Congreso de futurología

•noviembre 23, 2020 • 8 comentarios

En 1970 Stanislaw Lem publicó un libro de ensayo nunca traducido al español cuyo título vendría a ser algo así como “Ciencia ficción y futurología”. En él, intentó esbozar una teoría sobre el género, al tiempo que examinaba su propia obra y la de otros autores. El libro no fue demasiado amable con la ciencia ficción norteamericana, a la que consideraba vulgar. Un año después sacó la novela “Congreso de futurología” (“Kongres futurologiczny“, 1971), que en cierta forma parece apoyarse en este trabajo para realizar una crítica contra el mundo capitalista, el mundo comunista y, en general, contra todo y todos, incluyendo posiblemente una puyita contra Philip K. Dick, que como el resto de compatriotas no salía muy bien parado (opinión que rectificaría en 1972, hasta el punto de dedicarle en 1975 un artículo laudatorio).

“Congreso de futurología” no solo continúa el estilo humorístico y satírico de “Diarios de las estrellas” (1957), sino que recupera por primera vez a su protagonista, el astronauta Ijon Tichy, quien tras relatarnos sus viajes nos cuenta su primera aventura larga, tras ser invitado como ponente al epónimo congreso, a celebrar en Costarricania.

Durantes estos compases iniciales, la historia discurre sobre todo como una parodia ya no solo de los congresos (científicos o no), sino del capitalismo, contemplado desde la óptica deformante de la propaganda soviética. Así, compartiendo hotel (de la cadena Hilton, con cien pisos) con los futurólogos, tenemos el congreso de escritores liberados (aunque sería más atinado tildarlos de pornógrafos).

Las confusiones de Tichy al respecto de la sala donde acudir, las primeras ponencias, así como sus conversaciones con distintos huéspedes a cual más estrafalario, impulsan la historia, hasta alcanzar el primer punto de inflexión, pues la situación del país es crítica y las protestas están a punto de estallar.

El gobierno costarricano, sin embargo, está por la labor de abordar la revuelta mediante métodos no convencionales, así que opta por primera vez por utilizar métodos farmacológicos, gracias a activos recién descubiertos como la benefactorina, el altruismol o el felicitol, que inducen artificialmente un estado de benevolencia casi insuperable en quienes se ven bajo su influencia, bien sea por ingesta con el agua (como le ocurre a Tichy) o al aspirarlos como aerosol (y aquí seguimos dentro de la crítica a occidente, pues estaba muy fresco el uso de armamento químico por parte de los estadounidenses en la guerra de Vietnam).

La situación pronto se sale de control, y Tichy acaba encerrado junto con otros congresistas y algunos periodistas en una cloaca, tratando de evitar la acción de los compuestos buenrollísticos con máscaras de oxígeno. El aislamiento, sin embargo, no es perfecto, y todos empiezan a sufrir alucinaciones, que difuminan la frontera entre realidad y delirio (un tema puramente dickiano), haciendo dudar finalmente a Tichy de todo y de todos, hasta que acaba supuestamente hibernado y reanimado en el seno de una utópica sociedad futura (algo que entronca directamente con algunos de los títulos de la gran oleada de literatura utópica de finales del siglo XIX, a la estela de “El año 2000“, de Edward Bellamy).

En este mundo futuro, la farmacología se ha desarrollado hasta tal punto que los habitantes viven en una auténtica psiquicracia. Hay compuestos para estar alegre, para asimilar información, para aprender oficios y, en definitiva, para cualquier estado o creencia imaginable, ya sea tan peregrina como creerse el autor de “La divina comedia” (con la danteína). Es un mundo al que a Tichy le cuesta adaptarse, y con razón, porque poco a poco la trama avanza hacia donde de verdad quiere llegar Lem, que es a una crítica brutal y descarnada contra el régimen comunista polaco y las mentiras con que trataba de mantener calmada a la población en medio de una crisis económica devastadora.

Así, en línea con sátiras utópicas anteriores como “Erewhon“, de Samuel Butler (otro discípulo de Jonathan Swift), la aparente sociedad feliz se acaba revelando como una distopía enmascarada, y no contento con ello Lem busca la hipérbole, cuidándose, eso sí, de apuntar a causas como la superpoblación y el agotamiento de recursos (lo cual suena a capitalista, en congruencia con haber situado la acción futura en la ciudad de Nueva York).

Esa misma nedesidad de sortear la censura es posiblemente la responsable de que “Congreso de futurología” carezca de un enfoque bien definido. En grandes secciones de la novela, las ocurrencias se disparan a ritmo de ametralladora, apuntando en tantas direcciones que al final lo que consigue es no darle a nada. Incluso dentro del nonsense literario hace falta estructura y Lem se vio posiblemente obligado a disimular tanto su crítica social que a la postre sus esfuerzos quedan muy por detrás de, por ejemplo, su contemporáneo Kurt Vonnegut (con títulos como “Cuna de gato” o “Matadero Cinco“).

Tampoco constituye un gran triunfo su intento por ser más y mejor dickiano que el propio Dick. La duda metafísica de Dick con respecto a la realidad (y el modo en que las drogas encajan en esa cosmología) es mucho más profunda que la simple implantación de filtros. En la obra de Lem, existe una realidad física basal, es solo al nivel perceptual que los poderes políticos interfieren para crear una suerte de dictadura del pensamiento que conducirá invariablemente a la aniquilación.

Es una idea poderosa, y no cabe duda de que los compases finales de la novela, donde esta se desarrolla en todo su esplendor, constituyen lo mejor con diferencia del libro (que, cuando menos, te deja con un magnífico sabor de boca, apenas malogrado por una última pirueta argumental para quitarle hierro a la historia y hacerla, quizás, más digerible para la censura). Para llegar hasta allí, sin embargo, ha tenido que dar demasiados rodeos y se ha entretenido en demasiados callejones sin salida para haberme resultado una experiencia satisfactoria.

O tal vez sea que no conecto en modo alguno con el humor de Lem… o que al recurrir en tan gran medida a los juegos de palabras, resulte parcialmente intraducible (la obra, como otras de Lem, apunta también hacia la incapacidad humana de entenderlo todo, el lenguaje como barrera en vez de como vehículo de intercambio de ideas y los problemas de comunicación, entre pasado y futuro en este caso, aunque tiene otras novelas, como “Solaris”, donde esta visión pesimista en torno a lo cognoscible queda mejor definida).

Sea como sea, “Congreso de futurología” es una novela humorística breve que se me ha hecho monótona, larguísima y mucho menos incisiva de lo que probablemente pretendía.

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Muerte al alba

•noviembre 16, 2020 • Dejar un comentario

Hacia 1990 Robert McCammon estaba en la cima absoluta de su popularidad. Desde su debut en 1978 con “El príncipe de los infiernos“, había ido construyendo una carrera modélica, fundamentada en el ascenso del terror a la categoría de género bestseller. A las ventas, se le sumaba el reconocimiento crítico, con múltiples nominaciones y victorias en los premios Bram Stoker.

En medio de todo esto, en 1991, publicó la que es considerada por muchos como su mejor novela, “Muerte al alba” (“Boy’s life”), que no solo le cosechó su tercer Stoker (en novela, quinto en total), sino que le valió también por primera vez el World Fantasy Award y, de hecho, es una obra que calificaría antes de fantasía que de terror.

“Muerte al alba” es ni más ni menos que la típica historia nostálgica de maduración, ambientada unos treinta años antes, en 1963, narra un año en la vida de Cory Mackenson, pero no un año cualquiera, sino el año en que cumple los doce, esa edad crítica en la que a menudo se da la transición entre la niñez y la juventud. Todo comienza con un evento disruptivo, pues Cory, que acompaña a su padre en el reparto matutino de leche, es testigo de cómo alguien se deshace de un cadáver, arrojándolo dentro de su coche a un profundo lago, conocido únicamente por los locales.

El misterio de este asesinato, y sobre todo su conexión con Zephyr, el pequeño pueblo de Alabama donde habitan, impulsa en buena medida la historia, aunque como ocurre a esas edades no la monopoliza en absoluto, sino que a lo largo de los doce largos meses que abarca hay espacio para multitud de experiencias, algunas positivas, otras negativas y otras, simplemente, novedosas, que van jalonando el progreso de Cory hacia la madurez.

