Seeker (Última misión Margolia)

•diciembre 10, 2019 • Dejar un comentario

Sorprendentemente, el autor con más novelas nominadas al premio Nebula es Jack McDevitt, con doce de sus títulos (uno de cada dos) habiendo sido encontrados merecedores de dicha distinción. Solo Gene Wolfe (10) y Robert Silverberg (9) se le acercan siquiera. Pese a ello (al igual que con los otros dos), solo en una ocasión (por ahora, e incluyendo también las cuatro nominaciones en otras categorías) ha logrado conquistar el galardón. Fue en 2007, por “Última misión Margolia” (“Seeker”, 2005), la tercera novela de la serie del arqueólogo Alex Benedict, iniciada en 1989 con “Un talento para la guerra” (aunque no fue sino quince años después cuando apareció la segunda, “Polaris”).

Lo cierto es que me resulta difícil explicar tanto este premio en concreto como la inusitada querencia de los votantes del Nebula por McDevitt, que no deja de ser un autor de space opera clasicota y carente por completo de riesgo o innovación. Tal vez tenga que ver con que sus novelas son lo más parecido en ciencia ficción al bestseller procedimental, o quizás sea porque, en medio de ficciones que dan vértigo (con el singularitarismo cobrando cada vez más relevancia), las novelas de McDevitt parecen constituir una promesa de estabilidad, con sus futuros lejanos una versión apenas aderezada con tal o cual tecnología puntual de la vida de la clase media-alta estadounidense.

Eso mismo nos encontramos con “Seeker” (utilizaré el título original, que es más corto). Teóricamente se ambienta en una civilización diez mil años en el futuro de la nuestra, pero de no ser por la existencia de viajes ultralumínicos, inteligencias artificiales y hologramas, bien podría desarrollarse todo pasado mañana, y la excusa de que se llega allí a través de períodos de auge y caída no es muy válida, ya que eso no termina de explicar la absoluta identidad cultural. El futuro de McDevitt, básicamente, viene a tranquilizarnos con la promesa implícita de que, cuando todo termine de asentarse, los cambios habrán sido poco importantes o nulos. Tal vez eso baste para hacerlo destacar en medio de quienes se empeñan en restregarnos la vigente crisis de cambio por las narices.

La novela se inicia, como de costumbre, con un enigma histórico, al llegar para su tasación a las oficinas de la compañía de Benedict una copa de nueve mil años de antigüedad, que además, por las inscripciones que presenta, podría estar relacionada con uno de los mayores misterios de todos los tiempos: la desaparición de uno de los primeros grandes intentos de colonización interestelar, la expedición de los margolianos, huyendo del por entonces autoritario gobierno teocrático terrestre.

El principal atractivo de “Seeker” reside sin duda en su enfoque, al examinar nuestro futuro desde la óptica y con la herramientas de la historiografía. Así, nos lleva a ir desvelando un episodio que si bien para los contemporáneos de la novela (sobre todo la narradora, Chase Kolpath, un personaje en principio secundario que se erige en realidad en protagonista de la historia) es historia lejana, se encuentra todavía a mil años en el futuro para nosotros. Eso sí, sus métodos no son muy… laboriosos. Básicamente se trata de ir pidiéndole a una inteligencia artificial que analice tal o cual dato, con ocasionales viajes para recabar datos in situ (viajes que en ningún caso superan los cuatro días de duración, en virtud de los nuevos impulsores de salto, descubiertos por Benedict en “Un talento para la guerra”). Hacía falta aderezar la historia de algún modo, y por ello Benedict y Kolpath son objetivo de los atentados contra su vida de rigor en la serie, al tiempo que se despliega de fondo una minipolémica sobre si lo que hacen (ellos y otras empresas competidoras) es arqueología o expolio.

Lo cierto es que McDevitt logra presentar de un modo atractivo los grandes temas de la novela, e incluso apunta a una sublectura interesante, al equiparar la fascinación por la colonia perdida de Margolia con mitos de nuestro pasado como el de la Atlántida. También reviste interés la visita de Chase al territorio alienígena de los ashiyyur (aunque la insistencia por pintar la repulsión mutua como un instinto insuperable tiene cierto tufillo xenófobo), si bien a la postre todo se soluciona conectando un pendrive a un puerto USB… o los equivalentes exactamente iguales de la tecnología de dentro de 90 siglos. Ese es el gran problema, que la familiaridad acaba por matar cualquier atisbo de exotismo, y cuando todo resulta tan culturalmente monolítico y tan poco exótico, y por ende la “investigación” se ve reducida a ir de A a B para encajar determinada pieza de información de la que nada sabíamos hasta que Alex Benedict se la saca de la manga… Digamos que para ese viaje no hacían falta tantas alforjas (o, traducido, que si lo mismo se nos hubiera contado en una novela corta, hubiera resultado hasta atractivo, pero extendido por toda una novela resulta cansino y reiterativo).

Lo que más he acabado por lamentar es la absoluta ausencia de progreso social, cultural y casi tecnológico. McDevitt, al parecer, considera la sociedad de clase media-alta estadounidense el sumun de la perfección, de modo que por mucho que se sucedan las épocas oscuras, los totalitarismos despóticos o las guerras, todo acaba regresando de forma natural al redil (e incluso esboza una tesis a favor del capitalismo económico, contrapuesto de forma harto maniquea al control estatal de la investigación). Ese inmovilismo golpea a la novela directamente en su línea de flotación, haciendo que la perspectiva histórica pierda gran parte de su atractivo. No resulta creíble que una sociedad de la que nos separan tantos milenios como de la revolución neolítica se presente tan condenadamente familiar.

