Sizigias y cuadraturas lunares

•abril 6, 2017 • Dejar un comentario

Sobre el año 1773 Manuel Antonio de Rivas, un fraile franciscano de Mérida, en el virreinato de Nueva España, fue denunciado ante la inquisición por un grupo de religiosos, que al parecer habían sido denunciados por aquél, a través de un pasquín anónimo escrito en yucateco, de pecadores lúbricos, incapacitados por sus actos libidinosos para impartir los sacramentos (en términos mucho más directos y gráficos). Esta circunstancia, junto con la meticulosidad procesal que caracterizó al Santo Oficio, nos ha permitido conservar la que se considera la primera historia de ciencia ficción escrita en el continente americano, aportada como prueba de sus ideas heréticas.

El cuaderno, escrito posiblemente bajo confinamiento mientras preparaba un almanaque astronómico para 1775 (y por tanto redactado en 1774), llevaba por título “Sizigias y cuadraturas lunares ajustadas al meridiano de Mérida de Yucatán por un anctítona o habitador de la Luna y dirigidas al Bachiller Don Ambrosio de Echeverría, entonador que ha sido de kyries funerales en la parroquia del Jesús de dicha ciudad y al presente profesor de logarítmica en el pueblo de Mama de la península de Yucatán; para el año del Señor 1775”.

En él se nos relata cómo los anctítonas (selenitas) reciben por medios que no se precisan una misiva de un atisbador de la Luna en la península del Yucatán, haciéndoles partícipes de sus observaciones, y cómo éstos deciden corresponder a tal gentileza organizando un gran congreso que recopilara sus propias observaciones de la Tierra para hacerle llegar las conclusiones. En eso están cuando a la Luna llega un caballero francés, monsieur Onésimo Dutalón, a bordo de un vehículo de su invención.

Tras dar cuenta de sus experiencias (y experimentos durante el viaje por el éter) y departir sobre cronologías (los habitadores de la Luna cuentan sus años desde el episodio en que Faetón abrasó los planetas, 7.914.252 años atrás), Dutalón se propone circunvalar el globo lunar cuando irrumpe en la reunión un batallón de demonios que está conduciendo el alma de un materialista al infierno del interior del Sol, porque Lucifer no está dispuesta a que le revolucione el infierno del centro de la Tierra (anécdota que se convertiría en una de las bases de la acusación). Partido Dutalón y partidos los demonios, la historia prosigue narrando las observaciónes de los anctítonas, que determinan que a la latitud de Mérida la Tierra rota a razón de cuatro leguas por minuto, de lo que coligen que, sometidos a tan vertiginoso vaivén, no es de extrañar que los habitantes de Mérida sean proclives a todos los vicios (segundo motivo de denuncia, pues tal influencia perniciosa negaría el libre albedrío).

Regresado Dutalón de su periplo lunar, los anctítonas le encargan la tarea de entregar la misiva redactada al bachiller Ambrosio Echeverría (ante la imposibilidad de identificar al anónimo atisbador), y el francés parte, con la promesa de regresar a la Luna, quizás acompañado del propio Echeverría.

Como se puede apreciar, es una obra claramente inspirada en toda la proto ciencia ficción que imaginaba viajes a nuestro satélite, empezando por la “Historia verdadera” de Luciano de Samosata. Dentro de la tradición de los viajes fantásticos, era un tipo de ficción ya bien consolidado, con obras como “Somnium” de Johannes Kepler (1634), “El hombre en la Luna” de Francis Goodwin (1638), “Historia cómica de los estados e imperios de la Luna” de Cyrano de Bergerac (1657) o “Micromegas” de Voltaire (1752), así como textos filosóficos del tipo de “El descubrimiento del mundo en la Luna” de John Wilkins (1638), “Conversaciones acerca de la pluralidad de los mundos” de Bernard le Bovier de Fontenelle (1686) o “Iter lunare” de David Russen (un ensayo sobre la obra de Bergerac, publicado en 1703). El primer viaje a la Luna en español es obra de Diego Torres de Villarroel, quien escribió en 1724 “Viaje fantástico del Gran Piscator de Salamanca. Jornadas por uno y otro mundo, descubrimiento de sus substancias, generaciones y producciones. Ciencia, juycio y congetura de el eclypse de el día 22 de mayo de este presente año de 1724 (de el qual han escrito los Astrólogos del Norte), etc., por su autor, el bachiller Don Diego de Torres, Profesor de Filosofía y Matemáticas, substituto a la cátedra de Astronomía de Salamanca” (aunque mucho antes, en 1532, ya la había alcanzando en latín el clérigo Juan de Maldonado en su propio “Somnium”).

En ese sentido, y dada su corta extensión y su relativamente tardía fecha de redacción, no se puede decir que aporte nada demasiado de novedoso al campo. Ahí entra, sin embargo, la documentación adyacente a la obra en sí. Nos encontramos primero con el texto de la acusación, que recalca las supuestas herejías en que incurre (signado por Fray Francisco Larrea y Fray Nicolás Troncoso). El fiscal inquisidor, sin embargo, no queda satisfecho y encarga una nueva valoración a un tal Diego Marín de Moya, que desarrolla una brillante defensa fundamentada en dos puntos.

El primero, que de acuerdo con la teoría heliocéntrica de Copérnico el Sol puede considerarse que se encuentra en una posición inferior con respecto a la Tierra, lo que es congruente con las ubicaciones relativas que les asignan las escrituras. Más relevante es la segunda parte de su argumentación, que califica el relato como un apólogo, es decir, una fábula moral, que hace uso de la fantasía y de la exageración con el propósito de transmitir no una verdad literal, sino un concepto metafórico (en este caso, que el libertinaje campaba a sus anchas entre determinados sectores de la alta jerarquía social y eclesiástica de Mérida).

Tal vez se trate, ni más ni menos, que del primer análisis sobre los objetivos y mecanismos de la ciencia ficción como literatura referencial.

Se desconoce el resultado del proceso en su conjunto, así como el destino de Manuel Antonio de Rivas, aunque sí se sabe que en 1777 se desestimaron por completo las acusaciones de herejía a raíz del contenido de “Sizigias y cuadraturas lunares” (por la documentación, da la impresión de que los inquisidores se olieron enseguida de qué iba de verdad todo aquello). El texto fue pasando de archivo en archivo hasta que fue redescubierto en 1958, alcanzando pronto el estatus de obra fundacional de la ciencia ficción mexicana.

