Leviathan wakes (El despertar del leviatán)

•septiembre 9, 2017 • Dejar un comentario

La aproximación a la escritura de una serie empezando por el worldbuilding suele ser más habitual en la fantasía, donde ha dado origen a series como la Dragonlance o Malaz. No es tan habitual en ciencia ficción, donde la trama suele preceder al escenario, aunque también se dan casos, relacionados a menudo con el mundo del rol (por ejemplo, el universo UC-Crow de Felicidad Martínez, que ha dado lugar a la novela de space opera “Horizonte lunar”).

Lo cual nos lleva a Ty Franck, quien durante años (trabajando, por ejemplo, como secretario de George R. R. Martin) estuvo desarrollando un escenario de futuro… ¿medio? Es decir, en torno al año 2350, cuando la invención del motor Epstein ha permitido la colonización de buena parte del Sistema Solar, con dos grandes poderes hegemónicos, la Tierra y Marte, y diversas colonias esparcidas por las lunas de los gigantes gaseosos y, sobre todo, el cinturón de asteroides. Este trabajo debía servir de base para un MMORPG, aunque el proyecto acabó derivando hacia un juego de tablero… hasta que el segundo autor, Daniel Abraham (colaborador habitual de Martin), entró en escena.

Abraham convenció a Franck de que todo aquel trabajo era ideal como documentación para una serie de novelas y, adoptando el seudónimo conjunto de James S. A. Corey, ambos se lanzaron a la tarea de contarnos la historia de la Expansión, el momento preciso en que la humanidad supera las fronteras del Sistema Solar e inicia su salto a las estrellas. El primer libro, “El despertar del leviatán” (“Leviathan wakes”) apareció en 2011, con gran éxito de crítica y público, y desde entonces vienen publicando una entrega anual (el actual contrato finaliza en 2019 con la novena entrega, aunque dado que van firmando por trilogías, no es descabellado pensar que pudieran seguir), con cuatro novelas cortas y un par de relatos sirviendo de enlace entre los distintos arcos (juntos han escrito, además, una novela de Star Wars).

“El despertar del Leviatán” tiene lugar durante un período de gran tensión política. Los habitantes del cinturón de asteroides (los belters), como cualquier colonia tarde o temprano, están hartos del dominio que sobre ellos ejercen los planetas interiores. Tres generaciones ya en condiciones de microgravedad (los principales asteroides poseen una pseudogravedad centrífuga, gracias a décadas de progresiva aceleración angular, pero aun así el tirón es una fracción de la gravedad terrestre o incluso marciana) los han modificado físicamente, con huesos más largos y finos, e incluso su lenguaje ha empezado a divergir. También psicológicamente están marcados por la necesidad de importar (generalmente desde los anillos de Saturno) el agua y el aire, con el vacío del espacio rodeándolos por completo, a semanas de distancia de quienes trazan la política.

Las cosas no pintan mucho mejor entre Marte y la Tierra. La segunda posee una flota mucho mayor, pero la ventaja tecnológica la tienen los marcianos, por lo que ambas potencias se encuentran enzarzadas en una suerte de guerra fría. Para complicar las cosas, el movimiento indepentista belter ha dado origen a una organización ilegal, la OPA (Asociación de Planetas Exteriores), inspirada a grandes rasgos en el IRA, sin grandes recursos aunque una importante implantación entre la población autóctona (y, de todas formas, las rocas son baratas, y las ciudades al fondo de pozos de gravedad planetarios se encuentran indefensas frente a un ataque de ese tipo… aunque, incluso sin contar la lógico y contundente respuesta militar, los mundos exteriores no pueden realmente medrar sin los recursos y la diversidad de los planetas interiores).

En medio de este panorama se nos presentan las dos grandes líneas argumentales de la novela. Por un lado tenemos a Joe Miller, un policía veterano de Ceres al que se le encarga la misión de buscar a una joven díscola y devolverla junto con su acaudalada familia en la Tierra. Por otra, tenemos a un pequeño remanente de la tripulación del Canterbury (un transporte de hielo), únicos supervivientes de la destrucción de su nave al responder a una llamada de socorro por parte del misterioso carguero Scopuli.

Los capítulos, narrados desde el punto de vista de Miller y de Jim Holden, segundo oficial del Canterbury y nuevo capitán del reducido grupo de supervivientes, se van alternando, escritos respectivamente por Daniel Abraham y Ty Franck, narrando cómo la situación en el Sistema Solar empieza a deteriorarse a pasos agigantados en cuanto se conoce el aciago destino del Canterbury (es decir, en cuanto Holden proclama a los cuatro vientos los indicios que apuntan a una implicación de Marte en el incidente), y a partir de ahí los acontecimientos no dejan de evolucionar a peor, con Miller cada vez más involucrado en una investigación incómoda para muchos y Holden y los suyos rebotando de un lado para otro en medio de una trama que cada vez acerca más a la humanidad a una desastrosa guerra interplanetaria.

“El despertar del leviatán” es sin duda space opera, pero de un tipo particular. Me atrevería a decir que contenido. Su apuesta no es por la espectacularidad, ni mucho menos por la especulación de altos vuelos, sino por el realismo, algo que alcanza en el plano político… a costa de un futuro a trescientos años vista cuyas mayores innovaciones, impulso Epstein aparte, no parecen aguardarnos a mucho más que unas pocas décadas en el futuro.

Esto le confiere un sabor bastante retro a la acción. Desde mediados de los noventa la space opera ha venido flirteando con nociones como el transhumanismo y el singularitarismo, apostando por la especulación más desatada. En los últimos años, sin embargo, nos encontramos cada vez más con historias de la vieja escuela, enraizadas más en nuestro pasado que proyectando un futuro pausible. El escenario de “El despertar del Leviatán”, de hecho, evoca revoluciones independentistas coloniales (sobre todo la Revolución Americana), sin añadir elementos realmente novedosos al cóctel (vamos, ningún elemento que no contemplara ya Heinlein en “La Luna es una cruel amante” hace medio siglo).

