El Ojo de la Mente

•diciembre 29, 2017 • 5 comentarios

El primer contacto del mundo con el universo de Star Wars fue a través de la literatura. Seis meses antes del estreno de la primera película llegó a las librerías su novelización, firmada por George Lucas… aunque escrita en realidad por Alan Dean Foster, conocido principalmente hasta la fecha por sus novelizaciones de episodios de Star Trek: The Animated Series (así como de “Dark star”).

Tampoco fue la primera opción. Los dos o tres primeros candidatos rechazaron el ofrecimiento (5.000 dólares y olvidarse de que la habían escrito ellos), y así es como Foster consolidó su camino hacia el título de Gran Maestro… para la Asociación Internacional de Escritores de Novelizaciones (IAMTW) en 2008. Un año después, la novela (titulada originalmente “Star Wars: from the adventures of Luke Skywalker”), espoleada por el éxito de la película, había vendido más de medio millón de ejemplares, pero ese éxito no se trasladó a su verdadero autor… salvo por el encargo de escribir una segunda novela que pudiera servir como base para el guión de una secuela. Ese libro fue “El Ojo de la Mente” (“Splinter of the Mind’s Eye”, 1978), el primer ladrillo de lo que con posterioridad sería conocido como el Universo Expandido de Star Wars.

Como encargo, había una serie de condiciones. Para empezar, la confianza en el éxito de la película no era, aunque hoy en día nos parezca inconcebible, especialmente firme. Esa es la razón por la que la historia debía poder trasladarse al cine como un proyecto de bajo presupuesto, y por ello casi toda la acción transcurre en la superficie de un planeta pantanoso (Mimban, el ancesor directo de Dagobah), llegando Lucas incluso a vetar un combate entre cazas al principio de la novela por considerar que sería infilmable. Además, debían de poder reutilizarse tantos elementos de atrezo de la primera película como fuera posible y, sobre todo, los personajes podían ser Luke, Leia, Vader, C-3PO y R2-D2, pero no Han Solo (porque Harrison Ford todavía no había firmado para participar en la secuela).

A la postre, “La guerra de las galaxias” se convirtió en la película más taquillera de todos los tiempos (duplicando con holgura la recaudación de “Tiburón”), y los planes para continuar la saga tomaron un rumbo diferente (que pasó por la contratación de Leigh Brackett, quien desgraciadamente tan sólo pudo presentar un primer borrador antes de fallecer de cáncer en 1978; a partir de ahí entró en escena Lawrence Kasdan). Sin embargo, una sorprendente cantidad de detalles, e incluso alguna escena, de “El ojo de la mente” acabaron llegando por extraños vericuetos (y no menos curiosas transformaciones) hasta el guión final de “El imperio contraataca” (e incluso el de “El retorno del jedi”).

Eso sí, la congruencia argumental es… limitada. Por ejemplo, existe una importante tensión sexual entre Luke y Leia (aprobada por el propio Lucas), que se utiliza a menudo como prueba de que su parentesco, lejos de estar fijado desde el principio como sostiene el autor, es algo que se orquestó sobre la marcha. Lo cierto es que ninguno de los personajes sale demasiado bien parado. Alan Dean Foster es un escritor que al menos en este libro exhibe unas habilidades muy limitadas, y lo que esboza no dejan de ser caricaturas, sin atisbo alguno de profundidad (justo lo opuesto de lo que tendría que ser una buena novelización, cuya única ventaja respecto al medio audiovisual es que, liberada de constricciones temporales, puede explorar el subtexto).

Por resumir brevemente la trama, de camino a una reunión para reclutar fuerzas para la resistencia, Luke y Leia se estrellan en un atrasado planeta donde al parecer el Imperio tiene en marcha una operación minera clandestina. Allí conocen a Halla, una anciana con cierto dominio marginal de la Fuerza (la antecesora directa de Yoda), que los recluta para ir en busca del Ojo de la Mente. Esta joya es un cristal kaiburr, una reliquia mística que en los primeros compases del universo Star Wars iba a servir para concentrar el poder de la fuerza, hasta que Lucas optó por un enfoque más místico y acabaron transformándose en los cristales kyber, utilizados en la construcción de sables de luz.

Antes de poder partir, sin embargo, tienen un par de encontronazos con las autoridades imperiales locales que se solucionan por las malas, y acompañados por nuevos aliados gigantes y peludos (que no son wookies, pero como si lo fueran) se adentran en la espesura a bordo de un vehículo idóneo para el terreno.

Alan Dean Foster sigue encadenando encuentros más o menos bien hilvanados pero altamente episódicos: un gusano gigantesco, que parece ser el tío-abuelo del monstruo del campo de asteroides; pasadizos indígenas subterráneos, más monstruos subacuáticos, tribus alienígenas con un sorprendente parecido con las amerindias (tanto en su cultura como en su relación con los colonos invasores), y así hasta el enfrentamiento con Vader… que no aparece en la novela hasta casi el final y que apenas está presente durante una veintena de páginas (y quizás ni eso).

En general, el estilo de Alan Dean Foster es burdo y su imaginación limitada. He leído docenas de bolsilibros con aventuras más interesantes y mejor estructuradas, e incluso su conexión con el universo Star Wars, que es su gran baza, se ve menoscabada ya no por las incongruencias antes comentadas, sino por su incapacidad para presentar a Luke más que como un niñato llorica o a Leia más que como una pija malcriada (de C-3PO y R2D2, mejor ni hablamos, salvo para comentar que en la primera traducción española, vigente por casi cuarenta años, se les sigue llamando See Threepio y Artoo Detoo).

El único interés real que en mi opinión presenta la novela radica en su valor como documento histórico. Es star wars antes de que transformara en Star Wars, la mayor (con permiso del Universo Marvel) y más influyente franquicia del séptimo arte. Es un camino potencial abandonado, aunque su sombra ejerció una curiosa influencia en la conformación de la galaxia muy, muy lejana que conocemos.

