El árbol de las brujas

•febrero 17, 2017 • 1 comentario

En 1967, reciente el éxito de la adaptación animada para la televisión de “El Grinch”, Chuck Jones contactó con Ray Bradbury para que le escribiera otro especial, sólo que relacionado esta vez con la fiesta de Halloween. Al final el proyecto no fructificó, pero el trabajo le sirvió de base para la publicación en 1972 de una novela juvenil, “El árbol de las brujas” (“The halloween tree”), que examina las raíces de esa celebración popular, al tiempo que aborda cuestiones de mayor calado entrelazadas con ella, como la conciencia de mortalidad. Años después, en 1993, Hanna-Barbera acabó adaptando la historia en un especial animado de 70 minutos, con guión del propio Bradbury, que adquirió pronto la consideración de clásico y le valió al autor un premio Emmy.

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La historia, narrada con el habitual estilo poético de Bradbury (con frases más breves, quizás, por eso de adaptarlo a un público juvenil), comienza con la salida de una pandilla de ocho niños de entre once y doce años para realizar el truco-o-trato durante la noche de Halloween (la traducción de que disponemos se ha quedado en ese sentido un poco anticuada, pues se realizó en una época en que la proyección internacional de la fiesta, y por tanto el conocimiento que de ella se tenía en los países hispanohablantes, era mucho menor y, por ejemplo, utiliza la traducción alternativa de “premio” o “prenda”).

Esquéleto, Bruja, Momia, Mendigo, Gárgola, Muerte y hombre-mono acaban frente a la puerte de un noveno niño, Pipkin, que entre visibles muestras de dolor les indica que se vayan adelantando, que ya les alcanzará, y los dirige hacia una extraña casa en las afueras del pueblo. Junto a la tétrica mansión el grupo descubre un árbol, abarrotado de linternas de calabaza, y allí el señor Mortajosario les realiza una propuesta: viajar siguiendo las huellas de las fiesta de Halloween, con una amenaza implícita hacia el destino de su amigo, cuya vida dependerá de lo que hagan o descubran.

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Se inicia así un viaje fantástico por el espacio y el tiempo, que les lleva desde el antiguo Egipto y sus elaboradas ceremonias fúnebres a los campos de Europa durante la época pagana de Samhein, la conquista romana o las cacerías medievales de brujas, y que acaba en la celebración mexicana del Día de los Muertos. Se trata de un periplo aterrador y excitante, durante el cual Mortajosario, por turnos, los instruye, los alienta y los hace enfrentarse a las realidades tenebrosas de la existencia.

Dos son los grandes temas del viaje. Por un lado está el reconocimiento del ciclo de muerte y vida que es la esencia de la parte simbólica de la fiesta de Halloween (relacionado a su vez con el ciclo de día y noche así como el de las estaciones y las cosechas). Por otro, contempla la sucesión de elementos religiosos y culturales que sobreviven en su faceta icónica, como realidades paganas arrinconadas y despojadas de misticismo por el cristianismo, pero no por completo olvidadas. Lo cierto es que su éxito es dispar en ambos empeños, pues mientras el primero queda bastante bien definido (aunque requiere de ciertos conocimientos mitológicos básicos para sacarle todo el provecho), en el segundo tengo la sensación de que Bradbury muerde un poco más de lo que es capaz de hacernos digerir en una breve novela juvenil.

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Sobre todo ello, por supuesto, planea la sombra (nunca mejor dicho) de la muerte. Los doce años son una edad muy especial en nuestro desarrollo mental. Es por entonces que el pensamiento mágico de la infancia empieza a cambiar hacia una percepción de causa-efecto, y ello tiene que afectar por necesidad a la percepción de la propia mortalidad. El viaje de los niños refleja su primera confrontación con la muerte, no de alguien mayor, que es lógico que se muera, sino de uno de ellos, y en última instancia su propia muerte, lejana sí, casi inconcebiblemente lejana, pero presente, marcando ya un límite infranqueable a su vida. Todo ello, por supuesto, sin perder la visión mayormente optimista de la infancia.

Es una edad y unos temas que el autor ya había tratado en sus dos novelas precedentes, “El vino del estío” (1957) y “La feria de las tinieblas” (1962) , y en cierto sentido sigue la progresión estacional: verano, otoño, invierno (o cuando menos, solsticio de invierno).

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También parece evidente el propósito de Bradbury de recuperación del sentido “tradicional” de la fiesta de Halloween, y lo entrecomillo porque en realidad, en su forma actual, Halloween es una tradición bastante reciente en los EE.UU. La primera mención periodística al truco-o-trato, por ejemplo, data de los años treinta (la época de la infancia del autor), y posiblemente para finales de los sesenta ya se había perdido parte de ese simbolismo que pretendía reivindicar (y que hoy en día sí que está olvidado casi por completo). Es muy posible que el autor se viera a sí mismo como un nuevo Dickens, acudiendo al rescate de Halloween como aquél hizo con la Navidad en su “Cuento de Navidad” (1843).

Otra referencia personal la encontramos en la inclusión del pasaje de Notre Dame y sus gárgolas (siendo la visión de “El jorobado de Notre Dame”, de Lon Chaney, en 1923, uno de los acontecimientos formativos de sus inquietudes como escritor).

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Todo ello consigue transmitirlo con un estilo vivo, un poco empalagoso quizás, aunque equilibrando a la perfección el horror (destacaría, sin dudarlo, las escenas de la cosecha de Samhein) con la aventura (el truco y el trato). El caracter fuertemente episódico queda igualmente compensado con la fuerza de algunas de las imágenes que conjura, como la del árbol epónimo encendido en calabazas llameantes, la cometa hecha de retales de bestias de circo o el mausoleo donde está atrapado Pipkin y donde los niños tiene que enfrentarse a sus temores y tomar la primera decisión meditada a largo plazo de sus vidas.

