ORA:CLE

•abril 16, 2021 • Dejar un comentario

Kevin O’Donnell Jr. no es alguien que suela mencionarse entre los grandes nombres de la ciencia ficción. Su producción consta de algo más de medio centenar de relatos y apenas diez novelas, publicadas a lo largo de once años (entre 1979 y 1990). Más renombre obtuvo por su labor en el seno de la SFWA, hasta el punto que tras su muerte renombraron su premio en Servicio a la SFWA como Premio Kevin O’Donnell Jr. De hecho, se da la curiosa circunstancia de que su obra parece haber tenido más reconocimiento fuera que dentro de los EE.UU. De hecho, si acudís a Goodreads podréis constatar algo sorprendente: de sus dos novelas traducidas al castellano, hay más comentarios en español que en inglés.

El caso es que ambas (esta que nos ocupa y “Efímeras“) son dos obras muy meritorias, que constituyen grandes ejemplos dentro de sus respectivos subgéneros… y tal vez ese uno de los problemas de su producción, que resulta difícil asignarla por completo a una corriente u otra, e incluso individualmente no resultan ejemplos prototípicos. Ahí está “ORA:CLE”, una novela de 1984 que podría ser cyberpunk, pero que no estaba asociada en modo alguno a William Gibson y compañía, así que posiblemente el éxito de “Neuromante” la eclipsó un tanto.

“ORA:CLE” no es quizás tan deslumbrante y rompedora como “Neuromante”, pero no por ello carece de méritos. Es solo que hay que buscarlos en otros lugares. Su protagonista, por ejemplo, no es un antihéroe misterioso, sino un simple experto en historia china que trabaja para ORA:CLE, una especie de proto-Wikipedia que pone en contacto por un precio a quienes buscan una información determinada con el experto correspondiente. De hecho, la novela resulta tan contenida en lo superficial que acontece casi por entero dentro del apartamento del protagonista (y las pocas veces que se aleja de allí, no lo hace más que a un par de pisos de distancia).

A nivel especulativo, sin embargo, constituye una reflexión en torno al uso y abuso de la información que resulta poco menos que presciente; casi a la altura a este respecto de las grandes obras de John Brunner. Pocas veces tenemos ocasión de leer un libro de hace casi cuarenta años que parece estar diseccionando nuestro presente, avanzando cuestiones como la censura de la información, la creación de fake news, el hackeo a distancia, los electrodomésticos inteligentes… y eso que en 1984 internet consistía en un total de 1000 ordenadores interconectados en todo el mundo.

En el futuro de “ORA:CLE” la Tierra lleva ya cuatro años invadida por los dacs, una poderosa raza alienígena que se dedica a asesinar indiscriminadamente a cualquier humano que se encuentre fuera de su casa, con la impunidad que da el apoyo de cinco gigantescas naves que pueden bombardear desde el espacio cualquier rebelión (aunque sea tan pequeña como utilizar un arma de fuego en contra de los suyos). La mayor parte de los humanos viven por tanto encerrados en sus casas, teletrabajando gracias a una red informática (la palabra internet se había acuñado tan solo tres años antes) y obteniendo alimentos y objetos manufacturados gracias a un transmisor de materia (que no es compatible con la vida). Servicios como la asistencia médica o la vigilancia policial se realizan por medio de dispotivos de telepresencia.

En estas, Ael Elatey, nuestro sinólogo (con un chip insertado en la cabeza que le concede acceso directo a la sede virtual de ORA:CLE), es víctima de una serie de accidentes potencialmente mortales, que pronto se revelan como intentos de asesinato. Pero, ¿por qué? ¿Qué tiene de relevante un estudioso, en una rama decididamente secundaria del saber humano, para merecer tantas molestias? Es una cuestión que se hace todavía más acuciante cuando tirando del hilo sus colegas descubren que alguien parece estar asesinando sistemáticamente a los expertos de ORA:CLE, y no solo a ellos, sino que sus trabajos también están siendo borrados de los archivos públicos. ¿Cuál es el secreto que se quiere mantener a toda costa?

“ORA:CLE” supone un pequeño tour de force con su autoimpuesta limitación de escenario, que a su vez se refleja en una importante contención en el número de personajes. Tenemos a Ael, a su mujer Emde, al refugiado que acogen en su casa y se revela como un habilidoso hacker (más cercano a los verdaderos hackers que nigún cowboy del ciberespacio cyberpunk), algún que otro policía y un puñado de vecinos (sin contar las conexiones virtuales a través de ORA:CLE). Kevin O’Donnell Jr. sabe, sin embargo, trabajar a la perfección con estas restricciones, de modo que en ningún momento se perciben como forzadas, dejando libre el terreno para la esceculación.

Ahí es donde de verdad brilla la novela. Subiendo poco a poco las apuestas, en un mundo que es extraordinariamente dependiente de la información y donde, antes de que nos hayamos podido dar cuenta, nos encontramos en medio de una auténtica revolución política (algo muy, muy por encima de las modestas aspiraciones de Ael… aunque su vena obstinada le obliga a hacer lo correcto, por muy graves que puedan ser las consecuencias).

“ORA:CLE” logra pintar un mundo tan, tan parecido al nuestro en algunos aspectos (más aún en medio de los confinamientos covideros) que resulta fascinante. Es cierto que el nivel de desinformación y censura que muestra resulta casi, casi inocente desde nuestra perspectiva moderna, pero solo el haber podido anticipar todas esas cuestiones décadas antes de que se hicieran relevantes tiene un mérito increíble (e incluso ahora nos pueden ayudar, poniendo frente a nuestros ojos un modelo ligeramente alterado de nuestra cotidianidad, permitiéndonos reevaluarla con nuevos ojos). Si añadimos a esto cierta experimentación estilística (los capítulos comienzan, casi siempre, con una serie de titulares periodísticos a los que conviene prestar atención), tenemos un libro ciertamente notable.

Notable, sí. No sobresaliente. Lo que mantiene a “ORA:CLE” unos pasos por detrás de la Trilogía del desastre o “El jinete en la onda de shock” de Brunner es que no termina de llevar esta especulación sobre la manipulación de la información hasta sus últimas consecuencias y hacia el final pierde un tanto el rumbo, quizás por centrarse en el aspecto menos interesante de la novela (que es la invasión de los dacs). Una resolución decepcionante que no está a la altura del desarrollo precedente y que devalúa un poco la valoración global.

El camino hasta ahí, sin embargo, ha sido extraordinario, y por él merece sobradamente el reconocimiento que se le tiene… al menos por estos lares.

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Misión de gravedad

•abril 6, 2021 • Dejar un comentario

Hal Clement es el autor de ciencia ficción hard prototípico. Comenzó a publicar relatos en Astounding poco antes de graduarse en Astronomía por la Universidad de Harvard, y siguió haciéndolo mientras cursaba su primera master en química. En 1949 serializó en esas mismas páginas su primera novela, “Needle” (“Persecución cósmica”, sobre alienígenas capaces de entrar en simbiosis con los seres humanos), a la que siguió en 1951 “Iceworld” (desde el punto de visto de un alienígena para el que la Tierra es un mundo extraordinariamente frío.

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La novela que cimentó su fama, sin embargo, fue su tercera, “Misión de gravedad” (“Mission of grafity”), serializada entre abril y julio de 1953, que constituye la primera muestra de la gran especiliada de Hal Clement: las aventuras en mundos con condiciones fisicoquímicas extremas. El mundo en cuestión es Mesklin, y se inspiró, de hecho, en un objeto hipotético en el sistema 61 Cygni que posteriormente se probó inexistente. Hacia 1942, las observaciones astronómicas sugerían un tercer astro, de unas dieciséis masas la de Júpiter, cuya extremada velocidad de rotación le otorgaría una forma achatada y una gravedad que oscilaría entre los 3 g en el ecuador (gracias a que la fuerza centrífuga compensaría parcialmente el tirón gravitatorio) y 650 g en los polos (cálculos más refinados le llevaron a concluir que se había equivado y la gravedad polar sería más bien de 200 g).