Con este precedente, el Universo Expandido no terminó de arrancar del todo, en especial en su vertiente literaria (en cómic, mal que bien, Marvel publicó al menos una longeva serie de 107 ejemplares entre 1977 y 1986), hasta 1991. Ese año se produjeron dos desarrollos imporantes. Por un lado, Timothy Zahn empezó a publicar la trilogía Thrawn, como secuela a las películas, introduciendo personajes que se han hecho tremendamente populares dentro del fándom de Star Wars (como el Gran Almirante Thrawn, Mara Jade o los hijos mellizos de Leia y Han, que posiblemente constituyen la inspiración para Rey y Kylo Ren). Por otro, Dark Horse se hizo con los derechos de los cómics, estrenándose con una de las miniseries más celebradas, la de Dark Empire (de Tom Veitch y Cam Kennedy).

Todo ello, unido al lanzamiento del juego de Lucasarts “X-wing” en 1993 y los subsiguientes títulos que profundizaron en ese Universo Expandido (como las series “Rogue squadron”, “Rebel assault” o “Jedi knight”), revitalizaron el interés en la franquicia y pavimentaron el camino de cara al estreno en 1999 de “La amenaza fantasma”… que irónicamente propició la declaración oficial y retroactiva de todo el Universo Expandido como no canónico. Hoy en día se estima que hay unos 1.500 títulos (entre novelas y cómics) pertenecientes a este escenario alternativo (que tampoco es internamente coherente), rebautizado como Star Wars Legends, que suma más de sesenta millones de ejemplares vendidos.

Desde el 2014, todo el nuevo contenido franquiciado se está intentado gestionar como un todo canónico congruente, lo cual incluye tanto los nuevos cómics (de regreso, cómo no, a Marvel, ahora que tanto ellos como Lucasfilm son propiedad de Disney), como la serie de televisión “Star Wars: Rebels” (que va reintroduciendo en el canon elementos escogidos del antiguo Universo Expandido), como las más recientes novelizaciones (siendo la de “El despertar de la fuerza” obra de nuevo de Alan Dean Foster).

El (nuevo) Universo Expandido parece estar más vivo que nunca, y ahora que parece que las películas están dispuestas a entrar también en ese juego, el futuro parece repleto de posibilidades. Y pensar que todo esto comenzó en 1978 con una novelilla tan mediocre como es “El Ojo de la Mente”…

Otras (y generalmente más positivas) opiniones:

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El lado oscuro de los últimos jedi

•diciembre 27, 2017 • 2 comentarios

Hacía ya bastante tiempo que quería escribir una entrada sobre un tema que, desgraciadamente, parece estar cobrando cada vez más preeminencia, sobre todo en las redes sociales (a las que en cierto modo “culpo” de la situación). Me refiero al fenómeno “hater” o, más concretamente, a la proliferación del uso de dicho término para categorizar cualquier opinión con la que discrepemos.

Por supuesto, en los últimos tiempos nada ha ejemplificado más esta cuestión que la recepción por parte del público de “Los últimos jedi”, la nueva película de Star Wars que nos ha llegado por cortesía de Disney y Rian Johnson. No quería, sin embargo, entrar a fondo sin haber visto primero el núcleo de la polémica, y dado que ayer pude acudir por fin al cine, ya dispongo de todos los elementos de juicio necesarios para desarrollar mi argumentación.

Un par de comentarios previos:

Esto no va a ser exactamente una reseña de la película, aunque sí analizaré algunos aspectos de la misma que considero relevantes para diseccionar aquello que realmente me interesa en estos momentos. Dicho lo cual, sí, es posible que acabe desvelando algo más de lo que alguien que no la haya visto todavía podría desear, así que recomiendo que (siempre que lo deseéis) no leáis esta líneas hasta haber tenido ocasión de experimentar libres de preconcepciones la nueva tanda de aventuras en una galaxia muy, muy lejana.

De acuerdo, os pongo en antecedentes.

Hace un par de fines de semana se estrenó en los cines de medio mundo el esperado episodio VIII de la saga de la Guerra de las Galaxias (que en realidad es la novena película… o la duodécima, si incluimos como canónicos los dos telefilms de mediados los ochenta en torno a los ewoks y la cinta de animación sobre las guerras Clon). El estreno venía precedido de la típica expectación que acompaña a los grandes lanzamientos de Disney (y a las películas de la saga, que han sido número uno del año en cada ocasión en que se ha estrenado una producción de alto presupuesto salvo en 2002 con “El ataque de los clones”). Por supuesto, no llegaba a las cimas imposibles de “El despertar de la fuerza”, pero cualquier estudio mataría por conseguir algo así.

Las críticas, cuando se levantó el embargo, no hicieron sino alimentar la anticipación, con un porcentaje de aprobación en Rottentomatoes (la principal página agregadora de críticas cinematográficas) del 97%, que con el tiempo ha acabado estabilizándose en el 91% (sólo por detrás, y no mucho, de “La guerra de las galaxias”, “El imperio contraataca” y “El despertar de la fuerza”). La sorpresa llegó cuando empezaron a registrarse las opiniones de los espectadores (a través de Flixter) y el espectacular apoyo crítico se vio traducido en poco más de un 50% de aprobación de los usuarios. Inicalmente se llegó a hablar incluso de falsas opiniones iniciales buscando sabotear ese indicador, pero doce días después seguimos encallados en un 52% de aprobación con más de 150.000 votos registrados.

Casi de inmediato empezaron a circular por los foros interneteros las acusaciones de “hater“.

Interesante término… e irónico como pocos. En resumidas cuentas, viene a sostener que aquel a quien se le aplica es poco más que un alborotador que tan sólo busca denigrar algo movido por prejuicios o, directamente, por la mala fe (básicamente, por echar mierda sobre algo que es popular). La ironía viene cuando, al parecer, acusar a las opiniones discrepantes de provenir de haters libera al defensor de la necesidad de argumentar su postura, o mucho menos rebatir cualquier argumento que proponga (y aquí no me importa que ese argumento tenga o no fundamento; lo crucial es que apriorísticamente no necesita ser rebatido).

Expresado de otro modo, acusar a alguien de “hater” no hace sino pavimentar el intercambio de opiniones para enarbolar la infame argumentación ad hominen: todo cuanto afirme un hater es, por principio, falso. Fin de la discusión.