La edición en que me he basado para la elaboración de esta reseña parte de un estudio de Carolina Depetris y Adrián Curiel Rivera para la Universidad Nacional Autónoma de México en 2009, que podéis descargar en PDF desde este enlace (incluye la transcripción completa de “Sizigias y cuadraturas lunares”).

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La torre encantada

•marzo 30, 2017 • 6 comentarios

En 1968 L. Sprague de Camp se hallaba embarcado en su mayor proyecto, la recopilación, sistematización y ampliación de la saga de Conan, de Robert E. Howard, para Lancer. Ello implicaba, a su entender, cierto grado de reescritura (tanto para cuentos incompletos como adaptando otros que originalmente nada tenían que ver con el bárbaro cimmerio), tarea que compartió con su colega Lin Carter.

El caso es que el estilo ultraserio de Howard no terminaba de encajar con la evolución de la espada y brujería posterior a él, ejemplificada por las aventuras de Fafhrd y el Ratonero Gris de Fritz Leiber. Pese a que el Conan de Carter y de Camp es, tanto en tono como en sustrato, mucho menos sombrío, en aras de conservar cierta coherencia necesitaba replicar en lo posible el enfoque primitivista… lo que no terminaba de cuadrar con las inclinaciones ni la filosofía de de Camp (algo que afectó en diverso grado a sus “colaboraciones” póstumas con Howard). Quizás por lo antedicho, Sprague de Camp publicó durante este mismo período una trilogía de fantasía heroica mucho más ligera, la del Rey Reluctante a la que dio inicio en 1968 con “La torre encantada” (“The goblin tower”).

En muchos sentidos, la historia de Jorian de Kortoli es una parodia de la de Conan. En vez de ser un aventurero que, al cabo de incontables peripecias, acaba conquistando un trono, en “La torre encantada” tenemos un rey que escapa de sus deberes (estos deberes incluyen el ser decapitado a los cinco años de mandato para ser sustituido por otro monarca) para lanzarse a una vida errante. Es más en contraposición con la aversión bárbara hacia la magia, Jorian se ve involucrado de buenas a primeras en una misión esotérica, forzado a robar unos antiguos pergaminos místicos para pagar la ayuda recibida en su fuga.

Así pues, en compañía del despistado doctor Karadur (un mago al que prácticamente no le sale bien un solo hechizo en toda la novela), se embarca en una gesta (fuertemente episódica) que le lleva a visitar distintos estados, cada uno con una forma de gobierno (desde repúblicas democráticas a teocracias, pasando por soluciones más creativas, como la de Xylar de la que huye Jorian). Entre aventura y aventura, además, se nos narran numerosos cuentos más o menos cómicos sobre el pasado de las doce ciudades-estado de Novaria, que ayudan a conferir cierta consistencia interna a un mundo desesperadamente necesitado de ella.

Esto es así porque lo último que le preocupa a de Camp es esforzarse en crear una ambientación coherente. Es más, se recrea en los anacronismos, recurriendo tan pronto a imitar la antigüedad tardía como avanzando hasta tan lejos como el Renacimiento a la búsqueda de referentes para sus sociedades. Lo que predomina es el entretenimiento. El problema surge cuando ello implica una ligereza tan, tan grande que por momentos la aventura de Jorian deviene en insustancial. Si a ello le sumamos cierto grado de seudoerotismo ya no juvenil, sino casi, casi infantil, queda claro a quién iba dirigida la novela (da hasta un poco de vergüenza ajena imaginar a un de Camp ya sesentón escribiendo sus historias para un grupo de marginados a los que, evidentemente, no les había acabado de llegar la onda contracultural hippie).

El caso es que en la propia novela el autor parodia esas mismas inclinaciones de las que se está aprovechando tan descaradamente, mostrando en los capítulos finales una convención de magos que más bien parece una Worldcon en toda regla (sin faltar conferencias soporíferas, concursos de disfrazes e incluso “guerras fandomitas”).

Pese a ocasionales destellos de originalidad (como su tratamiento de los dioses o su recurrente sátira política), “La torre encantada” no termina de encontrar un registro interesante. Se toma demasiado a broma para que la acción sea interesante, y demasiado en serio para que la sátira llegue a ser realmente punzante. Si a eso le añadimos que de Camp no era precisamente un gran estilista… En fin, resulta complicado recomendar algo así hoy en día, y su único interés (limitado) es histórico.

Una década más tarde, Piers Anthony acertaría mucho más con su planteamiento de la fantasía cómica en la serie de Xanth (que se inició con “Un hechizo para Camaleón“). La intencionalidad es exactamente la misma (al igual que el público objetivo y los trucos escogidos para atraerlo), pero el resultado final es mucho más interesante. Todo ello acabó evolucionando, por supuesto, hasta la serie de Mundodisco de Terry Pratchett, que como baremo de comparación hace resaltar aún más las deficiencias y la falta de enfoque de la novela de Sprague de Camp.

Como comentaba, “La torre encantada” se convirtió en la primera novela de la trilogía del Rey Reluctante, que prosiguió con las aventuras de Jorian en las novelas “Los relojes de Iraz” (1971) y “El rey que perdió su cabeza” (1983). Todo ello se inscribió además en una serie mayor, la de Novaria, que incluyó también dos novelas independientes, “The fallible fiend” (1973) y “The honorable barbarian” (1989), así como un relato largo, “”The emperor’s fan” (1973). Existe también al parecer una sexta novela, que llevaría por título “The sedulous sprite” y que nunca llegó a publicarse (aparentemente, debido a su baja calidad… lo cual, habida cuenta de su predecesora, plantea niveles realmente abisales).

Como curiosidad, quisiera señalar cómo al menos una de las escenas menores de la novela acabó siendo reciclada tres años después para la muy superior “Conan el bucanero” (firmada por Sprague de Camp y Lin Carter), lo cual demuestra que ni el propio autor se tomaba muy en serio las aventuras de Jorian de Kortoli (anteriormente, rey de Xylar).

