La leyenda de Tarzán

•julio 29, 2016 • 2 comentarios

Quince años ha costado llevar a puerto la nueva adaptación cinematográfica (en imagen real y con cierta ambición) de uno de los personajes más icónicos del siglo XX, creado por Edgar Rice Burroughs en 1912 para la novela “Tarzán de los monos” y protagonista de más de medio centenar de novelas oficiales, tiras de cómic, seriales televisivos y radiofónicos y docenas de películas. Parte del problema reside en que ya no estamos en el siglo XX, sino bien entrados en el XXI, y el rey de la selva precisaba de una actualización que le permitiera reconectar con sensibilidades muy diferentes de aquéllas que la vieron nacer (como iteración del arquetipo del hombre-salvaje).

No cabe duda de que este propósito estuvo muy presente en las mentes de los responsables del proyecto (tras descartar una aproximación más ligera, en la línea de las series de Piratas del Caribe o la Momia, con dirección precisamente de Stephen Sommers). Como ya ocurrió con la interpretación de Robert Zemeckis de la historia de Beowulf, se imponía un proceso de remitificación, que deconstruyera al personaje y lo recompusiera en su versión 3.0 (al menos, si tenemos en cuenta que el Tarzán cinematográfico clásico es ya muy diferente del literario).

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¿Hasta qué punto ha tenido éxito el equipo formado por David Yates (dirección) y Craig Brewer y Adam Cozad (guión)? Permitidme primero presentarla por encima y analizar otros aspectos de la película.

Tras una breve escena introductoria, la acción se centra pronto no en África, sino en Inglaterra, donde vive desde hace una década Lord Greystoke (Alexander Skarsgård) con su esposa Jane (Margot Robbie). Allí, recibe el requerimiento del rey de Bélgica para viajar de vuelta al Congo en misión diplomática. Lo que él no sabe (aunque nosotros sí), es que todo ello no es sino parte de un plan para atraerlo de vuelta a la jungla y entregarlo al jefe Mbonga de Opar (Djimon Hounsou), que se la tiene jurada, a cambio de un cofre de diamantes. Esos fondos resultan necesarios para que el enviado especial de Leopoldo de Bélgica, Léon Rom (Christoph Waltz), pague a un ejército mercenario de ocupación. A lord Greystoke y su esposa los acompaña un americano, George Washington Williams (Samuel L. Jackson), interesado en averiguar la verdad tras los rumores sobre los excesos colonialistas belgas (con la esclavización de la población indígena como resultado probable).

La película hace varias cosas bien. Por un lado, soslaya el problema que a menudo lastra a los reboots, contando de nuevo la historia de la infancia y juventud de Tarzán a través a flashbacks muy cortitos, distribuidos en una suerte de narración paralela entrelazada con la trama principal (de paso, sirven para explicar a su debido tiempo el motivo de la animadversión de Mbonga). También procura romper desde el principio con la imagen habitual de Tarzán como un bruto medio tonto, haciéndole viajar desde el refinamiento de Inglaterra a un regreso progresivo a la jungla y al salvajismo (privándolo además, poco a poco, de piezas de ropa).

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Otras no le salen tan redondas. Se notan en exceso los esfuerzos por construir una narración políticamente correcta, a partir de un personaje nacido en otra época (antes incluso de la Primera Guerra Mundial). Así, Jane es un personaje femenino fuerte… demasiado fuerte, casi hasta el extremo de la parodia. El guión no pierde ocasión para demostrar que no es un personaje pasivo cuya única razón de ser es poner de manifiesto la ruindad del malo y ofrecer ocasiones de lucimiento al héroe; y al final tanta insistencia logra conferirle al asunto un aura de artificiosidad que ni siquiera la enérgica presencia de Margot Robbie (lista para saltar al siguiente nivel en un par de semanas con “El Escuadrón Suicida”) logra disimular.

Del mismo modo, la insistencia en el mensaje antiesclavista peca de falta de sutileza. No era mala idea el transformar a Tarzán del icono tardo-colonialista idealizado que era en sus orígenes (recuerdo aquí que su presentación en sociedad es anterior a la Primera Guerra Mundial, en el contexto de una nación que estaba presentando sus credenciales de potencia emergente) a un defensor, por adopción, de todo lo africano. De hecho, en la propia película se menciona en un par de ocasiones el mito de Tarzán, como una figura negativa en sus orígenes, que tras crecer y adquirir conciencia de su posición se metamorfosea en poco menos que un embajador entre el mundo humano y el animal (y, por supuesto, en un amigo y protector de los nativos).

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En ese punto se centran los esfuerzos remitificadores. El Tarzán de 2016 no puede ser el mismo de 1912, ni tampoco el que popularizó en los años 30 y 40 Johnny Weissmuller. Ya no es el blanco que por capacidad innata (y desinhibición animal) se transforma en rey de la jungla, sino que ahora la relación es más simbiótica. Lo suyo es más una reconexión, propiciada por las particularidades de su infancia, con la naturaleza en su estado más puro. El problema de todo ello es, de nuevo, la desesperación con la que el guión trata de vendernos la idea, llegando a extremos realmente absurdos con tal de resaltar la nobleza de los indígenas en cualquier situación y las aviesas intenciones de los extranjeros (belgas, por supuesto, que viendo la película podría pensarse que los ingleses no tuvieron arte ni parte en todo ese invento del colonialismo… o que todos los “problemillas” de la población negra de los EE.UU. se habían solucionado con su Guerra Civil).

