La rebelión de los pupilos

•enero 21, 2019 • 2 comentarios

Tras cuatro años de hiato y tres novelas no relacionadas, David Brin regresó en 1987 a su principal escenario, el del Universo de la Elevación de los Pupilos, con “La rebelión de los pupilos” (“The uplift war”). El reto era considerable. La anterior entrega, “Marea estelar“, había cosechado la triple corona (Hugo, Nebula y Locus), y esos son siempre unos zapatos difíciles de llenar.

A la dificultad de producir una entrega a la altura se le añadió además el riesgo inherente a una decisión arriesgada, pues en contra de lo que cabría esperar el autor optó por no continuar con la historia del Streaker, el primer crucero estelar tripulado por neodelfines en torno al cual se organiza el lío de “Marea estelar”, pasando a relatar un conflicto que se da en paralelo en el planeta Garth, recientemente entregado al cuidado del clan terrestre (el destino del Streaker, al menos el destino inmediato, pues aún quedan muchos flecos sueltos, se conocería en la segunda trilogía de la Elevación, que se publicaría entre 1995 y 1998).

El caso es que, aprovechando el tumulto ocasionado en las Cinco Galaxias por el hallazgo fortuito de los delfines, un clan extremista, el de los pajariles gubrus, decide que es una ocasión propicia para conquistar honores tomando Garth como rehén para hacerse con el secreto supuestamente hallado por los lobeznos (un clan sin tutores) de la Tierra. Ante los recursos de tan poderoso enemigo, los terrestres no pueden sino oponer una resistencia simbólica (y aun así de gran importancia desde una perspectiva diplomática), y pronto queda todo el planeta bajo el control de los alienígenas… todo salvo unas pequeñas bolsas de resistencia en los bosques, compuestas principalmente por neochimpancés, la segunda raza pupila del clan terrestre, con apenas trescientos años de sapiencia para avalar sus acciones y decisiones.

Allí donde “Marea estelar” suponía un castillo de fuegos artificiales, “La rebelión de los pupilos” escoge el camino de la exploración de la faceta ética de la gran supercivilización pentagaláctica, que por cientos de millones de años ha creado un entramado de relaciones de tutelaje, con cada especie sapiente obligada a transmitir ese mismo don antes de desaparecer a su vez, siguiendo el camino trazado por los míticos Progenitores. En medio de todo ello ha aterrizado la humanidad, no solo conquistadora del viaje interestelar por sus propios medios, sin el auxilio de la titánica Biblioteca, sino incluso lo bastante madura desde una perspectiva ética para haberse ocupado de la elevación de dos razas pupilas… aunque el pasado no tan lejano está oscurecido con el recuerdo del desastre en el que estuvo a punto de sumir a su propio mundo.

Más que en ningún otro de los libros de la serie, en “La rebelión de los pupilos” permea un discurso fuertemente ecologista, que apela a la responsabilidad del hombre para con los ecosistemas de su mundo, y es precisamente en la demostración de la responsabilidad como tutores de los hombres y en la idoneidad como pupilos de los chimpancés en donde se fundamenta la resistencia frente a los gubru, algo que se logra más en el plano de la imagen frente a la sociedad pentagaláctica que a través de logros puramente militares.

Hay un tema subyacente a toda la novela, oculto tras la historia arquetípica de resistencia en contra de fuerzas muy superiores, y es el de maduración. Así, tenemos a los jóvenes Robert Oneagle, hijo de la coordinadora planetaria, y Athaclena, hija del embajador tymbrini (una de las pocas razas aliadas del clan terrestre), obligados a asumir como tutores el peso del liderazgo de la resistencia, pero sobre todo los esfuerzos de neochimpancés como el piloto de la armada Fiben o la líder de la resistencia Gailet por mostrarse dignos miembros de la sociedad sapiente incluso privados del apoyo y la guía de sus tutores.

La maduración forzosa que todo ello supone retrotrae a la que debieron (debemos) superar los hombres para escapar de la autodestrucción. David Brin nos presenta un futuro al que aspirar, siempre y cuando nos mostremos dignos del don de la inteligencia, al tiempo que alerta contra las catastróficas consecuencias de una conducta atávica, pues Garth es un mundo llevado al borde del colapso ecológico por las ansias consumidoras de sus anteriores cuidadores.

Por supuesto, es una novela de David Brin, así que también tenemos aventuras, alienígenas exóticos y una trama que quizás se estira sobre demasiadas páginas, pero que va entretejiendo con cuidado una rocambolesca salida al conflicto que se centra en la supuesta existencia de unos míticos garthianos (presapientes oriundos del planeta y que, de algún modo, escaparon a la destrucción). Además, como suele ser la norma con Brin, el optimismo vence, y la proverbial suerte de los terrestres confabula con el universo para mantener su independencia en un universo brutalmente hostil, en el que somos literalmente los últimos monos.

Tras mi primera lectura de esta novela, que realicé hace ya unos cuantos años, me sentí decepcionado porque no me ofrecía aquello que esperaba tras “Navegante solar” y “Marea estelar”. En esta ocasión, sin embargo, creo que he entendido mejor lo que pretendía transmitir David Brin, y gracias a ello he aprendido a apreciar la novela en su justa valía, de modo que no solo la considero una más que digna integrante de la serie de la Elevación de los Pupilos, sino también muy merecedora de todos los honores que cosechó, pues al igual que su predecesora se hizo con los premios Hugo y Locus, mientras que en los Nebula tuvo que contentarse con una posición de finalista (frente a, la en mi opinión menor, “La mujer que caía“, de Pat Murphy).

Entre los finalistas al Hugo se cuentan también el inicio de la serie de Alvin Maker, de Orson Scott Card, “El séptimo hijo” (ganadora del Locus de fantasía); la imprescindible para la época aportación cyberpunk de la mano de George Alec Effinger y el inicio de la trilogía de Marîd Audran con “Cuando falla la gravedad”; el epílogo de la serie de Gene Wolfe del Sol Nuevo con “El urth del Sol Nuevo”; y una novela bastante mediocre de Greg Bear, “La fragua de dios“.

