Al final del arco iris

Vernor Vinge no es un autor prolífico. Sólo ocho novelas en cuarenta y pico años. Claro que entre las ocho (habría que considerar con mayor propiedad sólo las seis últimas) acumulan tres premios Hugo, dos Prometheus, un Locus y varias nominaciones adicionales (dos para los Nebula, Hugo, Locus y Campell). Añadamos un par de Hugos de novela corta y la distinción de ser el autor que popularizó el concepto de singularidad tecnológica y lo introdujo en el corpus referencial de la ciencia ficción y tendremos uno de los currículos más impresionantes del género (pese a lo cual no es un autor que goce de una popularidad acorde con sus logros, tal vez por haber ido siempre un poco a su bola, sin sumarse a corrientes o modas; o quizás por los prolongados lapsos entre novelas que lo caracterizan).

Su Hugo más reciente data de 2007, concedido por la que hasta la fecha es su penúltima novela: “Al final del arco iris” (“Rainbows end”, 2006) (otros nominados fueron “Visión ciega“, de Peter Watts, y “La casa de cristal“, de Charles Stross; fue igualmente merecedora del premio Locus y estuvo nominada al John W. Campbell). En ella amplía ideas ya exploradas en la novela corta “Acelerados en el Instituto Fairmont”, de 2001 (ganadora del Hugo el año siguiente y editada en España por AJEC junto con “El monstruo de las galletas”, su otra novela corta galardonada, y como ebook independiente), pintando un futuro caracterizado por el uso cotidiano y extensivo de la realidad aumentada, así como embarcado en una carrera cuesta abajo en contra de amenazas terroristas propiciadas por la cada vez mayor accesibilidad a medios de destrucción masiva (la sombra del 11S se cierne sobre una escalada de atentados y contramedidas de seguridad, hasta el punto que se llega a comentar con satisfacción que, en el momento de iniciarse la acción, han pasado ya varios años desde el último incidente nuclear en suelo americano).

Final_Arcoiris

El futuro cercano (2025) que nos describe es un mundo de contrastes, donde se equilibran las maravillas de una tecnología informática casi mágica (aunque sólidamente apoyada en una proyección informada de los actuales protocolos de intercambio de datos y seguridad) con las amenazas latentes que ese mismo desarrollo científico hace posible. De igual modo, el tema de la singularidad queda insinuado en una sociedad que está experimentado un proceso continuamente acelerado de cambio, cuyo fin puede ser tanto catastrófico como simplemente incomprensible para los miembros más ancianos de la sociedad.

Precisamente por ahí nos introduce Vinge en el futuro, haciendo protagonista a Robert Gu, un antiguo profesor emérito de literatura (así como afamado poeta), recién recuperado de una terapia novedosa contra la enfermedad de Alzheimer, que le había llevado a un estado casi terminal. El mundo al que “despierta” poco tiene que ver con el que dejó atrás. Alojado en casa de su hijo (oficial de alto rango en la fuerza de vigilancia de los marines), deberá aclimatarse al mañana, acudiendo a las clases especiales en el cercano Instituto Fairmont (junto con otros jubilados necesitados de reciclaje, así como adolescentes con problemas de aprendizaje) y con la no siempre bien recibida ayuda de su nieta Miri.

Gu es un personaje de contrastes. Durante toda su vida ha hecho uso de su talento excepcional para tiranizar a quienes ha tenido cerca (incluyendo a su ex mujer y hasta cierto punto su hijo). Esa soberbia se mantiene casi intacta en su nueva personalidad recuperada, aunque ni su genio poético ni su capacidad para desenvolverse en la nueva realidad (aumentada) la acompañen. Nunca queda más claro su nuevo estatus que en las clases en el instituto, diseñadas para aportar unas competencias mínimas, pero que aun así le suponen todo un reto. Claro que no está solo. Entre sus compañeros de clase se cuentan, por ejemplo, una ex catedrática de informática y un antiguo decano de la universidad de San Diego (y antiguo rival de Gu).

rainbowsend

Por si no fuera bastante con el shock de la adaptación (tanto al futuro como a su nueva/antigua familia), varios de los personajes se ven involucrados en un desquiciado plan maestro orquestado por el misterioso señor Conejo a favor de una operación conjunta de los servicios secretos euroindojaponeses en unas instalaciones de investigación bajo el campus universitario.

