Danza de huesos

•diciembre 10, 2017 • Dejar un comentario

Hacia finales de los años ochenta los límites claros entre subgéneros, sobre todo dentro del fantástico, pero también poniendo las miras fuera de él, comenzaron a difuminarse. Fruto de esa dinámica (que alcanzó su máxima expresión en los noventa), aparecieron nuevos géneros híbridos, que no dudaban en entremezclar, por ejemplo, ciencia ficción y fantasía (algo que ya había empezado a darse de forma puntual desde finales de los sesenta) o en trasladar elementos de su contexto tradicional a escenarios totalmente diferentes. Nació así, por ejemplo, la fantasía urbana moderna.

Entre los nuevos autores que abrazaron con entusiasmo esta revolución se contaba, por ejemplo, Emma Bull, quien tras participar en el proyecto Borderlands de Terri Windling, publicó una de las novelas pioneras en el naciente subgénero: “War of the oaks” (1987; ambientada en Minneapolis). Su siguiente proyecto fue una space opera titulada “Falcon” (1989), y en 1991 alcanzó su mayor éxito con “Danza de huesos” (“Bone dance”), novela de fantasía urbana con tintes postapocalípticos que fue finalista de los premios Hugo, Nebula y World Fantasy.

De nuevo nos encontramos con una ciudad que, aun permaneciendo innominada, puede identificarse como Minneapolis (la ciudad natal de Emma Bull). La fecha es quizás unos ochenta años en el futuro, tras una catastrófica guerra atómica que ha destruido la estructura industrial y social y ha alterado el clima (aunque en vez de invierno nuclear, lo que tenemos es un calentamiento global, que ha convertido Minnesota en una región semitropical (no, no tiene mucho sentido, pero tampoco es que la autora presente la ciudad como inequívocamente Minneapolis).

La única autoridad vigente es la local, la sociedad se suntenta sobre todo en la recuperación de los remanentes tecnológicos de una época más pudiente y la cultura se ha visto influenciada por un elevado grado de mestizaje, que ha llevado a la ciudad no sólo costumbres sureñas, sino también elementos religiosos como el vudú. En medio de todo ello tenemos a nuestra/o protagonista, Gorrión, que se dedica a las chapuzas electrónicas y a buscar cintas de vídeo para satisfacción de una exclusiva y pudiente lista de clientes.

Las cosas empiezan a complicársele, sin embargo, cuando cierto día despierta en medio de la calle, con una laguna de día y medio en su memoria y el convencimiento de que algo terrible está a punto de reventar la burbuja de aislamiento y privacidad que ha ido construyendo cuidadosamente a su alrededor a lo largo de los años. Los acontecimiento se aceleran y pronto se ve en medio de un conflicto que involucra ni más ni menos que a los responsables de poner en marcha el holocausto nuclear (apodado el “Big Bang”) y a un tipo especial de supersoldados de antaño, los jinetes, con la capacidad de ir migrando su mente de cuerpo en cuerpo.

Emma Bull recoge en “Danza de huesos” elementos de muy diversa procedencia. Por ejemplo, no sólo de la fantasía urbana bebe la mezcla, sino que también son muy evidentes las conexiones con el cyberpunk (la influencia parece ser especialmente directa con “Conde Cero“, de William Gibson), prescindiendo eso sí del elemento “cyber” para adoptar un marco referencial más mágico que tecnológico (por mucho que los jinetes sean producto de un proyecto de bioingeniería). De igual modo, su relación con las distopías postcatastrofistas (a la estela, cómo no, de Mad Max) es más estética que filosófica, sin preocuparse en ningún momento de explorar el futuro (o siquiera el pasado) de una sociedad que sólo le interesa como escenario fijado en el tiempo.

Este eclectismo se pone de manifiesto también en los elementos que estructuran la trama: la simbología del tarot, el vudú (y la magia hoodoo) e incluso el cine precataclísmico. El problema surge cuando nada de todo eso llega a engranar de forma fluida. En ningún momento da la impresión de que la autora tenga el control de la historia. Más bien parece como si los ingredientes introducidos en la coctelera se le hubieran rebelado y se hubieran negado a entremezclarse. Por un lado están los loas, por otro las cartas del tarot (cuya simbología preside cada capítulo) y por un tercero el mundo postindustrial, sin que en ningún momento la combinación dé la impresión de construir una trama cohesionada. Lo más parecido que existe a un elemento unificador es cierta crítica al capitalismo (simbolizado por la acaparación energética, tanto física como espiritual, por parte del antagonista), aunque incluso ahí el sustrato vudú se niega a integrarse.

Tampoco es que el estilo de la autora ayude a soslayar los problemas de cohesión. Sus descripciones son cuirosamente planas. Resultan más funcionales que efectivas. El escenario no llega nunca a adquirir personalidad propia, limitándose a referenciar los mucho más inmersivos mundos en los que se basa. En cuanto a los puntos clave de la trama, en particular los enfrentamientos con el antagonista, se encuentran sumidos en una confusión descriptiva de la que resulta difícil extraer nada en  claro (aunque quizás el problema ahí no sea tanto de estilo como de que, al ser los puntos de confluencia, es donde se pone más se pone de manifiesto que las partes constituyentes no encajan).