Pese a ello, está todo tan bien hilvanado que se lee con interés. La alternancia entre personajes, además, funciona, y pronto se pone de manifiesto la contraposición entre el cinismo de vuelta de todo de Miller y el idealismo de Holden (que incluso bautiza a una nave de ataque capturada Rocinante). Incluso llega un momento en que estas visiones opuestas tienen la oportunidad de coexistir, permitiendo a los autores de profundizar muy someramente en la disyuntiva entre pragmatismo y deber ético; por ejemplo, por lo que se refiere a la difusión de la información, que en opinión de Miller puede ser peligrosa, mientras que Holden se mueve bajo la premisa de que los secretos acaban siendo perniciosos (a corto plazo, la visión cínica es siempre la más acertada, aunque a largo plazo quizás la transparencia sea la mejor vía). Como punto negativo, esa confluencia hace que la alternancia entre capítulos y puntos de vista se vuelva un poco forzada y artificiosa.

Tenemos pues un futuro inverosímil, aunque con una coherencia interna tal que nos permite suspender con facilidad la incredulidad y aceptarlo en sus propios términos. Entonces empezamos a dirigirnos hacia la resolución y nos enfrentamos a dos problemas. Por un lado la incapacidad de los autores para subir las apuestas cuando el elemento oculto de la trama se pone de manifiesto. Su estilo es muy seco, funcional, y no consigue transmitir con suficiente intensidad ni el horror ni el asombro que debería provocar el… digamos que el leviatán del título. Así, unos capítulos finales que deberían ser trepidantes se convierten, quizás por encontrarnos limitados por los puntos de vista de Miller y Holden, en una extensión sin más de la acción precedente. Yo, al menos, no percibo el incremento en intensidad que merecería el clímax.

Por otro, a poco que pienses en ello te das cuenta de que la trama no tiene ni pies ni cabeza. No revelo nada diciendo que detrás de todo hay una cuarta facción en discordia. Lo que ocurre es que sus acciones no tienen sentido. La destrucción del Canterbury con que arranca la historia es gratuita por completo, y no digamos ya su siguiente golpe. No hay coherencia entre medios, recursos y objetivos. Eso por no hablar de la soberana estupidez de su gran experimento. La caracterización de los villanos es tan superficial que quedan reflejados como poco más que un arquetipo caricaturesco.

Son fallos bastante graves, pero no catastróficos, porque de nuevo el buen hacer de los autores nos ofrece la oportunidad de asirnos a las fortalezas de la narración y soslayar sus patentes flaquezas. Todo dependerá de la buena disposición que ponga el lector en ello… y de lo mucho que añore los tiempos en que la space opera no tenía que romper esquemas a cada página. “El despertar del Leviatán” es una historia de personajes y de política interplanetaria. Si no miras más allá, puede ser una experiencia satisfactoria (aunque, en cierto modo, ejemplifica el conformismo en que se ha asentado durante estos últimos años la ciencia ficción, incapaz de dar respuesta a las inquietudes del momento y contentándose, por tanto, con ofrecer algo de sano escapismo).

Todo ello fue suficiente para conquistar para los autores una nominación al premio Hugo de 2012 (que ganó “Entre extraños“, de Jo Walton, con menciones también para títulos como “Embassytown” de China Miéville, “Danza de dragones” de George R. R. Martin y “Deadline” de Mira Grant), siendo igualmente finalista (quinta posición) del premio Locus (que ganó Miéville).

Más importante quizás desde una perspectiva comercial, en 2014 SyFy anunció la producción de una serie de televisión basada en las novelas. La primera temporada de The Expanse, consistente en 1o episodios y abarcando aproximadamente tres cuartos de “El despertar del Leviatán”, se estrenó con notable éxito en 2015. Tras la emisión de la segunda temporada, sin embargo, los resultados de audiencia estuvieron a punto de suponer su cancelación, aunque a última hora consiguió la renovación por una tercera temporada (lo que tal vez les permita completar el arco compuesto por “El despertar del leviatán”, “Caliban’s war” y “Abaddon’s gate”). El décimo episodio de la primera temporada conquistó en 2017 un premio Hugo a mejor representación dramática en formato corto.

Otras opiniones:

Anuncios

Las brujas

•septiembre 8, 2017 • 3 comentarios

Roald Dahl, británico de ascendencia noruega, está considerado uno de los grandes nombres de la literatura infantil del siglo XX. No fue un autor excesivamente prolífico. Apenas diecisiete novelas (breves) en casi medio siglo de desempeño profesional, junto con diversa producción dirigida fundamentalmente a los adultos, que incluye dos novelas, un buen número de relatos e incluso guiones cinematográficos. Es, sin embargo, por esas diecisiete novelas infantiles por la que es principalmente reconocido.

Quizás el truco de su popularidad resida en su negativa a realizar concesiones innecesarias a su púbico. Así, sus historias presentan a menudo giros inesperados, crueles incluso, y no ahorran en detalles grotescos o aterradores. Así han sido siempre los cuentos, y no hay razón para ir cambiando a estas alturas la receta.

Ejemplo paradigmático de todo ello lo tenemos en su novela de 1983 “Las brujas” (“The witches”), publicada el mismo año en que se le concedía el Premio Mundial de Fantasía a la labor de toda una vida, por títulos como “Charlie y la fábrica de chocolate”, “El superzorro” o “James y el melocotón gigante” (y aún le quedaban por delante unos años y cinco novelas, entre las que se cuenta “Matilda”).

Con elementos autobiográficos, “Las brujas” constituye a grandes rasgos una recodificación modernizada de uno de los más poderosos arquetipos de los cuentos de hadas: el de la bruja, no con connotaciones religiosas (o satánicas), sino simplemente como encarnación de los peligros mortales que acechan a los niños. Si en el siglo XVIII y anteriores esa oscuridad amenazante se ocultaba en los bosques, en pleno siglo XX se hacía necesaria una reformulación, que trasladara la amenaza a un ambiente urbano.

