The scrutinies of Simon Iff

•enero 21, 2018 • Dejar un comentario

El estallido de la Primera Guerra Mundial pilló a Aleister Crowley practicando el montañismo en Suiza tras haberse arruinado en Inglaterra. En dicha conyuntura, huyó a los EE.UU., donde sobrevivió a base de artículos publicados aquí y allá (con especial incidencia de The Fatherland, una publicación de propaganda a favor de Alemania), mientras seguía embarcado en su exploración personal de la magia sexual. Tras la retirada de circulación de The Fatherland en 1917, consiguió entrar en el comité editorial de otra revista, no muy significativa pese a su grandilocuente nombre, The International, y pronto empezó a llenar sus páginas con textos propios, publicados con su propio nombre y diversos seudónimos, e incluyendo desde artículos sobre ocultismo (promoviendo su religión, la Thelema) a propaganda progermánica, pasando por textos de ficción. Entre estos, destaca la serie sobre Simon Iff, consistente en seis relatos que publicó bajo el seudónimo de Edward Kelly (un ocultista inglés del renacimiento).

Simon Iff es un mago de edad avanzada (en torno a los ochenta años), que representa con toda seguridad una visión idealizada del propio Crowley. Es sabio, rico y respetado, y su perspicacia psicológica, así como sus convicciones filosóficas, antes que cualquier tipo de facultad paranormal, son las que le permiten resolver intrincados misterios criminales, de los que llegaron a publicarse seis, antes de que The International siguiera el camino de The Fatherland cuando los EE.UU. entraron definitivamente en la guerra a favor de los aliados (retrospectivamente, Crowley intentó presentarse como un agente doble, que intentaba minar la maquinaria propagandística germana desde dentro, aunque ese sí que es un cuento que no hay quien se lo trague).

Teniendo todo esto en consideración, y aceptando que las historias de Simon Iff son en parte fantasía idealizada, en parte vehículos para la transmisión de las ideas thelemitas, constituyen una obra sorprendentemente valiosa desde una perspectiva puramente literaria y uno de los ejemplos más originales del arquetipo de detective de lo oculto (en su variante como personaje con habilidades o entrenamiento psíquico que se consagra a la resolución de casos sin componente sobrenatural).

Los seis relatos se publicaron en sucesivos números de The International, entre septiembre de 1917 y febrero de 1918, siendo sus títulos: “Big game”, “The artistic temperament”, “Outside the bank’s routine”, “The conduct of John Briggs”, “Not good enough” e “Ineligible”. Salvo en el último, en todos ellos nos encontramos a un Simon Iff de edad avanzada (que no en modo alguno anciano), poseedor de una gran inteligencia y una perspicacia aún mayor, lo que le permite penetrar más allá de las apariencias de un caso criminal para desentrañar cuáles fueron los auténticos hechos (la sexta historia es el relato morboso de unos hechos acontecidos sesenta y pico años antes). Curiosamente, no presentan esa estructura fija que tan habitual era en los relatos pulp de la época, sino que en cada relato la aproximación al caso, así como la implicación de Simon Iff, son diferentes.

El interés, como es lógico, resulta variable. Destacaría en particular “Big game”, con un planteamiento que parece inspirarse a partes iguales en “Sobre el asesinato considerado como una de las bellas artes” de Thomas de Quincey y “Crimen y castigo” de Dovstoiesky (y donde Simon Iff hace gala de la única habilidad que puede considerarse remotamente mágica de toda la serie, aunque en el fondo se explica más como influencia psicológica). También son notables por diversos motivos “The artistic temperament” (que es la historia más intensamente embebida en las ideas thelemitas, surgiendo el conflicto del fracaso del criminal en cumplir con el principal precepto de la filosofía de Crowley: “Haz tu voluntad”) y “The conduct of John Briggs” (que hace gala de una perspicacia psicológica más que notable, aunque finalmente el caso se resuelva un poco a base del supuesto prestigio de Simon Iff, sin pruebas materiales sólidas que exoneren al susodicho).

Todos los relatos, sin embargo, sí que comparten algo: una mirada cínica, iconoclasta, contra los poderes establecidos, ya sean políticos, financieros o culturales. Crowley caracteriza el poder como hipócrita, al tiempo que ensalza la rebeldía. En ese sentido, cabe destacar la creación del Hemlock (Cicuta) Club, una asociación de caballeros de la cual Simon Iff (apodado allí como Simple Simon) es un miembro destacado, que presenta curiosas normas de pertenencia, como que todos los socios deben haber hecho gala de algún pensamiento fundamentalmente heterodoxo.

No es del todo aventurado hipotetizar con que las historias de Simon Iff ofrece un atisbo del Aleister Crowley más íntimo, con todo su afán de atención y su necesidad casi patológica de relevancia. También ofrecen una buena muestra de su ideología, desprovista por una vez de aditamentos rituales (y sexuales) y presentada como una construcción filosófica que, prescindiendo de ciertas idiosincrasias propias de la época (como un nada disimulado racismo), no deja de hacer gala de cierto mérito. No sé hasta qué punto estuvo al tanto del desarrollo de la ciencia psicológica de la época, pero muchas de las observaciones al respecto de Simon Iff (si obviamos la infalibilidad propia de los detectives de la ficción y la parte más mística de su argumentación) ponen de relieve una nada desdeñable capacidad de análisis.

Aleister Crowley escribió otras dieciocho (o diecinueve) historias de Simon Iff, según su autobiografía como mecanismo para desentumecer la mente en medio de su más seria producción mágica y filosófica, aunque lo más probable es que buscara para ellas una salida comercial que nunca se le presentó en vida. Póstumamente, se han publicado en tres colecciones (aparte de “The scrutinies of Simon Iff”), tituladas “Simon Iff in America” (12 historias), “Simon Iff abroad” (3 historias, aunque por los apuntes existentes se especula con la existencia de uno o dos relatos perdidos) y “Simon Iff psychoanalyst” (2 historias). Recientemente, se ha publicado también un tomo recopilatorio con todos sus casos. En cualquier caso, se trata de una producción que, condenada por la reputación de su autor, fuera de los círculos esotéricos no ha recibido la atención que tal vez merecería.

