header image
 

El fin del mundo se acerca

O al menos podría estar más cerca de lo que pensáis.

¿Cómo será aniquilada la especie humana? ¿Nos golpeará por fin el meteorito con que el cine nos amenaza cada dos por tres? ¿De verdad puede apagarse el Sol? ¿Bastaría entonces con una bombita nuclear para solucionar la papeleta? ¿Será una pandemia, un supervolcán, el cambio climático? ¿O quizás algo tan esotérico como el colapso del estado de metaestabilidad de una burbuja de falso vacío?

Estas amenazas (y alguna más) serán las protagonistas de la conferencia:

Presentación de

…enmarcada en los actos de presentación de “El rayo verde en el ocaso“, la antología de ciencia ficción hard, que se celebrará el próximo domingo, día 11, en el foro de la FNAC San Agustín de Valencia.

Recordad: el domingo a las siete y media de la tarde llega

El APOCALIPSIS

 

Iron Man, una peli de superhéroes bien forjada

Marvel, harta quizás de ver cómo se desperdiciaba potencial con sus personajes (por cada Spider-Man hay un Daredevil), y de tocar a menos en el reparto del pastel, se ha pasado a la producción. Desde “Iron Man” todas las nuevas franquicias que saquen (incluyendo el reboot de Hulk) estarán financiadas y controladas al 100% por la editorial, con asociaciones puntuales con productoras tradicionales para la promoción y distribución. Era fundamental empezar con buen pie el negocio (que a tenor de los resultados comerciales de X-men, Spider-Man, el Motorista Fantasma, los 4 Fantásticos y otras series menores como Blade, puede ser multimillonario). Y vaya si lo han hecho; 200 millones de dólares en cuatro o cinco días lo atestiguan. Lo mejor, desde nuestro punto de vista, es que además la peli mola

Los críticos, sorprendentemente, opinan de forma casi unánime lo mismo, así que “Iron Man” consigue el raro logro de poner del mismo bando al público, a los críticos, al dinero y al Team Rescepto, algo que no ocurría desde “El retorno del rey”.

Iron Man póster

Lo más curioso es que un somero análisis del largometraje no aporta ninguna pista acerca de los motivos de su éxito. “iron Man” sigue, casi al pie de la letra, la fórmula magistral de una primera-peli-de-superhéroe. A saber: presentación del alter-ego no heroico, crisis que hace aflorar al fenómeno, aprendizaje de los poderes, primeras escaramuzas, surgimiento de su némesis, pelea final (para quien esté interesado la fórmula de la segunda-peli-de-superhéroe consiste en plantear una crisis que retira prematuramente el subtipo solitario o provoca la desbandada del supergrupo hasta que una nueva amenaza cura todas las heridas y hace que llegue de nuevo la hora de las tortas). Sobre este esquema básico, cada cual añade lo que le parece, y ése suele ser uno de los factores que marcan el éxito o fracaso del intento (por irnos con la “competencia”, véanse las últimas de Batman y Superman para ejemplos de ambos destinos). De un tiempo a esta parte, siguiendo el modelo de la trilogía de Sam Raimi, el añadido suele ser una reflexión pseudofilosófica sobre cualquier tema aparentemente profundo; lo cual puede quedar moñas como el discurso sobre la responsabilidad y el poder de Spider-Man, pretencioso como el del miedo de Batman, bien encajado como el miedo a lo diferente en X-men (al fin y al cabo es uno de los pilares de las colecciones de mutantes) o diluido como el de ¿?  de Superman. Y ojo con pasar de rollos macabeos e ir directamente a la chicha, que la crítica te despelleja como si tuvieras que aspirar a convertirte en una Casablanca en leotardos (sí, nos entretuvo “Los cuatro fantásticos”). Para terminar con esta instantánea (parcial en todos los sentidos de la palabra) del mundo de los superhéroes en el celuloide, y volver a centrarnos en el que nos ocupa, sólo cabe destacar como principal innovador dentro del esquema a Guillermo del Toro y su “Hellboy” (esperamos grandes cosas de “Hellboy 2: El ejército dorado”).

“Iron Man” hace gala en apariencia de un contradictorio discurso anti/pro armamentista (las armas son buenas, mientras las usen americanos para matar a los demás, pero vender a los terroristas árabes está mal). El dilema moral de Tony Stark, que le hace abandonar el negocio, no reside en que las armas sean malignas de por sí, sino en la facilidad con que acaban en “las manos equivocadas”. Esto, que duda cabe, ayuda a vender la historia al sector USA-patriótico. Claro que depués está todo lo que no se dice, sino que sólo se muestra. Hacia el final de la cinta queda implícito que los terroristas árabes no son más que un subproducto de la propia industria armamentística que los equipa o, visto desde una perspectiva mayor, de los propios Estados Unidos. No es casualidad que el Némesis de Iron Man surja del propio seno de su empresa. Iron Monger es un producto 100% americano, así que la lucha del héroe contra él arroja una nueva luz sobre sus motivaciones. Si no se explicita, esta crítica a la política americana es perfectamente asumible (enmascarada por el discurso patriotero), pero la ambigüedad del mensaje hace que no sea factible estructurar la película sobre él, así que se imponía buscar algo nuevo.

Iron Man poster 2

A decir verdad, Marvel se ha sacado de la manga dos “algos nuevos”. Por un lado, ha apostado por lo lógico, la extrema fidelidad al material original (con los ajustes necesarios para actualizarlo).  Esto abarca desde el componente visual (las pelis más exitosas han sido, no es casualidad, las que mejor han clavado la iconografía del cómic). Hay que reconocer que era más fácil reproducir una armadura de metal que un pijama de colorines, pero eso no quita que el trabajo de ILM y Stan Winston Studio haya sido sobresaliente (como siempre).  A continuación, han reforzado uno de los aspectos que suelen ser más flojos: la personalidad del alter-ego del héroe. En “Iron Man” las escenas con Tony Stark no son un fastidioso interludio imprescindible para llegar a las tortas. El personaje del billonario playboy / irresponsable / genio / egocéntrico / autosuficiente / irónico / trágico / cómico es tan complejo y fascinante que no nos importa cambiar un par de explosiones por otras tantas réplicas mordaces. Fuera las identidades secretas atormentadas o patosas o dubitativas. Toda esa mierda no va con Tony Stark. Heredó un imperio a los 21 años y lo acrecentó a fuerza de carisma y capacidad intelectual. ¿Por qué tendría que enfundarse en un disfraz para dar rienda suelta a sus instintos reprimidos? No tiene tal cosa. El traje es una herramienta para hacer cumplir sus designios. Sigue siendo Stark lleve o no calzones de latón.