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En junio de 1953 publicó todo esto como un artículo, “Whirling world”, en las páginas de Astounding, abriendo además el escenario a cualquier escritor con la única condición de que se respetaran (de forma razonable) la ciencia de este mundo de gravedad variable, que es el auténtico protagonista de “Misión de gravedad”. La excusa argumental e centra en la necesidad de montar una expedición de rescate de un cohete científico humano por parte de unos mercaderes oriundos del planeta Mesklin, que son contactados por una expedición humana, cuyo diplomático tan solo puede sobrevivir (y con dificultad, en el ecuador).

Tras unos primeros capítulos que nos sitúan en el planeta y nos presentan a nuestros personajes alienígenas, la novela sigue la expedición del capitán Barlennan y su tripulación por territorios desconocidos a bordo de su lancha modular, llamada Bree, en una suerte de viaje que tiene un poco de expedición comercial de la Era de los Descubrimientos y otro poco de reminiscencias de la Odisea, con cada uno de los obstáculos con que tropiezan requiriendo del ingenio de humanos (que siguen los progresos de sus socios desde la órbita y se comunican con ellos por radio) y mesklintas para ser resuelto. Se trata de incidentes que tienen que ver con dificultades geográficas (un desnivel de unos pocos metros puede suponer todo un desafío a varias decenas de g), o con culturas extrañas que explotan a su modo las peculiaridades de sus respectivas regiones.

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Mientras estos obstáculos ofrecen todo el sentido de maravilla que cualquiera podría pedir (sobre todo en los años cincuenta), como suele ser habitual en Clement los personajes son poco más que arquetipos esquemáticos, con unos mesklintas que, aparte de cierta supuesta fobia a las alturas (que superan con rapidez), piensan exactamente igual que nosotros, pese a ser algo así como cienpiés de cuarenta centímetros con pinzas manipuladoras a ambos extremos del cuerpo. Tampoco la biología reviste mucha relevancia (se me hace difícil imaginar procesos orgánicos básicos funcionales en un rango tan grande de gravedades, o siquiera un proceso evolutivo que permitiera una adaptabilidad tan grande). Lo único que le importa al autor son las condiciones físicas del entorno y cómo una gravedad tan intensa cambia nociones básicas que a menudo damos por sentado y presenta desafíos particulares que resolver… apelando, por supuesto, a la ciencia.

Porque “Misión de gravedad” es sobre todo una celebración del conocimiento científico, y en ese sentido cabe encuadrar una conclusión que cierra satisfactoria (si bien un tanto apresuradamente) una trama que tal vez peca un poco de episódica. Hal Clement tenía mentalidad de científico, y en su pensamiento no hay mayor don que la curiosidad, ni mayor elemento hermanador que el conocimiento. En ese sentido, cabe destacar cómo las relaciones que a menudo se establecen en sus historias entre hombres y alienígenas no son antagónicas. El enemigo es el universo, aunque tal vez llamarlo “enemigo” sea otorgarle intención, cuando se trata más bien de un complejo y fascinante enigma que resolver con ayuda de la ciencia; una aventura no necesariamente para los más fuertes, ni los más rápidos, ni siquiera en realidad para los más astutos, sino para aquellos que demuestren tener una mentalidad más científica.

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La novela sabe cuáles son sus fuertes y no trata de abarcar más. Quizás sus personajes no sean el colmo de la complejidad y la trama sea un tanto básica, y es cierto que en libros posteriores el propio Clement compondría escenarios todavía más extraños (por ejemplo, en “Cerca del punto crítico“, de 1958, perteneciente al mismo ciclo que “Misión de gravedad”); todo eso por no hablar de cómo en 1980 Robert L. Forward elevaría las apuestas con “Huevo del dragón” (que a grandes rasgos constituye una reimaginación de “Misión de gravedad”… extremando aún más las condiciones al acontecer la acción en la superficie de una estrella de neutrones); el caso es que “Misión de gravedad” sigue siendo casi setenta años después igual de disfrutable como juego intelectual y es lo bastante breve como para no hacerse pesado y procurar una lectura ligera. Además, resulta difícil no compartir su mensaje en pro de la ciencia.

Clement regresaría en dos ocasiones a estos personajes. Primero en la novela “Estrella brillante” (1970), que combina personajes humanos de “Cerca del punto crítico” con los mensklitas de “Misión de gravedad”, en una misión conjunta al planeta supergigante Dhrawn. Segundo, en el cuento “Lecture demonstration”, que muestra la forma en que unos estudiantes en Mesklin tienen que hacer uso práctico de los nuevos conocimientos que están adquieriendo para escapar de una situación peligrosa. La ciencia como herramienta para comprender y domar el universo.

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“Misión de gravedad” fue finalista del Premio Internacional de Fantasía en 1955 (por su edición como libro en 1954), perdiendo frente “A mirror for observers”, de Edgar Pangborn; así como del disputadísimo retroHugo de 2004 (para obras publicadas originalmente en 1953), uniéndose así a “Las bóvedas de acero” de Isaac Asimov, “El fin de la infancia” de Arthur C. Clarke y “Más que humano” de Theodore Sturgeon en su derrota frente a “Fahrenheit 451” de Ray Brabury… casi nada.

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El otro

•marzo 31, 2021 • Dejar un comentario

La transformación del terror en un género superventas entre finales de los sesenta y principios de los setenta se verificó en tres pasos, por mediación de tres novelas que fueron además prontamente adaptadas al cine, con lo que alcanzaron un público mucho mayor. La primera de ellas fue “El bebé de Rosemary” (Ira Levin, 1967), adaptada en 1968 por Roman Polansky como “La semilla del diablo” (como se rebautizó en español). En 1971 William Peter Blaty publicó “El exorcista“, adaptada por William Friedkin en 1973 en lo que aún hoy es la novena película más taquillera de la historia ajustada a la inflación. De ese mismo año es “El otro” (“The other”), de Thomas Tryon, que comparte con las otras dos novelas el impacto en la creación del terror bestseller, aunque su adaptación de 1972 (dirigida por Robert Mulligan) pasó prácticamente desapercibida (aunque ha alcanzado con el tiempo cierto reconocimiento crítico).

Tom Tryon era un actor de cine y televisión de segunda fila, famoso sobre todo por su participación en series de televisión del oeste, aunque llegó a estar nominado a los Globos de Oro por “El cardenal”, de Otto Preminger. La mala experiencia con el director y su estancamiento en películas de televisión hicieron que se desengañara con la actuación y optara en 1969 por cambiar de carrera y convertirse en escritor. Las dudas que esta decisión hubiera podido levantar se disiparon rápidamente gracias al éxito de crítica y público de su primera novela, que fue precisamente “El otro”, definida a menudo como thriller psicológico (aunque presenta un pequeño atisvo de elemento sobrenatural), inspirada precisamente en el éxito de “El bebé de Rosemary”.

La novela narra el verano de 1936 de Niles Perry, un niño cuyo padre ha fallecido recientemente, con un hermano gemelo, Holland, que es el alma (un tanto siniestra) del dúo. A lo largo de ese verano, la tragedia parece cebarse en la familia Perry y en otros habitantes del tranquilo pueblo de Connecticut de cuya sociedad son miembros relevantes, con todos los indicios apuntando al descarriado Holland como, cuando menos, catalizador de todo ese infortunio. La realidad, sin embargo, es un poco más complicada.

Con pequeños (y un tanto accesorios) elementos sobrenaturales, “El otro” juega sobre todo al contraste entre la inocencia aparente (de los protagonistas, del entorno semi rural, incluso de esos idealizados años prebélicos) y la oscuridad subyacente. Es un horror que ya estaba ahí, aunque enmascarado por el recuerdo bucólico (o por la despreocupación de la niñez). A este respecto, es de destacar, como elemento que posiblemente impactó al propio autor, de diez años en aquella época, el publicitado juicio y posterior ejecución del secuestrador y asesino del hijo de los Lindbergh, tema al que se alude específicamente en numerosas ocasiones durante la narración. De igual modo, la simpatía con que trata a los ancestros rusos de Niles (la abuela es una inmigrante rusa) supondría en 1971, en medio de la Guerra Fría, una nota disonante.