Dicho de otro modo, es la versión hipster de taparse los oídos con las manos y tararear cualquier chorrada a pleno pulmón (ser posible con los ojos cerrados), para no encontrarse en la tesitura de tener que defender tu propia y sacrosanta opinión (las opiniones de los demás, como también se ha puesto de moda insinuar, son opiniones de mierda).

Lo cierto es que no estoy seguro de cómo hemos llegado a esto. Se suponía que internet nos iba a conducir al paraíso del intercambio de información. En vez de ello vivimos en una distopía de postverdad, en la que no importa lo creíble (o anecdótica) que sea una información siempre y cuando concuerde con nuestras preconcepciones y en la que estamos a un click de dejar de soportar para siempre a ese pesado con el que nunca nos ponemos de acuerdo. Las redes sociales, lejos de ser un lugar donde poder confrontar otras realidades, se han ido guetificando, conformando grupúsculos de opinión única en donde la reiteración de nuestras propias ideas, devueltas como un eco por quienes nos son afines, no hacen sino convencernos más y más de que son la verdad suprema y absoluta (no importa lo marginal que sea una idea, sin mucho esfuerzo puedes encontrar cientos o miles de personas que la comparten).

Vale, vale, la situación no es tan negra como la pinto. Estoy exagerando quizás un poquito. ¿O quizás sólo proyecto hacia el futuro en base a las tendencias actuales? Sea como sea, quizás motivada por el gregarismo que está grabado a fuego en nuestros genes, buscamos en las redes cada vez más la validación de nuestras opiniones, antes que un desafío a ellas, y no estoy seguro de a qué podría deberse. ¿Tal vez a una falta de confianza? ¿Son acaso tan frágiles nuestras opiniones que buscamos el modo de apuntalarlas? ¿O será que en el fondo lo que emerge es nuestro yo más competitivo, ése que tiene que triunfar sobre cualquier otra consideración? Internet es un medio muy cómodo para dar rienda suelta a nuestras pasiones y buscar desahogo para nuestras frustaciones, porque al fin y al cabo hay una sensación de que no existen consecuencias.

Al final, la tolerancia hacia la discrepancia está tan erosionada que cualquiera que no opine como yo no puede sino ser un hater, y los haters son peligrosos, porque con su irracionalidad están poniendo en peligro la materialización de mi visión (verdadera e inmutable) del mundo.

Ahora imaginad que aplicamos ese razonamiento a algo un poquitín más serio que una saga cinematográfica. Os dejo escoger ejemplos.

Volvamos ahora a centrar la atención en el núcleo de la minipolémica que nos ocupa: “Los últimos jedi”. Mi opinión, personal e intransferible, es que es una película que dista mucho de ser excepcional, pero al mismo tiempo me ha resultado muchísimo más satisfactoria a todos los niveles que tanto “El despertar de la fuerza” como “Rogue One”. Me atrevería incluso a afirmar que es posible que Rian Johnson haya salvado a la franquicia de meterse en el callejón sin salida al que parecía abocada tras la película de J. J. Abrams.

Irónicamente (para todos aquellos que enarbolan el apelativo de “hater” ante cualquier que ponga en duda la magnificencia de esta nueva etapa), es posible que ello se deba precisamente a las críticas suscitadas contra determinados aspectos de la primera película. El director/guionista parece haber priorizado la corrección de algunos de los principales problemas que exhibía aquélla (ya expresé mi opinión al respecto hace un par de años), tales como la estúpida hipersuficiencia de Rey (aquí sí que le proporcionan un arco de crecimiento, al tiempo que medio justifican algunas de sus más increíbles hazañas en el episodio anterior), la reducción del foco (centrado previamente con extrema miopía en la familia Skywalker; aunque el abrirlo haya sido a costa de faltarle un poco el respeto al personaje de Luke) y tres o cuatro cuestiones más (Poe Dameron, por ejemplo, recibe un arco dramático que permite a su personaje escapar del limitado arquetipo de “piloto rebelde… rebelde”; eso por no hablar de un trabajo muchísimo más cuidadoso en torno a la personalidad y motivaciones de Kylo Ren).

Sí, podría argumentarse que la mejora entre una película y otra se debe a los “haters” de “El despertar de la fuerza”, que señalaron (a veces con cierta vehemencia) sus debilidades, para que Rian Johnson supiera por dónde empezar a enderezar el rumbo.

De todas formas, siguen existiendo problemas por resolver. Por ejemplo, casi ninguna de las escenas de “Los últimos jedi” resulta realmente icónica. Hay que esperar básicamente al final para encontrar en la última batalla imágenes de esas que de verdad se te quedan grabadas en la retina y, ello pese a seguir evocando escenas similares de pasadas películas, en particular, cómo no, de “El imperio contraataca”. Porque sí, el déjà vu no es tan intenso, pero seguimos teniendo escenas que evocan inequívocamente a episodios como la prueba del árbol del lado oscuro en Dagobah o la batalla de Hoth).

Desde un punto de vista narrativo y estructural, sin embargo, las mayores críticas que podría hacerle a la película tienen que ver con el papel de Luke Skywalker, tanto lo que se insinúa que ha sido su vida (algo muy irrespetuoso para con el héroe que creció a lo largo de la trilogía original, como el mismo Mark Hamill no dejaba de comentar hasta que le mandaron un recadito desde Disney), como la escenificación de su gran momento (para el que se tomaron decisiones que no acabo de comprender, porque los elementos estaban todos ahí, ya dispuestos, para hacerlo de un modo totalmente diferente y mucho más significativo).

En torno a todo ello, tal vez, podrían surgir las opiniones negativas con respecto al capítulo VIII. Por un lado, estarían los que se oponen a las “correcciones” de “su” Star Wars (y ahí tendríamos a los nuevos fans); por el otro, quienes consideran la gestión del personaje de Luke una traición (y ahí tendríamos a los fans más veteranos). La solución pasaba por encontrar un equilibrio que difícilmente podría convencer a todos (aunque, sinceramente, creo que hubiera podido hacerse algo más para respetar a los personajes antiguos sin tener que restar protagonismo a los nuevos).