De forma harto curiosa, “La rebelión de los pupilos” es uno de los premios Hugo más maltratados en nuestro país, pues cuenta con una única edición, con una traducción mejorable, de hace más de treinta años.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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El vuelo del dragón

•enero 14, 2019 • 6 comentarios

En 1967 Anne McCaffrey publicó dos novelas cortas en los números de octubre y diciembre (concluida en el siguiente volumen) de Analog. Eran una rareza relativa, con una acusada inclinación hacia la fantasía, heredera del planet opera a través de la obra de autoras como Marion Zimmer Bradley y su serie de Darkover (iniciada en 1958 con “The planet savers”) o Andre Norton con la serie del Estcarp (“Mundo de brujas”, 1963). Esa science fantasy (termino que estuvo en boga en los años cincuenta y la primera mitad de los sesenta) presentaba historias y personajes propios de la fantasía, en un escenario con cierta justificación científica, a menudo relacionada con colonias humanas abandonadas que han revertido a estadios tecnológicos pretéritos.

Esa ambientación, que utilizó por ejemplo Ursula K. Le Guin para dar forma al ciclo del Ekumen (“El mundo de Rocanon”, 1966) y que siguió empleándose en años subsiguientes (por ejemplo para justificar el Barrayar de Lois McMaster Bujold), asume en la obra de McCaffrey, por mucho que ella misma se negara a admitirlo, una inclinación casi por completo fantástica, dejando el elemento tecnológico como una mera excusa, aunque sí que distinguía su producción de lo que en aquella época se estaba escribiendo en un panorama fantástico tremendamente influenciado por el éxito en 1965 de la primera edición oficial de “El Señor de los Anillos” en los EE.UU., que condujo a su vez tanto a una recuperación de la fantasía más clásica como a una oleada de malas imitaciones (que no triunfaron comercialmente hasta finales de la década de los setenta).

Todo ello quizás contribuyó a que McCaffrey se convirtiera en la primera mujer ganadora de un premio Hugo (de novela corta, en 1968, por “La búsqueda del Weyr”, ex-aequo con la extraordinaria “Jinetes del salario púrpura”, de Philip José Farmer) y de un premio Nebula (de novela corta, en 1969, por “Dragonrider”; aunque aquel año también lo ganó Kate Wilhelm en la categoría de relato por “Los programadores”). Los respectivos dobletes los impidieron en 1968 “He aquí el hombre”, de Michael Moorcok (ganador del Nebula), y “Alas nocturnas” de Robert Silverberg en 1969 (ganador del Hugo).

En 1968, estas dos novelas cortas, junto con dos más escritas a tal efecto, conformaron el volumen “El vuelo del dragón” (“Dragonflight”), publicado por Ballantine, inaugurando así una de las series más exitosas de la época, la de los dragones de Pern, que se extendería por veinticuatro libros (veintitrés novelas y una antología). El escenario es el siguiente: Pern es un mundo colonizado siglos atrás por los terrestres, que ha retrocedido a un estadio tecnológico preindustrial, por culpa de la amenaza de las hebras, una especie de hongo que cada tres siglos poco más o menos, coincidiendo con el paso cercano de un planeta de órbita excéntrica (la Estrella Roja), salva en oleadas el vacío entre los mundos y amenaza la vida oriunda de Pern y la existencia de los colonos.

La forma de combatir esta amenaza cíclica consistió en la adaptación de una especie pernense, transformándola en gigantescos reptiles inteligentes voladores y escupefuego, con un vínculo telepático con sus jinetes. Estos jinetes de los dragones habitan en los Weyr, recibiendo tributos durante los años de tranquilidad de los fuertes (asentamientos) y defendiéndolos cuando desciende la lluvia asesina.

“La búsqueda del Weyr” tiene lugar unos 2.500 años después de la colonización, tras un período inusualmente largo de calma (600 años, pues el último tránsito de la Estrella Roja no fue lo suficientemente cercano). Este lapso ha hecho que la antigua tradición se haya descuidado, y solo queda un weyr habitado, ocupado por unos doscientos dragones con sus jinetes, ante el desprecio casi generalizado por parte de los fuertes. En la última puesta, sin embargo, la reina dragón ha producido un huevo dorado, de modo que los dragoneros (jinetes de dragones) han debido partir en busca de la próxima reina humana que se conectará con la nueva bestia e inaugurará un nuevo ciclo (tras el descuidado y timorato reinado de su predecesora).

Este empeño lleva a F’lar al antiguo enclave de Ruatha, de gran importancia en la antigüedad aunque ahora bajo el dominio de un señor de la guerra local, que se ha hecho, en contra de la tradición, con el dominio de varios fuertes. En Ruatha, sin embargo, sobrevive Lessa, la única descendiente viva de los antiguos gobernantes, quien haciéndose pasar por sirvienta confabula desde hace años para vengarse y recuperar el poder… aunque quizás el destino le esté reservando objetivos más ambiciosos y responsabilidades más acuciantes para con el bienestar de todos los humanos de Pern.

La verdad es que no vale la pena ni intentar evitar revelar demasiado sobre la trama. Uno de los defectillos del libro es que todo resulta tremendamente previsible; y no me refiero solo a “La búsqueda del Weyr”, sino también a la segunda novela corta (retitulada como “El vuelo del dragón”) y las dos que cierran el volumen (“Cae polvo” y “El frío inter”), que en realidad conforman una única narración. Incluso avanzar lo más mínimo sobre su contenido podría bastar para que cualquiera con unas pocas lecturas a las espaldas pueda adivinar por dónde van los tiros. Me limitaré por tanto a apuntar que a lo largo de todo el libro tenemos un enfrentamiento entre la restauración de la tradición, que es el principal empeño de F’lar, sobre todo cuando se empieza a hacer evidente que se aproxima una nueva crisis con las hebras, la resistencia al cambio de dragoneros y hombres de los fuertes y la impulsividad un tanto caótica de Lessa, que le lleva, por ejemplo, a descubrir que los dragones no solo son capaces de teletransportarse en el espacio, sino también en el tiempo (ambas sugerencias de John W. Campbell, editor de Analog).

Jugar con los viajes en el tiempo no es algo que se pueda hacer a la ligera, y se nota que McCaffrey no termina de establecer correctamente las relaciones de causalidad. Es bastante evidente que tras la creación de Pern no hay un esfuerzo por buscar la coherencia, sino que todo va surgiendo un poco a salto de mata y se reajusta a posteriori (circunstancia que daña la serie en entregas posteriores). Otro fallo estilístico radica en la incapacidad de la autora para explotar al máximo el potencial que ella misma genera (algo que afecta especialmente a los respectivos clímax de cada sección, en los que casi pueden paladearse las escenas y descripciones épicas que nos escamotea de forma desconcertante). El caso es que, pese a estos defectos, los aciertos los superan en mucho.

