China Montaña Zhang

•mayo 29, 2012 • Dejar un comentario

En 1992, apenas tres años después de vender su primer cuento de ciencia ficción (a la Asimov’s), Maureen F. McHugh lanzó al mercado su primera novela, “China Montaña Zhang” (“China Mountain Zhang”). La obra fue acogida con gran entusiasmo, siendo merecedora de sendas nominaciones a los premios Hugo y Nebula (distinción que suele costar algunas obras más de “calentamiento”). Fue aquel, sin embargo, un año duro (con victorias para “El libro del día del juicio final“, de Connie Willis, en ambos certámenes y “Un fuego en el abismo”, de Vernor Vinge, compartiendo el Hugo), así que tuvo que conformarse con el premio Locus a mejor primera novela (además de un par de galardones especializados que ya mencionaré más adelante).

Con tal aval, hubiera sido de esperar una pronta traducción, pero no fue hasta el 2007 que Ómicron la presentó al lector español… no mucho antes del cese de su actividad editorial. La razón, supongo, cabe buscarla en la escasa repercusión posterior de la autora, que hasta el momento no ha vuelto a situar ninguna de sus novelas a un nivel similar (aunque cosechó el Hugo de relato en 1995).

En cuanto a la obra, “China Montaña Zhang” irrumpió en el panorama de la ciencia ficción un poco a contracorriente. A principios de los 90 el género se estaba recuperando de los excesos del cyberpunk y las ventas acompañaban especialmente a una nueva generación de space operas, que celebraban la figura del héroe (aunque éste fuera tan improbable como el Miles Vorkosigan de Lois McMaster Bujold). McHugh, por su parte, proponía un futuro muy diferente, casi distópico, aunque no a la manera molona de William Gibson e imitadores. Es decir, no como resultado de una hiperinflación tecnológica anarcocapitalista, sino justo lo opuesto.

En el primerizo siglo XXII (o sea, lo que por entonces se consideraba futuro cercano) de la novela, casi todos los países regidos por el libre mercado han atravesado crisis que han conducido a revoluciones proletarias y a la implantación de regímenes comunistas (mediante procesos más o menos traumáticos). La nueva superpotencia mundial es China, mientras que los antiguos Estados Unidos se han convertido en una región satélite, agotada y dependiente, tanto desde un punto de vista económico como cultural, del nuevo orden. Como nota de interés, cabe señalar que la dureza de la situación cabe achacarla tanto a las contradicciones intrínsecas del sistema imperante como a los excesos del precedente (y presente) En propiedad, pues, no se trataría de una distopía comunista, sino sólo de un futuro poco halagüeño.

El foco de la historia, sin embargo, no se ocupa de ofrecer una visión panorámica, sino que se centra en el primer plano de los personajes. En especial de Zhang Zhongshan (Zhongshan puede traducirse como China Montaña, y es el nombre de uno de los padres fundadores de la República Popular China), un constructor CNA (Chino Nacido en América), de ascendencia chino-hispana y gay (en un contexto cultural bastante más homófobo que el actual). Así, a través de diversos episodios, asistimos a los esfuerzos de Rafael (su nombre hispano) Zhang por encontrar su lugar en un mundo que no parece haber dispuesto de un hueco para alguien como él. Aparte del tema de su orientación sexual, su origen mestizo constituye un obstáculo (relativo, que mucho peor lo tienen los que ni siquieran parecen chinos) en una sociedad que practica sin rubor el racismo.

Intercaladas con su historia, nos encontramos con capítulos muy tenuemente conectados entre sí, que se centran en las cuitas de otros personajes: una voladora de cometas de competición, una granjera en la colonia de Marte y un hombre desplazado con su hija que acaba en la misma comuna marciana. En todos estos fragmentos encontramos variaciones de un mismo tema recurrente, que podría describirse como la búsqueda de la felicidad, aunque en realidad las metas suelen ser mucho más modestas (realización laboral, estabilidad sentimental, conquista de un lugar al que poder llamar hogar…). Al final, la integración de todas estas facetas (e incluso una resolución más o menos satisfactoria de los conflictos) sólo la encontramos en el más extenso hilo de Zhang, aunque cada uno de los personajes obtiene su propio pequeño triunfo personal (lo cual no quiere decir, ni mucho menos, que alcancen plena realización).

Por su tratamiento del conflicto (homo)sexual, la novela se hizo merecedora de dos galardones especiales. Por un lado el James Tiptree Jr. Award (para novelas de ciencia ficción y fantasía que exploran cuestiones de género, instaurado apenas el año previo, aunque ya bien consolidado), y por otro el Lambda de ficción especulativa (para obras con temática gay, lésbica, bisexual o transexual; sólo en otra ocasión, con “Río lento”, de Nicola Griffith, que conquistó el Nebula en 1997, volvió a destacarse un ganador del Lambda con una posición destacada en los premios generalistas.

Sea como sea, la integración de la identidad sexual de Zhang en su entorno (algo especialmente difícil durante su estancia de estudios en China, país donde la homosexualidad puede pagarse con la muerte), no es sino una de sus fuentes de desazón… porque a decir verdad el tipo es un tanto agonías y le gusta la autocompasión más que a un tonto un lápiz (pertenece, aunque sea de refilón y deba disimular sus orígenes, a la etnia privilegiada, lo que le permite, por ejemplo, acceder a unos estudios donde se muestra brillante… lo cual, por supuesto, no le satisface pues siente morriña de Brooklyn). A la postre, por tanto, no siempre resulta fácil empatizar con su angustia existencial, justificada, eso sí, en lo que se refiere a los problemas que le acarrea su condición sexual, aunque la autora peca de ciertas tendencias folletinísticas que disminuyen su impacto por falta de sutileza. Algo que no ocurre, por ejemplo, en la obra maestra sobre el particular en ciencia ficción, la extraordinaria “En alas de la canción”, de Thomas M. Disch, que ya abordó en 1979, con una visión metafórica y decididamente más melancólica, buena parte de los temas humanos que aparecen en “China Montaña Zhang” (y alguno adicional).

Por lo que respecta la ambientación, se percibe la influencia de los movimientos inmediatamente precedentes, con un enfoque claramente post-cyberpunk (suave) que se beneficia de la novedad del contexto socioeconómico y cultural (con referencias tanto al comunismo como al taoísmo). El segmento donde es más evidente esta influencia, de hecho, predata a la novela, pues aquel primer cuento al que me refería al principio de la entrada (titulado “Kites”), de 1989, forma uno de los capítulos del libro (el segundo, siendo tal vez el menos integrado en el conjunto). De igual forma, el tercero es transcripción (no sé hasta qué punto pueden haber sufrido reescrituras) de su segundo relato publicado, “Baffin island” (en ese mismo sentido, los capítulos marcianos apenas guardan relación argumental con el resto de la novela, aunque sí existe coherencia filosófica).