¿Por qué entonces resulta tan atractiva para, al menos, los votantes estadounidenses? Debe de ser por su cualidad confortadora. En cierto modo, minimiza el impacto de cualquier cambio futuro. ¿Singularidad tecnológica? ¿Inteligencia artificial? ¿Extremismos religiosos? No hay de qué preocuparse, el futuro se extiende como un interminable remanso de ineltarabilidad. Tendemos a considerar la ciencia ficción como una literatura progresista, que trata de analizar e incluso adelantarse al cambio. La ficción de Jack McDevitt, sin embargo, es tan conservadora y clásica como los temas mismos que trata. Inofensiva (y aburrida) como un estanque donde jugar con barquitos de plástico cuando podríamos estar lanzándonos a explorar el océano.

La serie de Alex Benedict se ha visto continuada por, hasta el momento, otros cinco libros (dos de los cuales, por cumplir con la media, han sido nominados al Nebula), ninguno de los cuales ha sido traducido al español. Aquel mismo año, el Hugo sí que reconoció dos novelas en las antípodas de esta aproximación inmovilista: “Al final del arco iris“, de Vernor Vinge (la ganadora), y “Visión ciega“, de Peter Watts (que los Nebula, por cierto, ignoraron por completo).

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The collapsing empire (El fin del imperio)

•diciembre 3, 2019 • 4 comentarios

John Scalzi es primero y ante todo un fan de la ciencia ficción, que por capricho del destino ha acabado transformando su pasión en oficio, lo que le ha permitido escribir sus propias versiones de “Tropas del espacio” (“La vieja guardia“) o de  una novelita que recomiendo vivamente de H. Beam Piper, “Encuentro en Zarathustra” (“El visitante inesperado”), homenajear a Dick en el título de “El sueño del androide” (en el título y poco más) o marcarse un homenaje/parodia a Star Trek (“Redshirts“). En ello le ha ayudado un estilo ágil, un agudo sentido del humor y mucho, mucho desparpajo, lo cual en una época en que poco más se le pide a la ciencia ficción, lo ha convertido en uno de los autores más destacados de lo que llevamos de siglo.

“El fin del imperio” (“The collapsing empire”, 2017), el inicio de su nueva serie (la de la Interdependencia), comparte con todo lo anterior virtudes y carencias. Es una space opera ágil, con personajes pintorescos, una trama que combina con maestría aventura y entretenimiento, en donde los malos son muy viles y los buenos molan puñaos y acaban saliéndose con la suya pese a todas las zancadillas que les ponen los primeros. También es un escenario simplón, inspirado en este caso, de forma un tanto más libre que de costumbre, en el de la Fundación de Asimov, con una trama política apenas suficiente para sustentar las escenas de lucimiento de los protagonistas y un subtexto sobre la obsolescencia de los sistemas políticos que se ha colado, como el propio Scalzi confiesa en los agradecimientos, impremeditadamente. Es en definitiva fast food que distrae y se lee en un suspiro, pero que desde luego no satisface el hambre.

La acción tiene lugar unos mil años en el futuro, con la humanidad dispersa entre veintitantos asentamientos, conectados por el Flujo, una red de atajos que permiten el viaje entre sistemas separados por años luz en cuestión de semanas o meses. Al poco de descubrirse esta red, la corriente que conectaba con la Tierra se desestabilizó, y las colonias quedaron abandonadas a su suerte. El gran problema al que se enfrentaron es que en su mayor parte eran sistemas estériles, sin planetas aptos para la vida, así que la única forma de mantener la estabilidad fue crear la Interdependencia, un imperio controlado por grandes monopolios comerciales, que aseguraban la distribución de materias primas por toda la red. La casa de Wu, por virtud de controlar el Hub, el sistema central de la red, entronizaron al primer emperox, líder tanto del senado (de nobles comerciantes), como de la iglesia (con una religión creada ad hoc para proporcionar al cotarro una ética y una espiritualidad apropiadas).

En el momento en que empieza la acción, tras ocho siglos de estabilidad, el Flujo empieza a fallar, y pronto nos enteramos de que hay un físico, autoexiliado en el mundo más remoto de la red (“casualmente”, el único con un planeta tipo Tierra habitable) que posee un modelo según el cual todo el chiringuito va a cerrarse… para siempre. Mucho que afrontar para Cardenia, la recién ascendida emperox (de rebote, por la muerte accidental del heredero oficial), que se nos presenta como un personaje honrado en un nido de víboras, ejemplificadas en la casa Nohamapetan, unos comerciantes ávidos de poder y riquezas (no como todo los demás, claaaaaaro), cuyas maquinaciones van desde intentar casar a su heredero con la emperox a mangonear en la rebelión que está intentando echar de su poltrona al gobernador de End (no sé cómo se habrá traducido al español), el Términus particular de la Interdependencia.

Tenemos pues la típica lucha de poder, un juego de nodos light, en el que lo más sorprendente es pensar cómo es posible que la casa Wu se haya mantenido al frente del cotarro durante mil años disponiendo de unas redes de seguridad e inteligencia tan limitaditas. De todas formas, por si hay algún lector despistado, Scalzi se detiene de tanto en tanto para explicar con pelos y señales lo que está pasando (algo particularmente irritante en un flashback al final del primer acto, que pone sobre la mesa toda la conjura, no sea que alguien se pierda). Definitivamente, lo de tejer una trama compleja no estaba entre las prioridades del autor, que se muestra mucho más cómodo en las distancias cortas, describiendo personajes super guays, que pueden pertenecer también a la misma casta de comerciantes explotadores, pero ¡hey, son los buenos! (y si es una joven lenguaraz y con carácter, pues mejor que mejor).

