Pantagruel

•mayo 10, 2018 • Dejar un comentario

En 1532, en París, se publicó la que es considerada por muchos la primera novela fantástica moderna: “Pantagruel” (“Les horribles et épouvantables faits et prouesses du très renommé Pantagruel Roi des Dipsodes, fils du Grand Géant Gargantua”), obra del médico humanista François Rabelais (aunque firmada bajo seudónimo, de Alcofribas Nasier, para esquivar la censura de la Sorbona y posibles consecuencias, legales y religiosas, que pudiera suscitar… y de hecho suscitó, su publicación).

“Pantagruel” fue al parecer concebida por Rabelais como alivio cómico para distracción de sus pacientes, y recoge diversas tradiciones medievales y clásicas, conformando con ellas una obra renacentista, moderna, que ha sido puesta a la altura de las de Shakespeare y Cervantes, tanto por su influencia posterior en la literatura en general como por su impacto en su propia lengua. La inspiración directa proviene de un texto anónimo que gozaba por entonces de gran popularidad, “Les grandes chroniques du Grand et Enorme Géant Gargantua“, cuya secuela apócrifa se propuso escribir, sobrepasando en todo a su modelo.

El humor de “Pantagruel” surge de dos tradiciones. Por un lado la gordialesca medieval (cantos y poemas compuestos e interpretados por clérigos pobres errantes, que se burlaban de los altos estamentos eclesiásticos y celebraban los placeres de la vida, tales como la comida, la bebida, la danza y el sexo, siendo el ejemplo más conocido el “Carmina Burana”, recopilación de canciones de los siglos XII y XIII), por otro, la sátira menipea romana (con ejemplos como “El Satiricón” de Petronio, “La calabacificación del divino Claudio” de Séneca, “El asno de oro” de Apuleyo o, sobre todo, “Historia verdadera” de Luciano). A todo ello se le añaden una pizca de folclore popular (Pantragruel era el nombre de un demonio que echaba sal en la boca a los que duermen para despertar su sed) y otra de referencias literarias (adoptando los gigantes, al menos conceptualmente, si bien no como modelo de conducta, de los cantares de gesta), y ya tenemos la base sobre la que se alza (a variable altura) nuestro amable gigantón.

Por supuesto, lejos de conformar una novela perfectamente hilvanada, “Pantagruel” es una colección de capítulos más o menos independientes, que se esfuerzan por despertar el asombro y la hilaridad del lector a base de exageraciones, burlas, disparates y escatología. Posiblemente a los lectores modernos se nos escapen los referentes directos (pues sin duda más de uno de los personajes parodiados tuvieron su referente real, perfectamente reconocible para los lectores contemporáneos), pero las imágenes que conjura siguen siendo igual de chocantes (y no cuesta nada extrapolar de la crítica particular a la general, mientras ridiculiza a sacerdotes, soldados, abogados, filósofos o reyes).

Curiosamente, aunque Pantagruel es el protagonista nominal, buena parte de la obra gira en torno a las correrías de su amigo y vasallo Panurgo (el de las múltiples artes), un bribón cuyas andanzas y ocurrencias emparentan la novela con el género picaresco, aunque la intencionalidad de Rabelais no parece ser tanto la denuncia de las miserias como la celebración del ingenio. De hecho, más allá de las exageraciones y las chanzas subyace a toda la trama la idea humanista de que el saber y la inteligencia son los que hacen realmente grandes a un hombre, y en Pantagruel su magnificencia física es tan sólo reflejo palpable de sus cualidades intelectuales.

No todo son parabienes. En ocasiones da la impresión de que Rabelais lleva las bromas más allá del punto en que aún hacen gracia, llenando páginas y más páginas con relaciones interminables, discursos sin sentido (literalmente sin sentido, ahí está la gracia) o iteraciones de un mismo parlamento en diversas lenguas macarrónicas (incluyendo algunos de los primeros ejemplos de lenguas inventadas). Por supuesto, esta impresión obedece más a un cambio de sensibilidad que a defectos en la propia obra. De igual modo, el que unas veces Pantagruel se describa vagamente como poco más alto que un hombre normal, mientras que hay un capítulo entero que transcurre en el interior de su boca (donde habitan cientos de miles de hombres), se enmarca en un contexto en el que no importa tanto la coherencia interna como la búsqueda del asombro y la ruptura de preconcepciones.

Tal fue el éxito de la obra (que pronto conoció sucesivas reimpresiones), que Rabelais no tardó en publicar un segundo libro: “La vie très horrifique du grand Gargantua” (1534), que en ediciones modernas suele situarse en primer lugar bajo el título de “Gargantúa”. Mucho más tarde, tras diversas vicisitudes (que incluyen denuncias, prohibiciones, exilios y un permiso papal), amplió la obra con “El tercer libro de Pantagruel” (“Le Tiers Livre des faicts et dicts héroïques du noble Pantagruel, composés par M. François Rabelais, docteur en médecine“, 1546), firmado ya con su propio nombre, al que siguió en 1552 “El cuarto libro” (“Le Quart Livre“). En estos tres tomos Rabelais abandona un poco la guía del folclore y centra sus esfuerzos en la sátira, especialmente antieclesiástica, lo que la vale la censura por parte de teólogos (aunque, por supuesto, esto es algo que no afecta a las ventas, gracias a que el autor contaba con poderosos valedores). Un Quinto Libro, apareció en 1564, once años después de la muerte de Rabelais, y su atribución se encuentra disputada (aunque es posible que lo escribiera al menos en parte y que una mano anónima lo completara). En ediciones modernas, a menudo se publican los cinco libros de forma conjunta como “Gargantúa y Pantagruel”.

