Presentando: Herederos de Cthulhu

•agosto 29, 2016 • Dejar un comentario

Hace unos días se ponía a la venta, en formato electrónico, la antología “Herederos de Cthulhu”, de Kokapeli Ediciones, un homenaje a los escritos de Lovecraft, tan influyentes todavía, a algo menos de un siglo de su publicación original. No es tarea fácil seguir siendo relevante tanto tiempo después, y más raro todavía es el truco de ser, quizás, más influyente ahora que cuando estaba vivo.

Herederos_Cthulhu

Ya entonces H. P. L. fue el epicentro de un variopinto grupo de escritores, entre los que se contaban pesos pesados del fantástico como Robert E. Howard, Clark Asthon Smith, Robert Bloch, Henry Kuttner, C. L. Moore o August Derleth (el llamado Círculo de Lovecraft), y son innumerables los autores que han reconocido explícitamente su influencia (desde Stephen King a Neil Gaiman, pasando por Fritz Leiber, Ramsey Campbell, Alan Moore, Mike Mignola, Brian Lumley, Clive Barker…). Antes o después, cualquier escritor de terror siente la necesidad de escribir su propio relato lovecraftiano, y los autores españoles no somos una excepción, atrapados por la fascinación oscura del escritor de Providence al menos desde que Rafael Llopis y Francisco Torres Oliver nos lo redescubrieran con su edición de “Los mitos de Cthulhu” en 1969.

Este proyecto, coordinado por José Javier Arnau, no hace sino reconocer esta deuda, a través de quince relatos, la mayoría inéditos, otros recuperados de aventuras previas (como es el caso de mi aportación). Los autores y cuentos recopilados son:

  • Beatriz T. Sánchez con «Los ojos de Yog-sothot»
  • Javier Redal con «El horror sin nombre»
  • Nieves Delgado con «El color que salió del agua»
  • Laura López Alfranca con «Arrastra las palabras»
  • Heberto de Sysmo con «El cuadro negro»
  • Juan José Tena con «El heredero»
  • Marta Martínez Velasco con «La invocación»
  • Pablo García Naranjo con «Advenimiento»
  • Aída Albiar con «La Hermandad del umbral de la vida»
  • León Arsenal con «Whateley terminal»
  • Sergio Mars con «Yamata-no-Orochi»
  • Javier Arnau con «En el inframundo»
  • Sonia Córdoba y Alberto Valverde con «Origen»
  • J.E. Álamo con «Abdel Muta’al»
  • Ramón San Miguel con «Infiltrada»
  • Gabriel Romero de Ávila con «El demonio está aquí»
  • Ramón Muñoz con «Final de trayecto»
  • Portada de Pablo Uría

Por lo que respecta a mi cuento, “Yamata-no-Orochi”, lo publiqué originalmente en 2007, en el número 7 del fanzine Miasma (al que le quedaban apenas tres números más), y el año siguiente fue seleccionado para la antología “Fabricantes de sueños 2008” (que recopilaba los mejores cuentos publicados durante el año anterior). Aún volvería a ser editado, en 2012, en la antología “Insomnia”, uno de los ultimísimos títulos del Grupo AJEC (de modo que sufrió directamente todos los problemas derivados de una quiebra editorial). A ver si en esta nueva oportunidad le sonríe un poco más la fortuna y es capaz de llegar a un público más amplio.

En cierto modo, se podría considerar una secuela apócrifa de “La llamada de Cthulhu”, con conceptos como los que Lovecraft manejaba en torno a 1926, justo antes de que empezara a transformar su panteón mitológico en una amenaza alienígena (la mal llamada fase de los Mitos, propiamente dicha). Es, en ese sentido, bastante canónico, aunque siempre considerando que la obra lovecraftiana, lejos de conformar una visión única y coherente, fue oscilando entre distintas perspectivas…. como las estrellas, buscando encontrarse en posición.

Esa diversidad permite también que distintos autores encuentren formas diferentes de rendir homenaje a Howard Phillips Lovecraft, y “Herederos de Cthulhu” es una buena muestra de ello como se apunta en la sinopsis, que copio a continuación:

Podríamos decir que, además del padre, Howard Phillips fue ideólogo de los Mitos de Cthulhu. Cuando comenzó a producir los cuentos, no tenía en mente otra cosa que explorar el terror primigenio —ese que enfrenta al alma humana con los terrores de un cosmos desconocido— como eje de sus historias. Pero, pronto comenzó una relación epistolar con otros autores, el Círculo de Lovecraft, del que surgieron una serie de narraciones que compartían una serie de elementos y que engrosaron el corpus de los llamados Mitos de Cthulhu.

