El exorcista

•enero 20, 2017 • Dejar un comentario

Curiosamente, algunos de los grandes hitos de la literatura de terror no surgieron de autores especializados en el género, sino de otros que, de hecho, no podían encontrarse a priori más en las antípodas: expertos en comedia. Tal fue el caso de William Peter Blatty, escritor recientemente fallecido a los 89 años de edad, y su obra cumbre, “El exorcista” (“The exorcist”, 1971).

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De orígenes extremadamente humildes (sus padres era inmigrantes libaneses, y a los seis años el padre abandonó la familia, de la que él era el quinto hijo, haciendo descansar el peso económica en una madre que apenas sabía hablar inglés), gracias a sucesivas becas y a la intercesión de los jesuitas pudo disfrutar de una brillante carrera académica, que le llevó a graduarse en lengua inglesa en la universidad de Georgetown. Con posterioridad, y tras una larga serie de trabajos, consiguió la estabilidad económica suficiente para dedicarse a la escritura, produciendo primero un puñado de novelas cómicas que lo pusieron en la órbita de Hollywood como guionista, trabajando en los sesenta en ocho películas, destacando su colaboración con Blake Edwards.

Durante todo ese tiempo, hubo un proyecto rondado su mente. En 1950, mientras atendía a sus clases en Georgetown, circuló la noticia de un presunto caso de posesión demoníaca y exorcismo del joven “Robbie Mannheim” (pseudónimo), llevado a cabo por curas jesuitas en varias sesiones a lo largo de 1949. Este suceso impresionó vivamente al joven Blatty, quien estuvo documentándolo durante años, con la vista puesta en escribir algún día una obra de no ficción sobre él (análogo quizás al ensayo de Aldous Huxley sobre las Endemoniadas de Loudun, publicado en 1952).

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Su trabajo en el cine, posiblemente, acabó influyendo para que acabara transformándose en su quinta novela, con una historia completamente ficticia, inspirada en el caso de Robbie (y otros testimonios sobre exorcismos), a través de la cual se permitió explorar las ramificaciones filosóficas del hecho de la posesión demoníaca, confrontándola también con explicaciones racionalistas fundamentadas (más o menos) en la medicina y la psicología.

No voy a extenderme mucho en la sinopsis. La película de 1973 de William Friedkin sigue la trama con bastante fidelidad (después de todo, el guión fue del propio Blatty, que recibió un Oscar por su trabajo). Regan, la hija de doce años de una estrella de cine, empieza a mostrar un comportamiento extraño. Pese a la intervención de los médicos su estado va degradándose con rapidez, hasta que sólo queda como posible explicación de todo ello una posesión demoníaca. Por suerte para la niña, la familia vive cerca de Georgetown, y un psiquiatra jesuita, el padre Karras, se involucra en la curación de Regan. Finalmente, auxiliado por un exorcista veterano, el padre Merrin, confrontan al demonio que ha poseído a Regan.

He ahí a grandes rasgos, en cuatro frases, los cuatro actos en que se divide la novela.

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Incluso antes del éxito de la película, el libro ya había batido multitud de récords (a priori fuera del alcance de una novela de terror). Fue la primera vez en que una posesión demoníaca cobró protagonismo, y delineó con ello el modelo de todas las que siguieron (sobre todo en el cine), extendiendo además su influcencia sobre todo el subgénero del horror paranormal (con trucos más efectivos quizás a través del lenguaje audiovisual, aunque no por ello ajenos por completo a la literatura, en particular por lo que se refiere a la creación de prototipos para protagonizarlo).

Lo curioso es que no creo que la novela busque tanto el horror (la película es mucho más directa en ese sentido), como se valga de él para una exploración filosófica (que el autor completaría años más tarde, en 1983, con “Legión”, la secuela directa de “El exorcista”, que él mismo dirigiría como “El exorcista III” en 1990). La idea germinal de la historia consiste en contemplar la manifestación inequívoca del poder del demonio como prueba irrefutable de la existencia de Dios, en un contexto en el que la fe se esfuerza por mantenerse viva frente a las exigencias lógicas de la razón (con el problema teológico de la existencia del mal, la teodicea, como telón de fondo).

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El protagonismo no recaé realmente en Regan y su familia, sino en el padre Karras (el exorcista), un sacerdote que se encuentra sumido en una profunda crisis de fe, y que trata por todos los medios de encontrar una explicación racional para los síntomas que presenta Regan (ansiando y temiendo al mismo tiempo alcanzar un resultado negativo que lo obligue a aceptar la existencia del demonio… y por extensión la de Dios).

Blatty, como exalumno de Georgetown, no se queda en la superficie, sino que afronta con valentía una travesía que sabe cuajada de bajíos y remolinos donde podría encallar su teología. Al mismo tiempo, reconoce posiblemente sus limitaciones, y frena antes de adentrarse en ramificaciones demasiado controvertidas (las ideas que presenta rozan el maniqueísmo y  el gnosticismo, o incluso la visión evolutiva del jesuita, desautorizado por las autoridades eclesiásticas, Teilhard de Chardin). A la postre, no es la satisfacción de la razón lo que reconduce al padre Karras a la fe, sino la compasión (poniendo así quizás de manifiesto la imposibilidad del empeño de llegar a Dios por el camino puro de la razón).

Toda esta lectura de razón frente a fe queda, me temo, desdibujada por culpa de lo que en la época se entendía todavía por ciencia psicológica (a finales de los sesenta y principios de los setenta aún había varias universidades embarcadas en estudios serios sobre fenómenos parapsicológicos). Así, acontecimientos que alimentan la duda del padre Karras (como presuntos fenómenos telepáticos y telequinéticos), hoy los clasificamos sin ambages en el terreno de la “manifestación sobrenatural”). No sé si la edición del cuarenta aniversario que el autor sacó en 2011 con pequeños cambios aborda esta cuestión (por lo que tengo entendido, sigue inédita en España; y lo que es peor, todas las ediciones hasta la fecha respetan la anticuada traducción de 1972).

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De todas fromas, supongo que la mayor parte de los lectores no reparan en estas cuestiones (o les importan un pimiento). Lo que sí resulta evidente es la gran habilidad demostrada por Blatty para plasmar la historia, por medio de un estilo que prima ante todo la agilidad. Los capítulos se suceden impulsados principalmente por diálogos muy vivos, que transmiten más información que las limitadas descripciones. Se nota ahí la experiencia del autor como guionista, al conseguir caracterizar a los personajes y definir su estado de ánimo gracias casi exclusivamente a los diálogos.

