Envuelta en la noche

•diciembre 4, 2022 • Deja un comentario

En 2008 Karen Chance dio inicio a su segunda serie de fantasía urbana/romance sobrenatural, protagonizada por la dhampir Dorina Basarab («La hija de la medianoche»), ello no fue sin embargo óbice para que acudiera puntual a su cita anual con Cassandra Palmer, publicando el tercer volumen de su serie, «Envuelta en la noche» («Embrace the night»); si bien en adelante, y por lo general, las ha ido alternando.

Pese a los dos años transcurridos desde el debut de la serie con «El aliento de la tinieblas«, dentro de la ficción las tres primeras novelas al menos se ambientan en rápida sucesión (y, como pasó con las dos previas, la acción de «Envuelta en la noche» se extiende a lo largo de poco más de un día). Lo que sí cambia es la orientación, pues si bien técnicamente sigue siendo una fantasía urbana del tipo de universo mágico oculto, a efectos prácticos la experiencia de los seres humanos normales queda relegada a la periferia de la trama, sirviendo tan solo como una suerte de burdo alivio cómico (con la enésima parodia de una convención de friquis, que tienen la mala… o buena suerte de montar su numerito en el casino de los vampiros).

En «La llamada de las sombras» dejamos a Cassie cargada no solo con el papel de pitia, sino agobiada por el geis, un hechizo que la ata al maestro vampiro Mircea (como recordatorio, indicar que ere el hermano mayor y con mejor pelazo de Drácula). Sus maniobras por el tiempo, además, han magnificado el poder del conjuro, lo que está conduciendo a Mircea a la locura. La solución es relativamente fácil, ya que bastaría con que ambos se acostaran para completar el proceso, pero ello implicaría que uno de los dos quedaría bajo el poder del otro (y dado que ahora Cassie es pitia, existe la posibilidad de que sea ella la dominante… lo que por alguna razón es anatema).

envuelta_noche

La novela arranca con Cassie y el mago de guerra Pritkin a la búsqueda de un antiguo códice, el Libro de Merlín, que supuestamente contiene un hechizo que debería ser capaz de deshacer el geis. La búsqueda se ve dificultada por la recompensa que el Círculo Blanco (una de las dos organizaciones de brujos) ha puesto a su cabeza (al parecer, motivados por la supuesta predisposición de Cassie hacia los vampiros con los que se crio, lo que podría alterar el equilibrio de poder en el mundo mágico). Tampoco el Senado vampiro (el Senado norteamericano) está muy contento con la situación, pues en pleno enfrentamiento no pueden permitirse el caos que se desataría si muriera un maestro vampiro tan poderoso como Mircea (por añadidura, el rey de los duendes oscuros tiene también un pacto con Cassie para obtener el antiguo códice… pero eso apenas tiene influencia en la trama; y los antiguos dioses andan supuestamente por ahí a la expectativa de lo que vaya a suceder, y eso sí que es relevante… aunque la autora no le presta durante la mayor parte de la novela ninguna atención).

Se inicia entonces una sucesión de escenas de acción, punteadas por breves interludios de desarrollo de la historia y aún más dispersos encuentros supuestamente sexis (sin que nunca lleguen a nada, por supuesto), bien entre Cassie y el doliente Mircea, bien entre la pitia el malote de Pritkin (aunque el trío nunca termina de establecerse, porque está claro que las preferencias de la vidente se inclinan hacia quien básicamente la marcó como propiedad suya; ya entraré en esas cuestiones). Cassie debe además aprender a toda velocidad a dominar sus nuevos poderes de pitia, que curiosamente no tienen nada que ver con la clarividencia, pero sí con la capacidad de saltar más o menos a voluntad por el tiempo y el espacio cual superheroína mutante.

¿Logrará Cassie esquivar todos los peligros que la acechan ? (y que incluyen además al jefe de los demonios). ¿Recuperará el Libro de Merlín a tiempo de salvar la cordura de Mircea? ¿Lograrán romper el geis? ¿Será Pritkin una rata traidora? ¿Le darán entre todos la ocasión de aprender de una vez lo que supone ser la pitia? Y, sobre todo, ¿logrará mojar de una vez con el macizorro, si bien no en su mejor momento, maestro vampiro?

embrace_night

«Envuelta en la noche» es un romance sobrenatural sureño bastante típico, con todas las virtudes y defectos que ello supone. Entre las primeras se cuenta un ritmo endiablado que no deja un momento de respiro y una cierta exhuberancia creativa, que no duda en amalgamar toda suerte de elementos fantásticos, desde poderosos hechiceros a demonios, íncubos, fantasmas, genios, duendes, gárgolas, dioses ancestrables, niños con poderes inestables y, por supuesto, vampiros (del tipo menos amenazador posible). Todo ello imbricado en un tapiz complejo pero relativamente bien estructurado, que tan solo se deja fuera, por irrelevante, al inconsciente mundo cotidiano al que ya no pertenece ninguno de los personajes.

Por desgracia, todos los defectos típicos también están ahí, centrados sobre todo en la inconsistencia de la protagonista (en la que los límites de su poder de pitia nunca terminan de estar claros, algo que dentro del contexto de la fantasía contemporánea supone un baldón bastante importante) y en una trama que parece construida a golpe de intuición, sin ningún plan previo, ni hoja de ruta, lo cual la penaliza especialmente cuando metemos de por medio viajes en el tiempo (supongo que espera que, con un poco de suerte, vaya todo tan rápido que el lector no tenga tiempo para intentar atar cabos). También es cierto que la espantosa traducción de la edición de la Factoría (la traductora es incapaz de pillar una sola frase hecha o interpretar una palabra más allá de la primera acepción del diccionario) no ayuda en absoluto a dotar de coherencia la trama.

A la postre, sin embargo, lo peor, como ocurre a menudo con este tipo de ficciones, es que hace gala de un romanticismo que me atrevería a calificar de mórbido, que pone de manifiesto tanto una profunda represión sexual (podrían interpretarse los tres primeros libros de la serie como una retorcida justificación para que Cassie acabe cediendo a sus impulsos y se acueste con Mircea), como una actitud tóxica, que romantiza situaciones de abuso (no hasta el punto de libros como «Muerto hasta el anochecer» o «Primera tumba a la derecha«, pero lo bastante patentes como hacerme incómoda la lectura). Sospecho que ambas cuestiones se encuentran estrechamente relacionadas, pero no es esta la ocasión propicia para analizarlo en mayor detalle.

Otras opiniones:

Otras obras de la misma autora reseñadas en Rescepto:

Marte se mueve

•noviembre 30, 2022 • Deja un comentario

El pasado día 19 falleció a los 71 años Greg Bear, por complicaciones derivadas del tratamiento de una afección cardíaca que padecía. A lo largo de su carrera ganó en cinco ocasiones el premio Nebula (dos de ellas en novela, por «La radio de Darwin» y «Marte se mueve») y dos veces el Hugo.

Bear comenzó a publicar a mediados de los años setenta, con su primera novela, «Hegira», de 1979. Pese a contar con una formación humanista, se le conoce sobre todo por su ciencia ficción bien anclada en los conocimientos científicos (si bien se suele conceder cierta libertad especulativa). Su período más reconocido arrancó en 1983, con la publicación del relato largo «Música en la sangre», que le valió sus primeros premios Hugo y Nebula. Dos años después lo extendió como la novela homónima, que cosechó también sendas nominaciones. En 1985 dio también inicio con «Eón» a la trilogía Thistledown, que terminó de situarlo en la vanguardia de la ciencia ficción (asociado por entonces a las otras dos Bs: David Brin y Gregory Benford).

Su otra gran serie es la iniciada en 1990 con «Reina de los ángeles», que describe un futuro (2047) dominado por la nanotecnología. En ese mismo escenario, pero en décadas posteriores, se sitúan las novelas «Heads» (1990), «Marte se mueve» (1993) y «Alt 47» (1997). Actuando como una suerte de precuela, en 2005 incursionó en el technothriller con «Quántico» y su secuela, «Mariposa» (2009). En total, Bear publicó treinta y cinco novelas, de entre las que destaca por la publicidad que recibió (no necesariamente positiva) su contribución a la nueva trilogía de la Fundación, «Fundación y caos» (1998).

