Cine de terror 1930-1939: un mundo en sombras

•febrero 16, 2019 • Dejar un comentario

Hay décadas cruciales para la definición de todo un género. En el cine, por ejemplo, lo que hoy se percibe como ciencia ficción se conformó en los años cincuenta. El terror, sin embargo, tuvo su década definitoria veinte años antes, y fue un período tan esplendoroso (o sombrío, según se mire), que no solo consolidó los arquetipos y los recursos que aun hoy siguen dibujando pesadillas en las pantallas, sino que su influencia se extendió a la propia consolidación de personajes y motivos cuya silueta se perfila, oscura, sobre toda la producción posterior.

Ese período fascinante en la evolución del género lo sitúa bajo la lupa Pedro Porcel en el nuevo monográfico cinéfilo de Desfiladero Ediciones (tras el dedicado al cine cómico español de los años cincuenta), un volumen con casi cuatrocientas páginas y alrededor de setencientas fotografías, que no solo realiza un repaso exhaustivo a los títulos, sino que analiza temáticas, relaciona la producción con la evolución del contexto social y se sumerge de tanto en tanto en el complejo entramado de grandes y pequeños estudios, luchando por impactar al espectador y hacerle sentir esos estremecimientos por los que estaban más que dispuestos a pagar el boleto de entrada en los cines.

El autor se muestra extremadamente metódico en su aproximación a un fenómeno tan amplío que, sin un poco de disciplina, bien hubiera podido superarle. Así, tenemos el libro dividido en seis capítulos, que vienen a ser, descontando un capítulo introductorio, cinco enfoques diferentes, que acotan la temática y la subdividen en segmentos asimilables.

El primer capítulo, “Antes de los monstruos”, se preocupa por desvelarnos los cimientos del cine de terror de los años treinta, echando un vistazo a lo que lo precedió. Aquí encontramos las diversas adaptaciones del primer gran personaje del horror, a medias entre el fantástico y el Peligro Amarillo, con el infame doctor Fu Manchú (interpretado siempre, por supuesto, por actores occidentales); el subgénero de la Vieja Casa Oscura (Old Dark House), con sus eclécticos grupos de personajes encerrados en mansiones tétricas con la oscuridad que han llevado consigo; el cine enfermo, deudor de las paradas de monstruos, con sus mutilados, sus locos, sus malvados deformes, capaces de despertar tanta piedad como aversión; y por último esas películas que buscan lo grotesco en lo profundo de la jungla, bien sea en el salvajismo de los indígenas o en ese personaje metafórico que es el gran simio poseído por la lujuria. Lo más interesenta del capítulo, sin embargo, tal vez sea la reflexión final sobre la otredad y su cambiante percepción, a instancias del clima económico.

Todo ello lleva, por supuesto a lo que bautiza como “El triunfo de los monstruos”, la llegada de los dos grandes iconos del cine de terror, Drácula y Frankenstein, con su variada y no siempre distinguida progenie. Aprovecha, además, para hablarnos más a fondo de los creadores, de Tod Browning (que ya se había destacado como maestro del cine enfermo), de James Whale, de Bela Lugosi y Boris Karloff, con una atención especial, como merece su estatura icónica (aunque son muchos, muchos más los directores y actores cuyas aportaciones se detallan en el libro, saltando adelante y atrás entre largometrajes conocidos e justa o injustamente olvidados.

La “Pluralidad del monstruo” analiza la evolución entre 1932 y 1934, el período quizás más libre, antes de que la autocensura llegara para amansar los monstruos, con títulos seminales como “La isla de almas perdidas” (inspirada en “La isla del Dr. Moreau“), las diversas encarnaciones del doctor Jekyll, el primer zombi (del tipo haitiano, en “White zombie”), la llegada de ese otro icóno del horror que es la momia y más, muchas más películas, cada una de ellas ahondando en nuestras peores pesadillas, buscando satisfacer los instintos más morbosos de la audiencia (y si eso ya lo hacían los grandes estudios, no hace casi falta ni comentar cómo se lanzaron a explotar estas necesidades en niveles… menos glamurosos (en donde, sin embargo, acabaron recalando muchos nombres de primera fila, empujados por las circunstancias económicas).

(1935-1939) es el período de “El monstruo domesticado”, que se abre con dos grandes aportaciones al panteón de los clásicos (“La novia de Frankenstein” y “El lobo humano”, que presenta por primera vez a un personaje, el del hombre-lobo, cuya fama crecería en otras décadas). Es la época en la que los grandes nombres, como Lugosi, Karloff o Peter Lorre, tienen que buscar películas más y más derivativas para seguir trabajando. Ha entrado en vigor el código Hays, que supone un golpe casi mortal a un cine que se caracteriza precisamente por su desafío a los valores morales de la audiencia. Aquí nos encontramos con títulos como “Las manos de Orlac”, en una cartelera que poco a poco va viendo como se reducen los títulos de horror (pese al éxito de la reposición de “Drácula” y “Frankenstein” en 1938).

Los dos últimos capítulos están dedicados a examinar la producción terrorífica en otras partes del mundo. En “El horror británico. Estrellas foráneas y folletines sangrientos”, el autor examina las peculiaridades del segundo gran productor de cine de género terrorífico de la época, que se aleja del componente fantástico que predomina desde 1931 en los EE.UU., bebiendo de un clasicismo que se nutre de la tradición macabra folletinística (que alcanzó, de hecho, su máxima expresión en las Islas Británicas); mientras que en “Otras voces, otros ámbitos”, realiza un recorrido por la cinematografía mexicana (claramente influenciada por el catolicismo y en algunos aspectos más atrevida), la alemana, que había despuntado antes pero que en los años treinta aún aportó películas de la categoría de “M, el vampiro de Düsseldorf” o “El testamento del doctor Mabuse” o extrañezas inclasificables como “Vampyr, la bruja vampiro”; y de ahí a ejemplos más puntuales polacos, franceses, japoneses, chinos… o la escasísima (y no demasiado ilustre) aportación española al terror de los años treinta.

Todo ello se complementa con una nutrida bibliografía y unos índices que permiten acceder directamente a la información por persona (actor, director…) o película.

“Cine de terror 1930-1939: un mundo en sombras” es una obra de consulta imprescindible, ya no solo para conocer una filmografía que sigue siendo en muchos casos totalmente disfrutable, sino por su labor de análisis, que trasciende la mera presentación de datos (muchos, muchos datos), para hablarnos de la esencia misma de la fascinación por el horror, que en aquella década alcanzó, quizás, su mayoría de edad. A lo largo de los capítulos, por su enfoque, podemos encontrarnos, eso sí, alguna pequeña redundancia (porque es muy difícil compartimentalizar un fenómeno tan complejo), así que recomendaría la lectura reposada, bien sea en el orden que propone el autor (que, a mi espíritu evolutivo, le parece perfecto), bien saltando de acuerdo con intereses más personales.