Supone una lectura tan, tan ágil, que para cuando te quieres dar cuenta los acontecimientos han mutado de raritos a inquietantes, y de ahí, en un abrir y cerrar de ojos, a horripilantes (limitando al mínimo el abuso del efectismo… muy al contrario que la película, que en ese sentido es bastante más explícita). Ello explica en parte la enorme popularidad de que disfruto casi desde el principio.

Es difícil precisar hasta qué punto influyó “El exorcista” en la popularización del género del horror (aunque sospecho que el despegue de la carrera de Stephen King le debe bastante a encontrarse el terreno abonadado por el bestseller de Blatty). Así, aunque después de ella no produjo nada realmente rompedor (se limitó a reincidir sin demasiada insistencia en los mismos temas, ampliando el enfoque tras la muerte de su hijo hacia la existencia ultraterrena, en novelas como “Elsewhere” o “Dimiter”), resulta de justicia reconocer la deuda del terror con ese hombre que, procedente de la comedia y bordeando la filosofía, revolucionó el género e introdujo entre sus elementos maestros uno nuevo: la posesión demoníaca.

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William Peter Blatty (7 de enero de 1928 – 12 de enero de 2017)

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La mujer que caía

•enero 17, 2017 • Dejar un comentario

Uno de los premios Nebula más desconcertantes es el concedido en la edición de 1987 a Pat Murphy por “La mujer que caía” (“The falling woman”, 1986, su segunda novela). Para hacernos una idea de lo peculiar que fue su galardón, hay que bajar hasta el puesto 16 de la lista del Locus para encontrarla.

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Se trata de una fantasía contemporánea, etiquetada como “psicológica” y con no pocos puntos de contacto con el realismo mágico. El protagonismo se divide equitativamente entre dos mujeres, madre e hija, que llevan separadas quince años. Tras la muerte del padre, Diane, una mujer de unos treinta años, lo abandona todo (trabajo, relación fallida…) para acudir a la excavación arqueológica de Dzibilchaltún, en el Yucatán, donde su madre Elizabeth dirige a un grupo de estudiantes en el estudio de la antigua civilización maya.

Entre ambas media un importante abismo. Elizabeth abandonó a la niña y a su marido tras una crisis existencial que le llevó incluso a un intento de suicidio. A resultas de aquella experiencia, fue ingresada en un psiquiátrico y le quedó una curiosa secuela, la capacidad (real o no) de percibir sombras del pasado, de ver a los antiguos habitantes de un lugar, lo cual cuadra además con su anhelo de dedicar su vida a la arqueología. Tras su huída, cuando Diane tenía cinco años, el padre prohíbe todo contacto entre ambas, y así la niña crece viendo apenas a su madre y sin ningún tipo de relación en absoluto a partir de los quince años.

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La llegada de Diane a Dzibilchaltún altera la rutina de Elizabeth. Ninguna de las dos sabe exactamente lo que quieren la una de la otra, así que se limitan a tratarse con extrema precaución, mientras intentan reestablecer algún puente de comunicación entre ambas. Para complicar las cosas, Elizabeth empieza a tener contacto con Zuhuy-kak, una antigua sacerdotisa maya que vivió casi un milenio atrás, y que al contrario de lo que suele pasar con las sombras no sólo la reconoce, sino que incluso le habla… y le insta a realizar un sacrificio, pues un gran ciclo está a punto de llegar a su fin.

Los mimbres son buenos. El problema es que lo descrito es, básicamente, todo lo que acontece durante las 250 páginas del libro: Diane intentando amoldarse a la vida en la excavación (con la ayuda de Barbara, una de las estudiantes de su madre), y Elizabeth intentando amoldarse a la noción de que su hija está allí, mientras el peso añadido de sus visiones va erosionando poco a poco su, admitámoslo, no demasiado firme consciencia de la realidad.

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La novela juega continuamente con la ambigüedad con respecto a la visiones (que en cierto momento Diane también llega a compartir… más o menos). A decir verdad, no hay (casi) nada que no pueda explicarse racionalmente, sin recurrir a capacidades extrasensoriales. No existen grandes revelaciones sobre el imperio maya (que, a decir verdad, tampoco termina de cobrar el protagonismo que hubiera podido ostentar), tan sólo es la historia de dos mujeres rotas (una de ellas desde hace veinticinco años), que intentan juntar y recomponer los fragmentos.

En este sentido, la figura de Diane queda casi por completo eclipsada por la de su madre. Al fin y al cabo, lo suyo es una pequeña crisis de identidad, que soluciona a base de cambiar de aires y dejarse llevar. Elizabeth presenta problemas mucho más serios, derivados de la frustración temprana de sus anhelos (por culpa de un mal matrimonio prematuro, forzado por un embarazo no deseado), con una personalidad autodestructiva que sublima a través de la idealización de la concepción maya del sacrificio.

También cabría destacar, dentro del apartado de las influencias, la evidente conexión con la pseudoantropología mística de Carlos Castaneda (aunque cambiando a los toltecas por los mayas). No es excesivamente evidente, sino que tiene más que ver con la posible concepción ampliada de la realidad y su relación con las religiones precolombinas.

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La novela es fácil de leer. No procura grandes revelaciones ni emociones, pero fluye con tranquilidad de principio a fin. A la postre, tal vez se eche de menos que profundice un poco más en la psicología de sus protagonistas. Invierte mucho esfuerzo en el planteamiento, apresurando la conclusión (que, de hecho, queda un tanto desdibujada, como si no supiera o quisiera definirla mejor). Quizás ya lo anuncie en el título. No le interesa tanto el resultado como el proceso. Tras la falta de control de la caída y el dolor del impacto, lo que sigue es una etapa completamente diferente que ya no nos atañe.

El sexteto de finalistas de los Nebula de aquel año se completó con “La fragua de Dios” de Greg Bear, “Soldado de la niebla” de Gene Wolfe (ganadora del Locus), “La rebelión de los pupilos” de David Brin (ganadora de Hugo y Locus), “Vergil in Averno” de Avram Davidson y “Cuando falla la gravedad” de George Alec Effinger.

La colina de Watership

•enero 13, 2017 • 1 comentario

La pasada Nochebuena falleció a los 96 años Richard Adams, autor inglés cuya carrera dio inicio con la publicación en 1972, a los 52 años, de “La colina de Watership” (“Watership Down”), una narración épica… protagonizada por conejos.

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Pese a lo improbable de tal desarrollo, “La colina de Watership” (después de ser rechazada por un buen número de editoriales) pronto se convirtió en uno de los mayores éxitos comerciales de la literatura británica del siglo XX, cosechando reconocimientos como la Carnegie Medal y el Guardian Prize (los dos máximos galardones ingleses de la literatura infantil y juvenil, algo que en cuarenta y nueve años sólo ha ocurrido seis veces, por ejemplo con “Luces del norte“, de Philip Pullman) y alcanzando el estatus de clásico indiscutible (en el mundo anglosajón).

