Camino Desolación

•marzo 28, 2020 • 1 comentario

En 1988 el escritor británico Ian McDonald vendió su primera novela… al mercado estadounidense. Se trató de “Camino Desolación” (“Desolation Road”), que de inmediato lo aupó como una de las voces emergentes de la ciencia ficción, valiéndole un premio Locus de primera novela.

“Camino Desolación” es una obra claramente inspirada en “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez, que toma como escenario un Marte más cercano al de las “Crónicas marcianas” de Ray Bradbury que a las historias de terraformación más o menos técnica algo posteriores, como la Trilogía de Marte (Kim Stanley Robinson, 1992-1996) o “Marte se mueve” (Greg Bear, 1993). Eso sí, allí donde las Crónicas de Bradbury toman como referente metafórico la conquista del oeste, proyectándola sobre un Marte que no busca en modo alguno ser verosímil, “Camino Desolación” retoma el camino allí donde más o menos lo dejaba la otra, en un Marte sin población oriunda (aunque existen unos misteriosos hombres verdes que provienen de otra línea temporal… o quizás de otra realidad), interconectado por una red de vías férreas por las que circulan los trenes impulsados por energía de fusión de la Compañía Belén Ares.

En este escenario se nos presenta al doctor Alimantando, expulsado de su Deuteronomio natal por brujo (científico), que atraviesa el desierto gracias a la guía de un fantasmal hombre verde, hasta un oasis donde una titánica inteligencia artificial moribunda de la ROTECH (la empresa terraformadora) le proporciona la materia primar necesaria para fundar un pueblo, que bautiza por error Camino Desolación, a la espera del tren que debería llegar meses después. El caso es que este asentamiento temporal pronto deviene en permanente, mientras el doctor Alimantando estudia las ecuaciones cronocinéticas para llegar a dominar él mismo el viaje en el tiempo, e igualmente en imán para distintos personajes que por las causas más variadas acaban arribando allí y convirtiéndolo en su hogar.

Desde ese momento, por medio de capítulos breves, cada uno de los cuales funciona en cierto modo como un relato semiindependiente, se nos narra el devenir futuro tanto de Camino Desolación como de sus habitantes, en una historia que se prolonga por exactamente tres generaciones (la novela concluye con el único nacimiento de la cuarta) y que se ramifica, a medida que los habitantes del pueblo salen al exterior y afectan los grandes acontecimientos de ese Marte que, pese a ubicarse a más de mil años en el futuro (unos mil quinientos, según la cronología propuesta y teniendo en consideración que el año marciano es 1,88 veces un año terrestre), reproduce la industrialización de los EE.UU., así como sus luchas obreras, con el auge del sindicalismo (Concordato en la novela), que se alza contra el feudalismo industrial de las grandes compañías.

La principal característica de la novela, sin embargo, es su fusión entre dos sensibilidades aparentemente contrapuestas. Por un lado, la ciencia ficción, que es además la que le proporciona, más o menos, el escenario; por otro, la fantasía, entretejida en la narración con la naturalidad del realismo mágico. Ian McDonald crea así una suerte de ciencia ficción mágica (a falta de un término mejor), que explora además como tema recurrente la dicotomía entre racionalismo y misticismo. 

Ya no es solo que dos personajes, mellizos, representen el epítome de cada uno de estos polos (la Gris Señora, escogida a su pesar como representante en la superficie de la diosa cibernética orbital Santa Catalina; y El Más Grande Jugador de Billar que el Universo Haya Conocido, capaz de vencer con su racionalismo al propio diablo), sino que todos y cada uno de los elementos narrativos de la novela participan en mayor o menor medida de estos opuestos, bien sea Rajandra Das, el vagabundo vocacional, capaz de encantar las máquinas para que se reparen; el Asombroso Desprecio, Maestro Mutante del Centelleante Sarcasmo y Réplica Rápida, o incluso el propio pueblo de Camino Desolación, que se convierte tanto en sede de una congregación religiosa, la de las Pobres Criaturas, como en núcleo generatriz de Ciudad Acero, una monstruosa explotación industrial que busca explotar los ricos yacimientos férricos del desierto.

Incluso dentro de esas dicotomías hay dicotomías, pues las Pobre Criaturas buscan la mortificación total, el reemplazo de toda la carne por acero, de modo que su modelo de perfección es un cíborg (o un alma humana atrapada en la inteligencia artificial de una locomotora; debate teológico sujeto a disputa); mientras que en la Compañía Ares los altos directivos van siendo sustituidos uno tras otro por copias robóticas. Y todo ello sin mencionar los curiosos fenómenos que desencadena la devanadora de tiempo construida por el doctor Alimantando.

En “Camino Desolación” no existen las fronteras definidas. Ciencia ficción y fantasía, racionalidad y misticismo, se entremezclan sin reconocer siquiera diferencia alguna entre ellas. Se clasifica como ciencia ficción del mismo modo en que podría considerarse fantasía. En realidad es algo diferente y bastante único… lo cual no quiere decir que sea perfecto.

Por diseño narrativo, las historias concretas quedan fragmentadas, ya ni siquiera episódicas, sino caleidoscópicas. Los personajes apenas gozan de espacio para desarrollarse, se mueven entre pinceladas, que la premeditada indefinición genérica vuelve aún más caótica. Supongo que habrá a quienes fascine este tapiz (metáfora que propone el propio libro), pero a mí, personalmente, no me convence. En parte es porque prefiero una estructura narrativa más sólida (la experimentación puede gustarme, pero el problema con “Camino Desolación” es que no percibo un plan definido, sino un caos semicontrolado), pero es que a un nivel más fundamental el propio planteamiento filosófico de la novela, esa mezcolanza de ciencia ficción y fantasía, de racionalidad y fantasía, no me funciona. En mi cerebro, son dominios inmiscibles, y al tratar de compaginarlos se anulan mutuamente.  Admiro el intento, y reconozco que es mucho más extremo y original que casi todo lo que suele pasar por Science/Fantasy (que al final queda en una fantasía aparente racionalizada), pero no es para mí.

