Danza de espejos

•febrero 5, 2017 • 4 comentarios

Para mediados de los años noventa, Lois McMaster Bujold había convertido la serie de Miles Vorkosigan en la más exitosa y premiada saga de la nueva space opera, una que al contrario de lo que ocurría con la clásica se apoyaba principalmente en el carisma de sus pesonajes, y que además no tenía miedo de dejar aparcada un momentito la aventura para explorar otras facetas (como el romance).

Tras iniciar la serie con la triple publicación en 1986 de “Ethan de Athos”, “Fragmentos de honor” y “El aprendiz de guerrero”, publicó en rápida sucesión otras cuatro novelas y tres novelas cortas, antes de intentar por primera vez incursionar en la fantasía (con “El anillo del espíritu” en 1993). Tras el fracaso de esta tentativa, retomó (a instancias de su editor) la serie de Miles Vorkosigan, publicando en cinco años otras tantas novelas, que van apartando el énfasis de la ficción militarista que predominaba en los primeros títulos a otro tipo de intriga más diplomática (o más cercana al espionaje), culminando la etapa con la magnífica “Una campaña civil“. El punto de inflexión lo encontramos en “Danza de espejos” (“Mirror dance”, 1994).

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Se trata del primer caso en la serie en que tenemos un protagonismo compartido, entre Miles y su hermano clónico Mark (parte involuntaria del complot descubierto y neutralizado en “Hermanos de armas”, 1989). Desde sus respectivos puntos de vista, asistimos al intento de Mark por liberar a un grupo de clones destinados a servir de receptáculo rejuvenecido al cerebro de sus progenitores en el caótico planeta de Jackson’s Whole (gobernado por distintas casas mafiosas). Para ello, se hace pasar por el almirante Naismith, una identidad secreta de Miles Vorkosigan, embarcando en la aventura a una unidad de su ejército semiprivado, los Mercernarios Libres Dendarii.

La acción termina en desastre, y es tarea de Miles intentar arreglar el embrollo, con tan mala fortuna que la acción de rescate, aun llevándose a cabo con relativo éxito, acaba con su muerte… y lo que es peor, con el extravío de la crio-cámara que contiene su cuerpo, lo cual reduce considerablemente sus posibilidades de una resucitación exitosa, sobre todo cuando empiezan a pasar los días, las semanas incluso y nadie parece saber nada sobre el paradero del pequeño lord Vorkosigan criogenizado.

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Esto es sólo el comienzo del libro. Algo de acción militar para contentar a los fans, con los típicos equívocos del juego con dobles, cuyos orígenes pueden trazarse al menos hasta “Príncipe y mendigo” (Mark Twain, 1881)… con la más que probable intermediación de “El prisionero de Zenda” (Anthony Hope, 1894). Entretenido, muy bien escrito, como suele ser norma en la autora, pero nada extraordinariamente novedoso (el propio Heinlein había utilizado, de forma mucho más descarada, el modelo para “Estrella doble“, por ejemplo). Es cómo maneja la historia a partir de ahí lo que demuestra lo mucho que ha crecido como escritora.

Y no precisamente por lo que ocurre (que tampoco resulta tan ingenioso, e incluso hay un par de enormes agujeros en la trama, que se te abalanzan encima a poco que te pares a pensar las cosas), sino por el porqué ocurre. “Danza de espejos”, más allá de la pirotecnia superficial, trata sobre la identida. Tenemos un personaje, Miles, que se ha visto obligado a crearse una identidad artificial, la del almirante Naismith, para dar vía de escape a sus frustraciones y esperanzas (algo que ocurrió casi por accidente allá por el coprimer título de la serie, “El aprendiz de guerrero”, pero que aquí se analiza pormenorizadamente, contando además con la visión “externa” de Mark cuando tiene que interpretar el papel). Tenemos otro, Mark, al que nunca se le ha permitido desarrollarse libremente, y que sólo es capaz de definirse en comparación (desfavorable) con su “modelo”.

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Las tensiones para definir el yo personal e interpretar el del hermano impulsan la historia, sobre todo cuando ambos se ven obligados en un momento u otro a ponerse en la piel del otro. Lois McMaster Bujold somete a sus protagonistas, en especial a Mark, a un proceso de autodescubrimiento e individualización (por parte de los demás). Rompe así con uno de los lugares comunes más tontos de la ciencia ficción, la mística en torno a la uniformidad de los clones, e incluso se permite alguna pulla contra la tontería de la supuesta “conexión psíquica”.

Este análisis de la identidad permea casi toda la novela, y se muestra también en elementos como la familia clónica Durona (que me he recordado poderosamente los clanes femeninos de “Tiempos de gloria”, publicada el año anterior por David Brin), o en la lucha por dotar de un destino propio a Azucena, una clon destinada a “donar” su cuerpo para que su “señora” rejuvenezca. Hacia el final, quizás acabe mordiendo más de lo que puede masticar (con cierto desdoblamiento de la personalidad, que acontece de improviso y cobra una enorme importancia), pero bueno, al fin y al cabo de no deja de ser novela de aventuras, y deben hacerse sacrificios en el altar del ritmo.

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“Danza de espejos” se erige en una de las novelas más interesantes de la serie de Miles Vorkosigan (y adyacentes), mostrando a una autora en completo dominio de su estilo. Incluso cuando se aparta del tema central, reincidiendo en la complicada vida amorosa de Miles (y ahora también Mark) o en las contradicciones de la sociedad barrayana, sabe hacer avanzar la historia con suavidad, firmemente apoyada en personajes sólidos y bien definidos (el conde Aral, la condesa Cordelia, Elli Quinn, Taura, Simon Illyan, el primo Iván, Bel Thorne, Elena Bothari-Jesek, el emperador Gregor…). Incluso cuando se trata de poco más que cameos, la solidez del universo Vorkosigan los convierte en significativos (al menos para los conocedores).

Es posiblemente ese enfoque, desde los personajes, lo que le permite a la autora imprimir con éxito a la serie el giro que comentaba al principio. Lo que importa no es lo que hacen, sino quiénes lo hacen, y por ello tanto da que estén disparando disruptores nerviosos en un navío interestelar como asistiendo a una cena protocolaria en la mansión familiar. Mientras podamos reconocerlos en sus actos y pensamientos, mientras podamos distinguir inequívocamente, por ejemplo, a Miles de Mark, el universo del Nexo del Agujero de Gusano seguirá siendo atractivo.