Por último, no puedo terminar esta reseña sin mencionar el excelente aspecto formal de la obra, con una maquetación cuidadísima y un riqueza gráfica que ya por sí sola casi justifica el volumen. Lo de “un mundo en sombras” puede hacer referencia no solo a la temática, sino al hecho de que se trata de películas rodadas en blanco y negro, y en estos casos el juego de luces y sombras es crucial en las composiciones (algunas de elllas deudoras, además, del expresionismo), con lo que cada fotograma resulta en sí mismo una pequeña obra de arte… ¡y hay centenares! (eso sin contar el arte de los pósters, veinticuatro de los cuales están reproducidos a todo color).

Una obra extraordinaria que destila amor por la oscuridad, lo enfermizo y lo aterrador. Justo los sentimientos que hicieron de aquella década la determinante en la evolución, ya no solo del cine de terror, sino del propio género en su conjunto (fijando, por ejemplo, una interpretración específica de los grandes iconos, de impacto superior incluso al de los originales literarios).

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Efímeras

•febrero 5, 2019 • 3 comentarios

Kevin O’Donnell Jr. fue un autor no demasiado prolífico. Solo diez novelas, publicadas entre 1979 y 1990, momento a partir del cual empezó a realizar más bien una labor de apoyo a la SFWA, desempeñando diversas funciones en su organigrama (hasta el punto de que hoy en día el premio por los servicios prestados a la SFWA lleva su nombre).

Es una producción, además, olvidada por los grandes premios, quizás por ir un poco a contracorriente, o peor todavía, por sus propios caminos paralelos. Así, mientras en los años ochenta triunfaba el exceso del cyberpunk, él exploraba ideas muy similares, aunque con un enfoque muy distinto, como con “ORA:CLE” (1984). Algo parecido podría decirse de una de sus primeras novelas, “Efímeras” (“Mayflies”, 1979), que en cualquier otro autor posiblemente hubiera sido clasificada como precyberpunk, con el protagonismo recayendo sobre un ordenador biológico, construido a partir del sistema nervioso de Gerard K. Metaclura y encargado de capitanear la expedición más importante y ambiciosa de la humanidad hasta la fecha.

Ahí, la historia entronca con uno de los escenarios clásicos del género, el de la nave generacional, pues con el objeto de perpetuar de algún modo a la raza humana, al borde de la autodestrucción, el gobierno de los EE.UU. decide construir una gigantesca arca, la Mayflower (en honor a ese otro navío que llevó a los primeros colonizadores británicos a América), que transportará hasta 75.000 afortunados a Canopus, a cien años luz de distancia, en un viaje previsto para algo más de un siglo.

Un accidente ocurre, sin embargo. La personalidad de Metaclura, que debería haber sido borrada, sigue presente, cual espíritu dentro del ordenador, y su despertar de nuevo a la conciencia inutiliza el sistema de control del estatocolector, dejando la velocidad limitada a 0.1c y convirtiendo por tanto un viaje de cien años en otro de un milenio, lo que, aun con una esperanza de vida de ciento veinte años y con la prohibición de reproducción antes de los cuarenta, supone veinticinco generaciones de pasajeros, sin mucho que hacer salvo regodearse en sus propias contradicciones y bajo el cuidado de un ordenador central esquizofrénico, con dos personalidades, la de Metaclura y la del Programa, luchando por el control de la misión.

“Efímeras” es básicamente la narración del largo viaje desde el punto de vista de la inteligencia que fue Gerard Metaclura, mientras se van sucediendo las generaciones de pasajeros a los que termina por bautizar como “efímeras” (en inglés esto constituye además un juego de palabras entre “mayflies” y “Mayflower”). La mayor parte de las funciones de mantenimiento son automáticas, de modo que solo de tanto en tanto, en intervalos de diez, veinte o incluso cincuenta años, su atención se vuelca en algún pasajero en concreto (o en su lucha con el Programa). Así pues, a través de esas viñetas, asistimos a la evolución social a bordo de la Mayflower, con etapas que van de la decepción por la extensión del viaje al hedonismo degenerativo que se instaura sobre las nuevas generaciones, nacidas ya a bordo de la nave y sin esperanza alguna de alcanzar Canopus.

De vida en vida (contemplada a través de poco menos que instantáneas), asistimos al derrumbe del sistema original, a revueltas violentas, a teocracias descontroladas, al ascenso y declive de movimientos políticos que abogan por la tenencia de armas (un error recurrente en varias generaciones de efímeras), por interrumpir el viaje y colonizar el primer planeta que se cruce más o menos en el camino de la nave, o todo lo contrario, por seguir por siempre a bordo de la misma, olvidando los objetivos iniciales y las intenciones de un planeta que ya ninguno recuerda (y que además, como broma adicional, al final ha acabado escapando de la destrucción y, con todo el potencial científico de un mundo, es muy posible que llegue a las estrellas antes que ellos). Por añadidura la lucha de Metaclura por ir asumiendo cada vez más parcelas de control afecta, a veces con consecuencias catastróficas, la vida en la Mayflower, y por si fuera poco acaban descubriendo que el espacio no está tan vacío como habían supuesto, y diversos contactos con alienígenas sacuden la frágil sociedad de la Mayflower.

“Efímeras” es una novela en la que tal vez cuesta un poco entrar debido a los continuos cambios de personajes y escenarios, pero que con un poco de paciencia acaba erigiéndose como un fresco fascinante de lo que es la especie humana (y en cierto modo un reflejo también de los azares de la colonización de los EE.UU., con esa fijación por las armas que tanto recuerda a la obsesión por la Segunda Enmienda). El viaje de mil años es un periplo de purificación, que aspira a eliminar los peores instintos de la humanidad (como su propensión a la violencia), intentando mantener virtudes como la curiosidad. Todo ello bajo la supervisión del ordenador/Metaclura, autonombrado juez, jurado y, en caso de considerarlo necesario, verdugo.

Resulta difícil innovar en escenarios tan manidos como puede ser el de las naves generacionales, pero Kevin O’Donnell lo consigue, y logra también no dispersarse del todo, seleccionando con habilidad lo anecdótico para ofrecer un atisbo a un todo mayor. Hacia el final, de hecho, el lector se encuentra impelido a leer cada vez más rápido, atrapado no tanto por lo que cuenta, sino por lo que se intuye, como esa misteriosa sociedad galáctica con la que se establecen los primeros (y no siempre pacíficos) contactos.

