Reconquistar Plenty

•julio 6, 2020 • 2 comentarios

En 1990 el escritor británico Colin Greenland obtuvo el mayor reconocimiento de su carrera con “Reconquistar Plenty” (“Take back Plenty”), una novela que le llevó a ganar tanto el premio Arthur C. Clarke como el BSFA (por delante, nada menos, de “La máquina diferencial” de Gibson y Sterling, “Hyperion” de Dan Simmons y “El uso de las armas” de Iain Banks), mientras que los EE.UU. fue finalista un par de años después del Philip K. Dick.

Lo cierto es que este grado de entusiasmo (británico) solo se explica como parte de una conversación en torno a la New Wave (británica), que fue el objeto de la tesis doctoral de Greenland y que en 1983 produjo el libro de ensayo “The Enthropy Exhibition”. Para 1990 aquel movimiento era ya parte del pasado, aunque su influencia seguía estando muy presente, empujando el género hacia un estilo más literario, quizás no tan experimental en lo formal, pero sí con mayores aspiraciones de un reconocimiento que, de hecho, le había sido esquivo a los grandes títulos de la New Wave (por las repetidas controversias en las que se había visto envuelta New Worlds, la publicación señera de la época).

La gran corriente en auge en las islas británicas era la de la nueva space opera, con elementos hard y sociológicos, abanderada por Iain Banks, que inició la serie de la Cultura en 1987 con “Pensad en Flebas“, aunque el estilo se desarrollaría y crecería sobre todo durante los años noventa. “Reconquistar Plenty” supuso un contrapunto al estilo de Banks, pues abogó no tanto por la exploración de nuevos escenarios como por la revisión de algunos de los más clásicos de la ciencia ficción, pasados, eso sí, por el filtro literario dejado por la New Wave. En otras palabras, “Reconquistar Plenty” recupera el Sistema Solar pulp, con su anciano Marte cruzado por canales de agua y su Venus selvático, y recupera así mismo el sentido aventurero de la Edad de Oro, con sus intrigas espaciales, sus alienígenas pintorescos y su acción trepidante… pero lo hace prestando especial atención al estilo.

La novela nos cuenta los problemas en los que se mete la capitana Tabitha Jute y su carguero de clase Bergen Kobold, la Alice Liddell, cuando acepta casi a la fuerza el encargo de Marco Metz y su grupo circense, Contrabando, de llevar hasta Titán un misterioso cargamento que han de subir a la nave en Plenty, la antigua estación de los frasques. Pero para explicar quiénes son los frasques hay que remontarse a unos años atrás, cuando los capellanos contactaron con la humanidad y les hicieron el regalo del impulsor espacial… al tiempo que imponían sobre ella una limitación de uso que se extiende tan solo hasta la órbita de Plutón.

Tras el contacto, multitud de especies alienígenas entraron en el Sistema Solar, incluyendo a los burocrácticos eladeldi (que son los encargados de implementar las políticas capellanas) y a los misteriosos frasques, quienes tras gozar de cierta libertad inicial acaban siendo exterminados bajo la acusación de estar desarrollando un plan a largo plazo para adueñarse de la Tierra y esclavizar a la humanidad.

El grueso de la historia lo constituye la narración de las vicisitudes de la Alice Liddell, rebotando de huida en huida por todo el Sistema Solar, mientras Marco Metz y sus troupe (los hermanos Zodiaco, el loro alienígena Tal y el transhumano querubín Xtasca… sin olvidar a Hanna, su jefa muerta y crioconservada en Plenty) no dejan de cambiar su versión sobre lo que están transportando realmente. Sea lo que sea, lo cierto es que parece llamar la atención de fuerzas poderosas (que, de algún modo, no dejan de localizarlos en los momentos más inconvenientes).

Intercalados con estos segmentos tenemos fragmentos de conversación entre Tabitha Jute y la personalidad de la Alice Liddell, donde se nos va poniendo al día acerca de la experiencia vital previa de la capitana, desde sus inicios en la Luna (alguien tiene que nacer allí), pasando por las distintas etapas de su carrera profesional hasta lograr su propia nave, e incluyendo episodios coloridos como la boda/protesta/orgía alienígena a la que asiste. De largo, la porción más interesante del libro… y en ocasiones lo único que me ha permitido seguir avanzando por la trama principal.

Porque lo siento, pero no he conseguido pillarle la gracia a la novela. Al principio la calidad literaria me bastaba (aunque sospecho que hay buena parte de la misma que se pierde con la traducción, porque no encuentro por ningún lado la “poesía” que defienden las críticas anglosajonas), pero a medida que se iba desarrollando la historia y descubría que Tabitha Jute carece por completo de agencia (todo le ocurre a ella, pero dejándose llevar por las circunstancias, sin tomar ninguna decisión), y que la sucesión de eventos es poco menos que aleatoria (incluyendo un muy conveniente accidente que fuerza hasta el punto de ruptura toda coherencia lógica), mi interés fue decayendo, y lo único que deseaba es que todo terminara de una vez (con un deus ex machina, por supuesto, no podía ser de otra forma).

“Recuperar Plenty” pretende eso mismo, recuperarlo todo; la fascinación por lo exótico de la ciencia ficción temprana, los escenarios pintorescos, los alienígenas fascinantes (y arquetípicos), hibridándolo todo con una sensibilidad propia de la New Wave en su alternancia de estilos (e incluso en la plasmación, un tanto forzada e innecesaria, todo hay que decirlo, de la sexualidad de su protagonista; pareciera que está ahí simplemente para cumplir cuotas de newaveridad) pero para mí gusto se olvida de armar con un poco más de coherencia la historia. Simplemente, no es lo bastante deslumbrante como para hacerme obviar que a nivel de trama tiene la profundidad de un charco. 

De la misma época más o menos, y a mi entender mucho más exitosa en su hibridación, tuvimos también “Las estaciones de la marea“, de Michael Swanwick, que intentó contar una historia cyberpunk con herramientas narrativas tomadas de la New Wave. Tal vez tratar de entremezclar space opera pulp y New Wave fue tensar demasiado el juego de opuestos, porque ese tipo de space opera exige casi superficialidad, ya no solo referencial, sino también estilística, y, de hecho, en estos momentos, es algo que se está cultivando con éxito en las islas británica, al menos si he de guiarme por el ejemplo de “Embers of war“, de Gareth Powell (también ganadora del BSFA).

Por casualidad estuve leyendo ambas en paralelo (una en físico y la otra en digital), y no pude dejar de percibir las similitudes entre ambas. La más moderna no se retrotrae hasta un escenario pulp y, de hecho, toma elementos de la space opera hard de Banks, pero su inclinación hacia la aventura ligera, su desprecio por las justificaciones científicas y su aversión a intentar desarrollar cualquier tipo de reflexión ulterior es muy similar. Se diferencian principalmente en que ese ánimo literario que caracteriza “Recuperar Plenty” está ausente por completo en la obra de Powell, que opta por un estilo de lo más simple y funcional.

Se diría que, a la larga, aunque Iain Banks y su Cultura marcaron el camino durante muchos años, es el modelo nostálgico, exótico y ligero de Greenland el que está recuperando terreno.

Colin Greenland expandió la historia de Tabitha Jute y Plenty a lo largo de otros tres libros, las novelas “Seasons of Plenty” (1995) y “Mother of Plenty” (1998), así como la antología “The Plenty Principle” (1997), aunque ninguna de ellas ha registrado el mismo impacto que el título inicial.

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Embers of war

•junio 28, 2020 • Dejar un comentario

Gareth L. Powell es un autor británico que alcanzó el reconocimiento en 2012 con la publicación de “Ack-Ack macaque”, una suerte de postcyberpunk, con elementos de historia alternativa, inspirado en un premiado cuento publicado originalmente en 2008 en Interzone, que se alzó al año siguiente con el prestigioso premio BSFA. Tras dos secuelas, en 2018 cambió de tercio, dando inicio a una trilogía de space opera que se inició con “Embers of war”, y de nuevo se vio recompensado con el BSFA (en competencia, por ejemplo, con “Rosalera“, de Tade Thompson), lo que lo sitúa en un muy selecto grupo de múltiples galardonados con el premio de la Asociación Británica de Ciencia Ficción.