Aparte del Locus de primera novela (en una año en que batió a “Neverness“, de David Zindell, que en octavo lugar no estuvo siquiera entre las favoritas), quedó empatada en tercer lugar en la votación del Arthur C. Clarke (que ganó Geoff Ryman con “El jardín de infancia“). El año 2001, McDonald publicó una secuela (ambientada en el mismo escenario, aunque sin otra relación con los personajes o acontecimientos de “Camino Desolación”), titulada “Ares Express”.

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Muerto hasta el anochecer

•marzo 26, 2020 • 1 comentario

A partir de mediados de los ochenta (aunque “Entrevista con el vampiro” se publicara originalmente en 1976), Anne Rice reencauzó el southern gothic hacia el fantástico y, con la colaboración unos años más tarde de Francis Ford Coppola, reinventó el vampiro como icono romántico. En 1993, Laurell K. Hamilton introdujo este arquetipo recodificado en el subgénero de la fantasía urbana con el inicio de su serie sobre Anita Blake, solidificando el cambio del antiguo monstruo decimonónico, devenido en fantasía sexual que aúna lo prohibido con lo imposible (es un personaje que medra en contextos de represión sexual). El siguiente gran “hito” en este proceso de resignificación fue la publicación en 2001 de “Muerto hasta el anochecer” (“Dead until dark”), el inicio de la serie de la serie Southern Vampire Mysteries (o de Sookie Stackhouse) de Charlaine Harris.

Charlaine Harris era una autora sureña (nacida en Mississipi, afincada en Texas) especializada en novelas de misterio protagonizadas por mujeres, que contaba en su haber con dos series, la de Aurora Teagarden y la de Lyly Bard. A partir de “Muerto hasta el anochecer”, introdujo en su ficción elementos fantásticos presentes en un entorno contemporáneo. Su originalidad radica en que en vez de optar claramente por una de las dos grandes opciones, la del mundo mágico oculto o revelado, situó la acción justo en el momento en que los vampiros, tras siglos de secretismo, se anuncian al mundo, coincidiendo con la síntesis de una sangre artificial capaz de calmar sus apetitos sin necesidad de matar humanos.

Apenas dos años después, el pequeño pueblo de Bon Temps, en Louisiana se ve alterado por la llegada de un vampiro, Bill Compton, un antiguo residente del lugar (en tiempos de la Guerra Civil), que tiene previsto asentarse de nuevo allí… y justo entonces empiezan a aparecer mujeres asesinadas por la región, con la peculiaridad de que todas ellas son “colmilleras” (aficionadas a los vampiros que se dejan morder por ellos), así que Bill se convierte en el principal sospechoso, lo cual altera mucho a Sookie Stackhouse, camarera del Merlotte’s, un bar de carretera, y protagonista y narradora de la serie, que se ha encaprichado con Bill porque es la única persona a la que no puede leer la mente (el otro gran sospecho, por un casual, es su mujeriego hermano).

Sookie ha vivido siempre con un secreto. Es telépata (con ciertas restricciones). Eso ha afectado a su vida (inexistente) vida amorosa, de modo que pese a ser tremendamente atractiva, aún es virgen (os recuerdo aquí lo de la represión sexual, porque no es que no quiera, es que no soporta leer la mente a sus potenciales parejas). El primer día que se conocen, Sookie salva a Bill de un par de delincuentes que quieren desangrarle hasta quizás la muerte (la sangre de vampiro es una droga), y así se inicia una relación… que ya describiré más adelante.

Charlaine Harris juega con la idea de la reciente salida del ataúd de los vampiros para esbozar paralelismos con algunos de los episodios más oscuros del sur de los EE.UU., aunque por supuesto todo esa sublectura en torno al racismo (y en parte también en torno a la lucha de los colectivos LGBTI) queda extraordinariamente diluida. De igual modo, la problemática inserción legal de los vampiros en la sociedad moderna apenas está trabajada, y eso que se vislumbran cuestiones que darían mucho juego… si el interés de la autora no se dirigiera sobre todo hacia el poco romántico affaire entre Sookie y Bill, que es lo que termina por hacerme detestar la novela.

Ya no es solo que presente un estilo ramplón, que los personajes sean estúpidos a más no poder, o que la trama resulte deslavazada y el “misterio” para dummies. Lo verdaderamente grave es el concepto de “romanticismo que maneja”. La perspectiva de salida es la de una sociedad ultraconservadora, en la que el sexo se ve con miedo, cuando no como algo pecaminoso. De ahí, por ejemplo, el desprecio hacia las colmilleras, no solo por parte de los habitantes de Bon Temps, sino perceptible también como una profunda antipatía de la autora hacia unas mujeres promiscuas que no pueden controlar sus innaturales apetitos. Lo grave, sin embargo, no es eso, sino el modelo propuesto de relación.

Al parecer, la idea de la autora de una relación sexi parece ser una de dominación obsesiva por parte del hombre (vampiro), que declara una y otra vez a la protagonista (alter ego de la lectora) de su propiedad, la controla (por su bien), la daña (en arrebatos de pasión incontrolables) y, en general, la usa según le empujen sus instintos vampíricos (varoniles). ¿Y Sookie? Pues, al parecer, obnubilada por la novedad de la parte física de la relación, se deja hacer, y muestra su “fortaleza” reconociendo que eso está mal y soportándolo todo porque en el fondo sabe que Bill la ama. No importa cómo lo describas, eso es violencia machista de manual.