Así pues, y a grandes rasgos, “Las brujas” toma los elementos estructurales de cuentos como el de Hansel y Gretel y los actualiza, adaptándolos también al modelo Dahl, que presenta a sus jóvenes protagonistas como héroes, enfrentados a la villanía adulta con el auxilio de un adulto amistoso (en este caso la abuela noruega, caracterizada en homenaje a la madre del autor). A la postre, por supuesto, Dahl se pone siempre de parte del niño, derrotando la maldad que se ejerce sobre él desde el mundo adulto.

Nos encontramos con la historia de un chaval que a los siete años queda huérfano y tiene que quedarse a vivir con su abuela, una gran narradora que la cuenta historias sobre brujas viviendo ocultas entre los seres humanos, con un odio terrible hacia los niños. Ese mismo verano, cuando están de vacaciones de la costa sur de Inglaterra, tienen la mala suerte de alojarse en el mismo hotel donde las brujas inglesas van a celebrar su reunión anual con la Gran Bruja, lo que se prueba una experiencia realmente transformativa para el chaval.

“Las brujas” es, ante todo, un libro ágil, concebido para ser leído prácticamente de un tirón. Aparte de su retorcido sentido del humor y su vocación por lo políticamente incorrecto, destacaría el modo en que Dahl gestiona la información, racionándola para no saturar jamás a sus jóvenes lectores, aunque asegurándose de que el dato preciso esté siempre fresco en su memoria para cuando es necesario. Crea, por así decirlo, una burbuja de atención, dentro de la cual no dejan de suceder cosas, en continua progresión hacia un final… inusual.

Recuerdo cuando leí este libro de niño y logró sorprenderme con un desarrollo atípico. Lo más habitual en estos casos es que los sucesos, por muy extravagantes que sean, constituyan apenas un paréntesis en la ordenada vida de sus protagonistas. Nada más lejos de las intenciones de esta novela. El encuentro con las brujas tiene consecuencias para el protagonista, consecuencias irreversibles, que sin embargo no logran hundirlo, sino que simplemente lo hacen adaptarse y continuar adelante con optimismo (ahí, de hecho, reside la principal diferencia con la adaptación cinematográfica de 1990, desautorizada precisamente por ese motivo por su autor).

Quizás ese espíritu rebelde y gamberro, que conecta más con los niños (a los que sugiere que lavarse más de un vez al mes es peligroso) que con los adultos, haya hecho de “Las brujas” uno de los libros más censurados en las escuelas públicas estadounidenses. Formalmente, eso sí, es por su presunta misoginia (aunque deja claro que, pese a parecerlo, las brujas no son mujeres, y la abuela es un personaje claramente positivo “pese” a ser femenino). Lo cierto es que Dahl comprendía que la asepsia (conceptual) es aburrida, que los niños, como cualquier otra persona, necesitan un estímulo que los atraíga, y que no hace mal una travesura cuando estás hablando de valentía y responsabilidad, de presentar modelos positivos (aun con sus defectillos, que los hacen más reales) y de estimular el respeto por las raíces culturales (en este caso el sustrato noruego que comparten tanto Dahl como el protagonista de su libro).

La novela suele presentarse ilustrada por el artista habitual de Roald Dahl, Quentin Blake, que sabe transmitir a través de sus trazos ligeramente paródicos todo el humor y el dinamismo de la historia.

El Torreón del Cosmonauta

•septiembre 7, 2017 • Dejar un comentario

Ken MacLeod forma parte de la “escuela” de space opera británica (y más específicamente escocesa) que surgió a mediados de los noventa a las estela de Iain Banks. Destaca, además, por ser uno de los más comprometidos con las políticas de izquierdas (que es lo habitual en el caso de estos autores, con la llamativa excepción de Peter Hamilton), lo que inicialmente supuso un obstáculo para la edición de sus novelas en los EE.UU., aunque luego, y por un breve período, fue asiduo finalista en los grandes premios del género.

Sus siete primeras novelas conforman un par de series compuestas por obras semi independientes. Tras publicar la tetralogía de Fall Revolution (que le reportó ya sus primeras nominaciones), dio inicio en el año 2000 a la trilogía de los Motores Lumínicos con “El Torreón del Cosmonauta” (“Cosmonaut Keep”), que cosechó nominaciones a los premios Arthur C. Clarke y Hugo.

La acción de la novela está dividida en dos hilos que se van alternando. El primero acontece en un escenario de futuro más o menos cercano, en torno al año 2045, en una Europa que tras una Tercera Guerra Mundial ha quedado bajo el dominio de Rusia, conformando la Unión Comunista Europea. Llegados a ese punto, queda establecida una nueva guerra fría (aunque, curiosamente tras el conflicto bélico, aparentemente más distendida y razonable que la original). Allí, el analista de sistemas escocés Matt Cairn, perteneciente a una organización de viejos hackers anarquistas, se ve involucrado en los asuntos de una espía americana, justo cuando su gobierno hace público que llevan meses en contacto con una avanzada especie alienígena.

El segundo hilo se desarrolla en el planeta Mingulay, en un futuro inespecífico en el que la humanidad forma parte de la Segunda Esfera, una especie de comunidad en la que conviven en armonía diversas especies inteligentes, como los saurios, cuyos antepasados fueron transportados desde la Tierra millones de años atrás. Por lo que respecta a los hombres, en su mayor parte han sido traídos en grupos dispersos por los dioses (unos alienígenas omnipotentes, de los que poco más se sabe). La excepción la conforman los navegantes, que supuestamente llegaron a Mingulay por sus propios medios siglos atrás, poseedores además del don de la inmortalidad.

El primer escenario se organiza básicamente como una novela de espías, con tímidos elementos cyberpunk, alcanzando también el espacio, con la base europea Almirante Titov, que es donde se ha verificado el contacto alienígena. En cuanto al segundo, es más difícil de caracterizar, porque básicamente no ocurre nada relevante en una búsqueda contemplada tangencialmente del antiguo secreto de la navegación interestelar, así que su interés descansa sobre todo en la descripción de la extraña sociedad mixta (y sus múltiples anacronismos), con aderezos como la cultura mercader (que viaja entre mundos a bordo de naves lumínicas pilotadas por krakens).