Tras ese éxito, Richard Adams dejó su puesto de funcionario y se dedicó por completo a la literatura, decantándose por la literatura fantástica (a menudo con animales como protagonistas o personajes relevantes), con obras como “Shardik” (1974), “Los perros de la plaga” (1977) o “Maia” (1980), aunque sin volver a alcanzar la misma resonación (lo cual no implica que no se trate de obras muy apreciadas, en especial entre buena parte de los escritores de fantasía anglosajones contemporáneos). En 1996, publicó “Cuentos de la colina de Watership”, una recopilación de relatos y leyendas de los conejos de Watership.

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La clasificación de “La colina de Watership” como literatura juvenil, sin embargo, es engañosa, porque si bien se nutre de una tradición orientada principalmente a los niños (y que ya detallaré más adelante), tanto su enfoque de partida como su materialización sobrepasan con mucho unos límites tan estrechos, entrando en el terreno de la épica con mayúsculas. La novela constituye la plasmación de un mito fundacional, que aborda cuestiones tan relevantes como la construcción de una identidad, el establecimiento de un equilibrio entre las necesidades del individuo y de la sociedad, el problema del liderazgo y la lucha (grupal) por la supervivencia frente a un mundo que no regala nada.

La narración arranca con la visión de un pequeño conejo, Quinto, de un terrible desastre que va a abatirse sobre la conejera donde vive. Tras hablar con uno de sus hermanos, Avellano, ambos acuden al conejo jefe con sus inquietudes, sólo para ser despedidos condescendientemente, por lo que deciden organizar por su cuenta una pequeña expedición para fundar un nuevo asentamiento.

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El grueso de la novela trata sobre las vicisitudes que entraña este simple proyecto. Desde el aterrador viaje hacia lo desconocido, hasta las dificultades del asentamiento y la necesidad de proveer de hembras la comunidad. En total, la obra abarca apenas unos meses, y es posible que los conejos no viajen más que una decena de kilómetros, pero a su escala supone una apopeya que Adams vincula nada menos que con la propia fundación de Roma (desde elementos de la Eneida o la Odisea hasta paralelismos con el rapto de las sabinas, narrado por Tito Livio).

Porque “La colina de Watership” no es un mero cuento de animales parlantes, ni siquiera una fábula. Es épica, es mitología, es la maña sobre la fuerza, es un estudio sobre el liderazgo, sobre la libertad y sobre la dureza de la vida. Es la eterna lucha del ser humano por construir un futuro, una sociedad que establezca un oasis de orden en el caos. Protagonizada por conejos, eso sí. Algo que a la par la engrandece y le quita relevancia. Es un empeño grandioso, sí, pero dentro del gran esquema de las cosas, nada especial. Nos proporciona perspectiva. Nos muestra cómo algo puede ser crucial para nuestra suerte y al mismo tiempo irrelevante (salvo para los directamente implicados). Es, en definitiva, una obra maestra de la fantasía, que se mueve tan en la periferia del género que no es raro que pase desapercibida.

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Lo curioso es que la obra surgió como una serie de cuentos que el autor inventaba para distraer a sus hijas durante largos viajes en coche, inspirado posiblemente por los cuentos de Peter Rabbit, que Beatrix Potter comenzó a publicar en 1902 (y que formaron parte de la infancia de Richard Adams). A la hora de plasmar todo ello en una narración escrita, sin embargo, Adams no se contentó con volcar una serie de historias improvisadas sobre conejos ligeramente antropomorfizados. En vez de ello estudió concienzudamente cada aspecto de su futura obra.

Así, el comportamiento de los conejos y su estilo de vida están fundamentados en el libro “The private life of the rabbit”, del naturalista Ronald Lockley, mientras que el aspecto mítico proviene de la lectura de “El héroe de las mil caras”, el monomito delineado por Joseph Campbell. Esto afecta tanto a los propios protagonistas (que adquieren estatura casi mítica, desde el líder Avellano a el profeta Quinto, pasando por el guerrero Pelucón o el ingenioso Zarzamora), como a la propia mitología interna de los cojenos, que junto con su idioma (del que el autor nos presenta fragmentos), constituye la esencia de su cultura.

El gran héroe mítico de los conejos es El-ahrairah, el “Príncipe con los Mil Enemigos”, una figura arquetípica que representa al trickster, el Pícaro Divino, y que define el carácter conejil, dando prioridad a la inteligencia sobre la fuerza. Sus leyendas, transmitidas oralmente por bardos como Diente de León, hablan del triunfo frente a la adversidad gracias al ingenio, y tienen sus raíces en las historias del Br’er (hermano) Rabbit, que circulaban entre los esclavos negros en América (adaptando mitos africanos) y fueron compilados por Joel Chandler Harris en su libro de 1881 sobre el Tío Remus.

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Por concluir con las deudas más evidentes, también habría que mencionar ineludiblemente a “El libro de la selva” de Rudyard Kipling (1894-95), “El viento en los sauces”, de Kenneth Grahame (1908), aunque sus animales están mucho más antropomorfizados de lo que Adams pretendió con sus conejos, y quizás de un modo especial “The three mulla-mulgars“, de Walter de la Mare (1910), declarada por Richard Adams como su novela favorita (y que narra igualmente una historia épica protagonizada por animales).

Lo que conforma Adams con toda esa tradición, sin embargo, es algo distinto, novedoso. Todo un triunfo que funciona a múltiples niveles, conectando a un nivel muy profundo con el lector (y alcanzando hacia su parte final una tremenda intensidad y procurando una experiencia catártica perfectamente medida). Con su hábil mezcla de realismo y fábula, “La colina de Watership” trasciende el simple concepto de una aventura protagonizada por conejos, para dotar de una vestimenta nueva a los anhelos, miedos y esperanzas más profundos del ser humano. 

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Richard Adams (9 de mayo 1920 – 24 de diciembre de 2016)

IN MEMORIAM

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Décimo aniversario de Rescepto Indablog

•enero 11, 2017 • 14 comentarios

Tal día como hoy, un 11 de enero de hace diez años, Rescepto Indablog iniciaba su andadura por la blogosfera.

Como he venido relatando, los inicios no fueron muy prometedores. Nació como herramienta de promoción de un ezine que por entonces ya estaba muerto (aunque los editores todavía no lo sabíamos), y durante al menos un par de años fue dando tumbos, tratando de encontrar una identidad propia. Es casi un milagro que alcanzara los dos años y pico (una cifra que circula por ahí, no sé con qué grado de fiabilidad, como la esperanza de vida de un blog al nacer), completar toda una década de existencia no cabía, por supuesto, en mi mente por aquel entonces, así que es todo un placer anunciar el Décimo Aniversario de Rescepto.

