El hombre en el laberinto

•abril 24, 2015 • Dejar un comentario

Tras poco más de una década cultivando la ciencia ficción, Robert Silverberg, en plena revolución de la New Wave, experimentó un lustro prodigioso, entre mediados de 1967 y finales de 1972, durante el que produjo obra maestra tras obra maestra. Veintiún novelas que le reportaron siete nominaciones al premio Nebula (con una victoria), siete y uno (en novela corta) también en los Hugo y cinco nominaciones a los Locus.

A comienzos de este período, entre abril y mayo de 1968 serializó en la revista Worlds of If la novela “El hombre en el laberinto” (“The man in the maze”), que luego publicaría independientemente en 1969.

hombre laberinto

La novela narra la misión de una expedición al laberinto de Lemnos, el vestigio más importante de las antiguas razas extraterrestres inteligentes que poblaron la galaxia antes que el hombre. Su objetivo es encontrar y convencer de que los acompañe de vuelta a la Tierra a Richard Muller, un antiguo diplomático autoexiliado de la esfera de influencia humana, quien en una misión previa al planeta Beta Hydri IV resultó afectado de un modo misterioso por otra raza inteligente pre espacial.

Sin que pueda controlarlo en modo alguno, la mente de Muller emite constantemente su actividad más basal, un flujo de sensaciones sin filtrar que resulta intolerable para cualquier otro hombre en un radio de diez metros. Ostracizado por esta causa y rotos sus sueños de grandeza, Muller ha buscado el olvido en una trampa mortal, diseñada milenios antes con un propósito desconocido: una ciudad rodeada por un laberinto, en el que cada sección concéntrica va volviéndose más y más peligrosa a medida que se aleja del centro (tanto por ingeniosas trampas como por la presencia de bestias).

Man_Maze

El jefe de la expedición, Charles Boardman, fue el hombre que empujó originalmente a Muller hacia la misión fatal que lo condenó, y una persona manipuladora, que antepone la supervivencia de la humanidad a cualquier ética de ámbito personal. Para lograr convencer a Muller para que salga de su retiro y los ayude (en una nueva misión que, irónicamente, sólo él puede llevar a término, justo por la deformidad psíquica que lo ha apartado de la civilización), cuenta con el auxilio de un joven idealista, Ned Rawlin, a quien quiere obligar a buscar con subterfugios la amistad de Muller… para a la postre traicionarle.

A través de “El hombre en el laberinto”, Silverberg lanza una mirada pesimista hacia el ser humano, incapaz de soportar su propia visión cuando las interioridades de un hombre fundamentalmente decente, extraordinario incluso, como Muller, son expuestas sin tapujos. El resto de elementos básicos del subtexto, así como muchos detalles de la trama, están sacados directamente de la tragedia de Sófloces “Filoctetes”, en la que Odiseo (Boardman) y Neoptólemo (Rawlin) deben convencer con engaños a Filoctetes (Muller), abandonado años antes en una isla, para que los acompañe al cerco de Troya.

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La historia contrapone el idealismo juvenil con el pragmatismo maduro, y examina el escenario éticamente turbio en el que el bien común no sólo se antepone el bien individual, sino que incluso justifica un comportamiento inmoral. Boardman no es un villano. Sólo alguien dispuesto a lo que haga falta con tal de que la supervivencia del hombre esté asegurada. Intelectualmente no se puede estar en contra de su postura, aunque si nos tocara llevarla a término quizás se nos plantearan las mismas dudas que a Rawlin.

De igual de importancia que el subtexto filosófico es el escenario, que emplea una estructura con grandes reminiscencias míticas, adaptada a un entorno propio de la ciencia ficción. La inspiración evidente es el laberinto diseñado por Dédalo en Minos (sustituyendo en cierta forma al minotauro por Muller), aunque por no forzar las asociaciones Silverberg prefiere referenciar otro mítico laberinto de la Grecia Antigua, el presuntamente diseñado por Smilis en la isla de Lemnos (catalogado por Plinio el Viejo en su “Historia Natural”).

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El laberinto de Lemnos (el planeta) es un entorno tan peligroso como fascinante, y los esfuerzos de la expedición de Boardman por desetrañarlo (empleando una estrategia de fuerza bruta, con decenas de sondas y aceptando el sacrificio de los hombres que haga falta) constituyen un perfecto contrapunto aventurero al carácter más reposado y filosófico de los capítulos que examinan la situación pasada y presente de Muller, así como la paradoja ética propuesta.

Por alguna razón, sin embargo, los distintos elementos que conforman la novela no acaban de encajar para mí. Le falta algo. Ese broche de genialidad que he aprendido a esperar de las novelas de Silverberg de esta época. Todo se resuelve un poco demasiado rápido (quizás por exigencias de la serialización) y parece como si dejara de profundizar justo cuando está a punto de meterse de verdad en faena. Sigue siendo una gran novela, pero creo que había potencial para mucho más.

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Examinado ya dentro de la producción del autor, es imposible no detectar temas comunes con títulos inmediatamente anteriores y posteriores. Por un lado, la deformidad psíquica de Muller tras su encuentro con los alienígenas de Beta Hydri es un reflejo deformado de la deformidad física del protagonista de “Espinas” (1967), padecida en circunstancias similares y con un efecto ostracizante también equivalente (aunque en “El hombre en el laberinto” no hay redención a través de una pareja dispuesta a sobreponerse a los obstáculos… de hecho, los personajes femeninos de la novela carecen de cualquier tipo de profundidad o impacto, denotando un machismo chocante).

Por otro lado, cuatro años más tarde Silverberg volvería a invertir los términos empleados en esta novela para crear a David Selig, el telépata de “Muero por dentro“, cuyo problema, al contrario que en el caso de Muller, es que lo capta todo pero es incapaz de transmitir absolutamente nada. Aunque a primera vista parecen enfoques opuestos, lo cierto es que, como en buena parte de la obra del autor, ambos recalcan la dificultad, imposibilidad incluso, de auténtica comunicación entre los seres humanos.

