Vencer al dragón

•noviembre 22, 2017 • 7 comentarios

En ocasiones, es posible ser demasiado adelantado a tu tiempo, o tal vez simplemente llegar en el momento más inoportuno posible. Tal vez ese sea el caso de una de las mejores novelas de fantasía de los ochenta, “Vencer al dragón” (“Dragonsbane”), de Barbara Hambly, publicada en 1985… apenas unos meses después de que Margaret Weis y Tracy Hickman marcaran (por desgracia) el camino que iba a seguir el género durante toda una década con “El retorno de los dragones“, el primer título de la franquicia de la Dragonlance.

Porque “Vencer al dragón” no tiene absolutamente nada que ver con toda esa fantasía juvenilizada que llegaría a denominarse despectivamente “dragonada”. Sí, hay un dragón, Morkeleb el Negro, pero la protagonista, Jenny Waynest, es mucho más que un simple alter ego para explorar conflictos adolescentes. Es, de hecho, una mujer madura, enfrentada a un dilema ciertamente adulto, dividida por el tirón de dos intereses irreconciliables, que debe llegar a un compromiso vital. Ah, sí, también hay un dragón del que encargarse, en compañía de su pareja, John Aversin.

La novela es, de hecho, algo que iba haciendo mucha falta: ese título capaz de tomar los elementos de la fantasía tolkiniana y, más allá de una simple réplica simplificada (a lo Terry Brooks en los libros de Shannara), hacer evolucionar el género en consonancia con las preocupaciones y sensibilidades de la época. Lo hace, además, poco a poco, dejando que nos vayamos aclimatando a un enfoque no tan blanco y negro, sino con sus matices de gris, presentándonos lo que a grandes rasgos es una reintrepretación de la aventura de “El hobbit“.

Eso sí, ya desde el principio nos encontramos con diferencias. La primera y principal que el protagonismo es femenino, correspondiendo a Jen Waynest, una maga que habita en las Tierras del Norte, territorio fronterizo de un otrora poderoso imperio que se ha visto año a año cada vez más aislado y dejado a su suerte, en un proceso equivalente a la desintegración del Imperio Romano durante el paso de la Edad Antigua a la Edad Media (Barbara Hambly posee un máster en historia medieval).

El caso es que allí llega por sorpresa un joven emisario del rey, buscando la ayuda de Lord Aversin, el único vencedor de dragones que aún vive (pues en su juventud, con ayuda de Jenny, mató a una bestia que estaba llevando la ruina a su pueblo). Los dragones de Hambly son bastante clásicos. No excesivamente grandes (de diez a quince metros de longitud), aunque con la panoplia al completo de su especie: dientes, garras, espinas cortantes, aliento de fuego y capacidades mágicas. El caso es que en las inmediaciones de la capital, Bel, se ha instalado un dragón, expulsando de sus grutas ancestrales a los gnomos y amenazando con arruinar el poco esplendor que le queda al antiguo imperio.

Acuciado por sus propias necesidades (defensa y conocimientos), John acaba accediendo a intentar replicar su hazaña, y hacia Bel que parten él, Jenny y Gareth, descubriendo al arribar (tras una serie de peripecias que no vale la pena detallar) que el panorama no es exactamente como lo había pintado el joven cortesano, sino que el rey parece hallarse además bajo el control de una joven y poderosa maga, que es quien realmente ostenta el poder como su amante (y que parece tener un interés especial en la eliminación del dragón).

Hasta aquí las semejanzas y diferencias con la épica tolkienista resultan evidentes. La principal entre las segundas es que, lejos del tono mitológico de las aventuras en la Tierra Media, el enfoque de Barbara Hambly es casi desmitificador. John, por ejemplo, no se ajusta al molde del aguerrido héroe de leyenda (aunque sí es valiente y capaz). En vez de ello, se trata de un líder al que sus múltiples obligaciones, tratando de mantener en pie una sociedad que se desmorona, apartan de su verdadera pasión que es el estudio; un bárbaro ilustrado, en la refinada y decadente corte de Bel. En cuanto a Jenny, dado que asumimos su punto de vista es el personaje más complejo, debatiéndose de continúo entre el ansia de poder propio de los magos y las “distracciones” que la apartan de la meditación necesaria para conseguirlo: su amor por John y por los dos hijos de ambos.

A medida que avanza la historia, de hecho, se acrecientan tanto esos paralelismos (con “El hobbit” específicamente, aunque resulta imposible no ver un eco de Grima Lengua de Serpiente en Zyerne, la maga tras el trono de Bel), como las diferencias (en una resolución del primer conflicto que nada tiene que ver con el destino de Smaug), y cuando todo parece abocado a una mera (aunque inteligente) reinterpretación del mismo esquema, nos encontramos con que todavía resta más de un tercio de novela y de que debe haber más… y vaya si lo hay.

Porque a partir de ahí Jenny Waynest se ve sometida a su mayor prueba, por un lado enfrentada a la ambición desmedida de la poderosa Zyerne, pero sobre todo confrontada con las realidad innegable de su propia ambición de poder (representada en la magia del dragón).

Si todo lo precedente ya bastaba para convertir “Vencer al dragón” en una obra imprescindible dentro del canon de la fantasía, es este desarrollo ulterior lo que termina de llevarla a un plano superior, porque a través de su ficción Barbara Hambly aborda un tema candente en la sociedad estadounidense de su época (y aún no resuelto de forma satisfactoria, quizás porque no hay solución sencilla): la conciliación entre las aspiraciones laborales y las familiares.

Lo cierto es que estamos bastante acostumbrados a contemplar este dilema desde la perspectiva masculina (en “Cementerio de animales“, por ejemplo), pero por motivos culturales no es tan frecuente que se plantee desde el punto de vista de la mujer. Jenny, aun antes de los cambios que experimenta en la novela, ya se siente desgarrada entre la convicción de que no está atendiendo las necesidades de su compañero y sus hijos (a los que cría la mayor parte del tiempo una tía) y la sospecha de que esas escasas atenciones que logra escamotear a su meditación son detrimentales con respecto a lo que podría avanzar en su carrera libre de distracciones.

