A memory called Empire

Con su novela debut, “A memory called Empire”, Arkady Martine (AnnaLinden Weller) se ha alzado con el premio Hugo 2020 (y el Compton Crook), además de haber sido finalista del Nebula (que ganó Sarah Plinsker con “A song for a new day” y del Arthur C. Clarke (pendiente de fallo). Esto, tradicionalmente, hubiera sido algo totalmente singular, aunque de un tiempo a esta parte empieza a ser más común el que una opera prima destaque durante la temporada de premios (y, de hecho, dos de sus competidoras por el Hugo eran obra también de debutantes).

Más relevante, a mi entender, es que tras unos años de decisiones cuando menos cuestionables, el Hugo parece retornar a la buena senda, con una novela que, aun sin ser perfecta, supone un soplo de originalidad en un panorama que de un tiempo a esta parte tiende al conservadurismo (estilístico): la space opera.

No es que “A memory called Empire” surja de la nada o suponga un salto cualitativo (como pasó, por ejemplo, con “Too like the lightning“, de Ada Palmer). De hecho, recuerda poderosamente el estilo de C. J. Cherryh (que ya encontró el beneplácito de los votantes para con “La estación Downbelow” y “Cyteen” en los años ochenta), aunque la formación histórica de Arkady Martine se pone de manifiesto en un worldbuilding mucho más complejo y en unos referentes culturales más amplios. De igual modo, hay numerosos puntos de contacto con la reciente ganadora del Locus “El emperador goblin“, pese a que, de nuevo, su trabajo de caracterización es más exhaustivo (pero no necesariamente más atrayente).

La novela se presenta como la primera de una serie, la del Imperio Teixcalaano, y ya cuenta con una secuela: “A desolation called Peace” (en donde se desarrolla un conflicto cuya simiente se planta en “A memory called Empire”), y es en la construcción de este imperio donde empezamos a encontrar las fortalezas de la obra. El Imperio Teixcalaano se construye como una amalgama de multitud de imperios históricos como el Azteca (de donde toma numerosos elementos culturales y su identidad étnica), el Bizantino (y su burocracia), el Romano (en su concepción del ciudadano frente al bárbaro y en su política expansionista), el Mongol (en su organización militar), el Chino (en su estética), el estadounidense (por su hegemonía cultural)… hay elementos de prácticamente todos los grandes imperios históricos salvo los occidentales (Británico, Español y Francés), lo que le confiere al mismo tiempo un halo de familiaridad y un componente exótico (para el lector occidental), liberándolo de la tiranía de seguir fielmente un modelo estático.

A este mundo complejo, a la capital del imperio, llega Mahit Dzmare, la nueva embajadora de la minúscula Estación Lsel, una pequeña república minera que se resiste a verse anexionada por su poderoso vecino. Allí, con la ayuda del imago de su predecesor (una emulación de su personalidad y recuerdos, integrado en su propia conciencia, aunque con el inconveniente de encontrarse quince años desactualizada), tendrá que maniobrar para proteger la independencia de los suyos en medio de unos tiempos turbulentos, marcados por las intrigas sucesorias estimuladas por la probable cercana muerte de Seis Dirección, el emperador que por setenta años ha asegurado la prosperidad y la paz de los teixcalaanos.

Para complicar las cosas, al llegar a la Joya del Mundo (la Ciudad-Palacio que es el corazón del imperio) descubre que el anterior embajador, cuya memoria parcial lleva integrada en sus sistema nervioso, fue asesinado, y que sus actividades bien podrían considerarse alta traición según la perspectiva de la Estación Lsel cuyos derechos defendía. Así, con la ayuda de su contacto diplomático (Tres Pradera Marina), se verá obligada a zambullirse de lleno en un peligroso juego del que no sabe las reglas ni las apuestas y en el que representa a un peón fácilmente sacrificable ante la grandeza imparable del Imperio.

Aparte de la trama política, más o menos común a este tipo de historias (aunque adaptada al complejo worldbuilding previamente descrito), “A memory called Empire” destaca por su exploración de la identidad, tanto personal como colectiva. Por un lado, tenemos a la embajadora Mahit, o más propiamente al conjunto de Mahit y el imago de su predecesor (una relación simbiótica que resulta ajena e incluso detestable para la mentalidad teixcalaana), por otro todo un imperio construido sobre un concepto muy estricto de lo propio y lo ajeno (bárbaro). El gran dilema de Mahit es que, pese a amar y tener que defender su hogar, está enamorada de la vasta cultura teixcalaana, de su tradición literaria y su poesía (cuyas sutilezas sabe fuera de su alcance)… y la tragedia de todo ello es que, por mucho que se esfuerce, por mucho que intente integrarse, siempre será extranjera, siempre será la embajadora bárbara.

De cara al lector, por añadidura, la novela nos ofrece otras sublecturas, acerca de la identidad de género, por ejemplo, al utilizar nombres teixcalaanos que para nosotros carecen por completo de marcadores de género (todos los nombres se componen de un número y un sustantivo, que puede ser un objeto de uso habitual, una planta, un concepto…). Arkady Martine juega así a difuminar los roles tradicionales (de un modo a mi entender mucho más efectivo que la estrategia adoptada por Anne Leckie en “Justicia Auxiliar” de caracterizar a todos con el pronombre femenino, por ejemplo), introduciendo además elementos (muy secundarios para la trama) de diversidad sexual (totalmente integrada en la cultura teixcalaana). Asimismo, apunta al misterio de los Soleados (Sunlit), la policía municipal (que es lo mismo que decir “imperial”), que actúan de un modo que induce a pensar en mentes-colmena.

Toda esta riqueza casi podría distraer lo suficiente como para ocultar el hecho de que, eliminado todo el oropel superficial, la trama política y la intriga interestelar resultan de una simplicidad que contrasta vivamente con las formas bizantinas que la arropan. La mayor parte de las complicaciones se antojan un poco artificiosas, y la solución final, aunque ingeniosa por el modo en que consigue entrelazar todos los hilos abiertos, no termina de resultar plausible dadas las apuestas involucradas.

Esta circunstancia, junto con ciertos problemas de ritmo en su segmento central, alejan a la novela de la perfección. Constituye, sin embargo, un debut muy interesante, y una muy buena aportación a una temática sobre la que parecería que ya está todo dicho (personalmente, me resulta poco creíble una organización de carácter imperial para una civilización interestelar con el grado de sofisticación tecnológica que exhibe el Imperio Teixcalaano, pero aun así he terminado disfrutando con la historia). Esto justificaría ya su premio, y a la espera de leer “The ten thousand doors of January”, de Alix E. Harrow, me parece una ganadora del Hugo más que digna (y eso que lo mío no es este tipo de space opera). Ojalá su victoria marque efectivamente un cambio de tendencia dentro de unos premios que habían perdido un poco el rumbo durante las últimas ediciones.

Otras opiniones:

~ por Sergio en septiembre 23, 2020.

Una respuesta to “A memory called Empire”

  1. Muchas gracias. Se ve muy interesante.

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