En esta antología, muchas décadas después, un grupo de autores españoles nos ofrecen sus propias exploraciones de los Mitos de Cthulhu. Aquí, encontraremos a autores que han frecuentado de manera asidua los Mitos junto a otros que los abordan por primera vez. Leeremos relatos ajustados al canon de los Mitos, otros más fronterizos y algunos experimentales. Los hay de terror puro, homenajes, humor y hasta alguna parodia. Los autores noveles se mezclan con otros muy veteranos, y los cuentos de manera expresa para la antología lo hacen con otros que ya fueron publicados hace años. Todos juntos, nos dan una panorámica bastante ajustada —aunque, como siempre, incompleta— del influjo que los Mitos de Cthulhu han tenido y tienen en los escritores de fantástico español.

Seguro que no necesitáis de mayor incentivo.

Podéis encontrar “Herederos de Cthulhu” en las principales plataformas de distribución de libro electrónicos (mobi y epub, sin DRM y con todo un complemento de extras), tales como Amazon, La Casa del Libro, Lektu o Google Play.

22/11/63

•agosto 25, 2016 • Dejar un comentario

Tras haber leído todo cuanto Stephen King escribió antes del 2001, no había vuelto a visitar su ficción hasta ahora, con “22/11/63” (“11/22/63” según la ordenación anglosajona original), su novela de 2011 que explora el viaje en el tiempo, bajo unas reglas muy particulares, con el objetivo de prevenir el asesinato de John F. Kennedy.

Las razones de este “abandono” son diversas. Por un lado está el significativo bajón en la calidad de los libros de King durante los noventa, unido a una falta de interés apriorístico por sus propuestas desde entonces. También cabría considerar la importante diversificación de mis lecturas en lo que llevamos de siglo, especialmente desde la creación de este blog, que ha complicado sobremanera la gestión de la Pila (intentar abarcar tres siglos de literatura fantástica deja muy pocos huecos libres para “caprichos”).

El caso es que, finalmente, he podido ponerme con la que tal vez sea la novela de Stephen King más aclamada de los últimos lustros, y el reencuentro ha sido suave, quizás algo por debajo de las expectativas en determinadas facetas, pero satisfactorio en términos generales.

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Lo cual resulta en cierto modo una pena, porque podría haber sido mucho más. El problema de “22/11/63” es que hay en ella al menos tres novelas peleando por los focos, una magnífica, las otras dos no tanto. Prescindiendo de ésas últimas, tendríamos un novelón (con trescientas páginas menos), y es un testamento a la calidad de Stephen King el que, pese a todo, siga siendo un gran novela.

El protagonista es Jake Epping, un profesor de literatura de Maine que es “reclutado” por un conocido del pueblo para la misión de salvar a JFK. Tal extremo es posible dado que este hombre, Al, ha descubierto que existe una especie de túnel que conecta el almacén de su bar con el 9 de septiembre de 1958, cinco años antes del magnicidio. Durante años estuvo aprovechándose de él para comprar carne de primerísima calidad a precio de ganga, pero en los últimos tiempos se obsesionó con cambiar el rumbo de la historia pasada de los EE.UU., y sólo un inoportuno cáncer le impidió completar él mimos la autoimpuesta tarea.

Las reglas del viaje temporal son simples. No importa cuánto tiempo se quede en el pasado, vuelve siempre cinco minutos después de haberse ido; y cada vez que cruza el túnel el pasado se resetea, y todo lo que cambió en el viaje anterior vuelve al rumbo original. Además, el pasado se “protege”, poniendo dificultades cada vez mayores en el camino de cualquiera que intente cambiarlo, con un efecto más y más intenso de acuerdo con la magnitud del cambio previsto.

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Tras las dudas iniciales, Jake acaba por aceptar su papel, y viaja a 1958 bajo el nombre de George Amberson, aunque antes de abordar su objetivo principal decide hacer una prueba previniendo el asesinato de casi toda una familia por parte del padre borracho (conocimiento que le llega en forma de redacción por parte del único superviviente). Casualmente, este suceso tiene lugar en Derry, pocos meses después de los hechos narrados en la línea temporal del pasado de “It” (1986).

Solventado satisfactoriamente este asunto (a la segunda), da comienzo la trama principal, que encuentra a Epping/Amberson disfrutando de las cosas buenas del pasado (sin olvidar las no tan buenas, como el racismo, especialmente vigente en Texas) y preparándose para seguirle la pista a Lee Harvey Oswald, desde su retorno a los EE.UU. después de su truncada deserción a Rusia. El objetivo de esta vigilancia es comprobar si, efectivamente, actuó solo y no como pieza desechable de una conspiración, única circunstancia que permitiría salvar al presidente eliminándolo previamente.

Así, Jake empieza a vivir entre Dallas y Fort-Worth (lugares de residencia de Oswald en estas fechas), aunque escoge también, tanto por motivos económicos como psicológicos, llevar una vida más o menos normal en un pueblecito cercano, Jodie, donde sin pretenderlo realmente se verá atrapado por la vida a principios de los años 60 y encontrará incluso el amor en la forma de la joven bibliotecaria Sadie Dunhill.