“Embers of war” tiene todos los ingredientes propios de la space opera contemporánea, que se orienta más hacia la aventura que hacia la especulación (aunque recoge elementos, como las naves sintientes, introducidos en décadas previas, dentro de la tradición británica, sobre todo por Iain Banks). Lo que la distingue de esfuerzos similares en los años ochenta y noventa, aparte de una huida bastante acusada de todo cuanto pueda sonar a explicación científica (los viajes subespaciales, por ejemplo, son y punto, y si en ese subespacio las comunicaciones instantáneas están permitidas… pues eso es lo que hay), son los personajes protagonistas, básicamente un grupo de humanos (hay un alienígena, pero apenas tiene relevancia en la trama) rotos por la guerra, que se esfuerzan por cambiar su destino y expiar las culpas del pasado.

Como punto fuerte de este enfoque, estaría la noción de que la propia IA de la nave, la Trouble Dog, replica este patrón tras una atrocidad que se vio obligada a perpetrar durante la pasada Guerra del Archipiélago siguiendo las órdenes de su comandante en jefe (que a su vez acata las instrucciones del alto mando). Una nave de guerra, reconvertida para misiones de ayuda humanitaria bajo la bandera neutral de la Casa de Reclamación, aporta un giro interesante al viejo cliché del soldado desechado que aprende a luchar por una causa justa. Por desgracia, esta intención se queda en la superficie, pues Trouble Dog presenta posiblemente la personalidad más anodina de toda la novela (cuando leí la sinopsis, me esperaba algún tipo de estrés postraumático de su parte, pero no, eso está reservado para otro personaje).

La trama gira en torno a una misión de rescate, acometida justo después de una pifia que ha provocado la muerte del médico de a bordo. La capitana Sal Konstanz (descendiente directa de la fundadora de la Casa de Reclamación) comanda así la que puede ser su último encargo, respondiendo a la llamada de socorro de una nave de pasajeros atacada en un sistema solar caracterizado por la presencia de varias esculturas alienígenas de tamaño planetario. Bajo su mando, una antigua soldado, un nuevo médico inexperto (hasta extremos ridículos) y un mecánico alienígena sin apenas relevancia en la trama. Por el camino, además, recogen como pasajeros a un par de espías, de bandos opuestos en el conflicto, interesados en investigar el accidente y salvar la vida de una pasajera en concreto.

La narración se organiza en capítulos que asumen distintos puntos de vista, el de la Trouble Dog, el de su capitana, el de la pasajera misteriosa, el de uno de los espías y, por último, el de Nod, el alienígena (obsesionado únicamente con cuidar de la nave, mediante un vínculo casi religioso). Por desgracia, la voz narrativa apenas varía de uno a otro (con la excepción de Nod, cuyos capítulos son flujos de conciencia breves y simplones), así que el artificio queda más como una forma de ofrecernos puntos de vista móviles para abarcar cada una de las líneas narrativas (algo especialmente importante con Ona Sudak, la pasajera a la que todo el mundo busca, que oculta un secreto… que acaba desperdiciándose en una revelación prematura), que como una exploración seria de la psicología de cada uno de ellos. Hasta la IA de la nave se percibe como increíblemente plana (después de todo, se formó mediante el cultivo de células cerebrales humanas y caninas, así que tampoco es como si tuviera que pensar de un modo muy distinto, ¿verdad?).

Lo que menos me ha atraído, sin embargo, es el enfoque.

La space opera siempre ha sido, desde los orígenes mismos de la ciencia ficción, un género preocupado por mostrar las esperanzas de los lectores. En la Edad de Oro, esas esperanzas tenían que ver con las fronteras que la ciencia prometía romper, aunque con el paso de los años y las decepciones que se fueron acumulando (esa maldita física que limita brutalmente nuestro radio de acción), la space opera fue desligándose cada vez más de los aspectos científicos y fue derivando hacia una fantasía de ambientación futurista, en la que se asumía más o menos de forma tácita la imposibilidad de lo narrado.

Ello no es óbice, sin embargo, para dejar de explorar esperanzas y temores, y así (dejando de lado el subgénero puramente militarista) la space opera se hizo política, generalmente de izquierdas (“El torreón del cosmonauta“), aunque también hay ejemplos de space opera políticamente conservadora (“La caída del dragón“); se hizo feminista (“Una campaña civil“), se hizo nostálgica (“Titán“), se hizo confortadora (“Última misión Margolia“) y, por último, se hizo social. Hoy en día, buena parte de la space opera contemporánea plasma la materialización de aspiraciones de índole social. No es tanto que el futuro descrito sea utópico, como que los personajes protagonistas representan ese ideal, en medio de un escenario que todavía ha de evolucionar de acorde con esos principios (aunque ya está en camino).

En “Embers of war” tenemos un conflicto entre dos grandes facciones humanas (que a su vez constituyen apenas una porción de la Multiplicidad). Por un lado está la Conglomeración (que representa a defiende a grandes rasgos una política conservadora) y por otro los Exteriores (outwarders), con una postura más progresista (básicamente, la división izquierda-derecha presente desde los inicios mismos de las democracias parlamentarias modernas, aunque con el enfrentamiento entre ambas simplificado como un conflicto más o menos abierto (cuando no hay guerra declarada, la situación es equivalente a la de una guerra fría).

Los tripulantes de la Trouble Dog y la Casa de Reclamación en su conjunto representan una tercera vía. La de quienes están hartos del enfrentamiento y abogan por la solidaridad, intrahumana e interespecífica, como credo vital.

Por desgracia, todo este subtexto está tratado de un modo que casi me atrevería a calificar de infantil. Los personajes, todos y cada uno de ellos, están retratados por medio de sus debilidades casi hasta el punto de la parodia (sin el casi en un caso), y lo que es casi peor, parecen haberse dejado el cerebro atrás junto con las ganas de pelea. Porque una cosa es enfrentarse conscientemente con escenarios imposibles, y otra muy distinta lanzarse alegremente hacia el conflicto esperando que las cosas salgan bien… por azar, supongo.

Y eso ocurre, más o menos. La resolución, muy pobre, no depende apenas de las acciones de los personajes que nos sirven de punto de vista. No hay un gran deus ex machina metiendo la zarpa en ningún momento, pero sí una infinidad de pequeños momentos deusexmachineros, que van erosionando poco a poco todo interés que pueda despertar la novela… al menos en mi caso.

Hace ya varias décadas, Brian Aldiss parodió el personaje típico de space opera de la Edad de Oro con “Los oscuros años luz“. En esa novela, mostró lo ridículo que era un protagonista que era todo fortalezas, sin un ápice de debilidad. Por desgracia, lo mismo es aplicable a personajes que son todo (o principalmente) debilidades. Hace falta un mínimo de capacidad y resolución para salir con bien de una aventura digna de ese nombre, y a la mitad de los personajes de “Embers of war” yo no les otorgaría la capacidad e instinto de autoconservación de un (mítico) lemming.

Sin especulación alguna que dote de personalidad la historia (todos los elementos son básicamente recombinación de conceptos antiguos), y con un desarrollo simplón en el que las cosas van pasando, sin más, hay muy poco en “Embers of war” que me resulte de interés, y confieso que me ha costado acabarla (y me ha dejado sin muchas ganas de abordar “Fleet of knives” o “Light of impossible stars”, las secuelas que completarán la secuencia).

Rosalera

•junio 23, 2020 • Dejar un comentario

Me temo que con mis impresiones para con “Rosalera” (“Rosewater”, 2016-2018), de Tade Thompson, vuelve a ocurrir que me encuentro en minoría. La impresión general con que ha sido recibido (y premiado) este libro ha sido extraordinariamente positiva, y aunque encuentro en él elementos meritorios, en general me ha resultado muy decepcionante. Vaya pues por delante este aviso, y como siempre, si deseáis conocer otros puntos de vista, al final enlazo con algunas de las muchas reseñas que lo ensalzan.

La novela, ambientada en una Nigeria del futuro cercano, nos es narrada por su protagonista, Kaaro, a lo largo de tres líneas temporales intercaladas, un “ahora” de 2066, un entonces que arranca en 2032, pero pronto se asienta en 2055 y, de forma secundaria, un interludio que, mediante capítulos ultracortos, abarca el período entre ambas. Curiosamente, pese a ambientarse en el futuro se posiciona claramente como una realidad paralela, pues el punto de arranque de la trama tiene que ver con la traumática llegada de una entidad alienígena a Londres en 2012. Décadas después, una gigantesca biobóveda alienígena se ha formado en Nigeria, y en torno a ella ha crecido de forma un tanto caótica una ciudad, que recibe el irónico nombre (porque en realidad apesta) de Rosalera.