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“Danza de espejos” se alzó con los premios Hugo y Locus de 1995, por delante de títulos como “Jugadas decisivas” de Michael Bishop, “Mendigos y opulentos” de Nancy Kress, “Remolcando a Jehová” de James K. Morrow o “Extrajero” de C. J. Cherryh. En 2002, la editorial Baen lo reeditó en una edicíon omnibus, junto con “Hermanos de armas” y “Las fronteras del infinito”, bajo el título de “Miles errant”.

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Otras obras de la misma autora reseñadas en Rescepto:

Tormenta de alas

•febrero 1, 2017 • Dejar un comentario

La New Wave, aunque en principio no había razón filosófica para ello, nunca terminó de extenderse de la ciencia ficción a la fantasía. Ello posiblemente se deba a la divergencia en cuanto a salud de ambos géneros durante aquellos años. Mientras en la ciencia ficción se ponía de manifiesto tanto el agotamiento de los esquemas antiguos como un importante relevo generacional, la fantasía estaba viviendo una época de esplendor, marcada por la popularización de “El Señor de los Anillos” y la recuperación de muchos de los grandes clásicos del género, que habían caído casi en el olvido.

Ello no quiere decir que no hubiera grupúsculos de resistencia, opuestos tanto a las imitaciones desvaídas de Tolkien como a la simplicidad y rigidez de la espada y brujería. Esa resistencia se condensó en torno a la figura de Michael Moorcock y su revista New Worlds (uno de los principales viveros de la New Wave), y aunque Moorcock se propuso liderar la revolución también en el campo de la fantasía, su calidad literaria distaba mucho de la de autores como J. G. Ballard, Brian Aldiss, Norman Spinrad, John Brunner o Robert Silverberg, que sí ofrecían alternativas sugerentes a los modelos tradicionales.

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Pero allí donde Moorcock fracasó parcialmente (por carecer su obra de un sentido subyacente propio, más allá de definirse por la mera oposición), otros autores del entorno de New Worlds sí supieron, cuando menos, ofrecer alternativas a la fantasía épica/espada y brujería tradicionales, que si bien no crearon escuela en aquel momento (la evolución de la fantasía la llevaba por derroteros totalmente diferentes), sí constituyeron hitos que sirvieron de inspiración a autores posteriores. El caso más destacado es el de M. John Harrison y su secuencia de Viriconium.

Editor de New Worlds entre 1968 y 1975, inició el ciclo de Viriconium en 1971 con “La ciudad pastel” (incluída en la edición española en el volumen “Caballeros de Viriconium”), un escenario de Tierra Moribunda, inspirado evidentemente en la serie de Jack Vance, con resonancias del Zothique de Clark Ashton Smith (así como retazos del Gormenghast de Mervyn Peake, el ciclo apocalíptico de Ballard, con escenarios propios de “El mundo sumergido“, e imágenes de la poesía de T. S. Elliot). Así, con un enfoque fantástico que incluye elementos propios de la ciencia ficción, imaginó una ciudad habitada por una cultura del anochecer, con una estructura y tecnología isabelina (que suele ser mucho más común que la propiamente medieval), que vive sobre los restos de las más tecnológicamente avanzadas culturas del atardecer, mientras el mundo se va arrastrando poco a poco hacia su final.

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“La ciudad pastel” narra la amenaza a Viriconium por parte de tribus bárbaras del norte, y cómo los defensores de la ciudad se ven obligados a resucitar a hombres y mujeres del atardecer, para derrotar a los atancantes con tecnología largo tiempo perdida. “Tormenta de alas” (“A storm of wings”, 1980) se ambienta ochenta años después, con el héroe atípico de la primera novela, el soldado-poeta tegeus-Cromis muerto y enterrado dese hace dos décadas.

Un nuevo peligro ameneza a la ciudad pastel. Un peligro nebuloso y esquivo, representado inicialmente únicamente por la cabeza gigantesca de un insecto, llevada a Viriconium por una renacida, Fata Cristal, tan perdida en los tiempos del atardecer que apenas consigue comunicarse con la reina Jane y sus consejeros, entre los que se cuentan Alsath Fulthor, el primer renacido, Sepulcro el enano, el ya anciano luchador y recolector de tecnología perdida, y Cellur, el señor de las aves (que se revela como un hombre inmortal). Todos ellos reclutan a un antiguo noble caído en desgracia y devenido en asesino, Galen Hornwrak, sobre el que depositan las esperanzas de salvación (no se explicita la intención, pero sí se insinúa la intención de construir un nuevo tegeus-Cromis, símbolo que Galen se niega a interpretar).

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Mientras el grupo parte hacia el norte, en pos de las noticias de una extraña ciudad que ha aparecido en los desiertos, la ciudad va poco a poco cayendo bajo el influjo del Signo de la Langosta, un extraño culto nihilista que niega la realidad tal y como el resto de hombres la perciben, forzando mediante el asesinato su visión, con una persistencia que poco a poco va socavando el consenso perceptual, convirtiendo a la propia Viriconium en un símbolo cuyo significado puede mutar, forzando la disolución definitiva de la cultura del anochecer.

Lo que podría parecer una trama tópica, se convierte bajo la pluma de M. John Harrison en un lienzo donde pintar un cuadro cambiante, que subvierte casi todas las características definitorias de la fantasía épica. Ni los personajes, ni el escenario, ni los conflictos se avienen a plegarse a lo que estamos acostumbrados, con la incursión de diversas realidades alternativas, ya sean de un pasado tecnológico o una realidad alienígena. De hecho, el núcleo de la historia gira en torno al choque entre realidades, ya sea el pasado que perciben los renacidos superpuesto a su presente, ya las distintas percepciones sobre la naturaleza misma de la realidad (Harrison utiliza el término semiótico “umwelt“) que tiene los hombres y los insectiles invasores.

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No voy a revelar nada más de la trama, porque sinceramente, tampoco hay mucho, y no quisiera privar a un hipotético lector de ir descubriéndola por su cuenta. Mencionaré tan sólo cómo el autor difumina también las fronteras entre fantasía y ciencia ficción, hasta el punto de que, aunque la mayor parte de la crítica sitúa el ciclo en el campo de la fantasía, yo me siento más inclinado a definir esta novela como de ciencia ficción. Lo qué sí expondré son mis impresiones, y tengo que confesar que el estilo de Harrison no me resulta atractivo. Se compara a menudo con la poesía, en su esfuerzo por crear un lenguaje que transmita sensaciones, y quizás por ello no me satisfaga. Personalmente, valoro más el fondo que la forma, la transmisión de conceptos que de sensaciones. La poesía suele dejarme bastante frío, y ello, infiero, constituye un importante handicap para disfrutar de Viriconium.

