Corum: Trilogía de las espadas

•julio 27, 2021 • 6 comentarios

Entre finales de los años sesenta y sobre todo la primera mitad de los setenta, Michael Moorcock se hallaba inmerso en la estructuración de la superhistoria del Campeón Eterno. De esta época más o menos data la consolidación de la serie de Elric de Melniboné (personaje que había debutado en 1961, pero cuya saga se estructura inicialmente entre 1972 y 1977), así como la escritura del cuerpo principal de las historias de otras reencarnaciones del héro arquetípico como Dorian Hawkmoon (la tetralogía del bastón rúnico entre 1967 y 1969 y las Crónicas del castillo de Brass entre 1973 y 1975), las dos primeras novelas de Erekosë en 1970, el cuarteto original sobre Jerry Cornellius (1969-1977) y por último las seis novelas sobre Corum Jhaelen Irsei (1971-1974).

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Esto es, por supuesto, una enorme simplificación, porque casi toda su obra puede engarzarse de algún modo en el ciclo del Campeón eterno, ya sean subciclos escritos durantes este período como la trilogía de los Bailarines al Final del Tiempo (1972-1976), con anterioridad como la trilogía de Kane del Viejo Marte (1965) o posteriores como los libros sobre la familia Von Beck (inicialmente 1981-1986, y más tarde, entrelazada con la saga de Elric, 2001-2005). Eso por no hablar de nuevos libros de Elric (1981-1991), Erekosë (1987) o Jerry Cornelius (sobre todo en forma de novelas cortas).

Como se puede apreciar, no es para nada una estructura sencilla, así que por simplificar como decía, podemos asilar un período entre aproximadamente 1967 y 1975 (entre las novelas de Dorian Hawkmoon “La joya en la frente” y “En busca de Talernon”) que constituye el núcleo central de la saga del Campeón Eterno y del concepto del Multiverso (con algún que otro cabo suelto atado a posteriori, como en las novelas de Elric “Marinero de los mares del destino“, de 1976,  y “La torre evanescente”, de 1977). Las seis novelas de Corum, el príncipe de la túnica roja, publicadas en rápida sucesión entre 1971 y 1974, constituyen por tanto un elemento central de la serie.

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Corum es un vadhagh, un miembro de una de las antiguas razas que habitan una porción del multiverso organizada en quince planos (que antaño les habían sido accesibles). Tras las cataclísmicas guerras con sus grandes rivales los nadragh, su cultura ha ido decayendo poco a poco, hasta el punto en que viven sus largas existencias dedicados al ocio, sin apenas contacto entre los distintos castillos. En estas, una nueva raza, los mabden, hace su aparición. Considerados inicialmente por los vadhagh poco menos que subhumanos, su poder va sin embargo acrecentándose, hasta el punto de iniciar una campaña de exterminio contra las razas antiguas, que tiene tal éxito que Corum, mutilado (sin su mano y ojo izquierdos), queda como último vadhagh y jura vengar a los suyos.

Estos acontecimientos vienen motivados por un cambio en la hegemonía de los quince planos, pues si antes pertenecieron a los dioses de la Ley (que crearon a vadhagh y nadragh), ahora se encuentran bajo el dominio de los tres dioses hermanos del Caos: Arioch, Xiombarg y Mabelode; el Caballero, la Reina y el Rey de las Espadas, regente cada uno de ellos de cinco planos, cuyo propósito es borrar las obras de sus antecesores y poblar el mundo con sus propias criaturas, los mabden.

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De acuerdo con la mitología de Moorcock, Corum se convierte en una encarnación del Campeón Eterno, una herramienta de la Balanza para restablecer el equilibrio, combatiendo en este caso a los dioses del Caos, acompañado por figuras arquetípicas como la Consorte Eterna (en este caso, la margavrina Rhalina, pese a ser también mabden, aunque de un reino no alineado con el Caos) y, más adelante, el Compañero Eterno, Jhary-a-Conel (que hace su aparición en el segundo libro, con la peculiaridad de ser consciente de su papel y recordar pasadas y futuras reencarnaciones).

Delinear en mayor medida la trama no tiene mucho sentido, porque la trama en sí es totalmente secundaria. Moorcock, fiel a su filosofía, reniega de elementos que ya se habían convertido en indispensables de la fantasía como un contexto físico definido. Sus personajes saltan de forma poco menos que aleatoria de plano en plano y a través del tiempo o incluso de los universos (e incluso el limbo entre ellos), llegando a encontrarse incluso con manifestaciones alternativas de ellos mismos y llegando a unir fuerzas con otras encarnaciones del Campeón Eterno (Elric y Erikosë), en una batalla a muerte con los dioses del caos (primero Arioch, en “El caballero de las espadas”, 1971; luego su hermana Xiombarg en “La reina de las espadas”, 1971; y finalmente Mabelode, el Dios sin Rostro, en “El rey de las espadas”, 1972). En el caso de Corum, sin embargo, el instrumento de poder no es una espada negra, sino la mano de Kwll y el ojo de Rhynn (dos Viejos Dioses, anteriores incluso al Orden, la Ley y la Balanza).

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Detalles anecdóticos aparte, hay muy poco que diferencie a Corum de, digamos por ejemplo Elric. Del mismo modo que con aquel, sus aventuras tienen un punto de absoluta aleatoriedad y otro de dirección forzada por fuerzas externas (dioses, brujos, la guía de su compañero o incluso la voluntad independiente de la mano de Kwll). Esa falta de agencia puede llegar a resultar casi tan exasperante como la reiteración de soluciones a los conflictos, con un tufillo (a veces una peste) a deus ex machina. Todos los enfrentamientos de “La reina de las espadas”, por ejemplo, se resuelven exactamente del mismo modo: haciendo uso de la mano de Kwll para llamar en auxilio de los héroes a los enemigos previamente derrotados. Corum deambula de un lado para otro (y de un tiempo para otro, y de un universo para otro) sin entender nunca nada de lo que ocurre, obedeciendo las instrucciones del primero que parece saber algo más sobre cómo funciona el multiverso (a partir de “La reina de las espadas”, ese alguien suele ser Jhary-a-Conel).

Con un héroe carente por completo de carisma, la trilogía se apoya en dos elementos. Por un lado está la imaginación de Moorcock para evocar paisajes y personajes exóticos, que resulta de todo punto innegable, aunque también, a la postre una mera exhibición de fuegos artificiales, porque por diseño no existe una coherencia interna que de soporte a todas esas imágenes. Por otro, la plasmación de la supertrama que podríamos tildar de cósmica, con ese conflicto eterno entre la Ley y el Caos, esa poderosa Balanza a la que sirve a su pesar Corum, esos movimientos cataclísmicos entre esferas, esas confluencias cósmicas que ponen en peligro la esencia misma del (multi)universo.

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Son conceptos potentes, aunque a la postre la negativa de Moorcock de atarse a nada hace que termine percibiéndose el conflicto como puro ruido inconsecuente. Ahora gana el Caos, ahora la Ley, pero contraataca el Caos, y vuelve la Ley por su fueros con un poco de ayuda tramposa… No hay propósito, no hay nada ulterior. Falla incluso, a mi entender, su huida de la vieja dicotomía bien/mal, porque a la postre acaba asociando el Caos con valores tradicionalmente considerados malignos. La trilogía de Corum (y, en general y por lo que le he leído, todo su superciclo de El Campeón Eterno) no desarrolla tanto una filosofía como plantea una base ideológica para la misma… aunque al final no tiene ni idea de qué hace con ella.

No quiero dar una impresión de excesivo disgusto. La trilogía se lee con facilidad y, como ya he mencionado, presenta aquí y allá imágenes sugerentes. Su apuesta por relativizar tiempo y espacio, al tiempo que realiza una exploración casi metaliteraria de conceptos arquetípicos (el héroe, el acompañante, el interés romántico, la ciudad arquetípica de Tanelorn…), así como su buena disposición a traicionar expectativas, fue novedosa, y sin duda hubiera funcionado mejor con algo menos de paja. En vez de tres novelitas, totalizando algo más de quinientas páginas, la misma historia bien estructurada en la mitad de espacio hubiera sido mucho más satisfactoria. Al leer a Moorcock hay que tener muy presente sus limitaciones narrativas y estilísticas, sobre todo en esta época en que su nivel de producción fue extraordinario (a costa de todo lo mencionado).