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La búsqueda del grifonicornio

•abril 22, 2015 • 4 comentarios

Hace unos días empezaron a llegar a las librerías los primeros ejemplares de mi nuevo libro, “La búsqueda del grifonicornio”, una fantasía juvenil que se publica de la mano de Editorial Hidra, para el segmento de edad comprendido entre los 8 y los 12 años.

Llevaba tiempo esperando su oportunidad para someterse al juicio de los lectores (y vaya si sus lectores objetivo no pueden ser los más duros del mundo… y también los más agredecidos). Por fin, tras muchos años de pelea por alcanzar las estanterías en las mejores condiciones posibles, completará su viaje (o al menos la primera etapa de su viaje). Porque ningún libro está completo de verdad hasta que no ha sido leído por otros ojos y reinterpretado por otra imaginación que la del autor (y cuantas más veces ocurra esto, mejor).

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La trama es simple. Una historia de viajes, gestas y crecimiento, aunque no es, no pretende serlo, facilona y complaciente. Trata de las oportunidades, pero también de las cargas que implica no el dejar de ser niño (eso lo dejo para otros, que ya es un terreno demasiado trillado), sino el dejar atrás la despreocupación absoluta de los primeros años de la niñez.

Trata, y en ello quizás algunos encuentren una contradicción a priori, sobre la maravilla de empezar a descubrir que todo tiene una explicación, que hay una lógica subyacente al mundo y que podemos aspirar a desentrañarla, algún día, después de muchos años de experiencia y estudio, gracias a esa formidable herramienta que es el pensamiento científico. No se me ocurre mejor lenguaje para condensar todo eso que el de la literatura fantástica.

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Trata también, por supuesto, de la búsqueda de una criatura fabulosa, tan imponente como terrible, en compañía de los tres mayores cazadores que jamás han recorrido los bosques y guiados por Mandialix el Sabio. ¿Qué no sabéis quién es Mandialix? Increíble. ¿Bajo qué piedra habéis estado escondidos el último medio siglo? Si vivís tan inconscientes del mundo es que os rodea que no conocéis a Mandialix, creo que tendré que avisaros de que es posible que tras la expedición de caza se oculten propósitos más oscuros, y que el destino del propio reino de Tolema podría descansar sobre los diminutos hombros de una hormiga.

¿Queréis saber más?

Por supuesto, la mejor forma de enteraros de todo (y de que vuestros hijos/sobrinos/hermanos pequeños/nietos… disfruten de la búsqueda del grifonicornio) es ir corriendo a vuestro librero de cabecera a solicitar vuestro ejemplar (si no lo tiene, puede sin duda pedirlo a la distribuidora), aunque para animar a los indecisos voy a pasarme un tiempo dando la lata en ferias del libro, radios, periódicos, páginas web y cualquier medio que se ponga a mi alcance.

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Lo más inmediato, la presentación oficial, que tendrá lugar en el marco de la 50ª Feria del Libro de Valencia, el próximo viernes, 2 de mayo, de 11:00 a 12:20, en la Sala Museo I (Museo de Ciencias Naturales, Parque de Viveros). A su conclusión, estaré firmando ejemplares en la caseta 15 de El Cresol.

El sábado 3 también podréis encontrarme, de 13:00 a 15:00 en las casetas 65-66 de Bibliocafé.

Por último, el viernes 15, una vez concluida la feria, habrá una nueva presentación para amigos (nuevos y viejos) en la librería El Cresol (C/ Humanista Mariner, 5).

Si queréis estar al tanto de las novedades (en principio, limitaré los anuncios al mínimo en el blog), podéis seguirlas bien sea en la página que he creado en Rescepto para la novela, bien en mi cuenta de autor enFacebook (a la que os invito a suscribiros, si no lo estabais ya).

Comienza la segunda etapa del viaje. ¡A ver hasta dónde nos llevan las alas del grifonicornio!

The castle of Otranto (El castillo de Otranto)

•abril 12, 2015 • 2 comentarios

“El castillo de Otranto” es una de las obras más importantes de la historia de la literatura fantástica. Su influencia directa se extiende por más un siglo, desde finales del XVIII hasta recién entrado el XX. Habitualmente, suele circunscribirse esta influencia al género del horror sobrenatural, aunque no sería descabellado afirmar que su sombra se extiende sobre toda la literatura fantástica moderna.

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No es que sea una gran novela. De hecho, desde una perspectiva contemporánea, llega a hacerse por momentos incluso ridícula y pueril. Su mérito consiste en ser la primera, los cimientos (y el modelo) sobre el que se construyó la fantasía victoriana, al inaugurar el género gótico y poner con él de moda la ambientación medieval para historias que, según proclamaba el prólogo de su segunda edición, trataban de hermanar la semblanza de realismo de la pujante novela contemporánea (durante el siglo XVIII se vivió en Inglaterra un tremendo auge de la narración ficticia realista) con elementos fantásticos propios de la literatura medieval.

Su autor fue Horace Walpole, un lord inglés, político y enamorado de la historia y de las artes. Suya fue la primera mansión neogótica que se construyó en los alrededores de Londres (Strawberry Hill), inaugurando una moda que décadas después perlaría de construcciones similares las orillas del Támesis. En 1764, bajo seudónimo y empleando una imprenta ajena, publicó una obra titulada “The castle of Otranto, a story. Translated by William Marshal, Gent. From the original Italian of Onuphrio Muralto, Canon of the church of St. Nicholas at Otranto”, que pretendía ser la traducción de un original italiano de 1593, que a su vez transcribía una historia originada entre los siglos XI y XIII.