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Esta entrada será un poco diferente de la del resto de aniversarios, porque no celebro un solo año, sino todos y cada uno de ellos, con sus ciento veinte meses (o 4382 días). Para información más específica del 2016, me remito a la entrada correspondiente del anuario (con el año casi al 92%).

Muchas cosas han pasado en este tiempo. Los propios blogs, sin ir más lejos, han pasado un poco de moda, con muchas de sus antiguas funciones fagocitadas por Facebook (que no se lanzó oficialmente en español hasta 2008) o reubicadas en YouTube (¿Para qué leer nada, pudiendo ver y escuchar?). Los blogs, sin embargo, siguen siendo a mi entender imbatibles si la intención es que la información permanezca y pueda ser consultada al ritmo que el usuario (lector) quiera, y en ese sentido, poco a poco, Rescepto Indablog se ha ido configurando como una pequeña gran base de datos con primero decenas y luego centenares de obras fantásticas reseñadas (secundariamente, cae de vez en cuando algún comentario de película, sumando 80 hasta la fecha, y algún artículo, en número desconocido porque todavía no los he indexado, pero el grueso de los contenidos lo constituyen las reseñas/críticas).

Critico

No estoy cien por cien seguro de cuántos libros están reseñados en Rescepto. Según los índices (que pueden presentar errores), son al menos 628, entre los que predomina la ciencia ficción (356), seguida de la fantasía (182) y por último el terror (72). Entre ellos hay representación de todas las décadas de los siglos XX y lo que llevamos de XXI, así como cierto número de obras anteriores (41 títulos, que van desde 1898 al 414 a.C.). Para una información más exhaustiva, podéis consultar el Índice por año de publicación original, que también incluye información sobre el género al que pertenecen. En ciencia ficción constituye una representación bastante completa de estilos, autores y subgéneros, mientras que en los otros dos grandes géneros las lagunas son un poco más evidentes. Todo se andará.

Respecto a los autores, son 354 los que tienen obra individual (incluyendo aquí las colaboraciones entre dos escritores, pero no las antologías de autoría múltiple) reseñada en Rescepto. De ellos, 103 son españoles (lo cual no es mérito mío, sino que se lo debo en gran medida a las editoriales que durante unos años me mandaron ejemplares para reseña). Podéis consultar sus nombres en el Índice por apellido del autor, que incluye también información sobre los premios recibidos por la obra en cuestión.

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Entre los más reseñados se cuentan Roberto Malo (13), Robert A. Heinlein (10), Robert Silverberg (10), Philip K. Dick (9), Brian Aldiss (8), Arthur C. Clarke (7), Lois McMaster Bujold (7), Frederik Pohl (7), Isaac Asimov (6), John Brunner (6), Samuel R. Delany (6), Fritz Leiber (6), Charles Stross (6), Greg Egan (5), Robert L. Forward (5), Joe Haldeman (5), Stephen King (5), Ursula K. Le Guin (5), Rafael Marín (5), Rodolfo Martínez (5), Larry Niven (5), John Scalzi (5), Iain Banks (4), Emilio Bueso (4), Víctor Conde (4), Pascual Enguídanos Usach (4), Robert E. Howard (4), Ismael Martínez Biurrún (4), China Miéville (4), Vernor Vinge (4), Peter Watts (4) y Roger Zelazny (4).

No hay ningún plan maestro. Salvo por los recibidos para reseña, que evidentemente llegaban bajo los designios de las editoriales, el resto los voy extrayendo de la Pila, los descargo de internet (del Proyecto Gutenberg los que están en dominio público o de las propias páginas de los autores, bajo licencias Creative Commons) o los busco activamente si tengo algún interés concreto (por rellenar algún hueco). Lo cierto es que todo esto me ha venido muy bien, porque me ha obligado a salirme de continuo de mi zona de confort y me ha hecho aprender a apreciar corrientes que tal vez, dejado a mi capricho, nunca me hubiera molestado en explorar. La única pega es que, cuanto más profundizo, más evidentes me resultan mis carencias, así que el número de títulos y autores que tengo que leer sí o sí no para de aumentar, y aumentar, y aumentar…

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No negaré que de vez en cuando la motivación empieza a flaquear. Después de todo, son ya ocho años (los dos primeros no cuentan, porque apenas hubo reseñas) embarcado en este empeño, y no siempre se produce una conexión satisfactoria con el libro en cuestión, o tal vez el texto no dé para añadir gran cosa a lo ya expuesto medio millar de veces antes. La cosa también va por épocas, porque el mundo real interfiere, claro que sí, y siempre está presente la vocecilla que insta a dejar de “perder el tiempo” y dedicar los esfuerzos a algo “útil” (léase “productivo”). Por suerte (o por desgracia) siempre acaba surgiendo algo nuevo, algo que me impele a buscar las palabras apropiadas para compartirlo, y el blog sigue adelante, superando (hasta ahora) los baches en el camino.

Parte de la culpa de esa vacilación ocasional la tiene también cierta sensación de estancamiento. Desde hace cuatro años el blog no crece. Los contenidos casi se han duplicado, pero las visitas no sólo no aumentan, sino que incluso retroceden (ligeramente, si tenemos en cuenta una pequeña reducción en el ritmo de actualización, se trata más bien una meseta). Suman casi 618.000 en total, pero de haber seguido la dinámica de los seis primeros años podrían ser a estas alturas muchas más (de ahí que el sentimiento en este décimo aniversario sea en realidad un poco agridulce).

Lo peor es que no encuentro explicación. Como ya he comentado, año tras año aumenta el contenido idexable por los buscadores (que constituyen la principal vía de entrada al blog), y año tras año aumenta el número de seguidores por un medio u otro (a día de hoy, 275 en Facebook, 204 en Twitter, 122 a través de WordPress y 20 en Google+), pero nada de eso parece servir de mucho. Supongo que tendré que resignarme a la idea de que la cosa ha tocado techo (y buscar motivación por otro lado).

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Pero ya basta de buscarle pegas al asunto. Si Rescepto sigue en activo es porque los aspectos positivos superan en mucho a los negativos. Ya he mencionado el hecho de que me obliga a ampliar mis lecturas, pero quizás más importante sea que me ha permitido a lo largo de los años establecer contacto con muchos de los ciento y pico compañeros cuya obra (en parte) he reseñado, y aunque mantener unos estándares mínimos sea una tarea agotadora (que explica también en parte el que los dos o tres últimos años me haya dedicado más a bucear en la historia del género fantástico, lo cual plantea unas exigencias diferentes), e incluso me ganara cierta reputación de crítico duro (tampoco era para tanto), esas conexiones (mantenidas la mayor parte on line, y estrechadas en alguna convención aquí o allá) constituyen un “subproducto” del trabajo que me ha resultado particularmente satisfactorio.