Como aval de la obra, por ejemplo, tenemos un escenario que si bien no es cien por cien coherente resulta tremendamente sugerente, con unos personajes con los que no puedes evitar sentirte identificado. Debe mencionarse de forma especial el empeño de McCaffrey por conceder el protagonismo a personajes femeninos fuertes, una rareza en aquella época (lo que explica también algún que otro detalle que desde la perspectiva que dan las décadas chirría un poco, como su singularidad absoluta, que relega al resto de personajes femeninos a un plano muy, muy secundario). Tampoco debe minusvalorarse su impresionante legado, que se extendió no sobre la ciencia ficción, sino sobre la fantasía, constituyéndose en uno de los primeros y más importantes contrapesos a la épica tolkiniana

Desde una perspectiva filogenética, “El vuelo del dragón” bebe mucho de una premiada novela corta anterior: “Hombres y dragones”, de Jack Vance (ganadora del Hugo de ficción breve en 1963). Aquel planteamiento de science fantasy (que justifica la existencia de los dragones en un contexto tecnológico) se convierte bajo la pluma de McCaffrey en casi, casi fantasía pura, introduciendo multitud de elementos que luego se constituirían en todo un linaje que puede rastrearse hasta nuestros días. Por ejemplo, con las explicaciones fisiológicas para los dragones de Gordon R. Dickson en su serie Dragon Knight (empezando con “La torre abominable“, en 1976), el planteamiento de todo el universo de la Dragonlance (“El retorno de los dragones“, 1984) o incluso el arranque mismo de la Canción de Hielo y Fuego de George R. R. Martin (1996- ) y así llegando hasta refritos como “Eragon” (Christopher Paolini, 2002) o reinvenciones como la saga Temerario de Naomi Novik (“El dragón de su majestad”, 2006).

No se trata simplemente del concepto de los caballeros de los dragones, sino detalles mucho más profundos como la antigua amenaza casi olvidada que en su regreso propicia el resurgir de la magia (los dragones) o la conexión empática entre dragón y jinete. En definitiva, es muy posible que “El vuelo del dragón”, sin haberlo pretendido, se erigiera en uno de los hitos más significativos de la evolución de la fantasía en la segunda mitad del siglo XX (y eso que McCaffrey intentó denonadamente el no verse arrastrada a ese género que por entonces se consideraba de menor valía).

Tras “El vuelo del dragón”, la trilogía original se prolongó con “La búsqueda del dragón” (1970), y tras un lapso de ocho años en que vivió un divorcio complicado y un cambio de país, “El dragón blanco” (1978). A partir de ahí, la serie empezó a oscilar de acuerdo con las exigencias editoriales, haciéndose por ejemplo más juvenil con la trilogía del Harper Hall (1976-1979) y siguiendo con una larga retahíla de títulos, de progresiva irrelevancia (de los cuales se han publicado cuatro en castellano), escritos o coescritos a partir de 2002 por sus hijos Todd y Gigi.

Otras opiniones:

Póngame una docena de resceptos

•enero 11, 2019 • 18 comentarios

“Póngame una barra de pan, y si tiene huevos, una docena… y va y le venden doce barras de pan”.

Más o menos así ha ocurrido con Rescepto Indablog. Allá por el 2007 fui a por el año, y hoy me he encontrado con los doce ya cumplidos, lo cual no está nada mal para un medio de comunicación que ya ni siquiera está de moda. Con sus cambios de enfoque y sus lógicos altibajos, aquella bitácora que no sabía muy bien cuál era su propósito (y que de hecho lo había perdido nada más nacer), acaba de cumplir doce años, 4.380 días, que se dicen pronto.

Rescepto es, de lejos, mi mayor proyecto literario. Con 1.185 entradas y más de un millón cien mil palabras, supera con mucho las apenas 650.000 que suma toda mi ficción. También es muy característico de lo que está siendo mi “carrera”. Digamos que está ahí, arrastrándose año a año y peleando por seguir activo en medio de una… persistente indiferencia. (¡Gracias, gracias, gracias, a quienes rompéis la tendencia!). Los logros y las marcas, que los presenta, se deben más a la cabezonería que a cualquier desarrollo que pueda considerarse, bajo ningún prisma razonable, un éxito.

Es posible que ello explique también su longevidad. La presión es limitada (y la que ha existido, la he desviado) y cuando ha hecho falta, he bajado el ritmo, de modo que he evitado quemarme… en exceso. En fin, posiblemente todo esto suena un poco derrotista para una celebración de aniversario, pero es que estas ocasiones siempre se erigen en momentos de autoexamen y reevaluación, de echarle un vistazo al depósito para ver si todavía le queda combustible (y el número doce, con toda su magia sexagesimal, se presta de forma especial a este tipo de reflexiones).

Ayuda, por supuesto tener todavía metas por cumplir, como completar la Hugolatría, que empecé el año 2009 y está a apenas tres títulos de la línea de meta (hasta que el año que viene se conceda un nuevo premio Hugo). Sí, supongo que eso bastará por ahora, mientras vamos haciendo cifras que nos acerquen a hitos significativos (que supongan por sí mismos un acicate para seguir). También sigue creciendo el listado de premios fantásticos, con una remodelación importante y la adición a lo largo del año de las novelas ganadoras y finalistas de los premios Locus, World Fantasy Award, John W. Campbell Memorial, Ignotus, International Fantasy Award y BSFA.

Gracias a las 65 entradas del año, puedo actualizar el número total de reseñas publicadas en el blog, que asciende a 730, de 413 autores diferentes (sin contar los que solo aparecen en obras compartidas). A ver si consigo llevar las cuentas y lo celebramos cuando llegue en unos meses a la reseña número 750. Además, casi a última hora, he sumado un par de películas más, por lo que el total se situa en 85. En estos momentos, el blog es ya casi pura crítica, pues a este contenido solo se le suma el ocasional ensayo (recientemente, los dedicados a la espada y brujería y al transhumanismo en la obra de Egan) y muy, muy puntalmente la presentación de las novedades de Cápside. Los que no dejan de caer en picado son los comentarios. Solo 84 en todo el año (de los que casi la mitad corresponden a mis respuestas). Bastante menos de un comentario por entrada. Bueno, hace tiempo que di por perdida esa batalla…

Entre las reseñas del año destacaría (bien sea por el placer que me procuró la lectura, bien por la satisfacción que me produce la reseña en sí): “The scrutinies of Simon Iff” de Aleister Crowley, “Too like the lightning” de Ada Palmer, “The heart of what was lost” de Tad Williams, “Cuentos de escaldo” de Krake, “Las estaciones de la marea” de Michael Swanwick, “Cuna de gato” de Kurt Vonnegut y “La tempestad” de William Shakespeare; mientras que me gustaría mencionar entre los ensayos el dedicado a la Ciencia ficción feminista de segunda ola y uno que me ahorrará muchas explicaciones (porque me remitiré directamente a él cada vez que surja de nuevo la cuestión), el de la Duración de los derechos de autor según la legislación española.

