Historia de la Llanura Esplendente

•junio 5, 2017 • Dejar un comentario

La fantasía moderna nació posiblemente en 1890, de la mano de dos obras fundamentales, que sentaron las bases de todo el desarrollo posterior: “Eric Ojos Brillantes“, de Henry Rider Haggard, e “Historia de la Llanura Esplendente” (“The story of the Glittering Plain or the Land of Living Men”), de William Morris.

Mientras que la primera constituye una suerte de imitación de las sagas nórdicas, con una acción que transcurre en nuestro mundo (si bien un mundo donde tiene cabida la magia), la novela de Morris tal vez sea la primera fantasía de mundo secundario, totalmente independiente del nuestro, cosntituyéndose así en precursora de lo que hoy en día llamamos fantasía épica (o high fantasy, en su clasificación anglosajona). Y sí, también hunde sus raíces en la épica nórdica (de la que Morris era especialista), así como en la mitología grecolatina o los cantares de gesta medievales, aunque su posicionamiento, y esto es el segundo elemento que lo diferencia fundamentalmente de dichas manifestaciones anteriores del género épico, es puramente estético. No pretende enseñar nada, sino sólo despertar sensaciones; reavivar, en particular, un sentimiento inocente de maravilla.

Todo esto no quiere decir que la novela no presente sublecturas más profundas. Más bien al contrario, su interpretación no es en modo alguno simple. Su objetivo, simplemente, no es transmitir una enseñanza. El significado no es el fin, sino un medio para dotar de consistencia a la historia de Hallblithe, de la casa del Cuervo, en su búsqueda de su perdido amor, la Rehén, de la casa de la Rosa.

La novela arranca con la llegada de tres cansados viajeros al hogar de Hallblithe, en la Tierra de los Riscos Junto al Mar. Se hallan embarcados en la búsqueda de la Llanura Esplendente, la Tierra de los Vivientes, región de la que el héroe no sabe darles noticias. Pronto, sin embargo, se olvida de ellos, pues le llega aviso de que unos navegantes han raptado a su prometida, y sin perder un instante se arma y parte en su búsqueda.

Su periplo le lleva primero a la Isla del Rescate, y de allí, acompañando a un misterioso anciano, al mismísimo reino de la Llanura Esplendente, aunque todos sus esfuerzos se prueban vanos. Aun tentado con bellas mujeres y con la promesa de la inmortalidad, Hallblithe no puede descansar hasta haber recuperado a la Rehén, y se resiste una y otra vez a olvidarlo todo y abrazar una nueva existencia, por muy satisfactoria o apetecible para cualquier otro que pueda ser.

Desde una perspectiva actual, la “Historia de la Llanura Esplendente” supone una lectura que desafía las expectativas, pues a pesar de ser Hallblithe un guerrero e ir durante todo el periplo armado hasta los dientes, no es en la acción donde reside el atractivo de la obra. De hecho, como protagonista el héroe es un personaje bastante pasivo, que se deja arrastar de aquí para allá, al capricho de las disposiciones de otros. Su única cualidad destacable de verdad es la terquedad, su compromiso inquebrantable con la misión que se ha impuesto, y por tanto su fidelidad absoluta para con la Rehén.

Lo que de verdad interesaba a Morris era recrear en novela la poesía y el aroma épico de las sagas vikingas (de hecho, llamó a sus obras de fantasía “romances en prosa”), y de igual modo se percibe la influencia de Homero (tres años antes había publicado una traducción en dos tomos de la Odisea, del mismo modo que veinte años antes había aprendido islandés para poder traducir tres sagas: la Volsunga, la de Gunnlaugr lengua de serpiente y la de Grettir).

Entrando a un análisis temático, me parece bastante evidente cierta inclinación hacia la escatología, que emparenta la “Historia de la Llanura Esplendente” con los antiguos mitos de muerte y renovación, tales como el del rapto de Perséfone (con Hallblithe en un papel a medio camino entre Hera y Orfeo). La Llanura Esplendente queda identificada como un reino de ultratumba; pero no un lugar tenebroso, sino un paraíso inmortal al que Hallblithe accede como mortal, atado todavía al mundo terrenal por el amor. No es de descartar que el propio Morris contemplara cercana su propia muerte (que de hecho le sobrevino seis años después), y que la respuesta fuera componer una fantasía en torno a un hombre que todavía tiene mucho por hacer antes de permitirse pensar siquiera en la otra vida.

La crítica también ha señalado elementos de socialismo utópico (aunque la Llanura Esplendente esté, al menos nominalmente, gobernada por un rey… que no obliga a cumplir sus mandatos ni presta ayuda a quien se opone a ellos) en el paraíso imaginado por Morris. Tanto la sociedad de donde procede Hallblithe como la ideal de los inmortales, aparte de un sustrato histórico-mítico, tienen mucho que ver con la que ese mismo año había presentado en su utopía futurista anti industrial “Noticias de Ninguna Parte”.

Para concluir, señalar un par de cuestiones sobre la su edición. La obra apareció originalmente en The English Illustrated Magazine en 1890 y al año siguiente constituyó el título fundacional de Kelmscott Press, la imprenta personal de William Morris, que acabaría publicando sesenta y seis volúmenes en apenas seis años. Su concepción del libro como obra de arte le llevó a diseñar sus propia tipografía (los tipos Troy, Golden y poseriormente Chaucer), así como a emplear profusa ornamentación y grabados. Los de “Historia de la Llanura Esplendente”, obra de Walter Crane, no estuvieron listos para la primera edición, así que de forma excepcional se realizó una segunda en 1895.