“China Montaña Zhang” no es una obra redonda. Demasiado episódica y tímida en sus aspiraciones (es decir, no llega a aportar una visión novedosa al problema de base de conformar una identidad personal en un mundo hostil; establece bien los conflictos, pero se deja arrastrar a una resolución un tanto arbitraria). Constituyó (y constituye), sin embargo, un recordatorio de que la ciencia ficción, en un período de predominio de la especulación técnica, no tiene el porqué renunciar a explorar el universo interior del ser humano (lo cual sería una auténtica pena, pues hay recovecos en nuestra esencia que sólo pueden iluminarse, mal que les pese a los defensores a ultranza del realismo, desde el campo de la literatura fantástica).

No quisiera concluir sin lanzar un pequeño aviso a quien pudiera tropezar con la edición de Ómicron y leyera el texto de contraportada. La mención en el mismo de “El hombre en el castillo” de Dick es desafortunada por varias razones. Para empezar porque “China Montaña Zhang” no es una ucronía como se afirma, pero es que además sostener que “es incluso superior”… en fin, sin restarle méritos a Maureen F McHugh hay argumentos promocionales que obtienen justo el efecto contrario que buscan. Los Estados Unidos aparecen en ambas obras bajo el predominio de una potencia oriental (Japón o China), pero ahí acaban las similitudes. Las comparaciones son odiosas y, lo que es peor, innecesarias. Tampoco es que a “China Montaña Zhang” la falten argumentos para poder defender su causa por méritos propios.

Otras opiniones:

Naufragio en el tiempo real

•mayo 23, 2012 • Dejar un comentario

Vernor Vinge es un autor poco prolífico. Apenas ocho novelas (y un puñadito de antologías) en más de cuarenta años de profesión (compaginada con una carrera docente e investigadora en la universidad de San Diego, en los departamentos de matemáticas y computación). Eso sí, su impacto es innegable, como atestiguan los tres premios Hugo de novela que atesora (más otros dos de novela corta).

De sus aportaciones a la ciencia ficción, se le reconoce en particular el haber introducido el concepto de Singularidad Tecnológica, cuyo fundamento teórico/filósofico él mismo desarrollo desde 1983 en adelante, a partir de las ideas del matemático I. J. Good. Aunque algunas de sus obras anteriores ya juguetean con este concepto, su puesta de largo (y bautizo) llegó con “Naufragio en el tiempo real” (“Marooned in realtime”, 1986), la segunda novela en la serie de las Burbujas (tras “La guerra de la paz” y la novela corta “The ungoverned”, aunque los tres textos pueden leerse de forma independiente).

El marco especulativo lo aporta un ingenio creado para “La guerra de la paz”, un campo de éstasis imprenetrable (las burbujas), en cuyo interior no transcurre el tiempo. Tras explorar a fondo las posibilidades del concepto en el primer libro, con su secuela se planteó algo completamente diferente: una aproximación indirecta a la esquiva, y por definición indescriptible, singularidad tecnológica.

La historia arranca en un enclave situado en el interior de la actual Asia, cincuenta millones de años en el futuro. En ese momento y lugar se han reunido unos cuatrocientos seres humanos, cuanto queda de la especie. En algún momento a principios del siglo XXIII todos cuantos no se encontraban emburbujados desaparecieron sin dejar rastro, dejando a los desconcertados crononautas (hacia el futuro y no siempre de forma voluntaria) un mundo desolado y muchos interrogantes.

Tras diversos intentos a los largo de los megaaños, las Korolev (Marta y Yelén), se han propuesto reunir a todos los supervivientes y levantar de nuevo una sociedad viable, rescatando a los hombres de una extinción segura. Claro que no lo tienen fácil. Por un lado están los tecno-min, aquellos procedentes de la segunda mitad del siglo XXI (hasta mediados el XXII), distribuidos en tres grupos que arrastran ciertos antagonismos “históricos” (cuyas raíces cabe encontrarlas en los obras previas de la serie): los pacistas, los remanentes de la República de Nuevo México y grupos dipersos, e incluso individuos, no alineados (y, en general, algo posteriores). Por otro los tecno-max, emburbujados con posterioridad y poseedores de una tecnología y unos recursos varios órdenes de magnitud superiores (e incluso entre estos, una década de diferencia en cuanto a “antigüedad” puede llegar a suponer un salto cualitativo tan grande como el que separa a los tecno-min de los tecno-max). Quien más, quien menos, posee una agenda propia, y ni siquiera la quasi-extinción parece constituir un estímulo suficiente para colaborar.

Mal que bien, con una mezcla de persuasión, soborno e imposición, las Korolev se las han arreglado para fundar las bases de una colonia. Entonces, durante un emburbujamiento rutinario, ocurre el desastre. Marta queda fuera de las áreas protegidas. Enfrentada sin el apoyo de la avanzada ciencia tecno-max (o incluso tecno-min) a la naturaleza salvaje y al propio paso del tiempo (los avances médicos han llegado a asegurar la inmortalidad, al menos física). Cien años después, cuando encuentra sus restos, Yelén se propone descubrir al “asesino”, para lo cual cuenta con la experiencia de uno de los más famosos detectives de la historia, Wil Brierson (responsable de abortar la tentativa de la República de Nuevo México por apoderarse de la sociedad anarco-capitalista de Kansas, relatada en “The ungoverned”… aunque el fracaso quepa atribuirlo en igual medida al choque cultural).

Así pues, Brierson se enfrenta a un misterio del tipo de habitación cerrada, pues el asesino no puede sino ser uno de entre la docena de tecno-max (los únicos con capacidad para llevar a término el sabotaje). Sólo que carece por completo de autoridad, y quizás incluso de competencia, pues la brecha que le separa de sus sospechosos es equivalente a la que media entre un hombre del renacimiento y alguien de finales del siglo XX. Auxiliado por Della Lu (una tecno-max que en 9.000 años de vida solitaria se ha alejado bastante de la humanidad… por ejemplo de la época en que traicionó a los pacitas durante la Guerra de la Paz), deberá examinar los indicios que por cuarenta años de exilio ha ido dejando Marta Korolev en un diario rústico, al tiempo que interroga a los tecno-max, buscando respuesta tanto al asesinato como a lo que pudo ocurrirle a la humanidad.

