Un abismo en el cielo

Después de ganar su primer premio Hugo por “Un fuego sobre el abismo“, Vernor Vinge se pasó siete años sin publicar. Cuando regresó, lo hizo con una suerte de precuela, ambientada veinte mil años antes (y compartiendo, quizás, un personaje), que evitaba por completo, al menos en apariencia, reincidir en los conceptos centrales de su predecesora (para empezar, la acción transcurre íntegramente en la Zona Lenta de la galaxia; es decir, la franja donde la física subyacente prohíbe el viaje a mayor velocidad que la luz, la inteligencia artificial y otros desarrollos similares).

Pese a ello, “Un abismo en el cielo” (“A deepness in the sky”, 1999) volvió a conquistar el Hugo (además del Prometheus y el John W. Campbell Memorial y de nominaciones al Nebula, el Locus y el Arthur C. Clarke)… y lo que es más sorprendente, volvió a ser un premio merecidísimo.

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La acción tiene lugar unos ocho mil años después del inicio de la era espacial. La humanidad se ha esparcido por las estrellas, fundando mundos e incluso imperios, aunque ha acabado descubriendo que toda civilización planetaria es efímera. Antes o después un cataclismo o una crisis interna acaba destruyéndola (cuando no extinguiendo toda la vida humana del sistema) y toca empezar desde cero. La propia Tierra ha tenido que ser recolonizada de este modo tres veces.

Aparte de estos asentamientos fijos, ha surgido un nuevo nicho, el de los comerciantes, que viajan entre las estrellas (a un cuarto de la velocidad de la luz) en criosueño, comerciando con productos e invenciones, redescubiertas una y mil veces. Claro que es un modo de vida que también tiene sus riesgos. Si la civilización clientes objetivo ha sido destruida, el sistema carece de los recursos tecnológicos necesarios para reequipar las naves, y la expedición se queda atrapada hasta que, después de quién sabe cuántas generaciones (caso de ser posible), se recupera la potencialidad para el viaje interestelar.

El más exitoso de entre los grupos que se dedican al comercio es la cultura Qeng Ho (que ya lleva cuatro mil años objetivos sobreviviendo a la debacle de las civilizaciones cliente). Al inicio de la novela se ha montado una expedición para viajar al sistema OnOff (llamado así por el extraño comportamiento variable de su estrella, que pasa por ciclos de cincuenta años de encendido y doscientos de apagado), desde donde se han empezado a recibir transmisiones de radio de origen no humano (hasta el momento, tan sólo se han descubierto otras dos culturas alienígenas, y ambas no tecnológicas).

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Al llegar al sistema (que presenta un único planeta), los Qeng Ho descubren que no han sido los únicos en responder al reto, sino que casi simultáneamente ha alcanzado OnOff una flota del joven Imperio Emergente, que sustenta su poder en los enfocados, una tecnología que crea esclavos centrados al ciento por ciento en una tarea concreta (lo que suple, en cierta forma, la imposibilidad técnica de crear inteligencias artificiales).

El caudillo de los emergentes, Tomas Nau, es un tirano astuto, que lanza un ataque por sorpresa contra los Qeng Ho… haciendo creer a los supervivientes que ellos fueron la facción atacante. El conflicto, sin embargo, deja ambas flotas al borde del desastre, viéndose obligados a esperar a que la civilización arácnida del planeta alcance la era de la información, para poder comerciar con ellos.

El foco de atención se extiende por más de medio siglo entre el día a día en la flota estelar combinada (con una resistencia de un solo hombre planeando pacientemente recuperar el poder, una cultura híbrida Qeng Ho/emergente surgiendo inevitablemente de la convivencia forzada y una cuidadosa planificación por parte del caudillo de hábitat para cumplir sus objetivos, desde un posicionamiento moral orientado exclusivamente a la maximización de los beneficios personales) y la evolución de la civilización de los arácnidos (así bautizados por su similitud con el animal terrestre), que se enfrenta a sus propios conflictos (básicamente, una reedición de la Guerra Fría, con la amenaza de destrucción nuclear debido al antagonismo entre los dos grandes poderes globales: el Concordato y el Clan).

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A Vernor Vinge, al parecer, le fascinan los genios, así que no es de extrañar que uno de los principales progatonistas arácnicos sea una especie de Einstein/Edison/Tesla de múltiples patas, Sherkaner Underhill (los curiosos nombres forman parte de un artificio de traducción, explicado coherentemente dentro de la misma novela, que humaniza a los alienígenas y su mundo a nuestros ojos; salvando, o mejor dicho ignorando, la barrera a la empatía que levantaría una excesiva extrañeza). De igual modo en los hábitats humanos encontramos personalidades excepcionales, aunque no tanto en un sentido científico como de liderazgo.