La obra de Rabelais fue tremendamente influyente. Ya no sólo en la literatura francesa (con infinidad de frases hechas del francés provenientes de ella), sino también en otros países europeos… protestantes. Su postura crítica frente a la iglesia católica hizo que “Gargantúa y Pantagruel” no se tradujera al italiano hasta 1886 y al castellano sino en 1905, lo que contrasta vivamente con sus primeras traducciones alemana (1575) o inglesa (1653). Si a todo ello añadimos la postura diametralmente opuesta de Rabelais y Cervantes frente a lo fantástico (usándolo el primero como herramienta para magnificar la sátira a la realidad a través del escapismo y el segundo denunciando ese mismo escapismo como enemigo del realismo), no resulta difícil ver hacia dónde nos ha conducido todo ello.

Mientras que por casi toda Europa “Gargantúa y Pantagruel” establecían los cimientos de una tradición fantástica (y satírica) que engendraría vástagos como “Los viajes de Gulliver” (Jonathan Swift, 1726), “Micromegas” (Voltaire, 1752) o “Las aventuras del Barón de Münchausen” (Rudolf Erich Raspe, 1785), por estos lares nos aferrábamos al realismo, despreciando las posibilidades de la fantasía para iluminar, a veces con mayor claridad que la más minuciosa de las descripciones, los aspectos más recónditos de la naturaleza humana.

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A billion Eves (Mil millones de Evas)

•mayo 7, 2018 • Dejar un comentario

Robert Reed conquistó su mayor reconocimiento con el premio Hugo a mejor novela corta concedido en 2007 a “A billion Eves”, aparecida en el número de octubre/noviembre de 2006 de la Asimov’s Science Fiction. Anteriormente ya había sido nominado en 1998 por “Marrow”, la novela corta que serviría de base para “Médula” un par de años después, y lo sería con posterioridad, el 2013, por “Katabasis” (finalista también del Nebula), perteneciente de igual modo a su escenario de la Gran Nave. “A billion Eves”, sin embargo, no tiene nada que ver con él.

En esta historia nos encontramos con una curiosa mezcla de especulación sobre multiversos, distopía de inspiración feminista y ciencia ficción ecológica… en el que el conjunto, desgraciadamente, no llega a conformar más que la suma de las partes. La protagonista es Kala, una joven que vive en lo que parece ser la Tierra, pero en el seno de una sociedad que pronto empieza a hacérsenos extraña, con una posición claramente subordinada del sexo femenino. Poco a poco, nos vamos dando cuenta de que, al fin y al cabo, no es la Tierra… o al menos no es nuestra Tierra.

La especulación de la novela corta se sustenta en una tecnología muy particular, la de los rippers, que permite explorar el multiverso cuántico en busca de Tierras alternativas, con una historia que divergió en algún momento de la nuestra pero no lo suficiente para volver el mundo inhabitable, sólo vacío de seres humanos, listo para la colonización.

El caso es que toda la cultura en la que ha crecido Kala proviene de una de esas colonizaciones, con la particularidad de que el punto de partida fue un rapto polígamo. Un joven doctor en físicas se hizo de algún modo con una de esas máquinas y la utilizó para arrastrar a un destierro involuntario e irreversible a un par de cientos chicas jóvenes, quienes tuvieron que adaptarse para sobrevivir en un ambiente no del todo favorable. De algún modo, a lo largo de los siglos, y pese al evidente desequilibrio inicial, este evento fundacional ha acabado por forjar una sociedad fuertemente patriarcal (hasta el punto de llamar a los hombres Padres), en la que el mayor peligro que corren las chicas jóvenes, mil años después, una vez reconstruido el nivel de desarrollo tecnológico, es ser raptadas por quienes buscan emular aquel lejano modelo.

Sobre este trasfondo, nos encontramos además con una sociedad que ha hecho de la colonización del multiverso su objetivo, extendiendo su cultura monolítica como una especie de plaga, y arrastrando consigo no sólo el modo de vida y los rasgos culturales, sino también una miniecología propia, cuyo mayor vigor suele acabar por eliminar de sus propios nichos a las poblaciones autóctonas (lo cual obsesiona a Kala, preocupada por la fragilidad de unos ecosistemas ultra simplificados, sin apenas flexibilidad para responder al cambio).

Como se puede ver, no es que la idea de partida carezca de posibilidades (por cierto, a cuento de dónde fue publicada originalmente, el propio Isaac Asimov publicó en 1956 un relato que toca muy ideas similares, aunque evidentemente con unas sensibilidades muy diferentes: “Espacio vital”). El problema es que Reed no termina de decantarse por ninguna de las opciones para darle profundidad. Así, la faceta que más trabajada se percibe es la distopía social, que nos muestra una sociedad machista, inspirada claramente en el “matrimonio plural” que aún es defendido (y practicado, en contra de la legislación federal estadounidense) por ciertas sectas fundamentalistas mormonas.

Por desgracia, Reed no llega a rascar más allá de la superficie, mostrándonos tan sólo la situación final y de forma fragmentaria los inicios, sin rellenar el hueco (de mil años) que media entre ambos ni explorar los posibles motivos de la consolidación y perpetuación de la práctica en el entorno particular que nos describe. Es decir, aunque superficialmente “A billion Eves” constituye una denuncia de la poligamia (poliginia) y la posición subordinada de la mujer, su renuncia a explorar ningún mecanismo subyacente deja la crítica en lo obvio, y por tanto la deja sin dientes. Un relato con el que indignarse, pero que no invita a la reflexión.