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En 1972 “The knight of the swords” conquistó el primer premio August Derleth, concedido por la British Fantasy Society, distinción que repetiría en 1973 para con “The king of the swords”. No solo eso, sino que en 1975 se le concedió su tercer August Derleth por “The sword and the stallion”, la tercera entrega de la segunda trilogía de Corum (la de la Mano de Plata), en la que potenció los elementos mitológicos celtas que ya estaban en cierto modo presentes en la trilogía original (con los vadhagh pudiendo equipararse a grandes rasgos con los tuatha dé dannan).

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El clamor del silencio

•junio 27, 2021 • Dejar un comentario

La de Wilson Tucker es una carrera curiosa dentro de la ciencia ficción. A lo largo de más de sesenta años hizo todo cuanto podía hacerse en el campo sin llegar realmente a profesionalizarse. Muy activo desde 1932 en el terreno de los fanzines (y en la sección de cartas de los aficionados en las revistas), su primera venta profesional se produjo en 1941 con el relato “Interestellar way-station”, al que seguirían durante los treinta y cinco años siguientes veintitantos más, junto con una veintena de novelas de misterio y ciencia ficción (diez y diez), todo ello sin dejar nunca su trabajo principal como proyeccionista.

Fue hacia el final de su período más activo, en 1976, cuando recibió su mayor distinción, el premio John W. Campbell Memorial, concedido de forma excepcional a “El año del sol tranquilo“, novela publicada en realidad seis años antes (el jurado quiso así protestar por la poca calidad de las obras recibidas como candidatas). La novela había sido ya en su año finalista de los premios Hugo y Nebula, y en la edición anterior Tucker se había alzado con el premio Hugo al mejor escritor aficionado.

¿Hubiera cambiado en algo esta trayectoria si Tucker se hubiera alzado con el primer premio Hugo de novela de la historia? No es algo tan descabellado. Un informe de progresos de la Worldcon de 1953 desvela que por entonces, a un mes más o menos del cierre de la votación, su segunda novela de ciencia ficción, “El clamor del silencio” (“The long loud silence”), se encontraba en segunda posición, por detrás de la finalmente ganadora, “El hombre demolido“, de Alfred Bester.

“El clamor del silencio” (1952) es una de las primeras novelas postapocalípticas que lidiaron con la posibilidad de una guerra nuclear (por detrás de “Shadow of the hearth”, de Judith Merrill, en 1950; y “Ape and essence”, de Aldous Huxley, en 1948). En ella, Gary Russell, un cabo del ejército estadounidense, se despierta cierto día de una borrachera y se ve en medio de una ciudad devastada y abandonada. Tras ciertas peripecias, descubre que el todo noreste del país ha sido atacado por un enemigo ignoto, que ha arrasado las grandes ciudades con bombas atómicas y ha esparcido por el resto del territorio terribles enfermedades. Se inicia, pues, una lucha por la supervivencia en la que Gary es… ¿el héroe?

Es muy fácil malinterpretar “El clamor del silencio”. Superficialmente, sería lógico confundirla con una de las típicas narraciones aventureras que proliferaron en las revistas pulp. Al fin y al cabo, ¿qué había más heroico que un soldado americano, veterano de la Segunda Guerra Mundial, enfrentado a una situación extrema en la que la supervivencia depende del coraje y la astucia? Si a esto le añadimos la injusticia del ataque sin aviso ni provocación, tenemos los mimbres necesarios para confeccionar una típica historia confortadora de superación.


Nada de eso. “The long loud silence” es de 1952, y eso nos permite contextualizarla de un modo diferente. En esa época, antes de que la amenaza de la guerra nuclear fuera patente (la Unión Soviética había realizado hasta la fecha un total de tres pruebas nucleares exitosas, por alrededor de una treintena de los americanos), el gobierno de los EE.UU. se estaba esforzando denodadamente en un lavado de cara, tratando de vender la idea de que la energía atómica era el futuro y estaba por abrir un período de prosperidad sin parangón y de que los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki habían sido justos, necesarios y proporcionados.

Con “El clamor del silencio”, Wilson Tucker desafía todo esto, y lo hace volviendo las tornas y situando el territorio norteamericano como receptor de un ataque combinado atómico/biológico (aunque he de hacer constar que Tucker no tenía una idea muy certera sobre los efectos de ninguno de esos agentes). En la novela no importa tanto quién es el responsable (algo que nunca llega a saberse) como la reacción de los ciudadanos y del gobierno en funciones, que delinea una frontera interna impenetrable a lo largo del río Mississipi. Todo lo que queda al este de ella es territorio salvaje, abandonado a su suerte, mientras que al oeste del masivo curso fluvial la vida sigue adelante de forma más o menos inalterada.

En estas condiciones, Gary hace lo que considera necesario para sobrevivir… y Gary no es un ser humano particularmente ético.

“El clamor del silencio” no es una novela de aventuras. Es una denuncia. Es una exploración amarga de lo peor del ser humano y de la auténtica naturaleza brutal de las nuevas armas de destrucción masiva que con tanta levedad habían introducido los generales estadounidense en el antiguo campo de juegos de la guerra (aunque no llegó a emplearlas, el programa de desarrollo de armas biológicas había sido aprobado por Roosevelt en noviembre de 1942 y siguió a pleno rendimiento tras la guerra hasta su cancelación por parte de Nixon en 1969). Del mismo modo, replicaba de un modo todavía más cruel la despreocupación de la sociedad estadounidense para con los efectos reales de estas armas, transformando esa ceguera selectiva en un impulso fraticida, que lleva incluso a la deshumanización de los compatriotas que han sido víctimas del brutal ataque, para así poder desentenderse de ellos sin cargo de conciencia.

Lo curioso es que esta actitud parece encontrar eco entre cierto sector de los lectores, que por sus comentarios prefieren ver en Gary a un héroe y se sienten defraudados cuando una vez tras otra resulta poco convincente en ese papel. A ello ayuda el que Gary esté siempre lleno de excusas para actuar como lo hace (lo que convierte el punto de vista narrativo en no fiable, al encontrarse centrado en su persona). La misoginia (que hoy en día resulta tal vez más patente) es casi la menor de sus flaquezas. Gary es mentiroso, violento, artero y, sobre todo, brutalmente egocéntrico. Es un ganador, como el personaje principal de “Más verde lo que creéis” (Ward Moore, 1947), un superviviente… y de igual modo, un grandísimo hijo de puta.

Todo esto quedaba dibujado a la perfección en un final mucho más duro y despiadado del que finalmente llegó a imprenta (el editor se empeñó en darle la vuelta y suavizarlo, demostrando con ello que no había entendido nada). De él indicaré solamente que implicaba canibalismo… y que hubiera terminado de redondear una novela de esas que golpean por sorpresa donde más duele.

“El hombre demolido” es un novelón, y personalmente lo sigo situando por encima de “El clamor del silencio” (tanto a nivel espaculativo como literario), pero esta historia de Wilson Tucker no la desmerece en absoluto… y al fin y al cabo el triunfo es más dulce cuando se ha logrado frente a adversarios dignos.

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The sirens of Titan (Las sirenas de Titán)

•junio 23, 2021 • Dejar un comentario

Tras publicar en 1952 su primera novela, “La pianola”, una distopía relativamente tópica, Kurt Vonnegut encontró finalmente su voz distintiva en 1959, con su segunda novela, “Las sirenas de Titán” (“The sirens of Titan”). En esta obra ya se aprecia el postmodernismo que caracterizaría su carrera, así como el pesimismo existencial que se encuentra en su núcleo y con el que lidia a través del humor negro.

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El eje vertebrador de la historia lo constituye Winston Niles Rumfoord, un ricachón que, tras armar su propina nave espacial, se ha adentrado en un infundibulum crono-sinclástico, que lo ha transformado junto con su perro Kazak en un fenómeno ondulatorio que se extiende en espiral entre el Sol y Betelgeuse, manifestándose físicamente cada vez que la Tierra (u otro astro) interseca con la espiral. Al comienzo de la historia, Rumfoord ha convocado a Malachi Constant, el hombre más rico (y afortunado) de la Tierra, a su última aparición, y allí le confia que se emparejará con su mujer Beatrice (que lo detesta) y tendrá un hijo (Crono) con ella, que viajará a Marte y luego a Mercurio y finalmente a Titán, donde le esperan las epónimas sirenas. El resto de la novela consiste básicamente en el cumplimiento de esta profecía, de modo que el lector es tan omnisciente como el cronosinclásticoinfundibulado Rumfoord. Lo cual, a la postre, no importa en absoluto.