En español hemos tenido que esperar hasta 2014 para contar con una estupenda edición de Javier Martín Lalanda para Cátedra, que respeta hasta cierto punto el arcaicismo impostado de la prosa de Morris (mucho más acusado en inglés). El texto original, por supuesto, puede obtenerse gratuitamente en edición electrónica a través del Proyecto Gutenberg.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

¿Unos Ignotus para el 2017?

•mayo 1, 2017 • 2 comentarios

Allá voy, con la tradicional entrada mendicante al inicio del período de votación de los premios Ignotus 2017 (correspondiente a obras hechas públicas durante el 2016).

Con lo mío termino pronto. En todo 2016 sólo publiqué un par de ensayos (aparte de las 67 entradas de Rescepto, pero bueno, ya he perdido toda esperanza para con ellas). Se trata de “Los secretos del acero: Sobre la espada y brujería”, publicado en el número 1 (y por ahora único) de la revista electrónica Hierro y Huesos, y “Sobre los viajes interestelares”, el artículo-prólogo con que presento la antología “La canción de Orfeo” (puestos a elegir, este segundo ha despertado más interés… entre los tres o cuatro lectores de la antología).

Y vale, aunque extractar una sola entrada del blog parece una quimera, ¿qué tal os parecería votarlo a mejor página web? Voy a apelar a los trucos más sucios y a presentarlo como una especie de premio a su trayectoria. Después de todo, acaba de cumplir diez añitos y sería bonito conseguir en efeméride tan señalada una segunda nominación (la primera es de hace ya muchos, muchos años). Me temo que el 2016 destaca sobre todo por una docena de reseñas de títulos decimonónicos (o anteriores), y que si sumamos los previos a la Segunda Guerra Mundial, conforman casi la mitad de los contenidos del año (es algo así como pegarse un tiro en el pie por lo que respecta a intentar mantener la vigencia)… por eso apelo a la historia, que en diez años son ya casi 650 reseñas (¡y algunas hasta de libros actuales!).

¡Ánimo! ¡Démosle una pequeña alegría al abuelo! (y no hace falta que nadie se fije en el hombrillo patético tras las cortina).

Por supuesto, mi otro punto de interés sería Cápside… y aunque el 2016 tampoco fue un año muy productivo, aún tengo para mostrar “La canción de Orfeo y otros relatos de viajes interestelares”. Los diez cuentos que la componen son todos ellos inéditos, y por tanto elegibles, y valen la pena. Os los copio, para que estén fresquitos en la memoria (pero no me hagáis elegir, que son todos para mí como hijos de disintas madres y padres):

“La canción de Orfeo”, de María Tordera
“Hacia la última estrella”, de José L. Millán
“Mierda de Gusano”, de Daniel Garrido Castro
“Diario de una bioexploradora”, de Marisa Alemany
“La chambre nue”, de Mª Concepción Regueiro
“La luna existe cuando la miramos”, de Eva G. Guerrero
“La chica más veloz de Babilonia”, de Ana Tapia
“Las carpas del jardín japonés del té”, de David G. González
“Quinta Sinfonía en Do sostenido menor”, de Josué Ramos
“Navegantes de eternidad”, de Pedro Moscatel

Además, la magnífica portada es también un trabajo original, obra de Juan Miguel Aguilera, y termina de redondear las potenciales candidaturas (junto con mejor antología y mejor ensayo).

En cuanto al resto… Como decía es un año en que no he leído mucho contemporáneo. En novela, no creo equivocarme si apunto al favoritismo de Guillem López con “La polilla en la casa del humo” (Aristas Martínez), y también me gustaría hacer mención de “El laberinto Tennen”, el debut novelístico de David Luna (Ed. del Transbordador), que también ha publicado la novela corta “El ojo de dios” (Apache Libros). También en Apache, tenemos la novela corta de Javier Castañeda “Horror vacui”.

De autor extranjero aún he leído menos, pero entre lo que sí he catado, lo que más destacaría es “Un cuento oscuro”, la multipremiada novela de Naomi Novik.

En cuanto a antologías, aparte de “La canción de Orfeo”, mencionaría también “Herederos de Cthulhu” (Kokapeli Ediciones), “Quién tiene miedo a morir”, de Pedro Moscatel (Saco de Huesos) y una antología autoeditada que espero reseñar en breve por aquí, “Trancemónium”, de Aitor Bertomeu (de la que también destacaría el cuento “Azul”).

Este año, además, la revista SuperSonic Magazine ya será elegible en su categoría (aparte de lo que puedan sacar sus contenidos).

Aún tengo que pensarme a fondo la papeleta (porque seguro que me estoy dejando cosas que tengo intención de apoyar), pero baste esto como una primera aproximación.

Votéis lo que votéis, eso sí, recordad que toda aportación es importante. Gracias por contribuir a que los Ignotus gocen de buena salud.

Dark Crusade

•abril 27, 2017 • Dejar un comentario

En 1976 Karl Edward Wagner publicó la tercera novela de su espadachín místico, Kane, recuperando la espada y brujería de Robert E. Howard con un personaje que, presentando muchos puntos en común con Conan, posee su propia identidad diferenciada. Así, Kane es un hombre inmortal (relacionado con la leyenda de Caín), que vaga por el mundo dejando un rastro de muerte y destrucción a su paso. Tan poderoso en el uso de las armas como en la hechicería, su existencia constituye una sucesión de empresas violentas a través de las cuales trata de dar sentido a una vida prolongada más allá de toda medida.

