Spinning silver (Un mundo helado)

En 2018 Naomi Novik publicó una suerte de secuela espiritual de su aclamada novela “Un cuento oscuro” (2015), en la que de nuevo tomaba elementos propios del folclore (germánico y eslavo) para reformularlos en una novela de fantasía que hunde sus raíces directamente en los cuentos de hadas, pero que no se olvida de evolucionar y ofrecer una perspectiva moderna a la tradición.

No es fácil lograrlo. Demasiada innovación y el sustrato queda tan diluido que pierde su esencia; demasiado poca y no constituye sino una copia desvaída del original. Naomi Novik acierta de pleno en su mezcla de tradición e innovación, y para ello comienza deconstruyendo completamente el cuento en que se inspira principalmente la novela, el de Rumpelstinskin (conocido en español como “El enano saltarín”). Ya en los primeros capítulos lo ha diseccionado y ha presentado su exégesis completa, dejándolo reducido a sus ladrillos básicos que a continuación procede a rearmar, recodificando con ello la historia y dotándola así de nuevos significados, aunque sin abandonar por ello del todo una lógica de cuento de hadas que contrasta con el crudo realismo de parte del escenario.

Tres mujeres jóvenes son las protagonistas y narradoras principales de la novela, cada una de ellas con su propias características y su propia voz, que es reflejo de su educación y circunstancias. Tenemos primero a Myriem, la hija de un prestamista judío de muy escaso éxito por culpa de un carácter débil que invita a todos sus vecinos a aprovecharse de él. Cuando por enfermedad de su progenitor le chica se ve obligada a tomar las riendas del negocio familiar, su tesón pronto revierte la situación, y empieza a correr el rumor de que es capaz de transformar la plata en oro… y con él crece igualmente el resentimiento de quienes antes se beneficiaban de su familia. Para ayudarla en sus tareas Myriem contrata a Wanda, una ruda muchacha campesina, la hija mayor de un borracho que tan solo sabe maltratar a sus hijos, sobre todo desde la muerte de su madre. Por último, tenemos a Irina, la poco agraciada hija de un duque de Lithvas (el equivalente de Lituania), a quien su padre quiere casar con el zar, para lo cual necesitará emplear ciertas artimañas mágicas.

Hablando de magia… El ducado de Lithvas se encuentra amenazado por dos fuerzas opuestas. Por un lado, están los staryk, unas criaturas feéricas que llevan consigo el invierno y reclaman para sí todos los animales puramente blancos de los bosques, que atraviesan con caminos encantados para robar el oro de los poblados mal protegidos. Por otro, el zar, sin que nadie lo sepa, se encuentra poseído por un espíritu de fuego, cuya mera presencia extranjera amenaza el equilibrio mágico y natural. En medio de todo esto, llega de algún modo a oídos del señor de los staryk la naciente fama de Myriem, que pone a prueba con un puñado de plata élfica. Arrancan así una serie de acontecimientos que van provocando poco a poco que el mundo natural y el feérico se entremezclen, y la autora logra con gran maestría conectar entre sí las tres grandes líneas narrativas.

Aparte de esta faceta que podríamos llamar mágica, “Un mundo helado” presenta además una vertiente profundamente anclada en el realismo. Cada una de las protagonistas principales se enfrenta a problemas en sus vidas, problemas que por el género que todas ellas comparten evidentemente un cierto sesgo feminista, aunque en realidad trascienden la mera problemática de género. Es decir, sus tribulaciones se ven mediatizadas por su sexo, pero son mucho más complejas, y abarcan facetas que nada tienen que ver con el hecho de ser mujeres, lo que les confiere una riqueza especial.

Así, por ejemplo, en Myriem se refleja el antisemitismo que tan a menudo ha azotado Europa (cada vez que las circunstancias venían mal dadas y tocaba echar la culpa a alguien, por ejemplo, a quien manejaba el dinero… porque no se les dejaba ocuparse de nada mas). Wanda, por su parte, es víctima de la violencia doméstica, y con ella sus dos hermanos menores, instaurándose entre ellos una dinámica familiar tóxica que solo puede romper gracias al ejemplo de la familia de su empleadora. Por último, en Irina nos encontramos el ejemplo de la mujer obligada a contraer matrimonio por razones políticas (un sacrificio metafórico que puede llegar a convertirse en muy literal). Todo esto, sin embargo, constituye apenas la capa superficial, porque a medida que profundizamos en la problemática de cada una de ellas se revelan nuevas facetas hasta el momento ocultas, que acaban componiendo un tapiz complejo, en el que cada hilo combina a la perfección con los demás.

Como avanzaba, el gran mérito de “Un mundo helado” consiste en haber sabido actualizar el cuento de hadas sin perder por ello su esencia. Hay desarrollos puramente tradicionales, que no obedecen a ningún tipo de lógica natural, pero que sin embargo acabamos percibiendo como ineludibles dentro de la lógica feérica que cada vez se impone más en la narración: el poder de los nombres, reglas no escritas como la significancia del número tres (algo que permea de arriba abajo toda la obra) o las casualidades que en cualquier otra circunstancia resultarían excesivas pero que dentro de un cuento de hadas devienen en inevitabilidades.

Hemos llegado casi al final de la reseña y aún no os he podido hablar de un millar de detalles que enriquecen todavía más la narración, como el hermano autista de Wanda (que actúa de narrador en un determinado momento) o la casa de la bruja (quizás Baba Yaga), presente simultáneamente en dos realidades diferentes de un modo tan peculiar como fascinante. Es imposible abarcar todos sus matices en una simple reseña.

“Un mundo helado” constituye una obra redonda, mejor incluso que “Un cuento oscuro”, y un gran ejemplo de cómo actualizar el cuento de hadas sin que pierda su esencia. En los premios correspondientes tuvo la mala suerte de tropezarse con la fiebre por “Hacia las estrellas” (“The calculating stars”, de Mary Robinette Kowal), una novela muy, muy inferior, que sin embargo acaparó los premios Hugo y Nebula, dejando que el Locus repartiera beneplácitos entre ambas. Sumado a su Locus de fantasía, “Un mundo helado” cuenta también con el Mythopoeic Award.

Otras opiniones:

Otras obras de la misma autora reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en marzo 18, 2020.

Una respuesta to “Spinning silver (Un mundo helado)”

  1. Suena llamativo ¿a quién no le gustan esta clase de reescrituras? Hasta la famosa El último deseo cuenta con ese detalle.

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