El circo de la familia Pilo

•octubre 22, 2014 • Dejar un comentario

El australiano Will Elliott publicó su debut novelístico, “The Pilo family circus”, en 2006. Como resultado, cosechó una serie de premios, todos ellos locales, más una nominación al International Horror Guild el último año que se concedieron, que sirvieron entre otras cosas para que la Factoría se fijara en este título y lo incluyera en su parrilla de 2010 como “El circo de la familia Pilo”.

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El protagonista de la historia es Jamie, un joven que compagina sus estudios con un trabajo de conserje en un club privado y que cierta noche, volviendo del curro, está a punto de atropellar a un payaso. Por una serie de circunstancias acaba quedándose con una bolsita rellena de polvo y algo parecido a canicas perteneciente al payaso y, tras consumir ese producto de forma más o menos accidental, acaba con su cuchitril arrasado por un trío de payasos psicópatas y con el aviso de que tiene dos días para pasar la audición.

Sin comerlo ni beberlo, Jamie ha sido reclutado para el circo de la familia Pilo, un espectáculo siniestro, aislado en su propio universo de bolsillo, donde los primos asisten a funciones grotescas y donde todos los feriantes, del primero al último, andan un poco desequilibrados.

De entre la caterva de monstruos, psicópatas y cabronazos varios que conforman la plantilla del circo, uno de los peores grupos lo constituyen los payasos, liderados por Gonko, con Rufshod, Goshy, Doopy, Winston y un aprendiz innominado como elenco de uno números muy poco graciosos. Al principio a Jamie le parece imposible encajar en tamaña locura, pero es aplicarse el maquillaje y transformarse en el payaso J. J., un ser despreciable; fanfarrón, pendenciero, sádico, con un ramalazo suicida pero, al mismo tiempo, propenso al lloriqueo más patético.

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La vida en el circo se despliega como una pesadilla ante Jamie, mientras aprende, casi siempre por las malas, las peculiaridades de su nuevo hogar y la compleja red de rencillas, odios y obligaciones establecidas entre los miembros del espectáculo, regentado con mano de hierro por el aterrador Kurt Pilo (más que por sus acciones, que suelen estar revestidas de una amabilidad extrema, o incluso apariencia, por la potencialidad que se adivina tras ellas). Lo que es peor, Jamie (y J. J.) se ve enredado en complots de todo tipo; contra los acróbatas, la adivina, George Pilo (el hermano enano de Kurt) y contra el propio circo en su conjunto. Porque quizás haya una salida a esa pesadilla… aunque encontrarla podría desatar fuerzas que más valdría que permanecieran dormidas.

La obra apela descaradamente a la clourfobia latente en buena parte de la población (como han demostrado varios estudios), que en román paladino queda expresado como miedo a los payasos, un miedo que se alimenta tanto de su aspecto estrafalario como de sus acciones anómalas, ilógicas e impredecibles. El payaso representaría la pérdida de referentes sólidos, el derrumbe de las asumciones sobre las que basamos nuestras decisiones, en pocas palabras: el caos.

Por extensión, Elliott escoge como marco del horror un escenario extraño, casi un mundo aparte, el del circo, con una larga tradición dentro del género desde al menos “La parada de los monstruos” de Tod Browning (1932), con derivados tan desquiciados como “Los payasos asesinos del espacio exterior” (Stephen Chiodo, 1988), al que en los últimos tiempos se le ha ido añadiendo subcapas neogóticas, con productos como la serie “Carnivale” o la saga (con película de propina) del “Cirque du Freak” de Darren Shan.

Pilo Family Circus PS

A todo ello se le suman referentes como el ineludible Stephen King (ya no sólo por la mención casi obligada al payaso Pennywise de “It”, sino también por paralelismos evidentes en el enfoque del horror… aunque en realidad el estilo me recuerda más al de “Casa Negra”, la primera colaboración entre King y Peter Straub) y según proclama de Lovecraft (en realidad, tan sólo cabría encontrar alguna conexión lejana con “La sombra sobre Innsmouth”; la Australia de Elliott es mucho más Maine que Providence). Sin que forme parte de la promoción del libro (quizás por ser un autor antiguo), resulta imposible leer la historia y que ésta no evoque en cierta forma a “El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde”, de Robert Louis Stephenson (1886), con el maquillaje de payaso haciendo emerger a J. J.

“El circo de la familia Pilo” es una obra principalmente atmosférica. Por un instante, quizás, puede dar la impresión de que intenta examinar el mal, tanto el que llevamos dentro como una especie de concreción del concepto abstracto mismo de la maldad (para lo que hace uso de una mitología interna de raíces vagamente judeocristianas), pero lo cierto es que se contenta con someter al protagonista (y al lector) a un torbellino de locura, depravación (light) y paranoia.

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Quizás quepa mencionar ahora que al autor le fue diagnosticada esquizofrenia en 1999, algo que no sé hasta qué punto se emplea como herramienta promocional y hasta qué punto ha influido en la concepción y desarrollo de la novela (que, pese a todo, es bastante menos caótica de lo que pretende aparentar). Logra un magnífico trabajo de ambientación y pulsa muchas teclas correctas. A la postre, sin embargo, a mí me falta algo. Quizás trata de abarcar demasiado (la naturaleza del mal, en general, y el núcleo de maldad inherente a cada persona) y le falte concreción, comentario que sería extensible a su cosmogonía particular que deja apenas esbozada.La novela obtuvo el premio Nocte a mejor novela de terror extranjera en 2011, edición para la que también estuvo nominada “Descansa en paz” de John Ajvide Lindqvist.