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La novela constituyó un éxito inmediato, cosechando además críticas muy favorables, lo que llevó a Walpole a revelar su verdadera autoría, así como el artificio que había hecho pasar una obra contemporánea por medieval (acortando el título a “The castle of Otranto, a gothic story”). El resultado, por supuesto, fue que los mismos críticos que la habían encumbrado por su originalidad y atmósfera comenzaron a denigrarla, acusándola de efectista, banal y ridícula… lo cual no fue óbice para que siguiera disfrutando de una enorme popularidad. Pronto, otros autores, tanto británicos como de la Europa continental, como Clara Reeve, Ann Radcliffe, Matthew Lewis, E.T.A. Hoffman o Charles Maturin, empezaron a adoptar elementos de “El castillo de Otranto”, haciendo evolucionar la literatura gótica, que siguió adaptándose a las corrientes imperantes durante el romanticismo y a lo largo de la era victoriana, desembocando en obras como “Drácula” de Bram Stoker (1897) o “El fantasma de la opera” (Gaston Leroux, 1910).

Las sensibilidades góticas siguen muy presentes hoy en día (reinterpretadas en géneros como el southern gothic o el urban gothic), pero dado que sería un tema que sobrepasaría en mucho la intencionalidad de esta entrada, dejaré el tema de la evolución del género para otra ocasión, pasando a centrarme en la trama de “El castillo de Otranto”.

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En una época indeterminada (entre la primera y la última cruzada), el príncipe Manfred de Otranto está a punto de casar a su único hijo, Conrad, con la joven Isabella, cuando un yelmo gigantesco cae del cielo y aplasta a su heredero, obedeciendo supuestamente a una maldición que pesa sobre la casa del príncipe. Lejos de mostrar el pesar lógico, Manfred (inspirado en el rey Manfredo de Sicilia), urde el plan maquiavélico de divorciarse de su mujer Hippolita para desposar él en persona a Isabella (y así afianzar sus pretensiones al señorío de Otranto, del que años atrás se hizo su abuelo, a la muerte de Don Alfonso, su legítimo dueño, por procedimientos poco claros).

A todo ello, un joven humilde (y aun así cortés y caballeroso), incurre en las iras del príncipe Manfred al cuestionar la procedencia del yelmo, y la trama se complica cuando por una serie de rocambolescas circunstancias este joven, Theodore, ayuda a Isabella a escapar en busca de la protección del abad Jerome, del cercano monasterio de San Nicolás, y al ser aprehendido de nuevo entra en contacto con Matilda, la no menos virginal hija de Manfred.

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Establecido el conflicto básico, con el príncipe tiránico, la joven damisela en apuros y el héroe de origen presuntamente humilde (todos ellos devendrían en arquetipos del género), Walpole se dedica a embrollar la trama con triángulos amorosos, insinuaciones incestuosas (la relación previa entre Manfred e Isabella era análoga a la de padre e hija), revelaciones sorprendentes (en un género en que, si hay un padre desconocido, es seguro que acabará revelándose a lo largo de la historia como alguno de los personajes), equívocos bienintencionados y melodrama para saturar tres telefilms de sobremesa. Todo ello aderezado, por supuesto, con la ocasional intromisión de lo sobrenatural.

Desde una perspectiva moderna los elementos fantásticos, incluidos originalmente para producir inquietud, son demasiado ridículos para ser tomados muy en serio, por lo que pesa más el tono cómico, bufonesco incluso, de algunos de los pasajes (en especial los que involucran a la servidumbre, específicamente introducida como alivio cómico en medio del drama y tragedia que viven los personajes principales). Se puede apreciar, además, la influencia de Shakespeare (en especial de “Hamlet”) en el tratamiento de los pasajes más efectivos (el fantasma de un antepasado surgiendo de un cuadro o el de un anacoreta cadavérico que abre el último acto), e incluso en el tono muy teatral de algunas escenas (con recursos tomados directamente del teatro clásico… incluyendo por supuesto la versión cristiana del manido deus ex machina).

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Por muchos estremecimientos que generara en su época, lo cierto es que “El castillo de Otranto” difícilmente podría encuadrarse hoy en día dentro del género de terror. Ello no le resta todo mérito, pero conviene saber lo que puede pedírsele a la novela.

¿Y qué podría ser? Por ejemplo, alguien interesado en la historia del género fantástico encontraría de lo más interesante este intento primerizo de entremezclar realismo y fantasía, de introducir los elementos míticos propios de los libros de caballerías medievales en una trama novelesca (tal y como empezó a entenderse por aquel entonces, aunque los antecedentes pueden rastrearse al menos hasta “El Quijote”, publicado más de siglo y medio antes). A lo largo de los siglos posteriores (y hasta hoy), se produciría un tira y afloja entre el realismo a ultranza y permisividad hacia los elementos fantásticos (con mayor preponderancia de uno u otro según época y lugar), pero la semilla, la posibilidad de dicotomía, fue plantada por Walpole en su novela.

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Alternativamente, los arquetipos que encarnan los personajes de “El castillo de Otranto” siguen estando vigentes hoy en día. La malevolencia del príncipe Manfred, la abnegación de la despreciada esposa Hippolita, el candor de las princesas Isabella y Matilda, la nobleza de Theodore, la intensidad trágica del abad Jerome… siguen siendo tan reconocibles hoy en día como hace doscientos cincuenta años, y Walpole se esfuerza por rizar el rizo y explotar al máximo las posibilidades melodramáticas del enrevesado tapiz que teje, sin dejarse ninguna puntada por dar. No se puede pedir mucho más en tan poco espacio.

La novela, en versión original, puede descargarse gratuitamente en su página del Proyecto Gutenberg.

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Extraños eones

•abril 9, 2015 • Dejar un comentario

Las obras de inspiración lovecraftiana suelen despertar cierta cautela en el lector potencial (a no ser que sea un fanático del tema). Demasiado a menudo nos encontramos con simples iteraciones, reflejos deslucidos (y anacrónicos) del original, sin la menor intención (o idea) de hacer evolucionar el prototipo. Con “Extraños eones”, la última novela de Emilio Bueso, no hay nada de eso. Más bien al contrario, se nos presenta una obra que con sus raíces bien asentadas en la mitología y filosofía del genio atormentado de Providence construye un relato contemporáneo, no sólo en ambientación, sino sobre todo en esencia.