A priori, hay en Kane material para el análisis filosófico, pero Karl Edward Wagner está demasiado interesado en la estética para que todo ese sustrato sea algo más que un barniz superficial, algo que caracteriza, pero no motiva realmente al personaje (inspirado también, según confesión del autor, en “Melmoth, el errabundo”, de Charles Maturin). Esa superficialidad queda muy de manifiesto en “Dark Crusade”, la historia de una campaña salvaje de conquista contra las ciudades-estado del continente sureño, abordada por el otrora bandolero Orted Ak-Ceddi, avatar del antiguo dios Sataki, que tras décadas de decadencia ha encontrado un resquicio para intentar implantar de nuevo su imperio oscuro en el mundo.

Fiel a su individualismo, Kane ha pasado de intrigar como general en una de las ciudades estado más importantes de la región a buscar un modo de vengarse cuando su principal rival lo desenmascara y lo obliga a exiliarse. El masivo aunque desorganizado ejército de Sataki, embarcado en su Cruzada Oscura, constituye el arma pefecta para cumplir sus ambiciones, así que le ofrece sus servicios como general experimentado, aunque pronto queda de manifiesto que sus intereses no son realmente comunes.

Se nota que Karl Edward Wagner estudió con cuidado las tácticas de guerra con caballería pesada antes de escribir la novela. Se nota quizás demasiado, pues a menudo se emociona con su propia épica, y todo cuanto no son batallas se antojan por momentos interludios fastidiosos pero necesarios para llevar a Kane de tal a cual combate. Y hablando de Kane… su plasmación como evidente encarnación de una fantasía compensatoria da por momentos hasta un poco de vergüenza ajena. Es el mismo arquetipo de acabaría transformándose en He-Man, casi una parodia involuntaria de masculinidad exacerbada (más o menos en la línea del Den de Richard Corben).

Hay en “Dark Crusade” elementos sugerentes, como indicios sobre otros planos de la realidad (de donde provienen los dioses) y apuntes hacia el análisis del fanatismo, pero a la postre todo queda supeditado a mantener la tensión a intensidad máxima, sin modulaciones. Incluso el estilo se fundamenta en la misma filosofía de darlo todo en todo momento, con descripciones barrocas, violencia estilizada y vocabulario especializado (para armas y pertrechos militares sobre todo, aunque etimológicamente tal riqueza léxica no ofrezca una visión sincrónica coherente).

Esa ausencia de autocontrol es una pena, porque si algo sabe Karl Edward Wagner es recuperar el estilo de la espada y brujería clásica, y los intentos de enriquecer la trama con giros de cierto calado están ahí, insinuados. De igual modo, es de agradecer el propósito de ampliar la perspectiva, ofreciendo capítulos desde el punto de vista de diversos personajes (Orted Ak-Ceddi, el general rival Jarvo o una joven feriante, atrapada en el conflicto) a la postre, sin embargo, la resolución simple del combate frontal acaba imponiéndose siempre, dejando la novela reducida a una serie de viñetas bélicas bastante logradas, engarzadas por la más tenue de las excusas argumentales. La idea central es que no importa cuánto se esfuerce, al final las ambiciones de Kane serán víctimas de su propio éxito como agente de la destrucción.

Entonces llegamos al capítulos final, “In the lair of Yslsl”, que en realidad constituye un cuento independiente (publicado dos años antes en la revista Midnight Sun), que resulta al mismo tiempo más interesante (por el modo en que enfrenta a Kane a una serie de pruebas) y desconcertante, por cuanto rompe por completo con el tono e incluso la continuidad de la novela y le otorga un final truncado, que no resuelve realmente nada (lo cual, todo sea dicho, no es incongruente con el mensaje global).

“Dark Crusade” nos ofrece el relato de un episodio de violencia salvaje, alimentada por el fanatismo religioso y la ambición, que no resuelve absolutamente nada, sino que se limita a extender la miseria y la muerte, asolando toda una región. En ese contexto, puede entenderse la esencia de Kane como un catalizador, cuya misión consiste meramente en acelerar una reacción que se llevaría a término de igual modo sin su auxilio, y que al terminar ésta sale de escena sin haber cambiado ni un ápice. La personificación pura de los instintos más brutales del ser humano.

No es poca cosa, aunque las elecciones estéticas de Karl Edward Wagner no permiten que la narración pierda tiempo en describir las penurias de la gente corriente (todo lo más, son carne de espada en las batallas… y carroña después de ellas). Salvo a Kane, utiliza y desecha a sus personajes sin dedicarles un segundo pensamiento. Son piezas sacrificables, que no merecen más atención de la justa, y aún tienen suerte, porque hay otros cuyo objetivo parece ser tan sólo ofrecer un poco de color, pero que finalmente, por encontrarse demasiado en la periferia de la acción, quedan como meras hebras sueltas en el tapiz (algo que afecta incluso a los dos antagonistas principales). Todo un potencial desperdiciado, sacrificado en el altar de Kane.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

El problema de los tres cuerpos

•abril 25, 2017 • 2 comentarios

“El problema de los tres cuerpos”, de Cixin Liu, es una novela de ciencia ficción, serializada originalmente en la revista china Science Fiction World en 2006 y posteriormente publicada en formato de libro en 2008, convirtiéndose en uno de los títulos más populares de la ciencia ficción china. En 2014, con traducción de uno de los autores norteamericanos de mayor proyección actual (y de ascendencia china), Ken Liu (sin relación con Cixin Liu), fue publicada en los EE.UU., acabando por alzarse, un poco de rebote, con el premio Hugo de 2015, lo que la convirtió en la primera novela publicada originalmente en un idioma distinto del inglés en recibir tal distinción.

