Little brother (Pequeño hermano)

•agosto 4, 2017 • 2 comentarios

Uno de los subgéneros más pujantes del fantástico en lo que llevamos de siglo es sin duda el de la distopía juvenil… la falsa distopía juvenil. Series como “Los juegos del hambre”, “Divergente” o “La quinta ola” adoptan la apariencia de la literatura distópica, pero en el fondo son todo lo contrario: fantasías revanchistas que subliman el espíritu de rebeldía juvenil para conformar un discurso reaccionario, que viene a sugerir que ya vivimos en la mejor sociedad posible.

Una auténtica distopía ha de hacerte mirar alrededor y ansiar el cambio; tiene que decirte algo que no quieres oír, aunque debas oírlo; algo que sea actual y pertinente (y no importa que la distopía se escribiera hace cien años si su mensaje sigue siendo, por desgracia, actual y pertinente). La imitación ciega, copiando la superficie sin interiorizar la esencia, suele provocar la pérdida de esas cualidades. Aunque claro, es peor cuando la imitación lo que busca es camuflar la verdadera naturaleza del mensaje que se quiere, consciente o inconscientemente, transmitir.

Ni qué decir tiene que las distopías auténticas son raras, y si ya hablamos de distopías juveniles (es decir, dirigidas específica y primordialmente a los jóvenes), nos estamos adentrando en un páramo desolado (y aprovecho ahora para hacer mención de uno de sus pobladores, “La polilla en la casa de humo”, de Guillem López; a ver si encuentro ocasión para reseñarla antes de que los detalles se difuminen en mi mente).

Un largo preámbulo para presentar “Pequeño hermano” (“Little brother”, 2008), de Cory Doctorow, un llamamiento a la rebelión, en defensa de una libertad que a cada año que pasa se ve más comprometida. Un amargo despertar del ingenuo sueño de que la bautizada como Era de la Información traería por sí sola la trasparencia, y una constatación de que una herramienta es simplemente eso, algo que puedes utilizar tanto con un propósito como con el opuesto… y sobre todo un toque de atención a los jóvenes sobre la verdad irrefutable de que si no la usas tú, algún otro lo hará para sus propios fines.

El protagonista de “Pequeño hermano” es Marcus, un chaval de diecisiete años que está en su último año de instituto en San Francisco, en un futuro cercano que es casi presente (y ya algo de pasado, porque las condiciones de partida han ido a peor durante estos últimos nueve años). La paranoia pro “seguridad” sigue por todo lo alto, con una enorme profusión de medidas de vigilancia. Sólo que Marcus es un hacker. No uno de esos personajes casi mitológicos que nos vende Hollywood, sino alguien que cuando se ve frente a un sistema de seguridad siente la necesidad de descubrir sus vulnerabilidades y explotarlas… por ejemplo para hacer novillos durante las horas lectivas y participar con sus mejores amigos en un juego internacional de realidad ampliada.

En medio de su inocente aventura, sin embargo, sucede lo impensable, y su ciudad es golpeada por el terrorismo. Durante los primeros momentos todo es confusión y pánico. Uno de sus amigos es apuñalado y, en su búsqueda desesperada de ayuda, acaban siendo apresados por un destacamento del Departamento de Seguridad Nacional (Department of Homeland Security, la agencia federal de inteligencia interna de los EE.UU.). Es ahí donde comienza su calvario, pues son conducidos a una prisión clandestina, donde el carácter rebelde de Marcus no tarda en ponerlo en el punto de mira de un sistema kafkiano, que lo prejuzga como terrorista y lo obliga a tratar de demostrar su inocencia rindiendo por completo su privacidad ante sus interrogadores.

Seis días después, lo liberan, bajo la explícita amenaza de hacerlo desaparecer definitivamente si se va de la lengua. El caso es que no todos sus amigos han tenido la misma suerte. De Darryl, el apuñalado, no vuelve a saberse nada, y ello es sólo el inicio, porque el DSN, alentado por unos aterrorizados ciudadanos, va instaurando poco a poco un régimen de vigilancia intensiva, pisoteando con su aquiescencia todos su derechos, empezando por la presunción de inocencia, y poniendo en práctica el sueño húmedo de todo obseso por el control (y, en general, de todo aquel que ostente una pizca de poder).

Marcus, vapuleado, asustado, humillado y resentido, declara la guerra al propio DNS, y lo hace defendiendo su libertad en el único terreno de juego en que puede: el electrónico, donde como M1k3y organiza una suerte de movimiento de resistencia clandestino. Las soluciones, por desgracia, nunca son sencillas, y a cada acción le sigue su reacción, de modo que la ciudad de San Francisco entra en una espiral en la que las posturas se radicalizan, toda voz disidente se convierte en cómplice del terrorismo y más y más derechos van siendo sacrificados en el altar de la seguridad ciudadana.

“Pequeño hermano” es una llamada a la paranoia. Una invitación a preguntarnos por la información personal que estamos permitiendo que se nos arrebate (a menudo con engaños, ofreciendo bagatelas a cambio de ella, pero también coaccionados por amenazas imprecisas, ya sea el terrorismo internacional, la disidencia interna o el fraude), a cuestionarnos la relación jerárquica entre el estado y el ciudadano, pero sobre todo a vencer a la inercia, a comprender que la libertad no es algo que se ofrezca gratis, sino que hay que pelear por ella cada día.

Vale, en ocasiones la novela resulta un poquito sermoneadora, pero si de algo puede acusársela de verdad es tal vez de no resultar lo bastante paranoica. Tal vez por haber sido escrita por un estadounidense, cuyo modelo nacional al menos fue diseñado con el objetivo explícito de establecer mecanismos de control entre los distintos poderes del estado que garanticen en la medida de lo posible la libertad de los ciudadanos. Aquí estamos peor, mucho peor, y la dinámica de los últimos años no ha hecho sino convertir la privacidad en un bien todavía más escaso (y lo que se nos viene encima).

“Pequeño hermano” es una novela necesaria. Para ser precisos, una protodistopía, uno de los posibles caminos que, de no andarnos con ojo, nos pueden conducir a un futuro de férreo control ciudadano como ni siquiera Orwell, con sus pantallas monitorizadotas, fue capaz de imaginar. El gran peligro, además, es que no la senda en que nos encontramos es, de hecho, más insidiosa. Ninguna gran agencia ha entrado (todavía) como un elefante en una cacharrería, pisoteando derechos a diestro y siniestro. Lo que sí está ocurriendo es que, atentado a atentado, bocado a bocado, han ido minando nuestra libertad, y como nadie protesta (no con la suficiente insistencia, o en número suficiente), cada vez son un poco más avariciosos, y el control se extiende a nuevas áreas.