En cuanto a las visitas, es una estadística que merece párrafo aparte. No tanto por los números totales (831.470) como por la circunstancia de que, por fin, tras seis años de estancamiento (o incluso retroceso), en 2018 se experimentó un incremento considerable en el número de visitas diarias, que ha permitido no solo batir el récord anual, sino superar por primera vez (y de forma holgada) las 100.00 visitas anuales. En concreto, durantel el año pasado se registraron en Rescepto 130.549 visitas, que corresponden a una media diaria de 358. El récord anterior estaba fijado desde el 2012 en 82.838. Este crecimiento, además, estuvo bastante repartido, pues se batieron todos los récords mensuales salvo el de octubre (por muy poquito) y el de diciembre. El mejor mes fue mayo, con más de 15.000 visitas y una media de 491 diarias.

Lo cierto es que dudo mucho que sea un crecimiento sostenible, o incluso replicable. El número de visitas desde España se mantuvo más o menos estable, de modo que la mayor parte del crecimiento cabe achacárselo a un desconcertante incremento de visitas desde los EE.UU., que es de lejos el primer país por número de visitas, con más de 55.000 (lejos de las 35.000 registradas desde España). Es un tráfico, además, que va y viene, como el Guadiana, sin que haya podido nunca determinar a qué obedecen esos vaivenes (sospecho que tiene que ver con cambios en el posicionamiento en buscadores). Otra anomalía es la irrupción de Hong-Kong como quinta fuente a nivel mundial de visitas a Rescepto; nada menos que 5.534 (en contraste con las 3 de China propiamente dicha). Por encima tan solo están México (8.750) y Argentina (7.053), y completan el listado de los países con más de 1.000 visitantes Chile (4.462), Colombia (3.885), Perú (1.936) y Ecuador (1.195). Si esto de las visitas fuera realmente sostenible, existe una lejanísima posibilidad de alcanzar el millón de visitas en 2019 (lo que requeriría prácticamente mantener el récord mensual absoluto durante todo el año). Por si acaso, no voy a contener la respiración mientras espero.

En las redes sociales, prosigue el crecimiento lento pero constante. Así, la página de Facebook ha llegado a los 345 seguidores, lo que supone un incremento de 37 (un 12% anual); la cuenta de Twitter tiene 305 seguidores, o 59 más que hace un año (un 19% de incremento). A través de WordPress los seguidores suman 145, 16 adicionales (12%). Incrementos todos ellos porcentualmente similares a los del año pasado. Google+, que está en vías de cierre, por lo que he dejado de actualizar la cuenta, ha alcanzado los 24 seguidores (2 más), que se perderán, como lágrimas en la lluvia (aunque los invito, por supuesto, a dejarse caer, si no están ya ahí, por alguna de las otras redes sociales).

Llegado a este punto, ya solo cabe emplazaros, con suerte, para el decimotercer aniversario dentro de doce meses y realizar un anuncio especial (o propósito de año nuevo). Tal vez vaya siendo hora de ir actualizándose, y lo que se lleva ahora es la comunicación audiovisual, de modo que a lo mejor habría que darle un tiento a la idea de un Rescepto Indatube. Sí, estoy decidido a, cuando menos, probar ese formato (lo que probablemente constituya la auténtica amenaza que se cierne sobre el servicio). Tengo que planificarlo bien y recabar consejo y ayuda (tanto a nivel técnico como práctico), pero en 2019 quiero dar el salto a YouTube (el vídeo piloto girará en torno a “Drácula”, de Bram Stoker, y combinará reseña, contextualización histórica y consejos de escritura).

¡Adelante con el año de la triscaidecafilia!

Cumpleaños anteriores:

Odisea

•enero 7, 2019 • 2 comentarios

La carrera de Jack McDevitt tuvo un despegue tardío, con su primera novela publicada a los cincuenta y un años, pero desde entonces ha gozado de una popularidad inusitada y del respeto de sus colegas, hasta el punto de que la mitad de sus veinticuatro novelas han sido candidatas al premio Nebula (un récord de doce obras, auque con premio únicamente para “Última misión: Margolia”, de 2005).

La verdad es que se me antojan nos reconocimientos excesivos, dado el clasicismo sin riesgo ni innovación alguna de su trabajo, y sobre todo habiendo coincidido en el tiempo con una época dorada de la space opera (su género), con una ingente cantidad de propuestas provinientes del Reino Unido o Canadá. Como ejemplo de todo ello, baste con considerar “Odisea” (“Odyssey”, 2006), cómo no, candidata al premio Nebula en 2008.

“Odisea” pertenece a la segunda gran serie de McDevitt, tras la del arqueólogo Alex Benedict, que recibe diversos nombres, como la serie de la Academia, la de Priscilla “Hutch” Hutchins o, en honor al primer título (de 1994), el universo de las Máquinas de Dios. Es la novela número cinco de un total hasta el momento de ocho, y nos presenta un escenario del siglo XXIII en el que la exploración espacial, pese a haberse solucionado el problema de los viajes superlumínicos, se encuentra crónicamente al borde del abandono, ante los más acuciantes problemas domésticos. La Academia (una especie de NASA del futuro) es la encargada de gestionar los recursos y programar las exploraciones, pero cada vez lo tiene más difícil, y en este punto Hutch (Priscilla Hutchins) ha dejado atrás sus años de piloto y ocupa la subdirección de la organización.

La trama da inicio con el cada vez más habitual avistamiento de unas luces extrañas en el espacio profundo que asemejan naves en formación y que reciben el nombre de Jinetes Lunares (aunque son, en todo menos en nombre, típicos OVNIS). Este fenómeno inexplicable, máxime cuando en todos los años de exploración del espacio la humanidad no se ha encontrado nunca con otra raza tecnológica (aunque sí con misteriosos monumentos abandonados), es visto como una oportunidad por quienes desean reavivar el interés por el espacio, así que se organiza una misión con el objetivo de recabar pruebas irrefutables de la existencia de los jinetes lunares, en la que participan una de las pilotos de la Adademia, un responsable de comunicación de la misma, el famoso y polémico periodista Gregory MacCallister y una joven de catorce años, hija de un senador.