De forma absolutamente hipócrita, nuestra sociedad ha tendido a negarle a la mujer el derecho a debatirse en la disyuntiva entre amor y ambición, otorgándole tradicionalmente el papel de quien tiene que sacrificar sus sueños por el bien de la pareja. Barbara Hambly, con “Vencer al dragón”, rompe decididamente con cualquier tipo de asumción, y sitúa a Jenny en una posición en que debe tomar una decisión libre de cualquier tipo de condicionante externo, debiendo así hacer autoexamen profundo de sus deseos.

¿Cómo es posible que una obra con tantos niveles pasara desapercibida? Bueno, en realidad no lo hizo, y muchos de los principales autores de hoy en día la señalan como fuente de inspiración (no es de extrañar, así de adelantada estuvo a su época). Es sólo que quedó sepultada bajo la marea de la fantasía franquiciada ochentera, hasta el punto de que no fue sino en 1999 cuando se publicó una secuela, “Dragonshadow”, seguida de “Knight of the demon queen” en 2000 y “Dragonstar” en 2002 (aunque las críticas no suelen ser muy positivas, señalando a un cambio demasiado brusco en el enfoque y los personajes). Todo ello, junto con una novela corta de 2010 (“Princess”), conforma la serie de las Winterlands.

En 1986 “Vender al dragón” resultó tercera en la votación de los Locus de fantasía (que ganó Roger Zelazny con “Trumps of doom”, el inicio de las segundas Crónicas de Ambar) y repitió mención al año siguiente (aunque ya en vigesimoquinta posición). De igual modo, fue finalista del Mythopeic Award (que obtuvo la no menos extraordinaria “Puente de pájaros“, de Barry Hughart).

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El príncipe de los infiernos

•noviembre 13, 2017 • Dejar un comentario

A finales de los años setenta el terror, impulsada por el éxito internacional de “El exorcista” (1971), estaba a punto de erigirse en uno de los géneros más comerciales, inaugurando la etapa del best seller de terror, que se extendería por más de una década. Los principales nombres del género empezaron a publicar sus primeras obras. Stephen King lanzó su carrera en 1974 con  “Carrie”, y pronto encadenó una serie de éxitos que lo llevarían a la posición preeminente que aun hoy ocupa; Dean Koontz se pasó toda la década lanzando títulos con una plétora de seudónimos (hasta consolidar su propio nombre en 1980 con “Susurros”); Peter Straub recondujo su incipiente carrera hacia el horror por medio de “Julia” (1975); y Robert R. McCammon se estrenó en la ficción en 1978 con “El príncipe de los infiernos” (“Baal”).

La novela arranca con una violación, la de la joven Mary Kate por parte de un tenebroso desconocido, que deja sobre su piel marcas de quemaduras. El niño que nace de tal unión resulta ser diabólico (lo que enlaza con otra de las obras fundacionales del best seller de terror, “La semilla del diablo”, de Ira Levin, 1967, y quizás con “La profecía”, película de 1976, año en que McCammon escribió la novela), y pronto “se libra” de sus padres, acabando en un orfanato donde, tras un salto temporal, vemos cómo ha ido progresando hacia el mal, adoptando el nombre de Baal.

Lo cierto es que toda esta sección de la novela resulta bastante ramplona. La “maldad” de Baal es un quiero y no puedo, propio de un autor joven y novato que está intentando ser impactante pero se queda en un nivel superficial de pura bravata exhibicionista (y el sexo que no falte, que hay que demostrar rupturismo). De igual modo, el escenario y la acción poco tienen que añadir a los precedentes ya mencionados. McCammon demuestra oficio, pero poco más.

De mayor interés es la segunda sección de la novela, que lleva al auténtico protagonista (o algo así, ya entraré en detalles), el doctor Virga (un profesor de teología) a Kuwait, en busca de un joven colega que ha desaparecido mientras documentaba el ascenso de un presunto mesías. Este líder religioso es, por supuesto, Baal, ya adulto, que está congregando a un ejército de desahuciados y extremistas de todo pelaje, atraídos por una ideología de renuncia a toda restricción (inspirada lejanamente en la Thelema de Aleister Crowley).

La perspectiva de McCammon sigue siendo un tanto inocentona, pero su descripción (bastante racista) de la histeria religiosa/política, ofrece estampas relativamente novedosas, que elevan el interés de la novela. Se nos presenta, además, a un personaje misterioso, Michael (cuya auténtica naturaleza se hace evidente en dos párrafos, aunque el autor intente disimularlo hasta el final de la novela). También hay un intento por relacionar los acontecimientos con el conflicto árabe-israelí (que por aquel entonces aún estaba empantanado en las consecuencias políticas de la Guerra de los Seis Días), así como una burda exploración mito-teológica de la figura del Baal histórico, que arrastra hasta el tercer acto.

Este acto, quizá en imitación (¿inconsciente?) de “Frankenstein”, nos lleva a los territorios helados de Groenlandia, donde incongruentemente se ha refugiado Baal, perseguido por Michael y Virga. En sus primeros compases, esta sección mantiene la dinámica ascendente iniciada en la anterior. Por desgracia, a medida que se ve obligada a ir atando los cabos y dirigirse hacia la conclusión, se va haciendo evidente que el autor se ha metido en un callejón sin salida, dejándole con muy poco margen de maniobra.

También en teología entra en terrenos pantanosos, apuntando a una concepción dualista del conflicto entre bien y mal, aunque quedándose de nuevo en la superficie (posiblemente sin ser consciente del sustrato filosófico maníqueo/gnóstico en que se sustentaron las herejías dualistas históricas). Simple y llanamente, a McCammon no puede importarle menos el sustrato. Lo suyo es pura fachada. Horror superficial, que se ajusta a los parámetros narrativos del thriller, sin mucho interés por ahondar en ningún tipo de conflicto subyacente.