La llegada de las entidades alienígenas ha provocado además que por todo el mundo determinadas personas sensibles hayan desarrollado capacidades extrasensoriales (explicadas mediante la presencia de una xenosfera compuesta por millones de hifas fúngicas invisibles). Kaaro es uno de ellos, y al tiempo que desarrolla un aburrido trabajo como componente del equipo de seguridad psíquica de un banco (creando interferencias), trabaja en paralelo para la misteriosa Sección 45, una agencia secreta gubernamental (como buscador excepcional y como lector de mentes).

En la trama del “ahora”,  Kaaro recibe el encargo de investigar las misteriosas muertes que se están sucediendo entre los sensibles, mientras tiene que lidiar con los bandazos políticos en la dirección de la Sección 45. En el “entonces” (así como en el interludio), trata sobre sus primeros años, el descubrimiento de sus poderes, su reclutamiento forzoso y sus primeras misiones (con particular atención hacia la investigación de las actividades supuestamente subversivas de la misteriosa Chica de la Bicicleta.

Hay en “Rosalera” dos novelas imbricadas. Por un lado, una historia de espionaje paranormal, que me retrotrae a las que se escribían hacia finales de los setenta y en los ochenta (“Ojos de fuego”, de Stephen King; las Crónicas Necrománticas de Brian Lumley), con la que no he podido conectar en lo más mínimo, quizás por su pretensión de explicarla a través de una pseudociencia (y alguien me tendrá que explicar cómo es que las hifas de hongos sirven ahora tanto para sustentar la telepatía como para viajar por el hiperespacio cual Star Trek Discovery).

Aparte de la localización africana (y nativa, que Tade Thompson vivió durante más de veinte años en Nigeria), hay muy poco que me resulte realmente atractivo de todo ello, y no ayuda el que Kaaro sea un personaje totalmente pasivo, con una nula capacidad para transmitir emociones (su historia de amor resulta de todo punto inverosímil). Sí, hay temas al fondo que apuntan a perspectivas interesantes sobre el proceso de descolonización/construcción de una identidad nacional, el conflicto entre progreso y tradición (no siempre positiva) o la gran pugna subyacente a toda historia de espías entre libertad y control, pero todo ello muy deslavazado. O tal vez sea que el elemento de percepción extrasensorial me rechina en una novela de ciencia ficción contemporánea (por mucho que haya una explicación pseudorracional… o precisamente por intentar darla).

La “otra” novela oculta en “Rosalera”, y a la postre mucho más interesante, es una narración de primer contacto, entre la humanidad y seres alienígenas casi en la categoría del clásico “El color que cayó del cielo”, de H. P. Lovecraft. Lo que me ocurre con esta faceta es que por un lado la encuentro inflada (por supuesto, cuando apenas ha empezado a dar respuestas, corta en seco y nos emplaza para las secuelas), y por otro percibo la fragmentación temporal de la narración como un intento por añadir algo de misterio a una trama que, contada de forma lineal, resultaría bastante monótona (a esto no ayuda que el narrador de todas las líneas es invariable, por mucho que hayan pasado lustros de experiencias, ni tampoco la desconcertante elección de emplear siempre la primera persona del presente, lo que obliga a prestar mucha atención para saber en qué cuándo estamos).

En pocas palabras, “Rosalera” apenas me ha resultado atractiva como novela. Personalmente, hubiera podado por todas partes y me hubiera quedado con una muy buena novela corta de quizás un tercio de su longitud, o mejor, con una novela de tamaño normal, pero que fuera directamente al grano y contara toda la historia de Ajenjo (el alienígena… o uno de los alienígenas), del desarrollo de Rosaleda (la ciudad), de la política nacional e internacional (un elemento secundario pero intrigante es que los EE.UU. en ese futuro alternativo se han aislado del mundo, y nadie sabe qué acontece tras sus herméticas fronteras) y de Kaaro y la Sección 45.

Lo que tenemos, sin embargo, me deja con la miel en los labios, después de haberse pasado trescientas páginas mareando la perdiz con tal de no llegar al meollo de la historia, y no sé si el ritmo y las promesas de desarrollo (de una invasión alienígena ciertamente original) me incitan a abordar las dos secuelas que conforman la trilogía del Ajenjo (“Rosewater insurrection” y “Rosewater redemption”, ambas de 2019).

Como decía al principio, puede que sea problema mío. No es la ciencia ficción que me atrae. Sin embargo, los reconocimientos recibidos (sobre todo en el Reino Unido) no son pocos. Para empezar, por su versión de 2016 ya recibió el primer premio Ilube Nommo de la Asociación Especulativa Africana y quedó en segundo lugar del John W. Campbell Memorial (que fue para Lavie Tidhar y su “Estación Central”). Tras la revisión de 2018, además, se hizo con un premio tan prestigioso como el Arthur C. Clarke, quedando finalista del BSFA (que ganó Gareth Powell con “Embers of war”).

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Saturn’s children

•junio 19, 2020 • Dejar un comentario

Con “Saturn’s children” (2008) Charles Stross dio inicio a la miniserie del Freyaverso, inaugurando un escenario futuro en el que la raza humana se ha extinguido (de un modo que nunca llega a explicarse del todo, pero parece estar relacionada con un lento declive al estilo de “Ciudad“) y el Sistema Solar se encuentra poblado por nuestra “descendencia” robótica. El problema de esta sociedad es que integrado en el núcleo más central de cada personalidad artificial existe un anhelo insoslayable por servir a los seres humanos, y carente de objetivo concreto, esa necesidad crea una profunda insatisfacción existencial, que cada subtipo de robot ha de gestionar como pueda.

Es un anhelo que resulta particularmente acuciante para la serie a la que pertenece Freya Nakamichi-47, la protagonista y narradora de la historia, pues se trata una ginoide de placer, diseñada con el único propósito de “enamorarse” de un ser humano y servirlo sexualmente. El problema es que para cuando la activaron hacía ya más de un siglo que había muerto el último de los humanos, por lo que incluso para los estándares de la sociedad robótica posthumana las integrantes de su clan constituyen un grupo obsoleto (lo que, de tanto en tanto, fuerza a alguna de sus hermanas, cuyas “almas” guarda en una caja, al suicidio).

Lejos, además, de haber logrado construir una utopía, la sociedad robótica se encuentra fuertemente estratificada, con unos pocos individuos, los aristos, poseedores de la mayor parte de los recursos e incluso de las propias vidas de los más desfavorecidos bajo un sistema esclavista. La independencia, al menos, es un don que han logrado mantener las hermanas clónicas de Freya, aunque ella misma, por culpa de un encontronazo con una aristo al principio de la novela, se ve obligada a huir, lo que termina poniéndola a las órdenes de una misteriosa organización, la Corporación Jeeves, que la contrata como correo (misión que, por supuesto, no hará sino multiplicar sus problemas).

A grandes rasgos, “Saturn’s children” constituye un homenaje explícito a “Viernes”, de Robert A. Heinlein (1982). En vez de limitar las aventuras de su protagonista a la Tierra (y su entorno inmediato), Stross hace que su Freya recorra todo el Sistema Solar, desde las ciudades rodantes de Mercurio (para ir persiguiendo el terminador) hasta los objetos helados transneptunianos, y pese a autodenominarse Space Opera, lo cierto es que todo lo que tiene que ver con el viaje espacial (y ya no digamos lo que sabemos de planetología) se aborda con el mayor de los rigores (algo que no siempre es posible cuando nuestros protagonistas son frágiles humanos).

El escenario, por tanto, es fascinante, y es descrito con un grado de rigor que rara vez se emplea en este tipo de aventuras intrasistema. Por desgracia, la trama, a mi entender, se resiente porque Stross no parece saber muy bien hacia dónde está yendo. No es que se pierda en las complejidades del juego de espías (con múltiples bandos enfrentados en pos de lograr algo que cambiaría para siempre las relaciones de poder dentro de la cultura robótica, sin que falten las traiciones, los agentes dobles e incluso los turbios secretos “familiares”), sino que filosóficamente no termina de encontrar lo que desea contar hasta bien cumplidos dos tercios de la novela.

Porque ya puedo adelantar que como homenaje a “Viernes” la novela fracasa. Stross no consigue entregarse a la tarea con la alegría con que lo hace John Varley en, por ejemplo, “Trueno Rojo“. Entre 1982 y 2008 media un abismo social, y aunque Freya intenta imitar la despreocupada sexualidad de la Viernes original, esa exuberancia inocente (aunque no exenta de intención) no termina de encajar con un modelo de pensamiento como el actual, en el que dentro de teoría feminista se discuten conceptos como la “mirada masculina” (pecado del que es plena y alegremente culpable el título original). En otras palabras, Stross nunca parece hallarse cómodo en su papel de neoHeinlein, y aunque intenta ser picante, como al mismo tiempo procura evitar resultar inapropiado (algo que al Heinlein original jamás le preocupó lo más mínimo), el resultado queda lejos de ser ideal.

