El aliento de las tinieblas – La llamada de las sombras

•mayo 16, 2016 • 2 comentarios

Una de los subgéneros del fantástico más populares y prolíficos de las dos últimas décadas es también probablemente el más ignorado por el aficionado tradicional. Me refiero a lo que ha venido en llamarse romance paranormal (o sobrenatural); historias en las que las relaciones románticas constituyen cuando menos uno de los elementos centrales de la trama y que, además, involucran elementos tomados de la tradición fantástica (vampiros, hombres lobos, magos, demonios…). Examinando Goodreads, sólo del año 2015 hay registrados 360 títulos de romance sobrenatural, y dentro del panorama de la ficción romántica es el sugénero que más ha crecido durante los últimos años.

El caso es que el aficionado tipo, como comentaba tiende a ignorar (e incluso menospreciar) de partida toda esta producción (a no ser que se la suministre una editorial de confianza, obviando la etiqueta), y no faltan del todo razones para ello, ya que hay un buen porcentaje de todo esto que es pura basura (incluyendo algunas de las series más famosas). No es mucho decir. Como ya apuntó Sturgeon, el 90% de cualquier cosa es basura. La pregunta pues sería: ¿Existe algo “rescatable” en todo ese batiburrillo de vampiros sexis, brujas sexualmente desinhibidas y licántropos buenorros?

Primero tocaría realizar una precisión. Hay romance paranormal… y romance paranormal. La prueba de fuego consiste en eliminar la relación romántica del texto. ¿Queda algo? ¿Hay una trama más allá de quién consigue enrollarse con quién? Lo cierto es que un porcentaje elevado de todos estos títulos han abrazado los esquemas de la fantasía urbana moderna, extendiéndose a menudo en series tan populares como influyentes.

El arquetipo principal de esta corriente es la serie de Anita Blake, de Laurel K. Hamilton, una cazadora de vampiros en una realidad alternativa en la que los seres sobrenaturales viven más o menos abiertamente entre los hombres. Otra posibilidad  muy popular es la de un mundo mágico oculto, que opera al margen de la cotidianidad y es conocido sólo por iniciados. Tal es la opción que escogió Karen Chance para su serie de Cassandra Palmer.

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La serie se inició en 2006 con “El aliento de las tinieblas” (“Touch the dark”), al año siguiente salió su continuación, “La llamada de las sombras” (“Claimed by shadows”) y a día de hoy cuenta con ocho títulos (a los que sumar otros tres de un segunda serie y una novela semi independiente, que funciona como precuela a la serie principal).

El mundo que presenta es uno en el que los agentes sobrenaturales operan clandestinamente, con el objetivo de evitar una guerra potencialmente catastrófica con los humanos normales. Los vampiros, por ejemplo, viven bajo la autoridad de una serie de Senados continentales, que regulan su actividad aunque dejando un margen amplio para el desarrollo de multitud de actividades ilícitas. Como contrapeso, hay dos Círculos de magos (uno blanco y otro negro), más que capaces de hacerles frente, además de otros grupos que no tienen demasiado peso en estas dos primeras novelas.

La protagonista, Cassandra Palmer, es una chica de veinticuatro años que ha vivido casi toda su infancia y juventud en la corte de Tony, un maestro vampiro involucrado en diversos chanchullos mafiosos que se aprovecha de su talento profético. Unos años antes, tras conocer que su “protector” fue también quien ordenó el asesinato de sus padres, Cassie se fugó (denunciándolo al departamento de delitos económicos del FBI) y desde entonces vive de incógnito en Atlanta.

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Cierto día, sin embargo, al conectar su ordenador descubre que alguien le ha enviado su necrológica, anunciando su muerte para unas pocas horas después. Sabe así que la han descubierto y que debe huir por su vida, dando inicio a una fuga trepidante (toda la acción de la novela transcurre en poco más de un día subjetivo) que le lleva a descubrirse en el centro de cataclísmicos movimientos en el mundo sobrenatural, con una alianza de agentes de diversa procedencia dispuestos a trastocar el orden imperante y la herencia de la pitia, una poderosa fuerza estabilizadora, en el aire.

Karen Chance entremezcla en esta primera novela (que se percibe muy primeriza) diversas influencias, bien sea directas (aquí puede contarse casi con total seguridad la serie de Harry Dresden, de Jim Butcher) o indirectas (remontándose al menos hasta las crónicas vampíricas de Anne Rice). Aparte de esas influencias obvias, también es posible detectar ecos de otros autores, como Tim Powers (con viajes en el tiempo) o incluso clásicos de la literatura gótica, lo que demuestra que la autora hizo bien sus deberes antes de embarcarse en la creación de su propio universo… lo cual no quiere decir exactamente que de buenas a primeras le saliera un trabajo redondo.

Molesta un poco que todos los vampiros principales deban ser personajes históricos más o menos conocidos, desde Christopher Marlowe a la propia Cleopatra, amontonados sin ton ni son, como recurso epatante facilón. Mención especial amerita Mircea, el hermano mayor de Drácula y principal interés romántico de, al menos, los primeros libros de la serie (con un vampiro algo menor, Tomas, asignado a su protección y un mago de guerra, John Pritkin, como principales alternativas, por eso de generar incertidumbre).

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La principal virtud de la novela es que todo ocurre muy rápido, sin dejar espacio al aburrimiento. Las escenas de acción son adecuadamente explosivas y el contexto que va dibujando es lo bastante sugestivo para perdonar la ineptud absoluta de los interludios supuestamente románticos. A este respecto, quitando lo ridículo de determinados fetiches (en el caso de Karen Chance parecen ser los pelazos masculinos), habría que estudiar en serio los mecanismos psicológicos que llevan a pasar por románticas determinadas actitudes abusivas, por no hablar del cacao mental que se desprende de la esquizofrénica yustaposición de un puritanismo exacerbado y la golfería más ardiente… y recatada (llegando a extremos que ofenden al sentido común).

En cuanto a la trama sobrenatural, no hay demasiadas sorpresas. La novela sigue al pie de la letra el manual… lo cual no es muy diferente de lo que hace la inmensa mayoría de títulos de fantasía urbana, presenten o no un componente romántico.

La cosa mejora con el segundo título. Al parecer, tras caer en manos de un buen agente y una buena editorial, la autora supo definir y expandir su creación, añadiendo elementos novedosos (un grupo de gárgolas trabajando de ilegales en en casino regentado por un vampiro/súcubo) y definiendo mucho mejor el conflicto básico, la gran lucha por el poder, que alimenta la serie. En el apartado romántico, añade también algunos elementos adicionales (como un antiguo hechizo que la ata a Mircea), y va configurando un poco mejor el triángulo (más bien icosaedro) amoroso.  La adición de antiguas deidades griegas (sin demasiada coherencia interna), e incluso de todo un plano mágico (el Reino de la Fantasía), con sus propias reglas, termina de configurar un escenario que no tiene nada que envidiar a cualquier otra serie de fantasía urbana.

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Eso sí, a la postre me ocurre lo mismo que con la mayor parte de estas series (abiertas): no veo que todo ese despliegue conduzca a nada más que seguir adelante a toda velocidad, procurando no disminuir el ritmo un momento, no vaya a ser que nos pongamos a analizar la situación con calma y descubramos que es todo humo, más o menos organizado en torno a un par de estructuras arquetípicas (la guerra en el mundo sobrenatural y la maduración como nueva pitia de Cassie).

La serie de Cassandra Palmer no es ni mejor ni peor que cualquier otra de las que se ajustan a una estructura más o menos procedimental (los viajes en el tiempo añaden algo de novedad, aunque su lógica carece de un tratamiento riguroso). Para lectores no interesados en la parte romántica, lo cierto es que esa faceta no interrumpe demasiado ni llega a caer por completo en lo ilegible, salvo que el nivel de tolerancia al respecto sea bajo (de igual modo, en el espectro opuesto de consumidores potenciales, hay lectoras principalmente interesadas en esas relaciones que han encontrado la serie aburrida y confusa).