Una de las grandes frases de la novela es “No confíes en nadie por encima de 25”, bajo la premisa de que quienes superamos esa edad estamos atrapados en una estructura mental que nos impele a ceder, a dar pasos atrás en la defensa de nuestra libertad (setenta y cinco años de prosperidad y paz sin precedentes en la historia del mundo nos marcan, sin duda). El miedo al cambio es muy real, pues somos conscientes de que casi todo lo que ha existido en la historia del mundo ha sido peor. Somos rehenes de nuestro sistema socioeconómico, y lo peor es que nuestros dirigentes lo saben. Han olvidado, como nosotros, que son ellos los que nos sirven, no al revés, y sus ansias por mantener el statu quo (que les beneficia) en una dinámica de acelerado cambio tecnológico y obsolescencia de los modelos antiguos, se han convertido en el mayor peligro para nuestra libertad.

Tan sólo necesitan una excusa, y el terrorismo internacional, con sus propios fines retrógrados, está más que dispuesto a proporcionársela.

De todo eso va “Pequeño hermano”. Por eso debería estar reconocida como una de las grandes novelas juveniles de este siglo… y por eso mismo no lo está; y por eso mismo, quizás, ni te hayas enterado de que está publicada en español, desde hace ya seis años. Sí, la editorial (Puck) no es una de las especializadas en literatura fantástica, pero es que la novela fue ganadora del Prometheus y el John W. Campbell Memorial, además de ser finalista del Locus (de novela juvenil) y del premio Hugo (perdiendo en ambos casos, lo cual es una verdadera vergüenza, ante “El libro del cementerio”, de Neil Gaiman… ni siquiera ante la monumental “Anatema” en el caso del Hugo). Fue también finalista del Nebula, que perdió ante “Poderes”, de Ursula K. Le Guin. En 2013 Doctorow publicó su secuela, “Homeland” (que ya estoy leyendo).

En cualquier caso, ni siquiera tenéis que fiaros de mi palabra y comprarlo (de buenas a primeras, quiero decir, que yo, después de seguir esa vía, ya he encargado mi copia). Fiel a su filosofía, Cory Doctorow lo tiene disponible (en inglés) para descarga libre y directa en su página web. Tan sólo os advierto de que, después de leerla, quizás sintáis la necesidad no ya de compraros vuestro ejemplar, sino de hacer acopio de unos cuantos para regalárselos a jóvenes cuyo futuro os importe. “Little brother” es de ese tipo de libros.

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Annihilation (Aniquilación)

•julio 15, 2017 • 1 comentario

Durante las dos últimas décadas Jeff Vandermeer se ha convertido si no en la principal figura (ése sería China Miéville), sí en el aglutinante del movimiento New Weird, que ha buscado recuperar para la fantasía (sin renunciar a cierta hibridación con la ciencia ficción y, sobre todo, el terror) las sensaciones (de inquietud, de fascinación por la extrañeza) que despertaba la vieja weird fiction, tal y como se configuró en los años veinte, treinta y cuarenta en la revista Weird Tales. En lo últimos tiempos, destaca también su labor como antólogo (junto a su mujer Ann, editora precisamente de la última reencarnación de Weird Tales), con la coordinación de títulos tan emblemáticos como “La Biblia Steampunk”.

Su faceta de escritor carecía tal vez del mismo reconocimiento (aunque cuenta en su haber con tres Premios Mundiales de Fantasía, en antología y novela corta), hasta que en 2014 presentó una obra que se ha probado tan aclamada por unos como denostada por otros, la trilogía de Southern Reach. El primer título, publicado en febrero, fue “Aniquilación” (“Annihilation”), seguido en mayo y septiembre por “Autoridad” y “Aceptación”, que le valió los premios Nebula y Shirley Jackson, concediéndole el mayor éxito en solitario de su carrera. De hecho, los derechos cinematográficos no tardaron en ser adquiridos por una productora y la adaptación ha despertado tal entusiasmo que la película se encuentra ya en fase avanzada de producción.

La reacción de la comunidad fantástica, sin embargo, ha sido divisiva (con comparaciones poco halagadoras para con la serie “Perdidos”). “Aniquilación” es una novela bastante breve (sobre todo para lo que está de moda últimamente), en la que predomina el estilo sobre la sustancia, las sensaciones sobre la reflexión. Podría parecer incluso un guiño a la vieja New Wave, sólo que el enfoque no es propio de la ciencia ficción, sino que es… puramente weird (y más específicamente, bioweird, aunque tal palabro no exista).

“Aniquilación” nos introduce en un escenario insólito, el Área X, ubicada en algún punto de la costa suroriental de los EE.UU. Hace treinta años, un evento de algún tipo dejó aislada esa región, y desde entonces una opaca agencia gubernamental, la Southern Reach, está enviando equipos de investigación, en misiones poco menos que suicidas, que tratan de desenmarañar el misterio que envuelve todo el asunto.

La historia nos la narra un miembro de la duodécima expedición, la bióloga (no se aconseja el empleo de los nombres propios), quien junto a una exploradora, una antropóloga y una psicóloga (a última hora se descuelga una lingüista), representa el último intento por extraer información útil del Área X. La trama arranca bruscamente al inicio de la misión, sin concedernos la oportunidad de ubicarnos, aunque luego la bióloga nos va proporcionando detalles escogidos (y posiblemente alterados con una intención poco clara) acerca de su vida y de sus razones para presentarse voluntaria para la misión, pese a conocer de primera mano los peligros que tal curso de acción conlleva.

Me resisto a contar nada más. El impacto de la novela se fundamenta precisamente en el misterio, en sumergirnos bruscamente en un entorno extraño y desconcertante, aunque a la vez vagamente familiar, navegando justo en el límite entre lo cotidiano y lo insólito, buscando deliberadamente el punto más profundo del Valle Inquietante.

Ello, por supuesto, requiere de cierta vaguedad expositiva, de un pacto especial con el lector, para que éste entre en el juego propuesto. Es peligroso adentrarse en el Área X con expectativas incorrectas, porque la novela no pretende responder ninguna pregunta, sino sobre todo sumergirnos en la frontera difusa entre filosofías y ecosistemas, en una zona de coexistencia entre lo conocido y lo desconocido, un espacio donde ni siquiera es fácil determinar en qué categoría clasificar cada evento. En pocas palabras, para disfrutar de “Aniquilación” hay que dejarse llevar por las sensaciones, dejando un poco aparcada la razón.

Sobre todo, no ha de cometerse el error de pensar por un momento que “Aniquilación” es ciencia ficción. Ni siquiera esa ciencia ficción extraña que ha dado origen a historias de exploración similares, como “Pórtico” o, de forma mucho más cercana, “Picnic junto al camino”. No hay objetivo ulterior. El medio, literalmente el medio, la interfase entre lo natural y lo extraño, es el objetivo.