(Gracias por todo, Carrie Fisher, y hasta siempre)

En cualquier caso, como comentaba, la sensación general que me deja la película es bastante positiva (el que ataque la falacia ad hominen de algunos de los defensores a ultranza de la misma no implica que no puedan tener razón en su valoración; afirmar lo contrario sería incurrir en otro falaz argumento ad logicam). En particular, albergo el convencimiento de que “Los últimos jedi” han abierto el universo Star Wars como ninguna película lo había hecho hasta la fecha. En ese sentido, considero una magnífica noticia el saber que a Rian Johnson se le ha confiado la coordinación de una trilogía absolutamente independiente, cuyo primer episodio él mismo se encargará de dirigir.

Concluyo animándoos, simplemente a compartir vuestras opiniones y a aceptar que otros puedan tener opiniones discrepantes sin ser por ello unos haters. Si a todos nos gustara exactamente lo mismo y pensáramos exactamente lo mismo no sólo sería muy aburrido, sino además terriblemente peligroso. La diversidad proporciona flexibilidad, capacidad de adaptación; permite explorar un número muchísimo mayor de posibilidades hasta encontrar el desarrollo óptimo (o la senda hacia ese óptimo ideal e inalcanzable). “Los últimos jedi” me parecen, precisamente, un buen ejemplo de esa dinámica.

También en Rescepto:

The thing from the lake

•diciembre 19, 2017 • Dejar un comentario

Eleanor M. (Marie) Ingram es una de esas autoras que, tras gozar de cierto éxito en su momento, han caído mayoritariamente en el olvido. Tanto es así, que es difícil encontrar información sobre ella en internet. Nacida en 1886 en Nueva York, falleció en 1921, a los treinta y cuatro años, tras haber publicado ocho novelas, principalmente de género costumbrista y de aventuras contemporáenas, con elementos románticos, una de las cuales, “The unafraid” (1913), fue adaptada como mediometraje mudo por Cecil B. DeMille (uno de sus primeros trabajos).

Como suele ocurrir, es el título extraño en su bibliografía, su única incursión en el género fantástico, el que a la postre la rescata para la posteridad. En 1921, publicada póstumamente, apareció su última novela, “The thing from the lake”, que en su superficie aparenta ser una típica narración gótica de mansión encantada, aunque a la postre se revela como una obra mucho más innovadora y moderna.

En 1927, Lovecraft comentó que era “una historia realmente buena, con una trama de auténtico terror, pese a seguir la fórmula del bestseller”. A la postre, no la incluyó en su famoso ensayo sobre “El horror sobrenatural en la literatura” (quizás por acceder a ella demasiado tarde), pero se ha especulado con que podría haber influido de alguna forma en la consolidación de la etapa cósmica de los mitos de Cthulhu, y en especial durante la redacción de “El horror de Dunwich”.

“The thing from the lake” tiene por protagonista a Roger Locke, un exitoso compositor de música popular de Nueva York que acaba de adquirir una casa de campo para huir del calor estival en la ciudad. Durante su primera noche en su nueva propiedad, recibe la visita de una dama misteriosa, cuya identidad queda protegida por la oscuridad, que deja en prenda un abundante mechón de cabello rubio y fragante. Tras su huida, sin embargo, tiene lugar también la primera visita de una entidad misteriosa y aterradora, anunciada por un extraño sonido de succión procedente del cieno del lago próximo.

De vuelta a la ciudad, Roger se encuentra con que su joven prima Phillida contraído matrimonio en secreto, y no se le ocurre otra solución que enviar a los recién casados a cuidar de su nueva propiedad, ofreciéndoles así tanto un lugar donde vivir como un trabajo que les procure un sustento digno. Todo evoluciona sin contratiempos hasta que decide visitarlos unas semanas después, y en su primera noche en la casona renovada experimenta de nuevo ambas visitas, la de la joven misteriosa y la de la presencia malévola, que lo atan en una obsesión por descubrir más de la primera y frustrar las intenciones que la segunda parece albergar para con ella.

Hasta aquí, no deja de ser una historia de fantasmas bastante tradicional, aderezada con referencias a la Nueva Inglaterra mágica colonial. Pronto, sin embargo, empieza a hacerse evidente que hay mucho más ahí, pues aunque la aparición femenina (que se confiesa como Desire Michell) podría tener algo que ver con una bruja de igual nombre que vivió a finales del siglo XVIII en aquella misma finca, la presencia maligna es algo distinto, una fuerza procedente de una realidad más allá de la nuestra. Así pues, los enfrentamientos de voluntades que tienen lugar entre Roger y la cosa en la frontera entre mundos tienen todo el sabor del más puro horror cósmico (evocando incluso clásicos como “El gran dios Pan“, de Arthur Machen).

Si a ello le unimos el tema de los pecados de los padres, cuya culpa pesa como una losa sobre los descendientes (un tema muy característico de Nueva Inglaterra), así como referencias a la brujería, los conocimientos prohibidos y fuerzas más allá de la experiencia y las capacidades humanas, tenemos todos los ingredientes para un extraordinario ejemplo de terror cósmico que, verdaderamente, se hace difícil no ver como una más que probable influencia sobre Lovecraft (ya no sólo en “El horror de Dunwich”, sino también, por ejemplo, en “Los sueños en la casa de la bruja”).

Pero en “The thing from the lake” hay más que un simple precursor (hipotético) de Lovecraft. Como indicaba H.P., posiblemente con intencionalidad minuslavorativa, la fórmula es próxima al bestseller (en su iteración de los años veinte), con lo cual supongo que se refería tanto a la subtrama romántica como a la idea de que se podía luchar de algún modo contra el horror cósmico, y ello la emparenta curiosamente con evoluciones muy posteriores del género de terror, evocando de forma particular las historias que más de medio siglo después abordaría Stephen King (y con el mismo escenario, pues la granja de Roger Locke se ubica aparentemente en Maine). El estilo, por supuesto, es absolutamente diferente (ahí sí que se nota la deuda profunda con la literatura tardo-victoriana), y los personajes carecen de la profundidad que sería de desear para darles un poco más de entidad, pero el enfoque, la delineación de la amenaza y el desarrollo y resolución del conflicto sí que apuntan claramente a una concepción plenamente moderna del terror.