Lo peor del clímax, sin embargo, es lo forzado y, a la postre, arbitrario que resulta. Los acontecimientos no nos van conduciendo inexorablemente hacia la conclusión, sino que se hace evidente la arbitrariedad con la que el autor va introduciendo los sucesivos giros, convirtiendo por ejemplo a Virga en un espectador a efectos prácticos irrelevante en el drama, un invitado de piedra cuya única función parece ser la de servir de testigo en nuestro beneficio, lo cual provoca cierta desconexión emocional con los acontecimientos.

McCammon muestra maneras, pero cuando escribió “El príncipe de los infiernos” estaba aún muy verde, como él mismo reconoció cuando, por un tiempo, decidió retirar del mercado sus primeras novelas (incluyendo, por supuesto, ésta). Cuando autorizó de nuevo su publicación en 1988, decidió añadir un pequeño epílogo justificativo que, básicamente, me ahorra cualquier esfuerzo de análisis. Esto es lo que escribió McCammon:

“Baal” trata del poder, y está escrita cuando yo no tenía ninguno.

Se nota. La maldad de Baal (el personaje) no es una maldad de proporciones bíblicas. Es la maldad de un joven resentido con el mundo, que busca una válvula de escape para toda esa frustración. McCammon buscaba romper límites, expandir su universo, viajar al Golfo Pérsivo y luego a las inmediaciones del Círculo Polar Ártico, aunque supiera poco o nada de tales lugares; imaginar a un protagonista prestigioso y al borde de la jubilación, a un aventurero en parte esquimal, a un antiguo dios devenido en anticristo de saldo, a…

Tampoco lo hace mal del todo, es sólo que la falta de experiencia lastra un poco la novela. El mayor pecado de “El príncipe de los infiernos” es que sus resultados no están a la altura de su ambición, pero es algo de esperar en una opera prima. El propio Robert McCammon no consideró su estilo maduro hasta su cuarta publicación, “Los senderos del terror”, de 1983.

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Never let me go (Nunca me abandones)

•noviembre 10, 2017 • Dejar un comentario

Desde hace unas semanas tenemos nuevo Premio Nobel de Literatura, Kazuo Ishiguro, y en esta ocasión no sólo es de hecho escritor (rectificando un poco el rumbo del galardón), sino que además, por la parte que nos toca más de cerca, se ha aventurado en sus últimas obras por terrenos propios de la literatura fantástica. De hecho, dos de sus siete novelas (no es un autor prolífico), podrían encuadrarse (o no) en los terrenos del fantástico. Por un lado está su último libro, “El gigante enterrado” (2015, nominado al World Fantasy Award), pero también el precedente, “Nunca me abandones” (“Never let me go”, 2005), que es el que nos ocupa ahora.

La novela consiste en la narración en primera persona de una joven, Kathy, ex alumna de una institución llamada Hailsham, que rememora diversos episodios de su vida, en particular por lo que se refiere a su relación con Ruth, su mejor amiga, y Tommy, quien con el tiempo se convertirá en la pareja de Ruth, aunque los sentimientos existentes entre él y Kathy resultan evidentes.

Voy a intentar ser lo menos explícito posible respecto a los giros y revelaciones del argumento (me temo que, a poco que busquéis por internet, os destriparán sin remordimientos hasta el último de ellos, pero no quisiera contribuir a ello). Así pues, me limitaré a señalar que hay tres segmentos bien diferenciados: la despreocupada niñez en Hailsham, su adolescencia en los Cottages (ignoro cómo lo habrán traducido) y por último un período de madurez como cuidadora itinerante. Kathy aborda cada uno de ellos más o menos secuencialmente, aunque como quien rememora sin un plan fijo, dejándose arrastrar por el flujo de los recuerdos, ora adelantando acontecimientos, ora retrocediendo para explorar alguna oscura ramificación.

Así, a brochazos aparentemente aleatorios, va dibujando una existencia envuelta en el misterio y tremendamente limitada en cuanto a las relaciones interpersonales. Sólo están los compañeros de estudios (o de residencia) y, al principio, los guardianes, adultos encargados de su cuidado y educación (una educación muy orientada hacia las artes). Poco a poco, por sobre la despreocupación infantil empieza a apreciarse una sombra ominosa, que va haciéndose más y más oscura a medida que los protagonistas crecen, van adquiriendo obligaciones y empiezan a plantearse, aunque sea vagamente, su lugar en el mundo.

Entrelazado con todo ello tenemos además la complejidad de las relaciones en ese microcosmos entre, sobre todo, Kathy, Ruth y Tommy; relaciones que se complican con la inserción en la ecuación del factor sexo, aunque prescindiendo de casi todo el melodrama que hemos aprendido a esperar de tales escenarios. Lo que interesa a Ishiguro es la confusión generada por unos sentimientos contradictorios, que no ofrecen soluciones sencillas ni permiten categorizar con claridad las acciones de cada cual. Son tres seres humanos, intentando navegar sin un mapa y sin que nadie le haya enseñado cómo actuar por un río tumultuoso, que los une y los separa a instancias de las decisiones más simples e irreflexivas.

Al final de todo, por supuesto, encontramos la explicación de por qué se considera que “Nunca me abandones” podría ser ciencia ficción… y voy a intentar analizar esa cuestión sin entrar en detalles reveladores.

En los últimos años, no es inhabitual que un autor, digamos que mainstream, haga uso de los escenarios y temas clásicos de la ciencia ficción (es importante el matiz ese de “clásicos”; hace falta cierto tiempo para que permeen lo suficiente hacia el público en general como para poder hacer uso de ellos en este contexto), adaptándolos a su estilo. En general, la pretensión no es tanto ahondar en sus posibilidades y abrir nuevas fronteras como utilizar herramientas que están ahí, disponibles para quien desee hacer uso de ellas, con el fin último de toda literatura: explorar lo que es ser humano.

La fantasía fue pionera en este tipo de enfoque, desde obras como “La metamorfosis” de Kafka, pasando por el realismo mágico y llegando, sin ir más lejos, a “El gigante enterrado”. No ha sido tan habitual en ciencia ficción, al menos hasta hace unso pocos lustros, en que muchos temas clásicos han pasado a formar parte de tal modo del sustrato cultural común que la bajada de su umbral de aceptación por el lector generalista ha permitido su explotación en obras como “La carretera” de Cormac McCarthy, “Hijos de los hombres” de P.D. James o “Las particulas elementales” de Michel Houellebecq. Casi todas ellas tienen además en común un enfoque distópico, que “Nunca me abandones” comparte.

