Ancillary justice (Justicia auxiliar)

•marzo 13, 2017 • 5 comentarios

En 2014, durante los primeros coletazos de la controversia de los sad puppies (empezó en realidad en 2013, pero de forma muy contenida), a un año todavía de que el asunto escalara de verdad hasta extremos deplorables, el premio Hugo fue para la debutante Ann Leckie con “Justicia auxiliar” (“Ancillary justice”). Es improbable que lo antedicho influyera en exceso en el resultado, y de todas formas conquistó también los premios Nebula, Arthur C. Clarke, BSFA y Locus de primera novela, convirtiéndose así en uno de los títulos más galardonados de la historia… lo cual es, para mí, todo un misterio.

Vaya una declaración por delante: he tardado más de dos semanas en terminar un libro que tampoco es tan extenso. De hecho, es posible que la única razón por la que me he arrastrado hasta el final haya sido por no dejar huérfana la Hugolatría. No sé qué vieron en ella los sucesivos votantes. Desde mi perspectiva, es una obra inmadura, aburrida y, sobre todo, anticuada; el tipo de “space opera” que hubiera podido esperar de hace treinta o cuarenta años. Que haya alcanzado tal grado de reconocimiento es para mí un misterio (si bien es cierto que la competencia no parece haber sido estelar). Quizás sin la expectativa que depositan sobre una obra los galardones mi juicio hubiera sido más indulgente… aunque lo más probable es que para empezar jamás hubiera llegado a leerla.

“Justicia auxiliar” se nos narra desde la(s) perspectiva(s) de Breq, una auxiliar (prolongación semiautónoma de la inteligencia central, tomando posesión de un cuerpo humano) de la nave de guerra Justicia de Toren. Durante buena parte de la novela, la trama se divide en dos líneas temporales. Por un lado tenemos a Breq en Nilt, un planeta apartado y gélido, a la búsqueda de un arma que le permita ejecutar su venganza, y por otro se nos narran los acontecimientos que veinte años antes la motivaron, incluyendo la destrucción del resto de la nave justo después de la (literalmente) última anexión del imperio radchaai en Shis’urna. Casualmente, Breq tropieza en Nilt con la capitana Seivarden, que se ha pasado los últimos mil años en animación suspendida e, incapaz de afrontar el shock cultural, se ha refugiado en la drogadicción, estableciendo con ella la relación personal (ambigua) más duradera desde la muerte de la teniente Awn cuando la destrucción de Justicia de Torens (la nave).

Al cabo de muchas páginas, nos enteramos de que el objetivo de Breq es Anaander Mianaii, el Lord del Radch, objetivo que se ve complicado por el detalle de que el tirano no posee un único cuerpo, sino miles, tal vez incluso decenas de miles de cuerpo clónicos que comparten una misma mente y toman en sus propias manos el gobierno de los más alejados puntos del imperio, un imperio que ha estado en continua expansión durante dos o tres milenios, transformando por la fuerza a extranjeros (bárbaros) en ciudadanos (civilizados) y extendiendo un sistema clientelar sostenido en gran medida por el sistema de auxiliares (con los cuerpos “requisados” a los planetas vencidos). Básicamente, tenemos un imperio romano interestelar (lo cual no deja de ser algo bastante ramplón), cuya expansión se ha visto detenida en seco por una poderosa raza alienígena.

No voy a añadir mucho más sobre la trama. Nos encontramos con el primer tomo de lo que en principio es una trilogía (aunque posiblemente tras ella vendrán nuevos arcos argumentales organizados también en tríadas, a imagen y semajanza del modelo de Ann Leckie, la saga del Extrajero de C. J. Cherryh), que narra el desarrollo de una importante crisis en el Radch (cuyos detalles me reservo, pero que tienen que ver directamente con Anaander Mianaii y la futura organización del imperio). En realidad, la trama es bastante simple, con pocas sorpresas y prácticamente sin acción hasta el mismísimo final. Lo relevante, al parecer, se encuentra en ciertas decisiones estilísticas.

La más llamativa de ellas consiste en la elección “arbitraria” del género femenino para hacer referencia a todos los personajes, independientemente de su sexo (que no suele especificarse nunca). Todo ello parte de la idea de que en idioma radchaai no existe diferenciación, porque su propia cultura se fundamenta no ya en la igualdad, sino directamente en el no reconocimiento de la existencia de diferencias entre sexos.

Vale, no tiene mucho sentido (sobre todo negando la existencia de los caracteres sexuales secundarios y achacando toda capacidad de discriminación entre hombres y mujeres a cuestiones puramente culturales), pero aceptémoslo. El problema que me surge es que a) la idea no obedece a ningún propósito discernible (es decir, no se explora cómo se ha llegado a tal situación, ni que implicaciones tiene más allá de lo anecdótico, ni busca indagar en los roles sexuales más allá de la intención de resultar mínimamente chocante) y b) está mal implementada.

“Justicia auxiliar” hace gala de un artificio de traducción. Aunque leemos la novela en un idioma con diferenciación entre géneros, supuestamente Breq articula sus ideas en radchaai… y Ann Leckie es incapaz de transmitir ese matiz a través del mero lenguaje, por lo que tiene que recurrir una y otra vez a contarnos explícitamente lo que supuestamente deberíamos inferir. Para terminar de echar a perder la idea, no es siquiera capaz de atenerse a sus propias reglas, y vulnera al menos en dos ocasiones muy significativas su regla supuestamente arbitraria de optar siempre por la forma femenina: para empezar, los radchaai no tiene diosas, sino dioses (lo que le permite, por ejemplo, hablar de un dios con tetas), y más crucial aún, Anaander Mianaii no es la Lady (o Dama) del Radch, sino la Lord del Radch. Escoger un título eminentemente masculino para su dictador rompe por completo con las reglas del artificio de traducción (pese a que en inglés moderno es un título aplicable en circunstancias muy especiales a gobernantes femeninos, su origen es claramente masculino, por lo que jamás sería la primera opción de traducción desde un idioma que no reconoce distinciones de género si hemos optado por expresarlo todo en las formas femeninas).