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Ese es el punto al que quiere llegar Vonnegut: la vida es absurda, no tenemos control sobre ella, cualquier percepción de libre albedrío es un espejismo y nada tiene sentido, por mucho que nos empeñemos en encontrárselo. Un concepto tan pesimista solo podía transmitirse de una forma, con humor, y por eso “Las sirenas de Titán” es en el fondo una novela cómica, con un humor negro que a la postre se está riendo de la broma suprema que es la existencia humana.

Para transmitir esta idea, el autor juega con distintos elementos cooptados desde la ciencia ficción pulp: naves espaciales, extraterrestres (el trafalmadoriano varado en Titán) que son a su vez robots, tecnologías de control mental, extraños ecosistemas mercurianos… El enfoque, sin embargo, no puede ser más divergente, pues si en aquellas historias es central el concepto del héroe protagonista, con agencia para imponer su voluntad al propio universo, aquí los protagonistas no solo se encuentran inermes ante el desarrollo de los acontecimientos, sino que su misma identidad es maleable, con lo que la novela los despoja incluso de lo más íntimo del ser humano, el concepto del yo.

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Tan solo Rumfoord, en su omnisciencia cronosinclástica, es consciente en todo momento de lo que deparará el futuro (y deparó el pasado), y por ello es una figura más trágica incluso, porque es así el único plenamente consciente de su absoluta carencia de libertad.

Aparte de los elementos propios de la ciencia ficción, Vonnegut extrajo inspiración de sus experiencias personales, en particular de su participación en la Segunda Guerra Mundial. No de un modo tan directo y personal como en Matadero Cinco” (1969), pero sí recalcando lo absurdo que fue todo aquel sufrimiento a través de uno de los episodios más significativos de “Las sirenas de Titán”, la guerra entre los “marcianos” y la Tierra (otro tema clásico subvertido), que conduce a un replanteamiento de la religión y a la creación (auspiciada, como siempre, por Rumfoord) de la Iglesia de Dios, el Absolutamente Indiferente.

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De nuevo se recalca que no hay propósito. No hay nadie ahí arriba que se preocupe de un modo particular por ninguno de nosotros. Nuestras vidas no tienen sentido. Son una mera sucesión de accidentes aleatorios.

Hacia el final de la novela se nos revela que a la postre sí que había un sentido para todo (aunque no sea muy halagador para el ser humano)… e inmediatamente después queda desvelado que hasta ese propósito es absurdo. No hay escapatoria. Vonnegut no nos deja ni un resquicio para la esperanza, ni un minúsculo y tortuoso sendero hacia la trascendencia. ¿Qué queda pues? Según concluye Malachi Constant al final de todas su peripecias, “El propósito de la vida humana, sin importar quién la controle, es amar a quienquiera que se encuentre cerca para ser amado”.

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Aunque he comentado que con “Las sirenas de Titán” Vonnegut encontró su estilo, lo cierto es que no me parece que sea una novela tan redonda como las que llegarían después. No me refiero solo a “Matadero Cinco”, que es una obra maestra, sino incluso a “Cuna de gato” (1963), publicada apenas cuatro años después, pero con un equilibrio mucho más medido entre humor y pesimismo (en el cómputo global, “Las sirenas de Titán” acaba inclinada en exceso hacia el segundo).

Desde luego, cuando se publicó en 1959 fue algo totalmente diferente a lo que los lectores de ciencia ficción estaban acostumbrados, lo cual no fue óbice para que fuera nominada al premio Hugo de aquel año. Su derrota frente a “Tropas del espacio“, de Heinlein, levantó cierta polémica entre quienes valoraban lo arriesgado de la propuesta de Vonnegut por encima del clasicismo de la space opera militarista heinlenita. Con el correr de los años, sin embargo, tal vez acertaran con la obra más influyente. Poco podía nadie imaginar que Vonnegut acabaría apartándose de vacío de la ciencia ficción.

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Aquel año el quinteto de finalistas se completó con “Dorsai“, de Gordon R. Dickson (la otra fundadora de la rama militarista de la ciencia ficción), así como las menores “The pirates of Zan“, de Murray Leinster, y “That sweet little old lady“, de Mark Phillips (Laurence Janifer y Randall Garrett).

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Dorsai

•junio 15, 2021 • 1 comentario

Dos novelas de 1959 sentaron las bases de toda la ciencia ficción militarista posterior. Por un lado, desde el punto de vista del soldado de a pie (o de armadura autoimpulsada, en este caso), tenemos “Tropas del espacio“, de Robert A. Heinlein, que detalla la experiencia del joven Johnny Rico desde su alistamiento hasta sus primeras acciones de combate. Por otro, Gordon R. Dickson se situó con “Dorsai” (“Dorsai!”, serializada originalmente en Astounding como “The genetic general”) en la piel de un oficial, integrado en la cadena de mando (e involucrado, por tanto, en la toma de decisiones estratégicas).

De forma ultracondensada, se nos muestran en la novela los primeros destinos de Donal Graeme, un Dorsai recién licenciado al inicio de la historia que emprende una fulgurante carrera militar en el escenario diseñado por Dickson de dieciséis mundos colonizados por la humanidad, la mayor parte de ellos especializados en el entrenamiento de un tipo muy particular de trabajadores, que constituyen invariablemente su principal producto de exportación, integrado en un estricto sistema de contratos. En el caso de Dorsai, lo que venden al resto de mundos son soldados de élite, formados bajo una estructura casi espartana y destinados al mando (la carne de cañón ya la proporcionan los Amistosos, fanáticos religiosos de Epsilón Eridiani).


Pero incluso entre los dorsai Donal es extraño, hay algo en él que desconcierta a quienes lo conocen, y esta peculiaridad pronto se verá puesta a prueba, cuando apenas iniciada su carrera se tropieza con quien será su némesis, el político William de Ceta. El antagonismo bulle en segundo plano mientras ambos van disponiendo sus piezas en el tablero de juegos que es el escenario de los dieciséis mundos habitados (en ocho sistemas estelares diferentes). Por añadidura, a lo largo de sus aventuras Donal descubre que podría ser el producto final (accidental) de un megaproyecto genético de los Exóticos de Procyon para obtener un superhombre.

Si todo eso suena vagamente familiar, tal vez sea porque es muy, muy difícil leer “Dorsai” y no pensar en “Dune“, de Frank Herbert (1965, aunque con la versión original de su primera parte, “Dune World”, escrita entre 1963 y 1964). Hay temas que siguen un desarrollo casi calcado, y en definitiva la idea del líder mesiánico está en la base de ambas obras). El universo y sobre todo los personajes de “Dune” están, sin embargo, mucho más trabajados, y tal vez su filosofía de base sea más compleja (al menos por lo que puede determinarse a través de la lectura aislada de “Dorsai”).

Con “Dorsai”, Dickson dio inicio a una serie de novelas, tituladas en su conjunto el ciclo de Childe (en referencia al poema “Childe Roland to the dark tower came”, de Robert Browning), aunque es muy común referirse a él simplemente como el ciclo Dorsai. A través de esta serie inconclusa, Dickson intentaba transmitir ideas filosóficas sobre el destino futuro de la humanidad. El núcleo central lo componen seis títulos, que abarcan acontecimientos desarrollados entre el siglo XXI y el XXIV: las precuelas “Nigromante” (1962) y “La estrategia del error” (1971), la paracuela “Soldado, no preguntes” (1967, a partir de una novela corta homónima que recibió en 1965 el premio Hugo de narración corta) y las secuelas (inéditas en español) “The final encyclopedia” (1984) y “The Chantry Guid” (1988). Dickson falleció antes de poder escribir la séptima entrega, “Childe”, que tendría que haberlo cerrado todo.

