En la Deriva

•marzo 30, 2015 • Dejar un comentario

Uno de los autores de literatura fantástica más eclécticos de las últimas décadas (su carrera se inició en 1980) es Michael Swanwick, con una extensísima obra breve que le ha reportado numeroso premios y nominaciones. Con doce, es el segundo escritor que más nominaciones al Hugo de relato ha cosechado, habiéndose alzado con el triunfo en tres ocasiones (a las que añadir tres y dos en relato largo y dos sin premio en novela corta). En cuanto a los Nebula, totaliza quince finalistas en las tres categorías… sin haber conseguido un solo triunfo (con récord compartido a este respecto por sus seis candidaturas tanto en cuento como en cuento largo). A todo ello se le suman ocho novelas que van del cyberpunk de “Vacuum flowers” a la fantasía “industrial” del mundo de “La hija del dragón de hierro”.

Como era de esperar, su primera novela, “En la Deriva” (“In the Drift”, 1984), fue un fix-up, que utilizó como inicio y fin dos textos ya reconocidos previamente por la crítica con sendas nominaciones a los premios Nebula: “El beso del mimo” (1981, ampliada de relato largo a novela corta para la ocasión) y “La muerte de la médula” (1984, que perdió el galardón a novela corta ante la magnífica “Pulse Enter”, de John Varley). Entre ambos, se sitúa la novela corta “Buscahuesos” (escrita muy posiblemente en secuencia con las otras dos) y dos breves textos de enlace para terminar de cohesionarlo todo: “La noche del negro” y “La feria del mutágeno”.

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La trama de “En la Deriva” se fundamenta en un escenario hipotético que afectaba de cerca al autor. En 1979, por una concatenación de errores mecánicos y humanos, el reactor 2 de la planta nuclear de Three Mile Island sufrió una fusión parcial, liberando una cantidad indeterminada de vapores radioactivos a la atmósfera.  Por fortuna, el accidente pudo controlarse antes de que evolucionara hasta una situación como la que viviría siete años después Chernóbil, pero sigue siendo hasta la fecha el más grave de cuantos ha experimentado la industria nuclear civil en EE.UU. (un 5 en la escala INES, frente al máximo de 7 que alcanzaron tanto Chernóbil como Fukushima).

Filadelfia, la ciudad natal de Swanwick, se encuentra a 135 kilómetros de Three Mile Island, y aunque el incidente no llegó a amenazarla (ni, de hecho, se ha llegado a asociar ninguna muerte con él), el impacto fue lo bastante grave para que pocos meses después escribiera, como uno de sus primeros relatos, “El beso del mimo”, que parte del supuesto de que la fusión del núcleo del reactor se completó, dejando afectada una enorme extensión del noreste de EE.UU., con Filadelfia justo en el borde, conocida como la Deriva.

El planteamiento es magnífico. En medio del caos de los primeros días (con migraciones masivas de hasta dos millones de refugiados, falta de información, muertes por radiación y exposiciones muy por encima de los límites teratogénicos), el único grupo organizado que puede hacer algo en la ciudad de Filadelfia es el de los integrantes de la tradicional Mummer’s Parade (un festival carnavalesco de año nuevo). Con el paso del tiempo, esta estructura se consolida y los mummers (traducido en el libro como “mimos”) evolucionan hasta una pintoresca organización mafiosa, que mantienen bajo su control a toda la ciudad y sus alrededores (algo así como los falleros asumiendo el control de Valencia… o las chirigotas de Cádiz, las cofradías de Sevilla, las comparsas de Alcoy… Supongo que todo el mundo tiene a mano un ejemplo muy gráfico al que acogerse).

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Un joven en principio apolítico, Keith Piotrowicz, se ve involucrado en las intrigas de los mimos cuando rescata (tras haberla atropellado) a una mujer en la Deriva. Sin proponérselo, descubre un secreto por el que muchos están dispuestos a matar, convirtiéndose en el objetivo de una caza humana que aúna el esperpento de sus orígenes bufonescos con la frialdad brutal de cualquier sistema de poder autocrático.

“El beso del mimo” supone un inicio magnífico para la novela. Tanto la trama (con su gran planteamiento y un par de sorpresas en su desarrollo) como la ambientación resultan más que destacables, y si hubiera seguido por ahí, Swanwick hubiera podido obtener un resultado de lo más interesante. Por desgracia, la historia (sin contar probablemente con un control firme) evoluciona por sus propios derroteros.

“La noche del negro” sirve tan sólo para denotar la transición de Keith, de joven ingenuo a una figura importante dentro de la organización de los mimos, mientras que “Buscahuesos” introduce en la narración toda una plétora de nuevos temas. La Deriva, algunos años después, ha acabado convirtiéndose en una zona codiciada, bien sea como lugar de destierro de presos políticos (o mutantes) o por hallarse en su interior el mayor depósito de carbón que queda en Norteamérica (su importancia sería discutible, así que ahí empieza a fallar la coherencia interna, pero ya llegaremos a eso).

El protagonisme recae en Samantha, una joven vampira (supuestamente, porque su intestino delgado es tan corto que no puede procesar nada más que nutrientes ya predigeridos en la sangre) deportada a la Deriva, donde es encontrada por un Keith ya maduro (y líder de los mimos) y un doctor enano, Esterhaszy, que tienen para con ella planes importantes dentro de las intrigas políticas entre las diversas facciones que circundan la región.

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La cosa se complica cuando Samantha resulta poseer también ciertos poderes sobrenaturales (al principio Swanwick intenta justificarlos malamente con algo de jerga seudocientífica, pero no es un intento muy entusiasta) y empieza a organizarse en torno a ella un movimiento de carácter místico que aglutina a los habitantes desahuciados de la Deriva.