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El rayo rojo

•octubre 19, 2014 • Dejar un comentario

Ya tenemos con nosotros una nueva editorial, Dissident Tales, que nace con una vocación claramente pulpera para volcarse, según propia confesión, en los siguientes géneros y subgéneros: Terror, Pulp, Ciencia Ficción, Thriller, Misterio, Fantástico, Steampunk, Diseselpunk, Weird Western, Zombi, Distopía, Terror cósmico, Slasher, Gore, Apocalíptico, Demoniaco, Serial Killer, Psicológico.

Su presentación en sociedad viene de la mano de una novela corta ilustrada, que inaugura la colección ReBro (de la que ye están previstos otros dos títulos). Se trata de “El rayo rojo”, de Roberto Malo, que ya tuve ocasión de reseñar tras su inclusión en la mágnífica antología “Nuevas leyendas aragonesas” (una pena que no tuviera más difusión, aunque al menos algunos de sus contenidos van contando con nuevas posibilidades de difusión, como ya le ocurrió a “Señor del Moncayo”, un cuento extraordinario de Fermín Moreno incluido en la antología electrónica “Circo Dragosi“).

El rayo rojo - Roberto Malo y CalaveraDiablo

Espero que me permitáis reproducir aquí lo que ya indiqué en su momento, pues no conviene revelar mucho más, so pena de arruinar las sorpresas que atesora el texto:

Con el “El rayo rojo” nos adentramos en los territorios impredecibles de Roberto Malo, que nos confirma que Teruel existe, que también existen los extraterrestres, y que como no podía ser de otra forma ambas existencias improbables tenían por fuerza que… en fin, coexistir. Roberto hace uso de una leyenda verdaderamente nueva, tanto como que apenas tiene unas décadas de recorrido, sometiendo a Sergio, su protagonista, a una abducción. Pero claro, las cosas no podían ser tan normales. En vez de hombrecillos grises, el pobre Sergio se encuentra con una macizorra azul de dos metros y medio, que le somete al procedimiento típico con resultados inopinados. Sólo el autor es capaz de tratar con tal convicción una trama tan surrealista (aunque contenida, de acuerdo con sus estándares), hasta el punto de lograr hacernos dudar de su… pues eso, existencia.

(Resulta, además, que los editores de Dissident Tales han tenido a bien extractar de aquí una frase para la contraportada de esta nueva edición).

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En lo que sí me puedo explayar un poco más es en describir la edición, que ha quedado espectacular, con veinte ilustraciones (portada aparte) a todo color, por parte de CalaveraDiablo, quien ha sabido captar y expresar a la perfección el peculiar humor de Roberto Malo, ese toque entre gamberro y desquiciado, aunque  con unos cimientos inquebrantables de buen rollito.

Lo que también logran las ilustraciones es potenciar el componente de ciencia ficción de la historia, que en esta nueva encarnación se percibe en cierta forma como más cercana al pulp fantástico de toda la vida (y esto, insisto, sin perder la faceta humorística). Eso sí, se trata de un pulp 2.0, nada de una imitación de modelos antiguos, sino más bien una evolución acorde con los gustos actuales (algo que queda de manifiesto en multitud de detalles, desde el tono conscientemente autoparódico de la historia hasta el tratamiento digital de las ilustraciones, pasando por una maquetación que sabe equilibrar con acierto la estética con la funcionalidad).

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Quizás lo más destacable de este nuevo pulp sea que aboga por recuperar la estética, los temas y la vocación lúdica de la vieja literatura popular, pero apostando al mismo tiempo por una calidad técnica de primer orden. Algo que a lo mejor obedece a que ha pasado de ser un producto para el consumo masivo a un sector muy especializado, con un mercado potencial pequeño y, al mismo tiempo, muy crítico (y muy, muy leído); aunque desde una perspectiva global siga siendo una literatura denostada a base de prejuicio puro y simple. Una curiosa paradoja: cultura disidente, en verdad.

Sea como sea, Dissident Tales se suma a la reciente eclosión de proyectos de microedición fantástica que están revigorizando el panorama nacional como Sportula, Tyrannosaurus Books, Kelonia, Dlorean… (y, por qué no, Cápside).

Nuevos tiempos, nuevas propuestas.

¡Suerte a todos! (y una bienvenida especial para Dissident Tales).

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Ubik

•octubre 8, 2014 • 6 comentarios

Aunque en su momento no obtuvo tanto reconocimiento crítico como algunas otras de sus obras (incluyendo, por ejemplo, la muy menor “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, que estuvo nominada ese mismo año a los Nebula), con el correr de los años “Ubik” (1969) se ha ido configurando como la novela por excelencia de Philip K. Dick, la quintaesencia de lo dickiano.

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El protagonista de la historia es Joe Chip, un técnico de medición de campo psi que trabaja para Glen Rucinter, el dueño de la mayor empresa de prevención del planeta. Corre el año 1992, y se dispone de coches voladores, dispensadores de anfetaminas a monedas y colonias en la Luna y Marte, con planes avanzados para una misión interestelar (sí, en aquella época eso constituia una predicción conservadora a ventipico años vista).