La obsesión ideológica de MacLeod por huir de los héroes convierte a sus personajes, al menos en este libro, en seres bastante anodinos, a los que ni siquiera unos torpes triángulos amorosos son capaces de dar vida (entre otras razones, porque en ningún momento condesciende a mostrar una interacción a tres bandas… o una reacción emocional, ya que estamos). Lo peor, sin embargo, es la enorme morosidad con la que gestiona sus ideas.

No es que la novela carezca de desarrollos sugerentes (entre otros que resultan, todo hay que decirlo, bastante patéticos, como una reivindicación parcial de la ufología, que ni siquiera funciona a modo de sátira). El problema surge cuando descubres que MacLeod va desvelando sus cartas con cuentagotas, estirando las revelaciones hasta el infinito, con una absoluta alergia a profundizar en nada de lo que propone. Así, los capítulos (de una extensión desproporcionada), van pasando sin eventos significativos, poniendo a prueba la paciencia del lector, y a medida que va acercándose la conclusión empieza a cobrar forma una sospecha de lo más desagradable: va a cerrar sin dignarse, no ya a proporcionar respuestas a nada de lo que propone, sino siquiera a hacer confluir con un mínimo de sensación de resolución sus dos tramas.

No ahondaré demasido en esto. Voy a limitarme a comentar que de la trama de futuro cercano, el noventa por ciento de lo que se narra es irrelevante (es decir, inconsecuente) para complementar la trama de Mingulay, que a su vez deja casi todos sus hilos abiertos, para proporcionar el cierre, si eso, en las otras novelas de la serie (“Luz oscura” y “Ciudad Motor”). Es algo que hubiera podido funcionar si las historias fueran al menos entretenidas por sí mismas, pero no, nada de eso. El estilo de MacLeod es tan árido como los escenarios que propone.

Tal vez sea que estoy perdiéndome algo. He comprobado que presenta su Unión Comunista Europea como una sátira, pero si es así no soy capaz de encontrarle la gracia. Es más, se me antoja caduca, desfasada. No sé si serán los diecisiete años que nos acercan a la fecha estipulada, pero lo cierto es que los futuros de William Gibson, cuya concepción es bastante anterior y en los que supuestamente se inspira MacLeod, siguen siendo más futuristas.

 También me pierdo las bromas a costa de las diversas corrientes comunistas (con una fijación particular por el trotskismo) y la historia misma del socialismo revolucionario. Fallo mío, lo reconozco, aunque dudo mucho que un mayor conocimiento por mi parte hubiera bastado para corregir la sensación de estar leyendo una historia en la que no pasa realmente nada.

En definitiva, que “El Torreón del Cosmonauta” me ha supuesto una decepción mayúscula, y no acabo de comprender el porqué de sus nominaciones. En el caso específico de los Hugo (compitió en la edición de 2002), la novela ganadora no fue tampoco plato de mi gusto (“American gods“, de Neil Gaiman), pero entre el resto de opciones se contaban también “La estación de la calle Perdido” de China Miéville (imperfecta también, pero mucho más innovadora) o el magnífico retorno de Lois McMaster Bujold a la fantasía con “La maldición de Chalion” (el quinteto se completo con “Pasaje”, de Connie Willis”, y “Los cronolitos”, de Robert Charles Wilson).

Otras opiniones:

Más oscuro de lo que pensáis

•septiembre 6, 2017 • Dejar un comentario

Mantener la relevancia en un género en continua evolución como es el fantástico resulta complicado. Lo habitual es disfrutar de en torno a una década de relevancia (en ciencia ficción, un poco más para quienes se dedican a la fantasía o al terror) y luego toca dar paso a nuevos autores, con ideas más frescas. Los grandes autores siguen manteniendo una producción más o menos constante, si bien ya no tan rompedora, y aunque tratan de reinventarse, pocas veces tienen éxito (a no ser que el vaivén de los gustos ponga de nuevo de moda su estilo).

Esta dinámica se ha manifestado de forma muy particular cada vez que el género en su conjunto ha dado un salto de calidad, con multitud de autores incapaces de responder a las nuevas exigencias desvaneciéndose en la más absoluta irrelevancia. Sobrevivir a uno de esos puntos de inflexión es difícil, a dos o más casi milagroso. Jack Williamson es quizás el ejemplo más extraordinario de adaptabilidad. Sus primeros cuentos datan de 1928, en plena era del pulp, mientras que su última novela la firmó en 2005, a los noventa y siete años de edad. En 2002, a los noventa y cuatro, ganó el John W. Campbell Memorial por “Terraformar la Tierra” (una concesión en la que debió de pesar lo suyo el elemento honorífico, pero aun así…).

Un magnífico ejemplo de esa evolución lo encontramos en la historia de la creación de uno de sus libros más famosos, “Más oscuro de lo que pensáis” (“Darker than you think”, 1948), cuyo punto de partida cabe situarlo en 1932, con la publicación en Strange Tales de la novela corta “Wolves of darkness”. A partir de 1936, el joven Williamson se derrumba y busca ayuda, atendiendo durante dos años a terapia psicoanalítica en la Clínica Menninger en Topeka. Reconciliado, según sus propias palabras, con sus contradicciones internas, Williamson regresa a un campo en el que la irrupción de John W. Campbell al frente de Astounding supondrá toda una revolución que dará inicio a la Edad de Oro, equipado con las herramientas necesarias para hacer que su ficción se ponga a la altura de los nuevos requerimientos.