Como subtramas paralelas, tenemos el juicio a un hombre acusado de atacar a un sacerdote en represalia por inculcarle de pequeño el temor por el infierno y la construcción a diecinueve años luz de la Tierra de un hipercolisionador de partículas (cuya activación podría conllevar una posibilidad minúscula pero no nula de desgarrar el propio tejido del espacio-tiempo). Con todo ello, McDevitt crea una historia en la que resuenan en exceso polémicas de su propio tiempo, con una ambientación futurista tan, tan tenue que de no existir las naves espaciales y las inteligencias artificiales, casi podría estar teniendo lugar en nuestra época.

Esa es la gran debilidad de “Omega”. Se supone que nos presenta hechos de dentro de doscientos y pico años, pero todo, absolutamente todo, se percibe como una no muy hábil traslación de conflictos contemporáneos (la infrafinanciación de la Academia no tiene sentido en un universo como el de la serie en el que existen las terribles nubes Omega, amenazando con destruir cualquier vida con la que tropiecen, de modo que solo puede entenderse como un reflejo torpe de la situación actual de la NASA). Si a ello le añadimos cierta torpeza narrativa, con personajes terriblemente estereotipados (Gregory MacCallister merece espacio aparte, pues es un intento no muy acertado de replicar un personaje estilo Jack Barron, aunque más que incisivo, se percibe cínico y creidillo a partes iguales y superlativas) y una trama cuyos giros se ven venir a años luz de distancia… En fin, que queda muy poco para justificar un honor tan destacado como es una nominación al Nebula.

Sí, es cierto que el objetivo de la ciencia ficción no es predecir el futuro, sino explorar los problemas del presente a través de su proyección hacia un futuro más o menos verosímil pero aun así ficticio, pero esto debe lograrse a través de la metáfora, un subtexto que reconocemos bajo ropajes nuevos (y, a ser posible, atractivos). Si tomamos un problema actual y lo situamos sin más en un contexto tecnológico diferente, lo más normal es que se perciba como una intrusión anacrónica, que rompe la necesaria suspensión de la incredulidad. No basta con llamar “jinetes lunares” a los “ovnis”, ni con unir los EE.UU. y Canadá en una única nación, pero sin cambiar en modo alguno la política. Simplemente, el mundo de “Odisea” se desmenuza a poco que se haga el intento de comprobar su solidez.

Añadiéndole a esto la escasa cohesión entre las distintas subtramas de la obra (la del juicio, sinceramente, no pinta nada en todo el proceso), y que todo se sustenta en una coincidencia poco creíble y en una escena absurdamente manipulada para crear tensión en donde hubiera podido no existir nada, tenemos una obra que difícilmente justifica su distinción, incluso en un año no demasiado productivo en cuanto a obras de ciencia ficció (en el que, sin embargo, vieron la luz títulos como “El sueño del androide” o “Las brigadas fantasma” de John Scalzi, “Sol de soles” de Karl Schroeder o, sobre todo, “Visión ciega” de Peter Watts, por mencionar solo aquellos temáticamente cercanos a “Odisea”; ignorados todos ellos por la SFWA).

No quiero, sin embargo, cargar demasiado las tintas sobre la cuestión de la nominación. Incluso prescindiendo de ella, “Odisea” seguiría siendo una obra de ciencia ficción ramplona, con la simplicidad temática de las obras clásicas aunque con una longitud moderna que pone todavía más de manifiesto su carencia de ideas y la sutileza de un martillo en la presentación de su subtexto. Absolutamente prescindible.

El año en que se nominó “Odisea” (el segundo y último en que era elegible de acuerdo con las normas del galardón), el premio Nebula acabó obteniéndolo Michael Chabon por “El sindicato de policia yiddish“, mientras que el John W. Campbell Memorial, para el que también cosechó nominación (esta vez en su año), fue para la marginalmente menos carca “Titán“, de Ben Bova.

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Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

El prefecto

•enero 2, 2019 • Dejar un comentario

“El prefecto” (“The prefect”, 2007) fue la quinta novela del galés Alastair Reynolds ambientada en su universo del Espacio Revelación, aunque cronológicamente narra acontecimientos previos a casi todo lo narrado en las precedentes. También es singular por circunscribirse a un único escenario, el sistema Yellowstone, en el siglo veinticinco, sede de la más pujante sociedad de la época, unos cien millones de seres humanos distribuidos por diez mil hábitats que orbitan el sol del sistema, configurando el Anillo Brillante.

De entre estos hábitats, el principal es Ciudad Abismo, protagonista de una novela homónima de 2001 (y escenario también de una de las tramas de “Espacio Revelación“), pero básicamente ignorada en esta novela, que se centra más bien en Panoplia, la organización encargada de velar por el mantenimiento de los principios democráticos del anillo, tarea que recae en sus prefectos, dotados de la autoridad necesaria para hacer su trabajo aunque imposibilitados de intervenir en todo aquello que no atente contra los derechos de voto de los ciudadanos (lo que propicia la existencia de hábitats tremendamente diversos, distribuidas por un espectro que abarca desde utopías tecnológicas ultralibertarias a distopías sociales como las tiranías voluntarias).

La acción arranca con la investigación por parte del prefecto de campo Dreyfus y sus ayudantes, el neocerdo Sparver y la cadete Thalia Ng, de un fraude en el proceso de votación de un hábitat, lo que revela un agujero de seguridad en el software que se emplea en todo el anillo, seguido de inmediato por la destrucción de un hábitat menor por lo que parece la acción de un nave ultra (humanos altamente modificados que tripulan las bordeadoras lumínicas, o supernaves capaces de acercarse a la velocidad de la luz, que en este universo se considera un límite insuperable, para comerciar entre sistemas).

La investigación, por supuesto, comienza a complicarse, y pronto se hace evidente que será una crisis al menos tan grave como la que once años antes provocó el frenesí asesino de una inteligencia artificial descontrolada conocida como el Relojero (que, entre otras secuelas, ha dejado a la prefecto supremo conectada a una trampa que le impide dormir y que amenaza con acabar con su vida en cualquier momento). Dreyfus tendrá que investigar a marchas forzadas, tratando de atar los cabos al tiempo que la traición amenaza desde dentro a la propia Panoplia… y todo se complica un poco más cuando el parche de seguridad para corregir el software de votación que se ha instalado a modo de prueba en cuatro hábitats desencadena efectos indeseados.