Por eso, quizás, la bióloga no se comporta en absoluto como una bióloga, ni piensa como lo haría una bióloga. Las hipótesis que elabora no se apoyan en la razón, ni en ningún esquema que pueda sugerir el método científico. No sé hasta qué punto es algo deliberado, un producto de su asimilación por parte de lo que quiera que esté alterando el Área X… o bien una carencia de Vandermeer, una falta profunda de comprensión sobre cómo funciona en realidad una mente científica. Sea como sea, es algo que provoca, al menos en mi caso (no puedo evitarlo, soy biólogo, aunque no “de bota”), cierta desconexión con la historia.

A la postre, el disfrute de la novela dependerá de hasta qué punto el lector está dispuesto a aceptarla en sus propios términos. Podría entenderse como una sucesión aleatoria de escenas más o menos grotescas, pero también como una espiral de sensaciones, que va poco a poco incrementando nuestra percepción de extrañeza, hasta que quizás podamos identificarnos con la alienación de la bióloga (que en modo alguno comienza cuando penetra en el Área X).

Como ya he comentado, “Aniquilación” cosechó el premio Nebula de 2015, mientras que el Hugo fue para “El problema de los tres cuerpos“, de Cixin Liu. Las otras dos novelas nominadas a ambos premios fueron “The goblin emperor”, de Catherine Addison, y “Ancillary sword”, de Ann Leckie (algo que Vandermeer no consiguió, aunque aquel año los Sad Puppies lograron meter dos de sus candidatos entre los finalistas del Hugo). Con la trilogía en su conjunto fue finalista tanto del premio Locus (de ciencia ficción) como del World Fantasy Award.

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Uprooted (Un cuento oscuro)

•julio 7, 2017 • Dejar un comentario

Naomi Novik era conocida como la autora de una única serie de fantasía e historia alternativa, la del universo de Temerario, consistente en nueve libros (hasta el momento) ambientados en los tiempos de las guerras napoleónicas… con la salvedad de que los dragones existen, y son llevados a la batalla.

El primer volumen, “El dragón de su majestad”, de 2006, fue nominado al premio Hugo, y en 2007 recibió varios premios como mejor nueva autora (incluyendo un Locus por los tres primeros libros de Temerario, que se publicaron aquel mimos año en edición Omnibus). Desde entonces, sin embargo, parecía recluida en un nicho muy específico, así que fue toda una sorpresa cuando en 2015 sacó un volumen independiente, “Uprooted” (“Un cuento oscuro”), que no sólo se probó tremendamente popular, sino que le valió una nominación a prácticamente todos los premios existentes, de los que ganó el Nebula, Locus y Mythopoeic (el premio Hugo fue para “La quinta estación“, de N. K. Jemisin).

La principal innovación de “Un cuento oscuro” reside quizás, paradójicamente, en su apego por la tradición. El planteamiento de la historia es clásico: una joven sacrificada por el bien de su pueblo a un dragón. Sólo que el dragón no es exactamente una bestia mitológica, sino Sarkan, un mago, que habita en una torre a escasa distancia de un bosque encantado, cuya malevolencia contiene a duras penas. En cuanto a Agnieszka, el tributo del año, tampoco es la tradicional belleza que suele escoger el Dragón para que le sirva durante unos años, sino una joven bastante torpe, que no consigue mantener su ropa limpia, pero al mismo tiempo parece tener una conexión especial con la naturaleza. El caso es que descubrimos que Agnieszka posee también cierto talento mágico, aunque es de un tipo extraño, opuesto a la metódica ciencia a la que el Dragón a consagrado su existencia.

La primera parte del libro sirve para ubicarnos. Sabemos lo que sabe Agnieszka, y esto es muy, muy poco. Apartada brusca e inesperadamente de los suyos (supuestamente, el tributo tendría que haber sido su amiga Kasia), tendrá que hacerse tanto a su nuevo papel como a la revelación de quién es de verdad el mítico Dragón y cuál es realmente la importancia de su misión, oponiéndose desesperado a la corrupción hambrienta del Bosque. Lo que en principio parece un vuelta de tuerca sobre temas clásicos de los cuentos de hadas (“La bella y la bestia” surge inmediatamente como referente), empieza a revelarse como un tapiz más complejo, sobre el que planea una sombra amenazadora.

Por si fuera poco, la política del reino de Polnya no tarda en inmiscuirse, tanto por lo que se refiere a las intrigas internas (a las que Agnieszka, como futura maga y por tanto recurso nacional, tendrá que enfrentarse) como a la tensión bélica con la vecina Rosya (colindante también con el Bosque). De todas formas, poco a poco va quedando claro que todo gira en torno a una inteligencia oscura que anhela la destrucción de los hombres, y que desde las entrañas del Bosque realiza sus movimientos, buscando la ruina de Polnya (y Rosya), con el objetivo último de extender sus límites y acabar con la presencia humana en la región.

Naomi Novik juega muy bien sus cartas, y si bien es posible que se demore en exceso en el planteamiento, una vez esbozado el esquema mayor, la novela atrapa con un estilo de fantasía moderno (Agnieszca esquiva buena parte de los clichés que podrían lastrar a un personaje femenino, sobre todo en un entorno tan deudor del cuento de hadas clásico… aunque no deja de explorar una innecesaria e inconsecuente subtrama romántica), que sin embargo bebe mucho también de “El Señor de los Anillos” (por su tratamiento de la corrupción y del propio Bosque). Otra fuente de inspiración es el folclore eslavo, de donde derivan la mayor parte de los nombres, así como el personaje mítico de la Baba Yaga, como antecesora ancestral en el tipo de magia que practica Agnieszka.

Con ello, Naomi Novik no hace sino explorar su propios orígenes, pues aun siendo ella misma estadounidense, su madre emigró a América desde Polonia… lo que nos lleva al gran tema subyacente a toda la novela, que es lo que de verdad la hace destacar: el desarraigo (de ahí que sea tan lamentable la traducción española, cuando podría haberse titulado perfectamente “Desarraigada”).

Todo gira en torno al concepto del aislamiento con respecto a las propias raíces. Algo que sufre Agnieszka cuando el Dragón se la lleva de Dvenirk, su pueblo; algo que el propio Dragón (así como los demás magos) sufre, aislado de sus semejantes no sólo por su poderes, sino por una longevidad preternatural; y algo, en definitiva, que se encuentra en la esencia misma del conflicto que ha hecho del Bosque un enclave de odio y corrupción.

También es posible encontrar una sublectura antibelicista, una llamada al entendimiento por encima de la desconfianza y la confrontación. No es casualidad que el hechizo más poderoso que se emplea (quizás con excesiva asiduidad) en la novela sea uno que simplemente revela la verdad. La guerra ancestral entre Polnya y Rosya (Polonia y Rusia), las recillas internas, las luchas por el poder… todo ello alimentado y manipulado por la maldad del Bosque, que a su vez fue creada por esas mismas dinámicas, creando un círculo vicioso que sólo se podrá romper cuando alguien dé un paso atrás y se niegue a participar en el juego.