Vinge aprovecha la trama para plasmar sus ideas sobre el desarrollo informático y social, con prendas de vestir que han sustituido a los ordenadores personales (hasta el punto que a interactuar con la realidad aumentada se le denomina “vestir”), manejadas intuitivamente por los jóvenes y casi imposibles de dominar por los más mayores, círculos de opinión (entre los seguidores de un imitador de Pratchett y los fans de una especie de mundo ficticio tipo Pokemon) enfrentados en espectaculares batallas semivirtuales (con la “secuenciación” destructiva de las bibliotecas en el núcleo del conflicto), así como servicios de inteligencia preparados para actuar con toda la fuerza precisa en cuestión de minutos contra cualquier amenaza imaginable (para las totalmente inconcebibles tardan un poquito más).

Por el camino le da tiempo a dejar caer detallitos sobre la política interna universitaria (hasta el año 2000 fue profesor de matemáticas e informática en la misma universidad de San Diego que sirve de escenario para buena parte de la acción… y por edad bien podría acabar en las clases del instituto Fairmont como compañero poco aventajado de Robert Gu y compañía), algún que otro homenaje literario (desde Goethe a Lewis Carroll) y alguna pullita contra el cyberpunk (cuya base informática real, pese a su influencia posterior, era casi nula). De hecho, bien podría entenderse “Al final del arco iris” como una especie de remake de “Neuromante”, cambiando a los antihéroes al margen de la sociedad de Gibson por ciudadanos senior un tanto torpones y preadolescentes tecno-sabidillos. 

acelerados_Fairmont

El panorama a la vuelta de la esquina que nos pinta Vinge es tan atractivo como aterrador. Sobre todo por su verosimilitud más allá de cuestiones anecdóticas como si la informática y la realidad aumentada tomarán efectivamente la senda propuesta (personalmente, me decanto más por un interfaz no gestual, sino por entrenamiento neural). Basta con ver a un criajo de ocho años manejando un iPad para tener un atisbo de lo que podría ser la brecha tecnogeneracional… algo que de cumplirse las previsiones más optimistas (o quizás todo lo contrario) podríamos vivir en nuestras propias carnes. Al menos tenemos el consuelo de que todo podría irse al carajo mucho antes a medida que se vayan abaratando las armas de destrucción masiva.

Hum… No. Creo que eso no es un buen consuelo.

En fin, siempre podemos contar con la atenta vigilancia paternal de los gobiernos.

Oh, mierda.

Después de todo, lo de alcanzar la singularidad tampoco parece tan malo. Al menos existe una pequeña posibilidad de que podamos sobrevivirla… o algo así.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en abril 6, 2013.

2 comentarios to “Al final del arco iris”

  1. A mí este libro no me gustó nada. No por el tema, sino porque los personajes me parecieron planos y la trama no me enganchó para nada, y mira que los otros del señor Vinge me gustaron mucho, sobre todo El Abismo sobre el Cielo, que me enganchó de mala manera. Lo malo es que lo acabé porque esperaba que con un final espectacular se arreglara este libro tan aburrido, pero nada, una pérdida de tiempo.

    • Es cierto que entre los premios Hugo de Vinge, éste es sin duda el más discutido, y no es la primera vez que sé de alguien que no conecta con la novela. Yo me temo que siento debilidad por el autor, y las ideas sobre las que se construye me parecen fascinantes (aunque es bien cierto que los personajes no son los más carismáticos imaginables).

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