Es por ello, quizás, que la conclusión en sí resulte un poco anticlimática. A la postre, la historia nunca ha versado sobre el destino, sino que ha sido el viaje en sí, un periplo de continua transformación para los viajeros del Mayflower y de autodescubrimiento y aceptación para el cerebro/ordenador que una vez fue un hombre llamado Metaclura y que se ha pasado mil años combatiendo las funciones de un Programa tremendamente inadecuado para atender a las necesidades de un viaje diez veces más largo de lo previsto y experimentando todo un abanico de emociones, que van del hastío a la preocupación, del resentimiento a la responsabilidad casi omnipotente (erigiéndose así también en una metáfora, o tal vez en un imperfecto modelo a escala, de un dios).

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La luna y el sol

•enero 29, 2019 • 2 comentarios

Tras su consagración en 1978 con “Serpiente del sueño“, la carrera de Vonda N. McIntyre se desarrolló durante un par de décadas, a medias entre sus propias creaciones (destacando la serie de Starfarers) y novelizaciones de lujo (sobre todo del universo Star Trek), para concluir por sorpresa en 1997 con su segundo premio Nebula, “La luna y el sol” (“The moon and the sun”).

En contraposición con el resto de su obra, “La luna y el sol” no tiene absolutamente nada de ciencia ficción, tratándose más bien de fantasía histórica (aunque hay quienes intentan venderla como ucronía, supongo que por ser un tipo de fantasía más aceptable para un fan acérrimo de la ciencia ficción). La novela nos lleva al año 1698 y nos introduce en la corte de Luis XIV, el Rey Sol, justo tras la captura por parte del padre jesuita Yves de la Croix de un monstruo marino (del que el rey espera secretamente obtener la inmortalidad).

La llegada a Versalles de este fenómeno natural provoca diversas alteraciones en el complejo ecosistema cortesano, afectando sobre todo a Marie-Josèphe de la Croix, hermana de Yves recientemente salida de un convento para entrar como dama de honor al servicio de la duquesa de Orleans, esposa de Felipe de Orleans, el hermano pequeño del rey. Como asistente de su hermano, Marie-Josèphe va poco a poco descubriendo la humanidad del monstruo, hasta llegar al convencimiento de que la sirena es a todos los efectos una mujer del mar. Así pues, con la única ayuda de Lucien, conde de Chrétien, fiel consejero del rey y uno de los personajes más influyentes de la corte pese a su enanismo, se embarca en una campaña desesperada por que sea reconocida la humanidad del monstruo marino y se le conceda la libertad.

Tras un inicio un tanto confuso, “La luna y el sol” nos introduce de forma magistral en uno de los escenarios más fascinantes de la historia, mostrándonos todo el esplendor de la corte del hombre más poderoso de su época, cuidadosamente diseñada como una trampa en la que enredar las ambiciones de la nobleza. La naturaleza a menudo excesiva de esa vida palaciega queda perfectamente retratada, así como la personalidad férrea del soberano, dispuesto a renunciar a cualquier tipo de intimidad con tal de poder ejercer el control absoluto de un sistema basado en la concesión de favores puramente honoríficos en recompensa a la lealtad. De forma secundaria, asistimos también a uno de los principales episodios de la pugna entre el Rey Sol y el papa Inocencio XII por el control de la cristiandad francesa (un conflicto con ramificaciones tanto políticas como económicas).

Pero no solo lo que acontece en ese momento es relevante. Casi igual de significativos son los cambios que tendrán lugar a lo largo del siglo XVIII y que en la novela se anticipan, tales como la Ilustración (con el desarrollo de la filosofía natural, de la cual Yvex de la Croix es valedor, o la separación taxativa que se propone entre química y alquimia) o las primeras señales de los conflictos que casi cien años después harán estallar la Revolución Francesa.

Por desvelos de Marie-Josèphe no resultan tan interesantes, porque todo el cuidado que la autora dedica a verosimilitud histórica de la ambientación versallesca (si bien con un microcosmos muy, muy simplificado) lo pierde al forzar a su protagonista para adecuar la historia de modo que resulte atrayente para un enfoque feminista muy posterior, ignorando, como suele ser lo habitual en las corrientes anglosajonas, el feminismo incipiente de las preciosas (précieuses). Así, los esfuerzos de mademoiselle de la Croix por brillar con luz propia, en vez de ser considerada el pálido reflejo (la luna) de hombres como su hermano, quedan descontextualizados y pierden algo de la fuerza que hubiera podido añadir la integración histórica, en una período en que se estaban perdiendo las conquistas feministas de apenas unas décadas antes.

Esta sensación de desarrollo forzado se ve acentuada por la increíble solvencia de la protagonista, que con veinte años, cinco de los cuales los ha pasado en un convento donde se le ha prohibido estudiar o practicar cualquier tarea intelectual, se muestra casi sobrenaturalmente eficiente en todo lo que se propone (ya sea dibujo, diseño, composición o antropología). Es una facilidad preternatural que se extiende a su conexión con la mujer del mar, que se fundamenta en una comprensión mutua que solo puede entenderse bajo una lógica mágica, lo cual entra en conflicto con el tema general protocientífico. De todos los personajes de la novela, es el que menos parece encajar en la corte de Versalles de 1698, y aunque eso es en parte premeditado, no deja de resultar un poco artificioso.

La disonancia quizás surja del hecho de que la trágica historia de los pueblos del mar es la semilla de toda la obra, al originarse en un falso artículo enciclopédico titulado “The natural history & extinction of the people of the sea” (ilustrado por Ursula K. Le Guin). Este núcleo fantástico es el que la autora envolvió con una estructura histórica que, a la postre, resultó siendo más interesante, aunque ese interés no fue al parecer suficiente para modificar el enfoque de la mucho más simple historia fantástica de base.

El potencial desaprovechado, sin embargo, no malogra la novela (solo la convierte en menos de lo que podría haber sido). Vonda McIntyre nos guía con gran maestría por el boato, a medias fascinante, a medias ridículo, de los salones de Versalles y, una vez nos hacemos a las extrañas elipsis que puntean la narración, nos encontramos con una historia que avanza a un ritmo vertiginoso, congruente con una trama que en realidad ocupa apenas unos días. Prueba también del enorme oficio de la escritora es que Marie-Josèphe no llega nunca a convertirse en un personaje plano, sino que mantiene nuestra simpatía, no tanto por sus virtudes como por sus defectos (incluyendo una inocencia un poco forzada, verosímil solo por su prolongada estancia en un convento).