Sí que vio la luz, en 1929, la única novela de Aleister Crowely, “Moonchild”, que presenta a Simon Iff como su principal protagonista, en un combate mágico entre logias luminosas y logias oscuras por el futuro espiritual de la raza humana, contra el trasfondo del inicio de la Primera Guerra Mundial.

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La resurrección de la gorgona

•enero 18, 2018 • Dejar un comentario

De entre todos los detectives de lo oculto, sin duda el más deudor de Sherlock Holmes es Harry Dickson, quien de hecho comenzó su andadura bajo el más reconocible nombre del detective consultor del 221b de Baker Street. Esto ocurrió en 1907, en Alemania, donde un avispado editor decidió empezar a publicar “Detektiv Sherlock Holmes und seine weltberühmten Abenteuer” (“El detective Sherlock Holmes y sus aventuras de fama mundial”), una serie de aventuras apócrifas, que buscaban explotar descaradamente el prestigio de la creación de Doyle (quien aún seguía escribiendo, muy a su pesar, relatos sobre su más célebre creación).

Demanda de por medio, la serie pronto cambió de título a “Aus dem Geheimakten des Weltdetektivs” (“De los archivos del mejor detective del mundo”), y aunque el protagonista seguía llamándose Sherlock Holmes, se decidió jubilar a Watson y proporcionarle un ayudante más joven llamado Harry Taxon. Aquello se mantuvo en marcha cuatro años, durante los que se publicaron 230 historias (entre novela corta y cuento largo), que a su vez se tradujeron, al menos parcialmente, a distintos idiomas europeos como el francés o el español (“Memorias íntimas de Sherlock Holmes”).

La siguiente “evolución” se dio en Holanda, en 1927, donde quizás por los cambios en las leyes de protección de la propiedad intelectual se vieron obligados a cambiar el nombre del protagonista a Harry Dickson, mientras que su joven ayudante pasaba a llamarse Tom Mills. Son 180 episodios, bajo el título “Harry Dickson, de Amerikaansche Sherlock Holmes” (“Harry Dickson, el Sherlock Holmes americano”). Pese al rebautizo, el personaje sigue siendo perfectamente identificable. Vive en Baker Street, con un ama de llaves (Mrs. Crown en vez de la señorita Hudson) y mantiene un fiel contacto policial en Scotland Yard (Goodfield en vez de Lestrade).

Esta serie fue la base de una nueva traducción al francés, en este caso para el mercado belga, que empezó a publicarse en 1929.  En 1931 las labores de adaptación fueron encargadas a Jean Raymond Marie de Kremer, más conodido por uno de sus múltilples seudónimos: Jean Ray. No voy a entrar en detalles sobre los (supuestos o no) azares de su agitada vida. Para informaros, os recomiendo consultar la exhaustiva semblanza publicada en La Memoria del Bolsilibro (donde tenéis, además, más ampliado todo el asunto de las sucesivas encarnaciones del detective). Lo que sí mencionaré es que  Jean Ray no tardó en cansarse de traducir cuentecillos de calidad más que dudosa y le propuso al editor reescribir él mismo las aventuras de Harry Dickson, respetando el título y la ilustración de portada (para que pudieran reutilizarse ambos). 

Esta labor de Jean Ray comenzó mediado 1932, en el número 65 de la serie, y a partir de ahí la mayor parte de (si no todas) las entregas, hasta completar 178 (en 1938), surgieron de la imaginación del autor belga, quien no sólo modernizó el escenario, sino que se dejó llevar por la sonoridad de los títulos e introdujo con asiduidad elementos fantásticos en las tramas, transformando a Harry Dickson no sólo en un detective de lo oculto, sino en el más prolífico de todos los detectives de lo oculto (al menos en su etapa clásica), con más de cien aventuras en su haber.

“La resurrección de la gorgona” (“La résurrection de la gorgone”) fue publicada en 1937, como número 163 de la colección belga de Harry Dickson. La aventura se inicia pagando el debido peaje a la portada (que mostraba a un pobre hombre siendo transformado por medios perfectamente naturales, si bien un tanto macabros, en la estatua de un centauro), pero a partir de ahí pronto empieza a elaborar su propia (y alambicada) trama, con la introducción de la misteriosa Euryale Ellis, jugando todo el rato con la insinuación de que ella (o su misteriosa hermana Georgina) podría ser la reencarnación de una de las míticas gorgonas de la mitología griega. Harry Dickson hace uso de su habilidad para el disfraz para contactar con la señorita Ellis, y poco a poco va introduciéndose en un peligroso juego, en el que podría estar en juego nada menos que la integridad (carnosa) de su propio pellejo.

En fin, por sacárnoslo pronto de encima, la trama de “La resurrección de la gorgona” no tiene el menor sentido. Jean Ray está más preocupado en crear el misterio que en resolverlo (con lo cual, verdaderamente, puede considerársele un adelantado a su tiempo). Las aventuras de Harry Dickson son, antes que relatos de misterio, celebraciones en torno a un personaje carismático, con ocasionales atisbos a lo sobrenatural (que finalmente queda, cuando menos, domesticado por el intelecto del gran detective).

En particular, nos encontramos con una solución que, sin revelar nada en concreto, implica toda una miriada de identidades falsas (contando sólo los pricipales, tenemos hasta cuatro personajes que recurren a ese recurso), oscilaciones entre la explicación sobrenatural y la natural (exóticamente adornada), elementos cuya función parece ir cambiando sin otro motivo que las exigencias del guión (como diversas drogas, un dispositivo de generación de miedo o el misterioso y convenientemente bautizado Sir Nathaniel Rock). Tal es el lío, de hecho, que hasta en la explicación final (donde Dickson se saca de la manga documentos nunca antes mencionados para tratar de atarlo todo en un caso coherente) quedan cabos sueltos que el mismo detective presenta como dudas insolubles; y es que nadie, ni siquiera el mejor detective del mundo, podría encontrar el modo de encajar las piezas del puzzle improvisado.