“Danza de huesos” hubiera podido ser una novela fascinante. Por desgracia, es incapaz de integrar todos los elementos que la componen, aunque evidentemente esa originalidad de la que hacía gala bastó en su momento para hacerla destacar, y más en un año que no fue particularmente memorable. El Hugo fue a parar de nuevo a Lois McMaster Bujold por “Barrayar” y el Nebula recayó en Michael Swanwick por “Las estaciones de la marea” (siendo las tres la únicas novelas que aparecieron en ambos listados). En cuanto al World Fantasy, que tendía más al terror, coincidió con el Bram Stoker en destacar una de las mejores novelas de Robert McCammon, “Muerte al alba”. “Danza de huesos” quedó además tercera en la votación de los Locus (en ciencia ficción).

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Médula

•diciembre 4, 2017 • Dejar un comentario

Robert Reed es un escritor de ciencia ficción tremendamente prolífico, con más de doscientos relatos y novelas cortas y once novelas publicadas en los EE.UU., aunque apenas ha sido editado en español. De hecho, la única de sus novelas aparecida en nuestro idioma es “Médula” (“Marrow”, 2000), la primera de su serie de la Gran Nave, compuesta por un par de docenas de obras de diversa extensión.

Esa Gran Nave, el escenario único (y suficiente) de la acción, es un antiquísimo (miles de millones de años) artefacto autopropulsado del tamaño de Júpiter, abordado en el lejano pasado por humanos que lo reclamaron como propio por derecho de salvamento. Con el transcurrir de los milenios, la Gran Nave se ha convertido en un vehículo intragaláctico, gestionado como un servicio de transporte masivo por los capitanes, el grupo de abordaje original, bajo el mando de la maestra capitana original, porque en el universo de “Médula” todos cuantos lo desean (y multitud de animales y plantas sin posibilidad de decisión) son inmortales (y capaces de resistir daños catastróficos, siempre y cuando el cerebro, alojado en una concha cerámica ultrarresistente, no sea destruido.

Todo en “Médula” es desmesurado: una nave tan vasta que ni siquiera quienes la han gobernado por milenios conocen todos su secretos, miles de especies alienígenas compartiendo hábitats ajustados a sus necesidades para conformar una población de miles de millones de seres sintientes, planes de navegación que cuentan los siglos como si fueran jornadas fugaces… Todo ello bajo el misterio de los ignotos constructores y sus no menos ignotos propósitos originales para con el titánico vehículo. No es de extrañar que los personajes, en medio de tal inmensidad, queden un poco desdibujados.

Aunque el protagonismo se encuentra bastante repartido, el grueso de la trama se apoya en un grupo de unos quinientos capitanes, embarcados en un ambicioso proyecto de exploración. En el interior de uno de los depósitos de combustible, bajo miles de kilómetros de hidrógeno, se esconde un mundo de hierro de un tamaño aproximadamente terrestre, protegido por contrafuertes (una especie de campos de fuerza) y un caparazón de hiperfibra (la materia prima fundamental de la Gran Nave; se infiere que es algún tipo de grafeno).

Cuando un accidente transforma la expedición en un naufragio, los capitanes se encuentran varados en Médula (que así ha sido bautizado el planeta), un mundo hinóspito y sujeto a continuas catástrofes (pero aún así bullente de vida), obligados a reconstruir su civilización tecnológica prácticamente desde cero si aspiran a regresar alguna vez a sus responsabilidades. Un proyecto de cinco mil años… que abordan con la determinación que tan sólo una existencia inmortal puede proporcionar.

“Médula” constituye una creación fascinante, que brilla sobre todo cuando hace alarde de imaginación y explora los recovecos de la Gran Nave, a la búsqueda de extrañas culturas como la de los rémoras (habitantes de la corteza exterior, que pasan toda su existencia, literalmente del útero a la tumba, dentro de trajes que los convierten en poco menos que naves autónomas). Los saltos temporales de décadas, o incluso siglos, no son infrecuentes, y logran transmitir esa sensación de inmortalidad, con unos personajes que ven desarrollarse sus planes a una escala histórica (aunque esa misma característica también los hace distantes).

Eso sí, llega un momento, cuando el autor busca aumentar las apuestas, en que la trama descarrila un tanto, como si no hubiera sabido salvar una discontinuidad. La novela se percibe de hecho como dos libros independientes. El primero fascinante y congruente, y el segundo bastante más inconexo. Se podría decir que a Robert Reed se le escapa un poco de las manos su creación, y ni siquiera una gran vuelta de tuerca final (sobre la naturaleza de la Gran Nave) termina de ser capaz de integrar los elementos dispersos y cerrar apropiadamente la historia.

Mi impresión es que fuerza una narración más tradicional en un marco en el que no encaja, algo que también podría decirse de la especulación, porque (y esto es algo que se le echa en cara a menudo) la Gran Nave no se sostiene como ejemplo de astroingeniería. “Médula” no pertenece realmente a la tradición hard (o siquiera de space opera hard). Brilla más cuando utiliza un lenguaje simbólico, casi poético (en la línea de la Instrumentalidad de Cordwainer Smith, aunque sin llegar a su nivel), que cuando busca proporcionar algún tipo de explicación científica (o seudocientífica).

Pero bueno, son pegas menores. Ese desarrollo final no demasiado afortunado queda compensado de sobra a base de puro sentido de maravilla, y aunque tal vez hubiera funcionado mejor como un fix-up de relatos que exploraran los distintos recovecos de la Gran Nave, tan sólo la historia (desgraciadamente truncada) de la fundación y desarrollo de la civilización de los capitanes en Médula ya justifica sobradamente la lectura de la novela.

