Not this august

•mayo 12, 2021 • Dejar un comentario

Cyril M. Kornbluth, es conocido sobre todo por sus sátiras a dos manos con Frederick Polh, tales como “Mercaderes del espacio” (1952) o “La lucha” (1955). Sin embargo, al principio de su breve carrera profesional (de solo ocho años, debido a su prematura muerte por un ataque al corazón), colaboró también con otra compañera de los Futurianos, Judith Merrill, bajo el seudónimo conjunto de Cyril Judd, y cuenta igualmente con un puñado de títulos individuales, tales como “El síndico” (1953) o la que nos ocupa, “Not this august” (1955), que le valió su única nominación a los premios Hugo en la categoría de novela.

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En contra de la percepción que tenemos de él, “Not this august” es una historia superseria, que versa sobre la derrota y ocupación de los EE.UU. por una fuerza combinada de rusos y chinos, tras una breve guerra nuclear una década en el futuro (1965). No era para nada una proposición tan descabellada, con las restricciones de la Segunda Guerra Mundial aún frescas en la memoria, recién salidos de la Guerra de Corea, que le había costado más de 50.000 muertos a los EE.UU., y bajo la nueva amenaza de un conflicto nuclear por culpa de la carrera armamentística en la que la URSS, tras partir por detrás, había conseguido rápidamente ponerse a la altura (gracias a una exitosa red de espías), si bien todavía no en números totales, sí a nivel tecnológico.

Hoy en día es fácil descartar la premisa como implausible, pues tuvo la mala suerte de quedar obsoleta prácticamente al año mismo de haber sido publicada, tanto por el desarrollo del equilibrio nuclear (con la introducción del misil balístico intercontinental en 1957 y la concepción de la doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada en 1962), como por el enfriamiento y posterior ruptura de las relaciones entre Rusia y China, que (que arrancó con diferencias ideológicas en 1956).

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Pese a todo es una gran muestra de literatura sobre el “Peligro Rojo”, y lo cierto es que, paranoia al margen (el macartismo estaba funcionando a pleno rendimiento y tan solo dos años antes habían sido ejecutados Ethel y Julius Rosenberg, un matrimonio americano acusado de espionaje a favor de los rusos que sin duda inspiró otra pareja similar en la novela), no se puede decir que Kornbluth fuera demasiado desencaminado sobre los excesos que ya habían cometido o cometerían los regímenes de Stalin y Mao, tanto en lo referente a purgas como en sus desastrosas políticas agrarias.

Otro aspecto en el que Kornbluth se mostró profético es en el desarrollo de los satélites artificiales. Cuando se publicó “Not this august”, faltaban todavía dos años y medio para el lanzamiento exitoso del Sputnik I y casi tres para el del Vanguard I. Sin embargo, entre 1952 y 1953 Wernher von Braun había publicado en la revista Collier una serie de artículos defendiendo la construcción de una estación espacial equipada con armamento nuclear para obtener “superioridad espacial” sobre la URSS, y posiblemente esas ideas (que los ICBMs volverían obsoletas) fueron las que inspiraron a Kornbluth para incluir esta arma definitiva como elemento de inflexión en su novela.

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En cualquier caso, se trata de un final un poco forzado, tanto por lo apresurado (la historia hubiera agradecido al menos otro segmento, pero las exigencias editoriales de la época eran las que eran y posiblemente se vio obligado a cerrar antes de tiempo) como por una candidez que está mayormente ausente en el resto de la novela. Utilizar por ejemplo como saludo en código de la futura revolución la fecha en la que va a tener lugar el alzamiento (“Christmas eve”, título alternativo de la novela empleado en algunas ediciones de la misma) no parece la mejor de las decisiones tácticas.

La fuerza de “Not this august” (título extraído de un artículo antibelicista de Ernest Hemmingway publicado en 1935) radica más bien en el primer plano, en las vivencias cotidianas del protagonista, Billy Justin, un comercial de arte neoyorquino, ex combatiente en Corea, reubicado por las necesidades de la guerra como lechero. Así, pasamos por las restricciones y el racionamiento iniciales, el estupor de la derrota y la progresivamente más dura dominación soviética (chinos y rusos se han repartido el país, de un modo similar al que unos pocos años después propondría Philip K. Dick para alemanes y japoneses en “El hombre en el casillo“); e igualmente asistimos a las relaciones que establece con sus vecinos (siendo particularmente irónica la posición del mercader ultracapitalista del pueblo, que siempre logra quedar a flote independientemente de los vaivenes de la guerra, mientras otros personajes, con menos motivo o por ningún motivo en absoluto, sufren).

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La rápida evolución (divergente) de los acontecimientos y los cambios en las relaciones de poder entre EE.UU. y la URSS, así como el incremento del peligro nuclear (solo cuatro años después Walter M. Miller Jr. empezaría a publicar Cántico por Leibowitz“, una de las mejores obras sobre el apocalipsis nuclear), volvieron posiblemente a “Not this august” anticuada antes de haber tenido tiempo de asentar su prestigio. De hecho, desde 1958 no hay otra edición hasta 1981 (actualizada y prologada por Frederik Pohl). Lo cual es una pena, porque con todas sus carencias, sigue siendo un título a reivindicar, que hoy en día se podría leer casi como una ucronía (o como una profecía inquietante, ahora que empiezan a tensarse las relaciones entre China y los EE.UU.)

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Totalmente merecida su nominación al premio Hugo de aquel año, y de hecho contaba con argumentos más que suficientes para haberle plantado cara a “Estrella doble” de Heinlein, la ganadora final. Ambas, sin embargo, se encuentran por detrás de la también postnuclear “The long tomorrow“, de Leigh Brackett, que tal vez hubiera sido una triunfadora más justa. El quinteto de nominados se completó con “Tres que capturar“, de Eric Frank Russell, y “El fin de la Eternidad“, de Isaac Asimov.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Tres que capturar

•mayo 5, 2021 • Dejar un comentario

Aunque era un autor británico, Eric Frank Russell se encuentra asociado por completo al mercado pulp americano. Su primera venta profesional la realizó en 1937 para Astounding, y pronto se convirtió en un participante recurrente en sus páginas (y también, escribiendo terror, en las de Weird Tales). Su primera novela, sin embargo, se publicó en el volumen inaugural de la revista hermana de Astounding (y rival de Weird Tales), Unkown… y de hecho la leyenda afirma que Campbell creó esa revista par poder acomodar “Barrera siniestra” (1939).

Durante los veinticinco años siguientes Russell publicó otras ocho novelas, junto con un número considerable de relatos y novelas cortas (aunque en general nunca llegó a producir el tipo de material que luego podría venderse como una serie o siquiera como un fix-up, así que solo se recogió en una media docena de antologías). Su estilo ha sido definido como humorístico, aunque más tirando hacia la sátira que hacia la parodia. Ciertamente humorístico es “Artefacto” (“Allamagoosa”), el primer relato ganador de un Hugo en 1955, posiblemente por influencia de John W. Campbell, el invitado de honor de la Worldcon de aquel año (ya que no pasa de ser un chistecillo inconsecuente).

En 1956, sin embargo, sin contar con esta “ayuda”, la cuarta novela de Eric Frank Russell, “Tres que capturar” (“Three to conquer”, pero “Call him dead” en su serialización original en Astounding) fue seleccionada por un grupo de especialistas como candidata al premio Hugo. Fue la primera vez que se implementó una primera ronda para determinar finalistas y la única en que esta tarea recayó en un jurado.

A grandes rasgos, “Tres que capturar” es una típica novela de aventuras de la Edad de Oro, que retrotrae a títulos como “Slan” de A. E. Van Vogt (1946) o “Amos de títeres” de Robert A. Heinlein (1951). Wade Harper, el protagonista, posee un talento extraordinario. Hasta donde sabe, es el único telépata del mundo, pero pese a esta singularidad, su sentido del deber le lleva a involucrarse en la resolución de los crímenes con los que se tropieza. Cuando acude a la llamada psíquica de un policía moribundo en una carretera secundaria, poco puede imaginar que se está inmiscuyendo en un caso que no solo le obligará a desvelar su secreto a las autoridades, sino que entre las apuestas de la partida se contará la libertad e independencia mental de todos los seres humanos de la Tierra.