¿Quiere eso decir que la historia carece por completo de valor? ¡Ni mucho menos! Simplemente, hay que tener en cuenta que no es una novelita de detectives, sino un delirio pulp cuyo único propósito consiste en sorprender e impactar al lector. Dudo mucho que siquiera el propio autor supiera hacia dónde le estaba llevando su imaginación durante la escritura de la novela. Jean Ray se limita a jugar con nuestras preconcepciones, buscando principalmente pillarnos con la guardia baja para asestar su siguiente golpe de efecto. Es posible que no todas las fintas resulten efectivas, pero lo que no se le puede negar es la vivacidad y la capacidad para mantener, mal que bien, el equilibrio inestable de la pila de ocurrencias e improbabilidades hasta el final (y si entonces se estrella, al menos que lo haga con un glorioso estropicio).

Ghosts, being the experiences of Flaxman Low

•enero 16, 2018 • Dejar un comentario

Ya había habido otros ejemplos más o menos desarrollados del arquetipo, pero el psicólogo Flaxman Low fue en 1898 el primer detective de lo oculto que protagonizó su propia serie de relatos, erigiéndose con ello en precursor de buena parte de los argumentos que desarrollaría el subgénero durante los cuarenta años siguientes.

Flaxman Low fue creación de una pareja de autores: Hesketh Hesketh-Prichard y su madre, Kate O’Brien Ryall Prichard, escribiendo bajo los seudónimos de H. Heron y E. Heron, quienes habían iniciado “su” carrera en 1896, cuando Hesketh contaba con apenas veinte años. Un rápido ascenso en los crículos literarios británicos los pusieron en contacto con autores de la talla de Arthur Conan Doyle o James Barrie, quien a su vez los presentó al baronet Pearson, uno de los principales editores de la época. Precisamente para la revista mensual Pearson’s Magazine, se les encargó una serie de relatos de fantasmas, temática que estaba tremendamente de moda, aunque su enfoque fue… diferente.

La premisa sobre la que se asientan las historias de Flaxman Low (y todo el género de los detectives psíquicos) es que no éxisten realmente los fenómenos sobrenaturales, sino tan sólo una incompleta comprensión de la naturaleza, que puede ser subsanada a través del estudio y la experimentación. Precisamente en torno a aquella época se estaban produciendo una serie de avances que estaban abriendo campos hasta la fecha innaccesibles para el método científico, siendo quizás el más ostensiblemente innovador el estudio de la mente (tanto sana como enferma) a través de la psicología.

Aplicando un razonamiento análogo, numerosas personalidades de la época, incluyendo un buen número de científicos, se propusieron estudiar con un enfoque sistemático los fenónemos generalmente atribuidos a entidades sobrenaturales (con particular interés en los espíritus y el espiritismo). Así, se fundaron organizaciones como la Society for Psychical Research (en 1882, aún en funcionamiento a día de hoy), con el objetivo de poner bajo el microscopio de la ciencia los presuntos casos de fenónemos paranormales. Acogidas inicialmente con entusiasmo, pronto se ganaron la antipatía tanto de los médiums (quienes descontentos por los fraudes que destapaban pronto se escindieron  montaron sus propias asociaciones) como del mundillo científico tradicional (muy crítico con la falta de rigor y la tendencia a la credulidad de sus miembros), pero por un tiempo pareció que iban a llegar a algo… y ahí entra en escena el doctor Low.

Flaxman Low no es su verdadero nombre. Según la historia pergeñada por los Prichard, se trata de un pseudónimo que protege la identidad de “uno de los más prominentes científicos de la época”, quien supuestamente les ha cedido sus apuntes para ayudar a difundir la nueva disciplina. De esos supuestos papeles surgen las doce historias que componen la serie, seis de las cuales fueron publicadas en Pearson’s Magazine entre 1898 y 1899, antes de ser recopiladas todas en el libro “Ghosts, being the experiences of Flaxman Low”, editado por el propio Pearson en 1899.

La metodología del psicólogo es eminentemente racional. Primero, se informa de los detalles del caso a través de los testigos de los eventos sobrenaturales (que en la mayor parte de los casos tienen que ver con casas encantadas). A continuación, da inicio a la investigación, a veces en solitario, otras acompañado, por medio de la cual recaba información adicional que le permite elaborar una hipótesis que invariablemente somete a prueba antes de emitir su veredicto. La solución suele requerir de algún tipo de actuación, pero los relatos no están muy interesados en este desarrollo (todo lo más se mencionan por encima las consecuencias).

Con este esquema bastante rígido, la verdad es que los autores consiguen una considerable variedad de escenarios, proporcionando en cada caso resoluciones diferentes, que logran mantener sin problemas el interés en la serie de relatos. Así, nos encontramos tanto con casos típicos de encantamientos (muy cercanos al cuento de fantasmas tradicional), como con casos más exóticos, que involucran a entidades tales como espíritus elementales o incluso momias-vampiro. A la larga, se recurre incluso a la explicación no sobrenatural (y a la únicamente exótica), desembocando todo ello en una doble aventura que enfrenta a Flaxman Low contra una versión maligna de sí mismo, en la forma del doctor Kalmarkane.

Como se puede apreciar, Hesketh Prichard y Kate Prichard, ya en esta primera encarnación del detective psíquico, exploraron básicamente el abanico completo de situaciones en que pueden encontrarse estos personajes, y tan sólo puede echárseles en cara cierta frialdad expositiva, concebida sin duda como un medio de acentuar la racionalidad de la metodología aplicada por Flaxman Low, pero detrimental para la consolidación de esa atmósfera opresiva que tan de agradecer es en este tipo de relatos. De igual modo, la voz narrativa resulta un tanto inconstante. Ante la ausencia del habitual testigo-narrador, se ven obligados a realizar unas cuantas piruetas dialécticas (en ocasiones bastante forzadas) para dosificar correctamente la información (justificadas a menudo con la necesidad de conjugar distintas fuentes).