Los inerciales de Rucinter son personas con poderes psíquicos negativos. Es decir, especializados en contrarrestar los de los típicos telépatas, precognitores o telequinéticos, que trabajan principalmente para un tal Hollis, en un juego con ciertas reminiscencias de la Guerra Fría. Cierto día, Joe Chip, que siempre anda escaso de dinero (en una sociedad en que las propias puertas de tu casa funcionan con monedas), tropieza con un nuevo poder, el de Pat, una chica que parece poseer la facultad de alterar el pasado para configurar un presente nuevo a su gusto. Casi al mismo tiempo, Rucinter recibe una solicitud que no puede rechazar, la de contratar a once de sus inerciales para un trabajito inespecífico en la Luna.

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Al final, los tres acaban formando parte del grupo, que parte en una nave privada hacia la base lunar y hacia lo que se desvela como una trampa. Se produce una explosión, que aparentemente mata a Glen Rucinter, dejando al resto de la partida aturdidos pero vivos, y a partir de ahí… empiezan a ocurrir cosas raras.

Dick tarda poco en ponerse a jugar con el concepto de una realidad maleable, primero por Pat y más tarde a instancias de dos procesos opuestos: el primero se manifiesta como una especie de entropía acelerada que echa a perder alimentos y otros bienes perecederos, justo antes de empezar a empujar todo hacia atrás en el tiempo; el segundo, mediante una serie de manifestaciones de Rucinter, a modo de mensajes enigmáticos que aparecen en los lugares más peregrinos. Lo cierto es que estos juegos con la realidad no son algo nuevo en su obra. De hecho, ya en 1957 había publicado una novela con planteamientos similares, “Ojo en el cielo”. Eso sí, “Ubik” presente desde el principio un sesgo más escatológico, con la muerte asumiendo un protagonismo tan importante como la realidad (si es que en esta novela son conceptos separables).

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La mujer de Rucinter, Ella, lleva por ejemplo varios años muerta, congelada en un moratorio Suizo, adonde pueden acudir los familiares a hablar con sus finados. El estado en que se encuentran los fallecidos se conoce como semivida, y cada entrevista los va desgastando, hasta que resulta imposible establecer el contacto. De hecho, la prioridad de los inerciales consiste en llevar al cuerpo de su jefe a la Tierra, para poder situarlo en semivida y recibir su consejo. Claro que, a medida que las cosas empiezan a ponerse más y más raras (con algunos de ellos muriendo consumidos y la realidad circundante huyendo con rapidez hacia el pasado), surge la la duda sobre quién está muerto y quién en semivida.

Se comenta a menudo que Philip K. Dick escribría sus novelas impulsivamente, en furiosos estallidos creativos, acosado por las deudas (y con ayuda de algún que otro estimulante). Ello parece quedar demostrado en “Ubik”, puesto que el susodicho producto no aparece en la trama (sí en breves cuñas publicitarias al principio de cada capítulo, que con toda seguridad fueron añadidas a posteriori) hasta el último tercio de la novela. A partir de ahí, sin embargo, todo gira en torno suyo. El conseguir este producto milagroso (en forma de spray) constituye el objetivo prioritario.

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Hasta ahí la novela es ante todo un desesperado grito de angustia existencial, que gira en torno a la percepción de la realidad, la decadencia y la muerte. Ubik, el producto, es la concreción de la fuerza que se opone a esta entropía imparable, es la esperanza, la tabla de salvación metafísica. Es, en pocas palabras, Dios (o, cuanto menos, una metarrealidad trascendente que posee al menos los atributos de ubicuidad, reflejada en su propio nombre, y omnipotencia, insinuada a través de los anuncios publicitarios).

El lector avezado de Dick (y, sinceramente, no sé si recomendaría la lectura de “Ubik” a lectores casuales) podría detectar aquí las mismas ideas gnósticas que permean buena parte de su obra (y se vuelven el núcleo obsesivo de sus últimas novelas). Sin entrar en demasiados detalles, se percibe la maldad intrínseca del mundo material, creado (y manipulado) por un demiurgo, con la liberación otorgada a través de la posesión de Ubik, lo que quizás sea una aproximación al concepto neoplatónico del Uno.

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Por supuesto, se trata de Philip K. Dick, así que quien quiera respuestas claras, deberá mirar en otro lado. A grandes rasgos, sin embargo, puede interpretarse la novela como una búsqueda de consuelo metafísico frente a la irracionalidad de la realidad y a la inexorabilida de la decadencia y la muerte, una búsqueda de trascendencia a través de Ubik, el bálsamo curativo universal; inofensivo si se utiliza de acuerdo con las instrucciones.

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La llama negra

•septiembre 30, 2014 • Dejar un comentario

Stanley G. Weinbaum es un escritor singular dentro del género de la ciencia ficción, hasta el punto de que fue señalado por Isaac Asimov como una de las tres novas del género (junto con E. E. Doc Smith y Robert A. Heinlein), autores cuyo trabajo destacó como una explosión de luz entre sus coetáneos. Específicamente, se considera que Weinbaum fue el primer autor de la Edad de Oro… un lustro antes de que ésta arrancara oficialmente a mediados de 1938.