“Tres que capturar” es un producto de su época, con la enésima interpretación sobre la telepatía (explorada también por autores como Alfred Bester en “El hombre demolido” o el matrimonio Kuttner/Moore en “Mutante”). Harper es también el típico protagonista de una pieza, tan íntegro como capaz, con un pequeño barniz trágico que acentúa su heroísmo y lo hace más atractivo incluso como figura identificativa para el lector. Por el camino, sin embargo, Eric Frank Russell acierta a imprimir a la historia de un tono cercano a la literatura negra (hermana durante muchos años de mercado), logrando además imprimirle un par de giros sorpresivos, que contribuyen a lanzarla en nuevas direcciones (un poco al modo de Van Vogt… aunque sin necesidad de renunciar a la lógica o a la coherencia interna).

Una vez puestas las cartas sobre la mesa, sin embargo, la trama se vuelve un poco más repetitiva (por no hablar de que resulta reminiscente de títulos superiores anteriores, como la ya mencionada “Amos de títeres”, cuyo compromiso político Russell, como británico que es, no puede o quiere replicar). Pese a todo, el autor logra imprimirle suficiente agilidad a la trama para evitar que el interés decaiga en exceso, sosteniéndolo todo sobre los anchos hombros del protagonista, que si bien es cierto que resulta un tanto unidimensional, y también un poco cargante en su papel de héroe a su pesar, logra despertar nuestras simpatías, tanto por la delicada posición a la que se ve abocado como por su compromiso casi militar con la protección de los seres humanos frente a una amenaza que no voy a especificar, porque hacerlo supondría echar a perder buena parte de la gracia de la novela.

Sí que añadiré que, como buen fortiano, Eric Frank Russell no se limita a concederle sin más la telepatía a su creación, sino que la justifica en cierta forma sugiriendo que pueda ser un carácter vestigial, dados los rasgos neandertaloides de Wade Harper. En este sentido, “Tres que capturar” bien podría constituir una de las primeras manifestaciones del atractivo neandertal, que a partir de esas fechas más o menos (también de 1955 es la novela “Los herederos”, de William Golding, y un poco posterior, de 1958, la novela corta “El niño feo”, de Isaac Asimov) comenzarían a cambiar la percepción popular de los neandertales, de brutos semibestiales a esa humanidad alternativa, en ciertos aspectos mejor incluso que el hombre moderno.

En resumidas cuentas, “Tres que capturar” constituye una más que digna novela de aventuras, que ofrece justo lo que promete… aunque muy poco más. En aquella época, con el colapso del mercado de las revistas pulp, la ciencia ficción estaba cambiando, haciéndose poco a poco más literaria y buscando ofrecer algo más que el mero escapismo o la fascinación de la Edad de Oro (algo que se nota particularmente en los grandes autores de la Edad de Plata, como Theodore Sturgeon, Algis Budrys y Walter M. Miller Jr., o los que lograron trascender este período como Kurt Vonnegut y Philip K. Dick). Eric Frank Russell no quiso o no supo cambiar con los tiempos, de modo que fue perdiendo poco a poco relevancia hasta su retiro unos pocos años más tarde.

Esta pequeña desconexión con la ciencia ficción puntera queda totalmente de manifiesto al echar un vistazo a las novelas que fueron también nominadas al Hugo aquel año, empezando por la ganadora, “Estrella doble“, de Robert A. Heinlein, que no duda en abordar cuestiones políticas de mayor calado. No es que “Tres que capturar” sea mala. Todo lo contrario. No puede, sin embargo, competir con títulos como “El fin de la Eternidad” de Asimov (el más cercano en tono, aunque más imaginativo), “Not this august” de Cyril Kornbluth o “The long tomorrow” de Leigh Brackett.

1955 es un año señalado por muchos como el que marca el fin de la Edad de Oro, y un libro como “Tres que capturar” (y quizás con mayor propiedad “El fin de la Eternidad”) podría casi considerarse su canto del cisne.

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The long tomorrow

•abril 27, 2021 • 5 comentarios

En 1956, Leigh Brackett se convirtió en la primera mujer finalista del premio Hugo con “The long tomorrow”. Era el primer año en que se designaban finalistas (las dos ediciones anteriores se celebraron en una ronda única).

Otra particularidad de esta votación, que no ha vuelto a repetirse, es que la elección de finalistas en primera ronda recayó en un jurado de especialistas (aunque la segunda ronda se mantuvo abierta a incorporaciones). Esto respondía quizás a la terrible elección de 1955, pues “La máquina de la eternidad“, de Mark Cliffton y Frank Riley es una de las peores ganadoras de la historia de los Hugo (quizás la peor), así que tiene sentido que los organizadores de la WorldCon de 1956 quisieran ir sobre seguro.

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Hasta hace muy poco el listado de finalistas se consideraba perdido, pero en 2017 apareció un informe de progresos de la WorldCon con la papeleta de votación, y de este modo pudimos saber los nombres implicados. Junto con Brackett, estaban Eric Frank Russell  por “Tres que capturar“, Cyril Kornbluth por “Not this august” e Isaac Asimov por “El fin de la Eternidad“), que podemos sumar así al de Heinlein (ganador con la muy menor “Estrella doble“). Tanto en el caso de Brackett como en el de Asimov, fueron obras que supusieron el fin de su primera etapa dentro de la ciencia ficción. El mercado pulp estaba cambiando a pasos agigantados, con muchas revistas echando el cierre debido al aumento de precio del papel y la competencia cada vez mayor de la televisión. Esto es algo que afectó especialmente a Brackett, con la desaparición casi simultánea de Planet Stories (revista de la que era la principal contribuyente), Startling Stories y Thrilling Wonder Stories a principios de 1955.

De la noche a la mañana, Brackett se encontró sin sus principales mercados dentro del género, lo que la empujó definitivamente hacia el cine y la televisión (habiéndose convertido en una colaboradora habitual de Howard Hawks, quien ya la había buscado específicamente, sin saber que era una mujer, para adaptar en 1946 “El sueño eterno”). Así, “The long tomorrow”, publicada por Doubleday, se convirtió poco menos que en su despedida de la ciencia ficción, aunque durante la década de los sesenta volvería esporádicamente al género y a partir de 1974 produciría nuevas novelas de Eric John Stark (que ignoraban la primera iteración de personaje). El caso es que no vivió lo suficiente para aprovecharse del resurgir de la ciencia ficción campbelliana en los ochenta (como sí pudo hacer Isaac Asimov), así que “The long tomorrow” quedó como su obra cumbre… lo cual no es algo necesariamente malo para su legado, porque es una novela extraordinaria.

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Se trata de una historia postapocalíptica, ambientada un par de generaciones después de una guerra nuclear que ha destruido las ciudades del mundo. Los EE.UU., a través de una enmienda constitucional, se han reconvertido en una sociedad rural, en la que movimientos religiosos ultraconservadores como los amish o los menonitas determinan qué tecnologías están permitidas (básicamente decimonónicas) y cuáles han de ser proscritas para evitar que Dios vuelva a enojarse con la humanidad. Es una situación que Len, el protagonista, no puede admitir, y hará todo lo posible junto con su primo Esau por cumplir su sueño y viajar a Bartortown, el mítico asentamiento donde según se cuenta entre susurros atemorizados todavía sobrevive un grupo de científicos.

En 1955, aunque la URSS ya había empezado a realizar pruebas atómicas (para entonces llevaba probablemente catorce explosiones, mientras que en 1954 los estadounidenses sumaban ya medio centenar, incluyendo las potentes bombas de Bikini), todavía no se había instaurado por completo la paranoia nuclear que caracterizaría la Guerra Fría, ni eran demasiado conocidos los efectos de la contaminación radioactiva. La novela, más que fruto del miedo a la destrucción, es una respuesta directa al horror con el que los escritores de ciencia ficción recibieron los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, después de años de estar abogando por la energía nuclear, y versa en particular sobre el trauma del superviviente y sus consecuencias sobre toda una sociedad, que tal vez no esté preparada todavía para retomar el camino, aunque en su seno ya haya quienes sueñen con aquel futuro que les fue arrebatado.