Con todo, los relatos presentan momentos que aun hoy, con todo lo que ha llovido en el género, resultan sugerentes, y más de una manifestación fantasmal no tiene absolutamente nada que envidiar a cualquier escena imaginada por alguno de los maestros del género, como el propio M. R. James. Y por si no bastara con ideas como la de la maldición que empuja a todos los varones de una familia al suicidio, posesiones atípicas, obsesiones que sobreviven a la muerte o misteriosas figuras acechantes, tenemos al doctor Kalmarkane, que por sí solo ya justifica la existencia de Flaxman Low (cuya personalidad no es particularmente atractiva), al ofrecer un atisbo de desarrollos que aún tardarían décadas en fructificar.

Por desgracia, el inusual dúo de autores, incumpliendo la promesa apuntada al final de “Ghosts”, no llegó a profundizar más en el personaje. Dirigido por su mecenas Pearson, Hesketh-Prichard (siempre con la colaboración de su madre) se especializaría en la literatura de exploración, con famosos (en su época) libros sobre Haití, la Patagonia o la península de Labrador, antes de una crucial participación en la Primera Guerra Mundial como adiestrador de francotiradores y una muerte prematura debido a la Malaria.

Podéis encontrar una edición parcial de las peripecias de Flaxman Low (sólo seis de los relatos, excluyendo precisamente los más originales e incidiendo en la temática de la casa encantada) en la página del Proyecto Gutenberg Australia. En español, hasta donde yo sé, sólo han sido traducidos tres de los relatos, que han aparecido en distintas antologías.

Las cámaras del horror de Jules de Grandin

•enero 13, 2018 • Dejar un comentario

Con mucha diferencia, el autor más popular de Weird Tales no fue Clark Ashton Smith, ni H. P. Lovecraft, ni siquiera Robert E. Howard. Esa distinción corresponde inequívocamente a Seabury Quinn, creador del segundo detective paranormal más prolífico de la edad de oro del arquetipo: el médico francés Jules de Grandin.

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Entre 1925 y 1951 Weird Tales publicó noventa y dos relatos y una novela “La novia del diablo” (1932) sobre este personaje, construido evidentemente sobre el molde de Sherlock Holmes (con algo del Hércules Poirot de Agatha Christie), aunque con sus propias características distintivas, siendo el principal factor diferenciador el tipo de casos que abordaba, que o bien tenían relación con algún fenómeno sobrenatural, o bien apuntaban hacia el lado más oscuro (y exótico) del ser humano. Las historias de Jules de Grandin no sólo se erigían invariablemente como modelo para la ilustración de portada, sino que más veces que no se erigían en el contenido favorito de los lectores, a juzgar por las encuestas llevadas a cabo por la propia revista.

¿Por qué entonces no es tan conocido? Bueno, el caso es que la popularidad contemporánea no siempre es indicador más fiable, y el paso del tiempo ha ido restando relevancia a unas historias diseñadas específicamente para resultar chocantes y provocar estremecimientos en un contexto social muy específico, pero sin hacer gala de ese trasfondo estético o filosófico de mayor calado que puede convertir una obra literaria en intemporal. Así, mientras Howard y Lovecraft se erigían, pese a la relativa brevedad de sus carreras en referentes ineludibles de la fantasía y el terror (con Ashton Smith relegado a un segundo plano), Seabury Quinn caía poco a poco en el olvido, hasta el punto que no fue sino en 2001 cuando se publicó la primera recopilación completa de todas las historias de Jules de Grandin (en tres volúmenes).

Antes había habido otras intentonas. La más seria fue la de Popular Library en 1976, que llegó a completar un tercio de los cuentos en seis volúmenes; un porcentaje similar a la propuesta de Barsoom, que lleva editados en dos volúmenes los 30 primeros cuentos (hasta 1929), a la espera de completar la serie. El caso es que aquel sexto volumen de Popular Library, “The horror chambers of Jules de Grandin” (1977), fue escogido en 2004 por Valdemar para ver de introducir el personaje al público español (un año antes, Pulp Ediciones ya había sacado “La novia del diablo”, que contaba con una única edición previa mexicana de los años setenta).

La antología está compuesta por seis relatos largos, publicados originalmente entre 1927 y 1934. En ellos, el diminuto médico francés se enfrenta tanto a casos de clientes afectados por alguna dolencia de origen sobrenatural (“Dioses del oriente y del occidente”, “Poltergeist”, “La broma de Walburg Tantavul”) como a rocambolescos complots criminales (“La casa de las máscaras de oro”, “Muerte furtiva”, “El caso de las almas”), armado fundamentalmente con una inquebrantable confianza en sí mismo (llegando al extremo de la arrogancia) y exhibiendo supuestos conocimientos médicos y esotéricos muy especializados, por medio de los cuales acaba desentrañando el misterio.

Como es la norma holmesiana, la responsabilidad narrativa recae en el inseparable compañero de Jules de Grandin, el doctor Trowbridge, cuya otra función es, básicamente, servir de vehículo para que el lector “exija” respuestas al protagonista una vez concluida la aventura. Además, pese a no ser un prodigio físico, el francés no rehúye en ningún momento la acción, e incluso se muestra razonablemente competente al respecto.

No resulta difícil comprender los motivos de su popularidad. De Grandin es un personaje grandilocuente, excesivo, rozando el límite mismo de la parodia (y no siempre por el lado bueno). Es un arquetipo que, por algún motivo, resulta atractivo. Quizás tenga que ver con que encarnan una fantasía, la del ser humano que nunca experimenta la duda, que siempre tiene solución para todo (a mí, personalmente, se me antonjan un poco insufribles). Si le añadimos a ello el exotismo y, por supuesto, el erotismo indisimulado de muchas de sus aventuras (en las que las bellas señoritas se encuentran en peligro constante de perder la ropa), tenemos una receta perfecta para el éxito.