Eso sí, sobre todo, Rescepto Indablog ha sido un proyecto que me ha obligado a seguir escribiendo, incluso en las épocas en que los ánimos no me daban para dedicarme a la ficción (algo mucho más frecuente de un tiempo a esta parte). En total, son 1062 entradas, con una media de palabras por entrada que supera con cierta holgura el millar, así que estamos hablando de más de un millón de palabras (calculo que serán en torno a 1.200.000). Sí, es mucho rollo que aguantarme, lo siento.

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Otro fruto importante del blog, por supuesto, lo ha constituido “La 100cia ficción de Rescepto“, el recopilatorio con 100 reseñas de ciencia ficción que publiqué el año 2013 y que obtuvo en la edición correspondiente el premio Ignotus a mejor obra de ensayo. Desde entonces que voy trabajando (de forma un tanto desordenada) en otro volumen dedicado a la fantasía (aún me faltan ciertas décadas por cubrir), e incluso ha empezado a rondarme la idea de sacar sendos volúmenes, quizás menores, dedicados a la ciencia ficción y el terror tempranos (anteriores a la Primera Guerra Mundial en un caso y a la Segunda Guerra Mundial en el otro). Son proyectos como poco a medio-largo plazo, pero ahí están (consumiendo recursos).

No ha habido tanta suerte por lo que respecta al blog en sí como candidato al Ignotus de Página Web. Sólo un vez en todos estos años estuvo nominado (el año 2013). Quizás algún día…

¿Y qué más queda para los diez próximos años?

Bueno, llegar a las 1000 reseñas estaría bien (en cuatro o cinco años sería muy factible), y más o menos a la par debería alcanzar también el hito de los 500 autores reseñados. También estaría bien completar en serio los comentarios a los ganadores de los premios fantásticos más relevantes (los Hugo andan bien encaminados, Nebula y Locus van un poco por detrás y más crudo lo tiene el World Fantasy), y por supuesto quedan pendientes los títulos que tengo marcados como esenciales para los libros de ensayo proyectados. De todas formas, todo esto supondría una evolución cuantitativa más que cualitativa, y tras diez años en el tajo, la renovación, en cierta medida, se hace imprescindible para poder seguir adelante.

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No me gusta forzar nada. El blog ha ido cambiando con los años, y seguirá haciéndolo. No sólo es algo natural, sino necesario. No sé si me atrevo a expresar que ojalá dentro de otros diez años el invento siga en marcha, porque diez años en estas lides representan mucho, muchísimo tiempo, y tampoco conviene desafiar de forma tan inconsciente al destino.

Me limitaré por tanto a seguir emplazándoos por estos andurriales electrónicos día a día, entrada a entrada, mientras vayamos conservando el interés y siga teniendo cosas que compartir (y que merezcan, espero, ser compartidas).

Gracias por estar ahí.

Contáis con todo mi Rescepto.

El atlas de las nubes

•enero 8, 2017 • 4 comentarios

En 2004 David Mitchell publicó su tercera novela, “El atlas de las nubes” (“Cloud atlas”), que consiguió algo muy difícil, aunar los pareceres de la crítica mainstream (con la concesión del British Book Award, así como una mención como finalista en el prestigioso Booker Prize) y la especializada en el fantástico (con nominaciones a los premios Nebula y Arthur C. Clarke, entre otros), y es que aun presentando elementos fantásticos, es una novela que se resiste a ser encasillada en un género concreto, sino que más bien intenta ofrecer una visión casi literalmente caleidoscópica del ser humano y de la literatura.

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Para ello el autor hace uso de una estructura compleja: seis historias anidadas, de modo que tras empezar se interrumpen a mitad desarrollo para dar paso a la primera parte de la siguiente, y así hasta la sexta y central, que se narra de corrido, para empezar a continuación la labor de ir cerrándolas todas en orden inverso a como se han abierto. Esta estructura, equiparada a una serie de matrioskas, viene reforzada por una serie de artificios, como la inclusión en cada una de ellas de la prececente como un elemento más de la narración o la presencia de personajes conectados por una marca de nacimiento muy particular (Mitchell mismo los ha identificado como sucesivas transmigraciones de una misma alma). Para ello, es preciso un orden cronológico preciso. Así, la primera narración se desarrolla a mediados del siglo XIX, la segunda en el período de entreguerras, la tercera en los años 70, la cuarta es contemporánea, la quinta en algún momento impreciso del futuro y la sexta aún más lejos en el tiempo.

Pero no acaba ahí la experimentación formal del autor. David Mitchell aprovecha también para dotar a cada fragmento de un estilo e incluso un género diferente. Así, tenemos “El diario del Pacífico de Adam Ewing”, que como su mismo título indica asume la forma de un diario, escrito por un joven abogado a bordo de un navío en los Mares del Sur, camino de los EE.UU. en cumplimiento de una encomienda profesional (con muchas de las características que encontramos en la novela histórica). El segundo fragmento, “Cartas desde Zedelghem”, es una novela espistolar, en la que un joven músico, con talento pero demasiado rebelde, se ve obligado a trabajar para un compositor tan reputado como caduco. “Vidas a medias. El primer misterio de Luisa Rey” es un thriller que se adhiere sin rubor a la fórmula del bestseller más simplón, con la protagonista, una joven periodista, empeñada en destapar un enorme fraude en el que está implicada la cúpula directiva de una central nuclear. De ahí pasamos a “El tremendo calvario de Timothy Cavendish”, una sátira sobre el éxito inesperado que se abate sobre un editor poco escrupuloso, y sus peripecias como paciente/recluso de un asilo kafkiano.

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En ese punto la novela entra en el terreno de la ciencia ficción, primero con la distopía anticorporativa “La antífona de Sonmi-451”, narrada por medio de la transcripción de un interrogatorio, y luego, con “El cruce de Sloosha y toda la vaina”, por medio de una narración que simula ser oral en un lejano futuro postapocalíptico, con la civilización reducida a pequeños grupos humanos más o menos degenerados.

Desde luego, no se le puede negar atrevimiento, e incluso maestría a la hora de desarrollar cada registro. Mitchell juega con las posibilidades que ofrecen los distintos narradores, ajustando su prosa a las necesidades de cada segmento, desde a sintaxis al vocabulario, ya sea ligeramente anticuado, simple y directo, pedante (en boca de Cavendish), repleto de neologismos o incluso emulando una forma degenerada para la secuencia del futuro lejano. Por desgracia, aquí se puede aplicar eso de que el conjunto es más que la suma de las partes, y aunque eso suele ser un elogio para con el conjunto, también puede verse como una debilidad si nos centramos en cada segmento por separado.