En otras palabras, si en vez de haber sido publicada en una colección específica de novela romántica (la línea Pandora de La Factoría de Ideas), hubiera sido promocionada simplemente como fantasía urbana, nadie se hubiera llevado las manos a la cabeza (vamos, que no le veo mucha diferencia, ya no con Anita Blake, sino incluso con Dresden, aunque esta última serie está orientada claramente hacia el sector masculino).

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A mí, a la larga, me aburren. Esa evolución caótica hacia ningún lado, a base de la simple acumulación de ocurrencias (eso sí, obligando a una especie de “carrera armamentística” que obliga a rizar cada vez más el rizo), no me atrae. Hay ideas atractivas, pero este tipo de aventuras se sostienen principalmente en el carisma de sus protagonistas… y Cassie Palmer, simplemente, no me resulta tan interesante (vamos, nada novedoso; es lo que opino en casi todos los casos similares).

Lectura ligera, para no calentarse demasiado la cabeza (ni tampoco creo que dé para calentar otras partes).  No es de lo mejor que puede ofrecer la fantasía urbana (y, aviso, la traducción es pésima), pero tampoco es desdeñable por completo. No lamento haberme aventurado por este camino (necesitaba algo simple, y en ese sentido me ha ido muy bien), pero tampoco voy a convertirme en seguidor de la obra de Karen Chance.

Lo que me ha demostrado, sin ninguna sombra de duda, es que cualquier aficionado a la fantasía haría mal en desdeñar a priori este tipo de novelas. Su calidad puede ser perfectamente equiparable a la de cualquier título que ocupe un hueco en las estanterías más… tradicionales; y para bien o para mal, están configurando las expectativas de lo que se entiende por fantasía para un amplísimo público potencial.

Eso por no hablar de que la fantasía urbana es un subgénero que se encuentra casi, casi en su infancia. Ya se hará más sofisticado (si lo necesita).

Otras opiniones sobre “El aliento de las tinieblas”:

Otras opiniones sobre “La llamada de las sombras”:

La dama muerta de Clown Town (Los señores de la Instrumentalidad II)

•mayo 13, 2016 • 2 comentarios

La ciencia ficción de los años 50 y principios de los 60 se ve a menudo etiquetada como de transición, entre la efervescencia juvenil de la Edad de Oro y la experimentación temática y formal de la New Wave. Yo mismo pasé casi de puntillas por ese período (batuizado en ocasiones como Edad de Plata) durante la Cifilogenia. Simplemente, resulta difícil encontrar patrones y elementos comunes que ayuden en una hipotética sistematización.

Ello puede conducir a la falsa impresión de que no se produjo en todos aquellos años nada de interés… idea que no resulta difícil rechazar tajantemente a poco que se eche un vistazo al listado de premios Hugo de la época… que apenas empieza a mostrar la riqueza temática y la calidad literaria que se alcanzó durante esos años, sobre todo por parte de autores que se incorporaban entonces al género, como Philip K. Dick, Algis Budrys, Theodore Sturgeon o Kurt Vonnegut… y a los que coincidentemente el éxito, medido en títulos publicados o volumen de ventas de los mismos, les fue relativamente esquivo (descontando al último, gracias a la popularidad conquistada con “Matadero Cinco“). Entre ellos se cuenta Paul Linebarger, más conocido (entre los aficionados) por el seudónimo que escogió para su obra de ciencia ficción, Cordwainer Smith.

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Toda la obra de género de Cordwainer Smith cabe en cuatro volúmenes no demasiado gruesos. De hecho, así es como la recopiló Ediciones B en su colección Nova, bajo el título genérico de “Los señores de la Instrumentalidad”. 32 cuentos y una novela que componen en su mayor parte (entre los relatos hay al menos seis independientes) una truncada (por la repentina muerte del autor) historia del futuro, como ninguna otra que se haya escrito.

Nos muestra, a través de pequeñas viñetas, la expansión de la humanidad por las estrellas y la evolución de sus estructuras sociales a lo largo de unos 15.000 años (según la cronología diseñada por Miquel Barceló a partir de trabajos de J. J. Pierce y Pablo Capanna). Ojo, la secuencia no está ni completa ni es completamente coherente. El propio autor publicó los cuentos “desordenados”, y lo que es peor, sus notas sobre la estructura y el devenir de la serie se perdieron (al parecer en un accidente de pesca) poco antes de sufrir el infarto que acabó con su vida a los 53 años. Lo que resta, sin embargo, basta y sobra para disfrutar de una obra en la que el destino, fuera cual fuese, importa mucho menos que el camino.

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Arthur C. Clarke afirmó unos años más tarde que cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. Linebarger, sin duda, tenía una visión diferente. Para él, cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la poesía, y son precisamente sus descripciones metafóricas de la Instrumentalidad, así como su estilo, que podría caracterizarse como la narración de leyendas ancestrales del futuro remoto, lo que hace sus relatos tan fascinantes hoy como el día en que se publicaron por primera vez.

“La dama muerta de Clown Town” es el segundo volumen recopilatorio. Incluye relatos tardíos del ciclo (publicados originalmente entre 1961 y 1966, más una obra póstuma que no vio la luz, completado por la esposa de Linerbarger, hasta 1975) y trata más específicamente que el precedente, “Piensa azul, cuenta hasta dos“, y abarca un período bautizado como el Redescubrimiento del Hombre, en el que tras instaurar una falsa utopía, la Instrumentalidad descubre que al alcanzar la completa felicidad y seguridad, en una sociedad en la que incluso la muerte está controlada y planificada, le ha arrebatado algo importante al ser humano. Ese algo, presente todavía en el subpueblo (animales modificados para adquirir apariencia humana, cuya lucha por conquistar derechos civiles equiparables a los hombres verdaderos es uno de los principales ejes temáticos de la serie), incluye anhelos, miedos y esperanzas, y presenta también una faceta religiosa, con la recuperación de la vieja religión fuerte (el cristianismo).

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En el caso de antologías de autor único no suele ser mi costumbre examinar una por una cada narración. El caso que nos ocupa, debido a la fuerza individual de algunos de los fragmentos, es especial, así que sin más dilación paso a hablar de…

“La dama muerta de Clown Town” (“The dead lady of Clown Town”), no sólo es el título global del volumen, sino también el de la novela corta que lo abre, publicada originalmente en Galaxy en agosto de 1964. En ella, Elena, una sanadora bruja, concebida por un error en el ferreo sistema de la Instrumentalidad, se ve involucrada en la rebelión del subpueblo, que aspira a conquistar derechos civiles equiparables a los humanos. Dicha rebelión fue concebida por la grabación electrónica de la personalidad de una antigua dama de la Instrumentalidad, la Dama Panc Ashash, que a lo largo de cientos de años elaboró una profecía (apoyada en cálculos estadísticos), según la cual cuando llegara una persona como Elena al refugio del subpueblo, debía estar lista una niña-perro, P’Juana, que los llevaría a conquistar su libertad.

La historia es profundamente simbólica, con referencias al paleocristianismo, paralelismos (buscados por la propia Dama Muerta) con la vida de Juana de Arco y análisis político de los mecanismos propagandísticos de la lucha por los derechos civiles de minorías oprimidas. De hecho, pocos meses después de la publicación del relato, en marzo de 1965, tuvo lugar el Domingo Sangriento de Selma, un punto de inflexión en la lucha por el voto de la población negra de los estados del sur. En la brutal represión policial de una manifestación pacífica, se refleja el martirio de P’Juana… y los resultados de ambos acontecimientos, el real y el ficticio, son similares.

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Sublecturas aparte, he de hacer hincapié en lo que de verdad separa a la prosa de Cordwainer Smith del resto: un estilo único y hermoso, que humaniza la tecnología al olvidarse por completo de los cómos y que se posiciona en un punto equidistante entre la historiografía, el mito y la exaltación hagiográfica. Una auténtica maravilla.