El caso, es que también comprendo perfectamente el porqué de que esa popularidad no se haya mantenido intacta, y es que al contrario que con Doyle, sus deducciones no tienen ningún sentido. No es ya que fuerce los límites de la plausibilidad, o que recurra a ejercicios deductivos imposibles, es que la mayor parte de las “pruebas” en que basa sus “investigaciones” son tan ambiguas como irrelevantes. Cuando le hace falta, se saca de la manga una coincidencia increíble (como estar cenando justo al lado de los criminales) o recurre a unos conocimientos inventados (por ejemplo, una traducción sui géneris de poltergeist), lo junta todo incurriendo a cuanta falacia lógica sea necesaria para aparentar un proceso deductivo y lo remata con unos cuantos fuegos artificiales para que no pensemos demasiado en cómo hemos llegado hasta allí.

A la postre, las aventuras de Jules de Grandin (al menos a juzgar por esta pequeña muestra) son tan emocionantes como formulaicas y olvidables. No hay nada realmente original, sino tan sólo una habilidosa reutilización de elementos, que incluye una no desdeñable capacidad para amagar por un lado antes de salir por otro completamente distinto. Los relatos están concebidos para mantener al lector continuamente en tensión, y si para ello tiene que hacer “trampas”, pues las hace y a la marcha. Jules de Grandin no apela al intelecto para convencernos, ni siquiera elabora un escenario sobrenatural coherente, sino que se limita a abrumarnos con su carisma. A veces eso es suficiente.

Mención aparte de lo antedicho merece, eso sí, el último relato, “El juego de las almas”, que se aparta de forma bastante acusada de la fórmula magistral y consigue evocar además un auténtico sentimiento de sobrecogimiento ante lo sobrenatural (coincidentemente o no, también es un relato en el que Jules de Grandin asume un papel casi secundario, y donde por añadidura deja abierta la puerta a la incertidumbre).

Undécimo aniversario

•enero 11, 2018 • 6 comentarios

11 de enero y un año más Rescepto Indablog ha desafiado a la lógica y ha conseguido alcanzar un nuevo aniversario, el undécimo ya.

La verdad es que resulta difícil determinar qué contaros. Sí, está el tradicional desfile de cifras, que pondré en marcha en unos párrafos, pero eso es algo que a estas alturas resulta ya un tanto mecánico. Llega un punto en que los números, al menos de año en año, dejan de importar en exceso. El único importante es ese uno que se ha sumado al diez, y en realidad tan sólo porque indica que el proyecto sigue vivo.

Creo que lo que estoy tratando de plantear es la cuestión de la motivación. ¿Cuál es el secreto combustible que mantiene en marcha los motores y hace que siga haciendo públicos mis desvaríos en torno al género fantástico? Por supuesto, a estas alturas cualquier expectativa de que esto tenga alguna utilidad promocional se ha esfumado (o, en cualquier caso, queda meridianamente claro que no compensa en absoluto el trabajo invertido con el hipotético rédito publicitario). ¿Entonces qué? ¿Puro exhibicionismo ególatra? (aunque para eso, casi mejor un videoblog). ¿Bookporn escrito, que no es sino otra forma de exhibicionismo?

Bueno, supongo que algo de eso hay, al igual que sigue presente la intencionalidad de contribuir a la difusión del género, pero sobre todo, a día de hoy, creo que es una cuestión de puro y duro beneficio personal. Publico las reseñas porque escribirlas me ayuda a ir desvelando, para mi propio solaz, la historia de la literatura fantástica. Por eso voy saltando de época en época y de subgénero en subgénero, porque ansío abarcarlo todo. Quizás así no alcance una excesiva profundidad en nada, pero si voy consiguiendo visiones panorámicas progresivamente más diáfanas, si las sombras que todavía oscurecen partes del paisaje van haciéndose cada vez menos densas, yo ya me doy por satisfecho.

Durante el 2017 he publicado 56 entradas (en su inmesa mayoría, reseñas), y lo cierto es que los más o menos prolongados períodos de sequía experimentados a lo largo del año no me han producido una especial desazón. Es decir, ya no siento la compulsión de publicar entradas (lo cual no sé si es algo bueno o malo). Me he preocupado menos que nunca de la periodicidad, quizás porque me he reconciliado con la idea de que escribo principalmente para mí (lo siento, es lo que hay), y como resultado ha disminuido enormemente el estrés de mantener el blog… algo que posiblemente le conceda una oportunidad de llegar al menos a los doce años.

Hablaba al principio de cifras. Permitidme que saque primero a colación las globales.

Hace apenas tres días se registró la visita número 700.000. Miniobjetivo cumplido: llegar antes del undécimo aniversario. En cuanto al número de libros reseñados, si no he perdido la cuenta en algún momento, es de 674, escritos por 386 autores diferentes (¡y aún quedan tantísimos por incluir!), y así, de propinilla, 82 películas. Son buenas cifras, pero un tanto… feas. Es decir, con lo que lucen los números redondos y lo lejos que están… (¡1.000.000 de visitas! ¡1.000 reseñas! ¡500 autores!). Un año arriba o abajo no las cambia demasiado, así que mejor buscar la motivación por otro lado.

Sobre todo, he de evitar apoyarme en las cifras anuales, porque ya me han dado más de un disgusto… aunque no en 2017. Hace un par de semanas solicitaba ayuda por Facebook para ver de batir el registro histórico anual del blog, y acabé comentando que el récord se había batido y no se había batido, todo al mismo tiempo. Toca explicarme. La plusmarca en número de visitas corresponde al año 2012, con 82.838. El 2017 se cerró con 82.663. ¿Cómo es posible entonces que sostenga que el récord podría haberse batido? Pues se da la circunstancia de que 2012 fue un año bisiesto, por lo que contó con veinticuatro horas más para hinchar las cifras. Si vamos a la media diaria, en 2012 fue de 226,33 visitantes, mientras que en 2017 ha sido de 226,47. Así pues, en número medio de visitas diarias, 2017 ha superado (por poquito) a 2012. Hala, ya hay argumentos para ver el vaso medio lleno o medio vacío (aunque lo ideal sería acabar con la incertidumbre rompiendo todos los registros este 2018).