En “Médula” no hay que buscar personajes carismáticos, tramas perfectamente imbricadas o siquiera revelaciones extraordinarias (todo eso intenta proporcionarlo, pero falla en mayor o menor grado). Su fuerte está en el propio escenario, en esa Gran Nave que consigue transmitir la sensación de inmensidad y diversidad inagotable que otras megaestructuras (algunas de ellas mucho más grandes) no son capaces de evocar, y en la singular escala temporal de la narración, que nos hace viajar por siglos y milenios de trabajo, asistiendo a la fundación y desarrollo de toda una civilización. Ofrece, en suma, algo difícil de encontrar en ciencia ficción, y que es un desarrollo novedoso. Sólo eso ya basta, en mi opinión, para perdonarle una ejecución que no sabe mantenerse del todo a la altura.

Robert Reed ha publicado otros tres libros como secuelas directas de “Médula”: “The well of stars” (2004), “The Greatship” (un fix-up de 2013) y “The memory of stars” (2014), todas ellas inéditas en castellano. En 1997, la novela corta “Médula” (que fue la semilla de la novela, aunque su trama difiere considerablemente de ésta) obtuvo una gran recepción, siendo finalista de los premios Hugo y Locus (5ª posición), aunque es un reconocimiento crítico que la serie no ha vuelto a cosechar (salvo por una nominación al Nebula para la novela corta “Katabasis”, de 2012).

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Autoras en Rescepto (una reflexión)

•diciembre 2, 2017 • 2 comentarios

Es un factor al que no suelo prestar la menor atención cuando tengo que decidir qué leer (y reseñar) a continuación, pero quizás por eso mismo me ha entrado curiosidad sobre cuál podría ser el porcentaje de obras de autoría femenina entre las reseñadas en el blog a lo largo de estos once años de actividad.

Resulta que son 65 los títulos en cuestión, sobre un total de 668. Si elimino los de autoría múltiple (22), quedan 65 sobre 643, o poco más del 10%.

Para saber si eso es poco o mucho (en términos relativos, es decir, si existe un sesgo de muestreo), he investigado un poco.

Es difícil encontrar datos objetivos.

Al parecer, un muestreo en librerías de aeropuerto (lo cual implica sin duda un sesgo de algún tipo) por parte de una escritora americana arrojó un porcentaje del 18% de títulos con autoría femenina. Ahí, sin embargo, entran todo tipo de libros, desde novedades a reimpresiones, así que tal vez sea más indicativo el porcentaje de mujeres afiliadas a la SFWA, que constituían el 38% de su censo en 2001 (posiblemente ahora sean más, porque era un porcentaje al alza).

Esto, además, es congruente con una información divulgada hace unos meses por Julie Crisp, editora en Tor Publishing, que proporcionó los porcentajes de hombres y mujeres entre las 503 propuestas de edición recibidas por el sello en medio año. Baste por ahora con señalar que el resultado global es de un 32% de títulos escritos por mujeres frente a un 68% de autoría masculina.

En ese sentido, y sin duda, Rescepto no representaría fielmente la realidad.

Claro que toca hacer un par de matizaciones. Resulta que desglosando los datos de Tor por subgéneros, la participación femenina es desproporcionadamente alta en dos categorías: “Fantasía urbana/romance paranormal” (57%) y “juvenil” (68%), que por inclinaciones personales se encuentran infrarrepresentadas en el blog; así como desproporcionadamente baja en otras como “ciencia ficción” (22% autoras) y “terror” (17%).

Esto, por sí solo, no basta para explicar mis cifras. Lo que tal vez sí lo haga es la vocación histórica del blog. Aunque hoy por hoy las mujeres sean responsables de aproximadamente un tercio de la producción fantástica total, esto no ha sido ni mucho menos así a lo largo de la historia del género fantástico. Con notables excepciones (muy puntuales, como durante el auge de la novela gótica), la autoría femenina en la producción fantástica (sea por los motivos que sea; no es momento ni lugar para analizarlo) ha sido casi, casi residual. Creo que ese 10% refleja bastante bien el porcentaje de participación femenina (en libros propios) a lo largo de los dos últimos siglos.

¿Quiere eso decir que no hay sesgo en Rescepto?

Hum, en realidad creo que sí, que sí que lo hay. En varias ocasiones he buscado específicamente libros de autoras porque me interesaba examinar tal o cual oscura faceta de la producción fantástica (desde la novela gótica original a las utopías feministas de finales del XIX o el feminismo más beligerante de los setenta… llegando hasta el romance paranormal actual), y pese a ello sólo registro un 10% de reseñas de libros de autoría femenina, y entre los autores más reseñados (cinco o más títulos), sólo dos son autoras (Lois McMaster Bujold y Ursula K. Le Guin).

Sospecho que el sesgo podría estar originándose en mi biblioteca, que por motivos económicos se nutre sobre todo de saldos y ediciones viejas, así que cuando no voy buscando activamente algo en particular, lo más probable es que acabe teniendo entre mis manos un libro escrito por un hombre.

Vale, ¿pienso hacer algo al respecto?

Pues quizás os sorprenda, pero no, no creo en ese tipo de acciones. Ya tengo bastante trabajo rellenando huecos en mi conocimiento de la historia de la literatura fantástica como para encima andarme pensando en cuotas. Seguiré más o menos como hasta ahora, interesándome por tal o cual subgénero o período histórico, homenajeando a los fallecidos, completando mis listados de premios fantásticos… y escogiendo por puro azar o capricho algún que otro de los volúmenes que aguardan turno desesperanzados en mi monstruosa Pila.