Así, en 1940 publica en la nueva revista Unknown una nueva versión de la historia, titulada ahora “Darker than you think” y con el añadido de una clínica psiquiátrica, Glennhaven, en la ficticia Clarendon, como reflejo de la Clínica Menninger y Topeka, donde su protagonista aprende a aceptar su oscuridad interior de un modo que, sinceramente, no es el que sus terapeutas esperan. Pero no acaba ahí la cosa. Tras la segunda guerra mundial, con las restricciones de papel, el mercado de las revistas pulp empieza a decaer y, paralelamente, comienza a surgir una nueva forma de comercializar la ciencia ficción, recopilando como libros las principales obras serializadas en los años treinta y cuarenta. La pionera al respecto fue Fantasy Press, que lanzó con gran éxito como su segundo título “La legión del espacio“, de Williamson, en 1947. Uno después, tras solicitarle un segundo título al autor, éste propuso “Más oscuro de lo que creéis”, aunque para su publicación como novela necesitaba doblar su longitud, y esa versión es ya la definitiva.

El protagonista de la historia es el periodista Will Barbee, que aguarda en su ciudad el regreso de la expedición del profesor Mondrick, de cuyo grupo formó parte. En medio de una rueda de prensa improvisada en el mismo aeropuerto, ante el anuncio de revelaciones terribles y portentosas, Mondrick fallece en extrañas circunstancias, que podrían estar relacionadas con April Bell una misteriosa joven que se ha presentado a Will como periodista novata (y al lector como la típica femme fatale del género negro).

Los estudiantes del profesor, junto con su viuda, se conjuran entonces para proteger un hallazgo arqueológico de tremenda importancia, dejando de lado a Will, quien empieza a experimentar unos extraños sueños en los que se transforma en lobo y merodea por Clarendon en compañía de una loba blanca que es April, llevando a su pesar la tragedia a sus antiguos amigos. En el proceso, y tomándose las cosas con mucha calma, April va desvelándole la historia secreta de un antagonismo ancestral entre humanos y… en fin, no es que Williamson haga un gran trabajo gestionando la información (lo increíble de verdad es lo obtuso que resulta el protagonista), pero mejor dejo alguna sorpresa para el lector.

A grandes rasgos, mencionaré cómo Williamson se esfuerza por trascender los estrechos límites de la antigua literatura pulp, entrelazando la licantropía con el psicoanálisis, inventando un conflicto de orden superior al episodio concreto descrito en la novela y buscando una explicación pseudocientífica (inspirada en la mecánica cuántica, aunque sin comprenderla demasiado) que ancla la fantasía a una lógica interna propia (algo que propugnaba Unknown, para diferenciarse de otras revistas como Weird Tales). Con todo ello, reinventa el mito del licántropo (cambiaformas, para ser más exactos), añadiéndole facetas científicas y psicológicas. Desde una perspectiva moderna quizás resulte todo muy vago y somero, pero fue toda una novedad en su momento.

Respecto al estilo, se le nota, y mucho, la labor de engrosamiento. Simplemente, no hay suficiente información para una novela, y Williamson se ve en la necesidad de dar vueltas y más vueltas en torno a los mismos conceptos. Lo que funciona en una novela corta, puede no ser suficiente para una novela, y aquí tenemos un caso paradigmático al respecto. De igual modo, los intentos del autor por aportar giros sorpresa (y de engañar con los títulos de los capítulos) se ven venir de muy, muy lejos, por lo que la experiencia dista de ser plenamente satisfactoria.

Aun así, sobre todo cuando más se aparta de la licantropía clásica, la novela es capaz de ofrecer escenas y, sobre todo, imágenes memorables, con un toque noir que la hace singular, lo cual tal vez explique su condición de pequeño clásico dentro de la fantasía oscura (más que terror). Quizás, por cuestiones de ritmo y densidad informativa, hubiera disfrutado más de la versión corta (la de Unknown) de la historia, que posiblemente conserve todas las innovaciones sin forzar repeticiones machaconas.

Dos años después de la aparición de la novela corta, Jacques Tourneur estrenó “La mujer pantera”, que exploraba temas similares (aunque con una conexión mucho más directa con la sexualidad).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

El jardín de infancia

•septiembre 5, 2017 • Dejar un comentario

Geoff Ryman es uno de los autores de ciencia ficción que más éxito ha cosechado explorando la homosexualidad en su obra (en el mercado no especializado, el orientado específicamente a dicha comunidad, presenta sus propias dinámicas e incluso premios, como el Lambda para obras fantásticas). Se une así a nombres como David Gerrold, y antes que ellos Thomas Disch y Samuel R. Delany (o Nicola Griffith entre las mujeres, aunque su mercado principal sí que es el LGBT) en obtener reconocimiento crítico y comercial en una faceta que no puede estar más alejada de la orientación claramente heterosexual (y masculina) de los orígenes de la ciencia ficción moderna en las revistas pulp (y queda así excluida buena parte de la ciencia ficción feminista de primera ola, que sí exploró a conciencia el tema, aunque su influencia en las obras posteriores es casi nula).

Todo ese reconocimiento llegó ya con una de sus primeras novelas cortas, “El país irredento” y fructificó en su segunda novela, “El jardín de infancia” (“The child garden”, 1989), que cosechó los premios Arthur C. Clarke y John W. Campbell Memorial (su primera parte ya se había alzado con el BSFA de ficción corta).

La narradora de la historia es Milena, una joven que habita en un Reino Unido del futuro, alterado por el cambio climático, por la implantación de un comunismo de origen asiático y, sobre todo, por los virus. En un intento por erradicar el cáncer, se extendió incontrolable una infección que alteró el ADN humano, venciendo a la enfermedad pero teniendo como resultado la reducción de la esperanza de vida a los treinta años. Para compensar esta reducción, se ha optado por la educación mediante nuevos virus, que transfieren al cerebro directamente los conocimientos, lo que provoca el fin de la infancia tal y como la conocemos.

Milena no sólo es parcialmente inmune a los virus, por lo que tiene que aprenderlo todo a la antigua usanza (lo que la hace parecer retrasada), sino que además, como no pudo ser leída y ajustada, es culpable de presentar una “mala gramática”, que es otra forma de decir que es lesbiana. Su vida cambia cuando conoce a Rolfa, una “osa polar” (una humana adaptada al frío de los polos, con una espesa pelemabrera blanca), que es una talentosa, aunque problemática, compositora, por la que se ve de inmediato atraída, obsesionándose con la producción de la que considera su obra magna, una adaptación operística de “La divina comedia”… y ese empeño sigue vivo incluso tras la lectura de Rolfa, que la cura de sus extrañezas y las distancia irremisiblemente.