«Marte se mueve» («Moving Mars») arranca en el año 2171. Desde unas seis décadas atrás el planeta Marte está habitado por una creciente comunidad de colonos, que se organizan un tanto caóticamente en grupos familiares denominados Vínculos Múltiples y que empiezan a desarrollar una cultura propia, distinta del crisol efervescente que es la Tierra y sus miles de millones de habitantes. En el momento de inicarse la acción, desde el planeta madre se están ejerciendo presiones para promover la unificación de los marcianos bajo un gobierno único que provea al resto de entidades políticas del Sistema Solar (la Tierra y sus socieades subsidiarias en la Luna y el cinturón de asteroides) de un interlocutor único con el que tratar.

Casseia, una joven de diecisiete o dieciocho años se ve envuelta en una protesta estudiantil contra un fallido intento de golpe de estado y esa experiencia la motiva a cursar gestión y administración, una disciplina inusual en un planeta con poca tradición política. Durante la protesta conoce a Charles, un joven físico que se enamora de ella, y aunque su relación sentimental tal vez no termine de fructificar, sus destinos se verán extrañamente entrelazados cuando años después ella forme parte de una misión diplomática de su VM en la propia Tierra y él se encuentre dirigiendo un grupo de investigación al que apodan «los olímpicos» cuyo trabajo podría llegar a producir un terremoto político capaz de cambiar no solo las relaciones de poder interplanterias, sino el futuro de la propia humanidad.

Entre 1988 y 1990 Bear había sido presidente de la SFWA y fue esa experiencia (que él mismo aseguró que no ansiaba volver a repetir jamás) la que le llevó a escribir una novela centrada en la política. A tal efecto, tomó un escenario relativamente frecuente en la ciencia ficción estadounidense, la de la colonia aún débil pero pujante que ansía sacudirse el yugo de la nación madre (un reflejo de su propio proceso de independencia), pero lejos de caer en paralelismos obvios (y favorecedores para con la colonia, claro), buscó crear un escenario con una entidad propia, alejada de la mitificación de la sociedad de frontera (que es posible encontrar en títulos como «La sombra sobre Marte» de Leigh Brackett (1943), «La Luna es una cruel amante» de Heinlein (1966) o incluso en la reciente serie de the Expanse).

Así, «Marte se mueve» es tanto una novela de maduración (personal para Casseia, global para la sociedad marciana) como uno de los más completos ejemplos de política-ficción del género especulativo, en el que las ansias por trazar un destino propio se ven cohartadas por las maquinaciones de unos ocultos poderes hegemónicos, que lo último que desean es que se rompa el statu quo. Esta parte de la novela, que hay quienes consideran lenta (no es mi opinión), va construyendo poco a poco la personalidad de la protagonista y la de su planeta natal, hasta que finalmente entra en juego el principal elemento especulativo (aunque ya antes nos había mostrado una Tierra con interesantes elementos postcyberpunk), que termina de elevar el conjunto, lanzándolo hacia un tercio final frenético con reminiscencias hacia otra historia de independencia interplanetaria, la que describió Isaac Asimov en el segmento final de «Los propios dioses» (1972).

Sin entrar en excesivas explicaciones (porque eso podría echar a perder el efecto de la sorpresa), tan solo apuntaré a que por muy fantasiosa que parezca, la ciencia tras la teoría de descriptores es compatible con ciertos desarrollos teóricos de la física cuántica. Bear no entra en detalles técnicos. Está más interesado en los efectos que la introducción de esa tecnología tiene sobre el las sociedades humanas y si bien fuerza un tanto los acontecimientos para configurar y espolear el conflicto, las posibilidades que plantea son fascinantes y el leve atisbo que ofrece como colofón de la novela constituye uno de los más puros ejemplos de «sentido de la maravilla» que pueden leerse.

Ante esto, sus pequeñas debilidades (como la relativa falta de carisma de Casseia) carecen de importancia. «Marte se mueve» es un título muy recomendable, que justifica sobradamente su premio Nebula frente a novelas como «Remolcando a Jehová» de James Morrow, «La parábola del sembrador» de Octavia Butler o «Marte verde» de Kim Stanley Robinson, la segunda parte de su propia narración del desarrollo científico y político de una posible colonización del planeta rojo (que fue la que le arrebató el Hugo y el Locus, a los que estaba también nominada junto con «Luz virtual» de William Gibson, «Mendigos en España» de Nancy Kress y «Tiempos de gloria» de David Brin). «Marte se mueve» obtuvo también el tercer lugar en el premio John W. Campbell Memorial (que aquel año quedó inusitadamente desierto).

Greg Bear

20 de agosto de 1951 – 19 de noviembre de 2022

IN MEMORIAM

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Weird West

•noviembre 26, 2022 • 4 comentarios

El pasado viernes 18 se falló públicamente la VIII edición de los premios Pascual Enguídanos patrocinados por el Ayuntamiento de Llíria, resultando yo ganador por segunda vez (tras la edición de 2018) con el relato «Piel de coyote». En esta ocasión, después de haber triunfado con la ciencia ficción de «161,62» (que podéis encontrar en «La disonancia de las esferas«), quise homenajear a Don Pascual probando otro de los géneros que cultivó en su prolífica carrera como autor de bolsilibros: el western, un subgénero que ciertamente no pasa por su momento de mayor popularidad, aunque como todos los clásicos, se resiste a morir y no deja de reinventarse.

yenaldooshi

La cabra, sin embargo, tira al monte, y aunque empecé a plantearlo desde la más estricta óptica histórica (ambientándolo, eso sí, en el «oeste» del imperio español, a finales del siglo XVIII), pronto se infiltró en la trama el elemento fantástico (los caminantes de pieles o yenaldooshis de la cultura navajo), por lo que acabé escribiendo un cuento de Weird West.

¿Pero qué es el «Weird West»? Pues se trata de un género híbrido, que surge de combinar los tópicos de las historias del oeste con elementos propios de los géneros fantásticos (sobre todo terror, pero también ciencia ficción o fantasía). 

Se considera que el primer cuento clasificable como de Weird West surgió de la pluma del gran maestro de lo que por entonces se conocía precisamente como género Weird (y que hoy llamaríamos más bien «fantasía oscura»): Robert E. Howard. El relato en cuestión, «The horror from the mound» (1932), nos presenta a un vaquero retirado que, movido por la codicia, perturba contra el buen consejo de su vecino mejicano un antiguo túmulo indio lindante con sus tierras, liberando al ser terrible que allí estaba encerrado. La siguiente obra notable de este género naciente es «Spud & Cochise», de Oliver La Farge, publicada en una revista generalista (La Farge era un reputado escritor de westerns) en 1937. Aquí, más que horror, el elemento weird se manifiesta a través de la plasmación fantástica de la cosmovisión india, mientras los personajes titulares (un vaquero y un jefe indio) se conjuran para detener a un forajido legendario.

Weird_west_tales_12

Pese a estos inicios literarios prometedores, lo cierto es que el auténtico desarrollo del género se daría en el mundo del cómic (a donde migraron muchos autores pulp durante la edad de plata), en series como la de Kid Colt (a partird e 1948) o Rawhide Kid (desde 1955), aunque el auténtico despegue llegaría con el debut en 1972 de un serial de DC que entremezclaba una ambientación del oeste con el renacimiento del horror, exportando a los áridos paisajes americanos iconos como vampiros, hombres lobos o fantasmas (algo que, de hecho, ya llevaba haciendo el cine, en productos de serie B, desde mediados de los sesenta). Esta cabecera, que estuvo en activo durante nueve años, fue además la que bautizó el género, pues se trataba de Weird Western Tales (nacida como evolución de All-Star Western), que durante sus primeros treinta y ocho números (de setenta) estuvo protagonizada por el cazarrecompensas Jonah Hex (que luego pasaría a dar nombre a su propia serie que duró noventa y dos números (tras varias miniseries, regresó en 2005 por otros setenta números (libre ya de cualquier restricción impuesta por el por entonces abandonado Comic Code). Otros personajes de Weird West del mundo del cómic podrían ser el Jinete Fantasma o, más recientemente, Predicador.

