Naufragio en el tiempo real

Vernor Vinge es un autor poco prolífico. Apenas ocho novelas (y un puñadito de antologías) en más de cuarenta años de profesión (compaginada con una carrera docente e investigadora en la universidad de San Diego, en los departamentos de matemáticas y computación). Eso sí, su impacto es innegable, como atestiguan los tres premios Hugo de novela que atesora (más otros dos de novela corta).

De sus aportaciones a la ciencia ficción, se le reconoce en particular el haber introducido el concepto de Singularidad Tecnológica, cuyo fundamento teórico/filósofico él mismo desarrollo desde 1983 en adelante, a partir de las ideas del matemático I. J. Good. Aunque algunas de sus obras anteriores ya juguetean con este concepto, su puesta de largo (y bautizo) llegó con “Naufragio en el tiempo real” (“Marooned in realtime”, 1986), la segunda novela en la serie de las Burbujas (tras “La guerra de la paz” y la novela corta “The ungoverned”, aunque los tres textos pueden leerse de forma independiente).

El marco especulativo lo aporta un ingenio creado para “La guerra de la paz”, un campo de éstasis imprenetrable (las burbujas), en cuyo interior no transcurre el tiempo. Tras explorar a fondo las posibilidades del concepto en el primer libro, con su secuela se planteó algo completamente diferente: una aproximación indirecta a la esquiva, y por definición indescriptible, singularidad tecnológica.

La historia arranca en un enclave situado en el interior de la actual Asia, cincuenta millones de años en el futuro. En ese momento y lugar se han reunido unos cuatrocientos seres humanos, cuanto queda de la especie. En algún momento a principios del siglo XXIII todos cuantos no se encontraban emburbujados desaparecieron sin dejar rastro, dejando a los desconcertados crononautas (hacia el futuro y no siempre de forma voluntaria) un mundo desolado y muchos interrogantes.

Tras diversos intentos a los largo de los megaaños, las Korolev (Marta y Yelén), se han propuesto reunir a todos los supervivientes y levantar de nuevo una sociedad viable, rescatando a los hombres de una extinción segura. Claro que no lo tienen fácil. Por un lado están los tecno-min, aquellos procedentes de la segunda mitad del siglo XXI (hasta mediados el XXII), distribuidos en tres grupos que arrastran ciertos antagonismos “históricos” (cuyas raíces cabe encontrarlas en los obras previas de la serie): los pacistas, los remanentes de la República de Nuevo México y grupos dipersos, e incluso individuos, no alineados (y, en general, algo posteriores). Por otro los tecno-max, emburbujados con posterioridad y poseedores de una tecnología y unos recursos varios órdenes de magnitud superiores (e incluso entre estos, una década de diferencia en cuanto a “antigüedad” puede llegar a suponer un salto cualitativo tan grande como el que separa a los tecno-min de los tecno-max). Quien más, quien menos, posee una agenda propia, y ni siquiera la quasi-extinción parece constituir un estímulo suficiente para colaborar.

Mal que bien, con una mezcla de persuasión, soborno e imposición, las Korolev se las han arreglado para fundar las bases de una colonia. Entonces, durante un emburbujamiento rutinario, ocurre el desastre. Marta queda fuera de las áreas protegidas. Enfrentada sin el apoyo de la avanzada ciencia tecno-max (o incluso tecno-min) a la naturaleza salvaje y al propio paso del tiempo (los avances médicos han llegado a asegurar la inmortalidad, al menos física). Cien años después, cuando encuentra sus restos, Yelén se propone descubrir al “asesino”, para lo cual cuenta con la experiencia de uno de los más famosos detectives de la historia, Wil Brierson (responsable de abortar la tentativa de la República de Nuevo México por apoderarse de la sociedad anarco-capitalista de Kansas, relatada en “The ungoverned”… aunque el fracaso quepa atribuirlo en igual medida al choque cultural).

Así pues, Brierson se enfrenta a un misterio del tipo de habitación cerrada, pues el asesino no puede sino ser uno de entre la docena de tecno-max (los únicos con capacidad para llevar a término el sabotaje). Sólo que carece por completo de autoridad, y quizás incluso de competencia, pues la brecha que le separa de sus sospechosos es equivalente a la que media entre un hombre del renacimiento y alguien de finales del siglo XX. Auxiliado por Della Lu (una tecno-max que en 9.000 años de vida solitaria se ha alejado bastante de la humanidad… por ejemplo de la época en que traicionó a los pacitas durante la Guerra de la Paz), deberá examinar los indicios que por cuarenta años de exilio ha ido dejando Marta Korolev en un diario rústico, al tiempo que interroga a los tecno-max, buscando respuesta tanto al asesinato como a lo que pudo ocurrirle a la humanidad.

Vinge, como había adelantado, utiliza todo este montaje para mirar de reojo hacia el acontecimiento de principios del siglo XXIII, que los propios personajes bautizan como singularidad. Las teorías son múltiples: desde la posibilidad de una invasión extraterrestre aniquiladora hasta una aceleración exponencial de los cambios que condujeron a un punto de ruptura a partir del cual la humanidad trascendió a otro nivel de existencia. A lo largo de todo el libro, se argumenta a favor de una y otra hipótesis, dedicando especial atención a las implicaciones filosóficas de la segunda opción, por lo que podría hablarse de ciencia ficción escatológica.

De la composición de la historia destacaría el cuidado que pone el autor en exponer sus ideas; desde la presentación de las premisas hasta la exposición de conclusiones (sin llegar a la certeza, que sólo podría alcanzarse mediante la replicación del fenómeno). Todo ello lo adereza con elementos propios del género policiaco (aunque a la postre esta faceta no alcance a superar el nivel de excusa argumental), así como con especulación sociológica en torno a la necesidad del ser humano de conquistar el liderazgo de un grupo, incluso en detrimento de sus propias posibilidades de supervivencia (estas reflexiones le valieron la concesión del premio Prometheus, otorgado desde 1979 a obras de ciencia ficción libertarias) y, por último, a la exploración de la Tierra de dentro de cincuenta millones de años (para lo cual se basó en el libro “Después del hombre: una zoología del futuro”, de Dougal Dixon, por lo que se trata de una visión científicamente coherente, en contraposición con la más poética de, por ejemplo, Brian Aldiss en “Invernáculo“).

Todos los elementos quedan perfectamente equilibrados en un texto absorvente. Tal vez desde un punto de vista filosófico haya quedado un poco superado, pues la presentación de una idea nueva es una empresa que debe abordarse con cautela, pero por ello mismo sigue siendo un vehículo perfecto para entrar en contacto con la singularidad tecnológica, descartando los aditamentos que el abuso del concepto han ido añadiendo. Sobre todo a lo largo de la última década, en que ha pasado a constituir una especie de patente de corso para justificar cualquier desarrollo.

Aparte de ganar el Prometheus, la novela fue finalista (junto a “Conde Cero“, de William Gibson… dándose la casualidad de que “La Guerra de la Paz” había perdido el Hugo de 1985 ante “Neuromante“) a los premios Hugo en la edición de 1987, que ganó “La voz de los muertos“, de Orson Scott Card.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en mayo 23, 2012.

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