No quiero dar, sin embargo, una impresión equivocada. Scalzi tiene oficio, y eso se nota. Si no te paras a pensar demasiado, “El fin del imperio” es una novelita la mar de entretenida, y tiene algún que otro hallazgo interesante (como la sala de la memoria de los antiguos emperadores). Además, lo pretendiera o no, lo cierto es que sí que refleja muchas de las incertidumbres a las que se enfrenta nuestra sociedad. Tal vez no dependamos de Flujos que están a punto de secarse (o sí, porque una posible lectura de la novela podría relacionar su crisis con la crisis climática a la que nos estamos viendo abocados), pero ese mismo sentimiento de obsolescencia permea nuestra cultura, y es interesante ver cómo la ciencia ficción también le presta atención, aunque sea de refilón (resulta, además, una sublectura mucho más significativa que la inocentona denuncia de los sistemas de poder que se autoperpetúan en su propio beneficio a la que recurre Scalzi para sorpresa de absolutamente nadie).

A la postre, todo queda dispuesto para las secuelas (iba a ser una, pero ahora el plan apunta a trilogía), de la que ya ha sido publicada la segunda, “El imperio en llamas”, con la tercera, “The last emperox”, prevista para el año que viene.

“El fin del imperio” cosechó en 2018 una nominación al premio Hugo (que acabó ganando por tercer año consecutivo N. K. Jemisin por “El cielo de piedra”), y le supuso a John Scalzi su segundo premio Locus (tras “Redshirts”), imponiéndose a otras tres space operas de nuevo cuño, como son “Provenance” de Ann Leckie, “Raven stratagem” de Yoon Ha Lee y “Las estrellas son Legión” de Kameron Hurley.

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The stars are Legion (Las estrellas son Legión)

•noviembre 28, 2019 • 4 comentarios

“Las estrellas son Legión” (“The stars are Legion”, 2017), ha supuesto la presentación de la autora al mercado español, con tal ímpetu, de hecho, que le valió el año pasado el premio Ignotus a mejor novela extranjera, por delante incluso de “La quinta estación“, de N. K. Jemisin. En el panorama internacional el impacto no fue tan grande, lo cual no fue óbice para que no recibiera nominaciones al John W. Campbell Memorial y al Locus de Ciencia Ficción (perdiendo frente a David Walton por “The genius plague” y John Scalzi por “El fin del imperio” respectivamente).

¿Pero es esta novela realmente ciencia ficción? Intentaré contestar a esta pregunta al final. Primero, una breve caracterización.

“Las estrellas son Legión” nos lanza de golpe en medio de un conflicto que lleva mucho tiempo desarrollándose y del que sabemos tan poco como Zan, la protagonista amnésica a la tratan como comandante de la armada de Katazyrna, uno de los mundos de la Legión, empeñado en conquistar el mundo de Mokshi frente a la oposición/competencia de Bhajava. ¿Por qué es tan importante conquistar Mokshi? El caso es que los mundos, unos entes tecnoorgánicos, están muriendo. Embarcados en un viaje sin destino, atrapados en órbitas ancestrales en torno al sol artificial central, su capacidad de regeneración se está viendo comprometida, y al parecer, sin que se nos explique muy bien el motivo, es el mundo de Mokshi el que esconde el secreto de la salvación para el Lord que demuestre suficiente fuerza (y crueldad) para hacerse con el control. Oh, sí, y los mundos están habitados únicamente por mujeres (lo que hizo que alguien tratara de menospreciar la novela rebautizándola como “Lesbians in space”… a lo que Hurley contestó adoptando de buena gana el título y componiendo incluso una portada alternativa con él).

Pronto, tras la confusión inicial, la trama se subdivide en dos líneas no exactamente equivalentes, narradas por sus dos protagonistas. En una, Zan es reciclada tras su último fracaso y arrojada al centro del mundo de Katazyrna, desde donde tendrá que desandar (de nuevo, al parecer) el camino hasta la superficie, para completar un misterioso plan del que ignora casi todo, elaborado junto con Jayd, la hija de Anat Katazyrna, la despiadada Lord del mundo a la que pretenden destronar, como paso previo para hacerse con Mokshi. Las cosas parecen descarrilar, sin embargo, cuando Bhajava ataca y conquista Katazyrna y Jayd se convierte en una de las escasas supervivientes, capturada por Lord Bhajava para utilizar su útero, del que se nos dice que puede producir un mundo.

Así, mientras Zan comienza a ascender nivel tras nivel por la compleja ecología concéntrica de Katazyrna, Jayd se enfrenta a otra mujer ambiciosa y cruel, a la que tiene además que arrebatar una reliquia de Mokshi, un brazo mecánico que Zan entregó como trofeo a Lord Katazyrna. Ambas se enfrentarán a dificultades importantes, aunque solo el viaje de Zan se estructura como una típica búsqueda (de autoconocimiento, sobre todo), a la que se van sumando distintos personajes pertenecientes a alguna de las múltiples sociedades de los submundos de la Legión. Jayd, por su parte, oscila entre la implementación del plan y el derrotismo, entre el odio hacia Lord Bhajava y una extraña atracción amorosa (a la que esta corresponde dentro del arquetipo controlador/maltratador).

Lo cierto es que la historia en sí no es demasiado interesante, y el estilo de Hurley se me antoja muy, muy seco. En lo que destaca es en la ambientación, pues ha construido un escenario propio de la space opera, pero deudor del body-horror ochentero, la filosofía de la nueva carne y los delirios biomecánicos de Giger, al servicio por una vez de una perspectiva femenina, que carga las tintas en cuestiones reproductivas. Así, junto con hangares, astronaves e incluso armas orgánicas, encontramos que todas las habitantes de los mundos colaboran en una especie de simbiosis con ellos, gestando en sus úteros los elementos que el mundo precisa.

He de confesar que no termino de comprender el sentido último de toda esta propuesta. Evidentemente, la libertad reproductiva es un tema central, pero no soy capaz de determinar una tesis clara. ¿Son los mundos la esencia masculina, que impone sobre las mujeres sus necesidades? La historia puede entenderse en cierta forma como un intento de romper el statu quo, de escapar de un sistema obsoleto y de las cargas que imponte, pero no hay nada claro, como tampoco resulta en absoluto convincente el presunto plan de Jayd y Zan, que parece depender de tantas variables incontrolables que más que plan se antoja mera declaración de intenciones.