En los ochenta, cierto renacer nostálgico del pulp trajo irónicamente «de vuelta» el Weird West (que, en realidad, nunca antes había sido literariamente prominente), de la mano de autores como Joe R. Lansdale («Texas night riders», 1983; «Dead in the west», 1986) o Louis L’Amour («Haunted mesa», 1987), e incluso se elevó la calidad y ambiciones de las películas que podrían adscribirse al subgénero, como «El jinete pálido» (Clint Eastwood, 1985).

dead_west

Desde entonces, el Weird West no ha dejado de poblarse de monstruos, zombis, chamanes e incluso alienígenas, sobre todo con la fusión extrema entre géneros que se verificó en los años noventa y que rompió, o cuando menos difuminó, muchas barreras… entre ellas las del tiempo y el espacio, porque los temas y motivos del subgénero se expandieron por historias contemporáneas pero con un toque de western e incluso por mundos diferentes al nuestro en el que, sin embargo, se reflejan los motivos (el universo Star Wars), personajes (Roland Deschain, el pistolero de Stephen King, de quien recomendaría especialmente «Mago y cristal», la cuarta entrega de la Torre Oscura) o clichés de la ficción del oeste («Tierras rojas», de Joe Abercrombie, 2012; o la segunda era de Nacidos en la Bruma de Brandon Sanderson o de Wax y Wayne, iniciada en 2011 con «Aleación de ley«).

De todo ello, sin embargo, tan solo una fracción llega hasta nuestras tiendas, porque por alguna razón no parece perfectamente exportable. Solo cuando una de estas historias alcanza suficiente notoriedad como para aparecer como ganadora o finalista de algún gran premio tiene alguna posibilidad. Es el caso, por ejemplo, de «Boneshaker«, de Cherie Priest (2010, aunque solo una de sus cuatro secuelas ha visto la luz en nuestro idioma) o la más reciente «El rastro del rayo», de Rebecca Roanhorse (2018, en un escenario futuro postapocalíptico). Inéditos han quedado (por ahora) títulos como «The buntline special», de Mike Resnick (2010, inaugurando la serie Weird West Tales), «A book of tongues» de Gemma Files (2010) o «Six-gun Snow White» de Catherynne M. Valente (2013), por mencioanr tres autores que ya han sido traducidos en alguna ocasión al español.

aleación_ley

Lo curioso es que el Weird West no nos es en modo alguno ajeno. Con la popularidad de los bolsilibros del oeste, era solo cuestión de tiempo que surgiera la hibridación entre ellos y el horror, con antecedentes como «Vampiros en Tolar» de Meadow Castle (Padro Castellanos Allentorn, 1955), «Rancho Drácula» de Silver Kane (Francisco González Ledesma, 1960, aunque en puridad no termina de explotar su faceta weird) o «El monstruo va al oeste», de nuevo de Meadow Castle (1965). En la «segunda generación» de autores de bolsilibros, la de Bruguera en los ochenta, encontramos si cabe más ejemplos, con títulos como «Cazadores de vampiros» de Lem Ryan (Fracisco Javier Miguel Gómez, 1983) o todas esas novelas de Donald Curtis (Juan Gallardo Muñoz) recopiladas recientemente en el volumen «Monstruos en el oeste» (siete novelas cortas, publicadas originalmente en su mayoría entre 1987 y 1988). Una relación exhaustiva se escapa, sin embargo, del propósito de este texto, así que para obtener información adicional sobre el weird western en nuestros bolsilibros (en particular por lo que se refiere a fantasmas), me remito a este artículo de La Memoria del Bolsilibro.

De hecho, el Abuelito, nos descubrió el que bien podría ser el primer héroe del Weird West del mundo, Arizona Jim, el Sheriff, obra de autores desconocidos y publicado en España a partir de 1929 por la editorial Prensa Moderna, ya se enfrentó a cultos esotéricos, supervillanos, dinosaurios e incluso alienígenas. Podéis descubrir más de este héroe hoy olvidado en El Desván del Abuelito.

monstruos-en-el-oeste

En épocas más recientes, el Weird West sigue resurgiendo (casi siempre con una intencionalidad neopulp), en la obra de autores como Luis Guallar Luján («Cara de muerto», Tyrannosaurus Books, 2014), Alberto López Aroca (bajo el pseudónimo de Norm Eldricth, en títulos como la antología «Los límites del rancho» [2009], «La rata gigante de Sumatra en el oeste» [2012] o «Cuatreros de Venus» [2013]), Miguel Puente Molins («El ángel exterminador», 2011), Miguel Babiano («El enviado», 2Cabezas, 2021), Jaume Vicent («La mano del muerto», Pulpture, 2018), Paulo César Ramírez Villaseñor («Reward», NeoNauta, 2014), Luis Emilio Hernández Agüe («Praderas malditas», Esqueleto Negro, 2022) o Antonio Santos (con su personaja Joe Horseman, protagonista de la serie de «La roca Tarpeya»), además de proyectos antológicos, como el número cuatro del fanzine PULPo a la Malagueña (2022) o la serie de DLorean Weird West (que llegó a cuatro números, entre 2014 y 2017, recuperando novelas cortas de Lem Ryan y con aportaciones de autores como Carlos Díaz Maroto, Raúl Montesdeoca, Miguel Ángel Naharro, Néstor Allende, Francisco Domínguez, Ana Morán, Luis Guillermo del Corral y Joaquín Sanjuán Blanco) o el libro de ensayo «Weird Western. Cine del oeste sin fronteras» (Appleheadteam, 2021).

weird_west

¿Goza entonces el Weird West de buena salud? Yo no diría tanto. La mayor parte de los proyectos mencionados son relativamente minoritarios, asociados en general al subgrupo de aficionados al pulp (y, por ende, al neopulp). Quizás por su propia naturaleza híbrida, está condenado a medrar en los intersticios entre géneros, alimentándose de quienes osan aventurarse en los desolados territorios periféricos, o tal vez solo espera a que la ficción del oeste recupere el favor popular de antaño para volver a crecer a su sombra.

Yo, por mi parte, ya he realizado mi pequeña aportación al género. Supongo que podría decirse que con «Piel de coyote» he grabado una muesca más en mi revólver. Ahora, a por la siguiente.

Hijos de los hombres

•noviembre 22, 2022 • Deja un comentario

Durante toda la segunda mitad del siglo XX, después de que la literatura de género se expandiera más allá de las páginas de las revistas pulp, existió una barrera bastante impenetrable entre los géneros especializados (no solo fantásticos, sino también en casos como el policíaco, el histórico o el romántico) y la literatura general, que recibía la etiqueta de mainstream. En lo que llevamos de siglo XXI, esa frontera se ha ido haciendo cada vez más tenue (sobre todo desde lo que podríamos definir como el exterior del género hacia dentro… es decir, escritores considerados mayoritariamente como mainstream que incursionan de forma puntual o habitual en una o más de las tradiciones periféricas). En los años noventa, sin embargo, todavía era algo relativamente infrecuente, sobre todo con autores tan consolidados en su propio género como P. D. James.

children_men

P(hyllis) D(orothy) James llegó a ser consdierada la gran dama de la novela negra británica. Su carrera había arrancado de forma relativamente tardía en 1962 con «Cubridle el rostro», la primera de sus catorce novelas sobre el detective poeta Adam Dalgliesh. Para 1992 no solo se hallaba ya bien establecida como una de las principales voces del policiaco inglés, sino que un año antes había recibido una baronía, entrando con ello a formar parte de la Cámara de los Lores del parlamento británico. Quizás fue esta circunstancia lo que la motivó a escribir su primera y única novela de ciencia ficción: «Hijos de los hombres» («The children of men»).

Como ocurre a menudo con autores mainstream escribiendo en el género, «Hijos de los hombres» es una distopía política, con sustrato postcatastrofista. Ambientada en el 2021, especula con que 1995 fue el último año en que nacieron niños en el mundo. Tras una breve período de descenso generalizado de la natalidad, todo terminó, quedando aquella generación, la Omega, como el (malcriado) canto de cisne de la raza humana.

hijos_hombres2

No se trata en gran medida la situación más allá de las fronteras del Reino Unido. Allí, la democracia ha dado paso a una dictadura más o menos benévola, dirigida por Xan Lyppiatt, el Guardián de Inglaterra, quien utiliza su cargo, así como a un ejército especial, el cuerpo de granaderos, para asegurar a los ciudadanos un declive razonablemente tranquilo (y si hay que sacrificar algo de libertad en favor del orden, pues tampoco es para tanto, que después de todo no hay futuro para la especie humana). El protagonista y narrador, sin embargo, es Theo Faron, primo (pobre) del Guardián. Un académico cincuentón, divorciado y sin hijos (de hecho, mató accidentalmente a su única hija muchos años atrás), que llegó a formar parte del Consejo de estado (aunque sin auténtico poder), aunque en el momento en que da inicio la novela se encuentra distanciado de todo.