No estoy seguro de si la falta de experiencia a la hora de construir dramas históricos actúa a favor o en contra de la novela. Quizás si la juzgáramos como novela histórica ello magnificaría sus deficiencias, pero como fantasía con trasfondo histórico no es posible alcanzar mucho mejor resultado.

“La luna y el sol” es uno de los mejores premios Nebula de las tres últimas décadas (mucho mejor que el Hugo equivalente, que fue para “Marte azul“, de Kim Stanley Robinson). Entre las candidatas al Nebula se contaban también “Recuerdos” de Lois McMaster Bujold, “Juego de tronos” de George R. R. Martin (ganadora del Locus), “City on fire” de Walter Jon Williams y “Oveja mansa” de Connie Willis.

Hay proyectos para llevar esta novela al cine desde prácticamente el momento en que se publicó, y de hecho ya existe una película de medio presupuesto rodada, bajo el nuevo título de “The king’s daughter”, que va para cuatro años que aguarda fecha de estreno (lo cual no suele ser muy buena señal). Las similitudes con “La sirena” (un superéxito en China, país que aporta la mitad del presupuesto) primero y “La forma del agua” después, sin duda, habrán complicado todavía más sus planes de distribución.

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Rosa Cuántica

•enero 25, 2019 • 3 comentarios

Los premios Nebula son… peculiares. En contra de lo que cabría esperar, la votación popular de los Hugo ha arrojado resultados mucho más sólidos, mientras que las elecciones profesionales de los miembros de la SFWA se antojan a menudo incomprensibles, separadas del contexto que las propiciaron. En ocasiones, tirando de archivo, es posible desentrañar algunas. Otras, como la que en el año 2002 le brindó el Nebula a Catherine Asaro por “Rosa Cuántica” (“The Quantum Rose”, 2000), permanecerán para siempre, me temo, en el campo del “¿Pero en qué diantres estaban pensando?”.

“Rosa Cuántica” es la sexta novela de la saga del Imperio Eskoliano de Asaro, un híbrido entre space opera y romance, con algún toque hard, inspirado en la más exitosa serie de Miles Vorkosigan de Lois McMaster Bujold. Pese a esta circunstancia, diría que la novela se puede leer razonablemente bien sin saber nada más de la saga, aunque quede alguna subtrama un tanto colgada.

La primera parte de la obra utiliza un escenario clásico del planet opera, el de la antigua colonia que, tras siglos de abandono y retroceso tecnológico, acaba de ser reintegrada en la gran red interestelar, aunque sus habitantes siguen viviendo en una sociedad atrasada. En tal circunstancia se encuentra Kamoj Argali, una gobernadora del planeta Balumil, donde ha ido a exiliarse Lionstar, un misterioso eskoliano. Con absoluto desprecio por las costumbres locales, Lionstar (el príncipe Havryl, de la dinastía Rubí) compra a Kamoj con una dote que no puede rechazar, aunque ello la ponga a ella y a su provincia en el punto de mira del vengativo Jax, el gobernador más poderoso de la región y por largos años pretendiente de Kamoj.

En todo esto nos encontramos básicamente con una reformulación del cuento de la Bella y la Bestia, en donde el único punto de interés radica en una correcta descripción de la decadente sociedad de Balumil, que sobrevive ignorante entre las ruinas de una civilización mucho más tecnológica (un escenario muy clásico, pero que pocas veces resulta tan verosímil). El problema surge cuando la autora intenta forzar la faceta romántica… utilizando un molde del siglo XVIII sobre personajes del XXIII para lectores de comienzos del XXI.

Digamos que “La Bella y la Bestia” no es el cuento de hadas más feminista del canon clásico. Sus orígenes se remontan al renacimiento, como una fábula para conseguir que las novias jóvenes aprendieran a descubrir bondades ocultas en sus viejos maridos concertados, y todo ello se cumple a rajatabla, con una Kamoj de dieciocho años (muy maduros, que para eso los habitantes de Balumil se saltan la adolescencia) y un Lionstar de setenta (muy bien llevados, ventajas de la medicina eskoliana, aunque una máscara de metal oculta sus facciones al principio, por eso de resaltar su supuesta monstruosidad), que se “enamora” de ella al verla nadar en pelotas y, básicamente, la compra gracias a los infinitos recursos de una ciencia mucho más avanzada.

Esto engorila a Jax, que secuestra (y posteriormente viola) a la novia, y a partir de aquí la novela ya toma un giro decidido hacia el absurdo, intentando vendernos la idea de que Jax tiene un caso que defender ante un presunto juzgado interplanetario para quedarse con Kamonj. A ver, sé lo que está intentando vender Asaro. La relación tóxica entre Jax y Kamoj reproduce una dinámica de violencia doméstica, con la mujer sintiéndose incapaz de romper la relación. Es solo que, por un lado, es algo que no se sostiene en absoluto habida cuenta de la posición (política, social, económica…) de los distintos integrantes del drama (lo que la obliga a auténticas piruetas mentales, hasta el punto de convertir a Kamoj, de forma literal, en alguien genéticamente predispuesto a la sumisión), y por otro, no es el mejor trasfondo sobre el que desarrollar una historia de amor, la de Havryl con Kamoj, que tampoco se diferencia tanto (Havryl es un alcohólico violento, aunque no con ella, que se aprovecha de su ingenuidad y del tremendo desequilibrio de poder entre ambos para cimentar una relación que es “buena” solo por una misteriosa resonancia mental que lo justifica todo).

Como no hay salida para esta situación, Asaro corta por lo sano y a dos tercios de la novela da un salto de escenario, llevándose a Havryl y Kamoj al planeta del primero, para liberarlo del control de la Alianza Terrestre, aunque de nuevo, la situación no resulta muy convincente, habida cuenta de la disparidad de poderío militar entre el imperio Eskoliano, incluso después de haber salido de una feroz guerra, y los terrestres. Otra debilidad del argumento es que este tipo de salto suele funcionar cuando supone un cambio total de escenario, del atrasado Balumil a un (literalmente) cosmopolita planeta eskoliano. La realidad, sin embargo, es que Lyshriol, el planetal natal de Havryl es casi indistinguible de Balumil, pues se trata de una ridícula utopía pastoral (que utiliza medios igualmente ridículos, en el supuesto contexto ultratecnificado de la saga, para liberarse del control terrestre).