El tono oscila entre la ciencia ficción catastrofista (con ciertas similitudes lógicas con las historias de postapocalipsis nucleares, como “Cántico por Leibowitz“) y una ciencia ficción fantasiosa deudora de la New Wave (aunque sin alcanzar ni de lejos el grado de lirismo de títulos como “Alas nocturnas“). El problema es que no termina de definirse, y la historia va avanzando sin desarrollar demasiado los temas de “El beso del mimo” ni terminar de definir los nuevos.

Todo ello se agrava con el tercer segmento (tras el interludio que supone “La feria del mutágeno”, que acontece entre quince y veinte años después, con la hija de Samantha, Victoria como líder e icono de un movimiento de resistencia de la Deriva que se opone a las injerencias tanto de los poderes externos como del sistema opresivo y autoritario implantado por los mimos. Desde el punto de vista de un corresponsal de guerra, asistimos a una serie de peripecias que ahondan en la dicotomía entre ciencia y misticismo de “Buscahuesos” y que entre todas las opciones a su disposición acaba decantándose por replicar de un modo bastante burdo la historia de Juana de Arco.

A la postre, “En la Deriva” queda como un experimento no del todo exitoso, que se inicia con un grandísimo segmento, pero que no sabe construir sobre él una narración que esté a la altura (o, siquiera, que muestre algún tipo de coherencia o evolución lógica entre las tres partes principales).

Uno de los problemas más serios que presenta, por ejemplo, es la total y absoluta ceguera hacia todo cuanto acontece fuera de la Deriva y de los territorios aledaños. Por mucho que una fusión nuclear incontrolada pudiera haber afectado a un área extensa de EE.UU. (y a la economía y sociedad del país en su conjunto), ello no justifica la impresión que da el libro de que no existe nada más allá, de que ni la ciencia ni la técnica han evolucionado (de hecho, todo lo contrario, pese a que fuera hay, en teoría, todo un mundo intacto). Peca pues de un poco de ombliguismo, de una estrechez de miras que quizás pueda justificarse un poco en extensiones cortas, pero que debería haber sido corregida, al menos parcialmente, al evolucionar el proyecto.

En cualquier caso, sólo por “El beso del mimo” ya constituye un título interesante, y sorprendentemente no existen tantas novelas de ciencia ficción que aborden el tema de los accidentes (que no guerras) nucleares. Así, a bote pronto, tan sólo me viene a la memoria la muy desfasada “Nervios” de Lester del Rey.

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Primer libro de Lankhmar (4) – Espadas contra la magia

•marzo 26, 2015 • Dejar un comentario

El segundo título recopilatorio sobre Fafhrd y el Ratonero Gris de ACE Books (cuarto de acuerdo con la cronología interna de la serie) publicó historias casi contemporáneas, con cuatro textos aparecidos originalmente entre 1964 y 1968… con la salvedad de que uno de ellos había sido empezado casi treinta años antes, por una pluma distinta de la de Leiber.

Primer libro de Lankhmar

Dejando ése de lado por el momento, destacaría de los tres restantes que muestran la transición desde la espada y brujería más o menos clásica de los primeros cuentos (ligeramente autoparódica desde que se comienzan a publicar las aventuras de ambos pícaros en Fantastic, a partir de 1959), hacia los requisitos formales y temáticos de la New Wave, que se encontraba por entonces en pleno apogeo (el mismo Leiber cosechó en 1968 el premio Hugo de relato largo por “Voy a probar suerte”, su contribución el año anterior a “Visiones peligrosas).

Aunque los lectores de las ediciones modernas de la serie ya han tenido ocasión de degustar ese nuevo estilo (más maduro incluso) en los cuentos “Las mujeres de las nieves” y “Aciago encuentro en Lankhmar”, recopilados en “Espadas y demonios“), el cambio no deja de resultar notable después de los textos que componen “Espadas contra la muerte” y “Espadas en la niebla“.

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El volumen se abre con “En la tienda de la bruja”, un texto breve, escrito ex profeso a modo de prólogo en 1968 para la compilación. Su función principal cosiste en suavizar la transición entre “El gámbito del iniciado”, que transcurre más o menos en nuestra realidad, y “La Dársena de las Estrellas”, cuya acción se localiza en las montañas del lejano norte de Newhon. Literariamente no aporta demasiado, y hubiera podido añadirse sin problemas como nueva introducción del segundo texto, que sí había aparecido originalmente en 1965 en las páginas de Fantastic.

En este relato largo (o novela corta, pues seguro que alcanza esa categoría si le añadimos las pocas páginas de “En la tienda de la bruja”), nos encontramos a Fafhrd y al Ratonero Gris a la caza del enésimo tesoro, guiados por unos versos misteriosos que insinúan grandes riquezas en la cima de una de las montañas más imponentes del continente, la Dársena de las Estrellas (“Stardock” en inglés).

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Leiber demuestra una gran minuciosidad en la descripción de la escalada, que sería toda una aventura épica en sí misma, sin necesidad de aditamentos fantásticos. Los aventureros se enfrentan a la cumbre armados con los conocimientos de juventud de Fafhrd y cierto material de escalada especializado adquirido por el Ratonero Gris, y por si la empresa no fuera suficientemente difícil, acaban llevando consigo a su mascota actual, un gran gato de las nieves (quizás un guiño de Leiber a la historia/leyenda del leopardo del Kilimanjaro, popularizada por Ernest Hemingway en 1936).

En cualquier caso, Newhon no es nuestro mundo, así que es lógico que sus cumbres escondan secretos sorprendentes y en ellas habiten criaturas extrañas  (me callaré los detalles específicos por no revelar más de la cuenta; tan sólo resaltaré cómo en esta fase de la escritura de sus aventuras, los dos pícaros son capaces de encontrar mujeres bien dispuestas en los rincones más inverosímiles).