A través de capítulos que alternan extractos de un diario con narración en tercera persona del presente (aunque a decir verdad la voz narrativa apenas cambia, por lo que resulta un recurso un tanto hueco), vemos cómo Theo acaba reluctantemente involucrado con un reducido grupo de aspirantes a revolucionarios que acaban bautizándose como los Cinco Peces. Su ideario es un tanto vago y sus motivos diversos, pero a grandes rasgos están en contra de las políticas del Guardián y desean reintroducir algo de democracia en el sistema, al tiempo que limar cuando menos algunas de las peores aristas de las políticas de emergencia implementadas en el país para asegurar una transición apacible hacia la nada. Inicialmente, Theo es un personaje resignado, cómodamente asentado en una rutina sin alicientes ni sobresaltos. La irrupción en su vida de los Cinco Peces constituye un accidente molesto, únicamente soportable por la atracción que empieza a sentir por Julian, una mujer joven, que forma parte del quinteto. Su entrega, sin embargo, no es total… hasta que una revelación sorprendente lo cambia todo.

children_men3

Cualquiera que haya visto la adaptación que en 2006 dirigió Alfonso Cuarón sabrá de sobra en qué consiste ese giro argumental (y, de hecho, muchas portadas ya lo desvelan). Supongo que es bastante tonto pretender guardar el secreto treinta años después. Eso me permite hablar del obvio contenido alegórico de la novela, porque como ocurre a menudo con autores mainstream que prueban mano con la ciencia ficción, la parte especulativa es bastante pobre. P. D. James se limita a tomar elementos de aquí y de allá (desde «1984» de George Orwell y «El cuento de la criada» de Margaret Atwood, al más obvio antecedente, «Barbagrís«, de Brian Aldiss) para construir un futuro no excesivamente cambiado (podríamos considerarla dentro de la tradición británica de los apocalipsis suaves, cultivados por autores como John Wyndham o John Cristopher) y bastante inverosímil, habida cuenta de que ya se ha perdido el tercio más joven de la población (lo que supone, de hecho, una importante porción de la fuerza laboral).

A la postre, más que un libro interesado en explorar las implicaciones socioeconómicas del escenario planteado o utilizarlo como metáfora para obtener un atisbo a alguna faceta del espíritu humano, lo que tenemos es una crítica ligera a la modernidad, que contempla el descenso de la natalidad como una suerte de castigo divino ante la deriva social y que concluye con una nota positiva mediante un segundo natalicio milagroso de evidentes connotaciones cristianas. P. D. James posee suficientes tablas como para no hacer todo esto excesivamente explícito, pero no deja de resultar una narración un poco simplista (por no hablar de otros peligros de la alegoría).

hijos_hombres

«Hijos de los hombres» es una novela correcta, que se lee con facilidad y que discurre con un ritmo bien medido. Carece, sin embargo, de las sublecturas de mayor profundidad que suelen caracterizar a la mejor ciencia ficción y, de igual modo, se percibe inusitadamente desapasionada (después de todo, la autora contaba con más de setenta años cuando la escribió, lo que contrasta con los treinta y nueve de Aldiss cuando casi tres décadas antes propuso su propio escenario de infertilidad mundial). Es muy posible que hoy en día hubiera quedado olvidada por completo de no ser por la ya mencionada adaptación cinematográfica, que de hecho se tomó enormes libertades con la trama y los personajes (hasta el punto de que casi podemos considerarlas variaciones independientes en torno a un tema común). Tras «Hijos de los hombres», P. D. James retornó a su género habitual y, de hecho, prolongó su carrera en él por casi dos décadas más.

Otras opiniones:

Contra la distopía

•noviembre 18, 2022 • 1 comentario

Desde los mismo inicios de la ciencia ficción ha existido un anhelo por mostrar futuros deseables, dando así lugar a la literatura utópica (con antecedentes tan antiguos como sofocracia de Platón). De hecho, podría defenderse que la primera obra de ciencia ficción fue una utopía (la «Nueva Atlántida«, de Francis Bacon). Durante siglos, los futuros deseables predominaron, desembocando todo ello en el auge de literatura utópica de finales del siglo XIX, cuyo máximo exponente fue «El año 2000«, de Edward Bellamy. 

En esas mismas fechas, y como reacción en contra, empezaron a aparecer historias críticas con las propuestas utópicas que, por el contrario, mostraban los resultados indeseables de aplicar esas nuevas ideas. Había nacido la distopía y, al menos durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, se estableció una suerte de diálogo entre utopías y distopías. Con el paso del tiempo, sin embargo, las propuestas utópicas empezaron a perder el favor del público y, por el contrario, las distopías o antiutopías no solo siguieron conservando su popularidad, sino que dieron origen a algunas de las obras más celebradas ya no solo de la ciencia ficción, sino incluso de la literatura del siglo XX (tales como las tres grandes: «Un mundo feliz«, «1984» y «Fahrenheit 451«).

Contra-la-distopia

Todavía se siguieron publicando utopías, como «Walden Dos» (B. F. Skinner, 1948) o «Ecotopía» (Ernest Callenbach, 1975), pero no cabe duda de que su reverso oscuro acabó ganando por goleada, llegando a la situación actual, en la que no solo se escriben más distopías que nunca, sino que el subgénero ha logrado trascender los límites de la ciencia ficción y ha conquistado tanto la literatura juvenil (que eso sean auténticas distopías es debatible) como el mainstream, con aportaciones de autores como Cormac McCarthy («La carretera», 2006), Ian McEwan («Máquinas como yo», 2019) o la recientemente publicada novela póstuma de Almudena Grandes, «Todo va a mejorar».

Frente a esta situación, Francisco Martorell Campos, doctor en filosofía, especializado en la literatura utópica y distópica, con su tesis de 2015 «Transformaciones de la utopía y la distopía en la posmodernidad», se propuso analizar desde una perspectiva crítica el género distópico, lo que ha llevado a la publicación del ensayo «Contra la distopía. La cara B de un género de masas» (La Caja Books, 2021).

Ya desde el mismo principio confiesa una intencionalidad política. El libro se relaciona con otro ensayo previo, «Soñar de otro modo. Cómo perdimos la utopía y de qué forma recuperarla», y su tesis, a grandes rasgos, expone la inutilidad de la distopía como literatura movilizadora, presentándola más bien como abanderada de una ideología conservadora que, a través de mecanismos como la exageración o la descontextualización, invita realmente al conformismo y fomenta la inmovilidad.

ingsoc

No puedo afirmar que esté completamente de acuerdo con todo lo expuesto. Para empezar, el análisis de las distopías es sincrónico, es decir, las examina desde una perspectiva actual, mientras que yo, por formación, no puedo evitar la visión diacrónica (a menudo la he calificado de evolutiva), sin poder además disociar cada obra del contexto histórico en que surge (sobre todo, en este caso en concreto, del diálogo entre utopía y distopía, que se viene desarrollando desde hace más de un siglo). También me ha parecido percibir cierto sesgo interpretativo, que nace precisamente de esa intencionalidad política, que apunta hacia una visión utópica muy concreta y que ignora (o eso me ha parecido) que la distopía, al contrario que la utopía, no siempre propone un futuro probable o siquiera plausible, sino que presenta a menudo una exageración premeditadamente metafórica cuyo objetivo no es tanto prevenir de un peligro concreto como explorar una faceta extrema de la naturaleza humana (algo que es especialmente perceptible en autores como Robert Silverberg y Brian Aldiss).

Esto, sin embargo, no es óbice para que también esté muy de acuerdo con muchos de los puntos que toca, en especial por lo que respecta a la ideología reaccionaria que se esconde detrás de muchas distopías antiguas y actuales (siendo especialmente prevalente en la literatura juvenil, donde además se produce un blanqueamiento del presente) y a la necesidad (casi diría que obligación por parte del escritor contemporáneo de ciencia ficción) de contrarrestar ese pensamiento pesimista mayoritario con una nueva oleada de literatura (y filosofía) utópica que nos proporcione no solo fantasmas que temer, sino también ideales a los que aspirar.

hunger_games

A efectos estructurales, tras una pequeña introducción, el primer bloque del libro está dedicado a analizar la actual moda distópica (bautizada como Distopiland), para a continuación pasar a definir y analizar la distopía en sus diferentes manifestaciones. Tras ello, la que quizás sea la parte crucial del ensayo se dedica a desarrollar diez críticas específicas contra la distopía, poniendo de manifiesto que en este género, definitivamente, no es oro todo lo que reluce (desde la exaltación del individualismo a la obsolescencia de algunas visiones distópicas clásicas, la entronización de un falso naturalismo o de lo real frente a lo virtual o la glorificación del trabajo como mecanismo de explotación). Por último, compendia todo lo tratado en doce tesis, que buscan caracterizar la actual iteración de la literatura distópica.