¿Qué ocurrió entonces para que no se trate de un nombre conocido entre los aficionados? Ocurrió que un cáncer cortó en seco su carrera apenas año y medio después de su primera publicación, el cuento “A martian odyssey” (Wonder Stories, julio 1934).

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En momento de su muerte, en diciembre de 1935, contaba en su haber con una novela romántica y una docena de relatos largos, publicados principalmente en Wonder Stories y Astounding, a los que se añadirían otros tantos, publicados póstumamente en los cuatro años siguientes, y un par de novelas; una de ellas, “La llama negra”, con una azarosa historia editorial.

“La llama negra” se compone en realidad de dos textos, que posiblemente nunca fueron concebidos una narración única coherente. Por un lado está el relato “El amanecer de la llama” (“Dawn of Flame”), que apareció originalmente en 1936 en un volumen conmemorativo póstumo al que daba título. Posteriormente, en enero de 1939, una novela corta, “La llama negra” (“The black flame”) apareció como plato fuerte del primer número de Startling Stories. En 1948, Fantasy Press los unió en un tomo, con reediciones en 1953 (Harlequin Books) y 1970 (Avon Books). Es esta última la que al parecer tomó como punto de partida La Biblioteca del Laberinto para la edición castellana de 2006 sobre la que se basa esta reseña.

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La historia de “La llama negra” no termina ahí, sin embargo. El texto original de Weinbaum, que se consideraba perdido (tras serle robado a Forrest J. Ackerman, quien lo había obtenido en una subasta), reapareció en 1995 en un volumen “restaurado” de Tachyon Publications, tras ser descubierta una copia al carbón del mismo en un arcón en posesión de uno de los nietos del autor. Esta versión recupera 18.000 palabras adicionales (unas cincuenta páginas).

Todos estos datos, en realidad, son poco significativos de cara a valorar la obra, salvo quizás para resaltar que no se trata en modo alguno de un texto definitivo, cerrado a plena satisfacción del autor, sino que es una especie de monstruo de Frankenstein, reconstruido con trozos de cadáveres y traído a la vida por el entusiasmo de los fans… y en estos casos siempre hay que andarse con pies de plomo a la hora de sacar conclusiones.

“El amanecer de la llama” se ambienta unos trescientos años después de que una enfermedad, la plaga gris, exterminara a dos tercios de la población terrestre y empujara al tercio restante a una serie de guerras que aniquilaron todo rastro de civilización (escenario que parece ser una secuela no confesa de “La plaga escarlata”, novela corta de 1908 de Jack London, con la salvedad de que se apunta a que el agente infeccioso fue de origen parcialmente artificial y fue desarrollado como arma biológica… algo que bien podría provenir del cuento del mismo “La invasión sin paralelo”, de 1910).

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El protagonista es Hull Tarvish, un montañés que viaja a la cercana ciudad de Ormiston justo a tiempo de participar en su defensa frente al ejército del Amo, un líder que pretende unificar bajo su dominio el mundo entero, para lo cual cuenta con retazos de la tecnología de los antiguos, rescatados de sus ciudades en ruinas, así como con el secreto de la inmortalidad, otorgada por medios científicos a él y a su más cercanos, incluyendo su hermana Margaret, apodada Margot la Negra (o también la Llama Negra), una mujer de belleza sin igual.

Enamoriscado de Vail, la hija del cacique local, Hull se enfrenta en una batalla perdida de antemano al poder de Joaquin Smith, el Amo (que resulta en realidad un tirano bastante ecuánime y comprensivo, con un objetivo y unos métodos que bien podrían tildarse de nobles). Lo peor, sin embargo, llega después, cuando la princesa Margaret se encapricha de Hull y lo hace debatirse entre su lealtad a Vail y a la resistencia de Orminston y la fascinación que sobre él ejerce la Llama Negra.

En cuanto a la novela corta “La llama negra”, da toda la impresión de ser una reescritura, corregida y aumentada, del mismo esquema básico. En esta ocasión el protagonista es Tom Connor, un hombre ajusticiado en 1960 por electrocución que despierta mil años después, para ser confundido con un Durmiente (personas que se someten voluntariamente a un proceso de electroéstasis, para disfrutar un par de siglos después de sus rentas acumuladas; algo inspirado en la novela de G. H. Wells “Cuando el durmiente despierte” 1899-1910).

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El reinado del Amo dura ya siete siglos y la civilización ha recuperado mucho terreno, hasta llegar incluso a superar en ciertos aspectos a la nuestra propia (con el descubrimiento y empleo de la energía nuclear de fusión). Curiosamente, sus matemáticas están tan por detrás de las nuestras que desconocen incluso los logaritmos (y con ellos la omnipresente regla de cálculo). Se trata de un imperio benévolo y próspero, lo cual no quita que haya su cuota de revolucionarios descontentos… como aquellos entre los que va parar Connor.

Se repite en cierto modo el esquema de “El amanecer de la llama”, al encapricharse el protagonista de una chica, Evanie, y verse involucrado por tal vínculo en una lucha que no le va ni le viene (lo cierto es que contempla todo el asunto con una actitud bastante crítica). Tras el inevitable fracaso, la princesa Margaret se encapricha de él y hay un tira y afloja entre los sentimientos que cree sentir por Evanie y la fascinación que ejerce en él la Llama Negra, con las peculiaridades de un imperio postcatastrofista global, dirigido por inmortales, de fondo.