Espadas contra la magia

Continúa el volumen con el cuento breve “Los dos mejores ladrones de Lankhmar”, que seguramente debía de ser originalmente poco más que un conector (concebido para hacer borrón y cuenta nueva, echando a perder los frutos de la anterior aventura y preparando el tablero para la próxima). La ironía del mismo, sin embargo, debió ser del agrado de Leiber, pues al contrario que el resto de textos de conexión concebidos para esta edición completa de 1968-1970, este cuento llegó a aparecer ese mismo año publicado en Fantastic.

Tras él llegamos al plato fuerte del volumen, la novela corta “Los señores de Quarmall”, que tiene la peculiaridad de haber nacido como una de las primeras aventuras del pelirrojo norteño gigantón y el pequeño bribón gris, pues según confiesa el propio Leiber en la dedicatoria, sus primeras 10.000 palabras fueron escritas por Otto Fischer, cocreador de los dos antihéroes (sobre 1936). Aunque en dicha dedicatoria Leiber afirma que están “citadas sin cambio alguno”, resulta difícil de creer, ya no sólo porque Fischer jamás pasó de aficionado, sino por el enorme hueco que media entre su supuesta redacción y su primera publicación, en las páginas de Fantastic en 1964. La hipérbole, sin embargo, sirve para recalcar contundentemente la coautoría del texto.

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En “Los señores de Quarmall” nos encontramos a nuestros protagonistas entremezclados (desconociendo el uno la presencia del otro) en las intrigas promovidas por los dos herederos de la ciudad subterránea de Quarmall, Gwaay y Hasjarl, hijos de Quarmal y todos ellos poderosos hechiceros. Su enfrentamiento divide la ciudad, con los niveles superiores en poder de uno y los inferiores, y sólo el poder del padre mantiene el conflicto en una suerte de guerra fría; un equilibro que la contratación de Fafhrd y el Ratonero Gris como paladines (mutuamente ignorantes de la situación del otro, recuerdo) puede romper.

La ciudad de Quarmall es un escenario prototípico, que se dice sirvió de inspiración a Gary Gygax para las mazmorras de su epónimo juego Dungeons&Dragons, y desde entonces, al igual que pasó con las ciudades tipo Lankhmar, se ha convertido en un lugar común, sobre todo dentro del mundo del rol (ya sea de tablero o por ordenador, pues resulta difícil, para quienes los disfrutamos, no recordar los juegos de Ultima Underworld, por ejemplo). En justicia, habría que recalcar que el planteamiento de Otto Fischer no es completamente original, pues algo muy parecido (en otra fase de la contienda y con un desarrollo horizontal, más que vertical) lo podemos encontrar en la novela corta de Howard “Clavos rojos“, que se publicó precisamente en 1936.

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Leiber retoma el planteamiento, le da un par de giros para hacerlo un poco más sofisticado, y completa una narración bastante más oscura de lo que suele ser habitual en las historias de Newhon (recuperando, quizás la influencia de Clark Ashton Smith y su Zotique, que se manifiestó sobre todo en los primeros cuentos de Fafhrd y el Ratonero Gris (los de “Espadas contra la muerte”). De igual modo, es díficil no especular con que la enconada rivalidad fraterna que plantea haya podido influir a su vez en la concepción de la serie de Ámbar de Roger Zelazny, que se inició en 1970 con “Los nueve príncipes de Ámbar“.

Habiendo leído las aventuras escritas antes y algunas de las posteriores, da la impresión de que “Los señores de Quarmall” constituyó casi un cierre de ciclo (con homenaje a los orígenes incluido); el ciclo que podríamos considerar como de espada y brujería clásica dentro de la serie de Lankhmar (algo que quizás se pierde un poco con la ordenación según la cronología interna). En cualquier caso, se erige sin duda como una de las mejores aventuras que he leído de Fafhrd y el Ratonero Gris (aunque su papel en ella, irónicamente, es casi secundario).

Agradezco a Gigamesh el envío de un ejemplar del “Primer libro de Lankhmar” para su reseña en Rescepto.

Otras opiniones (del volumen completo):

Otras obras el mismo autor reseñadas en Rescepto:

Serie de Lankhmar

La aguja del doctor Costigan

•marzo 20, 2015 • Dejar un comentario

Jerry Sohl fue un periodista estadounidense que en 1952 comenzó a publicar asiduamente dentro del género de la ciencia ficción, mostrándose muy activo durante toda esa década (once novelas en ocho años). A partir de 1958, sin embargo, empezó a dirigir su producción, como muchos de sus compañeros, hacia el más lucrativo mundo de los guiones televisivos, llegando a contribuir durante la década siguiente a series como “Star Trek”, “Más allá del límite” o “En los límites de la realidad”.

No dejó de publicar ciencia ficción, aunque su producción a partir de 1961 fue ya más espaciada, intercalando entre los distintos títulos novelas de otros géneros y sin alcanzar la (limitada) relevancia de sus primeras novelas.

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“La aguja del doctor Costigan” (“Costigan’s needle”, 1953) fue su segundo libro publicado y a juzgar por los comentarios, un buen ejemplo de sus virtudes y flaquezas.

La historia arranca con una pequeña intriga empresarial, en la que uno de los directores ejecutivos de una compañía dedicada a la electrónica y radicada en Chicago descubre que, aparentemente, el resto de miembros del consejo han aprovechado su ausencia para dar luz verde a un proyecto tan misterioso como caro. Ante sus protestas, es conducido a una factoría independiente, donde el doctor Costigan está llevando a cabo los experimentos para los que se requieren tan importantes recursos financieros. Allí le es revelado un secreto científico que justifica sobradamente las disposiciones de sus colegas, lo que tiene toda la pinta de ser un portal dimensional.