Para hacernos creíble este personaje hacía falta un gran actor, y ahí estaba Robert Downey Jr., flirteando desde hace años con el estrellato (y con las drogas, lo que le ha llevado incluso a prisión). “Iron Man” le ha proporcionado la oportunidad de materializar el gran futuro que se le auguraba desde su nominación al Oscar por “Chaplin” en 1992. Completa así, con el reconocimiento del público, la ascensión emprendida desde “El detective cantante” (2003) y seguida con “Kiss kiss bang bang” (2005), “Una mirada a la oscuridad” (2006) y la grandísima “Zodiac” (2007). Tras ésta, y antes de rodar la segunda parte, le veremos en “Tropic thunder” (haciendo de actor australiano multipremiado que se opera para adquirir rasgos afroamericanos e interpretar mejor al típico sargento negro en una película de guerra a mayor gloria de la estrella del cine de acción Ben Stiller… sí, como suena, delirante) y en un cameo (se supone) en “El increíble Hulk”. Porque he ahí otro de los cambios que parece traer el paso de Marvel a la producción: no más superhéroes solitarios, prepárate cine, que llega el Universo Marvel.

Ya han conseguido la perfección con la fórmula de la peli de superhéroes. Ahora, sólo cabe pedirles que exploren un poco más y nos ofrezcan algo nuevo (”El increíble Hulk” parece que va por el mismo camino, vermos qué tal pintan “Thor” y “Estela Plateada”). Como si un medio tan complejo como el cine no ofreciera posibilidades infinitas…

PS: Algo se me olvidaba: la traducción. Vale que, adelantándose dos días al estreno americano, todo el proceso de doblaje deba haber sido una locura, pero por favor, para la próxima, que algún friqui repase el guión antes de empezar a grabar. Así no se les colará ningún “Escudo” por “S.H.I.E.L.D.”. Si es que luego esos detallitos cantan mucho, y al aficionado profesional hay que cuidarlo.

3 días, el apocalipsis a la española

Acaba de estrenarse el primer largometraje de Javier Gutiérrez, un director que promete mucho; entre otras cosas, promete intentar sacar al cine español del páramo de las comedias de sal gruesa y los dramas sobre la guerra civil, lo cual no es poco. ¿Conseguirá asentarse? Difícil es vaticinarlo, y aún más complicado resulta aventurar si podrá desarrollar su carrera en España o tendrá que emigrar como Fresnadillo para encontrar pastos más verdes. Desde luego, el que se ruede en Andalucia (o en cualquir otra región, vamos, pero “3 días” se ha rodado en el sur) una peli sobre los tres últimos días de una familia rural antes de la extinción de la raza humana por la caída de un meteorito, es un hecho insólito… que por desgracia no parece estar cosechando muy buenos resultados comerciales.

La producción viene a cargo de Green Moon, una empresa fundada en 2001 por varios socios entre los que destaca Antonio Banderas, con la intendión de promover largometrajes rodados en Andalucia con una proyección decididamente comercial. La cosa no ha ido demasiado bien por ahora, con el batacazo de “El camino de los ingleses”, la segunda cinta dirigida por el propio Banderas, que con un presupuesto de 7 millones y medio de euros sólo consiguió sacar 1,3 en la taquilla española.  Seguirá con un par de cintas de animación y, para el 2010 al menos, “Boabdil de Granada”, que también dirigirá Banderas (¡Vaya lío con aquella miniserie protagonizada por Manuel Banderas!). Pero bueno, centrémonos.

“3 días” ha sido producida en asociación con Maestranza Films y ha contado con un presupuesto bastante ajustado: 2 millones de euros (la media nacional se sitúa un poco por encima de los 3; cifra un poco inflada por mamuts del tipo “Alatriste” o “El laberinto del fauno”). Al parecer el guión (de Juan Velarde) lo escogió el propio director a partir de unos pocos que habían superado un proceso de selección, y trabajó en él a continuación para hacerlo propio. La premisa es simple e impactante: un meteorito se dirige hacia la Tierra y no puede hacerse nada para evitar el impacto. Tras varias intentonas futiles, los gobiernos anuncian el fin del mundo con 82 horas de antelación. ¿Cómo reaccionar ante una noticia como ésta? El protagonista no lo hace. Su vida es, hablando claro, una mierda y no parece particularmente afectado porque un cacho piedra vaya a ahorrarle la molestia de hacer algo al respecto. Su madre, sin embargo, tiene otras preocupaciones. En medio del caos desatado quizás haya escapado de prisión el Soro, un psicópata que veinte años atrás dejó un rastro sangriento a costa de los niños del pueblo. Está convencida de que el Soro buscará satisfacer durante esos tres días de gracia sus ansias de venganza, y hará lo que haga falta para defender a sus nietos (hijos de su primogénito, el hermano del prota, responsable en su momento de la captura del Soro), que están solos e incomunicados en una masia en medio del páramo.

“3 días” es una película apocalíptica distinta. Para empezar, lo escueto del presupuesto no permite grandes alardes del estilo de escenas de histeria colectiva, ciudades en llamas o tomas espaciales a tutiplén (alguna hay). En vez de ello, los responsables se centran en un diminuto microcosmos, una aldea andaluza en algún momento de los años 80, y después lo restringen aún más, hasta abarcar apenas a siete personajes. Este ardid, por sí solo, no hubiera funcionado. Si nos anuncian el fin del mundo, queremos verlo en toda su magnificencia. Sin embargo, en vez de seguir la senda de la típica película de catástrofes, la del pequeño grupo en busca de su improbable salvación, o la del cine apocalíptico reciente: un comando embarcado en una misión desesperada por conjurar en el último momento el peligro, “3 días” parte de la premisa de que la caída del meteorito es ineludible. No hay salvación. Todos van (vamos) a morir sí o sí. Y entonces arroja a la mezcla la típica subtrama de los inocentes acosados por un asesino despiadado.