También juega en su contra su dependencia de “La ciudad pastel”. Los primeros capítulos de “Tormenta de alas” constituyen casi una puesta al día, una reformulación (o quizás una permutación) de personajes y elementos aparecidos en la novela original (que no he leído). Para ser una historia casi por completo independiente, el nivel de referencialidad es tan elevado que le cuesta definir su propia identidad, y no es hasta bien mediada la novela que empieza a mostrar un carácter realmente independiente. Una vez llegados a ese punto, ya definida la personalidad de la novela y el conflicto entre el umwelt humano y el umwelt alienígena (con un curioso interfaz vivo, que es sin duda lo mejor de la novela), los últimos capítulos son brillantes, aunque no sé si me bastan para compensar la morosidad (en ritmo) del planteamiento.

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Son sensaciones que se confirman con “La danzarina y la danza”, el cuento que complementa el volumen de Bibliópolis. El estilo de Harrison (al menos en su traducción al español, un día de estos voy a tener que catarlo en inglés) no conecta conmigo.

Pese a ello, reconozco en las páginas de “Tormenta de alas” la simiente de parte de la fantasía moderna. Es especialmente evidente la deuda del New Weird, con China Miéville a la cabeza. La Nueva Crobuzón de “La estación de la calle Perdido” es en cierto modo una iteración de Viriconium (como ésta lo es de la Lankhmar de Fritz Leiber).

El ciclo de Viriconium se completó con una tercera novela breve, “En Viriconium” (1983), así como varios cuentos que fueron reunidos en 1985 en la antología “Viriconium nights”. Todo ello se compiló en los dos tomos mencionados de Bibliópolis y un tercero, “Nocturnos de Viriconium”.

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Guardianes de la noche

•enero 25, 2017 • Dejar un comentario

Resulta extraordinariamente difícil para el fantástico no anglosajón romper las fronteras nacionales y alcanzar repercusión global. Luego, dentro de cada país en concreto, la situación puede variar mucho, desde aquellos mercados lo bastante maduros como para permitir la profesionalización hasta los que, como el nuestro, se sostienen a duras penas en el límite mismo de la irrelevancia.

En tales condiciones, hay que aprovechar lo que se pueda para romper las barreras, y una oportunidad se abre con las adaptaciones cinematográficas (para lo cual, claro está, hace falta también una industria del cine con un mínimo de proyección internacional). Tal fue el camino que aprovechó uno de los principales autores contemporáneos de literatura fantástica rusa, Serguéi Lukyanenko.

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Hasta el año 2004 era un escritor mayoritariamente de ciencia ficción (y dentro de esta, con predilección por la space opera), conocido básicamente entre los círculos de aficionados rusos. Aquel año se estrenó uno de los primeros taquillazos de la súbitamente en expansión industria cinematográfica rusa: “Guardianes de la noche”, de Timur Bekmambetov, basada en un libro homónimo de Lukyaneko, “Ночной дозор”, publicado originalmente en 1998.

El enorme éxito del film, no sólo en su país sino también (a mucha menor escala) en el resto del mundo, lo convirtió de la noche a la mañana en un autor no sólo célebre en Rusia, sino comercializable en el resto del mundo, y España no fue una excepción (aquí recaudó casi 3 millones de euros). Así, en 2006 se publicó “Línea de sueños”, una de sus novelas más famosas de ciencia ficción, y a partir de 2007 empezó a publicarse la por entonces trilogía de los guardianes, empezando, claro está, por “Guardianes de la noche”.

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Abandonando la ciencia ficción en la que solía moverse, Lukyanenko optó por la fantasía urbana para narrar las historias de dos organizaciones enfrentadas, la Guardia de la Noche (integrada por los buenos luminosos) y la Guardia del Día (formada por malvados oscuros), en una dura pugna de siglos por… mantener el equilibrio. Y es que la peculiaridad del escenario propuesto por el autor radica en que, tras encontrarse al borde la destrucción mutua, las dos facciones de humanos con poderes extraordinarios conocidos como los Otros firmaron una tregua, un pacto, por el cual autolimitaban su influencia sobre el mundo y los hombres normales, a la espera de que uno de los dos bandos alcanzara inequívocamente la supremacía que le permitiría barrer al opuesto. Los garantes del pacto son los Guardianes, encargados cada uno de vigilar (y castigar) las acciones de la facción opuesta.

Esta premisa, con un enfoque tradicional (estadounidense), hubiera sido una historia de perdedores que, contra todo pronóstico, acaban triunfando. El protagonista, Antón Gorodetsky, un mago de la luz de medianas capacidades (e informático, para más señas), bien podría encajar en el molde. El caso es que eso sería muy poco ruso. Así, nos encontramos con que un enfrentamiento entre la luz y la oscuridad, librado por seres poderosísimos (magos, vampiros, cambiaformas, sanadores y hechiceros), acaba deviniendo en una emabarrullada partida de ajedrez, librada en medio de los grises del crepúsculo, con todos los participantes obligados a contener sus golpes para no violar el Pacto.

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“Los guardianes de la noche” le debe  mucho a la literatura de espías, y de hecho lo que escenifica es una especie de guerra fría entre el bien y el mal, con las líneas divisorias entre ambos tan difuminadas que en ocasiones pueden confundirse. Es también una historia de frustración, donde los participantes se contentan con ir sobreviviendo, aunque para ello estén obligados a hacer concesiones (como conceder a los vampiros licencias de caza de tanto en tanto). ¿Es aceptable para el bien pactar una tregua con el mal? ¿Hasta qué punto resulta asumible el precio a pagar? Ésas son algunas de las dudas que asaltan a Antón mientras desempeña las misiones que le encomienda su jefe (siempre con doble o triple intención).

“Guardianes de la noche” constituye, en definitiva, un reflejo de la Rusia postsoviética, intentando encontrar casi a ciegas una nueva identidad tras el derrumbe del comunismo (y ahí se entremezclan la añoranza, la autocrítica, la esperanza y el desconcierto). Por supuesto que tenía que diferenciarse de la fantasía urbana americana (o británica).