No es fácil tratar un tema tan trascendental como el de la muerte con tanta delicadeza y sensibilidad. Muchos libros juveniles que lo abordan recurren a impactar con la irreversibilidad de la pérdida. Bradbury es más sutil. Muestra, pero no se regodea, y deja una ventana abierta a la esperanza. He ahí, al parecer la esencia de Halloween para él: un recordatorio de la muerte y el horror, pero sobre todo un paso adelante en el camino hacia su superación, que se inicio en las cavernas, se transmitió de civilización en civilización, confrontadas todas ellas a su modo al misterio supremo, y desembocó en una fiesta repleta de simbolismo, en la que los niños se disfrazan de monstruos y van pidiendo caramelos de puerta en puerta.

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Lo que el tiempo se llevó

•febrero 15, 2017 • Dejar un comentario

Ward Moore es un autor de ciencia ficción atípico. Tan sólo publicó cuatro novelas, dos de ellas en colaboración con otros escritores, y sin embargo se las apañó para dejar una huella profunda en el género. Su época más prolífica fueron los años cincuenta, ese extraño interregno entre la Edad de Oro y la New Wave, durante el que aparecieron numerosos autores magníficos que, salvo honrosas excepciones, jamás consiguieron asentarse. E incluso entre este curioso grupo (Theodore Sturgeon, Algis Budrys, Kurt Vonnegut, Walter M. Miller, Philip K. Dick…), Ward Moore destaca por ser el más alejado de los temas y tópicos de la ciencia ficción, hasta el punto de que sus novelas no se veían necesariamente clasificadas de partida dentro del gueto. Pese a este distanciamiento, es irónicamente por su mediación que hoy en día consideramos la ucronía como un subgénero de la ciencia ficción. Todo gracias a su segunda novela, “Lo que el tiempo se llevó” (“Bring the jubilee”, 1953).

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La historia está narrada por un joven, Hodge Backmaker, nacido en unos empobrecidos Estados Unidos de 1921, que sólo comprenden algunos de los antiguos estados de la Unión, el bando perdedor de la Guerra Civil Americana (conocida como Guerra de Independencia Sureña). Los estados confederados, por su parte, se han expandido hacia el sur y dominan ahora toda centro y sudamérica (salvo Haiti, que es un estado independiente y Cuba, parte todavía del Imperio Español). El atraso cultural, económico y tecnológico está profundamente arraigado en un espíritu derrotista, que atenaza a la mayor parte de la población, con apenas unas pocas bandas organizadas de resistencia (mafiosas más que paramilitares).

Hodge nos narra su vida desde más o menos los diecisiete años, cuando decide marchar de una casa sin amor a buscarse la vida en Nueva York, con vagos sueños de emprender una improbable carrera universitaria. Al final, acaba de dependiente durante seis años en una librería regentada por un cínico colaboracionista con esa resistencia. A lo largo de estos episodios, Moore nos presenta la realidad cotidiana de los Estados Unidos, con sus trabajadores, atados en su mayor parte de por vida a una suerte de esclavitud económica (los contratos), un bipartidismo (whigs contra populistas) que poco o nada hace por la gente y un arraigado racismo, que ha provocado la expulsión de la mayor parte de los negros de lo Estados Unidos (mientras que en los estados confederados, aunque no tardó en abolirse la esclavituda  instancias del presidente Lee, todos los no blancos, incluyendo los amerindios, siguen siendo ciudadanos de segunda). En el panorama internacional, el mundo está mayoritariamente repartido entre una serie de grandes imperios, con una guerra asomando en el horizonte (en la que, presuntamente, los Estados Unidos y los Estados Confederados se encontrarán en bandos opuestos).

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La suerte de Hodge parece cambiar cuando recibe la invitación a unírseles de un grupo atípico de estudiosos, que conforman una especie de comuna llamada Haggershaven, donde podrá llevar a efecto su ambición de convertirse en historiador, especializándose en todo lo referente a la Guerra de Independencia Sureña.

Las cosas se complican cuando una de las residentes, Barbara Haggerwells, con una complicada relación sentimental con Hodge (que involucra también a una joven española, salvada por éste de un asalto), aplica sus adelantos en física teórica a la creación de una máquina del tiempo. La tentanción de contemplar con sus propios ojos la decisiva victoria del general Lee en Gettysburg es demasiado grande… aunque es vagamente consciente de que el viaje en el tiempo puede entrañar peligros demasiado graves como para arriegarse a cambiar, aunque sea mínimamente, la historia.

A lo largo de la novela, Moore se centra sobre todo en narrar la vida de Hodge, dejando en segundo plano, aunque siempre presente, la realidad alternativa en que vive. De hecho, varios de los episodios tienen su reflejo en las propias experiencias del autor (que también regentó una librería), aunque claro, es un reflejo ligeramente distorsionado (lo cual no impide que podamos ver representados en sus críticas a whigs y populistas a republicanos y demócratas, por ejemplo).

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La trama se sustenta en parte en reflexiones (superficiales pero insistentes) sobre la naturaleza del tiempo, el determinismo o la moralidad de una acción (o una inacción). Hodge, en parte, escoge su especialidad porque prefiere observar a actuar, y queda implícito que esa postura es insostenible, y que tarde o temprano el observador se ve involucrado en lo que contempla, y que incluso el no hacer nada tiene consecuencias.

Eso sí, Ward Moore no permite en ningún momento que los grandes temas le arrebaten el control de la narración. En ese sentido, pone mucho cuidado en que sus personajes asuman siempre el protagonismo narrativo. “Lo que el tiempo se llevó” no pierde de vista que es una obra literaria antes que una historia de ciencia ficción, lo que la hace mucho más actual que buena parte de la producción de género de su época. Desde luego, su forma de abordar lo que hoy en día conocemos como ucronía se mostró tremendamente influyente. Dos años después, sin ir más lejos, Poul Anderson comenzó a publicar sus historias de la Patrulla del Tiempo (encargada de evitar cambios temporales como el ocasionado inadvertidamente por Hodge) o “El fin de la eternidad“, de Isaac Asimov.

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En cuanto a la inspiración para Moore, cabría mencionar un puñado de obras menores precedentes, como el cuento “Sidewise in time” de Murray Leinster (1935), que menciona de pasada una Norteamérica alternativa en la que el sur ganó la Guerra Civil, o el ensayo del mismísimo Wiston Churchill “If Lee had not won de battle of Gettysburg”, publicado en una antología de 1931 (“If it had happened otherwise”), en la que un historiador de un mundo en el que ganó el sur especula sobre cómo podría ser una realidad alternativa en la que el norte hubiera sido el triunfador.

