Dune

Tan sólo en dos ocasiones se ha producido un empate en los premios Hugo de novela. La primera vez fue en 1966, con dos obras que no podían ser más dispares. Por un lado, “Tú el inmortal“, en vanguardia del movimiento de la New Wave que dominaría el panorama de la ciencia ficción durante más de una década, por el otro una obra mastodóntica e inclasificable, destinada a convertirse en la novela más vendida de la ciencia ficción (más de doce millones de ejemplares), “Dune” de Frank Herbert.

Lo cierto es que no lo tuvo nada fácil para ver la luz. Se suponía que la ciencia ficción no era así. ¿Un tomo de más de 600 páginas? ¿Docenas de personajes? ¿Nada de tecnología? ¿Glosarios necesarios para recapitular los conceptos utilizados? Tras la publicación de su primera novela (“El dragón en el mar”, 1957), Herbert viajó a las Dunas de Oregon, un parque natural sito en dicho estado, presuntamente para escribir un artículo acerca de los esfuerzos de los biólogos por contener las dunas utilizando plantas espcialmente adaptadas para fijar y contener la arena. El artículo nunca llegó a terminarse, pero la experiencia le llevó a investigar cada vez más a fondo y acabó dedicando seis años a la preparación y escritura de su gran obra. En 1963, en Analog, apareció “Dune world”, la primera de las dos partes de que constó el precursor de la novela que conocemos hoy en día (la segunda, “The prophet of Dune” se publicó al año siguiente). Ya en 1964, “Dune World” fue candidata al Hugo (que ganó “Estación de tránsito“).

dune

No contento con ello, Herbert trabajó la historia, ampliando considerablemente a partir de estas dos narraciones más cortas. Luego se encontró con que el mercado no estaba preparado. La ciencia ficción apenas empezaba a independizarse de las revistas, con lo que ello implica en cuanto a longitud y enfoque, y para los editores “serios” no dejaba de ser un divertimento para jóvenes ociosos. Hasta veinte editoriales rechazaron el original, hasta que, sorprendenmente, Chilton, una empresa que se dedicaba habitualmente a publicar manuales de coches, se arriesgó, apostó una pasta y… bueno, el resto es historia, como se suele decir (desde entonces, los ejemplares de la primera edición se han convertido en una codiciada pieza de coleccionismo, llegando a pagarse hasta 12.000 dólares por un libro firmado). Como curiosidad, Chilton sólo público en toda su andadura otro libro de ficción, “Las brujas de Karres” de James H. Schmitz, candidato al Hugo en 1967 e inédito en español.

¿Que resulta tan atractivo de “Dune”? Es una pregunta con trampa. Si fuera evidente hace mucho que hubiera sido imitado (con éxito). Quizás sea su profundidad ambiental. Leyéndolo, no cuesta imaginar un imperio de cientos de mundos con milenios de historia y una cultura propia diferente de la nuestra y de cualquier otra conocida. El grado de detallismo era inaudito en ciencia ficción y en fantasía tan sólo era superado por “El señor de los anillos”. Tal vez parte de su éxito compartido resida en la sensación de que tras lo que cuentan hay más, mucho más, que no se trata de un decorado diseñados sólo para aparentar desde el patio de butacas.

También es una obra rupturista con las corrientes tradicionales. A un lector avezado, la existencia de un emperador y las intrigas palaciegas entre las estrellas no le eran ajenas (ahí estaba, por ejemplo, Asimov, con su serie sobre la Fundación), pero el enfoque sí que era novedoso. Para Herbert, el protagonista del futuro no es la tecnología, sino el ser humano, embarcado en un proceso de autoperfeccionamiento (en entregas posteriores, acabaría definiendo el proceso de mejora de la especie como la Senda de Oro). Con la Jihad Butleriana, una gran guerra en el pasado remoto entre los hombres y las máquinas pensantes, elimina de un plumazo todo rastro de tecnología y fundamenta la creación de grupos humanos que buscan llevar al hombre (o a la mujer) hasta sus límites. Así nacen los mentats (auténticos ordenadores humanos), la Bene Gesserit (escuela de adiestramiento mental y físico para mujeres, embarcada en un proyecto eugenésico de siglos en pos del Kwisatz Haderach, el macho capaz de derribar las barreras de espacio y tiempo), la Cofradía (los pilotos de las naves estelares, capaces de doblar el espacio con la mente) y, por supuesto, las fuerzas militares especiales, como los Sardaukar del emperador.