Por completar la lista de desaciertos, me veo obligado también a apuntar fallos de ritmo (se notan las tijeras, así que posiblemente hay por ahí un montaje mucho más fluido en dos horas y media; sólo que la historia no justifica una duración mayor de los 110 minutos oficiales, así que ahí hay un grave error de planificación), una aburridísima banda sonora de Rupert Gregson-Williams (que se limita a calcar el típico sonido de la factoría Zimmer y a proporcionar solemnidad cuando lo que requieren las imágenes es emoción) y, sobre todo, una alergia absoluta hacia lo fantástico. El guión recoge varios elementos de las novelas originales, por ejemplo del segundo tomo, “Tarzán y la joyas de Opar”, pero ahí donde Burroughs imaginaba civilizaciones perdidas, hombres-leopardo de verdad y mil y un misterios nunca antes revelados al hombre blanco, la película opta siempre por la explicación más prosaica, más realista, más cotidiana (llegando incluso a disculparse en cierta forma por la conexión especial de Tarzán con los animales, para la que apunta incluso a una explicación racional).

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Por otro lado, son innegables los grandes aciertos de la adaptación. Iconográficamente, Alexander Skarsgård es de todos los actores que han encarnado al personaje el que mejor ha logrado transmitir su doble naturaleza (civilizada/salvaje). A decir verdad, todo el reparto está perfectamente escogido, y si Jane, por ejemplo, logra emerger pese a todo como un personaje real es gracias al carisma de Margot Robbie. Visualmente, la jungla del Congo es también una maravilla (aunque quizás se abuse un poco de una paleta de colores fríos). El problema, claro está, es que unos pocos meses antes “El libro de la selva” ya nos ofreció eso mismo, aunque mejor.

También he de matizar que, pese a criticar ciertos aspectos de la ejecución, el plan para actualizar el personaje me parece muy sólido, y el que se les vaya un poco la mano (por falta de confianza en los espectadores, supongo), no invalida que la dirección en que apuntan sea a grandes rasgos la correcta (sólo lamento de verdad la proscripción de la fantasía; ¿qué sentido tiene buscar los límites de las tierras exploradas si ni siquiera allí podemos dejar un hueco a lo asombroso?). “La leyenda de Tarzán” es pues una película de aventuras sólida, quizás un poco sobredimensionada (no sé a quién se le ocurrió que era una buena idea gastar 180 millones de dólares en ella), pero honesta. Eso sí, ojalá se hubiera quitado de encima todos los complejos y hubiera abrazado de verdad su naturaleza pulp (actualizándola, sí, pero no disimulándola). Total, los críticos, con su miopía tradicional, tampoco han aceptado esta versión suavizada (en claro contraste con el público en general, que la ha recibido mucho mejor), y Tarzán nunca pretendió ser un personaje realista. Tarzán es mucho más que eso. Es un mito, y el que se vea obligado a actualizarse para seguir resonando en nuestro mundo moderno no es razón suficiente para hacerlo renunciar casi por completo al misterio.

Troika (Índigo – 5)

•julio 26, 2016 • 2 comentarios

Reciente el éxito de la trilogía de “El Señor del Tiempo”, Loise Cooper consolidó su posición como una de las principales voces de la fantasía de su década con la octalogía de “Índigo”, publicada entre 1989 y 1994.

La serie narra el camino de expiación de su protagonista, la princesa Anghara de Carn Caille, quien el mismo día en que va a desposar a su prometido Fenran sucumbe a la curiosidad y viola el santuario de la prohibida Torre de los Pesares, llevando la destrucción a su reino y liberando siete demonios por el mundo. Maldita desde ese momento, asume el nombre de Índigo (el color del luto en su cultura) y se ve condenada a vagar inmortal hasta haber dado caza a esos demonios, entre los que destaca Némesis, caracterizada por el color plateado. Por fortuna no está sola en su misión, pues la Madre Tierra se compadece de ella y le concede como compañera a Grimya, una loba mutante, cuya capacidad de hablar la ha apartado de los suyos y con la que Índigo establece pronto un vínculo telepático.

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Desarrollada la premisa en el primer libro (“Némesis”), cada uno de los siguientes se ocupa del enfrentamiento entre Índigo (y Grimya) y uno de los demonios, empezando por el muy literal duelo de “Infierno” y ganando en sutileza con cada nuevo episodio (hasta que el invento descarrila por completo en el sexto libro, “Avatar”). Con el correr de los años (décadas incluso), y a resultas de la experiencia acumulada, el personaje de Índigo va madurando, y poco a poco acepta su culpa, logra perdonarse y descubre en su interior los recursos necesarios para vencer a su Némesis, que no es sino la manifestación externa de su propio lado oscuro.

Como en “El Señor del Tiempo”, resulta evidente la influencia de Michael Moorcock (con la destrucción de Carn Caille como reflejo de la caída de Melniboné en ), a la que habría que añadir un toque mitológico, con la recreación a grandes rasgos del mito de Pandora. La diferencia radica, por supuesto, en el compromiso de Índigo/Anghara por hacerse cargo de sus errores y poner remedio, en lo posible, a las consecuencias de su inconsciencia. En ese sentido, sin poder ser considerada exactamente una serie feminista, lo cierto es que “Índigo” es indudablemente fantasía de orientación femenina; ya no sólo por el sexo de su protagonista (algo que influye, y mucho, en el modo en que aborda cada uno de los restos), sino por un esfuerzo consciente y continuado por asumir esa perspectiva (a menudo descuidada o incluso ignorada, en un género que por aquella época se dirigía principalmente hacia un público masculino adolescente).