Vinge, como había adelantado, utiliza todo este montaje para mirar de reojo hacia el acontecimiento de principios del siglo XXIII, que los propios personajes bautizan como singularidad. Las teorías son múltiples: desde la posibilidad de una invasión extraterrestre aniquiladora hasta una aceleración exponencial de los cambios que condujeron a un punto de ruptura a partir del cual la humanidad trascendió a otro nivel de existencia. A lo largo de todo el libro, se argumenta a favor de una y otra hipótesis, dedicando especial atención a las implicaciones filosóficas de la segunda opción, por lo que podría hablarse de ciencia ficción escatológica.

De la composición de la historia destacaría el cuidado que pone el autor en exponer sus ideas; desde la presentación de las premisas hasta la exposición de conclusiones (sin llegar a la certeza, que sólo podría alcanzarse mediante la replicación del fenómeno). Todo ello lo adereza con elementos propios del género policiaco (aunque a la postre esta faceta no alcance a superar el nivel de excusa argumental), así como con especulación sociológica en torno a la necesidad del ser humano de conquistar el liderazgo de un grupo, incluso en detrimento de sus propias posibilidades de supervivencia (estas reflexiones le valieron la concesión del premio Prometheus, otorgado desde 1979 a obras de ciencia ficción libertarias) y, por último, a la exploración de la Tierra de dentro de cincuenta millones de años (para lo cual se basó en el libro “Después del hombre: una zoología del futuro”, de Dougal Dixon, por lo que se trata de una visión científicamente coherente, en contraposición con la más poética de, por ejemplo, Brian Aldiss en “Invernáculo“).

Todos los elementos quedan perfectamente equilibrados en un texto absorvente. Tal vez desde un punto de vista filosófico haya quedado un poco superado, pues la presentación de una idea nueva es una empresa que debe abordarse con cautela, pero por ello mismo sigue siendo un vehículo perfecto para entrar en contacto con la singularidad tecnológica, descartando los aditamentos que el abuso del concepto han ido añadiendo. Sobre todo a lo largo de la última década, en que ha pasado a constituir una especie de patente de corso para justificar cualquier desarrollo.

Aparte de ganar el Prometheus, la novela fue finalista (junto a “Conde Cero“, de William Gibson… dándose la casualidad de que “La Guerra de la Paz” había perdido el Hugo de 1985 ante “Neuromante“) a los premios Hugo en la edición de 1987, que ganó “La voz de los muertos“, de Orson Scott Card.

Propuestas para los Ignotus 2012

•mayo 20, 2012 • 4 comentarios

Hace un par de días se inició el proceso de selección de candidatos para los premios Ignotus 2012. Se trata de unos galardones que destacan lo mejor de la producción fantástica de cada año, a juicio de los socios de la AEFCFT y de los participantes en la Hispacon, el congreso anual de fantasía, ciencia ficción y terror, que este año se celebrará en Urnieta, Guipúzcoa, del 12 al 14 de octubre.

El año pasado tuve el honor y la alegría de ver cómo “La mirada de Pegaso” se hacía con un par de monolitos, a mejor antología y mejor novela corta. Para esta edición mi producción nominable es poco menos que testimonial (ya dedicaré unas líneas al final de la entrada a la autopromoción). Otros, sin embargo, hicieron de 2011 una añada realmente memorable. A decir verdad, no recuerdo otro año en que el número y calidad de las propuestas de autores nacionales fuera tan extraordinario.

Por desgracia, también me costaría pensar en otra época en que el desprecio y ninguneo hacia aquellos que tuvieron la osadía de escribir (y editar) literatura fantástica en la lengua de Cervantes fuera tan patente. El resultado podemos empezar a mascarlo este año, que ya puedo anticipar que no será ni mucho menos tan destacable. Los títulos van a ser menos y con tiradas más ridículas, que harán casi imposible que las obras registren impacto alguno (y el panorama irá a peor). Eso sí, la basura anglosajona (junto con un buen puñado de grandes títulos, por supuesto), seguirá encontrando vías para acceder al circuito comercial y disfrutar de oportunidades por las que cualquier autor nacional mataría.

Es lo que hay. En España practicamos con gran alegría la alofobia, el desprecio hacia lo propio, que empieza en los lectores y sube todo el caminito hasta los editores (con contadas y menguantes excepciones). Eso por no hablar de la cultura del “démenlo hecho” que impera en buena parte de la “industria” editorial, donde se prefiere comprar los derechos de distribución del trabajo que han hecho otros a ensuciarse las manos bajando en persona a la mina a buscar las joyas ocultas entre el carbón. Al final, con mayor o menor fortuna, esto queda reservado a proyectos casi artesanales, cuyos limitados recursos no dan para que las novedades, ya sean pepitas de oro o gurruños de pirita, alcancen el nivel de exposición mínimo imprescindible para entrar de verdad en el juego (por descontado, si hubiera auténtico interés esto no sería sino un inconveniente menor; pero claro, si lo hubiera la cuestión ni llegaría a plantearse).

¿El resultado? Del 2011 muchos se preguntan si se llegó a publicar algo nominable, cuando la auténtica cuestión que a mí se me plantea es cuáles serán los extraordinarios libros que me voy a ver obligado a dejar de lado en mi papeleta de votación.

Veamos las novelas:

Hay alternativas para casi todos los gustos. Desde el terror sucio de Diástole(Emilio Bueso, Salto de Página), hasta la aventura delirante de “Sherlock Holmes y los zombies de Camford” (Alberto López Aroca, Dolmen Editorial), pasando por la fantasía urbana de “Fieramente humano” (Rodolfo Martínez, NGCFicción!), la ciencia ficción socio-económica de “Ínsula Avataria” (Luis Besa, Equipo Sirius) o la nueva incursión en la fantasía sombría de Ismael Martínez Biurrun, “El escondite de Grisha” (Salto de Página). Eso sin contar el novelón que se ha marcado David Mateo con “Noches de sal” en Grupo Editorial AJEC (que no tengo reseñado porque realicé la maquetación y ello me obligó a una lectura diagonal, que me basta para atestiguar su calidad, pero no para realizar análisis más profundos ni para disfrutar de una lectura “normal”).