El tema del doble o gemelo maligno es recurrente en el género. El romanticismo introdujo el arquetipo del doppelgangër (en obras como “Los elixires del diablo”, de E.T.A. Hoffman), y Thomas Tryon lo explota conscientemente, aunque al mismo tiempo busca subvertirlo, de un modo que posiblemente fue más impactante en 1971 de lo que lo es ahora, cuando el giro dramático que lo sostiene todo difícilmente puede pillarnos tan por sorpresa. A este mismo respecto, aunque el último acto de la novela cumple con todas las expectativas, los dos primeros resultan tal vez demasiado tímidos para los parámetros actuales en su construcción de la tensión.

El terror se ha ido haciendo más explícito, y siendo el tema de la ruptura de la inocencia de la infancia en cierto modo recurrente en el género (lo encontramos en obras como “It” o “El cuerpo” de Stephen King, en “Muerte al alba” de Robert McCammon o, de un modo todavía más explícito, en “La chica de al lado”, de Jack Ketchum), “El otro” se ha ido quedando en una especie de tierra de nadie. Es posible, de hecho, que hoy en día sea una lectura más recomendable para quienes no sean habituales del género que para los aficionados al terror.

La influencia que ejerció Thomas Tryon en la siguiente generación de autores de terror es innegable (y Stephen King, por ejemplo, la ha reconocido de forma no solo explícita, sino entusiasta), pero quizás su legado sea más palpable en el thriller psicológico, por su tratamiento del trastorno mental, que pavimentaría el camino para muchos títulos posteriores que juegan igualmente con el recurso del narrador no fiable. Eso sí, tal vez Tryon haga un poco de trampa para mantener su secreto, con perspectivas tan forzadas que leyéndolas se hace evidente que esconden algo. Pese a ello, el giro no es ni mucho menos el más forzado con el que me he encontrado en este tipo de historia. Quizás esos leves elementos fantásticos (un juego de identificación al que se entrega con su abuela), cercanos al realismo mágico, y de los que al contrario que muchas obras actuales no reniega en la conclusión, ayudan a venderlo.

Aunque fue el propio Tryon el autor del guion de la adaptación cinematográfica, se mostró descontento con el resultado final. Su siguiente novela, “La fiesta de la siega” (1973), exploró el escenario que luego se haría recurrente dentro del género del terror de los cultos rurales paganos (a la estela de “Ritual”, de David Pinner, de 1967, que ese mismo año sería reformulada como la película de terror “El hombre de mimbre”, que constituye la auténtica piedra fundacional del subgénero), pero a partir de ahí se alejó del fantástico, retornando a él únicamente con su última novela, la póstuma “Night magic” (1995), sobre el aprendiz de un mago en el Nueva York contemporáneo. Ninguna de las dos cuenta con el mismo reconocimiento que “El otro”.

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Las babosas (Slugs)

•marzo 12, 2021 • Dejar un comentario

Shaun Hutson es otro de entre la nutrida generación de autores británicos de terror que se sumaron al género a finales de los setenta, principios de los ochenta, con más entusiasmo y atrevimiento que dotes narrativas, a la estela de la transformación del género en generador de bestsellers gracias a títulos como “La semilla del diablo” o “El exorcista“.

Su fórmula, sin embargo, es más cercana a la de Richard Laymon que, pongamos por caso, a la de Stephen King: violencia muy gráfica, algo de sexo para especiar la mezcla y, sobre todo, un ritmo muy, muy vivaz, sin conceder un segundo de respiro. Las virguerías literarias las deja para otros. Su producción es carnaza pura y dura, y lo sabía ya desde su primera novela, “The skull” (1982), una tópica historia de monstruo-devuelto-a-la-vida que lo situó de inmediato en lo más alto de las listas de ventas en un momento en el que los lectores británicos, al parecer, buscaban desesperadamente ese tipo de entretenimiento, no muy distinto de cualquier película de terror de serie B (o menos) de la época.

El éxito de verdad, sin embargo, le llegó con su segunda novela, que a la postre se convertiría también en la más famosa, “Las babosas” (“Slugs”, 1982), un título directamente inspirado en “Las ratas“, de James Herbert (1974), hasta el punto de repetir casi punto por punto su planteamiento e incluso estructura, limitándose a sustituir la plaga epónima por la de algún bicho que aún no hubiera sido explotado. A este respecto, antes de continuar conviene que nos detengamos un momento en trazar la genealogía de esta progenie de historias con bichos… que de hecho se remonta a antes de que estallara la locura por el terror literario, pues cabe trazar sus orígenes hasta al menos “The year of the angry rabbit”, de Russell Braddon (1964).

En dicha novela, el australiano Braddon imaginaba una raza de conejos gigantes mutantes que son utilizados por el gobierno de su país como arma secreta para dominar el mundo. Se trata de una historia con altas dosis de comedia que explotaba de forma irónica lo ridículo de su planteamiento… y que, sin embargo, cuando fue adaptada en 1972 al cine (como “La larga noche de la furia” o “The night of the lepus”), se transformó ya en una obra cien por cien de terror (en el ínterin, “La semilla del diablo” había roto récords). A partir de ahí, en 1974 se abrieron dos caminos: por un lado, el más cercano al bestseller de intriga, asimilable en cierta forma el techno-thriller que empezaba a configurarse por aquellas fechas, con títulos como “Tiburón” de Peter Benchley o “El enjambre” de Arthur Herzog; por otro, esa entrega total a la exageración encarnada en “Las ratas” de Herbert, cuyo éxito en el Reino Unido abrió una senda por la que se colaron desvergonzadamente escritores como Guy N. Smith (“The night of the crabs”, 1976) y, bueno, Shaun Hutson y sus babosas.

La adscripción a la fórmula roedora es tan, tan fiel que un poco más y podría ser objeto de denuncia por plagio. Así, tenemos como estrellas de la función a nuestros pequeños antropófagos babeantes, un protagonista escogido más o menos al azar (el inspector de sanidad Mike Brady), un cierto número de personajes-kleenex de usar y tirar (para ser presentados y morir en el mismo capítulo, de una forma lo más gráfica posible, casi siempre justo después o incluso durante el acto sexual, por eso de subir un poco la temperatura de la historia), un par vagos intentos por solucionar la situación aplicando métodos relativamente tradicionales y un final consistente en atraer y destruir la plaga del modo más explosivo posible (junto con la típica coda que planta al menos la semilla para una posible secuela).

Eso es todo. No hace falta complicarse más, y lo cierto es que cumple su propósito. Si te pones a leer una historia sobre babosas asesinas, no es muy probable que estés buscando introspección psicológica. ¿Quiere eso decir que “Las babosas” es una buena novela? ¡Ni por asomo! Por desgracia, a nivel descriptivo es tan pobre (y eso que las traducciones “mejoran” el original, a veces de formas un poco creativas, como cuando en la de Ediciones B se ponen a parafrasear “Don Juan Tenorio”) que las escenas con los gasterópodos titulares más que horror acaban inspirando un poco de tedio y, en cualquier caso, terminan disparando por pura ineptitud narrativa una incredulidad que no hay suspensión voluntaria que la mantenga a raya. No es que se trate de babosas antropófagas, es que poco menos que actúan con la voracidad y rapidez de pirañas… las de la película de 1978, no los auténticos peces amazónicos, que son relativamente inofensivos.

Entre eso y las prisas por acabar, “Las babosas” se erige en una novela tan olvidable que los detalles empiezan a difuminarse apenas cerrado el libro. Es decir, en terror no se puede ser mucho más básico… pero a veces eso es todo lo que le pides a un libro, y en esas ocasiones lo último que deseas son ínfulas literarias que se inmiscuyan en el festival de viscosidad, gore y (algo de) sexo en el que quieres perderte un ratito.

Tal y como insinúa, en 1985 (tras haber escrito la novelización británica de “Terminator”), Shaun Hutson presentó su secuela directa, “Breeding ground”, donde lleva sus babosas a Londres, un escenario con más empaque que la pequeña ciudad de Merton donde transcurre la acción de la fundadora. En esa novela, al parecer, explota una de las posibilidades más intrigantes de su creación, el que la baba de sus viscosas sabandijas tenga unos llamativos efectos psicóticos en la mente humana (algo que en “Las babosas” abandona tras el capítulo de rigor, ansioso por juguetear con la siguiente idea grotesca).