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El caso es que, superados los demonios segundo y tercero en “Infanta” y “Nocturno”, el cuarto se manifiesta en Reducto, el pequeño continente boreal de su mundo (justo en las antípodas de Carn Caille), y el encuentro se narra en el quinto libro de la serie, “Troika” (1991); muy posiblemente el mejor de la octalogía desde una perspectiva literaria y sin duda su punto álgido (como comentaba, el siguiente, “Avatar” resulta brutalmente anticlimático, y los dos últimos, “Espectros” y “Anghara”, no logran remontar y ofrecer un buen broche a la serie).

Alejada por completo de la fantasía épica, “Troika” constituye más bien todo un ejemplo tardío de novela gótica, con un escenario reducido (la granja y posesiones del conde Bray, aisladas del mundo exterior por los rigores de un invierno despiadado), unos personajes igualmente escasos en número y obligados a una convivencia cercana y el elemento sobrenatural, que se manifiesta en unas antiguas armas malditas y una aparición fantasmal (acompañada por una manifestación material, el totémico y poderoso tigre de las nieves).

Para complicar las cosas, Índigo, que a esas alturas lleva ya sesenta años recorriendo el mundo en compañía de Grimya, tendrá que enfrentarse a sus propios sentimientos, pues sin que ella lo sepa es precisamente del linaje del conde de Bray de donde procedía su prometido Fenran… y el actual heredero del mismo, Veness, es su viva imagen, despertando en ella sentimientos que creía dormidos, sin que le sea fácil precisar hasta qué punto son genuinos y en qué medida son un mero eco de lo que una vez sintió por Fenran (y que se ha obligado a reprimir durante décadas).

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Con todo ello, Cooper entreteje una historia sólida, opresiva, que se toma su tiempo para establecer cada situación y cada personaje, dejando que sobre la trama penda en todo momento la sombra premonitoria de la tragedia. El demonio de “Troika” es el de los odios enquistados por generaciones, el de la envidia y el rencor mezquinos, que en comunidades cerradas y aisladas no tienen otra salida que alimentarse a sí mismos hasta que lo devoran todo. No es un mal que vaya a afectar el destino de mundos, reinos o siquiera ciudades, pero no por ello resulta menos terrible y doloroso para quienes van a verse afectados por su despertar.

Quizás la fuerza de la novela radique precisamente en su cotidianidad. El escenario es fantástico, pero la tragedia nos es cercana. Episodios similares jalonan nuestra crónica negra; eso que solemos tildar, con cierto desdén, de crímenes de la España profunda. Claro que todos los países y culturas tienen su propia versión, así que más bien nos estamos refiriendo a la “humanidad profunda”, a un mal que llevamos con nosotros y que sólo espera la situación propicia, el estancamiento, para infectarse y dar inicio a un ciclo sin fin de violencia.

Pese a la calidad de este volumen, quizás empañado por la decepcionante conclusión de la serie, Louise Cooper apenas vería otra trilogía publicada en castellano, la de la Puerta del Caos (una secuela del Señor del Tiempo). Aun siendo bastante mejor escritora que muchos de sus compañeros de promoción, su obra corrió la misma suerte que la de casi todos los autores publicados por Timun Mas en los años 80 y 90. Las sucesivas reestructuraciones del sello los dejaron fuera del catálogo (que se centró aún más en las franquicias), y su asociación con una época particularmente floja de la edición fantástica en España les privó de una segunda oportunidad.

Otras obras de la misma autora reseñadas en Rescepto:

Alcantarillado, gas y electricidad

•julio 23, 2016 • 2 comentarios

La segunda novela del neoyorquino Matt Ruff fue una farsa surrealista postcyberpunk titulada “Alcantarillado, gas y electricidad” (“Sewer, gas & electric: The public works trilogy”, 1997), una novela dedicada jocosamente a Any Rand, que presenta una visión distorsionada e irónica de la sociedad americana de principios de los años 90, proyectada a un 2023 tan excesivo como inverosímil.

La historia se fragmenta en múltiples puntos de vista interconectados, girando en torno a una crisis cuyo origen se encuentra dieciséis años atrás, cuando una extraña pandemia aniquiló de la noche a la mañana a todos los negros del mundo (salvo los pocos cientos o miles caracterizados por poseer ojos de un inusual color verde). Así, tenemos a Harry Gant, magnate industrial, obsesionado con los rascacielos y con tantas ideas prácticas como incapacidad (o más bien indiferencia) hacia el aspecto financiero de sus negocios. También está su ex mujer, Joan Fine, una entusiasta activista por mil causas que trabaja en la Oficina Zoológica del Departamento de Alcantarillado de Nueva York (controlando las especies invasoras que han hecho del contaminado laberinto inundado su hábitat). Eso por no hablar de la tripulación del Yabba-Dabba-Doo, el submarino pirata capitaneado por Philo Dufresne, uno de los pocos afroamericanos que sobrevivieron a la epidemia, criado en una colonia amish y entregado al ecologismo beligerante (aunque más burlón que violento, dentro de sus posibilidades) o Lexa Thatcher, periodista gonzo, amiga de Joan y mujer de Philo (y de Toshiro Goodhead, un stripper sin demasiado peso en la historia).