La materia prima es clásica y reconocible, e incluso el enfoque despierta de inmediato ecos en nuestra memoria; pero los terrores, vergüenzas e injusticias que evoca son actuales, son los nuestros. Son, por ello, vigentes, terribles en su proximidad. No nos amenazan desde la noche arquetípica de los tiempos, sino desde la oscuridad agazapada unos pasos más allá de donde alcanzan las luces de nuestras ciudades.

Es ésta una forma extraña de comenzar una reseña. Casi como si lo hiciera por las conclusiones. No es fácil organizar las ideas para abordar la reseña de una novela de Emilio.

Extraños-eones-Portada

“Extraños eones” se ambienta principalmente en El’Arafa, el mayor cementerio del planeta, y también uno de los más antiguos que sigue en uso. Y por uso no quiero decir sólo como lugar de enterramiento. En la Ciudad de los Muertos viven decenas de miles de cairotas, alberga más habitantes que muchas ciudades occidentales. Los hay que moran en mausoleos bien acondicionados, con electricidad incluso; otros se tienen que contentar con alguna tumba en ruinas, que ofrezca cuando menos un poco de refugio. Entre estos últimos se cuentan muchos de los homies de El Cairo, los niños de la calle, invisibles para las autoridades (salvo cuando toca perseguir un latrocinio), para los turistas (salvo como mendicante nota de color local durante las vacaciones), para el mundo en su conjunto. Son ellos los principales protagonistas de la historia.

Benipé es el jefe de la banda. Con dieciséis años y a punto de ser padre ya es casi adulto, además posee un empleo de verdad. Es limpiabotas. A su alrededor ha ido reuniendo a un grupo de heterogéneo de homies. Está Tata, la joven repudiada, su chica, en avanzado estado de embarazo; Islam, el más enganchado a esnifar pegamento, y fumar resina y consumir el estupefaciente al que pueda echar mano, del grupo; su trabajo consiste en separar basura en un vertedero; Khaldun, todo un virtuoso en el arte de encontrarse en el extremo receptor de desahogos muy contrarios a las palabras del profeta; el ladronzuelo Ibrahim, escurridizo como una anguila; y el niño copto Ideodaniach, que dos años después sigue buscando a la madre de la que se extravió, aunque a estas alturas ella ya no sería capaz de reconocer a su hijo tras la bruma que enturbia sus pupilas.

Pese a todo, siguen adelante, e incluso llegan por momentos a disfrutar de la vida. La mayor parte de ellos no han conocido otra. Les basta con un poco de comida con la que llenar el estómago y alguna sustancia química con la que vaciar la mente. Su existencia, siempre al borde del precipicio, se ve alterada cuando el extraño mausoleo nubio que se alza frente al suyo empieza a registrar la actividad de un extraño sacerdote negro, vestido con una chilaba también negra y escoltado por acólitos de características no completamente humanas. Pronto empiezan a escucharse en su interior salmodias, entonadas en un idioma muerto, y una inquietante música de flautas… y los niños de la calle del Cairo, los ignorados, los inexistentes, empiezan a desaparecer.

Emilio Bueso entreteje en “Extraños eones” la realidad (escondida, aunque sin mucho esfuerzo; tampoco hace falta ocultar en exceso aquello que queremos ignorar) de El Cairo, El’Arafa y los homies que los habitan con una de las versiones más tempranas de los mitos de Cthulhu, la desarrollada principalmente durante la fase onírica de Lovecraft, que dio forma (informe) a criaturas como Azazoth, el Sultán babeante, o Nyarlahotep, el Caos Reptante. La Tierra es un accidente, una mancha de orden en el tapiz anárquico, idiota, del cosmos. Una mancha que los agentes del caos están dispuestos a lavar, a través de rituales que ya eran antiguos cuando se erigieron las pirámides, tan pronto como las estrellas se encuentren en posición.

Extraños-eones-Portada-y-contraportada

Lo curioso es que sigue una senda que el propio Lovecraft abandonó. La que se prolonga desde la Ciudad del Sol Poniente, en “La búsqueda onírica de la desconocida Kadath”, tocando tangencialmente la R’lyeh de “La llamada de Cthulhu” e inspiraba “Azazoth”, la novela que nunca llegó a escribir (inspirada a su vez en el “Vathek” de William Beckford), y muchos de sus cuentos de los años veinte. A partir de 1928, Lovecraft empezó a transformar su mitología en ciencia ficción, sus dioses en alienígenas, y aunque muchos de sus imitadores se empeñaron en seguir tratándolos como entes sobrenaturales, con diversa fortuna, él mismo ya no volvió a explorar esas posibilidades.

Llega el 2014. Azazoth sigue royendo sus propios dientes en el abismo sin orden, su mente, si acaso tiene mente, no alberga propósito alguno. A los hombres ya no nos aterra el cosmos. Seguimos sin entender las paradojas relativistas, pero una segunda guerra mundial, todavía más terrible que la primera, y el bombardeo informativo constante de los informativos, de la CNN, de National Geographic, nos han inmunizado (o narcotizado) contra los horrores cercanos. ¿Cómo vamos, en tales condiciones, a estremecernos con abstractas comidas de tarro existencialistas?

Lovecraft fundamentó su terror en la noción de que los hombres somos insignificantes, menos que una mierda de mosquito en el conjunto de un universo ajeno e indiferente a nuestras miserias. Bueso aprieta más las tuercas, mostrándonos que además somos unos mierdas, por nuestra propia indiferencia ante nuestras propias miserias, y para ello recurre a una simbología anterior a la etapa que conocemos propiamente como los mitos de Cthulhu (apelativo que no agradaba demasiado a Lovecraft), una simbología, unos entes, que aún conservan la flexibilidad necesaria para adaptarse a las nuevas funciones que se les exigen, para avanzar por caminos aún no desbrozados, para recorrer sendas que no han sido pisoteadas una y mil veces.