Todo lo contrario de lo que ocurre con la segunda faceta de la historia, la ecológica, donde sí que se lanza a examinar el escenario que está planteando hasta sus últimas consecuencias. Claro que como durante la mayor parte del tiempo está ocupado con los diversos problemas a los que tiene que enfrentarse Kala por su condición de mujer joven en una sociedad machista que ha creado una suerte de mística fundacional en torno al matrimonio por rapto, eso le deja poco espacio para hacer mucho más que exponer las líneas básicas de su argumentación (o, de forma un poco más vaga, de la especulación en torno al multiverso cuántico).

De hecho, resulta especialmente decepcionante que no dé el paso lógico de entrelazar las dos grandes ideas de la historia, estableciendo el paralelismo entre las consecuencias a largo plazo de la pobreza ecológica y las de la pobreza cultural. Hay ahí muchas reflexiones que se insinúan en el escenario pero a las que nunca se les dedica siquiera una mirada de refilón, y es quizás en ese terreno del potencial desaprovechado donde de verdad sufre “A billion Eves”… e irónicamente quizás fuera ese mismo potencial que se le adivina el que justificó el premio.

Aquel fue un año con poco consenso entre los grandes premios. El Nebula fue para “Burn”, de James Patrick Kelly, mientras que el Locus recayó en “Brecha nuclear“, de Charles Stross. Curiosamente, ninguno de los ganadores es siquiera finalista en los otros premios (y, en general, hay muy poca coincidencia).

En español, “Mil millones de Evas” ha sido publicado únicamente en el número doble 53/54 de la revista argentina Cuásar.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Cuentos de escaldo

•mayo 3, 2018 • Dejar un comentario

Esta será la reseña literaria número 700 del blog. Dada la relevancia del hito quería dedicarla a algo especial, y justo en el momento correcto se ha presentado la oportunidad de prestar atención a una obra autoeditada que me había sido recomendada efusivamente. Al final, la elección no ha podido ser más acertada, porque “Cuentos de escaldo”, de Kråke (Adonis Sánchez Bonilla), es un libro que hay que recomendar.

Antes de empezar con la reseña en sí, sin embargo, quisiera exponer algo. Rescepto Indablog está dedicado principalmente a la literatura fantástica (aunque a lo largo de los años se han ido colando algunos títulos de otros géneros), y “Cuentos de escaldo” tiene más bien un enfoque histórico. Su perspectiva, buscando recrear los temas y la estética de la antigua literatura nórdica, la aproxima sin embargo a los orígenes mismos del género fantástico, momento en el que las traducciones de la viejas sagas, en ocasiones a manos de los propios pioneros (William Morris cotradujo por primera vez al inglés varias de ellas, como la Völsunga, la de Grettir o la de Gunnlaugr lengua de serpiente), influyeron decisivamente en la configuración del género, llegando incluso a producir recreaciones modernas de las mismas, como la fundacional “Eric Ojos Brillantes“, de Henry Rider Haggard (1891). No es que necesite realmente esta conexión para justificar la inclusión de la reseña en el blog, pero conviene resaltarlo, por si a alguien le apetece reconectar con una de las fuentes principales de la épica fantástica, en un formato quizás no tan exigente para con las sensibilidades actuales.

“Cuentos de escaldo”, como su mismo nombre apunta, es una compilación de cuatro narraciones. Tres de ellas más bien novelas cortas, mientras que la cuarta y última es un cuento breve. Antes de pasar a comentar (muy brevemente) sus tramas, quisiera hablar del estilo, porque es parte fundamental de la intención del autor. Aun estando escritos en prosa, los textos buscan en todo momento evocar un sentimiento poético, lo que en la literatura escáldica se consigue (entre otros recursos) a base de puntear el ritmo de la narración mediante aliteraciones (en la antología destaca quizás el uso de la vibrante “r”, a menudo en combinación con consonantes oclusivas) y recurriendo a una figura literaria circumlocutiva propia de la poesía nórdica, el kenning (“yermo licuado” por “mar”, por tomar el primer ejemplo que aparece en la obra).

No son en modo alguno recursos fáciles de dominar. Resultan fundamentales para hacernos sentir los vientos boreales, pero en exceso pueden destruir el efecto mismo que buscan, subvirtiendo la principal función del lenguaje, que es la transmisión de información (sobre todo al dirigirse a un público que, al contrario que sus receptores originales, no está habituado a ellos). Así, ahí donde los antiguos escaldos debían ser poetas guerreros, la iteración moderna se ve obligada a equilibrar las funciones de poeta y fabulador, y he de decir que mayormente lo logra de forma impecable.

La primera de las historias que se nos presenta, “Hermanos Cuervo”, es tal vez la más fácilmente asimilable a la épica moderna. Nos encontramos con la historia de dos hermanos, uno, el mayor, prospero granjero, el menor vikingo sin otras raíces que las hundidas en la sal, que conocedores de la muerte del distante padre han de emprender un peligroso viaje para reclamar su herencia y, sobre todo, dar cuenta de las circunstancias de su caída a cobardes manos enemigas. Intrigas, avaricia, desavenencias y traiciones, en un mundo donde la fuerza impone la ley y la violencia, presta a estallar, quizás no resuelva los conflictos, pero al menos los entierra.

“Batallan los dragones” es la historia de Njord, joven apresado tras su primer combate naval, inútil, colérico, abrumado por su propia insignificancia, esclavo de engarce férreo de sus malas decisiones, que encuentra al final, tal vez, un camino a la redención, pero no a través del acero, sino del arte. La historia puede interpretarse de muchas formas, y en el contexto de la obra parece hacer referencia a la propia naturaleza, histórica pero no necesariamente veraz, de la poesía escáldica. Presenta así una suerte de contradicción lógica, en la que de la derrota surge el triunfo y la insustancial palabra deja una huella más profunda que cualquier metal.