Herbert Dune

La novela funciona a múltiples niveles. Por un parte, presenta una trama política, en la que el emperador (de la casa Corrino), pretende deshacerse de la influyente casa Atreides otorgándoles un regalo envenenado, el control de Arrakis, el único planeta del universo donde se produce la especia, una sustancia necesaria para los ritos Bene Gesserit y para los navegantes de la Cofradía. A sus espaldas, intriga con sus rivales más acérrimos, la casa Harkonen, para que los destruyan. Por supuesto, el duque Leto Atreides es muy consciente de que se trata de un trampa, pero no puede negarse y, además, es una oportunidad que tampoco puede desaprovechar (una característica de la novela es que todos, absolutamente todos, son conscientes de estar involucrados en un juego de ajedrez a múltiples bandas). El núcleo, el elemento principal del juego de poder es el control de la especia, pues, de acuerdo con un aforismo recurrente, quien controle la especia controlará el universo (se adelantó en siete años a la Crisis del Petróleo, fundamentada en esas mismas premisas).

La concubina de Leto, la dama Jessica, es una acólita de las Bene Gesserit, encargada por sus superiores de concederle una hija. Sin embargo, por amor al duque engendra un hijo, Paul Atreides, el protagonista de la historia, acogido por las tribus oriundas de Arrakis, los fremen, como el mesias que les conducirá a la victoria. Así pues, encontramos otro de los temas en el mesianismo de Paul, el héroe designado por las profecías para grandes tareas.

Por último, está el propio planeta, un inmenso desierto, como protagonista, constituyendo una de las primeras ficciones ecológicas, no en el sentido activista del término, sino como análisis de un ambiente y del efecto que éste tiene sobre los seres vivos que en él habitan (la idea de un desierto cubriendo todo el planeta no se sostiene, y la descripción de los nichos ecológicos resulta un tanto limitada, pero hay que reconocerle que se trata de un precursor en introducir estas inquietudes en la especulación literaria).

sandworm

El tratamiento de estos temas (y muchos otros secundarios) es complejo, con un lenguaje alambicado, más próximo a veces a la filosofía (esta característica se acentúa con las sucesivas entregas) que a la narrativa. La trama huye a menudo de escenas que hubieran hecho las delicias de un aficionado a la space opera (como batallas, contadas casi siempre en breves recapitulaciones, o viajes interestelares), y se centra en las reflexiones personales de todos su personaejs. También se da cierta ambigüedad. Herbert es reacio a aportar soluciones. Parece más inclinado a plantear preguntas y exponer desarrollos, dejando las conclusiones en el aire. El mesianismo, por ejemplo, se nutre de la ambigüedad. Las antiguas profecías fremen fueron en realidad implantadas por la Bene Gesserit siglos atrás, enmarcada esta tarea en un esfuerzo por sembrar el universo de religiones que luego poder explotar. Sin embargo, Paul Atreides no sólo se ciñe a estas creencias, sino que sigue la senda marcada hasta un final inesperado para las “inventoras” de su mito. ¿Dónde empieza la invención y termina el engaño? ¿Cuál es el auténtico valor de las creencias? ¿Es libre Paul de elegir su destino?

Todo esto arropado de una parafernalia capaz de estimular la imaginación del más prosaico de los lectores: gusanos de arena, destiltrajes, el gomjabbar, los doctores Suk, los ejercicios prana-bindu, los escudos, los sietch, los recolectores, los ornitópteros, la secta zensunni… Una lectura fascinante, que no ha perdido su poder de atracción con el paso de los años. Eso sí, analizando detenidamente la trama, te das cuenta de que es bastante más simplona de lo que pretende aparentar (algo aún más patente en sus continuaciones). Sin embargo, sabe construir muy bien su apariencia de complejidad.

Diversos acontecimientos la han mantenido de plena actualidad con el paso de los años. En 1984, David Lynch consiguió por fin llevar a la gran patalla una adaptación (después de múltiples proyectos fracasados, el más extraño el que involucraba a Alejandro Jodorobsky como director y H.R. Giger como diseñador). La adaptación, bastante fiel en su primera mitad, se puede considerar parcialmente fallida, pero supo captar, sin duda, gran parte de lo que hizo de la novela una obra tan influyente. En 1992, Cryo Interactive y Westwood lanzaron sendos juegos de ordenador de estrageia, el de Cryo con componente de aventura gráfica y el segundo, subtitulado “Battle for Arrakis”, uno de los videojuegos más influyentes de la historia pues es el modelo de todos los juegos de estrategia en tiempo real que siguieron (Warcraft, Command & Conquer, Starcraft, Age of Empires, Homeworld…). En el 2000, una miniserie de televisión volvió a adaptar la historia sin aportar nada nuevo (aunque sentó las bases para la magnífica “Hijos de Dune” de 2003).