Stephen King recrea en “22/11/63” la añorada vida de su juventud (nació en 1947), mientras realiza una aproximación tangencial (la única factible) al misterio del asesinato de Kennedy, que tuvo lugar bajo unas circunstancias que han dado pie a la especulación y a la proliferación de las más variopintas teorías conspirativas (quizás por lo prosaico de los hechos contrastados).

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Con su maestría narrativa, Stephen King navega con mano firme por entre los hechos históricos, entretejiendo una semblanza poco halagüeña (y probablemente acertada) de Lee Harvey Oswald, examinando de paso al resto de personajes de su entorno, su esposa rusa Marina, el expatriado ruso (y quizás activo de la CIA) George de Mohrenschildt o el agente del FBI James Patrick Hosty. Los importantes huecos que aun hoy presentan la biografía de Oswald, los rellena con su (doble) vida en Jodie y los altibajos de su complicada relación con Sadie… y cuando no hay más remedio, la fuerza correctora del pasado interviene para que Jake no pueda averiguar nada que no sepamos (o intuyamos) ya sobre esos acontecimientos que condujeron al crimen que conmovió a todo un país y al mundo.

Como comentaba, son tres las “novelas” que pugnan por el control del libro. Por un lado está todo lo relacionado directamente con el magnicidio, que conecta con la novela histórica, un género que era terra ignota para King (la idea de abordar esta historia existía desde al menos 1974, pero hasta el 2011 no se sintió capacitado para llevarla a buen término). La excusa del viajero temporal no es nueva en estos menesteres, pero sí imprescindible, dado lo anodino de la vida de Oswald, que lo mantuvo por debajo del radar (en parte por graves errores de juicio de las fuerzas del orden) hasta el momento fatídico. La espera, además, le ha dado un nuevo sentido a la historia, pues en los últimos años se está haciendo popular el concepto de que en algún punto entre la administración de Kennedy y la de Nixon el rumbo de la nación se torció (personalmente, creo que se trata más de una percepción de declive).

De igual modo, aunque no tenga nada que ver con Kennedy, la vida de Jake en Jodie es fundamental como contrapunto dramático y para proporcionar el “sabor” de principios de los sesenta. Todos los personajes del pueblo, “Deke”, Miz Mimi, Ellie, los alumnos del instituto Denholm… son creíbles y memorables, y en conjunto aportan el ancla de cotidianidad que permite aceptar los elementos más fantásticos (como una querencia del pasado por los motivos recurrentes).

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Antes, sin embargo, Stephen King se ha permitido un autohomenaje que no termina de encajar en el conjunto (y que, de hecho, frena la lectura durante un par de centenares de páginas). La visita de Jake a Derry (donde incluso conoce a dos de los protagonistas de “It”) entronca más con su producción habitual, y requiere de cambios en la aproximación de los que el propio autor es consciente. La muerte de Frank Dunning (el padre borracho) sigue con bastante fidelidad el guión típico de las historias del Maine oscuro de King, lo cual contrasta con el tratamiento obligadamente realista (y por ello confuso y ambiguo) de Lee Harvey Oswald y su crimen.

Tal vez el autor pretendía destacar la diferencia (y las similitudes, pues luego se encarga de recalcar que Dallas y Derry son la misma cosa), pero tal vez resulta un fragmento un poco autoindulgente, que corta el ritmo de la narración. Como examen de la relación entre el mal en la ficción de King y en la realidad tiene su mérito, pero la decisión de darle tanto peso en la novela resulta cuestionable.

Peor, sin embargo, es la tercera “novela”, la que abraza sin ambages los aspectos más fantásticos de la historia. En mi opinión, King se pasa de frenada. Intenta adornar en demasía una buena estructura (con un importante fallo lógico, pero bueno, es muy difícil controlarlo todo en las historias de viajes en el tiempo), introduciendo elementos innecesarios (el hombre de la tarjeta amarilla y los daños catastróficos en el continuo espacio-temporal) y poco trabajados. Para un cuento, o quizás incluso una novela corta, servirían, pero integrados en el todo mayor se perciben a medio cocer y, lo peor, innecesarios (por fortuna, tampoco molestan demasiado). La historia de Jake y Lee Harvey Oswald, junto con las consecuencias meramente ucrónicas de sus acciones, bastaban con creces para sostener la novela.

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En conjunto, sin embargo, pesan mucho más los aciertos que los fallos, y tenemos una muy interesante novela de ciencia ficción (un género al que no es para nada ajeno King), con importantes rasgos de novela histórica, que le ha valido al autor numerosos parabienes. Así, por ejemplo, y en lo que nos atañe a los lectores de literatura fantástica, “22/11/63” acabó segunda en la votación de los Locus de 2012 en la categoría de novela de ciencia ficción (por detrás de “Embassytown“), y de igual modo fue finalista del World Fantasy Award y del August Derleth (British Fantasy Award).