“Muerte al alba” no se aparta mucho de las convenciones del género, aunque no fuerza la faceta de rito de maduración, sino que permite que su protagonista vaya poco a poco descubriendo que el mundo es más complejo, y a veces más aterrador, de lo que suponía. Probablemente con buenas dosis de elementos autobiográficos (McCammon fue también en 1963 un niño de doce años en Alabama), la novela presenta una perspectiva vital todavía mágica (con esa magia de la niñez, que más tarde, ya de adultos, recordamos con nostalgia), y de hecho, aunque lo sobrenatural apenas tiene incidencia en la trama y se manifiesta casi únicamente a través de los ojos de los niños (Cory y ocasionalmente sus amigos), su presencia continua emparenta la novela con el realismo mágico (oscuro, habida cuenta de su tendencia hacia lo terrorífico o grotesco, en forma de fantasmas, monstruos y magia vudú).

Los distintos episodios que se van sucediendo con el discurrir de las estaciones van alumbrando también esos otros monstruos, más reales y terribles que los cinematográficos que adornan las paredes de la habitación de Cory, tales como el racismo (siendo Alabama en los sesenta, no puede faltar la referencia a la esclavitud y el todavía presente Ku Klux Klan), el extremismo religioso, la delincuencia o el desempleo (junto con esa visión de la inexorable degradación producida por el paso del tiempo).

Otras experiencias con las que debe aprender a lidiar Cory son de carácter más personal, bien sea aceptar la pérdida de un animal querido, aprender a plantar cara al abuso o, de forma más terrible, sobrellevar la muerte de alguien cercano. Lo cual no implica que no quede lugar para otras experiencias más positivas, como el descubrimiento de una vocación, la conquista de ciertas libertades y responsabilidades o el primer e inocente atisbo de atracción sexual.

Todo esto va configurando un mosaico de experiencias que Robert McCammon engrana con tremenda habilidad, ofreciendo una auténtica porción de vida, a medias maravillosa y a medias aterradora, con penas y alegrías y logrando transmitir esa impresión de eterna intemporalidad que va escurriéndose por entre los dedos de la mano como arena en la playa, sin que el niño que la está disfrutando sea plenamente consciente de ello (y es la perspectiva adulta del narrador, que rememora aquel tiempo lejano, lo que propicia esta interpretación).

“Muerte al alba” sería un libro absolutamente redondo de no ser porque a la postre la trama que ata la novela, la del cadáver misterioso, se resuelve con bastante torpeza y de forma excesivamente apresurada. Es una circunstancia que destaca sobre todo en contraste con otras subtramas o simplemente escenas del libro, como la del mono Lucifer, el monstruo acuático local conocido como el Viejo Moisés, la bestia de tiempos pretéritos o el vuelo con que la pandilla de amigos de Cory inician el verano (el momento en que el autor logra transmitir mejor lo que es la niñez). Esto constituye, de todas formas, un inconveniente menor (acentuado quizás por la decisión de cambiar el título en su edición en español, porque ese no es el punto focal de la historia).

Queda pues, en mi opinión, totalmente justificados los premios. Quizás menos el Bram Stoker, por cuanto difícilmente puedo calificarlo de terror (aunque haya fantasmas, monstruos y asesinos), pero tampoco voy a protestar mucho (y eso que fue un año bastante competitivo, con finalistas como “La tienda” y “La Torre Oscura III: Las tierras baldía”, de Stephen King, “El médico” de Thomas Disch y “Un verano tenebroso”, de Dan Simmons). En cuanto al World Fantasy Award de 1992, “Muerte al alba” derrotó a títulos como “Danza de huesos” de Emma Bull, “El país pequeño” de Charles de Lint o “El museo del perro” de Jonathan Carroll.

Tras este éxito, McCammon publicó otra novela, “Huida al sur”, en 1992, y en la cima de su popularidad sufrió una crisis de identidad, lo que unido a desavenencias con su editor por querer pasarse a la novela histórica (con ciertos elementos sobrenaturales) hizo que abandonara el mercado por toda una década. Su retorno en 2002 con “Speaks de nightbird” (el inicio de una saga, ambientada en tiempos coloniales, que ya va por los siete libros), no logró alcanzar el mismo impacto, y de hecho el cambio en el panorama editorial (junto con el alejamiento del género por el que es principalmente conocido… aunque su evolución, tras leer “Muerte al alba” resulta perfectamente lógica) ha hecho que desde los años noventa no se haya vuelto a publicar (ni prácticamente reeditar) ninguna de sus novelas en español, lo cual posiblemente sea una pena, porque desde luego McCammon es un autor a reivindicar, más allá de su terror ochentero.

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Mundos de Imperio

•noviembre 3, 2020 • Dejar un comentario

La carrera literaria de Keith Laumer presenta dos períodos bien diferenciados. Entre 1959 y 1971 se cuentan sus años más productivos, durante los que se convirtió en un contribuyente asiduo a las revistas de ciencia ficción, publicó dos docenas de novelas e incluso llegó a estar nominado a los premios Hugo y Nebula. En 1971, sin embargo, sufrió un derrame cerebral, y aunque logró recuperarse parcialmente, su productividad (y la calidad de sus escritos) ya no volvió a ser la misma.

Se le recuerda especialmente por dos creaciones. Por un lado, están los supertanques autoconscientes conocidos como Bolos, que se hicieron tan populares en el campo de la ciencia ficción militarista que a los cuentos y novelas propios (recopilados en tres libros) hay que sumar hasta trece títulos más, con participantes como David Weber (Honor Harrington) o William H. Keith (Battletech). Por otro, las cómicas peripecias del diplomático Retief, protagonista inicialmente de varios cuentos publicados a lo largo de toda una década en If y a la postre diecinueve libros entre antologías y novelas.

De entre el resto de su producción, destaca quizás la serie del Imperio que ahora nos ocupa, iniciada con la novela (breve) “Mundos de Imperio” (“Worlds of the Imperium”), serializada originalmente en 1961 en Fantastic Stories of Imagination y publicada a al año siguiente en un Double de ACE con otra novelita de Marion Zimmer Bradley.

El planteamiento es sin duda lo mejor de la historia. Laumer propone un multiverso, accesible mediante unos curiosos vehículos, con la peculiaridad de que en su mayor parte está ocupado por una mancha de destrucción (Tierras arrasadas, envenenadas o directamente destruidas). En este panorama de desolación aparecen tres microzonas de estabilidad, las manchas insulares. La Cero es sede del Imperio: un mundo que divergió del nuestro hará unos cuatrocientos años, pero que muestra las verdaderas diferencias a partir de 1879, con la invención de la tecnología de transporte interdimensional (los errores cometidos en otra realidades paralelas explican en principio la desolación de la Mancha).

La Mancha Insular Dos es un mundo casi asolado por una guerra nuclear, en la que un dictador controla con mano férrea lo que queda en pie desde su palacio en Algeria. La Mancha Insular Tres es la nuestra, y es donde un comando del Imperio secuestra a Brion Bayard, diplomático estadounidense destinado en Estocolmo (y antiguo militar; todo ello a imagen del propio Laumer), y lo conduce al Imperio (bajo el control de una unificación de las dinastías Windsor y Habsburgo), un lugar que, salvo por la tecnología interdimensional, se encuentra curiosamente estancado en un nivel de desarrollo tecnológico y social similar al vigente con anterioridad a la (nuestra) Primera Guerra Mundial.

Tras unos malentendidos iniciales, los agentes del Imperio acaban revelándole para qué lo quieren: Bayard es el doble exacto del dictador de la Mancha Insular Dos… y desean enviarlo allí para que lo asesine y sustituya, previniendo así que su régimen se extienda por el multiverso.

A partir de aquí la novela asume por completo las convenciones del romance ruritanio, a imagen de “El prisionero de Zenda”, de Anthony Hope (1894), aunque al contrario que con otros títulos como “Estrella doble“, de Robert A. Heinlein, la imitación no se limita a la trama del doble (justificada en este caso mediante los mundos paralelos), sino que tenemos incluso una sociedad tardodecimonónica, que despierta en Bayard el anhelo romántico por unos tiempos más simples y más “inocentes”.