Todo ello, por supuesto, propició la distribución internacional de la novela, llegando también a España (aunque esta crítica se basa en la edición en inglés), y dado que se trata del primer volumen de una trilogía, la de Recuerdos del Pasado de la Tierra, a la espera estamos de la conclusión con “El bosque oscuro” y “El fin de la muerte” (que de nuevo ha cosechado nominación a los Hugo en la presente edición).

La trama fluye por tres líneas dramáticas entrelazadas, la primera de ellas protagonizada por el ingeniero de materiales Wang Miao, quien se ve involucrado en una especie de confabulación cuyo fin parece ser bloquear el desarrollo de determinadas tecnologías. Junto a él, nos enteramos también de la plaga de suicidios entre prominentes figuras científicas y acabamos tropezando con un juego de realidad virtual, 3cuerpos, que nos lleva al segundo escenario.

Aquí estamos en un mundo muy esquemático, sometido a terribles y aleatorios cataclismos, en los que la civilización medra en los oasis de estabilidad, de duración impredecible, que median entre eras caóticas, en las que las condiciones cambiantes con incompatibles con el sostenimiento de la vida. Los seres vivos de ese mundo han desarrollado la capacidad de deshidratarse para permanecer en letargo durante las eras caóticas, pero de vez en cuando una catástrofe de especial gravedad destruye todo rastro de civilización, devolviendo a la vida al casillero de salida.

La tercera línea argumental se nos cuenta a través de una serie de flashbacks, e involucra la vida de una astrofísica, Ye Wenjie, quien pierde a su padre durante las purgas de intelectuales de la Revolución Cultural en 1965 y acaba trabajando en un proyecto secreto conocido como Base Costa Roja, asumiendo tareas de cada vez mayor responsabilidad al cargo de un radiotelescopio experimental.

Con estos mimbres, Cixin Liu teje un misterio fascinante, relacionado con uno de los problemas clásicos de la física (descubierto inicialmente por el propio Newton), el problema de los tres cuerpos, que apunta a la dificultad computacional de predecir con absoluta exactitud las posiciones futuras de tres cuerpos sujetos a mutua influencia gravitatoria, conociendo tan sólo los datos de su posición y vector de velocidad en un momento concreto. Pronto resulta evidente que el escenario de 3cuerpos constituye una versión de este problema, con un planeta atrapado en el supuesto caos de un sistema trinario (siendo estrictos, por tanto, es una problema de cuatro cuerpos).

Trataré de ser lo menos revelador posible, pues parte del interés de la novela reside justo en el progresivo desenmarañamiento de sus misterios. Tan sólo quisiera comentar que mi perspectiva para con la novela es tremendamente ambivalente. Por un lado, los capítulos de la Revolución Cultural (y purgas posteriores), así como el planteamiento del escenario o las sucesivas “fases” del juego de los tres cuerpos, me resultan fascinantes (respecto a esto último, me ha recordado por momentos el manual ilustrado de “La era del diamante”). Cuando toca empezar a explicar las cosas, sin embargo, un escollo monumental se interpone en el camino de mi disfrute: la ciencia en la que se fundamente “El problema de los tres cuerpos” no tiene ni pies ni cabeza (y, por añadidura, las explicaciones acaban pintando un escenario especulativo tremendamente anticuado, que frustra las expectativas generadas por el sugestivo planteamiento).

“El problema de los tres cuerpos” supone una lectura contradictoria, porque lo que hace bien es extraordinario, pero cuando mete la pata lo hace también hasta el fondo. En el apartado positivo, me ha gustado mucho su análisis (literal) del alienamiento. En la novela se aplica sobre todo al sentimiento de extrañamiento para con la propia patria, resultado del trauma de la Revolución Cultural, aunque también tiene aplicación respecto al ecologismo radical, y lo cierto es que se trata de un estado mental que realmente trasciende fronteras y encuentra reflejo en muchas actitudes de difícil comprensión que vemos día a día (desde la violencia verbal o incluso física que exhiben en defensa de una postura ética ciertos animalistas hasta, llegados al extremo, ese proceso de radicalización express que exhiben ciudadano aparentemente integrados en la sociedad, que les lleva de la noche a la mañana a planificar y ejecutar atentados suicidas).

Cixin Liu disecciona con gran habilidad la mezcla de rabia contenida, desilusión y pérdida de esperanzas que podría conducir a la traición más inconcebible, y en el proceso pone de manifiesta las profundas cicatrices dejadas en la sociedad china por esa auténtica era caótica que fue la Revolución Cultural, al tiempo que delinea una plantilla de aplicabilidad mucho más amplia. El problema surge cuando trata de sustentar todo ello sobre un armazón supuestamente hard… porque a poco que el lector sepa algo de astronomía o siquiera de la física más elemental, ese armazón se desmorona como un castillo de naipes.

Todo ello, además, se agrava con el paso de los capítulos, a medida que la trama va trasladando el foco de atención de la psicología a la ciencia, llegando en las últimas páginas a auténticos despropósitos, del tipo que no se han dado en la ciencia ficción desde los primeros años de la Edad de Oro. Porque una cosa es ignorar obstáculos físicos (como el límite de la velocidad de la luz, algo que curiosamente sí respeta “El problema de los tres cuerpos”) y otra muy distinta es coger de aquí y de allá lo que le parece y construir una realidad física totalmente alternativa… que ni siquiera es internamente coherente y sólo se sostiene bajo al promesa tácita de que es así como funciona el universo.

