Pantagruel

En 1532, en París, se publicó la que es considerada por muchos la primera novela fantástica moderna: “Pantagruel” (“Les horribles et épouvantables faits et prouesses du très renommé Pantagruel Roi des Dipsodes, fils du Grand Géant Gargantua”), obra del médico humanista François Rabelais (aunque firmada bajo seudónimo, de Alcofribas Nasier, para esquivar la censura de la Sorbona y posibles consecuencias, legales y religiosas, que pudiera suscitar… y de hecho suscitó, su publicación).

“Pantagruel” fue al parecer concebida por Rabelais como alivio cómico para distracción de sus pacientes, y recoge diversas tradiciones medievales y clásicas, conformando con ellas una obra renacentista, moderna, que ha sido puesta a la altura de las de Shakespeare y Cervantes, tanto por su influencia posterior en la literatura en general como por su impacto en su propia lengua. La inspiración directa proviene de un texto anónimo que gozaba por entonces de gran popularidad, “Les grandes chroniques du Grand et Enorme Géant Gargantua“, cuya secuela apócrifa se propuso escribir, sobrepasando en todo a su modelo.

El humor de “Pantagruel” surge de dos tradiciones. Por un lado la gordialesca medieval (cantos y poemas compuestos e interpretados por clérigos pobres errantes, que se burlaban de los altos estamentos eclesiásticos y celebraban los placeres de la vida, tales como la comida, la bebida, la danza y el sexo, siendo el ejemplo más conocido el “Carmina Burana”, recopilación de canciones de los siglos XII y XIII), por otro, la sátira menipea romana (con ejemplos como “El Satiricón” de Petronio, “La calabacificación del divino Claudio” de Séneca, “El asno de oro” de Apuleyo o, sobre todo, “Historia verdadera” de Luciano). A todo ello se le añaden una pizca de folclore popular (Pantragruel era el nombre de un demonio que echaba sal en la boca a los que duermen para despertar su sed) y otra de referencias literarias (adoptando los gigantes, al menos conceptualmente, si bien no como modelo de conducta, de los cantares de gesta), y ya tenemos la base sobre la que se alza (a variable altura) nuestro amable gigantón.

Por supuesto, lejos de conformar una novela perfectamente hilvanada, “Pantagruel” es una colección de capítulos más o menos independientes, que se esfuerzan por despertar el asombro y la hilaridad del lector a base de exageraciones, burlas, disparates y escatología. Posiblemente a los lectores modernos se nos escapen los referentes directos (pues sin duda más de uno de los personajes parodiados tuvieron su referente real, perfectamente reconocible para los lectores contemporáneos), pero las imágenes que conjura siguen siendo igual de chocantes (y no cuesta nada extrapolar de la crítica particular a la general, mientras ridiculiza a sacerdotes, soldados, abogados, filósofos o reyes).

Curiosamente, aunque Pantagruel es el protagonista nominal, buena parte de la obra gira en torno a las correrías de su amigo y vasallo Panurgo (el de las múltiples artes), un bribón cuyas andanzas y ocurrencias emparentan la novela con el género picaresco, aunque la intencionalidad de Rabelais no parece ser tanto la denuncia de las miserias como la celebración del ingenio. De hecho, más allá de las exageraciones y las chanzas subyace a toda la trama la idea humanista de que el saber y la inteligencia son los que hacen realmente grandes a un hombre, y en Pantagruel su magnificencia física es tan sólo reflejo palpable de sus cualidades intelectuales.

No todo son parabienes. En ocasiones da la impresión de que Rabelais lleva las bromas más allá del punto en que aún hacen gracia, llenando páginas y más páginas con relaciones interminables, discursos sin sentido (literalmente sin sentido, ahí está la gracia) o iteraciones de un mismo parlamento en diversas lenguas macarrónicas (incluyendo algunos de los primeros ejemplos de lenguas inventadas). Por supuesto, esta impresión obedece más a un cambio de sensibilidad que a defectos en la propia obra. De igual modo, el que unas veces Pantagruel se describa vagamente como poco más alto que un hombre normal, mientras que hay un capítulo entero que transcurre en el interior de su boca (donde habitan cientos de miles de hombres), se enmarca en un contexto en el que no importa tanto la coherencia interna como la búsqueda del asombro y la ruptura de preconcepciones.

Tal fue el éxito de la obra (que pronto conoció sucesivas reimpresiones), que Rabelais no tardó en publicar un segundo libro: “La vie très horrifique du grand Gargantua” (1534), que en ediciones modernas suele situarse en primer lugar bajo el título de “Gargantúa”. Mucho más tarde, tras diversas vicisitudes (que incluyen denuncias, prohibiciones, exilios y un permiso papal), amplió la obra con “El tercer libro de Pantagruel” (“Le Tiers Livre des faicts et dicts héroïques du noble Pantagruel, composés par M. François Rabelais, docteur en médecine“, 1546), firmado ya con su propio nombre, al que siguió en 1552 “El cuarto libro” (“Le Quart Livre“). En estos tres tomos Rabelais abandona un poco la guía del folclore y centra sus esfuerzos en la sátira, especialmente antieclesiástica, lo que la vale la censura por parte de teólogos (aunque, por supuesto, esto es algo que no afecta a las ventas, gracias a que el autor contaba con poderosos valedores). Un Quinto Libro, apareció en 1564, once años después de la muerte de Rabelais, y su atribución se encuentra disputada (aunque es posible que lo escribiera al menos en parte y que una mano anónima lo completara). En ediciones modernas, a menudo se publican los cinco libros de forma conjunta como “Gargantúa y Pantagruel”.

La obra de Rabelais fue tremendamente influyente. Ya no sólo en la literatura francesa (con infinidad de frases hechas del francés provenientes de ella), sino también en otros países europeos… protestantes. Su postura crítica frente a la iglesia católica hizo que “Gargantúa y Pantagruel” no se tradujera al italiano hasta 1886 y al castellano sino en 1905, lo que contrasta vivamente con sus primeras traducciones alemana (1575) o inglesa (1653). Si a todo ello añadimos la postura diametralmente opuesta de Rabelais y Cervantes frente a lo fantástico (usándolo el primero como herramienta para magnificar la sátira a la realidad a través del escapismo y el segundo denunciando ese mismo escapismo como enemigo del realismo), no resulta difícil ver hacia dónde nos ha conducido todo ello.

Mientras que por casi toda Europa “Gargantúa y Pantagruel” establecían los cimientos de una tradición fantástica (y satírica) que engendraría vástagos como “Los viajes de Gulliver” (Jonathan Swift, 1726), “Micromegas” (Voltaire, 1752) o “Las aventuras del Barón de Münchausen” (Rudolf Erich Raspe, 1785), por estos lares nos aferrábamos al realismo, despreciando las posibilidades de la fantasía para iluminar, a veces con mayor claridad que la más minuciosa de las descripciones, los aspectos más recónditos de la naturaleza humana.

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~ por Sergio en mayo 10, 2018.

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