Esto, unido a la repudia a la desolación nuclear de la Mancha Insular Dos, emparenta “Mundos de Imperio” con todas las obras de ciencia ficción de los años cincuenta y sesenta que se mostraron horrorizadas con la bomba atómica, proponiendo en su caso, ingenuamente, un retorno idealizado al mundo previo a las Guerras Mundiales (obviando, por supuesto, todos sus defectos y desigualdades). La sutileza y la autocrítica no son, desde luego, el fuerte de Laumer, y pronto queda claro que esta novela está más cercana en espíritu al pulp de los años treinta que a la New Wave que estaba perfilándose en el horizonte.

Bayard es, por supuesto, un héroe de una pieza, casi ridículo (desde una perspectiva moderna) en su increíble eficiencia y saber estar en cualquier situación (justo el tipo de personaje que Brian Aldiss ridiculizaría en 1964 en “Los oscuros años luz“). ¿Que toca pelear con una espada? Tan bien como el mejor. ¿Que toca batirse en duelo con un experto? Ahí está él, más chulo que un ocho. Lo peor, sin embargo, está por llegar, porque es llegar a la Mancha Insular Dos y transformarse en una historia de intriga ramplona, que evita como la peste cualquier atisbo de complejidad narrativa o temática.

Esa falta de ambición para explorar en lo más mínimo las implicaciones de la existencia de dobles exactos, con comportamientos, valores y ética muy diferentes convierte incluso en una broma de muy mal gusto la inclusión como personaje secundario de un Hermann Goering alternativo al servicio del Imperio. El nazismo es un tema que no conviene ni rozar si no tienes algo significativo que decir al respecto. Similar nivel de “profundidad” tiene su perspectiva sobre la guerra nuclear (hasta el punto de que no parece siquiera tener muy claro cómo funcionan las bombas atómicas).

“Mundos de Imperio” deviene así en poco más que una fantasía de autorrealización; idea que cobra todavía más visos de plausibilidad por los grandes paralelismos existentes entre las biografías de Bayard y del propio Laumer. Es una historia tan, tan pulp que resulta casi ridículo pensar que se publicó en 1961. El planteamiento del escenario es sugerente, pero cualquier mérito queda malogrado por lo que después hace con él, quedando la historia reducida a la categoría del entretenimiento más irrelevante.

Al parecer, las cosas mejoran con la segunda novela del Imperio, “Al otro lado del tiempo” (“The other side of time”, 1965), que sí parece cumplir con las promesas planteadas por el escenario (aunque como no la he leído todavía, no puedo juzgarlo personalmente). Hubo una tercera novela, “Assigment in nowhere”, de 1968; y aun una cuarta, en 1990, ya en plena decadencia de Laumer como escritor, titulada “Zone Yellow”.

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Fantasmas (Peter Straub)

•octubre 27, 2020 • Dejar un comentario

A principios de los años setenta Peter Straub era una joven autor tratando de abrise camino. Tras tres libros de poesía y una novela, su agente, que se estaba encontrando con dificultades para colocar su segunda novela (que, de hecho, no publicó hasta doce años después), le sugirió orientarse hacia ese género que estaba poniéndose tan de moda, la novela gótica (es decir, la novela de terror).

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En 1971, William Peter Blatty había roto todos los registros con “El exorcista“, y para 1974 ya había iniciado su exitosa carrera Stephen King con “Carrie”. En medio de ese panorama, Straub obtuvo su primer éxito modesto con “Julia” (que sería adaptada al cine dos años después), seguida por “Si pudieras verme ahora” (1977), aunque cuando realmente despegó su carrera fue a la tercera, con “Fantasmas” (“Ghost story”, 1979), que lo situó en un lugar preeminente dentro del panorama del terror que ya no ha abandonado.

La historia arranca un año después de la muerte de uno de los integrantes de la Chowder Society, un grupo de cinco amigos de edad madura de la pequeña ciudad de Milburn, Nueva York, que se reúnen semanalmente para beber y charlar. Tras aquel acontecimiento disruptivo, han empezado a dedicar estas sesiones a contarse cuentos de fantasmas que podrían o no haberles acontecido, mientras un horror inefable comienza a contaminar sus sueños, entrelazado todo ello con un secreto oscuro que guardan desde hace cuatro décadas y que todos ellos sienten que se encuentra en la raíz de sus tribulaciones.

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Cada vez más atrapados en una red de fatalismo que se extiende sobre la ciudad, acuerdan escribir al sobrino del fallecido, un autor de libros de terror moderadamente exitoso, invitándolo a visitarlos para discutir con él la situación. Antes de que pueda presentarse, sin embargo, un segundo miembro de la Chowder Society fallece (cometiendo aparentemente un suicidio), y esto es solo el preludio para una espiral de horror que va envolviendo no solo a los miembros supervivientes del quinteto (y al joven escritor), sino a toda la ciudad, que parece encontrarse en el punto de mira de un mal ancestral, que parece manifestarse bajo la apariencia de diversas mujeres fatales, acompañadas por manifestaciones fantasmales.

“Fantasmas” es una novela que se toma su tiempo para crear la atmósfera. Juega a introducir poco a poco el elemento sobrenatural, dedicando páginas y más páginas a acontecimientos aparentemente banales, hasta que en un momento dado golpea, haciendo avanzar la historia a través de una multitud de puntos de vista, a un ritmo que va incrementándose a medida que esta presencia malévola va pasando de lo meramente insinuado a la intervención explícita (ayuda a aceptar este esquema, que bordea en los compases iniciales de la novela lo anodino, un prólogo que lo reproduce a escala, transitando con maestría de lo trivial a lo inquietante, y de ahí finalmente a lo perturbador).

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Dentro de esta estructura, cobran especial importancia las narraciones dentro de la narración, esos cuentos de terror que intercambian entre sí los protagonistas (o que nos narran a nosotros). Son pequeñas historias autocontenidas, que en la tradición del Decamerón o los Cuentos de Canterbury, no solo construyen la atmósfera, sino que van tejiendo la red destinada a dejar Milburn a la merced de unas criaturas que constituyen la materia prima misma de la que han surgido pesadillas como los vampiros o los hombres lobo que pueblan nuestros relatos de terror.

No se le puede negar ambición a Straub, que bebe explícitamente de los grandes maestros del horror estadounidense (Edgar Allan Poe, Henry James y Nathaniel Hawthorne), tomando su romanticismo oscuro y aportando a través del escenario urbano un toque de modernidad (y cercanía) a un tema tan clásico como el del pecado ancestral que exige compensación (aunque luego la arbitrariedad de la amenaza y la transformación de la víctima en verdugo subvierte esta interpretación y dibuja un paisaje ético mucho más ambiguo, que es a su vez reflejo de los claroscuros de la propia Milburn).

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Este giro urbano, que transforma a la ciudad en una protagonista más de la novela, lo imprimió Straub a imitación de Stephen King en “El misterio de Salem’s Lot”, aunque su estilo es mucho más literariamente clásico que el de su colega de Maine, con el que le une una larga y estrecha relación (han cofirmado la por ahora bilogía “El talismán”/”Casa negra”). La influencia circula también en el otro sentido, pues es posible encontrar en Milburn el germen de la Derry de “It” (por no habar de que el Doctor Pata de Cabra, creación ficticia de uno de los personajes de “Fantasmas”, parece constituir un antecedente directo del Leland Gaunt de “La tienda”).

A Straub, sin embargo, no le interesan tanto los grandes conflictos (bien/mal) como los fantasmas personales, que si en Milburn se manifiestan de un modo explícito no dejan de constituir concreciones metafóricas de flaquezas humanas (como el egoísmo, la hipocresía, la vanidad o la lujuria). De hecho, como ya he comentado, toda la novela se haya imbuida de una moralidad ambigua, sin buenos y malos absolutos, que tan solo pierde algo de fuerza cuando el autor se ve obligado a proporcionar un cierre satisfactorio, lo cual no logra por completo (ni desde un punto de vista narrativo, con una suerte de final feliz forzado; ni desde el filosófico).

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Otra cuestión que a día de hoy choca es la misoginia que lo envuelve todo. Aunque se trate probablemente de una cuestión impremeditada, la prevalencia de la figura de la mujer fatal como desencadenante de (casi) todos los horrores resulta un tanto machacona, y si bien se podría argumentar que es la actitud de los hombres con que se cruza la que conduce a la caída, por lo que podría considerársela un mero catalizador, lo cierto es que no puedo dejar de señalar esta circunstancia, exacerbada por la casi absoluta carencia del punto de vista femenino (que queda circunscrito a un par de esposas adúlteras, que no hacen mucho por compensar el desequilibrio entre sexos).