Junto con esto, hay dos novelas cortas y dos relatos paralelos, compilados en “El espíritu de los dorsai” (1979) y “El dorsai perdido” (1980), así como tres novelas, publicadas entre 1991 y 2007, ambientadas en el mismo escenario y concebidas quizás para dar mayor entidad al antagonista final de la serie, pero sin formar parte oficialmente del ciclo (“Young Bleys”, “Other” y “Antagonist”, esta última completada póstumamente por un colaborador de Dickson). En su última década de vida, Dickson encontró el éxito explotando su otra gran serie, la de fantasía del Caballero Dragón (iniciada en 1976 con “La torre abominable“), y tal vez esa dedicación sea la responsable de dejarnos sin conclusión.

De forma preliminar (extraer conclusiones de una serie a partir de una única entrega es arriesgado cuando menos, aunque por lo que tengo entendido las virtudes y defectos de este primer volumen constituyen la tónica general), sugeriría que las intenciones de Gordon R. Dickson son demasiado ambiciosas o, tal vez, que la ejecución no está a la altura. Recurre en “Dorsai” a personajes acartonados, sin apenas rasgos distintivos, y a una estructura entrecortada que no deja apenas espacio para que se desarrolle la trama.

Lo que no puede negársele al ciclo de Childe es que intentó ir más allá de la simple aventura de la que solía nutrirse la space opera, fundamentándose en grandes ideas y que, en cualquier caso, su  legado es incuestionable, percibiéndose sus ecos en series tales como la del CoDominio de Jerry Pournelle (“El soldado“, 1976), “El juego de Ender” de Orson Scott Card (1985, aunque la novela corta es de 1977), la serie de Honor Harrington de David Webber (“El honor de la reina“, 1993) o, quizás especialmente, las primeras novelas de la saga de Miles Vorkosigan de Lois McMaster Bujold (por ejemplo, “El juego de los Vor“, 1990).

Solo eso ya basta para justificar su nominación al premio Hugo de 1960, que perdió precisamente ante su gran rival, “Tropas del espacio” (una victoria merecida, porque la novela de Heinlein, con un planteamiento mucho más simple, es también más sólida desde un punto de vista puramente literario). En el quinteto de finalistas destacaba también “Las sirenas de Titán“, de Kurt Vonnegut, también un paso por delante de “Dorsai” (hubo cierta polémica, suscitada por quienes la veían como más justa ganadora), aunque la novela de Dickson podría situarse sin problemas por delante de los otros dos títulos: la space opera resultona de “The pirates of Ersatz“, de Murray Leinster, y la parodia de telépatas de Mark Phillips “That sweet little old lady“.

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Ayantek

•junio 5, 2021 • 3 comentarios

Sin dinero, aquí eres comida para zamuris.

“Ayantek” (2019), la novela debut de Miriam Jiménez Iriarte (tras darse a conocer como vencedora del primer premio Ripley con “Granja-357” en 2017), no tiene tiempo ni ganas de tratar a sus lectores con delicadeza. Empieza con un puñetazo en la boca. Te patea luego, cuando estás en el suelo. Superficialmente parece una historia de fantasía épica, pero no lo es. Para empezar, no es fantasía, aunque lo parezca. Tampoco es épica. No puede estar más lejos de la épica. En todo caso, sería anti-épica.

“Ayantek” no trata sobre elegidos y profecías. No va de luchas fatídicas que puedan ganarse. En realidad va de derrotas. De sufrir una derrota tras otra y de sobrevivir a ellas. Y sí, tal vez vaya de venganza. Tal vez de devolver, por una vez, el golpe. Tal vez de romper la baraja y negarse a seguir jugando con unas cartas marcadas.

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La ciudad de Avacornis alberga a una casta favorecida de Bendecidos, capaces de utilizar el Don. Son muchos más los Durmientes. Granjeros, artesanos, mercenarios, taberneros, putas… Su vida depende de poder protegerse por la noche con símbolos de poder. Porque la noche pertenece a los zamuris. Avacornis es una teocracia. La Voz transmite las órdenes de los Ghyldif, que viven en Ayantek. Tal vez tras la muerte asciendas a Ayantek. Lo más probable es que despiertes en Ud-Haddkram, con los demonios.

Phadag-Llungan también posee su propia Voz. Había una Voz en Champtalion, pero de Champtalion ya solo quedan ruinas. Sus habitantes son refugiados que sobreviven vendiéndose al mejor postor, recordando con añoranza sus blancas moradas frente al gran Azul. Recuerdan si lo desean. Algunos prefieren olvidar. Olvidar Champtalion, olvidar a su familia, olvidar la Voz, olvidarse de sí mismos. Sobrevivir.

Kora es la hija durmiente del director de la escuela de sanación de Avacornis. Sin Don su destino está escrito. Mientras tanto permanece a merced de maese Fiacco, su tutor. Mientras su padre se emborracha y dirige todos sus esfuerzos a mantener prisionero al demonio que casi destruyó la ciudad, ella tiene que reconstruirse una y otra vez tras cada fracaso, tras cada decepción, tras cada noche de lágrimas y humillación. Kora está rota, quebrada más allá de cualquier posible reparación. Kora odia. A su ciudad, a los bendecidos, a maese Fiacco, a los Ghyldif… pero sobre todo a sí misma.

Kora

Asterkia es una mercenaria. Tenía una joven a su cuidado, ahora solo a un niño retrasado. El niño no es suyo. El suyo no llegó a nacer. Arrancaron el feto de su vientre. Ahora pelea, folla, consume fuego. Sobrevive como puede, aunque cada vez es más difícil. Cada vez le quedan menos razones para recordar lo que es ser humana.

Chotacabras es un renegado. Ha renunciado a su legado, a su pueblo, a su nombre, hasta a su honra. Sobrevivir en Avacornis es difícil. Tanto más para alguien como él. Si sobrevivir implica dejarse atrapar por el Puño, así sea. Todo el mundo necesita un padrino, y el padrino de Puño y sus dedos es el más despiadado. Todos en Avacornis saben que Puño es el lacayo de Lobo, y que no conviene entrometerse en sus asuntos.

“Ayantek” dibuja un tapiz de crueldad, de miseria, de abusos, de dominación. Cada nivel oprime al inmediatamente inferior, cada oprimido sueña con ascender y convertirse en dominador. Pero eso es una mentira. Siempre hay otro nivel por encima. Nunca puedes escapar de la red tejida por el dinero, por el Don, por la religión. Todos son víctimas y todos verdugos.

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Miriam Jiménez Iriarte nos lanza sin previo aviso en medio de todo eso. No es solo que la novela empiece en media res, es que cada capítulo reproduce a escala el mismo esquema. Empezamos a leer desorientados, sin saber muy bien dónde nos hemos metido. Poco a poco, entre los golpes, empieza a clarificarse la trama, empezamos a percibir el conjunto con mayor claridad. Empezamos a ver cómo encajan los personajes entre sí.

Descubrimos entonces lo que ya he avanzado, que no estamos ante una historia épica. La supervivencia rara vez lo es. Es una historia sucia, de personajes hundidos que siguen recibiendo golpes, que cuando creen que ya lo han perdido todo, aún pueden caer más bajo, aún pueden traicionarse más. Pero todo tiene un límite. La tensión va a acumulándose, como en una goma elástica estirada al máximo, hasta que de repente estalla. Cuando de verdad ya no queda nada por perder, ganar tampoco es tan importante.

“Ayantek” no es para nada una historia esperanzadora. La novela nos habla de opresión, y refleja muchas formas de dominación: económica, religiosa, racial, sexual… Nos habla de las mentiras que sostienen el sistema, y de cómo este sistema llega al límite y lo supera, porque es incapaz de calibrar su resistencia. De cómo, a la postre, se resquebraja; de cómo sufre una transformación cataclísmica. Nos recuerda que las revoluciones suelen llegar cuando aguantar se ha vuelto definitivamente imposible, y ahí quizás sí que haya algo de épica. La épica desesperada de los perdedores. La revancha de los fracasados.

zamuri

Un aviso. Para comprender todo esto, para compartir ese estado de ánimo, primero hemos de hundirnos. Y “Ayantek” se asegura de machacarnos concienzudamente. El gusano ha de morir para poder transformarse en mariposa.