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Podría seguir (por ejemplo, con la veterana de la Guerra Civil americana, y por tanto anciana manca de ciento ochenta años, Kite Edmonds, o el esquimal experto en kung-fu Veintinueve-palabras-para-la-nieve), pero creo que os hacéis una idea del tipo de personajes que pululan por la novela. Para completar el resumen de antecedentes tan sólo cabría mencionar a los negros eléctricos, básicamente robots humaniformes, comercializados por industrias Gant, que han ocupado sin estridencias el nicho en el que los auténticos negros se negaban a verse encasillados (servidores complacientes, con suficientes salvaguardas para hacerlos completamente inofensivos).

¿He mencionado ya a Meisterbrau, el tiburón blanco (carcharodon carcharias) mutante de las alcantarillas? ¿O que el Yabba-Dabba-Doo está pintado de verde con grandes topos rosas y sus cañones de inducción electromagnética utilizan como munición salami kosher?

Como se puede apreciar, Matt Ruff no se toma las cosas muy en serio, lo que le permite abordar con humor iconoclasta algunos de los temas más polémicos de su época, como el conflicto palestino-israelí, las revueltas raciales, el SIDA, el ecologismo militante de Greenpeace corregido y aumentado, el capitalismo salvaje o las crisis de refugiados. No es que hayamos mejorado mucho desde entonces, y muchos de los problemas que aborda siguen siendo pertinentes, aunque eso sí, su visión de lo mismos se percibe claramente desfasada. Es el problema del Futuro Cercano, que el mundo acaba por ponerse al día y la perspectiva de la novela no ha cambiado (de todas formas, ya avisa el propio autor que la novela no pretende en modo alguno hablar del futuro, sino que trata sobre todo del 1990 en que comenzó a escribirse, y como mucho del 1994 cuando concluyó la escritura).

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Lo que sí puede achacársele es que, bajo todo su afán irreverente y su buena disposición a la hora de abordar temas comprometidos, a la hora de la verdad no termina de comprometerse en nada. Lo más cerca que está de ello es diseccionando las motivaciones tras la filosofía enaltecedora del egoísmo de Ayn Rand (que es un personaje de la novela, como simulación de personalidad), aunque el que podría considerarse el tema central, el encaje de la población negra en EE.UU., se escapa con un par de apuntes, un somero análisis y ninguna conclusión que yo haya podido entresacar (tras introducir en la ecuación de forma totalmente gratuita y a la postre inconsecuente a J. Edgar Hoover y Walt Disney).

Cuando toca echar toda la carne al asador, Matt Ruff se contenta con jugar con las piezas que ha ido disponiendo, haciendo malabares (y trampas, pues recurre más de lo recomendable al azar puro y duro y a las coincidencias inverosímiles) para ir encajándolo todo en un clímax convenientemente caótico y explosivo, aunque algo más que forzado, lo que paradójicamente le resta impacto a la novela, al desaprovechar en cierto modo el magnífico trabajo de construcción de personajes.

No puedo dejar de mencionar una circunstancia. Ciertos errores recurrentes (false friends sobre todo) me hacen dudar de la idoneidad de la traducción, y precisamente el humor es un género muy delicado, que depende mucho del ritmo y de la elección de la palabra justa, así que no descarto la posibilidad de que parte de la gracia de la novela se haya perdido en el proceso de edición en español (otro grave error sería la horrible portada, medio heredada de la original americana, que junto con su publicación en una editorial no especializada quizás explique el que pasara casi totalmente desapercibida).

Respecto a las fuentes de inspiración, se nota que el autor ha hecho los deberes y bebe claramente del cyberpunk (quizás más de la versión gamberra de Rudy Rucker que de la estética sofisticada de William Gibson), de los robots asimovianos e incluso del Philip K. Dick de obras como “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”. También se menciona en numerosas críticas la deuda con la obra de Thomas Pynchon, aunque ése es un extremo que no me encuentro en condiciones de ratificar o desmentir.

Otras opiniones:

The monk (El monje)

•julio 14, 2016 • Dejar un comentario

“The monk: A romance” bien podría ser la novela más influyente de la historia de la literatura fantástica, o cuando menos del género de terror. Su publicación en 1796 supuso una pequeña revolución en el precursor del terror moderno, la novela gótica, dominada hasta la fecha por la mera sugerencia inquietante de lo sobrenatural (arte en el que era una maestra Ann Radcliffe).

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En ese panorama irrumpió con descaro (y no pocas dosis de inconsciencia) un joven de diecinueve años llamado Matthew Gregroy Lewis, con una novela que no sólo se regodeaba en la injerencia sobrenatural, sino que tampoco desaprovechaba ocasión para escandalizar, con crímenes horrendos, depravación sexual, magia negra, bandidaje, encantamientos y víctimas inocentes sucumbiendo a los peores destinos imaginables (todo ello, por supuesto, para una sensibilidad de finales del siglo XVIII, que desde entonces nos hemos desensibilizado un tanto).

“El monje” es un novela coral, que sigue las vicisitudes que acontecen a una serie de personajes en un Madrid que el autor jamás había visitado y que pinta como un núcleo de hipocresía y superstición (la visión que del catolicismo tenía un inglés, criado en ambientes diplomáticos). El monje del título es Ambrosio, un hombre joven y virtuoso, recientemente nombrado prior de los capuchinos, cuyo fervor y supuesta santidad es la comidilla de la ciudad. El caso es que, criado por los propios religiosos, su virtud inmaculada se sustenta en la circunstancia de no haber sido puesta nunca a prueba.