La tercera novela corta, “Kemijoki el Héroe”, es posiblemente la más compleja, y también la que más busca enfatizar el efecto poético (a veces en demasía, pues es en sus primeros capítulos donde he encontrado alguna que otra aliteración que me ha resultado molesta). Entreteje una historia de resonancias míticas, que detalla el clásico tema del ascenso y caída de un peculiar héroe, casi más proyecto frustrado de divinidad, derribado tanto por la inevitable tara interna como por la culminación de un destino funesto, un remolino fatal al que no escapa siquiera su posible agente germinativo.

Por último, “Celebra entre altos” es un cuento breve, inspirado en una de las momias naturales más famosas de la arqueología, el Hombre de Tollund (aunque trasladando el ritual más de mil años hacia el futuro, pues el modelo vivió en la Escandinavia prerromana, en el siglo IV a.C.). Siguiendo un tema que parece ser vagamente recurrente a lo largo de toda la antología, encontramos una divergencia entre expectativas y culminación (en la brumosa frontera entre crónica y arte).

“Cuentos de escaldo” es una antología que merece ser leída y disfrutada. Tanto por lo que cuenta como por cómo lo cuenta. Me ha resultado, eso sí, curiosa la toma de decisiones sobre qué kenningar explicar (mediante notas al pie) y cuáles no. En principio, una llamada a la nota explicativa no debería interferir demasiado, pero me he encontrado con que su mera presencia ya interrumpía el flujo de mi lectura, y en muchas ocasiones de forma innecesaria (porque al cabo de un tiempo acabas entrando en conexión con el estilo y el kenning se hace más lógico y significativo que la palabra a la que sustituye). Las explicaciones, casi siempre, son enemigas de la poesía.

En cualquier caso, esto no es sino una queja menor. Merece mucho la pena cabalgar las heladas aguas, surcar la hierba sobre corceles paticortos, vestir hierro, asir tilo en la zurda y fresno en la diestra y escuchar por mediación de la voz del interior del cráneo (a falta de quien nos los recite)  los cuentos de este escaldo.

Otras opiniones:

Paladin of souls (Paladín de almas)

•abril 29, 2018 • Dejar un comentario

Con la publicación en 2003 de “Paladín de almas” (“Paladin of souls”), Lois McMaster Bujold confirmó que había conseguido por fin realizar exitosamente la transición de la ciencia ficción a la fantasía, haciéndose con los principales premios del sector: Hugo, Nebula y Locus (es, de hecho, la única novela de la autora no ya en conseguir el raro triplete, sino incluso la doble distinción Hugo/Nebula).

Como secuela libre de “La maldición de Chalion“, toma el mismo escenario (el recién creado estado de Ibra-Chalion, en un universo bautizado como el Mundo de los Cinco Dioses), a determinados personajes secundarios del primer libro que aquí cobrar la categoría de protagonistas (o coprotagonistas), e imagina una nueva intervención divina en los asuntos de los hombres, en esta ocasión bajo la advocación del Bastardo, el dios de los rechazados y del caos (aunque no desde una perspectiva negativa). Otra importante evolución es que abandona en gran medida los paralelismos con la historia tardomedieval de España, sustituyendo esa sensibilidad de fantasía histórica por otra que le resulta mucho más familiar y cómoda: el romance.

Las novedades (relativas) no acaban ahí. Bujold centra la acción de una novela de fantasía épica de corte medieval en una mujer, y una mujer que, una vez cumplida su función reproductiva y social, ha sido declarada irrelevante. Se trata de Ista, royina viuda de Chalion, quien tras el levantamiento de la maldición que pesaba sobre su reino ha recuperado la cordura, aunque sólo para encontrar que toda su juventud y buena parte de su madurez han quedado atrás, privándola de cualquier forma de autorrealización. Así, con cuarenta años y sin responsabilidades políticas, se rebela contra los muros y convencionalismos que la han mantenido atrapada. Es, por primera vez en su vida, libre, pero no tiene objetivo alguno al que dedicar su libertad.

Así pues, da inicio a un falso peregrinaje, cuyo verdadero objetivo es simplemente romper con la inercia que la tiene atrapada, pero las cosas se complican cuando se cruza en su camino una pequeña fuerza roknari (equivalente a grandes rasgos a los sarracenos que aún ocupan por esas fechas el norte de la Peninsula Ibrana (los últimos reinos moros del sur de la Península Hispánica). Tras diversas peripecias, Ista y su séquito acaban atrapados en una fortaleza de frontera, al mando de lord Arhys di Lutez (hijo de aquel otro di Lutez que tuvo un papel crucial en la gran derrota de Ista veinte años atrás, en su intento frustrado, inspirado por la madre, de romper la maldición de Chalion).

Pronto, sin embargo, empieza a hacerse evidente que en el conflicto hay más elementos de los que se aprecian a simple vista. Los demonios llevan un tiempo apareciendo con inusitada frecuencia, los roknari del vecino reino de Jokona muestran una actividad inusual y dentro de la propia fortaleza la extraña enfermedad de Illvin, el hermanastro de Arhys, junto con el comportamiento peculiar de la joven esposa de este último, Catillara, apuntan a la existencia de problemas subyacentes que requerirán de toda la atención de uno o varios dioses para encontrar solución… aunque esa solución tenga que pasar por la reticente colaboración de Ista.