Por desgracia, casi en cualquier tiempo y lugar el mensaje de la novela sería pertinente. Vivimos una época, sin embargo, en que tal vez los paralelismos resulten especialmente evidentes. “Ayantek” lo lleva al extremo, pero las dinámicas que muestra (de poder, de control, de sumisión, de estratificación, de enfrentamiento…) son perfectamente reconocibles. Tal vez deberíamos ir pensando en cambiar alguna cosa, con tranquilidad, antes de que no haya más remedio y el cambio, simplemente, estalle.

Otras opiniones:

The pirates of Zan (The pirates of Ersatz)

•mayo 31, 2021 • 2 comentarios

Murray Leinster (William Fitzgerald Jenkins) representa un caso particular entre los escritores de las revistas pulp de ciencia ficción, en el sentido de que él había comenzado a publicar antes de que se impusiera la separación por géneros a mediados de los años veinte. Su primer cuento se publicó en 1916, cuando apenas contaba con veinte años, en la revista literaria The Smart Set. Durante los años siguientes siguió contribuyendo a diversas revistas, incluyendo Argosy, a la que vendió en 1919 su primer cuento de ciencia ficción.

Cuando las revistas pulp se especializaron, Leinster simplemente diversificó su producción, publicando indistintamente relatos de aventuras, del oeste, de terror, de detectives e incluso románticos. Por supuesto, también siguió produciendo historias de ciencia ficción, primero para Amazing Stories, la publicación pionera de Hugo Gernsback, y posteriormente también para Astounding, adaptándose sin problemas a las exigencias literarias un poco más elevadas de la Edad de Oro; después de todo, durante este lapso siguió contribuyendo asiduamente a revistas más “serias” como Collier’s Weekly o Esquire (algo que pocos, muy pocos de los autores que iniciaron su andadura en el pulp especializado lograron replicar).

The_Pirates_of_Zan

Durante cincuenta años Murray Leinster no dejó en ningún momento de publicar, contando en su haber con más de mil quinientos relatos, decenas de novelas (treinta y nueve solo de ciencia ficción; a las que sumar una docena del oeste bajo el seudónimo de Will F. Jenkins… que a veces usaba, junto con William Fitzgerald y Fitzgerald Jenkins, cuando en el mismo número de una revista iba a publicar dos o más cuentos; así como títulos de misterio, romance o aventuras). Junto con esto, escribió guiones televisivos y radiofónicos y hacia finales de los años sesenta se le encargó la producción de novelizaciones las series The Time Tunnel y Land of the Giants cuando esto todavía no era una práctica habitual.

Su popularidad durante aquello años fue tremenda, aunque esto no termina de reflejarse en los premios (cuenta con un único premio Hugo, en 1956, por el magnífico relato largo “Equipo de exploración”, perteneciente a su serie Colonial Survey y con interesantes conceptos ecológicos), porque pese a la calidad muy por encima de la media de su prosa, nunca llegó a adaptarse a los gustos un poco más sofisticados que se fueron desarrollando en los años cincuenta y sesenta. Él escribía novelas de aventuras, con conceptos a veces innovadores (su relato de 1945 “First contact” dio nombre a todo un subgénero y “Sidewise in time”, de 1939, no solo es uno de los primeros cuentos sobre universos paralelos, sino que ha dado nombre a los premios Sidewise de historia alternativa), pero ancladas de todas formas en los modelos clásicos decimonónicos (pese a todo, eran auténticas historias de ciencia ficción, no meras trasposiciones al espacio de historias del oeste, de misterio o de exploraciones).

Un buen ejemplo de todo esto lo encontramos en “The pirates of Zan” (serializada originalmente como “The pirates of Ersatz” en 1959 en Astounding).

Astounding_Feb1959

Acusado injustamente de un crimen terrible, el ingeniero Bran Hodder se ve empujado a una vida de fugitivo, que indefectiblemente acaba conduciéndolo hacia el negocio familiar del que había estado huyendo, que no es otro que el de la piratería espacial. Una piratería, eso sí, un tanto light, sin derramamiento de sangre inocente, (supuestamente) perjuicio económico, ni intereses egoístas. Es más, todo viene motivado por el deseo de ayudar a unos pobres exiliados (inspirados quizás en los refugiados judíos descritos por Leon Uris en la novela “Éxodo”, de 1958, que se había convertido en el mayor éxito editorial de los últimos veinte años en los EE.UU.)

“The pirates of Zan” es una novela de aventuras bien construida, con los típicos personajes simples pero resultones de la época. Se inspira claramente en modelos previos: las novelas de piratas, evidentemente (aunque desde una perspectiva más picaresca que histórica), pero también con elementos del western (ese forastero que llega a un territorio dominado por las injusticias y acaba imponiendo su ley) e incluso medievales (el planeta al que Hodder se exilia se encuentra convenientemente atrasado, con una organización interna que Leinster describe como feudal pero que tiene más en común con un conjunto de pequeños señores de la guerra peleando entre sí. A esto se le añade la inevitable trama romántica (de una simplicidad extrema… y también notablemente machista según los estándares actuales), y ya tenemos una historia de probada eficacia, que de seguro que triunfará entre su público objetivo.

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Lo que tal vez diferencia a Murray Leinster de otros autores menores es que sabía darle a sus novelas el toque diferenciador de la ciencia ficción, de modo que sean más que una simple trabajo de maquillaje sobre sus modelos. El hecho de que Bran Hodder sea ingeniero no es baladí, pues su destreza en este campo es necesaria para hacer avanzar la trama. El truco está en que nada de lo que construye parece excesivamente innovador, y el que no haya sido inventado previamente solo puede obedecer a cierto estancamiento social, difícil de admitir a nivel local y totalmente imposible si nos paramos a pensar en toda la esfera de influencia humana.

En otras palabras, Leinster hace trampas para vendernos su novela, como también hace trampas, y de las gordas, cuando lo que intenta vendernos es la justificación económica de las bondades de la piratería como estimulador social (algo que parece obedecer más a necesidades dramáticas, compuestas sobre la marcha en base a vagas idealizaciones románticas, que a una filosofía económica bien meditada)

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Tras un breve período de adaptación, “The pirates of Zan” se lee de un tirón y resulta razonablemente entretenida. Lo malo es que, a la postre, resulta también perfectamente olvidable. No hay en toda la novela ni una sola idea que invite a pensar más allá de ella misma, ni una reflexión aplicable a nuestra realidad. Lo endeble de su armazón ideológico, por añadidura, supone un gran inconveniente el mismo año en que triunfó en los Hugo la polémica “Tropas del espacio” de Robert A. Heinlein, o incluso “Dorsai“, de Gordon R. Dickson, que tomaba esos mismos mimbres de la space opera para intentar construir con ellos algo un poco más elaborado.

Tal vez esa sea también la razón por la que, pese a la popularidad de que gozó en su momento, hoy en día Murray Leinster esté básicamente olvidado. La ciencia ficción posee dos vertientes: por un lado, la escapista, ofrecer entretenimiento y asombro; por otro, la especulativa/proyectiva, reflexionar sobre el ser humano y su lugar en el universo, plasmar los miedos y esperanzas de cada generación. Toda la ficción que carga en exceso las tintas sobre la primera vertiente está tal vez irremediablemente condenada al olvido, porque lo que resulta exótico en una determinada época corre el peligro de quedar obsoleto o, peor, convertirse en tópico.

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“Los piratas de Zan” sigue siendo una novela ligera y entretenida, pero no veo realmente ninguna razón por la que un lector moderno pudiera preferirla (salvo por motivos históricos o por un gusto adquirido hacia la ciencia ficción clásica) frente a las propuestas contemporáneas que buscan satisfacer exactamente esas mismas necesidades… con unos referentes culturales y estéticos más próximos (y que, a su vez, tal vez se encuentren también condenadas al olvido en un futuro más o menos lejano).

El quinteto de finalistas del premio Hugo de aquel año se completó con “That sweet little old lady“, una parodia a las aventuras de telépatas de la Edad de Oro, de Mark Phillips, y “Las sirenas de Titán“, con la que Kurt Vonnegut encontró por fin su voz.