¿Pero sabéis qué? Incluso así las cosas están cambiando. Este 2017 llevo reseñados 49 libros, y de ellos 14 son de autoría femenina, lo que supone un porcentaje bastante superior al global (de hecho, casi tres veces superior, con un 28,5%). Dudo que vaya a llegar al 38% (o incluso 32%) en un futuro inmediato (de nuevo, el sesgo histórico), pero me da que esos números van a mantenerse (entre otras razones porque, tal y como ponen de manifiesto todos los premios del sector, hoy por hoy, aunque quizás sean unas pocas menos, la producción más de vanguardia está siendo escrita por mujeres; y sí, me gusta analizar el pasado, pero también quisiera mantener un ojo puesto en el futuro).

Tengo muchas ganas de estrenarme con autoras que aún no he leído como Anne McCaffrey o Andre Norton, incursionar de nuevo en el universo de las utopías feministas decimonónicas, descubrir nuevos valores como Claire North, Charlie Jane Anders, Becky Chambers, Nnedi Okorafor o Ada Palmer (y alguna que otra autora española), reincidir en autoras que me fascinaron como Tanith Lee o Francis Stevens y completar la Hugolatría con los títulos que me faltan de Lois McMaster Bujold, N. K. Jemisin y (¡ay!) Connie Willis… pero para ello no quiero renunciar a nada. No quiero que leerlas sea una obligación, sino simplemente parte de mi modesto objetivo global, que es abarcarlo Todo (en fantástico); pasito a pasito; un autor (o autora) por vez.

Volver a empezar

•noviembre 24, 2017 • 2 comentarios

Pocas novelas habrá tan influyentes y al mismo tiempo tan desconocidas como “Volver a empezar” (“Replay”), de Ken Grimwood, publicada en 1987 y ganadora al año siguiente del Premio Mundial de Fantasía. No es que inventara exactamente el concepto del bucle temporal en el que se encuentra atrapado el protagonista (esa distinción corresponde al cuento “12:01”, publicado por Richard A. Lupoff en 1973), pero sí que fue la obra que lo popularizó, aunque al contrario que con “12:01” (una hora) o con la posterior “El día de la marmota” (un día; y sí, ya sé que algún lumbreras la tituló por estos lares “Atrapado en el tiempo”), la repetición es más extensa (hasta veinticinco años) y compleja.

En esencia, “Volver a empezar” es la historia de Jeff Winston a partir de su primera muerte, acaecida en 1988 de un ataque al corazón. Lo siguiente que percibe es que ha despertado en su antiguo cuarto universitario, y algo después comprueba asombrado que no sólo es el año 1963, sino que vuelve a tener dieciocho años, aunque conservando los recuerdos de toda una vida en la que se decantó por el periodismo radiofónico.

La nueva vida de Jeff empieza pronto a divergir de la antigua, pues utiliza su conocimiento anticipado del futuro para hacerse rico con una serie de improbables apuestas deportivas e inversiones financieras. A la postre, sin embargo, y pese a que pone todo su empeño en cuidarse, el fatídico año 1988 vuelve a sufrir un infarto… que lo devuelve a 1963, con todos los logros y fracasos de sus dos primeras vidas eliminados como si nunca hubieran acontecido.

Hasta aquí era relativamente fácil escribir esta reseña. Seguir detallando la sucesivas vidas de Jeffrey Winston serie, sin embargo, contraproducente, porque lo ideal es viajar con él de una a otra, de un estado de ánimo al siguiente, de una teoría a su sucesora… Baste con apuntar dos detalles: que las repeticiones no abarcan exactamente el mismo lapso, sino que éste parece ir acortándose en progresión geométrica, y que llega un momento en que descubre que no se encuentra solo, atrado en ese curioso fenómeno, sino que al menos otra mujer lo acompaña en sus sucesivos replays, lo únicos seres humanos conscientes de hallarse embarcados en un bucle causal, en el que únicamente sus acciones poseen la virtud de marcar una diferencia (sea ésta insignificante o profunda) en el cíclico fluir del tiempo.

Vale, indudablemente la sobreexplotación del concepto en los últimos veinticinco años ha hecho mucho por reducir el impacto de la novela, pero curiosamente, pese a ser de los primeros ejemplos de su categoría, resultar ser también de los más originales. La longitud de la repetición basta de hecho para separarla de la mayor parte de esas ficciones que por imperativos audiovisuales se circunscriben a unas pocas horas. Así, no importa tanto la anécdota de tal o cual acción repetida una y otra vez (aunque algo de ello hay, sobre todo al principio del ciclo), como el impacto global de media vida enfocada a propósitos divergentes y sustentada en valores igualmente cambientes.

El lapso menguante introduce además una variación interesante sobre el modelo que se popularizó con posterioridad. Implica que nada de lo que haga Jeff acabará teniendo importancia, ya que será cancelado con su inevitable muerte y su próxima vida tal vez empiece pasado el punto de cambio. No hay pues un objetivo de máxima idoneidad que cumplir. Cualquier progresión moral se circunscribe a lo único que permanece: los recuerdos de las sucesivas vidas. No hay bien, no hay mal que perdure. Tan sólo una vida fragmentada en busca de un sentido.

Así, de forma paradójica, el mensaje que emerge de entre la multiplicidad de vidas de Jeff (con su mujer, emparejado con su novia de la universidad, con una rica heredera, entregado al desenfreno, con hijos, con hijos adoptados, solitario, escritor, diletante, campesino…) es la noción de la fugacidad del tiempo, de la irreversibilidad de las elecciones. “Volver a empezar”se erige en un llamamiento a afrontar la vida con plena consciencia de que las oportunidades se presentan una vez y luego se pierden para siempre, que sólo no es dado recorrer uno de los infinitos caminos que se abren ante nosotros y que por tanto debemos procurar que esa potencialidad se concrete del mejor modo posible (y de igual modo a mirar siempre hacia el futuro, sin dejarnos lastrar por lo que pudo ser y no fue).