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Así, la novela es en parte la historia de la caída en la depravación de Ambrosio (que se inicia cuando uno de los novicios del monasterio se revela como una mujer disfrazada, Matilda, que lo admira sin reservas), pero con la suya se entremezclan otras historias, siendo la principal la de la novicia Agnes, a punto de tomar los hábitos en el adyacente convento de Santa Clara, aunque secretamente enamorada de Don Raymond (y, de hecho, esperando un hijo suyo por un “desliz”). Tras ciertas tensiones iniciales, el enamorado recluta la ayuda de Don Lorenzo de Medina, hermano de Agnes, que se compromete a arrancarla de las garras de la estricta y cruel prioresa. Para complicarlo todo, llega también a Madrid Antonia, una joven inocente y sin apenas recursos (de origen noble, aunque desheredada) pero de gran hermosura, que pronto conquista el corazón de Don Lorenzo… y despierta también la lujuria de Ambrosio.

Con estos personajes (y alguno más menor), Lewis entreteje un lienzo en el que no se priva de nada, desde el asesinato a la violación, e incluso el incesto. Agnes y Antonia son juguetes en manos de auténticos depredadores, ya sean movidos por pasiones lúbricas o la ambición y la arrogancia, mientras que los supuestos héroes de la historia no pasan de ser unos mozalbetes atontados que no se enteran de la misa la mitad.

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Dividida en tres volúmenes, el primero resulta bastante anodino, limitándose a plantear unos conflictos claramente escandalosos, aunque contenidos, como si el autor se hubiera estado conteniendo conscientemente para no apartarse de una senda más o menos realista. En el segundo volumen la cosa cambia, sobre todo a partir de la introducción de lo sobrenatural en la historia. Pasado un episodio de bandidaje (muy apropiado para provocar estremecimientos entre los viajeros de la época), se nos presenta el primer intento de Raymond (bajo el nombre supuesto de Alfonso de Alvarada) por rescatar a Agnes de su destino. Así nos encontramos con el episodio de la monja ensangrentada (un típico cuento de aparecidos), aderezado con una de las primeras manifestaciones literarias de la leyenda del judío errante, que supone desde mi punto de vista el punto fuerte de la novela.

El abrazar lo fantástico parece liberar al autor de inhibiciones, porque a partir de ese punto la novela gana en interés y evoluciona por caminos que con toda probabilidad no estaban previstos cuando comenzó la escritura. La caída de Ambrosio adquiere tintes demoníacos, la crueldad de la prioresa alcanza niveles de sadismo y la naturaleza de Matilda va mutando, tranformándose primero en cultivadora de las artes oscuras y luego… En fin, que Lewis pone toda la carne en el asador, invitando incluso a la Santa Inquisición a la fiesta, y creando así un sustrato del que iría extrayendo inspiranción los diversos movimientos románticos (empezando por el alemán, siguiendo por el inglés y culminando en el americano, que se extendió hasta ya entrado en siglo XX de la mano de Clark Ashton Smith).

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En “El monje”, Lewis integró dos grandes tradiciones: por un lado la más reconocida de literatura gótica, que arrancó con “El castillo de Otranto” (Horace Walpole, 1764) y tuvo como antecedente directo “Los misterios de Udolfo” (Ann Radcliffe, 1794); por el otro, el más sensacionalista schauerroman alemán (novela de estremecimientos), muy popular (aunque mal considerado) entre las clases altas inglesas, centrado en sociedades secretas (un tema que Lewis no trata), nigromancia y pactos satánicos (con los subgéneros del räuberroman, o novela de bandidos, y geisterroman, o novela de fantasmas ). Se puede apuntar directamente, por ejemplo, a “Das Petermännchen”, de Christian Heinrich Spiess (1793), como inspirador del giro sobrenatural que toma la historia.

En Inglaterra la publicación de “El monje” supuso todo un escándalo y un éxito inmediato de ventas, que animó a Lewis a dar a conocer su autoría (lo que lo expuso a la crítica y lo marcó entre ciertos círculos de por vida, aunque también lo convirtió en amigo y referente para la generación de poetas románticos que se organizó en torno a Lord Byron). Aquello influyó hasta tal punto a la novela gótica que Ann Radcliffe se vio en la obligación de contestar con su propia versión de ese tipo de emociones, respetando su filosofía estética (que daba preeminencia al estremecimiento anticipativo frente a la reacción horrorizada) a través de “El italiano” (1797), que en prueba de lo mucho que había cambiado su género fue la última novela que publicó (en vida, pues póstumamente apareció en 1826 “Gaston de Blondeville”).

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Entre las influencias directas pueden también mencionarse “Los elixires del diablo” (E.T.A. Hoffman, 1815) y “Melmoth, el errabundo” (Charles Maturin, 1920), aunque en general, como apuntaba en los primeros párrafos, la sombra de “El monje” se extiende sobre todo el romanticismo, y es muy perceptible, por ejemplo en títulos fundacionales del horror moderno como “Frankenstein” (1818) o “El vampiro” (1819). De igual modo, el estilo escandaloso y los continuos golpes de efecto constituyeron un anticipo del que sería el género más popular del siglo XIX, el folletín.

Otra muestra de la influencia de “El monje” en la literatura posterior la encontramos en la creación del prototipo del religioso dominado por sus bajas pasiones, que se perpetuaría en obras como “Nuestra Señora de París” (Victor Hugo, 1830), y ha seguido inspirando títulos hasta nuestros días (“The priest: a gothic romance”, de Thomas Disch, 1994).

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Podéis descargar una edición electrónica de “El monje” (en inglés) a través del Proyecto Gutenberg.