La novela, pues, orbita en torno a dos grandes temas. Por un lado la integración (forzosa e imposible) en la sociedad, regida por el Consenso, una especie de mente colmena que surge de la integración de todas las lecturas (obligatorias a partir de cierta edad como método de homogeneización y orientación social); por otro el genio artístico, que la integración mata, por lo que el Consenso no sólo permite la extrañeza de Milena, sino que incluso la alienta, con el propósito de utilizar su creatividad para sus propios fines.

Tenemos pues una tensión entre la estabilidad, representada por la sociedad consensual, y el cambio, identificado por ejemplo con el cáncer, aunque también podríamos señalar a lo diferente, que una vez derrotado (es decir, erradicado) se prueba como imprescindible.

Los mimbres, como puede comprobarse, son interesantes. Por desgracia la ejecución no me parece para nada a la altura.

Mi mayor objeción es que mientras en ocasiones Ryman se pasa de obvio, haciendo uso tanto de la metáfora como de la exposición directa (para caracterizar, por ejemplo, la alienación de Milena por su orientación sexual), en otras ocasiones opta por el oscurantismo, dejando la interpretación de lo escrito en un terreno tremendamente vago. Eso sí, no deja en ningún instante de lanzar ideas contra el lector, alternando sin ton ni son entre lo explícito y lo implícito, hasta que la novela sucumbe por exceso de simbolismo y una absoluta falta de respeto o de comprensión en torno a la ciencia que justifica la etiqueta de “ciencia ficción”, lo que da situaciones que fuerzan la suspensión de la incredulidad (en pro, supongo, del simbolismo) hasta que ésta acaba haciéndose añicos (algo que me ocurre también, por ejemplo, con la saga de la Xenogénesis, de Octavia Butler).

Al final, me he encontrado arrastrándome por la páginas de la novela, esperando que llegue a algún sitio o que, cuando menos, termine de elaborar alguna idea. No podía tampoco dejar de pensar en dos obras de Thomas Disch que, por separado, abordan más o menos las mismas temáticas que “El jardín de infacia”. Por un lado “Campo de concentración“, con su exploración del ingenio, y por otro la extraordinaria “En alas de la canción”, como una reflexión (completamente metafórica) en torno a la homosexualidad (más que en sí misma, en conflicto con una sociedad represiva).

He leído interpretaciones que apuntan a la conexión de “El jardín de infancia” con la epidemia de SIDA, que en 1989 estaba en su apogeo, azotando con especial saña a la comunidad gay. Es una lectura que no está unánimemente aceptada, pero encuentro que explica y contextualiza mucho de lo que nos presenta la novela (con un virus imparable que acorta la vida y acaba con la infancia, y ante el que Milena presenta auténtica fobia)… al menos en su primera parte, luego las cosas se complican (o pierden focalización) y ya no estoy tan seguro de que sea una interpretación que pueda aplicarse automáticamente al conjunto de la obra.

Así pues, lo reconozco, con tanta idea deslavazada no he sido capaz de determinar de qué va exactamente “El jardín de infancia”, y dado que tampoco me ha resultado atractiva desde una perspectiva puramente literaria (parte de la culpa podría tenerla la traducción), se me hace difícil comprender tanto premio y tanto elogio generalizado. Le reconozco el mérito por lo que intenta, pero no puedo sino concluir en que Ryman se pierde por el camino y no llega a ningún sitio.

Otras opiniones:

The goblin emperor

•septiembre 4, 2017 • Dejar un comentario

Tras publicar diversos relatos de fantasía y terror, Sarah Monette dio inicio a su carrera literaria en 2005 con “Mélusine”, la primera novela de la serie de fantasía urbana (subtipo mundo fantástico) The Doctrine of Labyrinths. Al concluir los cuatro libros que la componen, y en colaboración con Elizabeth Bear, publicó la trilogía de Isrkyne, antes de presentar bajo el seudónimo de Katherine Addison la novela que la ha catapulado al primer plano del panorama fantástico actual, “The goblin emperor” (2014), ganadora del premio Locus y finalista de los premios Hugo, Nebula y World Fantasy.

“The goblin emperor” es la historia de Maia, el hijo repudiado del emperador de los elfos con su cuarta esposa, una goblin para más señas (la única diferencia entre ambas razas parece radicar en el tono más oscuro de la piel y el pelo de los goblins). Maia vive exiliado en un destartalado castillo periférico, bajo la tutela tiránica de un primo, igualmente castigado por pasadas indiscrecciones, cuando de repente, a sus dieciocho años recién cumplidos, llega un mensajero de la Corte Aceileneisa (Untheileneise) con la noticia de que tanto su padre como sus tres medio hermanos mayores (a los que no conoce) han perecido en un accidente de dirigible, convirtiéndolo de facto en el nuevo emperador de los elfos.

Su única esperanza de supervivencia radica en la osadía y la premura, así que parte de inmediato hacia el palacio imperial, carente por completo de preparación o conocimientos sobre el funcionamiento de la corte, muy consciente de tal situación y, por añadidura, con profundas cicatrices emocionales fruto de la temprana muerte de su madre, unida al desprecio de su padre y a los años de maltrato físico y psicológico al que lo ha tenido sometido su primo Setheris.

De todo esto nos enteramos en los primeros episodios, y tras un breve viaje en dirigible, el resto de la novela queda circunscrita a los límites (bastante generosos del palacio y capital imperial). Maia asume la típica función narrativa de la mirada ajena hacia una sociedad, con la peculiaridad de que, al contrario de lo que suele ser la norma, su posición en la misma es preeminente, como figura principal de la compleja estructura política imperial, representada por una corte de características renacentistas, con poderosos ministros que forman parte de un parlamento de lores, en cuyas manos se encuentra el gobierno efectivo de la Tierra de los Elfos.