Es una lástima que su prematura muerte nos privara de la evolución que hubiera podido experimentar la ficción de Eleanor Ingram, porque con un debut en el género de tanta calidad y tan innovador (lastrado quizás, por un final que no sabe explotar al máximo el potencial de las ideas de base y que resulta en cierta forma anticlimático), y gozando de popularidad fuera de los círculos limitados de la ficción pulp, hubiera podido aportar muchísimo a la evolución de la literatura de terror.

Al poco de su fallecimiento, las novelas de Eleanor Ingram quedaron descatalogadas, y durante casi un siglo permanecieron prácticamente olvidadas, hasta que la digitalización de antiguas ediciones las sacaron de nuevo a la luz, poniéndolas otra vez a disposición de los lectores y permitiendo su análisis por parte de estudiosos como S.T. Joshi (la principal autoridad mundial en Lovecraft).

Creo que hay ediciones gratuitas en Amazon. En cualquier caso, podéis haceros con una copia digital de la novela a través del Proyecto Gutenberg.

Danza de huesos

•diciembre 10, 2017 • Dejar un comentario

Hacia finales de los años ochenta los límites claros entre subgéneros, sobre todo dentro del fantástico, pero también poniendo las miras fuera de él, comenzaron a difuminarse. Fruto de esa dinámica (que alcanzó su máxima expresión en los noventa), aparecieron nuevos géneros híbridos, que no dudaban en entremezclar, por ejemplo, ciencia ficción y fantasía (algo que ya había empezado a darse de forma puntual desde finales de los sesenta) o en trasladar elementos de su contexto tradicional a escenarios totalmente diferentes. Nació así, por ejemplo, la fantasía urbana moderna.

Entre los nuevos autores que abrazaron con entusiasmo esta revolución se contaba, por ejemplo, Emma Bull, quien tras participar en el proyecto Borderlands de Terri Windling, publicó una de las novelas pioneras en el naciente subgénero: “War of the oaks” (1987; ambientada en Minneapolis). Su siguiente proyecto fue una space opera titulada “Falcon” (1989), y en 1991 alcanzó su mayor éxito con “Danza de huesos” (“Bone dance”), novela de fantasía urbana con tintes postapocalípticos que fue finalista de los premios Hugo, Nebula y World Fantasy.

De nuevo nos encontramos con una ciudad que, aun permaneciendo innominada, puede identificarse como Minneapolis (la ciudad natal de Emma Bull). La fecha es quizás unos ochenta años en el futuro, tras una catastrófica guerra atómica que ha destruido la estructura industrial y social y ha alterado el clima (aunque en vez de invierno nuclear, lo que tenemos es un calentamiento global, que ha convertido Minnesota en una región semitropical (no, no tiene mucho sentido, pero tampoco es que la autora presente la ciudad como inequívocamente Minneapolis).

La única autoridad vigente es la local, la sociedad se suntenta sobre todo en la recuperación de los remanentes tecnológicos de una época más pudiente y la cultura se ha visto influenciada por un elevado grado de mestizaje, que ha llevado a la ciudad no sólo costumbres sureñas, sino también elementos religiosos como el vudú. En medio de todo ello tenemos a nuestra/o protagonista, Gorrión, que se dedica a las chapuzas electrónicas y a buscar cintas de vídeo para satisfacción de una exclusiva y pudiente lista de clientes.

Las cosas empiezan a complicársele, sin embargo, cuando cierto día despierta en medio de la calle, con una laguna de día y medio en su memoria y el convencimiento de que algo terrible está a punto de reventar la burbuja de aislamiento y privacidad que ha ido construyendo cuidadosamente a su alrededor a lo largo de los años. Los acontecimiento se aceleran y pronto se ve en medio de un conflicto que involucra ni más ni menos que a los responsables de poner en marcha el holocausto nuclear (apodado el “Big Bang”) y a un tipo especial de supersoldados de antaño, los jinetes, con la capacidad de ir migrando su mente de cuerpo en cuerpo.

Emma Bull recoge en “Danza de huesos” elementos de muy diversa procedencia. Por ejemplo, no sólo de la fantasía urbana bebe la mezcla, sino que también son muy evidentes las conexiones con el cyberpunk (la influencia parece ser especialmente directa con “Conde Cero“, de William Gibson), prescindiendo eso sí del elemento “cyber” para adoptar un marco referencial más mágico que tecnológico (por mucho que los jinetes sean producto de un proyecto de bioingeniería). De igual modo, su relación con las distopías postcatastrofistas (a la estela, cómo no, de Mad Max) es más estética que filosófica, sin preocuparse en ningún momento de explorar el futuro (o siquiera el pasado) de una sociedad que sólo le interesa como escenario fijado en el tiempo.

Este eclectismo se pone de manifiesto también en los elementos que estructuran la trama: la simbología del tarot, el vudú (y la magia hoodoo) e incluso el cine precataclísmico. El problema surge cuando nada de todo eso llega a engranar de forma fluida. En ningún momento da la impresión de que la autora tenga el control de la historia. Más bien parece como si los ingredientes introducidos en la coctelera se le hubieran rebelado y se hubieran negado a entremezclarse. Por un lado están los loas, por otro las cartas del tarot (cuya simbología preside cada capítulo) y por un tercero el mundo postindustrial, sin que en ningún momento la combinación dé la impresión de construir una trama cohesionada. Lo más parecido que existe a un elemento unificador es cierta crítica al capitalismo (simbolizado por la acaparación energética, tanto física como espiritual, por parte del antagonista), aunque incluso ahí el sustrato vudú se niega a integrarse.

Tampoco es que el estilo de la autora ayude a soslayar los problemas de cohesión. Sus descripciones son cuirosamente planas. Resultan más funcionales que efectivas. El escenario no llega nunca a adquirir personalidad propia, limitándose a referenciar los mucho más inmersivos mundos en los que se basa. En cuanto a los puntos clave de la trama, en particular los enfrentamientos con el antagonista, se encuentran sumidos en una confusión descriptiva de la que resulta difícil extraer nada en  claro (aunque quizás el problema ahí no sea tanto de estilo como de que, al ser los puntos de confluencia, es donde se pone más se pone de manifiesto que las partes constituyentes no encajan).