“Paladín de almas” elabora sobre el mundo imaginado para “La maldición de Chalion”, profundizando en la que quizás era su característica más original: un politeísmo (pentateísmo, para ser exactos) inspirado no tanto en la teología como en la estética de la religión cristiana (aunque sin su misma jerarquización). En este caso en concreto, por decantarse la exploración hacia el ámbito de influencia del Bastardo (los otros cuatro dioses son el Padre, la Madre, el Hijo y la Hija), tienen especial importancia las posesiones demoníacas, entendidos estos seres como entes provinientes del caos, capaces de poseer a una persona y convertirla en hechicera (a costa de ir devorando poco a poco su alma).

No cabe duda de que el planteamiento es original, sobre todo abordado desde una perspectiva propia de la fantasía épica, aunque es posible encontrar antecedentes, como en el empleo como protagonista de una mujer considerada inútil por su edad (“Restos de población“, Elizabeth Moon, 1996) e incluso esa misma aproximación a las sensibilidades románticas de la vieja novela gótica que podemos encontrar en “Troika” (Louise Cooper, 1991). De hecho, “Paladín de almas” ocupa un curioso puesto intermedio entre esas obras y desarrollos posteriores de la fantasía, como “Los cien mil reinos“, de N.K. Jemisin (2010), en donde se aprecia la misma relación ambigua entre los dioses y aquellos mortales con los que se relacionan.

De igual modo, McMaster Bujold a estas alturas sabe perfectamente cómo narrar la acción, aunque sea una narración limitada a puntos de vista peculiares, alejados de la épica tradicional (sospecho, además, que en la historia de Arhys hay cierta influencia del poema del Mío Cid, y más en concreto en cierta característica de su última batalla que también inspiró a Rafael Marín la escritura de “Juglar” en 2006). Eso sí, curiosamente la trama romántica, de forma muy poco característica en la autora, resulta torpe y forzada. Hay un principio de triángulo que no lleva a ninguna parte, y luego una relación encajada en la trama con no demasiada fortuna, casi por obligación, como si la revitalización de Ista precisara sí o sí de un romance.

Precisamente por culpa de esas necesidades encontradas, se produce a mi entender una sustancial caída de ritmo hacia la mitad de la historia, con un exceso de injerencia expositiva por parte de la escritora, que no parece acertar a la hora de desarrollar la trama sin tropezar con sus propias contradicciones. El caso es que Lois McMaster Bujold está intentando al mismo tiempo presentar a una Ista rota, necesitada de reconstruir su vida sobre las ruinas de una triste existencia pasada… y como una mujer madura, segura de sí misma y capaz de ejercer el control sobre sus propias circunstancias y su entorno (en un claro reflejo de otro de sus personajes, Cordelia Vorkosigan). Las dos visiones son incompatibles, y la transición entre ambas no se realiza ni de forma suave ni creíble.

Por todo ello, considero que, siendo un libro más simple, “La maldición de Chalion” es superior en casi cualquier aspecto (sobre todo como obra renovadora del género), sólo que, como ocurre a menudo con los premios, la apreciación llega un poco tarde y se traslada a su secuela. Otros títulos destacados de aquel año fueron por ejemplo “Cielo de singularidad” de Charles Stross e “Ilium” de Dan Simmons (finalistas del Hugo, el segundo, además, premio Locus de ciencia ficción) y “Tocando fondo” de Cory Doctorow y “El atlas de las nubes” de David Mitchell (finalisitas del Nebula).

La serie del Mundo de los Cinco Dioses se completa, por el momento, con la novela “La caza sagrada” (2006), que traslada la acción a otro país más al sur (de inspiración anglosajona) y la serie de novelas cortas sobre Penric  Desdemona (seis hasta la fecha, publicadas entre 2015 y 2017 e inéditas en castellano).

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Otras obras de la misma autora reseñadas en Rescepto:

El hotel encantado

•abril 19, 2018 • Dejar un comentario

Wilkie Collins es considerado el padre de la novela de misterio inglesa, sobre todo por su trabajo durante la década de 1860, cuando publicó historias seminales en el género como “La dama de blanco”, “Armadale” o, sobre todo, “La piedra lunar” (considerada a menudo la primera novela de detectives en su idioma, aunque esa distinción podría otorgarse también a “Clara Vaughan”, de R. D. Blackmore, publicada cuatro años antes, en 1864). En general, Collins cultivaba el género de la sensation novel, una evolución de la novela gótica, por el camino de las historias de crímenes reales (Newgate novel), que acabaría desembocando en el thriller actual.

En los setenta, por influencia de autores como Charlotte Riddell (“La casa deshabitada“) o, sobre todo, Sheridan Le Fanu, empezaron a recuperarse algunos de los viejos elementos sobrenaturales, que habían estado mayoritariamente ausentes durante más de veinte años (tras un giro hacia el realismo en los penny dreadfuls, inspirado por la moda de los misterios de ciudad, que tan sólo había dejado a los fantasmas, confinados eso sí, salvo contadas excepciones, en el pequeño nicho de los cuentos navideños). Wilkie Collins, siempre atento a las modas, probó a sumarse a este renacimiento del cuento de terror (que pronto desembocaría en una edad dorada del género), con la novela corta “The haunted hotel: a mistery of modern Venice” (traducida tanto como “El hotel encantado”, “La casa encantada” o “El hotel de los horrores”).

En muchos sentidos, “El hotel encantado” representa un intento de recuperar los antiguos temas góticos y románticos, aunque sin olvidarse de la evolución experimentada por la literatura de suspense en las décadas intermedias. Así, en el corazón de la novela hay un misterio, el de la muerte de lord Montbarry, a manos quizás de su viuda, la condesa Narona, y el disoluto hermano de ésta, el barón de Rivar.