Es posible que “Un cuento oscuro” sea un novela ligeramente inflada en su primera mitad, pero cuando por fin se centra constituye una experiencia más que satisfactoria, que sabe explorar nuevos caminos sin renunciar a sus raíces (tanto culturales, por lo que respecta a la autora, como sbore todo literarias). Creo que eso es lo que supo ganarse el aprecio de los lectores. Esa combinación de renovación y respeto por la tradición. No es perfecta, pero es sincera, y a veces eso es más importante.

Sigo prefiriendo “La quinta estación” (que es una novela mucho más ambiciosa y perfectamente ejecutada), pero “Un cuento oscuro”, aunque no termina de encajar con mis gustos, me parece una muy buena adición a la actual ola renovadora de la fantasía.

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Norstrilia (Los Señores de la Instrumentalidad III)

•julio 5, 2017 • Dejar un comentario

Cordwainer Smith (Paul Linebarger) tenía cincuenta y tres años cuando murió de un ataque al corazón en 1966. Fue uno de los más destacados autores surgidos en la década de los cincuenta, y en la poco más de una década en que estuvo activo tuvo tiempo de crear un estilo propio y característico, dedicando la mayor parte de su producción a un escenario de historia futura, el de la Instrumentalidad.

Su prematura muerte, junto con la pérdida accidental de sus apuntes, nos impiden saber exactamente hacia dónde se dirigía, pero lo que está claro es que una pieza fundamental en su universo iba a ser la única novela de ciencia ficción que llegó a escribir, “Norstrilia”, e incluso ahí nos encontramos con una situación subóptima, pues no llegó a verla publicada tal y como la tenía concebida. En lugar de eso, en 1964 apareció en la primera parte, “The planet buyer”, después de que una versión aún más reducida fuera publicada en Galaxy como “The boy who bought Old Earth”. La segunda parte recibió el mismo trato, apareciendo primero en forma reducida en If como “The Store of Heart’s Desire” (1964), antes de aparecer en formato de libro en 1968 como “The underpeople”. La versión definitiva, ya bajo el título de “Norstrilia”, tuvo que esperar hasta 1975.

Este auténtico lío no le impidió suscitar desde el mismo instante de su aparición la atención de los aficionados, y ya en 1965 “The planet buyer” fue candidata al premio Hugo (que ganó Fritz Leiber con “El planeta errante“).

Y es que Cordwainer Smith escribía una ciencia ficción distinta a la de cualquier otro autor. Para empezar, no le interesaba la ciencia, no al menos desde una perspectiva especulativa. Le interesaba, eso sí, las posibilidades que la ciencia podría brindar, pero para eso no necesitaba describir el proceso, sino tan sólo el resultado, y si podía ser utilizando el lenguaje de la poesía, mejor que mejor.

“Norstrilia” narra las peripecias de un joven señor, Rod McBan 151, del planeta Vieja Australia del Norte (o Norstrilia, para abreviar); un mundo duro e inhóspito, y único lugar del universo donde se produce el stroom, una droga que otorga la inmortalidad (aunque, en la práctica, los seres humanos suelen cansarse después de un milenio). Rod ha sido examinado dos veces para determinar si su deficiente capacidad telepática es razón suficiente para privarlo de su herencia y matarlo. La tercera y definitiva consigue la aprobación de sus compatriotas, pero una amenaza se cierne sobre él, que le obliga a tomar medidas extraordinarias para defenderse… como comprar la Vieja Tierra y todo cuanto contiene.

Allá, en la antigua cuna de la humanidad, se está viviendo una especie de revolución, el Redescubrimiento del Hombre (tras haber alcanzado una suerte de estancamiento utópico, en el que la perfección deviene en distopía al privar al ser humano de retos y objetivos). Paralelamente, el subpueblo, animales genéticamente modificados para tener apariencia humana y desempeñar trabajos demasiado pesados para los hombres verdaderos y demasiado especializados para los robots, aguarda el advenimiento de una especie de mesías prometido, que los llevará a un plano de igualdad con el hombre. En medio de todo ello aterriza Rod MacBan, un muchacho sin experiencia, cuya fortuna lo hace objetivo para la Instrumentalidad, para los líderes del subpueblo y miles de terrestres, hartos de su vida sin emociones.

Ahí es quizás donde falla la novela, porque su presunto protagonista no deja de ser una cometa, arrastrada aquí y allá por el viento que más sopla, sin tomar en ningún momento el control de su vida; y dado que se nos narra todo desde su punto de vista, los lectores somos rehenes impotentes de su pasividad.

La gran baza de Cordwainer Smith es su estilo, y efectivamente “Norstrilia” tiene mucho de lo que hace especiales al resto de relatos sobre la Instrumentalidad. En particular, quizás nadie como él supo transmitir la sensación de shock cultural que deberíamos experimentar al asomarnos al futuro. La extensión de la historia, sin embargo, nos hace anhelar algo más firme a lo que aferrarnos, porque lo que tiene que ofrecer en lo que se refiere a la Instrumentalidad, el Redescubrimiento del Hombre y los derechos del Subpueblo (los tres grandes ejes temáticos) es cuando menos vago y superficial, y eso va erosionando poco a poco la novedad y despierta el anhelo por algo un poco más sustancioso (es una carencia que se siente especialmente por lo que respecta al subpueblo, en cuya situación es imposible no ver un reflejo de la lucha por los derechos civiles de la población negra que en ese preciso momento arreciaba en los EE.UU.).

Y es que buena parte del encanto de la serie de Los Señores de la Instrumentalidad (compilada entera por primera vez en la edición de Nova de 1991) reside en su vaguedad, en cómo salta de aquí para allá, revelando el escenario a brochazos aleatorios. Sin embargo, “Norstrilia” es en muchos sentidos la antítesis de esa estrategia. Un intento por reunir varias imágenes independientes (el texto hace referencia directa a al menos media docena de cuentos previos) en un tapiz coherente. Se trata de una evolución osada, que hubiera podido llevar el escenario a un nuevo nivel. Lamentablemente, se queda a mitad camino (y lo que es todavía más lamentable, Linebarger no dispuso de una segunda oportunidad para cumplir con ese objetivo).

Cualquier aficionado a la obra de Cordwainer Smith tiene que leer, por supuesto, “Norstrilia”, aun como proyecto fallido, incluye elementos, capítulos enteros incluso, realmente brillantes. Por desgracia, el formato de novela no aporta nada al estilo del autor, y de hecho supone un paso atrás con respecto a la excelencia de los cuentos individuales. Cabría destacar, eso sí, que quizás el concepto de “novela” que manejaba Linerbarger no sea exactamente el mismo que tenemos en mente. Como experto sinólogo, el modelo para su obra fue una de las grandes obras clásicas de la literatura china, “Viaje al oeste”.