La segunda alabanza al estilo viene de la supuesta capacidad de plasmar la multiplicidad de vistas de una astronave del Radch y sus auxiliares, aunque de nuevo nos encontramos con una redacción muy simple, absolutamente incapaz de transmitir la extrañeza de la situación a no ser que la narradora se dedique a ponerla de manifiesto explícitamente. De hecho, no hay un solo proceso psicológico que aflore por sí solo de la narración. Una y otra vez, Leckie incumple la principal regla de la ficción, la que impele a mostrar y no contar. Y aun así, no hay un solo instante en el que logre transmitir la sensación de ser una inteligencia artificial compuesta por un núcleo central y cientos o miles de apéndices orgánicos, ni es perceptible cambio alguno entre la Justicia de Toren completa y la auxiliar aislada (aunque, eso sí, nos repite una y otra vez que ya no es lo que era, por si cuela…).

Aquí he de precisar algo. Todo lo antedicho no surge de problemas en la traducción al castellano, pues he leído la novela en su idioma original. Es, pura y simplemente, torpeza narrativa (agravada por una curiosa gestión de la información, que nos escamotea, por ejemplo, la narración directa de un episodio de lo más relevante en Shis’urna, al que con posterioridad no paran de aludir los personajes.

Añademos a este estilo deficiente el que la historia tampoco abre caminos nuevos (a no ser que descubra sendas que, de tanto tiempo que quedaron atrás, ya están llenas de maleza), y nos encontramos a mi parecer con uno de los peores premios Hugo de la historia (los Nebula no los tengo tan estudiados, pero por ahí andará también). ¿Tan terrible fue el año? Se hace difícil de imaginar, sobre todo porque los dos años siguientes se reincidió en el despropósito, ofreciendo sendas nominaciones dobles a “Ancillary sword” y “Ancillary mercy” (que no se materializaron en galardones… aunque sí obtuvieron ambas el Locus).

Visto el grado de entusiamo despertado, no descarto que la incompatibilidad sea cosa mía, aunque la verdad es que parece haber sido una novela bastante divisiva, como podéis comprobar consultando…

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Hardwired

•febrero 28, 2017 • Dejar un comentario

Entre las novelas fundacionales del cyberpunk tenemos aquéllas publicadas por sus impulsores, como “Neuromante” (William Gibson, 1984), “Cismátrix” (Bruce Sterling, 1985) o “Eclipse” (John Shirley, 1985), y aquéllas surgidas directamente a su estela, como por ejemplo “Hardwired” (Walter Jon Williams, 1986). Esta expansión más allá de lo que podríamos llamar el núcleo duro del cyberpunk fue una prueba evidente de que la fiebre estaba extendiéndose y de que la revolución iba a tener un efecto más profundo y duradero de lo que incluso sus propios ideólogos hubieran podido imaginar. Había en todo ello algo más que una mera pataleta estética. Las líneas maestras del subgénero naciente conectaban de algún modo con inquietudes que la explosión de las tecnologías de la información y la comunicación estaban poniendo de manifiesto y que debían ser abordadas por la ciencia ficción.

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“Hardwired” es una historia de perdedores, de marginados, de críticos con el mundo que les ha tocado en suerte. Es también una historia de tecnología y de la libertad que puede comprar esa tecnología. Ambas facetas, reunidas, conforman la esencia del cyberpunk y moldean a dos personajes con estrategias de confontación divergentes. Por un lado está el Cowboy, un ex piloto, ahora reconvertido en tanquista, entregado al transporte de contrabando entre las costas de una Norteamérica vencida y balcanizada, sus reflejos recableados con el mejor cristal y zócales de conexión para hacerse uno con su panzer. Por otro está Sarah, una superviviente nata. De prostituta a guardaespaldas (y ocasionalmente asesina), su único objetivo es conquistar, para ella y su hermano menor Daud, un pasaje a los orbitales que los rescaté a ambos de la miseria y la desesperanza… aunque tal vez su hermano se encuentre ya más allá de toda posibilidad de redención.

Sus destinos se entrecruzan en medio de la economía supuestamente clandestina de la Tierra, un planeta soguzgado desde hace años a las imposiciones de las grandes compañías que operan desde el espacio, vencedoras de la Guerra de las Rocas. El idealismo romántico del Cowboy y el pragmatismo cínico de Sarah condenados a encontrarse en ese terreno intermedio que, de tan inestable, apenas ofrece sustrato más que para una relación entrecortada, atípica, subordinada a los intereses no siempre coincidentes de ambos.

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Como se puede apreciar, son elementos y temas bastante típicos del subgénero. Incluso los personajes parecen sacados de cualquier otra novela. Los parecidos, sin embargo, son más superficiales de lo que aparentan. Sarah, por ejemplo, no es Molly, la mercernaria/guardaespaldas de “Neuromante”. Se trata de un personaje mucho más machacado, más frágil, con profundas cicatrices emocionales que la marcan a mayor profundidad que las físicas. Su principal objetivo es la supervivencia, y a ese fin es capaz de sacrificarlo todo, desde su sueños hasta a su propio hermano. Ello no implica que los remordimientos no la carcoman a posteriori, y la necesidad de compensar sus flaquezas es el otro rasgo dominante de su personalidad (con respecto a Daud, sobre todo, el sentimiento de estar en deuda con él por pasadas traiciones, incluso inevitables, la vuelve manipulable).

El Cowboy es un personaje mucho más simple. Una figura casi arquetípica. Algo así como un Robin Hood cibernético, un rebelde, un perdedor que se niega a sentirse derrotado, predestinado a golpear una y otra vez los muros de su prisión, hasta abrir un hueco para escapar o quedar aplastado (una mitología más cercana sería la de los bandoleros veteranos del ejército confederado tras la Guerra Civil americana, entremezclada con otro importante mito estadounidense, el del Pony Express; en ambos casos estas referencias quedan explícitamente señaladas en el texto).