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En esa fase de la investigación, el portal apenas permite el paso de un brazo, con la peculiaridad de que tan sólo se ve afectada la materia viva. Sus aplicaciones prácticas no son evidentes, pero sí que se antojan potencialmente muy lucrativas. En cualquier caso, resulta fundamental conocer adónde van los miembros (e incluso animales enteros de pequeño tamaño) desvanecidos. Así que se planifica la construcción de un portal de mayor tamaño, que por su forma general (una alta columna ahusada, con un agujero que delimita el portal en su base) pronto empieza a recibir el nombre de la Aguja.

Las primeras pruebas, sin embargo, destapan algún que otro problema serio, empiezan a desaparecer voluntarios, se ve involucrada la policía, la prensa e incluso un secta religiosa fundamentalista que anda por los alrededores y todo acaba desembocando en una pequeña catástrofe que prueba inequívocamente la existencia de los universos paralelos y sitúa a trescientos y pico chicagüenses en una situación de lo más incómoda, que los pondrá a prueba de un modo nunca antes visto.

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Con “La aguja del doctor Costigan” Jerry Sohl no explora nuevos territorios, ni tampoco se puede afirmar que dedique mucha reflexión a las situaciones que plantea. Su objetivo no pasa de escribir un entretenimiento rápido y ligero, que prácticamente exige de los lectores una completa desconexión del espíritu crítico. Consciente de sus limitaciones, a medida que la trama se va haciendo más y más inconsistente el ritmo se acelera, pasando de la meticulosidad de la introducción a unos brochazos aislados que sirven para caracterizar años completos al final.

Pese a ello, el interés va decayendo casi al mismo ritmo en que los requerimientos de suspensión de la incredulidad aumentan… y lo hacen muy, muy rápido. Poco más puedo decir sin revelar de la trama mucho más de lo que sería conveniente (para las pocas sorpresas que tiene, no voy a ir reventándolas).

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A la postre, “La aguja del doctor Costigan” se revela como una ciencia ficción muy, muy superficial, planteada más como un entretenimiento que con ninguna auténtica aspiración especulativa (ni desde una perspectiva científica, ni social). Prescindiendo de los detalles introductorios, el escenario básico es muy común. Lo que distingue a los grandes escritores de los meramente resultones es el jugo que saben sacarle. En el caso de Jerry Sohl no mucho (sin ir más lejos, ese mismo año Clifford D. Simak llegó un poquito más lejos con un tema similar en “Un anillo alrededor del Sol“, aunque tampoco es para tirar cohetes, teniendo en cuenta la extraordinaria cosecha que se dio en 1953).

Por otro lado, ya que apenas invierte palabras en describir la parte técnica, desde esa perspectiva ha quedado bastante menos anticuada de lo que podría esperarse. La fecha de composición se percibe, sobre todo, en la distribución de los roles masculino y femenino (y quizás un poco en la estructura social o empresarial, aunque ésa es también una faceta en la que no profundiza demasiado). Esto no quiere decir que la ciencia tenga el menor sentido (o incluso protagonismo), pero al menos no molesta.

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En resumidas cuentas, “La aguja del doctor Costigan” es precisamente el tipo de historia que se utilizaría como plantilla maestra para la ciencia ficción televisiva de los sesenta, por lo que no es de extrañar que el autor recondujera ahí su carrera (a menudo bajo el seudónimo de Nathan Butler).

Durante toda la Edad de Oro, el género había estado produciendo (o refinando) situaciones o escenarios tipo, perfectamente reconocibles y familiares como ciencia ficción por el público en general. Bastaba con aderezarlos con unas gotas de intriga y situar en ellos a unos personajes igual de estereotipados para obtener un producto no muy exigente de entretenimiento.

Un poco por encima del nivel del bolsilibro, pero más por cuestiones de extensión y madurez del mercado.

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El arco de plata

•marzo 18, 2015 • 2 comentarios

El autor británico de fantasía David Gemmell confesaba que se había decantado por este género porque en la novela épica histórica, su vocación original, se encontraba demasiado encorsetado por la obligación de narrar los acontecimientos tal como habían sido y no como “deberían” haberse resuelto. Así pues, casi toda su obra gira en torno al concepto del héroe y del sacrificio, de crear la materia prima de las leyendas (no en vano, justo así, “Leyenda“, se tituló su primera novela en 1984).

Bajo ese enfoque desarrolló una exitosa carrera durante dos décadas, erigiéndose como alternativa a las corrientes juveniles dominantes por buena parte de este período, con un estilo más cercano a los parámetros de la espada y brujería clásica (adecuadamente modernizada) que a la estética post tolkiniana (o incluso que a la reacción en contra de ésta, encabezada por Michael Moorcock). Hasta que el año 2005 presentó un proyecto distinto, la serie de Troya (rebautizada en España como Guerreros de Troya), en donde primaría el elemento histórico (o seudohistórico) sobre el fantástico.

No fue su primer acercamiento a la fantasía histórica. Ya en 1990 había hecho del general macedonio Parmenión el protagonista de una duología, aunque en aquella ocasión los elementos fantásticos eran mucho más evidentes. Guerreros de Troya era un proyecto totalmente diferente.

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Resulta casi innecesario mencionar su fuente de inspiración. Hablamos del hito fundacional de la literatura occidental: las epopeyas narradas en la Ilíada y la Odisea, atribuidas a Homero y compuestas sobre mediados del siglo VIII a. C., según la datación comúnmente aceptada, que se refieren a sucesos acontecidos seis siglos antes.