Todo ello tremendamente interesante y completo, pero no puedo evitar pensar, sin embargo, que «Contra la distopía» es un poco injusta con el objeto de su crítica (sobre todo con algunos de los títulos más clásicos) y quizás peca un poco de descontextualización (o incluso recontextualización). No siempre y no toda la distopía se ha visto aquejada de estos sesgos y carencias… aunque conocerlos constituye ya no solo una gran ventaja, sino incluso diría que un deber para todos cuantos aspiren, pese a todo, a contribuir a ampliar las filas del frente distópico. Sea como sea, lo absolutamente innegable es la profundidad y extensión de este análisis, que se apoya en decenas y decenas de obras (tanto literarias como cinematográficas… quizás inclinándose más de la cuenta hacia la versión audiosivual en los casos en que ha habido adaptaciones) y en una bibliografía minuciosa y extensa.

distopia

En resumidas cuentas, un libro muy interesante, que debería ser obra de referencia ya no solo para quien esté pensando en escribir su propia distopía, sino sobre todo para quienes se atrevan a recoger el guante y se animen a pensar en positivo. En un tiempo en el que no solo la distopía parece estar de moda, sino en el que además el futuro, se mire como se mire, se presenta negro, es casi un deber de los autores de ciencia ficción no tirar por lo fácil, currárselo y buscar ese esquivo rayo de esperanza que nos impulse a tratar de alcanzar un futuro mejor.

Otras opiniones:

Sadrac en el horno

•noviembre 14, 2022 • Deja un comentario

Alrededor de 1972, tras haber pasado por un devastador incendio doméstico a finales de 1968 y sufrir una presión creciente, Robert Silverberg se rompió. Llevaba cinco años y pico produciendo obra maestra tras obra maestra y entonces la excelente «Muero por dentro» pareció erigirse en su canto del cisne. Se mudó de Nueva York, su ciudad natal, a la costa oeste y redujo de forma significativa su producción, hasta el punto que su siguiente novela, «El hombre estocástico», tuvo que esperar hasta 1975.

Analog_197608

Ese mismo año, a la edad de cuarenta años, anunció que abandonaba la escritura (decisión que posteriormente revocaría, iniciando una nueva etapa en su carrera hacia finales de 1979 al abordar la lucrativa publicación de las Crónicas de Majipur). Así pues, la publicación en 1976 (inicialmente en Analog) de «Sadrac en el horno» («Shadrach in the furnace») estaba destinada a convertirse en su testamento literario, y aunque a veces se la hace un poco de menos (al compararla con las grandes novelas de su lustro milagroso), lo cierto es que hubiera sido un broche de oro (si bien prematuro) para su carrera.

«Sadrac en el horno» se centra obsesivamente en su protagonista, Sadrac Mordecai, el médico personal de Genghis II Mao IV Khan, presidente del Comité Revolucionario Permanente, que dirige los destinos del mundo bajo la filosofía de la depolarización centrípeta. En otras palabras Genghis Mao es un dictador que dirige con mano firme el mayor imperio que jamás haya existido, erigido sobre las ruinas del antiguo orden (en 1995, un supervolcán chileno provocó tal inestabilidad global que estallaron guerras civiles por doquier y, finalmente, provocó la Guerra del Virus, que contaminó a toda la población con la descomposición orgánica, una enfermedad mortal integrada en el genoma que puede activarse en cualquier momento en ausencia de un escaso antídoto, provocando indefectiblemente la muerte).

Sadrac_horno

Sadrac, un alto y atlético negro de Filadelfia, se ocupa de mantener en las mejores condiciones posibles al anciano Khan, lo que implica someterlo a habituales transplantes de órganos. También es el supervisor de tres grandes proyectos cuya finalidad última es prolongar indefinidamente la vida del tirano: el proyecto Fénix, que intenta regenerar las células de su cuerpo; el proyecto Talos, que busca construir un autómata capaz de replicar la apariencia y procesos cognitivos del líder mogol; y, por último, el proyecto Avatar, que busca transferir su consciencia al cuerpo joven de un «donante». Es este último el plan más prometedor… al menos hasta que el «heredero» designado se entera de los planes el dictador y se suicida.

Es entonces cuando Genghis Mao se fija en Sadrac, o más específicamente en el cuerpo de Sadrac, como receptor ideal de su mente, planteándole al médico un dilema de índole ético, pues por su juramento hipocrático no puede dañar a su paciente, pero si se limita a dejar pasar el tiempo, su destino estará sellado.

sadrach_furnace2

La novela es densa, rica en sublecturas, en contraposición con su aparente sencillez narrativa. También se toma su tiempo en plantear el escenario (del lejano, por entonces, año 2012) de un modo sesgado, por medio del filtro que cosntituye la percepción y los pensamientos de Sadrac Mordecai. Poco a poco, sin embargo, empiezan a surgir elementos destacados. Tenemos, por ejemplo, la descripción de un sistema opresivo y desequilibrado, pero no necesariamente injusto, o al menos no más injusto que cualquier otro que hubiera podido imponerse. Se detiene también en la descripción de tres nuevos cultos (la muerte onírica, el transtemporalismo y el rito de carpintería) que ofrecen, cada uno a su manera, confort espiritual a los habitantes de este mundo postcatastrófico en el que tantos anhelos y tantas esperanzas han muerto.

De un modo más específico, y conociendo las circunstancias particulares en las que se concibió la novela, no resulta difícil adivinar sublecturas más personales. Así, se me antoja bastante evidente la influencia en el texto de la identidad judía de Silverberg, aunque Sadrac, pese a su nombre, es por nacimiento cristiano, escenificándose a través de diversas experiencias un sentimiento de alienación y distanciamiento de sus raíces (lo que también es aplicable a esa relocación espacial que experimentaba igualmente por esas fechas el autor). Es un desasosiego que lleva aparejado cierto sentimiento indefinido de culpa, o quizás un anhelo imposible de reintegración.

Sadrac_horno2

Lo crucial a mi entender para interpretar la novela se refiere, sin embargo, a la aceptación por parte de Sadrac de su destino. Un proceso lento y doloroso que conlleva una profunda autoevaluación y que implica incluso como recurso literario una disociación cognitiva que impele a Sadrac a imaginar fragmentos de un hipotético diario personal de Genghis II Mao IV Khan. A la postre, busca alcanzar un compromiso entre lo ideal y lo posible, encontrar un camino ético a través de un escarpado paisaje moralmente ambiguo, sobreponerse al desengaño y reconciliarse con su fracaso… aunque a la hora de la verdad, quizás por imposición editorial, Sadrac Mordecai logra encontrar una solución satisfactoria a su dilema que se ventila de forma un tanto decepcionante en cuatro o cinco páginas (de las que podemos prescindir sin problemas).

Muy posiblemente, «Sadrac en el horno» es un libro que solo puede apreciarse por completo tras haber experimentado desilusiones y derrotas, tras haber alcanzado a tocar el Cielo con la punta de los dedos y haber sido arrojado de vuelta a tierra, tras haberse levantado y haber proseguido el camino hacia… alguna parte. No es en modo alguno una escenificación del eterno enfrentamiento entre el bien y el mal como proclama engañosamente la portada de la edición más disponible. La lucha, que la hay, no es realmente entre Sadrac y Genghis Mao, sino principalmente de Sadrac consigo mismo.

sadrach_furnace4

No son sentimientos inusuales. Quien más, quien menos, todos hemos sufrido reveses semejantes y alcanzado compromisos, si bien no tan drásticos, sí posiblemente igual de dolorosos, y podemos por tanto identificarnos con el protagonista de la novela. Esto, posiblemente junto con cierta intención de brindar un homenaje postrero al autor, le valieron a Silverberg nominaciones a los premios Hugo y Nebula (quedando con un sexto puesto en puertas de poder considerarlo oficiosamente finalista también en los Locus). En el primer caso, la victoria fue para «Donde solían cantar los dulces pájaros«, de Kate Whilhem; mientras que el segundo quien se alzó con el triunfo fue Frederick Pohl con «Homo plus«.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Cero

•noviembre 10, 2022 • Deja un comentario

En 1991 Kathe Koja publicó su novela debut, «Cero» («The cipher»), que la catapultó de inmediato al primer plano al cosechar tanto el Locus como el Bram Stoker de primera novela. Durante los seis años siguientes, a través de otras cuatro novelas y una antología, se convirtió en una de las principales voces del género de terror, explorando a menudo transformaciones físicas grotescas como reflejo de procesos psicológicos, razón por la que ha sido asociada tanto con el body horror como con el splatterpunk.

cero

Todo ello es plenamente aplicable a «Cero», la historia de Nicholas, un don nadie, enredado en una relación profundamente tóxica con una chica extraña, Nakota. Cierto día, sin otra preparación, ambos encuentran un agujero en el suelo de un trastero abandonado del edificio donde vive de alquiler Nicholas. Es un agujero extraño, que no parece tener fondo, sino que más bien conecta con una especie de dimensión extraña, alienígena. Las primeras pruebas, introduciendo pequeños animales atados a cordeles, dan como resultado mutaciones repulsivas y experimentos ulteriores tan solo logran acrecentar el misterio… y la fascinación enfermiza que siente Nakota por ese vacío monstruoso.