De acuerdo, Ken Grimwood hace un poco de trampa, dejando solucionado de buenas a primeras un condicionante para el desarrollo del potencial tan crucial como es el desahogo económico (aunque se preocupa de dejar claro que el dinero por sí solo no basta). Aun así, su renuncia a la búsqueda de un óptimo es ejemplar. Elimina de la ecuación cualquier posible beneficio aparte de la iluminación interior. Si algo saca Jeff de toda la experiencia es aceptación, y quizás el convencimiento de que nunca es tarde para cambiar de rumbo (de nuevo, dos conceptos aparentemente antitéticos, que al examinarlos de cerca se revelan como estrechamente ligados en la errónea concepción del pasado como un condicionante insoslayable del futuro).

Ken Grimwood murió precisamente de un ataque al corazón en 2003, a los cincuenta y nueve años, mientras se encontraban escribiendo una secuela de “Volver a empezar”… veinticinco años en el futuro de ese 1988 en el que mandó a sus personajes veinticinco años hacia el pasado.

Aparte del World Fantasy Award, “Volver a empezar” fue también finalista de Arthur C. Clarke, en una edición que ganó la magnífica “Las torres del olvido“, de George Turner.

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Vencer al dragón

•noviembre 22, 2017 • 7 comentarios

En ocasiones, es posible ser demasiado adelantado a tu tiempo, o tal vez simplemente llegar en el momento más inoportuno posible. Tal vez ese sea el caso de una de las mejores novelas de fantasía de los ochenta, “Vencer al dragón” (“Dragonsbane”), de Barbara Hambly, publicada en 1985… apenas unos meses después de que Margaret Weis y Tracy Hickman marcaran (por desgracia) el camino que iba a seguir el género durante toda una década con “El retorno de los dragones“, el primer título de la franquicia de la Dragonlance.

Porque “Vencer al dragón” no tiene absolutamente nada que ver con toda esa fantasía juvenilizada que llegaría a denominarse despectivamente “dragonada”. Sí, hay un dragón, Morkeleb el Negro, pero la protagonista, Jenny Waynest, es mucho más que un simple alter ego para explorar conflictos adolescentes. Es, de hecho, una mujer madura, enfrentada a un dilema ciertamente adulto, dividida por el tirón de dos intereses irreconciliables, que debe llegar a un compromiso vital. Ah, sí, también hay un dragón del que encargarse, en compañía de su pareja, John Aversin.

La novela es, de hecho, algo que iba haciendo mucha falta: ese título capaz de tomar los elementos de la fantasía tolkiniana y, más allá de una simple réplica simplificada (a lo Terry Brooks en los libros de Shannara), hacer evolucionar el género en consonancia con las preocupaciones y sensibilidades de la época. Lo hace, además, poco a poco, dejando que nos vayamos aclimatando a un enfoque no tan blanco y negro, sino con sus matices de gris, presentándonos lo que a grandes rasgos es una reintrepretación de la aventura de “El hobbit“.

Eso sí, ya desde el principio nos encontramos con diferencias. La primera y principal que el protagonismo es femenino, correspondiendo a Jen Waynest, una maga que habita en las Tierras del Norte, territorio fronterizo de un otrora poderoso imperio que se ha visto año a año cada vez más aislado y dejado a su suerte, en un proceso equivalente a la desintegración del Imperio Romano durante el paso de la Edad Antigua a la Edad Media (Barbara Hambly posee un máster en historia medieval).

El caso es que allí llega por sorpresa un joven emisario del rey, buscando la ayuda de Lord Aversin, el único vencedor de dragones que aún vive (pues en su juventud, con ayuda de Jenny, mató a una bestia que estaba llevando la ruina a su pueblo). Los dragones de Hambly son bastante clásicos. No excesivamente grandes (de diez a quince metros de longitud), aunque con la panoplia al completo de su especie: dientes, garras, espinas cortantes, aliento de fuego y capacidades mágicas. El caso es que en las inmediaciones de la capital, Bel, se ha instalado un dragón, expulsando de sus grutas ancestrales a los gnomos y amenazando con arruinar el poco esplendor que le queda al antiguo imperio.

Acuciado por sus propias necesidades (defensa y conocimientos), John acaba accediendo a intentar replicar su hazaña, y hacia Bel que parten él, Jenny y Gareth, descubriendo al arribar (tras una serie de peripecias que no vale la pena detallar) que el panorama no es exactamente como lo había pintado el joven cortesano, sino que el rey parece hallarse además bajo el control de una joven y poderosa maga, que es quien realmente ostenta el poder como su amante (y que parece tener un interés especial en la eliminación del dragón).

Hasta aquí las semejanzas y diferencias con la épica tolkienista resultan evidentes. La principal entre las segundas es que, lejos del tono mitológico de las aventuras en la Tierra Media, el enfoque de Barbara Hambly es casi desmitificador. John, por ejemplo, no se ajusta al molde del aguerrido héroe de leyenda (aunque sí es valiente y capaz). En vez de ello, se trata de un líder al que sus múltiples obligaciones, tratando de mantener en pie una sociedad que se desmorona, apartan de su verdadera pasión que es el estudio; un bárbaro ilustrado, en la refinada y decadente corte de Bel. En cuanto a Jenny, dado que asumimos su punto de vista es el personaje más complejo, debatiéndose de continúo entre el ansia de poder propio de los magos y las “distracciones” que la apartan de la meditación necesaria para conseguirlo: su amor por John y por los dos hijos de ambos.