Para terminar, quisiera señalar el curioso paralelismo entre el planeta Norstrilia y su stroom y el Arrakis con su especia de “Dune“. Sería altamente sospechoso de no ser por el ínfimo lapso que media entre la publicación original de los primeros textos de ambos libros (“The boy who bought Old Earth” y “Dune World”)… aunque tal vez Herbert se inspirara, aunque fuera inconscientemente, en los cuentos previos de Smith que ya hacían uso de esos mismos elementos.

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La maldición de Chalion

•junio 27, 2017 • Dejar un comentario

Hacía el año 2001, Lois McMaster Bujold era quizás la autora de ciencia ficción con más prestigio, con tres premios Hugo de novela (y uno más de novela corta) en la década precedente por su trabajo en la saga de Miles Vorkosigan. Tenía, sin embargo, una espinita clavada, porque en 1993 había intentado darse un respiro y cambiar de aires hacia la fantasía, pero “El anillo del espíritu” tuvo una recepción muy tibia que la llevó a regresar al redil y seguir produciendo entregas de la saga Vorkosigan por casi un década (cambiando el enfoque, eso sí, y produciendo quizás los mejores títulos de la serie, culminando en la magnífica “Una campaña civil“.

Coincidiendo quizás con un sentimiento de agotamiento creativo en lo que respectaba a la ciencia ficción (la siguiente novela, y última por casi una década en el género, fue “Inmunidad diplomática” un año después), decidió darse una segunda oportunidad con la fantasía… y en esta ocasión acertó de pleno con su serie de Chalion (o del Mundo de los Cinco Dioses), inspirada en la baja edad media española (y más concretamente en la juventud de la futura Isabel I de Castilla, rebautizada como Iselle, y la turbulenta sucesión de Enrique IV el Impotente, u Orico según la reformulación de Bujold), que se inició con “La maldición de Chalion” (“The curse of Chalion”, 2001).

Con esos mimbres quizás hubiera podido escribir una fantasía histórica, aunque el enfoque de la autora es distinto. Para empezar, renuncia a buena parte de la complejidad real de los acontecimientos, que toma como inspiración, no como guía estricta. Así, imagina un mundo alternativo al nuestro, en el que el mapa de la Península Ibrana es un reflejo invertido norte-sur de la Ibérica, con Chalion ocupando el lugar de la corona de Castilla, Ibra el de la corona de Aragón, Brajar el de la corona de Portugal, las infieles provincias roknari al norte y al sur, tras una imponente cordillera, el reino de Darthaca.

Esta traslación le confiere a Bujold no sólo libertad para modelar a los personajes y alterar la historia a su antojo, sino sobre todo la posibilidad de idearle un trasfondo teológico propio, inspirado lejanamente en la religiosidad cristiana pero sobre un sistema de cinco dioses: el Padre, la Madre, el Hijo, la Hija y el Bastardo (no reconocido como dios por los roknari). Cada una de estas divinidades, conformando una familia, posee su ámbito de influencia y su liturgia asociada, aunque desde un plano colaborativo, no competitivo. Destaca ahí la figura del Bastardo, algo así como un tribunal de última instancia divino para todos aquellos aspectos que quedan fuera de la influencia del resto de dioses.

Una vez planteado el mundo, el protagonismo recae en la figura del castelar Lupe de Cazaril, recientemente liberado tras pasarse varios años prisionero en las galeras roknari. Destrozado física y espiritualmente, tan sólo busca un pequeño lugar al servicio de la provincara, la viuda del gobernante de Baocia y madre de la royeza (reina) viuda Ista, progenitora a su vez de los róseos (príncipes) Teidez e Iselle (hermanastros del actual roya, Orico).

Con lo que se encuentra sin embargo, es con la ímprova tarea de ejercer de secretario y tutor de la joven Iselle, un trabajo que se vuelve mucho más exigente y peligroso cuando los róseos son llamados a la corte de Cardegoss, donde se alza el imponente castillo del Zangre (el alcázar de Segovia)… y epicentro de una maldición que flota sobre la casa real de Chalion, condenando a sus miembros a un destino aciago si nadie es capaz de actuar en su contra. Ahí entran en escena los dioses y sus designios azarosos e inescrutables, y nadie es más consciente de la interferencia que los santos, o vehículos por medio de los cuales, muy a su pesar, se canaliza la voluntad divina hacia el mundo material.

Lois McMaster Bujold se toma su tiempo para describir el escenario antes de cargar las tintas en la faceta fantástica, e incluso cuando por fin se vuelca en ella lo hace de forma sutil. Nada de grandes gestos, sino apenas milagros contenidos, ejecutados por aquellos que tienen la suerte (o la desgracia) de haber sido escogidos como herramientas divinas (con el agravante de que se ven obligados a realizar su tarea completamente a oscuras respecto al propósito final de sus acciones o incluso respecto a lo que supuestamente el dios o la diosa espera de ellos). Todo ello crea un mundo secundario ciertamente original, que hace que la lectura, una vez lograda la inmersión en Chalion, progrese con enorme fluidez (algo a lo que ayuda, además, la buena caracterización de los personajes, una virtud habitual en la obra de McMaster Bujold).

Quizás, eso sí, flojee un poco hacia el final, con una resolución que se percibe como simplista; ya no sólo desde una perspectiva histórica, en la que no hay ni punto de comparación con los líos que se montaron al respecto de la sucesión de Castilla, sino incluso ateniéndonos a los propios desarrollos ficticios de la obra. Da la impresión de que el escenario daba para más, quedando un poco desaprovechado tanto el modelo histórico como la especulación teológica (con elementos parecidos, por ejemplo, N. K. Jemisin se mostró mucho más ambiciosa poco después con “Los cien mil reinos“). Nada, sin embargo, que enturbie en exceso el disfrute de una obra de fantasía épica diferente, mercedora sin duda de los parabienes que recibió.

Antes de pasar a ese punto, sin embargo, me gustaría intentar especular un poco sobre los motivos de que la historia de Isabel la Católica atrajera la atención de la autora (que por entonces estaba dando un curso sobre historia medieval española en la Universidad de Minnesota). En un mundo de hombres, Isabel logró imponer su criterio ya no sólo en un tema tan ajeno a las mujeres nobles de la época como la elección de marido, sino incluso llegando al tanto monta, monta tanto de su acuerdo con Fernando de Aragón (algo, además, que se cumplió de forma efectiva, y no sólo en forma de papel mojado en un tratado).

De igual modo, en “La maldición de Chalión”, aun estando progatonizada por un hombre (y narrada desde su punto de vista), los personajes femeninos cobran una importancia crucial, ya sea la propia Iselle, la provincara viuda o Ista, llegando por supuesto a la propia Hija (cuya importancia divina en la historia se encuentra tan sólo por detrás de la del Bastardo… y en este último caso el propio título carece de muchas de las connotaciones negativas con las que se suele asociar, como hijo natural de la Madre, antes que del Padre). Es un feminismo más sutil que en muchas de las novelas del Nexo de Agujeros de Gusano, ogligada quizás por la ambientación medieval, pero aun así lo impregna todo.

En España el libro se publicó originalmente divido en dos volúmenes, bajo los títulos de “Los cuervos del Zangre” y “El legado de los cinco dioses” (lo cual no tenía ningún sentido dada su longitud y que probablemente ha jugado en su contra por lo que respecta al aprecio de los aficionados españoles para con esta saga), aunque con posterioridad se reunificó ya bajo el título de “La maldición de Chalion”. La trilogía (de historias autoconclusivas) se completó en 2003 con “Paladín de almas” (la historia posterio de Ista) y 2005 con “La búsqueda sagrada”. Recientemente, Lois McMaster Bujold ha publicado una serie de cuatro novelas cortas ambientadas en el mismo escenario general, componiendo la historia de Penric y Desdemona.

“La maldición de Chalion” conquistó el Mythopoeic Award de 2002, y fue finalista en los premios Hugo, Locus y World Fantasy (siendo derrotada en los dos primeros por “American gods“, de Neil Gaiman, y en los últimos por “El otro viento”, de Ursula K. Le Guin, aunque se resarciría en 2004, haciéndose con Hugo, Nebula y Locus por “Paladín de almas”).

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Cyteen

•junio 21, 2017 • Dejar un comentario

En 1989 C. J. Cherryh obtuvo su segundo Hugo (de novela) y su primer (y único) Locus por “Cyteen” (1988), su vigésimo tercera novela ambientada en el universo de la Unión-Alianza (y una de las pocas narradas desde el punto de vista de la Unión… o cuando menos de parte de la Unión).

Se trata de una novela de más de mil páginas, que por razones editoriales ha sido a menudo publicada en tres partes, subtituladas “La traición”, “El renacer” y “La vindicación” (y así es la única edición existente en español, aunque la autora lo desaconseja vívamente).

Ambientada en el siglo XXIV, tras el período de las guerras de la compañía, que determinó la independencia de la Unión (una confederación de colonias) y la Alianza de mercaderes de la Tierra, se centra en la política interna de la primera, con especial atención a su capital en el planeta semihabitable de Cyteen, sede también de la región administrativa independiente de Reseune (básicamente, una gigantesca compañía biotecnológica que además controla tradicionalmente uno de los nueve puestos del Consejo de gobierno de la Unión).

La trama arranca (más o menos, en realidad le cuesta un par de cientos de páginas llegar allí) con el misterioso asesinato de Ari Emory, la consejera de ciencias y directora todopoderosa de Reseune. El terremoto político resultante es manejado por la Familia (el consejo de dirección de Reseune), resituando las piezas y dando inicio a un ambicioso proyecto: la clonación, no sólo física, sino también psicológica, de Ari (con la excusa de recuperar para la Unión su mente privilegiada, que le ha valido la consideración de Especial).

En medio de todo ello queda atrapado Justin Warrick, hijo (y clon) adolescente de otro Especial al que todo el asunto le pilla con el pie cambiado. Él y su medio hermano azi Grant quedan como rehenes en manos de Reseune, mientras la compañía se dispone a sobrellevar del mejor modo posible el período de lo que podría considerarse regencia, hasta que Ari Emory 2 esté en disposición de retomar las riendas de la compañía.

A priori, no suena mal. En la práctica, sin embargo…

Lo voy a decir ya, “Cyteen” me ha parecido uno de los peores premios Hugo jamás concedidos (y a estas alturas ya los he leído casi todos), superando incluso en ineptitud a la anterior galardonada de la autora (“La estación Downbelow“), y las razones para mi juicio son múltiples. Vamos primero con las más objetivas (dentro de la subjetividad de una opinión).

Estructuralmente “Cyteen” es un desastre que nunca termina de encontrar su foco. No es una novela, sino un capítulo dentro del más amplío tapiz del universo Unión-Alianza, y eso hace que esté continuamente haciendo referencia a hechos desarrollados en otros libros (como el desastroso experimento/operación militar narrado en “Forty thousand in Gehenna”). No estaría mal (y de hecho es lo esperable en una serie), si todas esas referencia no tuvieran un peso significativo considerable en “Cyteen”, o si se llegara a alguna conclusión, la que fuera, con alguno de los temas narrados.

Peor incluso, ni siquiera las propias tramas específicas de “Cyteen” llegan a ningún lado. Simplemente, van pasando los años (veinte en total), con escenas sueltas a las que por alguna razón la autora presta atención, sin que se perciba otra intención firme que el comprobar cómo Ari 2 va encajando poco a poco en el molde de Ari 1 y, supuestamente, vence a todos los demás con su inteligencia excepcional (de la que pocas pruebas se nos ofrecen). Baste un apunte para ejemplificar todo esto. El motor principal de la historia, el asesinato de Emory, no se resuelve en el millar largo de páginas del libro, sino que queda aplazado para su secuela directa, “Regenesis”… que publicó veinte años después.

Ítem más, los personajes son insufriblemente anodinos, lo cual es especialmente preocupante para con los dos en los que se centra la narración: Justin (un niñato traumatizado que no cambia un ápice en toda la novela) y Ari 2 (a la que, para darle algo de profundidad, supongo, la autora hace pensar desde los diez años a medias con el cerebro y a medias con los genitales). Claro que peor lo tiene la oposición… a ningún posible oponente (quitando de un incongruente giro final) se le concede la más mínima atención, e incluso Jordan, el padre de Justin, supuestamente un especial como Emory, se contenta con aceptar mansamente el resultado del encontronazo inicial durante dos décadas.

De igual modo, el entorno de futurista tiene más o menos lo que la típica novela de intrigas palaciegas, aderezada con el omnipresente mito fundacional estadounidense (con la Unión haciendo el papel de las Trece Colonias). Tan sólo dos tecnologías (significativas en al trama) tienen un mínimo de interés especulativo: el uso de cintas de instrucción (y manipulación psicológica) y el desarrollo de clones. De todas formas, la implementación deja mucho que desear, e incluso el gran tema de la replicación psico-clónica de Emory no hace sino imitar lo que ya propuso Ira Levin en 1976 con “Los niños del Brasil” (estirando la premisa para llenar tres o cuatro veces el número de páginas). Ya lo comenté cuando reseñé “La estación Downbelow”, pero me veo en la necesidad de reincidir en el tema: la ciencia ficción de Cherryh es carca. No ahora, ya lo era en 1988. Su concepción de la space opera es similar a la de la Edad de Oro, treinta y tantos años antes: un lavado de cara cosmético (e hipertrofiado) con respecto a los temas y estilo del Asimov de la etapa del Imperio… con una importante diferencia en el plano ético.

Lo cual me lleva a las razones más subjetivas de mi rechazo a “Cyteen”.

El mundo de “Cyteen” es una pesadilla totalitaria. Una distopía brutal que en ningún momento se manifiesta explícitamente (y mi sospecha es que se debe a que la autora no lo percibe así). Para empezar, la economía de la Unión se sustenta en un sistema esclavista. Un porcentaje elevado de la población (en torno a la mitad) son azis (clones) manipulados mentalmente y sin derechos civiles. La autora intenta presentarnos la situación bajo la mejor luz posible, pero a poco que se reflexione se percibe la salvajada de un sistema que deshumaniza a hombres y mujeres y los convierte en objetos de los que aprovecharse (con su plena aquiescencia… ¿cómo van a protestar, si están literalmente programados para servir?) o incluso eliminar sin remordimientos (por su propio bien). Cherryh puede alabar hasta el infinito el proceso mental azi como más eficaz que el humano normal (CIUD), pero en esencia la ausencia de dudas y contradicciones nace de lo que sólo puede definirse como una mutilación del libre albedrío.

Más grave todavía es la dirección en la que apunta (aunque al final, por supuesto, no llega a nada) el plan maestro de Emory. Por lo que he podido entresacar, consiste en crear sociedades azi preprogramadas. En serio, si por alguien deberíamos decantarnos es por los malvados terroristas abolicionistas, que pretenden derrocar un sistema podrido hasta la médula, que bajo la apariencia de un régimen democrático esconde una dictadura oligárquica. Por supuesto, si hay protagonista del que no sabemos absolutamente nada es el líder de los abolicionistas. Su papel es el del malo de la función, el que quiere destruir el statu quo a cualquier coste (y, al parecer, en las obras de Cherryh el sistema siempre es sacrosanto).

Ari Emory vendría a ser una Hari Seldon 2.0… con la salvedad de que Asimov se dio cuenta de la trampa ética en la que se había metido con su serie de la Fundación, y así cuando la retomó en los ochenta su máxima preocupación fue desmontar la tiranía elitista de las Fundaciones (sobre todo de la secreta Segunda Fundación) y devolver el libre albedrío a los hombres.

Se suele alabar “Cyteen” mencionando su análisis del uso de la clonación a gran escala, pero cualquier examen de dicho asunto sin ahondar en su faceta ética no sólo está incompleto, sino que queda automáticamente invalidado. Y no, no me vale el que la postura contraria se aborde (quizás) en otros libros de la saga. Una novela tiene que presentar en sí misma todos los argumentos necesarios para su valoración, y “Cyteen”, pese a sus 1200 páginas, no cierra absolutamente nada, ni en el nivel de la trama ni mucho menos en el referencial. Incomprensible para mí su fama.

En cuanto al resto de finalista del Hugo de aquel año, es cierto que tal vez no componen el grupo más impresionante de la historia, pero aun así hay alternativas. Entre los finalistas de aquel año se cuentan “El profeta rojo” (segundo libro de la saga de Alvin Maker), de Orson Scott Card; “En caída libre“, de Lois McMaster Bujold (uno de los libros más flojos del universo del Nexo de Agujeros de Gusano); “Mona Lisa acelerada”, de William Gibson (tercera y menos interesante entrega de la trilogía del Sprawl); e “Islas en la red”, de Bruce Sterling (uno de los grandes títulos del movimiento cyberpunk, que hubiera podido alzarse sin problemas con el triunfo).

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Trilogía del Vatídico

•junio 9, 2017 • 6 comentarios

Robin Hobb (o Margaret Astrid Lindholm Ogden) es una de las autoras clave en la revolución de la fantasía de mediados-finales de los 90. Hasta entonces había publicado con éxito limitado (aunque buen reconocimiento crítico) fantasía juvenil y fantasía urbana contemporánea bajo el nombre de Megan Lindholm. En 1995, sin embargo, decidió abordar la fantasía épica de ambientación medievaloide, para la que empezó a usar el pseudónimo de Robin Hobb.

Aquel primer libro fue “Aprendiz de asesino” (“Assassin’s apprentice”), con el que dio inicio a la Trilogía del Vatídico (Farseer Trilogy) y, desde una perspectiva más amplia, a la serie del Reino de los Vetulus (que a día de hoy cuenta con diecisiete novelas, en cuatro trilogías, una tetralogía y una novela independiente). En 1996 publicó “Asesino real” (“Royal assassin”) y completó la historia en 1997 con “La misión del asesino” (“Assassin’s quest”). En España la primera edición partió cada libro en dos (de forma totalmente arbitraria), dando lugar a “La diplomacia del asesino”, “La fragilidad del asesino” y “La senda del asesino” (como títulos para las segundas mitades respectivas).

En su momento, la Trilogía del Vatídico supuso toda una revolución. Toca proporcionar un poco de contexto histórico. Desde 1984, año en que se publicó “El retorno de los dragones“, la fantasía épica estaba dominada por la influencia de los juegos de rol, una orientación claramente juvenil e iteraciones directas del camino del héroe (lo que las acercaba las más de las veces a la bildungsroman). Un modelo muy claro de enfrentamiento (entre el bien y el mal, a menudo disfrazados como orden y caos), conservadurismo (retorno de la magia, restauración de antiguos modos de vida, amenazas de antaño…) y dilemas personales juveniles.

No es que esa etapa no produjera también buenos títulos (“Añoranzas y pesares“, “El señor del tiempo“, “Las crónicas de Belgarath”…), aunque el omnipresente modelo de franquicia, unido a una juvenilización excesiva, produjo también una cantidad inusitadamente alta de basura (y, lo que es peor, basura comercialmente provechosa). Para 1995 el campo estaba maduro para una nueva revolución, y quizás Robin Hobb constituyó la punta de lanza con su Trilogía del Vatídico, una obra que muestra una peculiar mezcla entre características innovadoras y topicazos agotados (lo lógico en un título de transición).  Las primeras le proporcionaron notoriedad casi instantánea, mientras que los segundos hacen de su lectura hoy en día un empeño… contradictorio.

Pero vayamos primero con una pequeña introducción argumental. La acción nos lleva al reino de los Seis Ducados, una antigua coalición comercial gobernada por la estirpe de los Vatídico desde la ciudad-fortaleza de Torre de Alce. El actual gobernante es el rey Artimañas, con una sólida línea sucesoria de tres hijos, Hidalgo, Veraz y Regio, y con el bálsamo de la prosperidad aquietando las tradicionales diferencias entre los cuatro ducados marítimos y lo dos terrales. Es ahí donde entra Traspié, presentado por sorpresa a los seis años como hijo bastardo del príncipe Hidalgo.

Este evento, por algún motivo (se ve que el mundo de Hobb los bastardos son raros), provoca un terremoto sucesorio que fuerza la renuncia a los derechos dinásticos de Hidalgo y deja a Traspié solo en el castillo, bajo la tutela del jefe de caballerizos Burrich y, en secreto, del asesino real Chade, de quien se convierte en aprendiz por orden de Artimañas. La novela comienza a seguir así la plantilla típica de la bildungsroman, mientras Traspié va madurando (es un decir), dentro del ecosistema de Torre del Alce, bajo dos fuentes de tensión: por un lado la interna de la lucha de poder entre sus tíos Veraz y Regio, y por otro la externa, al empezar a sufrir los Seis Ducados la invasión de las Velas Rojas, unos ataques piratas de devastadores consecuencias (sobre todo morales) para las poblaciones costeras.

Tenemos varias novedades. Por un lado el carácter decididamente antiheroico del protagonista. Nada de un origen humilde con un brillante futuro. Su futuro es el de un asesino clandestino, y bastardo para más señas, siempre al servicio (y bajo la sombre) de los poderosos. Incluso su dominio de la magia familiar (la habilidad) es errático, mientras que presentar aptitudes para otro tipo de magia, la maña, que le permite conectar con las bestias, sólo le trae sinsabores. Más importante quizás, no hay viaje. Casi toda la acción se circunscribe al microcosmos de Torre del Alce, lo que la emparenta con títulos como “Titus Groan“, aunque la aleja decididamente del modelo predominante en su época.

También cabe mencionar que la voz narrativa de la autora ayuda no poco a que las páginas se devoren, y eso que Traspié puede que sea el protagonista más insufrible de la historia de la fantasía épica (un niñato llorón al que no se le da nada bien y que siempre encuentra una excusa para justificar sus fracasos… aunque lo peor aún está por llegar). Ello se compensa con interesantes personajes secundarios (el bufón, Burrich, Lady Paciencia, la reina Kettricken…) y gracias a un feminismo soterrado, que busca en todo momento subvertir los típicos roles de género en la fantasía épica (aunque lo hace con extremada sutileza).

Todo planteado, las cosas pintaban bien para “Asesino real”… aunque desgraciadamente con este segundo tomo Robin Hobb pierde el rumbo. Para empezar, según el dictado del Camino del Héroe, toca hacerlo fracasar, y no se le ocurre mejor forma que hacerlo (a él y a todos los de su bando) rematadamente estúpido. La novela se centra en las intrigas del príncipe Regio por hacerse con el poder, ante la pasividad de Veraz y Artimañas. Que sí, la amenaza de las Velas Rojas es importante, pero no prestar atención al aspirante tras un intento de asesinato y una rebelión abierta (que se apoya en el descontento de los ducados terrales y la desorganización de los marítimos) es suicida. La cosa llega a tales extremos que sorprende que las entendederas les alcancen para seguir respirando, y la cosa no mejora cuando Veraz parte en una misión imposible a la búsqueda de la ayuda de los míticos vetulus.

La soberana simplicidad de este montaje (no es que Regio sea un genio maquiavélico, es que Veraz, Traspié y el resto con unos papanatas) quedó retratado con la publicación ese mismo año de la novela que consolidó la nueva era de la fantasía épica, “Juego de tronos”, de George R. R. Martin (quizás os suene de algo). No dejaba de presentar características tópicas (ese retorno de la magia…), pero manejaba mucho, muchísimo mejor la intriga y perfilaba unos personajes que no necesitaban ser estúpidos para verse en aprietos.

Y no termina ahí la cosa. A la autora, además, se le ocurre vincular con la maña a Traspié con un lobo, Ojos de Noche, aunque lo hace atentando contra sus propias reglas internas, porque aunque supuestamente es un animal común, en realidad su capacidad de razonamiento es superior a la del propio protagonista (que no es difícil, pero…). Ojos de Noche es un pegote, que emparenta directamente con el animal compañero de la Mary Sue de turno (o, por hacer una referencia literaria, con Grimya, la loba compañera de Índigo en la serie homónima de Louise Cooper; aunque en su caso está justificada la inteligencia cuasi humana). La idea de emparentar la maña con la licantropía (o, en general, con el fenómeno de los cambiapieles) es buena, aunque la ejecución deja mucho que desear.

Llegamos pues, con interés sensiblemente reducido, a “La misión del asesino”, cuyo arranque no ofrece muchas esperanzas de mejora. Traspié sigue siendo un llorón, sigue siendo más simple que un botijo y, para colmo, demuestra una y otra vez ser el asesino más inepto que jamás haya existido (por sí solo creo que en toda la trilogía sólo consigue matar de forma eficaz a unos locos… y con alimento envenenado). A Robin Hobb se le va la mano en su anhelo por humanizar el personaje con debilidades. Es un propósito loable, pero requiere compensarlo de algún modo, ofrecerle una característica redentora (aparte de la ausencia de ambición personal y la lealtad inquebrantable… que bien podrían ser consecuencia de su simpleza).

Por fortuna, tras un intento torpe de venganza contra Regio, la narración toma un camino diferente cuando Traspié se ve impulsado a acudir junto a Veraz (que, recordémoslo, ha estado todo este tipo fuera del tablero, buscando a los vetulus en el lejano norte). Ahí, por fin, Robin Hobb retoma la senda de la innovación, ofreciendo una descripción sugerente del reino de los vetulus y de la magia implicada. Eso sí, se nota que va improvisando sobre la marcha, porque poco de lo que presenta ha sido claramente fundamentado en los libros precedentes. Es interesante, sí, pero plantea más dudas de las que resuelve.

A la postre, el disparador de la trilogía, la invasión de las Velas Rojas (y su proceso de forjado), queda como poco menos que un macguffin, mientras que la rebelión de Regio se resuelve mediante un deus ex-machina (o ex-petra, para ser exactos).

¿Quiere esto decir que sea una mala serie? No, en absoluto. Ya he comentado lo fácil que se lee, y aunque no hubiera sido pionera, presenta suficientes elementos singulares como para hacerla recomendable. Su influencia posterior es, además, innegable (desde elementos coincidentes en “Canción de Hielo y Fuego” a una influencia reconocida en “El nombre del viento“, de Patrick Rothfuss). Eso sí, ojalá el volumen central no fuera tan rematadamente flojo y ojalá la autora hubiera encontrado una forma de humanizar a su protagonista que no hubiera implicado el hacerlo idiota perdido (porque en el tercer volumen llega a momentos de estulticia realmente anonadantes).

Tras su publicación, la autora mantuvo el pseudónimo de Robin Hobb para la trilogía de las Leyes del Mar (sin otra relación que tener lugar en el mismo mundo, unos años después, aunque con una ambientación totalmente náutica), regresando a los mismos personajes de la Trilogía del Vatídico en 2001 con el inicio de la Trilogía del Profeta Blanco (que justo está terminando de editarse en español por primera vez) y de nuevo con la reciente trilogía de Traspié y el Bufón (que acaba de concluir en inglés).

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