Discurre así buena parte de la novela, arrastrando a Freya de un problema a otro y de un escenario exótico al siguiente, antes de que parezca por fin encontrar una conexión con las preocupaciones habituales en su obra y con su posicionamiento intelectual. A partir de determinado punto, y casi por sorpresa, “Saturn’s children” se convierte en una fascinante reflexión no tanto sobre el libre albedrío (que ahí se hace un poco un lío con todas las normas que tiene que inventar para mantener el escenario dentro de unos parámetros coherentes con los de la ciencia ficción clásica y congruentes con los últimos avances en inteligencia artificial), sino sobre… economía.

A postre, “Saturn’s children” se transforma en una disertación sobre los males del capitalismo, logrando derivar de esa suerte de “pecado original” todas las características indeseables de la sociedad robótica posthumana, que se muestra como atorada en una trampa, alimentada por la paradoja de la necesidad de servir a un amo desaparecido. Ahí sí, Charles Stross se encuentra en su elemento. La reflexión no solo está bien estructurada y argumentada, sino que resulta convincente; es una magnífica disertación que invita a la reflexión y que casi, casi redime por completo la novela.

A la postre, sin embargo, ese atisbo de brillantez llega quizás un poco tarde, y no logra así redimir los bandazos y la ausencia de focalización iniciales. “Saturn’s children” es una novela fallida de intriga, que acaba siendo secuestrada por una tesis a la que se le deja insuficiente espacio para desarrollarse. Con el tiempo, sin embargo, los detalles concretos empiezan a quedar difusos y lo que restan son las ideas, y así el recuerdo que deja en la memoria acaba siendo, tal vez, más profundo de lo que parecía durante la lectura.

“Saturn’s Children” fue finalista en un buen puñado de premios, empezando por el Hugo, que fue inexplicablemente para “El libro del cementerio“, de Neil Gaiman, en un año en el que no faltaban precisamente candidatos. Incluso prescindiendo de “La historia de Zoë“, de John Scalzi, los otros candidatos fueron “Anatema“, de Neal Stephenson (que ganó con todo merecimiento el Locus, al que también fue candidato Stross), y “Pequeño hermano” de Cory Doctorow (que fue el que le arrebató el Prometheus (a estos dos últimos estaba nominado además Iain Banks con “Materia“).

Aunque iba a ser una novela independiente, en 2010 Stross publicó un cuento ambientado en el mismo universo, “Bit rot”, y en 2013 la novela “Neptune’s brood”, cuya acción acontece cinco mil años después y en la que la faceta económica parece asumir desde el mismo inicio un papel central.

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Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Enemigos de Esparta

•junio 15, 2020 • 1 comentario

Rompo un poco con la temática del blog para reseñar una novela de otro de mis géneros favoritos, el histórico (siempre historia antigua), y lo hago con “Enemigos de Esparta”, de Sebastián Roa (2018), que nos lleva a la Hélade de principios del siglo IV a.C., un período de profundos cambios que no es tan común en la ficción, que suele centrar su mirada en el Siglo de Pericles, con las guerras médicas, el predominio de Atenas, desembocando en la guerra del Peloponeso y la hegemonía espartana.

En cierto modo, “Enemigos de Esparta” responde a esa glorificación de lo espartano que de un tiempo a esta parte es tan común, gracias al mito fundacional de las Termópilas, presentado ya desde tiempos de Heródoto como un punto pivotal en el conflicto entre democracia (helenismo) y tiranía (oriental). Lo cual no deja de ser irónico, porque Esparta no se posicionaba precisamente del lado de la democracia, siendo su sistema de gobierno una diarquía aristocrática. De igual modo, su predominio político y militar sostuvo por toda Grecia a las facciones oligárquicas, estableciendo así gobiernos títere en las principales ciudades (a las que obligaban, además, a derribar sus muros, a ejemplo de la propia Esparta).

En este contexto arranca la novela, en el año 380 a.C., de la mano de Prómaco, un joven y prometedor soldado de infantería ligera (peltasta) a las órdenes del prestigioso general Ifícrates. Por amor, sin embargo, se ve obligado a abandonar su puesto, huyendo junto con su chica, Veleka, para intentar ofrecerse como mercenario al mayor poder militar de la época, el ejército espartano. Las cosas, sin embargo, no funcionan como había previsto, y se encuentra de repente apaleado, dado por muerto y abandonado, con su amada raptada por un guerrero espartiata.

Las circunstancias acaban llevándolo a Atenas, donde su odio hacia Esparta le acaba asociando con el noble tebano Pelópidas, que se encuentra allí exiliado, buscando la ocasión de recuperar su ciudad de manos de las facciones proespartanas, con el objetivo último de declarar la guerra a los poderosos lacedemonios. Así, Prómaco, siendo él mismo medio tebano, se ve involucrado en el conflicto que durante los veinte años siguientes azotaría toda la Hélade, convertida en un escenario de alianzas cambiantes, escaramuzas, hambre y, finalmente, guerra abierta. Todo ello sin permitirse olvidar a la cada vez más distante Veleka (pese a la atracción mutua con Agarista, la hermana de Pelópidas, destinada por su origen aristocrático a desposarse con un noble tebano).

“Enemigos de Esparta”, navega con brío por este turbulento período, ofrenciendo atisbos de personajes como Platón, el futuro Filipo de Macedonia, el Gran Rey Artajerjes (II) y, por supuesto, los líderes tebanos Pelópidas, Górgidas y Epaminondas. Eso sí, el foco se encuentra siempre situado sobre el totalmente ficticio Prómaco, y tal vez alguno de estos personajes históricos se aleja un tanto del papel que suele atribuírsele en la historiografía (el caso más evidente es tal vez el de Górgidas, aunque la mayor pérdida sea quizás que la relevancia de Epaminondas queda diluida entre tanto personaje (y por la cuota de protagonismo que reclama Prómaco). Por supuesto, no hay que tomar una novela histórica como ensayo, y hay un tema central, que resuena con fuerza a lo largo de toda la novela, y es la lucha contra la tiranía, representada no solo por la lejana Esparta, sino también por las facciones internas que buscan imponer una visión más restrictiva del reparto de poder (lo cual enlaza también un poco con una visión antidiscriminatoria). Es cierto, sin embargo, que esta aproximación imprime a la historia cierto maniqueísmo, dibujando a los tebanos como desinteresados defensores de la democracia (cuando se trata más bien de un conflicto en el que prima, y mucho, las ansias por construir protoimperios).

Más allá de la sublectura principal, y aunque ya he avisado que no se trata de historia en sentido estricto, resulta fascinante la plasmación de un período histórico tan importante como olvidado, durante el que se produjo la desarticulación del estilo de vida helenístico clásico, con sus ciudades-estado, sus normas de convivencia y su estilo de combate, apoyado principalmente en los hoplitas (infantería pesada), que dio paso a la época de los grandes imperios (primero el Macedonio) y al predominio de la infantería ligera armada con lanzas largas y la caballería (lo que desembocó en la imparable falange macedónica, que solo una generación después pasó como un rodillo sobre toda Grecia y conquistó a continuación medio mundo).

En este breve período de interregno (los acontecimientos que se dirigieron hacia la hegemonía tebana), asistimos también al ocaso de una forma de luchar, que por más de un siglo ha permanecido invicta y que acaba siendo total y definitivamente desbarata en las batallas de Leuctra y Mantinea. Asistimos también a la creación y consagración del famoso Batallón Sagrado tebano (aunque curiosamente, como en el resto de la novela, la relación homosexual entre sus componentes no se muestra como una relación asimétrica entre el heniochoi (el conductor mayor) y el paraibatai (el compañero más joven), y así, en definitiva, a un auténtico cambio de guardia en las relaciones de poder en el mundo antiguo.

Quizás en medio de todo ello la historia personal de Prómaco queda un poco diluida, y así en ocasiones su protagonismo nos priva de ahondar en la alta política (y sé que me repito, pero esto es especialmente lamentable para el caso de Epaminondas, cuya figura fundamental aparece totalmente diluida), pero es el precio a pagar para conseguir construir un relato novelístico a partir de datos parciales y no siempre congruentes.