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En el fondo, “Harwired” es otra reedición de la lucha de David (los transportistas libres) contra Goliat (las grandes compañías orbitales), con elementos tecnológicos lanzados para dar sabor al conjunto. En ese sentido, los reflejos electrónicos integrados (y otros ciberimplantes, como la “comadreja” de Sarah) terminan de conferirle a la obra ese sabor cyberpunk que tan reconocible se ha hecho. Otros desarrollos, como la personalidad electrónica independiente de uno de los personajes, Reno, cargada en el red tras su muerte, no termina de despegar, quedando infraexplotado y muy por debajo de esfuerzos similares tanto contemporáneos como posteriores (aunque más adelante tendría una nueva oportunidad de brillar).

También es propio del género la constante mención a drogas (tanto químicas como electrónicas) como elemento recurrente (y legal). Es algo que marca casi tanto la época de su redacción como la dependencia de líneas telefónicas terrestres (aunque sí que se insinúa al menos una posibilidad de telefonía móvil, a bordo de un vehículo). Dentro de la lógica de la novela, que casi puede entenderse a estas alturas como ucrónica, no desentona, y ayuda de hecho a darle el tono correcto, ya no tanto futurista como casi, casi retrofuturista.

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El punto fuerte de la novela, sin embargo, lo encontramos en las salidas del Cowboy, primero a bordo de su panzer y luego también en aviones de ataque (Deltas). La inspiración directa de Walter Jon Williams (totalmente reconocida) se encuentra en una novela de Roger Zelazny de 1969, “Damnation alley”, y también tiene algo de la estética Mad Max, aunque con la integración hombre-máquina propia del cyberpunk. Son capítulos emocionantes y efectivos, los únicos en los que el Cowboy se muestra realmente vivo.

En su año, dentro del cyberpunk, destacó sobre todo “Conde Cero“, la segunda entrega de la trilogía del Sprawl de William Gibson (estilísticamente, muy superior a Walter Jon Williams), mientras que también se situó mejor en los premios la primera entrega de la serie de Marîd Audran (o del Buyadén) de George Alec Effinger, “Cuando falla la gravedad”. Por supuesto, 1986 fue también el año en que se publicó “Mirrorshades”, antología en la que no participaba Walter Jon Williams. Como apuntaba, él no formaba parte del núcleo fundacional del movimiento, sino que fue uno de los primeros “contagiados” (junto, por ejemplo, Michael Swanwick, que publicó aquel año “Vacuum flowers”).

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En 1987, Walter Jon Williams publicó una secuela, “Voice of the whirlwind”, ambientada varios años después, en un escenario muy alterado. Con posterioridad, en 1989, sacó “Solip:System”, novela que arranca justo al acabar “Hardwired” y que conecta con su secuela, estando protagonizada por la copia electrónica de la personalidad de Reno. Las tres juntas conforman la serie de Hardwired.

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Kraken

•febrero 23, 2017 • Dejar un comentario

En 2010 China Miéville siguió apartándose del New Weird que había caracterizado los primeros años de su carrera, aunque sin abandonar por ello la ambientación que le es característica. De hecho, retorna a la fantasía urbana ambientada en Londres que ya exploró con su primera novela, “El rey rata”, aunque en esta ocasión todo el asunto tiene un sabor decididamente cercano al Tim Powers de la serie de las Fault Lines (“La última partida“). Cercano, sin embargo, no es exactamente igual, y Miéville sabe imprimirle su sello distintivo. Lo que no sé es hasta qué punto la apropiación estilística se culmina con éxito.

La novela arranca con el robo misterioso de un ejemplar de calamar gigante (Architeuthis dux) del museo de historia natural de Londres (el Darwin Center). El misterio radica sobre todo en el modo en que un tanque de cristal, capaz de contener los restos conservados de un cefalópodo de ocho metros (sin contar los tentáculos), junto con todo el líquido embalsamador, ha podido esfumarse de la sala principal de exposiciones.

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Atrapado desde el principio en todo el lío se encuentra Billy Harrow, biólogo especializado en moluscos, guía ocasional del museo y quien preparó la muestra, que se ve abocado de pronto a un Londres que no conocía, cuajado de sectas extrañas que compiten por los fieles mientras esperan que se desencadene tal o cual apocalipsis. En particular, todo el asunto parece apuntar a la Iglesia del Todopoderoso Kraken… aunque cuando por fin acaba en poder de los devotos Billy descubre que están tan perplejos como todos los demás, amén de escandalizados por el sacrilegio al que ha sido sometido su dios. Lo peor, sin embargo, es que todos los habitantes sensitivos de Londres empiezan a soñar con el advenimiento de un fin del mundo relacionado con el fuego, y el calamar desaparecido tiene todas las papeletas para ser el disparador de la hecatombe.

Miéville puebla Londres de sectarios, bandas ocultistas organizadas, magia e incluso brigadas policiales especializadas. Oscilando de continuo entre tomarse todo el asunto a broma (al estilo de Terry Pratchett) o terriblemente en serio, aplica su considerable talento imaginativo para poblar la ciudad de personajes singulares, como el jefe mafioso Tatuaje, los temibles Goss y Subby, la Unidad de Crímenes Relacionados con Sectas, los Londromantes, los ángeles de la memoria o el mejor personaje con diferencia, Wati, un antiguo ushebti (estatuilla de un servidor) del Antiguo Egipto, que ha logrado revolucionar el Más Allá llevando a sus compañeros a la rebelión y que ahora dirige el Sindicato de Asistentes Mágicos de Londres (convocante de una huelga por la conquista de derechos).

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Billy, en compañía de Dane, ex brazo ejecutor de la Iglesia del Todopoderoso Kraken, antiguo guarda de seguridad del museo y hereje excomulgado, intentarán desesperadamente descubrir qué está ocurriendo y dónde se encuentra el calamar gigante robado, mientras diversas facciones confabulan más o menos abiertamente por todo Londres para prevenir el desastre o cuando menos sacar algún provecho a todo ese lío.

