El último unicornio

•agosto 11, 2014 • Dejar un comentario

En 1968, en pleno resurgir del interés por la fantasía en EE.UU. a raíz de la publicación en 1965 de la primera edición oficial de “El Señor de los Anillos”, Peter S. Beagle publicó su segunda novela, “El último unicornio”, que poco a poco se convirtió en uno de los principales títulos de la fantasía estadounidense, con su fama como clásico cimentada en 1982 con la producción de su adaptación animada por parte de Rankin/Bass (con guión del propio autor, después de que en 1978 firmara el de la adaptación de “El Señor de los Anillos” de Ralph Bakshi).

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La novela narra la búsqueda de una unicornio de los miembros de su especie, desaparecidos al parecer del mundo desde mucho antes. Con tal propósito abandona su bosque y, tras una serie de encuentros (con una mariposa, con la feria de rarezas de Mamá Fortuna y un grupo de bandoleros), acaba en compañía de Schmendrick, un mago inepto, y Molly Grue, una mujer que perdió sus esperanzas junto con su juventud, a la búsqueda del Toro Rojo, bajo el dominio del rey Haggard, responsables al parecer de la desaparición de los unicornios.

“El último unicornio” es pues un cuento de hadas, pero un cuento peculiar, en el que casi todos los personajes son conscientes de cuál es su papel o, mejor, de cuál debería ser, porque casi todos se quedan cortos y saben que no dan la talla. Así, tenemos las ilusiones que Mamá Fortuna hace pasar por auténticas maravillas (unas ilusiones necesarias incluso para resaltar a los ojos de la gente lo auténticamente maravilloso) o la incapacidad de Schmendrick para dominar la magia (hasta el punto de no alcanzar siquiera a transformar la leche en mantequilla), por no hablar de los bandoleros del Capitán Cully, tristes aspirantes de emular a Robin Hood y sus alegres compañeros. El más desengañado de todos, sin embargo es el rey Haggard, un personaje amargado, a cuyos ojos todo gozo acaba transformándose en cenizas. Un antagonista más trágico que malvado.

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Contra todo ello lucha la unicornio. Su búsqueda es en pos de restaurar la magia, de vencer al desengaño, en pos, por tanto, de la esperanza, y ello es lo que hace que se le unan Molly y Schmendrick, cada uno con sus propias aspiraciones, y también lo que impulsa al príncipe Lir, el hijo adoptivo de Haggard, a dejar atrás su vida indolente y transformarse en un héroe, por la esperanza de llamar la atención de aquello en lo que el mago se ve obligado a transformar a la unicornio cuando el Toro Rojo de prueba demasiado poderoso.

Beagle compuso un relato que oscila continuamente al borde de la alegoría, aunque logra mantenerse alejado de ella gracias a que los personajes son personajes antes que símbolos, y lo mismo puede decirse de las situaciones. Desde una perspectiva simbólica, podría comentarse que en él vertió toda la tradición medieval en torno al unicornio (su conexión con la pureza, su capacidad de sanar las heridas, incluso en cierta forma su representación simbólica del misterio de la encarnación de Cristo), llegando incluso a mencionar que los orígenes del mito cabe encontrarlos en el rinoceronte… pero al mismo tiempo la unicornio es real, tangible.

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Transita pues en todo momento en equilibrio sobre la línea que separa el mito, las esperanzas, de la realidad. Y si bien es cierto que la unicornio es real, también constituye un ideal inalcanzable. Al igual que los bandidos de Cully se lanzan tras la imagen, mayor que la vida misma, de Robin Hood invocada por Schmendrick (o por la magia incontrolada a través de él), ella busca a los suyos, y ayudarla o amarla supone no claudicar, no acomodarse en la rutina, sino aspirar a más, aunque el objetivo último sea imposible (cada uno de los personajes secundarios, el mago, Molly y Lir, mantienen una fe más o menos tambaleante y se enfrentan de forma dispar a la incertidumbre).

De igual modo, la unicornio, en virtud de la transformación que sufre, se hace más cercana. La esperanza absoluta que encarna se ve matizada por la mortalidad, por la aceptación de que hay empresas imposibles. Sólo entonces, una vez conocedora de sus propios límites, influida por ellos, consigue reunir las fuerzas necesarias para enfrentarse a ese otro absoluto que encarna el Toro Rojo, su antítesis.

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Tras muchos años negándose a ello, en 2005 Peter S. Beagle escribió una suerte de continuación (o conclusión) en forma de cuento largo, “Two hearts”, que recupera los principales personajes de “El último unicornio” y concede una conclusión a la historia del príncipe Lir. El relato obtuvo los premios Hugo y Nebula de su categoría. En 2011, al autor se le concedió en World Fantasy Award a toda una vida. En una encuesta de Locus en 1987 llegó a aparecer en quinta posición entre las mejores novelas de fantasía de la historia, aunque cuando se repitió la iniciativa en 1998 la obra quedó en decimoctava posición (lo cual quizás refleje mejor su estatus, sin la cercanía de la adaptación cinematográfica distorsionando el resultado).

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Vril, the power of the coming race (Vril, el poder de la raza venidera)

•agosto 9, 2014 • 5 comentarios

Uno de los escritores ingleses más populares del siglo XIX fue Sir Edward Bulwer-Lytton, quien entre 1820 y 1873 publicó numerosas novelas en varios géneros (histórico, romance, misterio, ocultismo y horror sobrenatural…) que se vendieron extraordinariamente bien y le reportaron fama y fortuna (pese a un estilo que hoy encontramos ampuloso y afectado). Estuvo además muy involucrado en política, en las filas del partido conservador, primero en la cámara de los comunes y luego, tras serle concedida una baronía en 1866, en la de los lores.

En 1871 publicó su penúltima novela, “The coming race”, una sátira política que, al mismo tiempo, constituye una de las muestras más interesantes de la ciencia ficción temprana inglesa, aunque su legado acabara haciéndose sentir más primero en los círculos teosóficos y más tarde en el esoterismo en general, con conexiones ficticias con el ocultismo nazi cuyos ecos distorsionados han llegado hasta el presente. Esta perspectiva hizo que en ulteriores ediciones el título pasara a ser ampliado a “Vril, the power of the coming race”, en honor del elemento más llamativo de la novela.

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La historia se inscribe en la tradición de la hipótesis de la Tierra Hueca, que tras múltiples inframundos imaginados por mitologías de todo el mundo, introdujo en el discurso científico nada menos que Edmond Halley en 1692, quien imaginó la Tierra como una sucesión de esferas huecas concéntricas, cada una con su propio campo magnético y una atmósfera interior luminosa que, al escapar por agujeros en los polos, daría origen a las aurora boreales. La idea fue recogida por diversos científicos y en 1818 un americano, John Cleves Symmes, popularizó el concepto (con una única esfera hueca) hasta el punto de que llegaron a planificarse expediciones financiadas por el gobierno estadounidense para buscar los orificios de entrada en los polos.

En la ficción, la idea pronto encontró arraigo, dando lugar a obras tan importantes como “La narración de Arthur Gordon Pym” (Edgar Allan Poe, 1838), “Viaje al centro de la Tierra” (Jules Verne, 1864) o ésta que nos ocupa, y a lo largo del siglo XX se convirtió en un tema muy requerido tanto por seudocientíficos de todo pelaje como por escritores fantásticos a la búsqueda de escenarios exóticos para sus historias (siendo quizás el caso más notable el de las novelas de Pellucidar de Edgar Rice Burroughs, a partir de 1914).

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El protagonista y narrador de la historia es un joven estadounidense, de familia acomodada e ingeniero de minas, que cierto día, supervisando una excavación, llega a través de una galería natural y tras sufrir un aparatoso accidente a una región iluminada artificialmente, donde habitan los Vril-ya, una raza de hombres cuyos antepasados fueron arrojados al interior de la Tierra por un cataclismo antediluviano y que en los siete milenios que mediaban entre aquel suceso y el presente habían desarrollado una civilización con rasgos similares a las utopías socialistas tan en boga en aquel tiempo, sustentada por el dominio de una fuerza cuasi milagrosa, el Vril.

Inspirada por los estudios sobre magnetismo animal (aunque marcando distancias con el posterior desarrollo del mesmerismo), Bulwer-Lytton imaginó un fluido electromagnético capaz de responder a la voluntad de los Vril-ya (gracias al desarrollo de un sistema nervioso especializado por un mecanismo de evolución lamarckiana). Esta fuerza, dirigida a través de unos instrumentos en forma de vara, les permite desde influir en los pensamientos y acciones de los seres vivos hasta controlar a distancia el movimiento de autómatas, pasando por conferirles la capacidad de volar por medio de unas alas artificiales (y un sistema que tiene más de levitación que de aleteo mecánico), iluminar sus hogares y animar multitud de aparatos (desde reproductores de música a incineradores).

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Intelectual y moralmente, los Vril-ya son muy superiores a los humanos de la superficie de la Tierra, cuyo estadio correspondería a la de las tribus más bárbaras del subsuelo, y las preconcepciones del protagonista chocan de continuo con la realidad “superior” de sus anfitriones (que lo consideran un poco por encima de un animalito curioso, salvo por un caso en el que me explayaré más adelante). Ahí entra de lleno la intencionalidad satírica… con unos dardos que, un siglo y pico después, se nos antojan casi todos desviados.

Así, por ejemplo, el conservador, y por entonces anciano (sesenta y siete años), Edward Bulwer-Lytton ataca duramente los intentos de democratización ingleses, a ejemplo de la república estadounidense, en un sistema de gobierno que califica en boca de los Vril-ya como Koom-posh, o el caos de la vulgaridad (sosteniendo que toman mejores decisiones unos pocos bien instruidos que una mayoría inculta). Por el contrario, la organización política de los Vril-ya, aun calificada de pasada como socialista, tiene más puntos en común con el ultralibertarismo individual (con puntos en común con la filosofía de Heinlein, hasta el punto de que la sociedad marciana de “Forastero en tierra extraña” guarda unos paralelismos que posiblemente sean más que una mera coincidencia con Vril… al igual que, ya que estamos, lo tiene la Fuerza del universo de la Guerra de las Galaxias con dicho fluido maravilloso). A la postre, sin embargo, la utopía (seudo)socialista de los Vril-ya acaba revelando elementos distópicos como un preocupante estancamiento intelectual y una ausencia de objetivos que la hacen muy poco atractiva para un capitalista convencido como el protagonista de la historia (y el propio autor).

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No acaban ahí los blancos de la crítica. Edward Bulwer-Lytton se permite también ridiculizar el darwinismo, proponiendo una teoría absurda según la cual algunos Vril-ya afirmaron en el lejano pasado descender de la rana (el posicionamiento final del autor parece ir más en el sentido de modificaciones evolutivas en especies creadas distintas). De igual modo, ataca a las sufragistas y similares movimientos de liberación femenina, invirtiendo los términos de dominancia en los Vril-ya, con unas mujeres más fuertes física e intelectualmente, lo cual lleva a una completa inversión de roles que se asume con absoluta convicción, por ser presuntamente el orden natural (al protagonista al principio le cuesta adaptarse, pero acaba viendo la lógica de toda la cuestión).

Prácticamente el único asunto en el que “acierta” es con la prédica de una tolerancia religiosa que se deje de tonterías superficiales y se solace en el teísmo subyacente, sin buscar en diferencias doctrinales motivos de conflicto.

El caso es que todos estos frentes se mantuvieron bien vivos durante décadas, con defensores de las posturas reaccionarias de Bulwer-Lytton que empleaban poco más o menos sus mismos argumentos para apoyar sus ideas. Eso sí, la opinión mayoritaria fue poco a poco decantándose en contra y, lo que es peor, los círculos ocultistas reinterpretaron a su gusto sus ideas especulativas (que no carecerían en modo alguno, si las reformuláramos con nomenclatura científica moderna, de una base razonablemente sólida), llevando el concepto del Vril al terreno de la superchería y oscureciendo la intención satírica original.

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Los primeros en hacerlo fueron los teosofistas, con Madame Blavatsky a la cabeza, que incorporaron a los Vril-ya a su particular historia oculta del mundo, convirtiendo al Vril en la panacea energética para civilizaciones hipotéticas como la atlante. Por ese camino entró en la historia esotérica, ganando fama de libro iniciático (al tiempo que perdía a pasos agigantados el favor del público en general). Para terminar de liarlo todo, en 1947 Willy Ley, un ingeniero de cohetes alemán exiliado desde 1937 en EE.UU., publicó en Astounding un artículo totalmente ficticio sobre presuntas locuras esotéricas nazis, en donde inventó a la Sociedad Vril, empeñada en localizar la misteriosa fuerza en el interior de la Tierra. A partir de entonces, el Vril entró a formar parte de la parafernalia ocultista nazi, como fuerza propuesta, por ejemplo, para la propulsión de sus supuestos platillos volantes (una conexión que se ha mantenido, generalmente a modo de broma, hasta asomar en producciones como las películas “Iron Sky” y “Nazis en el centro de la Tierra” o los juegos de la saga Wolfestein).

Hace unos párrafos comentaba que, en el modo de considerar al protagonista había un elemento discordante, y éste es el de la hija del magistrado que lo acoge, Zee, una inteligente (pertenece al Consejo de Sabios), hermosa y vigorosa Vril-ya que se enamora del inferior Tish (un modo despectivo de dirigirse al viajero)… lo cual supondría para éste la aniquilación con tal de preservar la pureza de la raza superior. Esta circunstancia lo obliga a huir para contar al mundo, muchos años después, la terrible amenaza que acecha desde las profundidades (pues el poder del Vril puede reducir sin esfuerzo cualquier ciudad a cenizas y la avanzada raza de los Vril-ya considerarían su obligación exterminar a los seudocivilizadas naciones Koom-Posh de la superficie).

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Lo menciono principalmente porque es muy posible que en estos desarrollos hallara inspiración una de las novelas fantásticas españolas más interesantes de los últimos tiempos: “Pandora en el Congo”, de Albert Sánchez Piñol (2005).

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La Tierra Moribunda

•agosto 5, 2014 • 4 comentarios

Jack Vance comenzó a publicar asiduamente en revistas de ciencia ficción, fantasía y misterio a partir de 1946. Curiosamente, su primera gran obra sería una recopilación de historias originales, nunca antes publicadas (aunque escritas entre 1943 y 1945, cuando el autor servía en la marina mercante durante la Segunda Guerra Mundial), que salió en 1950 bajo el título de “La Tierra Moribunda” (“The Dying Earth”), dando nombre de paso a un subgénero que llevaba dando vueltas al menos desde 1895, con los últimos capítulos de “La máquina del tiempo” de H.G. Wells.

El de la Tierra Moribunda es un escenario hipotético, ubicado miles de años (por lo menos) en el futuro, dominado por un Sol, característicamente rojo, en sus últimos estertores de muerte, que brilla sobre una Tierra agotada por un ciclo interminable de civilizaciones, en la que reductos de población superviviente se entregan a sus quehaceres bajo el peso del fatalismo, la desesperación o una despreocupación nihilista, según la inclinaciones estéticas del autor.

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Se trata de un motivo que nació entre finales del siglo xxi y principios del xx en el campo de la ciencia ficción, bajo premisas científicas como la muerte térmica del universo de Lord Kelvin u observaciones de Marte como las de Percival Lowell (popularizadas por Camille Flammarion). Así, aparte del ya mencionado episodio de Wells, tendríamos el clímax de “La casa en el límite” (1908), así como todo “El país de la noche” (1912), de William Hope Hogdson, o “La muerte de la Tierra” (1910) de J. H. Rosny Aîné.

En los años veinte y treinta, en medio de una búsqueda generalizada de escenarios exóticos para las fantasías pulp, y en parte a instancias de la filosofía teosófica, algunos autores se vieron atraídos hacia esos futuros decadentes, siendo quizás el ciclo más memorable el de Clark Ashton Smith y Zothique, el último continente.

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Vance retomaría este escenario, ya totalmente asimilado por la espada y brujería (aunque permitiendo por sus especiales características la intromisión de elementos futuristas), con una sensibilidad propia de su época. Es decir, menos filosófica que la exaltación de la barbarie de Robert E. Howard y también menos estética que el romanticismo tardío de Clark Ashton Smith, más en la línea de la picaresca introducida por Fritz Leiber con su saga de Fafhrd y el Ratonero Gris.

La Tierra Moribunda de Vance es un lugar de magia y decadencia, en la que los hombres viven solazándose en las ruinas de civilizaciones precedentes y en la que la magia está muy presente, aunque también resulta bastante limitada. Se estima que sólo un centenar de conjuros siguen siendo conocidos, aunque los magos más grandes apenas consiguen recopilar cincuenta o sesenta en toda una vida de estudio. Además, tienen la particularidad de que para utilizarlos deben memorizarlos, en un número máximo de tres a seis, según su complejidad, para olvidarlos en cuanto pronuncian las palabras que los activan, obligándolos a “recargarlos” (un “sistema” de magia que fue utilizado con posterioridad en múltiples juegos de rol).

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En cuanto a las aventuras que viven los moradores de este mundo al final de los tiempos, asumen a menudo el arquetipo de la búsqueda de algún conocimiento u objeto ancestral, por parte de personajes que pueden ser tanto positivos como decididamente negativos, aunque resulta preferible cierta ambigüedad moral. También resulta crucial para entender la idiosincrasia de los habitantes de la Tierra Moribunda el conocimiento generalizado de que el Sol puede extinguirse en cualquier momento, lo cual atempera tanto los anhelos como los remordimientos.

Los seis textos que componen “La Tierra Moribunda” presentan diversa longitud e interés. Los cuatro primeros cuentan diversas aventuras protagonizadas por magos, “Turjan de Miir” (buscando la ayuda del misterioso Pandelume, en su dimensión privada de Embelyon, para perfeccionar su arte en la creación de vida), “Marizian el Mago” (que a la vuelta de éste a Ascolais lo aprisiona y tortura para intentar extraerle ese mismo secreto), “T’sais” (una mujer, creación imperfecta de Pandelume, que pide viajar a la Tierra Moribunda para descubrir la belleza y el amor que su cerebro defectuoso le impide apreciar) y “Liane el Caminante” (un sinvergüenza sin escrúpulos al que la petición de una chica le lleva a morder bastante más de lo que puede masticar).

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Los dos relatos más largos dejan un poco más de lado la faceta mágica y abrazan de forma decidida el concepto del futurismo ancestral, con sendas búsquedas de saberes antiguos. La de “Ulan Dhor” en una lejana ciudad donde por cinco mil años se vive un enfrentamiento entre partidarios de dos dioses (inventados por los mismos habitantes para aliviar su aburrimiento), que presenta ecos de la aventura de Conan “Clavos rojos”… aunque introduciendo elementos de ciencia ficción (como las aceras deslizantes de Asimos) y con una perspectiva muchísimo más irónica; y la de “Guyal de Sfere”, un muchacho con tantas preguntas en la cabeza que sólo el mítico Conservador del Museo del Hombre sería capaz de contestarlas todas, y en su búsqueda que parte con un caballo, una tienda expansible, un cuchillo-linterna y la bendición de su padre (siempre y cuando se mantenga en el camino).

En conjunto, los seis cuentos (el último con longitud de novela corta) ofrecen un breve atisbo a un mundo bastante menos sombrío de lo que podría dar a entender el título general. Prima la aventura, con unos personajes que no son por completo héroes ni villanos, ambigüedad que se extienden al propio tono de las historias, que presentan todas en mayor o menor grado un barniz irónico, adoptado al parecer de la obra de James Branch Cabell (la Ascolais de Vance podría inspirarse en la Poictesme de Cabell… lo cual es indudable con su serie fantástica posterior de Lyonesse).

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Desde una perspectiva moderna los textos pecan a veces un poco de ingenuos, aunque la ligereza con que se escribieron y con la que aspiraban a ser leídos permite soslayar en gran medida esta circunstancia. “Ulan Dhor” en particular, pese a los prestamos evidentes que manifiesta, constituye una lectura de lo más entretenida (sin desmerecer, por ejemplo, la vuelta de tuerca de “Liane el Caminante” o algunos episodios de “Guyal de Sfere”).

La influencia de “La Tierra Moribunda” ha sido grande. Aparte, como ya he comentado, de bautizar el subgénero, constituye una inspiración directa y reconocida de obras tan importantes como la serie del Libro del Sol Nuevo de Gene Wolfe o “Muerte de la luz” de George R. R. Martin (quien en 2009 coeditó una antología homenaje: “Canciones de la Tierra Moribunda”).

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El propio Vance retomaría el escenario en otros tres libros, que en conjunto componen la Saga de la Tierra Moribunda. Dos de ellos, el fix-up “Los ojos del sobremundo” (1966, con historias publicadas en su mayor parte entre 1965 y 1966 en The Magazine of Fantasy & Science Fiction) y la novela episódica “La saga de Cugel” (1983), tienen como protagonista a Cugel el Astuto, un pícaro modelado según personajes cabellianos como el protagonista de “Jurgen, una comedia de justicia”, aunque con una suerte mucho más oscilante. El cuarto es “Rhialto el poderoso”, una compilación de tres historias inéditas concernientes a dicho mago que fue publicada en 1984.

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Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Los libros starianos

•agosto 2, 2014 • Dejar un comentario

El éxito clamoroso de Jules Verne oscureció en buena medida el resto de la producción de ciencia ficción temprana francesa. Con el paso de los años (las décadas más bien, incluso podríamos echarle un siglo), los estudiosos locales (en reacción contra el predominio actual de la ciencia ficción anglosajona) han ido recuperando a sus pioneros, y uno de ellos fue Charlemagne-Ischir Defontenay, un médico que en 1854 publicó “Los libros starianos” (“Star ou Psi de Cassiopée: Histoire merveilleuse de l’un des mondes de l’espace”), con la mala fortuna que la otra gran figura de la ciencia ficción francesa temprana, Camille Flammarion, lo desdeñó en su libro “Les mondes imaginaries et les mondes réels”, por su falta de rigor en cuestiones astronómicas.

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El caso es que “Los libros starianos” es un tipo de ciencia ficción muy diferente de la que escribió Flammarion y, por supuesto, Verne. No preocupada tanto en la rigurosidad especulativa como en emplear los recursos del género (por aquella época cabría hablar más bien de las peculiaridades de esa nueva forma de literatura) para transmitir un mensaje filosófico… que de paso se las arreglara para esquivar la censura.

Tras una breve introducción, en la que el autor imagina el modo en que llegan a sus manos unos manuscritos extraterrestres (dentro de un meteorito que cae con extraordinaria puntería en el Himalaya), la historia se traslada pronto al planeta Star, en el sistema estelar Psi de Casiopea, que describe como un sistema múltiple con cuatro soles, un planeta principal y cuatro satélites habitables (uno de los soles es a su vez satélite de Star). La primera parte del libro, la menos extensa, está dedicada a describir en detalle el paisaje alienígena de Star, con los policromáticos efectos de sus cuatro soles, su fauna y flora extraña y los hombres que lo habitan (mientras que animales y plantas son fantásticos… y bastante verosímiles, gracias a los conocimientos fisiológicos de Defontenay, los hombres son hombres, que para eso la nuestra es la forma más perfecta).

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Los siguientes capítulos están dedicados a ofrecer un repaso histórico-mítico de la vida humana en el planeta, desde las primeras civilizaciones hasta que una plaga terrible masacra (lentamente) a la población y obliga a una figura que comparte con el relato la naturaleza dual de personaje histórico y legendario inventa el ábaro, un vehículo espacial, y se lanza con su familia a un éxodo por los satélites de Star, donde refundan la civilización stariana (aunque todos los satélites tienen su propia humanidad peculiar, desde los hermafroditas de Tassul a los traslúcidos de Élier). Se trata una de historia con fuertes (y explícitas) resonancias bíblicas, que al mismo tiempo lanza de tanto en tanto puyitas que desvelan un fuerte anticlericalismo y unas inclinaciones más cercanas al humanismo que al cristianismo (o cualquier otra religión organizada).

Casi la mitad del libro está dedicada a la reconstrucción de la civilización stariana en su regreso al planeta madre, ochocientos años después de abandonarlo, cuando ya sólo sobrevive algún que otro reino degradado de repleos (una subraza inteligente, aunque a un nivel muy inferior, “domesticada” originalmente por los starianos; en la que no cuesta identificar a los negros de nuestro mundo, vistos a través del filtro racista de un médico decimonónico, cuya reiterada degradación a lo largo de toda la obra constituye sin duda una grave tara desde una perspectiva contemporánea).

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Con la ayuda de tres longevos (hombres que por alguna razón no envejecen), los starianos crean casi desde cero una nueva organización social, que asume la forma de una utopía, en la que por ejemplo la religión se ve sustituida por el culto a la dignidad del hombre (con la categoría sacerdotal reservada a médicos y maestros) y la ley se fundamenta en sólo tres principios: Independencia de cada uno respecto a los demás, Limitación de la propiedad (del suelo) y el dolor causado voluntariamente es una impiedad y la guerra un sacrilegio.

Defontenay añadió a esto un principio moral basado en la búsqueda de la felicidad y la realización personal a través del estudio y las artes (cabe señalar que su padre fue un agricultor que se empeñó en otorgar educación a sus hijos, lo que en él fructificó en la obtención de una de las titulaciones más elitistas de la época), completando así el trípode sobre el que se fundamenta su estado ideal, que a falta de encontrarlo en la Tierra lo imagino lejos, entre las estrellas, concluyendo con la siguiente frase que resume a la perfección las intenciones de la obra:

Ojalá que los relatos de otro mundo puedan hacernos olvidar, por un instante, las miserias del nuestro.

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Pese a esta intencionalidad, “Los libros starianos” no se dejan atrapar por la trampa de una alegorización excesiva. Los episodios descriptivos son de un exotismo deslumbrante, y los históricos presentan una enorme fuerza dramática (en particular cuando entran en acción las hordas fanáticas dispuestas a “suicidar” a todo el mundo antes de que la plaga tenga la posibilidad de hacer su trabajo). Incluso cuando entra ya de lleno en el discurso político, tiene el buen tino de aligerar de tanto en tanto la narración con la inclusión de narraciones paralelas a modo de ejemplo práctico de la organización social, que asumen la forma tanto de prosa como de teatro, en pequeñas piezas de un acto (el mismo año 1854 Defontenay publicó cuatro obras de teatro bajo el título “Etudes dramatiques”) o incluso de poesía stariana.

Muy poco después de la publicación de “Los libros starianos”, Defontenay enfermó de cáncer y murió en 1856, sin haber llegado a dar continuidad a su obra. En 1863 Verne publicó el primero de sus Viajes Extraordinarios, “Cinco semanas en globo”, y C. I. Defontenay fue hundiéndose poco a poco en el olvido hasta que fue recuperado y reeditado en 1972 en Francia, y traducido a varios idiomas, incluido el español en 1977, por la editorial argentina Andrómeda.

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The dream-quest of unknown Kadath (La búsqueda onírica de la desconocida Kadath)

•julio 31, 2014 • 7 comentarios

La narración más extensa del ciclo onírico de H. P. Lovecraft nunca llegó a ser publicada en vida del autor. Completada en 1927, hubo que esperar a 1943 para que fuera recopilada por Arkham House, el sello creado específicamente por August Derleth para recuperar la obra de su amigo fallecido (y que luego publicaría la obra de otros muchos autores).

Antes de entrar en más detalles sobre ella, quisiera detenerme en lo de las fases en la producción de Lovecraft, cuyas dos primeras el propio autor definió como sus etapas Poe y Dunsany (es decir, la prolongación del prolongación del romanticismo macabro americano y la exploración de la fantasía onírica). A lo largo de ambas, Lovecraft fue buscando su propio estilo, en una exploración temática, filosófica y estilística que desembocó en sus famosos Mythos (podría señalarse como hito que marca el inicio de esta etapa de madurez la escritura de “El color que vino el espacio”, en marzo de 1927).

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Antes de que llegara la producción que le aseguraría un lugar de honor en la historia de la literatura (fantástica al menos), y que comprende apenas una decena de textos de distinta longitud, tanto su obra macabra como la onírica alcanzaría su cenit ese mismo 1927, con la novela “El extraño caso de Charles Dexter Ward” (que tampoco vería la luz hasta 1941, después de la muerte del autor) y la novela corta que nos ocupa.

Dejando de lado la primera, quisiera centrarme ahora en qué es eso de la fantasía onírica, que Lovecraft cultivó entre 1918 (“Polaris”) y 1927 a lo largo de una veintena de textos, siguiendo el modelo de Lord Dunsany en antologías como “Los dioses de Pegāna” (1905) o “Cuentos de un soñador” (1910). Básicamente, la fantasía onírica busca evocar las maravillas del mundo de los sueños, un reino donde nuestra imaginación no se encuentra restringida por las fronteras rígidas de la realidad, constituyendo primordialmente una celebración de la fantasía y una rebelión contra la comparativa fealdad de el mundo físico y cotidiano. Literatura que se toma el concepto de escapismo al pie de la letra, escenificando una huida a reinos de ensueño (con una actitud pasiva, a menudo meramente contemplativa, del soñador).

La búsqueda en sueños de la ignota Kadath y otras aventuras oníricas de Randolph Carter - H.P. Lovecraft

En su ensayo “Sobre los cuentos de hadas”, Tolkien descartó específicamente a la fantasía onírica como una forma pura de literatura fantástica (en contraposición a los sueños etéreos, él abogaba por la creación de mundos secundarios), lo cual no quita que constituyera un importante rama del romanticismo tardío, que tal vez alcanzó sus más altas cotas con “La ciudad del sol poniente” (también traducida como “La búsqueda onírica de la desconocida Kadath” y “La búsqueda en sueños de la ignota Kadath”).

Por supuesto, tratándose de Lovecraft (e inscribiéndose en la tradición romántica estadounidense), era inevitable que el sueño deviniera en ocasiones en pesadilla.

La historia se inicia con el protagonista, Randolph Carter (un alter ego del propio Lovecraft), soñando por tres noches seguidas con una ciudad maravillosa que le llama y que, pese a todos sus esfuerzos, no puede volver a recuperar en inmersiones posteriores en el mundo de los sueños. Así pues, decide emprender una búsqueda en pos de los Viejos Dioses de la Tierra, que habitan en la mítica Kadath, para rogarles que le permitan volver a contemplar su ciudad. Randolph Carter desciende los setenta escalones del sueño profundo y emerge en el Bosque Encantado, el lugar de las amplias regiones oníricas más cercano a la vigilia.

Dreamquest

A partir de ahí, vive diversas aventuras, a veces auxiliado (por los gatos de Ulthar o los gules del inframundo) y otras perseguido (por las criaturas-sapo de la Luna y sus esclavos semihumanos, los pájaros shankta o el inefable monje con el rostro cubierto con seda amarilla del templo en la infausta meseta de Leng), pero siempre bajo la sombra de los viejos dioses y, por encima de ellos, los ignotos Dioses Exteriores, con el sultán Azazoth, royendo en la oscuridad, y su mensajero Nyarlahotep, el Caos Reptante.

A nivel narrativo, la historia adolece de cierta rigidez, pero como presentación de un escenario fantástico es capaz de rivalizar en inventiva con cualquier obra anterior o posterior. El “héroe” sigue siendo un protagonista bastante pasivo, pero lejos de limitarse a contemplar extasiado las maravillas y rarezas del mundo de ensueño, tiene una misión que cumplir, y ello le empuja en un viaje en el que poco a poco van encajando las piezas sueltas para constituir un entramado tan sólido como fascinante, llegando a constituir una de las cumbres más desconocidas de la literatura de fantasía.

Aventuras oniricas de Randolph Carter H.P. Lovecraft

Los aspectos filosóficos de la historia tampoco resultan desdeñables. Por un lado está su evidente importancia en la configuración del estilo y temática lovecraftianos, con sus panteones infames derivando poco a poco hacia los terrores cósmicos (es decir, alienígenas) de su producción tardía. En muchos sentidos, de hecho, podría considerarse “La búsqueda onírica de la desconocida Kadath” (mi traducción preferida) como un ensayo general para la mucho más madura “En las montañas de la locura” (escrita en 1931 y publicada en 1936). Pero también encontramos en sus páginas una reflexión acerca de la añoranza por la fantasía y la inocencia perdidas de la niñez (que amplía temas desarrollados en otra aventura de Randolph Carter, “La llave de plata”, escrita en 1926 y publicada en 1929, donde también reflexiona sobre la angustia existencial de la pérdida de unos mitos infantiles, en parte religiosos, pero también fantásticos, que la fría ciencia no puede reemplazar).

Randolph Carter aparece en otras dos narraciones menores. En primer lugar está “La declaración de Randolph Carter”, de 1920, un cuento macabro de interés bastante limitado. Mucho más significativo es “Lo innombrable” (1925), un relato clave para entender el horror lovecraftiano, que no nace de lo comprensible, sino más allá del limite de la abarcable por la mente humana (en otras palabras, de establecer restricciones a lo que el ser humano puede llegar a conocer, apartándolo del centro del universo y poniéndolo a merced de horrores tan incognoscibles como innombrables).

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La mayor parte de las recopilaciones actuales complementan el ciclo de Randolph Carter con una o dos aportaciones externas, la más común de las cuales es “A través de las puertass de la llave de plata” de E. Hoffmann Price (1934) que, sin carecer por completo de sus propios elementos de interés, sí adolece de la filosofía subyacente que confiere su singularidad a la obra de Lovecraft y la separan de tantos imitadores que se que quedan en un esteticismo más o menos superficial.

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Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Nekromanteia: rituales de los muertos

•julio 28, 2014 • Dejar un comentario

Etham Loss es un nigromante, alguien que practica la magia ritual para invocar los espíritus de los muertos, extraerles a la fuerza sus secretos y atarlos, si lo desea, a su voluntad, para que le sirvan en propósitos diversos. Desde hace semanas vive obsesionado con invocar el de Mara, su última pareja, que pese a todo cuanto sabía de la muerte y la ausencia de todo propósito más allá (o quizás por eso), se había suicidado, abriéndose las venas en la casa que compartían.

Noche tras noche, dibuja círculos y pentagramas en el suelo, orlados de símbolos cabalísticos, y noche tras noche fracasa en su intento por atar aquello que pueda quedar de la voluntad de Mara a la suya propia. Aquello se ha transformado en una obsesión que lo domina. Necesita saber por qué. Necesita comprender qué la impulsó a abandonarlo de un modo tan estúpido y expeditivo. Su vida, que nunca ha sido muy ordenada, se descontrola y se hunde por completo en la degradación más absoluta. Pero las cosas aún pueden empeorar.

Etham Loss empieza a sufrir la persecución de algún poderoso nigromante, de toda una secta incluso, que le obliga a caer en la trampa de la magia infernal, más poderosa pero conllevando también un precio terrible y una mancha que ya nunca se podrá limpiar. Simultáneamente, se empiezan a suceder una serie de crímenes atroces por toda la ciudad, con el sello inconfundible de la magia nigromántica; y eso es sólo el principio, pues pronto los cadáveres empezarán a revivir y la ciudad, el mundo entero quizás, irá precipitándose lentamente, como un cadáver que se pudre, hacia el abismo.

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Daniel P. Espinosa ha compuesto una obra obsesiva, oscura, malsana, un poco desquiciada… vamos, exactamente igual que su protagonista, Etham Loss, un mago que poco tiene que ver con la imagen popular de los hechiceros. Lo interesante del asunto es que el autor no ha recurrido por entero a su imaginación para delinear este mundo tenebroso de rituales, necrofilia, espíritus, invocaciones, larvas y fuerzas infernales, sino que ha indagado en los viejos grimorios de magia que han circulado por Europa desde el siglo XIV (referenciando ritos anteriores) para ofrecer una visión “realista” de la magia ritual, haciendo una síntesis casi tan imposible como fascinante.

A tal efecto, encontramos al inicio de cada capítulo citas de estos libros, desde la “Filosofía oculta” de Cornelius Agrippa a la “Magia en teoría y práctica” de Aleister Crowley, añadiendo fragmentos de otras fuentes como la Biblia, la Odisea y textos del filósofo Emmanuel Swedenborg (que también es una de las principales fuentes de inspiración de “Más allá de los sueños”, de Richard Matheson) y el espiritista Allan Kardec (cuya obra inspiró “Lumen”, de Camille Flammarion). Entre todos conforman un conjunto heterogéneo y, al mismo tiempo, plagado de referencias cruzadas, del que es difícil extraer una síntesis coherente. El autor, por todo cuanto puedo juzgar, sale bastante bien parado en este empeño. Quizás incluso un poco demasiado.

Me explico: la magia ritual, al parecer, bebe una y otra vez de las mismas fuentes originales, a las que se añaden reinterpretaciones, cambios estéticos y prestamos de diversa índole. Si intentas podar lo accesorio, lo que queda es un conjunto bastante limitado, sobre todo a nivel formal, de rituales, que a lo largo del libro se tornan un tanto repetitivos, con los mismos nombres arcanos (de Dios y de los demonios) invocados una y otra vez. No me cabe duda de que existen sutiles modificaciones, pero no resultan evidentes, y ello a la postre confiere a la novela un sabor reiterativo, que se ve agravado por otra pequeña imperfección:

“Nekromanteia: Rituales de los muertos” (Dolmen Editorial, 2013) es un libro intenso, tremendamente intenso. De hecho, no ceja un momento en su intensidad. Desde prácticamente la primera página aprieta con fuerza y no suelta, lo cual estaría muy bien, si no fuera un poco contraproducente mantener esa intensidad casi invariable durante cuatrocientas páginas. En una novela son tan importantes los picos como los valles, y me da la impresión de que en este caso la ausencia, cuanto menos parcial, de los últimos, no permite brillar a los primeros (el clímax, por ejemplo, resulta curiosamente plano, en comparación con todo lo demás).

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Es una pena, porque tengo la impresión de que si esto es así, se debe al empeño del autor por hacer algo distinto, por no caer en lo fácil y trillado. Un libro como “Nekromanteia” hubiera podido caer con facilidad en el molde procedimental, o entregarse en exceso a los clichés de la novela negra (camino al parecer explorado inicialmente). En vez de ello explora su propio camino, y no seré yo quien niegue que esa misma intensidad agobiante casa bien con la personalidad obsesiva de Etham Loss.

Loss es un personaje complejo. No es en modo alguno un antihéroe (un Constantine Hellblazer de imitación), sino que es un hombre descreído, marcado por mirar día tras día al abismo a los ojos, que arrastra un enorme vacío existencial que lo deshumaniza y lo hace monstruosamente egoísta. Al mismo tiempo es alguien digno de lástima, sin auténticos objetivos salvo un irreprimible deseo por prolongar, quién es capaz de imaginar con qué fin, su vida miserable. Pese a su suficiencia y a su desprecio, lo que lo mueve realmente es su temor a la muerte, a desvanecerse poco a poco en el vacío, y hará cualquier cosa con tal de prevenir ese destino ineludible (el sueño último de los magos de todas las épocas). De hecho, su búsqueda de Mara no está impulsada por el amor, sino por la indignación, por el deseo de saber el porqué prefirió la nada a él, y también, creo yo, por la envidia, porque ella se atrevió a afrontar el rostro de la muerte y negarle su poder.

En el fondo, pues, es la muerte la protagonista del libro. La muerte y lo que puede o no puede haber más allá. Eso sí, avisados estáis. Cuidado con obsesionaros. Podrías acabar como Etham Loss.

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Planilandia

•julio 21, 2014 • 3 comentarios

Hacia finales del siglo XIX uno de los temas de discusión más populares en los círculos educados fue la cuarta dimensión, una “ficción” matemática que los científicos empezaban a considerar como una posibilidad física. De este caldo de cultivo surgieron las primeras historias sobre viajes en el tiempo, como “El anacronópete” de Enrique Gaspar y Rimbau (1887), “Un yanqui en la corte del rey Arturo” de Mark Twain (1889) y “La máquina del tiempo” de H. G. Wells (1895), y también “Planilandia” (“Flatland”, 1884), de Edwin Abbott Abbott.