“Enemigos de Esparta” nos lleva a un período fascinante, con paralelismos más profundos e inquietantes con nuestra sociedad actual de lo que quizás nos gustaría reconocer. Su planteamiento queda ya de manifiesto en el título,  y es así, por tanto, una visión un tanto idealizada del conflicto, pero aun celebrando la derrota de Esparta y su sociedad aristocrática, no deja de ofrecer atisbos del futuro que le espera a la Hélade, que ya nunca recuperará el esplendor de antaño en un mundo cambiante. Siempre me han atraído las narraciones de cambio de ciclo, y en esta novela tenemos una muestra magnífica, aderezada, además, con grandes escenas de batalla, que nos llevan con maestría al interior de una falange de hoplitas o de una formación de peltastas.

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Las mentiras de Locke Lamora

•junio 11, 2020 • Dejar un comentario

Scott Lynch publicó su novela debut, “Las mentiras de Locke Lamora” (“The lies of Locke Lamora”) en 2006, alcanzando un gran éxito de crítica y público, aunque tal vez más entre el público general que dentro de los círculos de aficionados, lo cual no fue óbice para que la novela fuera finalistas de dos premios tan prestigios como el World Fantasy y el British Fantasy.

Este título se anunciaba ya como el primero de una serie, la de los Caballeros Bastardos, que al año siguiente se amplió con el segundo volumen, “Mares de sangre bajo cielos rojos”… pero entonces le ocurrió algo similar a lo que aconteció con Patrick Rothfuss, que ese mismo 2007 publicó, con un recibimiento todavía más polarizado, la primera novela de sus Crónicas del Asesino de Reyes, “El nombre del viento“: la tercera entrega, “The republic of thieves”, se demoró seis años…. y aún estamos esperando las anunciadas (y ya tituladas) cuarta, quinta, sexta y séptima.

Al contrario que con la obra de Rothfuss, sin embargo, las aventuras de los Caballeros Bastardos pueden leerse de forma razonablemente independiente, y “Las mentiras de Locke Lamora”, sin ir más lejos, supone una lectura autocontenida, que no necesita de las secuelas para ofrecer un desenlace (aunque sí deja flecos sueltos).

El libro nos traslada a la ciudad de Camorr, capital del antiguo (y actualmente muy venido a menos) imperio del Trono de Therin, que a su vez se asienta sobre las misteriosas ruinas dejadas por una raza ya extinta del pasado mítico. Esta ciudad, inspirada en la Venecia renacentista, posee distintas capas de gobierno, y los bajos fondos son dominio del Capa Barsavi, a quien han jurado lealtad y rinden tributo los distintos garristas (jefes de bandas).

Avanza, además, en dos líneas temporales diferentes. La principal de ellas con el personaje del título ya asentado como jefe de la pequeña banda de los Caballeros Bastardos, supuestamente unos rateros de poca monta, integrada por cinco miembros (y una sexta, ausente durante toda la novela). La otra va desgranando la introducción de Locke en el mundillo criminal de Camorr, cuando es captado a muy tierna edad por el Hacedor de Ladrones… quien al descubrir (y sufrir) su talento para el engaño acaba vendiéndolo al Padre Cadenas, bajo cuya tutela aprende, siendo esto secreto hasta para el propio Capa, el sutil arte del timo.

Mientras que la primera de las líneas temporales mencionadas sirve sobre todo para ir presentándonos a los personajes y definiendo sus caracteres, el núcleo de la narración se centra en la trama del Locke adulto (aunque aún joven), que se ha convertido a espaldas de todos (menos de sus hermanos en el crimen) en el mítico ladrón conocido como Espina de Camorr, que vulnera la Tregua Secreta establecida entre ladrones y nobles, timando a estos últimos de forma tal que, por vergüenza y por miedo, asumen las pérdidas y tratan de seguir adelante sin levantar la liebre.

Todo marcha de maravilla (aunque hacia ningún lugar en concreto) hasta que se presenta en la ciudad el misterioso Rey Gris y empieza a matar a los garristas de Capa Barsavi, haciendo caer sobre la ciudad la amenazadora sombra de una guerra de bandas como no la ha habido desde que Barsavi se hizo con el poder absoluto. Circunstancia esta que, peligros personales aparte, pilla a los Caballeros Bastardos en muy mal momento, en medio de un elaborado engaño mediante el cual están sangrando a la que, tal vez, vaya a convertirse en su presa más escurridiza.

Si hay algo por lo que destaca Scott Lynch es, sin duda, por su vigor narrativo. “Las mentiras de Locke Lamora” es un libro con unos personajes carismáticos, una estructura perfectamente diseñada y un escenario que, si bien no resulta extraordinariamente novedoso (salvo por un par de detalles, tiene muy poco de fantástico, aunque no he podido dejar de apreciar un aire lejano a la ciudad de Nessus en “La sombra del torturador“, de Gene Wolfe… más similar incluso que con la ciudad de Malacia de Brian Aldiss, inspirada igualmente en la Venecia renacentista), se aprecia vibrante y lleno de vida. Por desgracia, también es una novela tramposa, que recurre a todos los trucos del manual para tratar de ocultar lo facilona que es su trama.

Porque para una novela que, supuestamente, se orienta hacia la picaresca, presentando lo que a todos los efectos es un típico equipo de estafadores profesionales (con su cerebro, su músculo, sus actores….), todo lo que tiene que ver con los timos resulta rematadamente simplón, llegando en ocasiones al extremo del insulto (impremeditado). Resulta, además, que aparentemente Locke Lamora es malo haciendo planes. Lo suyo es improvisar, cosas tan ridículas como timar al gobernante de Camorr (tras haber sido incapaz de camelarse a un simple funcionario)… solo para hacerse con un traje elegante que le permita continuar con su timo inicial.

Personalmente, detesto cuando una novela me toma por tonto y actúa en consecuencia, y en esta ocasión me molesta el doble, porque de verdad quería disfrutar de “Las mentiras de Locke Lamora”, y pese a ir devorando las páginas por las virtudes ya expuestas, eso es algo que se me fue haciendo cada vez más cuesta arriba. No hay nada peor que intentar hacerse el inteligente cuando se es más simple que el mecanismo de un botijo. La picaresca se sustenta en el ingenio, y hay muy poco de eso a lo largo de todo el libro, por mucho que el autor se empeñe en contarnos lo inteligentes que supuestamente son Locke Lamora y su pequeña banda de pícaros, falla estrepitosamente a la hora de demostrarlo.

Sí, la trama se cierra, y lo hace más o menos bien, aunque hay por ahí un mago que supone otra trampa, pues sus poderes son tan desproporcionados que sustituyen en el plan del Rey Gris el ingenio por la fuerza bruta (y la debilidad por la que acaba siendo derrotado una tontería que puede deslumbrar de primeras, pero a poco que la pienses se revela como una chorrada). Para ser una novela de personajes inteligentes que maquinan para lograr sus objetivos, casi todo avanza a golpe de interferencia autoral… y leer algo así es casi como hacerse trampas al solitario. Tal vez se llegue al resultado deseado, pero durante el proceso, al menos para mí, ha perdido toda la gracia.

El World Fantasy Award de 2007 fue para Gene Wolfe por “Soldado de Sidón”, el tercer y último volumen de la serie de Latro; también estaba nominada Ellen Kushner por la obra que se hizo con el Locus de Fantasía de aquel año, “El privilegio de la espada”; por su parte, el British Fantasy Award fue para Tim Lebbon por “Dusk”; mientras que quedó segundo en el Locus de primera novela, por detrás de “El dragón de su majestad”, de Naomi Novik, que le arrebató igualmente el Compton Crook.

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La guerra de la paz

•junio 7, 2020 • 2 comentarios

Activo desde 1966, Vernor Vinge alcanzó la prominencia dentro del campo de la ciencia ficción a principios de los años ochenta, gracias a dos hitos significativos. Por un lado, la novela corta de 1981 “True names”, que fue la primera en presentar (aunque no en bautizar) un ciberespacio; por otro, su tercera novela, “La guerra de la paz”, que si bien acabaría siendo eclipsada por su secuela, “Naufragio en el tiempo real“, le valió el reconocimiento de los aficionados y lo puso en la senda que le depararía, entre otros premios, cinco Hugos en los veintipico años siguientes.

“La guerra de la paz” se ambienta a mediados del siglo XXI, cincuenta años después de que la autonombrada Autoridad de Paz pusiera fin a las guerras gracias a un avance tecnológico crucial, instaurando en su lugar una dictadura blanda, que solo se preocupa por prohibir determinadas tecnologías (la industria pesada y la investigación en altas energías) y controlar cualquier posible desafío a su predominio. La tecnología en cuestión es la generación de burbujas, campos de fuerza esféricos, impenetrables tanto a la materia como a cualquier forma de energía, con un tamaño que puede variar entre unos milímetros de radio y unos pocos kilómetros (atrapando en su interior ciudades enteras).