Con el correr de los años, ese escenario se convertiría en el segundo más popular entre los cultivadores de la ucronía (con especial mención a Harry Turtledove, especializado en ucronías, autor de la serie de once novelas Southern Victory), sólo por detrás de qué hubiera sucedido si Hitler hubiera ganado la Segunda Guerra Mundial (con títulos como “El hombre en el castillo” de Philip K. Dick o “Patria” de Thomas Harris).

“Lo que el tiempo se llevó” resulta una novela bastante más literaria de lo que quizás cabría esperar. No se justifica en su premisa novedosa para descuidar el estilo, sino que busca ante todo contar una historia coherente (intentando no meterse en demasiados berenjenales temporales, que lo de las paradojas apenas había empezado a tratarse, con cuentos como “El ruido de un trueno” de Ray Bradbury el año anterior). Tal vez retrase demasiado la resolución (que ya no resulta tan chocante como en su día), dejando un tramo central un poco lento, pero es un pequeño precio a pagar por la elegancia con que presenta sus tesis.

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Lo que sí podría echársele quizás en cara es la excesiva importancia que otorga en el plano internacional al resultado de la Guerra Civil Americana (sobre todo en los años previos a la irrupción como superpotencia global de los Estados Unidos). Que tanto (o tan poco, según se mire, pues Moore se limita a extender el colonialismo hasta al menos 1952) dependa del resultado de una batalla en un país joven, o especular con que los Estados Confederados, que carecían de industria, hubieran podido por sí solos conquistar toda Sudamérica, resulta un tanto inverosímil, pero bueno, tampoco es algo que influya en exceso en la trama.

“Lo que el tiempo se llevó” es una obra que se mantiene sorprendentemente actual y, más allá de la peculiaridad de constituir un modelo para la mayor parte de ucronías que siguieron, sigue siendo capaz de proporcionar muy buenos momentos por sus méritos intrínsecos. Es posible que Ward Moore no fuera un escritor prolífico, pero se las arregló para que sus contribuciones al género fueran en verdad significativas.

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Puente de pájaros

•febrero 9, 2017 • 8 comentarios

La carrera literaria de Barry Hughart es extraordinariamente inusual. Su primer libro, “Puente de pájaros” (“Bridge of birds”, 1984), publicado a los cincuenta años, lo catapultó de inmediato a lo más alto del género fantástico, al reportarle el World Fantasy Award y el Mithopoeic Award. En los cuatro años siguientes publicó dos continuaciones, “La leyenda de la piedra” y “Ocho honorables magos”… y abandonó por completo la escritura. El plan original era escribir al menos siete novelas en las conocidas como Crónicas del Maestro Li y Buey Número Diez, pero su insatisfacción con el proceso editorial (entre otras cosas, su editor no le informó de los premios recibidos) le llevó a abandonar prematuramente, privándonos de una de las voces más personales del género (aunque él mismo se resistía a verse encasillado en la fantasía, pues consideraba que su obra podía alcanzar, bien promocionada, un público más amplio).

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“Puente de pájaros”, como las otras dos novelas de la serie, está narrada por Buey Número Diez (o Lu-yu), un campesino grandote y de buen corazón de la aldea de Ku-fu, allá por el siglo VII, que ante la súbita y misteriosa enfermedad que aqueja a todos los niños entre ocho y trece años tiene que viajar a Pekin, en busca de un sabio que les ayude. Sus limitaciones económicas tan sólo le permiten hacerse con los servicios de Li Kao, un anciano borrachín con un ligero defecto de carácter. Lo cual en realidad es una bendición, porque pese a su defecto (o quizás gracias a él) no hay mayor sabio en toda China, y es que el maestro Li es un sinvergüenza redomado, pero también leal a su manera, y removerá cielo y tierra con tal de cumplir con la tarea en la que se ha comprometido.

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Comienzan así las aventuras del maestro Li y Buey Número Diez, mientras parten en pos de la única medicina capaz de salvar a los niños, un extracto de raíz de ginseng, aunque no de una planta cualquiera, sino de la Raíz de Gran Poder. Esta empresa los llevará de un lado a otro, siguiendo un rastro jalonado de pistas vagas y coincidencias asombrosas, mientras se enfrentan a los mayores poderes (siempre corruptos) y ponen en práctica las estafas más rocambolescas.

La China que nos describe Hughart es una “China que nunca existió”, como indica el subtítulo de la novela, reinterpretando los mitos como reflejo de acontecimientos reales, pero sin abandonar por ello el componente fantástico (se limita a reinterpretarlo). Así, el autor se basa en la historia y la mitología del país oriental para dibujar un fresco mucho más complejo de lo que parece a primera vista (con una linearidad que puede llegar a engañar, pues más que de capítulos sueltos, asistimos a una progresión, casi un ciclo de reencarnaciones taoístas, que conducen hacia la culminación en que se nos revela completo el significado de la trama). Los propios Li y Buey Número Diez son arquetipos protomíticos, siendo el maestro Li, en particular, una encarnación del Pícaro Divino (trickster).

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El problema de esta exposición es que todo lo que os he contado suena terriblemente serio, y nada más lejos de la realidad. “Puente de pájaros” es una novela que hace gala continuamente de un afilado sentido del humor. Su mirada irónica hacia las debilidades humanas nos hace esbozar de continuo una sonrisa mientras lo leemos (e incluso puede escaparse alguna carcajada). Es un humor que tiene también su componente negro, emparentado con el de la novela picaresca, y que en el fondo es una crítica apenas encubierta.

Lo bueno de “Puente de pájaros”, sin embargo, es que por cada muestra de cinismo nos presenta un contraejemplo de genuina maravilla e incluso bondad, escondida a veces bajo una superficie tiznada por los avatares de la vida. Gracias a esa visión equilibrada, el libro evita la trampa de convertirse en una mera parodia. Li y Buey Número Diez son el yin y el yang, colaborando armónicamente para restituir el equilibrio, y en su búsqueda de la medicina para los niños de Ku-fu acaban metidos en una gesta mayor, que tiene un fin divino (inspirado en la antigua leyenda china de la hilandera y el ganadero, base a su vez del festival Qi Xi).