Seguro que os suena. Básicamente, la saga de Crepúsculo (que se empezó a escribir dos años después y no se publicó hasta 2005) parece ser un fanfic adolescente de “Muerto hasta el anochecer” (no os había hablado todavía del otro pretendiente, el hombre lobo/perro que engaña a la protagonista, se cuela en su casa bajo su forma animal y amanece en pelota picada en su cama para sorpresa, pero no excesiva indignación, de Sookie); y si tenemos en cuenta que las cincuenta sombras de Grey son un fanfic de “Crepúsculo”…

Influencias directas aparte, me asombra lo prevalentes que son este tipo de relaciones tóxicas en el romance paranormal (dado que no tengo experiencia directa, no sabría decir si también en la literatura romántica en general, aunque mucho me temo que así sea). Vale que el vampiro se haya resignificado como la sublimación de un anhelo sexual teñido de miedo, pero no hace falta convertirlo todo en una justificación retorcida para el maltrato. ¡Y lo peor de todo es que son novelas escritas por mujeres para, principalmente, mujeres! Se puede hacer mejor, incluso manteniendo esa misma sublectura de atracción/temor hacia el ser sobrenatural (sexo). Un buen ejemplo de ello lo tenemos por ejemplo en la serie de los Hollows de Kim Harrison (iniciada en 2003 con “Bruja mala nunca muere“).

El éxito de la novela hizo que la serie se extendiera por otras doce, a lo largo de las cuales se profundiza en la revelación del mundo sobrenatural, que ya no solo abarca vampiros, sino que incluye también cambiaformas, hadas y finalmente demonios. De igual modo, la novela sirvió de inspiración en 2008 para la serie de HBO “True Blood”, que emitió ochenta episodios en siete temporadas (aunque solo las tres primeras adaptan, más o menos, alguno de los libros).

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Captain Vorpatril’s alliance

•marzo 24, 2020 • 5 comentarios

Tras la boda de Miles Vorkosigan y su jubilación forzosa del servicio activo en Seguridad Imperial, Lois McMaster Bujold ha encontrado dificultades para reinventar de nuevo la Saga Vorkosigan (o del Nexo de Agujeros de Gusano), como ya hiciera al transformarla de space opera militarista a ciencia ficción románica costumbrista (culminando todo ello en la maravillosa “Una campaña civil” (2000). Este agotamiento temático ya se percibió en “Inmunidad diplomática” (2002), pero gracias al éxito de “La maldición de Chalion” (2001), la autora pudo dirigir su carrera hacia su otra pasión, la fantasía, alcanzando el éxito tanto con la serie del Mundo de los Cinco Dioses como con la del Vínculo del Cuchillo, lo que la tuvo ocupada toda la primera década del siglo XXI.

A partir de entonces, sin embargo, es posible que Baen presionara para que regresara a una de sus series más lucrativas, y los resultados hasta el momento han sido… mediocres (para sus estándares, al menos). En 2010 presentó una nueva aventura de Miles Vorkosigan (“Criopolis“), pero en vez de continuar por esa senda ha recurrido desde entonces a dar voz a otros personajes, siendo el primero con quien probó suerte Iván Vorpatril, el primo de Miles, compañero de infancia e involuntario coparticipe de algunas de sus aventuras (en particular “Cetaganda”, de 1995).

Así, en 2012 se presentó “Captain Vorpatril’s alliance”, una historia ambientada en realidad unos pocos años antes que “Criopolis” (con lo que se ahorraba el tener que construir a partir del impactante final de aquella). En ella nos encontramos a Iván, nombrado muy a su pesar capitán, que prosigue con su fervorosa dedicación a destacar lo menos posible, lo cual no impide que un amigo de SegImp lo involucre en un asunto turbio en Komarr. Dado que el problema tiene que ver con una bella dama en apuros, su caballerosidad natural no le deja otra alternativa que meterse de cabeza en un lío de mil demonios, y antes de darse cuenta se encuentra legalmente casado con la susodicha dama, Tej, que resulta ser una de las hijas de una importante familia de Jackson’s Whole (a mitad camino entre empresarial y mafiosa, como todas) caída en desgracia.

Para terminar de complicar las cosas, una vez de regreso en Barrayar, el divorcio, que debía haber sido un trámite sin importancia, se complica debido al curioso sistema legal del planeta, y no solo eso, sino que sin comerlo ni beberlo se encuentra con que casi toda la familia política se ha dirigido de igual modo a Vorbarr Sultana, la capital del imperio, con planes para llevar a cabo un golpe clandestino, gracias a información confidencial del tiempo de la guerra con Cetaganda que obra en poder de la familia de Tej (cuya matriarca es una antigua haut lady desterrada, que aún recuerda un secreto o dos de aquella época).

“Ivan Vorpatril’s alliance” es, básicamente, una nueva novela romántica ambientada en el universo Vorkosigan, que utiliza además una de las más comunes tramas-tipo del género, el de la pareja casada contra su voluntad que acaba desarrollando sentimientos verdaderos mientras trata de separarse. En ese sentido, la verdad es que Bujold no se esfuerza demasiado por dotar a su historia de alma, tal vez porque los personajes no dan más de sí (es un problema habitual de los personajes secundarios que se ven obligados de repente a asumir un papel protagónico; lo que funciona a pequeñas dosis no tiene el por qué hacerlo como armazón central de la narración). En otras palabras, al historia de amor avanza básicamente en automático. Aparte de que ambos se encuentran mutuamente atractivos, no hay ninguna razón para que su amor florezca aparte de la conveniencia del guion.