Es una historia que reverbera a lo largo y ancho de la cultura grecolatina de la que somos sucesores. Ya en la antigüedad clásica era objeto de estudio y alabanza, así como fuente de controversia y, por supuesto, de inspiración. El ciclo mítico, al que fueron añadiéndosele episodios, lo completaría a finales del siglo I a. C. Virgilio, compositor de la Eneida (un poema épico con connotaciones propagandísticas sobre la fundación mítica de Roma por fugitivos de Troya), pero la fascinación siguió intacta, y la historia ha seguido siendo objeto de versiones hasta nuestros días, incluyendo, en clave fantástica y feminista, “La antorcha”, de Marion Zimmer Bradley, e incluso trasladada a un escenario de ciencia ficción por Dan Simmons en su serie “Ilion”/”Olimpo” (por no mencionar la mítica por derecho propio serie de animación “Ulises 31″).

Pese a esta abundancia, David Gemmell encontró un enfoque novedoso. Su serie, como en las múltiples novelas históricas sobre el tema, procura ser respetuosa con lo que conocemos de las civilizaciones de la Edad de Bronce implicadas en la contienda, y además prescinde casi por completo de elementos fantásticos (tan sólo se permite juguetear con los dones proféticos, incidiendo especialmente en la capacidad profética de Casandra aunque con una “explicación” más o menos natural y manteniendo la incredulidad de cuantos la escuchan, por lo que a efectos argumentales resulta un don irrelevante).

Lo que lo distingue de autores como Gilbert Haefs (“Troya”), Colleen McCullough (“La canción de Troya”) o Valerio Massimo Manfredi (“La conjura de las reinas” y la duología de “Odiseo”) es que aplica todo cuanto aprendió en su destacada trayectoria en la fantasía épica para primar el sentimiento de aventura y la construcción de personajes sobre la meticulosidad ambiental que muchas veces ralentiza al género histórico. “El arco de plata” (“Lord of the silver bow”) no es tanto una novela sobre la guerra de Troya (de hecho, la acción se sitúa unos años antes), la política en torno a las costas del Egeo durante el siglo XIII a. C. o las culturas micénica y troyana, como una aproximación a la esencia arquetípica del concepto de Héroe.

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En el fondo, no es algo que difiera en exceso de sus retratos de las figuras míticas de sus reinos fantásticos (como su ciclo de Drenai). De nuevo, lo que busca es rastrear las fuentes del mito, con la única diferencia de que en este caso el mito es preexistente… aunque lo bastante flexible como para permitirle una libertad creativa ausente en la ficción auténticamente histórica (prácticamente todo cuanto se sabe de la ciudad y cuantos combatieron por ella proviene de fuentes poéticas muy posteriores, de veracidad histórica discutible… y ampliamente discutida).

El protagonista principal de la serie es Eneas, el Dorado, que se hace llamar Helicaón, rey de Dardania y aliado de Troya (así como pariente de su realeza). Se trata de un príncipe comerciante de gran fortuna, respetado y admirado por casi todos y azote de los piratas. El antagonismo lo ofrecen los micénicos, un pueblo guerrero con su rey Agamenón al frente (embarcado en una política expansionista y siendo, además, el principal impulsor de la piratería en el Gran Verde). En medio de este panorama, Troya es una próspera ciudad, clave para el dominio del Asia Menor, gobernada con mano firme por el despiadado rey Príamo.

“El arco de plata” narra los primeros roces que conducirán, como bien sabemos los lectores, a una guerra devastadora, en la que los mil (bueno, 1158, para ser exactos) barcos aqueos cruzarán el mar Egeo para asediar Ilion, como preludio a un conflicto que durará años y que verá la muerte de miles de guerreros de ambos bandos y la destrucción de la ciudad. Junto con Eneas y Agamenón (con un protagonismo mucho menor, al menos en esta primera entrega), se nos muestran otros héroes, tanto protagonistas del mito (como Odiseo, Andrómaca, Príamo o los hijos de ése) como de creación propia (el egipcio fugitivo que se hace llamar Gershom, el joven Xander o Zidantas, lugarteniente de Helicaón conocido como “Buey”).

Especial relevancia revisten dos micénicos, de trayectoria divergente (aunque también curiosamente entrelazada): Colanos, un brutal seguidor de Agamenón, que se erige en el antagonista directo de la novela, y Argorio, un famoso héroe cuyo sentido del honor choca con la ambición sin límites de su nuevo rey. De hecho, aunque Colanos no pasa de ser poco más que un recurso argumental, lo cierto es que Argorio es el personaje que más evoluciona durante la novela y el que acaba robando para sí el protagonismo (muy a su pesar).

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Otro detalle que cabría destacar es cómo Gemmell huye en general de los personajes definidos mediante absolutos. Así, aunque Helicaón es poseedor de múltiples virtudes, también esconde en su interior una faceta cruel y despiadada, por la que se deja dominar en circunstancias excepcionales. De igual modo, aunque nos pinte a Agamenón bajo una luz muy desfavorecedora (algo que parece ser lo habitual desde el mundo anglosajón, quizás porque el mito fundacional de Britania también enlaza con Eneas, a través de su bisnieto Bruto), no se puede decir que Príamo salga mucho mejor parado.

En otras palabras, no plantea un conflicto entre el bien y el mal, o entre lo justo y lo injusto (aunque sí presenta uno de los bandos como más legitimado), sino que teje un entramado de intereses militares y económicos que llevan necesariamente al antagonismo (un antagonismo tan radical que obligará a tomar partido incluso a quienes, como Odiseo, tratan de congraciarse con todos).

Pese a formar parte de una trilogía, “El arco de plata” puede leerse como novela independiente (algo importante, pues de la tercera parte, completada por Stella Gemmell tras la muerte súbita de su marido en 2006, todavía no ha sido publicada en español y se desconoce si la traducción acabará viendo la luz algún día). Algunas líneas dramáticas quedan en el aire y algún que otro personaje permanece infradesarrollado (el caso más patente, el de Héctor, hijo de Príamo y héroe de Troya), pero a grandes rasgos encontramos una evolución argumental plenamente satisfactoria.