“Danza de huesos” hubiera podido ser una novela fascinante. Por desgracia, es incapaz de integrar todos los elementos que la componen, aunque evidentemente esa originalidad de la que hacía gala bastó en su momento para hacerla destacar, y más en un año que no fue particularmente memorable. El Hugo fue a parar de nuevo a Lois McMaster Bujold por “Barrayar” y el Nebula recayó en Michael Swanwick por “Las estaciones de la marea” (siendo las tres la únicas novelas que aparecieron en ambos listados). En cuanto al World Fantasy, que tendía más al terror, coincidió con el Bram Stoker en destacar una de las mejores novelas de Robert McCammon, “Muerte al alba”. “Danza de huesos” quedó además tercera en la votación de los Locus (en ciencia ficción).

Otras opiniones:

Médula

•diciembre 4, 2017 • Dejar un comentario

Robert Reed es un escritor de ciencia ficción tremendamente prolífico, con más de doscientos relatos y novelas cortas y once novelas publicadas en los EE.UU., aunque apenas ha sido editado en español. De hecho, la única de sus novelas aparecida en nuestro idioma es “Médula” (“Marrow”, 2000), la primera de su serie de la Gran Nave, compuesta por un par de docenas de obras de diversa extensión.

Esa Gran Nave, el escenario único (y suficiente) de la acción, es un antiquísimo (miles de millones de años) artefacto autopropulsado del tamaño de Júpiter, abordado en el lejano pasado por humanos que lo reclamaron como propio por derecho de salvamento. Con el transcurrir de los milenios, la Gran Nave se ha convertido en un vehículo intragaláctico, gestionado como un servicio de transporte masivo por los capitanes, el grupo de abordaje original, bajo el mando de la maestra capitana original, porque en el universo de “Médula” todos cuantos lo desean (y multitud de animales y plantas sin posibilidad de decisión) son inmortales (y capaces de resistir daños catastróficos, siempre y cuando el cerebro, alojado en una concha cerámica ultrarresistente, no sea destruido.

Todo en “Médula” es desmesurado: una nave tan vasta que ni siquiera quienes la han gobernado por milenios conocen todos su secretos, miles de especies alienígenas compartiendo hábitats ajustados a sus necesidades para conformar una población de miles de millones de seres sintientes, planes de navegación que cuentan los siglos como si fueran jornadas fugaces… Todo ello bajo el misterio de los ignotos constructores y sus no menos ignotos propósitos originales para con el titánico vehículo. No es de extrañar que los personajes, en medio de tal inmensidad, queden un poco desdibujados.

Aunque el protagonismo se encuentra bastante repartido, el grueso de la trama se apoya en un grupo de unos quinientos capitanes, embarcados en un ambicioso proyecto de exploración. En el interior de uno de los depósitos de combustible, bajo miles de kilómetros de hidrógeno, se esconde un mundo de hierro de un tamaño aproximadamente terrestre, protegido por contrafuertes (una especie de campos de fuerza) y un caparazón de hiperfibra (la materia prima fundamental de la Gran Nave; se infiere que es algún tipo de grafeno).

Cuando un accidente transforma la expedición en un naufragio, los capitanes se encuentran varados en Médula (que así ha sido bautizado el planeta), un mundo hinóspito y sujeto a continuas catástrofes (pero aún así bullente de vida), obligados a reconstruir su civilización tecnológica prácticamente desde cero si aspiran a regresar alguna vez a sus responsabilidades. Un proyecto de cinco mil años… que abordan con la determinación que tan sólo una existencia inmortal puede proporcionar.

“Médula” constituye una creación fascinante, que brilla sobre todo cuando hace alarde de imaginación y explora los recovecos de la Gran Nave, a la búsqueda de extrañas culturas como la de los rémoras (habitantes de la corteza exterior, que pasan toda su existencia, literalmente del útero a la tumba, dentro de trajes que los convierten en poco menos que naves autónomas). Los saltos temporales de décadas, o incluso siglos, no son infrecuentes, y logran transmitir esa sensación de inmortalidad, con unos personajes que ven desarrollarse sus planes a una escala histórica (aunque esa misma característica también los hace distantes).

Eso sí, llega un momento, cuando el autor busca aumentar las apuestas, en que la trama descarrila un tanto, como si no hubiera sabido salvar una discontinuidad. La novela se percibe de hecho como dos libros independientes. El primero fascinante y congruente, y el segundo bastante más inconexo. Se podría decir que a Robert Reed se le escapa un poco de las manos su creación, y ni siquiera una gran vuelta de tuerca final (sobre la naturaleza de la Gran Nave) termina de ser capaz de integrar los elementos dispersos y cerrar apropiadamente la historia.

Mi impresión es que fuerza una narración más tradicional en un marco en el que no encaja, algo que también podría decirse de la especulación, porque (y esto es algo que se le echa en cara a menudo) la Gran Nave no se sostiene como ejemplo de astroingeniería. “Médula” no pertenece realmente a la tradición hard (o siquiera de space opera hard). Brilla más cuando utiliza un lenguaje simbólico, casi poético (en la línea de la Instrumentalidad de Cordwainer Smith, aunque sin llegar a su nivel), que cuando busca proporcionar algún tipo de explicación científica (o seudocientífica).

Pero bueno, son pegas menores. Ese desarrollo final no demasiado afortunado queda compensado de sobra a base de puro sentido de maravilla, y aunque tal vez hubiera funcionado mejor como un fix-up de relatos que exploraran los distintos recovecos de la Gran Nave, tan sólo la historia (desgraciadamente truncada) de la fundación y desarrollo de la civilización de los capitanes en Médula ya justifica sobradamente la lectura de la novela.

En “Médula” no hay que buscar personajes carismáticos, tramas perfectamente imbricadas o siquiera revelaciones extraordinarias (todo eso intenta proporcionarlo, pero falla en mayor o menor grado). Su fuerte está en el propio escenario, en esa Gran Nave que consigue transmitir la sensación de inmensidad y diversidad inagotable que otras megaestructuras (algunas de ellas mucho más grandes) no son capaces de evocar, y en la singular escala temporal de la narración, que nos hace viajar por siglos y milenios de trabajo, asistiendo a la fundación y desarrollo de toda una civilización. Ofrece, en suma, algo difícil de encontrar en ciencia ficción, y que es un desarrollo novedoso. Sólo eso ya basta, en mi opinión, para perdonarle una ejecución que no sabe mantenerse del todo a la altura.

Robert Reed ha publicado otros tres libros como secuelas directas de “Médula”: “The well of stars” (2004), “The Greatship” (un fix-up de 2013) y “The memory of stars” (2014), todas ellas inéditas en castellano. En 1997, la novela corta “Médula” (que fue la semilla de la novela, aunque su trama difiere considerablemente de ésta) obtuvo una gran recepción, siendo finalista de los premios Hugo y Locus (5ª posición), aunque es un reconocimiento crítico que la serie no ha vuelto a cosechar (salvo por una nominación al Nebula para la novela corta “Katabasis”, de 2012).

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Autoras en Rescepto (una reflexión)

•diciembre 2, 2017 • 2 comentarios

Es un factor al que no suelo prestar la menor atención cuando tengo que decidir qué leer (y reseñar) a continuación, pero quizás por eso mismo me ha entrado curiosidad sobre cuál podría ser el porcentaje de obras de autoría femenina entre las reseñadas en el blog a lo largo de estos once años de actividad.

Resulta que son 65 los títulos en cuestión, sobre un total de 668. Si elimino los de autoría múltiple (22), quedan 65 sobre 643, o poco más del 10%.

Para saber si eso es poco o mucho (en términos relativos, es decir, si existe un sesgo de muestreo), he investigado un poco.

Es difícil encontrar datos objetivos.

Al parecer, un muestreo en librerías de aeropuerto (lo cual implica sin duda un sesgo de algún tipo) por parte de una escritora americana arrojó un porcentaje del 18% de títulos con autoría femenina. Ahí, sin embargo, entran todo tipo de libros, desde novedades a reimpresiones, así que tal vez sea más indicativo el porcentaje de mujeres afiliadas a la SFWA, que constituían el 38% de su censo en 2001 (posiblemente ahora sean más, porque era un porcentaje al alza).

Esto, además, es congruente con una información divulgada hace unos meses por Julie Crisp, editora en Tor Publishing, que proporcionó los porcentajes de hombres y mujeres entre las 503 propuestas de edición recibidas por el sello en medio año. Baste por ahora con señalar que el resultado global es de un 32% de títulos escritos por mujeres frente a un 68% de autoría masculina.

En ese sentido, y sin duda, Rescepto no representaría fielmente la realidad.

Claro que toca hacer un par de matizaciones. Resulta que desglosando los datos de Tor por subgéneros, la participación femenina es desproporcionadamente alta en dos categorías: “Fantasía urbana/romance paranormal” (57%) y “juvenil” (68%), que por inclinaciones personales se encuentran infrarrepresentadas en el blog; así como desproporcionadamente baja en otras como “ciencia ficción” (22% autoras) y “terror” (17%).

Esto, por sí solo, no basta para explicar mis cifras. Lo que tal vez sí lo haga es la vocación histórica del blog. Aunque hoy por hoy las mujeres sean responsables de aproximadamente un tercio de la producción fantástica total, esto no ha sido ni mucho menos así a lo largo de la historia del género fantástico. Con notables excepciones (muy puntuales, como durante el auge de la novela gótica), la autoría femenina en la producción fantástica (sea por los motivos que sea; no es momento ni lugar para analizarlo) ha sido casi, casi residual. Creo que ese 10% refleja bastante bien el porcentaje de participación femenina (en libros propios) a lo largo de los dos últimos siglos.

¿Quiere eso decir que no hay sesgo en Rescepto?

Hum, en realidad creo que sí, que sí que lo hay. En varias ocasiones he buscado específicamente libros de autoras porque me interesaba examinar tal o cual oscura faceta de la producción fantástica (desde la novela gótica original a las utopías feministas de finales del XIX o el feminismo más beligerante de los setenta… llegando hasta el romance paranormal actual), y pese a ello sólo registro un 10% de reseñas de libros de autoría femenina, y entre los autores más reseñados (cinco o más títulos), sólo dos son autoras (Lois McMaster Bujold y Ursula K. Le Guin).

Sospecho que el sesgo podría estar originándose en mi biblioteca, que por motivos económicos se nutre sobre todo de saldos y ediciones viejas, así que cuando no voy buscando activamente algo en particular, lo más probable es que acabe teniendo entre mis manos un libro escrito por un hombre.

Vale, ¿pienso hacer algo al respecto?

Pues quizás os sorprenda, pero no, no creo en ese tipo de acciones. Ya tengo bastante trabajo rellenando huecos en mi conocimiento de la historia de la literatura fantástica como para encima andarme pensando en cuotas. Seguiré más o menos como hasta ahora, interesándome por tal o cual subgénero o período histórico, homenajeando a los fallecidos, completando mis listados de premios fantásticos… y escogiendo por puro azar o capricho algún que otro de los volúmenes que aguardan turno desesperanzados en mi monstruosa Pila.

¿Pero sabéis qué? Incluso así las cosas están cambiando. Este 2017 llevo reseñados 49 libros, y de ellos 14 son de autoría femenina, lo que supone un porcentaje bastante superior al global (de hecho, casi tres veces superior, con un 28,5%). Dudo que vaya a llegar al 38% (o incluso 32%) en un futuro inmediato (de nuevo, el sesgo histórico), pero me da que esos números van a mantenerse (entre otras razones porque, tal y como ponen de manifiesto todos los premios del sector, hoy por hoy, aunque quizás sean unas pocas menos, la producción más de vanguardia está siendo escrita por mujeres; y sí, me gusta analizar el pasado, pero también quisiera mantener un ojo puesto en el futuro).