Ambas historias, en particular la segunda, presenta ideas intrigantes, y no cuesta comprender el porqué Weinbaum ejerció un impacto tan grande en su época (muchos de los conceptos se perciben como avanzados no ya en unos años, sino incluso en décadas a su época, con desarrollos que evocan obras de la New Wave como “Tú, el inmortal” o “La intersección de Einstein” (unos mutantes, surgidos del intento de replicar el proceso inmortalizador, con rasgos mitológicos). El desarrollo, sin embargo, denota a menudo su sustrato pulp, con una historia simplona y algo inconexa y unos héroes que tienen algo de howardiano y un aire que evoca aventuras como las de Doc Savage (en quien bien podría inspirarse el Amo… siempre que Savage hubiera conquistado la inmortalidad y le hubiera dado por gobernar un mundo postapocalíptico).

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Lo que quizás haga destacar más a “La llama negra” de las narraciones contemporáneas tal vez sea la psicología de los personajes, un aspecto que normalmente quedaba muy descuidado y que es central en ambas historias. No tanto por sus protagonistas, que son bastante básicos, sino por la creación de Margot, la Llama Negra, una joven inmortal, tan fascinante como enigmática, tan cruel como digna de piedad, atrapada en una trampa eterna por su condición adquirida, anhelante de amor y al mismo tiempo endurecida (casi enloquecida) por siglos de decepción (ante el doble obstáculo de su magnificiencia y su atemporalidad). Todo un personaje arquetípico, que bebe de las mismas fuentes (quizás incluso por influencia directa) que la “Ella” de Haggard y que constituye uno de los primeros personajes femeninos complejos (con ese halo de misterio desconcertante que le confiere la perspectiva masculina) de la ciencia ficción.

La edición española se complementa con la reescritura de “La llama negra” por parte de José Mallorquí (como J. Carr), con el título de “El hombre de ayer” para la colección Futuro en 1953 (una práctica, la de versionar, que ahorraba el abonar los derechos de traducción). Texto que me abstendré aquí de analizar.

La historia de Zoë

•septiembre 24, 2014 • Dejar un comentario

La colonia perdida” iba a ser la última novela ambientada en el universo de “La vieja guardia” o, cuanto menos, la última del arco argumental de John Perry y su familia. El problema surgió con la insatisfacción mostrada por muchos lectores ante ciertas inconsistencias del volumen final, incluyendo un elemento de la trama del que a partir de determinado punto no se vuelve a hablar y un deus ex machina como la copa de un pino.

¿Error de planificación? ¿Problema de gestión de los puntos de vista? ¿Exceso de celo en la poda? Lo cierto es que John Scalzi se encontró con un dilema, porque lo que le faltaba por contar no era demasiado, pero sí bastante crucial para redondear la historia. Así pues, tomó la decisión, aún no sé si respetuosa o todo lo contrario con sus fans, de reescribir por completo la última novela, contando los acontecimientos desde el punto de vista de Zoë, la hija adoptiva de John Perry y Jane Sagan.

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Así nació “La historia de Zoë” (“Zoe’s tale”, 2008), como cuarto libro de la saga, aunque en realidad corra en paralelo con el tercero. Scalzi no es el primer autor en intentar algo parecido. Quizás el caso más notorio sea el de Orson Scott Card, quien con “La sombra de Ender” (1999) retornó a la Escuela de Batalla para contar básicamente la misma historia de “El juego de Ender” (1985), pasando el protagonismo de Ender Wiggins a Bean (y con la dificultad añadida de una sorpresa final desvelada tres lustros atrás). Claro que los catorce años de lapso constituyen tanto una dificultad como una ventaja, pues, ¿qué podía ofrecer Scalzi de novedoso con apenas unos meses de barbecho?

La respuesta, me temo, es que bien poco. Lo cual no implica necesariamente que “La historia de Zoë” sea un desastre completo. Más bien al contrario, el autor se preocupa por ofrecer un libro con entidad propia, y deja patente su experiencia y buen hacer, hasta el punto de que posiblemente sea mejor novela juzgada como obra independiente que como parte de una serie… lo cual hace pensar cuán mejor hubiera podido ser (ella o la novela que hubiera podido escribir en su lugar) de no haberse visto encorsetado por la historia que ya había narrado.

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No voy a dedicar muchas palabras a exponer la trama (a la crítica de “La colonia perdida” me remito). La única novedad consiste en que la nueva narradora es Zoë, una chica adolescente con cierto equipaje a sus espaldas (ser la única superviviente de todo un mundo, la hija de un traidor a la humanidad y poco menos que una deidad para toda una especie alienígena, a la que su progenitor dotó de consciencia), o mejor dicho, la idealización, construida por referencias, de una adolescente de dieciséis o diecisiete años (que, particularmete, me ha resultado poco creíble, aunque claro, yo tampoco he sido nunca una chica adolescente).

La estrategia adoptada por Scalzi para lidiar con el problemilla de la narración paralela es interesante. Como no puede evitar que el lector (al menos el lector más probable) tenga conocimiento previo de los giros de la trama, opta por restarles importancia adelantándolos él mismo a base de flashforwards. Es decir, desactiva esa fuente de conflicto ridiéndose a lo inevitable e integrando esa circunstancia en los requisitos técnicos de la novela, de modo tal que resultara también un recurso apropiado para quien no contara con experiencia previa de Roanoke y las vicisitudes por las que pasa la colonia.