Es por todo ello que me resisto a calificar “Las estrellas son Legión” como ciencia ficción, o cuando menos como el tipo de ciencia ficción al que estoy acostumbrado. No hay en el escenario nada que aporte coherencia interna más allá de un planteamiento estético concreto. Kameron Hurley no se molesta en hacernos creíbles sus mundos, sino que parece esperar aceptación ciega, por mucho que si los analizamos desde una perspectiva científica (ya sea atendiendo a su ecología, sus balances energéticos o incluso a la física subyacente) vulnera alegremente todos los principios que se le ocurren. La necesaria verosimilitud la consigue no del modo tradicional, a base de especulación científica, sino imponiendo a base de puro atrevimiento una visión que tiene más de subjetiva filosofía personal que de sistema lógicamente objetivo. Supongo que dependerá de cuánto conectes con esa… casi me atrevería a definirla como post-realidad, que aceptarás con mayor o menor facilidad la historia. Yo, personalmente, no puedo.

El caso es que no es la primera vez que me tropiezo con este tipo de “ciencia ficción”, que contradice la noción misma de ciencia ficción que he ido construyendo con el correr de los años. Ya me pasó, por ejemplo, con “Almas en guerra”, de Liz Williams, y en cierta medida con la trilogía de la Tierra Fragmentada de N. K. Jemisin (una supeditación de la ciencia a la filosofía que resulta abrumadoramente evidente para cuando llegamos a “El cielo de piedra”).

¿Se trata acaso de una respuesta al relativismo intelectual imperante en un tiempo en que la verdad parece depender más de intereses subjetivos que de ninguna realidad subyacente objetiva? Si así fuera, vendría a confirmar un retorno a terrenos ya casi olvidados dentro la vieja dicotomía soft/hard, y me obligaría a redefinir lo que es o no es ciencia ficción, dejando de lado la especulación bajo el modelo del método científico como piedra de toque del género a favor de la simple inclusión de elementos y escenarios clásicos para construir historias que deriven su aceptabilidad de perspectivas emotivas antes que intelectuales.

No lo sé, es tal vez demasiado pronto para aventurar nada. Solo puedo afirmar que esa ausencia de asideros especulativos tradicionales me saca por completo de la historia (también es cierto que he tenido un problema con los personajes, pues no hay ni uno solo que haya conseguido despertar en mí la más mínima reacción empática. A la postre, he terminado arrastrándome por las dos líneas argumentales, sin que me importara un comino el destino de Jayd o el de Zan, o el de cualquiera del resto de personajes secundarios. Sin poder determinar qué es posible y qué no en el universo de la Legión, mi suspensión de la incredulidad salta por los aires y acabo por perder todo interés en la (para mí) simple sucesión de ocurrencias más o menos rocambolescas, que buscan transmitir un mensaje emocional antes que una tesis sustentada en la lógica.

Mi mente no funciona así. Si esto es ciencia ficción, me temo que no es ciencia ficción para mí (aunque, como podréis comprobar en las “otras opiniones”, mi postura parece encontrarse en franca minoría).

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La atalaya

•noviembre 17, 2019 • Dejar un comentario

El sexo empezó a tratarse con cierta normalidad en la literatura fantástica hacia mediados de los años sesenta, y con él, poco a poco, comenzaron a darse ejemplos de relaciones no heteronormativas, de la mano de autores como Ursula K. Le Guin (“La mano izquierda de la oscuridad“), Joanna Russ (“El hombre hembra“), Samuel R. Delany (“Babel-17“), así como autores abiertamente declarados homosexuales (como los dos últimos y, por ejemplo, Thomas M. Disch).

La aceptación no siempre resultaba inmediata, pero iban haciéndose avances (patentes sobre todo en la ciencia ficción feminista de segunda ola). Eso sí, esa normalización no avanzaba al mismo ritmo en todos lo géneros. Más conservadoras por naturaleza, tanto la fantasía como el terror se sumaron con cierto retraso a esta revolución, y una importante figura de este proceso, por lo que respecta a la primera, es la escritora Elizabeth A. Lynn, ganadora del Premio Mundial de Fantasía de 1980 por “La atalaya” (“Watchtower”, 1979).

Se trata del primero de los tres libros que conforman las Crónicas de Tornor, un terceto que comparte escenario aunque no personajes, siendo cada uno de los títulos independientes (al primero le siguen “The dancers of Arun”, también finalista aquel mismo año del Premio Mundial de Fantasía, y “The northern girl”, de 1980). Al contrario que en muchas de las novelas de ciencia ficción a las que aludía, la sexualidad de los personajes no es un elemento central en la historia (ni mucho menos aquel en torno al cual gira), sino simplemente una parte integral del escenario, que dibuja una sociedad en la que ese tipo de relaciones no solo están permitidas, sino que se aceptan sin mayores cuestionamientos (lo que lleva también a la representaciones de personajes homosexuales positivos, algo igualmente pionero en el ámbito de la fantasía).

Claro que eso, por si solo, no basta, y la novela presenta otras peculiaridades que resultan, de hecho, más significativas (aunque quizás menos influyentes, por la evolución inmediatamente posterior del género), pues en el conflicto que escenifica entre un pequeño ejercito sureño y las fortalezas del norte el bien y el mal no están claramente definidos, y dependen más del bando que te haya tocado en suerte que de ninguna cualidad intrínseca de los personajes, pues todos ellos obran con propósitos que si bien pueden ser egoístas, no pueden calificarse objetivamente como buenos o malos. La tierra es dura, y más tan al norte, y exige a veces crueldad, a veces compasión, otras… el camino no está tan claro.