Y antes de entrar en los aciertos, vayan por delante los errores. Para empezar, la película defrauda en su retrato de una sociedad enfrentada a la aniquilación. Las reacciones de casi todo el mundo son demasiado frías. Quitando de los protagonistas, los vecinos del pueblo parecen más confundidos que desesperados, como si nadie fuera capaz de entender cabalmente la noticia, actuando a golpe de estereotipo (rezos en la iglesia, migración masiva hacia ningún lugar, algo de saqueo…) pero sin tensión. Los únicos que parecen reaccionar humanamente son aquellos que de un modo u otro se relacionan con la trama principal, pero incluso a sus escenas les falta emotividad. Toda la conmoción la vemos por la tele (en blanco y negro), o transcurre fuera de plano (entre viaje y viaje al pueblo, éste va mostrando los efectos de un presunto pillaje). Se trataba de un aspecto que era crucial retratar con acierto. Quizás pueda achacarse en parte esta carencia a las estrecheces prespuestarias, pero tengo la impresión de que el guión y la dirección cargan también con su parte de culpa. De igual modo, el guión resulta un tanto confuso en determinados pasajes, como si hubiera escenas escamoteadas. A y C no conectan sin B. ¿La razón de la falta de B? Una vez más se trata de un impresión personal antes que de una certeza, pero de tener que aventurar una suposición, diría que estas Bs han sido víctimas de una edición que buscaba ajustar antes el ritmo que pulir la historia.

Todo lo precendente, sin embargo, no echa a perder la película, que sigue siendo tremendamente interesante. En especial por la pregunta abierta que plantea: ¿Cómo te comportarías sabiendo que vas a morir en tres días? ¿Qué te preocuparía y qué dejaría de preocuparte? ¿Vale la pena luchar por nada? Entrando de lleno en el terreno de la pedantería, asistimos a la resolución del dilema ético del protagonista, cuyas acciones deben juzgarse a la luz del conocimiento de la muerte segura. No hay pues consecuencias, ni condicionantes extrenos. ¿Qué lo mueve a obrar como lo hace? ¿El sentido del deber para con su madre? ¿Algún atavismo natural preocupado por la preservación de la dotación genética (tío y sobrino comparten el 25% de los genes)? ¿Un imperativo categórico? Sea lo que sea, desde luego, el Soro no se ve afectado por ello.

¿Qué tiene de especial la subtrama del psicópata? Más o menos lo mismo que ya ha sido explicado. En realidad, el resultado no importa, pues todos van a morir. No hay esperanza ni futuro. ¿Por qué deberíamos empatizar como espectadores con una panda de cadávares que aún no han muerto? ¿Qué más da morir en el Armagedón o en el Armagedón - 1 día? ¿Deberíamos alegrarnos porque “triunfe el bien”? No hay triunfo. Todos los esfuerzos y penalidades son estériles. De nuevo, si tenemos que encontrar una justificación a nuestras predilecciones, ésta debe ser autoincluida en las premisas de partida. Todo, en el fondo, deviene en una cuestión de ética reducida a su más pura expresión, sin ningún condicionante externo. ¿Actúa el protagonista bien o mal? ¿Tiene sentido preguntarlo? ¿Cómo obraríamos nosotros en esas mismas circunstancias?

“3 días” es lo bastante honrada como para no arrojarnos estas preguntas a las cara. Están ahí, que cada cual saque sus propias conclusiones (tan sólo cabe lamentar la pequeña redención final; una especie de recompensa que se inmiscuye en la pureza del dilema ético). E incluso si no estamos de humor para calentarnos la cabeza, la historia es lo bastante atrayente para justificar por sí sola el precio de admisión a la sala de cine.

Por desgracia, da la impresión de que “3 días” va a sufrir el destino de casi todas las películas españolas (las que se lo merecen y las que no). En Valencia la proyectan en tres salas y la promoción está siendo casi inapreciable (uno de los grandes problemas del cine patrio). Con un poco de suerte, alguna productora yanqui comprará los derechos del remake y eso cuadrará las cuentas, pero tal destino hará poco por darle un empujoncito al cine de género y con proyección comercial. Tal vez hubiera hecho falta algo más de presupuesto para terminar de lucir el producto, pero ¿quién hubiera estado dispuesto a cubrir la apuesta? En cualquier caso, incluso en el terreno del quiero-y-no-puedo-del-todo, “3 días” es un producto que vale la pena catar en el pantalla grande.

Ya están aquiiiiiiiiiiiiií…

El rayo verde en el ocaso

Héroes (de los de antes) en Barcelona

Hace ya seis años, cuando (indudablemente) tenía mucha más ilusión y (prefiero pensarlo) mucho menos oficio, publiqué un par de cuentos de espada y brujería (integrantes de una saga, por supuesto) en el ezine de fantasía épica Los Manuscritos Perdidos, editado por Óscar Camarero. No diré que estuvieran muy bien escritos, pues faltaría de forma grosera a la verdad, pero les tengo bastante cariño porque fueron de lo primero que publiqué  y pienso que al menos escondían en su interior una vivacidad y una frescura que compensaban en cierta forma sus defectos (aún me sorprendo cuando me tropiezo por los senderos virtuales con algún lector que los recuerda… algo que no me ha pasado con casi ningún otro relato). En fin, el caso es que aquella etapa primigenia mía se vio interrumpida de forma bastante brusca y dio paso a dos años de sequía absoluta, durante los cuales perdí el contacto con Óscar y con “Los Manuscritos Perdidos” (se quedó un tercer relato por publicar).