En la novela, pues, tenemos dos lecturas. Por un lado la literal, que nos invita a descubrir el secreto que se oculta tras Hailsham, los cuidadores y las donaciones. Por otro, la metafórica, que apunta a un reflexión existencialista en torno a la fugacidad de la vida, la necesidad de sacar el máximo partido posible de cada momento, aun en medio de la complejidad de las relaciones interpersonales. El elemento fantástico lo que logra es comprimir esa experiencia vital en unos pocos años, en vez de toda una vida, haciendo destacar por contraste y, sobre todo, por inminencia, la sombra amenazante de la mortalidad (ante la que cada personaje reacciona a su manera).

A la postre, sin embargo, hay algo que lamento, y es que el autor acaba por imponernos a la fuerza la lectura metafórica, ya que descuida aspectos cruciales para dar contexto a la literal (básicamente, minimiza la reacción del mundo exterior y su influencia en los ex alumnos de Hailsham, que se ve reducida a una breve interacción hacia el final con antiguas cuidadoras). Es por ello que, pese a mi buena predisposición, no he conseguido amar la novela.

Ojo, admirarla sí. Muchísimo. Me ha fascinado su estructura y la ejecución del artificio narrativo del viaje a través de las memorias de la protagonista, con un flujo de información perfectamente medido. En medio del aparente caos de una evocación improvisada, subyace un propósito que va revelándose poco a poco, cobrando definición a medida que se van sucediendo las pinceladas, hasta completar el cuadro.

El “menosprecio” a la literalidad en favor de potenciar el mensaje metafórico, sin embargo, le resta para mí un poco de perfección, sobre todo porque me deja con la impresión de que ahí había mucho que examinar desde una perspectiva ética (y sociológica), y también porque me fuerza a escoger perspectiva, sin dejarme la opción de disfrutar simultáneamente de las dos. Una oportunidad desaprovechada… o no. Al fin y al cabo, “Nunca me abandones”, ya desde su mismo título, centra su atención en el nivel de interacción interpersonal. Poco más puede pedírsele a ese respecto.

La novela fue finalista tanto del premio Booker como del Arthur C. Clarke (que ganó “Aire”, de Geoff Ryman).

Otras opiniones (ojo, que en la mayor parte de ellas los spoilers van que vuelan):

La tierra multicolor

•noviembre 7, 2017 • 2 comentarios

El pasado día 17 de octubre falleció a los ochenta y seis años Julian Clare May, una de las principales autoras de ciencia ficción que en los años ochenta empezaron a publicar asiduamente novelas no explícitamente feministas, contribuyendo así al progresivo avance hacia la integración de las mujeres en un campo que había sido tradicionalmente dominado por los hombres.

Aunque sus primeros cuentos datan de principios de los años cincuenta, y de hecho por aquel entonces era una figura activa en el fándom estadounidense, pronto se distanció del género, y pasó más de dos décadas dedicada sobre todo a la escritura de divulgación científica, orientada sobre todo a jóvenes. A finales de los setenta, sin embargo, reconectó con las convenciones de ciencia ficción y así empezó a trabajar en la que sería su gran obra, la saga del Medio Galáctico, que acabaría componiéndose de ocho novelas, agrupadas en dos subseries, publicadas entre 1981 y 1996.

El cuerpo principal de su obra fantástica lo completa su participación (junto con Marion Zimmer Bradley y Andre Norton) en la serie de Trillium (dos novelas propias y una más en colaboración), la trilogía de los Mundos Fortificados (1999-2001) y la trilogía la Luna Boreal (2004-2006). De todo ello, tan sólo seis novelas han sido editadas en español (una de ellas dividida en tres tomos). Su mayor éxito lo alcanzó con su debut novelístico con el título que presentaba la saga del Medio Galáctico e iniciaba además la tetralogía del Exilio en el Plioceno: “La tierra multicolor” (“The many-colored land”, 1981).

La acción arranca en la Tierra, a principios del siglo XXII. Tras la aparición de individuos con habilidades metapsíquicas, se ha producido el contacto (inicialmente traumático) entre la vasta sociedad del Medio Galáctico y los terrestres, un hecho conocido como la Intervención (todo ello se describe en su propia novela, de 1987, que en su edición en español fue dividada en tres tomos: “La vigilancia”, “La revelación” y “El metaconcierto”). Sin duda, el contacto ha sido a la larga beneficioso para los humanos, cuya cultura, purgada de elementos nocivos, se ha expandido por la galaxia (y a modo de recreaciones entretiene a los visitantes alienígenas). Hay, sin embargo, individuos inadaptados o dañados de alguna forma, cuya naturaleza les hace entrar en permanente conflicto con la nueva sociedad galáctica. Para ellos existe el Exilio.

Pocos años después de la Intervención un científico creó una suerte de puente temporal unidireccional que conecta la campiña francesa con las llanuras del plioceno, unos cinco millones de años atrás (aunque la novela lo data erróneamente hace seis millones), y ese puente empieza pronto a ser utilizado por quienes desean abandonar por alguna razón su época. Al empezar la novela, tras varias décadas de actividad, unas doscientas mil personas han realizado ya el tránsito, y seguimos de cerca a ocho nuevos candidatos mientras su vida se dirige primero hacia esa conyuntura y luego en su cuidadosa preparación para el “viaje”.

Constituye sin duda lo mejor de la novela, con una incitante descripción parcial de la sociedad del Medio Galáctico… desde el punto de vista de quienes no consiguen integrarse en ella, así como una presentación un tanto idealizada de lo que les espera en el pasado de la Tierra. La idea es potente (si bien no exactamente nueva, ya que Robert Silverberg ya desarrolló algo parecido en 1967 con “Estación Hawksbill”), y los personajes se encuentran adecuadamente definidos, algo que será de crucial importancia para sustentar el resto de la saga.