No quisiera concluir la reseña sin hacer mención a otro aspecto importante de “Extraños eones”. Resulta habitual, cuando se sigue el modelo de Lovecraft, caer en la tentación de adoptar su recargado estilo. Es una declaración de intenciones clara y directa. Sí, la literatura (y dentro de ella la fantástica, y en su seno el terror) ha avanzado un poco desde entonces, y queda un tanto carca, pero ¡hey!, se supone que eso le da sabor.

No encontraréis servidumbre a ese recurso en “Extraños eones”. El estilo, es puro Bueso (los que hayáis leído sus últimas novelas sabréis perfectamente a lo que me refiero). Esa tercera persona (recurriendo en ocasiones la apelación en segunda persona), subjetiva, directa, un tanto beligerante (y sí, también de vez en cuando sentenciosa, aunque mucho menos que en “Cenital”, por ejemplo); esos juegos gramaticales, esas repeticiones de conceptos y estructuras… todo ello nos revela un escritor que no necesita imitar a un modelo para homenajearlo, que tiene su propia voz… y al que no le falla el aliento a la hora de emplearla.

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Boneshaker

•abril 7, 2015 • Dejar un comentario

Tres fueron los libros fantásticos más destacados del 2009 y los que se repartieron casi todos los premios y nominaciones. Entre ellos, el menos laureado, al quedarse sin el Hugo ni el Nebula al que aspiraba, fue “Boneshaker” de Cherie Priest, que sin embargo fue merecedor del premio Locus de ciencia ficción con una mezcla curiosa de varios de los subgéneros más en boga en el momento (y algún que otro ingrediente extra).

Vendido sobre todo bajo la etiqueta de steampunk, “Boneshaker”, el primer libro de una serie bautizada por la autora como The Clockwork Century (compuesta por otras cinco novelas, publicadas entre 2010 y 2013), pertenece ciertamente a esa estética (si bien con particularidades que ya detallaré), aunque no es menos cierto que parte de su atractivo reside en que se alimenta también de otras fuentes, como la literatura zombi, la ucronía, el weird west o incluso ramalazos propios de un horror survival.

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La novela se ambienta en un 1879 alternativo, en el que la Guerra Civil americana sigue dividiendo el país y en el que la ciudad de Seattle (más populosa de lo que le correspondía por un adelanto de la fiebre del oro) fue semidestruida dieciséis años antes por la Boneshaker, una taladradora diseñada originalmente para buscar oro en la helada Alaska. El desastre, además, liberó del subsuelo un denso gas ponzoñoso, conocido como la plaga, que mató a buena parte de la población y transformó a unos cuantos en zombis (llamados en la novela “podridos”).

Para contener tanto a las emanaciones mefíticas como a sus víctimas, se erigió en torno al centro de Seattle un enorme muro de sesenta metros de altura, y los supervivientes se asentaron y trataron de continuar con sus vidas en las Afueras. Entre estos reasentados se cuentan Briar Wilkes y su hijo Zeke (Ezequiel), que cargan con un peso adicional, pues Briar es la viuda de Leviticus Blue, el ingeniero responsable del desastre (amén de hija de Maynard Wilkes, el denostado y fallecido sheriff de Seattle en el momento del desastre).

Zeke ha pasado toda su vida a la sombra de las acciones de un padre que no conoció, así que cumplidos los quince años decide entrar clandestinamente en Seattle para buscar respuestas sobre su vida y su muerte. Cuando su madre Briar se entera, decide al instante salir a buscarle, aunque tras el terremoto que ciega los túneles subterráneos que utilizó el chico, el único procedimiento de entrada es contratar los servicios de alguna aeronave pirata (de tipo dirigible, aunque con mucha mayor maniobrabilidad).

El problema para ambos es que la antigua Seattle es un territorio hostil, en donde la plaga obliga a llevar constantemente máscaras antigás en la superficie, hordas de podridos buscan desesperados algo que devorar y la escasa población local sobrevive como puede, trapicheando con lo que pueden (básicamente, el gas de la plaga, como materia prima de drogas que venden en las Afueras) y sometidos a la tiranía del doctor Minnericht, el prototípico científico loco que ha establecido su base de acción en la antigua e inacabada estación.

Boneshaker_Seattle

Dicho de otro modo, “Boneshaker” bien podría ser un remake de “1984: Rescate en Nueva York”, con zombis, algún que otro artilugio mecánico y muchas máscaras de gas.

Sí, no resulta el colmo de la originalidad, al menos si analizamos sus ingredientes básicos tomados por separado, pero sin embargo la ejecución tiene algo especial, quizás surja del atrevimiento y desparpajo con que sirve la mezcla; de la forma en que los distintos tópicos, más que entorpecerse, se apoyan entre sí, engranando de un modo mucho más natural de lo que experimentos similares (como la película “Wild, wild, west”) consiguieron. Tal vez gracias a un cuidadoso equilibrio, que impide, por ejemplo, que la estética steampunk alcance niveles de ridículo (algo a lo que es propensa), o que se convierta en la enésima iteración Z carente de atractivos (aunque, por ese mismo motivo, decepcionará a los seguidores de este subgénero por la tangencialidad con que lo aborda).

Lo cierto es que “Boneshaker” alcanzaría cotas muy superiores si sus personajes fueran homogéneamente interesantes. Así, junto con el intrigante protagonismo de la madre endurecida por los reveses de la vida y decidida a todo con tal de rescatar a su hijo, tenemos al soseras del susodicho, que a sus quince años (en una época y lugar en que esa edad lo volvería prácticamente adulto) apenas es capaz de llevar el peso de los capítulos que le son dedicados. De igual modo, entre el variopinto elenco secundario podemos encontrar desde personajes de los que nos gustaría saber mucho más (Jeremiah Swakhammer y su arsenal) a otros que nos acaban cargando con sus manierismos (la manca y biónica Lucy, con su manía de llamar a todo el mundo “cielo”).

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De entre todas estas características, lo que terminó de decantar las simpatías del público y justificó su popularidad fue sin duda su peculiar aproximación al steampunk, desde una perspectiva cien por ciento americana, ajena (e incluso antagónica) al victorianismo canónico. Incluso sus científicos locos son muy reconocibles como un reflejo distorsionado del inventor estadounidense por antonomasia, Thomas Alba Edison, y los temas como la vida de frontera (y de fondo la prorrogada guerra civil) constituyen un trasfondo importante y un recordatorio perenne de que el Seattle de 1879 no puede ser más diferente del Londres de fin de siglo. Tal vez todo ello merecía una historia más innovadora y, sobre todo, una conclusión mucho más trabajada, pero cuando menos Priest nos ofrece una aventura sin tregua y un escenario pintoresco (si no se piensa demasiado en sus inconsistencias).

Como decía al principio de la entrada, el foco principal de los premios recayó aquel año en sus compañeras de binominación. Por un lado “La chica mecánica”, de Paolo Bacigalupi, que se alzó con el Hugo y el Nebula; y por el otro “La ciudad y la ciudad”, de China Miéville, que compartió el Hugo y fue la escogida por los votantes de los Locus como vencedora en la categoría de fantasía (lo cual no deja de parecerme curioso, pues casi clasificaría antes como ciencia ficción a la novela de Miéville que a ésta de Cherie Priest).

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La ciudad y la ciudad

•abril 4, 2015 • Dejar un comentario

Toda la carrera de China Miéville ha girado en torno a una reinterpretación en clave fantástica de los espacios urbanos. Curiosamente, aunque su primera novela, “El rey rata”, sí podría clasificarse sin problemas dentro de lo que habitualmente se entiende como fantasía urbana, la mayor parte de su obra se mueve en base a parámetros diferentes (en algunos casos, como el New Weird de su trilogía ambientada en el mundo de Bas-Lag, propios).

“La ciudad y la ciudad” (“The City & the City”, 2009) supuso una nueva vuelta de tuerca a su enfoque, optando por una (o dos… o tres) urbe ficticia, ubicada en nuestra propia realidad (algo que se preocupa mucho por enfatizar por medio de múltiples referencias). Se trata de una urbe “compartida” por dos naciones, Beszel y Ul Qoma. Lo singular del caso es que no se trata de un reparto clásico. Sí, existen zonas de la ciudad que son únicamente de Beszel y otras donde Ul Qoma reclama la soberanía exclusiva, pero la mayor parte de los barrios están entrelazados, son espacios propios de ambas ciudades… aunque sus habitantes tan sólo pueden encontrarse en una de ellas.

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Todos los ciudadanos de Beszel y Ul Qoma practican desde niños la habilidad de desver y desentir todo cuanto acontece en la ciudad que no es la suya. Así, aunque topológicamente se encuentran superpuestas, a efectos prácticos (y en teoría) nada de lo que ocurre en una nación afecta a la otra, salvo que viaje de una a otra a través de la Cámara Conjuntiva, una especie de frontera interna.

Esta extraña disposición depende del esfuerzo continuado de todos los habitantes de Beszel y Ul Qoma, que pueden esquivar los obstáculos que no se encuentran en su ciudad, pero sin reconocer su presencia. Ocasionalmente, sin embargo, bien sea por accidente, bien con intencionalidad trasgresora, se produce una brecha, una ruptura de la ficción topológica compartida (un coche de una ciudad que arrolla a un peatón de otra, por ejemplo). Entonces interviene la Brecha, una entidad misteriosa, con poderes misteriosos y jurisdicción supranacional, que se encarga de poner (expeditivamente) remedio a la situación.

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Una vez establecido el escenario, tocaba definir el enfoque, y de nuevo “La ciudad y la ciudad” se aparta (y no lo hace) de la norma habitual en Miéville, hibridando el género fantástico con la novela policíaca (que también es de por sí muy urbana).

El protagonista y narrador de la novela es Tyador Borlú, inspector de la policzai de Beszel, que investiga el misterioso asesinato de una joven que, al parecer, nadie de su ciudad puede identificar. Así, durante el primer acto de la novela, nos encontramos con una típica investigación, que sigue al dedillo las convenciones del género (emparejando a un oficial experimentado, Borlú, con una novata brillante, la agente Corwi). Eso sí, con las nada típicas peculiaridades nacionales de Beszel de fondo.

Previsiblemente, para su segundo acto la acción se traslada a Ul Qoma, y Miéville abraza otro de los clichés del género, con el detective Qussim Dhatt, de la militsya de la ciudad, sirviendo de reluctante compañero ocasional del agente de la ley extranjero. Aunque de nuevo la peculiar realidad consensuada de la ciudad y la ciudad introduce su nota de extrañeza en los procedimientos.

El tercer acto (un poco más corto), por supuesto, involucra a la Brecha, pero cuanto menos diga de él, mejor.

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Respecto al escenario, aunque pueda parecer extraño (de hecho, lo es), más que una ruptura con nuestra cotidianidad urbana constituye una exageración. En mayor o menor grado, todos acatamos en nuestras ciudades una serie de normas no escritas, un consenso social con suficiente flexibilidad como para soportar pequeñas infracciones, pero que por lo general exige una cuidadosa observancia. De hecho, también estamos especializados en desver y desentir, a veces situaciones y desarrollos que están aconteciendo justo a nuestro lado. Quién sabe hasta dónde podríamos desarrollar estas “habilidades” si en nuestro entorno existiera algo parecido a la Brecha para blindar los acuerdos.