¿Quiere esto decir que la novela naufraga? No, no exactamente. Si algo tiene el universo Vorkosigan es sustrato, construido novela a novela durante varios lustros, y Lois McMaster Bujold hace uso con prodigalidad de toda esa riqueza para apuntalar la trama. Por un lado, tenemos la historia de Barrayar, y por otro los personajes secundarios que pueblan Vorbarr Sultana y que conocemos de muchas otras novelas. En su mayor parte están ahí para poco más que un cameo glorificado (como es el caso de la familia de Miles), pero en otros alcanzan cierto coprotagonismo que resulta agradable al conocedor de la serie.

Tal es el caso de Simon Illyan, antiguamente el temido y casi omnisciente director de SegImp, que tras el accidente que lo obligó a retirarse se aburre un poco, de modo que acepta la intromisión de la familia de Tej en su tranquila jubilación como una distracción estimulante (si bien es cierto que es una diversión que, tal vez, se le escapa un poco de las manos).

El caso es que, lejos de ser una completa pérdida de tiempo, “Captain Vorpatril’s alliance” constituye un entretenimiento simpático y sin pretensiones. La trama romántica es tan simple y predecible como de probada eficacia (si obviamos el problemilla de la falta de química entre los miembros de la pareja), y el resto de la historia funciona un poco como una farsa, que sorprende poco y deja escasa huella, pero que resulta agradable de leer. No es ni de lejos la mejor entrega de la saga, pero tampoco desentona, y para los incondicionales del Milesverso siempre está bien reencontrarse con viejos amigos, aunque tal vez ya no sean tan imponentes como llegaron a ser en sus días de gloria.

Tras “Captain Vorpatril’s alliance”, Lois McMaster Bujold se tomó unos años antes de publicar una nueva novela centrada en Cordelia Vorkosigan, ahora virreina de Sergyar (“Gentleman Jole and the Red Queen”, 2016), seguida de una novela corta ambientada igualmente antes de “Criopolis” y protagonizada de nuevo por Cordelia (“The flowers of Vashnoi”, 2018). Esta entrega cosechó, pese a todo, una nominación a los premios Hugo de 2013, así como un cuarto puesto en el listado del premio Locus de ciencia ficción, siendo la victoria en ambos casos para “Redshirts“, de John Scalzi.

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El granjero de las estrellas

•marzo 23, 2020 • 1 comentario

En 1950 Robert Anson Heilein publicó su cuarta novela juvenil, “El granjero de las estrellas” (“Farmer in the sky”), que se convirtió en la más exitosa de todas, al cosechar en 2001 el premio retroHugo de 1951. El caso es que, incluso en su época, se la había considerado siempre una novela ejemplar sobre la exploración espacial, abordando el tema con una seriedad y un rigor que no desmerecían el de cualquier novela adulta de la época.

El punto de vista que asume la novela es el de Bill Lermer, un adolescente que vive junto a su padre viudo en una Tierra superpoblada. Cuando surge la oportunidad de postularse como colonos en Ganímedes, la luna de Júpiter, y tras un pequeño tira y afloja inicial, ambos se apuntan, junto con Molly, una mujer con la que George se casa en segundas nupcias (para disgusto de Bill), y su hija pequeña, Peggy. Así, tras un viaje un poco más accidentado de lo que hubiera sido de desear, los nuevos colonos llegan a su destino para descubrir que la realidad no es tan maravillosa como la compañía les había prometido.

En realidad, Ganímedes es un mundo prácticamente virgen, que no puede absorber el flujo de colonos que, pensando únicamente en su beneficio comercial, les manda la Compañía, así que se ven obligados a vivir en barracones prefabricados, en medio de un tiempo gélido, hasta que el comité de tierras pueda concederles una parcela que terminar de terraformar (sobre todo por lo que respecta a la generación del suelo). Todo ello somete a los nuevos colonos a tensiones con los precedentes. Tensiones a las que no es ajeno Bill, cuya única válvula de escape es la pertenencia al movimiento Scout (la novela fue serializada primero, en una versión ligeramente resumida, en su revista interna, Boys’ Life, bajo el título de “Satellite scout”).

Finalmente, para cuando obtienen su parcela y Bill puede empezar a trabajar, una catástrofe a nivel planetario somete a la incipiente colonia a tensiones tan graves que hacen pensar a muchos, Bill y George incluidos (sobre todo porque la pequeña Peggy no ha podido adaptarse a las condiciones del mundo), que lo mejor sería forzar a la compañía que los retorne a la Tierra. A la postre, sin embargo, se impone el espíritu emprendedor, con tal suerte que Bill y un amigo acaban realizando un descubrimiento asombroso (que supone el colofón de la novela, cuando en cualquier otra circunstancia bien hubiera podido ser el punto de partida, por lo que queda un tanto truncado).

En líneas generales, queda demostrado que para cuando escribió “El granjero de las estrellas” Heinlein ya dominaba el tono y estilo de sus juveniles, pues tras tres tomos imperfectos (incluyendo “Cadete del espacio“, una obra a la que se referencia de pasada), por fin ofrece un título a la altura del resto de su producción. Además, posiblemente sea la primera gran novela sobre terraformación de un mundo extraterrestre (el término había sido acuñado en 1942 por Jack Williamson en la novela corta “Órbita de colisión”), adelantándose en un año a “Las arenas de Marte“, de Arthur C. Clarke. Con su visión de ingeniero, además, Heinlein esquivó las enormes dificultades técnicas, inasumibles para la ciencia de su época, proponiendo soluciones vagas a los problemas más importantes, como una misteriosa “trampa de calor”, que crearía un efecto invernadero, alimentada por un sistema nuclear inespecífico que transmuta materia en energía (y que sirve igualmente para propulsar las grandes naves de colonización).