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¿Qué más podría decir para animaros a la lectura de esta pequeña maravilla? Pues quizás que los interesados podrán encontrar referencias a figuras reales de la historia de China. Así, la Ancestral es una versión de un poco exagerada de la emperatriz Wu Zetian (la única mujer que ha ostentado jamás esa posición), mientras que los duques de Ch’in se inspiran en Qin Shi Huang, el primer emperador, y su búsqueda de la inmortalidad. Ah, y también hay referencias más o menos explícitas a las Cuatro Novelas Clásicas Chinas, en especial al “Sueño en el pabellón rojo” (Cao Xueqin, 1792), aunque también hay bastante de “Viaje al oeste” (Wu Cheng’en, 1590). Todo ello por no hablar del choque entre conceptos taoístas, confucionistas y legalistas o las referencias continuas a diversos cuentos de hadas.

Pero de nuevo estoy proyectando una imagen distorsionada de la novela. Voy a dejarme de análisis más o menos sesudos para limitarme a afirmar que leer “Puente de pájaros” constituye una experiencia maravillosa. Las aventuras del maestro Li y Buey Número Diez tienen de todo: emoción, humor, aventura, exotismo, grandes personajes, magia… y para terminar de redondearlo, cuando concluye y todo encaja, nos ofrece uno de los finales más satisfactorios que he leído en mucho tiempo.

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Simple y llanamente, una obra redonda, que merece sobradamente el reconocimiento recibido con el Premio Mundial de Fantasía (que compartió con “Bosque Mitago“, de Robert Holdstock), y que posiblemente de haber completado el autor su plan original sería hoy mucho más reconocida.

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Danza de espejos

•febrero 5, 2017 • 4 comentarios

Para mediados de los años noventa, Lois McMaster Bujold había convertido la serie de Miles Vorkosigan en la más exitosa y premiada saga de la nueva space opera, una que al contrario de lo que ocurría con la clásica se apoyaba principalmente en el carisma de sus pesonajes, y que además no tenía miedo de dejar aparcada un momentito la aventura para explorar otras facetas (como el romance).

Tras iniciar la serie con la triple publicación en 1986 de “Ethan de Athos”, “Fragmentos de honor” y “El aprendiz de guerrero”, publicó en rápida sucesión otras cuatro novelas y tres novelas cortas, antes de intentar por primera vez incursionar en la fantasía (con “El anillo del espíritu” en 1993). Tras el fracaso de esta tentativa, retomó (a instancias de su editor) la serie de Miles Vorkosigan, publicando en cinco años otras tantas novelas, que van apartando el énfasis de la ficción militarista que predominaba en los primeros títulos a otro tipo de intriga más diplomática (o más cercana al espionaje), culminando la etapa con la magnífica “Una campaña civil“. El punto de inflexión lo encontramos en “Danza de espejos” (“Mirror dance”, 1994).

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Se trata del primer caso en la serie en que tenemos un protagonismo compartido, entre Miles y su hermano clónico Mark (parte involuntaria del complot descubierto y neutralizado en “Hermanos de armas”, 1989). Desde sus respectivos puntos de vista, asistimos al intento de Mark por liberar a un grupo de clones destinados a servir de receptáculo rejuvenecido al cerebro de sus progenitores en el caótico planeta de Jackson’s Whole (gobernado por distintas casas mafiosas). Para ello, se hace pasar por el almirante Naismith, una identidad secreta de Miles Vorkosigan, embarcando en la aventura a una unidad de su ejército semiprivado, los Mercernarios Libres Dendarii.

La acción termina en desastre, y es tarea de Miles intentar arreglar el embrollo, con tan mala fortuna que la acción de rescate, aun llevándose a cabo con relativo éxito, acaba con su muerte… y lo que es peor, con el extravío de la crio-cámara que contiene su cuerpo, lo cual reduce considerablemente sus posibilidades de una resucitación exitosa, sobre todo cuando empiezan a pasar los días, las semanas incluso y nadie parece saber nada sobre el paradero del pequeño lord Vorkosigan criogenizado.

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Esto es sólo el comienzo del libro. Algo de acción militar para contentar a los fans, con los típicos equívocos del juego con dobles, cuyos orígenes pueden trazarse al menos hasta “Príncipe y mendigo” (Mark Twain, 1881)… con la más que probable intermediación de “El prisionero de Zenda” (Anthony Hope, 1894). Entretenido, muy bien escrito, como suele ser norma en la autora, pero nada extraordinariamente novedoso (el propio Heinlein había utilizado, de forma mucho más descarada, el modelo para “Estrella doble“, por ejemplo). Es cómo maneja la historia a partir de ahí lo que demuestra lo mucho que ha crecido como escritora.

Y no precisamente por lo que ocurre (que tampoco resulta tan ingenioso, e incluso hay un par de enormes agujeros en la trama, que se te abalanzan encima a poco que te pares a pensar las cosas), sino por el porqué ocurre. “Danza de espejos”, más allá de la pirotecnia superficial, trata sobre la identida. Tenemos un personaje, Miles, que se ha visto obligado a crearse una identidad artificial, la del almirante Naismith, para dar vía de escape a sus frustraciones y esperanzas (algo que ocurrió casi por accidente allá por el coprimer título de la serie, “El aprendiz de guerrero”, pero que aquí se analiza pormenorizadamente, contando además con la visión “externa” de Mark cuando tiene que interpretar el papel). Tenemos otro, Mark, al que nunca se le ha permitido desarrollarse libremente, y que sólo es capaz de definirse en comparación (desfavorable) con su “modelo”.

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Las tensiones para definir el yo personal e interpretar el del hermano impulsan la historia, sobre todo cuando ambos se ven obligados en un momento u otro a ponerse en la piel del otro. Lois McMaster Bujold somete a sus protagonistas, en especial a Mark, a un proceso de autodescubrimiento e individualización (por parte de los demás). Rompe así con uno de los lugares comunes más tontos de la ciencia ficción, la mística en torno a la uniformidad de los clones, e incluso se permite alguna pulla contra la tontería de la supuesta “conexión psíquica”.