Porque se da el caso de que pocos son los que mantienen el tipo como narración independiente, por no hablar de que la interrupción forzosa no le sienta bien a varias de las historias, que se ven obligadas a ceder espacio necesario para la resolución a la segunda puesta en marcha. Es algo que afecta principalmente a los dos segmentos que precisarían de un final más contundente (por constituir también el final del libro), “El diario del pacífico” y “Cartas desde Zedelghem”. El primero (y último) presenta una conclusión anticlimática, mientras que el segundo se ve en la necesidad de precipitarse hacia la conclusión, tras haber agotado casi todo su espacio en un prolijo desarrollo (el recurso epistolar no ayuda).

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En cuanto a “Vidas a medias”, analizado de forma independiente se trata de una pésima novela corta de intriga. David Mitchell domina muy bien los recursos estilísticos del género, pero fracasa estrepitósamente en la tarea de construir una trama consistente. La investigación de Luisa Rey no avanza de descubrimiento en descubrimiento, sino de deus ex machina en deus ex machina, a cual más traído por los pelos.

Las historias centrales son mucho más sólidas. Por ir de menos a más, la que resulta menos excitante es la central, un episodio postapocalíptico que no tiene mucho que ofrecer, aparte del juego filológico (que, inevitablemente, se pierde un poco con la traducción). Todo lo que describe lo hemos leído, e incluso visto, una y mil veces en ficciones de similar enfoque. Pueblos que han retrocedido al barbarismo, habitando entre las ruinas (y algún remanente aislado) de una civilización mucho más avanzada. Se salva, sobre todo, porque es en esta parte donde mejor se aprecia uno de lo temas centrales de la novela, el de la inevitable decadencia de una sociedad, la nuestra, aquejada de graves defectos estructurales. En muchos sentidos, “El atlas de las nubes” es una crónica de ese derrumbe, propiciado por la elección de algunos de los peores instintos del ser humano como base de nuestra civilización.

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Esto es algo que también se aprecia en la distopía narrada por Sonmi-451, que se ambienta en una Corea ultratecnificada del futuro, en la que fratías clónicas se encargan en una suerte de esclavitud genética, de ser la mano de obra de una sociedad de consumidores. El nombre de la protagonista hace referencia directa a Bradbury y su “Fahrenheit 451“, pero la sociedad descrita tiene más puntos de contacto con “Un mundo feliz“, de Huxley, aunque se queda lejos de profundizar en aquello que describe. En general, como ocurre en su conjunto con toda la novela, las exigencias del estilo interfieren en la capacidad de la novela para profundizar en los temas que plantea, dejando una distopía menos incisiva de lo que parece de primeras.

Donde David Mitchell alcanza un pleno es con las desventuras de Timothy Cavendish, con una narración que va in crescendo, dibujando a un protagonista tan despreciable como entrañable. Lejos de suponer un obstáculo, la pausa forzada a mitad historia potencia la anticipación y sirve de cambio de tercio para lanzarla a desarrollos aún más desenfrenados. Perfecta casi de principio a fin (que como llega tan pronto en el volumen nos deja todavía con tres finales menos efectivos por delante).

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Así pues, aunque el conjunto sea más que la suma de las partes (por el juego de estilo propuesto), he de confesar que en conjunto me ha resultado decepcionante… porque las partes no se sostienen con independencia (sí, lo sé, resulta un modo un poco contradictorio de expresarlo). También influye en mi opinión mi rechazo a la tesis central, o más bien al modo tan superficial en que está expuesta. Con una idea tan demoledora como la del error fatal en los cimientos mismos de nuestra sociedad (y quizás en la propia naturaleza humana), necesito argumentos más elaborados e ideas mejor estructuradas. El anidamiento de tramas deja poco espacio para nada que no sea un enunciado muy superficial y cargado de tópicos. Tal vez, como indican algunas críticas, la pretensión de forzar los límites de forma y fondo simultáneamente no podía sino conducir al fracaso en una de esas facetas.

En cuanto a su destino en los Nebula, fue “Paladín de almas”, de Lois McMaster Bujold, la que la privó de premio, estando también nominada ese año “Tocando fondo“, de Cory Doctorow.

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La Edad de Oro

•diciembre 23, 2016 • 5 comentarios

Hace unos años ya glosé en la Cifilogenia el período histórico conocido como la Edad de Oro de la ciencia ficción, ésta es la reseña a la primera novela de John C. Wright (“The Golden Age”, 2002), primera también de su trilogía del Ecúmene Dorado.

En el tiempo transcurrido desde su publicación, Wright se ha convertido en uno de los abanderados de lo que podría denominarse ciencia ficción conservadora en los EE.UU. Aunque ojo, no es conservadora en lo que respecta a especulación, sino por una ideología subyacente que bebe del individualismo y unas posturas sociales no demasiado diferentes de las vigentes durante la Edad de Oro original (años treinta y cuarenta).

La combinación resulta (o al menos me resulta a mí) chocante. En “La Edad de Oro”, sin ir más lejos, nos encontramos con una humanidad bastante avanzada en la senda del transhumanismo, en medio de un escenario postciberpunk cuya filosofía de base, sin embargo, no puede ser mas opuesta a la de la mayor parte de la literatura precedente de dicho subgénero. Baste con constatar que, en vez de la anarquía tecnócrata, antisistema, que permeaba todo el cyberpunk original (y la mayor parte de los desarrollos posteriores), el Ecúmene Dorado es una plutocracia, en la que todo es controlado por un minúsculo consejo de ricos, que representan también diversas “escuelas” posthumanas. Y es que al contrario de lo que suele ser lo más habitual en este tipo de futuros (que las sociedades sean también postcapitalistas), el dinero sigue marcando clases en el mundo imaginado por John C. Wright.

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Ello implica, por supuesto, que el protagonismo debe recaer en alguien perteneciente a esa élite, en este caso Faetón Primo Radamanto, Humodificado (realce) Incompuesto, Indepconsciencia, Neuroforma Básica, Escuela Señorial Gris Plata, hijo del líder de la escuela Gris Plata, que propugna una realidad simulada lo más cercana posible a la realidad física, sometiéndose sus miembros a todas las pequeñas incomodidades que el ser humano debía afrontar en el día a día antes de que la existencia pasara a desarrollarse en entorno virtuales más o menos consensuados. Pero Faetón no es un ricachón cualquiera, sino que tiene grandes sueños y grandes proyectos, y aproximándose la fecha de las Ascendencia Dorada (una época de reevaluación de prioridades y determinación del camino de la humanidad para los siguientes siglos) pretende arrancar a sus semejantes de lo que él percibe como inmovilismo, abocándolos a un futuro con un potencial mucho más glorioso… pero también más incierto.