Con “El prefecto”, Alastair Reynolds demuestra por qué está considerado como uno de los mejores autores de space opera actuales. El escenario, todo lo que rodea Yellowstone, con Panoplia, los diez mil hábitats del Anillo Brillante y el aparcamiento de naves ultra en la nube de Oort del sistema, es deslumbrante. Se nota que para entonces llevaba más de quince años desarrollándolo, a través no solo de las novelas, sino también de relatos y novelas cortas (recopilados en dos antologías, inéditas en español). Además, aunque solo muy tangecialmente toca el tema de los amortajados (que se nos presentaron en “Espacio revelación”), no anda carente de temas sobre los que centrar su especulación, desde la ingeniería social hasta la cuestión de las copias digitales de inteligencias humanas (en dos subtipos: las copias beta, sin derechos plenamente humanos, y las copias alfa, en principio indistinguibles a nivel cognitivo de sus originales humanos).

A ello se le suma unos personajes bien trazados, que si bien no son un prodigio de complejidad, sí que se perciben como totalmente integrados en su escenario. No son marionetas dispuestas para interpretar en nuestro beneficio un drama, sino que poseen miedos, esperanzas e intereses que desbordan los estrechos límites de la historia y los dotan de solidez. De hecho, incluso el argumento es bueno, con diversos enigmas que mantienen en todo momento el interés, centrados tanto en la crisis presente como en la ya lejana del Relojero (que acaba, claro está, confluyendo con la actual amenaza que se cierne sobre todo el sistema Yellowstone).

Sin embargo, hay algo que no termina de funcionar.

Puede costar un poco darse cuenta por toda la pirotecnia implicada, pero la trama, reducida a lo hechos puros, es simplona. Como ya ocurría en “Espacio Revelación” el devenir de los acontecimientos se apoya en exceso en la casualidad, algo que resulta especialmente decepcionante al examinar la faceta detectivesca. Pareciera como si Reynolds tuviera muy clara la historia, pero no supiera cómo hacerla avanzar sin inmiscuirse en exceso como narrador, lo que le hace desperdiciar una y otra vez el potencial dramático de las revelaciones. A este respecto, resulta particularmente inefectiva la subtrama de Thalia Ng, que deviene en poco más que un punto de vista apropiado para iluminarnos sobre cierto frente de la acción.

Lo que es una auténtica pena, porque pese a todo la novela engancha. Esta deficiencia se percibe más como potencial desperdiciado que como fallo catastrófico. En todo momento nos está mostrando algo en lo que vale la pena centrar la atención, y si el precio a pagar por disfrutar del escenario consiste en aceptar estas limitaciones, sea. El problema es que la historia de “El prefecto”, construida con algo más de habilidad literaria, consiguiendo que la trama detectivesca engranara de verdad y nos ofreciera un rompecabezas que resolver junto con el prefecto Dreyfus y sus ayudantes, en vez de un aventura de alta tecnología que nos va llevando de la mano por cada hito del viaje, hubiera podido llegar a ser mucho, mucho más.

Tras dejar abandonado el escenario durante más de una década, Alastair Reynolds ha regresado en 2018 al universo de Espacio Revelación con una novela, “Elysium fire”, que es secuela directa de “El prefecto” y que con ella conforma la nueva subserie de las Crisis del Prefecto Dreyfus. Con tal motivo, se ha reeditado la obra que nos ocupa con el nuevo título de “Aurora rising”.

“El prefecto” cosechó una nominación al premio de la British Science Fiction Association (BSFA), que aquel año se llevó “Brasyl“, de Ian McDonald.

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Ready Player One

•diciembre 28, 2018 • 5 comentarios

El año 2011 irrumpió prácticamente de la nada un fenómeno editorial dentro del panorama de la ciencia ficción más comercial, la novela “Ready Player One”, de Ernest Cline, que no solo se subastó con gran éxito entre las editoriales, sino que a la semana de estar firmado el contrato editorial ya tenía propuesta de adaptación sobre la mesa, de modo que este mismo año ha visto la luz la película, dirigida por Steven Spielberg, con guión del propio Cline (y Zak Penn).

Superficialmente, “Ready Player One” no es sino el epítome del revival ochentero que estamos viviendo (fruto del conocido ciclo de nostalgia de treinta años), aunque su aproximación fue lo bastante interesante como para llamar la atención también dentro de los círculos del fantástico, hasta el punto de hacer la novela merecedora del premio Prometheus (concedido desde 1982 a novelas que promuevan la libertad individual).

La novela nos presenta un futuro cercano (2044) distópico, en el que la crisis energética ha hecho colapsar la organización económica, política y social occidental, convirtiendo por ejemplo los EE.UU. en una serie de enclaves autosuficientes, en plena decadencia, dominados por un capitalismo feroz en donde el único refugio para las masas empobrecidas es OASIS, el mundo virtual creado por James Halliday, que es al mismo tiempo juego (tipo MMORPG), lugar de trabajo e interacción social e incluso centro de estudio (accesible mediante gafas de realidad virtual y dispositivos hápticos).

Unos años atrás, la comunidad internacional se vio sacudida por el anuncio del testamento de Halliday, quien había dejado escondidos en OASIS tres huevos de pascua, relacionados con su obsesión por todo lo ochentero, que conducen a tres llaves, el premio de un concurso abierto a todos los usuarios que entregará el control de la compañía a quien resuelva todos los acertijos y venza en todas las pruebas. De inmediato, se organiza una subcultura, la de los gunters, de usuarios individuales consagrados a conquistar el premio, así como una empresa IOI, que ha contratado a cientos de expertos (llamados sixers por los gunters) con el mismo fin.

El protagonista es Wade Watts, un adolescente huérfano que malvive con su tía en un gueto de caravanas, quien como su alter ego Parzival es un gunter dedicado, que ha estudiado meticulosamente todo cuanto amaba Halliday y se ha preparado para batir cualquier prueba a la que pudieran someterlo los huevos de pascua. Realmente, no hay mucho más. La novela no es sino la narración de los esfuerzos de Wade/Parzival por hacerse con las tres llaves antes que los malignos directivos de IOI, contando para ello con la ayuda ocasional de su amigo virtual Aech (Hache en español) y sus rivales/colaboradores gunters Art3mis, Daito y Shoto.

La búsqueda está cuajada de referencias a la cultura friqui ochentera, desde los juegos de rol a los vieojuegos de 8 bits, las máquinas recreativas y las series y películas de culto de la década, con la peculiaridad de que, al ser OASIS un sistema de realidad virtual, los avatares se encuentran a menudo dentro mismo de todas esas referencias. Una forma inteligente de mirar al pasado de un modo entretenido… al menos para nosotros, como lectores en la década de los 10 del siglo XXI, porque si nos ponemos en la piel de los protagonistas la cosa cambia bastante.