“El arco de plata” nos lleva a un tiempo de héroes, personajes que destacan entre sus contemporáneos como podría hacerlo hoy en día un ídolo deportivo. Claro que en su caso estamos hablando de una fama ganada con los filos broncíneos de sus espadas y mantenida por la fuerza de sus brazos y la agudeza de su ingenio; a un tiempo de prueba; al tiempo y circunstancias que fueron materia prima de leyendas, y no unas leyendas cualesquiera, sino aquéllas que definieron nuestra civilización. No se puede pedir nada más épico.

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Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

¡Guardias! ¿Guardias?

•marzo 15, 2015 • 2 comentarios

El jueves pasado falleció Terry Pratchett, uno de los escritores de fantasía más leídos de la historia (se estima que las ventas conjuntas de sus libros suman más de 85 millones de ejemplares). También fue uno de los más respetados por sus colegas y querido por sus lectores. Y todo ello a través de una herramienta que forjó, pulió y afiló hasta convertirla en un arma de destrucción quirúrgicamente masiva: el humor.

La carrera literaria de Pratchett llevaba poco más de una década (con pocos libros, buenas críticas, pero escaso éxito comercial) cuando publicó en 1983 “El color de la magia”, la que sería la primera novela del Mundodisco (un mundo plano imaginario, sostenido por cuatro elefantas que se apoyan en el caparazón de una tortuga gigante, Gran A’Tuin, que se desplaza por el espacio). En ella parodiaba los clichés que se habían ido asentando en la fantasía, sobre todo a raíz de la popularidad de la edición americana de 1965 de “El Señor de los Anillos”, con la presentación del mago inepto Rincewind.

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El éxito no fue inmediato, pero la historia fue calando poco a poco y para 1986 salió al mercado su secuela (la única continuación directa de toda la serie), “La luz fantástica”. 1987 fue el primer año en que se publicaron dos títulos del Mundodisco (algo que se convertiría en norma hasta que en 2005 los problemas médicos le obligaron a reducir el ritmo), “Ritos iguales” (la presentación de las brujas y los magos de la Universidad Invisible) y “Mort” (la primera novela con protagonismo total de la Muerte, el único personaje que aparece de un modo u otro en las 41 novelas que componen la saga).

El último gran ciclo del Mundodisco se presentaría en 1989 con la octava novela, “¡Guardias! ¿Guardias?” (“Guards! Guards!”), que no sólo introduciría a los integrantes de la guardia nocturna de la ciudad de Ankh-Morpork, sino que supondría un punto de inflexión de toda la serie, pues a partir de ella la parodia que había dominado las primeras entregas empezaría a hacer cada vez más sitio a una sátira inmisericorde de diversos aspectos de nuestra sociedad y de nuestra propia naturaleza como seres humanos.

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“¡Guardias! ¿Guardias?”, como el resto de novelas relacionadas con la guardia nocturna, se inspira tanto en la literatura fantástica como en el género de detectives, haciendo de la ciudad de Ankh-Morpork y sus habitantes (inspirada de un modo evidente en la urbe de Lankhmar de la serie de Fafhrd y el Ratonero Gris, de Fritz Leiber) un personaje más. Se trata de un escenario en donde chocan lo fantástico/medievaloide y lo urbano/moderno, convirtiéndolo en un medio idóneo para trasladar al Mundodisco los problemas de nuestro modo de vida (algo no tan evidente en esta primera entrega).

La historia arranca con la llegada como voluntario del recluta Zanahoria Fundidordehierroson, un mocetón de más de seis pies, hijo adoptivo de unos enanos de las montañas. A estas alturas de la historia de la ciudad, la guardia no se encuentra precisamente en sus mejores tiempos. La decisión del patricio Lord Vetinari de regularizar el crimen a través de los gremios de ladrones y asesinos (entre otros), ha hecho al cuerpo redundante y su dotación completa la componen el capitán Vimes (un hombre demasiado relista y cínico para su propio bien, al borde el alcoholismo y claro trasunto del típico policía horando en un entorno corrupto de la novela negra), el sargento Colon y el apenas humano Nobby.

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Paralelamente, una de las múltiples conjuras para derrocar el patricio logra su objetivo de invocar a un dragón, una criatura mítica e imposible de la que no se tienen noticias en siglos (sólo sobreviven, a duras penas, sus inofensivos parientes, los dragones de pantano, que no suelen pasar de unos palmos). La idea se fundamenta en que nada mejor para avalar las aspiraciones de un candidato al antiguo trono de la ciudad que un acto heroico. El mayor fallo de los conjurados, sin embargo, reside en olvidarse de preguntarle al dragón su opinión al respecto.

Por un lado, la novela constituye una parodia de las historias fantásticas sobre dragones y héroes predestinados (con clichés originados en “El hobbit” y “El Señor de los Anillos”, y referencias de pasada a otras obras como las Crónicas de Prydain), entremezclada con una trama tópica de género negro. Por otro, nos encontramos con una sátira acerca de lo que algunos están dispuestos a hacer por conquistar el poder, pero sobre todo acerca de lo que todos estamos dispuestos a permitir con tal de no ser los primeros en alzarnos en contra de una injusticia.

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Como es habitual, las bromas (construidas mediante el ejercicio de la ironía, antes que recurriendo meramente al absurdo) menudean. Pratchett se cuida mucho de no dejar pasar una página sin al menos una o dos, casi siempre en forma de comentario mordaz a las acciones de los personajes o al estilo de vida en Ankh-Morpork. Los críticos con la obra del autor señalan, y con propiedad, que muchas de ellas son bastante superficiales, predecibles y facilonas… lo cual no quita que de tanto en tanto no deje caer alguna que otra carga de profundidad, de ésas que aciertan de lleno y sacuden desde los cimientos todas nuestras preconcepciones.