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A partir de ahí, va delineando la historia con mucho oficio y exhaustividad y pocas sorpresas, ofrece una solución de compromiso para los hombres-lobo (uno de los problemas de “La colonia perdida”) y echa el resto en el viaje de Zoë en busca de ayuda, lo que deja el porcentaje de novedad en torno a un veinte por ciento.

Durante el transcurso de la novela refuerza la evolución general de la serie, haciendo hincapié en los personajes que buscan mediar pacíficamente en los enfrentamientos (que generalmente surgen por dificultades de comunicación), separando cada vez más a la serie de sus orígenes militaristas. Eso sí, después del desarrollo de “La colonia perdida”, lo que se nos cuenta o sugiere en “La historia de Zoe” queda en poco más que una coda o una mera matización, que no aporta en realidad nada nuevo (algo probablemente reservado para “The human división”, el quinto libro, publicado en 2013 con nuevos protagonistas).

Lo que sí aporta de novedoso como subtexto es el modo en que Zoë lidia con su papel, no demasiado claro, como modelo de los obin, toda una raza alienígena. Algo que le obliga a examinar cuál es en realidad su papel, a qué le obliga y qué le puede aportar. En ese sentido, “La historia de Zoë” es una novela de maduración personal… algo que hubiera tenido mucha más enjundia si al personaje se le hubiera dado espacio para crecer y, sobre todo, se le hubiera dotado de alguna que otra arista que ir puliendo.

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Lo que queda es una novela que cumple, sin más. Totalmente prescindible salvo quizás por algunas revelaciones y reflexiones que quizás hubieran encontrado un mejor vehículo de expresión en una novela corta. Pese ello, como testimonio a la popularidad de Scalzi (y quizás también reflejando lo anémico del panorama general de la ciencia ficción), la novela fue finalista del premio Hugo de 2009 que conquistó “El libro del cementerio”, de Neil Gaiman.

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Los nueve príncipes de Ámbar

•septiembre 22, 2014 • 4 comentarios

Los setenta fueron años difíciles para la fantasía. Tras el éxito masivo de la edición americana de “El Señor de los Anillos” en 1965, que propició que se empezara a recuperar buena parte de la fantasía clásica a través de distintos sellos (como Ballantine o Lancer), las ventas no acompañaron generalmente a las propuestas nuevas, situación que se mantuvo hasta 1977 (con la edición del descarado plagio de Tolkien “La espada de Shannara”, de Terry Brooks, y el inicio de las Crónicas de Thomas Covenant el Incrédulo, de Stephen R. Donaldson).

Pese a ello, fue un período interesante, que no sólo fue testigo del desarrollo del multiverso de Michael Moorcok (“Elric de Melniboné) a partir del molde de la espada y brujería y de la maduración de la fantasía juvenil de la mano de Ursula K. Le Guin (“Un mago de Terramar“), sino que también propició la introducción en el género de muchas ideas nuevas provenientes del campo de la ciencia ficción, con numerosos autores entregados a explorar la frontera entre ambos géneros, tales como Marion Zimmer Bradley (la serie de Darkover), Anne McCaffrey (los dragones de Pern) o Roger Zelazny.

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Zelazny, uno de los principales nombres de la New Wave, ya había mostrado cierta querencia por la fantasía en sus dos novelas premiadas con el Hugo, “Tú, el inmortal” (1966) y “El Señor de la Luz” (1967), ambas con una premisa propia de la ciencia ficción y una ambientación más deudora de la fantasía (y la mitología), algo que compartieron con su propuesta de 1969: “Criaturas de luz y oscuridad”. Pasar de ahí a una historia de fantasía con elementos propios de la ciencia ficción requería tan solo un paso, que dio cuando publicó en 1970 “Los nueve príncipes de Ámbar” (“Nine princes in Amber”), la primera entrega las Crónicas de Ámbar.

La narración arranca de forma bastante tópica y anodina, con el protagonista despertando amnésico en una cama de hospital. A base de pura chulería, de la aplicación de una lógica cuanto menos debatible y de seguir la guía de un instinto infalible, escapa de allí y, atando cabos, llega hasta la mansión de la que supuestamente es su hermana, donde, sin revelar su memoria deficiente, va jugando a ciegas una partida que, aparentemente, lleva en siglos en liza.

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A la postre se entera (y nos enteramos) de que es Corwin, uno de los príncipes herederos de Ámbar, la única tierra verdadera, de la que todas las demás (incluido la nuestra) no es sino una sombra, un universo paralelo entre una miríada, que quizás no tenga siquiera entidad propia salvo cuando nos visita algún miembro de la nobleza de Ámbar (los únicos capacitados para viajar entre las Sombras). También descubre que los nueve príncipes que sobreviven (junto con cuatro princesas), no se llevan precisamente bien, y que su hermano Eric, quien es con toda probabilibad el responsable último de su actual condición, está a punto de coronarse como rey de Ámbar ante la ausencia prolongada e injustificada del padre de todos ellos, Oberón.