Si bien su actuación evitó la guerra nuclear que parecía inevitable, el mundo de la Paz está lejos de ser una utopía. Ya no es solo que los conflictos locales, en los que se emplearon armas biológicas, hayan acabado diezmando a la población (y provocado un grave problema de infertilidad), sino que además la Autoridad de la Paz se procupa activamente por fomentar cierto grado de desorganización, lo que ha llevado, por ejemplo, al antiguo territorio de los EE.UU. a fragmentarse en pequeños pseudoestados independientes, cada uno con sus propias peculiaridades.

Bajo la superficie de tranquilidad, sin embargo, bulle una revolución inminente, sustentada en grupos clandestinos, más o menos organizados, que rechazan el statu quo. Así, sobreviven todavía grupúsculos de biocientíficos, temidos y despreciados por una población a la que se le ha enseñado a temerlos, y sobre todo la cultura de los quincalleros, que ha ido desarrollando, dentro de las limitaciones impuestas por la Paz, una avanzada tecnología electrónica, gracias sobre todo a Paul Naismith, un genio matemático de avanzada edad, que por fin, tras décadas de insistencia por parte de sus vecinos, por fin parece haber encontrado a un aprendiz en la persona de Wili, un joven negro, fugado de Aztlán, con un cuerpo debilitado por la enfermedad y una profunda desconfianza hacia todo el mundo, pero la mente de un genio matemático.

“La guerra de la paz” trata muchos de los temas que le son queridos a Vinge, empezando quizás por el rechazo a cualquier tipo de autoritarismo, aunque sea uno aparentemente tan bienintencionado como el del Cuerpo de Paz (cuyo liderazgo a acabado empobreciendo al mundo), y siguiendo por el conflicto entre tecnologías y filosofías, con un bando anclado en conceptos y tecnologías con medio siglo de antigüedad, fosilizado en su propio éxito, y otro que, pese a contar con unos recursos varios órdenes de magnitud menores, ha sabido adaptarse y progresar, lo que a la postre le acabará concediendo la ventaja definitiva.

Resulta quizás paradójico (habida cuenta de la evolución posterior de la Serie de las Burbujas) que, una vez analizado todo, el verdadero antagonismo de la novela sea el estatismo. La Autoridad de la Paz está condenada al fracaso porque ha proscrito, por miedo, el avance científico. Toda su tecnología, por muy poderosa que sea, data conceptualmente de al menos cincuenta años atrás, y eso acaba probándose como un error fatal. No quiere decir que Paul, Wili y el resto de quincalleros vayan a tenerlo fácil (después de todo, es más fácil defender una posición que atacarla), pero todo el sistema se sustenta en un equilibrio frágil, que cualquier movimiento inesperado, como por ejemplo el que las burbujas más pequeñas formadas tanto tiempo atrás empiecen a reventar, puede hacerlo caer.

No voy a desvelar ningún detalle adicional, porque parte del interés de la novela reside en ir descubriendo los giros a medida que lo hacen los protagonistas (por desgracia, tras haber leído “Naufragio en el tiempo real”, yo ya sabía de una propiedad fundamental de las burbujas), pero sí que puedo afirmar que “La guerra de la paz” es ya una novela madura, que en modo alguno desentona con lo mejor de la producción de Vinge.

Sí que es cierto que el gran tema por el que se le conoce principalmente, la singularidad tecnológica, aún no está presente, y buena parte de la especulación de la novela es… indistinguible de la magia (como diría Clarke), pero la historia lo compensa de sobra, con unos personajes adecuadamente delineados y una trama bien trazada, que conduce certera hacia una conclusión satisfactoria. Siendo además de la longitud justa, es una obra que no puedo sino recomendar, a ser posible antes de abordar su más famosa secuela. Hablando de lo cual…

Un año después, en 1985, Vinge publicó la novela corta “The ungoverned”, que muestra la fracasada invasión lanzada por la República de Nuevo México sobre la más avanzada sociedad anarco-capitalista de Kansas (de nuevo, un conflicto en el que la fuerza bruta y la brecha tecnológica trabajan en bandos opuestos, y donde la incapacidad para entender una filosofía ajena juega un papel crucial), mientras que en 1986 tocó el cielo con “Naufragio en el tiempo real”, que aprovecha el concepto de las burbujas para explorar en detalle la Singularidad Tecnológica.

“La guerra de la paz” le valió a Vinge su segunda nominación al premio Hugo de 1985 (tras “True names”)… aunque ese fue el año en que Neuromante“, de William Gibson, arrasó (merecidamente) con casi todo (los Locus suelen ser notablemente lentos a la hora de reaccionar a los cambios de tendencia). También estuvieron nominados Larry Niven con “Los árboles integrales” (que fue, de hecho, quien ganó el Locus), Robert Heinlein con “Job: Una comedia de justica” y David Palmer con “Emergence”. También fue finalista del premio Prometheus de ese año (que quedó desierto… aunque dos años después Vinge lo conquistó con “Naufragio en el tiempo real”).

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Marinero de los mares del destino

•mayo 28, 2020 • 5 comentarios

Elric, el emperador albino de Melniboné, presenta una tortuosa historia editorial. Fue creado en 1961 para la novela corta “La ciudad soñadora”, y a lo largo de los tres años siguientes Michael Moorcock completó el ciclo original, que comienza con su intento por recuperar el trono, usurpado por su primo Yyrkoon, y concluye con su fatídica muerte. Eso no constituyó, sin embargo, el final de sus peripecias, pues a lo largo de los años (y décadas) siguientes, Moorcock siguió completando su historia, escribiendo lo que a todos los efectos son precuelas, los cimientos que deben conducir necesariamente a ese final predestinado.

Fue en 1972, después de haber lanzado ya varias antologías recopilatorias, cuando publicó la que sería la primera novela de la serie, “Elric de Melniboné“, seguida en 1976 por la segunda, “Marinero de los mares del destino” (“The sailor on the seas of fate”), que a su vez reutilizaba, adaptados, textos publicadas con anterioridad (como la novela corta “The Jade Man’s eyes”, de 1973). Así, en la primera edición cronológica del ciclo (de DAW Books, en 1977), este título ocupó la segunda posición (de seis). Ahí no acaba todo, porque mucho más tarde, entre 1984 y 1991, Moorcock escribió otras tres novelas, incluyendo “La fortaleza de la perla”, que acabó reclamando la segunda posición del ciclo de Elric, relegando a “Marinero de los mares del destino” a la tercera (y aun después, compuso una nueva trilogía con el personaje, aunque como implica viajes en el tiempo y entre universos su inserción en la cronología principal de nueve libros).

El caso es que ni siquiera todo este lío de ediciones es suficiente para comprender cómo “Marinero de los mares del destino” se imbrica en el corpus literario de Moorcock, porque parte de su razón de ser es precisamente entrelazar a Elric con el superciclo del Campeón Eterno, dentro de su marco conceptual del Multiverso.

Así, la primera de las tres aventuras en que, literalmente, se embarca el albino, titulada “Navegando hacia el futuro”, lleva a Elric a bordo de un extraño barco, donde ya se encuentran otras tres reencarnaciones del Campeón Eterno, la plasmación de un mismo héroe arquetípico en los distintos universos. Allí están Erekosë (protagonista de tres novelas, empezando por “El campeón eterno”, de 1970), Corum (protagonista de un par de trilogías entre 1971 y 1974) y Dorian Hawkmoon (protagonista de las series del Bastón Rúnico, 1967-69, y las Crónicas del Castillo de Brass, 1973-75), junto con una serie igualmente arquetípica de compañeros (pues no puede haber héroe sin compañero). Han sido convocados por la Balanza, la fuerza que media por que ni el Orden ni el Caos se impongan, para conjurar una amenaza de más allá del Multiverso, la invasión de los hechiceros hermanos Agak y Gagak, que planean absorver toda la energía de las múltiples realidades dejando tras de si un páramo estéril.

En esta narración con resonancias cósmicas (tan del gusto de los setenta), Moorcock elabora su concepto del Multiverso y del héroe que se repite una y otra vez en distintas encarnaciones, acompañado por una serie de elementos recurrentes, bien sea en la forma de compañeros/amores, bien en sus armas. De igual modo, rompe, como hizo M. John Harrison en “Caballeros de Viriconium” (1971), con la idea de un espacio físico concreto e inmutable y una línea temporal clara y bien definida, proponiendo la existencia incluso de versiones imperfectas de la ciudad mística de Tanelorn. Por desgracia, como suele ser la norma, las ideas están muy, muy por encima de la ejecución, algo que queda especialmente de manifiesto en un clímax confuso, que desaprovecha por completo el potencial literario de la premisa.