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Se nota la experiencia obtenida por Brackett en su trabajo para el cine, con un tratamiento psicológico de los personajes muy por encima de lo que era habitual en la época. En general, la novela presenta un sabor muy cercano al western, en el que el escenario del Medio Oeste primero y del Centro Suroeste después se convierte casi en un personaje más, no limitándose a ser el sustrato físico que es testigo de la búsqueda de Len y Esau (sobre todo del primero, menos impulsivo y más reflexivo que su pariente, debatiéndose continuamente entre las ansias de conocimiento y el temor religioso en el que se ha criado).

Sorprende un poco esa religiosidad que lo impregna todo (y que la hermana con “Las crisálidas” de John Wyndham, publicada ese mismo año), concebida como respuesta al golpe moral asestado no tanto por las armas nucleares en sí, sino por el colapso catastrófico de la sociedad urbanita que han propiciado. Brackett presenta la religión como un refugio en tiempos de crisis, y como una fuerza extraordinariamente conservadora, que ofrece consuelo y, sobre todo, sentido a una vida dura y sacrificada, que ha de rechazar como pecaminosa la cultura precedente y sus comodidades. Incluso en el corazón de Len se agazapa ese miedo casi supersticioso hacia las energías escondidas en el átomo, e incluso él ha de aprender a convivir con ese lado oscuro de la energía nuclear que tan salvajemente ha sacudido todo su mundo (aquí he de mencionar cómo Brackett básicamente ignora la existencia de civilización más allá de las fronteras de los EE.UU., que hubiera convertido esa sociedad rural y decimonónica en presa de otras naciones menos castigadas o traumatizadas… pero bueno, se lo perdonamos).

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“The long tomorrow” es una obra madura, intimista, en ocasiones lírica, que demuestra una madurez estilística y conceptual muy por encima de la media de su época (y muy por encima de la space opera por la que es principalmente conocida la autora). Tal vez el desarrollo posterior de la amenaza nuclear, que nos ha dejado obras tan extraordinarias como “Cántico por Leibowitz” de Walter M. Miller Jr. (1960), o sátiras tan devastadoras como “Cuna de gato” de Kurt Vonnegut (1963), o incluso el accidentado historial del uso civil de la energía nuclear, que inspiró obras como “Nervios” (Lester del Rey, 1956) o “En la Deriva” (Michael Swanwick, 1985), haya variado un tanto nuestra perspectiva sobre el tema. Pese a todo, el buen hacer de Brackett trasciende las circunstancias históricas en que se alumbró la novela, de modo que no solo nos ofrece una visión filosóficamente desfasada (aunque interesante desde una perspectiva histórica) de un problema todavía presente, sino sobre todo un retrato atemporal de lo que significa ser humano y debatirnos entre el temor y el anhelo por lo que nuestro intelecto puede llegar a concebir.

En mi opinión, y tras haber leído todos los candidatos, el Hugo de 1956 hubiera debido ser para Leigh Brackett y “The long tomorrow”.

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Immortality, Inc.

•abril 21, 2021 • 1 comentario

En 1992 se estrenó la película “Freejack (Sin identidad)”, con Emilio Estevez en el papel de un piloto de carreras que cuando está a punto de morir en un accidente es transportado a un futuro distópico cercano, con el propósito de utilizar su cuerpo para transferir a él la mente de un ricachón viejo. Se trataba de una película claramente influenciada por el movimiento cyberpunk (en su estética), con un par de ideas interesantes, pero una ejecución… mejorable. No fue, desde luego, la peor película de ciencia ficción del año (entre las de cierto presupuesto, yo votaría por “El cortador de cesped” para ese dudoso honor), pero dudo que mucha gente la recuerde hoy en día.

El caso es que al final de la misma se indicaba que estaba basada en una novela de un tal Robert Sheckley, “Immortality, Inc.”, y por alguna razón eso llamó mi atención, y desde entonces he sentido cierta curiosidad por conocer el original literario, máxime cuando me enteré de que había sido finalista del premio Hugo. El caso es que no estaba traducida (y sigue sin estarlo), y entre unas cosas y otras, han tenido que pasar casi treinta años para que haya podido satisfacer aquella curiosidad juvenil. Así, de entrada, tengo dos cosas que decir: la película no tiene prácticamente nada que ver con el libro; y el libro es genial.

Robert Sheckley había irrumpido en la ciencia ficción en 1951, y pronto se había forjado un nombre gracias a sus relatos, que a menudo tenían una inclinación humorística. De hecho, hoy en día es conocido sobre todo por los centenares de relatos que escribió, siendo su (relativamente parca) producción novelística bastante menos celebrada. En 1958, tras tener en su haber ya tres antologías, apareció la primera de sus novelas, serializada en las páginas de Galaxy bajo el título de “Time killer”. Aquel mismo año, su primera edición como libro independiente fue bautizada como “Immortality delivered”, pero todas las siguientes (más de cincuenta) han contado ya con el título de “Immortality, Inc.”.

De inicio, la novela no es muy diferente de la película. Thomas Blaine, un diseñador de yates (que trabaja más como publicista que como ingeniero), sufre un accidente de coche en 1958… y se despierta en el año 2110, aunque no en su propio cuerpo, sino en el de un donante, gracias a un proceso de transferencia mental. Las divergencias no dejan de acumularse. Resulta que todo obedece a una campaña publicitaria de una empresa que se dedica a transferir mentes de ricachones moribundos a cuerpos jóvenes y vigorosos (siempre de voluntarios), cuyos usuarios originales han de ser asesinados. 

El truco consiste en que en esa época ha logrado probarse científicamente la existencia de la vida después de la muerte, aunque acceder a esa posibilidad requiere de una suerte extraordinaria, de un trabajo de preparación mental de años… o bien de un procedimiento tecnológico totalmente prosaico aunque, por supuesto, extremadamente caro. A los donantes de cuerpos se les garantiza por medio de este proceso el paso al más allá, dejando a sus familiares, por añadidura, una generosa asignación. Blaine pronto tiene ocasión de ser testigo de todo esto, cuando es invitado al “rejuvenecimiento” del director de la compañía. Sin embargo, algo sale mal y quien acaba ocupando el cuerpo es otra mente descarnada, que además, por haber tardado demasiado en ocupar un sustrato biológico que ya ha empezado a decaer, lo ha convertido en un “zombi”. Aparte de la degradación física, todo lo que sabe el zombi es que guarda algún tipo de relación con Blaine, y mientras averigua cuál es, se bautiza a sí mismo como Smith.

A partir de ahí, la historia sigue las andanzas de Blaine mientras intenta adaptarse no solo a ese a menudo incomprensible mundo futuro, sino también a su nuevo cuerpo y a las exigencias que tal vez podría estar planteándole a su mente. La dicotomía (o enfrentamiento) entre mente y cuerpo, espíritu y materia, es así uno de los temas vertebrales de la historia, aunque el motivo central es aún más profundo, porque la gran singularidad del futuro de “Immortality, Inc.” es que se sabe positiva y científicamente que existe vida después de la muerte, y esto es un conocimiento independiente de cualquier posible creencia religiosa que acaba influyendo en todo.

Enfrentados a la certeza de la vida tras la muerte, las actitudes ante la misma son muy diferentes de las nuestras. Así, no es infrecuente que los muy ricos acaben estallando en arrebatos de furia berserker hasta ser abatidos, o que decidan contratar a cazadores para que intenten acabar con su vida cuando se han cansado de esta (empleo que llega a desempeñar Blaine). Eso por no hablar de las cabinas de suicidio (un elemento que toma prestado el primer capítulo de “Futurama”, en claro homenaje a “Immortality, Inc.”), o de las leyes que contemplan de un modo permisivo el asesinato de personas que ya tienen asegurado el paso a una nueva existencia.