Por supuesto, lo que encuentran al llegar al pasado no tiene nada que ver con lo que esperaban (lo cual es hasta cierto punto una pena; no hubiera lamentado en absoluto una exploración de la evolución de sus anhelos y esperanzas, enfrentados a la realidad del plioceno). Resulta que los exiliados se han encontrado con una avanzada raza de refugiados alienígenas, los tanu, que tras naufragar en la Tierra milenios atrás han creado una sociedad semiesclavista, organizada en torno al uso de unos torques en tres modalidades: grises para controlar conductualmente mediante la alternancia de dolor y placer, plateados para despertar habilidades metapsíquicas latentes aunque manteniendo un ferreo control externo y dorados para los propios tanu y los más poderosos colaboracionistas.

Nuestros protagonistas, junto con muchos otros exilidados, son divididos en dos grupos. El primero formado por aquellos con habilidades metepsíquicas y el segundo, en principio, carente de ellas, que son transportados cada uno en una dirección, para servir a los propósitos de los tanu, que por alguna razón están directamente inspirados en los Tuatha Dé Danann de la mitología irlandesa. De igual modo, existe un enemigo misterioso, los firvulag (la corte unseelie), y cierta resistencia residual de humanos libres.

Este segundo acto resulta un poco menos interesante, pero lo bastante exótico de todas formas para mantener sin problemas nuestra atención. La tercera parte, sin embargo, se centra exclusivamente en uno de los dos grupos y en plantear el conflicto que alimentará el resto de la saga, dejando de lado de forma un tanto brusca a la mitad de personajes y apresurando las acciones de los demás, optando decididamente por la acción frente a la ambientación. Posiblemente se deba a un error de cálculo de la autora, que a mitad escritura debió de darse cuenta de que lo que pretendía contar requería bastantes más páginas de las que había previsto (con una mejor planificación, tal vez hubiera convenido dejar la novela en las dos primeras partes).

En su conjunto, “La tierra multicolor” constituye una obra que destaca por lo cuidadoso de su ambientación y por plantear un escenario singular y fascinante (pese a pequeños errores, como situar en el plioceno a los ramapitecus, un ancestro del linaje humano que vivió en realidad doce millones de años atrás). Se nota el pasado como divulgadora científica de May, sobre todo en disciplinas que no suelen tener mucha presencia en la ciencia ficción, como la geología (siempre que hay una novela que involucra una escala temporal tal que permite apreciar los cambios geológicos, el resultado, por su relativa rareza, es fascinante).

Hay detalles, eso sí, que no terminan de cuadrar (aunque claro, para eso están los otros tres libros). El principal, por supuesto, es la identificación entre los tanu y la mitología feérica, lo cual no parece obedecer más que al capricho de la autora (y el que los propios personajes se den cuenta de ello no hace sino plantear más dudas interpretativas). De igual modo, se aprecian esbozos de una gran metáfora de raíces cristianas (lo cual cuadra con el conflicto entre hombres y elfos, o sea, entre el cristianismo y las antiguas religiones paganas celtas), aunque sin haber leído más libros de la serie no puedo precisar hacia dónde se dirige exactamente (al parecer, la trilogía del Medio Galáctico se inspira en las teorías de Teilhard de Chardin, pero la subserie del Exilio en el Plioceno tendría más relación con el Antiguo Testamento).

En general, incongruencias aparte (por ejemplo, sitúa equivocadamente a los ramapitecos en el plioceno, cuando en realidad vivieron en el mioceno, siete millones de años antes), “La tierra multicolor” constituye una lectura absorvente, aunque quizás más por lo que sugiere que por lo que finalmente muestra (tiene un estilo de presentar la acción muy propio de su época). A priori, la mezcla entre ciencia ficción, mitología, poderes psíquicos y arquetipos fantásticos no debería funcionar, pero sin embargo lo hace. Como añadido, aunque antes he comentado que la autora no es explícitamente feminista, sí que cabe destacar cómo los personajes femeninos cobran especial importancia y sus anhelos y preocupaciones resultan centrales en la trama (sobre todo por la esclavitud reproductiva a la que los someten los tanu).

La saga del Exilio en el Plioceno se completó con “El torque de oro” (1982), “El rey nonato” (1983) y “El adversario” (1984), y tras “La intervención” (1987), Julian May cerró la serie, ya en el futuro, con “Jack the bodiless” (1991), “Diamond mask” (1994) y “Magnificat” (1996). “La tierra multicolor” cosechó el premio Locus de ciencia ficción y fue finalista de los premios Hugo y Nebula (que perdió frente a “La estación Downbelow” de C. J. Cherryh y “La garra del conciliador” de Gene Wolfe, respectivamente).

Julian May

(10 de julio de 1931 – 17 de octubre de 2917)

IN MEMORIAM

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Your name (Kimi no na wa)

•noviembre 5, 2017 • 4 comentarios

Hacía tiempo que no escribía sobre ninguna película en el blog. La verdad es que no encontraba ninguna que valiera la pena analizar (desde mi perspectiva). Ayer, sin embargo, movido por la curiosidad, vi el que se ha convertido en el anime más taquillero de todos los tiempos (superando nada menos que a “El viaje de Chihiro”): “Your name” (“Kimi no na wa”, Makoto Shinkai, 2016).

Primero un poco de contexto. Tras el éxito de esta película la etiqueta se le queda un tanto pequeña, pero Makoto Shinkai es la estrella emergente de la animación japonesa, suscitando comparaciones (que él mismo se empeña muy vehementemente en descartar) con el propio Hayao Miyazaki. Su primera OVA, un cortometraje de 2002 titulado “Voces de una estrella distante”, ya apuntaba a su querencia por la ciencia ficción y por la exploración de los sentimientos, antes que la tecnología. A ésta la siguió el largometraje “Más allá de las nubes, el lugar prometido” (2004) y la antología de cortometrajes “Cinco centímetros por segundo” (2007). Tras un breve descanso, regresó con el largo “Viaje a Agartha” (“Jovenes que persiguen estrellas”) (2011) y el mediometraje “El jardín de las palabras” (2013), cosechando con todo ello numerosos premios y reconocimientos.