Releyendo para esta reseña la novela hay un comentario que me ha impactado especialmente, por su completa aplicabilidad al momento actual que vivimos. Tras la toma del poder por parte del dragón, a la guardia se le ordena difundir un edicto según el cual, una vez al mes, se le sacrificará una doncella (más que nada, porque es lo tradicional). He aquí la reacción del sargento Colon:

—Yo no quiero que me quemen vivo —replicó Colon—. Menuda se pondría mi esposa. Así que tendremos que leer este comosellame, este edicto. Pero no te preocupes, muchacho —dijo dando unas palmaditas en el musculoso brazo de Zanahoria, y repitiendo lo que había dicho antes, como si no se lo hubiera acabado de creer la primera vez—. No llegaremos a ese punto. La gente no lo consentirá.

¿Apostaríais algo a que la gente no lo consentirá? Ahora, sustitúyase, por favor, “leer el edicto” por “ejecutar un desahucio” (por poner un ejemplo al azar). Sí, de eso va también “¡Guardias! ¿Guardias?”.

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Otro detalle que eleva para mí esa novela por encima del resto que he leído del Mundodisco (una decena, quizás) es su estructura. El fuerte de Pratchett no es la estructura. En general, sus novelas son una sucesión de escenas entrelazadas, que van conduciendo no tanto inexorablemente como cayendo por su propio peso hacia el clímax. Es una estrategia que aporta un ritmo vivo, pero que no siempre asegura un control absoluto de todos los elementos de la narración. En “¡Guardias! ¿Guardias?”, sin embargo, los distintos bloques van encajando casi milagrosamente, y el espectáculo de juegos malabares concluye apoteósicamente sin que haya caído ni una sola bola.

No resulta fácil reírse de los aspectos negativos de algo, al tiempo que se respeta escrupulosamente su esencia y se reconoce su potencial, su valía. Terry Pratchett lo consiguió. El Mundodisco no se burla de la fantasía. Ridiculiza sus características y desarrollos menos afortunados (y en el proceso, ayudó a que nuevas generaciones de lectores y escritores los reconocieran y aprendieran a evitarlos)… y lo mismo hace por el ser humano.

Por eso ahora el mundo lamenta su muerte y celebra su obra. Gracias por todo, Terry Pratchett, y hasta siempre.

Terry_Pratchett_BNTerence David John Pratchett (28 de abril de 1948 – 12 de marzo de 2015)

IN MEMORIAM

Otras opiniones:

Clarke’s third law

•marzo 13, 2015 • Dejar un comentario

Hace unos meses se pusieron en contacto conmigo desde Valen Arts, una joven productora cinematográfica, radicada en Valencia, que se encontraba en plena producción de un corto de ciencia ficción. El caso es que iban a presentar el proyecto en la FNAC y buscaban a alguien que pudiera contar algunas cosillas del personaje protagonista, que no era otro sino Arthur C. Clarke.

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El evento estuvo muy bien. Participaron el director, Javier Valenzuela, el actor principal, que encarnaría a Sir Arthur en diversos momentos de su vida, Àngels Fígols y Javier Horrillo, de Virtual Art, director de los efectos especiales del corto. Hasta creo que conseguí no pasarme de tiempo hablando de uno de los tres grandes autores de la Edad de Oro (casi nada).

Me llamó mucho la atención la ambición del proyecto. Valen Arts apuesta sin tapujos por el cine fantástico, con un interés específico por parte del equipo de la productora, con el director a la cabeza, por explorar las posibilidades artísticas y narrativas del género de ciencia ficción (algo que aún es raro en nuestra cinematografía, aunque cada vez un poquito menos).

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El título del cortometraje, que acabó por fin su rodaje de la mano de Valen Arts y Legua Editorial, tras meses de pre y postproducción, es “Clarke’s third law” (narrada en inglés, para no cerrarse al mercado internacional), “La tercera ley de Clarke” (que, para los despistados, reza que “cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”). Fue presentado oficialmente en la sección oficial del XIII Festival Internacional Almería en Corto y actualmente se encuentra a la búsqueda de nuevos foros de exhibición.

Gracias a la amabilidad de Valen Arts, he podido visionarlo, y aunque aún no se pueden revelar mucho sobre la trama, sí que me gustaría realizar un par de comentarios generales sobre la obra. Primero para resaltar su vocación por el género fantástico, y más específicamente por el asombro que genera, esa sensación de maravilla que se plasma en escenas a las que, me temo, la limitada superficie de mi pantalla de ordenador no puede hacer justicia, pues se trata sin duda de un corto que aspira a lo grande, a llenar la pantalla de imágenes deslumbrantes y sugestivas.

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Son escenas inspiradas en parte en la vida de Clarke, pero también en su obra, con evidentes conexiones a la vertiente cinematográfica de la misma. Porque otra aparente contradicción (al menos con respecto a las ideas preconcebidas que sugiere el concepto de cortometraje) reside en la proyección temporal de la historia, que no sólo nos conduce a un viaje por la historia pasada y futura, sino que enriquece la narrativa con una estructura que es muy consciente del paso del tiempo, y de cómo el futuro puede evocar al pasado… o viceversa.

Podéis descubrir más sobre la productora (y este proyecto en particular) en su blog.

Esperemos que la iniciativa se asiente y que “Clarke’s third law” les sirva de peldaño para seguir explorando las nuevas posibilidades de creación de proyectos cinematográficos de género fantástico.

Aquí os dejo para terminar el trailer del cortometraje. Desde luego, merece ser visto en una pantalla de cine.

Y si se os ha despertado el interés y queréis explorar un poco más sobre Clarke, aquí podéis encontrar el enlace a todas las reseñas sobre su obra publicadas en Rescepto.