Otras opiniones:

Rescepto: Año cinco

•julio 11, 2016 • 3 comentarios

Rescepto Indablog cumplió su primer lustro a lo largo de 2011 (aunque la efeméride se verificó, claro está, el 11 de enero de 2012). De aquel año pueden destacarse dos circunstancias:

Por un lado, fue aquel en que recibí más ejemplares para reseña, en su mayor parte de editoriales pequeñas y todos de autor español (AJEC, Dolmen, NGCFicción!, Everest, Saco de Huesos, Sportula, Equipo Sirius, Mira, Nalvay , OQO y Salto de Página; cuatro de ellas ya han desaparecido). Ello propició que cincuenta de las 92 reseñas fueran a libros de autor español (y novedades, además, incluyendo por ejemplo “El escondite de Grisha“, “Ínsula Avataria“, “Sherlock Holmes y los zombis de Camford“, “Fieramente humano“, “La caza del nigromante“, “Diástole“…). El resto salió de los distintos saldos y expediciones de caza a librerías de viejo; sobre todo ciencia ficción (“Los tres estigmas de Palmer Eldritch“, “La balada de Beta-2“, “El fin del mundo y un despiadado País de Maravillas“, “El jinete en la onda del shock“, “La máquina del tiempo“…), continuando además tranquilamente con la Hugolatría (“El gran tiempo“, la trilogía de Marte…).

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La segunda gran tendencia del año fue la escritura de la Cifilogenia, o historia evolutiva de la ciencia ficción, que llegó a las diez entregas (dejando en el tintero la segunda parte sobre la ciencia ficción española), empezando por la gran pregunta: ¿Qué diantres es la cifi? Creo que hoy en día retocaría cosillas aquí y allá, y sobre todo ampliaría la escala para abarcar también la ciencia ficción temprana, pero en esencia es un trabajo de sistematización que aún considero digno, y que además fue la base sobre la que construí dos años después “La 100cia ficción de Rescepto“.

El día antes del cumpleaños, además, publiqué la primera reseña de un libro leído en un idioma distinto del español. Más concretamente, fue para una novela escrita originalmente en catalán: “El mecanoscrit del segon origen“.

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Aparte de estos dos contenidos principales, hubo treinta y cinco entradas más, dedicadas a anuncios diversos, a seguir la pista a los libros que publiqué en 2010 (destacando los dos premios Ignotus que cosechó “La mirada de Pegaso“), a un par de películas (“Sucker punch” e “Inteligencia Artificial“, a las que sumar un repaso más somero a lo que había dado de sí el año) y a otro par de ensayos (sobre el enigma de la abiogénesis y sobre el camino del héroe en el Señor de los Anillos).

En total, 137 entradas, para casi 80.000 visitas (esquivando por muy poquito la recesión… por tan poquito que sólo fue posible gracias a tres días locos de octubre en los que, por motivos que nunca llegué a averiguar, las visitas diarías se cuadruplicaron hasta más de mil). Con esa aportación, se cerró el primer lustro de vida del blog con poco más de un cuarto de millón de visitas totales (y con las primeras señales de que el invento había tocado techo en cuanto a popularidad).

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El 2012 se presentaba muy bien encarrilado, con un par de novelas en cola de edición y una estructura más o menos asentada (aunque, por ejemplo, la presencia en redes sociales seguía siendo, un año después de su implementación, muy, muy precaria). Los terremotos estaban sin embargo a punto de llegar, y trastocarían por completo la rutina del blog, pero eso ya es cuestión para la siguiente entrega del anuario.

También en esta serie:

El índice del miedo

•julio 8, 2016 • Dejar un comentario

Cada vez es más frecuente encontrar temas y escenarios propios de la ciencia ficción en la literatura generalmente considerada mainstream. En muchos casos tan sólo les falta la etiqueta (de la que muchos autores “serios” huyen como de la peste), y entonces nos encontramos con libros alabados por propios y extraños… aunque personalmente casi siempre se me antojan bastante derivativos en cuanto a que se limitan a reciclar ideas que llevan circulando décadas, sin que la crítica general se hubiera molestado nunca en prestarles atención. Eso sí, como se trata de escritores de prestigio, hay que alabar su osadía y el que hayan sabido extraer petróleo de un género menor (supongo que se nota que no suelen hacerme mucha gracia unas incursiones que aportan muy poco y que más que normalizar, resaltan la línea divisoria entre la literatura friqui y la “de verdad”).

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Aparte, sin embargo, hay otros casos en los que la incursión es casi involuntaria. Simplemente, la trama se desvía por terrenos en los que sólo la literatura fantástica se encuentra cómoda, y así “obliga” al escritor a reconvertirse para salir con bien del brete. Lo más normal es que tampoco reinventen la rueda, ni nada parecido, pero es una exploración mucho más sincera… y permite comprobar qué conceptos anticipativos empiezan a introducirse en el pool cultural general.

Durante los últimos años, tal y como anticipó en su momento Vernor Vinge, uno de esos conceptos es el de la Singularidad Tecnológica.

Retrocedamos un poco para hablar de Robert Harris. Se trata de un autor que ya en su primera obra de ficción se acercó, probablemente sin saberlo, a la ciencia ficción. Esa obra de debut fue la ucronía “Patria” (1992), con un escenario clásico, el qué hubiera pasado si los nazis hubieran salido triunfadores de la Segunda Guerra Mundial (porque Estados Unidos no llegó a involucrarse nunca). Tras un par de novelas relacionadas también con este mismo conflicto, Harris se pasó a la novela histórica, con “Pompeya” e “Imperium”, el inicio de su trilogía en torno a Cicerón. En 2007 viró de nuevo hacia el thriller político (con “El poder en la sombra”), y en esa misma línea contemporánea podría decirse que se inscribe la novela que nos ocupa, “El índice del miedo” (“The fear index”, 2011).