Por añadidura, en 1988 la novela fue objeto de adaptación cinematográfica: la coproducción hispano-estadounidense “Slugs, muerte viscosa”, de Juan Piquer Simón (que por alguna razón inexplicable aún no he visto; tendré que ponerle remedio a eso).

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La música de los vampiros / El alma del vampiro

•marzo 8, 2021 • Dejar un comentario

Poppy Z. Brite irrumpió muy joven en el mundo del terror, convirtiéndose casi de inmediato en una de las más prometedoras nuevas voces del género, en su vertiente gótica (y más específicamente, southern gothic, pues su localización favorita es la ciudad de Nueva Orleans). Este impacto no hizo sino crecer con la publicación de sus primeras novelas en los años 90, empezando en 1992 con la que nos ocupa, “Lost souls” (traducida primero como “La música de los vampiros” y más tarde como “El alma del vampiro”), y siguiendo con una suerte de semi secuela, “Trazos de sangre” (1993), y la todavía más extrema “El arte más íntimo” (1996). Desde entonces, sin embargo, dentro del terror propiamente dicho solo ha publicado una novela en el universo de “El cuervo”, “The lazarus heart” (1999), que sirvió de inspiración para la tercera película de la saga, pues a partir del año 2000 se pasó a la comedia negra (ambientada a menudo en el mundo de la restauración de Nueva Orleans).

Otra característica importante de su producción consiste en el protagonismo que adquieren personajes homosexuales, bisexuales o de sexualidad ambigua. Desde muy joven, Poppy Z. Brite (nacido Melissan Ann Brite), se identificó como un hombre gay en un cuerpo femenino, aunque solo a partir de 2010 inició el proceso de reasignación de sexo que le ha llevado a adoptar el nombre de Billy Martin (aunque no reniega, para corpus literario, del seudónimo con que se dio a conocer). Todo esto lo estoy contando ahora porque es fundamental para contextualizar y realizar una exégesis de “El alma del vampiro”, auque no sea necesario para disfrutarla, porque independientemente de estas cuestiones, es una de las mejores novelas del género. Aquí en Rescepto, sin embargo, siempre me gusta profundizar un poco más en lo que subyace a las obras.

Vampiros, Nueva Orleans, ambigüedad sexual y moral… No eran temas nuevos. Desde unos cuantos años antes, Anne Rice ya los abordaba en su serie de las Crónicas Vampíricas (iniciada con “Entrevista con el vampiro” en 1976, pero reformulada de verdad en 1985 tras “Lestat el vampiro”). El estilo de Brite, sin embargo, al contrario de lo que ocurre con Rice (y, más tarde, de un modo tovadía más patente, lo que adoptarían las autoras de romance paranormal), es sincera y genuinamente terrorífico. No hay idealización del vampirismo, ni exactamente una fascinación idealizadora, tal vez porque la perspectiva de Brite es más ambigua. En “El alma del vampiro” el tema central es una crisis identitaria, y al igual que ya hiciera un poco antes Clive Barker con “Cabal” (1988), esa ambigüedad, ese conflicto interno, se manifiesta como monstruosidad… dependiente, eso sí, del punto de vista.

“El alma del vampiro”, estrictamente hablando, es una novela coral, con un protagonismo que podríamos definir generosamente como difuso. El corazón de la novela, sin embargo, lo constituye Nada, un joven de catorce años, híbrido de humano y vampiro, que se enfrenta a una profunda crisis de identidad tras escapar de una casa y una vida adoptivas en las que nunca se ha sentido cómodo. Otros fragmentos del tapiz se nos presentan desde la perspectiva de Christian, un vampiro que lleva más de trescientos cincuenta años viviendo en el mundo; Steve y Fantasma, dos amigos de infancia, integrantes del grupo indie Lost Souls? y protagonistas recurrentes del autor; y, finalmente, el grupo de vampiros nómadas liderados por el violento Zillah (además de fragmentos relatados desde quizás una media docena de perspectivas adicionales diferentes; en este aspecto, la novela es un poco inconsistente).

Una cosa que conviene recalcar desde el principio es que los vampiros en el mundo de Poppy Z. Brite no se hacen, sino que nacen. Son una especie (o varias) aparte, que convive con los humanos, alimentándose de ellos. Nacen, además, mediante un acto de violencia, matando a sus madres en el proceso. Esto es lo que le ocurrió a la de Nada, fecundada por Zillah en la casa de Christian, encima del bar que este regenta en Nueva Orleans. Recién nacido (sin que su padre sepa de su existencia), es abandonado por Christian en una casa de un pueblo lejano, y allí, adoptado en secreto por la pareja residente, vive sus siguientes catorce años, sintiéndose progresivamente más y más alienado, hasta que decide finalmente huir hacia el sur, hacia Missing Mile, el pueblo natal de la banda de rock gótico que lo tiene fascinado.

Da la casualidad de que por el camino es recogido por una furgoneta en la que Zillah y sus dos compinches, Molochai y Twig, se mueven por el mundo, regresando hacia Nueva Orleans para ver de nuevo a Christian… que precisamente ha tenido que abandonar su bar por las repercusiones de lo acontecido allí en su última visita… acabando como camamero en el Tejo Sagrado, el bar de ambiente gótico/siniestro de Missin Mile donde tocan a menudo Lost Souls?

Sí, las coincidencias que se van acumulando resultan poco menos que increíbles, y la trama avanza de un modo un tanto errático, pero todo eso no importa, porque se entiende como un peaje necesario para narrar la historia de la toma de conciencia de su identidad por parte de Nada y de los conflictos que ello le supone. En cierto sentido, “El alma del vampiro” es una bildungsroman, una novela de maduración; aunque en su caso, por su especial naturaleza, es una maduración moralmente… complicada.

Como ya adelantaba, la visión de Poppy Z. Brite del vampirismo no tiene mucho de idealizada. Sus vampiros son sobrehumanos, no solo de forma literal, sino en el sentido nihilista del termino, y por ello mismo su moralidad es también la de un übermensch nietzschiano. Matar no les causa a lo sumo más que una efímera diversión, y en su compañía Nada termina abrazando esa despreocupación. Por fortuna, además, Brite no utiliza el vampirismo como una suerte de pantalla para sublimar la represión sexual (algo muy, muy habitual en el romance paranormal posterior). Sus vampiros no solo son intensamente sexuales, sino que no respetan ningún tipo de tabú humano. Bisexualidad, por supuesto, pero también pederastia (Nada, después de todo, pese a sus experiencias anteriores, sigue siendo un niño de catorce años), incesto… nada les está prohibido por imposiciones externas. Una libertad absoluta, tan monstruosa como oscuramente atractiva, a la que Nada se entrega con el abandono de quien no tiene en realidad control alguno sobre su vida.

Todas estas ambigüedades hacen de “Almas perdidas” un libro fascinante. Tal vez más incluso por la ausencia de un propósito claro y definido. El caos se apropia de la narración, que avanza de escena perturbadora en escena perturbadora, sustentada en la fuerza de sus personajes (Fantasma, Nada, Christian…), con un sentimiento premonitorio de inevitabilidad que nos permite perdonarle incluso ese abuso de las coincidencias que sigue siendo una seña característica, más todavía porque, sobre todo, es una novela que se percibe sincera.

Se enraíza claramente en conflictos internos así de ambiguos y caóticos, y resulta interesante comprobar cómo el terror es el vehículo perfecto para plasmarlos metafóricamente. No estoy familiarizado con mucho de lo que describe, e incluso en ocasiones no puedo estar más alejado de todo ello (de esa subcultura gótica de la que se nutre, por ejemplo), pero pese a todo, leyendo la novela, siento que puedo empatizar con los personajes y que los entiendo a un nivel quizás subconsciente, y eso es algo muy meritorio y que eleva la novela, a mi entender, a la categoría de imprescindible.