Cuestiones poco menos que impensables en el momento de su escritura al margen, lo cierto es que “Fantasmas” constituye una narración modélica, que consigue aunar tradición y modernidad (de 1979), llevando el cuento de fantasmas a un terreno casi postmoderno en su planteamiento filosófico (que no literario, pues a nivel de estilo se asienta todavía en estructuras clásicas, apenas influidas por el modelo de bestseller que se estaba configurando en esos años).

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No es de extrañar que confirmara a Straub como uno de los grandes nombres del terror, destinado a convertirse en uno de los pilares del género durante las décadas siguientes.

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El juego de las maldiciones

•octubre 14, 2020 • Dejar un comentario

Clive Barker había irrumpido en 1984 como un ciclón en el panorama de la literatura de terror con sus Libros de Sangre, tres antologías (posteriormente ampliadas a seis) que redefinieron el género y se convirtieron en la piedra de toque del splatterpunk, la corriente en auge que recurría a la plasmación gráfica de la violencia, la sangre y el sexo para impactar a los lectores, renunciando a la sugerencia (terror) en favor del horror suscitado por lo evidente.

En otros autores, esto se convierte en una mera excusa para acumular cuantas más descripciones grotescas mejor, sin otro propósito que sacar al lector a golpes de su zona de comfort. Barker, sin embargo, lo utilizaba para poner claramente de manifiesto conflictos sociales y personales subyacentes, explicitando un horror a menudo oculto bajo los convencionalismos en estallidos sangrientos, profundamente metafóricos, cercanos incluso al surrealismo e imposibles de ignorar.

No es de extrañar, por tanto, que se esperara con gran expectación su primera novela, que llegó en 1985 bajo el título de “El juego de las maldiciones” (“The damnation game”) y pronto recibió elogios que le valieron, por ejemplo, una nominación al Premio Mundial de Fantasía. En esta primera incursión en las distancias largas, sin embargo, se aprecia mucha mayor contención que la exhibida en relatos como “El tren de la carne de medianoche”, “En las colinas, las ciudades” o “Rex Cabezacruda”. Sus trasgresiones son más sutiles. Busca más incomodarnos mediante la ruptura de tabús (tocando temas como el sexo, la muerte, la drogadicción, el suicidio, la nigromancia, la pedofilia…) que a través de la crudeza de sus descripciones, y aunque triunfa a menudo en su propósito, el resultado final es tal vez más convencional de lo esperado en un autor señalado como renovador.

El estilo de Barker, sin embargo, se aparta del más populista y bestsellero que primaba al otro lado del Atlántico (con autores como Stephen King, Peter Straub, Dean Koontz o Robert McCammon), logrando imprimir a toda la historia de una atmósfera de decadencia que compensa en parte lo contenido de su propuesta y los ocasionales bajones de ritmo en que incurre.

El protagonista de la historia es Marty Strauss, un convicto al que se le ofrece la oportunidad de gozar de cierta libertad participando en un proyecto piloto, como chófer (y guardaespaldas) de un misterioso ricachón, Joseph Whitehead. Pronto descubre que el trabajo no es tan inocente como parecía, porque hay fuerzas malignas que se ciernen sobre el anciano, reclamando el pago de una deuda contraída cuarenta años atrás, en las ruinas de la recién liberada Varsovia, con una figura mefistofélica conocida como Mamoulian (autodesignado como el Último Europeo). Poco a poco toda esa malevolencia va convergiendo en torno a Whitehead, arrastrando a Marty, al señor Toy (mano derecha del anciano) y a su heroinómana hija Cary, acosados por el vengativo Mamoulian y Anthony Breer (el Último Tragasables), un asesino pedófilo, devuelto a la vida por este para servirlo en sus propósitos.

Barker sale razonablemente bien librado de su primera incursión en la novela, aunque “El juego de las maldiciones” queda lejos de sus mejores trabajos. En particular, adolece de una molesta carencia de foco, algo fundamental en cualquier historia de terror, donde no importa tanto lo que ocurre como lo que estos acontemientos implican o sugieren. Así, tenemos una tímida aproximación a las adicciones (ludopatía, drogadicción, dinero y poder incluso) y una todavía más vaga exploración del erotismo, de un modo que nunca queda claro qué está intentando transmitir el autor.

Conociendo ciertos datos biográficos, su carrera en general y de forma particular sus obras inmediatamente posteriores, es posible realizar una reinterpretación de la clásica trama de pacto fáustico como la venganza de un amante despechado, aunque las tensiones homosexuales apenas quedan insinuadas (y su sublimación en la heterosexualidad rampante de Marty resulta muy poco convincente). Son temas que serían centrales y aportarían mucha más coherencia a títulos como “Hellraiser” (1986) o “Cabal” (1988).

En “El juego de las maldiciones” da la impresión de que existe un rico trasfondo deseando emerger, pero que el autor, por alguna razón, reprime, privando así a la historia de buena parte de su potencia y, sobre todo, de una brújula que permita orientar y darle sentido al conjunto (la proclama de Mamoulian como el Último Europeo, por ejemplo, una vez conocida su historia, queda en una anécdota hueca, que significa tan poco que es algo que raramente se menciona siquiera en las reseñas).

Hay en “El juego de las maldiciones” imágenes poderosa; casi todo lo que tiene que ver con la capacidad de Mamoulian para controlar a los muertos, por ejemplo; así como descripciones y pasajes meritorios (casi todo lo que tiene que ver con Breer). Se aprecia, además, un trasfondo embrionario del conflicto entre la ambición y el amor, de traiciones, secretos, fingimientos y apariencais que hubieran podido elevar la novela a cotas superiores. El resultado final, sin embargo, se me antoja un poco decepcionante. Me da la impresión de que Barker, en este caso en concreto, no quiso o no supo mojarse, y esa falta de definición acaba condenando la novela a ser menos que la suma de sus partes.

Como apunté al principio, sin embargo, los votantes del Premio Mundial de Fantasía la destacaron como finalista en un año particularmente proclive al género de terror, donde se premió a la novela debut de Dan Simmons, “La canción de Kali”, siendo igualmente finalista Anne Rice con “Lestat el vampiro”. Dos años después, a raíz de su publicación en los EE.UU., obtuvo una nominación en los inaugurales premios Bram Stoker a primera novela (que ganó Lisa W. Cantrell con “The manse”).

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Echopraxia

•octubre 1, 2020 • 2 comentarios

Visión ciega” (Peter Watts, 2006) es en mi opinión una de las mejores novelas de ciencia ficción publicadas en lo que llevamos de siglo XXI. Resulta un poco dura, sí, pero lleva la especulación científica y filosófica a cotas raramente alcanzadas. No es de extrañar, por tanto que tuviera grandes esperanzas depositadas en “Echopraxia”, su paracuela, que nos tenía que contar lo que estaba ocurriendo en la Tierra mientras la tripulación de la Teseo desarrolla su misión de primer contacto en los límites del Sistema Solar. Una vez leída, he de decir que la impresión global es… ambivalente.

“Echopraxia” es una novela anclada en la percepción e intelecto de Daniel Brück, un biólogo autoexiliado que estudia las variaciones genéticas artificiales inducidas en la fauna de un desierto, un hombre normal, una cucaracha, en una era (año 2096) en que la humanidad está al borde de una singularidad biológica que podría dejarla obsoleta. Sin comerlo ni beberlo, Daniel se ve atrapado en un conflicto entre una vampiresa (para quienes no conozcan “Visión ciega”, los científicos recuperaron la especie hermana extinta de los vampiros) y su comando de zombis (soldados con el sistema nervioso intervenido para convertirlos en máquinas de guerra) contra la Orden Bicameral, una comunidad monástica de transhumanos que abogan por una forma extrema de mente colmena.