Corwin quizás no tenga muchos recuerdos, pero hay algo grabado a fuego en el corazón de todos los príncipes de Ámbar: el anhelo por el poder. Así que da inicio, casi sin darse cuenta a una rebelión en toda regla contra su hermano, con el trono de la única tierra verdadera como premio para el ganador. Eso sí, su estancia en la Tierra (durante al menos seis siglos) lo ha cambiado un poco. Ya no es el noble insensible de antes, sino que ha adquirido cierto sentido de la responsabilidad por los demás, aunque sean meros habitantes de una Sombra.

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La novela detalla a continuación la intentona de Corwin (aliado con otros hermanos), por destronar a Eric, en una contienda que se libra a través de invinitos universos, aunque su punto focal sea fijo e inmutable. A lo largo de las diversas peripecias, Zelazny se preocupa tanto por mantener un tensión in crescendo, como por ir desvelando detalle a detalle las peculiarides del multiverso que ha creado como escenario para sus aventuras; y si decía un poco antes que el inicio no es muy prometedor (dejémonos de rodeos: es rematadamente malo, y no empieza a mejorar hasta haber dejado atrás un cuarto bien cumplido del libro, que por fortuna no es muy extenso), una vez se libera de la “tiranía” de la realidad y hace que Corwin y sus aliados se internen por los caminos de las Sombras, empieza a configurar una aventura en mayúsculas, tan fascinante en su concepción como amena cuando toca entrar en faena y hacer uso de las espadas (porque en Ámbar y sus universos limítrofes la pólvora no funciona).

De nuevo presenta el autor unos personajes semidivinos, con características físicas excepcionales y que, de hecho, son adorados como dioses en determinados universos Sombra (dado que hay un número infinito, siempre es posible encontrar en alguno lo que se está buscando), y si bien no se puede afirmar que su desarrollo sea muy cuidadoso, es bien cierto que Corwin al menos se debate entre su naturaleza principesca (los príncipes de Ámbar no son precisamente unos tipos cordiales y amables con los demás… y especialmente si esos demás pertenecen a su propia familia) y lo aprendido en su exilio involuntario.

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En cuanto a los elementos que comentaba como propios de la ciencia ficción, es de destacar la concepción del multiverso de Ámbar y los medios de los que se valen los personajes para navegar entre las Sombras (por medio de pequeños pasos incrementales, a través de los arcanos de unas barajas de tarot muy peculiares o resolviendo el Patrón). De hecho, la inspiración directa de todo esto proviene de una serie de Philip José Farmer, la del Mundo de los Niveles (que por entonces contaba con cuatro entregas), a lo que quizás podría añadírsele el conflicto entre el orden y el caos de Moorcock y, según propia confesión, la novela de 1946 “El mundo sombrío”, de Henry Kuttner (y su esposa C. L. Moore).

Más allá de la aventura específica de este primer volumen, se aprecia además que hay detrás un plan maestro, con continuas insinuaciones hacia elementos que sólo adquirirán importancia en volúmenes ulteriores, dejando bien a las claras que la pentalogía original (1970-1978) había sido concebida (o cuanto menos planificada) como un arco cerrado, del que a día de hoy no podría indicar sino generalidades a falta de seguir explorando la serie (algo que, sin dudarlo, tengo previsto hacer a poco que se me presente la ocasión).

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En 1985, Zelazny decidió recuperar el universo de Ámbar, centrando la acción en el hijo de Corwin, Merlín (e introduciendo elementos propios del momento, como hacer que su disfraz en la Tierra sea como informático e intentar explicar el multiverso en términos cuánticos). Esta segunda pentalogía, que se cerró en 1991, suele presentar una consideración mucho menor entre los lectores (y ya no digamos nada respecto la precuela “oficial”, licenciada tras su muerte por los herederos de Zelazny, en contra de su deseo explícito de no abrir a otros autores el universo de Ámbar).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Embassytown (Ciudad Embajada)

•septiembre 11, 2014 • 4 comentarios

Tras revolucionar la fantasía con su New Weird, China Miéville irrumpió el año 2011 en la ciencia ficción con “Embassytown”, novela que le deparó el premio Locus (que ya había ganado en tres ocasiones, dos a novela de fantasía y una en la categoría de Yound Adult) y sendas nominaciones en los premios Hugo y Nebula. Tampoco es que hubiera sido por completo ajeno al género. De hecho, una de las claves del New Weird reside en la hibridación, y ya en “La estación de la calle Perdido“, por ejemplo, incluía autómatas e inteligencia artificial desbocada.

Eso sí, en vez del mundo ficticio de Bas-Lag, tenemos el planeta ficticio de Arieke (la diferencia estriba en que la Tierra está por ahí, en algún lugar), habitado por os ariekei, unos seres verdaderamente alienígenas con un Lenguaje complejo, que para empezar debe pronuniciarse a dos voces, en donde se ubica una pequeña colonia, una ciudad embajada, aislada del resto del planeta por una burbuja de aire respirable. Ciudad Embajada es un enclave colorista, a donde llegan naves estelares que atraviesan el immer (una especie de subespacio) gracias a la pericia de los pilotos, donde habitan humanos, robots y embajadores (parejas de humanos criados para poder comunicarse con los ariekei), bajo el gobierno laxo de Bremen, el lejano imperio que exporta bioteconología alienígena.

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En realidad, la diferencia entre la ciencia ficción de Miéville (en base a este ejemplo aislado) y su fantasía es meramente de grado, pues son más importantes las similitudes con su obra previa que las divergencias. Así, en “Embassytown” vuelve a primar el escenario urbano, con el steampunk de Bas-Lag (por ejemplo) transformado en una suerte de biopunk alienígena y la magia sustituida por ciencia… suficientemente avanzada.