Este análisis de la identidad permea casi toda la novela, y se muestra también en elementos como la familia clónica Durona (que me he recordado poderosamente los clanes femeninos de “Tiempos de gloria”, publicada el año anterior por David Brin), o en la lucha por dotar de un destino propio a Azucena, una clon destinada a “donar” su cuerpo para que su “señora” rejuvenezca. Hacia el final, quizás acabe mordiendo más de lo que puede masticar (con cierto desdoblamiento de la personalidad, que acontece de improviso y cobra una enorme importancia), pero bueno, al fin y al cabo de no deja de ser novela de aventuras, y deben hacerse sacrificios en el altar del ritmo.

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“Danza de espejos” se erige en una de las novelas más interesantes de la serie de Miles Vorkosigan (y adyacentes), mostrando a una autora en completo dominio de su estilo. Incluso cuando se aparta del tema central, reincidiendo en la complicada vida amorosa de Miles (y ahora también Mark) o en las contradicciones de la sociedad barrayana, sabe hacer avanzar la historia con suavidad, firmemente apoyada en personajes sólidos y bien definidos (el conde Aral, la condesa Cordelia, Elli Quinn, Taura, Simon Illyan, el primo Iván, Bel Thorne, Elena Bothari-Jesek, el emperador Gregor…). Incluso cuando se trata de poco más que cameos, la solidez del universo Vorkosigan los convierte en significativos (al menos para los conocedores).

Es posiblemente ese enfoque, desde los personajes, lo que le permite a la autora imprimir con éxito a la serie el giro que comentaba al principio. Lo que importa no es lo que hacen, sino quiénes lo hacen, y por ello tanto da que estén disparando disruptores nerviosos en un navío interestelar como asistiendo a una cena protocolaria en la mansión familiar. Mientras podamos reconocerlos en sus actos y pensamientos, mientras podamos distinguir inequívocamente, por ejemplo, a Miles de Mark, el universo del Nexo del Agujero de Gusano seguirá siendo atractivo.

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“Danza de espejos” se alzó con los premios Hugo y Locus de 1995, por delante de títulos como “Jugadas decisivas” de Michael Bishop, “Mendigos y opulentos” de Nancy Kress, “Remolcando a Jehová” de James K. Morrow o “Extrajero” de C. J. Cherryh. En 2002, la editorial Baen lo reeditó en una edicíon omnibus, junto con “Hermanos de armas” y “Las fronteras del infinito”, bajo el título de “Miles errant”.

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Tormenta de alas

•febrero 1, 2017 • Dejar un comentario

La New Wave, aunque en principio no había razón filosófica para ello, nunca terminó de extenderse de la ciencia ficción a la fantasía. Ello posiblemente se deba a la divergencia en cuanto a salud de ambos géneros durante aquellos años. Mientras en la ciencia ficción se ponía de manifiesto tanto el agotamiento de los esquemas antiguos como un importante relevo generacional, la fantasía estaba viviendo una época de esplendor, marcada por la popularización de “El Señor de los Anillos” y la recuperación de muchos de los grandes clásicos del género, que habían caído casi en el olvido.

Ello no quiere decir que no hubiera grupúsculos de resistencia, opuestos tanto a las imitaciones desvaídas de Tolkien como a la simplicidad y rigidez de la espada y brujería. Esa resistencia se condensó en torno a la figura de Michael Moorcock y su revista New Worlds (uno de los principales viveros de la New Wave), y aunque Moorcock se propuso liderar la revolución también en el campo de la fantasía, su calidad literaria distaba mucho de la de autores como J. G. Ballard, Brian Aldiss, Norman Spinrad, John Brunner o Robert Silverberg, que sí ofrecían alternativas sugerentes a los modelos tradicionales.

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Pero allí donde Moorcock fracasó parcialmente (por carecer su obra de un sentido subyacente propio, más allá de definirse por la mera oposición), otros autores del entorno de New Worlds sí supieron, cuando menos, ofrecer alternativas a la fantasía épica/espada y brujería tradicionales, que si bien no crearon escuela en aquel momento (la evolución de la fantasía la llevaba por derroteros totalmente diferentes), sí constituyeron hitos que sirvieron de inspiración a autores posteriores. El caso más destacado es el de M. John Harrison y su secuencia de Viriconium.

Editor de New Worlds entre 1968 y 1975, inició el ciclo de Viriconium en 1971 con “La ciudad pastel” (incluída en la edición española en el volumen “Caballeros de Viriconium”), un escenario de Tierra Moribunda, inspirado evidentemente en la serie de Jack Vance, con resonancias del Zothique de Clark Ashton Smith (así como retazos del Gormenghast de Mervyn Peake, el ciclo apocalíptico de Ballard, con escenarios propios de “El mundo sumergido“, e imágenes de la poesía de T. S. Elliot). Así, con un enfoque fantástico que incluye elementos propios de la ciencia ficción, imaginó una ciudad habitada por una cultura del anochecer, con una estructura y tecnología isabelina (que suele ser mucho más común que la propiamente medieval), que vive sobre los restos de las más tecnológicamente avanzadas culturas del atardecer, mientras el mundo se va arrastrando poco a poco hacia su final.

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“La ciudad pastel” narra la amenaza a Viriconium por parte de tribus bárbaras del norte, y cómo los defensores de la ciudad se ven obligados a resucitar a hombres y mujeres del atardecer, para derrotar a los atancantes con tecnología largo tiempo perdida. “Tormenta de alas” (“A storm of wings”, 1980) se ambienta ochenta años después, con el héroe atípico de la primera novela, el soldado-poeta tegeus-Cromis muerto y enterrado dese hace dos décadas.