Wilkie Collins juega con los lectores, presentando de buenas a primeras a la principal sospechosa, carcomida aparentemente por un sentimiento premonitorio de culpa (la conocemos antes incluso de su polémica boda), para a continuación esforzarse denodadamente por exculparla con cada pesquisa efectuada (como la realizada por los investigadores del seguro de vida suscrito por el lord pocas semanas antes de su muerte debida a una bronquitis). Es imposible determinar si es una hábil estafadora, una cínica de primera o un alma sensible genuinamente atrapada en una situación que la ha superado y la ha destruido por completo.

La historia viene aderezada con todos los elementos clásicos del género gótico, desde los escenarios singulares (un viejo palacete veneciano, reconvertido más adelante en hotel de lujo) a las cuitas sentimentales de la clase alta británica, pasando por manifestaciones fantasmales que podrían o no ser experiencias meramente subjetivas, presagios funestos e insinuaciones de infidelidades e incesto (entre condesa y barón, que se hacen pasar por hermanos pero más bien podrían ser sólo amantes). El pack completo en poco más de un centenar de páginas, publicadas por entregas en la revista ilustrada Belgravia en 1878 y recopiladas posteriormente en formato de libro en 1879.

Al contrario que en novelas más modernas, la historia no se fundamenta tanto en la resolución del misterio por parte de algún personaje (el detective), como en el planteamiento de una situación imposible, sustentada en pistas confusas e información escamoteada al lector (con mayor o menor habilidad), cuyo secreto queda desvelado al final a través de una (especie de) confesión. Ciertamente, resulta un tanto forzado, tanto por lo que respecta a las coincidencias improbables como a decisiones aún más cuestionables (como montar una reunión familiar justo en el mismo edificio donde meses antes ha muerto el poco añorado, pero aun así pariente cercano (bien sea hermano o antiguo prometido), lord Montbarry, pero en su conjunto funciona, gracias posiblemente al aura sobrenatural que lo envuelve todo.

Eso sí, terror, lo que se dice, terror, poquito. Apenas una escena en toda la obra podría tildarse de terrorífica, y aunque ciertamente resulta efectiva, a la postre su relevancia es escasa y palidece en comparación con obras incluso anteriores, como “La casa y el cerebro” de Edward Bulwer-Lytton (1859).

Para cuando escribió “El hotel encantado”, la escritura de Wilkie Collins se encontraba en franco declive. Años de sufrir ataques crónicos de gota lo habían empujado a la dependencia del láudano y ello se percibe quizás en lo apresurado de la conclusión. Ello no quita que la idea de base sea intrigante, y que los distintos puntos de vista, así como estilos (incluyendo cartas e incluso una sinopsis teatral) se engarcen con habilidad en un todo con personalidad propia, que tal vez encierre más potencial del que finalmente se hace efectivo.

Particularmente efectivo es el personaje de la condensa, una figura ambigua, que por momentos se revela como un peón trágico en manos del destino, cuando no una mente criminal desprovista de cualquier vestigio de humanidad. Posiblemente no era la intención del autor, que suele optar más bien por pares de opuestos (la condesa y Agnes, el barón y Henry Westwick, el menor de los hermanos de lord Montbarry) pero esa bipolaridad, oscilando salvajemente entre la depravación y el arrepentimiento, hasta desembocar en la locura, es lo que finalmente redime toda la novela y nos permite aceptar personajes mucho más unidimensionales como Agnes, la imposiblemente afable prometida despreciada (y objetivo amoroso del inasequible al desaliento Henry). Quizás con otro enfoque hubiera podido constituir un análisis psicológico de la mente criminal, pero el autor parece demasiado centrado en ejecutar su juego de manos argumental como para preocuparse en exceso de nada más.

Si lo deseáis, podéis descargaros la versión original de “A haunted hotel” a través del Proyecto Gutenberg.

Otras opiniones:

The girl who was plugged in (La muchacha que estaba conectada)

•abril 16, 2018 • Dejar un comentario

Alice Bradley Sheldon había comenzado a publicar historias de ciencia ficción en 1968 bajo el pseudónimo de James Tiptree Jr., causando un impacto casi inmediato en la comunidad de aficionados al género, quienes eran conscientes de que aquel no era su auténtico nombre, pero desconocían que enmascaraba a una mujer.

El año de su despegue definitivo fue posiblemente 1973, que vio no sólo la publicación de su primera antología (“A diez mil años luz“), sino también de los relatos que le reportarían sus primeros galardones al año siguiente: “Amor es el plan, el plan es la muerte” (premio Nebula de relato) y “La muchacha que estaba conectada” (premio Hugo de novela corta).

“La muchacha que estaba conectada” (yo me hubiera decantado más bien por “La muchacha que fue conectada”) apareció originalmente en la tercera entrega de la antología anual New Dimensions, compilada por Robert Silverberg. Cuenta la historia de P. (Philadelphia) Burke, una joven que padece de graves deformidades y que tras un intento de suicidio es reclutada por una gran multinacional para vulnerar una estricta normativa antianuncios a través del emplazamiento publicitario (una técnica promocional inventada en los primeros años del cine, pero que había caído en desuso tras la Segunda Guerra Mundial y justo por entonces comenzaba a cobrar importancia de nuevo).

Por supuesto, su apariencia es incompatible con la tarea propuesta, pero los directivos sólo la quieren para que opere por telepresencia un cuerpo perfecto, criado sin mente a través de ingeniería genética (Tiptree lo bautiza un “waldo corporal”), una joven y perfecta rubita a la que bautizan Delphi, y que pronto se convierte en una figura de la alta sociedad (emparejada con un miembro de la casa real española) y estrella de culebrones (tridimensionales). Así, mientras que la bella y delicada Delphi se exhibe antes los focos, la grotesca P. Burke va retrayéndose cada vez, viviendo a través de su cuerpo y experimentando (con las limitaciones impuestas por el ancho de banda disponible) todo cuanto siempre soñó.