Sigue “Bajo la vieja Tierra” (“Under old Earth”), el último relato que publicó el autor en vida (de nuevo en Galaxy, en 1966). En él, el señor Sto Odin, a pocos días de su muerte voluntaria, decide investigar los rumores sobre un lugar alejado del control de la Instrumentalidad, en las profundidades de la Tierra. Su objetivo, poner de manifiesto el fallo en la utopía asfixiante que han creado los hombres en su empeño por borrar de sus vidas cualquier incomodidad.

“Barco ebrio” (“Drunkboat”), publicado en Amazing Stories en 1963, muestra un paso adelante en el dominio del espacio respecto a la planoforma (el sistema que había ideado apenas unos meses antes… o unos 6.000 años según la cronología interna, en “Piensa azul, cuenta hasta dos”). También guarda paralelismos con “El coronel volvió de la nada”, un cuento póstumo que bien podría haber servido de boceto a este otro, mucho más elaborado.

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“Los mininos de mamá Hitton” (“Mother Hitton’s littul kittons”), publicado en Galaxy en 1961, centra la atención en Nostrilia, el planeta de la Instrumentalidad que produce la droga de la inmortalidad (aunque en general los hombres se contentan con vivir 400 años). Este monopolio, por supuesto, hace a los nostrilianos extremadamente ricos y los marca como objetivo de ladrones como Benjacomin, aunque al estar el planeta protegido por los susodichos mininos su empeño está condenado al fracaso… y lo marca como objetivo de las represalias, tan devastadoras como sutil es su proceder, de los servicios secretos nostrilianos.

Como curiosidad, no he podido dejar de percibir una posible relación entre la situación de Nostrilia en su universo y la posterior de Arrakis y su especia en la saga de “Dune“. También cabe destacar la mención, casi de pasada, de un sistema enciclopédico muy, muy similar a las actuales enciclopedias electrónicas.

“Alpha Ralpha Boulevard” es un cuento extraño (aun más extraño), inscrito decididamente en el proceso del Redescubrimiento del hombre. Apareció el mismo mes y año que el anterior, aunque en The Magazine of Fantasy and Science Fiction, y muestra a un pareja recientemente “despertada” (con unas personalidades francesas) en su viaje iniciático hasta una remota máquina con supuesta capacidad profética.

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Como la mayor parte de los principales relatos de la Instrumentalidad, “La balada de G’Mell” (“The ballad of lost C’Mell”) fue publicada en Galaxy, en ocubre de 1962. De nuevo vuelve a la lucha por conquistar derechos civiles del subpueblo, un par de siglos después del martirio de P’Juana. G’Mell es una mujer-gato, empleada como acompañante de placer de los dignatarios que visitan el Terrapuerto (un oficio completamente legítimo, sin connotaciones negativas), con quien contacta el Señor Jestocost (lejano descendiente de Elena) para urdir un plan que favorezca la situación del subpueblo y lo ayude en su largo proceso por alcanzar la plena ciudadanía.

La importancia del relato reside sobre todo en que constituye la precuela de “Nostrilia”, la única novela del ciclo (publicada originalmente como dos novelas cortas), que comparte con “La balada de G’Mell” algunos personajes.

Otro punto fuerte del volumen lo encontramos en “Un planeta llamado Shayol” (“A planet named Shayol”, Galaxy, 1961), uno de los relatos de ciencia ficción más aterradores que he leído nunca. Ambientado en un mundo-presidio, narra las penurias de un condenado por un crimen desconocido en un entorno pesadillesco y casi surrealista de endosimbiontes, drogas aturdidoras y producción de órganos. Sin apenas recurrir a elementos explícitos, Cordwainer Smith logra transmitir el horror puro de lo inevitable.

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Cierra la antología “Hacia un mar sin sol” (“Down to a sunless sea”), relato completado póstumamente por Genevieve Linebarger, la esposa del autor, y publicado en 1975 en The Magazine of Fantasy and Science Fiction. Superficialmente tiene elementos de contacto con “Un planeta llamado Shayol” (lo que justifica su inclusión en el volumen), con la Instrumentalidad, ya reconducida, ejerciendo una suerte de tutelaje sobre  otras asociaciones políticas menores. El texto, sin embargo, carece de las sutilezas y los matices, tan difíciles de explicar y tan evidentes durante la lectura, que hicieron de Cordwainer Smith un autor único.

No hay mucho más que añadir. Una saga imprescindible, injustamente olvidada, que explora los límites de la capacidad evocativa de la ciencia ficción. Su única pega es la certeza de que, leídos los cuatro volúmenes de “Los Señores de la Instrumentalidad”, y pese a la riqueza del género, ya nunca volverás a encontrar nada parecido.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Rescepto: Año tres

•mayo 11, 2016 • 1 comentario

Durante el 2009, el tercer año de vida de Rescepto Indablog, se puede afirmar sin ambages que el blog ya había descubierto su auténtica vocación. Con 152 entradas, se estableció un récord que aún se mantiene (empatado con el 2010). Aún no estaba dado de alta en Facebook, así que muchas de las tonterías que ahora suelto allí (incluyendo, pero no limitándose a, avisos de actividades literarias propias o ajenas) acababan con propia entrada.

Lo significativo es que el número de reseñas de libros se triplicó, llegando a 79 (cifras en torno a las cuales se ha movido desde entonces, con algún pico puntual), al tiempo que los comentarios de películas menguaban casi en igual proporción, quedándose en 8. Por la parte literaria, podían distinguirse dos subgrupos, el de novedades de autor español y el de clásicos más o menos antiguos de la ciencia ficción. Respecto a esta última categoría, cabría mencionar cómo el 3 de febrero quedó formalmente inaugurada una de las secciones clásicas del blog, la Hugolatría, con la reseña de “Tú, el inmortal“, de Roger Zelazny. No fue el primer premio Hugo cuya crítica aparecía en el blog, pero sí la entrada en la que planteé un reto que, tras perder un poco de impulso, sigue vigente. El año terminó con 26 obras premiadas contempladas, y a día de hoy hay reseñados 55 de 64 ganadores… lo cual no está nada mal, sobre todo si se tienen en cuenta también los 33 ganadores (alguno de ellos repetido) del Nebula (de 46).

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Con tiempo, la intención no sólo es completar algún día la Hugolatría (añadiendo a medida que vayan saliendo los nuevos ganadores), sino completar también el listado de los Nebula y los Locus (y de ser posible seguir con otros premios importantes, como el World Fantasy Award o el Bram Stoker), e incluso abarcar un porcentaje significativo de finalistas (55 por ahora). Sí, no sabía dónde me estaba metiendo, ¿pero qué mejor modo de estudiar un género que a través de sus títulos más destacados (con todos los peros que se le puedan poner a los Hugo)? Posiblemente no era del todo consciente de ello por aquel entonces, pero el carácter histórico, e incluso un poco sistematizador, del blog comenzaba a definirse.

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Del 2009 son algunas de las entradas más visitadas en todos estos años. Está, por ejemplo, la crítica a “Kafka en la orilla“, de Haruki Murakami; o Reivindicando a Tad Williams (que yo ya lo hacía, antes de que recuperara la “respetabilidad” con la edición de sus últimas obras fuera de Timun Mas); por no hablar de algunos de esos premios Hugo que mencionaba antes (“American Gods“, “Pórtico“, “La era del diamante“…); pero destacaría sobre todo una de las estrellas indiscutibles del blog: La etiqueta del champú, una lectura que ha fascinado a miles de lectores durante generaciones y que ha atraído a Rescepto a 5540 visitantes hasta la fecha (y contando).

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Al finalizar el tercer año, el número de visitantes diarios se había vuelto a duplicar, y ya coqueteaba con la doble centena… lo que lamentablemente acabaría revelándose como una cifra muy cercana al techo (este año, sin ir más lejos, la media está situada en 207). ¿Por qué se trunco la progresión? Aún sigo preguntándomelo. Además, cada año siempre hay un mes o dos en que parece que, por fin, el blog va a romper ese límite… para volver a darse de bruces contra la tierra poco después.