En definitiva, Sheckley acaba construyendo una gran sátira sobre la inevitabilidad de la muerte, abordando la cuestión metafísica desde el más estricto materialismo, lo cual supone un enfoque totalmente original, que convierte una novela que en manos menos hábiles hubiera podido quedar en una simple broma (aparte de zombis, “Immortality, Inc.” racionaliza también los fantasmas, que son mentes humanas que se han quedado un tiempo en el Umbral, antes de pasar a lo que quiera que sea la auténtica vida ultraterrena) en una sorprendentemente reflexión en torno al sentido de la existencia y la esencia misma del ser humano. En ese sentido, lidia también brevemente con el intercambio mental, que más adelante sería la base de su novela “Truque mental” (1965).

Tras una superficie jocosa, que invita a tomarla como un divertimento ligero, “Immortality, Inc.” oculta capa sobre capa de sublecturas, y si bien es verdad que hay algunas subtramas que hubieran agradecido un poco más de desarrollo (por ejemplo, la romántica, que queda apenas esbozada, como si hubiera sido incluida por obligación), en su conjunto es una novela tan divertida (con un humor a menudo negro…) como incisiva (…e irónico), que pese al tiempo transcurrido (algo que se percibe claramente en algunas actitudes de Blaine) sigue siendo igual de interesante que cuando se escribió.

Como adelantaba, “Immortality, Inc.” fue finalista del premio Hugo de 1959, una edición que incomprensiblemente ganó James Blish con “Un caso de conciencia” (probando tal vez que un exceso de humor constituye un serio obstáculo para que te tomen en serio, porque la disparidad en la calidad de ambos títulos es más que notable). El quinteto de finalistas se completó con “We have fed our stars”, de Poul Anderson; “¿Quién?“, de Algis Budrys; y “Consigue un traje espacial, viajarás“, de Robert A. Heinlein.

ORA:CLE

•abril 16, 2021 • Dejar un comentario

Kevin O’Donnell Jr. no es alguien que suela mencionarse entre los grandes nombres de la ciencia ficción. Su producción consta de algo más de medio centenar de relatos y apenas diez novelas, publicadas a lo largo de once años (entre 1979 y 1990). Más renombre obtuvo por su labor en el seno de la SFWA, hasta el punto que tras su muerte renombraron su premio en Servicio a la SFWA como Premio Kevin O’Donnell Jr. De hecho, se da la curiosa circunstancia de que su obra parece haber tenido más reconocimiento fuera que dentro de los EE.UU. De hecho, si acudís a Goodreads podréis constatar algo sorprendente: de sus dos novelas traducidas al castellano, hay más comentarios en español que en inglés.

El caso es que ambas (esta que nos ocupa y “Efímeras“) son dos obras muy meritorias, que constituyen grandes ejemplos dentro de sus respectivos subgéneros… y tal vez ese uno de los problemas de su producción, que resulta difícil asignarla por completo a una corriente u otra, e incluso individualmente no resultan ejemplos prototípicos. Ahí está “ORA:CLE”, una novela de 1984 que podría ser cyberpunk, pero que no estaba asociada en modo alguno a William Gibson y compañía, así que posiblemente el éxito de “Neuromante” la eclipsó un tanto.

“ORA:CLE” no es quizás tan deslumbrante y rompedora como “Neuromante”, pero no por ello carece de méritos. Es solo que hay que buscarlos en otros lugares. Su protagonista, por ejemplo, no es un antihéroe misterioso, sino un simple experto en historia china que trabaja para ORA:CLE, una especie de proto-Wikipedia que pone en contacto por un precio a quienes buscan una información determinada con el experto correspondiente. De hecho, la novela resulta tan contenida en lo superficial que acontece casi por entero dentro del apartamento del protagonista (y las pocas veces que se aleja de allí, no lo hace más que a un par de pisos de distancia).

A nivel especulativo, sin embargo, constituye una reflexión en torno al uso y abuso de la información que resulta poco menos que presciente; casi a la altura a este respecto de las grandes obras de John Brunner. Pocas veces tenemos ocasión de leer un libro de hace casi cuarenta años que parece estar diseccionando nuestro presente, avanzando cuestiones como la censura de la información, la creación de fake news, el hackeo a distancia, los electrodomésticos inteligentes… y eso que en 1984 internet consistía en un total de 1000 ordenadores interconectados en todo el mundo.

En el futuro de “ORA:CLE” la Tierra lleva ya cuatro años invadida por los dacs, una poderosa raza alienígena que se dedica a asesinar indiscriminadamente a cualquier humano que se encuentre fuera de su casa, con la impunidad que da el apoyo de cinco gigantescas naves que pueden bombardear desde el espacio cualquier rebelión (aunque sea tan pequeña como utilizar un arma de fuego en contra de los suyos). La mayor parte de los humanos viven por tanto encerrados en sus casas, teletrabajando gracias a una red informática (la palabra internet se había acuñado tan solo tres años antes) y obteniendo alimentos y objetos manufacturados gracias a un transmisor de materia (que no es compatible con la vida). Servicios como la asistencia médica o la vigilancia policial se realizan por medio de dispotivos de telepresencia.

En estas, Ael Elatey, nuestro sinólogo (con un chip insertado en la cabeza que le concede acceso directo a la sede virtual de ORA:CLE), es víctima de una serie de accidentes potencialmente mortales, que pronto se revelan como intentos de asesinato. Pero, ¿por qué? ¿Qué tiene de relevante un estudioso, en una rama decididamente secundaria del saber humano, para merecer tantas molestias? Es una cuestión que se hace todavía más acuciante cuando tirando del hilo sus colegas descubren que alguien parece estar asesinando sistemáticamente a los expertos de ORA:CLE, y no solo a ellos, sino que sus trabajos también están siendo borrados de los archivos públicos. ¿Cuál es el secreto que se quiere mantener a toda costa?

“ORA:CLE” supone un pequeño tour de force con su autoimpuesta limitación de escenario, que a su vez se refleja en una importante contención en el número de personajes. Tenemos a Ael, a su mujer Emde, al refugiado que acogen en su casa y se revela como un habilidoso hacker (más cercano a los verdaderos hackers que nigún cowboy del ciberespacio cyberpunk), algún que otro policía y un puñado de vecinos (sin contar las conexiones virtuales a través de ORA:CLE). Kevin O’Donnell Jr. sabe, sin embargo, trabajar a la perfección con estas restricciones, de modo que en ningún momento se perciben como forzadas, dejando libre el terreno para la esceculación.

Ahí es donde de verdad brilla la novela. Subiendo poco a poco las apuestas, en un mundo que es extraordinariamente dependiente de la información y donde, antes de que nos hayamos podido dar cuenta, nos encontramos en medio de una auténtica revolución política (algo muy, muy por encima de las modestas aspiraciones de Ael… aunque su vena obstinada le obliga a hacer lo correcto, por muy graves que puedan ser las consecuencias).

“ORA:CLE” logra pintar un mundo tan, tan parecido al nuestro en algunos aspectos (más aún en medio de los confinamientos covideros) que resulta fascinante. Es cierto que el nivel de desinformación y censura que muestra resulta casi, casi inocente desde nuestra perspectiva moderna, pero solo el haber podido anticipar todas esas cuestiones décadas antes de que se hicieran relevantes tiene un mérito increíble (e incluso ahora nos pueden ayudar, poniendo frente a nuestros ojos un modelo ligeramente alterado de nuestra cotidianidad, permitiéndonos reevaluarla con nuevos ojos). Si añadimos a esto cierta experimentación estilística (los capítulos comienzan, casi siempre, con una serie de titulares periodísticos a los que conviene prestar atención), tenemos un libro ciertamente notable.

Notable, sí. No sobresaliente. Lo que mantiene a “ORA:CLE” unos pasos por detrás de la Trilogía del desastre o “El jinete en la onda de shock” de Brunner es que no termina de llevar esta especulación sobre la manipulación de la información hasta sus últimas consecuencias y hacia el final pierde un tanto el rumbo, quizás por centrarse en el aspecto menos interesante de la novela (que es la invasión de los dacs). Una resolución decepcionante que no está a la altura del desarrollo precedente y que devalúa un poco la valoración global.

El camino hasta ahí, sin embargo, ha sido extraordinario, y por él merece sobradamente el reconocimiento que se le tiene… al menos por estos lares.