Yo, personalmente, no soy capaz de entrar en el juego, porque no tengo la impresión de que surja de un ánimo especulativo, sino que es producto, simple y llanamente, de la ignorancia (o, siendo un poco más generoso, de la interpretación libre de nociones incomprendidas). Lovecraft salió bastante bien librado de ello, pero eso fue en los años treinta, y hoy en día casi nadie entiende su obra como perteneciente a la tradición de la ciencia ficción. Para cuando en “El problema de los tres cuerpos” llegan los sofones y esa interpretación tan peculiar de las dimensiones adicionales avaladas por ciertas formulaciones de la Teoría de Cuerdas, la novela ya ha perdido para mí toda credibilidad e incluso buena parte de su interés.

Recurriendo a clasificaciones ya superadas, diría que “El problema de los tres cuerpos” resulta una obra magnífica cuando se circunscribe a la faceta soft… pero fracasa estrepitosamente cuando trata de apoyarse en el estilo hard. En conjunto, pues, no puedo sino considerarla fallida.

Pese a ello, como avanzaba, conquistó el premio Hugo de 2015, aunque lo hizo de rebote, y posiblemente beneficiada por el escándalo de los sad/rabid puppies (y aquí entro ya en cuestiones extraliterarias, así que si deseas dejar de leer, mi opinión respecto a la obra ya está expresada y lo que queda son detalles circunstanciales). De hecho, ni siquiera se encontraba en el quinteto de finalistas hasta que Marko Kloss retiró su candidatura por “Lines of departure”. Como primera novela de reserva, acabó compartiendo papeleta con “The goblin emperor” de Katherine Addison, “Ancillary sword” de Ann Leckie (premio Locus) y dos candidatos de los puppies (que quedaron por debajo de la opción de “Sin premio” en la votación final): “The dark between the stars” de Kevin J. Anderson y “Skin game” (la decimoquinta novela de Harry Dresden) de Jim Butcher.

No es en modo alguno una certeza que “El problema de los tres cuerpos” no hubiera podido triunfar en un campo abierto (después de todo, también fue finalista del premio Nebula, que ganó “Aniquilación”, de Jeff VanderMeer), pero no fue una edición tradicional y hay análisis estadísticos que apuntan a que sin el medio millar largo de puppies contaminando el proceso “The goblin emperor” hubiera (y recalco el “hubiera”, porque además habría habido un cambio en dos candidatos) podido alzarse con la victoria.

A la postre, toda esta especulación es un poco ociosa. Lo que de verdad importa es cómo se sostiene la novela por sí misma, y a ese respecto me reafirmo en mi opinión: muy bien… y al mismo tiempo, por desgracia, muy mal. Ambivalencia en estado puro.

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En caída libre

•abril 22, 2017 • 2 comentarios

En 1986 Lois McMaster Bujold logró publicar sus tres primeras novelas, “Fragmentos de honor”, “El aprendiz de guerrero” y “Ethan de Athos”, que sentaron las bases de su universo del Nexo de Agujeros de Gusano. Antes de conocer los resultados comerciales, que decantarían la serie hacia el personaje de Miles Vorkosigan (y la space opera militarista, al menos durante las primeras entregas), comenzó a serializar en Analog una cuarta novela, ambientada doscientos años antes, “En caída libre” (“Falling free”).

El protagonismo recae principalmente en Leo Graf, un ingeniero trasladado por GalacTech a un proyecto secreto en un sistema estelar fronterizo, en el que básicamente la compañía es la ley. Allí tendrá que instruir como soldadores a unos alumnos muy peculiares, fruto de un proyecto genético para crear trabajadores perfectamente adaptados a la ingravidez de las estaciones espaciales. Son los cuadrúmanos, unos mil individuos jóvenes de ambos sexos cuyas cuatro extremidades son brazos acabados en manos.

Los principios éticos de Leo pronto se ven puestos a prueba ante la realidad del estatus legal de los cuadrúmanos (literalmente, “cultivos experimentales de tejido post fetal”). Sus choques con el administrador a cargo del proyecto, un burócrata cuyo único interés radica en medrar en la compañía, no hacen sino agravarse cuando empiezan a circular rumores sobre la inminente obsolescencia de todo el proyecto. Los cuadrúmanos pasan de habitar en un vacío legal a convertirse en meras cifras en la columna de gastos, y Leo Graf tiene que decidir qué hacer al respecto.

La verdad es que nunca existe la menor duda sobre hacia dónde se dirigirá la trama. Los personajes quedan pronto delineados e incluso los pasos concretos a dar apenas esconden emoción. Parte de la culpa la tiene la inexperiencia de la escritora (mucho más evidente que en sus novelas anteriores, quizás por la necesidades de la serialización). De forma bastante poco característica, Lois McMaster Bujold no sabe manejar la tensión. Los obstáculos aparecen de súbito, sin apenas preparación, y casi de inmediato surge la solución, con lo que su impacto queda en anecdótico.

Lo que es peor, la caracterización de los personajes, el punto fuerte de la autora, resulta bastante deficiente. Sin una personalidad como la de Miles Vorkosigan o Cordelia Naismith, el peso de la historia recae en el anodino Leo Graf (un homenaje confeso a su padre… lo cual posiblemente sea contraproducente para la historia, pues las aventuras de McMaster Bujold no funcionan con personajes realistas, sino que requieren puntos focales excepcionales), e igualmente plano resulta Bruce, el antagonista.