El protagonista principal es Ryke, uno de los tres oficiales de la fortaleza de Tornor que acaba de caer en manos del caudillo Col Istor. Su vida le es perdonada a condición de que jure lealtad a los nuevos amos, con el bienestar del príncipe heredero de Tornor, al que transforman en bufón, como garantía de buen comportamiento. Al cabo de cierto tiempo, sin embargo, la llegada de unos mensajeros (supuestamente hermafroditas), ofrece a Ryke y el príncipe Errel la oportunidad de huir, que no dudan en aprovechar, siendo guiados a un valle secreto del sur donde otro líder llamado Van a organizado una suerte de comunidad independiente de granjeros-guerreros (con un arte marcial por él inventado, que guarda similitudes con el aikido).

El elemento fantástico en sentido estricto brilla casi por su ausencia (totalmente, si decidimos no conceder crédito a un sistema de adivinación similar al tarot), quedando su adscripción al género supeditada al esbozo de un mundo secundario apropiado para expresar ideas como la de la aceptación de las relaciones homosexuales o también la subversión (un poco más costosa) de los roles de género (que se manifiesta, por ejemplo, en una hermana de Errel, que huyó de la fortaleza de Tornor por no estar de acuerdo con el papel que tenía preasignado como mujer), así como otros desarrollos, como el de la aldea de Van, que no tienen parangón en nuestra historia medieval.

A lo largo de toda la novela se percibe una reprimida atracción homosexual de Ryke por Errel, que sublima a través de un enamoriscamiento por uno de los mensajeros (que resulta no ser hermafrodita, sino mujer, aunque entregada a su propia relación lésbica), al tiempo que la autora se esfuerza por borrar las diferencias entre sureños y norteños, revelando un origen común que elimina cualquier otra justificación para los ataques que no sean las ansias de conquista.

“La atalaya” es poco más que la descripción de una escaramuza en un mundo pseduomedieval. No hay grandes destinos en juego, ni profecías, ni héroes. Simplemente gente normal luchando por sobrevivir en un mundo duro y a menudo implacable. Su fuerte, radica en sus personajes, en general ricos y complejos, desde Errel, el príncipe que no desea serlo, pero que siente la necesidad de honrar a su pueblo, a Col Istor, el caudillo que desea conocer la historia de norte para poder no solo controlar, sino llegar a amar la tierra que ha conquistado. Casi cualquier personaje hacia el que nos volvamos presenta este tipo de matices, inusuales en un género, el de la fantasía épica, que solía ser mucho más simple y directo. Lamentablemente, ese “casi” es un “casi” muy grande, porque precisamente el personaje que resulta un muermazo que ronda no sé si el malcrío o la idiotez congenita es el principal, Ryke.

Si existe una novela echada a perder por su protagonista (y foco narrativo), esa es sin duda “La atalaya”. No es solo que no sea creíble como oficial de ejército alguno, es que parece vivir en un mundo distinto al de todos los demás, hasta el punto de que suelto por Tornor parece harto improbable que pudiera durar más de unos días. Ante esta circunstancia, el que los elementos no terminen de engranar y ni el pseudoaikido ni el pseudotarot, por ejemplo, lleguen a alcanzar más relevancia que un par de adornos curiosos resulta poco menos que anecdótico. Leer esta novela es pelear de continuo con las ganas de abofetear a su protagonista y dejarlo abandonado para prestar atención a cualquier otro… y eso es una mochila muy pesada con la que cargar.

Cuarenta años después de su escritura, con sus elementos novedosos superados ampliamente por la evolución del género, la verdad es que queda poco en “La atalaya” que pueda recomendarse sin reservas, lo cual explica quizás el que la trilogía no haya terminado de traducirse al español (tampoco ayuda la crisis creativa en la que entró la autora al poco de concluir estos libros, que provocó el que su producción posterior sea poco abundante o significativa).

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La rueda celeste

•noviembre 9, 2019 • 1 comentario

En 1971, incrustada en medio de sus dos sagas más famosas (la de Terramar de fantasía y el ciclo del Ekumen de ciencia ficción), Ursula K. Le Guin publicó el que quizás sea su libro más singular (con permiso de “El eterno regreso a casa”), “La rueda celeste” (“The lathe of heaven”… que se hubiera traducido mejor como “El torno celeste”).

El protagonista de la novela es George Orr, un hombre normal, de hecho, el epítome de la normalidad, cuya única característica relevante es su capacidad de experimentar sueños efectivos. Es decir, sueños a través de cuales su subconsciente altera la realidad, de modo tal que solo él recuerda como era el mundo, quizás el universo, antes del cambio. Angustiado por la terrible responsabilidad que esto supone, decide automedicarse con drogas para evitar dormirse, con el resultado de que, tras una sobredosis, se le da a elegir entre la cárcel (por fraude a la Seguridad Social) o un tratamiento psicológico voluntario.

El destino quiere que su terapeuta, el orinólogo William Haber, inventor de una máquina capaz de estimular la fase REM, decida, tras constatar la veracidad de su aseveración, utilizarlo para cambiar el mundo a través de sugestiones posthipnóticas… aunque el subconsciente de George no siempre responde a estas directrices del modo esperado, lanzando la realidad hacia una espiral de cambios cada vez más profundos a medida que el doctor Haber va cobrando seguridad. Así, partiendo de una típica distopía superpoblacional y ambientalista de la época (similar a “¡Hagan sitio!¡Hagan sitio!” de Harry Harrison, “Todos sobre Zanzíbar” de John Brunner o “El mundo interior” de Robert Silverberg), el mundo de Orr (y Haber), va derivando hacia un sistema más sostenible, donde ya no existe la guerra, pero con la violencia sublimada a través de deportes ultraviolentos, con la amenaza de los Extraños asentados en la Luna o con draconianas medidas eugenésicas e imposiciones propias de totalitarismos.