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Misión de gravedad

•abril 6, 2021 • Dejar un comentario

Hal Clement es el autor de ciencia ficción hard prototípico. Comenzó a publicar relatos en Astounding poco antes de graduarse en Astronomía por la Universidad de Harvard, y siguió haciéndolo mientras cursaba su primera master en química. En 1949 serializó en esas mismas páginas su primera novela, “Needle” (“Persecución cósmica”, sobre alienígenas capaces de entrar en simbiosis con los seres humanos), a la que siguió en 1951 “Iceworld” (desde el punto de visto de un alienígena para el que la Tierra es un mundo extraordinariamente frío.

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La novela que cimentó su fama, sin embargo, fue su tercera, “Misión de gravedad” (“Mission of grafity”), serializada entre abril y julio de 1953, que constituye la primera muestra de la gran especiliada de Hal Clement: las aventuras en mundos con condiciones fisicoquímicas extremas. El mundo en cuestión es Mesklin, y se inspiró, de hecho, en un objeto hipotético en el sistema 61 Cygni que posteriormente se probó inexistente. Hacia 1942, las observaciones astronómicas sugerían un tercer astro, de unas dieciséis masas la de Júpiter, cuya extremada velocidad de rotación le otorgaría una forma achatada y una gravedad que oscilaría entre los 3 g en el ecuador (gracias a que la fuerza centrífuga compensaría parcialmente el tirón gravitatorio) y 650 g en los polos (cálculos más refinados le llevaron a concluir que se había equivado y la gravedad polar sería más bien de 200 g).

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En junio de 1953 publicó todo esto como un artículo, “Whirling world”, en las páginas de Astounding, abriendo además el escenario a cualquier escritor con la única condición de que se respetaran (de forma razonable) la ciencia de este mundo de gravedad variable, que es el auténtico protagonista de “Misión de gravedad”. La excusa argumental e centra en la necesidad de montar una expedición de rescate de un cohete científico humano por parte de unos mercaderes oriundos del planeta Mesklin, que son contactados por una expedición humana, cuyo diplomático tan solo puede sobrevivir (y con dificultad, en el ecuador).

Tras unos primeros capítulos que nos sitúan en el planeta y nos presentan a nuestros personajes alienígenas, la novela sigue la expedición del capitán Barlennan y su tripulación por territorios desconocidos a bordo de su lancha modular, llamada Bree, en una suerte de viaje que tiene un poco de expedición comercial de la Era de los Descubrimientos y otro poco de reminiscencias de la Odisea, con cada uno de los obstáculos con que tropiezan requiriendo del ingenio de humanos (que siguen los progresos de sus socios desde la órbita y se comunican con ellos por radio) y mesklintas para ser resuelto. Se trata de incidentes que tienen que ver con dificultades geográficas (un desnivel de unos pocos metros puede suponer todo un desafío a varias decenas de g), o con culturas extrañas que explotan a su modo las peculiaridades de sus respectivas regiones.

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Mientras estos obstáculos ofrecen todo el sentido de maravilla que cualquiera podría pedir (sobre todo en los años cincuenta), como suele ser habitual en Clement los personajes son poco más que arquetipos esquemáticos, con unos mesklintas que, aparte de cierta supuesta fobia a las alturas (que superan con rapidez), piensan exactamente igual que nosotros, pese a ser algo así como cienpiés de cuarenta centímetros con pinzas manipuladoras a ambos extremos del cuerpo. Tampoco la biología reviste mucha relevancia (se me hace difícil imaginar procesos orgánicos básicos funcionales en un rango tan grande de gravedades, o siquiera un proceso evolutivo que permitiera una adaptabilidad tan grande). Lo único que le importa al autor son las condiciones físicas del entorno y cómo una gravedad tan intensa cambia nociones básicas que a menudo damos por sentado y presenta desafíos particulares que resolver… apelando, por supuesto, a la ciencia.

Porque “Misión de gravedad” es sobre todo una celebración del conocimiento científico, y en ese sentido cabe encuadrar una conclusión que cierra satisfactoria (si bien un tanto apresuradamente) una trama que tal vez peca un poco de episódica. Hal Clement tenía mentalidad de científico, y en su pensamiento no hay mayor don que la curiosidad, ni mayor elemento hermanador que el conocimiento. En ese sentido, cabe destacar cómo las relaciones que a menudo se establecen en sus historias entre hombres y alienígenas no son antagónicas. El enemigo es el universo, aunque tal vez llamarlo “enemigo” sea otorgarle intención, cuando se trata más bien de un complejo y fascinante enigma que resolver con ayuda de la ciencia; una aventura no necesariamente para los más fuertes, ni los más rápidos, ni siquiera en realidad para los más astutos, sino para aquellos que demuestren tener una mentalidad más científica.

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La novela sabe cuáles son sus fuertes y no trata de abarcar más. Quizás sus personajes no sean el colmo de la complejidad y la trama sea un tanto básica, y es cierto que en libros posteriores el propio Clement compondría escenarios todavía más extraños (por ejemplo, en “Cerca del punto crítico“, de 1958, perteneciente al mismo ciclo que “Misión de gravedad”); todo eso por no hablar de cómo en 1980 Robert L. Forward elevaría las apuestas con “Huevo del dragón” (que a grandes rasgos constituye una reimaginación de “Misión de gravedad”… extremando aún más las condiciones al acontecer la acción en la superficie de una estrella de neutrones); el caso es que “Misión de gravedad” sigue siendo casi setenta años después igual de disfrutable como juego intelectual y es lo bastante breve como para no hacerse pesado y procurar una lectura ligera. Además, resulta difícil no compartir su mensaje en pro de la ciencia.

Clement regresaría en dos ocasiones a estos personajes. Primero en la novela “Estrella brillante” (1970), que combina personajes humanos de “Cerca del punto crítico” con los mensklitas de “Misión de gravedad”, en una misión conjunta al planeta supergigante Dhrawn. Segundo, en el cuento “Lecture demonstration”, que muestra la forma en que unos estudiantes en Mesklin tienen que hacer uso práctico de los nuevos conocimientos que están adquieriendo para escapar de una situación peligrosa. La ciencia como herramienta para comprender y domar el universo.

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“Misión de gravedad” fue finalista del Premio Internacional de Fantasía en 1955 (por su edición como libro en 1954), perdiendo frente “A mirror for observers”, de Edgar Pangborn; así como del disputadísimo retroHugo de 2004 (para obras publicadas originalmente en 1953), uniéndose así a “Las bóvedas de acero” de Isaac Asimov, “El fin de la infancia” de Arthur C. Clarke y “Más que humano” de Theodore Sturgeon en su derrota frente a “Fahrenheit 451” de Ray Brabury… casi nada.

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El otro

•marzo 31, 2021 • Dejar un comentario

La transformación del terror en un género superventas entre finales de los sesenta y principios de los setenta se verificó en tres pasos, por mediación de tres novelas que fueron además prontamente adaptadas al cine, con lo que alcanzaron un público mucho mayor. La primera de ellas fue “El bebé de Rosemary” (Ira Levin, 1967), adaptada en 1968 por Roman Polansky como “La semilla del diablo” (como se rebautizó en español). En 1971 William Peter Blaty publicó “El exorcista“, adaptada por William Friedkin en 1973 en lo que aún hoy es la novena película más taquillera de la historia ajustada a la inflación. De ese mismo año es “El otro” (“The other”), de Thomas Tryon, que comparte con las otras dos novelas el impacto en la creación del terror bestseller, aunque su adaptación de 1972 (dirigida por Robert Mulligan) pasó prácticamente desapercibida (aunque ha alcanzado con el tiempo cierto reconocimiento crítico).

Tom Tryon era un actor de cine y televisión de segunda fila, famoso sobre todo por su participación en series de televisión del oeste, aunque llegó a estar nominado a los Globos de Oro por “El cardenal”, de Otto Preminger. La mala experiencia con el director y su estancamiento en películas de televisión hicieron que se desengañara con la actuación y optara en 1969 por cambiar de carrera y convertirse en escritor. Las dudas que esta decisión hubiera podido levantar se disiparon rápidamente gracias al éxito de crítica y público de su primera novela, que fue precisamente “El otro”, definida a menudo como thriller psicológico (aunque presenta un pequeño atisvo de elemento sobrenatural), inspirada precisamente en el éxito de “El bebé de Rosemary”.