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Estructuralmente, la novela se divide en tres segmentos, que corresponden a tres movimientos de la partida librada entre Hesser, el mago al mando de la división de Moscú de la Guardia de la Noche, y Zavulón, su contraparte de las tinieblas. En todas ellas encontramos a Antón, convertido de súbito en un agente operativo y encargado de misiones como proteger a un niño que va a ser víctima de unos vampiros sin licencia, desentrañar el misterior de una terrible maldición lanzada contra una joven doctora (y que, de dejar que se desarrolle, podría arrasar toda la ciudad) o atrapar a un mago de la luz descontrolado, que está matando indiscriminadamente a oscuros contraviniendo el Pacto (del que no tiene noticia).

Lejos de solucionarlo todo con ayuda de la magia, nos lo encontramos tratando de encontrarle sentido a su labor, de justificar cada inacción y de desentrañar el papel que los maestros de la partida tienen reservado a un peón como él y de compaginar sus deberes como luminoso con sus necesidades, pese a todo, humanas.

Destaca en “Guardianes de la noche” ese retrato de los Otros como figuras casi trágicas. Ajenos al mundo y distanciados incluso los unos de los otros en función de sus poderes y conocimientos. Lukyanenko crea todo un elenco de personajes, atrapados entre lo mundano y lo sublime, en un crepúsculo perpetuo.

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“Guardianes de la noche” tiene dos secuelas directas: “Guardianes del día” (con Vladimir Vasilyev, 2000) y “Guardianes del crepúsculo” (2003). La película toma elementos de las dos primeras historias de la novela para componer algo más efectista e incluso caricaturesco, mientras que la secuela, pese a su título, adapta muy, muy libremente el resto del libro. A raíz de su éxito, prosiguió con la serie, publicando una segunda trilogía compuesta por “La última guardia”, “La nueva guardia” y “La sexta guardia” (los tres inéditos en español).

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El exorcista

•enero 20, 2017 • Dejar un comentario

Curiosamente, algunos de los grandes hitos de la literatura de terror no surgieron de autores especializados en el género, sino de otros que, de hecho, no podían encontrarse a priori más en las antípodas: expertos en comedia. Tal fue el caso de William Peter Blatty, escritor recientemente fallecido a los 89 años de edad, y su obra cumbre, “El exorcista” (“The exorcist”, 1971).

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De orígenes extremadamente humildes (sus padres era inmigrantes libaneses, y a los seis años el padre abandonó la familia, de la que él era el quinto hijo, haciendo descansar el peso económica en una madre que apenas sabía hablar inglés), gracias a sucesivas becas y a la intercesión de los jesuitas pudo disfrutar de una brillante carrera académica, que le llevó a graduarse en lengua inglesa en la universidad de Georgetown. Con posterioridad, y tras una larga serie de trabajos, consiguió la estabilidad económica suficiente para dedicarse a la escritura, produciendo primero un puñado de novelas cómicas que lo pusieron en la órbita de Hollywood como guionista, trabajando en los sesenta en ocho películas, destacando su colaboración con Blake Edwards.

Durante todo ese tiempo, hubo un proyecto rondado su mente. En 1950, mientras atendía a sus clases en Georgetown, circuló la noticia de un presunto caso de posesión demoníaca y exorcismo del joven “Robbie Mannheim” (pseudónimo), llevado a cabo por curas jesuitas en varias sesiones a lo largo de 1949. Este suceso impresionó vivamente al joven Blatty, quien estuvo documentándolo durante años, con la vista puesta en escribir algún día una obra de no ficción sobre él (análogo quizás al ensayo de Aldous Huxley sobre las Endemoniadas de Loudun, publicado en 1952).

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Su trabajo en el cine, posiblemente, acabó influyendo para que acabara transformándose en su quinta novela, con una historia completamente ficticia, inspirada en el caso de Robbie (y otros testimonios sobre exorcismos), a través de la cual se permitió explorar las ramificaciones filosóficas del hecho de la posesión demoníaca, confrontándola también con explicaciones racionalistas fundamentadas (más o menos) en la medicina y la psicología.

No voy a extenderme mucho en la sinopsis. La película de 1973 de William Friedkin sigue la trama con bastante fidelidad (después de todo, el guión fue del propio Blatty, que recibió un Oscar por su trabajo). Regan, la hija de doce años de una estrella de cine, empieza a mostrar un comportamiento extraño. Pese a la intervención de los médicos su estado va degradándose con rapidez, hasta que sólo queda como posible explicación de todo ello una posesión demoníaca. Por suerte para la niña, la familia vive cerca de Georgetown, y un psiquiatra jesuita, el padre Karras, se involucra en la curación de Regan. Finalmente, auxiliado por un exorcista veterano, el padre Merrin, confrontan al demonio que ha poseído a Regan.

He ahí a grandes rasgos, en cuatro frases, los cuatro actos en que se divide la novela.

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Incluso antes del éxito de la película, el libro ya había batido multitud de récords (a priori fuera del alcance de una novela de terror). Fue la primera vez en que una posesión demoníaca cobró protagonismo, y delineó con ello el modelo de todas las que siguieron (sobre todo en el cine), extendiendo además su influcencia sobre todo el subgénero del horror paranormal (con trucos más efectivos quizás a través del lenguaje audiovisual, aunque no por ello ajenos por completo a la literatura, en particular por lo que se refiere a la creación de prototipos para protagonizarlo).

Lo curioso es que no creo que la novela busque tanto el horror (la película es mucho más directa en ese sentido), como se valga de él para una exploración filosófica (que el autor completaría años más tarde, en 1983, con “Legión”, la secuela directa de “El exorcista”, que él mismo dirigiría como “El exorcista III” en 1990). La idea germinal de la historia consiste en contemplar la manifestación inequívoca del poder del demonio como prueba irrefutable de la existencia de Dios, en un contexto en el que la fe se esfuerza por mantenerse viva frente a las exigencias lógicas de la razón (con el problema teológico de la existencia del mal, la teodicea, como telón de fondo).

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El protagonismo no recaé realmente en Regan y su familia, sino en el padre Karras (el exorcista), un sacerdote que se encuentra sumido en una profunda crisis de fe, y que trata por todos los medios de encontrar una explicación racional para los síntomas que presenta Regan (ansiando y temiendo al mismo tiempo alcanzar un resultado negativo que lo obligue a aceptar la existencia del demonio… y por extensión la de Dios).