Desde ahí, enlaza de un modo un tanto brusco con “Navegando hacia el presente”, en la que Elric desembarca en un plano diferente al suyo propio y debe buscar la puerta carmesí que podría devolverle a su mundo. Lo que no sabe es que allí, en una realidad que parece ser el sumidero de muchas otras, uno de sus antepasados, el brujo melnibonés Safix D’Aan, porfía por capturar a la que cree reencarnación de su antiguo amor (no correspondido). Encuentra además allí a uno de esos compañeros arquetípicos, el conde Smiorgan el Calvo, que colaborará con él en el enfrentamiendo contra el tenebroso hechicero.

Superado este escollo y de regreso por fin a su mundo, Elric y Smiorgan se ven reclutados casi a la fuerza en “Navegando hacia el pasado” (la narración previamente conocida como “The Jade Man’s eyes”) por el duque Avan Astran, que lidera una expedición hacia la antiquísima e ignota ciudad de R’lin K’ren A’a, hogar de los ancestros de los melniboneses, antes que se aliaran con Arioch, el señor del Caos, y fundaran la Ciudad Soñadora en la Isla del Dragón. Aparte de las motivaciones de su patrón ocasional, lo que mueve a Elric es, sobre todo, el ansia de conocer el pasado de su raza, para tratar de desentrañar las pautas ancestrales que influyeron en la evolución del carácter de su pueblo, con la esperanza quizás de revertir la decadencia que le adivina.

Lo que encontrará entre aquellas antiguas ruinas, sin embargo, es al mismo tiempo más y menos de lo que esperaba, y constituye la parte del libro que más claramente ejerce la función de precuela (aunque hay muchos elementos de “Navegando hacia el futuro” que de igual modo anticipan lo que está por llegar; lo cual, recuerdo, llevaba ya una década fijado).

“Marinero de los mares del destino” se lee con agrado. Moorcock domina lo suficiente su oficio para ofrecer una lectura servicial, aunque no en modo alguno excelsa. Carece del vigor narrativo de Howard, así como de los recursos necesarios para sacar todo el partido posible a los elementos fascinantes con los que juega. Incluso en las más cruentas peleas, en medio de conjuros arcanos o frente a maravillas imposibles, su prosa se mantiene plana, quizás por huir de la hiperadjetivación que lastraba a muchos de los primeros cultivadores de la espada y brujería. A la postre, sin embargo, el mayor obstáculo que debe superar la novela se origina en los mismísmos fundamentos filosóficos de la obra, pues a fuerza de arrebatarle a Elric toda agencia sobre su propio destino, acaba deviniendo en un personaje pasivo, cuya voluntad apenas influye en el devenir de la historia (que recuerde en este momento, solo en una ocasión a lo largo de los tres fragmentos llega a dar muestras de iniciativa personal, más allá de seguir el camino prefijado por otras voluntades, a menudo ignotas, o peor, por las circunstancias).

Esta característica del emperador albino tal vez sea la que frustra tanto a los lectores más maduros, mientras que un adolescente puede identificarse con facilidad con la angustia existencial del Elric, que en el fondo es alguien que ha partido de un entorno seguro pero poco estimulante para encontrar sentido a su vida (un conflicto con el que los jóvenes pueden identificarse sin problemas). Lástima que por debajo de esa fachada no haya nada más, ninguna respuesta, ninguna exploración vital significativa. Elric es un personaje que nació constreñido por su destino y las secuelas pueden tal vez aportar mayor definición al camino, pero por pura lógica carecen de la posibilidad de explorar territorios nuevos y, quizás, más estimulantes.

“Marinero de los mares del destino” fue finalista del Premio Mundial de Fantasía de 1977 que ganó William Kotzwinkle con “Doctor Rat“, mientras que también estaban nominadas las superiores “Dark Crusade“, una novela del personaje de espada y brujería Kane, de Karl Edward Wagner, y la magnífica vuelta de tuerca sobre las historias de dragones “La torre abominable“, de Gordon R. Dickson. Solo dos años después, sin embargo, Moorcock se resarciría al llevarse el galardón por “Gloriana“.

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Doctor Rat

•mayo 23, 2020 • Dejar un comentario

En 1977 William Kotzwinkle ganó el World Fantasy Award con “Doctor Rat”, una fábula satírica contra el maltrato animal, que presenta a grandes rasgos dos líneas narrativas separadas. Por un lado, la que da título a la obra, se centra en un laboratorio de investigación, donde el personaje epónimo es un espécimen experimental, al que las pruebas a las que se ha visto sometido han vuelto loco, hasta el punto de convertirlo, al menos en su mente, en colaboracionista con los científicos humanos que torturan a los animales por mor de la ciencia (o de las subvenciones). Por otro, tenemos una gran rebelión mundial de los animales, que sometidos a todo tipo de infamias escuchan una llamada mística hacia una unión espiritual a la que, en principio, también está invitado el hombre.

No es mala premisa. El problema es el enfoque, porque durante buena parte del libro “Doctor Rat” no es sino una sucesión de viñetas en las que el autor se entrega de forma apasionada a la denuncia, a través de fragmentos descriptivos breves de tortura animal (ya sea en el laboratorio, en granjas o en zoos), y a la postre hasta los delirios del Doctor Rat, un personaje a partes odioso (por sus acciones) a partes trágico (por el sufrimiento que, adivinamos, transformó su psique) se vuelven repetitivos e inconexos.

Se trata de una sensación a la que no ayuda precisamente un fervor animalista (humaníaco, según la terminología más usual en los EE.UU.) desatado, que no duda en utilizar la hipérbole, la mentira (los supuestos experimentos científicos que describe no tienen ni pies ni cabeza; constituyen más bien un ejemplo de que no hay imaginación más sádica que la de alguien con un mensaje que transmitir; y, por supuesto, los sentimientos de los animales se presentan del modo más antropomorfizado y sensiblero posible) y unos paralelismos evidentes con el Holocausto que revisten una dudosa moralidad (hay horrores que no son susceptibles de ser utilizados como un mero símil, sin importar la causa). Lo siento, pero hay un límite incluso para la alegoría, y cuando la libertad del lector queda tan limitada que hay una única interpretación posible, estamos entrando en el terreno del panfleto.

A partir de la mitad del libro más o menos, la cosa mejora un poco, porque empieza a centrarse en la revolución dentro del laboratorio (filtrada a través de la perspectiva lunática del Doctor Rat) y en la gran reunión de todas las especies, y he de admitir que alguna de las microhistorias resultan intrigantes (como la del concierto compuesto e interpretado con la intención de conectar con las ballenas o la historia casi mítica del Perezoso Supremo), pero en su conjunto sigue careciendo de argumentos para convencer a cualquiera que no esté ya entregado a su ideología.

¿Por qué, entonces, pudo hacerse con un premio como el World Fantasy? (que, eso sí, era todavía relativamente bisoño, pues se encontraba en su tercera edición). Sospecho que tuvo que ver con la especial vigencia de las ideas que defendía. El movimiento animalista (o, con mayor propiedad, pro derechos de los animales), había arrancado en su encarnación moderna a principios de los setenta gracias a la labor del Grupo de Oxford, y la discusión en torno a los planteamientos éticos y legales del maltrato animal se había extendido con rapidez, alcanzado quizás su madurez con la publicación en 1975 de “Animal liberation”, de Peter Singer.

“Doctor Rat” llega a la estela no solo de todo esto, sino también del desencanto y el sentimiento antigubernamental auspiciado por la Guerra del Vitenam (explícitamente referenciada en la novela, sobre todo en su último tercio, cuando le rebelión animal adquiere tintes claramente anticapitalistas y se menciona el desarrollo de armas químicas y bacteriológicas en ese laboratorio de los horrores que imagina Kotzwinkle). Tal vez por ello obtuvo suficiente apoyo para hacerse con un premio que, al menos aquel año, contaba con un plantel de candidatos de altura.

Aparte de la novela debut de Ramsey Campbell, “El muñeco que se comió a su madre” (el terror nunca alcanzó excesivos éxitos en el World Fantasy, así que no es de extrañar que en 1987 se crearan los Bram Stoker), había candidatos tan fuertes como “Dark Crusade“, una novela de Kane, el espadachín místico, de Karl Edward Wagner; el segundo (por orden de edición) de los libros de Elric de Melniboné, de Michael Moorcock (“Marinero de los mares del destino“); o sobre todo el original arranque de la serie de Gordon R. Dickson de Hombres y Dragones, “La torre abominable“.