Por fortuna tenemos a Silver, una joven cuadrúmana que debe erigirse en líder de los suyos, y ella sí que está a la altura del papel de heroína en una aventura del Nexo de Agujeros de Gusano. Por desgracia, entra y sale de la historia de un modo un poco aleatorio (y comparte el protagonismo cuadrúmano con los menos interesantes Tony y Claire), y además se ve lastrada por una subtrama romántica que tampoco termina de cuajar.

Por terminar con los defectos, tendría que apuntar a que la autora no le saca auténtico partido a su creación. Para ser una subespecie humana con cuatro brazos, artificialmente adaptada a la ausencia de gravedad, casi nada de lo que hacen resulta extraordinario. Sí, aquí y allá se menciona cómo se mueven con soltura en cero g, aunque eso sería igualmente cierto con cualquier otra configuración anatómica. Hay en los cuadrúmanos un inmenso potencial desaprovechado, y aunque en parte se deba a una insuficiente formación científica (hay miles de detalles que habría que ajustar para hacer viable la exaptación), en aquello que está en su mano tampoco se esmera demasiado. De igual modo, aunque hace tímidos intentos por establecer paralelismos con otras situaciones de deshumanización (desde la esclavitud al holocausto) y apunta tímidamente a la reacción de las personas “normales” frente a ellas, al final siempre acaba echándose atrás con la metáfora y deja el análisis del dilema ético en la superficie.

Pese a todo lo antedicho, no quiero dar a entender que la novela no sea entretenida. Todo lo contrario, se lee de un tirón. Su único problema es que no está a la altura de lo que nos tiene acostumbrados Lois McMaster Bujold. En “En caída libre” tenemos muchos de los temas recurrentes en sus novelas, no resuenan con igual fuerza. Prestemos por ejemplo atención a la fobia antimutante. Sin los condicionantes históricos de Barrayar, los prejuicios de muchos de los antagonistas se antojan forzados. De igual modo, resulta totalmente inverosímil aceptar que el marco ético y legal de un experimento como el de GalacTech no esté más desarrollado en una sociedad que no ha sufrido el retroceso y rápida puesta al día de la barrayana (una fuente de conflicto habitual en la serie).

Tal vez de haberla leído dentro de su secuencia mi juicio sería más benévolo, pero no puedo borrar de mi mente todas esas novelas posteriores en las que la autora buscó lograr el mismo efecto y transmitir las mismas ideas… y lo hizo mejor.

Quizás por eso mismo la secuela prevista (que se iba a dedicar a la fundación de la nueva colonia) nunca llegó a escribirse. En vez de ello, la saga de Miles Vorkosigan intersecaría brevemente con el Espacio Cuadrúmano en 2002 por medio de “Inmunidad diplomática” (otro de los títulos flojos de la serie), ambientada en la estación Graf (bautizada así en honor de Leo Graf).

Lo que sí logró la novela es algo que se les escapó a sus antecesoras, posiblemente por haber pillado a todo el mundo por sorpresa, y es el reconocimiento crítico. “En caída libre” le supuso a McMaster Bujold en 1989 su primer premio Nebula y su primera nominación al Hugo (en una edición que ganó C. J. Cherryh con “Cyteen”). Personalmente, me atrevería a sugerir que se trata más bien de un reconocimiento tardío a “El aprendiz de guerrero” y “Fragmentos de honor”, antes que corresponder a los méritos de esta entrega en particular. Cosechando doble nominación aquel año también encontramos “El profeta rojo” de Orson Scott Card y “Mona Lisa acelerada” de William Gibson. Entre los nominados al Nebula destacaría también “Las torres del olvido”, de George Turner.

Otras opiniones:

Otras obras de la misma autora reseñadas en Rescepto:

Sizigias y cuadraturas lunares

•abril 6, 2017 • Dejar un comentario

Sobre el año 1773 Manuel Antonio de Rivas, un fraile franciscano de Mérida, en el virreinato de Nueva España, fue denunciado ante la inquisición por un grupo de religiosos, que al parecer habían sido denunciados por aquél, a través de un pasquín anónimo escrito en yucateco, de pecadores lúbricos, incapacitados por sus actos libidinosos para impartir los sacramentos (en términos mucho más directos y gráficos). Esta circunstancia, junto con la meticulosidad procesal que caracterizó al Santo Oficio, nos ha permitido conservar la que se considera la primera historia de ciencia ficción escrita en el continente americano, aportada como prueba de sus ideas heréticas.

El cuaderno, escrito posiblemente bajo confinamiento mientras preparaba un almanaque astronómico para 1775 (y por tanto redactado en 1774), llevaba por título “Sizigias y cuadraturas lunares ajustadas al meridiano de Mérida de Yucatán por un anctítona o habitador de la Luna y dirigidas al Bachiller Don Ambrosio de Echeverría, entonador que ha sido de kyries funerales en la parroquia del Jesús de dicha ciudad y al presente profesor de logarítmica en el pueblo de Mama de la península de Yucatán; para el año del Señor 1775”.

En él se nos relata cómo los anctítonas (selenitas) reciben por medios que no se precisan una misiva de un atisbador de la Luna en la península del Yucatán, haciéndoles partícipes de sus observaciones, y cómo éstos deciden corresponder a tal gentileza organizando un gran congreso que recopilara sus propias observaciones de la Tierra para hacerle llegar las conclusiones. En eso están cuando a la Luna llega un caballero francés, monsieur Onésimo Dutalón, a bordo de un vehículo de su invención.