Dilvish, el maldito

•marzo 9, 2015 • 16 comentarios

Roger Zelazny creó su personaje de Dilvish, un guerrero y mago mitad humano, mitad elfo, durante el resurgir de la espada y brujería en los años sesenta. Los tres primeros cuentos fueron publicados entre 1965 y 1966, en las páginas de Fantastic, la revista en donde por entonces habían encontrado acomodo las aventuras de Fafhrd y el Ratonero Gris de Fritz Leiber y donde Zelazny había vendido muchos de sus primeros cuentos. Justo por entonces, sin embargo, hubo un cambio de dueño y la prioridad del editor pasó a ser la reimpresión de cuentos antiguos (con alguna que otra excepción), que era más barato.

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Zelazny, además, ganó dos premios Hugo consecutivos con las novelas de ciencia ficción “Tú, el inmortal” (1966) y “El señor de la luz” (1967), y poco después comenzó a publicar su serie fantástica más famosa, la de Ámbar (empezando por “Los nueve príncipes de Ámbar” en 1970), así que el autor dejó colgada la historia y Dilvish quedó en el olvido durante casi una década.

Cuatro relatos publicados entre 1974 y 1980 (el primero en un semiprozine y los dos últimos en sendas antologías auspiciadas por Lin Carter) mostraron que el interés de Zelazny en el personaje no había desaparecido por completo, y en 1981 sorprendió con la publicación de “La tierra cambiante”, una novela que cerraba la trama principal de vengaza que motiva a Dilvish, y cuya buena recepción (tercera posición en el premio Locus de fantasía), al parecer, le animó a compilar las historias previas.

Así nació “Dilvish, el Maldito” (“Dilvish, the Damned”, 1982), que incluyó también una novela corta de 1981 (publicada en una tercera antología compilada por Lin Carter) y tres cuentos escritos específicamente para la ocasión, con la única particularidad de que uno de ellos sirvió para dar título al conjunto y sobrenombre al personaje (pese a que la maldición a la que alude es absolutamente puntual).

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Con esta compleja historia editorial, no es de extrañar que “Dilvish, el Maldito” adolezca de ciertas carencias por lo que a cohesión interna se refiere. Su planteamiento es potente. Cierto día que Dilvish está cabalgando por las tierras adyacentes a su ciudad es testigo de un intento de sacrificio humano, por parte del temible Jelerak. Su intervención frusta estos planes, pero en venganza el hechicero convierte a Dilvish en estatua, y por doscientos años su alma permanece atrapada en el infierno, hasta que en un momento de necesidad las plegarias de los habitantes de su ciudad le permiten retornar al mundo físico, armado con el conocimiento de nueve hechizos maestros y acompañado por Black, un ser transdimensional que adopta la forma de un caballo negro, metálico (y parlante).

Desde entonces, la principal meta de Dilvish es la venganza, aunque ello no es óbice para que se preocupe de salvar primero a su ciudad y luego de inmiscuirse caballerosamente en cada conflicto con el que se tropieza en su camino (que en general tienen que ver con dioses menores y sus adoradores/víctimas).

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Por el camino, Dilvish encuentra y pierde aliados y objetos mágicos (como una espada invisible, que en determinado momento parece simplemente dejársela olvidada en algún lugar, porque ya no vuelve a hacerse mención de ella), siendo las únicas constantes sus verdes botas élficas (que siempre encuentran resquicios donde sujetarse y que en caso de caída se aseguran de orientar los pies hacia el suelo) y la compañía un tanto irónica de Black.

Si en algo destaca “Dilvish, el Maldito” es precisamente en ese tono irónico, cínico incluso, que surge principalmente de los diálogos de Black (quien no para de echar amistosamente en cara de su jinete lo poco inteligente de algunas de sus decisiones). Se trata de un enfoque que bordea en ocasiones la parodia, o cuando menos muestra una acusada autoconsciencia de las características no excesivamente halagadoras del género (en especial en los relatos tardíos).

Los cuentos de Dilvish invitan pues a disfrutar de las aventuras sin pensar demasiado en ellas, y en consonancia su estilo es simple y directo (algo que en cierto modo constituye un paso atrás con respecto a la mucho más sólida entidad estilística y referencial de las obras con que el autor presentó sus credenciales en la segunda mitad de los años sesenta). De hecho, el personaje resulta bastante anodino. Tanto él como sus aventuras serían perfectamente intercambiables por cualquier otro cliché de la espada y brujería. Tan sólo Black aporta algo de unicidad, aunque la excesiva antropomorfización de su pensamiento le resta interés una vez superada la sorpresa inicial.

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Pese a estas debilidades, las aventuras de Dilvish cuentan con muchos valedores, por lo que es posible que haya en ellas algo que se me escapa por completo. Personalmente, me ha costado muchísimo invertir interés en sus aventuras, y aparte del tono crepuscular de historias como “Los dominios de Aache” o “Devil y la bailarina”, no he encontrado nada que las haga destacables .

Un buen ejemplo de sus virtudes y defectos puede encontrarse en el texto más largo de la antología, la novela corta “La Torre de Hielo” (publicada originalmente en 1981). Es por momento sugestiva, con unos personajes curiosos y una tesis (la necesidad del desdoblamiento de la personalidad para triunfar en las artes mágicas) intrigante. Por desgracia, la ligereza se adueña de toda la narración, que parece avanzar por momentos a golpe de la inspiración del momento, dando bandazos de acá para allá (con elementos que no acaban de encajar).

Supongo que la ironía y la épica no son dos sentimientos que puedan evocarse juntos con facilidad.

O tal vez es que como lector ya me encuentro demasiado resabiado para poder disfrutar sin más de una propuesta simple y directa como ésta.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

 
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