La acción de “Kraken” es frenética, como no podía ser de otra forma, y la originalidad de la propuesta más que notable. Miéville huye de las convenciones de la fantasía urbana, prefiriendo poblar su ciudad con personajes totalmente originales y cercanos a su filosofía (destacaría, por ejemplo, al Camaleón Proletario, un hombre que trasmite la certeza de ser un compañero de trabajo en cualquier situación). Los habitantes del submundo mágico descrito se mueven por una fina línea entre el asombro y el patetismo, creando un entramado asombroso justo bajo la superficie de la cotidianidad. El problema, quizás, surge cuando tratas de refrenar un poco la marcha y recapacitar sobre la coherencia interna del conjunto, porque por momentos parece que el castillo de naipes no se desmorona sólo porque no se permite un instante de reposo.

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Parte de lo que hace tan especial a Tim Powers en que sus tramas, por muy alocadas que se antojen, terminan engranando con precisión milimétrica, haciendo que todo cobre sentido. Miéville aún no domina ese truco en “Kraken” (su estilo narrativo no se ajusta bien a las necesidades de la novela de misterio, como ya probó en “La ciudad y la ciudad“), así que la secuencia de acontecimientos tiene bastante de aleatoria, y la resolución, cuando llega, deja con la sensación de haber estado todo el rato persiguiendo un reclamo. Es importante, en este tipo de relato, que el lector se sienta despistado, pero no engañado, y me temo que los trucos empleados en la novela se inclinan más por el engaño que por el despiste.

Otro aspecto que no está bien medido es el del humor. Por un lado, intenta tomarse absolutamente en serio las premisas más absurdas, para evitar que su imposibilidad evidente las prive de impacto. Y la verdad es que conquista su objetivo con nota. Pocas ideas podrían ser más ridículas que la Iglesia del Todopoderoso Kraken, y sin embargo lo aceptamos, como aceptamos sin problemas la agenda política de Wati y las vicisitudes de su huelga (piquetes de familiares y espíritus elementales incluidos). En otras ocasiones, sin embargo, le puede la vena friqui y mete con calzador referencias a Star Trek que no pegan ni con cola, así como otras bromas privadas que rompen el tono de la novela.

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Así pues, con “Kraken” tenemos una novela que acumula aciertos y errores (con una ligera ventaja para con los primeros), intercalándolos de modo tal que resulta difícil coger ritmo de lectura. Es un libro que estaba deseando disfrutar, pero que no dejaba de frustarme de un modo u otro, sobre todo fallando a la hora de establecer una progresión lógica de acontecimientos (algo imprescindible si la trama se apoya en un misterio). Ello es particularmente notorio por lo que respecta a una apresuradísima sublectura que intenta construir en los dos o tres últimos capítulos respecto al conflicto entre la fe y la razón. Demasiado poco y demasiado tarde para resultar efectiva.

Le agradezco enormemente el esfuerzo por ofrecer una fantasía urbana anclada más en la historia que en el carisma personal del protagonista (Billy, la verdad, no tiene demasiado), y hay ahí personajes y hallazgos realmente antológicos, pero el conjunto es menos quizás que la suma de sus partes, y eso es una auténtica pena.

“Kraken” obtuvo el Locus de Fantasía en 2011 (su cuarto Locus en novela, tres de fantasía y uno YA), mientras que el de ciencia ficción, junto con los premios Hugo y Nebula, fueron para el binomio “El apagón”/”Cese de alerta” de Connie Willis. El Locus de primera novela recayó en N. K. Jemisin por “Los cien mil reinos“.

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El árbol de las brujas

•febrero 17, 2017 • 1 comentario

En 1967, reciente el éxito de la adaptación animada para la televisión de “El Grinch”, Chuck Jones contactó con Ray Bradbury para que le escribiera otro especial, sólo que relacionado esta vez con la fiesta de Halloween. Al final el proyecto no fructificó, pero el trabajo le sirvió de base para la publicación en 1972 de una novela juvenil, “El árbol de las brujas” (“The halloween tree”), que examina las raíces de esa celebración popular, al tiempo que aborda cuestiones de mayor calado entrelazadas con ella, como la conciencia de mortalidad. Años después, en 1993, Hanna-Barbera acabó adaptando la historia en un especial animado de 70 minutos, con guión del propio Bradbury, que adquirió pronto la consideración de clásico y le valió al autor un premio Emmy.

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La historia, narrada con el habitual estilo poético de Bradbury (con frases más breves, quizás, por eso de adaptarlo a un público juvenil), comienza con la salida de una pandilla de ocho niños de entre once y doce años para realizar el truco-o-trato durante la noche de Halloween (la traducción de que disponemos se ha quedado en ese sentido un poco anticuada, pues se realizó en una época en que la proyección internacional de la fiesta, y por tanto el conocimiento que de ella se tenía en los países hispanohablantes, era mucho menor y, por ejemplo, utiliza la traducción alternativa de “premio” o “prenda”).

Esquéleto, Bruja, Momia, Mendigo, Gárgola, Muerte y hombre-mono acaban frente a la puerte de un noveno niño, Pipkin, que entre visibles muestras de dolor les indica que se vayan adelantando, que ya les alcanzará, y los dirige hacia una extraña casa en las afueras del pueblo. Junto a la tétrica mansión el grupo descubre un árbol, abarrotado de linternas de calabaza, y allí el señor Mortajosario les realiza una propuesta: viajar siguiendo las huellas de las fiesta de Halloween, con una amenaza implícita hacia el destino de su amigo, cuya vida dependerá de lo que hagan o descubran.

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Se inicia así un viaje fantástico por el espacio y el tiempo, que les lleva desde el antiguo Egipto y sus elaboradas ceremonias fúnebres a los campos de Europa durante la época pagana de Samhein, la conquista romana o las cacerías medievales de brujas, y que acaba en la celebración mexicana del Día de los Muertos. Se trata de un periplo aterrador y excitante, durante el cual Mortajosario, por turnos, los instruye, los alienta y los hace enfrentarse a las realidades tenebrosas de la existencia.

Dos son los grandes temas del viaje. Por un lado está el reconocimiento del ciclo de muerte y vida que es la esencia de la parte simbólica de la fiesta de Halloween (relacionado a su vez con el ciclo de día y noche así como el de las estaciones y las cosechas). Por otro, contempla la sucesión de elementos religiosos y culturales que sobreviven en su faceta icónica, como realidades paganas arrinconadas y despojadas de misticismo por el cristianismo, pero no por completo olvidadas. Lo cierto es que su éxito es dispar en ambos empeños, pues mientras el primero queda bastante bien definido (aunque requiere de ciertos conocimientos mitológicos básicos para sacarle todo el provecho), en el segundo tengo la sensación de que Bradbury muerde un poco más de lo que es capaz de hacernos digerir en una breve novela juvenil.

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Sobre todo ello, por supuesto, planea la sombra (nunca mejor dicho) de la muerte. Los doce años son una edad muy especial en nuestro desarrollo mental. Es por entonces que el pensamiento mágico de la infancia empieza a cambiar hacia una percepción de causa-efecto, y ello tiene que afectar por necesidad a la percepción de la propia mortalidad. El viaje de los niños refleja su primera confrontación con la muerte, no de alguien mayor, que es lógico que se muera, sino de uno de ellos, y en última instancia su propia muerte, lejana sí, casi inconcebiblemente lejana, pero presente, marcando ya un límite infranqueable a su vida. Todo ello, por supuesto, sin perder la visión mayormente optimista de la infancia.

Es una edad y unos temas que el autor ya había tratado en sus dos novelas precedentes, “El vino del estío” (1957) y “La feria de las tinieblas” (1962) , y en cierto sentido sigue la progresión estacional: verano, otoño, invierno (o cuando menos, solsticio de invierno).

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También parece evidente el propósito de Bradbury de recuperación del sentido “tradicional” de la fiesta de Halloween, y lo entrecomillo porque en realidad, en su forma actual, Halloween es una tradición bastante reciente en los EE.UU. La primera mención periodística al truco-o-trato, por ejemplo, data de los años treinta (la época de la infancia del autor), y posiblemente para finales de los sesenta ya se había perdido parte de ese simbolismo que pretendía reivindicar (y que hoy en día sí que está olvidado casi por completo). Es muy posible que el autor se viera a sí mismo como un nuevo Dickens, acudiendo al rescate de Halloween como aquél hizo con la Navidad en su “Cuento de Navidad” (1843).

Otra referencia personal la encontramos en la inclusión del pasaje de Notre Dame y sus gárgolas (siendo la visión de “El jorobado de Notre Dame”, de Lon Chaney, en 1923, uno de los acontecimientos formativos de sus inquietudes como escritor).

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Todo ello consigue transmitirlo con un estilo vivo, un poco empalagoso quizás, aunque equilibrando a la perfección el horror (destacaría, sin dudarlo, las escenas de la cosecha de Samhein) con la aventura (el truco y el trato). El caracter fuertemente episódico queda igualmente compensado con la fuerza de algunas de las imágenes que conjura, como la del árbol epónimo encendido en calabazas llameantes, la cometa hecha de retales de bestias de circo o el mausoleo donde está atrapado Pipkin y donde los niños tiene que enfrentarse a sus temores y tomar la primera decisión meditada a largo plazo de sus vidas.

No es fácil tratar un tema tan trascendental como el de la muerte con tanta delicadeza y sensibilidad. Muchos libros juveniles que lo abordan recurren a impactar con la irreversibilidad de la pérdida. Bradbury es más sutil. Muestra, pero no se regodea, y deja una ventana abierta a la esperanza. He ahí, al parecer la esencia de Halloween para él: un recordatorio de la muerte y el horror, pero sobre todo un paso adelante en el camino hacia su superación, que se inicio en las cavernas, se transmitió de civilización en civilización, confrontadas todas ellas a su modo al misterio supremo, y desembocó en una fiesta repleta de simbolismo, en la que los niños se disfrazan de monstruos y van pidiendo caramelos de puerta en puerta.

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Lo que el tiempo se llevó

•febrero 15, 2017 • Dejar un comentario

Ward Moore es un autor de ciencia ficción atípico. Tan sólo publicó cuatro novelas, dos de ellas en colaboración con otros escritores, y sin embargo se las apañó para dejar una huella profunda en el género. Su época más prolífica fueron los años cincuenta, ese extraño interregno entre la Edad de Oro y la New Wave, durante el que aparecieron numerosos autores magníficos que, salvo honrosas excepciones, jamás consiguieron asentarse. E incluso entre este curioso grupo (Theodore Sturgeon, Algis Budrys, Kurt Vonnegut, Walter M. Miller, Philip K. Dick…), Ward Moore destaca por ser el más alejado de los temas y tópicos de la ciencia ficción, hasta el punto de que sus novelas no se veían necesariamente clasificadas de partida dentro del gueto. Pese a este distanciamiento, es irónicamente por su mediación que hoy en día consideramos la ucronía como un subgénero de la ciencia ficción. Todo gracias a su segunda novela, “Lo que el tiempo se llevó” (“Bring the jubilee”, 1953).

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La historia está narrada por un joven, Hodge Backmaker, nacido en unos empobrecidos Estados Unidos de 1921, que sólo comprenden algunos de los antiguos estados de la Unión, el bando perdedor de la Guerra Civil Americana (conocida como Guerra de Independencia Sureña). Los estados confederados, por su parte, se han expandido hacia el sur y dominan ahora toda centro y sudamérica (salvo Haiti, que es un estado independiente y Cuba, parte todavía del Imperio Español). El atraso cultural, económico y tecnológico está profundamente arraigado en un espíritu derrotista, que atenaza a la mayor parte de la población, con apenas unas pocas bandas organizadas de resistencia (mafiosas más que paramilitares).

Hodge nos narra su vida desde más o menos los diecisiete años, cuando decide marchar de una casa sin amor a buscarse la vida en Nueva York, con vagos sueños de emprender una improbable carrera universitaria. Al final, acaba de dependiente durante seis años en una librería regentada por un cínico colaboracionista con esa resistencia. A lo largo de estos episodios, Moore nos presenta la realidad cotidiana de los Estados Unidos, con sus trabajadores, atados en su mayor parte de por vida a una suerte de esclavitud económica (los contratos), un bipartidismo (whigs contra populistas) que poco o nada hace por la gente y un arraigado racismo, que ha provocado la expulsión de la mayor parte de los negros de lo Estados Unidos (mientras que en los estados confederados, aunque no tardó en abolirse la esclavituda  instancias del presidente Lee, todos los no blancos, incluyendo los amerindios, siguen siendo ciudadanos de segunda). En el panorama internacional, el mundo está mayoritariamente repartido entre una serie de grandes imperios, con una guerra asomando en el horizonte (en la que, presuntamente, los Estados Unidos y los Estados Confederados se encontrarán en bandos opuestos).

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La suerte de Hodge parece cambiar cuando recibe la invitación a unírseles de un grupo atípico de estudiosos, que conforman una especie de comuna llamada Haggershaven, donde podrá llevar a efecto su ambición de convertirse en historiador, especializándose en todo lo referente a la Guerra de Independencia Sureña.

Las cosas se complican cuando una de las residentes, Barbara Haggerwells, con una complicada relación sentimental con Hodge (que involucra también a una joven española, salvada por éste de un asalto), aplica sus adelantos en física teórica a la creación de una máquina del tiempo. La tentanción de contemplar con sus propios ojos la decisiva victoria del general Lee en Gettysburg es demasiado grande… aunque es vagamente consciente de que el viaje en el tiempo puede entrañar peligros demasiado graves como para arriegarse a cambiar, aunque sea mínimamente, la historia.

A lo largo de la novela, Moore se centra sobre todo en narrar la vida de Hodge, dejando en segundo plano, aunque siempre presente, la realidad alternativa en que vive. De hecho, varios de los episodios tienen su reflejo en las propias experiencias del autor (que también regentó una librería), aunque claro, es un reflejo ligeramente distorsionado (lo cual no impide que podamos ver representados en sus críticas a whigs y populistas a republicanos y demócratas, por ejemplo).

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La trama se sustenta en parte en reflexiones (superficiales pero insistentes) sobre la naturaleza del tiempo, el determinismo o la moralidad de una acción (o una inacción). Hodge, en parte, escoge su especialidad porque prefiere observar a actuar, y queda implícito que esa postura es insostenible, y que tarde o temprano el observador se ve involucrado en lo que contempla, y que incluso el no hacer nada tiene consecuencias.

Eso sí, Ward Moore no permite en ningún momento que los grandes temas le arrebaten el control de la narración. En ese sentido, pone mucho cuidado en que sus personajes asuman siempre el protagonismo narrativo. “Lo que el tiempo se llevó” no pierde de vista que es una obra literaria antes que una historia de ciencia ficción, lo que la hace mucho más actual que buena parte de la producción de género de su época. Desde luego, su forma de abordar lo que hoy en día conocemos como ucronía se mostró tremendamente influyente. Dos años después, sin ir más lejos, Poul Anderson comenzó a publicar sus historias de la Patrulla del Tiempo (encargada de evitar cambios temporales como el ocasionado inadvertidamente por Hodge) o “El fin de la eternidad“, de Isaac Asimov.

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En cuanto a la inspiración para Moore, cabría mencionar un puñado de obras menores precedentes, como el cuento “Sidewise in time” de Murray Leinster (1935), que menciona de pasada una Norteamérica alternativa en la que el sur ganó la Guerra Civil, o el ensayo del mismísimo Wiston Churchill “If Lee had not won de battle of Gettysburg”, publicado en una antología de 1931 (“If it had happened otherwise”), en la que un historiador de un mundo en el que ganó el sur especula sobre cómo podría ser una realidad alternativa en la que el norte hubiera sido el triunfador.

Con el correr de los años, ese escenario se convertiría en el segundo más popular entre los cultivadores de la ucronía (con especial mención a Harry Turtledove, especializado en ucronías, autor de la serie de once novelas Southern Victory), sólo por detrás de qué hubiera sucedido si Hitler hubiera ganado la Segunda Guerra Mundial (con títulos como “El hombre en el castillo” de Philip K. Dick o “Patria” de Thomas Harris).

“Lo que el tiempo se llevó” resulta una novela bastante más literaria de lo que quizás cabría esperar. No se justifica en su premisa novedosa para descuidar el estilo, sino que busca ante todo contar una historia coherente (intentando no meterse en demasiados berenjenales temporales, que lo de las paradojas apenas había empezado a tratarse, con cuentos como “El ruido de un trueno” de Ray Bradbury el año anterior). Tal vez retrase demasiado la resolución (que ya no resulta tan chocante como en su día), dejando un tramo central un poco lento, pero es un pequeño precio a pagar por la elegancia con que presenta sus tesis.

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Lo que sí podría echársele quizás en cara es la excesiva importancia que otorga en el plano internacional al resultado de la Guerra Civil Americana (sobre todo en los años previos a la irrupción como superpotencia global de los Estados Unidos). Que tanto (o tan poco, según se mire, pues Moore se limita a extender el colonialismo hasta al menos 1952) dependa del resultado de una batalla en un país joven, o especular con que los Estados Confederados, que carecían de industria, hubieran podido por sí solos conquistar toda Sudamérica, resulta un tanto inverosímil, pero bueno, tampoco es algo que influya en exceso en la trama.

“Lo que el tiempo se llevó” es una obra que se mantiene sorprendentemente actual y, más allá de la peculiaridad de constituir un modelo para la mayor parte de ucronías que siguieron, sigue siendo capaz de proporcionar muy buenos momentos por sus méritos intrínsecos. Es posible que Ward Moore no fuera un escritor prolífico, pero se las arregló para que sus contribuciones al género fueran en verdad significativas.

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Puente de pájaros

•febrero 9, 2017 • 8 comentarios

La carrera literaria de Barry Hughart es extraordinariamente inusual. Su primer libro, “Puente de pájaros” (“Bridge of birds”, 1984), publicado a los cincuenta años, lo catapultó de inmediato a lo más alto del género fantástico, al reportarle el World Fantasy Award y el Mithopoeic Award. En los cuatro años siguientes publicó dos continuaciones, “La leyenda de la piedra” y “Ocho honorables magos”… y abandonó por completo la escritura. El plan original era escribir al menos siete novelas en las conocidas como Crónicas del Maestro Li y Buey Número Diez, pero su insatisfacción con el proceso editorial (entre otras cosas, su editor no le informó de los premios recibidos) le llevó a abandonar prematuramente, privándonos de una de las voces más personales del género (aunque él mismo se resistía a verse encasillado en la fantasía, pues consideraba que su obra podía alcanzar, bien promocionada, un público más amplio).

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“Puente de pájaros”, como las otras dos novelas de la serie, está narrada por Buey Número Diez (o Lu-yu), un campesino grandote y de buen corazón de la aldea de Ku-fu, allá por el siglo VII, que ante la súbita y misteriosa enfermedad que aqueja a todos los niños entre ocho y trece años tiene que viajar a Pekin, en busca de un sabio que les ayude. Sus limitaciones económicas tan sólo le permiten hacerse con los servicios de Li Kao, un anciano borrachín con un ligero defecto de carácter. Lo cual en realidad es una bendición, porque pese a su defecto (o quizás gracias a él) no hay mayor sabio en toda China, y es que el maestro Li es un sinvergüenza redomado, pero también leal a su manera, y removerá cielo y tierra con tal de cumplir con la tarea en la que se ha comprometido.

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Comienzan así las aventuras del maestro Li y Buey Número Diez, mientras parten en pos de la única medicina capaz de salvar a los niños, un extracto de raíz de ginseng, aunque no de una planta cualquiera, sino de la Raíz de Gran Poder. Esta empresa los llevará de un lado a otro, siguiendo un rastro jalonado de pistas vagas y coincidencias asombrosas, mientras se enfrentan a los mayores poderes (siempre corruptos) y ponen en práctica las estafas más rocambolescas.

La China que nos describe Hughart es una “China que nunca existió”, como indica el subtítulo de la novela, reinterpretando los mitos como reflejo de acontecimientos reales, pero sin abandonar por ello el componente fantástico (se limita a reinterpretarlo). Así, el autor se basa en la historia y la mitología del país oriental para dibujar un fresco mucho más complejo de lo que parece a primera vista (con una linearidad que puede llegar a engañar, pues más que de capítulos sueltos, asistimos a una progresión, casi un ciclo de reencarnaciones taoístas, que conducen hacia la culminación en que se nos revela completo el significado de la trama). Los propios Li y Buey Número Diez son arquetipos protomíticos, siendo el maestro Li, en particular, una encarnación del Pícaro Divino (trickster).

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El problema de esta exposición es que todo lo que os he contado suena terriblemente serio, y nada más lejos de la realidad. “Puente de pájaros” es una novela que hace gala continuamente de un afilado sentido del humor. Su mirada irónica hacia las debilidades humanas nos hace esbozar de continuo una sonrisa mientras lo leemos (e incluso puede escaparse alguna carcajada). Es un humor que tiene también su componente negro, emparentado con el de la novela picaresca, y que en el fondo es una crítica apenas encubierta.

Lo bueno de “Puente de pájaros”, sin embargo, es que por cada muestra de cinismo nos presenta un contraejemplo de genuina maravilla e incluso bondad, escondida a veces bajo una superficie tiznada por los avatares de la vida. Gracias a esa visión equilibrada, el libro evita la trampa de convertirse en una mera parodia. Li y Buey Número Diez son el yin y el yang, colaborando armónicamente para restituir el equilibrio, y en su búsqueda de la medicina para los niños de Ku-fu acaban metidos en una gesta mayor, que tiene un fin divino (inspirado en la antigua leyenda china de la hilandera y el ganadero, base a su vez del festival Qi Xi).

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¿Qué más podría decir para animaros a la lectura de esta pequeña maravilla? Pues quizás que los interesados podrán encontrar referencias a figuras reales de la historia de China. Así, la Ancestral es una versión de un poco exagerada de la emperatriz Wu Zetian (la única mujer que ha ostentado jamás esa posición), mientras que los duques de Ch’in se inspiran en Qin Shi Huang, el primer emperador, y su búsqueda de la inmortalidad. Ah, y también hay referencias más o menos explícitas a las Cuatro Novelas Clásicas Chinas, en especial al “Sueño en el pabellón rojo” (Cao Xueqin, 1792), aunque también hay bastante de “Viaje al oeste” (Wu Cheng’en, 1590). Todo ello por no hablar del choque entre conceptos taoístas, confucionistas y legalistas o las referencias continuas a diversos cuentos de hadas.

Pero de nuevo estoy proyectando una imagen distorsionada de la novela. Voy a dejarme de análisis más o menos sesudos para limitarme a afirmar que leer “Puente de pájaros” constituye una experiencia maravillosa. Las aventuras del maestro Li y Buey Número Diez tienen de todo: emoción, humor, aventura, exotismo, grandes personajes, magia… y para terminar de redondearlo, cuando concluye y todo encaja, nos ofrece uno de los finales más satisfactorios que he leído en mucho tiempo.

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Simple y llanamente, una obra redonda, que merece sobradamente el reconocimiento recibido con el Premio Mundial de Fantasía (que compartió con “Bosque Mitago“, de Robert Holdstock), y que posiblemente de haber completado el autor su plan original sería hoy mucho más reconocida.

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Danza de espejos

•febrero 5, 2017 • 4 comentarios

Para mediados de los años noventa, Lois McMaster Bujold había convertido la serie de Miles Vorkosigan en la más exitosa y premiada saga de la nueva space opera, una que al contrario de lo que ocurría con la clásica se apoyaba principalmente en el carisma de sus pesonajes, y que además no tenía miedo de dejar aparcada un momentito la aventura para explorar otras facetas (como el romance).