Tras dar cuenta de sus experiencias (y experimentos durante el viaje por el éter) y departir sobre cronologías (los habitadores de la Luna cuentan sus años desde el episodio en que Faetón abrasó los planetas, 7.914.252 años atrás), Dutalón se propone circunvalar el globo lunar cuando irrumpe en la reunión un batallón de demonios que está conduciendo el alma de un materialista al infierno del interior del Sol, porque Lucifer no está dispuesta a que le revolucione el infierno del centro de la Tierra (anécdota que se convertiría en una de las bases de la acusación). Partido Dutalón y partidos los demonios, la historia prosigue narrando las observaciónes de los anctítonas, que determinan que a la latitud de Mérida la Tierra rota a razón de cuatro leguas por minuto, de lo que coligen que, sometidos a tan vertiginoso vaivén, no es de extrañar que los habitantes de Mérida sean proclives a todos los vicios (segundo motivo de denuncia, pues tal influencia perniciosa negaría el libre albedrío).

Regresado Dutalón de su periplo lunar, los anctítonas le encargan la tarea de entregar la misiva redactada al bachiller Ambrosio Echeverría (ante la imposibilidad de identificar al anónimo atisbador), y el francés parte, con la promesa de regresar a la Luna, quizás acompañado del propio Echeverría.

Como se puede apreciar, es una obra claramente inspirada en toda la proto ciencia ficción que imaginaba viajes a nuestro satélite, empezando por la “Historia verdadera” de Luciano de Samosata. Dentro de la tradición de los viajes fantásticos, era un tipo de ficción ya bien consolidado, con obras como “Somnium” de Johannes Kepler (1634), “El hombre en la Luna” de Francis Goodwin (1638), “Historia cómica de los estados e imperios de la Luna” de Cyrano de Bergerac (1657) o “Micromegas” de Voltaire (1752), así como textos filosóficos del tipo de “El descubrimiento del mundo en la Luna” de John Wilkins (1638), “Conversaciones acerca de la pluralidad de los mundos” de Bernard le Bovier de Fontenelle (1686) o “Iter lunare” de David Russen (un ensayo sobre la obra de Bergerac, publicado en 1703). El primer viaje a la Luna en español es obra de Diego Torres de Villarroel, quien escribió en 1724 “Viaje fantástico del Gran Piscator de Salamanca. Jornadas por uno y otro mundo, descubrimiento de sus substancias, generaciones y producciones. Ciencia, juycio y congetura de el eclypse de el día 22 de mayo de este presente año de 1724 (de el qual han escrito los Astrólogos del Norte), etc., por su autor, el bachiller Don Diego de Torres, Profesor de Filosofía y Matemáticas, substituto a la cátedra de Astronomía de Salamanca” (aunque mucho antes, en 1532, ya la había alcanzando en latín el clérigo Juan de Maldonado en su propio “Somnium”).

En ese sentido, y dada su corta extensión y su relativamente tardía fecha de redacción, no se puede decir que aporte nada demasiado de novedoso al campo. Ahí entra, sin embargo, la documentación adyacente a la obra en sí. Nos encontramos primero con el texto de la acusación, que recalca las supuestas herejías en que incurre (signado por Fray Francisco Larrea y Fray Nicolás Troncoso). El fiscal inquisidor, sin embargo, no queda satisfecho y encarga una nueva valoración a un tal Diego Marín de Moya, que desarrolla una brillante defensa fundamentada en dos puntos.

El primero, que de acuerdo con la teoría heliocéntrica de Copérnico el Sol puede considerarse que se encuentra en una posición inferior con respecto a la Tierra, lo que es congruente con las ubicaciones relativas que les asignan las escrituras. Más relevante es la segunda parte de su argumentación, que califica el relato como un apólogo, es decir, una fábula moral, que hace uso de la fantasía y de la exageración con el propósito de transmitir no una verdad literal, sino un concepto metafórico (en este caso, que el libertinaje campaba a sus anchas entre determinados sectores de la alta jerarquía social y eclesiástica de Mérida).

Tal vez se trate, ni más ni menos, que del primer análisis sobre los objetivos y mecanismos de la ciencia ficción como literatura referencial.

Se desconoce el resultado del proceso en su conjunto, así como el destino de Manuel Antonio de Rivas, aunque sí se sabe que en 1777 se desestimaron por completo las acusaciones de herejía a raíz del contenido de “Sizigias y cuadraturas lunares” (por la documentación, da la impresión de que los inquisidores se olieron enseguida de qué iba de verdad todo aquello). El texto fue pasando de archivo en archivo hasta que fue redescubierto en 1958, alcanzando pronto el estatus de obra fundacional de la ciencia ficción mexicana.

La edición en que me he basado para la elaboración de esta reseña parte de un estudio de Carolina Depetris y Adrián Curiel Rivera para la Universidad Nacional Autónoma de México en 2009, que podéis descargar en PDF desde este enlace (incluye la transcripción completa de “Sizigias y cuadraturas lunares”).

Otras opiniones:

La torre encantada

•marzo 30, 2017 • 6 comentarios

En 1968 L. Sprague de Camp se hallaba embarcado en su mayor proyecto, la recopilación, sistematización y ampliación de la saga de Conan, de Robert E. Howard, para Lancer. Ello implicaba, a su entender, cierto grado de reescritura (tanto para cuentos incompletos como adaptando otros que originalmente nada tenían que ver con el bárbaro cimmerio), tarea que compartió con su colega Lin Carter.