Un nuevo peligro ameneza a la ciudad pastel. Un peligro nebuloso y esquivo, representado inicialmente únicamente por la cabeza gigantesca de un insecto, llevada a Viriconium por una renacida, Fata Cristal, tan perdida en los tiempos del atardecer que apenas consigue comunicarse con la reina Jane y sus consejeros, entre los que se cuentan Alsath Fulthor, el primer renacido, Sepulcro el enano, el ya anciano luchador y recolector de tecnología perdida, y Cellur, el señor de las aves (que se revela como un hombre inmortal). Todos ellos reclutan a un antiguo noble caído en desgracia y devenido en asesino, Galen Hornwrak, sobre el que depositan las esperanzas de salvación (no se explicita la intención, pero sí se insinúa la intención de construir un nuevo tegeus-Cromis, símbolo que Galen se niega a interpretar).

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Mientras el grupo parte hacia el norte, en pos de las noticias de una extraña ciudad que ha aparecido en los desiertos, la ciudad va poco a poco cayendo bajo el influjo del Signo de la Langosta, un extraño culto nihilista que niega la realidad tal y como el resto de hombres la perciben, forzando mediante el asesinato su visión, con una persistencia que poco a poco va socavando el consenso perceptual, convirtiendo a la propia Viriconium en un símbolo cuyo significado puede mutar, forzando la disolución definitiva de la cultura del anochecer.

Lo que podría parecer una trama tópica, se convierte bajo la pluma de M. John Harrison en un lienzo donde pintar un cuadro cambiante, que subvierte casi todas las características definitorias de la fantasía épica. Ni los personajes, ni el escenario, ni los conflictos se avienen a plegarse a lo que estamos acostumbrados, con la incursión de diversas realidades alternativas, ya sean de un pasado tecnológico o una realidad alienígena. De hecho, el núcleo de la historia gira en torno al choque entre realidades, ya sea el pasado que perciben los renacidos superpuesto a su presente, ya las distintas percepciones sobre la naturaleza misma de la realidad (Harrison utiliza el término semiótico “umwelt“) que tiene los hombres y los insectiles invasores.

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No voy a revelar nada más de la trama, porque sinceramente, tampoco hay mucho, y no quisiera privar a un hipotético lector de ir descubriéndola por su cuenta. Mencionaré tan sólo cómo el autor difumina también las fronteras entre fantasía y ciencia ficción, hasta el punto de que, aunque la mayor parte de la crítica sitúa el ciclo en el campo de la fantasía, yo me siento más inclinado a definir esta novela como de ciencia ficción. Lo qué sí expondré son mis impresiones, y tengo que confesar que el estilo de Harrison no me resulta atractivo. Se compara a menudo con la poesía, en su esfuerzo por crear un lenguaje que transmita sensaciones, y quizás por ello no me satisfaga. Personalmente, valoro más el fondo que la forma, la transmisión de conceptos que de sensaciones. La poesía suele dejarme bastante frío, y ello, infiero, constituye un importante handicap para disfrutar de Viriconium.

También juega en su contra su dependencia de “La ciudad pastel”. Los primeros capítulos de “Tormenta de alas” constituyen casi una puesta al día, una reformulación (o quizás una permutación) de personajes y elementos aparecidos en la novela original (que no he leído). Para ser una historia casi por completo independiente, el nivel de referencialidad es tan elevado que le cuesta definir su propia identidad, y no es hasta bien mediada la novela que empieza a mostrar un carácter realmente independiente. Una vez llegados a ese punto, ya definida la personalidad de la novela y el conflicto entre el umwelt humano y el umwelt alienígena (con un curioso interfaz vivo, que es sin duda lo mejor de la novela), los últimos capítulos son brillantes, aunque no sé si me bastan para compensar la morosidad (en ritmo) del planteamiento.

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Son sensaciones que se confirman con “La danzarina y la danza”, el cuento que complementa el volumen de Bibliópolis. El estilo de Harrison (al menos en su traducción al español, un día de estos voy a tener que catarlo en inglés) no conecta conmigo.

Pese a ello, reconozco en las páginas de “Tormenta de alas” la simiente de parte de la fantasía moderna. Es especialmente evidente la deuda del New Weird, con China Miéville a la cabeza. La Nueva Crobuzón de “La estación de la calle Perdido” es en cierto modo una iteración de Viriconium (como ésta lo es de la Lankhmar de Fritz Leiber).

El ciclo de Viriconium se completó con una tercera novela breve, “En Viriconium” (1983), así como varios cuentos que fueron reunidos en 1985 en la antología “Viriconium nights”. Todo ello se compiló en los dos tomos mencionados de Bibliópolis y un tercero, “Nocturnos de Viriconium”.

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Guardianes de la noche

•enero 25, 2017 • Dejar un comentario

Resulta extraordinariamente difícil para el fantástico no anglosajón romper las fronteras nacionales y alcanzar repercusión global. Luego, dentro de cada país en concreto, la situación puede variar mucho, desde aquellos mercados lo bastante maduros como para permitir la profesionalización hasta los que, como el nuestro, se sostienen a duras penas en el límite mismo de la irrelevancia.

En tales condiciones, hay que aprovechar lo que se pueda para romper las barreras, y una oportunidad se abre con las adaptaciones cinematográficas (para lo cual, claro está, hace falta también una industria del cine con un mínimo de proyección internacional). Tal fue el camino que aprovechó uno de los principales autores contemporáneos de literatura fantástica rusa, Serguéi Lukyanenko.

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Hasta el año 2004 era un escritor mayoritariamente de ciencia ficción (y dentro de esta, con predilección por la space opera), conocido básicamente entre los círculos de aficionados rusos. Aquel año se estrenó uno de los primeros taquillazos de la súbitamente en expansión industria cinematográfica rusa: “Guardianes de la noche”, de Timur Bekmambetov, basada en un libro homónimo de Lukyaneko, “Ночной дозор”, publicado originalmente en 1998.

El enorme éxito del film, no sólo en su país sino también (a mucha menor escala) en el resto del mundo, lo convirtió de la noche a la mañana en un autor no sólo célebre en Rusia, sino comercializable en el resto del mundo, y España no fue una excepción (aquí recaudó casi 3 millones de euros). Así, en 2006 se publicó “Línea de sueños”, una de sus novelas más famosas de ciencia ficción, y a partir de 2007 empezó a publicarse la por entonces trilogía de los guardianes, empezando, claro está, por “Guardianes de la noche”.