La novela narra el verano de 1936 de Niles Perry, un niño cuyo padre ha fallecido recientemente, con un hermano gemelo, Holland, que es el alma (un tanto siniestra) del dúo. A lo largo de ese verano, la tragedia parece cebarse en la familia Perry y en otros habitantes del tranquilo pueblo de Connecticut de cuya sociedad son miembros relevantes, con todos los indicios apuntando al descarriado Holland como, cuando menos, catalizador de todo ese infortunio. La realidad, sin embargo, es un poco más complicada.

Con pequeños (y un tanto accesorios) elementos sobrenaturales, “El otro” juega sobre todo al contraste entre la inocencia aparente (de los protagonistas, del entorno semi rural, incluso de esos idealizados años prebélicos) y la oscuridad subyacente. Es un horror que ya estaba ahí, aunque enmascarado por el recuerdo bucólico (o por la despreocupación de la niñez). A este respecto, es de destacar, como elemento que posiblemente impactó al propio autor, de diez años en aquella época, el publicitado juicio y posterior ejecución del secuestrador y asesino del hijo de los Lindbergh, tema al que se alude específicamente en numerosas ocasiones durante la narración. De igual modo, la simpatía con que trata a los ancestros rusos de Niles (la abuela es una inmigrante rusa) supondría en 1971, en medio de la Guerra Fría, una nota disonante.

El tema del doble o gemelo maligno es recurrente en el género. El romanticismo introdujo el arquetipo del doppelgangër (en obras como “Los elixires del diablo”, de E.T.A. Hoffman), y Thomas Tryon lo explota conscientemente, aunque al mismo tiempo busca subvertirlo, de un modo que posiblemente fue más impactante en 1971 de lo que lo es ahora, cuando el giro dramático que lo sostiene todo difícilmente puede pillarnos tan por sorpresa. A este mismo respecto, aunque el último acto de la novela cumple con todas las expectativas, los dos primeros resultan tal vez demasiado tímidos para los parámetros actuales en su construcción de la tensión.

El terror se ha ido haciendo más explícito, y siendo el tema de la ruptura de la inocencia de la infancia en cierto modo recurrente en el género (lo encontramos en obras como “It” o “El cuerpo” de Stephen King, en “Muerte al alba” de Robert McCammon o, de un modo todavía más explícito, en “La chica de al lado”, de Jack Ketchum), “El otro” se ha ido quedando en una especie de tierra de nadie. Es posible, de hecho, que hoy en día sea una lectura más recomendable para quienes no sean habituales del género que para los aficionados al terror.

La influencia que ejerció Thomas Tryon en la siguiente generación de autores de terror es innegable (y Stephen King, por ejemplo, la ha reconocido de forma no solo explícita, sino entusiasta), pero quizás su legado sea más palpable en el thriller psicológico, por su tratamiento del trastorno mental, que pavimentaría el camino para muchos títulos posteriores que juegan igualmente con el recurso del narrador no fiable. Eso sí, tal vez Tryon haga un poco de trampa para mantener su secreto, con perspectivas tan forzadas que leyéndolas se hace evidente que esconden algo. Pese a ello, el giro no es ni mucho menos el más forzado con el que me he encontrado en este tipo de historia. Quizás esos leves elementos fantásticos (un juego de identificación al que se entrega con su abuela), cercanos al realismo mágico, y de los que al contrario que muchas obras actuales no reniega en la conclusión, ayudan a venderlo.

Aunque fue el propio Tryon el autor del guion de la adaptación cinematográfica, se mostró descontento con el resultado final. Su siguiente novela, “La fiesta de la siega” (1973), exploró el escenario que luego se haría recurrente dentro del género del terror de los cultos rurales paganos (a la estela de “Ritual”, de David Pinner, de 1967, que ese mismo año sería reformulada como la película de terror “El hombre de mimbre”, que constituye la auténtica piedra fundacional del subgénero), pero a partir de ahí se alejó del fantástico, retornando a él únicamente con su última novela, la póstuma “Night magic” (1995), sobre el aprendiz de un mago en el Nueva York contemporáneo. Ninguna de las dos cuenta con el mismo reconocimiento que “El otro”.

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Las babosas (Slugs)

•marzo 12, 2021 • Dejar un comentario

Shaun Hutson es otro de entre la nutrida generación de autores británicos de terror que se sumaron al género a finales de los setenta, principios de los ochenta, con más entusiasmo y atrevimiento que dotes narrativas, a la estela de la transformación del género en generador de bestsellers gracias a títulos como “La semilla del diablo” o “El exorcista“.

Su fórmula, sin embargo, es más cercana a la de Richard Laymon que, pongamos por caso, a la de Stephen King: violencia muy gráfica, algo de sexo para especiar la mezcla y, sobre todo, un ritmo muy, muy vivaz, sin conceder un segundo de respiro. Las virguerías literarias las deja para otros. Su producción es carnaza pura y dura, y lo sabía ya desde su primera novela, “The skull” (1982), una tópica historia de monstruo-devuelto-a-la-vida que lo situó de inmediato en lo más alto de las listas de ventas en un momento en el que los lectores británicos, al parecer, buscaban desesperadamente ese tipo de entretenimiento, no muy distinto de cualquier película de terror de serie B (o menos) de la época.

El éxito de verdad, sin embargo, le llegó con su segunda novela, que a la postre se convertiría también en la más famosa, “Las babosas” (“Slugs”, 1982), un título directamente inspirado en “Las ratas“, de James Herbert (1974), hasta el punto de repetir casi punto por punto su planteamiento e incluso estructura, limitándose a sustituir la plaga epónima por la de algún bicho que aún no hubiera sido explotado. A este respecto, antes de continuar conviene que nos detengamos un momento en trazar la genealogía de esta progenie de historias con bichos… que de hecho se remonta a antes de que estallara la locura por el terror literario, pues cabe trazar sus orígenes hasta al menos “The year of the angry rabbit”, de Russell Braddon (1964).

En dicha novela, el australiano Braddon imaginaba una raza de conejos gigantes mutantes que son utilizados por el gobierno de su país como arma secreta para dominar el mundo. Se trata de una historia con altas dosis de comedia que explotaba de forma irónica lo ridículo de su planteamiento… y que, sin embargo, cuando fue adaptada en 1972 al cine (como “La larga noche de la furia” o “The night of the lepus”), se transformó ya en una obra cien por cien de terror (en el ínterin, “La semilla del diablo” había roto récords). A partir de ahí, en 1974 se abrieron dos caminos: por un lado, el más cercano al bestseller de intriga, asimilable en cierta forma el techno-thriller que empezaba a configurarse por aquellas fechas, con títulos como “Tiburón” de Peter Benchley o “El enjambre” de Arthur Herzog; por otro, esa entrega total a la exageración encarnada en “Las ratas” de Herbert, cuyo éxito en el Reino Unido abrió una senda por la que se colaron desvergonzadamente escritores como Guy N. Smith (“The night of the crabs”, 1976) y, bueno, Shaun Hutson y sus babosas.

La adscripción a la fórmula roedora es tan, tan fiel que un poco más y podría ser objeto de denuncia por plagio. Así, tenemos como estrellas de la función a nuestros pequeños antropófagos babeantes, un protagonista escogido más o menos al azar (el inspector de sanidad Mike Brady), un cierto número de personajes-kleenex de usar y tirar (para ser presentados y morir en el mismo capítulo, de una forma lo más gráfica posible, casi siempre justo después o incluso durante el acto sexual, por eso de subir un poco la temperatura de la historia), un par vagos intentos por solucionar la situación aplicando métodos relativamente tradicionales y un final consistente en atraer y destruir la plaga del modo más explosivo posible (junto con la típica coda que planta al menos la semilla para una posible secuela).

Eso es todo. No hace falta complicarse más, y lo cierto es que cumple su propósito. Si te pones a leer una historia sobre babosas asesinas, no es muy probable que estés buscando introspección psicológica. ¿Quiere eso decir que “Las babosas” es una buena novela? ¡Ni por asomo! Por desgracia, a nivel descriptivo es tan pobre (y eso que las traducciones “mejoran” el original, a veces de formas un poco creativas, como cuando en la de Ediciones B se ponen a parafrasear “Don Juan Tenorio”) que las escenas con los gasterópodos titulares más que horror acaban inspirando un poco de tedio y, en cualquier caso, terminan disparando por pura ineptitud narrativa una incredulidad que no hay suspensión voluntaria que la mantenga a raya. No es que se trate de babosas antropófagas, es que poco menos que actúan con la voracidad y rapidez de pirañas… las de la película de 1978, no los auténticos peces amazónicos, que son relativamente inofensivos.

Entre eso y las prisas por acabar, “Las babosas” se erige en una novela tan olvidable que los detalles empiezan a difuminarse apenas cerrado el libro. Es decir, en terror no se puede ser mucho más básico… pero a veces eso es todo lo que le pides a un libro, y en esas ocasiones lo último que deseas son ínfulas literarias que se inmiscuyan en el festival de viscosidad, gore y (algo de) sexo en el que quieres perderte un ratito.

Tal y como insinúa, en 1985 (tras haber escrito la novelización británica de “Terminator”), Shaun Hutson presentó su secuela directa, “Breeding ground”, donde lleva sus babosas a Londres, un escenario con más empaque que la pequeña ciudad de Merton donde transcurre la acción de la fundadora. En esa novela, al parecer, explota una de las posibilidades más intrigantes de su creación, el que la baba de sus viscosas sabandijas tenga unos llamativos efectos psicóticos en la mente humana (algo que en “Las babosas” abandona tras el capítulo de rigor, ansioso por juguetear con la siguiente idea grotesca).

Por añadidura, en 1988 la novela fue objeto de adaptación cinematográfica: la coproducción hispano-estadounidense “Slugs, muerte viscosa”, de Juan Piquer Simón (que por alguna razón inexplicable aún no he visto; tendré que ponerle remedio a eso).

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La música de los vampiros / El alma del vampiro

•marzo 8, 2021 • Dejar un comentario

Poppy Z. Brite irrumpió muy joven en el mundo del terror, convirtiéndose casi de inmediato en una de las más prometedoras nuevas voces del género, en su vertiente gótica (y más específicamente, southern gothic, pues su localización favorita es la ciudad de Nueva Orleans). Este impacto no hizo sino crecer con la publicación de sus primeras novelas en los años 90, empezando en 1992 con la que nos ocupa, “Lost souls” (traducida primero como “La música de los vampiros” y más tarde como “El alma del vampiro”), y siguiendo con una suerte de semi secuela, “Trazos de sangre” (1993), y la todavía más extrema “El arte más íntimo” (1996). Desde entonces, sin embargo, dentro del terror propiamente dicho solo ha publicado una novela en el universo de “El cuervo”, “The lazarus heart” (1999), que sirvió de inspiración para la tercera película de la saga, pues a partir del año 2000 se pasó a la comedia negra (ambientada a menudo en el mundo de la restauración de Nueva Orleans).

Otra característica importante de su producción consiste en el protagonismo que adquieren personajes homosexuales, bisexuales o de sexualidad ambigua. Desde muy joven, Poppy Z. Brite (nacido Melissan Ann Brite), se identificó como un hombre gay en un cuerpo femenino, aunque solo a partir de 2010 inició el proceso de reasignación de sexo que le ha llevado a adoptar el nombre de Billy Martin (aunque no reniega, para corpus literario, del seudónimo con que se dio a conocer). Todo esto lo estoy contando ahora porque es fundamental para contextualizar y realizar una exégesis de “El alma del vampiro”, auque no sea necesario para disfrutarla, porque independientemente de estas cuestiones, es una de las mejores novelas del género. Aquí en Rescepto, sin embargo, siempre me gusta profundizar un poco más en lo que subyace a las obras.

Vampiros, Nueva Orleans, ambigüedad sexual y moral… No eran temas nuevos. Desde unos cuantos años antes, Anne Rice ya los abordaba en su serie de las Crónicas Vampíricas (iniciada con “Entrevista con el vampiro” en 1976, pero reformulada de verdad en 1985 tras “Lestat el vampiro”). El estilo de Brite, sin embargo, al contrario de lo que ocurre con Rice (y, más tarde, de un modo tovadía más patente, lo que adoptarían las autoras de romance paranormal), es sincera y genuinamente terrorífico. No hay idealización del vampirismo, ni exactamente una fascinación idealizadora, tal vez porque la perspectiva de Brite es más ambigua. En “El alma del vampiro” el tema central es una crisis identitaria, y al igual que ya hiciera un poco antes Clive Barker con “Cabal” (1988), esa ambigüedad, ese conflicto interno, se manifiesta como monstruosidad… dependiente, eso sí, del punto de vista.

“El alma del vampiro”, estrictamente hablando, es una novela coral, con un protagonismo que podríamos definir generosamente como difuso. El corazón de la novela, sin embargo, lo constituye Nada, un joven de catorce años, híbrido de humano y vampiro, que se enfrenta a una profunda crisis de identidad tras escapar de una casa y una vida adoptivas en las que nunca se ha sentido cómodo. Otros fragmentos del tapiz se nos presentan desde la perspectiva de Christian, un vampiro que lleva más de trescientos cincuenta años viviendo en el mundo; Steve y Fantasma, dos amigos de infancia, integrantes del grupo indie Lost Souls? y protagonistas recurrentes del autor; y, finalmente, el grupo de vampiros nómadas liderados por el violento Zillah (además de fragmentos relatados desde quizás una media docena de perspectivas adicionales diferentes; en este aspecto, la novela es un poco inconsistente).

Una cosa que conviene recalcar desde el principio es que los vampiros en el mundo de Poppy Z. Brite no se hacen, sino que nacen. Son una especie (o varias) aparte, que convive con los humanos, alimentándose de ellos. Nacen, además, mediante un acto de violencia, matando a sus madres en el proceso. Esto es lo que le ocurrió a la de Nada, fecundada por Zillah en la casa de Christian, encima del bar que este regenta en Nueva Orleans. Recién nacido (sin que su padre sepa de su existencia), es abandonado por Christian en una casa de un pueblo lejano, y allí, adoptado en secreto por la pareja residente, vive sus siguientes catorce años, sintiéndose progresivamente más y más alienado, hasta que decide finalmente huir hacia el sur, hacia Missing Mile, el pueblo natal de la banda de rock gótico que lo tiene fascinado.

Da la casualidad de que por el camino es recogido por una furgoneta en la que Zillah y sus dos compinches, Molochai y Twig, se mueven por el mundo, regresando hacia Nueva Orleans para ver de nuevo a Christian… que precisamente ha tenido que abandonar su bar por las repercusiones de lo acontecido allí en su última visita… acabando como camamero en el Tejo Sagrado, el bar de ambiente gótico/siniestro de Missin Mile donde tocan a menudo Lost Souls?

Sí, las coincidencias que se van acumulando resultan poco menos que increíbles, y la trama avanza de un modo un tanto errático, pero todo eso no importa, porque se entiende como un peaje necesario para narrar la historia de la toma de conciencia de su identidad por parte de Nada y de los conflictos que ello le supone. En cierto sentido, “El alma del vampiro” es una bildungsroman, una novela de maduración; aunque en su caso, por su especial naturaleza, es una maduración moralmente… complicada.

Como ya adelantaba, la visión de Poppy Z. Brite del vampirismo no tiene mucho de idealizada. Sus vampiros son sobrehumanos, no solo de forma literal, sino en el sentido nihilista del termino, y por ello mismo su moralidad es también la de un übermensch nietzschiano. Matar no les causa a lo sumo más que una efímera diversión, y en su compañía Nada termina abrazando esa despreocupación. Por fortuna, además, Brite no utiliza el vampirismo como una suerte de pantalla para sublimar la represión sexual (algo muy, muy habitual en el romance paranormal posterior). Sus vampiros no solo son intensamente sexuales, sino que no respetan ningún tipo de tabú humano. Bisexualidad, por supuesto, pero también pederastia (Nada, después de todo, pese a sus experiencias anteriores, sigue siendo un niño de catorce años), incesto… nada les está prohibido por imposiciones externas. Una libertad absoluta, tan monstruosa como oscuramente atractiva, a la que Nada se entrega con el abandono de quien no tiene en realidad control alguno sobre su vida.

Todas estas ambigüedades hacen de “Almas perdidas” un libro fascinante. Tal vez más incluso por la ausencia de un propósito claro y definido. El caos se apropia de la narración, que avanza de escena perturbadora en escena perturbadora, sustentada en la fuerza de sus personajes (Fantasma, Nada, Christian…), con un sentimiento premonitorio de inevitabilidad que nos permite perdonarle incluso ese abuso de las coincidencias que sigue siendo una seña característica, más todavía porque, sobre todo, es una novela que se percibe sincera.

Se enraíza claramente en conflictos internos así de ambiguos y caóticos, y resulta interesante comprobar cómo el terror es el vehículo perfecto para plasmarlos metafóricamente. No estoy familiarizado con mucho de lo que describe, e incluso en ocasiones no puedo estar más alejado de todo ello (de esa subcultura gótica de la que se nutre, por ejemplo), pero pese a todo, leyendo la novela, siento que puedo empatizar con los personajes y que los entiendo a un nivel quizás subconsciente, y eso es algo muy meritorio y que eleva la novela, a mi entender, a la categoría de imprescindible.

Habría mucho más que rascar. Hay, por ejemplo, una posible sublectura que involucra las diferencias generacionales entre los vampiros (de 300, 100 y 14 años), que a su vez podría reflejar diferencias generacionales en la comunidad LGBT (con Christian representando quizás la actitud más disimuladora previa a los disturbios de Stonewall en 1969 y el arranque del movimiento del Orgullo Gay, mientras que Nada es claramente un producto de los noventa). Luego tenemos la magia de Fantasma, que apenas comienza a explorarse y que tiene mucho que ver con la magia de Nueva Orleans en su conjunto; la relación entre Steve y Fantasma (que culmina en un relato posterior); los apenas insinuados vampiros que se alimentan no de sangre, sino de belleza… Capas sobre capas que podrían convertir esta reseña en un texto interminable.

Baste con lo dicho para dejar claro que recomiendo encarecidamente “Lost souls”, sobre todo para quienes ya habían echado la toalla con respecto a la representación habitual del vampiro dentro del southern gothic/romance paranormal. Aquí tenéis los mismos elementos, pero plasmados con total sinceridad y mediante un horror tan genuino como descarnado, y si os apetece profundizar algo más en el sustrato referencial de la obra y en esos paralelismos entre el vampirismo y la identidad sexual en una sociedad en evolución pero todavía hostil a la diversidad, difícilmente podréis encontrar una novela mejor.

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The light is the darkness

•marzo 2, 2021 • Dejar un comentario

Laird Barron es uno de los más destacados autores de terror actuales, con una propuesta que busca recuperar el horror cósmico lovecraftiano y una sensibilidad pulp, pero con un estilo que más allá de constituir una mera copia del antiguo, busca modernizarlo con una sensibilidad poética moderna.

La poesía, de hecho, constituyó la primera actividad literaria de Barron, tras mudarse a Nueva York en 1994 desde su Alaska natal. No fue sino hasta 2001 que empezó a publicar sus relatos de terror, sobre todo en The Magazine of Fantasy & Science Fiction. Esta actividad fructificó en su primera antología, “The Imago Sequence & other stories” (2007), que le valió el premio Shirley Jackson. Cuatro años después apareció su primera novela (una obra breve, muy poco por encima de la longitud de novela corta), “The light is the darkness” (2011), que ahondó en las características y temas presentados en sus relatos.

El protagonista de la novela es Conrad, un luchador perteneciente a una red secreta internacional que organiza combates a muerte entre hombres y entre hombres y bestias para deleite de los obscenamente ricos. Pero Conrad es mucho más que un simple gladiador moderno. Sus dotes no tan naturales le convierten en poco menos que un reflejo oscuro de Doc Savage, con una mente (supuestamente) a la altura de sus extraordinarias dotes físicas, que pone al servicio de la búsqueda de Imogen, su hermana desaparecida cuando ella misma se hallaba embarcada en una misión de venganza contra el mefistofélico doctor Drake, responsable de la muerte treinta años atrás del hermano mayor de ambos.

Las resonancias pulp son intensas en “The light is the darkness”. El doctor Drake es una figura Fu manchunesca; la mente maestra maligna que mueve desde las sombras los hilos del destino ya no solo del protagonista, sino quizás incluso de la humanidad misma. Porque si algo hay en esta novela son círculos dentro de círculos. La red de peleas clandestina no es más que el nivel más superficial de confabulaciones, apenas una tapadera para un juego de poder que convertiría a los superricos participantes en menos que comparsas, simples marionetas de fuerzas oscuras cuya existencia ni siquiera sospechan (y que a su vez, se insinúa, no son sino pececillos inofensivos en un mar mucho más tenebroso de lo que podemos siquiera imaginar).

La referencia nada sutil a “El corazón de las tinieblas” no es gratuita. “The light is the darkness” es la historia de un viaje al núcleo de la maldad, en el transcurso del cual Conrad va profundizando, y el lector con él, en esos horrores subyacentes a nuestro mundo. La iluminación tan solo nos desvela el auténtico alcance de la oscuridad que nos rodea. Barron captura así a la perfección el espíritu lovecraftiano del horror cósmico, enmarcado en una búsqueda que entrelaza los motivos personales con un más arquetípico anhelo por la inmortalidad. El personaje es, sin embargo, tremendamente pasivo. Deja que le ocurran cosas. En ningún momento da la impresión de estar al mando de lo que le ocurre (lo que, en cierto modo, concuerda con la idea de la insignificancia del ser humano; aunque eso no lo hace precisamente un buen protagonista).

La lectura supone una experiencia interesante, aunque a la postre no deja de primar en exceso el estilo sobre la sustancia. La trama en sí es de lo más simple, con una serie de revelaciones que llegan con excesiva facilidad y desembocan en un clímax final potente en lo descriptivo, pero bastante parco por lo que se refiere a llegar a conclusiones o incluso a cerrar los hilos narrativos. Por en medio, Barron ha ido sembrando ideas y obsesiones potentes, que posiblemente desarrolla más en sus cuentos, como la de la transformación (con Conrad convertido en un imago de algo… distinto) o una idea que se repite una y otra vez sin llegar a nada en concreto: la naturaleza circular del tiempo.

Al final, me da la impresión de que Laird Barron está demasiado volcado en los aspectos formales y evocativos de la historia para provocar auténtico miedo. Aunque renovado en lo estilístico, su horror cósmico sigue dependiendo de la voluntad del lector para aceptar la insignificancia en base a insinuaciones y miradas de reojo hacia un inefable Horror con mayúsculas. Por añadidura, en todo este propósito, interfiere además la naturaleza sobrehumana de Conrad, por quien nunca llegamos realmente a temer (y por quien nunca llegamos realmente a sentirnos identificados). Al no ser completamente humano, no es un buen representante de la humanidad en el conflicto, y eso, como lectores, nos mantiene al margen, como meros testigos de un enfrentamiento que no nos concierne (más allá de constituir parte integrante de la chusma ignorante y pasiva).

Quizás hay historias que funcionan mejor como obras breves, y pese a su limitada longitud “The light is the darkness” acaba ofreciendo menos de lo que debería para justificar sus páginas. Lo que aporta, sin embargo, es una propuesta estilística renovada para revitalizar modelos que habían quedado fosilizados en los (escasos) requerimientos literarios del pulp clásico, demostrando que es posible explorar esas mismas historias sin necesidad de replicar los modelos léxicos y gramaticales de hace casi un siglo. Eso, por si solo, aun si la novela no presentara escenas y pasajes evocativos, bastaría para justificar sobradamente su existencia. Tan solo necesita echar en la próxima ocasión un poco más de carne al asador.

 
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