Sea como sea, después de cuatro años de “recesión”, es agradable recuperar los niveles de cuando parecía que la cosa iba lenta pero segura hacia arriba. No sé si será algo sostenible, porque el arreón se ha basado principalmente en una segunda mitad del año con porcentajes inusuales de visitas desde los EE.UU. (con récords mensuales para julio, agosto, septiembre, noviembre y diciembre, incluyendo en los dos últimos meses más de 300 visitas diarias de forma sostenida). En estos primeros días del año esas visitas estadounidenses no se han esfumado por completo (como sí pasó otros años), pero sí que han retrocedido considerablemente. En fin, ¿quién entiende lo de las visitas interneteras?

Para el año, el grueso de las visitas provino de España, pero fueron menos de la mitad (34.801), mientras que EE.UU., gracias principalmente a cinco meses intensos, sumó 18.516 (en noviembre, de hecho, hubo más visitantes de EE.UU., 3.886, que de España, 3.135). México ha caído a la tercera posición, aunque con unas muy respetables 7.901 visitas, y siguen los habituales: Argentina (6.067), Chile (4.443), Colombia (3.377), Perú (1.548), Venezuela (937), Ecuador (899) y Uruguay (525). Es una lista bastante estable, comparada con años pasados, donde sólo destaca el crecimiento estadounidense. En undécimo puesto aparece el primer país no hispanohablante (considerando los 45 millones de hispanohablantes de los EE.UU.), que es el Reino Unido, con 493 visitantes.

En otra tanda de cifras, socialmente Rescepto está un poco más conectado, gracias a los 307 seguidores de Facebook (32 más que hace un año por estas fechas), 246 de Twitter (42 adicionales), 129 de WordPress (9 más) y (ejem) 22 de Google+ (2 valientes más). Todo ello muy, muy modesto para un proyecto con once años de vida a las espaldas, pero bueno, la culpa es toda mía, por dedicarme a la fantasía viejuna (aunque de vez en cuando se escapa alguna reseña contemporánea… o relativamente contemporánea, que no hay reseñado todavía ningún libro de 2017 o incluso de 2016). La economía manda, y toca tirar primordialmente de saldos y dominio público. Además, ya son muchos los que se dedican a estar a la última. Está bien que unos pocos echemos la mirada más atrás, que eso es algo fundamental para saber hacia dónde vamos (y para no seguir insistiendo una y otra vez en caminos ya trillados).

Como novedad, en septiembre creé la Primera Semana Supercrítica de Rescepto, publicando una reseña diaria durante toda una semana (con parte de los libros leídos pero no reseñados en agosto). Fue interesante. No es algo que pueda soñar con mantener mucho tiempo (incluso llegar a siete fue un desafío), pero como experimento resultó gratificante. No descarto repetir (dentro de unos cuantos meses).

Para terminar, aproveché el fin de año para hacer recuento de las mejores lecturas de estos últimos doce meses y anuncié el resultado en Facebook y Twitter. Creo justo, sin embargo, dejar aquí también constancia (más permanente) de ello, así que he aquí las ocho lecturas más satisfactorias del año (en un año de lecturas bastante satisfactorias en su conjunto): “La colina de Watership” de Richard Adams, “Puente de pájaros” de Barry Hughart, “La quinta estación” de N. K. Jemisin, “La maldición de Chalion” de Lois McMaster Bujold, “Pequeño hermano” de Cory Doctorow, “The goblin emperor” de Katherine Addison, “Neverness” de David Zindel y “Vencer al dragón” de Barbara Hambly.

¡A por la docena!

Cumpleaños anteriores:

El secreto de la tumba y otros casos de Steve Harrison

•enero 9, 2018 • Dejar un comentario

Siempre a la búsqueda de nuevos mercados para su ficción, Robert E. Howard probó también con el género de detectives, aunque éste tenía unas exigencias que no se ajustaban muy bien a sus habilidades como escritor. Llegó a completar trece narraciones, aunque sólo consiguió vender cuatro. De todo este esfuerzo, destaca la serie del detective Steve Harrison, que comprende diez relatos (y una sinopsis).

Para su publicación en castellano, en la colección Los Libros de Barsoom, se optó por dividirla en dos subseries. Por un lado los cuentos dedicados a narrar el enfrentamiento entre Harrison y su archienemigo, el genio del crimen mongol Erlik Khan (publicado como “El señor de la muerte y otros casos de Steve Harrison”), que apuntan a un enfoque centrado en el concepto del peligro amarillo, similar al de Sax Rohmer con su serie sobre Fu Manchú; por otro, una serie de relatos más cercanos al horror (lo que se ha dado en llamar weird menace), que de hecho cosecharon un mayor éxito, a tenor de su aparición en revistas como Strange Detective Stories y Thrilling Mystery.

Antes de pasar a comentar los relatos, unas palabras sobre su protagonista, Steve Harrison. Se trata de un personaje muy howardiano, pues aun perteneciendo al cuerpo de policía de Nueva York es en realidad un solitario, que se ocupa de mantener el orden en el distrito de River Street, un chinatown repleto de fumaderos de opio, donde los asiáticos han construido una sociedad paralela con sus propias reglas y sus propias mafias (en particular, mafias mongolas). Más que en el proceso deductivo, Steve Harrison confía en la acción decidida para resolver sus casos, apoyado en un físico hercúleo que le permite enfrentarse con éxito a casi cualquier adversario.