Porque al contrario que ocurre con Philip K. Dick (con cuya obra a menudo se compara “La rueda celeste”), Le Guin no está interesada tanto en la esencia mutable de la realidad como en contrastar filosofías vitales contrapuestas, así como en realizar una revisión crítica al concepto de utopía, examinado tanto desde la perspectiva de lo que es humanamente alcanzable (sin un cambio fundamental de nuestra naturaleza), como con respecto a su propia deseabilidad como fin.

“La rueda celeste” es uno de los títulos de la autora en los que es más evidente la influencia de la filosofía taoísta. Así, George Orr representa precisamente el propio Tao, el camino, que fluye de forma casi totalmente autónoma, sin la guía impositiva de los deseos. De hecho, es precisamente la insistencia en propiciar el cambio por parte del doctor Haber lo que va destruyendo el equilibrio (representado, por ejemplo, por un volcán dormido que acaba erupcionando por un motivo u otro), propiciando un ciclo de eterna insatisfacción que deriva una y otra vez hacia el caos, pese a las mejores intenciones por parte del científico (al que, en todo caso, solo cabe achacar un exceso de soberbia).

Otra constante de la progresión de realidades que forma parte del discurso crítico de Le Guin es la pérdida de la diversidad, propiciando, por ejemplo, una solución radical al problema racial, que consiste en hacer a todos los seres humanos grises. Esto contrasta vivamente con la solución taoísta, que consiste en la integración armoniosa del yin y el yang, que si en “La mano izquierda de la oscuridad” se había identificado con los humanos hermafroditas de Gethen (que armonizan en sí mismos los principios masculino y femenino), aquí toma un significado aún más literal, configurando la relación amorosa entre el caucásico George Orr y la abogada mulata Heather Lelache (con quien inicialmente contacta para tratar de escapar del control de Haber). Cabe señalar que hasta que el Tribunal Supremo las declaró inconstitucionales en 1967, todavía había leyes antimestizaje vigentes en dieciséis estados de los EE.UU. apenas cuatro años antes de la publicación de la novela.

A grandes rasgos, “La rueda celeste” expone el proceso a través del cual George Orr va aceptando la mutabilidad de la existencia. Descrito a menudo como alguien débil por el resto de personajes, esa debilidad, que encierra en realidad una capacidad absoluta de adaptación, se acaba mostrando como una fortaleza inatacable. Es precisamente su equilibrio intrínseco lo que sirve de ancla a la propia realidad cuando todo se desmorona y las únicas certezas que restan son el amor y la confianza.

Entrelazada con todas estas consideraciones, como ya adelantaba, tenemos también esa crítica a la utopía irrealizable (y, en cierto modo, también a la distopía absoluta). Como buen taoísta, Le Guin se niega a calificar en términos absolutos, y ninguna de las realidades que crean George Orr y William Haber acaba siendo por completo positiva o negativa, sino que presentan todas una mezcla de cualidades positivas y negativas que derivan de la imperfección fundamental del ser humano y convierten en vano cualquier empeño por conquistar lo inalcanzable (con la posible excepción del caos provocado por un exceso de control).

Tres años después, la autora subtitularía su novela “Los desposeídos” como “Una utopía ambigua”, reconociendo tal vez esta verdad anterior: que nada humano puede ser perfecto, que la auténtica felicidad no surge de la perfección absoluta sino de la absoluta aceptación; un tema común en las filosofías orientales, que choca frontalmente con la tendencia a la proactividad del pensamiento occidental.

“La rueda celeste” fue finalista de los premios Hugo y Nebula, que fueron respectivamente para “A vuestros cuerpos dispersos“, de Philip José Farmer, y “Tiempo de cambios“, de Robert Silverberg, aunque quedó justo por delante de ambas en la votación de los Locus, constituyendo así el primero de los veinticuatro galardones que cosechó Le Guin en diversas categorías en este premio (cinco de ellos de novela). Ha sido objeto, además, de dos adaptaciones. Por un lado, una película para la televisión de 1980, que contó con la colaboración (y aprobación posterior) de la autora. Peor reputación mantiene la película de 2002, realizada de espaldas a Le Guin y que se toma considerables libertades respecto a la trama y los personajes.

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New Atlantis (Nueva Atlántida)

•noviembre 4, 2019 • Dejar un comentario

Fue escrita en 1623, quince años después de que Kepler escribiera Somnium, pero dado que Francis Bacon murió antes, en 1626, y ambas son publicaciones póstumas, “New Atlantis” se convirtió en la primera obra de ciencia ficción jamás publicada, al aparecer recopilada junto con “Sylva sylvarum”, un tratado de historia natural, por decisión de William Rawley, el secretario de Bacon (aunque no gozó de publicación independiente, ni siquiera de mención en el título, hasta 1659).

Se trata de una obra inacabada, un fragmento de una novela filosófica mayor, inspirada posiblemente en la “Utopía” de Tomás Moro (1516), a través de la cual, con mayor libertad que en sus tratados científicos y puramente filosóficos, Bacon exploró no solo (ni principalmente) un nuevo sistema político y social, sino sobre todo las posibilidades que brindaba y los caminos que abría el método baconiano para el avance de la ciencia, que ya había descrito unos años antes en la influyente “Novum organum” (1620) (ampliando además ideas ya expuestas, por ejemplo, en “The advacement of learning“, una carta al rey Jacobo de 1605, latinizada y expandida en 1623 como “De augmentis scientiarum“).

Dos años antes, en 1621, Sir Francis Bacon había caído en desgracia bajo acusaciones de morosidad y corrupción en el desempeño de cargos públicos (para los que fue vetado). Esto hizo que se volcara en su obra, como medio para reconstruir su prestigio, y explica también tanto el impulso que quizás lo moviera a especular de una forma novedosa y libre (la ciencia ficción), como el hecho de que nunca llegara a terminar el texto, posiblemente una distracción secundaria entre otros muchos estudios y empeños que lo ocuparían hasta su muerte (que incluso pudo haber sido propiciada por ellos, al pillar una neumonía estudiando hipotéticamente el efecto del frío en la conservación de los alimentos).