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En vez del poder político, el objetivo de la novela se dirige hacia el económico, y se centra específicamente en los fondos de cobertura (hedge funds), como excusa para analizar la paradoja de que a ciertos inversores les pueda interesar un mercado con una tendencia general a la baja y, por tanto, la desestabilización de todo el entramado económico (algo que saltó a primera plana con el estallido de la crisis de 2008 y los ataques al euro y a la deuda pública de ciertos países comprometidos, como Grecia y España). Adicionalmente, examina la influencia de los algoritmos de gestión de activos, que tuvieron su papel en el conocido como Flash Crash de 2010 (una caída del Dow Jones de un 9% que duró apenas unos minutos).

Con todo ello, Harris imagina un hedge fund suizo dirigido por el físico americano Alex Hoffmann, creador del VIXAL, un sistema de inteligencia artificial, programado para integrar una ingente cantidad de información y aprender de la experiencia para obtener beneficios “apostando” en contra de la volatilidad prevista (el tan esgrimido miedo en los mercados). La idea básica original consiste en adelantarse, gracias a una superior capacidad de análisis y la automatización de las operaciones, a las caídas de las bolsas… aunque el resultado obtenido supera estas “modestas” aspiraciones.

Es éste el punto en el que entra en la historia la ciencia ficción, con la puesta en marcha de la versión cuatro del software de gestión, que se lanza de cabeza a una serie de operaciones aparentemente de altísimo riesgo, que sin embargo no dejan de procurar beneficios cada vez mayores (justo el día en que se están planteando una ampliación del capital invertido). Simultáneamente, Hoffmann es víctima de un inexplicable ataque en su propia casa, que no es sino el preludio de una serie de incidentes extraños que le impiden atender correctamente al preocupante desarrollo de los acontecimientos en su empresa.

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Vaya por delante que Harris es mucho mejor escritor de novela histórica que de tecno thrillers. Cada una de las escenas, desde la inicial, parece estar gritando al lector lo importante que es recurriendo a los trucos más burdos del estilo bestseller. Al parecer, no existe suficiente confianza en lo que se narra, y toca potenciar la atención a base de sensacionalismo (incluso cuando lo narrado no tiene nada de sensacional). También se nota que lo de la inteligencia artificial es un desarrollo no premeditado. El autor quería escribir sobre la desregulación del sistema financiero, la avaricia estúpida que mueve a los grandes inversores y el miedo como herramienta de generación de riqueza (a costa de generar pobreza en muchos otros). Posiblemente, durante la documentación de la obra se tropezó con los algoritmos de inversión, sujetos como tantos otros procesos a la ley de Moore de incremento exponencial del desempeño, y unas cosas llevaron a otras, hasta que se encontró describiendo no sólo una crisis económica, sino una crisis singularista de manual.

Sí, es cierto que no sabe mucho lo que hacer con todo ello. Al final cae en los vicios típicos de subgénero (trillados hasta la saciedad por Michael Crichton), aunque al menos lo hace con cierto nivel de autoconsciencia (aprovecha la ambientación ginebrina para dejar caer numerosas referencias al “Frankenstein” de Mary Shelley). Ello no evita que durante al menos dos tercios de la novela, y prescindiendo de las tribulaciones exageradas del doctor Hoffmann, el desarrollo de los acontecimientos resulte estremecedoramente plausible. Luego a Robert Harris le entró vértigo. Posiblemente el llevar la trama a su conclusión lógica hubiera supuesto alienar a la mayor parte de sus lectores, así que se saca de la manga un muy poco convincente “contraataque” humano (coronado por una aún menos encomiable vuelta de tuerca final), para dejar las cosas más o menos como estaban.

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Una lástima. Echa a perder una novela más que recomendable, aunque por fortuna es lo bastante corta y ágil como para que esta “cobardía” final no moleste demasiado. Estamos acostumbrados a percibir la Singularidad como algo tremendo, apocalíptico (en plan Skynet arrasando el planeta con bombas atómicas), pero libros como “El índice del miedo” nos muestran que el auténtico peligro radica en que perderíamos el control de los acontecimientos frente a una inteligencia más rápida y potente (y si además está entrenada a considerar que el miedo en los mercados es algo bueno y deseable, pues apaga y vámonos).

La novela no llega a profundizar en casi nada, pero sí apunta en las direcciones correctas, y sólo por ello ya sería recomendable. También ocurre a menudo que a los escritores de ciencia ficción les pierde el ansia por buscar siempre el escenario más impactante posible, y ello puede hacer que ideas como la de la Singularidad parezcan lejanas y altamente especulativas. No está de más prestar de vez en cuando atención a escenarios más simples, que si luego el autor no se atreve a sacarles todo el jugo posible, para eso está la imaginación de cada cual… o no, que pensar demasiado en según qué cosas puede resultar muy, muy perturbador.

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¿Quién?