Habría mucho más que rascar. Hay, por ejemplo, una posible sublectura que involucra las diferencias generacionales entre los vampiros (de 300, 100 y 14 años), que a su vez podría reflejar diferencias generacionales en la comunidad LGBT (con Christian representando quizás la actitud más disimuladora previa a los disturbios de Stonewall en 1969 y el arranque del movimiento del Orgullo Gay, mientras que Nada es claramente un producto de los noventa). Luego tenemos la magia de Fantasma, que apenas comienza a explorarse y que tiene mucho que ver con la magia de Nueva Orleans en su conjunto; la relación entre Steve y Fantasma (que culmina en un relato posterior); los apenas insinuados vampiros que se alimentan no de sangre, sino de belleza… Capas sobre capas que podrían convertir esta reseña en un texto interminable.

Baste con lo dicho para dejar claro que recomiendo encarecidamente “Lost souls”, sobre todo para quienes ya habían echado la toalla con respecto a la representación habitual del vampiro dentro del southern gothic/romance paranormal. Aquí tenéis los mismos elementos, pero plasmados con total sinceridad y mediante un horror tan genuino como descarnado, y si os apetece profundizar algo más en el sustrato referencial de la obra y en esos paralelismos entre el vampirismo y la identidad sexual en una sociedad en evolución pero todavía hostil a la diversidad, difícilmente podréis encontrar una novela mejor.

Otras opiniones:

The light is the darkness

•marzo 2, 2021 • Dejar un comentario

Laird Barron es uno de los más destacados autores de terror actuales, con una propuesta que busca recuperar el horror cósmico lovecraftiano y una sensibilidad pulp, pero con un estilo que más allá de constituir una mera copia del antiguo, busca modernizarlo con una sensibilidad poética moderna.

La poesía, de hecho, constituyó la primera actividad literaria de Barron, tras mudarse a Nueva York en 1994 desde su Alaska natal. No fue sino hasta 2001 que empezó a publicar sus relatos de terror, sobre todo en The Magazine of Fantasy & Science Fiction. Esta actividad fructificó en su primera antología, “The Imago Sequence & other stories” (2007), que le valió el premio Shirley Jackson. Cuatro años después apareció su primera novela (una obra breve, muy poco por encima de la longitud de novela corta), “The light is the darkness” (2011), que ahondó en las características y temas presentados en sus relatos.

El protagonista de la novela es Conrad, un luchador perteneciente a una red secreta internacional que organiza combates a muerte entre hombres y entre hombres y bestias para deleite de los obscenamente ricos. Pero Conrad es mucho más que un simple gladiador moderno. Sus dotes no tan naturales le convierten en poco menos que un reflejo oscuro de Doc Savage, con una mente (supuestamente) a la altura de sus extraordinarias dotes físicas, que pone al servicio de la búsqueda de Imogen, su hermana desaparecida cuando ella misma se hallaba embarcada en una misión de venganza contra el mefistofélico doctor Drake, responsable de la muerte treinta años atrás del hermano mayor de ambos.

Las resonancias pulp son intensas en “The light is the darkness”. El doctor Drake es una figura Fu manchunesca; la mente maestra maligna que mueve desde las sombras los hilos del destino ya no solo del protagonista, sino quizás incluso de la humanidad misma. Porque si algo hay en esta novela son círculos dentro de círculos. La red de peleas clandestina no es más que el nivel más superficial de confabulaciones, apenas una tapadera para un juego de poder que convertiría a los superricos participantes en menos que comparsas, simples marionetas de fuerzas oscuras cuya existencia ni siquiera sospechan (y que a su vez, se insinúa, no son sino pececillos inofensivos en un mar mucho más tenebroso de lo que podemos siquiera imaginar).

La referencia nada sutil a “El corazón de las tinieblas” no es gratuita. “The light is the darkness” es la historia de un viaje al núcleo de la maldad, en el transcurso del cual Conrad va profundizando, y el lector con él, en esos horrores subyacentes a nuestro mundo. La iluminación tan solo nos desvela el auténtico alcance de la oscuridad que nos rodea. Barron captura así a la perfección el espíritu lovecraftiano del horror cósmico, enmarcado en una búsqueda que entrelaza los motivos personales con un más arquetípico anhelo por la inmortalidad. El personaje es, sin embargo, tremendamente pasivo. Deja que le ocurran cosas. En ningún momento da la impresión de estar al mando de lo que le ocurre (lo que, en cierto modo, concuerda con la idea de la insignificancia del ser humano; aunque eso no lo hace precisamente un buen protagonista).

La lectura supone una experiencia interesante, aunque a la postre no deja de primar en exceso el estilo sobre la sustancia. La trama en sí es de lo más simple, con una serie de revelaciones que llegan con excesiva facilidad y desembocan en un clímax final potente en lo descriptivo, pero bastante parco por lo que se refiere a llegar a conclusiones o incluso a cerrar los hilos narrativos. Por en medio, Barron ha ido sembrando ideas y obsesiones potentes, que posiblemente desarrolla más en sus cuentos, como la de la transformación (con Conrad convertido en un imago de algo… distinto) o una idea que se repite una y otra vez sin llegar a nada en concreto: la naturaleza circular del tiempo.

Al final, me da la impresión de que Laird Barron está demasiado volcado en los aspectos formales y evocativos de la historia para provocar auténtico miedo. Aunque renovado en lo estilístico, su horror cósmico sigue dependiendo de la voluntad del lector para aceptar la insignificancia en base a insinuaciones y miradas de reojo hacia un inefable Horror con mayúsculas. Por añadidura, en todo este propósito, interfiere además la naturaleza sobrehumana de Conrad, por quien nunca llegamos realmente a temer (y por quien nunca llegamos realmente a sentirnos identificados). Al no ser completamente humano, no es un buen representante de la humanidad en el conflicto, y eso, como lectores, nos mantiene al margen, como meros testigos de un enfrentamiento que no nos concierne (más allá de constituir parte integrante de la chusma ignorante y pasiva).

Quizás hay historias que funcionan mejor como obras breves, y pese a su limitada longitud “The light is the darkness” acaba ofreciendo menos de lo que debería para justificar sus páginas. Lo que aporta, sin embargo, es una propuesta estilística renovada para revitalizar modelos que habían quedado fosilizados en los (escasos) requerimientos literarios del pulp clásico, demostrando que es posible explorar esas mismas historias sin necesidad de replicar los modelos léxicos y gramaticales de hace casi un siglo. Eso, por si solo, aun si la novela no presentara escenas y pasajes evocativos, bastaría para justificar sobradamente su existencia. Tan solo necesita echar en la próxima ocasión un poco más de carne al asador.

El hijo de la noche infinita

•febrero 22, 2021 • Dejar un comentario

Para cuando explotó la fiebre por el terror a principios de los setenta, John Farris llevaba ya casi veinte años dedicado a la literatura barata, produciendo tanto con su nombre como bajo el seudónimo de Steve Bracken una serie de thrillers con pinceladas de violencia y sexo, ambientados a menudo en el sur de los EE.UU., motivo por el que suele clasificarse su obra dentro del abanico del southern gothic.

Su gran oportunidad surgió en 1976, cuando a la estela de “Carrie” (Stephen King, 1974) publicó su propia historia de terror sobre personas con poderes parapsicológicos, “La furia”, que fue llevada al cine dos años después por Brian de Palma (que venía de adaptar precisamente “Carrie”), con guion del propio Farris. Su éxito marcó el devenir de su carrera, que empezó a orientarse más claramente hacia el terror, aunque sin abandonar nunca una inclinación hacia el thriller. Tras abordar el vudú, el terror psicológico o la aventura arqueológica, en 1984 volvió su mirada hacia otra de las obras fundacionales de la tendencia, “El exorcista“, para ofrecer su propia versión del ya popular subgénero de posesiones demoníacas con “El hijo de la noche infinita” (“Son of the endless night”).