Tras iniciar la serie con la triple publicación en 1986 de “Ethan de Athos”, “Fragmentos de honor” y “El aprendiz de guerrero”, publicó en rápida sucesión otras cuatro novelas y tres novelas cortas, antes de intentar por primera vez incursionar en la fantasía (con “El anillo del espíritu” en 1993). Tras el fracaso de esta tentativa, retomó (a instancias de su editor) la serie de Miles Vorkosigan, publicando en cinco años otras tantas novelas, que van apartando el énfasis de la ficción militarista que predominaba en los primeros títulos a otro tipo de intriga más diplomática (o más cercana al espionaje), culminando la etapa con la magnífica “Una campaña civil“. El punto de inflexión lo encontramos en “Danza de espejos” (“Mirror dance”, 1994).

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Se trata del primer caso en la serie en que tenemos un protagonismo compartido, entre Miles y su hermano clónico Mark (parte involuntaria del complot descubierto y neutralizado en “Hermanos de armas”, 1989). Desde sus respectivos puntos de vista, asistimos al intento de Mark por liberar a un grupo de clones destinados a servir de receptáculo rejuvenecido al cerebro de sus progenitores en el caótico planeta de Jackson’s Whole (gobernado por distintas casas mafiosas). Para ello, se hace pasar por el almirante Naismith, una identidad secreta de Miles Vorkosigan, embarcando en la aventura a una unidad de su ejército semiprivado, los Mercernarios Libres Dendarii.

La acción termina en desastre, y es tarea de Miles intentar arreglar el embrollo, con tan mala fortuna que la acción de rescate, aun llevándose a cabo con relativo éxito, acaba con su muerte… y lo que es peor, con el extravío de la crio-cámara que contiene su cuerpo, lo cual reduce considerablemente sus posibilidades de una resucitación exitosa, sobre todo cuando empiezan a pasar los días, las semanas incluso y nadie parece saber nada sobre el paradero del pequeño lord Vorkosigan criogenizado.

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Esto es sólo el comienzo del libro. Algo de acción militar para contentar a los fans, con los típicos equívocos del juego con dobles, cuyos orígenes pueden trazarse al menos hasta “Príncipe y mendigo” (Mark Twain, 1881)… con la más que probable intermediación de “El prisionero de Zenda” (Anthony Hope, 1894). Entretenido, muy bien escrito, como suele ser norma en la autora, pero nada extraordinariamente novedoso (el propio Heinlein había utilizado, de forma mucho más descarada, el modelo para “Estrella doble“, por ejemplo). Es cómo maneja la historia a partir de ahí lo que demuestra lo mucho que ha crecido como escritora.

Y no precisamente por lo que ocurre (que tampoco resulta tan ingenioso, e incluso hay un par de enormes agujeros en la trama, que se te abalanzan encima a poco que te pares a pensar las cosas), sino por el porqué ocurre. “Danza de espejos”, más allá de la pirotecnia superficial, trata sobre la identida. Tenemos un personaje, Miles, que se ha visto obligado a crearse una identidad artificial, la del almirante Naismith, para dar vía de escape a sus frustraciones y esperanzas (algo que ocurrió casi por accidente allá por el coprimer título de la serie, “El aprendiz de guerrero”, pero que aquí se analiza pormenorizadamente, contando además con la visión “externa” de Mark cuando tiene que interpretar el papel). Tenemos otro, Mark, al que nunca se le ha permitido desarrollarse libremente, y que sólo es capaz de definirse en comparación (desfavorable) con su “modelo”.

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Las tensiones para definir el yo personal e interpretar el del hermano impulsan la historia, sobre todo cuando ambos se ven obligados en un momento u otro a ponerse en la piel del otro. Lois McMaster Bujold somete a sus protagonistas, en especial a Mark, a un proceso de autodescubrimiento e individualización (por parte de los demás). Rompe así con uno de los lugares comunes más tontos de la ciencia ficción, la mística en torno a la uniformidad de los clones, e incluso se permite alguna pulla contra la tontería de la supuesta “conexión psíquica”.

Este análisis de la identidad permea casi toda la novela, y se muestra también en elementos como la familia clónica Durona (que me he recordado poderosamente los clanes femeninos de “Tiempos de gloria”, publicada el año anterior por David Brin), o en la lucha por dotar de un destino propio a Azucena, una clon destinada a “donar” su cuerpo para que su “señora” rejuvenezca. Hacia el final, quizás acabe mordiendo más de lo que puede masticar (con cierto desdoblamiento de la personalidad, que acontece de improviso y cobra una enorme importancia), pero bueno, al fin y al cabo de no deja de ser novela de aventuras, y deben hacerse sacrificios en el altar del ritmo.

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“Danza de espejos” se erige en una de las novelas más interesantes de la serie de Miles Vorkosigan (y adyacentes), mostrando a una autora en completo dominio de su estilo. Incluso cuando se aparta del tema central, reincidiendo en la complicada vida amorosa de Miles (y ahora también Mark) o en las contradicciones de la sociedad barrayana, sabe hacer avanzar la historia con suavidad, firmemente apoyada en personajes sólidos y bien definidos (el conde Aral, la condesa Cordelia, Elli Quinn, Taura, Simon Illyan, el primo Iván, Bel Thorne, Elena Bothari-Jesek, el emperador Gregor…). Incluso cuando se trata de poco más que cameos, la solidez del universo Vorkosigan los convierte en significativos (al menos para los conocedores).

Es posiblemente ese enfoque, desde los personajes, lo que le permite a la autora imprimir con éxito a la serie el giro que comentaba al principio. Lo que importa no es lo que hacen, sino quiénes lo hacen, y por ello tanto da que estén disparando disruptores nerviosos en un navío interestelar como asistiendo a una cena protocolaria en la mansión familiar. Mientras podamos reconocerlos en sus actos y pensamientos, mientras podamos distinguir inequívocamente, por ejemplo, a Miles de Mark, el universo del Nexo del Agujero de Gusano seguirá siendo atractivo.

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“Danza de espejos” se alzó con los premios Hugo y Locus de 1995, por delante de títulos como “Jugadas decisivas” de Michael Bishop, “Mendigos y opulentos” de Nancy Kress, “Remolcando a Jehová” de James K. Morrow o “Extrajero” de C. J. Cherryh. En 2002, la editorial Baen lo reeditó en una edicíon omnibus, junto con “Hermanos de armas” y “Las fronteras del infinito”, bajo el título de “Miles errant”.

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