Desde entonces, la relación (electrónica) con Óscar podría describirse, con cierta inclinación hacia la hipérbole, como esporádica, pero bueno, ahí está. El caso es que hará cosa de medio año, Óscar Camarero publicó un “epimario” ilustrado, es decir una recopilación de doce poemas épicos, ilustrados por una serie de magníficos dibujantes para conformar una obra sin duda singular que, en palabras del propio autor, recupera “la tradición oral de los cantares de gesta y del mester de juglaría, aunque con un tratamiento más moderno y directo tanto de los temas como de la poética”. ¿Y cuáles son estos temas? Pues los de antes, ahora y siempre: “el honor, el espíritu de superación, la muerte, la guerra, el amor, el destino…”

Aunque desde enero es posible adquirir este volumen en diversas tiendas online, hace sólo un mes que ha alcanzado la distribución completa (cosas de distribuidores). Para celebrarlo, se ha organizado una exposición de las lustraciones originales del libro, en la libería Outsider de Barcelona (C/ Provença 548). La muestra estará expuesta entre el 2 y el 17 de mayo, y el día de la inauguración habrá venta y firma de ejemplares. Así pues, si andáis por Barna por esas fechas, ya sabéis qué podéis visitar (y si es durante la inauguración, pues mucho mejor).

Podéis obtener más información en el blog del autor o descargando el dossier de prensa (un PDF con información sobre el volumen, reseñas e incluso una muestra de lo que tiene para ofrecer.

Desde Rescepto, deseamos el mayor de los éxitos para la exposición.

 

PS: Por si hubiera algún interesado… Aquellos cuentos publicados en “Los Manuscritos Perdidos” no han sido descartados por completo. Tras una profunda reescritura, la Saga de Nergal cuenta en estos momentos con cuatro episodios y 60.000 palabras. Sin no estuviera todo tan parado (y de contar con más ánimos), tal vez le pegaría el empujón definitivo para llevarla hasta la longitud proyectada de 90.000 palabras para constituir un fix-up decente… Entonces ya sólo me restaría buscarle salida junto con las otras 110.000 palabras de fantasía épica inédita que están cogiendo polvo (virtual) en un cajón (virtual).

Elemental, querido Chaplin

Aunque el más notorio creador de pastiches holmesianos en castellano es Rodolfo Martínez (ya va para tres volúmenes) no es, desde luego, el único, ni siquiera si añadimos el matiz de cierta inclinación hacia el género fantástico. Sherlock Holmes, como personaje, es una creación poderosa y fascinante, la esencia más pura del arquetipo cerebral (que también nos ha ofrecido personajes como Auguste Dupin o Hércules Poirot). Tras su creación en 1887 por Arthur Conan Doyle, pronto se mostró mayor que su propio autor, que llegó hasta el extremo de “matar” a su propia criatura para poder dedicarse a otros menesteres literarios sin la constante presión de los fans… que consiguió resucitarlo ocho años después (la mitad según la cronología interna del personaje). Desde la muerte de Doyle (e incluso antes, gracias a las adaptaciones teatrales), se han multiplicado las visiones externas sobre el gran detective, hasta el punto que algunas de estas interpretaciones han llegado a ocultar al “verdadero” Sherlock bajo un disfraz de sí mismo. Ninguna influencia ha sido tan poderosa (y homogeneizadora) como el cine, habiendo protagonizado cientos de largometrajes y capítulos de series (197 contando cada serie como un único ítem). Resulta pues muy adecuado que Rafael Marín decidiera reunir al detective de Baker Street con otro personaje icónico, aunque en este caso surgido directamente del mundo del celuloide, el mismísimo Charles Chaplin, en su novela de 2005 “Elemental, querido Chaplin”.

No deja de resultar curioso, teniendo en consideración la reflexión precedente, cómo la imagen cinematográfica acaba imponiéndose en determinados aspectos sobre la base literaria (y no sólo en lo que respecta a Holmes). Marín aprovecha la inclusión de un actor de teatro que cosechó fama como intérprete del detective de Doyle para atacar distintas características extracanónicas que hemos aprendido a relacionar con él, tales como la aparatosa indumentaria (sombrero de cazar patos incluido) o la omnipresente pipa (que el propio escritor introdujo en sus historias a raíz de su popularidad en la obras de teatro). Resulta pues peculiar que se haya rendido en un punto tan crucial como el mismo título, porque lo cierto es que (según me ha revelado la documentación superficial que siempre realizo antes de escribir una nueva entrada) el Sherlock Holmes de Doyle jamás llegó a “pronunciar” (de forma literal) su famosa frase ”Elemental, querido Watson”, sino que ésta apareció por primera vez en la película de 1929 “The return of Sherlock Holmes” (la primera sonora con el personaje).

Elemental, querido Chaplin

Quizás sea apropiado, pues, en el fondo, “Elemental, querido Chaplin” es una mirada entre fascinada y agradecida hacia el personaje de Charlot y hacia el futuro que en 1905 representa. Asistimos en la novela, como fisgones privilegiados, a la gestación de un personaje y de un modo de entender la interpretación potenciando el aspecto visual sobre el (en un principio inexistente) sonoro. Las referencias hacia las películas de Chaplin (obras maestras como “El chico”, “La quimera del oro”, “Tiempos modernos” o “El gran dictador”) y hacia el mundillo de Hollywood que le espera son constantes (aunque no interfieren en el flujo de la historia). Sherlock Holmes es casi, como muchos antes que yo se han adelantado a señalar, un personaje casi secundario, un símbolo puro, el aglutinador de muchas otras referencias que van desde la liteatura popular (el Profesor Challenger del propio Doyle, o el pulp de Sax Rohmer) hasta la actualidad de la época (con varias personalidades asumiendo papeles de diversa entidad, en la más pura escuela de la novela histórica).