Durante un poco menos de la mitad del libro la historia es bastante tópica. Tenemos a nuestro protagonista, Richard Devon, un joven estudiante de derecho que está de vacaciones en una estación de esquí en Vermont con su novia, Karyn, cuando se ve involucrado en un episodio de posesión (que implica originalmente a Polly, la joven hija del dueño del hotel, cuya enigmática llamada de auxilio es, de hecho, lo que lo ha atraído de vuelta a aquellos parajes). Tras ciertas desavenencias de pareja, una separación en no muy buenos términos y una experiencia perturbadora en una casona de temporada que supuestamente debería haber estado deshabitada, Richard, sin mediar palabra, asesina brutalmente a Karyn delante de múltiples testigos.

Seguimos con las pesquisas torpes de Conor, el hermano mayor de Richard (un antiguo seminarista, dedicado a la lucha libre), que trata de encontrarle sentido a la situación, investigando por su cuenta (dado que la policía no parece muy por la labor de hacer caso de los delirios de Richard) sobre la supuesta implicación de Polly, sobre una misteriosa mujer que parece encontrarse en el centro de todo el asunto y, en última instancia, sobre las alegaciones de su hermano de encontrarse poseído por un demonio. Entonces es cuando, por fin, entra en escena el giro que se nos anuncia en la sinopsis, pues el equipo legal que llevará el juicio que se va a celebrar sobre el homicidio de Karyn, ante la imposibilidad de negar la mayor, acaba decantándose por una defensa un tanto inusual, pues en vez de alegar la tópica enajenación mental transitoria, optará por un enfoque tan polémico como novedoso: solicitar la absolución en base a haber actuado bajo los efectos de una posesión demoníaca.

La premisa es sin duda novedosa e interesante, la ejecución… no tanto. “El hijo de la noche infinita” se encuentra siempre oscilando entre tratar de ser una obra de horror pulp desquiciada y un drama (no solo judicial) riguroso, pero los excesos de la primera faceta y el excesivo puntillismo descriptivo (no necesariamente bien documentado) de la segunda están en perpetuo conflicto. En su primer tercio, por ejemplo, se nota una estrategia descarada de inflar la trama a base de repetir escenas desde distintos puntos de vista, sin aportar absolutamente nada a la historia, y luego, cuando entra en escena el elemento sobrenatural, cae a menudo en la gran trampa de este tipo de historias, que consiste en crear escenas de influencia demoníaca en la que los personajes carecen por completo de agencia. Son meros sufridores pasivos de hechos que no obedecen a otra lógica que el capricho del autor (algo que, personalmente, más que producirme inquietud, me saca de la historia, pues no hay modo alguno de establecer una coherencia interna).

Por añadidura, cuando por fin parece que todo empieza a focalizarse en el conflicto entre Zarach Bal-Tagh (el inventado lugarteniente de Lucifer que ha poseído a Richard) y la raza humana, Farris comienza a dar bandazos, metiendo en la trama a un exorcista católico que al final se queda sin mucho que hacer, a un predicador ambulante medio loco al que despacha en un par de escenas que forman parte de los mayores excesos del libro y, finalmente, a una ¿abogada-mística? a la que Conor tiene que sacar de su retiro espiritual en las Islas Canarias para liderar la lucha contra el demonio. Entre tanto vaivén, “El hijo de la noche infinita” ofrece de tanto en tanto un atisbo de lo que podría haber llegado a ser con una documentación más rigurosa y una trama algo más sólida. Las cuestiones que plantea resultan sugerentes y la idea misma de someter la posesión al rigor probatorio de un juicio penal es brillante.

Al final, por desgracia, a John Farris le pueden más las ansias de impactar y sorprender que el ánimo de ofrecer una novela sólida y bien estructurada. De igual modo, en su afán por sacudir al lector, incurre en una innecesaria… y ciertamente perturbadora, aunque no en el buen sentido… sexualización de sendas niñas de trece y catorce años (por no hablar del tufillo racista que tiene las conexiones mexicanas de uno de los personajes… que, por cierto, es descartado a mitad de la historia sin que nunca más vuelva a tener la menor relevancia). Una lástima, porque en estas condiciones “El hijo de la noche infinita” no pasa de constituir un entretenimiento ligero (si bien más largo de lo que le conviene). Para pasar el rato y ser olvidado casi al instante.

Las ratas / La invasión de las ratas

•febrero 8, 2021 • Dejar un comentario

El británico James Herbert dio inicio a su exitosa carrera como escritor de terror en 1974 con “Las ratas” (“The rats”), un relato que hunde sus raíces en los famosos creature features de los años cincuenta (“La humanidad en peligro”, “Cuando ruge la marabunta”, “Tarántula”…), que estaban de hecho a punto de volver a ponerse de moda con “Tiburón”, 1975).

Según su propia confesión, la inspiración le vino tras revisionar “Drácula” de Tod Browning, aunque parece más probable que le influyera el éxito de “Willard” (1971), basada en el libro de Stephen Gilbert “Ratman’s notebooks”, de 1968, que a raíz de la película se reeditó en grandes tiradas (e inspiró también, por ejemplo, la serie B “Night of the lepus”, con conejos mutantes gitantes, en 1972).

La novela no tarda mucho en entrar en materia. De forma inopinada, empiezan a sucederse en Londres una serie de ataques de ratas negras inusualmente grandes, inteligentes y agresivas, con una particular querencia por la carne humana. Los primeros capítulos son escenas sueltas en las que se nos presenta en profundidad una futura víctima, generalmente en los márgenes de la sociedad, que va a ser devorada al final de forma gráfica. Esto cambia cuando llegamos al segmento de Harris, profesor de arte de un instituto de barrio obrero londinense (evidente alter ego del propio Herbert), uno de cuyos alumnos ha sido mordido por una rata.

A partir de aquí la acción se dispara. Pronto nos enteramos de que las mordeduras de rata son mortales en veinticuatro horas por culpa de una infección asociada, Harris es llamado a declarar frente a una comisión gubernamental encargada del problema y, finalmente, una horda de ratas ataca el propio instituto, como parte de una plaga que ya resulta imposible ignorar. Cuando las noticias de estos incidentes se hacen públicas se desata el pánico por toda la ciudad (aunque principalmente en los barrios más desfavorecidos, cerca del puerto y con las cicatrices de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial todavía visibles). Como experto local (o, cuando menos, nativo de la zona), Harris acaba formando parte del grupo de crisis formado ad hoc, y así participa en los primeros, y no revelo nada si adelanto que infructuosos, intentos por controlar la plaga, mientras los animales van haciéndose cada vez más grandes y más atrevidos.

Sin duda, el punto fuerte de la novela lo encontramos en las descripciones de los ataques, que mantienen el equilibrio adecuado entre exageración y relativo realismo… o cuando menos plausibilidad (aunque, como suele ser habitual en estos casos, el comportamiento de las ratas no tiene absolutamente nada que ver con la realidad etológica), moviéndose así al borde mismo de la suspensión de la incredulidad mientras explotan la natural repulsión que nos producen los roedores (aunque he de reconocer que hay momentos, como el del ataque al zoológico, en que esa suspensión de la incredulidad se ve seriamente comprometida).

Por supuesto, todo tiene que escalar, y el papel de Harris ha de verse potenciado, desde experto a hombre de acción (mientras esquiva de forma milagrosa la muerte una y otra vez), hasta una conclusión previsible pero más o menos satisfactoria (que deja abierta, por supuesto, una puerta a posibles secuelas).

“Las ratas” es carnaza pura y dura. Existe un atisbo apenas esbozado de crítica social, con la denuncia del abandono de los barrios obreros de Londres por parte de las autoridades, pero es todo muy superficial, puesto casi por obligación. Del mismo modo, los distintos relatos, dejando de lado la trama central de Harris, no terminan de percibirse como un todo integrado. Son narraciones más o menos independientes, perfectamente intercambiables por cualquier otra anécdota, que funcionan muy bien en solitario pero que no logran construir una sinergia en su conjunto porque sus protagonistas, pese al cuidado que pone aparentemente en su caracterización, son básicamente de usar y tirar. 

Por otro lado, esta misma falta de pretensiones hace que el ritmo sea muy vivo, sin permitirnos un solo instante de respiro, con lo que la experiencia lectora (siempre y cuando no se padezca de musofobia) es satisfactoria, incluso si hay momentos en que parece no aprovechar todo su potencial (con un clímax innecesariamente apresurado, que introduce novedades apenas esbozadas y que tal vez hubiera podido resultar todavía más pintoresco, tal y como Stephen King había demostrado unos años antes con el cuento “El último turno”, de 1970, recopilado en la antología “El umbral de la noche”, de 1978, que comparte numerosos elementos con “Las ratas”).

La publicación de la novela supuso un éxito inmediato, vendiéndose los 100.000 ejemplares de la primera tirada en cuestión de tres semanas, dando inicio así a la carrera literaria de Herbert (que hasta ese momento trabajaba en diseño publicitario). Tras otras cuatro novelas, en 1979 Herbert publicó una secuela de “Las ratas”, titulada “El cubil”, y en 1984, con “Dominios”, completó una trilogía que a esas alturas ya incluía hasta un apocalípsis nuclear. A todo esto hay que añadir una novela gráfica, “The city”, aparecida en 1993. En 1982 Robert Clouse firmaría una adaptación cinematográfica muy, muy libre de “Las ratas” titulada “Fieras radiactivas” (“Deadly eyes”).

Un apunte final. Si podéis elegir, optad por la edición de 2017 de La Biblioteca de Carfax (“Las ratas”), porque la antigua de Planeta (“La invasión de las ratas”), de 1975, presenta la típica traducción desastrosa de la época.

Otras opiniones:

Manitú

•febrero 1, 2021 • 2 comentarios

A principios de los años setenta, Graham Masterton era un joven autor de manuales de sexo. Justo por entonces, sin embargo, ocurrió algo que daría una dimensión nueva a su carrera. En 1973 una película de terror, “El exorcista”, basada en la novela de 1971 de William Peter Blatty, se convirtió en un superéxito internacional, terminando el año como la cinta más taquillera a nivel mundial. Fue la primera vez desde 1931 (con “Frankenstein”) que una película de terror conquistaba el año y, lo que es más, alcanzaba a ser la más taquillera de la historia (en números absolutos).

Pronto empezaron a aparecer nuevos títulos que se fueron sumando a los tres pioneros (“La semilla del diablo”, de Ira Levin, 1967; “El otro”, de Thomas Tryon, 1971; y “El exorcista”). En 1974, Stephen King publicó “Carrie”, su primera novela, y ese mismo año James Herbert hizo lo propio con “Las ratas”. Poco a poco se fueron sumando más y más autores, que fueron inundando el mercado con estremecimientos impresos que eran devorados por el público. Se había dado el pistoletazo de salida a la era del terror bestseller, y en medio de todo ello se presentó Masterton con su primera obra de ficción, “Manitú” (“The manitou”, 1975), una novela que bebe descaradamente tanto del libro de Blatty como del de Levin… y que se convirtió al instante un un superéxito que acabaría definiendo su carrera (jalonada por más de medio centenar de novelas de terror, además de un número casi igual de thrillers, novelas históricas y policiacas… sin abandonar nunca sus manuales sexuales).

“Manitú” no pierde el tiempo en entrar en materia. En su primer capítulo se nos narra la visita de una joven, Karen Tandy, a un especialista en tumores de una clínica privada, por culpa de un bulto que se le ha empezado a formar en la parte posterior del cuello. Emplazada al día siguiente para una operación de urgencia, acude esa misma tarde a la consulta de un adivino, más charlatán que otra cosa, llamado Harry Erskine, que será desde ese momento nuestro narrador en primera persona, con un tono cercano, de colega confidente, que nos hace perdonarle en seguida el no ser más que un sacacuartos de poca monta (con una clientela compuesta sobre todo por ancianas con más dinero que sentido común).

Al parecer, Karen ha estado sufriendo una serie de pesadillas terribles, que ella sospecha relacionadas con el bulto que está creciendo en su nuca. Por alguna razón ignota (incluso para él mismo), Harry se toma el asunto en serio y empieza a tirar de un hilo que le llevará por caminos insospechados. Primero, hasta un barco holandés del siglo XVII, y pronto hacia terribles magias ancestrales nativas, pues lo que está creciendo en el cuello de Karen es ni más ni menos que un hechicero indio que en 1626, ante el avance de los colonos holandeses en  Manhattan, urdió una poderosa medicina para renacer siglos después… y desencadenar su venganza.

No. No tiene mucho sentido, y a poco que te pares a pensar ese poco sentido va haciéndose cada vez más tenue. Por añadidura, no se puede afirmar que, al menos en estas etapas tempranas de su carrera, Masterton fuera un fino estilista. Su prosa es más funcional que otra cosa y la trama avanza a golpe coincidencias y sin apenas conflicto (porque, increíblemente, todos parecen dispuestos a aceptar sin otra prueba que su palabra que en todo el asunto anda involucrado lo sobrenatural). Pasamos del médico al profesor universitario, y de ahí a un hechicero indio moderno, Roca Cantarina, quien por un módico precio está dispuesto a enfrentar su magia a la del manitú (en el libro, los “manitús” son como el espíritu de cualquier persona, ser vivo o incluso cosa).

Pero bueno, todo va tan rápido y fluye con tanta simplicidad que tampoco es que nos apetezca pararnos demasiado a considerar las cosas, y cuando por fin llegamos al último tercio del libro… ahí las cosas empiezan a desmadrarse de verdad. “Manitú” se transforma entonces en un delirio muy, muy pulp, que no ahorra en imágenes grotescas, gore e incluso unas cuantas dosis de terror lovecraftiano, y tampoco importa demasiado que el final se precipite literalmente a través de un deus ex machina; ha sido divertido, y si a estás alturas vemos su desarrollo como excesivamente tópico (no hay que olvidar, sin embargo, que “Manitú” antecede a toda la fantasía urbana modera e incluso al terror cinematográfico ochentero)… en fin, no seré yo quien me queje. El libro me ha entretenido (no me ha asustado, haría falta mucho más, o cuando menos una prosa más trabajada, para poder aspirar siquiera a ello), y no ha consumido una porción muy importante de mi tiempo, y a veces eso es todo lo que se pide a un libro.

Antes de concluir me gustaría mencionar un par de curiosidades que datan indefectiblemente el libro. Por un lado está la ya mencionada credulidad de las diversas autoridades hacia lo fantástico. Cabe mencionar que más o menos por esas fechas es cuando se produjo el breve y estéril escarceo del mundo académico con lo paranormal. Existió un genuino interés en tratar de aplicar el método experimental a toda aquella fenomenología popular, aunque esta efímera respetabilidad se esfumó casi igual de rápido cuando todos los experimentos confirmaron que allí no había nada más que coincidencias y autosugestión. Más chocante hoy en día (porque, al fin y al cabo, tenemos que aceptar como premisa sine qua non los elementos fantásticos), cabe mencionar la absoluta desvergüenza con que Masterton explota la faceta india, porque tras “Manitú” hay, si eso, la más somera de las documentaciones, e incluso cuando trata de mostrarse comprensivo (reconociendo la explotación del hombre blanco y el sentimiento de culpa que ya empezaba a aflorar por esas fechas), no puede evitar caer en cuestiones que hoy en día se considerarían como poco terriblemente incorrectas.

En cualquier caso, son estas unas salvedades menores, y no seré yo quien se ponga ahora a aplicar revisionismo histórico a mis reseñas (hay que tener siempre muy presente la fecha de escritura de un libro para poder interpretar sus intenciones correctamente). “Manitú” es un libro tan simple como efectivo, y quizás sea precisamente en su simpleza donde radica el secreto de su todavía aceptable frescura.

En 1978, la novela fue adaptada al cine en una película homónima (que, sin embargo, aquí retitularon creativamente como “Retorno desde la quinta dimensión”), que pasó bastante desapercibida. “Tras “Manitú”, Masterton ha escrito otros seis libros en su serie (y un séptimo adicional que también tiene como protagonista a Harry Erskine, aunque no tenga nada que ver con espíritus indios ancestrales), el último tan reciente como de 2015 (“Plague of the manitou”). Ninguno de ellos ha sido traducido al castellano (y a “Manitú” le vendría de perlas una nueva traducción). Por alguna razón, Masterton, pese a la inmensa popularidad de que goza en el Reino Unido, no ha sido un autor que haya calado mucho en nuestro mercado.

