El caso Jane Eyre

En 2001, tras 76 rechazos editoriales (por diversos manuscritos), Jasper Fforde logró publicar su primera novela, “El caso Jane Eyre” (“The Eyre affair”). Con este título, inicio la serie de la detective literaria Thursday Next, que ya va por las siete novelas (por aquí Ediciones B se quedó atascada en la cuarta). Dentro de la misma se afirma que “la frontera entre realidad y ficción es más porosa de lo que imaginamos”, y yo aún añadiría más: en “El caso Jane Eyre”, la frontera entre los géneros no es sólo porosa, sino prácticamente inexistente.

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Thursday Next es una agente de la OpEspec (Operativos Especiales), en su división 27, que se ocupa de temas relacionados con la literatura, como prevenir las secuelas apócrifas, perseguir la falsificación de primeras ediciones o mediar en las disputas sobre la auténtica autoría de las obras de Shakespeare. Todo ello es mucho más importante de lo que aparenta, puesto que en el mundo de Thursday la literatura despierta pasiones que ya quisiera para sí el fútbol en nuestra triste realidad, con convenciones de miltonianos (la mayor parte de los cuales han cambiado legalmente su nombre por el de John Milton), bandalismo Marlowiano contra las máquinas Willspeak (que por una monedita declaman monólogos del Bardo) y representaciones participativas de Ricardo III (a lo “Rocky Horror”).

Así pues, cuando roban el manuscrito original de “Martin Chuzzlewit”, de Charles Dickens, el asunto es cosa seria, y más cuando los indicios apuntan a que el perpetrador de tan abyecto crimen es ni más ni menos que Acheron Hades, un supervillano que deja en vulgar ratero al Profesor Moriarty. Reclutada por OpEspec 5, Thursday participa en una operación que termina en desastre, tras la que aparentemente muere Acheron. Sin embargo, pronto se sabe lo que debería haber sido evidente, que alguien como él no desaparece así como así, y que sus planes tiene mucho mayor calado que un simple robo.

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El mundo que pinta Fforde a brochazos constituye una mezcolanza de elementos, que le confieren una consistencia casi surrealista. Para empezar, la novela podría considerarse una ucronía, pues el 1985 en que se ambienta poco tiene que ver con el nuestro, con una Inglaterra que ya lleva ciento treinta años de guerra declarada contra la Rusia zarista por la península de Crimen, y de la que se ha independizado Gales (convertido en una república comunista). Pero es que además la tecnología imperante va de lo anacrónico, con el uso de dirigibles como método predilecto de transporte aéreo, a lo futurista, con los inventos desquiciados de Mycroft Next, el tío de Thursday.

Es precisamente uno de los inventos de Mycroft, el Portal Literario, el desencadenante de los acontecimientos, pues Acheron Hades (cuyo nombre no debe pronunciarse en voz alta, so pena de que lo detecte en un radio de mil metros) pretende emplearlo para amenazar la existencia del propio Martin Chuzzlewit… y cuando estos planes se ven frustrados, objetivos de mayor importancia entran en consideración.

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Para disfrutar de “El caso Jane Eyre” hay que dejar aparcadas las preconcepciones y dejarse llevar por el espíritu de la hibridación a un universo en que conviven pájaros dodo resucitados con kits de clonación caseros, vampiros y hombres lobo (a los que está dedicada su propia rama de la OpEspec), corporaciones maléficas, una cronoguardia que se encarga de vigilar tanto la estabilidad temporal como la consistencia histórica e incluso neandertales. Ante tamaño maremagno, el elemento unificador es el humor, que nace a menudo de la yuxtaposición de lo culto (no viene mal tener algunas nociones sobre literatura inglesa victoriana) y lo ridículo. De igual manera, por cada elemento que nos haría desear que nuestra realidad fuera así, hay otro que ejerce de contrapeso y, paradójicamente, le da mayor verosimilitud.

Donde tal vez falle este primer volumen es en la trama, que se sostiene con alfileres entre tanta revelación, viaje temporal y metaficción (para ahondar más en el concepto, os recomiendo la lectura de la conferencia de Jasper Fford con motivo de la entrega del premio UPC 2007, que podéis consultar aquí en PDF). La confrontación final entre Thursday y Acheron, por ejemplo, resulta particularmente decepcionante, y el encaje de bolillos entre las distintas líneas temporales y literarias resulta bastante menos sofisticado de lo que pretende aparentar. Por añadidura, es posible que parte del humor (muy basado en los juegos de palabras) se pierda en la traducción (disfruté más de mi lectura de “Something rotten”, la cuarta entrega, aunque posiblemente la historia sea también mejor).

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A la postre, sin embargo, hay una faceta importantísima, que justifica sobradamente su lectura, y es el amor que traspira por la literatura, y su disposición a derribar barreras, en particular entre la pedantemente conocida como “alta literatura” y la novela popular. “El caso Jane Eyre” dejó confusos a muchos críticos, incapaces de conciliar esa ficticia dicotomía, y al mismo tiempo llegó a miles de lectores, que abrazaron sin problemas su naturaleza transgenérica (no aquí, por supuesto, que el salir en una colección como Nova, la única, por otro lado, que posiblemente siquiera se planteó la publicación, previno con absoluta eficacia el que las aventuras de Thursday Next fueran conocidas más allá que por un puñado de friquis irredentos).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en enero 13, 2014.

3 comentarios to “El caso Jane Eyre”

  1. Muy interesante el discurso de Fforde, gracias por ponerlo.
    A mí también me gustó mucho esta novela y me divertí un montón leyéndola. Pero no estoy de acuerdo contigo en que hay elementos del universo Next que hacen al lector no querer cambiarlo por el nuestro. A mí no me importarían unos cuantos vampiros y hombres-lobo, sobre todo siendo tan diferentes de los de Crepúsculo!

    • No, si los vampiros y los hombres lobo están bien, lo que ya no mola tanto es el autoritarismo (del que la propia OpEspec es una muestra), la guerra latente, la violencia social (aunque sea de raíces literarias), la corporación Goliath y sus manejos en la sombra…

      Hum, espera.

      A lo mejor sí que saldríamos ganando con el cambio.

      • No, si Goliath y sus mariachis no me gustan un pelo, pero en conjunto, vas a comparar. Un universo en el que la hora de máxima audiencia se la llevan los programas literarios y no los del corazón compensa muchas cosas.
        Y tener un dodo en casa haciendo “plok plok” sería la mar de molón.

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