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También tenemos las continuaciones. Las escritas por Frank Herbert alcanzan la media docena. Se completa la serie con: “El mesías de Dune” (1969), “Hijos de Dune” (1976), “Dios emperador de Dune” (1981), “Herejes de Dune” (1984) y “Casa Capitular de Dune” (1985). Quedó un séptimo título, que debía cerrar las líneas abiertas, en el tintero debido a la inesperada muerte de Frank Herbert en 1986. Ninguna de ellas llega ni de lejos al nivel de la primera y “El mesías de Dune” quizás sea la peor continuación de un premio Hugo de la historia. Si se sobrevive a él, la cosa remonta un poquito, pero personalmente sólo he encontrado algo parecido a la frescura original en “Herejes de Dune”. Ninguna volvió a conseguir siquiera una nominación en los Hugo (ni en los Nebula, y eso que “Dune” fue el primer título premiado, en 1965, por la Asociación de Escritores de Ciencia Ficción de América, batiendo a nada menos que once finalistas). Lo cual no fue óbice para que todas ellas fueran grandes éxitos comerciales.

De hecho, a la muerte de Frank, su hijo Brian decidió seguir exprimiendo la gallina de los huevos de oro. Así, con la excusa de completar la serie, comenzó a sacar libros coescritos (el porcentaje de autoría lo dejo a la suposición de cada cual) con Kevin J. Anderson (autor especialista en novelizaciones de películas y series de ciencia ficción). A día de hoy suman nueve novelas, y tres más previstas, de las que quizás destacarían “Cazadores de Dune” y “Los gusanos de arena de Dune”, que se basan en la página y media que dejó Frank Herbert escrita como esbozo del séptimo libro que no llegó a escribir. Un garbeo por cualquier libreria, sirve para poner de manifiesto que la saga de Dune sigue siendo uno de los activos más importantes, económica y culturalmente hablando, de la ciencia ficción (aunque yo, particularmente, con haber terminado con la serie original, labor que me ha llevado quince años pues tras cada lectura siempre que entraban ganas de desintoxicar durante un largo tiempo, ya tengo más que suficiente).

Un último apunte. Si está a vuestro alcance, recomiendo la lectura de “Dune” en su idioma original. Herbert emplea muchas estructuras lingüísticas de difícil plasmación en español, de modo que con la traducción se pierde más que de costumbre.

(En esta ocasión tampoco voy a poner enlaces a otras opiniones; “Dune” es uno de esos libros que han sido analizados una y mil veces, y no me encuentro en disposición de recomendar un análisis en concreto por encima de los otros).

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~ por Sergio en octubre 5, 2009.

4 comentarios to “Dune”

  1. Tengo la impresión de que en el fondo recomiendas la lectura de Dune sin sus continuaciones… En mi caso, de todas formas, si llego a decidirme a acometer semejante lectura, no creo que siga con las continuaciones. No me gusta que una continuación de inferior calidad me estropee el buen sabor de boca de un original. Me ha pasado en el cine, por ejemplo, donde he tenido que suponer que sólo existe una Matrix y un Shrek, o en literatura, donde he llegado a fingir que sólo existe un Cita con Rama y que sus continuaciones son inexistentes…
    Gracias por el artículo. Muy ilustrativo.

  2. “Dune” es una obra fundamental en la ciencia ficción. Sus continuaciones… bueno, no tanto. El caso es que vienen con trampa. La primera puede leerse independientemente sin problemas. Si se pasa de ahí (y se supera el bache brutal de la segunda), hace falta llegar hasta la cuarta (“Dios emperador de Dune”) para cerrar un arco dramático. Y el tercer acto está interrumpido, a no ser que después de leer “Casa capitular: Dune” se pase a las continuaciones “apócrifas” de Brian Herbet y Kevin J. Anderson. Por añadidura son casi todos tochos bastante considerables. Sí, quizás sea preferible dedicar el tiempo a otros quehaceres.

    Respecto a las continuaciones de “Rama”… Vienen firmadas por Clarke, pero me sorprendería que pueda achacársele la autoría de una sola frase. Son producto del “ilustre” Gentry Lee.

    Pero para continuación mala, mala de una obra de Clarke, ahí está la secuela de “La ciudad y las estrellas” de Benford.

  3. A mi la segunda me superó. Conseguí terminarla (creo) pero no me dejó con ganas de seguir. No he leído ninguna otra continuación.
    sin embargo, la primera la he disfrutado no una sino varias veces. Es un auténtico clásico, sin duda, en toda la extensión de la palabra.
    Por cierto que es muy dificil de llevar al cine, a mi modesto entender, por lo que considero que tanto la versión de Lynch como la de la tele, con más espeacio, han hecho un buen trabajo.

  4. […] Pícnic Extraterrestre. En esta reciente entrevista en El País reconocía sus concomitancias con Dune, aunque su enfoque sea antagónico. Iris no está contada desde el punto de vista de los […]

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