En realidad, lo que le interesa al autor es narrar una historia de aprendizaje y maduración en un contexto de frontera, idealizando la mística de la conquista del oeste, pero prescindiendo de sus características indeseables, como el fundamentalismo religioso de los colonos del Mayflower (nombre que adopta también la nave de transporte) o la mancha ética que supone el exterminio de los indígenas (algo que nos ahorramos en Ganímedes porque, aparentemente, se encuentra vacío). Por otra parte, Heinlein se cuida mucho de idealizar la aventura. Se trata de un empeño dificultoso, apto solo para hombres duros (y las mujeres capaces de apoyarlos… ya llegaremos a eso), y ni está exento de peligros, ni los protagonistas son ajenos a las dudas (el único inasequible a ellas es el personaje que ejerce más o menos el papel de mentor, tan habitual en la obra heinleniana, que es además un trasunto del folclórico Johnny Apleseed).

Es este realismo el que eleva la narración por encima de su objetivo original de servir de entretenimiento a los jóvenes (y de enseñar carácter a los scouts), y lo que sin duda pesó en la concesión del retroHugo (aparte del estatus del autor… una consideración que, a decir verdad, parece haber ido declinando con los años). La competencia aquel año, sin duda, es de relumbrón, pues entre el resto de nominados se cuentan títulos tan significativos como “Un guijarro en el cielo”, de Isaac Asimov (su primera novela, perteneciente a la serie del Imperio); el inicio de las Crónicas de Narnia con “El león, la bruja y el armario“, de C. S. Lewis; “Primer Hombre de la Lente”, de E. E. Doc Smith, la primera novela escrita ex profeso para la edición en formato de libro de la saga clásica de space opera; y “La Tierra Moribunda“, de Jack Vance, que dio nombre a todo un subgénero… casi nada.

No todo son, sin embargo, parabienes. Sobre todo al principio, cuando está intentando encontrar su ritmo, “El granjero de las estrellas” constituye un muestrario de las peores características de Heinlein, como sus personajes imposiblemente lógicos y eficientes (hasta el punto de resultar insoportables) o una misoginia tan patente e infantiloide que resulta casi paródica. Por fortuna, llega un momento en que al parecer el autor se olvida un poco de replicar el sexismo inherente a una organización como los Scouts, y deja también de poner en labios de sus personajes (principalmente George) discursos aleccionantes, y permite así que la novela respire. Es entonces cuando las vivencias de Bill en Ganímedes se erigen por fin en el foco de la narración, la historia gana en interés y, teniendo en cuenta su contexto histórico y lo innovador de sus planteamientos, se hace merecedora de la distinción que se le concedió (aunque es difícil defender a tope el galardón teniendo en cuenta la excelencia de la competencia).

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The Black Company (La primera crónica)

•marzo 22, 2020 • 1 comentario

En 1984 Glen Cook publicó un libro que fusionaba la fantasía oscura (es decir, la espada y brujería del estilo de Karl Edward Wagner) con la fantasía épica, lo tituló “The Black Company”, pues el protagonismo, en vez de recaer en un solo héroe (o antihéroe), como era la norma desde los tiempos de Conan, se repartía entre los miembros de una compañía de mercenarios, la última de las compañías libres de Khatovar. Soldados de élite, pero no superhombres, que contratan sus servicios al mejor postor (o al único que las circunstancias permiten), sin parar mientes en su legitimidad moral. La guerra es su oficio, y en cualquiera de los bandos de un conflicto se trata de matar sin resultar muertos, y eso es algo que tratan realizar lo mejor que pueden.

Por si no bastara con esta visión pragmática de su función, tras escapar en la primera de las aventuras más o menos independientes que construyen la trama general de la novela de un mal contrato, pasan a integrarse al ejército de la Dama, una poderosa hechicera que, de acuerdo con la tradición de la fantasía épica, debería considerarse el Mal encarnado. No es algo que afecte en exceso a los miembros de la Compañía Negra. Su trabajo consiste en ejecutar las órdenes que se les impartan (dentro de una lógica estrictamente militar), sin importarles otras posibles consideraciones éticas; y tampoco es como si el Círculo de magos de la rebelión fueran un dechado de moralidad. Al fin y al cabo, ganar la guerra es lo importante, y si toca jugar sucio, más vale sobrepasar al adversario también en esa faceta.

“La compañía negra” juega a recrear la típica lucha del Bien y el Mal, pero desde una perspectiva inusual, la de un peón (o una compañía de peones) del Mal. A ese nivel, las grandes cuestiones morales quedan un tanto difuminadas, y desde el fango resulta difícil distinguir entre los métodos de la Dama y los de sus adversarios. Además, resulta que en medio de la campaña los líderes militares de los dos bandos parecen más preocupados en apuñalarse por la espalda entre sí que en combatir al enemigo, y ese elemento de política (guerra) interna añade dificultades a la posición de la Compañía Negra, pues no solo están a las órdenes generales de la Dama, sino que su patrón, Atrapaalmas (una de los Diez Tomados, o lugartenientes-hechiceros del Dominador, el antiguo Señor Oscuro), anda continuamente en conflicto con el Renco (con la ayuda de Cambiaformas), así que la mitad del tiempo se lo pasan desbaratando los planes del Tomado rival. Y tampoco es que en las filas de los “buenos” reine la armonía.