Tanto la juventud, como la inexperiencia, como su condición de mestizo, complican la vida de Maia como emperador Edrehasivar VII (rompiendo con la tradición de la dinastía a la que formalmente pertenece, cuyo nombre regio ha sido Varenechibel, llegando en su padre, al que sólo vio una vez con motivo del entierro de su madre, al IV). Rodeado de un par de consejeros fieles, y siempre a la sombra de dos guardaespaldas, se encuentra inmerso en la paradójica posición de ostentar un poder casi absoluto y no saber cómo ejercerlo, porque lo cierto es que Maia es un buen chico, con una personalidad muy diferente de la autoritaria de su finado padre, y las infinitas responsabilidades de su nueva posición (en el gobierno, la gestión de su casa e incluso por lo que se refiere a sus deberes dinásticos) lo abruman.

La novela se extiende por el primer año del reinado de Edrehasivar VII (es decir, Maia), y pese a la existencia de un par de complots (incluyendo el que le costó la vida a su padre y sus hermanos), la autora prefiere centrarse en los esfuerzos de su joven protagonista por estar a la altura de su cometido, superar sus inseguridades y tratar de afianzar una personalidad y un estilo de gobierno propios (lo cual se refleja sobre todo en su apoyo al gremio de relojeros para la construcción de un gran puente levadizo (a vapor) sobre el río Istandaärtha (innovación que no es vista con agrado por todo el mundo).

Es el enfoque adecuado.  Desde una perspectiva política, la trama resulta ingenua en grado sumo, y en realidad no llega a ocurrir nada tremendamente significativo. La historia no salta de clímax en clímax, sino que se desliza, sustentada a medias por el exotismo (con la inmersión en una cultura compleja y barroca, cuajada de títulos rimbombantes que la autora maneja con soltura) y a medias por la simpatía que suscita Maia (quien transita en equilibrio por una fina línea entre la ingenuidad y el papanatismo, sostenido con firmeza por un sentido moral y una responsabilidad innatos).

Como aderezo, la historia aborda además otros temas, empezando por el conflicto racial subyacente al desprecio hacia la herencia goblin del protagonista (aquí, tal vez, hubiera sido de agredecer algo más de profundidad, pues todo parece limitarse a una cuestión pigmentaria) y siguiendo por ciertas lecturas revolucionarias contra el inmovilismo social, algunas de ellas auspiciadas por el propio Maia en el ejercicio de sus prerrogativas imperiales y otras originadas en los avances tecnológicos (el puente mecánico y los dirigibles, que han llevado a algunos críticos a asociar la novela con el steampunk, aunque aparte de la cuestión estética, no acabo de verlo, pues estamos ante una sociedad más isabelina que victoriana).

“The goblin emperor” es, ante todo, una novela agradable de leer. Como su propio protagonista, está empeñada en romper moldes, pero no por la fuerza, sino a través de una reposada insistencia. La misma ambientación constituye en sí misma una novedad (relativa), como lo es su alergia frente al efectismo barato. No tanto su querencia por el escenario estático (algo que cada vez es más habitual), aunque sí su renuncia clara a transitar por el camino del héroe (y sin hacer alarde de ello, como sí ocurre con la obra de Brandon Sanderson o Joe Abercrombie). Maia no es un héroe, es un buen chico al que le ha caído encima una tarea abrumadora, que intenta cumplir como mejor sabe, consciente de sus limitaciones.

O, visto así, sí que es un héroe, pero de otro tipo. El tipo que tal vez nos hace más falta hoy en día.

La novela que le arrebató el Hugo fue “El problema de los tres cuerpos“, de Cixin Liu, mientras que el Locus de ciencia ficción fue para “Ancillary  sword”, de Ann Leckie. Los otros dos finalistas entraron en el quinteto de la comprometida mano de los Sad Puppies, así que no voy ni a nombrarlos. El Nebula fue para “Aniquilación“, de Jeff Vandermeer (con la presencia de Liu y Leckie, además de Jack McDevitt y Charles E. Gannon), mienras que el World Fantasy recayó en David Mitchell y “Los relojes de hueso”. Aún no he leído el de Mitchell, pero por lo que respecta a Hugo y Nebula, prefiero de largo el debut (pseudonimístico) de Katherine Addison antes que los respectivos ganadores.

Otras opiniones:

El tapiz de Malacia

•agosto 25, 2017 • 1 comentario

El sábado pasado falleció, recién cumplidos los noventa y dos años, uno de los grandes nombres de la New Wave, el británico Brian Aldiss. Su importancia dentro del desarrollo de la ciencia ficción es gigantesca, aunque tal vez la ausencia de ese título especial que encumbra a un autor haya pesado en su legado, hasta el punto ser un autor no demasiado conocido por las generaciones más recientes de aficionados.

El caso es que él, más que ningún otro, supo establecer puentes entre el viejo enfoque británico del romance científico y la imaginería desarrollada con posterioridad en las revistas pulp americanas. Esa aproximación dual puede percibirse con claridad en algunos de sus primeros títulos, como “La nave estelar” (1958) o “Los oscuros años luz” (1964) y le permitió alcanzar cierto grado de reconocimiento crítico fuera de los círculos especializados.

Su mejor época fueron sin duda los años sesenta, durante los que publicó la mayor parte de sus grandes obras, como “Invernáculo” (1962) (que le valió el premio Hugo… de ficción corta, aunque el galardón se concedió al conjunto de relatos que conforman el fix-up), “Barbagrís” (1964) o “Criptozoico” (1967), así como algunas de sus obras más experimentales, como “Informe sobre probabilidad A” (1967) o “A cabeza descalza” (1969). En los setenta, a medida que la ciencia ficción iba recuperando su enfoque más aventurero, él siguió profundizando en un estilo del que, poco a poco, iban distanciándose los aficionados. Aun así, destacan de esta época títulos como el homenaje a los clásicos británicos “Frankenstein desencadenado” (1973) o su única incursión en la fantasía más o menos pura, “El tapiz de Malacia” (“The Malacia tapestry”, 1976), así como su continuada labor como prestigioso antólogo.