En 1977 se descubrió el auténtico sexo de James/Alice, y enmarcada esta revelación en la revolución feminista que vivía la ciencia ficción en aquella década, la exégesis feminista ha dominado desde entonces los estudios de la obra, con interpretaciones que van desde la plasmación de la importancia del aspecto para el triunfo de las mujeres (o la necesidad de ajustar su apariencia a un modelo de perfección física impuesto por la sociedad), hasta el obvio paralelismo entre la situación de P. Burke y la de la propia autora, “viviendo” en un hipotético cuerpo masculino para alcanzar el reconocimiento dentro de una disciplina artística tradicionalmente monopolizada por los hombres.

Por supuesto, no voy a negar nada de todo eso. No es sólo que en la obra de James Tiptree Jr. la identidad sexual haya sido siempre un eje central, sino que esas interpretaciones no hacen más que poner de manifiesto algo que evidentemente está en el texto desde el principio. No estoy seguro, sin embargo, de que los votantes del Hugo de la época fueran tan conscientes de ello, así que voy a remitirme a la página de la Wikipedia (en inglés) de la historia por si queréis profundizar en estas cuestiones (aunque recomendaría leerla antes). Así dispongo de algo de espacio para mencionar el resto de virtudes de la novela corta (cuento largo para el Nebula), que no son pocos.

Para empezar, “La muchacha que estaba conectada” representa un magnífico ejemplo de la experimentación estilística que llevó la New Wave a la ciencia ficción (aunque podría llegar a argumentarse que en ocasiones se pasa de frenada). El narrador es tan singular que no deja de emplear la segunda persona para dirigirse directamente al lector, y en términos bastante despectivos. Por un lado, fuerza nuestro punto de vista (en una especie de “mirada masculina”, aunque un par de años antes de que se definiera el término) , y por otro nos recrimina todo cuanto dejamos de percibir por ello (trasladando la responsabilidad al lector… y también la tarea de permanecer especialmente atentos para no perder un hilo narrativo que por momentos se vuelve un poco deslavazado). Además, posiblemente sea uno de lo más claros precursores que he leído de la literatura cyberpunk (tanto en fondo como en forma), que no se desarrollaría hasta una década después (adelantándose incluso a John Varley y textos como “Perdido en el banco de memoria”, de 1976)… por no hablar de su presciente enfoque hacia la idolización de figuras pop y su uso como vehículos publicitarios.

Así pues, en 1974, incluso para aquellos más obtusos respecto a las sublecturas feministas había méritos de sobra para destacar “La muchacha que estaba conectada” como una de las grandes historias del año… y no fue la única mujer en merecer tal distinción. El Hugo de relato fue para su compañera de antología (y amiga epistolar) Ursula K. Le Guin, por el que quizás sea su mejor cuento: “Los que se alejan de Omelas”, mientras que en los Nebula Vonda McIntyre previno el doblete de “La muchacha que estaba conectada” al conseguir el galardón a cuento largo por “De niebla, hierba y arena” (el texto que unos años después serviría de base para su multipremiada novela “Serpiente del sueño“).

En 1975, tanto “Amor es el plan, el plan es la muerte” como “La muchacha que estaba conectada” formaron parte de la antología “Mundos cálidos y otros” (en cuyo prólogo Robert Silverberg metió la pata al afirmar categóricamente que James Tiptree Jr. tenía por necesidad que ser un hombre), y fue recogida de nuevo en la antología sobre los premios Hugo correspondiente de entre las editadas por Isaac Asimov (ambas han sido traducidas al español).

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The atrocity archives (El archivo de atrocidades)

•abril 13, 2018 • Dejar un comentario

Charles Stross publicó su primer relato de forma profesional en 1987, pero tardó bastante en empezar a publicar novelas. La primera apareció serializada en las páginas de Spectrum SF, una efímera revista británica, en 2001. Se trataba de “El archivo de atrocidades”, un híbrido de novela de espías y horrores lovecraftianos, con un toque de sátira de oficina (a lo Dilbert, para que nos entendamos).

En 2004, ya publicada con bastante éxito su primera novela en forma de libro independiente (“Cielo de singularidad“), decidió hacer lo propio con la historia del técnico informático metido a agente de campo Bob Howard, pero para ello necesita ampliar un poco el texto. La historia estaba perfectamente bien con la longitud que tenía, así que en vez de estirarla artificialmente, decidió suplementarla con una segunda novela corta (mucho más breve), que tituló “The concrete jungle” y que sería galardonada con el premio Hugo de la categoría en 2005 (batiéndose a sí mismo, por “Elector”, una de las novelas cortas que posteriormente conformaron “Accelerando“, y a Lois McMaster Bujold por su historia de Miles Vorkosigan “Regalos de feria de invierno”, a grandes rasgos un epílogo romántico para “Una campaña civil“).

Ambas historias constituyen los cimientos de una de las dos grandes series del autor, la de los Expedientes de la Lavandería, una agencia secreta británica, encargada de lidiar con amenazas mágicas y extradimensionales. Todo ello se inscribe en una historia secreta del mundo, que arranca con los albores del siglo XX y la demostración matemática de determinados teoremas por parte de teóricos como Hilbert o Gödel, capaces de abrir conexiones entre los distintos mundos de Wheeler y Everett (algunos de ellos muy similares a nuestro universo, otros drásticamente diferentes, habitados por inteligencias alienígenas, tradicionalmente considerados demonios por los magos del pasado (quienes jugueteaban un poco a tientas con los conceptos científicos, relacionados sobre todo con teoría de la información, sobre los que se asienta la auténtica magia).