A todo ello se le añade una subtrama sobre una antigua ciudad del igualmente antiguo Imperio Rubí que no lleva absolutamente a ninguna parte y no tiene la menor influencia en la trama, y ya tenemos una novela en la que ni con la mejor de las intenciones se puede encontrar una sola justificación para un premio tan prestigioso como el Nebula (dudaría incluso del otro premio del que hace gala, un tal Affaire de Coeur en la categoría de ciencia ficción… básicamente porque ese año debió de competir en ese galardón específico de novela romántica contra la extraordinaria, en todos los aspectos, “Una campaña civil“, de Bujold).

Decía al principio que en la serie, además de space opera y romance, se salpican gotas de hard. Bueno, eso es bien cierto para “Inversión primaria“, pero en “Rosa Cuántica” la única excusa hard (en una trama que utiliza descaradamente elementos del pulp menos riguroso, como telepatía y teorías sobre antiguos astronautas) es la pretensión de que la trama es una alegoría de la teoría de la dispersión, un marco teórico para estudiar la interacción entre partículas desde la perspectiva de la química cuántica (campo en el que la autora es una experta). El problema es que no me lo trago.

A ver, al final del libro viene todo más o menos explicado en un apéndice técnico, y la verdad es que carezco de la competencia física o matemática necesarias para evaluar su pertinencia, así que acepto lo que me cuenta sin problemas. De lo que ya dudo es de qué fue antes, si la narración o la “explicación”, porque tal y como lo cuenta podría haberse ajustado una descripción cuántica a cualquier interacción entre tres personajes/partículas… y ya sería casualidad que una trama construida por analogía a una interacción cuántica se ajustara además como un guante a los parámetros de un antiguo cuento de hadas francés (de raíces italianas).

¿Fue esta analogía forzada lo que decantó la votación a su favor? Es cierto que 2002 no fue un año muy competitivo (tan poco como para conceder la victoria a un libro mediocre de 2000… que ya había sido serializado en 1999), pero entre los candidatos al Nebula se contaban también “Declara” de Tim Powers, “Tránsito” de Connie Willis (ganadora de un Locus de Ciencia Ficción), “El colapsio” de Will McCarthy, “A través de Marte” de Geoffrey A. Landis (todas ellas, hay que reconocerlo, de segunda fila) o, sobre todo, “Tormenta de espadas” de George R. R. Martin, que sí obtuvo el Locus de Fantasía (en lo que, sin duda, hubiera sido la mejor ocasión para reconocer a Canción de Hielo y Fuego, aunque pocos podían imaginar por entonces que se iba a iniciar su precipitado declive hacia la irrelevancia… desde una perspectiva literaria). Bien es verdad que el Hugo tampoco estuvo muy fino para aquella hornada, destacando a “Harry Potter y el caliz de fuego”.

¿Otros candidatos de ese año? “Médula” de Robert Reed, “Ventus” de Karl Schroeder, “Espacio Revelación” de Alastair Reynolds, “Galveston” de Sean Stweart (premio World Fantasy) o “La estación de la calle Perdido” de China Miéville (que sí fue nominada, pero al año siguiente).

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La rebelión de los pupilos

•enero 21, 2019 • 3 comentarios

Tras cuatro años de hiato y tres novelas no relacionadas, David Brin regresó en 1987 a su principal escenario, el del Universo de la Elevación de los Pupilos, con “La rebelión de los pupilos” (“The uplift war”). El reto era considerable. La anterior entrega, “Marea estelar“, había cosechado la triple corona (Hugo, Nebula y Locus), y esos son siempre unos zapatos difíciles de llenar.

A la dificultad de producir una entrega a la altura se le añadió además el riesgo inherente a una decisión arriesgada, pues en contra de lo que cabría esperar el autor optó por no continuar con la historia del Streaker, el primer crucero estelar tripulado por neodelfines en torno al cual se organiza el lío de “Marea estelar”, pasando a relatar un conflicto que se da en paralelo en el planeta Garth, recientemente entregado al cuidado del clan terrestre (el destino del Streaker, al menos el destino inmediato, pues aún quedan muchos flecos sueltos, se conocería en la segunda trilogía de la Elevación, que se publicaría entre 1995 y 1998).

El caso es que, aprovechando el tumulto ocasionado en las Cinco Galaxias por el hallazgo fortuito de los delfines, un clan extremista, el de los pajariles gubrus, decide que es una ocasión propicia para conquistar honores tomando Garth como rehén para hacerse con el secreto supuestamente hallado por los lobeznos (un clan sin tutores) de la Tierra. Ante los recursos de tan poderoso enemigo, los terrestres no pueden sino oponer una resistencia simbólica (y aun así de gran importancia desde una perspectiva diplomática), y pronto queda todo el planeta bajo el control de los alienígenas… todo salvo unas pequeñas bolsas de resistencia en los bosques, compuestas principalmente por neochimpancés, la segunda raza pupila del clan terrestre, con apenas trescientos años de sapiencia para avalar sus acciones y decisiones.

Allí donde “Marea estelar” suponía un castillo de fuegos artificiales, “La rebelión de los pupilos” escoge el camino de la exploración de la faceta ética de la gran supercivilización pentagaláctica, que por cientos de millones de años ha creado un entramado de relaciones de tutelaje, con cada especie sapiente obligada a transmitir ese mismo don antes de desaparecer a su vez, siguiendo el camino trazado por los míticos Progenitores. En medio de todo ello ha aterrizado la humanidad, no solo conquistadora del viaje interestelar por sus propios medios, sin el auxilio de la titánica Biblioteca, sino incluso lo bastante madura desde una perspectiva ética para haberse ocupado de la elevación de dos razas pupilas… aunque el pasado no tan lejano está oscurecido con el recuerdo del desastre en el que estuvo a punto de sumir a su propio mundo.

Más que en ningún otro de los libros de la serie, en “La rebelión de los pupilos” permea un discurso fuertemente ecologista, que apela a la responsabilidad del hombre para con los ecosistemas de su mundo, y es precisamente en la demostración de la responsabilidad como tutores de los hombres y en la idoneidad como pupilos de los chimpancés en donde se fundamenta la resistencia frente a los gubru, algo que se logra más en el plano de la imagen frente a la sociedad pentagaláctica que a través de logros puramente militares.

Hay un tema subyacente a toda la novela, oculto tras la historia arquetípica de resistencia en contra de fuerzas muy superiores, y es el de maduración. Así, tenemos a los jóvenes Robert Oneagle, hijo de la coordinadora planetaria, y Athaclena, hija del embajador tymbrini (una de las pocas razas aliadas del clan terrestre), obligados a asumir como tutores el peso del liderazgo de la resistencia, pero sobre todo los esfuerzos de neochimpancés como el piloto de la armada Fiben o la líder de la resistencia Gailet por mostrarse dignos miembros de la sociedad sapiente incluso privados del apoyo y la guía de sus tutores.