Sin que llegue a saber muy bien cómo, se encuentra embarcado en una expedición que parte en dirección contraria a la de la Teseo, hacia el Sistema Solar Interior, en una nave, la Corona de Espinas, donde se ha establecido una inestable tregua entre monjes, vampiresa y un militar de alto rango, obsesionado por conocer el destino de su hijo, embarcado en la fatídica expedición original. El objetivo de esta segunda misión (privada) parece ser… ¿encontrar a Dios?

Superficialmente, la trama es muy simple. Viaje de ida y vuelta al lugar donde ha aparecido el objeto extraño (en este caso no un Big Dumb Object, sino (y me apropio descaradamente de la definición de Carlos Winkhorst en C), una “Small Smart Thing”. La trama, sin embargo, no lo es todo, porque la auténtica fiesta se está celebrando bajo su superficie. Peter Watts utiliza esta historia para profundizar en el antiantropocentrismo ultramaterialista que ya constituía la esencia de “Visión ciega”, solo que en esta ocasión pone el punto de mira no en la autoconsciencia, sino en el libre albedrío (o, más apropiadamente, en la inexistencia del mismo).

Iba más o menos por la mitad del libro cuando lo entendí. “Echopraxia” no es tanto (o no solo) una novela de ciencia ficción como una historia de terror. De ahí esa reformulación de elementos propios de la literatura gótica, como vampiros, muertos vivientes o monjes siniestros. Solo que más allá del gótico, nos encontramos ante una de las más extremas muestras de horror cósmico que se han escrito, porque el objetivo de toda la novela es hacernos sentir como Daniel Brück, obsoletos e insignificantes, inermes para alterar un solo paso en un destino que otras fuerzas han dispuesto para nosotros.

La base especulativa del alegato prodeterminismo de Peter Watts es interesante, aunque tal vez se centra en exceso en hallazgos controvertidos (sobre neurofisiología), sin apuntalarse en la física fundamental. Bordea así cuestiones un tanto difíciles de admitir, como una versión remozada de la vieja idea de la programación neurolingüística, exagerándolo todo hasta extremos que ponen a prueba la plausibilidad del conjunto. Digamos, pues, que su disección de la “supuesta” trampa de la autoconciencia en “Visión ciega” resultó mucho más convincente que la refutación del libre albedrío de “Echopraxia”. Tal vez sea algo inevitable dado nuestro actual nivel de conocimientos. Tal vez por eso situó a su protagonista (nos situó) del lado incorrecto de la Singularidad, lo cual justifica con creces nuestro desconcierto y nuestra incapacidad para aprehender las implicaciones cosmológicas (o incluso teológicas) de la misión de la Corona de Espinas.

Ahí es donde empieza a fallar la novela, porque para sostener ese desconcierto, ese vacío que constituye el núcleo de la historia, hacía falta un andamiaje sólido, y aunque cada vez que se arranca en un enunciado especulativo “Echopraxia” es brillante (deslumbrante, incluso), cuando tiene que bajar a los cimientos y realizar trabajo rutinario de sostén (es decir, cuando tiene que mantenernos atrapados con lo que está sucediendo, sin necesidad de pensar en lo que todo ello implica), se derrumba en un tedio difícilmente superable.

La mayor parte de los personajes son, por diseño, incomprensibles para la mente humana. La agencia de Daniel Brück es prácticamente inexistente (aunque hacia el final Peter Watts nos ofrece, como ya ocurrió con su trilogía de los Rifters, una chispa de esperanza). Los acontecimientos se suceden, por tanto, de un modo que no es tanto aleatorio como neutro. Podría estar ocurriendo cualquier otra cosa y nos parecería igual de bien (o de mal). Existe una desconexión emocional total… y el estilo plano y funcional del autor (por no hablar de su negativa férrea a ofrecer cualquier tipo de ayuda interpretativa, aunque eso, por mi propia formación biológica, me afecta menos) no ayuda precisamente a subsanar estas carencias.

Leer “Echopraxia”, para mí, fue como estar oscilando continuamente entre la maravilla y la desesperación. Tan pronto me emocionaba con una línea especulativa particularmente sugestiva como me veía obligado a arrastrarme por la enésima escena de acción narrada con el entusiasmo y dinamismo de la retransmisión de una partida de ajedrez. Eso, unido al hecho ya expuesto de que la argumentación no resulta tan redonda como en “Visión ciega”, me obligan a calificar la experiencia como decepcionante.

De todas formas, ya quisieran muchos producir decepciones de la calidad de “Echopraxia”.

“Echopraxia” no cosechó los mismos parabienes que su predecesora (con la que se publicó en una edición omnibús bajo el título conjunto de “Firefall”). Tan solo obtuvo nominaciones al premio John W. Campbell Memorial (pero en un año en que se nombraron catorce finalistas, resultando triunfadora Claire North con “Las primeras quince vidas de Harry August”) y al Aurora (específico para autores canadienses).

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A memory called Empire

•septiembre 23, 2020 • 1 comentario

Con su novela debut, “A memory called Empire”, Arkady Martine (AnnaLinden Weller) se ha alzado con el premio Hugo 2020 (y el Compton Crook), además de haber sido finalista del Nebula (que ganó Sarah Plinsker con “A song for a new day” y del Arthur C. Clarke (pendiente de fallo). Esto, tradicionalmente, hubiera sido algo totalmente singular, aunque de un tiempo a esta parte empieza a ser más común el que una opera prima destaque durante la temporada de premios (y, de hecho, dos de sus competidoras por el Hugo eran obra también de debutantes).

Más relevante, a mi entender, es que tras unos años de decisiones cuando menos cuestionables, el Hugo parece retornar a la buena senda, con una novela que, aun sin ser perfecta, supone un soplo de originalidad en un panorama que de un tiempo a esta parte tiende al conservadurismo (estilístico): la space opera.

No es que “A memory called Empire” surja de la nada o suponga un salto cualitativo (como pasó, por ejemplo, con “Too like the lightning“, de Ada Palmer). De hecho, recuerda poderosamente el estilo de C. J. Cherryh (que ya encontró el beneplácito de los votantes para con “La estación Downbelow” y “Cyteen” en los años ochenta), aunque la formación histórica de Arkady Martine se pone de manifiesto en un worldbuilding mucho más complejo y en unos referentes culturales más amplios. De igual modo, hay numerosos puntos de contacto con la reciente ganadora del Locus “El emperador goblin“, pese a que, de nuevo, su trabajo de caracterización es más exhaustivo (pero no necesariamente más atrayente).

La novela se presenta como la primera de una serie, la del Imperio Teixcalaano, y ya cuenta con una secuela: “A desolation called Peace” (en donde se desarrolla un conflicto cuya simiente se planta en “A memory called Empire”), y es en la construcción de este imperio donde empezamos a encontrar las fortalezas de la obra. El Imperio Teixcalaano se construye como una amalgama de multitud de imperios históricos como el Azteca (de donde toma numerosos elementos culturales y su identidad étnica), el Bizantino (y su burocracia), el Romano (en su concepción del ciudadano frente al bárbaro y en su política expansionista), el Mongol (en su organización militar), el Chino (en su estética), el estadounidense (por su hegemonía cultural)… hay elementos de prácticamente todos los grandes imperios históricos salvo los occidentales (Británico, Español y Francés), lo que le confiere al mismo tiempo un halo de familiaridad y un componente exótico (para el lector occidental), liberándolo de la tiranía de seguir fielmente un modelo estático.

A este mundo complejo, a la capital del imperio, llega Mahit Dzmare, la nueva embajadora de la minúscula Estación Lsel, una pequeña república minera que se resiste a verse anexionada por su poderoso vecino. Allí, con la ayuda del imago de su predecesor (una emulación de su personalidad y recuerdos, integrado en su propia conciencia, aunque con el inconveniente de encontrarse quince años desactualizada), tendrá que maniobrar para proteger la independencia de los suyos en medio de unos tiempos turbulentos, marcados por las intrigas sucesorias estimuladas por la probable cercana muerte de Seis Dirección, el emperador que por setenta años ha asegurado la prosperidad y la paz de los teixcalaanos.

Para complicar las cosas, al llegar a la Joya del Mundo (la Ciudad-Palacio que es el corazón del imperio) descubre que el anterior embajador, cuya memoria parcial lleva integrada en sus sistema nervioso, fue asesinado, y que sus actividades bien podrían considerarse alta traición según la perspectiva de la Estación Lsel cuyos derechos defendía. Así, con la ayuda de su contacto diplomático (Tres Pradera Marina), se verá obligada a zambullirse de lleno en un peligroso juego del que no sabe las reglas ni las apuestas y en el que representa a un peón fácilmente sacrificable ante la grandeza imparable del Imperio.