El punto que quizás distinga claramente la novela dentro de la obra del autor (al menos por cuento le he leído hasta ahora) es que es posible buscarle una sublectura, algo más común en la ciencia ficción que en la fantasía. Pese a lo cual, no deja de seguir caminos propios para ello, alejados de los mecanismos habituales. Quizás por ello también haya resultado tan fresca y novedosa a unos lectores huérfanos hasta cierto punto, en lo que llevamos de siglo, de referentes sólidos en un género que muchos consideran en crisis.

La historia está narrada desde el punto de vista de Avice Benner Cho, una nativa de Ciudad Embajada que logra “escapar” de Arieke al demostrar capacidades para immersar. Tras unos años de vagabundeo por el espacio, regresa a casa a tiempo de asistir (y participar) en una crisis, suscitada por los movimientos encaminados a controlar el recurso clave de la colonia: la capacidad de hablar con los nativos.

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El caso es que los ariekei no sólo hablan a dos voces, sino que para comprender siquiera que alguien les está hablando, deben escuchar dos voces con una conciencia única (o lo bastante similar a una conciencia única) detrás. Otra peculiaridad de su lenguaje es que al participar tanto de una faceta meramente audible como de una autoconsciencia, no por inmaterial menos precisa, niega la posibilidad de la mentira. De hecho, su rigidez obliga a los ariekei a crear símiles literales para poder expresar nuevos conceptos, y la propia Avice, en su niñez, tomó parte de uno de ellos, pasando a ser “la niña a la que hicieron daño y comió lo que le dieron”.

El complejo equilibrio de intereses de la colonia se ve perturbado cuando desde Bremen llega un embajador nuevo, no ya una pareja clónica, criada desde la niñez para su función, sino dos individuos disímiles que presentan un grado de empatía mutua inusual, casi inconcebiblemente alto. El experimento, sin embargo, produce efectos inesperados, y pronto la Ciudad Embajada se encontrará peleando por su supervivencia… con Avice metida en todos los follones (por motivos que no quedan demasiado claros, salvo que se trate de un imperativo narrativo).

“Embassytown” se inspira claramente en el sistema colonial británico decimonónico y, en particular, en la relación entre China y Gran Bretaña… muy, muy alterada (nada que ver con la recreación casi al pie de la letra de la Rebelión de Boxers por parte de Paolo Bacigalupi en “La chica mecánica“). Así, nos encontramos ecos de Hong Kong, así como de las Guerras del Opio, con la diferencia importante de que los ariekei son auténticos alienígenas y de que la esencia de la “discrepancia” con los humanos posee una base lingüística… más o menos.

Embassytown

Que nadie espere algo del estilo de “Los lenguajes de Pao” (Jack Vance) o “Babel-17” (Samuel R. Delany). Detrás de “Embassytown” no hay un teoría lingüística como la hipótesis de Sapir-Whorf. Se trata más bien de un concepto, como el que sirve de excusa para “Empotrados” de Ian Watson, aunque en este caso es más sencillo, casi elemental: el concepto de la metáfora como una mentira que encierra una verdad más profunda.

El Lenguaje ariekei no emplea metáforas. Toda mentira es literalmente impensable para ellos, y así hubiera seguido siendo de no haberse encontrado con los humanos, una especie muy bien capacitada para la mentira.

No profundizaré más en el desarrollo de la historia. Me limitaré a analizar superficialmente el concepto de la mentira verdadera, que es a la postre el que quiere transmitir Miéville, y lo haré sugiriendo que quizás lo que pretendía con la novela es algo absolutamente metarreferencial. Tal vez trataba de defender algo tan fundamental como la propia validez del género fantástico, que en el fondo no es sino una mentira (o una serie de mentiras), que pese a ello pueden transmitir una verdad (y hacerlo de un modo nuevo, que abre posibilidades previamente inaccesibles, sin que tenga necesariamente que articularse esa verdad en forma de tesis bien definida… algo que suele ser más propio de la ciencia ficción).

Embassytown_Subterranean

Tal vez haya sido precisamente la intención de transmitir una tesis específica la que le ha hecho decantarse (ya sea consciente o inconscientemente) por cargar un poco más las tintas en los elementos de ciencia ficción. Eso sí, me da la impresión de que ello ha ido en detrimento de algunas de las virtudes de la ficción de Miéville. Arieke no presenta la misma vitalidad desbordante de Bas-Lag y Avice no resulta un personaje particularmente atractivo. En ambos casos (sobre todo por lo que respecta al planeta), echo de menos un poco más de atrevimiento (quizás por culpa de la comparación inevitable con la nueva space opera).

Lo que sí ofrece “Embasytown” es, como ya he avanzado, una forma relativamente novedosa de abordar el género de ciencia ficción, que sin duda sorprenderá a quienes no hayan seguido la evolución reciente de su hermana la fantasía. Es posible que sea precisamente eso lo que más necesita, una buena inyección de vitalidad hibridante.

Tanto el premio Hugo como el Nebula de aquella añada los conquistó la novela de fantasía “Entre extraños” de Jo Walton, que fue además la única junto a “Embassytown” en cosechar la doble nominación.

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