La maduración forzosa que todo ello supone retrotrae a la que debieron (debemos) superar los hombres para escapar de la autodestrucción. David Brin nos presenta un futuro al que aspirar, siempre y cuando nos mostremos dignos del don de la inteligencia, al tiempo que alerta contra las catastróficas consecuencias de una conducta atávica, pues Garth es un mundo llevado al borde del colapso ecológico por las ansias consumidoras de sus anteriores cuidadores.

Por supuesto, es una novela de David Brin, así que también tenemos aventuras, alienígenas exóticos y una trama que quizás se estira sobre demasiadas páginas, pero que va entretejiendo con cuidado una rocambolesca salida al conflicto que se centra en la supuesta existencia de unos míticos garthianos (presapientes oriundos del planeta y que, de algún modo, escaparon a la destrucción). Además, como suele ser la norma con Brin, el optimismo vence, y la proverbial suerte de los terrestres confabula con el universo para mantener su independencia en un universo brutalmente hostil, en el que somos literalmente los últimos monos.

Tras mi primera lectura de esta novela, que realicé hace ya unos cuantos años, me sentí decepcionado porque no me ofrecía aquello que esperaba tras “Navegante solar” y “Marea estelar”. En esta ocasión, sin embargo, creo que he entendido mejor lo que pretendía transmitir David Brin, y gracias a ello he aprendido a apreciar la novela en su justa valía, de modo que no solo la considero una más que digna integrante de la serie de la Elevación de los Pupilos, sino también muy merecedora de todos los honores que cosechó, pues al igual que su predecesora se hizo con los premios Hugo y Locus, mientras que en los Nebula tuvo que contentarse con una posición de finalista (frente a, la en mi opinión menor, “La mujer que caía“, de Pat Murphy).

Entre los finalistas al Hugo se cuentan también el inicio de la serie de Alvin Maker, de Orson Scott Card, “El séptimo hijo” (ganadora del Locus de fantasía); la imprescindible para la época aportación cyberpunk de la mano de George Alec Effinger y el inicio de la trilogía de Marîd Audran con “Cuando falla la gravedad”; el epílogo de la serie de Gene Wolfe del Sol Nuevo con “El urth del Sol Nuevo”; y una novela bastante mediocre de Greg Bear, “La fragua de dios“.

De forma harto curiosa, “La rebelión de los pupilos” es uno de los premios Hugo más maltratados en nuestro país, pues cuenta con una única edición, con una traducción mejorable, de hace más de treinta años.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

El vuelo del dragón

•enero 14, 2019 • 6 comentarios

En 1967 Anne McCaffrey publicó dos novelas cortas en los números de octubre y diciembre (concluida en el siguiente volumen) de Analog. Eran una rareza relativa, con una acusada inclinación hacia la fantasía, heredera del planet opera a través de la obra de autoras como Marion Zimmer Bradley y su serie de Darkover (iniciada en 1958 con “The planet savers”) o Andre Norton con la serie del Estcarp (“Mundo de brujas”, 1963). Esa science fantasy (termino que estuvo en boga en los años cincuenta y la primera mitad de los sesenta) presentaba historias y personajes propios de la fantasía, en un escenario con cierta justificación científica, a menudo relacionada con colonias humanas abandonadas que han revertido a estadios tecnológicos pretéritos.

Esa ambientación, que utilizó por ejemplo Ursula K. Le Guin para dar forma al ciclo del Ekumen (“El mundo de Rocanon”, 1966) y que siguió empleándose en años subsiguientes (por ejemplo para justificar el Barrayar de Lois McMaster Bujold), asume en la obra de McCaffrey, por mucho que ella misma se negara a admitirlo, una inclinación casi por completo fantástica, dejando el elemento tecnológico como una mera excusa, aunque sí que distinguía su producción de lo que en aquella época se estaba escribiendo en un panorama fantástico tremendamente influenciado por el éxito en 1965 de la primera edición oficial de “El Señor de los Anillos” en los EE.UU., que condujo a su vez tanto a una recuperación de la fantasía más clásica como a una oleada de malas imitaciones (que no triunfaron comercialmente hasta finales de la década de los setenta).

Todo ello quizás contribuyó a que McCaffrey se convirtiera en la primera mujer ganadora de un premio Hugo (de novela corta, en 1968, por “La búsqueda del Weyr”, ex-aequo con la extraordinaria “Jinetes del salario púrpura”, de Philip José Farmer) y de un premio Nebula (de novela corta, en 1969, por “Dragonrider”; aunque aquel año también lo ganó Kate Wilhelm en la categoría de relato por “Los programadores”). Los respectivos dobletes los impidieron en 1968 “He aquí el hombre”, de Michael Moorcok (ganador del Nebula), y “Alas nocturnas” de Robert Silverberg en 1969 (ganador del Hugo).

En 1968, estas dos novelas cortas, junto con dos más escritas a tal efecto, conformaron el volumen “El vuelo del dragón” (“Dragonflight”), publicado por Ballantine, inaugurando así una de las series más exitosas de la época, la de los dragones de Pern, que se extendería por veinticuatro libros (veintitrés novelas y una antología). El escenario es el siguiente: Pern es un mundo colonizado siglos atrás por los terrestres, que ha retrocedido a un estadio tecnológico preindustrial, por culpa de la amenaza de las hebras, una especie de hongo que cada tres siglos poco más o menos, coincidiendo con el paso cercano de un planeta de órbita excéntrica (la Estrella Roja), salva en oleadas el vacío entre los mundos y amenaza la vida oriunda de Pern y la existencia de los colonos.

La forma de combatir esta amenaza cíclica consistió en la adaptación de una especie pernense, transformándola en gigantescos reptiles inteligentes voladores y escupefuego, con un vínculo telepático con sus jinetes. Estos jinetes de los dragones habitan en los Weyr, recibiendo tributos durante los años de tranquilidad de los fuertes (asentamientos) y defendiéndolos cuando desciende la lluvia asesina.

“La búsqueda del Weyr” tiene lugar unos 2.500 años después de la colonización, tras un período inusualmente largo de calma (600 años, pues el último tránsito de la Estrella Roja no fue lo suficientemente cercano). Este lapso ha hecho que la antigua tradición se haya descuidado, y solo queda un weyr habitado, ocupado por unos doscientos dragones con sus jinetes, ante el desprecio casi generalizado por parte de los fuertes. En la última puesta, sin embargo, la reina dragón ha producido un huevo dorado, de modo que los dragoneros (jinetes de dragones) han debido partir en busca de la próxima reina humana que se conectará con la nueva bestia e inaugurará un nuevo ciclo (tras el descuidado y timorato reinado de su predecesora).

