabajo de editor y se contentan con el de reimpresor o son los lectores los que, efectivamente, padecen de prejuicios insalvables?

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Lord of Light (El Señor de la Luz)

•septiembre 30, 2017 • 4 comentarios

Roger Zelazny fue quizás el autor que más contribuyó a configurar la New Wave estadounidense con unas características particulares, no del todo coincidentes con la producción británica coetánea. Su irrupción por todo lo grande en el panorama de la ciencia ficción se había confirmado en 1965, con la serialización de su primer premio Hugo, “Tú, el inmortal“. Dos años después repitió galardón, concedido a “El Señor de la luz” (“Lord of light”, 1967), por delante de otros grandes nombres de la incipiente New Wave estadounidense, como Samuel R. Delany (“La intersección de Einstein“) y Robert Silverberg (“Espinas“).

Sin embargo la producción de Zelazny, en mi opinión, nunca llegó a profundizar más allá de una pequeña revolución formal y una ruptura de esquemas tradicionales. Más preocupado por la estética que por el trasfondo, Zelazny jugó a menudo con la mitología y el lenguaje de la fantasía, disfrazados de ciencia ficción (aunque también se podría argumentar lo contrario), dibujando un paisaje ambiguo en el que sus personajes cooptan la fuerza arquetípica de sus referentes, aunque sin terminar de aportarles nuevos significados.

En el caso de “El Señor de la Luz” esos referentes mitológicos cabe encontrarlos en parte en la mitología hindú, que constituye el molde escogido por los primeros colonizadores de un mundo extraterrestre para crear una teocracia fundamentada en el ciclo kármico de las reencarnaciones. Algunos de ellos, los Primeros y sus más directos descendientes (aunque toda la población humana del planeta proviene del pequeño contingente original), han asumido, mediante la combinación de propiedas innatas y alteración biotecnológica, Aspectos (una suerte de mezcla entre iconografía y psicología) que realzan sus Atributos (capacidades ampliadas), encarnando de forma bastante literal una réplica de los antiguos arquetipos divinos. La sostenibilidad del sistema (caracterizado en lo social por la existencia de castas), pasa necesariamente por un férreo control sobre cualquier posible avance tecnológico desestabilizador, estrategia que no convence a todos los dioses.

La novela, a grandes rasgos, narra la rebelión de uno de los Primeros, Sam, también conocido como Kalki (asumido su Aspecto), o Mahasamatman (Gran Alma Sam), o también Siddharta, el Iluminado, defensor del aceleracionismo (la doctrina que propugna la educación de los hombres) y fundador de la nueva/vieja religión (el budismo), como fuerza debilitadora del hinduismo.

Pero aún hay más. Están, por ejemplo, los habitantes originales del planeta, unos entes de pura energía conocidos como los Rakshasa o demonios, derrotados hace milenios por los dioses y encerrados en virtud del Atributo de Sam (que le permite controlar las radiaciones electromagnéticas), y también Nirriti el Negro, uno de los Primeros, descontento con la implantación del hinduismo y dispuesto a lo que haga falta con tal de reinstaurar el cristianismo.

La historia de “El Señor de la Luz” se narra a través de siete episodios, que mantienen un orden cronológico salvo por la traslación del que debería ser sexto a modo de prólogo ampliado, con la particularidad de que casi toda la tecnología se describe usando los recursos de la fantasía épica (muy de moda por aquel entonces en los EE.UU, gracias a la edición dos años antes de “El Señor de los Anillos”, a cuyo título la novela de Zelazny hace obvia referencia). En teoría, la novela podría leerse indistintamente como una obra de ciencia ficción o como un título de fantasía pura. En la práctica, sin embargo, el experimento resulta un tanto forzado, saltando la narración aleatoriamente entre una explicación tecnológica y otra mágica.

El disfrute de la obra, pues, depende en gran medida de la capacidad del lector para entrar en el juego que propone Zelazny. Para algunos la ambigüedad resulta fascinante y evocadora, mientras que otros (entre los que me incluyo) no pueden evitar contemplar más allá del velo de Maya y apreciar lo forzado de las identificaciones y la caótica estructuración de la trama (algo que resulta especialmente patente en determinadas secciones).

Otro detalle que me molesta es cómo el autor huye de cualquier oportunidad de profundizar en los temas que esboza, como la función controladora y fomentadora del estancamiento de las religiones organizadas, la naturaleza humana que pese a todos los intentos de los autodesignados dioses acaba siempre aflorando o la relación para nada simple y directa entre mito, embuste y realidad. Es quizás esta alergia mojarse lo que más la separa de la New Wave británica (o incluso de la producción de Silverberg, que casi siempre fue más centrada).

“El Señor de la Luz” es una obra divisiva, que suscita tanto adhesiones incondicionales como abandonos a mitad camino (y eso que no es un libro voluminoso). Desde luego, desafío el concepto que hasta entonces se tenía de lo que era una novela de ciencia ficción, aunque a título personal yo hubiera preferido una mayor definición (ya fuera en un sentido u otro). Para mí, se queda un poco a mitad camino en todo lo que intenta, y no consigo en ningún momento entrar por completo en el juego que propone.

Como curiosidad, en 1979 hubo un intento serio de llevarla al cine que acabó malográndose. Todo el material de preproducción (incluyendo bocetos de Jack Kirby), acabó siendo adquirido por la CIA y utilizado como tapadera en el Subterfugio Canadiense, que sacó de Irán a un grupo de empleados de la embajada estadounidense en Teherán que habían logrado escapar de la toma de rehenes por parte de los seguidores del ayatolá Jomeini (a tal efecto, la película fue rebautizada como “Argo”, que es también el título del largometraje de 2012 ganador de tres Oscars, incluyendo el de mejor película, que narra con rigor relativo dicha operación).

Las tres obras mencionadas (“El Señor de la Luz”, “Espinas” y “La intersección de Einstein”) fueron también finalistas de el premio Nebula, que acabó recayendo en la novela de Delany (que también versaba sobre arquetipos míticos, asumidos en su caso por una especie alienígena que ha ocupado el lugar del hombre en la Tierra). Junto con ellas, “Chthon” de Piers Anthony obtuvo también la doble nominación.

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Islands in the net (Islas en la red)

•septiembre 21, 2017 • 1 comentario

Aunque William Gibson, gracias a su novela “Neuromante“, se convirtió (un poco a su pesar) en la cabeza visible del movimiento cyberpunk, su principal impulsor e ideólogo fue sin duda Bruce Sterling. Eso sí, el concepto que del cyberpunk tenía Sterling no responde exactamente a la idea que todos tenemos en la mente, muy influenciada por la obra temprana de Gibson. Para él, el cyberpunk buscaba sobre todo dar respuesta a una serie de inquietudes generacionales, desatendidas por la ciencia ficción de su época, como el sentimiento de deshumanización corporativo, la difícil adaptación al cambiante panorama impuesto por la revolución informativa (en muchos sentidos tan profunda y quizás más brusca que la industrial) o la concepción del futuro como un mundo peor que el pasado.

Sus dos grandes contribuciones literarias al movimiento son la serie de los formadores y mecanicistas, que alcanzó su clímax con la novela “Cismatrix” (1985), y la novela que nos ocupa, de 1988, “Islas en la red” (“Islands in the net”, 1988).

Curiosamente, “Islas en la red” comienza en una aparente utopía, en el Galveston de las primeras décadas del siglo XXI. El mundo está en paz, y lleva así mucho tiempo. La guerra fría concluyó, las naciones se desmilitarizaron y la amenaza nuclear se esfumó como una mala pesadilla. La mayor parte de los países son firmantes del Convenio de Viena, que instaura una especie de cuerpo policial supranacional, encargado de controlar los remanentes de terrorismo internacional.

La única amenaza para las grandes corporaciones como Rizome (una democracia económica, en la que todos los empleados son socios y las promociones obedecen a elecciones abiertas internas) son los paraísos de datos, pequeñas naciones como la isla caribeña de Granada o la emergente Singapur que actúan al margen de las regulaciones, recopilando datos confidenciales de la red y vendiéndolos al mejor postor. Precisamente una negociación a cuatro bandas entre tres de estos paraísos de datos, con Rizome como anfitriona, termina con el asesinato del líder de la delegación granadina por un dron, lo que lanza a Laura Webster, la anfitriona en una cruzada personal a favor de la Red, viajando primero a Granada y luego a Singapur, en medio de acontecimientos terriblemente convulsos, que amenazan con destruir la imagen idílica de un mundo bastante menos pacificado de lo que aparenta.

Es curioso. El cyberpunk suele relacionarse con el género distópico, aunque en realidad sus protagonistas suelen ser agentes que luchan, a menudo desde la marginalidad, contra el statu quo. Es decir, buscan un ideal, normalmente de libertad, en un entorno opresivo. “Islas en la red” va más allá, situándonos al límite mismo de la utopía. Ese paso restante, la absorción de esas “islas” de resistencia, es lo que escenifica, poniendo de manifiesto la fragilidad de un sistema recién nacido. Hay violencia subyacente, terrorismo, sombras de totalitarismo populista y la más oscura sombra de la bomba atómica, cerniéndose inesperada sobre una población que creía haberla dejato atrás; un panorama que va poniéndose de manifiesto al paso de Laura, embarcada en una suerte de viaje iniciático del que no es realmente protagonista, todo lo más elemento catalizador.

Ésa es la única pega que se le puede poner realmente a la novela. Como personaje, Laura (y en menor medida, por su peso más reducido en la trama, su esposo David) resulta muy poco agradecido. No dejan de llevarla de aquí para allá, al capricho de los acontecimientos y de los agentes opuestos a la Red, con su albedrío limitado a la tozuda defensa de un mundo interconectado y libre, sin paraísos de datos, ejércitos o, ya puestos, naciones (algo implícito en la evolución social hacia organizaciones supranacionales).

También es cierto que Sterling parece carecer de humor, y un libro tan largo (y tan convencido de su propia importancia) sin unas gotas de humor se hace a veces un poco cuesta arriba. Las escenas se van hilvanando, desgranando un discurso político postindustrial, ecológico y esencialmente libertario… que tampoco queda excesivamente claro, pues presenta no pocas contradicciones internas y elementos oscuros. Quizás sea algo deliberado.

En el fondo, “Islas en la red” no parece ir tanto de cimentar el futuro como de exorcizar el pasado, de soltar lastre (ese lastre final que se aferra como una garrapata) para avanzar hacia un mañana mejor: los secretos, la información como moneda de cambio, los nacionalismos, el racismo, la crisis del petróleo y, sobre todo, la bomba.

La generación de Sterling se crio durante los peores años de la paranoia nuclear, cuando la Tercera Guerra Mundial parecía no sólo inevitable, sino inminente. Ocho años tenía él cuando la Crisis de los Misiles Cubanos, una época en la que los escolares tenían que realizar obligatoriamente en clase simulacros de ataque nuclear (agachándose debajo de los pupitres, como si eso fuera a servir de algo). Eso es un trauma que permea la novela de inicio a fin. Resulta quizás poco patente al principio, pero para cuando concluye es inevitable no percibir que en esencia “Islas en la red” pretende ser una adiós a la bomba y a la mentalidad que la hizo posible.

Otro de los puntos fuertes (y débiles) de la novela es su capacidad predictiva. Sí, la ciencia ficción no está obligada a predecir el futuro… pero tampoco está obligada a no intentarlo. El 2023 que nos presenta es estremecedoramente similar a nuestro presente… lo cual es contraproducente, en realidad, porque en lo que acertó (la desactivación del conflicto este-oeste un año antes de la caída del muro de Berlín, el fin efectivo del apartheid en Sudáfrica, o incluso el ascenso a la presidencia de los EE.UU. de un político negro, el auge de la piratería informática y el uso ubicuo de la red) la visión a posteriori priva a la predicción de impacto, y en lo que erró (el desarme global, la erradicación del hambre mediante cultivos celulares, la auténtica magnitud de la capacidad de cálculo…) la discrepancia resulta doblemente patente (aunque, repito, no creo que pretendiera ser predictiva, sino prospectiva)

Es curioso cómo el mayor éxito de la novela puede haberse convertido también en su mayor desventaja. El mundo del 2023 de Sterling se parece tanto al nuestro de 2017, y es tan diferente en determinados aspectos, que la comparación entra casi, casi en el terreno del valle inquietante. Es posible que dentro de otros treinta años, con una nueva perspectiva, la novela adquiera nuevos significados (y ojalá su predicción del desarme global sea para entonces una realidad… aunque el futuro vuelve a verse casi tan negro como el que inspiró el nacimiento del cyberpunk).

“Islas en la red” ganó el premio John W. Campbell Memorial y resultó finalista del Hugo y el Locus, perdiendo ambos frente a “Cyteen“. Entre los nominados a ambos premios se contaba también “Mona Lisa acelerada”, la conclusión de la trilogía del Sprawl de William Gibson (lo que tal vez explique, por competencia interna, el que triunfara una obra tan mediocre como la de Cherryh).

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El soldado

•septiembre 13, 2017 • Dejar un comentario

El viernes pasado falleció a los 84 años Jerry Pournelle, famoso sobre todo por sus múltiples colaboraciones con Larry Niven, que les reportaron hasta cuatro nominaciones a los premios Hugo (“La mota en el ojo de Dios”, “Inferno”, “El martillo de Lucifer” y “Ruido de pasos”).

Tras una carrera profesional ecléctica, y después de haber publicado bajo seudónimo un par de obras menores, se dio a conocer en 1973 con “A spaceship for the king”, conquistando ese mismo año la primera edición del premio John W. Campbell al mejor nuevo escritor, además de ocupar por un año el cargo de presidente de la SFWA. Una irrupción tan sonada, sin embargo, condujo a una carrera literaria sólida, pero casi siempre en un segundo plano (a la sombra, a menudo, de su frecuente colaborador Niven, con quien firmó hasta dieciséis novelas).

En general, su obra, tanto publicada en solitario como con diversos colaboradores (añadiría a Steven Barnes, S. M. Stirling y Roland J. Green como los principales nombres aparte de Niven), así como su labor como antólogo, se orientó hacia la ciencia ficción militarista, a la estela de Gordon R. Dickson (el ciclo Dorsai) y Robert A. Heinlein (“Tropas del espacio“), aunque su interés se limitaba a la especulación política y a la descripción táctica, con una muy limitada especulación tecnológica o social.

La mayor parte de sus novelas se organizan como un gran ciclo de Historia Futura, con diversos subciclos, que se inicia con el CoDominio (una inestable alianza política entre los EE.UU. y la Unión Soviética) y va evolucionando hasta el Segundo Imperio del Hombre en el siglo XXX, poniendo en todo ello de manifiesto unas inclinaciones políticas ultraconservadoras, con exaltación de la disciplina militar (y cierto desdén por las estructuras democráticas, sobre todo en tiempos de conflicto… que para su historia futura cubren prácticamente todo el tercer milenio).

“El soldado” (“West of honor”) es una de sus primeras novelas ambientadas en el CoDominio. Apareció en 1976, justo tras el éxito de “La paja en el ojo de Dios” (que constituye el inicio de uno de los subciclos de la Historia Futura), e inauguró otro de los subciclos principales, el del escuadrón de Falkenberg (un regimiento que al principio está integrado en cuerpo de marines del CoDominio y que tras su disolución comienzan a actuar como mercernarios). Con el paso del tiempo, se integró junto con “El mercenario” en el volumen “Falkenberg’s legion”, y finalmente en una edición omnibus con la serie de los espartanos (coescrita por S. M. Stirling) como “The prince” (2002), completando y cerrando el ciclo.

El protagonismo en esta primera novela, no recae sin embargo en el comandante Falkenberg (que aquí aún es capitán), sino en uno de sus subordinados, el teniente novato Hal Slater, recién salido de la academia. El regimiento 501 de Falkenberg es enviado al planeta Arrarat a petición de su gobernador, con el fin de poner remedio a la caótica situación en que lo ha sumido la errática política migratoria terrestre.

Originalmente, Arrarat fue colonizado por fundamentalistas religiosos que deseaban desarrollar lejos de la Tierra una sencilla vida de granjeros. El problema es que el CoDominio empezó a exiliar al planeta contingentes de delincuentes, que no tardaron en organizarse como bandas para extorsionar a quienes trabajaban la poco productiva tierra el planeta. A la llegada de Falkenberg y sus hombres, el gobierno real del CoDominio se extiende apenas a lo que encierran los muros de la pequeña ciudad doble de Harmony y Garrison.

Así pues, nos encontramos con apenas un millar de soldados, de los cuales un tercio (incluyendo los tres tenientes) son cadetes muy, muy verdes y otro tercio desechos expulsados de otras compañías o delincuentes enrolados a la fuerza, enfrentados a un número indeterminado de oponentes cuyo armamento y preparación son desconocidos. Lo peor, sin embargo, es encontrarse bajo el mando político del gobernador, cuyos interés no siempre coinciden con la solución militarmente más eficaz. Para el teniente Slater, arrojado a su primera experiencia de mando, es cuestión de nadar o ahogarse, obedeciendo las órdenes no siempre comprensibles (en primera instancia) del capitán Falkenberg.

No diré nada más de la campaña, cuyo desarrollo ocupa el resto de la breve novela. De todas formas, cualquiera que haya leído un libro ambientado en el ejército (cualquier ejército, de cualquier época) sabrá a qué atenerse, porque “El soldado” no se despega un milímetro de la fórmula magistral (en todo caso, la deja reducida a su esqueleto más básico). Uno de los motivos de ello es la absoluta renuncia de Pournelle a introducir elementos tecnológicos futuristas. Las tropas son trasladadas al planeta en astronave, pero una vez en él cuentan apenas con tres helicópteros y los infantes de marina, armados con fusiles y morteros. La poco creíble excusa es que ni los EE.UU. ni la Unión Soviética desean que las innovaciones tecnológicas rompan el statu quo, por lo que han establecido un veto a la investigación militar (receta segura, como ha demostrado la historia, para acabar perdiendo la supremacía).

Si algo externo a la campaña le preocupa, es el telón de fondo político, aunque su visión apunta más a largo plazo, contentándose en “El soldado” con bibujar unas pocas pinceladas y, sobre todo, con denostar a su bestia negra, la burocracia (todo es mucho más sencillo desde la perspectiva militar).

Poco más se puede decir de la novela. Cumple su función, aunque Hal Slater más que un novato que va endureciéndose y aprendiendo por las malas las lecciones de la vida (un arquetipo que Heinlein manejaba a la perfección), se me antoja más bien un niñato con la capacidad táctica y de liderazgo de un escarabajo pelotero. Menos mal que ahí están los suboficiales, para que se haga el trabajo (y él se lleve las medallas y a la chica). Lo peor es que estoy convencido de que no hay intención satírica de por medio. Digamos que la caracterización no es uno de los fuertes de “El soldado”.

¿Cuál es, pues? Bueno, lo que atrae a sus lectores es la acción pura y dura. Hay algo en el subgénero de las hazañas bélicas que resultaba muy atractivo para determinado tipo de lector, y Pournelle sabe equilibrar bien la estrategia con la acción, combinando elementos de diversos ejércitos (desde las legiones romanas al concepto anglosajón del oficial-caballero, pasando por la legión extranjera francesa) y sin dejar que le tiemble el pulso a la hora de la verdad (aunque tampoco se recrea en exceso). Me ha parecido percibir, eso sí, cierto afán de revanchismo con respecto a la derrota en Vietnam (o cuando menos a la gestión política del conflicto). La visión de Pournelle, veterano de la Guerra de Corea, difiere en gran medida de la de los participantes en la posterior (como reflejó Joe Haldeman en “La guerra interminable“).

Jerry Pournelle

(7 de agosto de 1933 – 8 de septiembre de 2017)

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Más allá del Sol

•septiembre 10, 2017 • 1 comentario

Dentro del mundillo de los bolsilibros de ciencia ficción las series son un fenómeno raro. Tan sólo dos de gran extensión (y una de ellas, la del Orden Estelar de Ángel Torres Quesada, tuvo que publicarse “a escondidas” de los propios editores), pues la asunción era que los lectores podían desentenderse de seguir comprando ejemplares si perdían el hilo de la aventura. Así, aparte de la Saga de los Aznar, el propio Pascual Enguídanos (o George H. White) tan sólo publicó otras cinco minisagas (si es que las historias contadas en dos volúmenes, como la serie de Bevington y la de los Intrusos Siderales, pueden contarse entre ellas).

De cierta importancia tendríamos la trilogía de Finan (que se publicó cuando Luchadores del Espacio era ya una colección moribunda, por lo que queda la duda de si hubiera podido continuar), así como la de “Heredó un mundo” y la pentalogía de “Más allá del Sol”… para las que tengo una teoría que expondré más adelante.

Centrándonos en los cinco bolsilibros que nos ocupan (que, recopilados en un único tomo, conforman toda una novela), empezó a publicarlos en 1956, con el número 60 de la colección, “Extraño visitante”. Para entonces, aproximadamente la mitad de los títulos eran suyos, aunque la presencia de otros autores había ido haciéndose más y más común. Veintiséis novelas correspondían inequívocamente a la Saga de los Aznar, con otros tres títulos independientes (aunque uno de ellos, “Robinsones cósmicos”, acabaría integrándose retroactivamente con la reedición de los años setenta). Así que era inusual pero no sin precedentes el que apareciera una historia que no tuviera nada que ver con sus personajes principales.

La historia, ambientada en el presente, acontece en los EE.UU., donde unos chavales de una reserva india localizan un platillo volante posado en una quebrada. A raíz de ello, se monta todo un dispositivo militar que altera la vida del tranquilo poblado, donde el protagonista de la historia ejerce de médico. Tras diversas vicisitudes (que no conviene revelar), acaba demostrándose que el aparato es ciertamente extraterrestre, y no sólo eso, sino que proviene de la Contratierra (un supuesto planeta gemelo que no podemos ver por orbitar en nuestro mismo plano y justo al otro lado del Sol… posición que la física nos dice que es inestable, aunque si a John Norman le valió para estar dándonos la vara durante décadas con las historias de Gor, a mí me vale).

Todo hubiera podido terminar ahí, pero sorprendentemente su siguiente novelita, “Más allá del Sol”, fue una secuela, iniciando un miniciclo de tres volúmenes que, en realidad, constituyen una única historia partida en tres trozos, la de una expedición internacional a Marte, organizada seis años después de los eventos de “Extraño visitante” para confirmar desde tal posición la existencia de la Contratierra. Se nota el cuidado de Enguídanos en la forma en que planifica la flotilla de investigación, construida en órbita con materiales elevados mediante cohetes multifásicos. Por supuesto, el doctor Welby (el médico de “Extraño visitante”) es premiado con un puesto como médico de la expedición.

Nada más llegar al planeta rojo, sin embargo, y apenas ha descendido el equipo de exploración, un platillo volante idéntico al contraterrestre inicia un ataque que destruye todas las aeronaves, dejando a los expedicionarios como náufragos sin apenas recursos en el extremadamente hostil ambiente marciano.

Tras un par de novelitas de relleno del Profesor Hasley, Enguídanos continuó con su historia en “Marte, el enigmático”, que para mí contiene los mejores pasajes de toda la serie. Tras lograr enviar a la Tierra una aeronave precariamente reparada, con la importantísima noticia de la confirmación no sólo de la existencia de la Contratierra, sino de su posicionamiento hostil, se organiza una expedición a los polos, donde esperan encontrar agua helada que les permita sobrevivir (proporcionándoles oxígeno y alimento, en forma de un poco atractivo musgo marciano) hasta un hipotético rescate, a meses vista.

De camino, sin embargo, hacen un descubrimiento asombroso, los restos apenas discernibles como artificiales de una antiquísima ciudad, a cuyo interior, presurizado, consiguen acceder finalmente. Con unas magníficas descripciones, Enguídanos evoca en su máxima expresión el sentido de la maravilla, teñida eso sí de una nota de pesar, por la decadencia irreversible de una poderosa raza, que se ha visto reducida a un único individuo (destino aciago por el que cabe culpar a la pérdida progresiva de la atmósfera marciana en el pasado lejanísimo).

En ese punto es cuando a mi entender el rumbo de la serie empieza a torcerse, pues tiene lugar una profunda escisión, al rebelarse el contingente ruso, intentando apropiarse para su exclusivo beneficio de la avanzada tecnología alienígena. En medio del caos fallece Miroslava, la chica de la serie, atrapada en el fuego cruzado de la lealtadad a su país y el amor que siente por Welby, y se inicia la autodestrucción del último bastión marciano, no sin que antes los protagonistas consigan abordar una avanzadísima aeronave que es el regalo postrero del último marciano vivo.

En “¡Atención… platillos volantes!”, los expedicionarios regresan a la Tierra a bordo de su recién adquirido vehículo, para descubrir que el planeta se encuentra bajo el terrible ataque de miriadas de platillos volantes contraterrestres, que con base en la Luna están a punto de aniquilar a la humanidad con terribles armas de destrucción masiva (biológicas y radioactivas).

Por fortuna para los terrestres, los expedicionarios descubren que la aeronave marciana no está indefensa, sino que monta unos destructivos rayos capaces de hacer estallar al más mínimo toque los reactores nucleares de los platillos enemigos. Así, tras barrerlos del cielo, se monta un contraataque para desalojarlos de nuestro satélite, utilizando en esta ocasión el vehícula marciano como transporte de tropas en una arriesgada y exitosa misión, que tiene como resultado la expulsión de los contraterrestres y la captura de parte de su flota.

El cierre de la serie llegó con el siguiente número, “Raza diabólica”… en el que se verifica un acusado descenso de la calidad, dando más bien la impresión de que Enguídanos, insatisfecho con el rumbo que había tomado, se desentendía de la historia. La acción arranca dos años depués de los acontecimientos previos. Welby trabaja en la universidad de Harvard, combatiendo las enfermedades traídas por los soldados de la Contratierra (o Ziryab, como ellos la llaman), cuando es requerido de nuevo por los militares.

Se da la inverosímil casualidad de que es idéntico a un oficial enemigo, con lo que el Alto Mando ha diseñado un plan para infiltrarlo en territorio enemigo como espía y agitador (pues han descubierto que la mayoría de la población de Ziryab pertenece a una pacífica raza de piel rojiza, sojuzgada por la belicosa y bárbara raza blanca que ellos conocen). Tan bien cumple este segundo propósito, que cuando meses después llega la armada terrestre, apenas tiene que esforzarse por ayudar a los oprimidos en su abierta rebelión contra quienes los tiranizan y, cómo no, Welby acaba no se sabe bien cómo casado con la princesa legítima (ascendida a reina por la muerte de su padre) de Ziryab. Todo ello aderezado con típicos incidentes pulp, aunque también con un descuido impropio del autor.

Parece evidente que nos encontramos con tres etapas en la miniserie de “Más allá del Sol”. Primero un prefacio, concebido de forma independiente, que presentó un escenario lo bastante sugerente para que Enguídanos se planteara la exploración del mismo en entregas subsiguientes. A continuación tres novelitas a través de las que desarrolla una de sus mejores historias, alcanzando cotas muy elevadas de exotismo y emoción, que las situán a la altura de los mejores títulos de la Saga de los Aznar. Por último, una conclusión que no está ni mucho menos a la altura de los títulos previos (todos ellos con pasajes notables, cuando menos), pergueñada deprisa y corriendo, casi parece que por compromiso.

Curiosamente, Enguídanos no retornó de inmediato a la Saga principal (de hecho, no lo haría hasta el número 93, dando inicio a la espectular subserie de los hombres de titanio). Antes tuvo ocasión de publicar tres novelas independientes y otras tres conformando la trilogía de “Heredó un mundo”… que cuando llegó el momento de escribir el guión para la adaptación al cómic de la saga fue escogida por Enguídanos como inicio de las aventuras de Miguel Ángel Aznar, en vez del inicio original (con la Astral Information Office y los cazadores de platillos volantes).

Mi teoría es que eso mismo había buscado con la serie de “Más allá del Sol”, diseñar un inicio alternativo para la Saga de los Aznar (bastaría para ello cambiar el nombre de Arthur Shelby por el de Miguel Ángel Aznar de Soto, porque los personajes en sí mismos son prácticamente inéditos). Por supuesto, para ello habría que situar a los Thorbod en la Contratierra, convirtiendo a Marte en el equivalente del Ragol de “Cerebros electrónicos” y a la aeronave marciana en el autoplaneta Rayo. Todo encaja demasiado bien como para no contemplar esta posibilidad (que explica, además, la anomalía de ambas serializaciones). Por supuesto, sin contar para nada con “Raza diabólica”, cuyas particularidades ya he comentado.

A la postre, sin embargo, cuando tocó sacar la segunda edición en los setenta el inicio siguió siendo el de “Los hombres de Venus“, modificando ciertos detalles (como convertir en un quimera lo del trasplante de cerebros… algo que quedaría reservado para la refinada crueldad del Imperio Milenario nahumita). Tal vez la solución de “Heredó un mundo” tampoco terminaba de convencerlo (o tal vez hubo presiones editoriales). Cuando décadas después tuve ocasión de interrogar a Enguídanos sobre qué inicio era su preferido (en el transcurso una entrevista que me concedió en 2003 para un libro de la Universidad de Valencia), su respuesta, tras unos instantes de vacilación, fue un poco comprometido “mejor dejarlo así”.

En cualquier caso, el contemplar el núcleo central de “Más allá del Sol” como un posible inicio alternativo de la Saga de los Aznar constituye tan sólo un plus. La historia es lo suficientemente atractiva por sí sola para justificar su lectura y disfrute, y al respecto me gustaría reincidir en las extraordinarias atmósferas que consigue evocar en numerosos pasajes. Su Marte moribundo, en particular, no tiene nada que envidiar a ningún escenario similar (y mira que ha habido bastantes).

Otras opiniones:

  1. Extraño visitante
  2. Más allá del Sol
  3. Marte, el enigmático
  4. ¡Atención… platillos volantes!
  5. Raza diabólica

Entradas sobre la Saga de los Aznar en Rescepto:

Leviathan wakes (El despertar del leviatán)

•septiembre 9, 2017 • Dejar un comentario

La aproximación a la escritura de una serie empezando por el worldbuilding suele ser más habitual en la fantasía, donde ha dado origen a series como la Dragonlance o Malaz. No es tan habitual en ciencia ficción, donde la trama suele preceder al escenario, aunque también se dan casos, relacionados a menudo con el mundo del rol (por ejemplo, el universo UC-Crow de Felicidad Martínez, que ha dado lugar a la novela de space opera “Horizonte lunar”).

Lo cual nos lleva a Ty Franck, quien durante años (trabajando, por ejemplo, como secretario de George R. R. Martin) estuvo desarrollando un escenario de futuro… ¿medio? Es decir, en torno al año 2350, cuando la invención del motor Epstein ha permitido la colonización de buena parte del Sistema Solar, con dos grandes poderes hegemónicos, la Tierra y Marte, y diversas colonias esparcidas por las lunas de los gigantes gaseosos y, sobre todo, el cinturón de asteroides. Este trabajo debía servir de base para un MMORPG, aunque el proyecto acabó derivando hacia un juego de tablero… hasta que el segundo autor, Daniel Abraham (colaborador habitual de Martin), entró en escena.

Abraham convenció a Franck de que todo aquel trabajo era ideal como documentación para una serie de novelas y, adoptando el seudónimo conjunto de James S. A. Corey, ambos se lanzaron a la tarea de contarnos la historia de la Expansión, el momento preciso en que la humanidad supera las fronteras del Sistema Solar e inicia su salto a las estrellas. El primer libro, “El despertar del leviatán” (“Leviathan wakes”) apareció en 2011, con gran éxito de crítica y público, y desde entonces vienen publicando una entrega anual (el actual contrato finaliza en 2019 con la novena entrega, aunque dado que van firmando por trilogías, no es descabellado pensar que pudieran seguir), con cuatro novelas cortas y un par de relatos sirviendo de enlace entre los distintos arcos (juntos han escrito, además, una novela de Star Wars).

“El despertar del Leviatán” tiene lugar durante un período de gran tensión política. Los habitantes del cinturón de asteroides (los belters), como cualquier colonia tarde o temprano, están hartos del dominio que sobre ellos ejercen los planetas interiores. Tres generaciones ya en condiciones de microgravedad (los principales asteroides poseen una pseudogravedad centrífuga, gracias a décadas de progresiva aceleración angular, pero aun así el tirón es una fracción de la gravedad terrestre o incluso marciana) los han modificado físicamente, con huesos más largos y finos, e incluso su lenguaje ha empezado a divergir. También psicológicamente están marcados por la necesidad de importar (generalmente desde los anillos de Saturno) el agua y el aire, con el vacío del espacio rodeándolos por completo, a semanas de distancia de quienes trazan la política.

Las cosas no pintan mucho mejor entre Marte y la Tierra. La segunda posee una flota mucho mayor, pero la ventaja tecnológica la tienen los marcianos, por lo que ambas potencias se encuentran enzarzadas en una suerte de guerra fría. Para complicar las cosas, el movimiento indepentista belter ha dado origen a una organización ilegal, la OPA (Asociación de Planetas Exteriores), inspirada a grandes rasgos en el IRA, sin grandes recursos aunque una importante implantación entre la población autóctona (y, de todas formas, las rocas son baratas, y las ciudades al fondo de pozos de gravedad planetarios se encuentran indefensas frente a un ataque de ese tipo… aunque, incluso sin contar la lógico y contundente respuesta militar, los mundos exteriores no pueden realmente medrar sin los recursos y la diversidad de los planetas interiores).

En medio de este panorama se nos presentan las dos grandes líneas argumentales de la novela. Por un lado tenemos a Joe Miller, un policía veterano de Ceres al que se le encarga la misión de buscar a una joven díscola y devolverla junto con su acaudalada familia en la Tierra. Por otra, tenemos a un pequeño remanente de la tripulación del Canterbury (un transporte de hielo), únicos supervivientes de la destrucción de su nave al responder a una llamada de socorro por parte del misterioso carguero Scopuli.

Los capítulos, narrados desde el punto de vista de Miller y de Jim Holden, segundo oficial del Canterbury y nuevo capitán del reducido grupo de supervivientes, se van alternando, escritos respectivamente por Daniel Abraham y Ty Franck, narrando cómo la situación en el Sistema Solar empieza a deteriorarse a pasos agigantados en cuanto se conoce el aciago destino del Canterbury (es decir, en cuanto Holden proclama a los cuatro vientos los indicios que apuntan a una implicación de Marte en el incidente), y a partir de ahí los acontecimientos no dejan de evolucionar a peor, con Miller cada vez más involucrado en una investigación incómoda para muchos y Holden y los suyos rebotando de un lado para otro en medio de una trama que cada vez acerca más a la humanidad a una desastrosa guerra interplanetaria.

“El despertar del leviatán” es sin duda space opera, pero de un tipo particular. Me atrevería a decir que contenido. Su apuesta no es por la espectacularidad, ni mucho menos por la especulación de altos vuelos, sino por el realismo, algo que alcanza en el plano político… a costa de un futuro a trescientos años vista cuyas mayores innovaciones, impulso Epstein aparte, no parecen aguardarnos a mucho más que unas pocas décadas en el futuro.

Esto le confiere un sabor bastante retro a la acción. Desde mediados de los noventa la space opera ha venido flirteando con nociones como el transhumanismo y el singularitarismo, apostando por la especulación más desatada. En los últimos años, sin embargo, nos encontramos cada vez más con historias de la vieja escuela, enraizadas más en nuestro pasado que proyectando un futuro pausible. El escenario de “El despertar del Leviatán”, de hecho, evoca revoluciones independentistas coloniales (sobre todo la Revolución Americana), sin añadir elementos realmente novedosos al cóctel (vamos, ningún elemento que no contemplara ya Heinlein en “La Luna es una cruel amante” hace medio siglo).

Pese a ello, está todo tan bien hilvanado que se lee con interés. La alternancia entre personajes, además, funciona, y pronto se pone de manifiesto la contraposición entre el cinismo de vuelta de todo de Miller y el idealismo de Holden (que incluso bautiza a una nave de ataque capturada Rocinante). Incluso llega un momento en que estas visiones opuestas tienen la oportunidad de coexistir, permitiendo a los autores de profundizar muy someramente en la disyuntiva entre pragmatismo y deber ético; por ejemplo, por lo que se refiere a la difusión de la información, que en opinión de Miller puede ser peligrosa, mientras que Holden se mueve bajo la premisa de que los secretos acaban siendo perniciosos (a corto plazo, la visión cínica es siempre la más acertada, aunque a largo plazo quizás la transparencia sea la mejor vía). Como punto negativo, esa confluencia hace que la alternancia entre capítulos y puntos de vista se vuelva un poco forzada y artificiosa.

Tenemos pues un futuro inverosímil, aunque con una coherencia interna tal que nos permite suspender con facilidad la incredulidad y aceptarlo en sus propios términos. Entonces empezamos a dirigirnos hacia la resolución y nos enfrentamos a dos problemas. Por un lado la incapacidad de los autores para subir las apuestas cuando el elemento oculto de la trama se pone de manifiesto. Su estilo es muy seco, funcional, y no consigue transmitir con suficiente intensidad ni el horror ni el asombro que debería provocar el… digamos que el leviatán del título. Así, unos capítulos finales que deberían ser trepidantes se convierten, quizás por encontrarnos limitados por los puntos de vista de Miller y Holden, en una extensión sin más de la acción precedente. Yo, al menos, no percibo el incremento en intensidad que merecería el clímax.

Por otro, a poco que pienses en ello te das cuenta de que la trama no tiene ni pies ni cabeza. No revelo nada diciendo que detrás de todo hay una cuarta facción en discordia. Lo que ocurre es que sus acciones no tienen sentido. La destrucción del Canterbury con que arranca la historia es gratuita por completo, y no digamos ya su siguiente golpe. No hay coherencia entre medios, recursos y objetivos. Eso por no hablar de la soberana estupidez de su gran experimento. La caracterización de los villanos es tan superficial que quedan reflejados como poco más que un arquetipo caricaturesco.

Son fallos bastante graves, pero no catastróficos, porque de nuevo el buen hacer de los autores nos ofrece la oportunidad de asirnos a las fortalezas de la narración y soslayar sus patentes flaquezas. Todo dependerá de la buena disposición que ponga el lector en ello… y de lo mucho que añore los tiempos en que la space opera no tenía que romper esquemas a cada página. “El despertar del Leviatán” es una historia de personajes y de política interplanetaria. Si no miras más allá, puede ser una experiencia satisfactoria (aunque, en cierto modo, ejemplifica el conformismo en que se ha asentado durante estos últimos años la ciencia ficción, incapaz de dar respuesta a las inquietudes del momento y contentándose, por tanto, con ofrecer algo de sano escapismo).

Todo ello fue suficiente para conquistar para los autores una nominación al premio Hugo de 2012 (que ganó “Entre extraños“, de Jo Walton, con menciones también para títulos como “Embassytown” de China Miéville, “Danza de dragones” de George R. R. Martin y “Deadline” de Mira Grant), siendo igualmente finalista (quinta posición) del premio Locus (que ganó Miéville).

Más importante quizás desde una perspectiva comercial, en 2014 SyFy anunció la producción de una serie de televisión basada en las novelas. La primera temporada de The Expanse, consistente en 1o episodios y abarcando aproximadamente tres cuartos de “El despertar del Leviatán”, se estrenó con notable éxito en 2015. Tras la emisión de la segunda temporada, sin embargo, los resultados de audiencia estuvieron a punto de suponer su cancelación, aunque a última hora consiguió la renovación por una tercera temporada (lo que tal vez les permita completar el arco compuesto por “El despertar del leviatán”, “Caliban’s war” y “Abaddon’s gate”). El décimo episodio de la primera temporada conquistó en 2017 un premio Hugo a mejor representación dramática en formato corto.

Otras opiniones:

 
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