Aparte de la trama política, más o menos común a este tipo de historias (aunque adaptada al complejo worldbuilding previamente descrito), “A memory called Empire” destaca por su exploración de la identidad, tanto personal como colectiva. Por un lado, tenemos a la embajadora Mahit, o más propiamente al conjunto de Mahit y el imago de su predecesor (una relación simbiótica que resulta ajena e incluso detestable para la mentalidad teixcalaana), por otro todo un imperio construido sobre un concepto muy estricto de lo propio y lo ajeno (bárbaro). El gran dilema de Mahit es que, pese a amar y tener que defender su hogar, está enamorada de la vasta cultura teixcalaana, de su tradición literaria y su poesía (cuyas sutilezas sabe fuera de su alcance)… y la tragedia de todo ello es que, por mucho que se esfuerce, por mucho que intente integrarse, siempre será extranjera, siempre será la embajadora bárbara.

De cara al lector, por añadidura, la novela nos ofrece otras sublecturas, acerca de la identidad de género, por ejemplo, al utilizar nombres teixcalaanos que para nosotros carecen por completo de marcadores de género (todos los nombres se componen de un número y un sustantivo, que puede ser un objeto de uso habitual, una planta, un concepto…). Arkady Martine juega así a difuminar los roles tradicionales (de un modo a mi entender mucho más efectivo que la estrategia adoptada por Anne Leckie en “Justicia Auxiliar” de caracterizar a todos con el pronombre femenino, por ejemplo), introduciendo además elementos (muy secundarios para la trama) de diversidad sexual (totalmente integrada en la cultura teixcalaana). Asimismo, apunta al misterio de los Soleados (Sunlit), la policía municipal (que es lo mismo que decir “imperial”), que actúan de un modo que induce a pensar en mentes-colmena.

Toda esta riqueza casi podría distraer lo suficiente como para ocultar el hecho de que, eliminado todo el oropel superficial, la trama política y la intriga interestelar resultan de una simplicidad que contrasta vivamente con las formas bizantinas que la arropan. La mayor parte de las complicaciones se antojan un poco artificiosas, y la solución final, aunque ingeniosa por el modo en que consigue entrelazar todos los hilos abiertos, no termina de resultar plausible dadas las apuestas involucradas.

Esta circunstancia, junto con ciertos problemas de ritmo en su segmento central, alejan a la novela de la perfección. Constituye, sin embargo, un debut muy interesante, y una muy buena aportación a una temática sobre la que parecería que ya está todo dicho (personalmente, me resulta poco creíble una organización de carácter imperial para una civilización interestelar con el grado de sofisticación tecnológica que exhibe el Imperio Teixcalaano, pero aun así he terminado disfrutando con la historia). Esto justificaría ya su premio, y a la espera de leer “The ten thousand doors of January”, de Alix E. Harrow, me parece una ganadora del Hugo más que digna (y eso que lo mío no es este tipo de space opera). Ojalá su victoria marque efectivamente un cambio de tendencia dentro de unos premios que habían perdido un poco el rumbo durante las últimas ediciones.

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Seveneves (Siete Evas)

•septiembre 16, 2020 • Dejar un comentario

Siete años después de la monumental “Anatema“, Neal Stephenson volvió al hard con la palindrómica “Seveneves”, tal vez la novela definitiva sobre colonización espacial en el futuro cercano. Una novela que arranca por todo lo alto con la destrucción de la Luna por una fenómeno inexplicable (quizás intencionado), y sigue elevando las apuestas a partir de ahí.

En algún momento de los próximos años, con la Estación Espacial Internacional (ISS, o Izzy para los amigos) acoplada a un asteroide capturado recientemente (Amaltea), la especie humana se enfrentará a la extinción, con un plazo de apenas dos años para otorgarse una oportunidad de supervivencia, que pasa por la colonización a gran escala de la órbita terrestre… con los recursos tecnológicos que ya están a nuestra disposición (o que se esperan para los próximos años).

Los siete fragmentos originales en que se fracturó la Luna, por efecto de las pequeñas inestabilidades orbitales, pronto comienzan a rozar entre sí y fragmentarse, en un proceso de dinámica exponencial que acabará produciendo primero la lluvia sólida (una persistente lluvia de meteoritos sobre la Tierra) y finalmente el Cielo Blanco, el día en que una pequeña alteración provocará la caída simultánea sobre nuestro planeta de un pequeño porcentaje de la masa lunar original, suficiente sin embargo para elevar la temperatura de la atmósfera hasta el punto de calcinar la tierra y evaporar los oceános.

Stephenson centra la atención en un amplio elenco de personajes, mientras los gobiernos del mundo se ven obligados a lidiar con el problema de la aniquilación inminente, diseñando un plan desesperado para convertir la Estación Espacial Internacional en un Arca Nube, con capacidad para salvar a cinco mil seres humanos (junto con una extensa biblioteca genómica), que podrán restaurar la vida en la Tierra cuando milenios después la temperatura haya descendido lo suficiente como para hacerla habitable (tras un considerable esfuerzo de terraformación). Así, tenemos por ejemplo a Doc Dubois, un científico mediático (un apenas disimulado Neil deGrasse Tyson) que alberga serias dudas sobre le viabilidad del proyecto (lo considera un placebo para apaciguar la angustia existencial de los miles de millones de personas sentenciadas), pero que aun así acaba trabajando en el proyecto. O también a Dinah e Ivy, las dos comandantes de Izzy en el momento de la catástrofe. Y muchos, muchos más, que van sumándose al esfuerzo, bien sea en órbita o desde la superficie, por lograr lo imposible, en una empresa que (la propia sinopsis oficial nos lo revela) está condenada a cierto grado de fracaso.

Si de algún modo se puede definir “Seveneves” es como un cruce entre una épica de la conquista espacial y la novela catastrofista definitiva. Neal Stephenson hace uso de todos sus conocimientos en la materia (que son tan detallados como amplios, pues toda la planificación surge a raíz de su labor como miembro fundador de Blue Origin, la empresa aerospacial de Jeff Bezos (donde estuvo trabajando a tiempo parcial hasta el 2006). Así, todo, absolutamente todo lo que tiene que ver con el proyecto espacial tiene ese halo de verosimilitud que lo hace fascinante, incluso cuando le puede la emoción y la narración deviene en excesivamente técnica. Básicamente, Stephenson nos está diciendo que, en caso de extrema necesidad (o si hubiera voluntad política), podríamos iniciar ya la colonización del espacio cercano (sobre todo si se relajan un poco los parámetros de seguridad).

La construcción del Arca, la gestión del Enjambre, la expedición de Sean Probst (alter ego del propio Bezos, o tal vez de Elon Musk) a la captura de un cometa para proporcionar propelente al Arca… Todo ello resulta tan evocador que logra disimular las (a veces graves) carencias de la narración en otros aspectos. Así, toda la novela se muestra curiosamente fría para una historia que involucra la aniquilación del 99,9999% de la humanidad (en realidad más, porque los planes nunca salen como estaban previstos). Todos los personajes son del tipo intelectual. No hay espacio para las emociones, y así momentos como el del Cielo Blanco, que sobrecogen por sus implicaciones, quedan curiosamente atenuados.

De igual modo, la trama política resulta casi infantil en su sencillez y en la poca resolutividad que muestran los personajes (cuando no conviene). Da la impresión de que el autor no está cómodo (o interesado) con esa parte de la historia, y llega incluso a elidir subtramas enteras que podrían clarificar dinámicas que se nos presentan como fait accompli. Tan solo queda claro el desprecio de Stephenson por los políticos y por la política en su conjunto, representada en Julia Bliss Flaherty, la presidenta de los EE.UU., que acabará siendo una de las Siete Evas de la humanidad (¿Y tal vez respresentando esa tara fundacional que acaba estropeando lo que la ciencia gestionaría con eficacia?).