Blatty, como exalumno de Georgetown, no se queda en la superficie, sino que afronta con valentía una travesía que sabe cuajada de bajíos y remolinos donde podría encallar su teología. Al mismo tiempo, reconoce posiblemente sus limitaciones, y frena antes de adentrarse en ramificaciones demasiado controvertidas (las ideas que presenta rozan el maniqueísmo y  el gnosticismo, o incluso la visión evolutiva del jesuita, desautorizado por las autoridades eclesiásticas, Teilhard de Chardin). A la postre, no es la satisfacción de la razón lo que reconduce al padre Karras a la fe, sino la compasión (poniendo así quizás de manifiesto la imposibilidad del empeño de llegar a Dios por el camino puro de la razón).

Toda esta lectura de razón frente a fe queda, me temo, desdibujada por culpa de lo que en la época se entendía todavía por ciencia psicológica (a finales de los sesenta y principios de los setenta aún había varias universidades embarcadas en estudios serios sobre fenómenos parapsicológicos). Así, acontecimientos que alimentan la duda del padre Karras (como presuntos fenómenos telepáticos y telequinéticos), hoy los clasificamos sin ambages en el terreno de la “manifestación sobrenatural”). No sé si la edición del cuarenta aniversario que el autor sacó en 2011 con pequeños cambios aborda esta cuestión (por lo que tengo entendido, sigue inédita en España; y lo que es peor, todas las ediciones hasta la fecha respetan la anticuada traducción de 1972).

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De todas fromas, supongo que la mayor parte de los lectores no reparan en estas cuestiones (o les importan un pimiento). Lo que sí resulta evidente es la gran habilidad demostrada por Blatty para plasmar la historia, por medio de un estilo que prima ante todo la agilidad. Los capítulos se suceden impulsados principalmente por diálogos muy vivos, que transmiten más información que las limitadas descripciones. Se nota ahí la experiencia del autor como guionista, al conseguir caracterizar a los personajes y definir su estado de ánimo gracias casi exclusivamente a los diálogos.

Supone una lectura tan, tan ágil, que para cuando te quieres dar cuenta los acontecimientos han mutado de raritos a inquietantes, y de ahí, en un abrir y cerrar de ojos, a horripilantes (limitando al mínimo el abuso del efectismo… muy al contrario que la película, que en ese sentido es bastante más explícita). Ello explica en parte la enorme popularidad de que disfruto casi desde el principio.

Es difícil precisar hasta qué punto influyó “El exorcista” en la popularización del género del horror (aunque sospecho que el despegue de la carrera de Stephen King le debe bastante a encontrarse el terreno abonadado por el bestseller de Blatty). Así, aunque después de ella no produjo nada realmente rompedor (se limitó a reincidir sin demasiada insistencia en los mismos temas, ampliando el enfoque tras la muerte de su hijo hacia la existencia ultraterrena, en novelas como “Elsewhere” o “Dimiter”), resulta de justicia reconocer la deuda del terror con ese hombre que, procedente de la comedia y bordeando la filosofía, revolucionó el género e introdujo entre sus elementos maestros uno nuevo: la posesión demoníaca.

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William Peter Blatty (7 de enero de 1928 – 12 de enero de 2017)

IN MEMORIAM

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La mujer que caía

•enero 17, 2017 • Dejar un comentario

Uno de los premios Nebula más desconcertantes es el concedido en la edición de 1987 a Pat Murphy por “La mujer que caía” (“The falling woman”, 1986, su segunda novela). Para hacernos una idea de lo peculiar que fue su galardón, hay que bajar hasta el puesto 16 de la lista del Locus para encontrarla.

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Se trata de una fantasía contemporánea, etiquetada como “psicológica” y con no pocos puntos de contacto con el realismo mágico. El protagonismo se divide equitativamente entre dos mujeres, madre e hija, que llevan separadas quince años. Tras la muerte del padre, Diane, una mujer de unos treinta años, lo abandona todo (trabajo, relación fallida…) para acudir a la excavación arqueológica de Dzibilchaltún, en el Yucatán, donde su madre Elizabeth dirige a un grupo de estudiantes en el estudio de la antigua civilización maya.

Entre ambas media un importante abismo. Elizabeth abandonó a la niña y a su marido tras una crisis existencial que le llevó incluso a un intento de suicidio. A resultas de aquella experiencia, fue ingresada en un psiquiátrico y le quedó una curiosa secuela, la capacidad (real o no) de percibir sombras del pasado, de ver a los antiguos habitantes de un lugar, lo cual cuadra además con su anhelo de dedicar su vida a la arqueología. Tras su huída, cuando Diane tenía cinco años, el padre prohíbe todo contacto entre ambas, y así la niña crece viendo apenas a su madre y sin ningún tipo de relación en absoluto a partir de los quince años.

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La llegada de Diane a Dzibilchaltún altera la rutina de Elizabeth. Ninguna de las dos sabe exactamente lo que quieren la una de la otra, así que se limitan a tratarse con extrema precaución, mientras intentan reestablecer algún puente de comunicación entre ambas. Para complicar las cosas, Elizabeth empieza a tener contacto con Zuhuy-kak, una antigua sacerdotisa maya que vivió casi un milenio atrás, y que al contrario de lo que suele pasar con las sombras no sólo la reconoce, sino que incluso le habla… y le insta a realizar un sacrificio, pues un gran ciclo está a punto de llegar a su fin.

Los mimbres son buenos. El problema es que lo descrito es, básicamente, todo lo que acontece durante las 250 páginas del libro: Diane intentando amoldarse a la vida en la excavación (con la ayuda de Barbara, una de las estudiantes de su madre), y Elizabeth intentando amoldarse a la noción de que su hija está allí, mientras el peso añadido de sus visiones va erosionando poco a poco su, admitámoslo, no demasiado firme consciencia de la realidad.

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La novela juega continuamente con la ambigüedad con respecto a la visiones (que en cierto momento Diane también llega a compartir… más o menos). A decir verdad, no hay (casi) nada que no pueda explicarse racionalmente, sin recurrir a capacidades extrasensoriales. No existen grandes revelaciones sobre el imperio maya (que, a decir verdad, tampoco termina de cobrar el protagonismo que hubiera podido ostentar), tan sólo es la historia de dos mujeres rotas (una de ellas desde hace veinticinco años), que intentan juntar y recomponer los fragmentos.