China Miéville aprovecha la historia para imaginar dos sociedades gemelas, pero que como gemelos separados al nacer (la mítica Escisión… que en realidad pudo ser tanto una separación como una unión en torno a un núcleo común) se han desarrollado de forma muy diferente. Así, Beszel, por ejemplo, posee un régimen económico claramente capitalista, pese a lo cual la prosperidad material la ostenta la (probablemente) comunista Ul Qoma (sometida a bloqueo por parte de EE.UU. desde la Segunda Guerra Mundial). Ambas ciudades, además, poseen su cuota de extremistas (de importancia para la trama), tanto nacionalistas que propugnan la preponderancia de su urbe/nación sobre la hermana, como unionistas que abogan por el fin de la separación (y que, precisamente por ello, son quienes más escrupulosamente evitan cualquier posibilidad de brecha).

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También son de gran importancia en la historia los espacios entrelazados, ya no sólo las zonas de la ciudad que son tanto de Beszel como de Ul Qoma, sino otros muchos ejemplos como por ejemplo los restaurantes mixtos de musulmanes y judíos (con cocinas independientes kosher y halal)… que como extranjeros reciben exacamente el mismo trato y consideración por parte de los oriundos de la ciuda y la ciudad.

El escenario, huelga decirlo, resulta fascinante, y Miéville sabe moverse a la perfección por entre sus peculiaridades, manteniendo en todo momento la lógica interna (lo cual es de especial importancia dado lo ilógico del arreglo, que exige una completa coherencia para la suspensión de la incredulidad… y también que nos olvidemos del mundo exterior). ¿La trama policíaca? Bueno, no tanto.

La investigación de Tyador suele avanzar a base de revelaciones o desarrollos externos, que desatascan la situación cada vez que la insistencia del inspector ha tropezado con un muro. A la postre, además, todo el asunto acaba resultando ser menos impactante de lo que promete… lo cual puede decirse también de las revelaciones sobre Beszel, Ul Qoma y la Brecha que nunca llegan a materializarse. Sí, en parte es culpa nuestra, de nuestras expectativas como lectores, que el escritor (tal y como expone Miéville en la entrevista que acompaña a la edición de la Factoría) no está obligado a satisfacer. Aún así, personalmente, me supone cuando menos una desilusión (y hace recaer todo el peso de la trama sobre el misterio policíaco, que como ya he comentado no es tan robusto). Sin un nudo final que lo deje todo bien atado, me temo que me deja la impresión de que la estructura, el concepto central, carente de anclaje no puede sino deshilacharse, y frustra así mi esfuerzo por mantener hasta el fin la suspensión de la incredulidad.

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El autor (y muchos de los lectores, por lo que se desprende de las críticas que pueden encontarse por internet) sitúa el énfasis en el viaje más que en la meta; en la descripción de la ciudad y la ciudad. Yo, me temo, soy más de estructuras lógicas cerradas (lo que no implica necesariamente que deban ser tramas cerradas), y siento que en este caso en concreto que me falta algo para terminar de disfrutar de la historia. Tampoco ayuda el que la traducción sea un tanto inexperta (algo que es especialmente perceptible en los capítulos iniciales).

“La ciudad y la ciudad” conquistó en su momento un amplísimo reconocimiento crítico, alzándose con algunos de los premios más importantes del género fantástico. Así, se hizo con el premio Hugo de 2010, compartido con “La chica mecánica” (que obtuvo el Nebula en solitario), además del Locus de fantasía, el World Fantasy Award, el BSFA y el Arthur C. Clarke (a los que sumar otros  muchos locales, a medida que ha ido traduciéndose y publicándose en otros países).

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En la Deriva

•marzo 30, 2015 • Dejar un comentario

Uno de los autores de literatura fantástica más eclécticos de las últimas décadas (su carrera se inició en 1980) es Michael Swanwick, con una extensísima obra breve que le ha reportado numeroso premios y nominaciones. Con doce, es el segundo escritor que más nominaciones al Hugo de relato ha cosechado, habiéndose alzado con el triunfo en tres ocasiones (a las que añadir tres y dos en relato largo y dos sin premio en novela corta). En cuanto a los Nebula, totaliza quince finalistas en las tres categorías… sin haber conseguido un solo triunfo (con récord compartido a este respecto por sus seis candidaturas tanto en cuento como en cuento largo). A todo ello se le suman ocho novelas que van del cyberpunk de “Vacuum flowers” a la fantasía “industrial” del mundo de “La hija del dragón de hierro”.

Como era de esperar, su primera novela, “En la Deriva” (“In the Drift”, 1984), fue un fix-up, que utilizó como inicio y fin dos textos ya reconocidos previamente por la crítica con sendas nominaciones a los premios Nebula: “El beso del mimo” (1981, ampliada de relato largo a novela corta para la ocasión) y “La muerte de la médula” (1984, que perdió el galardón a novela corta ante la magnífica “Pulse Enter”, de John Varley). Entre ambos, se sitúa la novela corta “Buscahuesos” (escrita muy posiblemente en secuencia con las otras dos) y dos breves textos de enlace para terminar de cohesionarlo todo: “La noche del negro” y “La feria del mutágeno”.

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La trama de “En la Deriva” se fundamenta en un escenario hipotético que afectaba de cerca al autor. En 1979, por una concatenación de errores mecánicos y humanos, el reactor 2 de la planta nuclear de Three Mile Island sufrió una fusión parcial, liberando una cantidad indeterminada de vapores radioactivos a la atmósfera.  Por fortuna, el accidente pudo controlarse antes de que evolucionara hasta una situación como la que viviría siete años después Chernóbil, pero sigue siendo hasta la fecha el más grave de cuantos ha experimentado la industria nuclear civil en EE.UU. (un 5 en la escala INES, frente al máximo de 7 que alcanzaron tanto Chernóbil como Fukushima).