Hermana luz, hermana sombra

•enero 27, 2021 • Dejar un comentario

Es muy difícil calibrar desde aquí la relevancia de Jane Yolen, nombrada Gran Maestra por la SFWA en 2017, debido a que el grueso de su carrera está dedicada a la literatura infantil y juvenil, de la que no hay casi nada traducido al español. Su producción consta de alrededor de medio centenar de novelas, veintisiete antologías… y algo así como doscientos libros infantiles ilustrados (a lo que sumar libros de cocina para niños, cancioneros, libros de ensayo ilustrados, decenas de libros de poesía….). Aparte de esta obra personal, Jane Yolen ha trabajado en la industria editorial en distintos sellos y revistas, e incluso dirigió entre 1990 y 1996 su propio sello de joven adulto, Jane Yolen Books, para Harcourt Brace.

Su obra más famosa, “The devil’s arithmetics”, es una novela corta en la que una niña judía contemporánea (1988) es transportada hasta los tiempos del Holocausto y le supuso su primera nominación al Nebula. Consiguió tres nominaciones más, en novela, por “Hermana luz, hermana sombra” (“Sister light, sister dark”, 1988) y su secuela directa, “Blanca Jenna” (1989), y por “Briar Rose” (1992) (que le supuso además su segundo Premio Mundial de Fantasía, tras “Cards of grief”, de 1984), antes de ganarlo en dos ocasiones por los relatos “Sister Emily’s lightship” (1996) y “Lost girls” (1998). La serie iniciada por “Hermana luz, hermana sombra”, la de Gran Alta, se completó en 1998 con “The one-armed queen”, que no ha sido traducida al español.

“Hermana luz, hermana sombra” es una novela de aprendizaje, que narra la infancia de Jenna (Jo-an-enna) en una Congregación de mujeres, conocidas como Jinetes de Sombras, en un período que se nos describe como el de las invasiones garunianas, justo antes del comienzo de las Guerras del Género. Las Congregaciones fueron fundadas por una figura mítica, la Gran Alta, que recogió a niñas a las que la guerra había dejado huérfanas y las organizó en capítulos, bajo la guía del Libro de la Luz, que recogía en sus páginas una profecía sobre una líder, la Anna, que tendría tres madres muertas y sería conocida como la Blanca.

No cuesta mucho reconocer en todo esto un esquema mitológico arquetípico. De hecho, la autora no hace nada por intentar ocultarlo. Es más, lo potencia, de un modo que transforma la enésima historia sobre el Elegido (la Elegida) de turno, en un fascinante estudio sobre la mitopoyesis. Esto lo logra fragmentando su narración en diversos planos narrativos, el más importante de los cuales se denomina simplemente “El relato”, y vendría a ser la narración simple de los hechos (lo que vendría a ser normalmente la novela).

Junto con “El relato”, tenemos otros fragmentos que llevan por epígrafe lemas como “El mito”, “La leyenda”, “La historia”, “La canción”, “La balada” o “La parábola”, que contemplan los mismos acontecimientos que se nos van a relatar desde perspectivas totalmente diferentes. Así, “El mito” suele consistir en un breve párrafo que, en lenguaje profético, nos habla de la Gran Alta y de la Anna, y que posiblemente forma parte del Libro de la Luz (aunque esto no es algo que se explicite). “La leyenda”, por su parte, examina cómo el saber popular ha conservado y deformado los hechos originales, tergiversando motivos, entremezclando hechos y transformando metáforas en fábulas, algo parecido a lo que nos encontramos en las canciones, baladas y parábolas, que esconden todas ellas bajo sus referencias crípticas una verdad legendaria y otra histórica, ha largo tiempo olvidada.

A este respecto, resultan especialmente reveladores los segmentos de “La historia”, en los que estudiosos de un futuro lejano practican una implacable exégesis sobre todo ese corpus legendario, con un ánimo desmitificador y revisionista que busca despojarlo de misterio y encajarlo en patrones mentales (y estructuras sociales) muy posteriores, y que  nosotros, como testigos de excepción de la “realidad” gracias al relato, sabemos equivocado. En otras palabras, en “Hermana luz, hermana sombra”, Jane Yolen no solo narra una historia épica, sino que además la deconstruye, la mitifica y luego la recodifica sesgadamente. Esta forma de narrar tiene la virtud de hacernos reflexionar sobre nuestra propia historia, nuestras propias leyendas, sobre la trascendencia y la cotidianidad, sobre el modo en que el conocimiento se transforma en ficción y la ficción se reinterpreta (de forma consciente o inconsciente) a gusto del estudioso supuestamente objetivo.

Todo esto es un juego que, aun siendo fascinante, no bastaría para sustentar una novela. Por suerte, “Hermana luz, hermana sombra”, el relato, sigue siendo por sí sola una historia de crecimiento condenadamente buena y original, incluso cuando recurre literalmente a narrar un rito de madurez, el de Jenna, la hija de tres madres muertas.

Parte de esta fascinación surge de la cultura de las Congregaciones, donde por cada mujer adulta existe su hermana sombra, que se manifiesta solo a la luz de la luna o en presencia de unas antorchas especiales. Estas dobles oscuras no solo poseen un nombre propio, sino también una personalidad hasta cierto punto independiente. A lo largo del texto se nos revelan como una suerte de proyección del yo profundo de cada una de las mujeres, con las que comparten intereses y perspectivas, aunque no siempre actitudes, a las que llaman por medio de un rito desde las profundidades de un espejo.

Esta peculiaridad, con evidentes resonancias junguianas, hace de las mujeres de Gran Alta un grupo particularmente equilibrado (salvo en un caso, en el que una de las mujeres renuncia a su sombra, con resultados trágicos), en el que además cada una tiene una función, siendo las principales las cazadoras/guerreras, las cocineras, las agricultoras y, por supuesto, las sacerdotisas.

No me gustaría desvelar mucho más sobre el desarrollo de la novela, porque cuanto menos se sepa sobre lo que va a pasar, mejor se puede apreciar el juego entre mito/realidad que propone la autora. Hay desarrollos terriblemente tópicos, junto con otros que sorprenden por lo inesperado (lo cual, de hecho, aumenta el interés de la historia, porque no se limita a buscar la frustración de las expectativas simplemente por impactar, sino que dosifica muy bien cuándo y cómo seguir la senda clásica del mito, algo similar al camino del héroe, y cuándo subvertirla). Tenemos compañeras, profetisas, algo parecido a una antagonista y, por supuesto, peligros externos a modo de llamada a la aventura, pero todo muy bien integrado en una narración que nunca deja de tener los pies en el suelo y nunce fuerza la suspensión de la incredulidad.

Lo que sí añadiré es que, aunque he afirmado que hay una separación de los fragmentos narrativos, míticos e históricos, lo cierto es que nunca está demasiado lejos del ánimo de la autora el evocar ese saber tradicional del que bebe y que busca recrear, de modo que abundan dentro del relato los refranes, las canciones, las invocaciones y las leyendas, que quedan todavía más de manifiesto por cuanto constituyen una especie de segundo nivel referencial del que no disponemos de guía de interpretación (pero que el resto del libro nos invita a aceptar y disfrutar a múltiples niveles).

El único pero que le puedo poner a “Hermana luz, hermana sombra” es que concluye poco menos que a medio relato y nos deja con las ganas de saber qué será de Jenna. Por suerte, “Blanca Jenna” fue también publicada en Nova Fantasía (aunque nos quedamos sin la tercera y algo posterior entrega).

Aquel año el sexteto de candidatos al Nebula tuvo mucho que ver con el mito (aunque el premio fue para “El color de la guerra”, de Elizabeth Ann Scarborough, que nada tiene que ver con esta temática). Junto con “Hermana luz, hermana sombra”, tenemos libros como “El barco de un millón de años” de Poul Anderson, “American Apocalypse ™” de John Kessel, “Alvin el aprendiz” de Orson Scott Card y “Marfil” de Mike Resnick, que tratan todos en mayor o menor medida sobre leyendas y mitos encarnados.

 
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