That sweet little old lady (Brain twister)

•mayo 27, 2021 • Dejar un comentario

La Edad de Oro había llegado a su fin en 1955 y hasta Analog, la revista de John W. Campbell antes conocida como Astounding, debía adaptarse a los nuevos tiempos. Tal vez por eso sea apropiado que publicara “That sweet little old lady”, la creación conjunta de Laurence Mark Janifer y Randall Philip Garrett, que básicamente constituye una parodia de las heroicas historias de mutantes que habían poblado esas mismas páginas tan solo unos años antes (por ejemplo, “Slan“, de A. E. van Vogt en 1940, “La isla del dragón” de Jack Williamson en 1951 o “Tres que capturar“, de Eric Frank Russell en 1955).

Se trata de un proceso habitual. Tras un período de popularidad extrema, que lleva a cierta sobreexplotación, es inevitable una reacción opuesta que recoja los tópicos más destacados y los ridiculice. A ese empeño se lanzaron dos autores que estaban comenzando sus respectivas carreras y que, tras una novela a cuatro manos publicada en 1959, adoptaron el pseudónimo conjunto de Mark Phillips (combinando sus segundos nombres) para una serie de tres novelas cortas, publicadas en 1959 (“That sweet little old lady”), 1960 (“Out like a light”) y 1960-61 (“Ocassion for dissaster”). En conjunto, conforman la serie Psi-Power, que al ser publicada en formato libro un par de años después de las respectivas serializaciones cambiaron de título a “Brain twister”, “The impossibles” y “Supermind”.

Astounding_september1959

La idea de partida era combinar una historia de espías a lo James Bond (Ian Flemming había comenzado a publicar sus aventuras en 1953) con elementos propios de la ciencia ficción, aunque asumiendo una perspectiva humorística (algo que posteriormente caracterizaría sobre todo la obra de Randall Garrett). De este modo, en cierto sentido, inventaron el arquetipo del investigador de fenómenos paracientíficos, que desarrollaría posteriormente, por ejemplo, Douglas Adams en “Dirk Gently, Agencia de Investigaciones Holísticas” (1987) y acabaría desembocando, despojado ya de todo rastro de humor en programas de televisión como “Expediente X”.

La serie está protagonizada por Ken Malone, un agente del FBI bastante… limitado, que recibe la orden de investigar un supuesto caso de espionaje telepático en unas instalaciones de investigación atómica ultrasecretas. Enfrentado a esta inusual misión, acaba descubriendo que todos los telépatas de los EE.UU. son locos institucionalizados, con una única paciente mínimamente funcional, la viejecita encantadora del título original (mucho mejor que el utilizado en la edición en paperback), que tan solo presenta una simple y precisa (pero a veces engorrosa) falta de contacto con la realidad, que acaba mediatizando el modo en que todo el mundo se ve obligado a tratarla.

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El planteamiento es interesante, con múltiples oportunidades para satirizar tanto los lugares comunes de la literatura de telépatas como a personajes reales del momento (un objetivo evidente sería el todopoderoso director del FBI del momento, J. Edgar Hoover), por desgracia los autores no saben muy bien lo que hacer con todo este material, y acaban limitándolo todo al chiste fácil, con algún juego de palabras aquí y allá y un personaje principal que solo puede describirse como un idiota con suerte. A medida que avanza la trama, sin embargo, el estilo va asentándose y va cobrando poco a poco la seriedad justa para hacer la novela un poco más interesante, pero cualquier tímido intento de contar algo un poco más profundo (como la relatividad de los términos “locura” y “cordura”) es abortado rápidamente, no vaya a lastrar el fluir de la historia.

A la postre, esa falta de ambición termina por condenar la novela a la irrelevancia… lo cual no quita que durante su lectura pueda resultar entretenida, sobre todo cuando los autores no se esfuerzan por resultar ocurrentes. Más que de los juegos de palabras (que en ocasiones resultan realmente atroces), el humor que funciona se alimenta de la incongruencia, de la banalización de una entidad tan seria y poderosa como podía ser el FBI… y de la especial personalidad de la anciana telépata, quien está disfrutando por fin de ser tomada en serio (o, cuando menos, de que todo el mundo se vea obligado a seguirle la corriente, lo cual a efectos prácticos es igual de bueno).

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Otro aspecto que perjudica su legado (hasta el punto de hacerla hoy en día una novela prácticamente olvidada), es que la resolución carece por completo de sutileza. Una buena novela de investigaciones paranormales debería dar la talla en los aspectos fantásticos y en lo que respecta a la trama detectivesca. Por desgracia “That sweet little old lady” no cumple a este respecto, sacándose la resolución básicamente de la manga (un error que Isaac Asimov, por ejemplo, se había cuidado mucho no cometer en sus historias policíacas de ciencia ficción).

Supongo que hasta cierto punto es comprensible la nominación que recibió a los premios Hugo de 1960. En ese momento puntual la burla se hacía a costa de tópicos que hasta muy poco antes habían sido respetables. Eso le confiere a la novela un toque transgresor que con el correr de los años se ha perdido. El que posteriormente llegaran otros títulos capaces de conjugar con mayor éxito los mismo ingredientes tampoco la beneficia en exceso.

“That sweet little old lady” es sin duda la obra más floja de un quinteto de finalistas que incluía también “The pirates of Ersatz”, de Murray Leinster; “Las sirenas de Titán“, de Kurt Vonnegut; “Dorsai“, de Gordon R. Dickson; y la ganadora final: “Tropas del espacio“, de Robert A. Heinlein.

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Tras la trilogía de Psi-Power ambos autores no volvieron a publicar en conjunto. Laurence M. Janifer siguió publicando durante casi cuarenta años, siendo su obra más famosa la serie Survivor (sobre un explorador que sobrevive a experiencias extremas en diversos planetas), mientras que Randall Garrett se convertiría en una personalidad dentro del fándom norteamericano, siendo sus series más conocidas la de fantasía cómica de Gandalara (coescrita con su mujer Vicki Ann Heydron) y la serie ucrónica/fantástica de Lord Darcy (Garrett fue miembro fundador de la Sociedad para el Anacronismo Creativo), que le deparó en 1967 una segunda nominación al Hugo por la novela “Too many magicians”, así como un premio Sidewise especial, otorgado póstumamente en 1999.

 

The enemy stars

•mayo 21, 2021 • Dejar un comentario

La carrera de Poul Anderson había arrancado de muy joven, con la venta en 1944, cuando apenas contaba con dieciséis años, del relato “A matter of relativity” a Astounding. Pronto se convirtió en uno de los autores recurrentes de la publicación. Para cuando se graduó en Física en 1948 ya era uno de los nombres más conocidos de la ciencia ficción, así que optó por profesionalizarse, y en ningún momento desde entonces hasta su muerte en 2001 se empleó en otra cosa que en escribir ficción, lo cual es algo sumamente raro (la mayor parte de autores de su generación o un poco anteriores compaginaron durante etapas más o menos extensas la literatura con otros trabajos, casi siempre en la radio o la televisión, pero también en el campo del ensayo o los cómics).

Durante aquellos primeros años (en los que también produjo la influyente novela de fantasía “La espada rota“), entre otros títulos de ciencia ficción (incluyendo los primeros relatos de su Patrulla del Tiempo), produjo su primera historia del futuro, la posteriormente bautizada como Liga Psicotécnica, a través de diversas historias publicadas originalmente entre 1949 y 1957 (con una adición muy posterior). Esto dio paso a una segunda y más extensa historia del futuro, fundamentada en ideas algo diferentes, que abarca varios períodos (la Liga Polesotécnica, el Imperio Terrano y la Larga Noche). Justo entre ambas, en 1958, serializó en Astounding una novela independiente, bajo el título “We have fed our seas…”, que fue escogida en 1959 como finalista del premio Hugo (su primera nominación, aunque con posterioridad ha sido finalista en varias ocasiones del retroHugo).

Como buena parte de sus novelas independientes de la época, parte de un concepto singular: la humanidad se ha lanzado a la conquista de las estrellas, enviando astronaves limitadas por la velocidad de la luz, que viajan durante siglos por el vacío atendidas por tripulaciones de relevo que se teletransportan instantáneamente desde la Tierra o sus colonias mediante una tecnología bautizada como “transmisores de materia”. Por lo demás, el futuro que dibuja Poul Anderson es poco agradable. El planeta madre está superpoblado y para mantenerse explota unos mundos coloniales al borde de la rebelión. Una dictadura, el Protectorado, lo controla todo con mano de hierro, imponiendo una política ultraconservadora para mantener a toda cosa el statu quo y con él sus privilegios.