La historia se desarrolla con una simplicidad engañosa, dejando que los grandes temas vayan desarrollándose casi en la periferia, mientras asistimos a los esfuerzos por construir una civilización tecnológicamente avanzada de las arañas (cuya primera gran meta consistiría en escapar al ciclo de parálisis y resurrección impuesto por el comportamiento anómalo de su sol) y a las luchas de poder soterradas entre los caudillos emergentes y la resistencia Qeng Ho. Esta faceta, lejos de constituir una mera distracción, resulta en realidad absorvente por sí misma, y se bastaría para justificar sobradamente la buena recepción de la novela (aunque casi al final Vernor Vinge recurra al truco no demasiado limpio de sacarse de la manga unas cartas marcadas que nos había estado escamoteando durante más de media novela). Pero hay más, mucho más bajo la superficie.

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Para empezar, cabría prestar atención a la fecha de publicación: 1999, diez años después de la caída del muro de Berlín (o, lo que es lo mismo, a en torno una década de la finalización de la Guerra Fría, con lo que supuso de relajación de la amenaza nuclear). Es decir, “Un abismo en el cielo” difícilmente podría considerarse una de esas historias que trasladaban al espacio las tensiones terrestres, muy comunes desde los años cincuenta, con ejemplos tan tardíos como “Jem” de Frederik Pohl (1979), “2010: Odisea dos” de Clarke (1982) o la trilogía iniciada con “Mundos” de Joe Haldeman (1981)… al menos no como reflejo admonitorio.

La idea subyacente a toda la novela es la fragilidad de las civilizaciones planetarias. En 1999 cabía recordar lo cerca que había estado la Tierra de la destrucción y lo fácilmente que todo puede irse al traste. Como no se han cansado de repetir diversos científicos de renombre (uno de los más recientes, Stephen Hawking), la humanidad, si quiere pervivir, no puede permitirse el mantener todos los huevos en la misma cesta. Con el fin del conflicto de bloques, de repente, lo de la aventura espacial había perdido uno de sus principales alicientes, y “Un abismo en el cielo” (los “abismos”, para la cultura arácnida son los refugios donde sobrevivir a la Gran Oscuridad cíclica) aboga claramente por la conquista del espacio para garantizar la supervivencia.

Hay más, por supuesto. La temática, premeditadamente anticuada, le sirve a Vinge para jugar con viejos conceptos de la ciencia ficción contemporánea con el estado de desarrollo del mundo de las arañas, que evoca precisamente la edad de los sueños terrestre (en la que la ciencia ficción de la edad de oro veía un futuro esplendoroso). También explora algunos temas propios de un primer contacto, con la peculiaridad de que la especie “alienígena” avanzada es la humana.

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Por último, se dan indicios que sin duda ayudarán a configurar el más amplio paisaje temático de la serie sobre las Zonas de Pensamiento (con las peculiaridades de la estrella OnOff, así como ciertos remanentes fósiles hallados en el planeta) sugerentes de un tránsito del sistema por otras regiones de la galaxia con propiedades físicas extrañas. En cualquier caso, de forma independiente quedan como poco más notas de color descontextualizadas, que aún requieren de más piezas para acabar de cobrar sentido (muy posiblemente, ni siquiera con el auxilio de “Children of the sky”, la secuela directa de “Un fuego sobre el abismo” que el autor publicó en 2011, baste para darles sentido, por lo que mi apuesta sería que aún tenemos que esperar una secuela específica para “Un abismo en el cielo”, que además queda incluso planteada; ¿quizás para el 2018?).

Por echar un vistazo a su competencia. Conquistó el premio Hugo por delante de “Una campaña civil” de Lois McMaster Bujold (una de las mejores, si no la mejor, entrega de la serie de Miles Vorkosigan), “Criptonomicón” de Neal Stephenson (habría mucho que discutir sobre si esta novela es ciencia ficción o no, aunque se alzó con el Locus), “La radio de Darwin” de Greg Bear (que increíblemente ganó el Nebula, aunque no el año que se presentaba “Un abismo en el cielo”, que por peculiaridades normativas acabó compitiendo y siendo derrotada por “Parable of the talents” de Octavia Butler) y “Harry Potter y el prisionero de Azkabán” (de nuevo, la mejor entrega, o cuando menos la más compleja, de la serie).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en julio 1, 2015.

2 comentarios to “Un abismo en el cielo”

  1. Habrá que verla a ver que tal…
    Gracias por la info!

    • De nada. Con las obras que ha producido, es inexplicable la baja popularidad de Vernor Vinge. Quizás le penalice en exceso los largos lapsos entre libros.

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