El caso es que el estilo ultraserio de Howard no terminaba de encajar con la evolución de la espada y brujería posterior a él, ejemplificada por las aventuras de Fafhrd y el Ratonero Gris de Fritz Leiber. Pese a que el Conan de Carter y de Camp es, tanto en tono como en sustrato, mucho menos sombrío, en aras de conservar cierta coherencia necesitaba replicar en lo posible el enfoque primitivista… lo que no terminaba de cuadrar con las inclinaciones ni la filosofía de de Camp (algo que afectó en diverso grado a sus “colaboraciones” póstumas con Howard). Quizás por lo antedicho, Sprague de Camp publicó durante este mismo período una trilogía de fantasía heroica mucho más ligera, la del Rey Reluctante a la que dio inicio en 1968 con “La torre encantada” (“The goblin tower”).

En muchos sentidos, la historia de Jorian de Kortoli es una parodia de la de Conan. En vez de ser un aventurero que, al cabo de incontables peripecias, acaba conquistando un trono, en “La torre encantada” tenemos un rey que escapa de sus deberes (estos deberes incluyen el ser decapitado a los cinco años de mandato para ser sustituido por otro monarca) para lanzarse a una vida errante. Es más en contraposición con la aversión bárbara hacia la magia, Jorian se ve involucrado de buenas a primeras en una misión esotérica, forzado a robar unos antiguos pergaminos místicos para pagar la ayuda recibida en su fuga.

Así pues, en compañía del despistado doctor Karadur (un mago al que prácticamente no le sale bien un solo hechizo en toda la novela), se embarca en una gesta (fuertemente episódica) que le lleva a visitar distintos estados, cada uno con una forma de gobierno (desde repúblicas democráticas a teocracias, pasando por soluciones más creativas, como la de Xylar de la que huye Jorian). Entre aventura y aventura, además, se nos narran numerosos cuentos más o menos cómicos sobre el pasado de las doce ciudades-estado de Novaria, que ayudan a conferir cierta consistencia interna a un mundo desesperadamente necesitado de ella.

Esto es así porque lo último que le preocupa a de Camp es esforzarse en crear una ambientación coherente. Es más, se recrea en los anacronismos, recurriendo tan pronto a imitar la antigüedad tardía como avanzando hasta tan lejos como el Renacimiento a la búsqueda de referentes para sus sociedades. Lo que predomina es el entretenimiento. El problema surge cuando ello implica una ligereza tan, tan grande que por momentos la aventura de Jorian deviene en insustancial. Si a ello le sumamos cierto grado de seudoerotismo ya no juvenil, sino casi, casi infantil, queda claro a quién iba dirigida la novela (da hasta un poco de vergüenza ajena imaginar a un de Camp ya sesentón escribiendo sus historias para un grupo de marginados a los que, evidentemente, no les había acabado de llegar la onda contracultural hippie).

El caso es que en la propia novela el autor parodia esas mismas inclinaciones de las que se está aprovechando tan descaradamente, mostrando en los capítulos finales una convención de magos que más bien parece una Worldcon en toda regla (sin faltar conferencias soporíferas, concursos de disfrazes e incluso “guerras fandomitas”).

Pese a ocasionales destellos de originalidad (como su tratamiento de los dioses o su recurrente sátira política), “La torre encantada” no termina de encontrar un registro interesante. Se toma demasiado a broma para que la acción sea interesante, y demasiado en serio para que la sátira llegue a ser realmente punzante. Si a eso le añadimos que de Camp no era precisamente un gran estilista… En fin, resulta complicado recomendar algo así hoy en día, y su único interés (limitado) es histórico.

Una década más tarde, Piers Anthony acertaría mucho más con su planteamiento de la fantasía cómica en la serie de Xanth (que se inició con “Un hechizo para Camaleón“). La intencionalidad es exactamente la misma (al igual que el público objetivo y los trucos escogidos para atraerlo), pero el resultado final es mucho más interesante. Todo ello acabó evolucionando, por supuesto, hasta la serie de Mundodisco de Terry Pratchett, que como baremo de comparación hace resaltar aún más las deficiencias y la falta de enfoque de la novela de Sprague de Camp.

Como comentaba, “La torre encantada” se convirtió en la primera novela de la trilogía del Rey Reluctante, que prosiguió con las aventuras de Jorian en las novelas “Los relojes de Iraz” (1971) y “El rey que perdió su cabeza” (1983). Todo ello se inscribió además en una serie mayor, la de Novaria, que incluyó también dos novelas independientes, “The fallible fiend” (1973) y “The honorable barbarian” (1989), así como un relato largo, “”The emperor’s fan” (1973). Existe también al parecer una sexta novela, que llevaría por título “The sedulous sprite” y que nunca llegó a publicarse (aparentemente, debido a su baja calidad… lo cual, habida cuenta de su predecesora, plantea niveles realmente abisales).

Como curiosidad, quisiera señalar cómo al menos una de las escenas menores de la novela acabó siendo reciclada tres años después para la muy superior “Conan el bucanero” (firmada por Sprague de Camp y Lin Carter), lo cual demuestra que ni el propio autor se tomaba muy en serio las aventuras de Jorian de Kortoli (anteriormente, rey de Xylar).

Otras opiniones (de la trilogía completa del Rey Reluctante):

 
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