A medida que avanza la historia, de hecho, se acrecientan tanto esos paralelismos (con “El hobbit” específicamente, aunque resulta imposible no ver un eco de Grima Lengua de Serpiente en Zyerne, la maga tras el trono de Bel), como las diferencias (en una resolución del primer conflicto que nada tiene que ver con el destino de Smaug), y cuando todo parece abocado a una mera (aunque inteligente) reinterpretación del mismo esquema, nos encontramos con que todavía resta más de un tercio de novela y de que debe haber más… y vaya si lo hay.

Porque a partir de ahí Jenny Waynest se ve sometida a su mayor prueba, por un lado enfrentada a la ambición desmedida de la poderosa Zyerne, pero sobre todo confrontada con las realidad innegable de su propia ambición de poder (representada en la magia del dragón).

Si todo lo precedente ya bastaba para convertir “Vencer al dragón” en una obra imprescindible dentro del canon de la fantasía, es este desarrollo ulterior lo que termina de llevarla a un plano superior, porque a través de su ficción Barbara Hambly aborda un tema candente en la sociedad estadounidense de su época (y aún no resuelto de forma satisfactoria, quizás porque no hay solución sencilla): la conciliación entre las aspiraciones laborales y las familiares.

Lo cierto es que estamos bastante acostumbrados a contemplar este dilema desde la perspectiva masculina (en “Cementerio de animales“, por ejemplo), pero por motivos culturales no es tan frecuente que se plantee desde el punto de vista de la mujer. Jenny, aun antes de los cambios que experimenta en la novela, ya se siente desgarrada entre la convicción de que no está atendiendo las necesidades de su compañero y sus hijos (a los que cría la mayor parte del tiempo una tía) y la sospecha de que esas escasas atenciones que logra escamotear a su meditación son detrimentales con respecto a lo que podría avanzar en su carrera libre de distracciones.

De forma absolutamente hipócrita, nuestra sociedad ha tendido a negarle a la mujer el derecho a debatirse en la disyuntiva entre amor y ambición, otorgándole tradicionalmente el papel de quien tiene que sacrificar sus sueños por el bien de la pareja. Barbara Hambly, con “Vencer al dragón”, rompe decididamente con cualquier tipo de asumción, y sitúa a Jenny en una posición en que debe tomar una decisión libre de cualquier tipo de condicionante externo, debiendo así hacer autoexamen profundo de sus deseos.

¿Cómo es posible que una obra con tantos niveles pasara desapercibida? Bueno, en realidad no lo hizo, y muchos de los principales autores de hoy en día la señalan como fuente de inspiración (no es de extrañar, así de adelantada estuvo a su época). Es sólo que quedó sepultada bajo la marea de la fantasía franquiciada ochentera, hasta el punto de que no fue sino en 1999 cuando se publicó una secuela, “Dragonshadow”, seguida de “Knight of the demon queen” en 2000 y “Dragonstar” en 2002 (aunque las críticas no suelen ser muy positivas, señalando a un cambio demasiado brusco en el enfoque y los personajes). Todo ello, junto con una novela corta de 2010 (“Princess”), conforma la serie de las Winterlands.

En 1986 “Vender al dragón” resultó tercera en la votación de los Locus de fantasía (que ganó Roger Zelazny con “Trumps of doom”, el inicio de las segundas Crónicas de Ambar) y repitió mención al año siguiente (aunque ya en vigesimoquinta posición). De igual modo, fue finalista del Mythopeic Award (que obtuvo la no menos extraordinaria “Puente de pájaros“, de Barry Hughart).

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El príncipe de los infiernos

•noviembre 13, 2017 • Dejar un comentario

A finales de los años setenta el terror, impulsada por el éxito internacional de “El exorcista” (1971), estaba a punto de erigirse en uno de los géneros más comerciales, inaugurando la etapa del best seller de terror, que se extendería por más de una década. Los principales nombres del género empezaron a publicar sus primeras obras. Stephen King lanzó su carrera en 1974 con  “Carrie”, y pronto encadenó una serie de éxitos que lo llevarían a la posición preeminente que aun hoy ocupa; Dean Koontz se pasó toda la década lanzando títulos con una plétora de seudónimos (hasta consolidar su propio nombre en 1980 con “Susurros”); Peter Straub recondujo su incipiente carrera hacia el horror por medio de “Julia” (1975); y Robert R. McCammon se estrenó en la ficción en 1978 con “El príncipe de los infiernos” (“Baal”).

La novela arranca con una violación, la de la joven Mary Kate por parte de un tenebroso desconocido, que deja sobre su piel marcas de quemaduras. El niño que nace de tal unión resulta ser diabólico (lo que enlaza con otra de las obras fundacionales del best seller de terror, “La semilla del diablo”, de Ira Levin, 1967, y quizás con “La profecía”, película de 1976, año en que McCammon escribió la novela), y pronto “se libra” de sus padres, acabando en un orfanato donde, tras un salto temporal, vemos cómo ha ido progresando hacia el mal, adoptando el nombre de Baal.

Lo cierto es que toda esta sección de la novela resulta bastante ramplona. La “maldad” de Baal es un quiero y no puedo, propio de un autor joven y novato que está intentando ser impactante pero se queda en un nivel superficial de pura bravata exhibicionista (y el sexo que no falte, que hay que demostrar rupturismo). De igual modo, el escenario y la acción poco tienen que añadir a los precedentes ya mencionados. McCammon demuestra oficio, pero poco más.