En 2016 la productora televisiva Hulu produjo una miniserie de ocho capítulos basada (es un decir) en la novela, aunque lo cierto es que cualquier parecido entre la una y la otra, salvo quizás en los capítulos inicial y final, es pura coincidencia.

En esta ocasión no incluiré enlaces a otras críticas (más que nada porque me resulta actualmente imposible ponerme a separar el grano de la paja; quizás más adelante pueda volver y hacer una criba).

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Alma y el Poeta

•agosto 22, 2016 • Dejar un comentario

Dissident Tales fue una gran iniciativa editorial que por desgracia no consiguió asentarse. Entre sus propuestas se contaba la colección ReBro de novelas cortas ilustradas (de las que ya reseñé la primera, “El rayo rojo“, de Roberto Malo y CalaveraDiablo). En 2015 lanzaron “Alma y el Poeta”, de José María Tamparillas, fotoilustrada por Marifé Castejón, que ha cosechado una nominación al premio Ignotus de novela corta.

El volumen, además, contiene el cuento “La mirada del dodo”, que fue premio Nocte en 2013 y está protagonizado también por el Poeta y se ambienta igualmente en el barrio; sí, ese barrio, el barrio que conforma los intestinos de cualquier gran ciudad, ahí donde se acumula la mierda, no por designio, sino porque en algún lugar debe hacerlo.

Son barrios con sus propios reyes, insignificantes en el exterior, pero tiranos en sus dominios, como el Sotanas; con sus puntos focales, como el bareto El Cigüeñal, regentado por Miguelón; y con sus pequeñas celebridades locales, como el Poeta. Todos con su papel, pero en el fondo todos a una misma altura, no muy por encima de las putas, los ladronzuelos o los vecinos humildes de toda la vida… y de varias vidas antes que ésta.

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Es en este escenario que Tamparillas sucede y actualiza la tradición romántica oscura, ésa que surgió en Alemania allá por principios del siglo XIX de la pluma de autores como E.T.A. Hoffman, y que tras pasar por toda Europa acabó encontrando un esplendor tardío en tierras americanas, bajo la influencia de Edgar Alan Poe. “Alma y el Poeta” es, sin duda, un cuento neogótico.

Pero ojo, no es un ejercicio de mera copia, “Alma y el Poeta” no se limita a apropiarse de elementos que funcionaron en el pasado y a insertarlos en un contexto contemporáneo. Toda la narración es contemporánea. Por eso hablo de tradición, no de homenaje o pastiche. Una tradición actualizada, ajustada a los tiempos, tanto en el fondo como en la forma, que abre en el corazón de nuestras ciudades una puerta a una oscuridad fantástica que no es sino contrapunto a la oscuridad cotidiana, y por desgracia muy real, que ya habita en ellas.

Esto resulta bastante evidente en la novela corta, que en cierto modo gira en torno a la caída en desgracia del Sotanas, el perro alfa del barrio, el matón que no duda en reafirmar su dominio mediante el ejercicio de la violencia más extrema e irreflexiva. En su regreso al barrio, sin embargo, el Poeta lo descubre atrapado bajo el hechizo de Alma, una misteriosa mujer que proyecta sobre todos un aura de fascinación y terror.

En cuanto a “La mirada del dodo”, su conexión contemporánea es más intensa incluso, al tratar el tema de los desahucios, con un personaje inquietante, el hombre-dodo, como encarnación de la indiferencia ante al sufrimiento e incluso la muerte.

La mirada del Dodo

No es casualidad que ambas historias se nos presenten desde la perspectiva del Poeta. La suya es una mirada a un tiempo interna, como parte integral del barrio, y externa, con una sensibilidad que le permite, quizás, percibir lo oculto. No necesariamente lo fantástico. El elemento fantástico no es sino una capa intermedia, o quizás una manifestación externa de realidades subyacentes más profundas.

En “Alma y el Poeta” encontramos seres que podrían ser brujos o quizás demonios, encontramos gatos tuertos que regresan de la tumba, encontramos muerte y locura; pero sobre todo encontramos personas al límite, desesperadas, y más que desesperadas, desesperanzadas. Encontramos el lado oscuro de la ciudad, con una oscuridad cotidiana, que no tiene prácticamente nada de excepcional; una oscuridad a la que podrías llegar a acostumbrarte por su normalidad… a no ser que la mirada de un Poeta la resalte para ti.