Este empeño lleva a F’lar al antiguo enclave de Ruatha, de gran importancia en la antigüedad aunque ahora bajo el dominio de un señor de la guerra local, que se ha hecho, en contra de la tradición, con el dominio de varios fuertes. En Ruatha, sin embargo, sobrevive Lessa, la única descendiente viva de los antiguos gobernantes, quien haciéndose pasar por sirvienta confabula desde hace años para vengarse y recuperar el poder… aunque quizás el destino le esté reservando objetivos más ambiciosos y responsabilidades más acuciantes para con el bienestar de todos los humanos de Pern.

La verdad es que no vale la pena ni intentar evitar revelar demasiado sobre la trama. Uno de los defectillos del libro es que todo resulta tremendamente previsible; y no me refiero solo a “La búsqueda del Weyr”, sino también a la segunda novela corta (retitulada como “El vuelo del dragón”) y las dos que cierran el volumen (“Cae polvo” y “El frío inter”), que en realidad conforman una única narración. Incluso avanzar lo más mínimo sobre su contenido podría bastar para que cualquiera con unas pocas lecturas a las espaldas pueda adivinar por dónde van los tiros. Me limitaré por tanto a apuntar que a lo largo de todo el libro tenemos un enfrentamiento entre la restauración de la tradición, que es el principal empeño de F’lar, sobre todo cuando se empieza a hacer evidente que se aproxima una nueva crisis con las hebras, la resistencia al cambio de dragoneros y hombres de los fuertes y la impulsividad un tanto caótica de Lessa, que le lleva, por ejemplo, a descubrir que los dragones no solo son capaces de teletransportarse en el espacio, sino también en el tiempo (ambas sugerencias de John W. Campbell, editor de Analog).

Jugar con los viajes en el tiempo no es algo que se pueda hacer a la ligera, y se nota que McCaffrey no termina de establecer correctamente las relaciones de causalidad. Es bastante evidente que tras la creación de Pern no hay un esfuerzo por buscar la coherencia, sino que todo va surgiendo un poco a salto de mata y se reajusta a posteriori (circunstancia que daña la serie en entregas posteriores). Otro fallo estilístico radica en la incapacidad de la autora para explotar al máximo el potencial que ella misma genera (algo que afecta especialmente a los respectivos clímax de cada sección, en los que casi pueden paladearse las escenas y descripciones épicas que nos escamotea de forma desconcertante). El caso es que, pese a estos defectos, los aciertos los superan en mucho.

Como aval de la obra, por ejemplo, tenemos un escenario que si bien no es cien por cien coherente resulta tremendamente sugerente, con unos personajes con los que no puedes evitar sentirte identificado. Debe mencionarse de forma especial el empeño de McCaffrey por conceder el protagonismo a personajes femeninos fuertes, una rareza en aquella época (lo que explica también algún que otro detalle que desde la perspectiva que dan las décadas chirría un poco, como su singularidad absoluta, que relega al resto de personajes femeninos a un plano muy, muy secundario). Tampoco debe minusvalorarse su impresionante legado, que se extendió no sobre la ciencia ficción, sino sobre la fantasía, constituyéndose en uno de los primeros y más importantes contrapesos a la épica tolkiniana

Desde una perspectiva filogenética, “El vuelo del dragón” bebe mucho de una premiada novela corta anterior: “Hombres y dragones”, de Jack Vance (ganadora del Hugo de ficción breve en 1963). Aquel planteamiento de science fantasy (que justifica la existencia de los dragones en un contexto tecnológico) se convierte bajo la pluma de McCaffrey en casi, casi fantasía pura, introduciendo multitud de elementos que luego se constituirían en todo un linaje que puede rastrearse hasta nuestros días. Por ejemplo, con las explicaciones fisiológicas para los dragones de Gordon R. Dickson en su serie Dragon Knight (empezando con “La torre abominable“, en 1976), el planteamiento de todo el universo de la Dragonlance (“El retorno de los dragones“, 1984) o incluso el arranque mismo de la Canción de Hielo y Fuego de George R. R. Martin (1996- ) y así llegando hasta refritos como “Eragon” (Christopher Paolini, 2002) o reinvenciones como la saga Temerario de Naomi Novik (“El dragón de su majestad”, 2006).

No se trata simplemente del concepto de los caballeros de los dragones, sino detalles mucho más profundos como la antigua amenaza casi olvidada que en su regreso propicia el resurgir de la magia (los dragones) o la conexión empática entre dragón y jinete. En definitiva, es muy posible que “El vuelo del dragón”, sin haberlo pretendido, se erigiera en uno de los hitos más significativos de la evolución de la fantasía en la segunda mitad del siglo XX (y eso que McCaffrey intentó denonadamente el no verse arrastrada a ese género que por entonces se consideraba de menor valía).

Tras “El vuelo del dragón”, la trilogía original se prolongó con “La búsqueda del dragón” (1970), y tras un lapso de ocho años en que vivió un divorcio complicado y un cambio de país, “El dragón blanco” (1978). A partir de ahí, la serie empezó a oscilar de acuerdo con las exigencias editoriales, haciéndose por ejemplo más juvenil con la trilogía del Harper Hall (1976-1979) y siguiendo con una larga retahíla de títulos, de progresiva irrelevancia (de los cuales se han publicado cuatro en castellano), escritos o coescritos a partir de 2002 por sus hijos Todd y Gigi.

Otras opiniones:

Póngame una docena de resceptos

•enero 11, 2019 • 18 comentarios

“Póngame una barra de pan, y si tiene huevos, una docena… y va y le venden doce barras de pan”.

Más o menos así ha ocurrido con Rescepto Indablog. Allá por el 2007 fui a por el año, y hoy me he encontrado con los doce ya cumplidos, lo cual no está nada mal para un medio de comunicación que ya ni siquiera está de moda. Con sus cambios de enfoque y sus lógicos altibajos, aquella bitácora que no sabía muy bien cuál era su propósito (y que de hecho lo había perdido nada más nacer), acaba de cumplir doce años, 4.380 días, que se dicen pronto.

Rescepto es, de lejos, mi mayor proyecto literario. Con 1.185 entradas y más de un millón cien mil palabras, supera con mucho las apenas 650.000 que suma toda mi ficción. También es muy característico de lo que está siendo mi “carrera”. Digamos que está ahí, arrastrándose año a año y peleando por seguir activo en medio de una… persistente indiferencia. (¡Gracias, gracias, gracias, a quienes rompéis la tendencia!). Los logros y las marcas, que los presenta, se deben más a la cabezonería que a cualquier desarrollo que pueda considerarse, bajo ningún prisma razonable, un éxito.