Por lo que respecta a la novela como puro elemento literario, se trata de un texto agradable de leer y a la altura del reconocido prestigio como narrador de Marín. Con alguna que otra descripción excesiva y repetitiva (en lo que se refiere al modo callejero de vida del joven Chaplin) que por momentos parece más destinada a engrosar el volumen que a proporcionar información relevante, y con algo que no termina de encajar entre la presunta edad del narrador en el momento de la escritura (un Chaplin ya hacia el final de su vida) y la forma en que describe los acontecimientos (con una mentalidad muy del joven inexperto que es en ese momento).  La dicotomía no resultaría demasiado evidente de no ser por los continuos incisos a modo de comentarios enlazando algunas de las experiencias vividas con momentos posteriores de su vida (aporta detalles biográficos, pero, ¿por qué en algunos casos sí que se inmiscuye el narrador en el flujo temporal y en otros deja implícitas las conexiones? Es algo que no termina de cuadrar.

“Elemental, querido Chaplin” puede leerse tanto como una novela de aventuras, con las “deducciones” holmesianas a menudo carentes de una explicación completamente satisfactoria (algo, por cierto, muy común en la propia obra de Doyle), o como una labor preciosista de encaje entre el canon ficticio, la realidad histórica y la ficción biográfica, funcionando muy bien a ambos niveles. Por otra parte, dado que mi obra favorita de Sherlock Holmes es “El sabueso de los Baskerville”, no me molesta en absoluto que el detective no sea el protagonista absoluto (para los despistados, en esa novela es Watson el principal personaje), ni tampoco el que el estilo no sea similar al de Doyle, puesto que ya se encarga de resaltar que hay un cambio de narrador, del doctor Watson a Chaplin (al contrario que en el caso de los pastiches de Rodolfo Martínez). Al final quizás se le escape un poco de las manos, con la inclusión de demasiados conceptos anacrónicos (todo lo referente a “esa palabra que se toma prestada de la botánica”, que apenas fue acuñada en 1903, sin tiempo para prestamos de ningún tipo pues no sería empleada en el sentido que infiere la novela hasta un par de décadas después) y un complot cuya lógica se sujeta con alfileres. Aunque tampoco es que todo eso sea ajeno a los elementos de partida. Resulta, eso sí, paradójico, que en una referencia a cierta obra literaria, que no revelaré por no incurrir en el spoiler, caiga en la trampa de mezclar la imagen icónica cinematográfica, que es muy posterior (incluso a la acción narrada), con el original novelesco (un grave fallo, pues sobre él se sustenta buena parte del clímax). Si el final hubiera resultado más redondo, estaría hablando de una gran obra. De este modo, tan sólo puedo recomendarla como una lectura agradable, muy bien escrita, amena por momentos (aquellos en que le da cancha al personaje de Chaplin), pero intrascendente a la postre (la edición, eso sí, al menos en el volumen que poseo, es infame, con la tinta corrida en partes e incluso trasparentando por varias páginas; un 0 para MInotauro).

La espada de fuego o el éxito como una función de onda

Le ha llegado el turno a la que quizás sea la novela fantástica española más destacada de la última década (al menos). En el 2003, Javier Negrete, con una amplia trayectoria a sus espaldas (con premios como el UPC, novelas cortas, juveniles, una exitosa incursión en NOVA…) logró publicar en Minotauro “La espada de fuego”, una novela de fantasía épica que, poco a poco, fue adquiriendo momento hasta convertirse en un gran éxito de público y crítica. Lo más importante del asunto es que le sirvió a Negrete para dar un paso adelante en su carrera y llegar a un nivel superior, que le ha reportado hasta la fecha otras cuatro novelas que han gozado de una importante distribución: “El espíritu del mago” (continuación de “La espada de fuego”), “Señores del Olimpo” (premio Minotauro 2006), “Alejandro y las águilas de Roma” (una ucronía) y, de reciente aparición, “Salamina” (ya directamente histórica; ¿marcando quizás el final de un proceso de desfantastificación?).

Hace cosa de un mes, divagábamos en la entrada sobre “El sueño de la razón” de Juan Miguel Aguilera sobre cuáles eran los parámetros que llevaban al éxito (entendiéndose como tal a la conquista de esos niveles superiores que tan esquivos resultan y que te van concediendo mayores facilidades y mejores condiciones para publicar tu obra). Quizás no exista respuesta a ese misterio. Contando con un producto de partida de calidad (bueno, esto es algo que a veces puede obviarse, como bien puede atestiguar Dan Brown), la clave parece estar en una amalgama de circunstancias azarosas e incontrolables que, como si de una función de onda cuántica se tratara, colapsa en un estado que igual es positivo como negativo. La probabilidad de que sea de uno u otro tipo varía según las condiciones iniciales (la ya mencionada calidad, la promoción, la trayectoria previa, la actualidad del tema, si llueve o no el mes en que sale a la venta o, por resumir, si la maldita mariposita de Tokio aletea o no). Es decir, debe haber una lógica subyacente, pero desde luego el output no se relaciona linealmente con el input.

No quiero implicar que “La espada de fuego” no sea merecedora de todo su éxito. Tan sólo apunto que otras obras con iguales méritos se han hundido en el olvido tras un efímero paso por las librerias (y supongo que alguna habrá que ni ha llegado hasta ahí). Todo depende del colapso de la función de onda… o de estar en el momento justo con la propuesta adecuada.

Al parecer, el momento justo para “La espada de fuego” llegó en el 2003, después de muchos años de languidecer en un cajón (para ser precisos, en su primera versión, desde principios de los ochenta, bajo el título de “La jauka de la buena suerte”). Muchas cosas habían cambiado en ese lapso. Por un lado, la madurez narrativa de Negrete, que le permitió reescribir por completo la novela mejorándola sin duda en el proceso. Por otro, su posición dentro del mundillo de la literatura fantástica (de novato a autor destacado). No mento la situación editorial, porque, aun siendo diferente, ya no me atrevo a juzgar si era mejor o peor. Seea como fuere, la novela llegó en los albores del siglo XXI a la parrilla de Minotauro y el resto, como suele decirse, es historia.

Pero voy a dejarme de elucubraciones vanas y tratar un poco de la novela en sí.