Si lleváis la cuenta ya son seis títulos, y tan sólo estoy empezando. Casi con total seguridad, mi quinteto de candidatos surgirá de ahí  (por temas tan subjetivos como las preferencias personales). Pero aún quedan muchas novelas de enorme interés en la promoción del 2011, que satisfarían sin duda las expectativas de cualquiera. ¿Que lo que te va es la fantasía épica? Pues podrías probar con el segundo volumen de la monumental serie Leyenda de una Era de Guillem López (“Dueños del destino“, Grupo Editorial AJEC), o si prefieres algo más cercano a la espada y brujería nada mejor que “Kobold: El señor de las cadenas” (Alfredo Álamo, Torre de Marfil), por no hablar del derroche de imaginación de Jordi Biosca en “El tablero de Yidana” (Grupo Editorial AJEC) o la continuación de las aventuras de Yáxtor Brandan en “El jardín de la memoria” (Rodolfo Martínez, Sportula).

¿Queréis zombis? Dos con referencias cinematográficas: La superproducción palomitera de David Mateo, “Carne muerta” o la novela negra con J.E. Álamo y “Tom Z. Stone” (ambas en Dolmen Editorial). ¿Os va la experimentación estilística o la deconstrucción temática? Podéis probar con Jitanjáfora: Desencanto” (Sergio Parra, Grupo Editorial AJEC), “El libro del hombre oso” o “La sonrisa de los muertos” (ambas de Daniel Pérez Navarro, en Grupo Editorial AJEC y Viaje a Bizancio respectivamente). ¿El terror que habita justo al otro lado de la frontera de la cotidianidad? Ahí tenéis “La ciudad enmascarada” (Rafael Marin, Grupo Editorial AJEC), “Cuerpos descosidos” (Javier Quevedo Puchal, NGCFicción!) o “Mañana será tierra” (Alfredo Álamo, Viaje a Bizancio). ¿El homenaje a los clásicos (y no tan clásicos) de la ciencia ficción? “Las graves planicies” (Antonio Santos, Grupo Editorial AJEC).

Y aún me dejo muchas novelas en el tintero. Algunas (demasiadas) porque no las he leído, otras porque me parecen a un nivel inferior a las expuestas y seguro que alguna por puro despiste.

Pero ojo, que hay más, porque si miramos hacia las antologías también encontraremos un buen puñado de opciones (menos, porque ya se sabe que por estos lares al cuento no se le tiene mucho aprecio). Así, por ejemplo, recomendaría “El monstruo en mí“, de Ignacio Becerril Polo (Saco de huesos), “Nuevas leyendas aragonesas” (VV.AA., Mira Editores), “El círculo de Krisky” (Miguel Puente, Grupo Editorial AJEC) o “Abismos” (David Jasso, Grupo Editorial AJEC) (tengo pendiente alguna antología del 2011, a ver si me pongo a ello antes del fin de plazo de votación).

¿Y qué tal un cuento de cada para ir abriendo boca? “Casa ocupada” (“El monstruo en mí”, Ignacio Becerril Polo), “Señor del Moncayo” (“Nuevas leyendas aragonesas”, Fermín Moreno), “Los siete cuervos” (“El círculo de Krisky”, Miguel Puente) y “El tubo” (“Abismos”, David Jasso). Y lanzo una novela corta de propina: “Asesinato en el club nudista” (Roberto Malo, Nalvay Ediciones).

Ahí lo tenéis. Un listado subjetivo. Tan bueno o malo como cualquier otro. Cuanto menos, espero que sirva para apoyar mi alegato de que el 2011 fue un año excepcional en cuanto a producción de literatura fantástica española. Por desgracia, la memoria de muchos de estos títulos (la inmensa mayoría), está condenada a difuminarse en el desinterés generalizado hasta desaparecer, como si los libros nunca hubieran existido (porque las tiradas, en muchos casos, son tan reducidas que ni siquiera “gozarán” de una segunda oportunidad en el mercado de saldo). Después, por supuesto, habrá quienes proclamen en voz bien alta que el fantástico nacional es una mierda… sin haberse dignado a leer siquiera uno de estos títulos (hay donde elegir, seguro que alguno se ajusta a sus intereses).

Yo tan sólo puedo recomendar que disfrutemos mientras podamos. Se avecinan tiempos de sequía.

Ah, sí.

Mis retoños.

Como decía, 2011 no fue un año muy prolífico.

Un par de cuentos: “Mytolític”, aparecido en la revista Catarsi 6, y “Aventureros de taberna”, en la edición de los premios Gandalf y Aelfwine 2009-2010.

El artículo: “Hacia el transhomosapiens: Introducción a la filosofía transhumana de Greg Egan a través de Axiomático”, en la segunda edición de esta (imprescindible) antología, publicada por Grupo Editorial AJEC.

Y, por supuesto, lo que de verdad me haría ilusion: este espacio, Rescepto Indablog, como Mejor Sitio Web.

Venus decapitada

•mayo 17, 2012 • Dejar un comentario

Con “Venus decapitada” Sergio Parra bucea en territorios afines a los de su serie de Jitanfáfora. Con una salvedad. Nosotros, los lectores, no somos magos (ni siquiera en su vertiente racional). Sin embargo, todos y cada uno de nosotros tenemos un sexo. Masculino o femenino. Un dicotomía básica del género humano que nos distribuye en dos bandos tradicionalmente enfrentados. Condenados por pulsión evolutiva a encontrarse en una frontera que es tierra de nadie. Escenario de escaramuzas, alianzas, victorias y rendiciones incondicionales.

En otras palabras, la disección fría y metódica de los roles sexuales que se nos muestra en “Venus decapitada” nos afecta de lleno. Esta novela no permite distancia de seguridad. Sus análisis y exposiciones nos explotan en las narices, así que conviene no tenerlas demasiado sensibles.

El protagonista/narrador de la historia es Isaac Martínez, un periodista que sobrevive como redactor escéptico de una revista esotérica de poca monta. Al menos esos son sus orígenes, porque desde un futuro indeterminado, preso y aguardando sentencia, nos narra los orígenes de la escalada armamentística que conducirá a la segregación absoluta de los sexos. Un desarrollo en absoluto espontáneo, pues hay un cerebro orquestando los movimientos y unas manos disponiendo las piezas para el envite inicial: el cerebro y las manos de Perfecto Cebrián, el mejor (y único) amigo de Isaac.

Perfecto se nos muestra como un personaje extremo. Tan magnético como repulsivo. Bajo su influencia, Isaac no es sino una hoja que se deja arrastrar por la corriente de misoginia exacerbada. Con una postura casi entomológica, desmonta sin misericordia las estrategias sexuales, pintándolas como producto del ciego y egoista impulso reproductivo, despojadas de justificaciones. Su megalomaníaco propósito: romper los grilletes de ese gigantesco (auto)engaño e independizar a hombre de mujer, convertidos, a efectos prácticos, en dos especies que, por alguna broma del destino, se necesitan para asegurar la perpetuación.

De la mano del pasivo Isaac, asistimos a los primeros pasos del plan de Perfecto (en la industria del porno amateur) y somos depositarios de discurso tras discurso desmitificador y campaña de acoso y derribo contra lo femenino. Así se desgranan para nuestro beneficio los preceptos de una suerte de nihilismo sexual, que niega el valor e incluso la necesidad de seguir sometidos a un impulso animal. La ampulosidad de Perfecto se ve contrarrestada por la pasividad casi enfermiza de Isaac, que de pasivo cronista (un poco al estilo del doctor Watson) deviene en poco menos que voyeur (incluso cuando toma parte “activa” en los manejos de Perfecto y la troupe que monta a su alrededor, su función es la de receptáculo, herramienta, mero canal de transmisión).

El estilo recargado y excesivo, afín al de “Jitanjáfora”, atasca por momentos “Venus decapitada” en una grandilocuencia que encaja con la amplitud de miras, pero ralentiza el primer plano en que se mueve la historia. Las viñetas intercaladas, que nos muestran escenas de la contienda venidera, proporcionan respiro y enriquecen la trama (pintando un mundo futuro distópico, que no ha podido sino recordarme al imaginado por Jamie Delano en “Mundo sin FIN”, una miniserie de DC de 1990). El grueso de la novela, sin embargo, pertenece a Isaac (es decir, a Perfecto).

Todo cuanto se expone (en contra, principalmente, del comportamiento femenino, aunque los hombres también reciben de vez en cuando lo suyo) es estrictamente cierto. Ahora bien, el resultado al que se apunta hace pertinente la pregunta de si esos “grilletes” de los que Perfecto nos quiere liberar no son en realidad parte consustancial del ser humano, que libre de ellos, libre de esa esclavitud, ya no es nada (o nada que merezca la pena).

Claro que, ¿quién nos dice que Perfecto Cebrián no es perfectamente consciente de ello? ¿Que no quiere liberar, sino destruir?

Quizás personalmente me falte un poco más de análisis (o incluso exposición) de las consecuencias (por el propio artificio narrativo quedan fuera de la visión del cronista… lo cual, por supuesto, no es óbice para que se nos ofrezcan las antedichas viñetas). Sin una tesis más desarrollada, “Venus decapitada” se muestra como una pildora aspera, dura de tragar (careciendo también del humor irónico de “Jitanjáfora”), sin concesiones ni recompensas ulteriores.

Es posible que esta indefinición lleve implícito un reto. El reto de contemplar la cruda realidad e integrarla en una filosofía que ya no nazca del autoengaño, sino de la autoafirmación. Un reto, por cierto, en el que Perfecto Cebrián fracasa estrepitosamente… y que Isaac, directamente, evita afrontar (aunque también es cierto que el autor hace un poco de “trampa” con el pobre Isaac, sin concederle en ningún momento la menor oportunidad… un determinismo que no acaba de gustarme como recurso narrativo, pues en estos casos, al concluir la función, siempre me queda la sensación de haber estado jugando una partida de póker con las cartas marcadas).

Agradezco a Viaje a Bizancio Ediciones el envío de un ejemplar de “Venus decapitada” para su reseña en Rescepto.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Los jardines de la Luna

•mayo 9, 2012 • 5 comentarios

El actual auge de la fantasía épica obedece a varios factores que, en general, pueden sintetizarse en la idea de que, como género, ha sabido (y ha podido) evolucionar para entrar en sintonía con las inquietudes de la época (de un modo que la ciencia ficción, por ejemplo, no ha conseguido todavía). Ambigüedad moral, aproximación al realismo sucio en la caracterización de los personajes, contextos narrativos de crisis (con imperios abocados a la destrucción o al cambio drástico) son algunas de las características que presenta, y que llevan aparejado un viraje hacia un público objetivo más adulto (invirtiendo la tendencia hacia la juvenilización que caracterizó los años 80).

Si bien este proceso se consolidó a mediados de la década pasada (con la irrupción de nuevos autores como Brandon Sanderson o Joe Abercrombie), sus raíces cabe buscarlas a finales de los años 90, y más específicamente se suele señalar a dos sagas (ambas todavía en elaboración) como puntas de lanza de la revolución: “Canción de hielo y fuego”, de George R.R. Martin (iniciada con “Juego de tronos” en 1996) y “Malaz: el libro de los caídos”, cuyo primer volumen fue “Los jardines de Luna” (“Gardens of the Moon”, 1999).

Al contrario que en la obra de Martin, la saga de Malaz, al menos en este primer tomo, muestra unas características que podríamos definir como híbridas entre el “viejo” y el nuevo estilo de fantasía épica. Ello posiblemente sea debido a que cabe rastrear su génesis tan atrás como 1982, año en que los cocreadores del universo que sirve de escenario a las historias, Steven Erikson y Ian Cameron Esslemont, empezaron a diseñarlo haciendo uso del sistema de Advanced Dungeons & Dragons (como buena parte de la producción de la época, desde las novelas de la Dragonlance hasta las de los Reinos Olvidados, aunque sin conexión alguna con TSR en su caso). En 1986, con la publicación del Generic Universal RolePlaying System (GURPS), obtuvieron una herramienta que les proporcionó mayor libertad creativa y que les llevó a la elaboración de un guión televisivo que presentaron sin éxito a diversas cadenas canadienses.

Ante este fracaso, pasaron a planificar una serie de novelas que contarían diversos episodios de una gran historia diseñada en conjunto, repartiéndose su redacción final de forma que cada escritor ostentaría la autoría en solitario del libro que escribiera. Hacia 1992 (poco más o menos por la misma época en que Martin comenzaba a escribir su saga) Steven Erikson completó la primera novela que, como he adelantado, no vio la luz hasta siete años después; según comenta el propio autor en el prólogo de la obra, por las reticencias de editores y agentes ante la complejidad de la obra y las exigencias que planteaba a los lectores (al final, tuvo que ser una editorial británica la que aceptara la apuesta).

Pese a estos temores, el éxito fue inmediato, lo que le permitió a Erikson firmar un muy lucrativo contrato con Bantam UK para la publicación de otras nueve novelas (la última de ellas, “The crippled god”, puesta a la venta en 2011). En conjunto los diez libros conforman la serie de “Malaz: el Libro de los Caídos” (“The malazan Book of the Fallen”). La historia se completa con cinco libros de Ian Cameron Esslemont, que aun compartiendo escenario e incluso cronología (muestran episodios intercalados con los de Erikson), son considerados parte de una serie diferente, la de las Novelas del Imperio de Malaz (la última de ellas prevista para el próximo noviembre).

En conjunto pues, podemos hablar de quince novelas que abarcan unos muy convulsos doce o trece años de conflicto multitudinario (aunque los eventos narrados se ven influenciados por acontecimientos de hasta 300.000 años atrás). Algo más de cinco millones de palabras o, expresado de otro modo, algo más de un metro de estantería (según la edición que manejemos), aunque en bolsillo aún nos iremos con toda probabilidad hasta los 75 centímetros.

Ya se encarga de “alertarnos” Erikson en el prólogo a la edición revisada (que es la que conocemos nosotros, posiblemente, derivada de la estadounidense): adentrarse en Malaz requiere dedicación.

Como se puede comprobar, he llegado hasta aquí sin pararme a exponer de qué va “Los jardines de la Luna”. A decir verdad, no voy a proporcionar más que unos someros apuntes. En cierta forma, es algo irrelevante. Incluso esta novela de seiscientas y pico páginas (en letra minúscula, calculo que con una tipografía más estándar se hubiera ido hasta las 900), aun siendo autoconclusiva, no es sino una parte minúscula de un todo mayor… y ése es precisamente el atractivo de la serie.

El autor no promete comprensión y disfrute instantáneos (más bien al contrario), sino que se compromete a desvelar un mundo de tan enorme complejidad que empezó a construirse diecisite años antes de que una sola palabra llegara a la imprenta (treinta si extendemos el período hasta el momento en que se cierre el último volumen). Además, se vanagloria de que nos va a introducir a lo bestia, lanzándonos sin paracaídas en medio de la acción, dejándonos que nos las arreglemos para componer una imagen con sentido a partir de los indicios dispersos… mientras, por supuesto, intentamos seguir la trama específica de cada volumen, sin perder de vista a las docenas de personajes que se van amontonando (de los que, a su vez desconocemos sus antecedentes, salvo por detalles que van aflorando y que debemos cosechar con avaricía, so pena de andar más perdidos que un kraken en el hangar de la Estrella de la Muerte).

¿Qué podría contar sobre la historia?

Veamos. “Los jardines de la Luna” arrancan en medio de la campaña de conquista del continente de Genabackis por parte del imperio de Malaz, nueve años después del ascenso al poder de la emperatriz Laseen (tras deponer por las armas al fundador del Imperio). Mientras una encarnizada campaña se libra en el norte, un par de legiones se encargan de la toma de las ciudades libres del sur, Pale y Darujhistan.

Tras la costosa sumisión de Pale, todas las potencias (militares, mágicas y divinas) se centran en Darujhistan, el escenario principal de la novela, donde confluyen agentes imperiales (sobre los que pende la amenaza de proscripción), fugitivos de Pale (que llegan con estilo, a bordo de Engendro de Luna, un castillo flotante), magos, cazadores de magos y mucho más. Todo ello sin contar con las corrientes internas de la propia ciudad (cuyo dominio se equilibra entre las fuerzas del concejo, la cábala secreta de magos, el aún más incógnito Anguila, señor de los espías, y la guilda de asesinos), o la intromisión de divinidades (ascendientes) como Tronosombrío (el embozado, señor de la muerte) o los mellizos Oponn, dueños del azar.

Cada facción intriga, empuja, golpea y es golpeada, establece alianzas, traiciona y se replantea sus prioridades en un mosaico coral de escenas semi independientes (algo así como doscientes cincuenta o trescientas), que en conjunto dibujan la historia del posicionamiento de Darujhistan en la batalla del imperio de Malaz contra el mundo… y, de vez en cuando, van tejiendo tramas cuya relevancia inmediata es tangencial o incluso nula, pero de importancia (se supone) para la gran imagen global que compone la serie.

Y hasta aquí puedo exponer sin enredarme en disquisiciones estériles.

Lo que sí puedo hacer es analizar el resultado desde una perspectiva literaria, y lo primero que me gustaría exponer es que Erikson ostenta todo el derecho del mundo a exigir esfuerzo a sus lectores, pero que parte de la confusión que genera la lectura de “Los jardines de la Luna” es achacable a ciertas deficiencias narrativas (o, dicho de otro modo, a exigencias no del todo legítimas). Si por un lado es encomiable el propósito de considerar al lector como alguien que no necesita que se le dé todo masticadito, no es menos cierto que es labor del autor presentar la información respetando cierta lógica expositiva, de modo que el juego sea justo. Por el modo en que está estructurada la historia, en no pocas ocasiones he percibido que Erikson “hace trampas”, escamoteándo de forma premeditada datos relevantes o guardándose ases en la manga (hasta el punto que aún los está sacando a veinte páginas del final), de un modo que sería inadmisible, por ejemplo, en una trama detectivesca.

Es posible que esto sea consecuencia directa del proceso de elaboración de la obra, construida desde los componentes (ubicaciones, razas, facciones, personajes…) hacia la historia, en vez del más habitual proceso inverso. Esa predilección por el detalle sobre el plano general fuerza una relación atípica entre obra y lector, invitando a éste a participar en el juego de descubrimiento mientras se deja llevar por un hilo argumental plagado de vuelcos arbitrarios y (a menudo literalmente) dei ex machina. Es posible que algunas de estas inconsistencias acaben justificadas (tres, ocho o catorce libros después), pero albergo serias dudas sobre la validez literaria de tal recurso.

Por continuar con los aspectos más flojos del volumen, insinuaba al principio de esta entrada que “Los jardines de la Luna” arrastra determinadas características de la fantasía épica ochentera que menoscaban su espíritu innovador. De nuevo cabe refererirse a la construcción de los personajes, a partir de fichas de rol, como posible fuente de este defecto. Así pues, nos encontramos con “clases” perfectamente definididas (mago, soldado, asesino, ladrón) e incluso subclases (zapador, alquimista, vidente), que a su vez conducen a lugares comunes cuyo abuso ya venía siendo ridiculizado por Terry Pratchett desde 1983 en sus novelas del Mundodisco. He de reconocer, sin embargo, que Erikson en su empeño por redimir la fantasía podría haber hecho uso de forma consciente de temas que habían sido objeto de parodía para devolverles su dignidad (por ejemplo, una referencia humorística al equipaje de una maga bien podría ser un chascarrillo a costa de Rincewind y un guiño a los aficionados).