“El secreto de la tumba y otros casos de Steve Harrison” se abre con “El secreto de la tumba” (también conocido como “The teeth of doom”), publicado originalmente en el número de febrero de 1934 de Strange Detective Stories (cambiando el nombre del protagonista a Brock Rollins y bajo seudónimo, por contener el mismo número otro relato de Steve Harrison). Es un cuento de transición, pues aún trata sobre las luchas de poder en River Street entre las facciones orientales, aunque el disparador de la historia es el atentado que sufre un anciano filántropo y la despiadada persecución al que lo somete la mafia mongola, por razones que tendrá que descubrir nuestro detective.

El nuevo enfoque de sus aventuras empieza con “La voz de la muerte”, que entronca ya con los arquetipos de detective de lo oculto, al enfrentar a un Steve Harrison de vacaciones en un extraño caso en el que una voz fantasmal parece estar induciendo a un joven a matar a su mejor amigo. El detective se enfrenta al caso de frente, con una postura escéptica sustentada en la inquebrantable confianza en sí mismo. Aquí nos encontramos con el modelo que será más o menos definitivo, en el que una amenaza supuestamente sobrenatural se ve desenmascarada por el pragmatismo del personaje.

El relato que acompañó a “El secreto de la tumba” en el último número de Strange Detectives Stories fue “Fauces doradas” (“Fangs of gold”, reeditada con el más acertado título de “People of the serpent”), que lleva a Harrison a los pantanos del sur de los EE.UU., en persecución de un asesino chino (mongol) que ha asesinado y robado 10.000 dólares a un honrado anciano (mandarín). Al seguir sus huellas, el detective se ve involucrado en las luchas internas de una comunidad de negros haitianos entregados a rituales vudú. En el pantano, entre caimanes y asesinos cultistas, se le nota a Howard mucho más en su elemento, componiendo una aventura exótica y trepidante, con un Harrison fuera de su elemento, enfrentado a un escenario que no tiene nada que envidiar a algunos escenarios más propios del horror cósmico.

Todo ello alcanza su máxima expresión con el siguiente relato, “Las ratas del cementerio” (“Graveyard rats”), que constituye posiblemente la muestra de hacia dónde hubiera podido evolucionar el personaje hubiera tenido ocasión (se publicó en Thrilling Mystery unos pocos meses antes de la muerte de Howard). Nos encontramos con Steve Harrison contratado por tres hermanos para defenderlos en un feudo mantenido contra el único superviviente de otra familia, que acaba de asesinar al hermano mayor. La trama se complica cuando la cabeza del muerto, enterrado tres días antes, aparece misteriosamente en el cuarto de uno de los supervivientes (llevándolo a la locura). Todo ello se complica con la supuesta aparición fantasmal de un guerrero indio, por no hablar de la macabra presencia antropófaga de las ratas del cementerio, que proporcionan los mejores momentos, desde una perspectiva aterradora, de todo el libro.

El relato se encuentra sin duda a la altura de los mejores cuentos de terror de Howard (como el justamente célebre “Palomos del infierno”), y entronca con temas muy cercanos al autor, como la degradación moral provocada por la avaricia por el petróleo de la que él mismo había sido testigo en su Texas natal. El título y fecha de publicación, además, me hace especular sobre qué posible relación (si la hay) podría establecerse con el casi homónimo cuento de su compañero del Círculo de Lovecraft Herny Kuttner.

Por último, tenemos “La morada de la sospecha” (“The house of suspicion”), una narración un tanto caótica en la que Steve Harrison se enfrenta un rocambolesco complot tras haber sido atraído a una apartada mansión en donde empiezan a sucederse los atentados contra su vida.

El volumen de Barsoom se completa con una sinopsis no desarrollada para una historia de Steve Harrison (con parecidos más que sospechosos con “Las ratas del cementerio”… menos las ratas, por lo que bien podría ser una primera versión de la historia), así como con un pastiche de Robert M. Price de 1976, relacionada con los mitos de Cthulhu… y muy poco con el Steve Harrison de Howard (que se ve diluido en una amalgama de varios de los personajes más característicos del tejano). Es destacable sobre todo por constituir la génesis del místico Anton Zarnak, que acabaría protagonizando catorce relatos (escritos por nueve autores).

En general, da la impresión de que Steve Harrison es un personaje en desarrollo, a la búsqueda todavía de su propio nicho. Dentro de la obra howardiana, no se aleja demasiado de su prototipo heroico, aunque es quizás un poco más falible (quizás por estar más civilizado) que sus compañeros. Resulta interesante ver cómo abordó el autor el género detectivesco, llevándolo primero a su terreno y luego apostando por la popular vertiente del detective de lo oculto (el rey de Weird Tales era el Jules de Grandin de Seabury Quinn), que estéticamente se encontraba más próxima a sus inquietudes. La pega, por supuesto, radica en que los personajes de Howard rara vez quieren tener nada que ver con la magia, así que más que un experto en cuestiones ocultistas, Steve Harrison es un escéptico a ultranza, que no se deja aminalar ante ninguna manifestación supuestamente sobrenatural, sino que confía en su revólver y sus puños para enfrentarse a cualquier amenaza.

Steve Harrison es, literalmente, un agente del orden, una fuerza arquetípica cuyo único objetivo es reparar o prevenir el mal, ya sea truncando elaborados planes delictivos, ya sea recorriendo medio país en pos de un asesino con tal de recuperar la herencia de una huérfana. No hay nada más allá. No conocemos (ni nos importa) el Steve Harrison que no está de servicio. No hay vida privada, ni aspiraciones, ni miedos. Tan sólo tenemos sus casos, y la certeza de que llegará a cualquier extremo con tal de resolverlos (un pensamiento reconfortante en medio de la Gran Depresión). Soluciones simples (y efectivas) para problemas complejos, ahí quizás radica el principal atractivo del personaje.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

John Silence, physician extraordinary

•enero 7, 2018 • Dejar un comentario

Algernon Blackwood está considerado como el mejor escritor de entre todos los que cultivaron en sus orígenes el género weird. Tras una variopinta vida laboral en los EE.UU., regresó en torno a 1906 a su Inglaterra natal, bien pasados los treinta y cinco, y empezó a desarrollar una prolífica carrera como escritor, principalmente de relatos, que vendía a los periódicos y posteriormente recopilaba (en hasta diez antologías originales y varias más de material ya antologizado). También publicó catorce novelas adultas, dos infantiles y multitud de obras de teatro (representadas pero en su mayor parte nunca publicadas de forma independiente).