•julio 2, 2016 • Dejar un comentario

Algis Budrys es uno de los autores de la Edad de Plata que revolucionaron el modo en que se entendía la ciencia ficción, pero por alguna razón no lograron que su popularidad se mantuviera durante los vaivenes de las décadas siguientes. Demasiado tímidos estilísticamente para lo que exigía la New Wave, y demasiado raros para contentar a los que preferían la sencillez de los esquemas narrativos de la Edad de Oro, esa posición intermedia les condenó al olvido pasada la etapa de experimentación de los años 50 y principios de los 60 (en este grupo se incluyen nombres como Theodore Sturgeon, Walter M. Miller o incluso Philip K. Dick, que esquivó el destino de sus compañeros de generación gracias a un estilo único y personalísimo, pero que nunca llegó a ser un escritor popular; destino al que escapó Kurt Vonnegut gracias al éxito mainstream de “Matadero Cinco“).

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Budrys, de origen prusiano (aunque étnica y culturalmente lituano), era hijo del consul de Lituania en Nueva York, en el exilio desde la invasión soviética tras la Segunda Guerra Mundial; detalles biográficos significativos de cara a analizar su tercera novela, “¿Quién?” (“Who?”), publicada en 1958.

La obra proyecta hacia el futuro el enfrentamiento de bloques de la Guerra Fría, arrancando en algún momento de los setenta con la devolución de un prisionero muy especial a la GNA (Grupo de Naciones Aliadas): Lucas Martino, físico al frente del misterioso proyecto K-88, capturado por los soviéticos tras la explosión de su laboratorio, situado incomprensiblemente cerca de la frontera en disputa. Los problemas comienzan para Shawn Rogers, jefe de zona del servicio de contraespionaje aliado, cuando descubre la extensión de las operaciones que han debido realizar para salvarle la vida. No sólo el brazo izquiero de Martino es robótico, sino que también lo son buena parte de sus órganos internos. Lo peor, sin embargo, es que la cabeza está recubierta por completo con una prótesis craneal indiferenciada, que suple sus órganos sensoriales dañados pero también lo anonimiza por completo.

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El problema para Rogers surge cuando le resulta imposible determinar si aquel hombre es efectivamente Lucas Martino, o si su legendario contraparte ruso, Anastas Azarin (una referencia al cardenal Jules Mazarin, un figura clave en la historia del hombre de la máscara de hierro, fuente de inspiración principal de la novela), está intentando colarle un topo. Se impone así como prioridad la identificación unívoca del hombre, tarea que pronto se muestra poco menos que imposible, sobre todo en medio de la desconfianza y la paranoia del ambiente de Guerra Fría (con muchos puntos en común con la ficción de John Le Carre, que estaba a punto de iniciar su carrera literaria por esas mismas fechas).

La acción se divide en dos líneas temporales. Por un lado la que sigue al hombre de cabeza metálica, a medida que los servicios de inteligencia aliados intentan primero averiguar su identidad, y después mantener sobre él una vigilancia exhaustiva, mientras vive alejado de cualquier trabajo comprometido en los mismos escenarios (o no) de su niñez y juventud. Por otro, se nos presentan episodios de esa misma vida, desde el descubrimiento de la física hasta el momento justo de la devolución, pasando por su breve período en Nueva York (trabajando en la cafetería de un tío), su instrucción en el MIT, su accidente, reconstrucción e interrogatorio.

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Durante todo este proceso las dudas son constantes. No sólo por parte de Rogers respecto a la identidad real de aquel que pretende ser Martino, sino planteadas también por el propio Lucas mientras intenta analizarse a través de la introspección (no ayuda el tratarse de un genio rarito). Por no saber, no llegamos a descubrir siquiera qué es el K-88… y en el fondo no importa. Acentua la sinrazón de la Guerra Fría, la ridiculez de los ingentes recursos malgastados en empeños que no llevan a ningún sitio (todo lo más, a anularse mutuamente).

Se suele decir de “¿Quién?” que es una exploración de la identidad y de lo que nos hace humanos más allá de la mera apariencia. A ese respecto, se queda un tanto corta. Incluso su indagación en la sexualidad de Martino (nada muy atrevido, sólo la torpe relación con su primera… y única al parecer, novia) se queda en la mera superficie (ya es un adelanto con respecto a la alergia que el tema solía suscitar en la ciencia ficción, pero resulta un tratamiento demasiado tímido, sobre todo situándolo en perspectiva con lo que estaba a punto de llegar (sin ir más lejos, se puede considerar en muchos aspectos “Espinas“, publicada por Robert Silverberg en 1967, como la versión 2.0 del mismo escenario básico, aunque en su caso la modificación corporal es debida a unos alienígenas y la complejidad temática sube varios niveles).

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Otro pequeño defecto es que para ser tan breve no maneja correctamente la dosificación de la información y alcanza el clímax final demasiado pronto, dejando un epílogo explicativo (con una vuelta de tuerca que se ve venir a kilómetros) excesivamente largo.

Pese a todo ello, “¿Quién?” es una novelita satisfactoria, que insinúa alguna que otra reflexión de mayor calado (como la relación especular entre Rogers y Azarin, que se contemplan mutuamente como entes casi legendarios y sólo se humanizan cuando la narración los hace protagonistas). Se nota que Budrys vuelca en ella muchas vivencias personales (Martino, como él mismo, es hijo de inmigrantes, y la relación este-oeste es algo que afectaba de primera mano a su familia).

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En 1959, “¿Quién?” fue finalista del premio Hugo (el primer año en que se dieron a conocer los finalistas), junto con “Consigue un traje espacial, viajarás” de Robert A. Heinlein, “Immortality Inc.” de Robert Sheckley y “The enemy stars” de Poul Anderson. La victoria fue para “Un caso de conciencia“, de James Blish (uno de los premios Hugo menos destacados).

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