Otras opiniones (de la trilogía completa del Rey Reluctante):

The fifth season (La quinta estación)

•marzo 27, 2017 • 3 comentarios

La última década no ha sido precisamente el período más brillante de los premios Hugo. Junto con el troleo de los sad/rabid puppies (que, pese al revuelo causado, en novela sólo ha logrado colar cuatro finalistas en los tres últimos años), se da la circunstancia de que los ganadores recientes no son precisamente de los que se espera que vayan a erigirse en hitos significativos en la historia del género fantástico. El que esto se deba a deficiencias en el proceso selectivo o a una producción en general decepcionante está abierto a debate (que no iniciaré aquí y ahora), lo cierto es que hacía tiempo (desde “Al final del arco iris“) que no me entusiasmaba un premio Hugo (o Nebula, ya que estamos). “The fifth season”, de N.K. Jemisin, ha logrado romper la estadística.

Vengo siguiendo con interés la carrera de Jemisin desde que tuve ocasión de leer su primera novela, “Los cien mil reinos“. Aunque era un título “ligero”, con unos orígenes juveniles de los que no se había podido desembarazar del todo, mostraba detalles que apuntaban a una evolución de la fantasía épica, más allá de lo que podría denominar el modelo de crisis de Brandon Sanderson o Joe Abercrombie (con historias de sociedades abocadas a un cambio catastrófico y cuestionamiento del típico Camino del Héroe).

Si algo ha quedado patente durante estos últimos años es que la ciencia ficción no está sabiendo responder al desafío de plasmar los retos, miedos y esperanzas de nuestro presente. Era cuestión de tiempo que la fantasía tomara el relevo, y del mismo modo que en los ochenta encontramos multitud de novelas de ciencia ficción disfrazadas con ropajes fantásticos (fue la solución que encontraron para seguir en la brecha autores de ciencia ficción con unos fudamentos más bien soft cuando el hard se puso de nuevo de moda), hemos empezado a encontrar historias de fantasía que se pliegan a los requerimientos más estrictos de worldbuilding de la ciencia ficción. Esto, que en Brandon Sanderson, por ejemplo, proporciona tan sólo verosimilitud (véase la serie de “Nacidos de la bruma), poseía el potencial de ir mucho más allá, de contribuir a dotar de mayor peso referencial a la obra. Llega el 2015 y Jemisin da inicio a la serie de Tierra Rota con “The fifth season”.

El escenario es fundamental. Nos encontramos con un mundo (que podría o no ser nuestra Tierra) en el que toda la masa emergida conocida se encuentra unida en un único supercontinente, la Quietud, sometido a terribles tensiones tectónicas que desencadenan periódicos eventos catastróficos (conocidos por los sufridos habitantes del mundo como “quintas temporadas”). En su conjunto, es un escenario equiparable al de una Gran Extinción (más específicamente, a la del Pérmico-Triásico, también conocida como la Gran Mortandad, cuando desaparecieron el 95% de las especies marinas y el 70% de los vertebrados terrestres).

Cualquier especie que aspire a la supervivencia debe adaptarse, y los seres humanos han desarrollado una doctrina conocida como stonelore (algo así como “la sabiduria de la piedra”), elaborada por el sistema del ensayo-error, que marca una serie de pautas para sobrevivir a una quinta estación. Durante los últimos dos mil años, además, hay una organización política, el Antiguo Imperio Sanze, que ha logrado sobrevivir a cinco episodios catastróficos (cuando lo habitual es que la supervivencia quede restringida al nivel de la comunidad).

Existe otra adaptación particular en los seres humanos. Un pequeñísimo porcentaje de la población ha adquirido la capacidad de manipular con la mente la energía sísmica (o la térmica) para aquietar o estimular temblores y actuar sobre la roca. Son los orogenes, despectivamente tildados de roggas (o “rogatas”, que creo que sería la traducción más apropiada), temidos y perseguidos por quienes tan sólo poseen cierto grado de sensibilidad a los movimientos sísmicos y, al mismo tiempo, pieza clave del éxito sin precedentes del imperio Sanzed, que monopoliza su control a través de una organización conocida como el Fulcro (mientras los mantiene bajo control mediante la casta de los guardianes).

Contra este fondo, la trama de la novela se centra en tres historias (cuya relación no revelaré, aunque no tarda mucho en hacerse obvia), protagonizadas por tres mujeres. Está Essun, una orogén que un día, al regresar a su casa, descubre que su marido ha matado al hijo en común y ha raptado a la hija, ambos herederos del don (o maldición) de su madre. Esto coincide con el inicio de una quinta estación (por la activación de un rift), lo que dificulta si cabe más la búsqueda que emprende de su hija, a través de un mundo que va endureciéndose y enquistándose para intentar burlar una vez más a la extinción.

También está Damaya, una niña cuya comunidad acaba de descubrir que es una rogga. Por suerte para ella, en ese momento hay un guardian cerca, que al ser llamado se hace cargo de ella y la conduce al Fulcro, para recibir entrenamiento (una formación que incluye mucho dolor y mucho autocontrol). Por último, nos encontramos con Sienita, una orogen de cuatro anillos (o cuarto grado), a la que el Fulcro encarga la misión de limpiar de formaciones coralinas la entrada al puerto de una próspera comunidad costera, bajo la supervisión de Alabastro, un extraño orogen de diez anillos. Las tres historias se desarrollan mostrándonos las peculiaridades, sobre todo sociales, de ese mundo, centrándose sobre todo en la difícil posición de los orogenes, temidos y despreciados a partes iguales… salvo cuando se hace necesario su concurso.

No resulta difícil percibir las sublecturas raciales, aunque si de algo no se puede acusar a “The fifth season” es de caer en obviedades. De hecho, la cuestión racial en sí misma resultaba irrelevante, pues el tono de la piel responde a cuestiones principalmente latitudinales. En todo caso, la novela desafía los modelos tradicionales otorgando el predominio político a los sanze, una raza ecuatorial de piel moderadamente oscura y presentando personajes de fenotipos variados, sin que ello tenga verdadera relevancia. Lo auténticamente distintivo, la diferencia fundamental, se encuentra en la capacidad de controlar las energías sísmicas, y así los orogenes se encuentran en una posición de injusta subordinación (que no exactamente esclavitud), presos de un sistema político y social rígido, validado por la ley del superviviente.