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Abandonando la ciencia ficción en la que solía moverse, Lukyanenko optó por la fantasía urbana para narrar las historias de dos organizaciones enfrentadas, la Guardia de la Noche (integrada por los buenos luminosos) y la Guardia del Día (formada por malvados oscuros), en una dura pugna de siglos por… mantener el equilibrio. Y es que la peculiaridad del escenario propuesto por el autor radica en que, tras encontrarse al borde la destrucción mutua, las dos facciones de humanos con poderes extraordinarios conocidos como los Otros firmaron una tregua, un pacto, por el cual autolimitaban su influencia sobre el mundo y los hombres normales, a la espera de que uno de los dos bandos alcanzara inequívocamente la supremacía que le permitiría barrer al opuesto. Los garantes del pacto son los Guardianes, encargados cada uno de vigilar (y castigar) las acciones de la facción opuesta.

Esta premisa, con un enfoque tradicional (estadounidense), hubiera sido una historia de perdedores que, contra todo pronóstico, acaban triunfando. El protagonista, Antón Gorodetsky, un mago de la luz de medianas capacidades (e informático, para más señas), bien podría encajar en el molde. El caso es que eso sería muy poco ruso. Así, nos encontramos con que un enfrentamiento entre la luz y la oscuridad, librado por seres poderosísimos (magos, vampiros, cambiaformas, sanadores y hechiceros), acaba deviniendo en una emabarrullada partida de ajedrez, librada en medio de los grises del crepúsculo, con todos los participantes obligados a contener sus golpes para no violar el Pacto.

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“Los guardianes de la noche” le debe  mucho a la literatura de espías, y de hecho lo que escenifica es una especie de guerra fría entre el bien y el mal, con las líneas divisorias entre ambos tan difuminadas que en ocasiones pueden confundirse. Es también una historia de frustración, donde los participantes se contentan con ir sobreviviendo, aunque para ello estén obligados a hacer concesiones (como conceder a los vampiros licencias de caza de tanto en tanto). ¿Es aceptable para el bien pactar una tregua con el mal? ¿Hasta qué punto resulta asumible el precio a pagar? Ésas son algunas de las dudas que asaltan a Antón mientras desempeña las misiones que le encomienda su jefe (siempre con doble o triple intención).

“Guardianes de la noche” constituye, en definitiva, un reflejo de la Rusia postsoviética, intentando encontrar casi a ciegas una nueva identidad tras el derrumbe del comunismo (y ahí se entremezclan la añoranza, la autocrítica, la esperanza y el desconcierto). Por supuesto que tenía que diferenciarse de la fantasía urbana americana (o británica).

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Estructuralmente, la novela se divide en tres segmentos, que corresponden a tres movimientos de la partida librada entre Hesser, el mago al mando de la división de Moscú de la Guardia de la Noche, y Zavulón, su contraparte de las tinieblas. En todas ellas encontramos a Antón, convertido de súbito en un agente operativo y encargado de misiones como proteger a un niño que va a ser víctima de unos vampiros sin licencia, desentrañar el misterior de una terrible maldición lanzada contra una joven doctora (y que, de dejar que se desarrolle, podría arrasar toda la ciudad) o atrapar a un mago de la luz descontrolado, que está matando indiscriminadamente a oscuros contraviniendo el Pacto (del que no tiene noticia).

Lejos de solucionarlo todo con ayuda de la magia, nos lo encontramos tratando de encontrarle sentido a su labor, de justificar cada inacción y de desentrañar el papel que los maestros de la partida tienen reservado a un peón como él y de compaginar sus deberes como luminoso con sus necesidades, pese a todo, humanas.

Destaca en “Guardianes de la noche” ese retrato de los Otros como figuras casi trágicas. Ajenos al mundo y distanciados incluso los unos de los otros en función de sus poderes y conocimientos. Lukyanenko crea todo un elenco de personajes, atrapados entre lo mundano y lo sublime, en un crepúsculo perpetuo.

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“Guardianes de la noche” tiene dos secuelas directas: “Guardianes del día” (con Vladimir Vasilyev, 2000) y “Guardianes del crepúsculo” (2003). La película toma elementos de las dos primeras historias de la novela para componer algo más efectista e incluso caricaturesco, mientras que la secuela, pese a su título, adapta muy, muy libremente el resto del libro. A raíz de su éxito, prosiguió con la serie, publicando una segunda trilogía compuesta por “La última guardia”, “La nueva guardia” y “La sexta guardia” (los tres inéditos en español).

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El exorcista

•enero 20, 2017 • Dejar un comentario

Curiosamente, algunos de los grandes hitos de la literatura de terror no surgieron de autores especializados en el género, sino de otros que, de hecho, no podían encontrarse a priori más en las antípodas: expertos en comedia. Tal fue el caso de William Peter Blatty, escritor recientemente fallecido a los 89 años de edad, y su obra cumbre, “El exorcista” (“The exorcist”, 1971).

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De orígenes extremadamente humildes (sus padres era inmigrantes libaneses, y a los seis años el padre abandonó la familia, de la que él era el quinto hijo, haciendo descansar el peso económica en una madre que apenas sabía hablar inglés), gracias a sucesivas becas y a la intercesión de los jesuitas pudo disfrutar de una brillante carrera académica, que le llevó a graduarse en lengua inglesa en la universidad de Georgetown. Con posterioridad, y tras una larga serie de trabajos, consiguió la estabilidad económica suficiente para dedicarse a la escritura, produciendo primero un puñado de novelas cómicas que lo pusieron en la órbita de Hollywood como guionista, trabajando en los sesenta en ocho películas, destacando su colaboración con Blake Edwards.

Durante todo ese tiempo, hubo un proyecto rondado su mente. En 1950, mientras atendía a sus clases en Georgetown, circuló la noticia de un presunto caso de posesión demoníaca y exorcismo del joven “Robbie Mannheim” (pseudónimo), llevado a cabo por curas jesuitas en varias sesiones a lo largo de 1949. Este suceso impresionó vivamente al joven Blatty, quien estuvo documentándolo durante años, con la vista puesta en escribir algún día una obra de no ficción sobre él (análogo quizás al ensayo de Aldous Huxley sobre las Endemoniadas de Loudun, publicado en 1952).