Glen Cook juega a desdibujar las fronteras claramente definidas que habían caracterizado la fantasía desde la publicación por parte de Tolkien de “El Señor de los Anillos”. A grandes rasgos, de hecho, el escenario tiene mucho de tolkiniano, con una Dama oscura (Sauron), alzada en lugar de un antiguo señor oscuro (Melkor), con un grupo de poderosos hechiceros como lugartenientes (diez Tomados en lugar de nueve Nazgûl) y empeñada en restaurar el Imperio del mal (aunque con ella al frente, pues no tiene la menor intención de revivir a su marido). El bando opuesto cuenta incluso con su propia profecía esperanzadora, que habla del retorno de la Rosa Blanca, que siglos atrás derrotó al Dominador. Todo debería ser muy fácil, y los héroes deberían luchar del lado del Círculo… solo que en el mundo de la Compañía Negra no hay héroes, solo hombres, aferrados a un código que no entiende de grandes dilemas éticos, sino solo de supervivencia.

El gran acierto de Cook, y lo que salva a la novela de convertirse en una simple sátira de la fantasía épica clásica, es que sus personajes no son caricaturas. Sí, es verdad que hay alguno que otro “peculiar”, sobre todo los magos de la Compañía, pues al parecer no es posible ser brujo sin estar un poco loco, pero no son ni paladines sin tacha ni bestias amorales. Son soldados de fortuna, ni más ni menos, y como soldados procuran realizar su trabajo con eficiencia, pulcritud y la cautela de quien sabe que está arriesgando su vida.

Por añadir algo sobre el estilo, cabría mencionar que, pese a tratarse de una novela hasta cierto punto coral, existe un narrador designado, Matasanos (Croaker), el historiador oficial de la Compañía (y también su médico de campaña). No solo es el suyo un punto de vista limitado (solo puede referir aquello de lo que es testigo directo o que le cuentan), sino que incluso en cierto momento confiesa que no resulta completamente sincero, que después de todo los soldados de la Compañía Negra son sus hermanos, y si toca embellecer un poco la historia, o quizás pasar por alto algún que otro comportamiento vergonzante, es ese un sacrificio aceptable, siempre y cuando no queden distorsionados los hechos importantes.

A la larga, de hecho, Matasanos se convierte, más o menos, en el protagonista central de la historia (lo cual nos viene muy bien, porque la Dama parece encapricharse con él de un modo un tanto retorcido, así que es testigo de excepción de determinados hechos que no revelaré), y también resulta conveniente para mantener las motivaciones de otros personajes, como el recién admitido a la Compañía Cuervo, en secreto.

“The Black Company” es una novela episódica, con grandes elipsis entre los distintos capítulos, que esbozan la primera parte del conflicto por el norte, que el autor terminó narrando en cuatro novelas (a esta seguirían “Sombras fluctuantes” y “La Rosa Blanca”, y mucho después una intercuela titulada “Port of shadows” que es el único título de la serie que aún no ha sido traducido al español). A nivel de trama, cada uno de estos segmentos es prácticamente independiente, y solo vistos en conjunto ofrecen algo parecido a una supertrama. Se trata de una estructura inusual, pero muy cercana a las raíces de la espada y brujería. Como no he leído más títulos de la serie, ignoro si es algo que mantiene en volúmenes ulteriores o si recurre en ellos a una narración más típica de la fantasía épica.

Hablando de títulos subsiguientes… Tras la primera trilogía (publicada entre 1984 y 1985), Glen Cook publicó una bilogía sobre la guerra en el sur (junto con un spin-off que sigue las andanzas de unos antiguos miembros de la Compañía Negra, publicado todo ello entre 1989 y 1990), y finalmente una tetralogía publicada entre 1996 y 2000 (además de la intercuela ya mencionada, que se publicó sorpresivamente en 2018). Todo ello abarca unos cuarenta años de la historia de la Compañía Negra, y queda pendiente un último libro, “A pitiless rain”, que supuestamente cerrará por completo el ciclo, que se compondrá entonces de doce novelas y un puñado de relatos que han ido apareciendo dispersos a lo largo de la última década.

La importancia de “The Black Company” reside en que para muchos críticos marca el nacimiento de un subgénero que hoy en día está más vivo que nunca, el Grimdark, con su visión entre cínica y amoral del conflicto (no exenta de cierto relativismo ético) y su foco centrado en soldados de importancia limitada para la gran trama. En cierta forma, constituye, con su elección de repartir el protagonismo entre varios personajes, una alternativa a la síntesis entre fantasía épica y espada y brujería que por la misma época desarrollaba David Gemmell en su ciclo de Drenai (de hecho, “Leyenda“, la primera novela del ciclo y de Druss el Hachero, es de aquel mismo 1984).

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La sombra del torturador

•marzo 21, 2020 • 5 comentarios

Gene Wolfe fue uno de los autores de genero fantástico más respetados por la crítica (no solo especializada), gracias a un estilo propio, que juega a menudo con el concepto del narrador no fiable y que, aun más, disimula los acontecimientos reales tras juegos literarios como el de la falsa traducción. Tras iniciar su carrera en los años setenta, su despegue definitivo llegó en 1980 con la publicación de “La sombra del torturador” (“The shadow of the torturer”), el primer volumen del Libro del Sol Nuevo, una tetralogía que constituye en realidad una novela única publicada en cuatro partes, entre 1980 y 1983.

El protagonista y narrador de la historia es Severian (nombre que tal vez hubiera sido conveniente traducir como “Severiano”), miembro del Gremio de Torturadores (Buscadores de la Verdad y la Penitencia) de la ciudad de Nessus, la capital del Autarca. Durante buena parte de la narración, la historia asume la forma de una bildungsroman, o novela de formación, aunque como buena parte de las referencias de la historia, abordada desde una perspectiva diferente, pues discurre de la estabilidad hacia la incertidumbre, con las etapas del camino de héroe igualmente distorsionadas, con una llamada a la aventura atípicamente ordinaria, pues al poco de ser nombrado oficial, una vulneración grave de sus votos, por ayudar a una “clienta”, provoca su expulsión del gremio y su designación como verdugo en la distante Thrax.