Así, aunque superficialmente tenemos una aventurilla narrada con buen ritmo (aunque sin especulaciones sorprendentes), desde cierta perspectiva “Ready Player One” puede verse también como una distopía terrible, en la que se nos presenta un mundo tan carente de estímulos y promesas que un porcentaje sustancial de la población a buscado refugio en el pasado, y no un pasado cualquiera, sino el segmento impuesto por un único hombre que es el que tiene motivos legítimos para añorarlo (pues es el de su juventud).

Con cierto cinismo, veo “Ready Player One” como una revancha friqui, en la que el autor (que es más o menos de mi quinta) reivindica sus aficiones de infancia y juventud, que en virtud del ciclo nostálgico de los treinta años han dejado de ser cultura marginal para transformarse en la mucho más digna cultura pop. Lo triste del asunto es que ni uno solo de los personajes de la novela es un friqui de verdad. Su interés por las fricadas ochenteras no obedece al desarrollo de un gusto personal por lo extraño, sino a la imitación más calculada de un friquismo anticuado, y entendidos, para mayor oprobio, no como un fin, sino como un medio. Por mucho que el narrador se empeñe en contarme lo mucho que ha disfrutado revisando tal o cual serie japonesa, o jugando a tal o cual aventura conversacional viejuna, no puedo dejar de pensar que todo es un inmenso (auto)engaño, que disimula en realidad un enorme agujero existencial.

A ver, yo he visto esas mismas películas y (casi todas) esas series, he jugado con esos muñecos, he perdido horas sin cuento frente a mi consola de 8 bits (Spectrum en mi caso, no Atari) y me he gastado una pequeña fortuna en los recreativos (jugando, entre otras, precisamente a la misma máquina que constituye un elemento crucial en la resolución de uno de los huevos de pascua), pero precisamente por ello no puedo sentirme identificado con Wade, porque para mí no fue un trabajo sistemático, sino una afición espontánea. La aproximación de los gunters, en mi opinión, le quita todo su atractivo, y aunque el autor se esfuerza en actualizar virtualmente esas diversiones, no deja de parecerme triste que alguien pierda buena parte de su vida haciéndose experto en jugar a los marcianitos… teniendo a su disposición sesenta años de adelantos en materia de ocio digital.

Otro motivo de insatisfacción tiene que ver con la total aleatoriedad de todo el conjunto. No existe, o al menos yo no lo he percibido, sentido subyacente a la elección de los homenajes. La historia no cambiaría en absoluto escogiendo cualquier otra referencia ochentera, y de hecho eso han hecho en la película (para optimizar las posibilidades del medio audiovisual). Eso hace, desde mi punto de vista, que la novela carezca de auténtica personalidad. Hubiera podido ser escrita, exactamente igual, intercambiando de lugar piezas, o incluso optando por un conjunto completamente diferente. La elección de homenaje obedece únicamente al capricho de Ernest Cline (disfrazado como el capricho de Halliday); lo que por supuesto es totalmente legítimo, pero también superficial en grado sumo.

Y ya para concluir, hay otra circunstancia que me ha impedido disfrutar al cien por cien de la historia, y es el ultraindividualismo que transpira. Los gunters son solitarios hasta extremos patológicos, y la idea de la colaboración parece repugnar especialmente a Parzival, Art3mis y el resto de “héroes”. Por su parte, el antagonismo viene identificado por una parodia de colaboración tan extrema que los integrantes del esfuerzo no tienen siquiera nombre, sino un número identificativo. Ernest Cline se cuida también mucho de criticar nada con su distopía. Parece claramente un futuro al que podría abocarnos el ultracapitalismo, y la propia IOI es una empresa que encarna lo peor del liberalismo económico extremo, y sin embargo se cuida mucho de pasar de puntillas por cualquier reflexión que pudiera entenderse como una crítica. “Ready Player One” es una distopía únicamente por aprovechar su estética, que no tiene mucho que aportar como aviso de futuro o reflexión sobre nuestro presente.

Por todo lo comentado, ¿se puede deducir que no me ha gustado? Bueno, no. Es una novela entretenida, que se lee con facilidad y en un suspiro (después de todo, el arquetipo de la búsqueda es potente y el factor nostalgia añade puntos), pero durante todo el tiempo que estuve leyéndola las cuestiones previamente expuestas no dejaban de molestarme, impidiéndome entrar por completo en el juego. No lamento haberla leído, pero no creo que vaya a dejar ningún tipo de huella.

Otras opiniones:

Aquaman

•diciembre 22, 2018 • 5 comentarios

Locurón.

Así, sin más.

Ya podría dejar la reseña, porque con eso está todo dicho, pero bueno, voy a elaborar un poco más (y al final, hasta me dedicaré a algo que posiblemente no vayáis a ver mucho por ahí: análisis del guión).

Por contextualizar: hace poco más de un año el Universo Extendido DC parecía abocado al fracaso. “Wonder Woman” había sido un éxito de taquilla y crítica, sí, pero pocos meses después la gran apuesta unificadora, “La Liga de Justicia”, se había convertido en el primer gran desastre económico del proyecto (en contra de la creencia general, desde “El hombre de acero” todas las películas de DC habían ganado dinero, a veces mucho dinero, solo que sin llegar a las rentabilidades absurdas de Disney/Marvel).

Aquaman, un personaje que se había ganado la fama de chiste nadante, no parecía la mejor opción para reconducir la apuesta, pero resulta que los directivos de Warner, al parecer, aprendieron algo del desastre (narrativo, que la recaudación fue bastante bien) de “El Escuadrón Suicida” y tomaron una decisión novedosa: optaron por contratar a un creador solvente y no entrometerse (demasiado). El elegido fue James Wan, un realizador que se hizo un nombre en el terror (como impulsor o creador de las sagas de “Saw”, “Insidious” y “The conjuring”… con secuelas, precuelas y spin-offs) y ya había probado su buena mano en el espectáculo de elevado presupuesto con “A todo gas 7”, y su principal preocupación parece evidente: romper con la línea oscura y ultra seria del Universo DC preexistente y optar por algo más luminoso, aventurero y también, ¿por qué no?, un poco hortera si la situación lo requiere.

El resultado es la primera película de DC orientada descaradamente hacia el entretenimiento puro y duro, que además sabe replicar esa grandilocuencia molona (y más que un tanto juvenil) de los cómics de la compañía a la que tan erróneamente apuntaba “Linterna Verde”.