En este sentido, la figura de Diane queda casi por completo eclipsada por la de su madre. Al fin y al cabo, lo suyo es una pequeña crisis de identidad, que soluciona a base de cambiar de aires y dejarse llevar. Elizabeth presenta problemas mucho más serios, derivados de la frustración temprana de sus anhelos (por culpa de un mal matrimonio prematuro, forzado por un embarazo no deseado), con una personalidad autodestructiva que sublima a través de la idealización de la concepción maya del sacrificio.

También cabría destacar, dentro del apartado de las influencias, la evidente conexión con la pseudoantropología mística de Carlos Castaneda (aunque cambiando a los toltecas por los mayas). No es excesivamente evidente, sino que tiene más que ver con la posible concepción ampliada de la realidad y su relación con las religiones precolombinas.

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La novela es fácil de leer. No procura grandes revelaciones ni emociones, pero fluye con tranquilidad de principio a fin. A la postre, tal vez se eche de menos que profundice un poco más en la psicología de sus protagonistas. Invierte mucho esfuerzo en el planteamiento, apresurando la conclusión (que, de hecho, queda un tanto desdibujada, como si no supiera o quisiera definirla mejor). Quizás ya lo anuncie en el título. No le interesa tanto el resultado como el proceso. Tras la falta de control de la caída y el dolor del impacto, lo que sigue es una etapa completamente diferente que ya no nos atañe.

El sexteto de finalistas de los Nebula de aquel año se completó con “La fragua de Dios” de Greg Bear, “Soldado de la niebla” de Gene Wolfe (ganadora del Locus), “La rebelión de los pupilos” de David Brin (ganadora de Hugo y Locus), “Vergil in Averno” de Avram Davidson y “Cuando falla la gravedad” de George Alec Effinger.

La colina de Watership

•enero 13, 2017 • 1 comentario

La pasada Nochebuena falleció a los 96 años Richard Adams, autor inglés cuya carrera dio inicio con la publicación en 1972, a los 52 años, de “La colina de Watership” (“Watership Down”), una narración épica… protagonizada por conejos.

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Pese a lo improbable de tal desarrollo, “La colina de Watership” (después de ser rechazada por un buen número de editoriales) pronto se convirtió en uno de los mayores éxitos comerciales de la literatura británica del siglo XX, cosechando reconocimientos como la Carnegie Medal y el Guardian Prize (los dos máximos galardones ingleses de la literatura infantil y juvenil, algo que en cuarenta y nueve años sólo ha ocurrido seis veces, por ejemplo con “Luces del norte“, de Philip Pullman) y alcanzando el estatus de clásico indiscutible (en el mundo anglosajón).

Tras ese éxito, Richard Adams dejó su puesto de funcionario y se dedicó por completo a la literatura, decantándose por la literatura fantástica (a menudo con animales como protagonistas o personajes relevantes), con obras como “Shardik” (1974), “Los perros de la plaga” (1977) o “Maia” (1980), aunque sin volver a alcanzar la misma resonación (lo cual no implica que no se trate de obras muy apreciadas, en especial entre buena parte de los escritores de fantasía anglosajones contemporáneos). En 1996, publicó “Cuentos de la colina de Watership”, una recopilación de relatos y leyendas de los conejos de Watership.

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La clasificación de “La colina de Watership” como literatura juvenil, sin embargo, es engañosa, porque si bien se nutre de una tradición orientada principalmente a los niños (y que ya detallaré más adelante), tanto su enfoque de partida como su materialización sobrepasan con mucho unos límites tan estrechos, entrando en el terreno de la épica con mayúsculas. La novela constituye la plasmación de un mito fundacional, que aborda cuestiones tan relevantes como la construcción de una identidad, el establecimiento de un equilibrio entre las necesidades del individuo y de la sociedad, el problema del liderazgo y la lucha (grupal) por la supervivencia frente a un mundo que no regala nada.

La narración arranca con la visión de un pequeño conejo, Quinto, de un terrible desastre que va a abatirse sobre la conejera donde vive. Tras hablar con uno de sus hermanos, Avellano, ambos acuden al conejo jefe con sus inquietudes, sólo para ser despedidos condescendientemente, por lo que deciden organizar por su cuenta una pequeña expedición para fundar un nuevo asentamiento.

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El grueso de la novela trata sobre las vicisitudes que entraña este simple proyecto. Desde el aterrador viaje hacia lo desconocido, hasta las dificultades del asentamiento y la necesidad de proveer de hembras la comunidad. En total, la obra abarca apenas unos meses, y es posible que los conejos no viajen más que una decena de kilómetros, pero a su escala supone una apopeya que Adams vincula nada menos que con la propia fundación de Roma (desde elementos de la Eneida o la Odisea hasta paralelismos con el rapto de las sabinas, narrado por Tito Livio).

Porque “La colina de Watership” no es un mero cuento de animales parlantes, ni siquiera una fábula. Es épica, es mitología, es la maña sobre la fuerza, es un estudio sobre el liderazgo, sobre la libertad y sobre la dureza de la vida. Es la eterna lucha del ser humano por construir un futuro, una sociedad que establezca un oasis de orden en el caos. Protagonizada por conejos, eso sí. Algo que a la par la engrandece y le quita relevancia. Es un empeño grandioso, sí, pero dentro del gran esquema de las cosas, nada especial. Nos proporciona perspectiva. Nos muestra cómo algo puede ser crucial para nuestra suerte y al mismo tiempo irrelevante (salvo para los directamente implicados). Es, en definitiva, una obra maestra de la fantasía, que se mueve tan en la periferia del género que no es raro que pase desapercibida.

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Lo curioso es que la obra surgió como una serie de cuentos que el autor inventaba para distraer a sus hijas durante largos viajes en coche, inspirado posiblemente por los cuentos de Peter Rabbit, que Beatrix Potter comenzó a publicar en 1902 (y que formaron parte de la infancia de Richard Adams). A la hora de plasmar todo ello en una narración escrita, sin embargo, Adams no se contentó con volcar una serie de historias improvisadas sobre conejos ligeramente antropomorfizados. En vez de ello estudió concienzudamente cada aspecto de su futura obra.

