Las naves del tiempo

En 1995 se celebraba el centenario de la novela que supuso el pistoletazo de salida para la ciencia ficción moderna: «La máquina del tiempo«, de H. G. Wells (1895, evidentemente) y los heredores del autor decidieron celebrarlo comisionando una secuela, que acabó titulándose «Las naves del tiempo» («The time ships»).

Ya había habido multitud de continuaciones apócrifas, la primera tan temprana como de 1923 («La belle Valence», de Théo Varlet y André Blandin). Los años setenta fueron especialmente prolíficos al respecto, con autores y títulos relevantes como Christopher Priest («La máquina espacial», 1976), K. W. Jeter («Morlock night», 1979) o Karl Alexander («Los pasajeros del tiempo», 1979). Ninguna de ellas, sin embargo, ostentaba el sello de aprobación oficial del Wells Estate, así que esta era una ocasión especial. Solo hacía falta buscar al mejor candidato para abordar la tarea.

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Esta elección recayó finalmente en Stephen Baxter, un joven autor que ya se postulaba como heredero espiritual de Arthur C. Clarke y su estilo de ciencia ficción profundamente anclada en la ciencia real (no en vano es por formación matemático e ingeniero). Tras una serie de relatos publicados en Interzone, desde 1991, con la publicación de «Raft», había iniciado la Secuencia Xeelee, la que sería su principal serie de ciencia ficción hard (para 1994, ya contaba con cuatro novelas). Lo que, sin embargo, debió de convencer a los herederos de Wells fue su novela de historia alternativa de 1993 «Antihielo».

«Antihielo», que ha sido vendida a menudo como steampunk, imaginaba una misión lunar decimonónica, propiciada por la sustancia que le da título, inspirándose ampliamente en dos hitos de la ciencia ficción temprana: «De la Tierra a la Luna» de Julio Verne… y «Los primeros hombres en la Luna«, de H. G. Wells. Brian Aldiss hubiera podido ser otra buena opción, pues es autor de historias wellsianas tan interesantes como «El árbol de la saliva», premio Nebula de novela corta en 1966; claro que después de pergeñar en 1980 «La otra isla del doctor Moreau«…

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Parecía pues lógico que Baxter, un autor joven con ideas nuevas y un gran respeto por sus predecesores, escribiera la secuela oficial de «La máquina del tiempo», aun tratándose esta (la idea de continuar un clásico) de una empresa que suele saldarse con resultados cuestionables. Los cien años que separan ambos títulos no son poca cosa. La ciencia, la misma sociedad había dado un salto gigantesco, así que el desafío era mayúsculo, máxime dada la decisión de retomar la historia justo en el momento en que la dejó Wells, cuando el protagonista innominado ha terminado de contar su historia a sus amigos y se dispone a regresar al futuro (para no volver más).

Baxter aborda la tarea con un tremendo respeto (y conocimiento) del original, buscando incluso imitar el estilo de Wells (algo que a la postre constituye un error, porque no es lo mismo soportarlo durante ciento y poco sorprendentes páginas que a lo largo y ancho de más de cuatrocientas). Lo que sí tiene que actulizar es la visión cosmológica (el libro de Wells presenta un universo prerelativista, dirigido hacia la muerte térmica imaginada por Lord Kelvin)… y de propina le enmieda un poco la plana al creador de los morlocks, pues de un modo que resulta muy noventero los reimagina como una avanzada sociedad posthumana.

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Pronto se hace patente que el futuro ha cambiado (queda implícito que por el propio acto de contar su historia y ser esta publicada, aunque el mecanismo exacto nunca se desarrolla), cuando a apenas medio millón de años hacia adelante (la acción de la novela original transcurre principalmente en el año 802701) el Sol desaparece, tragado por una esfera de Dyson. Capturado por los inteligentes morlocks de la época, el protagonista acaba viajando por un Sistema Solar reestructurado (que es de lo mejor del libro), acompañado por Nebogipfel, quien acabará convirtiéndose en una cargante sombra sabelotodo para nuestro narrador, cuyo único fin parece ser poner una y otra de vez de manifiesto lo atrasada que es su época y su cultura (y, por breve extensión, la nuestra).

Al cabo de un rato, la trama empieza a moverse, retrocediendo hasta 1873, para saltar a continuación a un 1944 donde la Guerra Mundial, la Primera, sigue en marcha y viajar a un lejano pasado peleozónico. En cada paso, Baxter se las arregla para ofrecer una nueva aventura, con referencias más o menos oscuras a diversas obras de Wells (aunque nunca supera el nivel del homenaje superficial), aunque con una trampa que echa a perder parte de la gracia del asunto. Porque una de las diversiones de este tipo de ficciones temporales es ver cómo se las apaña el autor para evitar las paradojas y Baxter, directamente, las invalida con una poco elegante interpretación cuántica.

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Así, todo lo que queda son los ya mencionados homenajes y visiones más o menos ingeniosas de historias alternativas, con una vaga denuncia hacia el militarismo de la especie humana, personajes secundarios que llegan a ser interesantes pero que acaban revelándose como de usar y tirar y un continuo ejercicio de penitencia, por parte de un personaje al que sus experiencias no parecen cambiar un ápice, obsesionado por un abandono intrascendente que regresa a atormentarle incluso después de un reboot universal que acaba sacándose de la manga en un intento por mostrarse lo más espectacular posible (por desgracia, la voz narrativa no da para mucho en lo que se refiere a resultar emocionante).

Algo falla cuando en medio de una aventura intertemporal solo quieres que todo termine lo más rápido posible. La estructura episódica de «Las naves del tiempo», agravada por la inconsecuencia de casi cualquier acto debido a la solución cuántica, no logra sacar partido del aumento de páginas (más bien al contrario) y en comparación con su modelo arquetípico, la obra moderna carece de una sólida base filosófica (precisamente la mayor contribución de Wells al desarrollo de la ciencia ficción). A la postre, deja un puñado de ideas interesantes, aunque tan descontextualizadas que poco tienen que añadir a obras anteriores como la Saga de los Heechee de Frederik Pohl , ni punto de comparación con el juego transtemporal de títulos como «Las puertas de Anubis» de Tim Powers (1987) o, circunscribiéndonos al hard, «Maestro del tiempo«, de Robert L. Forward (1993). El conjunto, por desgracia, acaba siendo menos que la suma de las partes.

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Pese a todo, la recepción de «Las naves del tiempo» fue muy notable, situando a Baxter en la primera línea de la ciencia ficción (aunque su apoyo siempre ha sido más fuerte en las islas Británicas que en los EE.UU.). Así, obtuvo los premios BSFA, John W. Campbell Memorial y Philip K. Dick, siendo finalista del British Fantasy, Arthur C. Clarke, Locus y Hugo. En estos dos últimos casos, perdió ante «La era del diamante«, de Neal Stephenson, compartiendo quinteto con «Arrecife brillante», de David Brin, mientras que el Clarke fue para «El beso de Milena», de Paul McAuley, y el BFA para «Requiem», de Graham Joyce.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en agosto 2, 2022.

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