En estas circunstancias, cuatro hombres son designados como el nuevo relevo de la Cruz Austral, la nave de exploración que más lejos del Sol ha viajado. En su periplo ha llegado a las cercanías de una enana negra, y esa es una oportunidad demasiado buena para desaprovecharla. Cada uno de los cuatro llega con su propia historia, sus propios fantasmas y sus propias aspiraciones, pero cuando un accidente destruye tanto el impulsor principal como el transmisor de materia de la nave, dejándolos aislados a cientos de años luz de casa, deberán esforzarse como nunca por aferrarse a una lejanísima esperanza de salvación.

Con mimbres parecidos, otros autores hubieran escrito una historia de superación y de triunfo de la inteligencia frente a la adversidad. Poul Anderson no estaba interesado en eso. Para entender mejor el mensaje de la novela conviene contextualizarla. La carrera espacial había arrancado apenas cuatro años antes, y de hecho aún faltaban dos para que el primer hombre, un ruso, llegara al espacio.

Anderson ya había previsto que ese empeño costaría vidas, y con esta novela (cuyo título original hace referencia a un poema de Rudyard Kipling sobre los marineros británicos sacrificados al mar para asegurar la supremacia naval del imperio) trataba de mostrar por qué había que pagar ese precio. La respuesta, en parte, es que ampliar los horizontes rompe cualquier tipo de parálisis social y confiere libertad, pero sobre todo viene a implicar que forzar los límites es un especie de imperativo moral. Es eso o el estancamiento y la decadencia. Se trata de un tema recurrente en la carrera de Anderson, firme defensor del progreso y de la necesidad de explorar el espacio, y en consonancia con el mensaje, “The enemy stars” no es un historia confortadora, sino dura y desafiante (que, de paso, intentaba superar también las limitaciones temáticas de la Edad de Oro).

Con motivo de su reedición en 1979, Anderson actualizó un poco su fundamento científico (incluyendo los taquiones, que habían sido hipotetizados en 1967, como justificación al funcionamiento instantáneo del transmisor de materia, lo que era el punto débil especulativo de la novela). Lo que no pudo hacer es otorgar un papel más proactivo a las mujeres (la función de la única mujer de la novela es como viuda anhelante que tiene que escapar del control de su conservador suegro) y quizás por eso escribió “The ways of love”, un relato largo que a modo de epílogo se incluye en algunas ediciones desde 1985 (y que a su vez fue finalista del premio Nebula). En él, retoma algunos personajes de “The enemy stars” unos diez años después, modificando, eso sí, el punto de vista, aunque a la postre el conflicto sigue siendo la resistencia del Protectorado al cambio promovido por la apertura de horizontes que había propiciado la resolución de la novela.

En general, una obra interesante, que busca ofrecer más de lo que solía ser habitual en la época. Más allá de la simple aventura, “The enemy stars” (un título poco inspirado, infinitamente más insulso que el original) tiene un mensaje que transmitir, y si resulta quizás un poco atropellada y con unas caracterizaciones un poco superficiales (por las limitaciones editoriales de la época), sigue constituyendo una magnífica muestra de que más allá del mero entretenimiento la space opera podía transmitir mensajes de cierto calado.

Sin duda, hubiera sido más merecedora del premio Hugo que “Un caso de conciencia“, de James Blish, aunque quizás no más que “Immortality, Inc.” de Sheckley. El quinteto de finalistas se completó con “¿Quién?“, de Algis Budrys, y “Consigue un traje espacial, viajarás“, de Robert A. Heinlein.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

El primer millón de Rescepto

•mayo 17, 2021 • 25 comentarios

Se ha hecho de rogar, pero ya está aquí, hoy Rescepto Indabog ha alcanzado el hito del millón de visitas.

Ha sido un empeño de catorce años, cuatro meses y 9 días.

Ha sido un empeño de 1.281 entradas (7,4 al mes de media, o una cada 4,09 días).

Ha sido un empeño de 1.380.000 palabras (ha salido a 0,72 visitas por palabra).

Ha sido, en definitiva, un empeño muy costoso (le he calculado unas 5.200 horas de trabajo, o lo que es lo mismo, una media de alrededor de una hora al día durante los últimos catorce años y pico de mi vida… eso sin contar las horas de lectura, que posiblemente triplicarían ese número, porque esas son vicio).

Ya sé que hoy en día un millón no es nada. Un vídeo de YouTube puede llegar a eso por sí solo, y no eres absolutamente nadie en la red hasta que no tienes cuando menos algunas decenas de miles de seguidores. Para un blog, sin embargo, supongo que aún significa algo; constancia, si no otra cosa (o inconsciencia, según se mire).

Lo cierto es que el 8 de enero de 2007, cuando subí la primera entrada (una tontería, como no podía ser de otro modo), poco podía imaginarme que tantos años después seguiría al pie del cañón, ni mucho menos celebrando el millón de visitas (el febrero siguiente, la media fue de cinco al día, y para fin de año había sumado solo 8.862, 25 diarias; a ese ritmo, llegar al millón me hubiera llevado más de un siglo). También es verdad que Rescepto Indablog vino al mundo con el pie cambiado, porque el ezine al que supuestamente tenía que dar apoyo había publicado ya, sin que lo supiéramos, su último número. Llevó un tiempo encontrarle un nuevo sentido.

¿Qué es hoy Rescepto? Supongo que su evolución ha ido especializándolo, convirtiéndolo en un blog de reseñas; de libros fantásticos, para más señas (aunque hay algunos de otros géneros, y también casi un centenar de películas); y si ya queremos ponernos puntillosos: un blog de reseñas de libros fantásticos con vocación histórica.

A día de hoy, podéis encontrar aquí mi crítica a 821 libros de 467 autores diferentes (sin tener en cuenta las contribuciones puntuales a antologías de varios autores). Son títulos (mayormente) de fantasía, ciencia ficción y terror, publicados originalmente entre hace unos meses y el año 414 a. C. (la inmensa mayoría, por supuesto, son del siglo XX, pero muy repartidos por todas sus décadas; y más de medio centenar son del siglo XIX o anteriores), que he ido reseñando según el impulso del momento (ahora mismo estoy con los finalistas del premio Hugo durante los años cincuenta y sesenta, justo antes le dediqué varias entradas al terror bestseller del último cuarto del siglo XX y en su momento me fijé en cosas tan dispares como las historias de detectives sobrenaturales, los ganadores del World Fantasy Award (y otros premios fantásticos) o el feminismo utópico tardodecimonónico).

Hubo un tiempo (entre 2009 y 2012), en que reseñé muchos títulos de autoría española. Dejé de hacerlo (con tanta asiduidad) por dos motivos: primero, el entramado editorial existente se fue al garete con la crisis y dejaron de llegarme ejemplares de prensa (ni las grandes editoriales ni los nuevos sellos han confiado, al parecer, en Rescepto, y a falta de eso, por motivos económicos, he de nutrirme principalmente de saldos, libros de segunda mano y ejemplares electrónicos libres de derechos); pero sobre todo, lo que ocurrió es que me saturé. Examinar y diseccionar los sueños de alguien es un trabajo muy delicado. Has de ser justo con el autor o autora, pero también con los lectores del blog, que deben poder hacerse una idea cabal de lo que se van a encontrar.

También, a fuer de ser sincero, he de reconocer que surgió en mí el deseo de llevar a cabo un pequeño estudio personal. Poca cosa. Tan solo tratar de comprender la evolución entrelazada de todos los subgéneros fantásticos desde finales del siglo XVIII hasta el presente. En ello sigo, y eso es a grandes rasgos lo que todavía me motiva y alimenta el blog… porque tampoco es que el combustible anímico abunde. A veces, cuando llevas un proyecto como Rescepto tienes la sensación de estar tirando todo tu trabajo a un pozo negro, en el que se van hundiendo las reseñas sin levantar siquiera ondas (algo similar a la sensación de publicar literatura fantástica en este país, pero esa ya es otra historia, que será [o no] contada en otra ocasión).