De mayor interés es la segunda sección de la novela, que lleva al auténtico protagonista (o algo así, ya entraré en detalles), el doctor Virga (un profesor de teología) a Kuwait, en busca de un joven colega que ha desaparecido mientras documentaba el ascenso de un presunto mesías. Este líder religioso es, por supuesto, Baal, ya adulto, que está congregando a un ejército de desahuciados y extremistas de todo pelaje, atraídos por una ideología de renuncia a toda restricción (inspirada lejanamente en la Thelema de Aleister Crowley).

La perspectiva de McCammon sigue siendo un tanto inocentona, pero su descripción (bastante racista) de la histeria religiosa/política, ofrece estampas relativamente novedosas, que elevan el interés de la novela. Se nos presenta, además, a un personaje misterioso, Michael (cuya auténtica naturaleza se hace evidente en dos párrafos, aunque el autor intente disimularlo hasta el final de la novela). También hay un intento por relacionar los acontecimientos con el conflicto árabe-israelí (que por aquel entonces aún estaba empantanado en las consecuencias políticas de la Guerra de los Seis Días), así como una burda exploración mito-teológica de la figura del Baal histórico, que arrastra hasta el tercer acto.

Este acto, quizá en imitación (¿inconsciente?) de “Frankenstein”, nos lleva a los territorios helados de Groenlandia, donde incongruentemente se ha refugiado Baal, perseguido por Michael y Virga. En sus primeros compases, esta sección mantiene la dinámica ascendente iniciada en la anterior. Por desgracia, a medida que se ve obligada a ir atando los cabos y dirigirse hacia la conclusión, se va haciendo evidente que el autor se ha metido en un callejón sin salida, dejándole con muy poco margen de maniobra.

También en teología entra en terrenos pantanosos, apuntando a una concepción dualista del conflicto entre bien y mal, aunque quedándose de nuevo en la superficie (posiblemente sin ser consciente del sustrato filosófico maníqueo/gnóstico en que se sustentaron las herejías dualistas históricas). Simple y llanamente, a McCammon no puede importarle menos el sustrato. Lo suyo es pura fachada. Horror superficial, que se ajusta a los parámetros narrativos del thriller, sin mucho interés por ahondar en ningún tipo de conflicto subyacente.

Lo peor del clímax, sin embargo, es lo forzado y, a la postre, arbitrario que resulta. Los acontecimientos no nos van conduciendo inexorablemente hacia la conclusión, sino que se hace evidente la arbitrariedad con la que el autor va introduciendo los sucesivos giros, convirtiendo por ejemplo a Virga en un espectador a efectos prácticos irrelevante en el drama, un invitado de piedra cuya única función parece ser la de servir de testigo en nuestro beneficio, lo cual provoca cierta desconexión emocional con los acontecimientos.

McCammon muestra maneras, pero cuando escribió “El príncipe de los infiernos” estaba aún muy verde, como él mismo reconoció cuando, por un tiempo, decidió retirar del mercado sus primeras novelas (incluyendo, por supuesto, ésta). Cuando autorizó de nuevo su publicación en 1988, decidió añadir un pequeño epílogo justificativo que, básicamente, me ahorra cualquier esfuerzo de análisis. Esto es lo que escribió McCammon:

“Baal” trata del poder, y está escrita cuando yo no tenía ninguno.

Se nota. La maldad de Baal (el personaje) no es una maldad de proporciones bíblicas. Es la maldad de un joven resentido con el mundo, que busca una válvula de escape para toda esa frustración. McCammon buscaba romper límites, expandir su universo, viajar al Golfo Pérsivo y luego a las inmediaciones del Círculo Polar Ártico, aunque supiera poco o nada de tales lugares; imaginar a un protagonista prestigioso y al borde de la jubilación, a un aventurero en parte esquimal, a un antiguo dios devenido en anticristo de saldo, a…

Tampoco lo hace mal del todo, es sólo que la falta de experiencia lastra un poco la novela. El mayor pecado de “El príncipe de los infiernos” es que sus resultados no están a la altura de su ambición, pero es algo de esperar en una opera prima. El propio Robert McCammon no consideró su estilo maduro hasta su cuarta publicación, “Los senderos del terror”, de 1983.

Otras opiniones:

Never let me go (Nunca me abandones)

•noviembre 10, 2017 • Dejar un comentario

Desde hace unas semanas tenemos nuevo Premio Nobel de Literatura, Kazuo Ishiguro, y en esta ocasión no sólo es de hecho escritor (rectificando un poco el rumbo del galardón), sino que además, por la parte que nos toca más de cerca, se ha aventurado en sus últimas obras por terrenos propios de la literatura fantástica. De hecho, dos de sus siete novelas (no es un autor prolífico), podrían encuadrarse (o no) en los terrenos del fantástico. Por un lado está su último libro, “El gigante enterrado” (2015, nominado al World Fantasy Award), pero también el precedente, “Nunca me abandones” (“Never let me go”, 2005), que es el que nos ocupa ahora.

La novela consiste en la narración en primera persona de una joven, Kathy, ex alumna de una institución llamada Hailsham, que rememora diversos episodios de su vida, en particular por lo que se refiere a su relación con Ruth, su mejor amiga, y Tommy, quien con el tiempo se convertirá en la pareja de Ruth, aunque los sentimientos existentes entre él y Kathy resultan evidentes.