Para concluir, quisiera resaltar la labor de Dissident Tales en la edición. Es terrible que un proyecto tan cuidado se haya visto abocado a la cancelación por falta de apoyo. De igual modo, resaltaría la labor en la ilustración de Marifé Castejón, realizada a partir de retoque fotográfico, en blanco y negro, con un tratamiento que transmite a la perfección esa sensación de cotidianidad vista a través de la lente de lo fantástico.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Fallo del II certamen Cápside-CIFICOM

•agosto 15, 2016 • Dejar un comentario

Ya tenemos fallo para la segunda edición del concurso CIFICOM, de relatos de ciencia ficción, patrocinado por Cápside Editorial, de cuyas bases me hacía eco hace unas semanas:

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A 15 de agosto de 2016, Sergio Mars y Vicente Hernándiz, como jurados del II Concurso CIFICOM de relatos de ciencia ficción, han decidido conceder el primer premio, dotado con 100 euros, a «La canción de Orfeo», obra de María Tordera Baviera.

De igual forma, han decidido conceder los dos segundos premios, dotados con packs de libros, a los relatos «Hacia la última estrella», de José Luis Millán Bonillo (mención especial por parte de Vicente Hernándiz), y «Viajero de gusano», de Daniel Garrido Castro (mención especial por parte de Sergio Mars).

Por último, acuerdan nombrar finalistas, y de este modo participantes en la antología conmemorativa a editar por Cápside Editorial, a los escritores (indicados por orden alfabético):

Marisa Alemany López por «Diario de una bioexploradora»
Eva García Guerrero por «La Luna existe cuando la miramos»
David G. González por «Las carpas del jardín japonés del té»
Pedro Moscatel por «Navegantes de eternidad»
Josué Ramos por «Quinta sinfonía en do sostenido menor»
Mª Concepción Regueiro Digón por «La chambre nue»
Ana Tapia por «La chica más veloz de Babilonia»

Los jurados desean destacar la alta calidad media de los relatos presentados, y agradecen a todos sus autores su participación en la segunda edición de este certamen.

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La entrega de premios y presentación del volumen conmemorativo tendrán lugar en horario aún por determinar durante la celebración del festival CIFICOM 2016, en Valencia, los próximos días 8 y 9 de octubre.

Bruja mala nunca muere

•agosto 14, 2016 • 2 comentarios

En los últimos años ha cobrado auge un tipo particular de fantasía urbana, cercana al romance paranormal y orientada hacia un segmento poblacional muy específico. La precursora fue Laurell K. Hamilton, con su serie de Anita Blake (desde 1994), y también suele mencionarse como importante referente a Kim Harrison, quien en 2004 dio inicio a su serie de los Hollows (o de Rachel Morgan) con “Bruja mala nunca muere” (“Dead witch walking”).

En este tipo de ficciones existe una fórmula bien establecida que apenas se ve modificada en pequeños detalles. La protagonista (y a la vez narradora en primera persona) es una mujer joven con una habilidad especial unida a unas aparentes flaquezas para “humanizarla”, que se ve involucrada en diferentes peripecias relacionadas con un mundo mágico que puede estar oculto o revelado y que se nutre de figuras clásicas del terror (vampiros, hombres lobo, brujos), actualizadas y modernizadas para hacerlas encajar en un contexto contemporáneo. Suele haber un antagonista por libro y una supertrama que abarca varios tomos y a través de la cual se nos van revelando detalles del mundo. A todo ello se añade el típico elenco de secundarios, desde colaboradores a rivales, sin olvidar a los sucesivos intereses románticos (que bien pueden encajar en cualquiera de las dos categorías anteriores). Por supuesto, la protagonista va descubriendo nuevas habilidades o adquiriendo nuevos poderes.

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Curiosamente, las series suelen empezar más centradas en el elemento fantástico, y a medida que avanzan la vertiente romántica va cobrando cada vez mayor protagonismo. Ello quizás se deba a que en el fondo su grado de innovación en la vertiente fantástica es mínimo, recayendo su atractivo en la identificación de los lectores (lectoras mayoritariamente) con la protagonista (y en no poco grado influye en ello la posibilidad que ofrece el escenario fantástico de romper los rígidos códigos morales de la sociedad norteamericana más conservadora).

La serie de Kim Harrison (seudónimo de Dawn Cook) tiene lugar en una realidad alternativa, en la que los esfuerzos de la Carrera Espacial se dirigieron hacia la bioingeniería. Ello condujo en los años 60 a la liberación de un virus modificado genéticamente que diezmo a la población mundial… a la población humana mundial. Por milenios, los seres humanos habían compartido su mundo con los inframundanos, razas mágicas que incluyen a los brujos, los vampiros, los hombres lobo, las hadas, los pixies y un puñado de otras especies menos abundantes, y el desastre ofreció la oportunidad de que estos seres, que siempre habían constituido una minoría, se revelaran.

Cuarenta años después la situación ha encontrado cierto equilibrio, con los inframundanos aceptados un poco a regañadientes por los humanos normales, que se han trasladado a vivir al centro de las ciudades dejando los suburbios para las razas mágicas. En la ciudad de Cincinnati esos barrios se conocen como los Hollows, y allí vive Rachel Morgan, bruja y cazarrecompensas para la SI, la agencia de seguridad que se encarga del control de los Inframundanos (en competencia con la AFI, que es su equivalente para con los humanos normales).

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Harta del trato que está recibiendo de su jefe, Rachel renuncia a su puesto para montar su propio negocio de seguridad privado junto con una compañera, la vampiresa-viva Ivy Tamwood, y un pixie, Jenks (respectivamente, el personaje que sirve de contraste con su meticulosidad a la impulsividad de la bruja y aporta cierto grado de amenaza que nunca llega a concretarse y ciertas dosis de sexualidad igualmente contenida; y el chico-para-todo/secundario cómico, un hombrecito de diez centímetros, con alas de libélula y experto en contramedidas mágicas y electrónicas). Todo ello no sienta demasiado bien a sus antiguos jefes, que ponen precio a su cabeza (algo que, aparentemente, no vulnera ninguna ley), dejándola con la única opción de pagar su libertad ofreciendo la captura del concejal Trenton Kalamack, un empresario ricachón que es también el principal sospechoso de organizar el ilegal comercio de azufre de la ciudad (y cosas peores, como acaba descubriendo Rachel).

Como suele ser habitual en este tipo de historias, la autora intenta disimular los agujeros (gigantescos) de trama y ambientación a base de un ritmo frenético. En vez de valiente y lanzada, Rachel se antoja más bien tonta de remate, y no para de darse de bruces una y otra vez con complicaciones que ella misma se busca, mientras el mundo conspira en su contra en un intento desesperado de la autora por forzar la identificación con su protagonista (que posee más de un rasgo de Mary Sue).

El escenario, verdaderamente interesante y con potencial (se complementa con el plano mágico de Siempre Jamás, de donde las brujas obtienen sus poderes y que, con el correr de la serie, se revela como un antiguo campo de batalla entre elfos y demonios y lugar de origen de los ultramundanos), se deshilacha por falta de coherencia. Nada de menciona de la organización política. En cuanto a la estructura legal de la sociedad, parece consistir en una serie de normas arbitrarias cuyo único propósito de ser es poner obstáculos a nuestra bruja protagonista.

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A la postre, “Bruja mala nunca muere” se convierte en una ficción intercambiable con decenas de series similares (por ejemplo, la de Cassie Palmer, de Karen Chance). Fantasía urbana de consumo rápido, adaptada (es más, diseñada) al gusto femenino (aunque aún lejos de centrar su atención en su vertiente romántica), que se lee con tanta facilidad como se olvida.

A día de hoy la serie cuenta con otras doce novelas (cuyos títulos parodian los de películas de Clint Eastwood) y una serie de novelas cortas, cuentos e incluso novelas gráficas que profundizan en la trama, sirven de precuelas o expanden la historia de los personajes secundarios.

Otras opiniones:

Rescepto: Año seis

•agosto 11, 2016 • 4 comentarios

2012, el sexto año de Rescepto Indablog, vino marcado por un terremoto que alteró el panorama fantástico nacional. En rápida sucesión cayeron dos de las editoriales más activas de entre las que apoyaban al autor español. Primero fue NCGFicción! la que anunció su cierre. Pocas semanas después hacía lo propio Grupo Editorial AJEC. Lo lamenté mucho por Pily Barba y Raúl Gonzálvez, dos editores con los que era un placer trabajar, y a título personal supuso un duro golpe, pues tenía firmados con ambos sendas novelas que, si todo hubiera ido bien, hubieran salido a lo largo de aquel año (una lo logró, aunque en unas condiciones muy diferentes, ya llegaré a ello).

Pese a todo, cabe celebrar el año (2012) que fue, que tuvo también sus cosas buenas.

Eso sí, primero toca mencionar el primer bache importante de la historia del blog, con sólo cuatro entradas publicadas en abril (desde entonces ha habido parones peores). A partir de ahí recuperé más o menos el ritmo (10-11 entradas mensuales), aunque en realidad el desconcierto duró hasta septiembre, cuando decidí que mi única salida (desde una perspectiva sobre todo anímica) consistía en crear mi propio sello editorial y sacar así de una vez “La ley del trueno” (que había escrito en 2007 y llevaba, por tanto, años en cola de edición). Así nació Cápside.

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Todavía no sé si fue un acierto o un error, y a decir verdad la editorial sigue a día de hoy al borde del abismo. Hay facetas del trabajo editorial en las que creo que soy bueno, pero hay otras (sobre todo por lo que se refiere a la faceta comercial) en las que soy nefasto y, sobre todo, requiere una dedicación que me roba tiempo y consume recursos (ilusión, más que nada) que (idealmente) podría estar gastando en escribir. El jurado sigue deliberando.

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Volviendo al blog, todos esos altibajos se tradujeron en sólo 118 entradas, aunque el número de reseñas siguió siendo alto (93, entre libros y películas). En enero hubo un tímido intento por establecer un tema anual, seguido por otro un poco más serio en torno a la Saga de los Azanr, pero ninguno de los dos cuajó (aunque el segundo proyecto sigue muy presente). En vez de ello me encontré reseñando los últimos libros recibidos de AJEC (“El teatro de los prodigios”), un buen pack de Viaje a Bizancio (“La sonrisa de los muertos”) y un puñado de títulos de Saco de Huesos (“Carne de mi carne”), Kelonia (“El rey trasgo”), Dolmen (“Pandemia”), Sportula (“El adepto de la reina”) o Salto de Página (“Cenital”), además de echar mano cada vez más de la Pila (“La hija del rey del País de los Elfos”, “Órbita inestable”, “Campo de concentración”, “Los jardines de la Luna”…), homenajear a los fallecidos (Ray Bradbury, con “Fahrenheit 451”) y empezar a explorar nuevas posibilidades.

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Sí, en septiembre me decidí por fin y adquirí mi Kindle, abriendo todo un abanico de posibilidades. Así, la primera novela reseñada en Rescepto y leída originalmente en inglés fue “Komarr” (gracias a una edición libre que sacó Baen Books de la saga de Miles Vorkosigan cuando lo del libro electrónico estaba arrancando). Pronto me encontré saqueando el Proyecto Gutenberg de clásicos (“The wood beyond the world”) y accediendo a títulos contemporáneos que los propios autores liberaban en la red con fines promocionales (“Starfish”). Con el tiempo, aquello ha ido evolucionando, y hoy por hoy la mitad de mis lecturas son electrónicas, lo cual ha tenido un fuerte impacto en los contenidos del blog (aunque eso deberá quedar para futuros anuarios).

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Las entradas más activas, sin embargo, correspondieron a comentarios cinematográficos, sobre todo si mediaba algún tipo de polémica, como ocurrió con el último Batman de Nolan, la precuela-pero-no de “Alien” o la adaptación en dos horas y media de las primeras setenta y cinco páginas de “El hobbit” (que también reseñé en su momento).

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Pese a las dificultades que mencionaba al principio, 2012 fue el año en que Rescepto tocó techo por lo que se refiere a número de visitas totales, con casi 83.000 (a una media de 226 diarias). Después de la debacle de 2013 se han ido recuperando poco a poco, pero aún no ha recuperado ese nivel; y no comprendo los motivos, ya que por lógica las visitas deberían subir, aunque sólo fuera gracias a los motores de búsqueda por el aumento sustancial de contenidos… eso por no contar con que la presencia en redes sociales se ha multiplicado por tres. ¡Misterios de la blogosfera!

También en esta serie:

París en el siglo XX

•agosto 9, 2016 • 2 comentarios

En 1863 Jules Verne (Julio de aquí en adelante, que la tradición es la tradición) acaba de dar inicio a su carrera literaria con la exitosa publicación de “Cinco semanas en globo”. Su editor, Pierre-Jules Hetzel, le instaba a proseguir en esa misma línea aventurera, preconfingurando sus Viajes Extraordinarios, que lo convertirían en un referente de la literatura popular y en uno de los padres de la ciencia ficción. En ese contexto, uno de sus primeras propuestas (tras “El capitán Hatteras”) fue una novela en muchos sentidos adelantada a su tiempo. Tanto, tanto que Hetzel rechazó de plano su publicación, en términos tales que el manuscrito acabó guardado en un cajón, no olvidado, pero sí escondido por más de un siglo.

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De hecho, durante mucho tiempo se consideró una novela perdida, quemada por el propio autor junto con otras obras primerizas en un momento de decepción. Tan sólo se conservaba el título y el borrador de la dura carta de rechazo del editor (en la que le advertía, por ejemplo, de que su publicación podría significar el fin de su prometedora carrera). Entonces, en 1989, se localizó una copia completa (con comentarios al margen de Hetzel), lo que llevó a su publicación en 1994, ciento treinta y un años después de su redacción.

Se trata de una novela singular dentro de la producción verniana. Destila, por ejemplo, un pesimismo que no caracterizaría a su obra hasta sus últimos años, contraviniendo en apariencia la percepción general del viraje de Verne desde la fascinación y confianza en la tecnología a la desilusión por el rumbo que tomaba el mundo (camino de la Primera Guerra Mundial). Más significativos, sin embargo, me parecen la audacia y rigor especulativos, mucho más cercanos a los parámetros de la ciencia ficción moderna que las máquinas asombrosas que protagonizarían una parte importante de su producción.

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En “París en el siglo XX” (Paris au XXe siècle), Verne realizó un esfuerzo importante e informado de predecir los adelantos que vería el mundo durante los cien año siguientes, y su acierto fue notable, anticipando los vehículos con motor de explosión, el tren elevado (con impulso electromagnético) o el fax (todo ello a partir de avances de su época). Su principal interés, no obstante, se centraba en denunciar (ya entonces) el desprecio hacia las humanidades a favor de las ciencias prácticas, pintando toda una distopía que, pese a cierto tufillo reaccionario, no carecía en absoluto de méritos.

La historia arranca con la entrega de unos premios académicos, en los que el protagonista, el joven Michel Dufrénoy, es ridiculizado por su especialidad, la poesía latina, mientras que ingenieros, economistas y matemáticos son aclamados. Sus sinsabores no han hecho más que empezar, pues de vuelta a su casa, acogido por su tío Stanislas Boutardin (pues es huérfano), descubre que pasará el resto de su vida ocupado en cuestiones prácticas, trabajando para el banco familiar, allá donde sus escasos talentos le permitan.

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A partir de ese punto, la historia de Michel es la de un inadaptado, un soñador en un mundo que ha renunciado a los sueños (pese a vivir en medio de auténticas maravillas tecnológicas). En su deambular conoce a compañeros de inquietudes, como Quinsonnas (claramente un alter ego del propio Verne), que ilustra al joven sobre las verdades de la vida, al tiempo que alienta en él una pequeña llama de rebeldía, o su tío Huguenin, bibliotecario y uno de los últimos defensores del olvidado arte literario; e incluso encuentra el amor (platónico), en la figura de Lucy, hija de su antiguo maestro. La realidad fría e implacable del París de 1960, sin embargo, acaba aplastando las vanas esperanzas de Michel, propinándole una serie de golpes que acaban, como toda buena antiutopía, demostrando que no hay lugar para la disensión en ese futuro desesperanzador.

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Pesimista, ¿verdad? Sí, mucho, aunque no creo que deba necesariamente desprenderse de ello que Julio Verne contemplara realmente ese futuro como probable. “París en el siglo XX” supone una evolución lógica de la sátira que es posible encontrar, por ejemplo, en la obra de Victor Hugo (uno de los autores más ensalzados en la novela). En vez de ridiculizar las deficiencias presentes, sin embargo, lo que hace es proyectarlas hacia el futuro, exagerando tendencias negativas y llevándolas a sus últimas consecuencias. El resultado no es muy diferente del que consiguió Ray Bradbury, casualmente en torno a un siglo después, con su “Fahrenheit 451”. La tecnología en sí no es mala. No es en modo alguno la fuente de la faceta distópica. Lo negativo es el abandono del arte y la poesía, aplastados bajo el ciego utilitarismo que una perspectiva limitada del progreso podría acarrear.

No todo son parabienes, sin embargo. Hetzel tenía mucha razón en su apreciación de que una novela así hubiera podido hundir la carrera de Verne en sus inicios. Aparte de presentar un enfoque tremendamente adelantado a su época (aunque ya había habido intentos anteriores de anticipar el futuro, tales como “L’an 2440”, de Louis-Sébastien Mercier en 1771, “Napoleón et la conquête du monde”, de Louis Geoffroy en 1836 y, sobre todo, “Le roman de l’avenir” y “Le monde tel qu’il sera”, de Félix Bondin y Emile Souvestre, en 1834 y 1846 respectivamente), la inexperiencia del autor queda de manifiesto en su valoración arbitraria de autores contemporáneos (al parecer, resultaba más importante hacerle la pelota al editor que ser un juez justo de sus respectivos méritos), o su recalcitrante conservadurismo musical (impropio de un hombre relativamente joven, pues por entonces contaba con 35 años).

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Por otro lado, capítulos como aquel en que Michel trata de sobrevivir adaptando obras de teatro antiguas al (mal) gusto contemporáneo están plenamente certeros en su crítica, y no resulta complicado imaginar ese mismo trabajo, en el 1960 real, desempeñado por guionistas del cine más vacuo y comercial.

A “París en el siglo XX” le falta equilibrio y le sobra un poco de grandilocuencia, pero constituye una lectura interesantísima y demuestra, cuando menos, que la ciencia ficción de Julio Verne hubiera podido ser mucho más sofisticada de lo que finalmente pudimos disfrutar (tampoco es que obtener a cambio “Da la Tierra a la Luna”, “Viaje al centro de la Tierra”, “20.000 leguas de viaje submarino” y tantas y tantas otras constituyera un premio de consolación, ni mucho menos: sobre todo porque fue sin duda su popularidad la que dio el impulso definitivo para que el género despegara).

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Es la muestra perfecta de lo que suele etiquetarse de “adelantada a su época”, mostrando un 1960 tremendamente reconocible pese a las sensibilidades claramente decimonónicas de sus habitantes y alertando de una postura intelectual que, lejos de haber sido superada, sigue muy presente en el pensamiento de muchos, que desprecian lo humanístico deslumbrados por el utilitarismo del progreso.

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