Así, el comportamiento de los conejos y su estilo de vida están fundamentados en el libro “The private life of the rabbit”, del naturalista Ronald Lockley, mientras que el aspecto mítico proviene de la lectura de “El héroe de las mil caras”, el monomito delineado por Joseph Campbell. Esto afecta tanto a los propios protagonistas (que adquieren estatura casi mítica, desde el líder Avellano a el profeta Quinto, pasando por el guerrero Pelucón o el ingenioso Zarzamora), como a la propia mitología interna de los cojenos, que junto con su idioma (del que el autor nos presenta fragmentos), constituye la esencia de su cultura.

El gran héroe mítico de los conejos es El-ahrairah, el “Príncipe con los Mil Enemigos”, una figura arquetípica que representa al trickster, el Pícaro Divino, y que define el carácter conejil, dando prioridad a la inteligencia sobre la fuerza. Sus leyendas, transmitidas oralmente por bardos como Diente de León, hablan del triunfo frente a la adversidad gracias al ingenio, y tienen sus raíces en las historias del Br’er (hermano) Rabbit, que circulaban entre los esclavos negros en América (adaptando mitos africanos) y fueron compilados por Joel Chandler Harris en su libro de 1881 sobre el Tío Remus.

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Por concluir con las deudas más evidentes, también habría que mencionar ineludiblemente a “El libro de la selva” de Rudyard Kipling (1894-95), “El viento en los sauces”, de Kenneth Grahame (1908), aunque sus animales están mucho más antropomorfizados de lo que Adams pretendió con sus conejos, y quizás de un modo especial “The three mulla-mulgars“, de Walter de la Mare (1910), declarada por Richard Adams como su novela favorita (y que narra igualmente una historia épica protagonizada por animales).

Lo que conforma Adams con toda esa tradición, sin embargo, es algo distinto, novedoso. Todo un triunfo que funciona a múltiples niveles, conectando a un nivel muy profundo con el lector (y alcanzando hacia su parte final una tremenda intensidad y procurando una experiencia catártica perfectamente medida). Con su hábil mezcla de realismo y fábula, “La colina de Watership” trasciende el simple concepto de una aventura protagonizada por conejos, para dotar de una vestimenta nueva a los anhelos, miedos y esperanzas más profundos del ser humano. 

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Richard Adams (9 de mayo 1920 – 24 de diciembre de 2016)

IN MEMORIAM

Otras opiniones:

Décimo aniversario de Rescepto Indablog

•enero 11, 2017 • 14 comentarios

Tal día como hoy, un 11 de enero de hace diez años, Rescepto Indablog iniciaba su andadura por la blogosfera.

Como he venido relatando, los inicios no fueron muy prometedores. Nació como herramienta de promoción de un ezine que por entonces ya estaba muerto (aunque los editores todavía no lo sabíamos), y durante al menos un par de años fue dando tumbos, tratando de encontrar una identidad propia. Es casi un milagro que alcanzara los dos años y pico (una cifra que circula por ahí, no sé con qué grado de fiabilidad, como la esperanza de vida de un blog al nacer), completar toda una década de existencia no cabía, por supuesto, en mi mente por aquel entonces, así que es todo un placer anunciar el Décimo Aniversario de Rescepto.

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Esta entrada será un poco diferente de la del resto de aniversarios, porque no celebro un solo año, sino todos y cada uno de ellos, con sus ciento veinte meses (o 4382 días). Para información más específica del 2016, me remito a la entrada correspondiente del anuario (con el año casi al 92%).

Muchas cosas han pasado en este tiempo. Los propios blogs, sin ir más lejos, han pasado un poco de moda, con muchas de sus antiguas funciones fagocitadas por Facebook (que no se lanzó oficialmente en español hasta 2008) o reubicadas en YouTube (¿Para qué leer nada, pudiendo ver y escuchar?). Los blogs, sin embargo, siguen siendo a mi entender imbatibles si la intención es que la información permanezca y pueda ser consultada al ritmo que el usuario (lector) quiera, y en ese sentido, poco a poco, Rescepto Indablog se ha ido configurando como una pequeña gran base de datos con primero decenas y luego centenares de obras fantásticas reseñadas (secundariamente, cae de vez en cuando algún comentario de película, sumando 80 hasta la fecha, y algún artículo, en número desconocido porque todavía no los he indexado, pero el grueso de los contenidos lo constituyen las reseñas/críticas).

Critico

No estoy cien por cien seguro de cuántos libros están reseñados en Rescepto. Según los índices (que pueden presentar errores), son al menos 628, entre los que predomina la ciencia ficción (356), seguida de la fantasía (182) y por último el terror (72). Entre ellos hay representación de todas las décadas de los siglos XX y lo que llevamos de XXI, así como cierto número de obras anteriores (41 títulos, que van desde 1898 al 414 a.C.). Para una información más exhaustiva, podéis consultar el Índice por año de publicación original, que también incluye información sobre el género al que pertenecen. En ciencia ficción constituye una representación bastante completa de estilos, autores y subgéneros, mientras que en los otros dos grandes géneros las lagunas son un poco más evidentes. Todo se andará.

Respecto a los autores, son 354 los que tienen obra individual (incluyendo aquí las colaboraciones entre dos escritores, pero no las antologías de autoría múltiple) reseñada en Rescepto. De ellos, 103 son españoles (lo cual no es mérito mío, sino que se lo debo en gran medida a las editoriales que durante unos años me mandaron ejemplares para reseña). Podéis consultar sus nombres en el Índice por apellido del autor, que incluye también información sobre los premios recibidos por la obra en cuestión.

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Entre los más reseñados se cuentan Roberto Malo (13), Robert A. Heinlein (10), Robert Silverberg (10), Philip K. Dick (9), Brian Aldiss (8), Arthur C. Clarke (7), Lois McMaster Bujold (7), Frederik Pohl (7), Isaac Asimov (6), John Brunner (6), Samuel R. Delany (6), Fritz Leiber (6), Charles Stross (6), Greg Egan (5), Robert L. Forward (5), Joe Haldeman (5), Stephen King (5), Ursula K. Le Guin (5), Rafael Marín (5), Rodolfo Martínez (5), Larry Niven (5), John Scalzi (5), Iain Banks (4), Emilio Bueso (4), Víctor Conde (4), Pascual Enguídanos Usach (4), Robert E. Howard (4), Ismael Martínez Biurrún (4), China Miéville (4), Vernor Vinge (4), Peter Watts (4) y Roger Zelazny (4).