Es posible que ello explique también su longevidad. La presión es limitada (y la que ha existido, la he desviado) y cuando ha hecho falta, he bajado el ritmo, de modo que he evitado quemarme… en exceso. En fin, posiblemente todo esto suena un poco derrotista para una celebración de aniversario, pero es que estas ocasiones siempre se erigen en momentos de autoexamen y reevaluación, de echarle un vistazo al depósito para ver si todavía le queda combustible (y el número doce, con toda su magia sexagesimal, se presta de forma especial a este tipo de reflexiones).

Ayuda, por supuesto tener todavía metas por cumplir, como completar la Hugolatría, que empecé el año 2009 y está a apenas tres títulos de la línea de meta (hasta que el año que viene se conceda un nuevo premio Hugo). Sí, supongo que eso bastará por ahora, mientras vamos haciendo cifras que nos acerquen a hitos significativos (que supongan por sí mismos un acicate para seguir). También sigue creciendo el listado de premios fantásticos, con una remodelación importante y la adición a lo largo del año de las novelas ganadoras y finalistas de los premios Locus, World Fantasy Award, John W. Campbell Memorial, Ignotus, International Fantasy Award y BSFA.

Gracias a las 65 entradas del año, puedo actualizar el número total de reseñas publicadas en el blog, que asciende a 730, de 413 autores diferentes (sin contar los que solo aparecen en obras compartidas). A ver si consigo llevar las cuentas y lo celebramos cuando llegue en unos meses a la reseña número 750. Además, casi a última hora, he sumado un par de películas más, por lo que el total se situa en 85. En estos momentos, el blog es ya casi pura crítica, pues a este contenido solo se le suma el ocasional ensayo (recientemente, los dedicados a la espada y brujería y al transhumanismo en la obra de Egan) y muy, muy puntalmente la presentación de las novedades de Cápside. Los que no dejan de caer en picado son los comentarios. Solo 84 en todo el año (de los que casi la mitad corresponden a mis respuestas). Bastante menos de un comentario por entrada. Bueno, hace tiempo que di por perdida esa batalla…

Entre las reseñas del año destacaría (bien sea por el placer que me procuró la lectura, bien por la satisfacción que me produce la reseña en sí): “The scrutinies of Simon Iff” de Aleister Crowley, “Too like the lightning” de Ada Palmer, “The heart of what was lost” de Tad Williams, “Cuentos de escaldo” de Krake, “Las estaciones de la marea” de Michael Swanwick, “Cuna de gato” de Kurt Vonnegut y “La tempestad” de William Shakespeare; mientras que me gustaría mencionar entre los ensayos el dedicado a la Ciencia ficción feminista de segunda ola y uno que me ahorrará muchas explicaciones (porque me remitiré directamente a él cada vez que surja de nuevo la cuestión), el de la Duración de los derechos de autor según la legislación española.

En cuanto a las visitas, es una estadística que merece párrafo aparte. No tanto por los números totales (831.470) como por la circunstancia de que, por fin, tras seis años de estancamiento (o incluso retroceso), en 2018 se experimentó un incremento considerable en el número de visitas diarias, que ha permitido no solo batir el récord anual, sino superar por primera vez (y de forma holgada) las 100.00 visitas anuales. En concreto, durantel el año pasado se registraron en Rescepto 130.549 visitas, que corresponden a una media diaria de 358. El récord anterior estaba fijado desde el 2012 en 82.838. Este crecimiento, además, estuvo bastante repartido, pues se batieron todos los récords mensuales salvo el de octubre (por muy poquito) y el de diciembre. El mejor mes fue mayo, con más de 15.000 visitas y una media de 491 diarias.

Lo cierto es que dudo mucho que sea un crecimiento sostenible, o incluso replicable. El número de visitas desde España se mantuvo más o menos estable, de modo que la mayor parte del crecimiento cabe achacárselo a un desconcertante incremento de visitas desde los EE.UU., que es de lejos el primer país por número de visitas, con más de 55.000 (lejos de las 35.000 registradas desde España). Es un tráfico, además, que va y viene, como el Guadiana, sin que haya podido nunca determinar a qué obedecen esos vaivenes (sospecho que tiene que ver con cambios en el posicionamiento en buscadores). Otra anomalía es la irrupción de Hong-Kong como quinta fuente a nivel mundial de visitas a Rescepto; nada menos que 5.534 (en contraste con las 3 de China propiamente dicha). Por encima tan solo están México (8.750) y Argentina (7.053), y completan el listado de los países con más de 1.000 visitantes Chile (4.462), Colombia (3.885), Perú (1.936) y Ecuador (1.195). Si esto de las visitas fuera realmente sostenible, existe una lejanísima posibilidad de alcanzar el millón de visitas en 2019 (lo que requeriría prácticamente mantener el récord mensual absoluto durante todo el año). Por si acaso, no voy a contener la respiración mientras espero.

En las redes sociales, prosigue el crecimiento lento pero constante. Así, la página de Facebook ha llegado a los 345 seguidores, lo que supone un incremento de 37 (un 12% anual); la cuenta de Twitter tiene 305 seguidores, o 59 más que hace un año (un 19% de incremento). A través de WordPress los seguidores suman 145, 16 adicionales (12%). Incrementos todos ellos porcentualmente similares a los del año pasado. Google+, que está en vías de cierre, por lo que he dejado de actualizar la cuenta, ha alcanzado los 24 seguidores (2 más), que se perderán, como lágrimas en la lluvia (aunque los invito, por supuesto, a dejarse caer, si no están ya ahí, por alguna de las otras redes sociales).

Llegado a este punto, ya solo cabe emplazaros, con suerte, para el decimotercer aniversario dentro de doce meses y realizar un anuncio especial (o propósito de año nuevo). Tal vez vaya siendo hora de ir actualizándose, y lo que se lleva ahora es la comunicación audiovisual, de modo que a lo mejor habría que darle un tiento a la idea de un Rescepto Indatube. Sí, estoy decidido a, cuando menos, probar ese formato (lo que probablemente constituya la auténtica amenaza que se cierne sobre el servicio). Tengo que planificarlo bien y recabar consejo y ayuda (tanto a nivel técnico como práctico), pero en 2019 quiero dar el salto a YouTube (el vídeo piloto girará en torno a “Drácula”, de Bram Stoker, y combinará reseña, contextualización histórica y consejos de escritura).

¡Adelante con el año de la triscaidecafilia!

Cumpleaños anteriores:

 
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