Voy a intentar ser lo menos explícito posible respecto a los giros y revelaciones del argumento (me temo que, a poco que busquéis por internet, os destriparán sin remordimientos hasta el último de ellos, pero no quisiera contribuir a ello). Así pues, me limitaré a señalar que hay tres segmentos bien diferenciados: la despreocupada niñez en Hailsham, su adolescencia en los Cottages (ignoro cómo lo habrán traducido) y por último un período de madurez como cuidadora itinerante. Kathy aborda cada uno de ellos más o menos secuencialmente, aunque como quien rememora sin un plan fijo, dejándose arrastrar por el flujo de los recuerdos, ora adelantando acontecimientos, ora retrocediendo para explorar alguna oscura ramificación.

Así, a brochazos aparentemente aleatorios, va dibujando una existencia envuelta en el misterio y tremendamente limitada en cuanto a las relaciones interpersonales. Sólo están los compañeros de estudios (o de residencia) y, al principio, los guardianes, adultos encargados de su cuidado y educación (una educación muy orientada hacia las artes). Poco a poco, por sobre la despreocupación infantil empieza a apreciarse una sombra ominosa, que va haciéndose más y más oscura a medida que los protagonistas crecen, van adquiriendo obligaciones y empiezan a plantearse, aunque sea vagamente, su lugar en el mundo.

Entrelazado con todo ello tenemos además la complejidad de las relaciones en ese microcosmos entre, sobre todo, Kathy, Ruth y Tommy; relaciones que se complican con la inserción en la ecuación del factor sexo, aunque prescindiendo de casi todo el melodrama que hemos aprendido a esperar de tales escenarios. Lo que interesa a Ishiguro es la confusión generada por unos sentimientos contradictorios, que no ofrecen soluciones sencillas ni permiten categorizar con claridad las acciones de cada cual. Son tres seres humanos, intentando navegar sin un mapa y sin que nadie le haya enseñado cómo actuar por un río tumultuoso, que los une y los separa a instancias de las decisiones más simples e irreflexivas.

Al final de todo, por supuesto, encontramos la explicación de por qué se considera que “Nunca me abandones” podría ser ciencia ficción… y voy a intentar analizar esa cuestión sin entrar en detalles reveladores.

En los últimos años, no es inhabitual que un autor, digamos que mainstream, haga uso de los escenarios y temas clásicos de la ciencia ficción (es importante el matiz ese de “clásicos”; hace falta cierto tiempo para que permeen lo suficiente hacia el público en general como para poder hacer uso de ellos en este contexto), adaptándolos a su estilo. En general, la pretensión no es tanto ahondar en sus posibilidades y abrir nuevas fronteras como utilizar herramientas que están ahí, disponibles para quien desee hacer uso de ellas, con el fin último de toda literatura: explorar lo que es ser humano.

La fantasía fue pionera en este tipo de enfoque, desde obras como “La metamorfosis” de Kafka, pasando por el realismo mágico y llegando, sin ir más lejos, a “El gigante enterrado”. No ha sido tan habitual en ciencia ficción, al menos hasta hace unso pocos lustros, en que muchos temas clásicos han pasado a formar parte de tal modo del sustrato cultural común que la bajada de su umbral de aceptación por el lector generalista ha permitido su explotación en obras como “La carretera” de Cormac McCarthy, “Hijos de los hombres” de P.D. James o “Las particulas elementales” de Michel Houellebecq. Casi todas ellas tienen además en común un enfoque distópico, que “Nunca me abandones” comparte.

En la novela, pues, tenemos dos lecturas. Por un lado la literal, que nos invita a descubrir el secreto que se oculta tras Hailsham, los cuidadores y las donaciones. Por otro, la metafórica, que apunta a un reflexión existencialista en torno a la fugacidad de la vida, la necesidad de sacar el máximo partido posible de cada momento, aun en medio de la complejidad de las relaciones interpersonales. El elemento fantástico lo que logra es comprimir esa experiencia vital en unos pocos años, en vez de toda una vida, haciendo destacar por contraste y, sobre todo, por inminencia, la sombra amenazante de la mortalidad (ante la que cada personaje reacciona a su manera).

A la postre, sin embargo, hay algo que lamento, y es que el autor acaba por imponernos a la fuerza la lectura metafórica, ya que descuida aspectos cruciales para dar contexto a la literal (básicamente, minimiza la reacción del mundo exterior y su influencia en los ex alumnos de Hailsham, que se ve reducida a una breve interacción hacia el final con antiguas cuidadoras). Es por ello que, pese a mi buena predisposición, no he conseguido amar la novela.

Ojo, admirarla sí. Muchísimo. Me ha fascinado su estructura y la ejecución del artificio narrativo del viaje a través de las memorias de la protagonista, con un flujo de información perfectamente medido. En medio del aparente caos de una evocación improvisada, subyace un propósito que va revelándose poco a poco, cobrando definición a medida que se van sucediendo las pinceladas, hasta completar el cuadro.

El “menosprecio” a la literalidad en favor de potenciar el mensaje metafórico, sin embargo, le resta para mí un poco de perfección, sobre todo porque me deja con la impresión de que ahí había mucho que examinar desde una perspectiva ética (y sociológica), y también porque me fuerza a escoger perspectiva, sin dejarme la opción de disfrutar simultáneamente de las dos. Una oportunidad desaprovechada… o no. Al fin y al cabo, “Nunca me abandones”, ya desde su mismo título, centra su atención en el nivel de interacción interpersonal. Poco más puede pedírsele a ese respecto.

La novela fue finalista tanto del premio Booker como del Arthur C. Clarke (que ganó “Aire”, de Geoff Ryman).

Otras opiniones (ojo, que en la mayor parte de ellas los spoilers van que vuelan):

 
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