Cualquiera diría que multiplicando los contenidos deberían, cuando menos, aumentar las visitas a través de buscadores, que suponen un tercio del total, pero no. En fin, misterios insondables de la existencia.

También en esta serie:

Finalistas de los premios Ignotus 2016

•mayo 8, 2016 • 4 comentarios

Hace un par de días hicieron públicos los resultados de la primera fase de los premios Ignotus 2016, auspiciados por la AEFCFT en reconocimiento de las obras fantásticas publicadas en España a lo largo de 2015.

Copio primero el listado completo… con algún que otro comentario personal, por eso de añadir algo a noticias que ya no son todo lo frescas que hubiera deseado. Si deseáis consultar la lista pura, sin contaminar con opiniones de ningún tipo, podéis hacerlo en la propia página web de la AEFCFT.

Ignotus

Novela

Challenger, de Guillem López (Ed. Aristas Martínez)
Disforia, de David Jasso (Ed. Valdemar)
Neimhaim, de Aránzazu Serrano (Ed. Fantascy)
Nos mienten, de Eduardo Vaquerizo (Ed. Fantascy)
Pronto será de noche, de Jesús Cañadas (Ed. Valdemar)

(Dos de Fantascy y dos de Valdemar, básicamente las únicas editoriales que hoy por hoy publican autores españoles con unas tiradas equiparables a las de extranjeros… equiparados por desgracia en la parte baja del rango; y por ahí se ha colado con mucha menor difusión Guillem López. Enhorabuena a los cinco; a ver si la nominación sirve para potenciar su carrera comercial).

Novela corta

Alma y el poeta, de José María Tamparillas (Ed. Dissident Tales)
“Bultzatu”, de Ekaitz Ortega. En Mariposas del Oeste (Ed. Sportula)
“El traductor de dios”, de Javier Castañeda de la Torre. En Mariposas del Oeste (Ed. Sportula)
La suerte del dios hambriento, de M. C. Arellano (Ed. Sportula)
“Naturaleza humana”, de César Mallorquí. En Trece Monos (Ed. Fantascy)
Sirenas de dientes blancos, de Daniel P. Espinosa (Ed. Palabras de Agua)

(Un gustazo ver hasta seis nominadas en esta categoría. Es una longitud a la que tengo especial cariño. Suerte también a los seis).

Cuento

“Eden Ranch”, de Pedro Pablo de Andrés Correas. En TerBi 10 (Ed. Asociación Vasca de Ciencia-Ficción, Fantasía y Terror)
“El abismo mecánico”, de Javier Castañeda de la Torre. En El abismo mecánico (Ed. Cápside)
“Fiat tenebrae”, de César Mallorquí, En Trece Monos (Ed. Fantascy)
“La bestia humana de Birkenau”, de Sergio Mars. En Mariposas del Oeste (Ed. Sportula)
“Los rápidos azules”, de Juan González Mesa. En SuperSonic 3 (Ed. Cristina Jurado)
“Piso veintisiete”, de Rodolfo Martínez. En Delirio 16 (Ed. La Biblioteca del Laberinto)

(Aquí no puedo ser imparcial, ya que cuento con una nominación como autor y otra como editor… el corazón partido, que suele decirse. ¿Qué decir de “El abismo mecánico”? Yo mismo le concedí el primer premio del concurso CIFICOM. Respecto a “La bestia humana de Birkenau”… lo considero mi mejor cuento hasta la fecha, y con eso lo dejo casi todo dicho).

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Antología

A la deriva en el Mar de las Lluvias, selección de Mariano Villarreal (Ed. Sportula)
Cuentos para Algernon Año III, recopilación de Marcheto (https://cuentosparaalgernon.wordpress.com)
El abismo mecánico, recopilación de Sergio Mars y Vicente Hernándiz (Ed. Cápside)
Mariposas del Oeste, recopilación de Mariano Villarreal (Ed. Sportula)
Trece Monos, de César Mallorquí (Ed. Fantascy)

[Aquí estoy de nuevo dividido, aunque no al 50%, con una obra de la que soy editor y coantólogo, “El abismo mecánico”, claro, y otra que no sólo me ha publicado el antedicho cuento, sino que incluso me forzó a escribirlo de una vez. Dejando de lado esa circunstancia personal, sí que me gustaría romper una lanza por la antología nacional. La verdad, no entiendo que en cuento y novela se especifique lo de española y extranjera y aquí se obligue a competir. No lo veo justo tampoco de acuerdo con las normas. Estrictamente hablando, una antología extranjera no tiene un solo cuento inédito. ¿Cómo comparar el riesgo de lanzar algo nuevo con una recopilación que ya va a tiro hecho? No negaré el mérito y el riesgo de abordar un proyecto así, y las antologías de autores anglosajones presentes en la terna son extraordinarias, pero a título personal creo que nos sale más a cuenta estimular la creación que la compilación, y el autor nacional sobre el extranjero. Es una perspectiva que he mantenido todos lo años, y también me guiará en éste, independientemente de que anecdóticamente me encuentre vinculado con dos de las antologías “beneficiarias” de esta filosofía].

Libro de Ensayo

Ciencia Ficción. Nueva Guía de Lectura, de Miquel Barceló (Ed. B)
El jardín crepuscular, de John Clute (Ed. Gigamesh)
El mundo de Hielo y Fuego, de George R. R. Martin, Elio M. García, Jr. y Linda Antonsson (Ed. Gigamesh)
Está lleno de estrellas, de Rafael Marín (Ed. Cyberdark)
Yo soy más de series, coordinado por Fernando Ángel Moreno y Víctor Miguel Gallardo (Ed. Esdrújula)

(Tres cuartos de lo mismo, que a John Clute posiblemente le importe bien poco el galardón y para el resto hay un trabajo que es bueno premiar. Y no voy a entrar en el debate de hasta que punto la nueva guía es auténticamente nueva, pero…).

Artículo

“All Your Short Are Belong to Us”, de Elías F. Combarro. En SuperSonic 1, 2, 3 (Ed. Cristina Jurado)
“Antologías de ciencia ficción en España”, de Cristina Jurado. En SuperSonic 1 (Ed. Cristina Jurado)
“El año que se rompieron los premios Hugo”, de Cristina Jurado. En SuperSonic 2 (Ed. Cristina Jurado)
“En defensa de la narrativa breve”, de Mariano Villarreal. En Mariposas del Oeste (Ed. Sportula)
“La fuerza de la galaxia”, de Luis Alfonso Gámez. En El Correo. Sección cultura. Día 18-12-2015
“Reseña de Running from the Raptor”, de Antonio Díaz, En Sense of Wonder (http://sentidodelamaravilla.blogspot.com.es/2015/09/anotnio-diaz-resena-running-from-raptor.html)

(Enhorabuena a los nominados).

Ilustración

Babero de la VI Calçotada Friki, de Enrique Corominas
Cubierta de A la deriva en el Mar de las Lluvias, de Alex Popescu (Ed. Sportula)
Cubierta de Mariposas del Oeste, de Juan Miguel Aguilera (Ed. Sportula)
Cubierta de SuperSonic 1, de Marina Vidal (Ed. Cristina Jurado)
Cubierta de Terápolis, de Koldo Campo (Ed. Juan José Aroz)

(También es triste que Corominas haya acabado consiguiendo una más que merecida nominación por un babero; me temo que es otra categoría que no nos tomamos demasiado en serio).

Producción audiovisual

El Ministerio del Tiempo, de Pablo y Javier Olivares (guion); Onza Partners (producción). Serie
Extinction, de Miguel Ángel Vivas (director); Vaca Films, La Ferme! Productions, Ombra Films, Telefonica Studios, Laokoon Filmgroup (productores). Largometraje
Los VerdHugos, de Miquel Codony, Elías F. Combarro, Leticia Lara, Josep María Oriol y Pedro Román (http://verdhugos.blogspot.com.es). Podcast
Luces en el horizonte, de Luis Martínez Vallés y Pablo Uría. Radio
The Spoiler Club, de Alexander Páez, Jesús Cañadas y Miquel Codony (https://www.youtube.com/channel/UCp3U2b3MmK0sCeFeFBu4I2w). Videocast

Tebeo

Necrópolis, de Marcos Prior (Ed. Astiberri)
Saga, de Brian K. Vaughan y Fiona Staples (Ed. Planeta de Agostini)
¡Universo!, de Albert Monteys (Ed. Panel Syndicate)

[De nuevo demostrando que lo nuestro no es el noveno arte, así que no acabo de entender qué vela se nos ha perdido en un entierro al que hemos demostrado una y otra vez que no queremos acudir (y que ya cuenta con sus propios sepelios). Enhorabuena de todas formas a los nominados].