Otra carencia de la novela la encontramos en su extraña estructura. El libro está dividido en tres partes que no son equivalentes. La mayor parte nos muestra los esfuerzos que median entre la destrucción de la Luna y la Lluvia Blanca, por un lado, y luego entre este momento y el establecimiento de la colonia fundacional del futuro en un hueco protegido del mayor fragmento que resta de nuestro satélite (tras una serie de catástrofes, disensiones, accidentes y proezas de ingeniería que dejan al remanente de humanidad, siete mujeres, frente al reto de reconstruir, si es que nos lo merecemos, nuestro futuro).

A partir de ahí, da un salto gigantesco de cinco mil años y nos presenta el resultado, justo en el momento en que empieza a ser factible recolonizar la Tierra. Por efecto fundador, la humanidad (espacial) se ha dividido en siete razas (con cierto número de subrazas), proveniente cada una de las modificaciones genéticas a las que se sometieron cada una de las fundadoras. En el apartado técnico, Stephenson sigue maravillándonos con las obras de megaingeniería que plasma, como el superascensor espacial compuestos por el Ojo y la Cuna o el competidor Gnomón, que amplía y mejora sus prestaciones y alcance.

A nivel político, sin embargo, sigue siendo un tanto decepcionante cómo no es capaz de imaginar nada más allá de la reiteración de un enfrentamiento de bloques; y por lo que respecta a la biología… Digamos que todo el rigor que aplica cuando toca tratar ingeniería y mecánica orbital lo abandona al hablar de genética poblacional, evolución dirigida y efecto fundador. De hecho, da la impresión de que esta parte de la novela se encuentra a medio cocer. Tanto por lo que se refiere al planteamiento como en su exploración de otros posibles supervivientes a la catástrofe, que optaron por soluciones diferentes para enfrentarse a la Lluvia Sólida y el Cielo Blanco, y los problemas derivados del reencuentro entre las ramas divergentes de la humanidad.

Había ahí un potencial enorme, incluso lo suficientemente amplio como para producir dos o tres novelas más, pero Stephenson lo desaprovecha. No sé si se debe a que perdió el interés, o a que a él mismo no le terminó de cuadrar el escenario que dibuja, pero en este caso resulta paradójico que haya llamado al libro “Siete Evas”, en referencia al fragmento menos conseguido de la historia (y constituyendo además un spoiler del resto).

En el computo global, sin embargo, las virtudes superan ampliamente en mi opinión los defectos, y “Seveneves” se erige en una obra monumental, imprescindible para contemplar las posibilidades que la exploración (y explotación) del espacio (desde la iniciativa privada, ya que la pública se ha mostrado inoperante) abre en el futuro inmediato (con suerte, sin una supercatástrofe de por medio, aunque nunca se puede dar nada por supuesto).

En 2016, “Seveneves” fue finalista del premio Hugo, que acabó conquistando N. K. Jemisin por “La quinta estación” (las tres, incluyendo “Un cuento oscuro” de Naomi Novik, más que dignas candidatas, aunque considero que en esta ocasión los votantes acertaron plenamente al destacar la originalidad de Jemisin). De igual modo, quedó segunda en la votación de los Locus (por detrás de “Misericordia Auxiliar”, de Ann Leckie) y fue finalista del John W. Campbell Memorial Award que conquistó Elenanor Lerman con “Radiomen”. El que sí conquistó, y muy merecidamente, fue el premio Prometheus (tercero para Stephenson).

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El traje del muerto

•septiembre 8, 2020 • Dejar un comentario

Una de las más significativas entre las nuevas voces del terror es la de Joe Hill, quien inició su carrera en 1997, vendiendo historias a diversas revistas, catorce de las cuales fueron recopiladas en una edición limitada titulada “20th century ghosts”. Tras ganar por ella tanto el Bram Stoker como el British Fantasy y añadir en 2006 un World Fantasy de novela corta (por “Voluntary committal”), se anunció que en 2007 publicaría su primera novela, “El traje del muerto” (“Heart-shaped box”), cuyos derechos cinematográficos ya habían sido adquiridos por Warner Bross (aunque la producción no ha avanzado todavía más allá de la etapa del primer guion). Se filtró entonces la noticia: Joe Hill era en realidad Joseph Hillström King, el hijo mediano de Stephen King.

La motivación tras el subterfugio del seudónimo estaba clara. Joe Hill deseaba hacerse un nombre propio, lejos de la sombra de su famoso progenitor, algo especialmente importante al haberse decantando igualmente por el terror, e incluso hoy en día, cuando esta información es ya de dominio público, todo el material promocional de sus libros (cuatro novelas y cuatro antologías hasta la fecha) evita cualquier tipo de referencia familiar.

“El traje del muerto” demuestra claramente que Joe Hill no se limita a copiar el estilo de Stephen King (aunque es imposible hoy en día huir por completo de su influencia). Dentro de una concepción del horror como un género bestseller, nos encontramos con una obra muy dinámica, que huye hasta cierto punto de la saturación de referencias pop (aunque no puede evitarlas por completo) y prima sobre todo lo que ocurre, antes que el por qué ocurre, o cuáles son las implicaciones de lo que ocurre.

La historia se nos narra desde el punto de vista de Judas Coyne, estrella retirada del hard-rock, quien a los cincuenta y pico años se limita a vivir en su rancho, con sus perros y una sucesión de jovencitas góticas, a las que atrae con su aura de chico malo y que bautiza con el nombre del estado del que proceden en un evidente intento por marcar cierta distancia emocional. Es una existencia bastante vacua, que se ve sacudida por una compra aparentemente impulsiva de un objeto macabro para su colección: el traje con el que fue enterrado un muerto, que según afirma la vendedora viene con fantasma incluido.

Lo que no hubiera podido esperar, sin embargo, es que aquella venta online fuera en realidad una trampa, destinada a “maldecirlo” con la presencia del fantasma vengativo de Craddock McDermott, un viejo hipnotizador y zahorí, padrastro de Florida, la penúltima chica de Judas, de quien se libró por su conducta bipolar y que, al parecer, acabó suicidándose. Así, sin tiempo apenas para construir tensión, el espectro de Craddock empieza a acosar tanto a Jude como a quienes le son cercanos (básicamente, su asistente Danny y su chica actual, Georgia), utilizando sus poderes de sugestión para introducir en su cerebro pensamientos negativos.

A todo esto se le añadiría un padre moribundo que hace treinta años que no ve (fue un hombre violento y maltratador, que empujó al joven que entonces se llamaba Justin Cowzynski hacia la música como vía de escape, y ya tenemos planteada la novela. No es precisamente compleja, y su único punto de originalidad estriba en la idea de que la maldición pueda lanzarse por eBay. Entre eso y el comportamiento tremendamente consciente del espectro, estamos ante una historia de fantasmas que huye de los parámetros más clásicos. Corta por lo sano y pasa de la fase de la insinuación paranormal, así como de la investigación sobre los posibles motivos de la maldición (es algo que se nos revela en los primeros capítulos), para entrar directamente en la interacción y, hasta cierto punto, en la lucha de voluntades. En otras palabras, alguien que espere una narración de fantasmas tradicional encontrará en “El traje del muerto” poco disfrute. Es todo demasiado directo.

También resulta algo decepcionante en la faceta terrorífica. No es una novela que vaya a provocar miedo salvo a los más susceptibles. En parte es por lo difícil que resulta identificarse con Judas Coyne (una ex estrella del rock, ricachona y aburrida, no constituye un alter ego con el que el común de los mortales podamos sentirnos identificados), pero la prosa de Joe Hill tampoco ayuda. Es muy ágil y efectiva, pero carece a mi entender de capacidad atmosférica. Con los fantasmas no se puede excesivamente explícito, porque se alimentan del misterio, se nutren de la intromisión de la paranormal en la cotidianidad; y con “El traje del muerto” no tenemos ni una cotidianidad con la que podamos relacionarnos, ni la recomendable sutileza espectral.

A esto se le añaden unas sublecturas muy someras, que apenas se exploran más allá del tópico superficial (padre maltratador, abusos sexuales en la infancia…) y tenemos un libro que no debería funcionar… pero que sin embargo lo hace, al menos a nivel de mero entretenimiento.