De igual modo, la novela desafía los estereotipos de género, sin necesidad de confrontarlos directamente, sino limitándose a obviarlos. La ley suprema durante una quinta estación es la supervivencia, y es la utilidad para la comunidad lo que determina el valor individual de cada sujeto, independientemente de su sexo.

Si al escenario fascinante y la densidad referencial le unimos una trama que no deja de introducir nuevos elementos (como los obeliscos y otros remanentes de las viejas civilizaciones muertas), nos encontramos con una novela que en todo momento está ofreciendo algo nuevo al lector, al tiempo que va desarrollando su tesis sin necesidad de imponerla. Básicamente, “La quinta estación” nos enfrenta al fin del mundo, al tiempo que plantea la duda de hasta qué punto eso es algo tan terrible si se trata de un mundo imperfecto. Rupturismo (literal) frente a estancamiento, sin necesidad de suavizar las cosas o recurrir, como tan a menudo pasa, a una visión ingenua del mundo y del ser humano.

No todo es perfecto. Algunas de las decisiones estilísticas (como narrar en segunda persona uno de los arcos) no tienen demasiado sentido, las conexiones entre las distintas tramas se presentan de forma excesivamente bruca y “La quinta estación” es claramente parte de un todo mayor (de hecho, tan sólo constituye una introducción). En otras palabras, la novela carece de auténtica entidad individual y no llega a cerrar prácticamente ninguno de los desarrollos que plantea. Esto ha pesado en ocasiones contra series en los premios, y yo mismo no suelo ser muy amigo de destacar obras incompletas, pero a todos los demás niveles constituye un logro demasiado significativo para ignorarlo.

Frente a la vacuidad inofensiva de “Redshirts” o la vacuidad pretenciosa de “Justicia auxiliar“, “The fifth season” constituye un retorno a los premios con calado, de esos de los que no basta una crítica breve como ésta para examinar todas sus claves. Confirma, además, que hay una nueva vanguardia en fantasía, y que ésta empieza a ser reconocida y, de paso, constituye una evidencia más de que en estos momentos nuestras inquietudes encuentran mejor reflejo en los escenarios fantásticos (aunque sea tomando prestados un par de trucos de la ciencia ficción).

“The fifth season” fue también finalista a los premios Nebula, World Fantasy y Locus de Fantasía. La trilogía de Tierra Rota se completa con “The obelisk gate” (2016) y “The stone sky” (2017). Entre el resto de nominados al Hugo se contaron “Un cuento oscuro” de Naomi Novik (premios Locus, Nebula y Mythopoeic), “Ancillary mercy” de Ann Leckie (premio Locus) y “Seveneves” de Neal Stephenson.

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Redshirts

•marzo 20, 2017 • Dejar un comentario

En 2008 John Scalzi ganó el premio Hugo a mejor escritor aficionado (por su blog). Lo cual tiene sentido, porque Scalzi es, ante todo, un aficionado que escribe ciencia ficción. Buena parte de su obra, de hecho, puede asimilarse a fan fiction (un fan fiction notablemente bien escrito), ya sea del militarismo heinleiniano (“La vieja guardia“), ya de los pequeños peludos de H. Beam Piper (“El visitante inesperado”). Resulta, por tanto, lógico que su primer Hugo de novela le llegara por lo que en esencia es fan fiction trekkie con un pequeño giro metaficticio: “Redshirts” (2012).

La novela se centra en todos esos personajes secundarios de las series de space opera televisiva que están ahí para hacer lo que a los protagonistas les está vedado, básicamente morir. Pura carne de cañón, de la que apenas llegamos a conocer, si eso, sus nombres, antes de convertirse en diana para prácticas de tiro alienígenas, pienso para monstruos mutantes o bajas colaterales de atentados mal ejecutados. Claro que la tripulación prescindible de la nave insignia de la Unión Universal, el Intrépido, no es tonta, y algo ha empezado a olerse, de modo que las misiones en descubierta que incluyen a uno o más de los oficiales del puente son temidas (y evitadas en la medida de lo posible) como la peste.

Ésa es la realidad con la que tropieza de bruces una nueva remesa de alféreces, incluyendo a Andrew Dahl, reciente su salida un tanto forzada de un seminario extraterrestre. Pronto descubre que el departamento de xenobiología de la Intrépido trabaja de un modo un tanto peculiar (con una caja negra que se encarga de resolver misteriosamente los encargos imposibles), e incluso llega a sobrevivir a un par de misiones (que se cobran, sin embargo, su buena cuota sacrificial de “camisas rojas”). El grupo de amigos llega pronto a la conclusión de que si quieren sobrevivir a su enrolamiento en la nave maldita deberán descubrir a qué se debe toda esa fenomenología estadísticamente improbable, y la mejor teoría para explicarla la tiene el ermitaño Jenkins.

Según su desquiciada hipótesis, las tribulaciones de los astronautas del Intrépido se deben a que sus aventuras, al menos cuando los oficiales de puente están presentes, vienen dictadas por una narrativa externa, la de un progama de televisión de principios del siglo XXI, cuyos guiones, además, no son particularmente buenos. Se impone pues una misión extraoficial, al más puro estilo “Star Trek IV”, para intentar advertir a los responsables de la serie de que su frivolidad está costando vidas.

Eso es en esencia “Redshirts”. Algo así como la rebelión de los prescindibles, con un mirada irónica hacia la mala ciencia ficción (y más que mala, perezosa, renuente a realizar el esfuerzo de aplicar buena ciencia y no recurrir a trucos facilones para crear tensión). Por supuesto, cierta familiaridad con el material satirizado es recomendable, aunque no imprescindible (de hecho, el humor funciona mejor cuando no se apoya en la identificación directa, sino más bien en los arquetipos comunes a lo que no deja de ser entretenimiento pulp sin pretensiones).

Scalzi es ingenioso, y puede llegar a ser muy divertido cuando se lo propone, así que hay varios momentos en “Redshirts” que invitan ya no sólo a la sonrisa, sino incluso a la carcajada (contenida, tampoco es cosa de desencajar la mandíbula). Más problemas tiene cuando trata de dotar de un poco de sustancia a su ficción, y la novela que nos ocupa no es ninguna excepción al respecto. Una vez planteado el escenario, no hay mucho donde rascar, y lo cierto es que el juego metaficticio que plantea ya ha sido jugado por otros creadores con mucha más agudeza.

Su incapacidad para integrar cuestiones de mayor calado en la historia viene ejemplificada en la necesidad de adjuntar tres “codas” a la (breve) novela, que expanden la exploración de la interacción entre relidad y ficción y otorgan a tres personajes secundarios (cuando menos) la posibilidad de ascender de categoría a protagonista central (con lo que, de algún modo, muestra que basta con centrar el foco de atención sobre el personaje más insignificante para dotar de historia y profundidad a quien en la periferia no pasa de ser mero atrezzo glorificado.

“Redshirts” no es en modo alguno una mala novela. Se lee en un suspiro, y casi siempre con una sonrisa en los labios. La prosa de Scalzi es sencilla pero muy ágil, ideal para narrar aventuras sin pretensiones. Eso sí, a la postre el conjunto resulta un ejercicio metaficticio un tanto hueco, resuelto del modo más directo posible (con alguna que otra trampa literalmente narrativa). Predica, además, a los conversos, porque en general hace tiempo que la ciencia ficción que parodia dejó paso a tramas y enfoques más elaborados, con lo que la sátira pierde bastante mordiente, y queda reducida más bien a la categoría de broma nostálgica bientencionada.

¿Basta eso para justificar un premio Hugo? Supongo que dependerá del año (y 2012 no estuvo plagado precisamente de obras maestras). El resto de candidatos al Hugo incluyen la divisiva “2312” de Kim Stanley Robinson (ganadora del Nebula), la tercera parte de una serie postapocalíptica zombi (“Blackout”, de Mira Grant), una de las entregas menos aclamadas de las serie de Miles Vorkosigan de Lois McMaster Bujold (“Captain Vorpatril’s alliance”) y el debut de Saladin Ahmed con una novela de fantasía orientalista, “El trono de la luna creciente”.

¿No había ciencia ficción de mayor calado? Pues sí (el regreso de David Brin a la ficción con “Existence”, por ejemplo, o el último libro de la Cultura de Banks, “The hydrogen sonata”). Incluso me atrevería a apostar por Jemisin en “The killing moon” como ejemplo de la nueva fantasía rica en sublecturas que se alcanzó por fin reconocimiento el año pasado con el Hugo para “La quinta estación”.

¿Qué ocurrió entonces? Mi teoría es que “Redshirts” ofreció justo lo que el público estaba pidiendo. Nada de complicaciones o ramificaciones filosóficas. Pura y simple evasión. El futuro asusta y el presente disgusta, pero mirar hacia el pasado, y más si es con un filtro humorístico, es cómodo y seguro (y la nostalgia ayuda a disimular la vacuidad). Si, de paso, se puede premiar a un autor al que algo se le debía por la desastrosa elección de 2006 (que premió a la fallida “Spin” por delante de la que posiblemente sea la novela de ciencia ficción más popular de su década, “La vieja guardia”), pues mejor que mejor, y lo mismo debieron pensar los votantes del Locus, que también le concedieron el de ciencia ficción (la pena es que Scalzi lleva años publicando novelas mucho mejores a ese respecto, sólo que no se encontraron en la conyuntura apropiada).

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Ancillary justice (Justicia auxiliar)

•marzo 13, 2017 • 5 comentarios

En 2014, durante los primeros coletazos de la controversia de los sad puppies (empezó en realidad en 2013, pero de forma muy contenida), a un año todavía de que el asunto escalara de verdad hasta extremos deplorables, el premio Hugo fue para la debutante Ann Leckie con “Justicia auxiliar” (“Ancillary justice”). Es improbable que lo antedicho influyera en exceso en el resultado, y de todas formas conquistó también los premios Nebula, Arthur C. Clarke, BSFA y Locus de primera novela, convirtiéndose así en uno de los títulos más galardonados de la historia… lo cual es, para mí, todo un misterio.

Vaya una declaración por delante: he tardado más de dos semanas en terminar un libro que tampoco es tan extenso. De hecho, es posible que la única razón por la que me he arrastrado hasta el final haya sido por no dejar huérfana la Hugolatría. No sé qué vieron en ella los sucesivos votantes. Desde mi perspectiva, es una obra inmadura, aburrida y, sobre todo, anticuada; el tipo de “space opera” que hubiera podido esperar de hace treinta o cuarenta años. Que haya alcanzado tal grado de reconocimiento es para mí un misterio (si bien es cierto que la competencia no parece haber sido estelar). Quizás sin la expectativa que depositan sobre una obra los galardones mi juicio hubiera sido más indulgente… aunque lo más probable es que para empezar jamás hubiera llegado a leerla.

“Justicia auxiliar” se nos narra desde la(s) perspectiva(s) de Breq, una auxiliar (prolongación semiautónoma de la inteligencia central, tomando posesión de un cuerpo humano) de la nave de guerra Justicia de Toren. Durante buena parte de la novela, la trama se divide en dos líneas temporales. Por un lado tenemos a Breq en Nilt, un planeta apartado y gélido, a la búsqueda de un arma que le permita ejecutar su venganza, y por otro se nos narran los acontecimientos que veinte años antes la motivaron, incluyendo la destrucción del resto de la nave justo después de la (literalmente) última anexión del imperio radchaai en Shis’urna. Casualmente, Breq tropieza en Nilt con la capitana Seivarden, que se ha pasado los últimos mil años en animación suspendida e, incapaz de afrontar el shock cultural, se ha refugiado en la drogadicción, estableciendo con ella la relación personal (ambigua) más duradera desde la muerte de la teniente Awn cuando la destrucción de Justicia de Torens (la nave).