Claro que al principio no es consciente de ello, pues sus recuerdos han sido editados para borrar un importante pedazo de su existencia, constituyendo la mayor parte de este primer libro la lucha de Faetón por recuperar su memoria y reafirmar su individualidad (sin ceder un paso, aunque todos, incluso aparentemente su yo antiguo que no puede recordar, estén en su contra).

“La Edad de Oro” supone un deslumbrante ejercicio de construcción de un estilo de vida decididamente transhumano, con una experiencia enteramente virtual propiciada por lo que en la práctica es una existencia inmortal gracias a los avances médicos, en la que conviven diversas filosofías (entre las que el autor no puede ocultar su simpatía por el estilo gris-plata, frente a otros más laxos hedonistas o incluso los colectivizados en una gran mente colmena). Teóricamente, se trata de una utopía libertaria, en la que no existe propiedad pública de ningún tipo y donde el principal objetivo es la consecución de la autorrealización personal.

A la hora de la verdad, sin embargo, no sólo nos encontramos con la realidad plutocrática (con un estamente privilegiado de donde surgen todos y cada uno de los personajes del libro), sino que el propio Faetón desafía los principios libertarios de la sociedad, con una empresa considerada lo bastante peligrosa como para que dicha utopía libertaria imponga serias restricciones a uno de sus individuos, forzándola a una redefinición de su propia esencia (con desafío incluido al último elemento regulador… o coercitivo, según se mire, que le resta).

De aquí en adelante, supongo que el disfrute de la novela dependerá mucho de cómo el lector perciba a Faetón. Puede ser un campeón de la libertad individual, que está dispuesto a sacrificarlo todo (personal y globalmente) con tal de defender su derecho a ejercer su voluntad (derecho que viene respaldado por una más que considerable fortuna), o bien puede ser un idiota engreído, ensoberbecido por sus ambiciones y dispuesto a imponer su libertad individual sobre las de todos los demás… con lo cual empezamos a entrar en terrenos del objetivismo randniano (en muchos sentidos, “La Edad de Oro” constituye un remake de “El manantial”, de Ayn Rand, con Faetón en el papel de Howard Roark).

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Wright recurre a todos los trucos del libro para presentar a su protagonista como un mártir de la libertad, pero a la postre creo que la novela cae víctima de sus contradicciones. Todo el montaje se sostiene en el supuesto de infalibilidad de Faetón. Si no lo aceptas, va resultando un personaje cada vez más cargante, un tirano en potencia que ejemplifica el mito del iluminado que se enfrenta a unos privilegiados inmovilistas en nombre de una masa ignorante que debe ser liderada (sin contar, por supuesto, con su opinión).

Para mí “La Edad de Oro” es una cáscara hueca, que juega con la apariencia de transgresión innovadora para transmitir un mensaje profundamente reaccionario. La gran trampa del individualismo es la creencia ciega en la valía personal como justificación suficiente. Una filosofía un tanto infantil, con el potencial de servir de apoyo a cualquier creencia, dado que elimina por completo el requisito de validación externa.

También juega en su contra que no se trata tanto de una novela como de un tercio de novela, sin entidad individual. En cierto punto la historia, simplemente, termina, emplazando para el segundo título, “Fénix Exultante” (que, supongo, aplazará la resolución para “La trascendencia dorada”). Pese a toda la interesante pirotecnia, me ha costado horrores terminar este primer volumen por culpa de sus contradicciones filosóficas, así que dudo que vaya a continuar con la aventura de Faetón por demostrar que él tenía razón y todos los demás no.

Desde la publicación de “La Edad de Oro” John C. Wright parece haber ido extremando sus opiniones (y una misoginia que ya es aparente en este primer título, en donde el único personaje femenino relevante es, literalmente, una marioneta), lo que le ha llevado a ser ensalzado por los sectores más conservadores (especialmente los Sad Puppies) y denostado por la mayoría de los aficionados (un disgusto espoleado por explosivas declaraciones homófobas), de modo que hoy en día es una figura controvertida, que no ha terminado de desarrollar el potencial que se le auguraba tras  debutar con la trilogía del Ecúmene Dorado.

Un último apunte. A poco que busquéis por internet descubriréis que al parecer estoy bastante solo en mi apreciación de “La Edad de Oro”. Así que, más que nunca, os animo a consultar…

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Rogue One: Una historia de Star Wars

•diciembre 21, 2016 • 8 comentarios

Esta vez la espera ha sido corta. Un año después de “El despertar de la fuerza”, Disney comienza a aplicar su nuevo concepto de Universo Cinematográfico (que tan buen resultado le está dando con su división de Marvel) a la saga de la Guerra de las Galaxias… o eso se suponía.

En realidad, lo que nos ha ofrecido Gareth Edwards, tras el remake poco disimulado de Abrams, es una precuela cuya acción es inmediatamente anterior a “La guerra de las galaxias” original. Ello me lleva a preguntarme cuándo van a empezar a explorar de verdad el escenario que le han comprado a Lucas. Porque sí, está muy bien eso de reencontrarse con viejos conocidos y revivir antiguas emociones, pero ¿no irá siendo hora de cortar de una vez el cordón umbilical y ampliar un poco el enfoque? Tampoco hace falta alejarse demasiado, pero por una vez estaría bien centrar la atención en algo que no tenga que ver con una Estrella de la Muerte o con la familia Solo-Skywalker.

Pero bueno, esto es lo que hay por ahora, y lo que toca determinar es si habida cuenta de lo que ofrece el resultado es bueno o malo… Y después de casi una semana a lo más que he llegado es a decidir que ambas cosas.

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“Rogue One” tiene grandes momentos y corrige muchos de los fallos de “El despertar de la fuerza” (para empezar, es una historia original, aunque se base totalmente en unas líneas escritas hace treinta y ocho años). Eso sí, comete otros nuevos, entre los que el más grave es sin duda un guion desastroso, que apenas logra hilvanar una trama cuajada de incoherencias, saltos lógicos y vías sin salida. Lo sorprendente del caso es que, pese a todo, funciona, o al menos funciona lo suficientemente bien como para que el espectador (sobre todo si es fan) pueda rellenar los huecos y disfrutar de la experiencia. No es poca cosa, habida cuenta de la accidentada producción, que llevó a contratar a un nuevo guionista, Tony Gilroy, para reescribir todo el último acto… e incluso para dirigir la filmación de las nuevas tomas de reemplazo y participar en el montaje final (¿Llegaremos a conocer algún día la visión sin adulterar de Gareth Edwards?).

No voy a detenerme mucho en la trama. Me limitaré a exponer lo que ya es ampliamente conocido. La película gira en torno a la operación de la Alianza Rebelde (o cuando menos de una facción rebelde de los rebeldes) para conseguir los planos de la Estrella de la Muerte (que luego Leia esconde en R2D2 y que a la postre conducen a su destrucción gracias al disparo afortunado de Luke), y de nuevo nos encontramos con protagonismo femenino (aunque en este caso Jyn Erso es un personaje mucho mejor delineado que la imposiblemente ultraeficiente Rey), que si bien no escapa del todo del arquetipo de recién llegada que enseña a los veteranos cómo se hacen las cosas, al menos exhibe alguna que otra flaqueza que la humaniza. Por desgracia, el resto de personajes apenas están delineados, yendo desde lo soso (el capitán Cassian) a lo límite con la parodia (la pareja ¿cómica? de Chirrut Îmwe y Baze Malbus).

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He ahí uno de los grandes problemas de la película: los personajes son perfectamente olvidables (o sustituibles por cualquier otro). Tenemos, por ejemplo, un revolucionario heredado de la serie de animación Star Wars: The Clone Wars, que aparte de mirar raro a la gente y hablar con un acento ridículo (al menos en la versión doblada) no hace absolutamente nada. Se nos cuenta que es un extremista, desautorizado por los miembros más moderados de la Rebelión, pero no sabemos nada más y, desde luego, no se nos muestra siquiera eso. O, volviendo al tema de Chirrut Îmwe, tenemos un monje desahuciado de una orden que venera a la Fuerza… que podría haber sido una gran adición al corpus starwasiano con sólo que alguien se hubiera molestado lo más mínimo en elaborar la idea (y hacerla congruente con una orden de Caballeros Jedi activa tan sólo veinte años atrás). Tengo la sospecha de que tocaba meter la Fuerza por algún lado, y los guionistas acabaron tropezando en los viejos cómics de Marvel con Don-Wan Kihotay (que a su vez inspiró toda una categoría de personaje en el juego de rol original de Star Wars), porque Chirrut es una versión apenas un poco menos ridícula de aquel viejo loco que se creía un jedi.

¿Y por qué funciona todo eso? Pues porque pese a su torpeza bebe de una mitología muy rica, y se preocupa en no contradecir de forma flagrante nada de lo ya establecido (digamos a lo “midiclorianos” de las precuelas). Un fan, que se conozca todas las películas, que posiblemente haya leído los cómics, quizás también las novelas y, por supuesto, haya jugado a los videojuegos (todo un guiño a la saga Jedi Knight en la aparición estelar de Darth Vader), no tendrá ningún problema en captar todas la insinuaciones, contextualizarlas y construir en torno a ellas su propia idea del sustrato de los personajes y de las implicaciones a gran escala de todo lo que apenas queda esbozado.

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No se si eso es indicativo de pereza, incapacidad o temor a meter la pata, pero cuando todo termina, si lo analizas, te das cuenta de que más de dos horas de película no han servido para contar absolutamente nada nuevo. “Rogue One” viene a ser el equivalente cinematográfico a una nota a pie de página.

Lo malo es que tampoco está rodada con la excelencia esperable en un proyecto de esta envergadura (salvo en los apartados técnicos, en los que es sobresaliente, quitando de un intento prematuro por llevar la interpretación digital al siguiente nivel). Lo que más se acerca al estándar exigible es la banda sonora de Michael Giacchino, que realiza una buena imitación de John Williams (sigue sin ser capaz de crear temas memorables, pero es un buen trabajo, teniendo en cuenta el tiempo de que dispuso tras el despido de Alexandre Desplat… que coincidió con la decisión de cambiar el final y, posiblemente, el tono de todo el proyecto), y donde más flojea, como ya he avanzado, es en el elemento más importante: el guion (evidentemente, Chris Weitz no estaba a la altura). 

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Nos encontramos, por ejemplo, con un colgante que parece ultrasignificativo hasta que desaparece por completo de la narración, con una pésima gestión del personaje de Galen Erso y su traición, con una batalla no tan espacial (técnicamente, acontece como mucho en la termosfera, y mejor no pensar en la dinámica orbital) sin el menor atisbo de estrategia (y con dos destructores imperiales que jamás han parecido tan inútiles), con ideas sueltas que no terminan de desarrollarse (todo el tema de la confianza, que afecta a K-2SO, Jyn Erso y Bodhi Rook, o la noción de rebeldes llevando a cabo acciones cuestionables) y otras que se introducen a martillazos (la esperanza). También me resulta molesta la absoluta irrelevancia de todas las especies alienígenas (cuando uno de los sellos de identidad de la franquicia son sus extraterrestres) y que, para hacer gala de un elenco multirracial, muchos de los personajes parecen construidos sobre estereotipos (por no hablar de sus acentos). No sé si ésa es la mejor forma de abordar el (patente) problema de homogeneidad racial que lastraba la serie. Es hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana. Cualquier personaje puede (y debe) presentar cualquier fenotipo, y ello no tiene el porqué influir un ápice en sus acciones, caracterización o comportamiento.

Y pese a todo… Pese a todo la película funciona. Requiere de parte del espectador un esfuerzo extra a la hora de suspender la incredulidad y, sobre todo, cierta familiaridad con el universo de base (la saga no está ganando nuevos aficionados; en los EE.UU. un 74% de la audiencia el fin de semana del estreno tenía más de 25 años, frente por ejemplo al 54% de “Deadpool”, el 51% de “Capitán América: Guerra Civil, o el 46% de “El Escuadrón Suicida”, pero prácticamente idéntico al 73% de “Star Trek: Más Allá”), pero recompensa ese esfuerzo a quienes pueden y está dispuestos a realizarlo.

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Quizás resuene mejor con los tiempos que corren unos héroes que no están predestinados a la grandeza, que no tienen ningún camino mítico que recorrer, sino que cobran conciencia de que la situación es desesperada y hay que hacer algo para combatir la opresión, aunque ello parezca imposible. Luke Skywalker se tropezó casi por casualidad con una rebelión ya en marcha. Jyn Erso tiene que encender la mecha, y aunque lo haga por razones más personales que idealistas, es su carácter lo que la convierte en el catalizador que necesita la Alianza para empezar a moverse, para dar los primeros pasos hacia la libertad de la Galaxia, antes de que toda esperanza muera por en exceso de cautela (que también podría llamarse “conformismo”).

Lástima que “Rogue One” no ahonde en esa idea. Lástima que no ahonde en casi nada. Si unos largometrajes imperfectos como “El despertar de la fuerza” y “Rogue One” son capaces de alcanzar estas alturas, ¿cómo de buena podrá ser la película que por fin lo clave y lleve al universo de Star Wars al siguiente nivel?

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