Revista

Barsoom. Ed. Barsoom
Delirio. Ed. La Biblioteca del Laberinto
miNatura. Ed. Ricardo Acevedo Esplugas
Planetas Prohibidos. Ed. J. Javier Arnau
Sable. Ed. Asociación Cultural Tusitala
Vuelo de Cuervos. Ed. Lorena Raven y Soraya Murillo

(Enhorabuena a las cinco. Toda un muestra de constancia y entrega, en estos tiempos no demasiado amables con el formato).

Novela extranjera

Justicia Auxiliar, de Anne Lekie (Ed. B)
Fantasma, de Laura Lee Bahr (Ed. Orciny Press)
Las primeras quince vidas de Harry August, de Claire North (Ed. Colmena)
Medio rey, de Joe Abercrombie (Ed. Fantascy)
Medio mundo, de Joe Abercrombie (Ed. Fantascy)

(Como siempre, voy con varios años de retraso, así que supongo que en un par de lustros podría quizás comentar algo significativo al respecto).

Cuento extranjero

“A la deriva en el Mar de las Lluvias”, de Ian Sales. En A la deriva en el Mar de las Lluvias (Ed. Sportula)
“Algoritmos para el amor”, de Ken Liu. En A la deriva en el mar de las Lluvias (Ed. Sportula)
“La señora astronauta de Marte”, de Mary Robinette Kowal. En A la deriva en el Mar de las Lluvias (Ed. Sportula)
“La verdad de los hechos, la verdad del corazón”, de Ted Chiang. En A la deriva en el Mar de las Lluvias (Ed. Sportula)
“Regreso a casa”, de Mike Resnick. En A la deriva en el mar de las Lluvias (Ed. Sportula)

(Acierto pleno para “A la deriva en el mar de lluvias”. Aunque claro, que ya iba un poquito sobre seguro, que eran todos cuentos ya ampliamente galardonados. Lo que demuestra, en todo caso, es lo complicado que lo hemos tenido de un tiempo a estar parte para estar en contacto con la vanguardia en género breve).

Sitio Web

Cuentos para Algernon, de Marcheto (https://cuentosparaalgernon.wordpress.com)
Enciclopedia wiki de ciencia ficción, de la Asociación Alt+64 (http://www.alt64.org/wiki/index.php/Portada)
Fantífica, de Manu Viciano, David Tejera, Lorenzo Martínez, Sergi Viciana y Laura Fernández (http://www.fantifica.com)
Gabriella Literaria, de Gabriella Campbell (http://www.gabriellaliteraria.com)
La Tercera Fundación, de la Asociación Cultural Los Conseguidores (http://www.tercerafundacion.net)
Literatura Fantástica, de Mariano Villarreal (http://literfan.cyberdark.net)
Sense of Wonder, de Elías F. Combarro (http://sentidodelamaravilla.blogspot.com.es)

[Echo de menos webs de reseña (Das bücherregal, Un universo de ciencia ficción, La biblioteca del kraken, Sagacomic: Lothlórien…). No parecen (parecemos) estar muy de moda. Lo que sí pediría es que diéramos una oportunidad a algún otro, que el gran trabajo de los Conseguidores creo que anda suficientemente reconocido con cinco Ignotus seguidos, y me gustaría que se reconociera no sólo la labor compilativa, sino también el trabajo original].

Para concluir, expresar simplemente mi agradecimiento por las nominaciones que me conciernen (la decimoquinta personal y el cuarto libro de Cápside reconocido en algún modo de los cinco publicados), y mis mejores deseos para con todos los nominados.

Ahora disponemos de unos cuantos meses para ponernos al día con lo que no conocemos antes de que dé comienzo la segunda fase. ¡Leed! ¡Leed! Es la única forma de descubrir lo mucho que vale la pena la producción fantástica que, contra viento y marea, conseguimos ir publicando año tras año.

Fantasía urbana

•mayo 3, 2016 • 4 comentarios

Desde sus mismos inicios, el género fantástico está generalmente asociado al lado salvaje de la experiencia humana, al universo desconocido, tenebroso e incontrolable que se agazapa más allá del fuego de la hoguera. Con el advenimiento de las ciudades, fueron sus cercados y murallas las que delimitaron dos zonas muy separadas: la urbe, donde todo es seguro y conocido, y el exterior, donde prácticamente cualquier cosa es posible.

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Se trata de una separación que no hizo sino exacerbarse con el correr de los años, y que quedó muy de manifiesto en los precursores del fantástico moderno, ya fueran las historias de viajes “imaginativas”, los cuentos populares o los mismos cuentos de hadas inventados por les préciouses francesas durante el siglo XVII (que vivían en París, pero ambientaban sus historias en la campiña). Con una influencia medieval, y una perspectiva a menudo anti industrial, la fantasía británica del siglo XIX estableció los cimientos sobre los que se ha edificado mayoritariamente el género.

Claro que en fecha tan reciente como 1950, apenas un 20% de la población mundial vivía en zonas urbanas. En países industrializados podemos ir más atrás, pero en EE.UU., por ejemplo, en 1850 tan sólo el 15% de la población era urbana, y apenas había subido hasta el 40% en 1900.

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2005 fue una fecha clave. Fue en aquel año cuando más de la mitad de la población mundial fue urbana, y las proyecciones apuntan a que ese porcentaje no va a hacer sino incrementarse (en los países desarrollados, se sitúa en torno al 80%). Lo que es más, ya no es que la mayor parte de la población viva en ciudades, es que muchos de ellos no tienen el menor contacto con la naturaleza, y si acaso, con una naturaleza extremadamente domesticada. Lo rural ya no sólo representa en muchos casos lo desconocido, sino directamente lo irrelevante… y lo irrelevante no sobrecoge lo más mínimo, así que ya no es materia prima adecuada para la fantasía.

Hay arquetipos, sin embargo, que siguen siendo importantes, e incluso necesarios, y si los bosques están demasiado lejos e importan tan poco, habrá que trasplantarlos a la ciudad. Nació así la fantasía urbana, un subgénero que ha ido cobrando importancia desde mediados del siglo XX y que hoy en día se ha erigido en uno de los más dinámicos y comerciales… con ramificaciones que a veces incluso escapan del radar del aficionado tradicional, pero no por ello resultan deseñables. Antes de examinar la situación actual, sin embargo, tal vez convengan hacer un poco de historia, retrocediendo hasta sus orígenes y proponiendo una burda sistematización.

Básicamente, existen dos formas de abordar lo urbano desde una perspectiva fantástica. Por un lado, lo más común consiste en introducir el elemento fantasioso en un entorno cotidiano. El pionero de este enfoque tal vez sea Charles Williams, quien fue miembro de los Inklings y gustaba, al contrario que sus compañeros Tolkien y Lewis, de ambientar sus historias en las propias poblaciones donde vivía. Así, empezando con su novela en torno al Grial “Guerra en el Cielo“, de 1930, exploró un camino que mucho más tarde recorrerían autores como Tim Powers (“La última partida“, 1992).

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La segunda opción consiste en considerar al propio paisaje urbano como un personaje, lo que permite crear urbes imaginarias, en las que lo fantástico se manifiesta en la arquitectura misma, los habitantes o las relaciones que estos establecen entre sí y con la ciudad. Aquí el pionero podría ser Mervyn Peake con su trilogía de Gormenghast (iniciada en 1946 con “Titus Groan“, aunque alcanza su plenitud en el tercer volumen, “Titus alone”, de 1959).

Allá por los sesenta, con una tasa de urbanización que en los Estados Unidos rondaba el 70%, el panorama estaba maduro para la irrupción de la fantasía urbana, y posiblemente así hubiera sido de no mediar un enorme cataclismo, el que produjo la publicación y popularización de un de las grandes obras maestras del género (y de la literatura en general): “El Señor de los Anillos” (publicado en 1954 en Inglaterra y 1965 en los EE.UU.). La influencia arrolladora de la épica de Tolkien, ambientada en un mundo secundario (y mayoritariamente rural, con un acusado medievalismo), hizo que los esfuerzos de buena parte de los nuevos autores se desviaran por el único camino que ofrecía éxito económico… el de la fantasía épica más o menos “inspirada” en la Tierra Media. Allá, por los bordes, sobrevivía también un pequeño grupo de irreductibles cultivadores de la no menos asilvestrada espada y brujería, aunque de tanto en tanto también lanzó su mirada sobre las ciudades, como la Lankhmar de las historias de Fafhrd y el Ratonero Gris, de Fritz Leiber.

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Hablando de Leiber, podría señalarse como un hito importante en el desarrollo de la fantasía urbana su novela de 1977 “Nuestra Señora de las Tinieblas”, donde inventa incluso la ciencia de la Megapolisomancia. La novela cosechó uno de los primeros Premios Mundiales de Fantasía.

Sea como sea, la fantasía urbana moderna no despegó de verdad hasta mediados la década de los ochenta y, sobre todo, princincipios de los noventa, gracias a la hibridación y la consciente ruptura de moldes con que se experimentó durante toda la década. La fantasía urbana permitía establecer un claro contraste entre lo cotidiano y lo fantástico, que a menudo compartían espacio sin el conocimiento de la población en general, y también resultaba particularmente apropiada para jugar con la adopción de esquemas de otros ámbitos de la literatura, en particular la novela negra y el bestseller procedimental.

Se multiplicaron así las brujas y magos detectives (o delincuentes), las guerras ocultas (con los vampiros siempre a la gresca con los hombres lobo), el despertar de personas “normales” a una realidad ampliada, para abarcar no sólo el kiosko de la esquina, sino también lo que antaño sólo poblaba lo más recónditos rincones de la floresta. Con la proliferación de los títulos, y gracias a la influencia de la televisión, empezaron a exigirse complejas reelaboraciones mitológicas que sirvieran de marco y sistematizaran un poco tanto préstamo desarraigado, procedente de mil culturas, tradiciones, mitologías o precedentes diferentes.

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Ya sea Anita Blake, la cazadora de vampiros de Laurell K. Hamilton; Harry Dresden, el mago contemporáneo de Jim Butcher; o Bobby Dollar, el ángel encargado de defender las almas en su momento postrero de Tad Williams; en todos los casos nos encontramos con la ciudad, de marco novedoso y cercano para unos personajes que, aparte de sus problemas de índole sobrenatural, también tienen preocupaciones más terrenales, como ver con qué se quitan las manchas de sangre de la blusa nueva o preguntarse cómo contarle al casero lo del boquete de dos metros de anchura, con forma de demonio, que airea de repente el pisito. Esa contraposición constante entre los sublime y lo mundano, lo trascendental y lo cotidiano, constituye la esencia misma de la fantasía urbana moderna.

¿Y qué hay de la otra vía, la de la ciudad fantástica como personaje?

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También se ha desarrollado, aunque de un modo no tan extendido, a través del New Weird, siendo la principal figura de esa otra fantasía urbana China Miéville, con urbes como la Nueva Cobruzón de “La estación de la Calle Perdido” o Armada, la ciudad flotante de “La cicatriz“, por no hablar de la polis dual Besźel / Ul Qoma de “La ciudad y la ciudad” (en el caso español, es de obligada mención el escenario de la Ciudad de Rodolfo Martínez, urbe donde se desarrollan principalmente varias de sus novelas, como “Los sicarios del cielo” o “Fieramente humano“).

Comentaba casi al principio de esta entrada lo de los desarrollos “ajenos” a la mayor parte de los aficionados, y es que dentro de la hibridación con otros géneros de la que hablaba también se ha producido una importante conexión con la literatura romántica (por influencia directa de Laurel K. Hamilton). Aunque son historias que se mueven al margen de los círculos… digamos que más tradicionales del fantástico, y pese a que en muchos casos el interés difícilmente puede extenderse más allá de su público objetivo (e incluso podría decirse, sobre todo si metemos también en la coctelera el ingrediente juvenil, que a menudo la calidad literaria o la originalidad brilla por su ausencia), lo cierto es que el romance paranormal (constituido en su mayor parte por fantasía urbana romántica) no sólo es tremendamente popular (170 títulos en los EE.UU. sólo en 2005), sino que alcanza tiradas que para sí quisieran los grandes nombres del fantástico. Kim Harrison, Charlaine Harris, Karen Chance, Cassandra Clare, Ilona Andrews… son nombres que (salvo adaptación televisiva), no suelen sonar en los círculos de aficionados al fantástico, y sin embargo sus novelas copan a menudo las listas de los más vendidos, y están contribuyendo a hacer de la fantasía urbana uno de los subgéneros estrella de lo que va de siglo.

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Con la evolución demográfica que comentaba al principio, no me cabe la menor duda de que la fantasía urbana está aquí para quedarse, y siendo un subgénero que se encuentra prácticamente en su infancia, a la búsqueda todavía de una identidad propia definitiva, será interesante comprobar cómo se va desarrollando… sin perder de vista todas sus vertientes, que en el género fantástico no estamos como para despreciar de buenas a primeras pastos más verdes que los trillados (y en algún caso agotados) desde hace generaciones.

Nicolai Klimii iter subterraneum (Viaje al mundo subterráneo)

•abril 18, 2016 • Dejar un comentario

Ludvig Holberg está considerado el padre de la literatura danesa y noruega moderna. Aunque nació en la actual Noruega en 1684, por aquel entonces los reinos de Dinamarca y Noruega se encontraban unidos, con preponderacia política y cultural danesa (por los estragos que la Peste Negra causa en la vecina Noruega). Tras viajar en su juventud por toda Europa, acabó optando a diversas posiciones públicas en Dinamarca, mientras desarrollaba una productiva carrera literaria que produjo numerosas obras teatrales cómicas, poemas, ensayos y tratados históricos, con la adición de una única novela, la que nos ocupa en esta entrada.

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Tras haberla escrito posiblemente en su juventud, y temiendo la reacción que la mordaz sátira que impregnaba sus páginas pudiera suscitar (poniendo en peligro sus cargos públicos), acabó publicándola en 1741… en latín y en Alemania. El gran éxito de esta edición propició su “traducción” al danés en 1742 y, sobre todo, que la obra alcanzará una difusión y popularidad que difícilmente hubiera conseguido de otro modo.

La novela se encuentra evidentemente inspirada en “Los viajes de Gulliver” (Jonathan Swift, 1726), al narrar el periplo fantástico del noruego Niels Klim por los reinos del interior de la Tierra, lo que le sirve al autor para repartir críticas y alusiones más o menos veladas hacia los comportamientos hipócritas de sus contemporáneos, sin ahorrar munición contra el clero, el funcionariado, los académicos e incluso la monarquía. Aunque al igual que hizo Luciano de Samosata con “Historia verdadera” no existe en ningún momento intención de pasar por ciertas sus ocurrencias (en evidente crítica también hacia los libros de viajes fantasiosos, que tantos siglos después seguían proliferando), se ha etiquetado a menudo la historia de Niels Klim como de proto ciencia ficción, por ser uno de los primeros ejemplos del uso en la ficción de la hipótesis de la Tierra Hueca.

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El planteamiento científico de esta hipótesis se lo debemos a Edmond Halley, quien en 1692, para explicar las anomalías del campo magnético terrestre (y de paso las auroras boreales), propuso que el interior de nuestro planeta contiene otras tres esferas concéntricas, de los diámetros de Marte, Venus y Mercurio, con una atmósfera luminosa ocupando el espacio entre las sucesivas capas. El concepto alcanzó el pico de su popularidad en torno a 1818, gracias a los esfuerzos de John Cleves Symmes, quien casi consiguió que el gobierno de los EE.UU. le financiara una expedición del Polo Norte en busca de una de las supuestas entradas al interior de la Tierra. En algún momento entre estas fechas, alguien (se ha propuesta sin una base firme el nombre de Leonhard Euler) propuso que en el interior hueco de la Tierra podría incluso existir un sistema solar en miniatura, hipótesis que emplea Holberg en su narración (posiblemente porque fue la idea más descabellada con la que se tropezó).

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La historia nos la narra el propio Niels Klim, quien nos relata cómo, tras licenciarse con honores en filosofía y teología en la universidad de Copenhague, decide investigar una caverna en una montaña cercana a su ciudad natal de Bergen (la misma de Holberg). Al explorar una sima, la cuerda que lo sostiene se rompe y empieza a caer, y caer y caer… hasta que surge de nuevo a la luz del sol, aunque no se trata del Sol terrestre, sino de uno que alumbra el interior hueco de nuestro mundo.

Ese espacio contiene también un planeta (Nazar, como descubre más tarde), que orbita durante un tiempo (siendo confundido con un cometa, al arrastrar todavía tras de sí parte de la cuerda), antes de que un ave gigantesca lo haga precipitarse hacia el mundo, que encuentra habitado por una raza de árboles inteligentes. El mayor reino de Nazar, allí donde aterriza, es Potu, un estado utópico en el que Niels pronto es empleado de acuerdo con sus aptitudes… como mensajero. Esta baja ocupación le permite al menos conocer el resto de estados de Nazar, como por ejemplo el reino de los filósofos, una parodia de la República de Platón en el que todos están tan ocupados pensando en abstracciones que lo cotidiano (incluso las mujeres) se encuentra desatendido. Por último, a nuestro protagonista se le ocurre que el único método de escapar de tan deshonrosa posición consiste en realizar una propuesta política popular, para lo que sólo se le ocurre sugerir el privar a las mujeres de sus derechos (que son idénticos en todo a los varones, con los cargos otorgados a quien reúna más méritos independientemente de su sexo, así que es muy posible que Potu sea la primera utopía feminista).

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El resultado de la clamorosa derrota de su propuesta es el destierro inmediato, que se verifica por medio de unos pájaros capaces de transportar cargas entre Nazar y el Firmamento (el interior de la corteza terrestre). Esto, junto con ciertos detalles al narrar el primer tránsito, sugieren que Holberg estaba familiarizado con “The man in the Moone“, de Francis Godwin (1638), reforzando sus credenciales como una obra de ciencia ficción temprana.

En el Firmamento, las aventuras de Niels Klim van cobrando una naturaleza cada vez más desquiciada. Su primera parada es Martinia, una tierra habitada por monos parlantes, que de nuevo lo juzgan poco capaz y lo hacen porteador. En este caso, sin embargo, sus empeños por mejorar de posición obtienen mejor fruto, pues logra introducir en el reino la moda de las pelucas (con resultados hilarantes), obteniendo fama y fortuna… situación que se ve truncada por las aproximaciones amorosas de la mujer del emperador (una constante a lo largo del viaje, la del acoso sexual al que someten una y otra vez al pobre Niels).

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Esclavo en galeras, Niels participa en un viaje comercial que es todo un derroche de imaginación. Visitando entre otros estads el imperio de Mezendore (donde los animales gobiernan, con los agentes de aduana siendo lobos, los clérigos burros (por la potencia de su voz, que no por ninguna otra razón, por supuesto) y así con todas las especies bien asignadas a una profesión acorde con sus “virtudes”. A bordo del navío conoce también la obra de un explorador mezendorano del mundo exterior, que describe para pasmo de sus conciudadanos las características de los grandes países europeos (punto en que la sátira alcanza su nivel más sangrante).

Por último, tras un naufragio, Niels llega al reino de Quama, el único habitado por humanos, aunque son éstos tan simples e ignorantes que el suyo es el estado más mísero del interior de la Tierra. Por fortuna, ahí está él, y gracias a sus consejos no sólo derrotan a sus belicosos vecinos (incluido un reino habitado por tigres inteligentes), sino que poco a poco van construyendo un imperio, e incluso acaban nombrando a Niels emperador, iniciando una política expansionista que le lleva a conquistar todos los estados del interior de la Tierra.

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La narración va oscilando así entre la sátira despiadada (dirigida contra religiosos, académicos, gobiernos y funcionarios por igual) y la parodia exagerada de los libros de viajes y de aventura, ganando en agilidad (si bien pierda un poco de enfoque) a medida que va avanzando la historia.

No hay ascenso sin caída, así que antes de volver accidentalmente a la superficie, Niels lo pierde todo debido a su orgullo, regresando a su hogar trece años después de abandonarlo, con un montón de historias descabelladas y un aro de oro a modo de corona para dar razón de su prolongada ausencia.

Con “Viaje al mundo subterráneo” (tal y como se ha sido traducida al español), nos encontramos con un ejemplo más de los fantásticos viajes satíricos que proliferaron durante los siglos XVII y XVIII, y que precisamente por la necesidad de exagerar las vicisitudes de sus protagonistas constituyen cuando menos esbozos de los temas e ideas que en siglos posteriores acabarían nutriendo a la ciencia ficción. A los ya mencionados cabría añadir, por ejemplo, “Historia cómica de los imperios y estados de la Luna”, de Cyrano de Bergerac (1662) o el cuento “Micromegas“, de Voltaire (1752), o inspirada en todas ellas el “Icosameron”, de Giacomo Casanova (1788).

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Ciertamente, las aventuras de Niels Klim parecen gravitar más hacia la fantasía desbocada, con la mayor parte de sus elementos de ciencia ficción carentes de originalidad… salvo por el escenario de la Tierra Hueca. La novela se convierte así en precursora de títulos como “Symzonia” (1820), “Viaje al centro de la Tierra” (Jules Verne, 1864) o las utopías feministas “Mizora” (1880), “Etidorhpa” (1895) y “NEQUA” (1900), y así hasta la serie de Pellucidar de Edgar Rice Burroughs (iniciada en 1914 con “En el corazón de la Tierra”). A partir de entonces, el descrédito científico del concepto (por no hablar de la apertura de todo un universo en el que ubicar las fantasías más desbocadas sin necesidad de recurrir a improbables formaciones geológicas) hizo que la Tierra Hueca pasara a formar parte de los descartes del género, apropiada tan sólo como homenaje nostálgico a una ciencia ficción dejada atrás.

Su vertiente satírica, sin embargo, mantiene mejor el tipo, pues al fin y al cabo el ser humano hoy no es muy diferente del de hace casi tres siglos (y basta con leer libros como éste para corroborarlo). Ciertamente, algunas de las referencias quedan descontextualizadas por el tiempo (y el espacio, que después de todo no creo que haya muchos por estos lares que puedan presumir de conocimientos profundos sobre el reino de Dinamarca y Noruega del siglo XVIII), pero muchos de los vicios que critica Holberg a través de su obra son universales (a mí en particular me ha hecho mucha gracia el método por el que se confieren honores académicos en Martinia: al candidato se le echan encima tres cubos de agua perfectamente pura, luego se lo unge con aceites perfumados y por último se le da un vomitivo para que expulse todo lo que lleva dentro… No han cambiado mucho las cosas, no).

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En el Proyecto Gutenberg podéis encontrar el texto en finés, neerlandés y (supongo que de mayor utilidad) inglés (en este último caso, con una traducción que data de 1845).

Otras opiniones:

Hartmann, the anarchist

•abril 13, 2016 • Dejar un comentario

Hacia finales del siglo XIX varias ideas confluyeron en Inglaterra para dar lugar a un subgénero dentro de la ciencia ficción temprana que combinaba la fiebre por conquistar el aire con vehículos más pesados que éste con una sensación de crisis económica, política y social, lo que se ha venido a denominar espíritu de fin de siècle. Inspirados en “Robur el conquistador” (Jules Verne, 1886), aparecieron varias obras que plasmaban esta inestabilidad en tecnológicas amenazas aéreas, bien en manos de una de las peores manifestaciones de la misma, el por entonces muy activo terrorismo anarquista, bien como sombra anticipatoria de las grandes guerras del siglo XX (subgénero éste de la guerra futura que, obviamente, dejó de resultar atractivo con el estallido de la Primera Guerra Mundial).

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Una de sus primeras manifestaciones llegó de la mano de Edward Douglas Fawcett en 1893, con “Hartmann, the anarchist, or, the doom of the great city”, aparecida en The English Illustrated Magazine (entre junio y septiembre, por lo que empezó a publicarse después, pero terminó antes, que “The angel of revolution”, de George Griffith, publicada en Pearson’s Weekly entre enero y octubre).

Fawcett fue un escritor, poeta y articulista, asociado a la Teosofía, que a lo largo de su vida publicó tres novelas de ciencia ficción, siendo la que nos ocupa la primera. A ella siguieron en rápida sucesión “Swallowed by an earthquake” (una ficción de Tierra Hueca, en la que los protagonistas se ven arrojados un mundo subterráneo prehistórico, claramente deudora de “Viaje al centro de la Tierra”) en 1894 y “The secret of the desert or how we crossed Arabia in the Antelope” (un viaje extraordinario por los desiertos de Oriente Medio a bordo de un tanque anfibio, con descubrimiento de imperio perdido incluido) en 1895. A partir de entonces, quizás por no haber obtenido la repercusión esperada (o por haber quedado eclipsado bajo la alargada sombra de H.G. Wells y en menor medida de George Griffith) su obra parece centrarse en la “no ficción” (y entrecomillo lo de “no ficción” por su orientación teosófica).

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El que su obra no estaba suficientemente equipada para competir con sus contemporáneos queda claramente de manifiesto en “Hartmann, the anarchist”, un relato sin la complejidad filosófica de Wells ni el talento para el espectáculo de Griffith (quien en 1895 corregiría y ampliaría enormemente los temas abordados por Fawcett con “Los forajidos del aire“). Sin embargo, la breve novela no está exenta de méritos, y aunque permaneció en el olvido durante décadas, vale la pena recuperarla por su enfoque descarnado sobre un tema tan peliagudo (sea hace ciento veinte años como hoy) como es el terrorismo (y el odio y la sinrazón que lo engendran).

El protagonista y narrador de la historia es Arthur Stanley, un joven político que unos veinticinco años en el futuro (es decir, en torno a 1920, una vez concluida un gran guerra europea), se alinea con el socialismo moderado, que busca la reforma gradual de la sociedad a través de los cauces democráticos. Pese a estos ideales, por afinidad ideológica se encuentra cercano a elementos más radicales, que asociados al terrorismo anarquista buscan incitar la revolución violenta y la destrucción de la sociedad.

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El más prominente de entre los agitadores es Rudolph Hartmann, un terrorista presuntamente muerto una década atrás, tras atentar contra el rey provocando una matanza. Por su asociación con estos elementos (y con la madre de Hartmann, una pobre mujer que intenta todavía asimilar la naturaleza brutal de su hijo), Stanley acaba sabiendo de la reaparición del anarquista, lo que no hubiera podido anticipar es que regresa de la tumba al mando de un vehículo terrible, una aeronave, a la que llama el Atila, capaz de llevar la destrucción, impunemente, al corazón mismo de la ciudad que odia.

Por una serie de circunstancias, Stanley acaba como huésped involuntario del Atila, y a bordo suyo asiste impotente al bombardeo al que somete Londres (complementado con el vertido de petróleo en llamas y con la acción de unos pocos miles de agentes provocadores en el suelo, coordinados para contribuir y propagar el terrible incendio). A la postre, el joven logra que lo dejen ir, con la promesa de ocuparse de comprobar el estado de la madre de Hartmann (quien debería haber abandonado Londres tras las insinuaciones de su hijo, mas engañada por sus propias expectativas, ha permanecido en su casa).

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Sin entrar en demasiados detalles que puedan malograr la lectura, las cosas no terminan de ir del todo bien para Hartmann y sus secuaces. Sí, Londres y sus habitantes sufren enormemente bajo su ataque, pero a la larga su plan está condenado al fracaso. La escasez de medios para doblegar a toda una ciudad (pasada la sorpresa inicial), junto con ciertos golpes personales muy previsibles, conducen a la destrucción del Atila y a la muerte de Hartmann, el anarquista, y así un nuevo día amanece sobre el imperio británico, conjurado por el momento el pelibro (aunque Stanley no puede evitar especular sobre las consecuencias de la proliferación de ese tipo de ingenios entre los ejércitos del mundo).

Como se puede apreciar, es básicamente la trama de “Robur el conquistador”… convirtiendo a Robur en un terrorista anarquista (lo cual no es poca novedad). Eso sí, la ficción de Fawcett es mucho más violenta que la de Verne, y las motivaciones de su villano van más allá del desprecio hacia la humanidad, entrando de lleno en el terreno del odio virulento. La ideología de Hartmann resulta aterradoramente familiar. No busca sino destruir una sociedad que detesta, utilizando para ello, irónicamente, un avance tecnológico (lo que busca es un mundo más simple, que corrija el error de la revolución industrial y todos sus males asociados; un borrón y cuenta nueva, aunque ello suponga cercenar el miembro gangrenado y matar a millones de personas).

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Sí, la excusa es distinta, pero en el fondo los terroristas de ayer y de hoy buscan lo mismo, el derrumbe de la sociedad que odian, y sin duda “Hartmann, the anarchist” fue capaz de prever el alcance que esta oposición podría llegar a tener (por no hablar de la amenaza de los posibles quintacolumnistas, camuflados hasta la hora de propinar el golpe en el seno mismo de esa sociedad). Otro aspecto a destacar es cómo la tibieza inicial del protagonista en su rechazo a las proclamas violentas (que, después de todo, buscan un fin similar al suyo propio), va evolucionando hacia una condena sin paliativos cuando por fin es testigo de la barbarie… lo cual no deja de hacerlo culpable, cuando menos, de tolerancia. En ese sentido, la novela puede leerse como un rechazo sin ambages hacia las aspiraciones de implementación de cualquier reforma social, por muy deseable que pueda ser, por medio de la violencia (y todo ello una década antes de la revolución rusa y sus terribles consecuencias). Fawcett se posiciona así muy claramente en una cuestión muy candente en su tiempo (y a lo que se ve y escucha, no totalmente superada).

Por último, cabe hacer mención de la singularidad del Atila, que al contrario que buena parte de los vehículos aéreos imaginados en su época no obtiene la sustentación a través de rotores como un helicóptero, sino que se emparenta más bien con los dirigibles, al estar constituido por un enorme casco hueco (de un nuevo metal, ultraligero pero muy resistente) que almacena hidrógeno. Un aeroplano, dispuesto no transversal, sino longitudinalmente sobre el casco, proporciona sustentación adicional una vez en movimiento, gracias a tres propulsores de hélice posteriores (alimentados por motores eléctricos). No es que tengo mucho sentido (y por supuesto, nada como eso llegó a volar nunca), pero es un diseño que ofreció grandes posibilidades al ilustrador Fred T. Jane (como puede apreciarse en las imágenes que acompañan a esta entrada). Es una pena que la prosa de Fawcett fuera incapaz de transmitir el dramatismo que esas imágenes evocan.

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Como decía al principio, prácticamente todo cuanto ofrece “Hartmann, the anarchist” lo mejoró un par de años después George Griffith con “Los forajidos del aire” (que sin duda guarda una deduda inmensa con su predecesora), pero precisamente por ser una obra más “seria” (menos dada a dejarse llevar por el sensacionalismo), sus villanos resultan más creíbles, menos folletinescos y, por tanto, más aterradores.

 
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