Toda esta actividad, desarrollada sobre todo a lo largo de un par de décadas, fue posibilitada en gran medida gracias al éxito de una de sus primeras compilaciones, que presentó a uno de los personajes fundamentales (junto con Thomas Carnacki, de William Hope Hodgson) en la consolidación del arquetipo del detective de lo oculto: el doctor John Silence.

Acaudalado (por razones que no se revelan), el doctor Silence proporciona sus servicios sólo en casos pecualiares, que le permiten poner en práctica unos conocimientos del mundo comúnmente llamado sobrenatural adquiridos tras años de estudio, que se complementan con una personalidad tan equilibrada como benévola.

La compilación de 1908 nos presenta cinco casos, narrados (en ocasiones de forma explícita, en otras de forma sobreentendida) por su Watson particular, el señor Hubbard (un recurso necesario para distanciar al lector del proceso… deductivo en el caso de Holmes, en el caso de Silence… bien, digamos que distanciarnos de la omnisciencia casi absoluta del personaje y generar así un poco de tensión).

Los cinco casos llevan por título en español: “Una invasión psíquica”, “Antiguas brujerías”, “La némesis del fuego”, “Culto secreto” y “El campamento del perro”, a las que se añade en ocasiones “Una víctima del espacio superior”, escrita en 1914 y sumada a las compilaciones de John Silence desde 1946 (aunque para la elaboración de esta reseña me estoy basando en la edición original de 1908 que no la incluye), y en ellos la participación del personaje titular es variada, desde una investigación completa para la primera y tercera, hasta apariciones más o menos estelares en las dos últimas y simplemente como receptor de una historia extraña en la segunda (al estilo del primer gran arquetipo del género, el doctor Hesselius de Sheridan Le Fanu).

Sea como sea, casi todos los casos siguen una estructura que podría caracterizarse en cinco secciones (en ocasiones, directamente, cinco capítulos), que bautizaría como: premonición, presentación, desarrollo, resolución y explicación.

En la “premonición”, el elemento sobrenatural empieza a insinuarse, generalmente a través de un pequeño conjunto de elementos relevantes que marcaran el tono de la historia. Durante la “presentación”, esos elementos sutiles empiezan a manifestarse de forma más y más evidente, hasta que queda el terreno abonado para el “desarrollo”, donde alcanzan su plena madurez. Entonces suele entrar en acción el doctor Silence, resolviendo la papeleta (de forma harto misteriosa), reservando la “explicación” (enmarcada en la tradición ocultista) para el cierre de la narración. De estas secciones, es normalmente en el “desarrollo” o en la “resolución” donde la prosa de Blackwood alcanza su máximo vigor y donde se recolectan los frutos sembrados durante la “premonición” y la “presentación”.

Por desgracia, el texto debe concluir con una explicación del doctor Silence, por cuya boca se expresan las certidumbres de Algernon Blackwood con respecto al mundo supranatural (y sin embargo perfectamente explicable a través de su propio set de normas), y ahí, para mí, naufraga casi invariablemente, porque rompe el misterio y lo sustituye, básicamente, por charlatanería (en la que el propio autor creía… o ansiaba creer).

En mi caso concreto, esa credulidad destruye casi por completo mis opciones de disfrute de los relatos. Blackwood asume que la explicación, al ser “cierta”, es todo cuanto necesitamos para terminar de disfrutar del relato, y así sería si estuviera fundamentada en la ciencia o en la lógica. No es así. Son “verdades” arbitrarias, que su personaje bien podría estar sacándose de la manga (aunque lo más probable es que pertenezcan a alguna de las tradiciones ocultistas que Algernon Blackwood frecuentaba).

Son la gran revelación, el atisbo hacia una realidad más allá de los sentidos físicos pero, en teoría, no por ello menos real. Deberían provocar asombro y sobrecogimiento… pero sólo si te las crees por un solo instante. Si no, la estructura no es válida. Nada las anticipa, no hay entramado lógico que ate premisas y conclusiones; tan sólo la palabra de John Silence de que eso es así; tan sólo la verdad revelada. Pues vale.

Leyendo los casos de John Silence no puede evitar desesperarme ante la lentitud y reiteración de las introducciones y ante la arbitrariedad de las explicaciones. Así que, aunque en ocasiones el desarrollo logra atraparme (en “Antiguas brujerías”, “La némesis del fuego” y “Culto secreto”), a la postre el golpe final, el fogonazo de maravilla que debe darle sentido a todo, me yerra por completo, dejándome más frustrado que otra cosa.

Incompatibilidad absoluta de intereses. Algernon Blackwood descuida lo que me atrae de un relato y espera que me deslumbre lo que yo sólo percibo como arbitrariedad. Su entusiasmo (y lo pulido de su prosa) alcanza a veces a hechizarme durante unos párrafos, pero a la larga el castillo de naipes se desmorona, dejándome sin nada.

Para concluir, tan sólo quisiera comentar una posibilidad que se me antoja sugerente. Hace unas semanas reseñé “Más oscuro de lo que pensáis“, de Jack Williamson, alabando la originalidad en su tratamiento de la licantropía. El caso es que, tras leer “El campamento del perro”, no puede dejar de pensar que Williamson pudo tener muy presente ese caso del doctor Silence cuando construyó (con un estilo y unos objetivos totalmente diferentes) su novela.

Otras opiniones:

Otras obras el mismo autor reseñadas en Rescepto:

 
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