La principal, más bien única, característica de Nicholas es su total nulidad. Él es el «cipher» (pelele) del título original. Un poeta fracasado que trabaja como gerente en un videoclub (porque es tan anodino que nunca se le ocurriría robar) y que es incapaz de negarle nada a Nakota con tal de obtener unas migajas de atención. El problema es que Nakota vive entregada a un nihilismo autodestructivo y hace gala de un egoísmo absoluto y no duda en manipular a Nicholas para satisfacer sus ansias.

cipher

El agujero se transforma así en un catalizador de esta dinámica disfuncional, arrastrándolos a ambos (con la entusiasta colaboración de Nakota y la desganada aquiescencia de Nicholas) en una espiral de degradación no muy diferente de cualquier otra adicción (por las fechas en que se escribió la novela, bien podría haber sido heroína). Todo aquiere, además, un matiz más perturbador cuando de forma semiaccidental el brazo derecho de Nicholas penetra en el agujero y sale… alterado.

A partir de aquí el agujero y sus misterios, así como la enfermiza vinculación con Nicholas, devienen en el epicentro de un grupúsculo de personajes, a cual más estrafalario, que buscan en el misterio una suerte de revelación, algo de trascendencia, relacionado todo ello de algún modo con el arte; una de las constantes de la obra de Kathe Koja y presente también en otras de sus obras como «Cerebros asesinos» (1992), «Skin» (1993) o «Strange angels» (1994). La transcendencia, o quizás metamorfosis, ha arraigado sin embargo de forma involuntaria en Nicholas, que como en tantas otras cosas en su vida se deja arrastrar con un abandono que contrasta con lo radical de la transformación, convirtiéndose paradójicamente en el único de los implicados que no trata de extraer ninguna (inexistente) revelación oscura de la situación.

cipher2

Hasta aquí lo que puedo contar de la trama sin entrar en más revelaciones de las que proporcionan algunas de las portadas y también lo que alcanzo a entresacar sobre las intenciones de la novela, porque a la hora de valorar lo que proporciona, he de confesar que «Cero» me ha aburrido soberanamente.

La misma historia, en mi opinión, hubiera podido contarse en una novela corta. En vez de ello, se arrastra y se retuerce, volviendo una y otra vez sobre sí misma con variaciones tan leves que tan apenas añaden nada nuevo a una historia que en mi opinión estaba lista para encarar su clímax  no mucho más allá de las cien páginas. En vez de ello, Kathe Koja comienza a introducir una tras otro a nuevos personajes que poco aportan, aparte de proporcionar una excusa para extender una historia que con Nicholas y Nakota tenía suficiente. También, he de reconocerlo, llevo mal el surrealismo y, poco a poco, la trama de «Cero» va adentrándose en el absurdo, algo a lo que contribuye una narración en primera persona fragmentaria, que nos ofrece una visión subjetiva plagada de… agujeros (algo absolutamente premeditado).

cipher4

Supongo que habrá fans de este tipo de historia de terror, carente casi por completo de lógica interna, que recurre a descripciones repulsivas para provocar al lector. Tal vez la intención de la autora era epatar, sacudir sensibilidades, pero su supuesta trasgresión me resulta tan filosóficamente hueca como su protagonista. Carente por tanto de algo un poco más sustancial a lo que aferrarme que un nihilismo un tanto fatuo, no me ha producido más que bostezos y a duras penas he logrado arrastrarme hasta el final de la novela (sabiendo, por supuesto, que allí no iba a encontrar nada; cualquier otro resultado hubiera contravenido la esencia misma de la historia).

Posiblemente, soy el peor tipo de lector posible para una historia como la de «Cero». Incluso en el terror, yo busco un discurso ordenado, una tesis. «Cero» es un agujero negro, es la nada, es la atracción por el abismo, más alla de cualquier pensamiento coherente; es también la rendición de la voluntad, una especie de estado zen mórbido que nos invita a devolverle la mirada a la oscuridad y abrazar la disolución. Me temo, sin embargo, que no encuentro fascinante la idea de la nada. Solo se me antoja aburrida, carente de incentivos; y ninguna sucesión de hechos aleatoriamente grotescos basta para hacerme cambiar de opinión.

cipher3

Obviamente, esta opinión no fue compartida por muchos de los lectores contemporáneos, que tal vez encontraron en «Cero» un reflejo de una vacuidad existencial que se manifestaba en el problema de drogadicción al que he aludido (eran años en los que no parabas de tropezarte con jeringuillas por los parques). Así que, como ya he comentado, la premiaron con un premio Bram Stoker (compartido con «Prodigal» de Melanie Tem) y un Locus, ambos de primera novela… lo que todavía a día de hoy constituyen los mayores reconocimientos críticos obtenidos por Kahte Koja en el terreno fantástico.

Otras opiniones:

1984

•noviembre 6, 2022 • Deja un comentario

Tradicionalmente, tres son las consideradas como las grandes distopías del siglo XX: «Un mundo feliz» (Aldous Huxley, 1932), «1984» (George Orwell, 1949) y «Fahrenheit 451» (Ray Bradbury, 1953). De todas ellas, por alguna razón, la de Orwell no solo es la más prestigiosa, sino también la que suele considerarse fuera de la tradición de la ciencia ficción por defensores que no desean «mancharla» con esa etiqueta. Lo cual, por supuesto, es una soberana tontería.

Orwell escribió «1984» («Nineteen eighty-four») entre 1947 y 1948, ese último año ingresado ya por el empeoramiento de la tubercolusis que arrastraba desde hacía veinte y que lo llevaría a la tumba en 1950. Un poco antes había publicado su otra gran novela antitotalitaria: «Rebelión en la granja» (1945). Juntas, constituyen su producción más celebrada, hasta el punto de oscurecer el resto de su obra, que incluye otras cuatro novelas, tres libros de no ficción y numerosos artículos periodísticos.

Este antitotalitarismo tiene su origen en la participación de Orwell en la Guerra Civil Española, del bando republicano, una experiencia que reflejó en el libro «Homenaje a Cataluña» (1938). Esto no implica tan solo una postura antifascista. Alineado con el anarcosindicalismo, Orwell lamentó profundamente las luchas internas lanzadas por grupos prosoviéticos, en especial en el terreno de la falsa propaganda. Como resultado, regresó a Gran Bretaña con una posición política antiestalinista, al considerar esas prácticas la mayor amenaza para el desarrollo del socialismo.

Se suele considerar erróneamente que, mientras «Rebelión en la granja» es antiestalinista, «1984» es principalmente antifascista. En realidad, ambas muestran una misma postura antitotalitaria y, de hecho, buena parte del sustrato filosófico de esta última no surge tanto de los horrores de la Segunda Guerra Mundial (aunque un disparador importante fue el pacto de no agresión firmado en 1939 entre la Alemania nazi y la URSS que propició el inicio del conflicto… echado por la borda en 1941 cuando los soviéticos cambiaron de bando), como del control de la información en el régimen de Stalin, que altera la percepción del presente y transforma el pasado en algo eternamente maleable.

El protagonista de «1984» es Winston Smith, un funcionario menor del Ministerio de la Verdad, cuyo trabajo consiste precisamente en reescribir incesantemente la historia para ajustarla a los designios del Partido. Por desgracia para él, piensa demasiado y su trabajo, que choca con su memoria, empieza a provocarle dudas sobre la bondad de la guía del partido y de su líder, el Gran Hermano. En estas, conoce a Julia, externamente una joven fanática de la Liga Anti-Sexo, pero secretamente una revolucionaria, que introduce a Winston a la obra de Emmanuel Goldstein, el misterioso ideólogo de la Hermandad, una suspuesta organización política clandestina (es a través de su libro que se nos muestra buena parte del mecanismo interno del régimen creado por el Ingsoc o Socialismo Inglés que domina la nación de Oceanía). El tercer protagonista es el misterioso O’Brien, un agente doble que se hace pasar por revolucionario pero pertenece en realidad a la temida Policía del Pensamiento.