Filadelfia, la ciudad natal de Swanwick, se encuentra a 135 kilómetros de Three Mile Island, y aunque el incidente no llegó a amenazarla (ni, de hecho, se ha llegado a asociar ninguna muerte con él), el impacto fue lo bastante grave para que pocos meses después escribiera, como uno de sus primeros relatos, “El beso del mimo”, que parte del supuesto de que la fusión del núcleo del reactor se completó, dejando afectada una enorme extensión del noreste de EE.UU., con Filadelfia justo en el borde, conocida como la Deriva.

El planteamiento es magnífico. En medio del caos de los primeros días (con migraciones masivas de hasta dos millones de refugiados, falta de información, muertes por radiación y exposiciones muy por encima de los límites teratogénicos), el único grupo organizado que puede hacer algo en la ciudad de Filadelfia es el de los integrantes de la tradicional Mummer’s Parade (un festival carnavalesco de año nuevo). Con el paso del tiempo, esta estructura se consolida y los mummers (traducido en el libro como “mimos”) evolucionan hasta una pintoresca organización mafiosa, que mantienen bajo su control a toda la ciudad y sus alrededores (algo así como los falleros asumiendo el control de Valencia… o las chirigotas de Cádiz, las cofradías de Sevilla, las comparsas de Alcoy… Supongo que todo el mundo tiene a mano un ejemplo muy gráfico al que acogerse).

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Un joven en principio apolítico, Keith Piotrowicz, se ve involucrado en las intrigas de los mimos cuando rescata (tras haberla atropellado) a una mujer en la Deriva. Sin proponérselo, descubre un secreto por el que muchos están dispuestos a matar, convirtiéndose en el objetivo de una caza humana que aúna el esperpento de sus orígenes bufonescos con la frialdad brutal de cualquier sistema de poder autocrático.

“El beso del mimo” supone un inicio magnífico para la novela. Tanto la trama (con su gran planteamiento y un par de sorpresas en su desarrollo) como la ambientación resultan más que destacables, y si hubiera seguido por ahí, Swanwick hubiera podido obtener un resultado de lo más interesante. Por desgracia, la historia (sin contar probablemente con un control firme) evoluciona por sus propios derroteros.

“La noche del negro” sirve tan sólo para denotar la transición de Keith, de joven ingenuo a una figura importante dentro de la organización de los mimos, mientras que “Buscahuesos” introduce en la narración toda una plétora de nuevos temas. La Deriva, algunos años después, ha acabado convirtiéndose en una zona codiciada, bien sea como lugar de destierro de presos políticos (o mutantes) o por hallarse en su interior el mayor depósito de carbón que queda en Norteamérica (su importancia sería discutible, así que ahí empieza a fallar la coherencia interna, pero ya llegaremos a eso).

El protagonisme recae en Samantha, una joven vampira (supuestamente, porque su intestino delgado es tan corto que no puede procesar nada más que nutrientes ya predigeridos en la sangre) deportada a la Deriva, donde es encontrada por un Keith ya maduro (y líder de los mimos) y un doctor enano, Esterhaszy, que tienen para con ella planes importantes dentro de las intrigas políticas entre las diversas facciones que circundan la región.

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La cosa se complica cuando Samantha resulta poseer también ciertos poderes sobrenaturales (al principio Swanwick intenta justificarlos malamente con algo de jerga seudocientífica, pero no es un intento muy entusiasta) y empieza a organizarse en torno a ella un movimiento de carácter místico que aglutina a los habitantes desahuciados de la Deriva.

El tono oscila entre la ciencia ficción catastrofista (con ciertas similitudes lógicas con las historias de postapocalipsis nucleares, como “Cántico por Leibowitz“) y una ciencia ficción fantasiosa deudora de la New Wave (aunque sin alcanzar ni de lejos el grado de lirismo de títulos como “Alas nocturnas“). El problema es que no termina de definirse, y la historia va avanzando sin desarrollar demasiado los temas de “El beso del mimo” ni terminar de definir los nuevos.

Todo ello se agrava con el tercer segmento (tras el interludio que supone “La feria del mutágeno”, que acontece entre quince y veinte años después, con la hija de Samantha, Victoria como líder e icono de un movimiento de resistencia de la Deriva que se opone a las injerencias tanto de los poderes externos como del sistema opresivo y autoritario implantado por los mimos. Desde el punto de vista de un corresponsal de guerra, asistimos a una serie de peripecias que ahondan en la dicotomía entre ciencia y misticismo de “Buscahuesos” y que entre todas las opciones a su disposición acaba decantándose por replicar de un modo bastante burdo la historia de Juana de Arco.

A la postre, “En la Deriva” queda como un experimento no del todo exitoso, que se inicia con un grandísimo segmento, pero que no sabe construir sobre él una narración que esté a la altura (o, siquiera, que muestre algún tipo de coherencia o evolución lógica entre las tres partes principales).

Uno de los problemas más serios que presenta, por ejemplo, es la total y absoluta ceguera hacia todo cuanto acontece fuera de la Deriva y de los territorios aledaños. Por mucho que una fusión nuclear incontrolada pudiera haber afectado a un área extensa de EE.UU. (y a la economía y sociedad del país en su conjunto), ello no justifica la impresión que da el libro de que no existe nada más allá, de que ni la ciencia ni la técnica han evolucionado (de hecho, todo lo contrario, pese a que fuera hay, en teoría, todo un mundo intacto). Peca pues de un poco de ombliguismo, de una estrechez de miras que quizás pueda justificarse un poco en extensiones cortas, pero que debería haber sido corregida, al menos parcialmente, al evolucionar el proyecto.

En cualquier caso, sólo por “El beso del mimo” ya constituye un título interesante, y sorprendentemente no existen tantas novelas de ciencia ficción que aborden el tema de los accidentes (que no guerras) nucleares. Así, a bote pronto, tan sólo me viene a la memoria la muy desfasada “Nervios” de Lester del Rey.

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