Pese a esto, a lo largo de esta primera novela, Severian apenas alcanza a trasponer los imponentes muros de Nessus. El grueso de la historia, una vez mostrados sus años formativos con unas breves pinceladas, se centra en la primerísima etapa de su destierro, durante la que se ve involucrado en un complot por robarle Terminus Est, su valiosa espada de ejecuciones (un regalo inesperado de sus superiores), así como en un accidente fortuito con una misteriosa religión, cuyas consecuencias se extenderán por las sucesivas entregas de la serie.

Resulta complicado comentar nada más de la trama, en parte porque la gracia de la novela reside precisamente en ir descubriendo el mundo con Severian, y en parte porque resulta evidente que “La sombra del torturador”, lejos de ser una obra con entidad independiente, es tan solo parte de un todo mayor, y más específicamente es una introducción, preocupada sobre todo en presentar el escenario e insinuar (ni siquiera plantear todavía) misterios que será revelados en volúmenes subsiguientes (que, por añadidura, aún no he leído).

Sí puedo avanzar (por referencias), que aunque la narración se nos presenta utilizando el estilo y los arquetipos de la fantasía (son evidentes las influencias sobre todo de los autores de espada y brujería, con un aire entre howardiano y a lo Lankhmar, de Fritz Leiber), nos encontramos en realidad en un escenario diferente, que se nos muestra velado por medio de un lenguaje que utiliza términos arcaicos para definir, por aproximación, elementos extraños, ajenos a una Tierra que si bien viste ropajes de un pasado mítico (como el hiborio), en realidad (y supongo que cuarenta años después esto ya no constituye un destripe) nos sitúa en un futuro remotísimo, emparentando (y, de hecho, llevando según algunos críticos a su madurez final) con las historias del estilo de “La Tierra Moribunda“.

La pieza clave para entender esto lo encontramos en la explicación del propio título, pues en determinado episodio se nos revela que el torturador, cuando ejerce de verdugo, debe situarse de tal manera que su sombra recaiga sobre el tajo, como premonición de muerte. Así pues, con la elección del título Wolfe nos está avanzando que el mundo que nos presenta, lejos de encontrarse en sus inicios, es un escenario crepuscular, condenado a la extinción.

Como comentaba, sin embargo, poco de todo esto resulta evidente en este primer libro (al igual que no termino de percibir a Severian como la figura alegórica cristiana que describe la crítica). Lo que tenemos es sobre todo un ejercicio notable de worldbuilding, durante el que empezamos a darnos cuenta de que Severian, como narrador, podría no ser completamente sincero, y en el que diversos episodios comienzan a darnos pistas sobre lo que realmente ocurre, como puede ser la procedencia “externa” de la peligrosa planta que se utiliza en los duelos, el averno. Entre todos estos episodios, destacaría por su capacidad evocadora la visita al Jardín Botánico de Nessus, donde las reglas habituales del espacio-tiempo parecen vulnerarse.

Confieso, sin embargo, que asilado este primer tomo produce sobre todo confusión. Gene Wolfe juega a ser un trilero del lenguaje, ofreciendo en apariencia una historia bastante típica de fantasía, mientras monta en los puntos ciegos de la narración (cuidadosamente dispuestos) el entramado sobre el que, presumo, se sustentarán las revelaciones de “La garra del conciliador”, “La espada del lictor” y “La ciudadela del autarca”, los tres volúmenes restantes del Libro del Sol Nuevo. La falta de concreción, empero, no fue óbice para que “La sombra del torturador” fuera aclamada en su momento, pues ya este primer volumen se alzó con el Premio Mundial de Fantasía y el BSFA de 1981. Estimo que estos reconocimientos obedecen sobre todo a la calidad literaria de la propuesta, con un cuidado en el lenguaje inhabitual en un género que empezaba ya a escorar hacia lo juvenil y que se mostraba tremendamente deudor de “El Señor de los Anillos”, cuya sombra sí que cubría, con la severidad implacable de un torturador, a cada nuevo aspirante al título de maestro de la fantasía.

Inhabitual también dentro del subgénero, “La sombra del torturador” cosechó sendas nominaciones al premio Nebula y al John W. Campbell Memorial (que ganó en ambos casos “Cronopaisaje“, de Gregory Benford), así como un segundo puesto en el premio Locus de fantasía (que fue en ese año para otra muestra de science-fantasy, “El castillo de Lord Valantine”, de Robert Silverberg). Entregas posteriores de la serie acabarían cosechando, sin embargo, los tres galardones.

En 1987, Gene Wolfe publicó en un único tomo una especie de coda a El Libro del Sol Nuevo, “La Urth del Sol Nuevo”, y con posterioridad otras dos series (o libros divididos en múltiples tomos), ambientadas en el mismo escenario general: El Libro del Sol Largo (una tetralogía, publicada originalmente entre 1993 y 1996 y con el último volumen inédito todavía en español) y El Libro del Sol Corto (una trilogía, secuela de la anterior, publicada entre 1999 y 2001 y completamente inédita en español).

Otras opiniones:

Don’t bite the sun

•marzo 20, 2020 • 1 comentario

Tanith Lee es conocida sobre todo por sus novelas de fantasía (adulta y juvenil), pero sobre todo al inicio de su carrera, también incursionó en la ciencia ficción, normalmente bajo la forma de la science-fantasy. En 1976, sin embargo, justo tras el éxito de “The birthgrave” (el primero de sus romances planetarios, que lanzó su carrera en la fantasía adulta), publicó una pequeña novela de ciencia ficción pura, inscrita vagamente (aunque no del todo conscientemente) en la corriente de ciencia ficción feminista de la New Wave: “Don’t bite the sun”.