Joe Hill sabe manejarse con la narración. Toca todos los puntos necesarios, y si no lo hace en profundidad, al menos sí sabe qué tiene que ofrecer al lector para que siga leyendo. Por otro lado, todo lo olvidable que es Judas, con Georgia consigue un personaje interesante, que posiblemente hubiera sido mucho mejor como punto de vista. Su evolución, eso sí, es un poco forzada, pero dado que la observamos desde el egotismo de Judas, se trata de algo hasta cierto punto disculpable. Su historia familiar de fantasmas, además, sí que cumple con todos los requisitos del género, y aunque en principio constituye una subtrama sin apenas importancia, proporciona más vértigo sobrenatural que todas las intromisiones aparatosas de Craddock McDermott.

Tan solo añadiré que durante el clímax mi impresión fue que la narración de Joe Hill era sobre todo  visual. Es decir, sus descripciones resultaban más cinematográficas (o comiqueras) que literarias. No me extraña que la Warner si fijara en la historia, porque estoy seguro de que sería muy fácil de adaptar. Hasta las apariciones fantasmagóricas resultan eminentemente visuales (o aurales, dada la querencia del muerto por apropiarse de las retransmisiones radiofónicas). “El traje del muerto” no es una historia de fantasmas personal e introspectiva, sino un producto comercial, tan superficial y formulaico como efectivo… y sospecho que tan fácil de consumir como olvidable. A veces no se necesita mucho más.

“El traje del muerto” conquistó el premio Bram Stoker a la mejor primera novela. También estaba nominada en la categoría de mejor novela, que perdió ante “Virus”, de Sarah Langan, así como al August Derleth, que fue (de nuevo) para Ramsey Campbell, por “The grin of the dark”.

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El sótano

•agosto 27, 2020 • Dejar un comentario

La literatura de terror se hizo superventas en los años setenta, a la estela primero de “El exorcista“, de William Peter Blatty (1971), y posteriormente de Stephen King (empezando con “Carrie” en 1974). Ello propició la aparición de multitud de autores, escribiendo en general dentro del estilo que acabaría llamándose bestseller, que exploraron todas las variantes posibles dentro del género, con casi el único requisito de ser historias eminentemente urbanas y en general contemporáneas (aunque de vez en cuando era admisible retrotraerse treinta años atrás, por lo de aprovechar el ciclo de nostalgia).

Dentro de este abanico de sensibilidades, resultaba inevitable que aparecieran historias que renunciaban prácticamente al horror (como sentimiento de aprensión anticipativa), para volcarse (casi podría decirse que “regodearse”) en el terror, es decir, en el impacto visceral de lo espantoso. Y hablando de vísceras… pues sí, qué caramba, también encontraba lícito (e incluso imprescindible) el centrar la narración en los aspectos más explícitos, en el gore, buscando la reacción empática del lector. Por ello, aunque este tipo de literatura empezó a cultivarse a partir de 1980, en 1986 fue cuando recibió un nombre: splatterpunk (a imitación del archipopular cyberpunk, que estaba revolucionando la ciencia ficción).

Dentro de la etiqueta amplia del splatterpunk, sin embargo, hay grados y grados. Están, por ejemplo, las descripciones gráficas del recientemente fallecido Jack Ketchum, que pese a todo sirven de colofón a una narración que va construyendo la tensión del modo tradicional, recurriendo como el que más al lento incremento horror anticipativo; por otro lado tenemos a quien posiblemente sea al autor más destacado de la corriente, el británico Clive Barker, que revolucionó el género con los muy explícitos (a nivel tanto hemoglobínico como sexual) “Libros de sangre” (1984-1985) o novelas (y también películas) como “Hellraiser” o “Razas de noche“; y luego tenemos a Richard Laymon…

Richard Laymon irrumpió en el mercado con la novela “El sótano” (“The cellar”) en 1980, que si por algo se caracteriza es por ir derecha al meollo, saltándose cualquier paso previo. Bueno, por eso y por su clara intención de traspasar cualquier límite, haciendo que parte de la narración se efectúe desde el punto de vista de un pederasta asesino, deteniéndose en la plasmación escrita de sus desmanes justo en el límite de lo que podría empezar a considerarse pornografía infantil. Esa es otra de las señas de identidad de Laymon, la explotación absolutamente desvergonzada del binomio sangre/sexo, que suele hacer su aparición en la historia cuanto antes mejor.

La historia es… no tanto simple como directa. Nos cuenta cómo Donna y su hija Sandy huyen precipitadamente de su casa cuando se enteran de la salida de prisión de Roy, el ex marido de la primera y padre de la segunda… de la que abusó sexualmente. Así, mientras este se dedica a buscarlas, dejando un rastro de muerte y depravación a su estela, madre e hija acaban atrapadas en un pueblecito de California llamado Malcasa Point, sede de la tristemente afamada Casa de la Bestia, donde desde hace décadas se vienen sucediendo una serie de misteriosos y brutales asesinatos.

Justo esto es lo motiva el segundo (o tercer) hilo de la trama, pues Larry, una antigua víctima de la mítica bestia, que logró escapar de ella cuando niño (un amigo suyo no tuvo tanta suerte), se ha hecho con la ayuda de Judge (Judgement), una especie de Equipo A de un solo hombre, empeñado en solucionar expeditivamente casos criminales particularmente crueles en modo justiciero. Al final, está claro que Donna, Sandy, Larry, Judge y Roy acabarán de algún modo en la Casa de la Bestia, enfrentados al macabro misterio que la rodea.

Por el camino, Laymon nos ha ofrecido algo de sexo, sadismo por parte de Roy (contra adultos y, sobre todo, una niña pequeña a la que rapta y viola repetidamente) y ya hacia el final un pequeño toque fantástico y algo de bestialismo grotesco. Dejando de lado estas cuestiones (si te pones a leer a Laymon, ya sabes dónde te estás metiendo), lo cierto es que la mayor virtud de la novela constituye al mismo tiempo su mayor debilidad; y es que “El sotano” tiene un ritmo endiablado, en el que todo ocurre muy, muy rápido, sin dejarte tiempo para aburrirte. Claro que esto se logra dejando la psicología de los personajes reducida al más fino cascarón, convirtiéndolos a menudo en estúpidos sin remedio y confiándolo todo al azar (y a nuestra buena voluntad para tragarnoslo todo, porque Roy, por ejemplo, con su actitud desordenada y su incapacidad para contener los impulsos, solo puede permanecer libre por más de medio día gracias a la increíble ineptitud de todos los servicios policiales del mundo).

Pese a esto, la novela, mal que bien, se sostiene, he incluso llega a presentar un personaje sugerente (Judge, del que se podría haber sacado mucho mayor partido). Podría incluso argumentarse que exhibe una somerísima autorreflexión en torno a la fascinación por la violencia, plasmada en los grupos de turistas que pagan fascinados por visitar una atracción de tan poco gusto como la Casa de la Bestia. A la postre, sin embargo, todo eso queda muy lejos de las intenciones del autor, que sabe perfectamente lo que está ofreciendo y a qué público se está dirigiendo.

Se podría argumentar que hay cierto mérito en esto de ofrecer emociones básicas (terror, fascinación, asco…), sin complicaciones, y desde luego hay mercado para ello (al igual que pueden convivir sin problemas los restaurantes con las franquicias de comida rápida), pero lo que no tiene mucha justificación, se mire como se mire, es lo que hace con los dos últimos capítulos, donde tira por la borda todo lo que ha estado (más o menos) construyendo para solucionar el clímax en dos pinceladas gruesas, cuya única “virtud” es dejarlo todo abierto para futuras secuelas (y, tal vez, subvertir las expectativas del lector, aunque mucho me temo que una intención tan sutil estaba muy lejos de las intenciones del autor).

En efecto, la secuela no se demoró mucho (gracias al éxito y a los seguidores que empezó a amasar Laymon… en Europa, porque el público americano no tardó en volverle la espalda). En 1986 se publicó “The Beast House” y doce años después, en 1998, “The midnight tour”, cerrando aparentemente la trilogía… hasta que se publicó póstumamente, en 2001, la novela corta “Friday night in the Beast House”, que tal vez hubiera sido descartada por el propio autor y recuperada por sus herederos para aprovecha el tirón de la consecución del premio Bram Stoker por “El espectáculo del vampiro” ese mismo año, muy poco después de su fallecimiento por un infarto. En conjunto, los cuatro libros conforman las Crónicas de la Casa de la Bestia, aunque solo el primero ha sido traducido al español.

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