“Aquaman” no intenta ser profunda, ni mucho menos aludir a temas complejos. En honor a la verdad, presenta una timidísima lectura ecologista (qué malos hemos sido contaminando el océano) y, lo más parecido a un tema de calado, ciertas insinuaciones a favor del mestizaje y la multiculturalidad, pero trata, sobre todo, de divertirnos, de apabullarnos a base imágenes portentosas, de abrirnos (literalmente) los ojos a un nuevo Universo DC repleto de prodigios. Los cómics fueron en su momento una evolución de la literatura pulp, y de esa fuente bebe con gusto la película, buscando conexiones nada sutiles con la leyenda artúrica (y al menos con una de sus plasmaciones cinematográficas, pues más de una vez evoca a “Excálibur”), con los mundos de Edgar Rice Burroughs, con el viejo péplum, actulizado con una máscara digital, con H. P. Lovecraft y sus profundos, incluso con los mundos maravillosos de Verne (vía el ya mencionado ERB).

Rizo, tras rizo, tras rizo, buscando a cada momento el exceso, el ¡toma ya!, el ¡y qué más! Algo así intentó hace tiempo “Sky Captain y el mundo del mañana”, pero la tecnología no estaba todavía a la altura y, sobre todo, aquella película se apoyaba en exceso en las referencias, olvidándose un poco del ritmo. Porque si algo caracteriza a “Aquaman”, por encima incluso del barroquismo pulp, es un ritmo endiablado, diseñado para no dejar al espectador un segundo de tranquilidad para que pueda pararse a pensar en la insania monumental de todo lo que está contemplando.

Y aquí voy a meter ya en el análisis del guión, porque sin duda leeréis (u oiréis) a menudo que el guión es lo peor de la película, que algunos diálogos son de vergüenza ajena y que todo funciona a pesar del guión. Nada más cierto… y más alejado de la realidad.

Porque sí, más de una conversación resulta sonrojante, y coherencia, lo que se dice coherencia, no hay demasiada. Sin embargo, un guión bueno no es solo el que lo aparenta. Como el propio personaje de Aquaman, el guión se hace un poco el tonto, pero en el fondo lo que de verdad se propone lo consigue con una precisión milimétrica y una comprensión del medio (cinematográfico en general y del subgénero de superhéroes en particular) maestra.

Uno de los principales escollos de las películas de orígenes como esta (aunque ya conocemos de algo el personaje por dos apariciones previas, su profundidad es inexistente) es que a estas alturas ya nos sabemos el arco argumental típico de pe a pa, y lo que consiguen las más de las veces es aburrir. Incluso enfoques relativamente novedosos, como el de “Doctor Strange”, no pueden evitar rendir pelitesia a las etapas clásicas. Will Beall, James Wan y Jeoff Johns eran conscientes de que nosotros ya nos sabíamos los pasos, de modo que no necesitan llevarnos de la mano por cada uno de ellos como si estuvieran rodando de nuevo “Superman” (la clásica, la de 1978). En vez de ello nos ofrecen pinceladas, las justas para que rellenemos los huecos, y juegan con el flashback para no dejarnos mucho tiempo atrapados en los preliminares. El objetivo es que todo fluya (como fluyen también las escenas de acción, impecablemente coreografiadas por Wan… y no me estoy refiriendo a las acrobacias de los actores, sino sobre todo a los movimientos de cámara).

La narración no necesita detenerse en los detalles típicos. Es más efectivo utilizar el tiempo en otras servidumbres, y por ello no solo pasan las dos horas y cuarto en un suspiro, sino que en realidad la película nos ofrece en una sola película el típico arco narrativo de las dos primeras (ascenso-caída-ascenso en vez del programa doble descubrimiento-maduración-triunfo, seguido de caída-ascenso), y puede hacerlo precisamente por esa comprensión del medio y del uso inteligente de la elipsis.

En fin, que los ejemplos de ese conocimiento subyacente son múltiples, y por muy tonta que pueda llegar a ser la película, nunca toma por tonto al espectador, sino que busca su complicidad. A este respecto hay un momento paradigmático, cuando la princesa Mera (el nombre no es muy afortunado en español) discute con su padre (un magnífico Dolph Lundgren, todo un acierto sorprendente) sobre un desarrollo simplón al que hemos asistido unas cuantas escenas antes y que en otra película hubieran intentado colarnos sin más. “Aquaman”, sin embargo, nos guiña un ojo, al reconocer por boca del rey Nereus que claro, por supuesto que algo tan burdo no se lo ha tragado nadie, pero que resulta un subterfugio conveniente no solo para hacer avanzar la película, sino para favorecer los intereses de los personajes.

Incluso el uso ocasional del bathos (la ruptura de la tensión dramática con un chiste burdo) que tanto lastró “Thor: Ragnarok” y “Guardianes de la galaxia 2” queda aquí plenamente justificado como elemento de caracterización. Arthur, Aquaman, utiliza el humor infantil (escatológico incluso) como mecanismo de protección, para mantener los pies en el suelo en medio de tanta maravilla. Es decir, de nuevo nos encontramos con el doble uso de un recurso, con repercusiones extrínsecas (proporcionando al espectador un momento de distensión) e intrínsecas (abriéndonos una ventana a las inseguridades de un superhombre que ha sido al mismo tiempo toda su vida un paria consumido por la culpa).

Estoy bastante seguro de que estas sutilezas pasarán mayormente desapercibidas, pero lo que sí estoy leyendo (y escuchando, que ya se sabe que lo que ahora prima es Youtube) es que la película es tonta de solemnidad… pero funciona; entretiene, emociona, asombra, como quiera cada cual expresarlo. Pues bien, no es algo en modo alguno accidental. Todo está medido al milímetro. Los ejemplos que he puesto son solo los dos que primero me vienen a la cabeza, pero hay más, que tampoco pienso destripar, porque su efectividad radica en parte en que pasan desapercibidos.

En definitiva, “Aquaman” es, por fin, la película que estaba esperando DC para subir de nivel (no, personalmente no encuentro “Wonder Woman”, con todas su virtudes, tan modélica). Muy posiblemente será la primera de sus películas que recaudará más de 1.000 millones en todo el mundo (justificando más que de sobra un presupuesto contenido, para lo que muestra en pantalla, de entre 160 y 200 millones, según fuentes).

Si es que por gustarme me ha gustado hasta la banda sonora de Rupert Gregson-Williams, que no logra crear ningún tema realmente memorable, pero resulta de lo más adecuada por su grandilocuencia, su orquestación alejada (¡por fin!) de la escuela Zimmer y su intrigante empleo de los sintetizadores como un instrumento más en algunas de las mejores secuencias.

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