Al cabo de muchas páginas, nos enteramos de que el objetivo de Breq es Anaander Mianaii, el Lord del Radch, objetivo que se ve complicado por el detalle de que el tirano no posee un único cuerpo, sino miles, tal vez incluso decenas de miles de cuerpo clónicos que comparten una misma mente y toman en sus propias manos el gobierno de los más alejados puntos del imperio, un imperio que ha estado en continua expansión durante dos o tres milenios, transformando por la fuerza a extranjeros (bárbaros) en ciudadanos (civilizados) y extendiendo un sistema clientelar sostenido en gran medida por el sistema de auxiliares (con los cuerpos “requisados” a los planetas vencidos). Básicamente, tenemos un imperio romano interestelar (lo cual no deja de ser algo bastante ramplón), cuya expansión se ha visto detenida en seco por una poderosa raza alienígena.

No voy a añadir mucho más sobre la trama. Nos encontramos con el primer tomo de lo que en principio es una trilogía (aunque posiblemente tras ella vendrán nuevos arcos argumentales organizados también en tríadas, a imagen y semajanza del modelo de Ann Leckie, la saga del Extrajero de C. J. Cherryh), que narra el desarrollo de una importante crisis en el Radch (cuyos detalles me reservo, pero que tienen que ver directamente con Anaander Mianaii y la futura organización del imperio). En realidad, la trama es bastante simple, con pocas sorpresas y prácticamente sin acción hasta el mismísimo final. Lo relevante, al parecer, se encuentra en ciertas decisiones estilísticas.

La más llamativa de ellas consiste en la elección “arbitraria” del género femenino para hacer referencia a todos los personajes, independientemente de su sexo (que no suele especificarse nunca). Todo ello parte de la idea de que en idioma radchaai no existe diferenciación, porque su propia cultura se fundamenta no ya en la igualdad, sino directamente en el no reconocimiento de la existencia de diferencias entre sexos.

Vale, no tiene mucho sentido (sobre todo negando la existencia de los caracteres sexuales secundarios y achacando toda capacidad de discriminación entre hombres y mujeres a cuestiones puramente culturales), pero aceptémoslo. El problema que me surge es que a) la idea no obedece a ningún propósito discernible (es decir, no se explora cómo se ha llegado a tal situación, ni que implicaciones tiene más allá de lo anecdótico, ni busca indagar en los roles sexuales más allá de la intención de resultar mínimamente chocante) y b) está mal implementada.

“Justicia auxiliar” hace gala de un artificio de traducción. Aunque leemos la novela en un idioma con diferenciación entre géneros, supuestamente Breq articula sus ideas en radchaai… y Ann Leckie es incapaz de transmitir ese matiz a través del mero lenguaje, por lo que tiene que recurrir una y otra vez a contarnos explícitamente lo que supuestamente deberíamos inferir. Para terminar de echar a perder la idea, no es siquiera capaz de atenerse a sus propias reglas, y vulnera al menos en dos ocasiones muy significativas su regla supuestamente arbitraria de optar siempre por la forma femenina: para empezar, los radchaai no tiene diosas, sino dioses (lo que le permite, por ejemplo, hablar de un dios con tetas), y más crucial aún, Anaander Mianaii no es la Lady (o Dama) del Radch, sino la Lord del Radch. Escoger un título eminentemente masculino para su dictador rompe por completo con las reglas del artificio de traducción (pese a que en inglés moderno es un título aplicable en circunstancias muy especiales a gobernantes femeninos, su origen es claramente masculino, por lo que jamás sería la primera opción de traducción desde un idioma que no reconoce distinciones de género si hemos optado por expresarlo todo en las formas femeninas).

La segunda alabanza al estilo viene de la supuesta capacidad de plasmar la multiplicidad de vistas de una astronave del Radch y sus auxiliares, aunque de nuevo nos encontramos con una redacción muy simple, absolutamente incapaz de transmitir la extrañeza de la situación a no ser que la narradora se dedique a ponerla de manifiesto explícitamente. De hecho, no hay un solo proceso psicológico que aflore por sí solo de la narración. Una y otra vez, Leckie incumple la principal regla de la ficción, la que impele a mostrar y no contar. Y aun así, no hay un solo instante en el que logre transmitir la sensación de ser una inteligencia artificial compuesta por un núcleo central y cientos o miles de apéndices orgánicos, ni es perceptible cambio alguno entre la Justicia de Toren completa y la auxiliar aislada (aunque, eso sí, nos repite una y otra vez que ya no es lo que era, por si cuela…).

Aquí he de precisar algo. Todo lo antedicho no surge de problemas en la traducción al castellano, pues he leído la novela en su idioma original. Es, pura y simplemente, torpeza narrativa (agravada por una curiosa gestión de la información, que nos escamotea, por ejemplo, la narración directa de un episodio de lo más relevante en Shis’urna, al que con posterioridad no paran de aludir los personajes.

Añademos a este estilo deficiente el que la historia tampoco abre caminos nuevos (a no ser que descubra sendas que, de tanto tiempo que quedaron atrás, ya están llenas de maleza), y nos encontramos a mi parecer con uno de los peores premios Hugo de la historia (los Nebula no los tengo tan estudiados, pero por ahí andará también). ¿Tan terrible fue el año? Se hace difícil de imaginar, sobre todo porque los dos años siguientes se reincidió en el despropósito, ofreciendo sendas nominaciones dobles a “Ancillary sword” y “Ancillary mercy” (que no se materializaron en galardones… aunque sí obtuvieron ambas el Locus).

Visto el grado de entusiamo despertado, no descarto que la incompatibilidad sea cosa mía, aunque la verdad es que parece haber sido una novela bastante divisiva, como podéis comprobar consultando…

Otras opiniones:

Hardwired

•febrero 28, 2017 • Dejar un comentario

Entre las novelas fundacionales del cyberpunk tenemos aquéllas publicadas por sus impulsores, como “Neuromante” (William Gibson, 1984), “Cismátrix” (Bruce Sterling, 1985) o “Eclipse” (John Shirley, 1985), y aquéllas surgidas directamente a su estela, como por ejemplo “Hardwired” (Walter Jon Williams, 1986). Esta expansión más allá de lo que podríamos llamar el núcleo duro del cyberpunk fue una prueba evidente de que la fiebre estaba extendiéndose y de que la revolución iba a tener un efecto más profundo y duradero de lo que incluso sus propios ideólogos hubieran podido imaginar. Había en todo ello algo más que una mera pataleta estética. Las líneas maestras del subgénero naciente conectaban de algún modo con inquietudes que la explosión de las tecnologías de la información y la comunicación estaban poniendo de manifiesto y que debían ser abordadas por la ciencia ficción.