He de confesar que “La espada de fuego” me ha decepcionado un poco. Esperaba mucho más que una narración impecable y una aventura ágil (que no es poco). Quizás la prejuzgara por la frase promocional que, en portada, la proclamaba “La mejor novela de fantasía épica española”. Tal vez esperaba más de “la mejor”. Porque me temo que sus orígenes, como primera novela de un chaval sin experiencia, son bastante patentes en su personajes y estructura; variaciones sobre arquetipos mil veces repetidos (uséase: joven aparentemente anodino pero que esconde un gran secreto y una tremenda habilidad natural que sólo precisa del maestro adecuado para hacerla surgir justo a tiempo de enfrentarse al poder del mal).

No es ése el único defecto. También cabe mencionar la acumulación de hilos argumentales sin atar, que se quedan flameando al viento cuando termina la novela, con la esperanza de ser retomados en algún momento futuro (de hecho, eso parece haber ocurrido). Lo peor es que algunos de ellos se utilizan para sacar del sombrero el peor de los recursos dramáticos, el deus-ex-machina, que interviene repetidas veces (en otras ocasiones bajo la vestimenta de una casualidad increíble).  Por último, para sucumbir por completo a la maldición de la n-alogía, se cierra en falso, sin acabar de ofrecer una conclusión satisfactoria al nudo argumental. Quedan demasiadas cosas pendientes, hay una superabundacia de planteamiento. Está bien dejar puertas abiertas hacia ulteriores aventuras, pero tampoco hay que hacer la lectura de éstas obligatoria para dar sentido a la mitad del libro. Tal vez sea un prejuicio personal contra las (tri)logías (todo el mundo parece decantarse con el número tres como el perfecto), pero incluso teniendo en consideración posibles continuaciones, cada entrega debería ser más autoconclusiva que “La espada de fuego”.

Por terminar con la parte negativa, hay otro efecto muy mal empleado: una especie de flashforward al inicio de la segunda parte del libro que no aporta absolutamente nada aparte de interrumpir la acción. La historia no precisaba de un elemento tan artificial para generar intriga; corta el flujo narrativo para insertar una discontinuidad en un relato lineal que no lo precisaba y quizás poder justificar la separación en dos bloques (bastante extraña, porque son ciertamente disímiles en extensión).

Todo lo cual no quita que sea una novela interesante. Negrete consigue aportar puntos de vista novedosos a dos temas tan trillados como la esgrima y la magia. A algunos de los personajes (el Mazo, sin ir más lejos) la historia se les queda pequeña por todas partes. Tal vez se deba a la reescritura con tantos años (y tablas) de diferencia, pero se percibe una evidente diferencia cualitativa entre forma y contenido, como si hubiera vestido un viejo maniquí, no demasiado bien proporcionado, con ropajes de alta costura. Tal vez sea que también a Negrete se le quedaba un poco pequeña la historia, pero, limitado por lo que en biología se considerarían constricciones evolutivas, no haya podido desplegar todo el potencial de “La espada de fuego”.

Por los comentarios que he leído, es en su continuación, “El espíritu del mago” (adquirida y en la pila de lectura), donde por fin explota todas las posibilidades de Tramórea. En ella, seguramente, habrá podido poner en práctica toda su experiencia. O quizás no fuera hasta contar con la seguridad que confiere el éxito, que pudo lanzarse a una aventura más arriesgada pero también más satsifactoria.

Consecuencias del colapso de la función de onda literaria.

En 10.000 ya avisan que es prehistoria

Al menos no se puede decir que no vayan con la verdad por delante. “10,000 B.C.”, la última película de Roland Emmerich, prometía mucho (al menos a quienes la visión de una manada de mamuts en estampida nos parece poesía en movimiento), aunque al final se quede en eso: dos o tres escenas espectaculares colgadas precariamente de un argumento fino como un pelo de elefante lanudo).

“10.000″ (en España se ha optado por eliminar el “a.C.”, quitando todo su poco sentido al título) es una muestra más de que, con suficiente dinero y solvencia técnica, ya no hay nada que no pueda recrearse en la pantalla de un cine. Todas las escenas con mamuts son soberbias, por supuesto, pero tampoco hay que desdeñar el ataque de las aves gigantes o diversas panorámicas de los logros de la gran civilización esclavista (con reminiscencias egipcias). El problema surge cuando los responsables pretenden ir de la escena A a la B… y fracasan miserablemente en el intento.

Aquí se hace evidente lo de que se trata de un relato ambientado en la pre-historia, porque el guión no es más sólido que un esbozo preliminar, un buen punto de partida para trabajar sobre él durante un par de meses y terminar de dar forma, y sobre todo voz, a las aventuras de D`leh y compañía. En pocas palabras, la tribu del prota susbsiste gracias a la caza estacional de mamuts y se encuentra en una situación delicada porque las visitas de éstos son cada vez más esporádicas por culpa (se presupone) de un cambio climático. Como las desgracias nunca vienen solas, son invadidos por una horda a caballo, dando lugar a la consabida escena de ataque-al-poblado(Tm). A los invasores sólo se les ocurre raptar a la chica del prota, lo cual le obliga a patearse medio mundo para ir tras ella. Por el camino hace muchos amiguitos, todos ellos puteados en mayor o menor medida por los malos, que se le unen para derrocar a los opresores. Sólo queda añadir a la mezcla dos arquetipos: el del elegido y el del héroe reluctante, y ya tenemos “10.000 B.C.”.

Como puede constatarse, es un desarrollo clásico (o tópico, según se prefiera) como pocos. No tenemos nada en contra de los buenos y viejos esquemas -después de todo han funcionado muy bien desde hace miles de años- pero, por favor, hay que trabajarlos un poquito más, que de vez en cuando alguna sorpresita estaría bien y además hay momentos de chiste; como cada vez que alguien abre la boca. Porque si el guión argumental es mediocre a lo sumo, los diálogos suponen un delito contra el arte dramático y el sentido común. Las arengas de D´leh no convencerían a un niño de siete años y las actitudes anacrónicas (y atópicas y a-lo-que-sea) menudean, hasta el punto que si el director hubiera deseado escoger cualquier otra ambientación en cualquier otra época, no habría tenido que realizar apenas cambios para que todo encajara igual de bien (o de mal). ¿Para qué preocuparse por buscar un contexto atractivo si después no vas a explotarlo? Tampoco había que llegar a los extremos de “En busca del fuego”, pero de ahí a hacer emplear a los primitivos cazadores de mamuts un vocabulario que ya lo quisiera para sí cualquier de nuestros políticos va un abismo.

Terminando con los aspectos negativos, hay toda una sección que me recordó poderosamente a “La gran odisea de Asterix”, en el fragmento ése en que los galos van por el desierto y no hacen más que tropezarse con todas las tribus habidas y por haber (en este punto, además, es cuando se dan las conversaciones más patéticas). Por añadidura, el conjunto tiene un tufillo racista que me sorprende que no haya saltado (por lo que sé) a la palestra. Todas las tribus con que se encuentra son de raza negra y, al contrario que los de la tribu de D`leh (bastante “normales” en apariencia) lucen todo tipo de parafernalia africana (cicatrices, piercings de hueso, indumentaria exótica). Se supone que ya están en el neolítico, pero su apariencia y actitud es más “salvaje” que los paleolíticos cazadores de mamuts. Estereotípico como poco. Si añadimos a ello que sólo esperan la llegada del gran líder blanco para que los una y les lleve a combatir al enemigo… en fin.

Pese a todo, la película puede disfrutarse (sin estridencias) como simple escapismo. Emmerich tiene buena mano para la acción y para los efectos especiales y logra generar las adecuadas dosis de tensión en escenas como la del ataque de las aves carnívoras (claro que palidecen en comparación con esfuerzos similares de Steven Spielberg o Peter Jackson). Además, toda la aventura tiene un airecillo pulp muy gratificante. Es una pena que los productores decidieran cargar las tintas sobre la faceta “histórica”, queriendo presentarnos la epopeya como algo que pudo acontecer en nuestro pasado, en vez de abrazar por completo el enfoque howardiano en que se inspira. La identificación de los protoegipcios con la Atlántida, que mencionada de pasada queda hasta ridícula, hubiera podido darle un pequeño plus de personalidad a la película. Claro que el género histórico tiene mucha mejor consideración que la fantasía, así que se pasa de puntillas por toda una serie de detalles que apuntan hacia una ambientación mucho más ambiciosa (como la naturaleza no-humana de los líderes esclavistas).

Aunque quizás me equivoque y no haya sido la fobia hacia la fantasía lo que ha retenido la mano del director-guionista, sino que podría ser un caso de vértigo a la complejidad. Tal vez pensaron que el público lo último que querría sería una historia elaborada, que con mucha acción y espectaculares panorámicas digitales basta y sobra para satisfacer sus exigencias. Quizá tengan razón. Después de todo ha funcionado a la perfección en muchos bodrios recientes. La única diferencia estriba, tal vez, en que éstos pretendían ser complejos a base de mucha palabrería sin sentido. Emmerich es un poco más honrado. Ofrece aventurillas para pasar el rato e impacto visual. A veces le sale mejor (”El día de mañana”), a veces peor (ésta que nos ocupa). Ya veremos en qué categoría cae la del año que viene.

PD: Obvio las evidentes barrabasadas científico-históricas porque considero ridículo prestarles atención en una historia como ésta, que ni se apoya, ni pretende apoyarse en ellas. Quizás sobraba lo de la revolución neolítica (que no aporta gran cosa) y, a fuer de ser pejigueros podría decirse que Vega fue la estrella polar en el 12.000 a.C. y no en el 10.000 a.C. Pero qué caramba, quien entra a ver una peli de Emmerich ya sabe lo que le espera.

Se inicia la cuenta atrás

Ya quedan pocos días para la salida de “El rayo verde en el ocaso”, mi primera antología (de ciencia ficción hard; la primera no podía ser de otro género).  Así pues, hay que ir calentando motores.

Con ese fin, y mientras llega (o no) algo más elaborado, he preparado una página de este blog con un pequeño adelanto. Podéis acceder a ella a través del enlace que está aquí al lado, aunque lo pondré aún más fácil indicando que basta con que pulséis aquí.

“El rayo verde en el ocaso”, pronto en tu librería de cabecera.

Fdo: Sergio Mars

PD: Por cierto, con ésta llegamos en Rescepto Indablog a las 101 entradas. No está mal para poco más de un año.

ZigZag es ciencia ficción, pero de la mala

Jose Carlos Somoza es uno de los escritores españoles contemporáneos más exitosos. Sus thrillers, con sustratos que van de lo histórico a lo terrorrífico, encajan a la perfección en el molde creado por el típico best-seller norteamericano: un concepto potente, una serie de personajes bien delineados que asumen los papeles de héroes, villanos y misterios (con un par de vicios pequeños los primeros y virtudes los segundos, por eso de hacerlos “complejos”), algo que enseñar para que el lector piense que está aprendido mientras lee y mucho ritmo (en el caso de Somoza, por lo que llevo leído, también deberíamos añadir algo de sexo). Todo muy superficial, agilidad ante todo. El objetivo es entretener al lector, y es, desde luego, un objetivo muy loable.

No sugiero que todo lo anterior sea negativo. Disfruté bastante de “La dama número 13″ y algunas otras novelas de Somoza despiertan mi interés (para ser precisos, “La caverna de las ideas” y “La llave del abismo”). Tan sólo describo por encima (y con grandes generalidades) el estilo que le ha llevado a ser un escritor de éxito.

Sin embargo, “ZigZag” supone un caso aparte. “ZigZag” me ha parecido una estafa, con toda seguridad involuntaria, pero no por ello menos decepcionante. Lo siento mucho, pero la ciencia ficción no es el fuerte de Somoza. Mejor que se dedique a explorar otros territorios que le sean más familiares y se deje de experimentos, o al menos que se plantee otro enfoque radicalmente distinto, porque con obras como ésta no sólo parece limitado a la mala ciencia ficción, sino también a la mala literatura (el bajón de calidad con respecto a “La dama número 13″ es abismal).

A grosso modo, “ZigZag” nos cuenta las desastrosas consecuencias de un experimento científico que, pretendiendo echar un vistazo al pasado, desencadena un horror indescriptible que se ceba en los investigadores supervivientes durante años. Nada excesivamente novedoso, salvo que Somoza decidió darle mayor verosimilitud (y, sobre todo, mayor vigencia) echando en el puchero vagas nociones sobre teoría de cuerdas, y ahí es donde todo empieza a torcerse.

Podría argumentarse que jamás intentó escribir un relato de cifi hard, sino sólo un thecno-thriller al uso, pero entonces, ¿a qué viene tanta prolijidad en los detalles? Hay que saber a qué se juega y, sobre todo, hay que ser honrado con el lector. Si te embarcas en explicaciones tienen que ser rigurosas (o al menos plausibles). No era necesario; podía haberse limitado a invocar la arcana teoría como fundamento de los experimentos y pasar de ahondar en posibles mecanismos. Pero no, decidió darse el gusto de explicar… y demuestra no haber pillado una. 

ZigZag, Somoza

Somoza no sabe lo que es una cuerda (en física teórica). Según “ZigZag”, las cuerdas son filamentos larguísimos (tan largos como para adentrarse millones de años en el pasado), que al aplicarles cierta cantidad de energía pueden desplegarse en sus 11 dimensiones mostrándonos el pasado (lo lejos que lleguemos dependerá de la energía suministrada). ¡Venga ya! Una cuerda es una partícula unidimensional (sólo posee longitud), que se extiende como mucho hasta la longitud de Planck (aproximadamente 1,6 x 10e-35 m), y que vibra en un espacio de 11 dimensiones (de acuerdo con ciertas formulaciones; 10 espaciales y una temporal) según varios patrones que conforman todo cuanto existe en el universo (serían el constituyente básico de todo). Ese espacio de 11 dimensiones sería el nuestro. De las espaciales, 7 serían tan diminutas (y enrolladas sobre sí mismas) que sólo podemos percibir las otras tres, que configuran nuestro universo en apariencia tridimensional (o, alternativamente, podemos encontrarnos limitados a una brana tridimensional, más el tiempo, en un espacio multidimensional superior, con determinado tipo de cuerdas constreñidas a la brana y otras, como los gravitones, libres). A partir de ahí, todo se vuelve enloquecedoramente contraintuitivo (sí, aún más). Las matemáticas de la teoría de cuerdas han llegado más lejos que ningún otro constructo teórico para conseguir explicar el universo (dentro de ellas tienen cabida tanto los fotones como los gravitones o los fermiones), pero todavía carecen de demostración experimental. Todo esto (que no representa sino la superficie de la teoría) me ha costado apenas unas horitas de dedicación (con mi curiosidad espoleada por el documental “The elegant universe”, producido por el físico Brian Greene; hay versión doblada, pero podéis acceder gratuitamente a la inglesa, sin subtítulos en la siguiente página). Así que me resulta sorprendente la bibliografía presentada por Somoza al final de su libro y su afirmación de que se documentó a fondo. Parece ser que sólo le importaba hacerse con la terminología, porque en caso contrario no se explica que desde el mismísimo inicio, todo esté mal (mejor ni hablo de los científicos consultados… porque en entrevistas posteriores aclara que no les preguntó nada de ciencia, sino que sólo le sirvieron como “modelos”; no es ésa, sin embargo, la impresión que ofrece la lectura de los agradecimientos de la novela).

¿Por qué me molesta? Bueno, viene a ser algo así como lo comentado en la entrada anterior sobre “Sunshine”. Supone un mal uso de la ciencia. Uno, además, innecesario. Podría haber tomado la “ruta Asimov”, si algo no puedes explicarlo, dale un nombre bonito y abstente de entrar en detalles (de ahí los “cerebros positrónicos”). En realidad, las explicaciones pseudocientíficas no aportan nada a la novela, salvo quizás proporcionarle una pátina de autoridad o, en otras palabras, engañar al lector para hacerle creer que se le está proporcionando información rigurosa. En mi opinión, existe un límite que la licencia creativa no debe superar, y “ZigZag” lo hace de largo. Se me ponen los pelos de punta cuando leo comentarios en internet del tipo de “gracias a la novela he aprendido mucho sobre teoría de cuerdas”. No, te has tragado un montón de desinformación y no has aprendido nada. Somoza se aprovecha de la ciencia; pretende explotar todos sus beneficios (respetabilidad incluida) sin asumir ninguna responsabilidad.

Lo peor, sin embargo, es que después de explotar a su antojo a la ciencia y a los científicos, se dedica a denigrarla. Sí, ahí está mi segundo motivo grave de rechazo a “ZigZag”: se trata, en el fondo, de la enésima versión del mito de Frankenstein. La ciencia, el conocimiento, es esencialmente maligno o, dicho de otro modo, hay cosas que el hombre no está destinado a conocer. Y después de toda la parafernalia científica, el origen de ese mal es una arbitrariedad que tiene más que ver con la magia que con la ciencia, al inventarse un efecto basado en presuntos agujeros de gusano (un artificio que contradice, por cierto, toda la falsa estructura teórica anterior al mezclar conceptos mutuamente excluyentes).

Arropado pues con un disfraz de ciencia ficción, “ZigZag” no sólo tergiversa todo el fundamento científico para su propio beneficio, sino que promueve el oscurantismo (vamos, al final ¡hasta un militar se caga en la madre que parió a los siniestros científicos!). Por si no quería estereotipos negativos… Esta actitud agrava el primer “pecado”. Si fuera un delito, podríamos afirmar que hay ensañamiento y alevosía. No sólo falsea la verdad, sino que lo hace para difamar. Apañados vamos.

Bueno, ya me he extendido demasiado. Tan sólo añadiré que, literariamente, la escritura es muy correcta (nada espectacular, pero funcional) y sólo la trama se resiente bastante por una incapacidad para transmitir el horror que se supone que padecen los personajes. Ya hay otras críticas por internet que ahondan en estos detalles, así que me lo ahorro. Supongo, además, que cualquier comentario ulterior que hiciera se leería con escepticismo (y con toda la razón), a la luz de mis puntualizaciones precedentes.