La idea de base tras esta obra era proponer una utopía descorazonadora. Justo en aquella época abundaban las distopías descorazonadoras, ya estuviéramos hablando de la Trilogía del Desastre de Brunner (“El rebaño ciego“, 1972) o, por ejemplo, de la obra de Silverberg (“El mundo interior“, 1971), y Tanith Lee se propuso en cierto modo regresar a la esencia de la antiutopía, presentando un escenario no solo superficialmente deseable, sino efectivamente agradable para la mayor parte de quienes viven en él; lo cual emparenta “Don’t bite the sun” sobre todo con “Un mundo feliz” (Aldous Huxley, 1932), aunque su crítica no se dirige tanto hacia la deshumanización producida por la mecanización capitalista como hacia la selección de un hedonismo vacuo como objetivo vital.

“Don’t bite the sun” nos sumerge en la cultura jang de Four-BEE, una de las tres ciudades-cúpula de un planeta desértico innominado. Allí, la humanidad vive sin preocupaciones de ningún tipo, con todas sus necesidades cubiertas por quasi-robots (más orgánicos que metálicos, aunque carentes de la chispa de consciencia humana), que son quienes se encargan de gestionarlo todo y asegurarse de que los seres humanos pueden realizarse por completo, entregados a los placeres que deseen.

La principal característica de esta sociedad, sin embargo, es que la muerte ha sido proscrita. Bajo las cúpulas, ningún accidente es definitivo. La consciencia queda grabada y los quasi-robots la restauran tras la muerte física en un nuevo cuerpo, diseñado al capricho del usuario. Así, el cambio de sexo es casi tan habitual como el cambio de vestuario, y aparte de los modelos más o menos estándar (aunque casi todos invariablemente atractivos), existen multitud de modificaciones corporales al acceso de los más aventureros (desde pelo y plumas en lugares inverosímiles a alteraciones más profundas). Eliminada la consecuencia última, tampoco es que el resto de actitudes asociales revistan mucha importancia. En esencia, Four-BEE es una sociedad de libertad sin restricciones, de actos sin consecuencias.

Esto es especialmente cierto para la cultura jang, es decir, los jóvenes (“young” fonéticamente es muy similar a “jang”). No solo es que gocen de libertad casi total, sino que incluso se les estimula a ejercerla, así que su vida es un frenesí continuo a la búsqueda de sensaciones, con casi absoluta libertad sexual (solo se pide que los participantes estén casados, pero ese es un trámite que se resuelve al instante y que puede revertirse en una semana) y no exenta de emociones más intensas como las derivadas de los suicidios (premeditados o por negligencias graves). Incluso se espera de ellos que no compren nada, sino que lo roben (si los pillan, basta con un poco de expiación emotiva), y su rebeldía social se expresa en sabotajes sin apenas repercusión.

Es un estilo de vida que provoca en la protagonista (durante la mayor parte de la novela en cuerpo femenino) un hastío existencial que la lleva a una búsqueda de alternativas, bien sea entrando en la vida adulta (algo que los quasi-robots descartan por su grado de madurez), bien embarcándose en mil y un planes infructuosos, como buscar uno de los escasos trabajos disponibles (descubre que todos ellos son superfluos y, por tanto, inútiles), aspirar a un bebé (de una forma tan retorcida que preocupa incluso a los quasi-robots) o participar en una investigación pseudoarqueológica en el exterior de Four-BEE.

Tanith Lee explora a través de su personaje la vacuidad existencial de una utopía que lo ofrece todo… todo menos un sentido a la existencia. En “Don’t bite de sun” vemos una sociedad que se ha aislado por completo del mundo natural (representado en el desconocido desierto que hay más allá de las cúpulas), que ha roto con lo más fundamental, las relaciones de causalidad, desligando acciones y consecuencias en modo superlativo. Es una sociedad mórbida, que requiere de una etapa embrionaria, la cultura jang, durante la cual se consume cualquier atisbo de rebeldía, sofocado bajo la tiranía de la libertad absoluta. Una vez superada, queda una eternidad adulta carente de sentido, de expectativas y de metas.

Formalmente, la novela es quizás menos experimental que otras coetáneas suyas, pero ofrece por el contrario atisbos de desarrollos que no se harían populares en la ciencia ficción hasta mucho después, incluyendo ciertas pinceladas precyberpunk. En su momento, levantó cierta polvareda por la despreocupada y virtualmente autodestructiva actitud de sus jóvenes (aunque a efectos prácticos es una autodestrucción inane e inconsecuente), pareciera casi como si estuviera realizando una crítica adelantada al punk que justo en esos momentos empezaba a despuntar (aunque por fechas es una visión muy influenciada todavía por la cultura hippie). En general, puede leerse como una crítica inespecífica tanto hacia la trasgresión por la trasgresión como hacia el hedonismo autocomplaciente, señalando que para que ninguno de los dos tiene sentido sin objetivos ulteriores.

Al año siguiente, Tanith Lee publicó una secuela, “Drinking shappire wine”, en la que la protagonista (ahora en un cuerpo principalmente masculino) acaba siendo expulsada de la ciudad, dando inicio en el exterior de la cúpula a un proyecto con consecuencias (incluyendo la muerte) que resulta atractivo para parte de la comunidad jang, iniciando así un cisma en la estructura social. Hubo incluso planes para un tercer título que nunca llegó a materializarse, en la que se descubría una cuarta ciudad, Four-BII, donde se habría alcanzado el equilibrio entre protección y libertad de experimentación. Los dos primeros se llegaron a publicar conjuntamente en una edición ómnibus titulada “Biting the sun”.

Don’t bite the sun” (no muerdas el sol) es un misterioso refrán de la extinta población aborigen del planeta.

Otras obras de la misma autora reseñadas en Rescepto:

 
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