Este trío de protagonistas no es original de Orwell. Casi punto por punto, constituye un reflejo de los principales personajes de «Nosotros«, de  Evgueni Zamiatin, publicada en inglés en 1924, que podría considerarse la precursora de la distopía moderna (de hecho, tiene más sentido en esa novela, donde presenta resonancias bíblicas). En lo que se distancia claramente «1984» es en la solidez de su propuesta filosófica. Mientras su precursora se esfuerza por encontrar un tema central, Orwell lo tiene muy claro. Su novela es una denuncia de los mecanismos de control social de los estados totalitarios a través de la guerra (cuyo objetivo no son las conquistas externas, sino la creación de un determinado clima interno), la vigilancia de estado y la manipulación de la realidad a través del control de la información.

Por eso mismo, el lenguaje es un elemento crucial de la novela, ya sea creando eslóganes memorables («El Gran Hermano te vigila», «La guerra es la paz. La libertad es la esclavitud. La ignorancia es la fuerza», «dos y dos son cinco»), ya sea mediante la invención de una versión artificial del inglés, la neolengua (newspeak), cuyo objetivo es limitar los conceptos que pueden siquiera expresarse, en aplicación de una versión débil de la hipótesis de Sapir-Whorf, que había empezado a circular entre los lingüistas (aunque no todavía con ese nombre). Otras novelas de ciencia ficción («Empotrados«, «Los lenguajes de Pao«, «Babel-17«) se decantaron por la versión fuerte y eso las hace quizás más pintorescas, pero no por ello «1984» es menos especulativa (en cualquier caso, mucho más, porque en aquella década era algo nuevo que acababa de entrar en la discusión científica).

«Doblepensar», «Crimental» son algunos de los neologismos que introduce la neolengua para conceptos clave en la política del Partido (y aquí he de comentar que, no importa lo buena que sea la traducción, «1984» es una libro que, de ser posible, ha de ser leído en su lenguaje original). Ayudan también al lector a detectar los puntales ideológicos del Ingsoc, aunque más que ideológicos cabría describirlos como procedimentales, ya que toda la estructura que describe Orwell tiene un único propósito: conservar el poder, por el poder mismo, no para hacer nada con él (y diría que en eso, como en tantas otras cosas, fue un auténtico visionario).

Esta cualidad profética propició que se acuñara el término «orwelliano» para describir políticas similares a las descritas en «1984» y, por desgracia, cada vez resulta más aplicable. Desde las dictaduras de vigilancia (como la que se está instaurando en China o, a otro nivel no estatal, como la que se viene produciendo en internet por parte de las grandes compañías capaces de convertir cualquier dato en producto de mercadeo) hasta el auge actual de la postverdad, que ha encontrado en la tecnología un aliado que hace superflua una estructura burocrática como el Ministerio de la Verdad (Miniver), el mundo parece ir haciéndose más orwelliano a cada año que pasa y lo peor de todo es que no parece importarnos, atrapados a menudo en la superficie de una falsa guerra ideológica que sirve de pantalla a un sistema que solo se preocupa por su autoconservación.

Porque, como el resto de las grandes, «1984» no solo es una distopía, sino una antiutopía, en el sentido de que quienes viven en ellas las consideran si no buenas (en este caso), al menos sí deseables por algún otro motivo (lo que se refleja hoy en día en la falsa dicotomía entre libertad y seguridad que justifica en muchos casos la vigilancia abusiva). Por eso la novela no concluye con la aprehensión de Winston. No basta con conquistar el cuerpo, lo fundamental es controlar la mente. El Partido no crea martires, sino conversos; así se desactiva por siempre la posibilidad de revolución.

Si a esto le añadimos la deriva hacia actitudes totalitarias (y populistas) por parte de los gobiernos de cualquier signo político, no resulta difícil argumentar que, por desgracia, «1984» sigue siendo una lectura tan relevante hoy como el día que llegó por primera vez a las librerías, hace ahora más de setenta años. Pareciera como si los únicos que han aprendido sobre los preligros del totalitarismo fueran precisamente aquellos con un interés práctico sobre cómo implantarlos.

Para concluir, tan solo me gustaría señalar que al igual que la crítica mainstream ha intentado despojar a «1984» de su adscripción al género de la ciencia ficción, esta postura encuentra reflejo en muchos aficionados al género que parecen reticentes a considerarla propia (como le ocurre en menor grado a «Un mundo feliz»… con Bradbury no hay tanta discusión). Dejémonos de complejos y abracémosla. Sí, al menos una de las obras cumbres de la literatura del siglo XX fue, le pese a quien le pese, una novela de ciencia ficción.

Como ya ha ocurrido en casos similares, me abstendré de añadir enlaces a otras opiniones. Son tan numerosas y variadas que sería un ejercicio fútil extractar un puñado.

Brujas de arena

•noviembre 2, 2022 • 2 comentarios

Recientemente se han fallado los premios Ignotus 2022, quedando como ganadora en la categoría de novela «Brujas de arena», de Marina Tena Tena, publicada por Insólita Editorial.

No es la primera novela de Marina Tena, aunque me resulta complicado detallar su obra previa, dado que se orienta preferentemente hacia la literatura juvenil, publicada a través de sellos que en general me son desconocidos (destacaría entre estos trabajos su participación en la serie «Rastreadores», de Editorial Tinturas, consistente por el momento en dos títulos). Ya en 2020 había sido coganadora del novedoso premio Ignotus al mejor libro infantil-juvenil por «No escuches a la Luna», editado a través de la plataforma Literup. Su más reciente publicación, también en Insólita, es la novela de fantasía oscura «Nos devoró la niebla».

«Brujas de arena» (2021) podría definirse como una novela de fantasía, aunque la ambientación es en realidad vagamente futurista. Nos sitúa en un futuro indeterminado, a medias distópico, a medias postapocalíptico. No llegamos a saber gran cosa del pasado. Nos encontramos con una serie de pequeñas poblaciones que sobreviven como pueden en medio de un gran desierto, inmersas todavía en un proceso de decadencia que va tornando la vida cada vez más dura, ante la escasez del agua y la progresiva transformación de las zonas de cultivo en yermos infértiles.

Como suele ser lo habitual en condiciones similares, los habitantes de estas comunidades han buscado cabezas de turco sobre las que depositar el peso de sus miserias y estas han resultado ser las de la brujas, mujeres dotadas de poderes tan extraños como variopintos, que son señaladas con temor y odio por sus vecinos y ajusticiadas en cuanto son descubiertas por alguna de las patrullas de cazadores que han consagrado sus vidas a esta tarea. El protagonista y narrador de la historia es Kilian, un joven de catorce años de Fraguas que vive solo junto con su hermana mayor, Indivar, desde que tres años atrás su padre denunciara a su madre como bruja.

Al comienzo de la novela, su dura aunque más o menos estable vida se ve alterada con la llegada de una partida de cazadores, que de algún modo parecen haber detectado los incipientes poderes de Indivar. Forzada a huir con tal de salvar la vida, Kilian se encuentra de pronto con un hogar vacío y con la animadversión de todo el pueblo, así que sin pensárselo mucho, apenas han terminado de interrogarlo los cazadores, recoge cuatro cosas y se lanza al desierto en pos de su hermana, a la que supone tras la pista del mítico santuario del desierto donde buscan refugio las brujas que logran escapar a tiempo de sus pretendidos verdugos.

«Brujas de arena» discurre, al igual que su protagonista, por la imprecisa frontera entre la novela juvenil y la adulta, bebiendo de una ambientación que evoca decididamente al western. Pero no se trata de ese western idealizado típico, por ejemplo, de John Ford, sino del sucio eurowestern de Sergio Leone, en donde encuentra cabida no tanto el heroísmo vibrante de la aventura como la más simple supervivencia de una narración crepuscular, agotada, en un escenario roto, emponzoñado por los efectos de la misoginia.