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“Hardwired” es una historia de perdedores, de marginados, de críticos con el mundo que les ha tocado en suerte. Es también una historia de tecnología y de la libertad que puede comprar esa tecnología. Ambas facetas, reunidas, conforman la esencia del cyberpunk y moldean a dos personajes con estrategias de confontación divergentes. Por un lado está el Cowboy, un ex piloto, ahora reconvertido en tanquista, entregado al transporte de contrabando entre las costas de una Norteamérica vencida y balcanizada, sus reflejos recableados con el mejor cristal y zócales de conexión para hacerse uno con su panzer. Por otro está Sarah, una superviviente nata. De prostituta a guardaespaldas (y ocasionalmente asesina), su único objetivo es conquistar, para ella y su hermano menor Daud, un pasaje a los orbitales que los rescaté a ambos de la miseria y la desesperanza… aunque tal vez su hermano se encuentre ya más allá de toda posibilidad de redención.

Sus destinos se entrecruzan en medio de la economía supuestamente clandestina de la Tierra, un planeta soguzgado desde hace años a las imposiciones de las grandes compañías que operan desde el espacio, vencedoras de la Guerra de las Rocas. El idealismo romántico del Cowboy y el pragmatismo cínico de Sarah condenados a encontrarse en ese terreno intermedio que, de tan inestable, apenas ofrece sustrato más que para una relación entrecortada, atípica, subordinada a los intereses no siempre coincidentes de ambos.

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Como se puede apreciar, son elementos y temas bastante típicos del subgénero. Incluso los personajes parecen sacados de cualquier otra novela. Los parecidos, sin embargo, son más superficiales de lo que aparentan. Sarah, por ejemplo, no es Molly, la mercernaria/guardaespaldas de “Neuromante”. Se trata de un personaje mucho más machacado, más frágil, con profundas cicatrices emocionales que la marcan a mayor profundidad que las físicas. Su principal objetivo es la supervivencia, y a ese fin es capaz de sacrificarlo todo, desde su sueños hasta a su propio hermano. Ello no implica que los remordimientos no la carcoman a posteriori, y la necesidad de compensar sus flaquezas es el otro rasgo dominante de su personalidad (con respecto a Daud, sobre todo, el sentimiento de estar en deuda con él por pasadas traiciones, incluso inevitables, la vuelve manipulable).

El Cowboy es un personaje mucho más simple. Una figura casi arquetípica. Algo así como un Robin Hood cibernético, un rebelde, un perdedor que se niega a sentirse derrotado, predestinado a golpear una y otra vez los muros de su prisión, hasta abrir un hueco para escapar o quedar aplastado (una mitología más cercana sería la de los bandoleros veteranos del ejército confederado tras la Guerra Civil americana, entremezclada con otro importante mito estadounidense, el del Pony Express; en ambos casos estas referencias quedan explícitamente señaladas en el texto).

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En el fondo, “Harwired” es otra reedición de la lucha de David (los transportistas libres) contra Goliat (las grandes compañías orbitales), con elementos tecnológicos lanzados para dar sabor al conjunto. En ese sentido, los reflejos electrónicos integrados (y otros ciberimplantes, como la “comadreja” de Sarah) terminan de conferirle a la obra ese sabor cyberpunk que tan reconocible se ha hecho. Otros desarrollos, como la personalidad electrónica independiente de uno de los personajes, Reno, cargada en el red tras su muerte, no termina de despegar, quedando infraexplotado y muy por debajo de esfuerzos similares tanto contemporáneos como posteriores (aunque más adelante tendría una nueva oportunidad de brillar).

También es propio del género la constante mención a drogas (tanto químicas como electrónicas) como elemento recurrente (y legal). Es algo que marca casi tanto la época de su redacción como la dependencia de líneas telefónicas terrestres (aunque sí que se insinúa al menos una posibilidad de telefonía móvil, a bordo de un vehículo). Dentro de la lógica de la novela, que casi puede entenderse a estas alturas como ucrónica, no desentona, y ayuda de hecho a darle el tono correcto, ya no tanto futurista como casi, casi retrofuturista.

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El punto fuerte de la novela, sin embargo, lo encontramos en las salidas del Cowboy, primero a bordo de su panzer y luego también en aviones de ataque (Deltas). La inspiración directa de Walter Jon Williams (totalmente reconocida) se encuentra en una novela de Roger Zelazny de 1969, “Damnation alley”, y también tiene algo de la estética Mad Max, aunque con la integración hombre-máquina propia del cyberpunk. Son capítulos emocionantes y efectivos, los únicos en los que el Cowboy se muestra realmente vivo.

En su año, dentro del cyberpunk, destacó sobre todo “Conde Cero“, la segunda entrega de la trilogía del Sprawl de William Gibson (estilísticamente, muy superior a Walter Jon Williams), mientras que también se situó mejor en los premios la primera entrega de la serie de Marîd Audran (o del Buyadén) de George Alec Effinger, “Cuando falla la gravedad”. Por supuesto, 1986 fue también el año en que se publicó “Mirrorshades”, antología en la que no participaba Walter Jon Williams. Como apuntaba, él no formaba parte del núcleo fundacional del movimiento, sino que fue uno de los primeros “contagiados” (junto, por ejemplo, Michael Swanwick, que publicó aquel año “Vacuum flowers”).

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En 1987, Walter Jon Williams publicó una secuela, “Voice of the whirlwind”, ambientada varios años después, en un escenario muy alterado. Con posterioridad, en 1989, sacó “Solip:System”, novela que arranca justo al acabar “Hardwired” y que conecta con su secuela, estando protagonizada por la copia electrónica de la personalidad de Reno. Las tres juntas conforman la serie de Hardwired.

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Kraken

•febrero 23, 2017 • Dejar un comentario

En 2010 China Miéville siguió apartándose del New Weird que había caracterizado los primeros años de su carrera, aunque sin abandonar por ello la ambientación que le es característica. De hecho, retorna a la fantasía urbana ambientada en Londres que ya exploró con su primera novela, “El rey rata”, aunque en esta ocasión todo el asunto tiene un sabor decididamente cercano al Tim Powers de la serie de las Fault Lines (“La última partida“). Cercano, sin embargo, no es exactamente igual, y Miéville sabe imprimirle su sello distintivo. Lo que no sé es hasta qué punto la apropiación estilística se culmina con éxito.

La novela arranca con el robo misterioso de un ejemplar de calamar gigante (Architeuthis dux) del museo de historia natural de Londres (el Darwin Center). El misterio radica sobre todo en el modo en que un tanque de cristal, capaz de contener los restos conservados de un cefalópodo de ocho metros (sin contar los tentáculos), junto con todo el líquido embalsamador, ha podido esfumarse de la sala principal de exposiciones.

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Atrapado desde el principio en todo el lío se encuentra Billy Harrow, biólogo especializado en moluscos, guía ocasional del museo y quien preparó la muestra, que se ve abocado de pronto a un Londres que no conocía, cuajado de sectas extrañas que compiten por los fieles mientras esperan que se desencadene tal o cual apocalipsis. En particular, todo el asunto parece apuntar a la Iglesia del Todopoderoso Kraken… aunque cuando por fin acaba en poder de los devotos Billy descubre que están tan perplejos como todos los demás, amén de escandalizados por el sacrilegio al que ha sido sometido su dios. Lo peor, sin embargo, es que todos los habitantes sensitivos de Londres empiezan a soñar con el advenimiento de un fin del mundo relacionado con el fuego, y el calamar desaparecido tiene todas las papeletas para ser el disparador de la hecatombe.

Miéville puebla Londres de sectarios, bandas ocultistas organizadas, magia e incluso brigadas policiales especializadas. Oscilando de continuo entre tomarse todo el asunto a broma (al estilo de Terry Pratchett) o terriblemente en serio, aplica su considerable talento imaginativo para poblar la ciudad de personajes singulares, como el jefe mafioso Tatuaje, los temibles Goss y Subby, la Unidad de Crímenes Relacionados con Sectas, los Londromantes, los ángeles de la memoria o el mejor personaje con diferencia, Wati, un antiguo ushebti (estatuilla de un servidor) del Antiguo Egipto, que ha logrado revolucionar el Más Allá llevando a sus compañeros a la rebelión y que ahora dirige el Sindicato de Asistentes Mágicos de Londres (convocante de una huelga por la conquista de derechos).

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Billy, en compañía de Dane, ex brazo ejecutor de la Iglesia del Todopoderoso Kraken, antiguo guarda de seguridad del museo y hereje excomulgado, intentarán desesperadamente descubrir qué está ocurriendo y dónde se encuentra el calamar gigante robado, mientras diversas facciones confabulan más o menos abiertamente por todo Londres para prevenir el desastre o cuando menos sacar algún provecho a todo ese lío.

La acción de “Kraken” es frenética, como no podía ser de otra forma, y la originalidad de la propuesta más que notable. Miéville huye de las convenciones de la fantasía urbana, prefiriendo poblar su ciudad con personajes totalmente originales y cercanos a su filosofía (destacaría, por ejemplo, al Camaleón Proletario, un hombre que trasmite la certeza de ser un compañero de trabajo en cualquier situación). Los habitantes del submundo mágico descrito se mueven por una fina línea entre el asombro y el patetismo, creando un entramado asombroso justo bajo la superficie de la cotidianidad. El problema, quizás, surge cuando tratas de refrenar un poco la marcha y recapacitar sobre la coherencia interna del conjunto, porque por momentos parece que el castillo de naipes no se desmorona sólo porque no se permite un instante de reposo.

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Parte de lo que hace tan especial a Tim Powers en que sus tramas, por muy alocadas que se antojen, terminan engranando con precisión milimétrica, haciendo que todo cobre sentido. Miéville aún no domina ese truco en “Kraken” (su estilo narrativo no se ajusta bien a las necesidades de la novela de misterio, como ya probó en “La ciudad y la ciudad“), así que la secuencia de acontecimientos tiene bastante de aleatoria, y la resolución, cuando llega, deja con la sensación de haber estado todo el rato persiguiendo un reclamo. Es importante, en este tipo de relato, que el lector se sienta despistado, pero no engañado, y me temo que los trucos empleados en la novela se inclinan más por el engaño que por el despiste.

Otro aspecto que no está bien medido es el del humor. Por un lado, intenta tomarse absolutamente en serio las premisas más absurdas, para evitar que su imposibilidad evidente las prive de impacto. Y la verdad es que conquista su objetivo con nota. Pocas ideas podrían ser más ridículas que la Iglesia del Todopoderoso Kraken, y sin embargo lo aceptamos, como aceptamos sin problemas la agenda política de Wati y las vicisitudes de su huelga (piquetes de familiares y espíritus elementales incluidos). En otras ocasiones, sin embargo, le puede la vena friqui y mete con calzador referencias a Star Trek que no pegan ni con cola, así como otras bromas privadas que rompen el tono de la novela.

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Así pues, con “Kraken” tenemos una novela que acumula aciertos y errores (con una ligera ventaja para con los primeros), intercalándolos de modo tal que resulta difícil coger ritmo de lectura. Es un libro que estaba deseando disfrutar, pero que no dejaba de frustarme de un modo u otro, sobre todo fallando a la hora de establecer una progresión lógica de acontecimientos (algo imprescindible si la trama se apoya en un misterio). Ello es particularmente notorio por lo que respecta a una apresuradísima sublectura que intenta construir en los dos o tres últimos capítulos respecto al conflicto entre la fe y la razón. Demasiado poco y demasiado tarde para resultar efectiva.

Le agradezco enormemente el esfuerzo por ofrecer una fantasía urbana anclada más en la historia que en el carisma personal del protagonista (Billy, la verdad, no tiene demasiado), y hay ahí personajes y hallazgos realmente antológicos, pero el conjunto es menos quizás que la suma de sus partes, y eso es una auténtica pena.

“Kraken” obtuvo el Locus de Fantasía en 2011 (su cuarto Locus en novela, tres de fantasía y uno YA), mientras que el de ciencia ficción, junto con los premios Hugo y Nebula, fueron para el binomio “El apagón”/”Cese de alerta” de Connie Willis. El Locus de primera novela recayó en N. K. Jemisin por “Los cien mil reinos“.

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