El caso es que, dejando de lado connotaciones que sin duda escaparán a los lectores menos experimentados, Erikson alcanza un éxito considerable en establecer el tono de la historia, que escapa de la pomposidad gracias a unos personajes (los humanos al menos) anclados con firmeza en la realidad (aunque utilicen habilidades u objetos mágicos). Esto, unido a características decididamente modernas (como la renuncia a los absolutos y la ambivalencia ya no sólo moral, sino en lo que respecta a la propensión a plegarse a la tiranía de unas expectativas heroicas), justifican sobradamente la fama de “Los jardines de la Luna” (aquí me veo obligado a recordar que desconozco cómo evolucionan estas cuestiones a lo largo de la serie de Malaz) como hito en la evolución de la fantasía épica.

Pese a un estilo bastante seco e incluso ramplón (la fragmentación de la historia en escenas de dos o tres páginas impide la existencia de descripciones, tanto de escenarios como de la evolución de los personajes o de las acciones, elaboradas), el autor consigue atrapar la atención, moviendo las piezas con la convicción de un consumado trilero. Según tengo entendido, a medida que avanza la serie y adquiere experiencia, el estilo de Erikson se va depurando, con lo que es de esperar que ya no tenga que depender tanto de la buena voluntad del lector para sacar adelante el truco.

“Los jardines de la Luna” constituye pues un inicio prometedor para una saga fundamental dentro del género. No es, desde luego, plato para todo los gustos, y no aguanta demasiado bien un escrutinio atento, pero las promesas están ahí… para quien esté dispuesto a invertir el esfuerzo que demanda.

Su historia editorial en España es accidentada. Hubo un primer intento fallido por introducir la serie en el 2004, de la mano de Timun Mas, aunque ciertos errores editoriales (la decisión de partir el libro en dos tomos, el primero de ellos titulado por no sé qué extrañas razones “El último puente”,  y la elección de portadas) posiblemente condenaron la tentativa al fracaso (también es cierto que el catálogo de la editorial había generado un nicho muy juvenil, lo que quizás explique también su decepcionante gestión de la obra de Tad Williams).

Cinco años después, a instancias de los aficionados (y haciéndose un poco de rogar), la Factoría de Ideas adquirió los derechos y lanzó de nuevo el libro en 2009 (ya en un único tomo, una buena decisión dada la hostilidad que vienen generando las particiones), cosechando ahora sí el apoyo necesario para abordar la publicación completa de la saga (lleva cuatro títulos, y está previsto que avance a razón de dos por año… esperemos que la traducción no se resienta).

Otras opiniones:

Brecha nuclear

•mayo 7, 2012 • 2 comentarios

El colapso del mercado de las revistas de ciencia ficción en España (que se produjo en torno al 2005), aparte de resultar catastrófico para la ficción breve autóctona, supuso un duro golpe para un género ya de por sí en crisis. La presentación de los nuevos valores internacionales ya no se realizaba a través de una serie de relatos o novelas cortas escogidos, sino que, de golpe y porrazo, aparecían novelas (avaladas por tal o cual premio), en las que se proponía confiar sin otro referente (con lo que se completó la dejación de facetas de la labor editorial por parte de la mayor parte de los sellos españoles, que han devenido en redistribuidores de éxitos foráneos… pero eso ya sería tema para otra entrada, y ni siquiera es algo que afecte sólo a las editoriales especializadas, sino que es una actitud endémica del panorama editorial español).

El caso es que entre los “afectados” se cuenta la nueva generación de autores de ciencia ficción británicos, cuya propuesta aúna la especulación científica del hard con la aventura de la space opera y una pizca de crítica social. Por ejemplo, rebotando de editorial en editorial (cuatro distintas para cinco libros), tenemos a Charles Stross (nominado hasta la fecha, por ejemplo a seis premios Hugo de novela, con dos galardones en la categoría de novela corta y acreedor del Locus por “Accelerando”).

El último de estos libros, “Brecha nuclear”, publicado por Grupo AJEC, viene (a posteriori, aunque a fuer de ser justo ya se publicaron en 2004 y 2005 sendos relatos en Cuásar y la Revista Asimov) a subsanar  en parte esa brecha en nuestro conocimiento del autor, trayéndonos tres narraciones, una novela corta y dos relatos largos (casi novelas cortas también), que abarcan un período entre el 2000 y el 2008, incluyendo “Brecha de misiles”, ganadora del premio Locus del año 2007.

“Missile gap” es una ucronía… más o menos.

El 2 de octubre de 1962, en el momento justo en que la Crisis de los Misiles Cubanos se está precipitando hacia la destrucción mutua (y de terceros sin arte ni parte) asegurada, todos los continentes terrestres son arrancados de la superficie del planeta y depositados en la superficie de un disco de Alderson, en torno a una estrella de la Nube Magallánica Menor, sin que los hombres apreciaran lapso alguno (aunque la Galaxia parece haber envejecido 800.000 años en el proceso).

La nueva situación no sólo altera la situación geoestratégica (desaparace la ruta polar, por lo que Asia y Europa se encuentran muchísimo más cerca de la Unión Soviética que de los Estados Unidos), sino que, debido a las peculiaridades gravitacionales del nuevo sustrato, convierte los misiles balísticos intercontinentales en inútiles. Por si fuera poco, las superpotencias descubren que no están solos. La superficie habitable del disco (varios millones de veces la de la Tierra) está cuajada de nuevos y extraños continentes (con la posibilidad de nuevos y extraños peligros), cuya exploración, privados de la posibilidad de poner un satélite en órbita, llevaría en el mejor de los casos siglos.

Stross toma este punto de partida para jugar con un amplio conjunto de ideas y con cierta tendencia al humor socarrón, dirigido en primer lugar hacia el propio género. Así pues, el disco de Alderson (me reservo su descripción por no privar al lector potencial de las sorpresas, aunque el que lo desee puede informarse sobre él en internet) constituye el epítome de los Big Dumb Objects tan de moda en los años 80, y el punto jonbar (el acontecimiento que propicia la realidad ucrónica alternativa) es un ASB (Alien Space Bat), término irónico con el que se designan alteraciones tan implausibles o desmesuradas que restan todo valor ucrónico al texto. Stross, por supuesto, es consciente de ello, limitándose a utilizar la idea como excusa para dar protagonismo a personajes históricos como Yuri Gagarin (reconvertido de cosmonauta en ciernes a explorador en ekranoplano atómico) o Carl Sagan (como consultor experto de los servicios de seguridad americanos… y potencial traidor por sus inaceptables posturas pacifistas).

Por supuesto, la cuestión de la Guerra Fría, y su estupidez subyacente, puesta ya de manifiesto en el propio título, que hace referencia a los informes alarmistas (e inventados) sobre el potencial atómico soviético, que dictó buena parte de la política exterior estadounidense durante más de una década, asume un papel predominante, sin el que autor parezca concedernos demasiadas esperanzas.