No hay ningún plan maestro. Salvo por los recibidos para reseña, que evidentemente llegaban bajo los designios de las editoriales, el resto los voy extrayendo de la Pila, los descargo de internet (del Proyecto Gutenberg los que están en dominio público o de las propias páginas de los autores, bajo licencias Creative Commons) o los busco activamente si tengo algún interés concreto (por rellenar algún hueco). Lo cierto es que todo esto me ha venido muy bien, porque me ha obligado a salirme de continuo de mi zona de confort y me ha hecho aprender a apreciar corrientes que tal vez, dejado a mi capricho, nunca me hubiera molestado en explorar. La única pega es que, cuanto más profundizo, más evidentes me resultan mis carencias, así que el número de títulos y autores que tengo que leer sí o sí no para de aumentar, y aumentar, y aumentar…

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No negaré que de vez en cuando la motivación empieza a flaquear. Después de todo, son ya ocho años (los dos primeros no cuentan, porque apenas hubo reseñas) embarcado en este empeño, y no siempre se produce una conexión satisfactoria con el libro en cuestión, o tal vez el texto no dé para añadir gran cosa a lo ya expuesto medio millar de veces antes. La cosa también va por épocas, porque el mundo real interfiere, claro que sí, y siempre está presente la vocecilla que insta a dejar de “perder el tiempo” y dedicar los esfuerzos a algo “útil” (léase “productivo”). Por suerte (o por desgracia) siempre acaba surgiendo algo nuevo, algo que me impele a buscar las palabras apropiadas para compartirlo, y el blog sigue adelante, superando (hasta ahora) los baches en el camino.

Parte de la culpa de esa vacilación ocasional la tiene también cierta sensación de estancamiento. Desde hace cuatro años el blog no crece. Los contenidos casi se han duplicado, pero las visitas no sólo no aumentan, sino que incluso retroceden (ligeramente, si tenemos en cuenta una pequeña reducción en el ritmo de actualización, se trata más bien una meseta). Suman casi 618.000 en total, pero de haber seguido la dinámica de los seis primeros años podrían ser a estas alturas muchas más (de ahí que el sentimiento en este décimo aniversario sea en realidad un poco agridulce).

Lo peor es que no encuentro explicación. Como ya he comentado, año tras año aumenta el contenido idexable por los buscadores (que constituyen la principal vía de entrada al blog), y año tras año aumenta el número de seguidores por un medio u otro (a día de hoy, 275 en Facebook, 204 en Twitter, 122 a través de WordPress y 20 en Google+), pero nada de eso parece servir de mucho. Supongo que tendré que resignarme a la idea de que la cosa ha tocado techo (y buscar motivación por otro lado).

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Pero ya basta de buscarle pegas al asunto. Si Rescepto sigue en activo es porque los aspectos positivos superan en mucho a los negativos. Ya he mencionado el hecho de que me obliga a ampliar mis lecturas, pero quizás más importante sea que me ha permitido a lo largo de los años establecer contacto con muchos de los ciento y pico compañeros cuya obra (en parte) he reseñado, y aunque mantener unos estándares mínimos sea una tarea agotadora (que explica también en parte el que los dos o tres últimos años me haya dedicado más a bucear en la historia del género fantástico, lo cual plantea unas exigencias diferentes), e incluso me ganara cierta reputación de crítico duro (tampoco era para tanto), esas conexiones (mantenidas la mayor parte on line, y estrechadas en alguna convención aquí o allá) constituyen un “subproducto” del trabajo que me ha resultado particularmente satisfactorio.

Eso sí, sobre todo, Rescepto Indablog ha sido un proyecto que me ha obligado a seguir escribiendo, incluso en las épocas en que los ánimos no me daban para dedicarme a la ficción (algo mucho más frecuente de un tiempo a esta parte). En total, son 1062 entradas, con una media de palabras por entrada que supera con cierta holgura el millar, así que estamos hablando de más de un millón de palabras (calculo que serán en torno a 1.200.000). Sí, es mucho rollo que aguantarme, lo siento.

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Otro fruto importante del blog, por supuesto, lo ha constituido “La 100cia ficción de Rescepto“, el recopilatorio con 100 reseñas de ciencia ficción que publiqué el año 2013 y que obtuvo en la edición correspondiente el premio Ignotus a mejor obra de ensayo. Desde entonces que voy trabajando (de forma un tanto desordenada) en otro volumen dedicado a la fantasía (aún me faltan ciertas décadas por cubrir), e incluso ha empezado a rondarme la idea de sacar sendos volúmenes, quizás menores, dedicados a la ciencia ficción y el terror tempranos (anteriores a la Primera Guerra Mundial en un caso y a la Segunda Guerra Mundial en el otro). Son proyectos como poco a medio-largo plazo, pero ahí están (consumiendo recursos).

No ha habido tanta suerte por lo que respecta al blog en sí como candidato al Ignotus de Página Web. Sólo un vez en todos estos años estuvo nominado (el año 2013). Quizás algún día…

¿Y qué más queda para los diez próximos años?

Bueno, llegar a las 1000 reseñas estaría bien (en cuatro o cinco años sería muy factible), y más o menos a la par debería alcanzar también el hito de los 500 autores reseñados. También estaría bien completar en serio los comentarios a los ganadores de los premios fantásticos más relevantes (los Hugo andan bien encaminados, Nebula y Locus van un poco por detrás y más crudo lo tiene el World Fantasy), y por supuesto quedan pendientes los títulos que tengo marcados como esenciales para los libros de ensayo proyectados. De todas formas, todo esto supondría una evolución cuantitativa más que cualitativa, y tras diez años en el tajo, la renovación, en cierta medida, se hace imprescindible para poder seguir adelante.

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No me gusta forzar nada. El blog ha ido cambiando con los años, y seguirá haciéndolo. No sólo es algo natural, sino necesario. No sé si me atrevo a expresar que ojalá dentro de otros diez años el invento siga en marcha, porque diez años en estas lides representan mucho, muchísimo tiempo, y tampoco conviene desafiar de forma tan inconsciente al destino.

Me limitaré por tanto a seguir emplazándoos por estos andurriales electrónicos día a día, entrada a entrada, mientras vayamos conservando el interés y siga teniendo cosas que compartir (y que merezcan, espero, ser compartidas).

Gracias por estar ahí.

Contáis con todo mi Rescepto.

 
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