Nada hacía presgiar, sin embargo, el modo en que la audiencia iba a conectar con su siguiente proyecto, “Kimi no na wa” (“Tu nombre”). Tras su estreno en 2016 en Japón se mantuvo doce semanas como número uno (nueve consecutivas), batiendo todos los récords, hasta acabar convirtiéndose, con más de 25 billones de yenes (235 millones de dólares), en la cuarta película más taquillera de la historia en Japón. Su éxito, además, cruzó fronteras, arrasando en otros grandes mercados asiáticos como China (83 millones) o Corea del Sur (27 millones), así como cierta presencia menor en otros muchos países (entre ellos España, donde ha recaudado unos modestos pero significativos 328.000 euros). Entre unas cosas y otras, la recaudación mundial ha sido de 355 millones de dólares, lo que le permite superar, como comentaba, a “El viaje de Chihiro” (que no contó con el empujón del ahora potente mercado chino).

¿Cómo lo ha conseguido? Con una historia que apela a los sentimientos y una precisión milimétrica a la hora de pulsarlos, por medio de una trama aparentemente sencilla (uno de los grandes logros de la película es, precisamente, mantener esa apariencia de sencillez), que le da una vuelta de tuerca a una temática tan aparentemente agotada como la del intercambio de cuerpos.

A partir de aquí, me temo, voy a empezar a introducir spoilers (primero muy vagos y luego, a medida que vaya entrando en calor, de mayor calado, aunque intentaré reservarme la información más reveladora), así que os recomiendo que si no la habéis visto ya dejéis de inmediato de leer y corrijáis tal circunstancia antes de volver (si aún no estáis convencidos, podéis seguir un poquito, a ver si logro motivaros, pero con cuidadito, que cuanto menos sepáis de la película, mejor).

La película tiene dos protagonistas, ambos de unos diecisite años. Por un lado está Mitsuha Miyamizu (sigo el convencionalismo occidental de poner el apellido al final), la hija mayor del alcalde de un pequeño pueblo, que vive junto con su hermana en casa de su abuela, debido al abandono del padre tras la muerte de su madre. Vive una existencia muy tradicional, arraigada en el sintoísmo, y aunque reconoce la importancia de esa conexión, sueña con experimentar la realidad moderna de Tokio. Ciudad donde precisamente vive Taki Tachibana, un estudiante de instituto que aspira a convertirse en arquitecto, mientras trabaja por las tardes en un restaurante italiano.

Sin que (aparentemente) exista un motivo, cierto día despierta cada uno de ellos en el cuerpo del otro, y así permanecen, como en un sueño, hasta que se acuestan por la noche. Las reacciones de quienes están con ellos, sin embargo, pronto les alertan sobre que algo raro está ocurriendo, y en base a pistas que se van dejando en modo de mensajes escritos (y notas en el móvil), acaban discerniendo lo que les ocurre y establecen reglas para lidiar con la situación. Entonces, justo cuando todo parece haberse estabilizado, e incluso da la impresión de que la extraña relación podría evolucionar a algo más, el fenómeno se interrumpe… y no pienso revelar absolutamente nada más al respecto.

Entramos en la fase de análisis. Ahora sí, de verdad, si no la habéis visto, haceos un favor y dejad de leer (aunque no tengáis intención, por el momento, de visionarla; nunca se sabe…).

Parte de la convenciones del subgénero del intercambio de cuerpos (inaugurado por “Vice versa”, de F. Anstey, en 1882), contrastando dos vidas muy diferentes, pero su primera innovación consiste en que la situación es intermitente. Es decir, cada uno de ellos es capaz de aprender no sólo de sus nuevas experiencias, sino del efecto que en su entorno causa la injerencia de la personalidad “alternativa”. Así, la vida del impulsivo (a veces hasta un poco violento, pero como mecanismo de defensa frente a una timidez extrema) Taki se ve mejorada por la suavidad y espontaneidad (descrita incluso como feminidad) que introduce en ella Mitsuha. Por su parte, se hace necesaria la dureza de Taki para atajar el acoso que ella sufre en su pueblo por causa de la actividad pública de su padre… y a la postre es ese mismo arrojo el que le permite enfrentarse a la relación truncada con su progenitor.

Bueno, lo he descrito como aprendizaje, porque eso es lo que el género nos ha enseñado a esperar: una fábula moral, en la que cada parte del intercambio aprende a situarse en la posición del otro. “Your name” no va de eso. Lo que vemos es una complementariedad. Taki y Mitsuha se complementan a la perfección. Están hechos el uno para el otro. Están destinados a unirse… aunque el propio universo se inmiscuye en ese destino.

Existe un obstáculo para que pueda verificarse la unión. Un obstáculo… definitivo, dejémoslo ahí. El segundo acto de la película versa sobre el descubrimiento y superación de ese obstáculo, y ahí, de nuevo, entramos en territorios aparentemente conocidos del género de ciencia ficció (el conocimiento privilegiado de lo que está por llegar y la lucha por cambiar el curso de los acontecimientos). Por debajo, sin embargo, el director/guionista está trabajando en la faceta de la historia que realmente le interesa, preparando el camino de autoiluminación que desemboca en la comprensión plena de su relación potencial por parte de Taki y Mitsuha, verificándose en un crepúsculo en el que todas las posibilidades son simultáneamente reales.

Bajo toda la historia subayce un mito, el del andrógino, puesto por Platón en boca de Aristófanes en su diálogo “El banquete”. En torno a él se articula una historia que, a la postre, nunca sucedió, la corrección de un error cósmico que trunca un destino sagrado (representado en la iconografía sintoísta por una cinta roja), tan poderoso que es capaz de sobreponerse a quinientos destinos trágicos.

“Kimi no na wa” no es una historia de chico conoce a chica. Es una historia de chico conocerá a chica. Es una explicación de los dos o tres minutos finales, del anhelo de completitud que nos impulsa a buscar algo que no conocemos, y que una vez encontrado es como si siempre lo hubiéramos conocido.