En los ochenta llegó su obra magna, la monumental trilogía de Heliconia (1982-85), que pese a su éxito (relativo) en Nebula, Locus, BSFA y John W. Campbell Memorial, supuso en cierta forma la constatación de que la ciencia ficción había tomado otros rumbos, y así Brian Aldiss siguió perdiendo relevancia dentro del mundillo de la ciencia ficción (justo cuando los autores de la generación anterior empezaban a disfrutar de una segunda época de gloria, en medio de la irrupción de nuevas tendencias y autores). Ello no interrumpió su labor, y Aldiss se mantuvo activo, tanto en ficción como en poesía o ensayo hasta casi el fin.

Como decía “El tapiz de Malacia” supone un título singular en su bibliografía. Aunque su ficción nunca se apoyó en exceso en la ciencia, los temas y escenarios que escogía sí que podían en general clasificarse dentro de la ciencia ficción, mientras que para esta novela, pese a un tímido intento por apelar a las dimensiones paralelas, la ambientación es propia de la fantasía. No épica, sin embargo, sino como mucho picaresca, urbana, renacentista. Una versión abigarrada y al mismo tiempo prosaica de la Lankhmar de Fritz Leiber o, de forma mucho más próxima, la Viriconium de M. John Harrison, a través de cuyos habitantes explorar el estancamiento y la decadencia.

El protagonista y narrador de “El tapiz de Malacia” es Perian de Chirolo, un joven actor en la milenaria e inmutable ciudad de Malacia cuya única preocupación en la vida es disfrutar del sexo con cuanta mujer apetecible se ponga a su alcance, sin dejar que consideraciones morales de ningún tipo le turben. Tanto le vale la mujer de su patrón, como una humilde remendona como la hija mimada de una familia pudiente. Como buen libertino, se entrega por completo al hedonismo y vive feliz en medio de una existencia sin objetivos a largo plazo.

Toda Malacia se encuentra atrapada no ya en un bucle, sino en una calma eterna, salpicada aquí y allá de pequeñas desgracias personales, como la peste o la ruina, pero sin que ningún gran cambio amenace con alterar lo que ha sido y será. De hecho, el Consejo secreto de la ciudad vela por eliminar de raíz todo atisbo de cambio, como el que empieza a germinar en pequeños núcleos revolucionarios. Cualquiera podría esperar de Perian iría involucrándose en estos movimientos progresistas, pero Aldiss no está interesado en explorar ese tipo de historia. Su protagonista exhibe el egoísmo propio de la infancia, y lo único que le preocupa es su propio bienestar, y si acaso alberga alguna expectativa de evolución social, sus esperanzas se sustentan en acceder por matrimonio a una existencia más acomodada, sin que el destino de la ciudad en su conjunto le preocupe en absoluto.

Su último objetivo, sin embargo, es distinto. Por Armida siente algo más permanente. Nada que le impida, al menos en un principio, seguir picoteando de flor en flor, pero sí un sentimiento que le impulsa al cambio personal. Coincidentemente, se ve involucrado en proyectos que huelen a cambio, a pequeña revolución como semilla de una revolución mayor, aunque en su fuero interno nada hay que le predisponga a aceptar ese camino… al menos hasta que haya tocado fondo en sus modestas ambiciones.

“El tapiz de Malacia” constituye una fantasía muy distinta de casi cualquier otra que se haya publicado. Ni siquiera se regodea en la decadencia, como sucede con las ficciones de Tierra Moribunda. La decadencia de Malacia no surge del agotamiento, sino del estancamiento, de la voluntaria decisión, tanto individual como colectiva, de no asumir responsabilidades o tomar decisiones (siquiera ante la presencia de un ejército invasor a las puertas de la ciudad). La novela escenifica en muchos aspectos un rito de madurez, el de una ciudad preparada por fin para el cambio, individualizada en Perian, listo quizás para abandonar la irreflexiva despreocupación de la juventud.

Así, son varios los opuestos en precario equilibrio, en oposición o en una extraña fusión que hace difícil distinguirlos, empezando por la inmovilidad y el cambio y siguiendo por Dios y el Diablo (incluso la propia religión de Malacia es dualista, incapaz de decantarse por una u otra opción), la juventud y la madurez, el arte y la vida… De igual modo resulta imprecisa la ambientación. En muchas críticas he leído que Malacia se inspira en la Italia renacentista (en particular en Venecia), pero no creo que eso sea completamente cierto. La ciudad es una amalgama de diversas culturas, tomando también prestado elementos del Siglo de Oro español o el romanticismo inglés. Detenida, en cualquier caso, el borde mismo de la Ilustración.

También es de destacar en cuanto a su ambientación la presencia de los ancestros, dinosaurios (más o menos reconocibles) que siguen vivos entre los hombres (y, de hecho, son considerados erróneamente los antecesores de la humanidad, siendo despreciados todos esos desviados que buscan su linaje entre los simios). Las escenas con los grandes ancestros, de hecho, confieren exotismo a algunas de las mejores escenas de una novela que sin ese toque de extravagancia podría haber resultado quizás demasiado árida.

A la postre, en medio de ese tapiz que teje con su imaginación, Aldiss nos conduce por la evolución moral de Perian, aunque fiel a su habitual pesimismo decide detenerse justo en el punto más bajo, escamoteándonos su redención (si es que llega a producirse). Por el camino nos regala un escenario singular, con dinosaurios y ejércitos, astrólogos y actores, magos, dioses y sacerdotes, arte y egoísmo, miseria moral y material, amor y concupiscencia, un fresco estático que, sin embargo, apunta a una evolución ulterior, más allá de nuestra mirada y nuestro conocimiento.

Brian Aldiss

(18 de agosto de 1925 – 19 de agosto de 2017)

IN MEMORIAM

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

 
A %d blogueros les gusta esto: