El adepto de la reina

•enero 28, 2012 • Dejar un comentario

El sello Sportula nació como vía para la reimpresión bajo el sistema de microediciones de obras descatalogadas del escritor Rodolfo Martínez. En sus tres años y pico de andadura, el proyecto ha crecido, expándiendose al formato electrónico y anunciando en breve la salida de una antología de varios autores basada en el universo de Akasa-Puspa. Unas cosas llevan a otras y hay planes que acaban quedándose pequeños.

Todo esto quizás se inició con la publicación a finales de 2009 de “El adepto de la reina”, una novela inédita (que contó con una magnífica portada de Alejandro Terán, premio Ignotus de ilustración 2011) que lejos de profundizar en alguno de los universos previos del autor (el ciclo de Drímar, el de la Ciudad o los pastiches holmesianos) presentaba de sopetón un mundo, Érvinder, y un personaje, Yáxtor Brandan, con potencial para llegar tan o más lejos, poniendo bien de manifiesto que lo de Sportula, un experimento novedoso que más allá de la simple autoedición anticipa un modelo profesional de autogestión de activos literarios, iba muy en serio.

Luego el éxito o fracaso ya depende, como siempre de la calidad de la obra en cuestión, y “El adepto de la reina”, quitando de un par de detallitos que ya especificaré, la tiene sobrada, de ahí que ya hayan visto la luz dos relatos a modo de preludio (descargables gratuitamente desde la web de Sportula) y una secuela, “El jardín de la memoria”. En otras palabras, y parafraseando a la principal inspiración para la serie, hay algo seguro: Yáxtor Brandan will return.

Antes de comenzar con la reseña en sí, quisiera dejar constancia de que un detalle cuya significancia es imposible de medir. He abordado la serie en orden inverso de lectura (es decir, empezando por “El jardín de la memoria“). Este hecho, aun sin ser crucial (las historias son por completo independientes), ha mediatizado sin duda mi apreciación de ciertos detalles (el funcionamiento de los mensajeros, por ejemplo, que ya conocía), aunque también me ha permitido centrarme en otros, en particular en su protagonista absoluto: Yáxtor Brandan.

¿Que quién o qué es Yáxtor? Pues bien, la supervivencia exige sacrificios, y para Alboné, una antigua y orgullosa nación de Érvinder, eso puede significar el sacrificio de la humanidad de uno de sus adeptos empíricos, Yáxtor Brandan, para convertirlo en un arma perfectamente templada y afilada, despiadada como la hoja de un carnicero y a la vez precisa como el filo de un bisturí.

Respecto al escenario, Érvinder es un mundo secundario, imaginado a semejanza del nuestro en la época de la Guerra Fría (incluso con fuertes paralelismos históricos). La tecnología, sin embargo, es algo diferente, pues en Érvinder los hombres son capaces de utilizar mensajeros, que podrían describirse aunque no lo sean (¿o sí?) como nanobots. Estos mensajeros, que se originan en los bosqueoscuros (y por medio de sus “frutos”, los carneútiles), lo impregnan todo y pueden ser absorbidos y reprogramados por cualquier hombre (con una eficacia que depende de su aptitud natural y su entrenamiento) para realizar determinadas tareas, necesitando en ocasiones el concurso de palabras impronunciables.

¿Es pues el mundo de los adeptos ciencia ficción? Difícil cuestión, y bastante irrelevante también. Por aclarar mi posición, por su enfoque yo prefiero verlo como fantasía cientifista (algo así como magia sujeta a reglas naturales, aunque no sean nuestras reglas naturales… lo cual, si lo pienso bien, suena muy parecido a “ciencia”). Un tipo particular de hibridación entre géneros, tan propia de los últimos años, cercana en espíritu, por ejemplo, al New Weird (como buena parte de la producción reciente de Rodolfo Martínez).

Lo que de verdad importa es el tono, aventurero, deudor, como el propio autor reconoce, de Robert E. Howard, de los creadores de “24″ y, sobre todo, de Ian Fleming, porque Yáxtor Brandan no oculta su parentesco con Bond, James Bond, el Bond implacable, el asesino sin remordimientos que en la gran pantalla han reflejado sobre todo Sean Connery y ahora Daniel Craig. El autómata con un único objetivo en mente: el éxito de la misión, servir a Inglaterra (o Albione) y a la reina (en cualquier de sus encarnaciones).

El peligro inmediato en el caso de “El adepto de la reina” proviene de una amenaza terrorista. Un grupo innominado (cuyos integrantes pasan más adelante a ser conocidos como espectros) ha robado un racimo de bombas de malas noticias (el equivalente ervinderano a la bomba atómica, un ingenio que destruye todos los mensajeros de un área, colapsando con ello un modo de vida adaptado durante milenios a su presencia) y amenaza con hacerlas explotar en las principales ciudades, sin importar que pertenezcan al Pacto o al Martillo de Dios (los dos grupos hegemónicos).

Y es justo por ese tipo de disyuntivas por las que es necesario un hombre como Yáxtor; un lobo solitario, apenas domesticado aunque con una lealtad inquebrantable hacia su país y su reina; un arma que puede ser apuntada pero nunca dirigida… y de cuyos métodos cuanto menos se sepa, mejor.

Seguir las andanzas del adepto constituye todo un reto. Yáxtor traspasa de largo los límites del antihéroe para adentrarse en un territorio más gris. Muchas de sus acciones son cuestionables, cuando no directamente monstruosas. Tan sólo lo “redimen” dos detalles. Primero, que en su escala de prioridades antepone siempre el deber patriótico a las motivaciones personales (aunque posee cierta facilidad para compaginar ambos objetivos). Segundo, que él mismo es en cierto modo una víctima, o cuanto menos podría ser considerado un tullido emocional.

De hecho, el principal atractivo de la novela no radica tanto en la trama, que peca de formulismo (al fin y al cabo, es una aventura jamesbondiana) y cierto grado de desarticulación, como en el escrutinio del protagonista. Yáxtor Brandan es un exótico insecto bajo la lupa, fascinante y al mismo tiempo vagamente amenazador (sólo vagamente porque sabemos que no puede escapar de las páginas del libro; porque no puede, ¿verdad?).

Había anticipado un par de detalles subóptimos. El primero acabo de mencionarlo: los distintos bloques narrativos no terminan de encajar con suavidad. Existen algunas elipsis desconcertantes. En especial destacaría la transición entre la primera y la segunda parte, donde acontecen ciertos hechos importantes que a la postre deben sernos referidos de segundas. El segundo está relacionado con uno de los puntos fuertes del libro: los mensajeros. Rodolfo Martínez abusa un poco de ellos, utilizándolos como una especie de comodín para sacar a Yáxtor de cualquier situación (cuestión que corrije en “El jardín de la memoria”).

Este último pecadillo, sin embargo, lleva consigo su propia redención, pues es a través de las reacciones de una de las “víctimas” de los mensajeros de Yáxtor como podemos llegar a entender mejor al propio adepto. Reflejado en ese espejo, lo vemos como herramienta “inocente” antes que como ente dotado de voluntad. Si cabe repartir culpas, deben recalar en quienes lo forjaron y lo dirigieron. Sus acciones, reprobables aunque quizás necesarias, son responsabilidad de sus amos.

Eso sí, Yáxtor Brandan no es una simple marioneta. Ahí radica el interés del personaje. El adepto es consciente de su situación, tantea los límites de su jaula, verifica que tal vez podría liberarse y finalmente acepta ser aquello en que lo han convertido. ¿Si el esclavo realiza sus tareas voluntariamente sigue siendo esclavo? ¿Si el inocente se aprovecha de su inocencia para actuar sin remordimientos sigue siendo inocente? ¿Si el fin justifica los medios ser mediador de la voluntad de otros resulta justificable?

Son preguntas complejas que difícilmente pueden encontrar respuesta en un solo libro. Por fortuna, parece que tenemos Yáxtor Brandan para rato.

Agradezco a Sportula el envío de un ejemplar de “El adepto de la reina” para su reseña en Rescepto.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Fantabulario: (U) – Universos ficticios

•enero 25, 2012 • Dejar un comentario

Todavía falta una entrega de la Cifilogenia, pero, mientras reuno fuerzas para abordarla, no es cuestión de descuidar la serie temática de este año: el Fantabulario.

¿De qué irá esta nueva sección-de-nombre-ridículo-en-Rescepto? En esencia, es algo parecido al repaso a la ciencia ficción de la temporada previa, aunque centrada principalmente hacia la fantasía y con un enfoque diferente. Mientras que la Cifilogenia echaba un vistazo cronológico a la evolución del género, con el Fantabulario el énfasis recaerá en los conceptos (sin que ello sea óbice para poder examinarlos en cada entrada desde una perspectiva temporal).

Nada mejor que un ejemplo para explicar todo esto, así que, sin más preámbulos, os dejo con la primera entrega del Fantabulario, que está dedicada a la U de “Universos ficticios”.

Un universo ficticio es todo escenario coherente, distinto de nuestra realidad, que se utilice como trasfondo de una historia. Esta definición, a decir verdad, sería aplicable en mayor o menor grado a cualquier ficción, así que suele reservarse el apelativo para escenarios que cumplan los siguientes requisitos:

  • diferir de forma significativa de la realidad
  • presentar cierto cierto grado de complejidad
  • y preferiblemente servir de sustrato a varias obras relacionadas

Por extensión, se denomina igualmente universo al conjunto de relaciones interpersonales y hechos ficticios, así como a las reglas de coherencia interna, si estas difieren de las cotidianas, que van estableciéndose en el transcurso de un serial (con especial importancia en las series de televisión, donde también reciben el apelativo de “mitología”). Por su parte, en ciencia ficción, lo de “universo” adquiere en ocasiones un sentido muy literal, aunque, sometidos en mayor o menor grado a las restricciones de la ciencia, en realidad son más restrictivos (aunque se apliquen a una escala mayor). En esta entrada, por tanto, me circunscribiré a la literatura de fantasía, ámbito en el que quizás el concepto de “universo ficticio” alcance su máxima expresión.

La isla de Utopia

La necesidad de imaginar localizaciones imaginarias para las narraciones surgió hacia finales del siglo XIX (aunque existan ejemplos anteriores, el más notable la “Utopía” de Tomas Moro [1516]). Hasta entonces, cuando se precisaba una ubicación especial el autor se limitaba a buscar cualquier espacio en blanco en los mapas (bien fuera el interior de África, las selvas sudamericanas, los altiplanos asiáticos, las islas del Pacífico o los polos).

Durante la era victoriana las narraciones de aventuras estaban al orden del día, con los exploradores como el doctor David Livingstone o Henry Stanley convertidos en héroes nacionales. En pleno auge del colonialismo, los autores británicos que pasaron un tiempo en los dominios de ultramar (Henry Rider Haggard, Rudyard Kipling) bebieron la magia de lo desconocido (que en realidad empezaba a secarse) y, al regresar a casa, la vertieron en sus escritos. Haggard en particular puede considerarse el iniciador del subgénero del “imperio perdido”, con ignotos reinos negros (“Las minas del rey Salomón”, “El Pueblo de la Bruma”, “Ella”), una ciudad de descendientos de Macedonios en plena África negra (“Allan Quatermain”) o teocracias en el altiplano tibetano (“Ayesha: el retorno de Ella”)

Barsoom según “El señor de la guerra de Marte”

En esta corriente se inscribirían también obras como “El mundo perdido”, de Arthur Conan Doyle o la serie de Tarzán, de Edgar Rice Burroughs. El problema radicaba en que cada vez resultaba más difícil encontrar espacios vírgenes en los mapas, e incluso éstos se antojaban demasiado prosaicos para dar libertad a la imaginación. De ahí que el propio Burroughs buscara localizaciones más inaccesibles y exóticas, como la isla Caspak, cerca de la Antártida (escenario de “La tierra olvidada por el tiempo” y sus secuelas), el interior hueco de la Tierra de la serie de Pellucidar (la misma solución encontrada por Abraham Merrit para “El estanque de la Luna“; influenciados ambos sin duda por “Viaje al centro de la Tierra” de Verne) o ya directamente en otros planetas, como Marte (Barsoom) o Venus (Antor).

Sin abandonar la superficie del planeta, las regiones aisladas e ignotas como el reino de Oz (escenario de diecisiete novelas entre 1900 y 1921, que pasó de sugerir una ubicación en medio de los desiertos del medioeste norteamericano a una isla desconocida del Pácifico) fueron perdiendo terreno en favor de entremezclar realidad y ficción, siendo paradigmático el caso de la región del Miskatonic, también conocida como Lovecraft’s Country, que se ubicaría en Nueva Inglaterra, extendida entre los imaginarios vértices marcados por Dunwich, Innsmouth y Arkham.

La Tierra de OZ

Por regla general, sin embargo, la realidad planteaba demasiadas restricciones, así que se imponía ir buscando soluciones más creativas para no constreñir la imaginación (sin necesidad de derivar hacia la ciencia ficción, aunque por aquel entonces la distinción era poco clara).

En esencia, tres fueron las estrategias empleadas:

Primero, situar la acción en un tiempo muy anterior o muy posterior al actual (con inspiración, las más de las veces, extraída de las enseñanzas teosóficas). Así pues, Robert Ervin Howard, tras probar con distintos períodos y localizaciones pseudohistóricas (incluyendo el África misteriosa en su serie sobre Solomon Kane), imaginó dos grandes escenarios precataclísmicos (anteriores a la historia escrita y separados de nuestra era por sendos desastres que arrasaron con cualquier rastro de civilización, devolviendo al hombre a las cavernas). Se trata de las eras de Kull (hace alrededor de 20.000 años, con los poderes hegemónicos de la Atlántida y Lemuria) y Conan (al final de la era Hiboria, unos 10.000 años atrás). Por su parte, Clark Ashton Smith miró tanto hacia el pasado (ciclo de Hiperbórea) como al lejanísimo futuro (ciclo de Zothique). Con períodos de tiempo tan extensos, hasta los propios continentes difieren de los actuales, aunque las civilizaciones en sí guardan sospechosos parecidos con culturas e incluso naciones históricas.

La Tierra en la Era Hiboria

Segundo, apelar a un mundo mágico coexistente con nuestra realidad cotidiana aunque sólo accesible a los iniciados (el reino de Faerie). Así pues, desde “Puck, de la colina de Pook” (Rudyard Kipling, 1906), hasta “La espada rota” (Paul Anderson, 1954), pasando por “La hija del rey del País de los Elfos” (Lord Dunsany, 1924), tenemos toda una tradición de literatura feérica, que bebe directamente de la mitología y los cuentos clásicos para presentar una realidad mágica bajo la superficie de lo cotidiano.

Tercero, crear de cero un mundo imaginario, sin relación alguna con el nuestro o siquiera con nuestra realidad, proporcionando por tanto la máxima libertad posible. Encontramos ejemplos tan tempranos como “La serpiente Uroboros”, de E. R. Edison (1922), aunque la verdadera madurez le llega en 1954, con la publicación de “El Señor de los Anillos” (que se basa en un mundo cuyo origen y mitología se remonta a 1925, año de que datan los primeros esbozos de “El Silmarillion”, y que ya fue utilizado en su Tercera Edad para ubicar “El hobbit” en 1937). Es lo que Tolkien bautizó como “mundo secundario” por ser una subcreación, basada en la creación original que es nuestro mundo primario.

El oeste de la Tierra Media

La influencia avasalladora de “El Señor de los Anillos” ha hecho que desde entonces los mundos secundarios se hayan erigido en la opción casi monopolística (acompañados por toda la parafernalia: mapas, lenguas, historia, mitología, bestiario…). Ya sea para franquicias, series o incluso libros aislados, la presentación de un mundo original y atractivo (aunque el requisito de originalidad no siempre se satisface) se ha convertido en una exigencia, cuya desatención puede condenar a la obra.

La complejidad de la tarea y el hecho de que en 300/600 páginas no se agote todo un mundo (tanto desde el punto de vista del escritor, que necesita “amortizar” el trabajo, como del lector, que idealmente se queda con ganas de saber más), ha llevado a la proliferación de sagas, n-alogías e incluso universos compartidos, que se dan cuando varios autores ambientan sus novelas en el mismo mundo secundario. De ahí que surjan escenarios franquiciados, propiedad de una empresa, en general de juegos de rol, que contrata a escritores para ir sacando libro tras libro que desarrolle aspectos puntuales de alguno de sus universos (véase Dragonlance y Reinos Olvidados para TSR Inc. o Mundo de Tinieblas para White Wolf), y universos abiertos por el propio autor (o, más a menudo, sus herederos), para que cualquiera (o cualquiera que disponga de licencia) pueda escribir sobre ellos.

Faerûn, Reinos Olvidados

En cuanto a las otras dos opciones: a efectos prácticos la ubicación en un pasado o futuro lejanísimo se haya en desuso, pero el mundo mágico oculto está viviendo un segundo período de esplendor… en una variante respecto al Faerie clásico. En su encarnación moderna, el mundo como escenario físico es único (aunque puedan existir enclaves mágicos secretos). Sin embargo, la realidad cotidiana esconde bajo su superficie todo un conjunto de eventos, criaturas y tramas de índole fantástica, ignotas para los no iniciados aunque no necesariamente existentes en un plano diferente (véanse las sagas de Harry Potter o Harry Dresden). Como subgénero de éste, tendríamos también las narraciones de historia mágica oculta, que reinterpretan eventos del pasado asumiendo la intromisión de elementos fantásticos (aquí el autor de referencia sería sin duda Tim Powers).

En esta entrega del Fantabulario: Universo Ficticio, Imperio Perdido, Faerie, Mundo Mágico Oculto, Mundo secundario, Universo abierto, Historia Mágica Oculta.

La maldición Silach

•enero 21, 2012 • 2 comentarios

La segunda entrega de la saga de La Horda del Diablo, de Antonio Martín Morales, titulada “La maldición de Silach”, arranca aproximadamente un año después de cuando terminó la aventura narrada en “La caza del nigromante“. Se trata de una narración más madura, tanto desde un punto de vista estilístico (enlazando con los últimos capítulos y el preludio de la anterior) como temático, en el sentido de que es consciente de su naturaleza como episodio de un todo mayor, de modo que trabaja no sólo para contar su historia, sino para integrarla dentro de lo que podríamos llamar el Universo de la Horda (vocación también presente en cierta medida en “La caza del nigromante”, aunque allí se percibía la carencia de marco de referencia bien estructurado).

Remo, el protagonista principal, regresa a Venteria tras su otra infructuosa búsqueda de su desaparecida esposa Lania justo a tiempo para embarcarse en una nueva aventura. Resulta que Sala, en el interín, ha conocido y se ha prometido con Patrio, el heredero de Lord Véleron, uno de los nobles más poderosos del este de Vestigia, con tan mala fortuna que el joven es secuestrado por unos misteriosos atacantes a los que todos los indicios señalan como soldados nurales. Dadas las precarias relaciones diplomáticas entre ambos reinos, el apoyo del rey Tendón a cualquier expedición de rescate no pude ser muy directo, así que es el propio Lord Véleron quien se encarga de equipar y mandar un grupo de hombres… de los que un mes después nada se sabe.

La aparición del antiguo maestre de la Horda es providencial, pues ya se está preparando un segundo grupo, del que formará parte Sala, así como sus antiguos compañeros Trento y Lorkum. Grupo al que a regañadientes acaba integrándose Remo. La empresa se complica con el descubrimiento de que los atacantes parecen haber resucitado una antigua maldición, la de los silach, que transforma a los hombres en bestias salvajes a la menor herida.

La novela se centra entonces en las visicitudes de la expedición, a través de bosques y montañas cuajados de peligros (incluyendo la adición de los férgulos, una especie de árboles depredadores, al bestiario particular de la serie), con especial hincapié en las tensas relaciones que se establecen entre Remo y el grupo de jóvenes nobles sumados a la expedición, en particular Rílmor, el mejor amigo de Patrio. Tampoco su trato con Sala atraviesa un buen momento, por lo que el guerrero va quedando aislado tras la separación de Trento y Lorkum del grupo.

A todo ello se le suma un nuevo elemento de preocupación. En el transcurso de una refriega menor, Remo recibe una herida que no sólo le condena a padecer la maldición Silach en algún impredecible momento futuro, sino que le impide hacer uso de los poderes curativos de su gema mágica, so pena de acelerar la irrevocable transformación. A partir de ahí, con la entrada en Nuralia y el descubrimiento de quién se encuentra tras el secuestro, todo empieza a ir cuesta abajo.

La novela se articula en torno a tres ejes de dispar importancia. Por un lado, está la línea que podríamos etiquetar de espada y brujería pura, y que describe las incidencias de la empresa así como la lucha de Remo contra la maldición que lo va consumiendo. En paralelo, nos encontramos con una trama de búsqueda de conocimiento (sobre el origen y posible solución del mal) por parte de Lorkum, que asume una estructura iniciática clásica, aunque un tanto resumida, que se intercala y complementa a la interior (y que sirve además para ir plantando semillas que germinarán y se desrrollarán durante el resto de la saga). Por último, como viene siendo habitual en la fantasía juvenil reciente, se escenifica un desencuentro amoroso (que no llega a triángulo por la falta de desarrollo del tercer vértice, que tanto podría personificarse en Lania como en Patrio, o fusionar a ambos en un poco relevante “el otro”) entre Remo y Sala.

De estas tres subtramas, la más interesante y la que sostiene la historia es la primera, alcanzando por momentos cotas realmente altas de intensidad. En ella queda de manifiesto la inquebrantable voluntad de Remo, puesta a prueba entre otros coflictos por una vuelta de tuerca al dilema que supone el uso de la gema mágica. Socavando uno de los pilares de la ambigua relación que mantiene el guerrero con la fuente de su poder, Antonio Martín logra revigorizarla, añadiendo nuevas ramificaciones. Despojado de su comodín, Remo tiene ocasión de demostrar (al lector sobre todo, ya que el propio personaje no está muy convencido de ello) que lo importante no es el arma mágica, sino el hombre que la empuña.

En cuanto al resto, las peripecias de Lorkum proporcionan cambios de ritmo bien recibidos (aunque quizás la distribución de los capítulos no acabe de antojarse óptima). Las pruebas a las que se enfrenta, sin llegar a sorprender por su ingenio, cumplen bien su función. En realidad, es más que probable que la auténtica importancia de lo que le acontece no se muestre hasta posteriores entregas de la Saga.

El conflicto amoroso, sin embargo, no me ha resultado muy interesante. Ya lo comentaba en mi crítica a “La caza del nigromante” y aquí he de reafirmarme: Sala, como personaje, se encuentra a mucha distancia de Remo (tanto en complejidad como en verosimilitud), de ahí que su relación carezca de equilibrio. El conflicto no me cuadra filosóficamente en la historia, que por otra parte se ciñe con gran maestría a las líneas maestras de la espada y brujería clásica (algo así como introducir un enredo victoriano en una historia de romanos). Ante la amargura, casi cinismo, de Remo, Sala se presenta de una ingenuidad incongruente (habida cuenta además de su historial personal). Aunque a la postre, cuando por fin decide dejarse de tonterías y tomar decisiones, se redime un tanto, el camino recorrido no es demasiado atractivo.

Hay que tener en cuenta, eso sí, que el público objetivo de “La Horda del Diablo” no es precisamente el mismo al que servía el subgénero en sus inicios, así que alguna que otra concesión podría ser de menester (tan sólo lo lamento desde mi perspectiva lectora).

La Horda del Diablo se afianza en esta segunda entrega, construyendo sobre las virtudes y puliendo algunas de las carencias (achacables a la inexperiencia) de “La caza del nigromante”. Por su parte, Remo se va configurando como un gran personaje, definido sobre todo por su humanidad, incluso en pleno proceso de transformación en bestia. En otras palabras, él impone su voluntad sobre el entorno en vez de dejar que éste lo defina. Ésa, en definitiva, es la esencia de la espada y brujería.

Como en la entrega anterior, el volumen se completa con un breve relato a modo de preludio, “Las llamas del pasado”, que ayuda a definir el personaje de Remo narrando un episodio clave de su niñez (y, sobre todo, cómo lo supera ya adulto).

Agradezco a Everest el envío de un ejemplar de “La maldición Silach” para su reseña en Rescepto.

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Jitanjáfora: Desencanto

•enero 16, 2012 • Dejar un comentario

Cinco años median entre la publicación de “Jitanjáfora“, una visión satírica de la típica historia del rito de paso mágico, el despertar al mundo sobrenatural del elegido de turno, y de su secuela, llegada hace unas semanas a las librerías. Se trata de un proyecto para cuya concreción debían superarse más trampas de lo que pudiera parecer a primera vista. Con todo su cinismo, con todo su espíritu iconoclasta y desmitificador, lo cierto es que el viaje iniciático de Conrado Marchele, “don Nadie”, acababa revestido de un anticarisma carismático (por utilizar terminología extraída de la novela). En otras palabras, la magia racional acaba resultando tan fascinante como la clásica, y a la postre lo que importa es el efecto final, por lo que cualquier continuación corría el peligro de acabar transformada justo en aquello que subvertía. Se imponía pues una purga de magia (ya fuera racional o no), un desencanto.

La acción de la nueva novela de Sergio Parra arranca justo donde lo dejó su predecesora. Licenciados de la escuela de magia de Salzburzgo, Conrado y Umami, ya hechiceros de seis espiras, acometen su primera misión en territorio enemigo, acompañados por su compañero Figueredo y Chad, un adolescente no iniciado (una cucaracha), utilizado para completar la fachada de familia prototípica (con tío retrasado). El escenario de la aventura es el lugar más terrorrífico imaginable: un suburbio residencial en las afueras de Charlottesville, Virginia, reducto de las buenas costumbres, la moral y el estilo de vida americano.

Su objetivo: descubrir los pormenores de un plan maestro, el Huevo de Pascua, diseñado para conferir una ventaja decisiva a sus adversarios, cuyos agentes podrían hallarse mimetizados entre los amistosos (¿demasiado amistosos, quizás?) vecinos, preparados para aprovechar el menor descuido para destruir el brote de mala hierba sembrado subrepticiamente en su jardín.

Claro que en el mundo de la magia racional hay más que hechiceros del bien y del mal. Están las brujas, por ejemplo, o los duendes islandeses, una horda de artistas locos, polininfómanos y parabólicos. Por no hablar de elementos aún más peculiares, como Uriel, criado en completo aislamiento en una fortaleza marina abandonada de la Segunda Guerra Mundial hasta que un marremoto destruyó su Mundo y lo lanzó a las costas británicas en 1987.

Todos estos elementos, de alguna manera, se amalgamarán hasta forzar a Conrado más allá de la máxima temperación (al transmágico reino de las trece espiras) en su destrucción del club Jitanjáfora de Corfú y el asesinato de todos los magos y monstruos de su escuela de magia.

La novela se estructura en tres bloques, acotados entre un prólogo y un epílogo contextualizadores. Cada parte posee su propias características, lo cual ofrece variedad, aunque también, por sus marcadas diferencias, afecta un poco a la percepción unitaria del conjunto. La primera, que detalla los pormenores de la misión en Virginia, retrotrae a las historias de espías de la guerra fría, con especial énfasis en resaltar sus ambigüedades, tanto morales (qué es el bien, qué es el mal) como factuales (quién es agente, quién es inocente, ¿sabe que yo sé que el sabe que yo lo sé?). De igual modo, a otro nivel, destapa las miserias e hipocresías de un barrio bien, rascando por debajo de su superficie o, dicho de otro modo, arrancándole la careta de paraíso (o iniferno, según preferencias estéticas) artificial (siendo el desenmascaramiento uno de los subtemas recurrentes de la novela).

El siguiente bloque pivota en torno a una escena de acción (si el anterior podría equipararse a una novela de John Le Carré, aquí nos tropezaríamos con una peli de Bruce Willis, o mejor, con la escena final de “Sr. y Sra. Smith”), donde la magia racional, tan meticulosamente diseccionada en el libro anterior, se nos muestra en todo su esplendor. Cabe señalar, sin embargo, que caso de desconocer sus fundamentos, la narración encajaría a la perfección con un enfrentamiento mágico “clásico”. Cualquiera de las dos lecturas sería factible, aunque invita sobre todo a integrar ambas interpretaciones, forzando hasta el extremo una suerte de revindicación de la magia racional, como tan molona, independientemente de su fundamento, como cualquier sortilegio abracadabrante.

Al fin y al cabo, es justo darle una oportunidad de lucirse al máximo antes de destruirla, pues el desencanto se escenifica en el tercer bloque, donde surge la pregunta clave: ¿Para qué?

Conrado Marchele se ve obligado a custionárselo todo: el objetivo de los conflictos mágicos en que se ha visto involucrado, la obligatoriedad de escoger bando, la necesidad de ir avanzando, espira a espira, por la senda de la hechicería y al final, incluso, su propia esencia. Como se indica en la primera frase de la contraportada: “Es hora de madurar: la magia no existe, y se acabó lo de jugar a hechiceros”.

Se acabaron las caretas, las justificaciones. Todo queda reducido a satisfacer una emoción muy poco temperada y renunciar al poder para recuperar un control sobre su vida que, en realidad, nunca tuvo la oportunidad de ejercer. No hay elegido porque no hay causa. Los opuestos se asemejan y de todas formas, al final, resultan irrelevantes. Se cierra por completo el círculo. La magia no existe. Para lo que de verdad importa, ni siquiera la racional tiene mucho que ofrecer.

Me dejo en el tintero muchas reflexiones. La novela es densa, ambiciosa (quizás llegue incluso a resultar puntualmente hipertensa, con alguna que otra explicación de más; aunque es discupable en medio de una celebración del exceso), con múltiples recovecos donde recrearse. Más irónica, además, que su predecesora, lo cual ya tiene mérito, aunque quizás (y de forma lógica) se resienta un poco por desgaste del factor sorpresa. Una gran continuación, en definitiva, que no se limita a regodearse en los viejos laureles, sino que amplía, matiza y reinterpreta, para mantener igual de cortante el filo de la crítica.

Agradezco a Grupo Editorial AJEC el envío de un ejemplar de “Jitanjáfora: Desencanto” para su reseña en Rescepto.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Cinco lobitos

•enero 11, 2012 • 14 comentarios

Rescepto Indablog cumple hoy un lustro.

Allá en el 2007, cuando publiqué la primera entrada un 11 de enero, la vida media de un blog se situaba en 463,7 días (quince meses y medio) Ver Fuente. En otras palabras, Rescepto está cerca (a un mes) de cuadruplicar su esperanza de vida al nacer (aunque por entonces desconocía el dato). Desde entonces, los blogs han perdido mucho protagonismo, así que supongo que haber alcanzado esta efeméride constituye un pequeño milagro.

Con ésta, serán 642 entradas, de las cuales 137 corresponden al 2011 (una cada 2,66 días, aunque también un 10% menos que el año anterior). De ellas, dos tercios (92) corresponden a reseñas de libros, con medio centenar exacto dedicadas a obras de autor español. Esto ha sido posible en gran medida gracias a Grupo Editorial AJEC, Dolmen, NGCFicción!, Everest, Saco de Huesos, Sportula, Equipo Sirius, Mira, Nalvay , OQO y Salto de Página, que me han remitido ejemplares de prensa (están ordenadas primero por número de títulos y a igual contribución alfabéticamente). Es un motivo de orgullo, porque nunca pido ningún ejemplar para su reseña, sino que me limito a aceptar lo que me envían las editoriales por propia iniciativa o a instancias de los autores.

Respecto a las palabras empleadas, se han situado un poco por encima de las 152.000 (más de 1100 por entrada, unas 460 páginas-tipo). Que no se diga que pierdo verborrea. Destacaría, aparte de las reseñas, mi repaso a la historia de la ciencia ficción, la Cifilogenia, con diez entregas a lo largo del año y una pendiente para completar el proyecto. Aún no estoy cien por ciento seguro de con qué la sustituiré este año. Básicamente, tengo dos propuestas sobre la mesa (que tampoco son mutuamente excluyentes). Por un lado, un repaso detallado a diversos conceptos de la literatura fantástica (que podría llamarse Fantabulario o Fantaclopedia). Por otro, una reseña en varias entregas, agrupada por ciclos narrativos, de la Saga de los Aznar (lo cual me daría la excusa perfecta para releérmela, que desde que la completé no he tenido ocasión de hacerlo). Veremos, veremos…

Por supuesto, como el 2012 será año de publicaciones emplearé también varias entradas en promocionar mis criaturitas, con especial énfasis en las novelas de fantasía “La forja del picto” (NGCFicción!) y “Le ley del trueno” (Grupo Editorial AJEC). A tal efecto, es posible que cree también una página de autor en Facebook (aun no estoy preparado para activar una página personal).

Hablando de interacciones sociales… Aunque soy (y Rescepto lo es por extensión) lo más parecido a un autista que pulula por Internet, las redes sociales jugaron su papel durante el 2011. La página de Rescepto en Facebook cuenta a día de hoy con 59 seguidores (no está mal, supongo, para el casi nulo esfuerzo promocional), mientras que en Twitter la cifra se queda en 9 (no me extraña). A esto (aunque cierto solapamiento es inevitable), habría que añadir los 17 suscriptores a través del sistema de avisos de WordPress y 7 en Feedburner. Son número modestos, pero no podría estar más satisfecho de todos y cada uno de ellos. Muchísimas gracias.

Por último, cabría hacer una mención al número de visitas, que se han situado para el 2011 en 79.488, esquivando por muy poquito la recesión después de un crecimiento del 46% en el 2010. Lo cierto es que de no ser por una semana loca en octubre (que registró, sin que haya podido más que conjeturar el motivo, casi 800 entradas diarias de media, con un pico el día 19 de 1192), las visitas hubieran caído por debajo del nivel del año anterior. A ver si este año (que no empieza muy bien), la cosa remonta (en todos los sentidos), y se superan las 218 visitas diarias de media, que hay que seguir marcando hitos…

Como por ejemplo las 250.000 visitas totales, que se alcazaron hace tres días.

Muchísimas gracias, por esas 250.000 razones para seguir bogando hacia el sexto aniversario.

Cumpleaños anteriores:

Mecanoscrit del Segon Origen

•enero 10, 2012 • 6 comentarios

La novela de ciencia ficción española más vendida de todos los tiempos fue escrita y publicada originalmente en catalán en 1974. Obra de Manuel de Pedrolo, el “Mecanoscrit del Segon Origen” (“Mecanoscrito del Segundo Origen”) formó parte de una colección de literatura juvenil de Edicions 62 y pronto ingresó en el circuito escolar, como uno de los libros preferidos como lectura obligatoria en Cataluña. Su popularidad y aceptación lo han mantenido en dicha posición privilegiada desde entonces, con múltiples ediciones que contabilizan por encima del millón de ejemplares vendidos. Disponible también en castellano desde 1984, es un clásico indiscutible del género fantástico nacional, que dio origen a una miniserie producida por TV3 en 1985 y tiene prevista una adaptación cinematográfica para este mismo año.

Antes de pasar a la crítica en sí, me gustaría señalar que, aunque escriba la reseña en castellano (que es el idioma del blog), he leido la historia en versión original, de ahí que sea el título catalán el que identifica la entrada.

La historia se enmarca en el género postapocalíptico, protagonizada por dos jóvenes, Alba, de catorce años al inicio de la historia, y Dídac, de nueve, únicos supervivientes de un ataque extraterrestre que mata a todos los seres humanos, junto con el resto de mamíferos, y derruye los edificios de más de un piso. Protegidos por una barrera de agua al estar sumergidos en una poza durante el cataclismo, los jóvenes emergen a un mundo cambiado, un enorme cementerio en ruinas, entre cuyos restos se ven obligados a protagonizar un nuevo comienzo, a fundar una nueva cultura libre de prejuicios.

La novela sigue su evolución a lo largo de cinco años (ocupando cada uno de ellos un “cuaderno”), documentando sus esfuerzos por sobrevivir y explorar, tanto su nuevo entorno como la relación que se establece entre ambos, mientras se desplazan de los alrededores de Beanura, su pueblo natal, a las ruinas de Barcelona y de ahí en una pequeña expedición de cabotaje por el Mediterrano occidental, recalando de nuevo en los alrededores de la malograda Barcelona para establecer un hogar permanente.

En este aspecto, el “Mecanoscrito del Segundo Origen” tiene poco de novedoso que ofrecer a una temática presente en la ciencia ficción desde 1826 (con la novela “El último hombre”, de Mary Shelley). De hecho, es posible que la inspiración para su escritura proviniera directamente de “El día de los trífidos”, de John Wyndham (1951), traducida al catalán en 1966 por Edicions 62 en la misma colección donde aparecería años después el Mecanoscrit. Alba y Dídac no construyen nada. Se limitan a saquear los restos de la civilización devastada (empeñándose, eso sí, en salvar el máximo posible de conocimientos, con un gran apego a los libros). La meticulosidad descriptiva tampoco es el fuerte del libro, que se contenta con pasar por encima de los acontecimientos con cierto distanciamiento, tanto procedimental (escaso detalle en las acciones) como emocional (sin que ni la soledad ni la tragedia personal de familiares y amigos merezca más que unos breves párrafos).

Su historia cobra relevancia a otro nivel, uno metafórico que invita a reinterpretar la historia como una narración mítica, donde Alba y Dídac dejan de ser personajes para transformarse en casi arquetipos (en particular Alba, cuya personalidad ahoga la de su más joven compañero en su papel múltiple de madre sustituta, instructora, compañera y finalmente amante). El propio estilo refuerza esta lectura, con la obra estructurada en unos trescientos segmentos de unos tres párrafos por término medio (sin incluir los compuestos por breves diálogos), comenzados todos ellos por la conjunción “Y”.

Con ello la obra adquiere una cualidad casi bíblica (una suerte de nuevo Génesis), que eleva las vivencias de la joven pareja al nivel de Mito de Creación (o reCreación). Resulta, además, un rasgo subversivo, que ejemplifica la ruptura con la vieja cultura a través de la trasgresión reiterada de una de las recomendaciones más enfáticas de los manuales de estilo (“Y nunca comenzar con conjunción”).

Porque si por algo destaca la historia es por su empeño en tomar la catástrofe como una oportunidad para hacer tabula rasa y construir una sociedad sin vicios como el racismo (Alba es blanca, mientras que Dídac es negro), los tabús sexuales (algo llevado al extremo en su final) o la religión (un tema abordado con cierto tacto y no pocos circunloquios, posiblemente con el propósito de esquivar la censura franquista, aún activa en 1974).

El “Mecanoscrit del Segon Origen” ejemplifica la destrucción del mundo preexistente y la edificación sobre sus ruinas de uno nuevo, con nuevas reglas, por parte de una juventud libre de todo tipo de control (aunque no así de responsabilidades), lo cual tal vez explique la fascinación que ha ejercido sobre varias generaciones de adolescentes. Desde una perspectiva más cínica (vamos, la mía, que lo he leído con al menos veinte años de retraso), no deja de presentar importantes carencias, tanto de desarrollo lógico (el esfuerzo dedicado a la supervivencia es mínimo y las habilidades técnicas de Alba y Dídac no se corresponden con su edad y supuestos conocimientos previos) como filosófico (la frialdad de los protagonistas, Alba en particular, ante la tragedia y su rechazo sistemático a la idea de buscar otros supervivientes, decisión refrendada artificialmente por el autor a base de la inclusión de un par de pésimos encuentros, bordean la sociopatía).

Quizás sea un error interpretar la historia de forma demasiado literal. La novela se presenta como un mito moderno (desenterrado en un lejano futuro, siete milenios después de la catástrofe). Un rito de madurez por el que una “noia de catorze anys, verge y bruna” (una “chica de catorce años, virgen y morena”) pasa a ser una “dona de divuit anys, bruna y prenyada” (una “mujer de dieciocho años, morena y embarazada”) y, de igual modo, quizás una sociedad adolescente dé paso a otra adulta (de la cual se ofrecen atisbos en el postfacio y que, sin ser perfecta, se muestra más responsable en temas como la proliferación de armas de destrucción masiva).

Desde una perspectiva especulativa, la encuentro muy lejos de obras cumbres del subgénero como “La tierra permanece” o “Soy leyenda”, e incluso diría que como novela de ciencia ficción es bastante normalita. Pero no son esos los parámetros bajo los que cabe enjuiciarla. El “Mecanoscrito del Segundo Origen” trasciende sus etiquetas (no sólo “ciencia ficción”, sino también “juvenil”), apelando a un impulso más primario: el anhelo de renovación (que, sin duda, es muy propio de la juventud y encuentra terreno fértil en la ciencia ficción). Quizás por ello, casi cuarenta años después de su escritura, en un contexto sociopolítico e incluso cultural muy diferente, mantiene su estatus como libro iniciático y fuente de inspiración.

Otras opiniones:

Cifi audiovisual, añada de 2011

•enero 8, 2012 • 7 comentarios

Durante el año pasado he tenido muy abandonados los medios audiovisuales en el blog. Lo cierto es que me había cansado de escribir críticas negativas y, además, en la mayor parte de los casos no encontraba nada que me motivara a realizar un análisis con cierta profundidad (que, al fin y al cabo, es lo que me interesa). Sea como fuere, el caso es que la faceta literaria se ha apropiado del blog, y es previsible que la situación se mantenga invariable en el futuro.

Pese a todo, aun escasas, ha habido buenas muestras de producción fantástica en el cine y, sobre todo, en la televisión. Así que, sin llegar a dar marcha atrás en la evolución natural de Rescepto Indablog, he pensado en dedicar una entrada a realizar un breve repaso al año que fue por lo que respecta a la ciencia ficción en los medios audiovisuales.

No va a ser algo exahustivo, ni mucho menos, pues para ello debería haberlo visto todo (algo imposible). Ni siquiera voy a ser muy estricto con los límites temporales. Se trata tan sólo de ofrecer un puñado de recomendaciones en un año que no se ha caracterizado precisamente por satisfacer adecuadamente las necesidades del aficionado a la ciencia ficción. A ver si el 2012 nos ofrece más orígenes del Planeta de los Simios y menos Transformers…

Vale, ya se me ha escapado la primera. “El origen del Planeta de los Simios”, toda una sorpresa, tanto a nivel técnico (habrá que seguir de cerca la carrera del director, Rubert Wyatt) como argumental (alguna que otra incoherencia menor, fruto de la necesidad de mantener el metraje en valores aceptables sin descuidar ni la historia ni el sustrato filosófico). Como ya hablé de esta película en su momento (quizás en “Valor añadido“, la única entrada dedicada al cine el año pasado), me remito a ella. Lo que me permite dirigir la vista a un título mucho más minoritario, que pasó casi desapercibido por las pantallas (la distribuidora cometió el grave error de planificar para ella el patrón de explotación del cine de autor; lo cual hasta cierto punto es, pero…). Me refiero a “Attack the block”, de Joe Cornish.

En un año que no ha sido racano por lo que respecta a invasiones alienígenas a cual más anodina (“Invasión a la Tierra”, “Transformers 3″, “Cowboys contra aliens”, “Falling skies”…), esta pequeña película británica reduce la escala, se atreve a meter algo de comentario social y se sobrepone con desparpajo a una disponibilidad de medios reducida (por describirlo de alguna manera).

Quedándonos en su superficie, trata de una pandilla de delincuentes juveniles de un barrio marginal londinense enfrentados a una horda de bestias extraterrestres (puntos extra para el diseñador) que, por algún motivo (se explica, no tiene mucho sentido, pero se explica), les han cogido manía. Rascando un poco, sin embargo, se percibe una actitud subversiva, ya no antisistema, sino directamente parasistema. Los chavales ni esperan ni buscan ayuda de unas autoridades municipales y un gobierno que ni los representa ni los proteje. Es la ley de la selva (versión urbana), donde te puedes apoyar en la lealtad personal y poco más. La rebelión no se expresa por oposición, sino mediante la negativa a entrar en el sistema. Si hay solución, debe nacer de uno mismo (vamos, igualito que buscar subvenciones). Se podrá triunfar o fracasar, se tendrá un comportamiento ejemplar o no, pero el responsable primero y último, para lo bueno y para lo malo, es uno mismo.

Además, la peli dispara el molómetro. ¿Qué más se puede pedir?

Para continuar con el repaso me veo obligado a abandonar el cine (un año realmente malo… a nivel paródico estaría quizás “Paul”, pero ha habido una desesperante falta de chicha) y buscar refugio en la tabla de salvación de los últimos años: la televisión. Sólo que tampoco se puede decir que hayamos disfrutado de una cosecha excepcional (por cantidad).

Por no emplear de buenas a primeras la artillería pesada, comentaría una agradable anomalía. En general, las series van perdiendo frescura con el paso de las temporadas (digamos que “Almacén 13″ sigue siendo entretenidilla pero tuvo suerte de ser renovada antes de que la audiencia se desplomara ante la falta de novedad), así que resulta extraño que una cuarta temporada suba el listón, como ha ocurrido con “Eureka” (sí, la cuarta temporada se estrenó en EE.UU. en el 2010, pero es una de las que veo dobladas… como “Chuck”, que gana horrores en castellano).

El arco argumental unificador de la primera mitad de la cuarta temporada tiene que ver con viajes en el tiempo (unos 70 años) y cambios en la realidad. Un tema tan manido como difícil de abordar con éxito. Sin embargo, desde el capítulo inaugural, “El Día de los Fundadores”, ya es posible percibir que alguien con las ideas muy claras está detrás de la revigorización de la serie (abordada antes de hacerse evidente su necesidad, lo cual es también digno de encomio). Durante los siguientes capítulos, “Eureka” retoma su naturaleza episódica, aunque las ideas plantadas en el 4×01 germinan y van desarrollándose hasta completar el círculo en el 4×09, sin que ello suponga un retorno al estadio inicial, sino sólo la estabilización de los cambios. Así se hace.

El único “problema” es que “Eureka”, aun abordando ideas meritorias y de calado nada despreciable, posee cierto tono pulp y una orientación lúdica que no termina de satisfacer todas las necesidades del aficionado profesional de ciencia ficción (sí, eso existe). La verdad es que desde la cancelación de “Caprica” la ciencia ficción conceptualmente dura estaba ausente de la televisión… Hasta el regreso triunfal de “Futurama”.

De nuevo, he aquí una serie que evito en versión original (aunque sólo sea por Bender), así que me limito a la primera parte de la sexta temporada, emitida originalmente en 2010 pero doblada al castellano en el 2011.

La espera ha sido dolorosa (cinco años entre el final de la cuarta temporada y las películas), pero desde luego le ha sentado bien a la serie. Supongo que el cambio de FOX a Comedy Central tiene parte de la culpa, pues Groening ha tenido la libertad necesaria para subir el nivel de causticidad, con una serie de episodios extraordinarios. Al igual que con “Eureka”, se puede afirmar que la última tanda de episodios (me refiero a los últimos vistos por mí) es la mejor.

Ya no es sólo lo punzante de la crítica en episodios como “El ataque de la aplicación mortal”  (¡Eye-phone!), sino la calidad especulativa de otros como “Los finales de Fry” (¿y si una máquina del tiempo sólo viajara hacia el futuro?) o “Un origen de mecanismo” (otro misil contra los creacionistas inspirado por el cuento clásico de Anatoli Dneprov “Los cangrejos caminan sobre la isla”). Con mantener el nivel hubiera sido suficiente, pero no, “Futurama” se supera a sí misma. Ya estoy deseando hincarle el diente a los trece episodios que completan la temporada… y a los veintiséis de la ya aprobada séptima.

Por último, cuando parecía que el año no iba a dar más de sí (dejando “Los finales de Fry” como la mejor muestra de ciencia ficción audiovisual de 2011), llegó de Inglaterra (cómo no) una miniserie de esas que se sacan de la manga como por arte de magia: “Black mirror”, creada por Charlie Brooker (que ya sorprendió con la excelente “Dead set”).

Son tres capítulos de una hora, sin la menor relación argumental entre ellos. El nexo de unión es filosófico. Las tres historias tratan, en clave de ciencia ficción (más o menos evidente), sobre el impacto de la revolución informativa en nuestras vidas (el título hace referencia a las pantallas apagadas de televisores, teléfonos, pads, reproductores MP3….). Quizás la primera entrega, “The National Athem”, con su agresiva premisa (la princesa ha sido secuestrada y para su liberación la única exigencia es que el Primer Ministro aparezca en directo en la televisión manteniendo relaciones sexuales con un cerdo) haya recibido mayor atención, pero son las dos siguientes, “15 million merits” y “The entire history of you”, las que de verdad sitúan la serie en el panteón de la mejor ciencia ficción audiovisual producida en los últimos años.

Particularmente, “15 million merits” nos presenta, a través de una ambientación distópica extraordinaria, una sátira demoledora sobre la fama, la autenticidad, los valores y su prostitución por medio del filtro de la televisión. Tanto las interpretaciones como el diseño de producción, el montaje o la música son de destacar, pero es la historia, minimalista pero con una enorme complejidad subyacente, la que se lleva la palma. Absolutamente imprescindible.

Venga, 2012, supéralo.

El Tablero de Yidana

•enero 6, 2012 • 2 comentarios

Si alguien piensa que en fantasía épica está todo dicho y sólo queda reutilizar los viejos esquemas una y otra vez, revestidos con ropajes más o menos nuevos, tendría que leer “El Tablero de Yidana”, de Jordi Biosca, y replantearse (cuanto menos en parte) su opinión.

Los esquemas articulados y llevados a su cumbre por Tolkien y fijados como modelo por la fantasía franquiciada de los años 80 presentan una serie de características inmediatamente reconocibles: el viaje (que puede ser tanto físico como espiritual) del héroe (o grupo de héroes), el enfrentamiento de absolutos (el bien contra el mal en sus orígenes y de ahí a opuestos más ambiguos a instancias del posmodernismo, aunque no por ello menos antitéticos), la inspiración en la mitología germánica y nórdica, con fuerte influencia del concepto anglosajón de faerie, y una ambientación medievaloide. Bajo esta burda descripción puede ampararse buena parte de la fantasía escrita en los últimos sesenta años, con buena parte del resto (fantasía urbana, new weird, fantasía histórica…) fuertemente influenciada por ella. Por supuesto, donde su reinado es casi absoluto es en el subgénero que los angloparlantes denominan High Fantasy, y que aquí traducimos como Fantasía Épica.

Pues bien, “El Tablero de Yidana”, aunque no pueda parecerlo al principio. Nos invita a olvidarnos de modelos previos para poder asimilar el mundo de Arane, las complejas reglas que lo rigen y la historia que nos narra.

Resulta difícil ofrecer una sinopsis que tenga sentido y que no propicie faltas interpretaciones. Arane está dividida en siete continentes, cada uno bajo la protección de un dios y regido por un avatar suyo, las auronias, encarnado en un animal (y, en un caso, un árbol) semidivino. Los continentes están aislados ya que los océanos son infranqueables salvo para individuos muy específicos y en caso de guerra, y en ellos habitan humanos y ciertas razas híbridas, servidores todos ellos de su auronia natal.

Bueno, en realidad hay dos excepciones. Por un lado el Tárbota, el continente central, hogar exclusivo de los dioses y sus ángeles. Por otro Mén-Hu, la Celda, donde desde hace dos milenios duerme el dios Urburu, condenado por sus iguales por haberse dedicado a una antigua y poderosa magia que hubiera podido alterar Arane para siempre. Las seis deidades restantes se dedican a jugar al Yidana, una especie de ajedrez a varias bandas, sufriendo los mortales las visicitudes de las partidas (las invasiones se autorizan de acuerdo con las incidencias del juego). Sin embargo, algo más importante se pone sobre la mesa con cada envite. Urburu sueña en Mén-Hu con volver a ocupar su trono en la sala del Tablero y por todo Arane se mueven las Piezas, humanos depositarios de almas extirpadas como castigo a ángeles, cuyas acciones, dictadas por los dioses, complementan las estrategias de estos en el Yidana.

Claro que con todo esto no he empezado sino a esbozar el mundo imaginado por Jordi Biosca. El libro emplea toda la primera parte, más de doscientas páginas, en ir desvelando la estructura subyacente a Arane. Existe, por ejemplo, algo llamado “limpieza de almas”, un proceso por el que un humano o híbrido deja de estar ligado a una auronia determinada para pasar a depender de otra. Más o menos lo que experimenta el lector mientras va aprendiendo las peculiaridades de “El Tablero de Yidana” y se desintoxica de preconcepciones fruto de la lectura de decenas de clones.

Para empezar, la mitología Araniana muestra unas raíces mucho más próximas a nuestra cultura. El panteón del Táborta evoca al olímpico, hibridado con elementos judeocristianos, en particular las jerarquías angélicas y el mito del ángel caído. Ojo, hablo de inspiración, no de copia. Incluso se da el caso de emplear estos referentes para fomentar malinterpretaciones (de las que no diré nada más, pues afectan directamente al desarrollo de la trama).

Tampoco los “héroes” son típicos. Su misma denominación, “piezas”, ya da una pista sobre lo que podemos esperar de ellos. Su importancia individual es escasa. Son peones de un gran juego, y el hecho de que alguno de ellos pueda convertirse en el elemento crucial para determinar el destino de la partida no le confiere de partida más relevancia que cualquier otro. Así pues, “El Tablero de Yidana” es una auténtica novela-río, en la que el protagonismo va saltando a instancia de los acontecimientos de personaje en personaje en el transcurso de décadas.

Esta circunstancia, que aporta impredicibilidad, también merma en cierto sentido su interés. En no pocas ocasiones se encuentran tan mediatizados por lo que los dioses esperan de ellos que su libertad individual (y con ello su personalidad) se resiente un poco. La necesidad de abarcar un lapso temporal grande y un escenario no menos amplio provoca además que a menudo su evolución personal transcurra fuera de escena, lo que añade dificultad a la tarea de empatizar con ellos, imprescindible para vivir la historia a través de sus ojos (a título particular, echo un poco en falta en ellos, el poso rebelde de los héroes griegos, que serían quizás su referente más directo).

Otra posible fuente de insatisfacción de la novela reside en que su propia originalidad obliga a cargar las tintas en las secciones expositivas. En esencia, tenemos que aprenderlo todo desde casi cero, y ello conlleva un coste que debe pagar el ritmo. Eso sí, cuando por fin confluyen las líneas el resultado es  apoteósico y no defrauda en absoluto (aunque de nuevo la complejidad narrativa, en este caso por la implicación de siete voluntades en la configuración de los acontecimientos, obliga a recurrir en parte a las explicaciones directas).

“El Tablero de Yidana” es una novela a paladear con tranquilidad, dejándola definirse a su ritmo. Resulta imposible no ir comparándola paso a paso con lo que ya conocemos, pero eso no es malo. Ahí mismo radica su capacidad de sorprender, subvirtiendo expectativas. Ah, y muy importante, la partida se cierra por completo con la última página (subversión, decía).

Agradezco a Grupo Editorial AJEC el envío de un ejemplar de “El Tablero de Yidana” para su reseña en Rescepto.

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El monstruo en mí

•diciembre 29, 2011 • 2 comentarios

La desaparición súbita a partir del 2005 de todas las revistas fantásticas más o menos profesionales (prozine sería su clasificación en mercados más asentados) supuso un durísimo golpe para el cuento. La etapa de los fanzines en papel había pasado y los e-zines, por el momento, no han conseguido rellenar el hueco. En estas circunstancias, la efervescencia creativa derivó hacia los foros de internet (que también han perdido mucho ímpetu en los últimos años, pero ése es otro tema), un medio entre cuyas ventajas se cuenta el intercambio fluido e inmediato de opiniones, pero en el que por contra el espíritu crítico (serio) suele brillar por su ausencia.

Nos encontramos pues con toda una generación de nuevos autores bregados en un medio difícil, que si bien favorece hasta cierto punto la génesis de antologías colectivas (gracias a que pone en contacto directo previo a los participantes, e incluso asegura hasta un mínimo de promoción), dificulta en extremo el salto en solitario. La misma parcelación que posibilita el reconocimiento de nombre en grupos reducidos, lo perjudica a la escala algo superior en que se mueve la viabilidad económica de un proyecto editorial (aun en formato de microedición). Por añadidura, existe un fortísimo sesgo hacia el relato breve e hiperbreve (por debajo de 1.500 palabras), con lo que las posibilidades de romper mano con las estructuras más elaboradas que requieren los cuentos de mayor extensión (que al final son los que construyen antologías) se reducen (incluso a nivel de premios se refuerza la tendencia, con la desaparición de algunos certámenes veteranos y la proliferación de concursos online).

En estas circunstancias, no es de extrañar que el único punto de luz para el cuento fantástico brille en el campo del terror, donde iniciativas como la revista (semiprozine) Calabazas en el Trastero o las ya canceladas selecciones de Horror Hispano han servido de plataforma para dirigir los esfuerzos hacia narraciones más ambiciosas de lo que suele ser la norma en los foros.

En cualquier caso, el camino sigue siendo muy, muy difícil, repleto de trampas y obstáculos suficientes para desanimar al más pintado (por no hablar de cómodos nichos donde plantarse si no se aspira a llegar a más; lo cual es una opción perfectamente válida). Así que el salto en solitario al circuito profesional supone una pequeña hazaña en sí mismo y, usualmente, una recompensa a años de esfuerzo.

Todo lo cual nos lleva por fin a “El monstruo en mí”, el núcleo central de esta entrada y la primera antología (profesional) del escritor José Ignacio Becerrilo Polo (NachoB en los foros), publicada por Saco de Huesos Ediciones en su colección A sangre.

Se trata de nueve narraciones, orientadas hacia el terror (o, como se impulsa desde la editorial, el género fosco). El libro se articula en torno a tres relatos largos (pese a anunciarse como novelas cortas, me da la impresión que no llegan al límite más o menos consensuado de 17.500 palabras, aunque el último debe andar cerca), que además suponen los puntos fuertes tanto desde una perspectiva temática como estilística. Esto le proporciona un andamiaje estructural sólido, por lo que ya sólo necesitaba un enfoque bien definido para conformar una antología de las que me gustan, con carácter propio.

No hace falta ir muy lejos para descubrirlo. El título ya adelanta con claridad algunos de los ejes temáticos de la antología, pues “El monstruo en mí” examina con meticulosidad la monstruosidad, pero no como un elemento estático, sino dúctil, ambiguo, sujeto a interpretación y a metamorfosis. La monstruosidad no como un absoluto, sino como un estado al que se puede acceder (o del que se puede huir), bien sea mediante un acto de voluntad o por culpa de las circunstancias o el azar. Sin absolutos tampoco hay seguridades. El monstruo puede acechar en cualquier lugar (incluso en nuestro interior, como apunta el título, aunque tampoco carga las tintas en exceso en esa posibilidad).

Otra característica destacada de los relatos es el interés por escapar de la previsibilidad. Si bien los planteamientos suelen ser poco novedosos, la evolución de los mismos los reconduce a nuevos territorios, generalmente con suavidad, sin recurrir al socorrido giro brusco final, concediendo espacio al nuevo paradigma para hacer suyo el cuento.

En cuanto al estilo, se nota trabajado, con una prosa muy pulida. Faltaría por definir, quizás, una voz propia, así como aportar algo de variabilidad al conjunto (cambiando más la voz narrativa, incluyendo algo más de diálogo…). Los textos largos, en particular (sobre todo el primero, “Ciudad inhabitada”, y el último, “El hombre que soñaba con mariposas”), se hubieran podido beneficiar de algo más de variación en la tensión expositiva. A veces, para construir un buen crescendo climático es necesario levantar con anterioridad un poco el pie del acelerador (sobre todo a nivel de recursos estilísticos). En cualquier caso, ello no es impedimento para que se erijan en los puntos fuertes de la antología, gracias a sus intrigantes planteamientos y sus meticulosos desarrollos (que hacen gala del afán innovador que comentaba antes).

Desmarco el cuento largo central, “Casa ocupada”, pues se destaca sobre el resto, aunando tanto las virtudes de los textos extensos como la intensidad de los más breves. Todavía un poco aspero en los bordes, constituye un magnífico aporte a la tradición de casas encantadas, logrando introducir en un escenario en apariencia trillado una imaginería tan rica como malsana. Con motivo de la publicación de la antología, el autor me solicitó unas líneas precisamente sobre este cuento para incluirlas en el blog de “El monstruo en mí”. Si queréis, podéis visitarlo para comprobar mis impresiones cuando no había leído absolutamente nada más del libro (y, de paso, lo que han escrito otros compañeros del resto de cuentos).

Agradezco a Sacos de Huesos el envío de un ejemplar de “El monstruo en mí” para su reseña en Rescepto.

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Nervios

•diciembre 27, 2011 • 2 comentarios

Para retomar el ritmo del blog, antes de continuar con las reseñas contemporáneas, me gustaría analizar un caso curioso, el historial de publicación de “Nervios”, de Lester del Rey, con el afán de examinar la importancia del contexto temporal en la valoración de las historias de ciencia ficción.

Antes, sin embargo, tendría que presentar someramente al autor, que aparece por primera vez en el blog. Lester del Rey (o Ramón Felipe San Juan Mario Silvio Enrico Smith Heartcourt-Brace Sierra y Álvarez del Rey y de los Uerdes, como llegó a afirmar llamarse, aunque la realidad es que al nacer sus padres le impusieron el más prosaico Leonard Knapp) fue un escritor cuya carrera arrancó en los albores de la Edad de Oro, de la mano, como tantos otros, de John W. Campbell. Su mayor contribución al género, sin embargo, llegaría (tras una etapa en los 50 dedicada a la ciencia ficción juvenil) décadas después, en su faceta de editor.

En 1977, ya bien bregado en la dirección de revistas, se hizo cargo junto con su cuarta esposa, Judy-Lynn del Rey (a decir verdad, ella era la editora principal), de la división de ciencia ficción y fantasía de la editorial Ballantine, el sello Del Rey Books, que le sobrevivió y sigue en activo hoy en día como uno de los más importantes que haya tenido el género (la lista de grandes autores publicados es interminable). A pesar de su longevidad profesional (supo adaptarse sin problemas cada vez que soplaron los vientos del cambio en el género) y sus veintisiete novelas (y once antologías), Del Rey es recordado principalmente por su labor editorial, quizás por carecer de una gran obra definitoria.

“Nervios” (“Nerves”), desde luego, no puede aspirar a tal posición, aunque probó ser una historia popular en su primera encarnación. Pero mejor vayamos por partes.