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Su trabajo en el cine, posiblemente, acabó influyendo para que acabara transformándose en su quinta novela, con una historia completamente ficticia, inspirada en el caso de Robbie (y otros testimonios sobre exorcismos), a través de la cual se permitió explorar las ramificaciones filosóficas del hecho de la posesión demoníaca, confrontándola también con explicaciones racionalistas fundamentadas (más o menos) en la medicina y la psicología.

No voy a extenderme mucho en la sinopsis. La película de 1973 de William Friedkin sigue la trama con bastante fidelidad (después de todo, el guión fue del propio Blatty, que recibió un Oscar por su trabajo). Regan, la hija de doce años de una estrella de cine, empieza a mostrar un comportamiento extraño. Pese a la intervención de los médicos su estado va degradándose con rapidez, hasta que sólo queda como posible explicación de todo ello una posesión demoníaca. Por suerte para la niña, la familia vive cerca de Georgetown, y un psiquiatra jesuita, el padre Karras, se involucra en la curación de Regan. Finalmente, auxiliado por un exorcista veterano, el padre Merrin, confrontan al demonio que ha poseído a Regan.

He ahí a grandes rasgos, en cuatro frases, los cuatro actos en que se divide la novela.

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Incluso antes del éxito de la película, el libro ya había batido multitud de récords (a priori fuera del alcance de una novela de terror). Fue la primera vez en que una posesión demoníaca cobró protagonismo, y delineó con ello el modelo de todas las que siguieron (sobre todo en el cine), extendiendo además su influcencia sobre todo el subgénero del horror paranormal (con trucos más efectivos quizás a través del lenguaje audiovisual, aunque no por ello ajenos por completo a la literatura, en particular por lo que se refiere a la creación de prototipos para protagonizarlo).

Lo curioso es que no creo que la novela busque tanto el horror (la película es mucho más directa en ese sentido), como se valga de él para una exploración filosófica (que el autor completaría años más tarde, en 1983, con “Legión”, la secuela directa de “El exorcista”, que él mismo dirigiría como “El exorcista III” en 1990). La idea germinal de la historia consiste en contemplar la manifestación inequívoca del poder del demonio como prueba irrefutable de la existencia de Dios, en un contexto en el que la fe se esfuerza por mantenerse viva frente a las exigencias lógicas de la razón (con el problema teológico de la existencia del mal, la teodicea, como telón de fondo).

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El protagonismo no recaé realmente en Regan y su familia, sino en el padre Karras (el exorcista), un sacerdote que se encuentra sumido en una profunda crisis de fe, y que trata por todos los medios de encontrar una explicación racional para los síntomas que presenta Regan (ansiando y temiendo al mismo tiempo alcanzar un resultado negativo que lo obligue a aceptar la existencia del demonio… y por extensión la de Dios).

Blatty, como exalumno de Georgetown, no se queda en la superficie, sino que afronta con valentía una travesía que sabe cuajada de bajíos y remolinos donde podría encallar su teología. Al mismo tiempo, reconoce posiblemente sus limitaciones, y frena antes de adentrarse en ramificaciones demasiado controvertidas (las ideas que presenta rozan el maniqueísmo y  el gnosticismo, o incluso la visión evolutiva del jesuita, desautorizado por las autoridades eclesiásticas, Teilhard de Chardin). A la postre, no es la satisfacción de la razón lo que reconduce al padre Karras a la fe, sino la compasión (poniendo así quizás de manifiesto la imposibilidad del empeño de llegar a Dios por el camino puro de la razón).

Toda esta lectura de razón frente a fe queda, me temo, desdibujada por culpa de lo que en la época se entendía todavía por ciencia psicológica (a finales de los sesenta y principios de los setenta aún había varias universidades embarcadas en estudios serios sobre fenómenos parapsicológicos). Así, acontecimientos que alimentan la duda del padre Karras (como presuntos fenómenos telepáticos y telequinéticos), hoy los clasificamos sin ambages en el terreno de la “manifestación sobrenatural”). No sé si la edición del cuarenta aniversario que el autor sacó en 2011 con pequeños cambios aborda esta cuestión (por lo que tengo entendido, sigue inédita en España; y lo que es peor, todas las ediciones hasta la fecha respetan la anticuada traducción de 1972).

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De todas fromas, supongo que la mayor parte de los lectores no reparan en estas cuestiones (o les importan un pimiento). Lo que sí resulta evidente es la gran habilidad demostrada por Blatty para plasmar la historia, por medio de un estilo que prima ante todo la agilidad. Los capítulos se suceden impulsados principalmente por diálogos muy vivos, que transmiten más información que las limitadas descripciones. Se nota ahí la experiencia del autor como guionista, al conseguir caracterizar a los personajes y definir su estado de ánimo gracias casi exclusivamente a los diálogos.

Supone una lectura tan, tan ágil, que para cuando te quieres dar cuenta los acontecimientos han mutado de raritos a inquietantes, y de ahí, en un abrir y cerrar de ojos, a horripilantes (limitando al mínimo el abuso del efectismo… muy al contrario que la película, que en ese sentido es bastante más explícita). Ello explica en parte la enorme popularidad de que disfruto casi desde el principio.

Es difícil precisar hasta qué punto influyó “El exorcista” en la popularización del género del horror (aunque sospecho que el despegue de la carrera de Stephen King le debe bastante a encontrarse el terreno abonadado por el bestseller de Blatty). Así, aunque después de ella no produjo nada realmente rompedor (se limitó a reincidir sin demasiada insistencia en los mismos temas, ampliando el enfoque tras la muerte de su hijo hacia la existencia ultraterrena, en novelas como “Elsewhere” o “Dimiter”), resulta de justicia reconocer la deuda del terror con ese hombre que, procedente de la comedia y bordeando la filosofía, revolucionó el género e introdujo entre sus elementos maestros uno nuevo: la posesión demoníaca.

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William Peter Blatty (7 de enero de 1928 – 12 de enero de 2017)

IN MEMORIAM

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