Bob Howard es un informático, reclutado a la fuerza por la Lavandería cierto día en que, jugueteando con unas representaciones fractales, está a punto de provocar una catastrofe mágica en su ciudad. Pese a formar parte de una agencia secreta gubernamental, su vida no de diferencia mucho de la cualquier funcionario, en particular por lo que respecta a unos superiores obsesionados con la burocracia y el balance de cuentas. Un accidente (bien resuelto), le pone sin embargo en la senda del servicio activo, y cuando su primera misión de entrenamiento en suelo extranjero (los EE.UU.) se complica de forma tan total como inesperada, su adaptación al trabajo de campo parece que va a tener que acelerarse, pues una amenaza que se creía abortada, la de los servicios secretos ocultistas de la Alemania nazi (la Ahnenerbe), ha vuelto a manifestarse, en asociación con un grupo terrorista iraquí.

Inspirado en la obra de Len Deighton, Stross nos introduce en un mundo construido a partes iguales por conspiraciones secretas (y misterios aún más secretos) y trabajo chungo de oficina. Bob Howard es un técnico de ordenadores, un friqui de la programación, en un escenario en que el algoritmo equivocado puede abrir puertas con consecuencias catastróficas. La mayor parte de su trabajo consiste en mantener en orden de funcionamiento la red interna de la Lavandería (lo que da lugar a no pocas tensiones, con usuarios que en general todavía no han dominado ni la técnica de probar a apagar y volver a encender y el departamento de gestión mirando siempre por encima de su hombro para controlar sus horas de trabajo y sus gastos), con la ocasional expedición para abortar posibles riesgos de seguridad como el que supuso su propios reclutamiento.

Eso sí, hay capas y capas de secreto, y cuando Howard levanta por casualidad una de ellas, se encuentra de repente involucrado en una trama que gira en torno a nazis que tal vez no aceptaron la derrota y que siguen dispuestos a sacar provecho al intento de invocación más masivo y cruel de la historia (un inciso: después de la documentación que me tuve que tragar para escribir “La bestia humana de Birkenau”, no me siento del todo cómodo con algo que podría interpretarse como una trivialización del Holocausto; darle un propósito mágico ulterior podría ser concederle demasiada “racionalidad”).

En el epílogo, Stross entrelaza el género de espías con el terror. Durante la Guerra Fría, el temor al holocausto nuclear, y en general a los juegos de poder secretos. Cuando escribió “El archivo de atrocidades”, el atentado de las Torres Gemelas estaba todavía a unos meses en el futuro, así que no llegó a realcionarlo seriamente con el terrorismo internacional a la escala a la que ahora estamos tristemente acostumbrados, pero sí afirma que recurrir a los terrores alienígenas lovecraftianos fue su modo de sacudir un poco la falsa sensación de seguridad tras la caída de la Unión Soviética (que, como comprobamos hoy en día, casi dos décadas después, tampoco conjuró por completo la amenaza del conflicto nuclear; “sólo” lo hizo un poco menos probable). 

Con todo esto, podría pensarse que “El archivo de atrocidades” es un híbrido entre fantasía urbana y terror (con algo de humor irónico para ofrecer contraste a través del absurdo), pero si nos quedaramos ahí estaríamos perdiendo de vista lo que tiene también de ciencia ficción, no sólo por lo que se refiere a la jerga tecnomágica, sino sobre todo por su exploración de los universos paralelos y el viaje a uno de los escenarios más singulares que he tenido ocasión de leer. No especificaré más para no incurrir en destripes innecesarios, pero la especulación ahí no tiene nada que envidiar a la que despliega en su serie (de ciencia ficción más ortodoxa) del Escatón.

Por lo que atañe a “The concrete jungle”, es una novela corta que en comparación con todo lo precedente sufre un poco, pues baja las apuestas a términos mucho más mundanos (como la aniquilación por combustión espontánea de la mitad de la población de Londres). En esta ocasión, sus jefes encargan a Bob la investigación de una vaca que ha aparecido carbonizada en un parque inglés (famoso por sus esculturas de vacas). Stross especula con el mito de la gorgona de fondo, aunque todo tiene un aire mucho menos acuciante y más improvisado que con “El archivo de atrocidades” en sí. Sigue estando presente la hibridación entre ciencia y magia (así como la inteferencia de la política de oficina), pero es algo que ya no sorprende tanto.

De hecho, estoy casi tentado a especular con que el premio Hugo no fue tanto por el mérito individual de esta parte como para la idea glogal de la Lavandería. En su año, “El archivo de atrocidades” (la novela independiente) debió de pasar desapercibida (por la publicación donde apareció), y premiar en 2005 a “The concrete jungle” pudo ser un modo de reconocerla (es mismo año Stross estuvo también nominado a mejor novela por “Amanecer de hierro“). No es una mala historia bajo ningún concepto, pero la diferencia es notable (adicionalmente, quedó segunda en la votación de los Locus).

Por último, me gustaría comentar que la reciente edición (por parte de Insólita Editorial) no ha sido el primer contacto del público español con los expedientes de la Lavandería. Ya había aparecido publicado el relato “En la loquería” en la antología “Brecha nuclear” (que también incluye el relato “Una guerra más fría”, del año 2000, que en muchos sentidos podría considerarse una especie de precursor de las ideas desarrolladas, de un modo algo distinto, en “El archivo de atrocidades”). La serie de la Lavandería se completa (por ahora) con otras siete novelas (hay una octava en camino), además de unos pocos textos de menor extensión (como “Equoid”, que también gano el premio Hugo a menor novela corta en 2014).

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