Pero aun prescindiendo de todo ello (porque es bien cierto que a lo largo de su historia el premio tampoco se caracterizó por distinguir ese tipo de fantasía), quedaba todavía un peso pesado en el quinteto de candidatos: “Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros”, la reescritura modernizada de “Le mort d’Arthru” de Thomas Malory  por parte del premio Nobel John Steinbeck (aunque se trata de la edición póstuma de una obra parcial, pues el autor, que la había comenzado en los cincuenta, nunca llegó a completarla).

El caso es que la ganadora fue “Doctor Rat”… pero es un producto tan inusual y tan apartada de las corrientes habituales del género que han tenido que pasar más de cuarenta años para verla finalmente traducida (y en una colección ajena al fantástico, que ya recuperó previamente su mayor éxito, la novela corta “El nadador en el mar secreto”, sobre el modo en que una pareja se enfrenta al dolor por la pérdida de su hijo nonato).

En cuanto a Kotzwinkle, veinte años después cosechó otra nominación al World Fantasy por “The bear went over de mountain”, pero es conocido sobre todo por escribir (entre otras) la novelización de la película “E.T.” (1982; junto con una secuela en 1985), así como por sus libros infantiles.

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Michaelmas

•mayo 18, 2020 • 4 comentarios

Algis Budrys es uno de esos escritores de la Edad de Plata que alcanzaron prominencia en los años cincuenta para desaparecer casi por completo en los años siguientes. En el caso de Budrys, por decantar su carrera hacia terrenos más un poco más lucrativo (aunque también debió de influir el cambio de sensibilidades hacia la New Wave). Así, a partir de 1960 ya solo publicó algún que otro cuento disperso y una novela por década más o menos. En 1977, le llegó el turno a “Michaelmas”.

Antes de entrar a fondo en la reseña, cabría apuntar que “Michaelmas” es una de esas novelas adelantadas a su época que suponen todo un hito en el momento de su publicación pero que en retrospectiva, a la luz de las tendencias que se consolidarían con posterioridad, van quedando poco a poco anticuadas hasta llegar a parecer irremisiblemente carcas. Porque estamos ante uno de los más claros precursores del Cyberpunk. Todavía falta por desarrollar el estilo (la parte punk), pero ahí está ya la exploración de las posibilidades que estaba a punto de abrir la revolución de la información, precognizando el impacto y ubicuidad que acabaría teniendo la electrónica y adelantando temas sobre la relación entre IAs y humanos que tardarían todavía unos años en madurar.

Todo ello, por supuesto, tiene un precio, el que viene asociado a adentrarse a ciegas en un territorio inexplorado, con el peligro de obviar facetas imprescindible en cualquier análisis que aspire a un mínimo de significancia, sobre todo por lo que se refiere a los aspectos éticos tanto del manejo de la información como en la consolidación de una actitud moral aplicable a las máquinas. “Michaelmas” resulta pues en muchos aspectos simplona, aunque tal vez no sea esa su mayor debilidad actual. Antes de entrar en mayores análisis, sin embargo, conviene adelantar una breve sinopsis de la obra.

Laurent Michaelmas es, a primera vista, un reportero estrella (el más famoso del mundo), que trabaja como freelance, ofreciendo sus servicios (y las posibilidades de su gigantesca red de contactos) a las grandes cadenas, con el propósito de elaborar reportajes específicos. Lo que nadie sabe es que Michaelmas es también, a grandes rasgos, el dirigente en la sombra de la Tierra, junto con su compinche digital, Domino, una Inteligencia Artificial que creó por accidente años antes, mientras trataba de construir un contestador automático para el teléfono.

La novela se ambienta en torno al año 2.000, cuando Michaelmas y Domino llevan ya tiempo haciendo de las suyas y transformando poco a poco la Tierra en una utopía, en la que el conflicto entre EE.UU. y la URSS es algo (casi) del pasado, cada vez hay menos conflictos, menos hambre y, en general, menos injusticias. Tras su pantalla de hábil reportero (con una ayudita de Domino para concederle casi el don de la ubicuidad), Michaelmas resuelve crisis tras crisis, generalmente antes de que estallen, controlando el flujo de información, husmeando en todos los secretos (al menos todos los secretos confiados a un medio electrónico) y falsificando algún que otro documento… o votación, si se tercia.

Precisamente una de esas crisis está a punto de estallar. Un astronauta americano, Norwood, que iba a capitanear la primera expedición a los planetas exteriores, dado por muerto meses antes por un accidente de su cápsula de pruebas, reaparece por sorpresa en las instalaciones suizas de un eminente científico (ganador de dos premios Nobel), y lo más grave es que lleva consigo pruebas de lo que podría ser un sabotaje ruso, con el objetivo aparente de poner a uno de sus hombres al frente de la histórica expedición. De filtrarse estas noticias, la UNAC (Comisión Astronáutica de las Naciones Unidas, la joya de la corona de la confraternización mundial de Michaelmas) podría ser cosa de la historia, al reavivarse las viejas tensiones nacionalistas (algo que un partido político xenófobo y populista de los EE.UU. está muy dispuesto a promover con tal de asegurarse la presidencia).

Así que para allá que se van Michaelmas y Domino (que usa como interfaz una terminal de grabación modificada que este siempre lleva a cuestas), con la sospecha de juego sucio contra la Tierra por parte de alguna inteligencia alienígena (porque nada más hubiera sido capaz de devolver a Norwood de la muerte… sin secuelas de ningún tipo). Poca ayuda necesitaría esa fuerza extraña, porque las rencillas, los celos profesionales y, en general, la actitud egoísta de los hombres ya se bastan por sí solos para conducir la situación al borde de la catástrofe. Por suerte, con lo que no contaba nadie era con la existencia la Tierra contara con la ayuda de un adalid con los recursos y la integridad de Laurent Michaelmas.

Tanta integridad, de hecho, que casi logra enmascarar el hecho de que en la práctica la novela nos está mostrando una dictadura encubierta, que aceptamos como benévola solo bajo la palabra del narrador, porque tanto poder, sin controles de ningún tipo, solo puede conducir a la tiranía (y lo más impremeditadamente aterrador es que Michaelmas parece estar entrenando a Domino a pensar como él, para que, en el futuro, pueda ejercer presuntamente por su cuenta, sin supervisión, la tarea de servir de guardián autonombrado de la humanidad (aunque tal vez sí que se estuviera dando cuenta Budrys del pantano en que se metía, pues le da a su protagonista la categoría de arcángel, al bautizarlo con el nombre de la fiesta en honor al arcángel Miguel, jefe de los ejércitos de Dios y protector de la Iglesia… o no, casi me temo que es una referencia libre por completo de ironía).

Cuestiones éticas aparte, el gran fallo de “Michaelmas” es que ocurre muy, muy poco. El planteamiento es (era) novedoso e intrigante (recuerda en gran medida al de “Person of interest“, aunque esta serie de 2011 sí que gira en torno a los dilemas éticos que plantea una entidad omnisciente), pero luego se eterniza en diálogos banales, situaciones que no llevan a ninguna parte y una terrible pasividad por parte del protagonista (que se limita a ordenarle a Domino tal o cual interferencia menor).

Es posible que en aquel momento no fuera posible una especulación de mayor calado, pero eso no justifica lo aburrido de la trama, que se percibe además tremendamente descompensada, con una resolución que se retrasa artificialmente (las “confesiones” de ciertos personajes a Michaelmas son particularmente desconcertantes y lastran de mala manera la historia) para soltar un par de ideas (reconozco que intrigantes) al final, sin suficiente justificación (tal y como se desarrolla la historia, la resolución hubiera podido salir por cualquier lugar, cuando ya no queda margen para trabajar lo más mínimo sobre ellas (lo que deja el clímax con un leve tufillo a Deus ex machina).

Existe una versión mucho más breve de la novela, aparecida en agosto de 1976 en The Magazine of Fantasy and Science Fiction, que tal vez resulte más equilibrada, pero en el texto engordado para su publicación (y eso que sigue siendo una obra corta para los estándares actuales) no quedan suficientes virtudes para permitirle superar el juicio del paso del tiempo.

“Michaelmas” quedó en quinto lugar en la votación de los Locus de aquel año, en que se alzó como ganadora (también de Hugo y Nebula), “Pórtico“, de Frederik Pohl (una autor contemporáneo de Budrys que sí supo reengancharse a la ciencia ficción de vanguardia, y codearse con la irrupción de nuevos valores; como John Varley, autor de “Y mañana serán clones“, que quedó en tercera posición en aquella misma edición de los Locus).

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