The forgotten beasts of Eld

Con su primera novela de fantasía adulta, Patricia McKillip se convirtió en 1975 en la ganadora de la categoría en la primera edición de los World Fantasy Awards. Así, “The forgotten beasts of Eld” (1974), una novela ilustrada originalmente por Peter Schaumann, inauguró el palmarés del que ha acabado configurándose como uno de los principales premios del género fantástico, y se convirtió de igual modo en el trampolín que permitió a su autora desarrollar una prolífica y prestigiosa carrera, prácticamente inédita, eso sí, en nuestro idioma (donde ha primado el estilo de fantasía épica deudora de “El Señor de los Anillos” o a una mala la espada y brujería howardiana).

Porque “The forgotten beasts of Eld” pertenece a otra tradición, la de las historias asombrosas a lo cuento de hadas, conducidas a su forma moderna por Lord Dunsany. Así, aunque existe un escenario, el reino de Eldwold, los detalles del mismo resultan vagos. Sabemos que hay un rey, Drede, al que se oponen poderosas casas como la de Sirle. También sabemos de la montaña de Eld, donde por tres generaciones ha habitado un mago con el poder de llamar y atar a su voluntad diversas criaturas de leyenda. El resto de detalles son todavía más nebulosos, irrelevantes, y ni tan solo la magia se explicita, más allá de un conocimiento peculiar y el poder de imponer la voluntad sobre voluntades más débiles.

Tras una introducción un tanto vaga, nos encontramos con Sybel, la heredera del refugio de la montaña de Eld y las bestias fantásticas llamadas por su padre y abuelo: el Cisne Negro de Tirlith, el sabio jabalí Cyrin, el Lyón de Gules (con claras connotaciones heráldicas), la fascinante gata Moriah, el poderoso halcón Ter y Gyld, el viejo dragón que tan solo aspira a dormitar sobre su lecho de oro. A todos ellos, Sybel quiere añadir el fantástico pájaro Liralen, aunque sus esfuerzos por llamarlo se han probado siempre infructuosos.

En este retiro autoimpuesto irrumpe Coren, el menor de los siete hermanos de Sirle, con un recién nacido que afirma que está emparentado con Sybel (hijo de su tía, la mujer de Drede) y la petición de que la maga cuide del niño, pese a que ella misma le confiesa que no sabe ni cómo hacerlo ni cómo amarlo. En contra de sus reticencias, sin embargo, acaba quedándose con Tamlorn (Tam), a quien cuida con la ayuda de la bruja Maelga.

Contra sus expectativas, Sybel aprende a amar a Tam, y por ello se ve enfrentada a un gran dilema cuando Drede, habiendo sido puesto en conocimiento del destino de su hijo, ansía conocerlo y, lo que es peor, este expresa su deseo de vivir con su padre. La tranquila vida de Sybel se ha visto alterada irremediablemente por la irrupción del amor (en la forma de Tam, pero también de Coren, quien se siente atraído por la maga y se ofrece a acudir voluntariamente cada vez que perciba que es llamado), y acaba por complicarse todavía más al verse involucrada en los juegos de poder del reino, sobre todo entre Drede y la casa de Sirle.

En su primera mitad, “The forgotten beasts od Eld” se contenta con ir dibujando un escenario fantástico, en el que las viejas leyendas revisten el poder mágico del conocimiento y ser el séptimo hijo de un séptimo hijo es significativo. Se trata casi por completo de descripción ambiental, con muy poca trama y la más leve de las caracterizaciones. Pretende, simplemente, celebrar el asombro, representado principalmente en las míticas bestias de Eld.

Es a partir de ese momento, cuando Sybel se ve contra su voluntad implicada en los conflictos políticos de Eldwold, que la historia empieza a preocuparse un poco más por cuestiones como la trama, de forma muy ligera, eso sí, y bordeando el terreno de la fábula, con una nueva bestia, el oscuro Blammor, como representación metafórica de las pasiones destructivas que anidan en nuestro interior, y un gran error del que escapar o en el que incurrir, como son las ansias de dominio y venganza, que de un modo u otro acaban marcando en algún momento los destinos de Sybel, Drede, Coren y sus hermanos.

No hay mucho más. El disfrute de “The forgotten beasts of Eld” depende en gran medida de la capacidad del lector de entregarse sin reservas a la magia simple de la palabra, mediante la cual un simple halcón, por ejemplo, se convierte en aquella bestia fabulosa “que destrozó son sus garras a los sietes asesinos de su antiguo dueño”, o el jabalí parlante es el pozo de sabiduría capaz de contestar todos los acertijos menos uno (aunque a la hora de la verdad no conteste nunca a nada si no es de modo tangencial). Es una novela amable, sin apenas tensiones, en la que los escasos conflictos se resuelven casi antes de haber terminado de plantearse. En otras palabras, si lo que te atrae de la fantasía son las tramas elaboradas o los personajes complejos, este no es tu libro (y si prefieres la ambientación, la fascinación por lo maravilloso e inefable… pues tampoco es que termine de despegar del todo).

Existe, eso sí, una sublectura sobre los peligros del rencor y la maldad de imponer sobre los demás tu voluntad… aunque ni la reflexión es muy profunda ni las conclusiones sorprendentes. Al fin y al cabo, “The forgotten beasts of Eld” no está intentado transmitir ninguna idea que no puedas albergar ya, sino tan solo revestir la sencillez del modo más evocador posible. El que eso sea suficiente ya depende de lo que cada cual espere obtener de una lectura de fantasía (personalmente, encuentro esta fascinación a años luz de la que era capaz e evocar con herramientas parecidas Tanith Lee, por poner un ejemplo).

Aparte de la victoria en el World Fantasy Award, la novela fue también finalista del otro gran premio del género, el Mythopoeic, que fue cosechado por Poul Anderson y su fantasía histórica shakesperiana “A midsummer tempest” (que también se impuso a la que fue sin duda la mejor novela de fantasía de 1974, “La colina de Watership“, de Richard Adams).

Otras opiniones:

~ por Sergio en octubre 29, 2019.

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