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Aunque su adscripción al género pudiera resultar discutible, se ha considerado a menudo a esta novela corta como una obra de ciencia ficción. Con mayor propiedad, debería etiquetarse como algo así como matemática-ficción, ya que en realidad no cuenta con elementos puramente especulativos, pero dado que resulta innegable su influencia (que empezó a ejercer tardíamente, como expondré más adelante), tampoco resulta descabellado presentarla, cuanto menos, como un magnífico ejemplo de protociencia ficción.

Antes de pasar a comentar la obra en sí, quisiera detenerme un momento en su autor, Edwin A. Abbott, que firmó el texto originalmente como “A. Square” (juego de palabras traducible como “Un Cuadrado”, en referencia al protagonista de la historia, o como “A al cuadrado”, en referencia a sus dos apellidos idénticos (por ser sus padres primos). Seudónimos aparte, Edwin A. Abbott fue una figura importante del mundillo educativo londinense, como director de uno de los principales colegios de la ciudad, el City of London School, del que fue él mismo alumno antes de graduarse en Cambridge en Clásicas, Matemáticas y Teología.

PLANILANDIA

El grueso de su obra se orienta de hecho hacia la teología, disciplina en la que fue una figura lo bastante importante como para que se le encargara escribir el artículo sobre los Evangelios en la novena edición de la Enciclopedia Británica. De su producción destacan también textos educativos y filológicos. El libro, sin embargo, que ha mantenido vigente su nombre por más de un siglo, fue en cierto modo una pequeña rareza en su producción: la historia de un cuadrado al que cierto día una esfera desvela el mundo tridimensional.

“Planilandia, una novela de muchas dimensiones” posee dos partes bien diferenciadas. En la primera, “Este mundo”, el protagonista, un respetable cuadrado abogado, describe para nuestro beneficio las peculiaridades de su universo, un lugar que sólo conoce dos dimensiones, anchura y longitud. Los habitantes de Planilandia son diversas figuras geométricas, estratificadas en un rígido orden social según su número de lados. Así pues, la clase más baja corresponde a triángulos más o menos agudos, cuya máxima aspiración, con el correr de las generaciones, es que alguno de sus descendientes llegue a isósceles, pasando a continuación en orden creciente de importancia por los cuadrados, pentágonos, hexágonos… hasta llegar a figuras que a efectos prácticos tienen tantos lados minúsculos que son consideradas circulares y que conforman la élite sacerdotal. Las mujeres, por su parte, son meras líneas y se las considera en general tan peligrosas como poco inteligentes.

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Más afamada es la segunda parte, “Otros mundos”, en la que nuestro cuadrado sueña con Linealandia y es transportado por una esfera al espacio tridimensional, desde donde contempla lo limitado de lo que él consideraba su universo, al tiempo que especula con dimensiones de orden superior, en una progresión, quizás infinita, de superación, que invita a contemplar con humildad los propios logros y a aspirar a destinos mayores (se llega a insinuar de un modo un tanto vago que la cuarta dimensión podría ser del pensamiento, y que los propios ángeles podrían ser entes tetradimensionales, aunque el tema no pasa de una oscura mención, tal vez por no meterse en pantanales teológicos).

Existe una clara separación en cuanto a los objetivos de cada parte. La primera, aparte de introducir las peculiaridades de la vida en dos dimensiones que luego serán útiles para establecer analogías con el universo tridimensional, es una sátira de la rígida sociedad victoriana, con sus masas de obreros poco cualificados y sus minorías acomodadas, gobernadas por una aún más minoritaria aristocracia. En la segunda se esfuerza por transmitir a los lectores el concepto de una dimensión de grado superior a la nuestra, a través de los esfuerzos del Cuadrado por visualizar la novedosa “altura”.

Flatland

Si bien en su momento la popularidad de la obra fue limitada, con el revuelo causado por Einstein y su teoría de la relatividad, que convertía al tiempo en una cuarta dimensión geométricamente indistinguible de las tres espaciales, el interés por “Planilandia” repuntó considerablemente a principios del siglo XX, en particular a partir de una edición crítica de 1920, y se ha mantenido desde entonces, con todo merecimiento. Han pasado las décadas y nadie ha sido capaz de imaginar un modo mejor que el de Abbott de transmitir un concepto tan extraño como el de una dimensión de orden superior (por lo que a mí respecta, siempre que he intentado imaginar un hipercubo he fracasado miserablemente).

La única pega de esto es que tal vez la fama de esa segunda parte oscurezca una primera que no resulta nada desdeñable, a poco que se reflexione sobre ella, pues incluye nada menos que un ataque directo a las oligarquías y un llamamiento (muy disimulado) a la revolución. La sociedad de Planilandia podría casi considerarse antiutópica (y existen indicios, como una mención a cierta forma de doble pensar, que me llevan a pensar que George Orwell pudo inspirarse de algún modo en “Planilandia” para “1984”), con una estructura férrea que cada mil años un nuevo profeta de la tercera dimensión trata de sacudir. Lo osado de la propuesta es que incluso establece paralelismos entre una antigua revolución cromática en Planilandia y la revolución francesa, lo cual unido a la naturaleza reiterativa de los intentos de reforma sugiere la posibilidad de una nueva intentona igualitaria para un siglo después de la toma de la Bastilla… o sea, para unos poquitos años en el futuro de 1884.

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A la ya mencionaba influencia hipotética sobre Orwell, me atrevería a sumar la posibilidad de que la experiencia del señor Cuadrado encontrara su reflejo en la del anónimo protagonista de “Hacedor de estrellas” (1937) de Olaf Stepledon (cuya base teológica presenta puntos de contacto con la idea del progresivo perfeccionamiento que expone Abbott), y que bien sea por influencia directa, bien por convergencia evolutiva, el mundo de los cheela de “Huevo del dragón” (Robert L. Forward, 1980) tiene mucho de Planilandia (y si queréis leer sobre una vida bidimensional verosímil, y romperos la cabeza con las complejidades de la física pentadimensional, podéis dedicarle un rato a “Diáspora“, de Greg Egag, 1997).

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