Por eso son importantes las visitas. Por eso es importante llegar al Millón, aunque sepa que un millón tampoco es para tanto.

Las visitas dan sentido a todo, y aun dentro del bache en que han caído (este año la media es menos de la mitad de la alcanzada durante el 2018, un curso en que parecía que el blog por fin despegaba), supongo que un millón sigue siendo un bonito número redondo que celebrar.

Ya no quedan tantos.

Rescepto Indablog está, por ejemplo, a 33 autores nuevos del medio millar. De igual modo, quizás a más largo plazo, alcanzar las 1.000 reseñas totales supondría todo un reto (al ritmo actual, necesitaría tres años y pico más para ello… eso contando con que pueda mantener la periodicidad de una reseña a la semana, lo cual no está para nada asegurado). De igual modo, hay unos pocos años del siglo XX que todavía no he visitado (todos anteriores a 1943) y, esto ya es friquismo completista, todavía no hay en los índices ningún título comenzado por “Ñ”, ni autores cuyo apellido empiece por “Ñ”, “U” o “X”.

Quizás, bien mirado, el futuro de Rescepto, si es que tiene alguno, no esté aquí. Antes o después voy a tener que plantearme en serio el salto a YouTube. Es eso o aceptar el lento descenso hacia la total irrelevancia (que no digo que ese camino sea necesariamente malo). En el título de esta entrada he hecho la broma de que este es el primer millón de Rescepto, como si fueran a llegar más (el primer millón es el más difícil, dicen); aunque lo cierto es que dudo muchísimo que vaya a haber otro. No al menos si me aferro a este formato anticuado.

Es, pues, una celebración agridulce.

Rescepto Indablog ya ha pasado por un par de períodos de sequía y sé que, a poco que se tuerzan las cosas, un tercero podría ser el definitivo. Tras el último, sin embargo, cambió un poco mi mentalidad. Dejé de pensar en objetivos y, en cierto sentido, me reconcilié con la idea de la caducidad del blog. Un día, no sé si cercano o lejano, me despertaré y descubriré que ya no tengo nada más que añadir. Por lo menos ahora no habrá pasado sin haber llegado antes al millón de visitas.

Gracias por estar ahí. Gracias por ir incrementando, visita a visita, el contador de Rescepto. Gracias por aportar vuestro granito de arena para que la motivación no decaiga.

Os emplazo (o no) para la celebración de los dos millones.

Not this august

•mayo 12, 2021 • Dejar un comentario

Cyril M. Kornbluth, es conocido sobre todo por sus sátiras a dos manos con Frederick Polh, tales como “Mercaderes del espacio” (1952) o “La lucha” (1955). Sin embargo, al principio de su breve carrera profesional (de solo ocho años, debido a su prematura muerte por un ataque al corazón), colaboró también con otra compañera de los Futurianos, Judith Merrill, bajo el seudónimo conjunto de Cyril Judd, y cuenta igualmente con un puñado de títulos individuales, tales como “El síndico” (1953) o la que nos ocupa, “Not this august” (1955), que le valió su única nominación a los premios Hugo en la categoría de novela.

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En contra de la percepción que tenemos de él, “Not this august” es una historia superseria, que versa sobre la derrota y ocupación de los EE.UU. por una fuerza combinada de rusos y chinos, tras una breve guerra nuclear una década en el futuro (1965). No era para nada una proposición tan descabellada, con las restricciones de la Segunda Guerra Mundial aún frescas en la memoria, recién salidos de la Guerra de Corea, que le había costado más de 50.000 muertos a los EE.UU., y bajo la nueva amenaza de un conflicto nuclear por culpa de la carrera armamentística en la que la URSS, tras partir por detrás, había conseguido rápidamente ponerse a la altura (gracias a una exitosa red de espías), si bien todavía no en números totales, sí a nivel tecnológico.

Hoy en día es fácil descartar la premisa como implausible, pues tuvo la mala suerte de quedar obsoleta prácticamente al año mismo de haber sido publicada, tanto por el desarrollo del equilibrio nuclear (con la introducción del misil balístico intercontinental en 1957 y la concepción de la doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada en 1962), como por el enfriamiento y posterior ruptura de las relaciones entre Rusia y China, que (que arrancó con diferencias ideológicas en 1956).

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Pese a todo es una gran muestra de literatura sobre el “Peligro Rojo”, y lo cierto es que, paranoia al margen (el macartismo estaba funcionando a pleno rendimiento y tan solo dos años antes habían sido ejecutados Ethel y Julius Rosenberg, un matrimonio americano acusado de espionaje a favor de los rusos que sin duda inspiró otra pareja similar en la novela), no se puede decir que Kornbluth fuera demasiado desencaminado sobre los excesos que ya habían cometido o cometerían los regímenes de Stalin y Mao, tanto en lo referente a purgas como en sus desastrosas políticas agrarias.

Otro aspecto en el que Kornbluth se mostró profético es en el desarrollo de los satélites artificiales. Cuando se publicó “Not this august”, faltaban todavía dos años y medio para el lanzamiento exitoso del Sputnik I y casi tres para el del Vanguard I. Sin embargo, entre 1952 y 1953 Wernher von Braun había publicado en la revista Collier una serie de artículos defendiendo la construcción de una estación espacial equipada con armamento nuclear para obtener “superioridad espacial” sobre la URSS, y posiblemente esas ideas (que los ICBMs volverían obsoletas) fueron las que inspiraron a Kornbluth para incluir esta arma definitiva como elemento de inflexión en su novela.

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En cualquier caso, se trata de un final un poco forzado, tanto por lo apresurado (la historia hubiera agradecido al menos otro segmento, pero las exigencias editoriales de la época eran las que eran y posiblemente se vio obligado a cerrar antes de tiempo) como por una candidez que está mayormente ausente en el resto de la novela. Utilizar por ejemplo como saludo en código de la futura revolución la fecha en la que va a tener lugar el alzamiento (“Christmas eve”, título alternativo de la novela empleado en algunas ediciones de la misma) no parece la mejor de las decisiones tácticas.

La fuerza de “Not this august” (título extraído de un artículo antibelicista de Ernest Hemmingway publicado en 1935) radica más bien en el primer plano, en las vivencias cotidianas del protagonista, Billy Justin, un comercial de arte neoyorquino, ex combatiente en Corea, reubicado por las necesidades de la guerra como lechero. Así, pasamos por las restricciones y el racionamiento iniciales, el estupor de la derrota y la progresivamente más dura dominación soviética (chinos y rusos se han repartido el país, de un modo similar al que unos pocos años después propondría Philip K. Dick para alemanes y japoneses en “El hombre en el casillo“); e igualmente asistimos a las relaciones que establece con sus vecinos (siendo particularmente irónica la posición del mercader ultracapitalista del pueblo, que siempre logra quedar a flote independientemente de los vaivenes de la guerra, mientras otros personajes, con menos motivo o por ningún motivo en absoluto, sufren).

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La rápida evolución (divergente) de los acontecimientos y los cambios en las relaciones de poder entre EE.UU. y la URSS, así como el incremento del peligro nuclear (solo cuatro años después Walter M. Miller Jr. empezaría a publicar Cántico por Leibowitz“, una de las mejores obras sobre el apocalipsis nuclear), volvieron posiblemente a “Not this august” anticuada antes de haber tenido tiempo de asentar su prestigio. De hecho, desde 1958 no hay otra edición hasta 1981 (actualizada y prologada por Frederik Pohl). Lo cual es una pena, porque con todas sus carencias, sigue siendo un título a reivindicar, que hoy en día se podría leer casi como una ucronía (o como una profecía inquietante, ahora que empiezan a tensarse las relaciones entre China y los EE.UU.)

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Totalmente merecida su nominación al premio Hugo de aquel año, y de hecho contaba con argumentos más que suficientes para haberle plantado cara a “Estrella doble” de Heinlein, la ganadora final. Ambas, sin embargo, se encuentran por detrás de la también postnuclear “The long tomorrow“, de Leigh Brackett, que tal vez hubiera sido una triunfadora más justa. El quinteto de nominados se completó con “Tres que capturar“, de Eric Frank Russell, y “El fin de la Eternidad“, de Isaac Asimov.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

 
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