No es una película estructuralmente perfecta. Hay transiciones demasiado bruscas y situaciones poco trabajadas desde una perspectiva narrativa, que cuelan gracias a una manipulación magistral de las emociones. El conjunto, sin embargo, no podría ser más redondo. Además, incluso sin poder apreciar las raíces sintoístas de la historia, los temas abordados son tan universales que no hay dificultad alguna en conectar con nuestra propia experiencia (algo que Miyazaki, con toda su maestría, no siempre conseguía).

Planeta ha publicado además en español la novela ligera escrita por el propio Makoto Shinkai como acompañamiento a la película (hay también una versión manga de tres volúmenes, adaptada por Ranmaru Kotone). La novela ligera es un género japonés, caracterizado por estar escrito con caracteres hiragana y kanjis simples, para facilitar su comprensión por parte de lectores jóvenes (que aún no han memorizado los dos o tres mil kanjis que han de conocerse como mínimo para leer textos de complejidad media). Por la orientación de su mercado, es un género que se ha venido asociando en cierta forma a la literatura pulp occidental. A buen seguro, será una lectura interesante. A ver si me hago con ella un día de estos.

El juego de las esferas

•octubre 20, 2017 • 7 comentarios

Ante la situación global (malos tiempos para la ciencia ficción), agravada por el prejuicio patrio (¿cómo va a escribir ciencia ficción un autor español?), mucha de la ciencia ficción española de los últimos años ha tenido que buscar caminos editoriales alternativos… lo cual, por desgracia, pone en su camino más trabas para alcanzar reconocimiento (en sentido estricto y literal de reconocer siquiera su existencia).

Ello no es óbice, sin embargo, para que sigan presentándose proyectos interesantes, uno de los cuales podría ser la Trilogía de las Esferas, recientemente concluida por Salvador Bayarri y puesta a disposición el público por medio de una cuidadosa autoedición (tanto impresa como digital).

El primer título de la serie, “La ciudad de las esferas”, apareció allá por 2013, y presentaba dos mitadas bien diferenciadas. La primera tomaba elementos de la ficción de naves generacionales, la entremezclaba con el escenario del refugio postapocalíptico a punto de llegar a un fallo catastrófico e iniciaba así las aventuras de Nadiroz Glemen, que tenían su continuación en un escenario muy diferente (el de una comunidad postinterestelar que ha revertido a un estilo de vida rural en un nuevo mundo). Aquella novela cerraba con un conflicto y una revelación que sirve de cimientos para “El juego de las esferas” (2015).

En esta segunda entrega nos encontramos a Nadiroz (Nadir para la amigos), a punto de graduarse en la universidad de Maj Taled, casi listo pues para sumarse como agente (no me atrevería a afirmar que “de inteligencia”) al conflicto que desde hace siglos enfrenta a la galaxia, con el objetivo último de reunir las trece esferas y ganar así el gran juego.

Si la aventura de la primera entrega evocaba un territorio a mitad camino entre la ciencia ficción y la fantasía, aquí nos encontramos definitivamente en el terreno de la space opera, aunque sin abandonar una sensibilidad cercana a la del cómic europeo de ciencia ficción. También, y quizás esto sea una conexión personal, la continua referencia al Juego, en el que Nadir no es más que un peón, me hace pensar de inmediato en “Kim” y el Gran Juego, el pulso más o menos soterrado que libraron durante buena parte del siglo XIX el Imperio Ruso y el Reino Unido por controlar Asia central, con lo que descubrimos una nueva faceta en una obra que, en su conjunto, parece cultivar con especial interés la variedad de escenarios: la novela juvenil de espías.

A grandes rasgos, la trama de esta entrega (claramente un puente entre presentación y desenlace, lo que la hace tal vez un poco más plana que “La ciudad de las esferas”) se dirige a la exploración del misterio de las esferas y de los fravashi, los dioses que se hayan tras ellas. Con enorme agilidad (y fiel a una estructura muy meditada), va encadenando escenas que llevan a Nadir desde su primera misión (en realidad una misión de graduación) en el palacio Xandu, hogar de la misteriosa Doña Darrensin, hasta el lugar donde se oculta quizás la llave para abrir el secreto de las esferas. Por en medio, claro está, tenemos exploración, combates espaciales, milagros tecnológicos y un par de revelaciones sorprendentes, que culminan en… bien, en una revelación mayor, cuyo alcance condicionará el desarrollo del tercer volumen (“Dioses de las esferas”).

En el apartado de los peros, apuntaría que si eres consciente de la estructura (y ya digo que está muy bien disimulada), la novela ofrece pocas sorpresas (hay veces que un exceso de fidelidad a la fórmula resulta contraproducente). De igual modo, Nadir, como personaje, resulta un tanto pasivo, dejándose arrastrar las más de las veces por las circunstancias (fruto, en parte, de su juventud e inexperiencia, aunque a estas alturas de la aventura, y dada su supuesta preparación, quizás le hubiera sentado bien algo menos de candidez).

Todo ello, sin embargo, se compensa con creces con un ritmo trepidante, que no deja un solo momento de respiro, con el exotismo de los escenarios y con ciertos hallazgos argumentales realmente evocativos, como el subuniverso de bolsillo creado por el doctor Rudenlo o la adaptación espacial de los majestuosos daelacantos, que realizan aquí una breve aparición estelar (¿premonitoria quizás del papel que jugarán en la conclusión de la trilogía?). La comunicación taquiónica, por otro lado, no termino de verla bien trabajada; no tanto por lo que respecta a su justificación técnica, como a la implementación práctica del sistema (algo que, todo sea dicho, tampoco se explora demasiado).

“El juego de las esferas” ofrece pues una aventura de espionaje (interestelar), como medio para imprimir a la trilogía en su conjunto un giro que la dirija, ya definitivamente, hacia el conflicto final. Space opera clásica, yo diría que de un tono más juvenil que su predecesora (o quizás sea equivalente a ese respecto, y haya sido el aumento de las apuestas lo que proporciona un mayor contraste), que flirtea tan apenas con cuestiones filosóficas (aunque al final se decanta por un enfoque más directo y aventurero).