La historia cuenta los pormenores de un accidente nuclear en una factoría de isótopos superpesados, ubicada junto a la ficticia ciudad de Kimberly, que amenaza con acabar en una catástrofe de alcance imprevisible. La peculiaridad es que los acontecimientos se nos muestran principalmente desde la perspectiva parcial (aunque también cercana) del médico principal del complejo, Roger Ferrel, quien deberá exprimir al máximo sus energías y habilidades, así como las de su equipo, para proporcionar al director Palmer una oportunidad de recuperar el control de sus reactores (aplicándose en particular en la cura de Jorgenson, el ingeniero jefe, gravemente herido en la explosión inicial y quizás el único capaz de encontrar una solución antes de que se desate el apocalipsis).

De la historia destacaría sobre todo su preocupación por mantener los pies en tierra en todo momento, cediendo el protagonismo a profesionales dedicados antes que a héroes de folletín. Ferrel, por ejemplo, duda, bordea el colapso nervioso (y fisiológico), lucha contra las adversidades sin recurrir a otras armas que su habilidad, sus conocimientos y su obstinación, y asume sin estridencias el papel de líder del pequeño segmento que constituye el área médica dentro del organismo mayor de la central.

El resto de personajes están delineados con similar intención. Hubiera sido muy fácil, por ejemplo, convertir al director Palmer en un avaricioso chupatintas, preocupado únicamente por el coste económico del desastre, pero Del Rey lo trata con mucha mayor ecuanimidad, humano tanto en sus aciertos como en su errores (sí, es más cómodo disponer de alguien a quien odiar y a quien poder echarle las culpas de todo, pero la realidad casi nunca puede retratarse en blancos y negros puros).

En esencia, “Nervios” es la narración de un grupo de expertos de diversos campos sometidos a las exigencias de una situación límite. Todo ello ante el trasfondo de la industria nuclear.

Todo bien por ahora. ¿Verdad?

Las cosas empiezan a complicarse cuando le echamos un vistazo a los detalles técnicos y las fechas de composición.

La primera versión de “Nervios” consistió en un novela corta (de las extensas) publicada en el número de septiembre de 1942 de Astounding Science and Fiction (la revista de Campbell). Por aquel entonces, la investigación atómica estaba en pañales (y, en general, amparada por la más estricta calificación de secreto). Por no existir, ni siquiera habían terminado de construirse los principales enclaves del Proyecto Manhattan (tales como Oak Ridge o Los Alamos) y faltaban dos años y medio para la primera explosión nuclear de prueba. En realidad, apenas un millar de personas en EE. UU., según estimaciones de los servicios de seguridad, estaban al tanto hacia 1945 de que se estaban investigación las aplicaciones militares de la energía atómica (los nazis tenía su propio programa, el proyecto Uranium, que no llegó a fructificar antes de la derrota alemana).

La inspiración para la novela corta, por tanto, debió provenir de lo que se filtraba al público en general de las investigaciones del Laboratorio de Radiación de Berkeley, donde en 1940 se aislaron los primeros elementos transuránicos: el neptunio y el plutonio. No es de extrañar, por tanto, que cuando toca analizar los fundamentos científicos de “Nervios” nos encontremos con un montón de vaguedades, errores de interpretación (tanto del autor como de los propios científicos de la época) y especulaciones mal dirigidas (aunque había suficiente información para que en 1944 el FBI investigará a Cleve Cartmill, un escritor de ciencia ficción que, haciendo uso de información pública, describió a grandes rasgos en un relato, “Deadline”, el funcionamiento de una bomba como la que estaba siendo diseñada por el equipo del Proyecto Manhattan).

Así pues, en la factoría fictica de Del Rey, mientras se disponen a elaborar el isótopo 173 (que se usará como pesticida), una reacción imprevista origina el investable isótopo superpesado R, que en el plazo de pocas horas decaerá inevitablemente hasta el isótopo de Mahler, desencadenando una cataclísmica explosión en cadena. Ítem más, en el escenario descrito el principal daño de la radioactividad se produce por el calor (que afecta a los tejidos nerviosos) y limpiando el organismo de residuos radioactivos (lo cual puede ser problemático, pero no imposible), se soluciona el problema (aunque luego toque bregar con los daños ocasionados).

En otras palabras, los desarrollos especulativos conforman un auténtico sinsentido… que para 1942 era más que aceptable.

Pasan los años (y las reimpresiones). Llega 1956. Tras la guerra, la investigación en energía nuclear no se ha interrumpido. Es más, se han producido grandes presiones para reconducirla a fines pacíficos. En 1954 un reactor ruso había generado potencia eléctrica aprovechable y se había botado el primer buque propulsado por energía atómica, el submarino USS Nautilus. Ese mismo año entraba en funcionamiento la primera central nuclear destinada parcialmente a la producción de electricidad en Inglaterra (Calder Hall) y estaba en construcción en Pensilvania la que sería la primera central nuclear destinada exclusivamente a un uso civil (se inauguraría en 1957). Era el momento perfecto para recuperar aquella vieja novela corta sobre los peligros de las plantas de investación atómica… justo cuando había varias poblaciones a punto de despertar con unas inmensas torres de refrigeración a la vista y la polémica andaba servida.

Así pues, Del Rey retomó su relato, lo alargó (un poquito, tampoco es que el resultado final sea un tocho, ni mucho menos) y lo publicó como novela. De pasó aprovechó sin duda para actulizarlo un tanto (sospecho que con referencias más precisas a las investigaciones de Glenn Seaborg sobre elementos transuránicos, con especial mención a la teórica isla de estabilidad entre los elementos ultrapesados, que aún no ha sido alcanzada). En cualquier caso, no varió significativamente toda la historia del isótopo R y el isótopo de Mahler… que por entonces ya no tenía ni pies ni cabeza (aunque lo de que algo nuclear podía petar de mala manera estaba sin duda muy presente entre la ciudadanía).

Cabría preguntarnos, ante este ejemplo, hasta qué punto es necesaria la veracidad científica. Sí, los detalles no concuerdan, pero… ¿no sigue presente acaso la posibilidad de un accidente? ¿No serían catastróficas las consecuencias para la población civil? ¿No se enfrentarían los profesionales al mismo caos informativo y a la falta de asideros firmes ante una situación novedosa que podría superarlos? Si difuminamos los detalles, es posible establecer paralelismos entre la ficción de Del Rey y los desastres reales de Three Miles Island, Chernóbil o Fukushima.

Cierto, el autor hubiera podido adaptar la historia a los nuevos conocimientos, pero o no supo o no lo consideró necesario. Como consecuencia, el interés del texto se resiente (al fin y al cabo, el lector medio de ciencia ficción suele estar bastante al tanto de los últimos avances… y nada cambia más rápido que una disciplina científica en sus primeros estadios de desarrollo).

Sin duda, parte del problema reside en las exigencias que suscita un título que se nos vende como nuevo. Podemos admitir el decadente Barsoom de Burroughs porque sabemos que la serie se inició en 1912 (y concluyó en 1943). Incluso admitiremos su adaptación cinematográfica (prevista para este año que se nos viene encima), pues contextualizamos lo que nos narra. Muy distinto, sin embargo, sería hacernos tragar un concepto similar por parte de una narración moderna (sin ánimo nostálgico o paródico). “Nervios” se presentó como novedad con unos fundamentos científicos obsoletos.

Aún existe otra actualización, completada en 1976 (que es la que toma como base la edición de Martínez Roca de 1980), pero hacía falta una remodelación muy profunda para ponerla al día. Sería, sin duda, interesante analizar en detalle los cambios entre versiones (por si hay alguien interesado, Edhasa publicó en su colección Nebulae la novela corta original el año 1957, en una antología titulada precisamente “Nervios”), pero si tuviera que aventurar una opinión (en base a la impresión que produce la lectura de la versión “definitiva”), me da que los aditamentos no logran modernizar la historia y posiblemente afecten de algún modo al ritmo de la misma.

Tal vez si Lester del Rey hubiera hecho mayor hincapié en los dilemas morales de la investigación nuclear (apenas se nos presenta la opinión de los pronucleares, con los anti- tildados de fanáticos intolerantes, sin que siquiera la posibilidad de la catástrofe plantee en las mentes de los implicados un cambio en su valoración de los riesgos/beneficios de esa tecnología), o hubiera abordado en la remodelación los peligros a largo plazo de la radioactividad (para 1956 ya se sabía bastante del tema como para que la ausencia resulte flagrante), la historia hubiera trascendido su contexto tecnológico para presentar una aplicabilidad atemporal. Tal y como llegó a las librerías, sin embargo, “Nervios” carga sin ayuda con un pesado fardo, que para muchos estropeará la satisfacción de la lectura.

De todo esto se puede extraer sin duda una moraleja: las historias de ciencia ficción son producto de su tiempo. Lo cual no implica que no puedan leerse, disfrutarse e incluso encontrar aplicabilidad décadas después. Lo que no funciona es el maquillaje. Una historia de 1942, con vestiduras de 1965 (y quizás algún complemento de 1976), no transmite veracidad, y esa esquiva virtud subjetiva es más importante incluso que la más escrupulosa exactitud científica.

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