 

Por último, otra de sus posibles influencias (aparte de la obvia inspiración platónica, que ya comentaré más adelante) podría ser la novela utópica “Ciudad del Sol”, del dominico italiano Tomás Campanella, escrita en 1602 y traducida al latín precisamente ese 1623, que representa una visión claramente renacentista en su propuesta de un comunismo radical, sustentado a partes iguales en el conocimiento técnico y en la fe (con un gobierno teocrático ).

“Nueva Atlántida” narra la llegada de un barco inglés a Bensalem, una isla misteriosa en medio del Pacífico, donde los marineros descubren una sociedad perfecta muy avanzada, tanto en lo moral como en lo político y, sobre todo, en lo “científico”. Recibidos con respeto, y tras pasar por una cuarentena, se invita a los recién llegados a conocer el lugar para poder tomar una decisión informada sobre si permanecer allí o irse. Así, tras una introducción histórica que abarca desde la llegada milagrosa de las sagradas escrituras a la isla (con una Biblia canónica completa, recibida por gracia de San Bartolomé antes incluso de que alguno de sus libros, como el Apocalipsis de San Juán, haya sido siquiera escrito), hasta el catastrófico declive de los pueblos amerindios con los que inicialmente comerció, los marineros traban conocimiento con un enviado de la Casa de Salomón, la institución académica que ostenta el verdadero poder en la isla.

 

Es aquí, tras ciertas vagas consideraciones sociales (como la fiesta de la familia, en la que se celebra el éxito social de los ancianos, la completa libertad religiosa o la inexistencia del pago por servicios… que podría constituir una referencia oblicua a los sobornos supuestamente aceptados por Bacon en contraprestación por sentencias favorables), la historia entra de lleno en los aspectos más propios de la ciencia ficción, describiendo el representante de la Casa de Salomón el sistema de obtención, clasificación, comprobación y ampliación del conocimiento (que recopilan de todo el mundo, sin ceder nunca nada, por medio de emisarios de incógnito, conocidos como “mercaderes de luz”), basado en su “De augmentis scientarium“. Donde más da rienda suelta Bacon a su imaginación, sin embargo, es cuando el emisario comenta los diversos logros alcanzados por los estudiosos de la Casa de Salomón en disciplinas tan diversas como la automoción (con avanzados vehículos de todo tipo) o la mejora científica de especies animales y vegetales. Por desgracia, en este punto concluye el fragmento, interrumpido bruscamente con un permiso por parte del emisario de la Casa de Salomón para divulgar lo aprendido (que justificaría el retorno a Europa de la crónica).

“Nueva Atlántida” es una obra un tanto frustrante por todo el potencial que no termina de desarrollar, lo que la hace también oscura en su interpretación. La confianza de Francis Bacon por el método científico que él mismo ha ayudado a configurar resulta lo más evidente y lo que convierte esta novela corta (o fragmento) en auténtica ciencia ficción (posiblemente la primera muestra evidente del nuevo género). Otras cuestiones resultan más inciertas, como su postura respecto a la religión, pues ahí donde ciertos exégetas ven una sátira (con una inverosímil e innecesaria conversión al cristianismo), otros defienden la existencia de una religiosidad sincera, que permearía toda la obra.

 

Personalmente, carezco de suficientes datos para decantarme por una interpretación u otra, aunque mi impresión al leer el texto es que la intención no es tanto satirizar el conocimiento religioso como defender que el filosófico (científico) emana de él y constituye una forma perfeccionada de comprender el mundo natural. De ahí que me decante por traducir “Bensalem” como “Hija de Jersusalén”, enlazando con el concepto de la Nueva Jerusalén en la Tierra, muy de moda en aquella época y unida a la colonización de las Américas por parte de los puritanos ingleses (una empresa apoyada entusiásticamente por Bacon). Otra interpretación cabe encontrarla en la traducción de “shalem” como “completo”, de ahí que Bensalem sería “Hija de la completitud”, y la etimología podría extenderse a la Casa de Salomón (teniendo en cuenta que “Salomón” deriva de “Shalem”), que pasaría a ser la Casa de Todo (el conocimiento).

El parentésco implícito de su utopías, sin embargo, lo establece Bacon con la República de Platón, una sofocracia gobernada igualmente por un consejo de sabios, y con la Atlántida original, cuya leyenda se forja en los diálogos platónicos de Timeo y Critias, como antecesora directa de las utopías renacentistas (que antes que centrarse en los motivos de su destrucción, la tomaron como ejemplo de la sabiduría olvidada; conservada así milagrosa y sorprendentemente en Bensalem, más allá del Nuevo Continente). La ciencia (de forma estricta, el método científico o Novum Organum bacónico) posibilita la resurección de ese sueño de perfección social y diseña un futuro cuajado de promesas.

 

No me atrevería a afirmar que “Nueva Atlántida” es una gran historia, ya no solo por su cualidad de incompleta, sino también por el modo un tanto torpe y mecánico en que Bacon presenta sus ideas (producto, tal vez, o quizás incluso motivo, de esa misma incompletitud), pero no me cabe duda de que es auténtica ciencia ficción. La primera obra publicada que posiblemente merece esa distinción.

Podéis acceder al texto en inglés de esta obra (con gramática moderna) a través del Proyecto Gutenberg.