Tengo muchas ganas de estrenarme con autoras que aún no he leído como Anne McCaffrey o Andre Norton, incursionar de nuevo en el universo de las utopías feministas decimonónicas, descubrir nuevos valores como Claire North, Charlie Jane Anders, Becky Chambers, Nnedi Okorafor o Ada Palmer (y alguna que otra autora española), reincidir en autoras que me fascinaron como Tanith Lee o Francis Stevens y completar la Hugolatría con los títulos que me faltan de Lois McMaster Bujold, N. K. Jemisin y (¡ay!) Connie Willis… pero para ello no quiero renunciar a nada. No quiero que leerlas sea una obligación, sino simplemente parte de mi modesto objetivo global, que es abarcarlo Todo (en fantástico); pasito a pasito; un autor (o autora) por vez.

Volver a empezar

•noviembre 24, 2017 • 2 comentarios

Pocas novelas habrá tan influyentes y al mismo tiempo tan desconocidas como “Volver a empezar” (“Replay”), de Ken Grimwood, publicada en 1987 y ganadora al año siguiente del Premio Mundial de Fantasía. No es que inventara exactamente el concepto del bucle temporal en el que se encuentra atrapado el protagonista (esa distinción corresponde al cuento “12:01”, publicado por Richard A. Lupoff en 1973), pero sí que fue la obra que lo popularizó, aunque al contrario que con “12:01” (una hora) o con la posterior “El día de la marmota” (un día; y sí, ya sé que algún lumbreras la tituló por estos lares “Atrapado en el tiempo”), la repetición es más extensa (hasta veinticinco años) y compleja.

En esencia, “Volver a empezar” es la historia de Jeff Winston a partir de su primera muerte, acaecida en 1988 de un ataque al corazón. Lo siguiente que percibe es que ha despertado en su antiguo cuarto universitario, y algo después comprueba asombrado que no sólo es el año 1963, sino que vuelve a tener dieciocho años, aunque conservando los recuerdos de toda una vida en la que se decantó por el periodismo radiofónico.

La nueva vida de Jeff empieza pronto a divergir de la antigua, pues utiliza su conocimiento anticipado del futuro para hacerse rico con una serie de improbables apuestas deportivas e inversiones financieras. A la postre, sin embargo, y pese a que pone todo su empeño en cuidarse, el fatídico año 1988 vuelve a sufrir un infarto… que lo devuelve a 1963, con todos los logros y fracasos de sus dos primeras vidas eliminados como si nunca hubieran acontecido.

Hasta aquí era relativamente fácil escribir esta reseña. Seguir detallando la sucesivas vidas de Jeffrey Winston serie, sin embargo, contraproducente, porque lo ideal es viajar con él de una a otra, de un estado de ánimo al siguiente, de una teoría a su sucesora… Baste con apuntar dos detalles: que las repeticiones no abarcan exactamente el mismo lapso, sino que éste parece ir acortándose en progresión geométrica, y que llega un momento en que descubre que no se encuentra solo, atrado en ese curioso fenómeno, sino que al menos otra mujer lo acompaña en sus sucesivos replays, lo únicos seres humanos conscientes de hallarse embarcados en un bucle causal, en el que únicamente sus acciones poseen la virtud de marcar una diferencia (sea ésta insignificante o profunda) en el cíclico fluir del tiempo.

Vale, indudablemente la sobreexplotación del concepto en los últimos veinticinco años ha hecho mucho por reducir el impacto de la novela, pero curiosamente, pese a ser de los primeros ejemplos de su categoría, resultar ser también de los más originales. La longitud de la repetición basta de hecho para separarla de la mayor parte de esas ficciones que por imperativos audiovisuales se circunscriben a unas pocas horas. Así, no importa tanto la anécdota de tal o cual acción repetida una y otra vez (aunque algo de ello hay, sobre todo al principio del ciclo), como el impacto global de media vida enfocada a propósitos divergentes y sustentada en valores igualmente cambientes.

El lapso menguante introduce además una variación interesante sobre el modelo que se popularizó con posterioridad. Implica que nada de lo que haga Jeff acabará teniendo importancia, ya que será cancelado con su inevitable muerte y su próxima vida tal vez empiece pasado el punto de cambio. No hay pues un objetivo de máxima idoneidad que cumplir. Cualquier progresión moral se circunscribe a lo único que permanece: los recuerdos de las sucesivas vidas. No hay bien, no hay mal que perdure. Tan sólo una vida fragmentada en busca de un sentido.

Así, de forma paradójica, el mensaje que emerge de entre la multiplicidad de vidas de Jeff (con su mujer, emparejado con su novia de la universidad, con una rica heredera, entregado al desenfreno, con hijos, con hijos adoptados, solitario, escritor, diletante, campesino…) es la noción de la fugacidad del tiempo, de la irreversibilidad de las elecciones. “Volver a empezar”se erige en un llamamiento a afrontar la vida con plena consciencia de que las oportunidades se presentan una vez y luego se pierden para siempre, que sólo no es dado recorrer uno de los infinitos caminos que se abren ante nosotros y que por tanto debemos procurar que esa potencialidad se concrete del mejor modo posible (y de igual modo a mirar siempre hacia el futuro, sin dejarnos lastrar por lo que pudo ser y no fue).

De acuerdo, Ken Grimwood hace un poco de trampa, dejando solucionado de buenas a primeras un condicionante para el desarrollo del potencial tan crucial como es el desahogo económico (aunque se preocupa de dejar claro que el dinero por sí solo no basta). Aun así, su renuncia a la búsqueda de un óptimo es ejemplar. Elimina de la ecuación cualquier posible beneficio aparte de la iluminación interior. Si algo saca Jeff de toda la experiencia es aceptación, y quizás el convencimiento de que nunca es tarde para cambiar de rumbo (de nuevo, dos conceptos aparentemente antitéticos, que al examinarlos de cerca se revelan como estrechamente ligados en la errónea concepción del pasado como un condicionante insoslayable del futuro).

Ken Grimwood murió precisamente de un ataque al corazón en 2003, a los cincuenta y nueve años, mientras se encontraban escribiendo una secuela de “Volver a empezar”… veinticinco años en el futuro de ese 1988 en el que mandó a sus personajes veinticinco años hacia el pasado.

Aparte del World Fantasy Award, “Volver a empezar” fue también finalista de Arthur C. Clarke, en una edición que ganó la magnífica “Las torres del olvido“, de George Turner.

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