El problema del texto es que estas ideas se entremezclan con especulaciones acerca de la naturaleza del rapto (implicando, potencialmente, hasta simulaciones físicas o informáticas), relaciones con especies “autóctonas” (que evocan a “Los reyes de la arena”, el más famoso relato de George R.R. Martin, ganador de los premios Hugo y Nebula en 1979/80) y la audaz exploración de nuevas y lejanas tierras donde el nuevo hombre soviético no ha llegado. Como resultado, la ejecución resulta un tanto entrecortada y episódica, con muy poca conexión entre las tramas y apenas un atisbo de resolución (dejando la especulación en un muestrario ciertamente espectacular de ideas que, por desgracia, no avanzan hasta mucho más allá de su planteamiento).

El segundo texto de la antología, “Una guerra más fría” (“A colder war”, 2000), reincide (como fue escrito antes cabría decir mejor que anticipa) en algunos de los temas de “Brecha de misiles”. Se trata de otra ucronía desquiciada en torno a la guerra fría y a la escalada armamentística, con la particularidad de que las armas de destrucción masiva implicadas no son bombas nucleares, sino soggoths lovecraftianos. A efectos prácticos, sin embargo, los hombres siguen siendo igual de estúpidos.

Desde un punto de vista técnico, la historia adolece también de falta de focalización, saltando de un elemento al siguiente sin darse espacio para desarrollar en profundidad el escenario y las implicaciones del mismo. En contrapartida, hace gala del mismo humor cínico (del que se ríe por no llorar) y de cierta crueldad de niño que se solaza quemando hormiguitas con una lupa. Claro que las hormiguitas, en este caso, son las ínfulas de poder del hombre.

Esta historia y la siguiente nos muestran una faceta de Charles Stross hasta el momento desconocida para el lector español, la de escritor de horror lovecraftiano, a mitad camino entre el homenaje y la parodia, que fructificó en la serie de The Laundry Files, una mezcla entre historias de espías, ocultismo e informática que cuenta hasta el momento con cuatro novelas (una aún inédita) y un puñado de relatos de diversa extensión, incluyendo “En la loquería” (“Down on the farm”, 2008), que cierra el volumen de “Brecha nuclear”.

Se trata, sin duda, del texto más potente de la compilación. Se nota que Stross se lo pasó en grande equiparando la programación (es licenciado en informática… y farmacia, aunque eso no viene al caso ahora) con la nigromancia. El protagonista es Bob Howard (personaje principal de la serie), un agente novato de La Lavandería, la división especializada en ocultismo (e informática, claro) de los servicios secretos británicos, a quien su jefe encarga un trabajo delicado: la investigación de una nota de socorro enviada desde un sanatorio supersecreto donde se encuentran recluídos los ex agentes enloquecidos por su trabajo.

Un magnífico colofón (¿anticipo?), para una antología que, con sus altibajos, nos ofrece una panorámica novedosa de la obra de un autor conocidos por estos lares sobre todo por su space opera y sus historias postsingularistas.

Agradezco a Grupo Editorial AJEC el envío de un ejemplar de “Brecha Nuclear” para su reseña en Rescepto.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Horas bajas en Rescepto

•mayo 2, 2012 • 19 comentarios

El blog lleva semanas renqueando. Cuatro entradas, por ejemplo, en todo abril. No tengo establecido ningún compromiso explícito, pero aún así pienso que debo una explicación, y hacía tiempo que quería reunir fuerzas para ello. Lo cierto es que cada vez me cuesta más sentarme delante del ordenador y dedicarle una hora y media o dos horas a redactar una entrada. Me temo que he llegado al extremo de obtener mayor gratificación pensando en lo que me gustaría contar que contándolo.

No es algo que ataña sólo al blog. Hace ya unos meses que ando planteándome el seguir empeñado en una actividad, la escritura, que me viene reportando muchos más sinsabores que satisfacciones. Estoy cansado de tragar mierda; de ser etiquetado, valorado y descartado sin haber llegado a ser leído; de no merecer siquiera una nota de rechazo (las propuestas editoriales suelen desembocar en el silencio más absoluto; puedo contar con los dedos de una mano las veces que se han dignado a decirme que no les interesaba mi trabajo… y sólo una de ellas exponía los porqués); de pelear, en suma.

Mal que bien, los pequeños logros te suelen permitir cobrar algo de impulso para seguir en la brecha. Es un equilibrio inestable, y a principios de año recibí dos duros golpes que rompieron esa progresión. Desde entonces vengo funcionando por pura incercia, de lo cual se ha resentido algún que otro proyecto en el que me había comprometido.

Sigo construyendo historias, y sigo incluso documentándome y elaborando esquemas mentales, supongo que eso es algo que no puedo evitar; pero dar el siguiente paso, concretar todo ese trabajo en una secuencia palabras con espíritu literario… no logro convencerme de que ese esfuerzo se verá compensado o, mejor dicho, albergo el temor de que de ello se derivaría más frustración que realización. Así pues, no escribo nada, no alimento el mecanismo y el círculo vicioso gira a toda velocidad (angular).

Todo lo cual lleva a Rescepto Indablog, mantenido a medias como válvula de escape y a medias como herramienta (auto)promocional. En los últimos cinco años he escrito y publicado muchas más palabras en Rescepto que en el resto de medios (combinados). También he sido más leído aquí que en cualquier otro lugar. De hecho, ha habido días en que el número de visitas ha superado el número de libros que he vendido en todo un año… e incluso hay un día con bastantes más visitas que el número total de ventas (no muy lejos, de hecho, de la tirada conjunta de los tres).

Es algo medio asumido. Al fin y al cabo, Rescepto es gratuito. Todos los esfuerzos valen la pena mientras haya una meta a la que ir ascendiendo pasito a pasito. Claro que cuando te pegas un morrazo, desciendes a trompicones varios peldaños y al mirar hacia arriba ves que han añadido un par de tramos a la escalera, empiezas a plantearte si de verdad valen la pena, si quieres ser sólo ese tío que escribe críticas en un blog.

No lo sé.

Por lo pronto, tengo una serie de compromisos (los libros recibidos) que satisfacer (aprovecho, de paso, para disculparme por el retraso y por la falta de atención a otros compromisos adquiridos en momentos más boyantes), así que aún hay varias entradas pendientes (en muchos casos la lectura ya se ha completado y sólo queda redactar la reseña).

A partir de ahí no tengo ni idea de lo que será del blog y de todo lo demás.

 
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