La serie sigue evolucionando, y lo logra sin perder la coherencia interna. Creo que a la postre ésa es su principal virtud: su capacidad adaptativa, el modo en que consigue engarzar los distintos marcos referenciales clásicos en una historia aboserbente, que fluye con una sencillez engañosa (que tiene muy poco de casual).

Otras opiniones:

Neverness

•octubre 13, 2017 • 1 comentario

En 1988 David Zindell publicó “Neverness”, su primera novela, que posiblemente sea una de las obras de ciencia ficción más espectaculares, ambiciosas y infravaloradas de la historia del género.

Su pecado quizás sea entremezclar dos conceptos aparentemente antitéticos, como pueden ser space opera y exploración filosófica… destacando además en ambas facetas como pocos títulos lo logran en sólo una. La mayor parte de las críticas se centran sobre todo en su capacidad de worldbuilding, al presentarnos una sociedad futura (dentro de unos tres mil años) compleja, exótica y auténticamente diferente en lo que respecta a psicología y valores.

En el planeta helado de Nevada, la ciudad de Neverness constituye la base de la orden de los Pilotos, una organización semi monacal de matemáticos, capaces de desentrañar a bordo de sus naves-luz la topología profunda del universo, lo que les permite saltar entre las estrellas en una misión eterna de exploración. Aunque no sólo ellos habitan la ciudad, sino que existe todo un entramado de órdenes menores, cada una con su propia función, tales como los escatólogos, los scrytas, los horólogos, los céticos o los talladores. Eso sin contar a diversas especies alienígenas y a órdenes rivales como la de los guerreros poetas… ni por supuesto a los dioses.

Los dioses tal vez fueron humanos en su orígenes, pero al entregarse a la modificación genética han ido poco a poco divergiendo y alcanzando conocimientos y poderes cuando menos semidivinos, porque la auténtica divinidad corresponde a inmensas inteligencias artificiales, cuyo hardware abarca nebulosas enteras, o quizás a los ieldra, la raza ancestral que sembró la galaxia de vida y luego desapareció.

La novela arranca con un doble misterio (interrelacionado). Por un lado, las estrellas de una región del espacio conocida como el Vild están estallando como supernovas, sin que nadie pueda aventurar una hipótesis al respecto. Además, el Lord Piloto Soli regresa por sorpresa del viaje más lejano realizado hasta la fecha con el mandato de buscar las Eddas, la antigua sabiduría de los ieldra, que supuestamente contienen el secreto de la vida, que asegurará la supervivencia del ser humano.

Entre los Pilotos llamados al desafío se cuenta el novato Mallory Ringess, sobrino de Soli y un matemático arrogante, que en una pelea de taberna pronuncia el apresurado juramento de penetrar los secretos de la Entidad de Estado Sólido, una diosa nebular que a lo largo de los siglos se ha cobrado las vidas de algunos de los mejores pilotos de Neverness. Es el arranque de una aventura de exploración que apunta a las grandes preguntas en torno al ser humano: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? ¿Qué es la inteligencia? ¿Existe el libre albedrío? ¿Cuál es la relación entre el universo percibido y el universo real? ¿De dónde surgen las matemáticas?

“Neverness” desborda ambición, y lo curioso es que cumple con casi todo lo que se propone. Se la ha comparado a menudo con “Dune“, y hay motivos de sobra para esa comparación, pero en mi opinión David Zindell supera a Frank Herbert en casi todos los frentes, en especial por lo que se refiere a la profundidad filosófica (lo de Herbert se me ha antojado siempre más aparente que profundo). No es que la novela presente muchas respuestas, pero sí que realiza las preguntas adecuadas.

Donde resulta claramente inferior es en la descripción de su protagonista. Tanto Mallory Ringess como Paul Atreides se ajustan más o menos al molde del Elegido, pero en el caso del Ringess no es resultado directo de una planificación religiosa (la Misionaria Protectiva), sino que es especial porque sí… y llega un momento en que resulta un tanto cargante su acumulación de singularidades (aunque nunca cae en la trampa de hacerlo heroico o incluso simpático; es simplemente la excusa de la exploración filosófica, un medio, no un fin).

Las carencias como personaje del protagonista, sin embargo, queda sobradamente compensadas con el elenco de secundarios, desde su mejor amigo, el hedonista Bardo, hasta el antagonismo de Soli o del Maestro del Tiempo, la ambigüedad de su madre o la extraña filosofía vital del guerrero poeta en cuyo camino se cruza (por no hablar de toda la tribu alaloi, o neoneandertal, entre quienes habitan una temporada). 

A la postre, si eliminamos toda la especulación secundaria, lo que nos queda es uno de los arquetipos más antiguos y poderosos de la mitopoiesis humana: la búsqueda sagrada de la inmortalidad y la trascendencia (con la revelación final de la participación de una importante figura mitológica muy relacionada con esta cuestión), apuntando además a la necesidad del cambio y la renuncia a la humanidad para alcanzar el siguiente nivel de consciencia (cósmica). Casi nada…

Por supuesto, no todo acabó ahí. En la misma serie, Zindell publicó la trilogía A Requiem for the Homo Sapiens, consistente en los libros “The broken god”, “The Wild” y “War in heaven” (cuya acción es un poco posterior a la de “Neverness” y termina de atar algunos de los elementos que quedan sueltos en la novela). Su escasa bibliografía se completa con la serie de fantasía épica del Ciclo de Ea (que trata sobre la evolución de la consciencia), consistente en cinco novelas (empezando por “The lightsone”).

Por su enfoque filosófico, no es extraño que David Zindell esté más reconocido en el Reino Unido de lo que al parecer lo está en sus Estados Unidos natales. Filosofía y space opera es una combinación que evoca más a autores como Wells o Stapledon que a los maestros del pulp. En cuanto a premios, tan sólo apareció (y no en puestos significativos) en los listados de primeras obras relevantes (octavo puesto en el Locus de Primera Novela, que ganó Ian MacDonald por “Camino Desolación”, y mención en el Arthur C. Clarke, que fue para Geoff Ryman por “El jardín de infancia“).

Otras opiniones:

 
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