The forgotten beasts of Eld

•octubre 29, 2019 • Dejar un comentario

Con su primera novela de fantasía adulta, Patricia McKillip se convirtió en 1975 en la ganadora de la categoría en la primera edición de los World Fantasy Awards. Así, “The forgotten beasts of Eld” (1974), una novela ilustrada originalmente por Peter Schaumann, inauguró el palmarés del que ha acabado configurándose como uno de los principales premios del género fantástico, y se convirtió de igual modo en el trampolín que permitió a su autora desarrollar una prolífica y prestigiosa carrera, prácticamente inédita, eso sí, en nuestro idioma (donde ha primado el estilo de fantasía épica deudora de “El Señor de los Anillos” o a una mala la espada y brujería howardiana).

Porque “The forgotten beasts of Eld” pertenece a otra tradición, la de las historias asombrosas a lo cuento de hadas, conducidas a su forma moderna por Lord Dunsany. Así, aunque existe un escenario, el reino de Eldwold, los detalles del mismo resultan vagos. Sabemos que hay un rey, Drede, al que se oponen poderosas casas como la de Sirle. También sabemos de la montaña de Eld, donde por tres generaciones ha habitado un mago con el poder de llamar y atar a su voluntad diversas criaturas de leyenda. El resto de detalles son todavía más nebulosos, irrelevantes, y ni tan solo la magia se explicita, más allá de un conocimiento peculiar y el poder de imponer la voluntad sobre voluntades más débiles.

Tras una introducción un tanto vaga, nos encontramos con Sybel, la heredera del refugio de la montaña de Eld y las bestias fantásticas llamadas por su padre y abuelo: el Cisne Negro de Tirlith, el sabio jabalí Cyrin, el Lyón de Gules (con claras connotaciones heráldicas), la fascinante gata Moriah, el poderoso halcón Ter y Gyld, el viejo dragón que tan solo aspira a dormitar sobre su lecho de oro. A todos ellos, Sybel quiere añadir el fantástico pájaro Liralen, aunque sus esfuerzos por llamarlo se han probado siempre infructuosos.

En este retiro autoimpuesto irrumpe Coren, el menor de los siete hermanos de Sirle, con un recién nacido que afirma que está emparentado con Sybel (hijo de su tía, la mujer de Drede) y la petición de que la maga cuide del niño, pese a que ella misma le confiesa que no sabe ni cómo hacerlo ni cómo amarlo. En contra de sus reticencias, sin embargo, acaba quedándose con Tamlorn (Tam), a quien cuida con la ayuda de la bruja Maelga.

Contra sus expectativas, Sybel aprende a amar a Tam, y por ello se ve enfrentada a un gran dilema cuando Drede, habiendo sido puesto en conocimiento del destino de su hijo, ansía conocerlo y, lo que es peor, este expresa su deseo de vivir con su padre. La tranquila vida de Sybel se ha visto alterada irremediablemente por la irrupción del amor (en la forma de Tam, pero también de Coren, quien se siente atraído por la maga y se ofrece a acudir voluntariamente cada vez que perciba que es llamado), y acaba por complicarse todavía más al verse involucrada en los juegos de poder del reino, sobre todo entre Drede y la casa de Sirle.

En su primera mitad, “The forgotten beasts od Eld” se contenta con ir dibujando un escenario fantástico, en el que las viejas leyendas revisten el poder mágico del conocimiento y ser el séptimo hijo de un séptimo hijo es significativo. Se trata casi por completo de descripción ambiental, con muy poca trama y la más leve de las caracterizaciones. Pretende, simplemente, celebrar el asombro, representado principalmente en las míticas bestias de Eld.

Es a partir de ese momento, cuando Sybel se ve contra su voluntad implicada en los conflictos políticos de Eldwold, que la historia empieza a preocuparse un poco más por cuestiones como la trama, de forma muy ligera, eso sí, y bordeando el terreno de la fábula, con una nueva bestia, el oscuro Blammor, como representación metafórica de las pasiones destructivas que anidan en nuestro interior, y un gran error del que escapar o en el que incurrir, como son las ansias de dominio y venganza, que de un modo u otro acaban marcando en algún momento los destinos de Sybel, Drede, Coren y sus hermanos.

No hay mucho más. El disfrute de “The forgotten beasts of Eld” depende en gran medida de la capacidad del lector de entregarse sin reservas a la magia simple de la palabra, mediante la cual un simple halcón, por ejemplo, se convierte en aquella bestia fabulosa “que destrozó son sus garras a los sietes asesinos de su antiguo dueño”, o el jabalí parlante es el pozo de sabiduría capaz de contestar todos los acertijos menos uno (aunque a la hora de la verdad no conteste nunca a nada si no es de modo tangencial). Es una novela amable, sin apenas tensiones, en la que los escasos conflictos se resuelven casi antes de haber terminado de plantearse. En otras palabras, si lo que te atrae de la fantasía son las tramas elaboradas o los personajes complejos, este no es tu libro (y si prefieres la ambientación, la fascinación por lo maravilloso e inefable… pues tampoco es que termine de despegar del todo).

Existe, eso sí, una sublectura sobre los peligros del rencor y la maldad de imponer sobre los demás tu voluntad… aunque ni la reflexión es muy profunda ni las conclusiones sorprendentes. Al fin y al cabo, “The forgotten beasts of Eld” no está intentado transmitir ninguna idea que no puedas albergar ya, sino tan solo revestir la sencillez del modo más evocador posible. El que eso sea suficiente ya depende de lo que cada cual espere obtener de una lectura de fantasía (personalmente, encuentro esta fascinación a años luz de la que era capaz e evocar con herramientas parecidas Tanith Lee, por poner un ejemplo).

Aparte de la victoria en el World Fantasy Award, la novela fue también finalista del otro gran premio del género, el Mythopoeic, que fue cosechado por Poul Anderson y su fantasía histórica shakesperiana “A midsummer tempest” (que también se impuso a la que fue sin duda la mejor novela de fantasía de 1974, “La colina de Watership“, de Richard Adams).

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