La sociedad que queda esbozada en la novela es una sociedad enferma, donde quien no es directamente culpable, sigue siendo responsable con su silencio e inacción del mantenimiento de la injusticia. Al margen de ella, las brujas han tenido que construir su propio espacio y así el viaje físico de Kilian adquiere resonancias casi iniciáticas, transformándose el desierto en una suerte de ordalía purificadora (un «papel» ciertamente tradicional). Por supuesto, en este viaje Kilian cuenta con su propia guía, Zoe, una bruja utilizada antiguamente como rastreadora por parte de una banda de cazadores que, tras liberarse, actúa a modo de enlace entre los dos mundos: el de los hombres y el de las mujeres, la sociedad enferma y el oasis en el exilio (que tampoco termina de percibirse como completo). Es ese desierto, esa región intermedia, ese limbo el que pone a prueba a Kilian, el que está a punto de matarlo y, aún más importante, el que está a punto de arrebatarle la inocencia.

En realidad, nada de lo que cuenta «Brujas de arena» resulta especialmente novedoso o profundo, y tampoco el personaje de Kilian puede considerarse como de gran complejidad (de hecho, resulta un protagonista bastante pasivo, al que en general le suceden las cosas, antes de erigirse en motor de la acción). Es pues el lenguaje el que tiene que suplementar la historia para hacerla atractiva y captar la atención del lector y lo logra con una sugerente narración en primera persona del presente, que transforma lo cotidiano en maravilloso y confiere una pátina de cotidianidad a lo maravilloso, contribuyendo así a crear esa atmósfera de transición que es la que define sobre todo la novela.

No hay respuestas al conflicto de base. No hay una solución mágica a la violencia patriarcal que predomina en Fraguas y en el resto de asentamientos de los hombres, aunque sí hay cierta resolución para los conflictos personales de Kilian. Existe, además, el desierto, el espacio vacío entre realidades donde tiene lugar la mayor parte de la acción de la novela. En ese sentido, «Brujas de arena» resulta curiosamente modesta en sus aspiraciones. No trata de cambiar la sociedad. No es algo tan trascendental lo que está en juego.

Al igual que la voz narrativa, el subtexto de la novela se centra en Kilian, en su paso de niño a adulto, en su transformación de inconsciente colaborador pasivo a… algo distinto, algo tal vez tan nuevo que su único lugar es el desierto. Ni con las brujas, ni con los hombres, un espacio virgen, libre de presiones sociales, en el que tal vez llegar a establecer (con ayuda) una vida diferente.

Otras opiniones:

El dios de piedra despierta

•octubre 29, 2022 • Deja un comentario

1970 fue un año particularmente productivo para Philip José Farmer, quizás el más prolífico de su carrera por lo que respecta a novelas publicadas con seis títulos (dos de ellos, eso sí, en un único volumen de ACE Double). En medio de todo eso, era tal vez inevitable que algo terminara quedadon arrinconado (sobre todo habida cuenta de que al año siguiente daría el campanazo con «A vuestros cuerpos dispersos» y «El fabuloso barco fluvial», el inicio de la serie del Mundo del Río). Ese fue el destino de «El dios de piedra despierta» («The stone gone awakens»).

stone_god_awakens3

La novela narra las aventuras de Ulysses Singing Bear, un científico petrificado por ventura de algún extraño accidente en 1985, al que un rayo despierta millones de años después, en medio de un combate entre humanoides de dos especies diferentes, descendientes ambas de felinos, que están dirimiendo el honor de tenerlo como dios. Aislado en un mundo del que el ser humano parece haberse extinguido, Ulises pone en uso sus antiguos y olvidados conocimientos para liderar a los pueblos-gatos, a la búsqueda de respuestas para lo que pueda haber ocurido en el mundo y a los lejanos descendientes de la humanidad, si aún existen.

En este empeño, pronto se perfila un poderoso contrincante, Wuturana, el Gran Devorador, un dios que, solo por su inmenso tamaño (acaba revelándose como un árbol titánico que cubre una superficie de centenares de kilómetros cuadrados) constituye un desafío a la supuesta divinidad de Ulises. Le llegan, además, rumores de que al otro lado del dios-árbol podría vivir una tribu de humanos, lo que lo impulsa a montar una expedición armada (tras reintroducir el arco y la pólvora en un arsenal compuesto esencialmente por armas de piedra) hacia lo desconocido.

stone_god_awakens2

«El dios de piedra despierta» es primero y ante todo una novela de aventuras, que explota al máximo las posibilidades de un escenario exótico, en el que diversas especies (gatos, murciélagos, leopardos e incluso elefantes) se han antropomorfizado (a través de un proceso no del todo natural) y otros animales salvajes, en virtud del inmenso lapso transcurrido, han evolucionado hacia formas extrañas. Por si fuera poco, el escenario también es singular, con un árbol tan monstruoso que por sus ramas discurren ríos enteros. Por último, tras toda esa exuberancia se esconde el misterio de cómo la Tierra llegó a ser así (pobre en metales, rica en especies inteligentes y despoblada de humanos).

Se trata, por supuesto, de otra más de las novelas basadas en un high concept de Farmer, como las que dieron origen a sus series del Mundo de Niveles, el Mundo del Río o el Mundo de día, o al más difuso universo de la Wold Newton Family. Como en todas ellas, el autor se cuida mucho de desvelar demasiado, no sea que los lectores no se sientan impelidos a seguir con la serie. El problema de «El dios de piedra despierta», por supuesto, es que las hipotéticas secuelas (al menos dos) nunca llegaron a escribirse, al discurrir los intereses de Farmer por otros derroteros, dejando a la novela huérfana de casi cualquier tipo de conclusión.

dios_piedra_despierta

Esto no quiere decir que no sea disfrutable como entretenimiento puro. El problema es que, junto con un despliegue notable de imaginación (más estética que conceptual), también adolece de la típica reticencia del autor por resolver demasiado pronto los conflictos, bien sea revelaciones sobre el pasado (se contenta con dejar caer, de forma un tanto torpe, una serie de sugerencias), bien con respecto a la evolución del protagonista (con la tensión sexual hacia una de las chicas-gato estirada, sin atisbo de resolución de ningún tipo, hasta más allá de lo cómico).

Con «El dios de piedra despierta» Philip José Farmer no busca sino ofrecer una aventura exótica en la línea de su adorado Edgar Rice Burroughs, y para ello no duda en «tomar prestados» elementos de mil y una historias anteriores, ya sea el viaje maravilloso inaugurado por su tocayo homérico, el ingenio (y paternalismo) de Robison Crusoe, el planteamiento (ligeramente modificado) de «El hombre que pudo reinar» de Kipling o un escenario que presenta no pocos paralelismos con «Invernáculo«, de Brian Aldiss. Por suerte, no se queda apegado mucho tiempo a ninguno de ellos, así que el conjunto resulta razonablemente fresco (aunque también habría que comentar el modo en que abraza alegremente el genocidio como solución ideal para un conflicto entre especies inteligentes).

stone_god_awakens

A falta de esa concreción (y de la mojigatería que exhibe, algo que en el autor de «Los amantes» o «Relaciones extrañas» solo se explica por un intento deliverado de apuntar hacia el mercado juvenil), cabría señalar como mayor virtud de la novela desde una perspectiva anticipativa su carácter casi pionero (a la ya mencionada «Invernáculo», de 1962, me refiero) en el campo de la evolución especulativa, que once años después alcanzaría su madurez con la publicación de «Después del hombre: una zoología del futuro», de Dougal Dixon.

Leer, sin embargo, «El dios de piedra despierta» con expectativas prospectivas sería un error. Su principal interés reside en entretener y para ello busca deslumbrar con puro sentido de la maravilla. Si para ello se ve obligado a sacrificar la profundidad psicológica (Ulises Singing Bear no es precisamente un modelo de introspección), a demorar las respuestas a fuerza de acumulación de maravillas o a simplificar la trama hasta dejarla reducida al mínimo imprescindible para impulsar la acción, pues sea. Lo único importante es producir asombro, y si bien esa cualidad se haya visto tal vez atenuada con el paso de las décadas y la acumulación de imitadores, sigue conservando suficiente encanto para satisfacer a quien no le exija nada más (personalmente, y pese a su brevedad, he acabado un poco saturado de tanta frivolidad).

stone_god_awakens4

Como comentaba, el éxito de «A vuestros cuerpos dispersos» junto con la creciente obsesión hacia Tarzán (de ese mismo 1970 son «Lord of the trees» y «Lord Tyger») empujaron la carrera de Philip José Farmer en otras direcciones y nos quedamos sin saber más de esa Tierra posthumana del lejano futuro, lo que reduce significativamente su relevancia. Una pena, porque era un escenario que, con algo de trabajo, hubiera podido dar mucho juego.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

 
A %d blogueros les gusta esto: