El hobbit: La batalla de los cinco ejércitos

•diciembre 22, 2014 • Dejar un comentario

Después de la debacle del año pasado no tenía demasiadas ganas de ir a ver la conclusión de la trilogía de “El hobbit” al cine. Al final, sin embargo, surgió la posibilidad de acudir este fin de semana con una pequeña rebaja y, lo más importante, de saludar a los amigos de la Sociedad Tolkien Española que estaban con su stand, su photocall y sus angerthas dando el callo como todos los años en el estreno. Ello, además, me permitía completar la trilogía de reseñas, y como no me gusta dejar las cosas a medias, aquí va la entrada correspondiente al “capítulo decisivo” (como han decidido publicitarlo).

Vaya por delante una pequeña (e insustacial) valoración: “La batalla de los cinco ejércitos” es mejor que “La desolación de Smaug”… lo cual, por supuesto, no es decir mucho.

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Más importante resulta constatar cómo evoluciona (o no) la narrativa a lo largo de esta segunda trilogía, que poco a poco va desmarcándose de Tolkien hasta desembocar en una Tierra Media que no parece sino el campo de juego de Peter Jackson, un lugar donde dar rienda suelta a la (equivocada) máxima del más es mejor y donde la sutileza brilla por su ausencia. También cabe analizar el efecto que puede haber tenido el ciclo completo sobre la percepción de la fantasía entre el público general, aunque eso lo dejaré para el final de la entrada. Se impone antes que nada una pequeña recapitulación.

El hobbit: Un viaje inesperado” se enfrentó con decisiones en su mayor parte acertadas a la doble tarea de adaptar un libro de fantasía juvenil de menos de trescientas páginas en formato cinematográfico colosal, al tiempo que homogeneizaba la Tierra Media de “El señor de los anillos” y su antecesora (una labor a la que renunció el propio autor). La más significativa fue quizás anclar la narración en la figura de Thorin Escudo de Roble, antes que en el propio Bilbo, convirtiendo de facto la trilogía en la historia del retorno al hogar de los enanos y del ascenso, caída y redención del nuevo Rey Bajo la Montaña.

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Claro que entonces entra en liza “La desolación de Smaug” y todo ese trabajo se va al traste. El comportamiento de Thorin se vuelve errático, su relación con Bilbo sufre continuos bandazos, en su antagonismo con Azog se inmiscuye  salido de no sé sabe dónde Bolgo y, para empeorar las cosas, se introduce a martillazos una relación romántica entre Kili y Tauriel (la presunta prometida de Legolas). De la progresiva banalización de las escenas de acción ya comento largo y tendido en la entrada.

Llegados a “La batalla de los cinco ejércitos”, nos encontramos con unos personajes que han perdido casi por completo el rumbo. Prácticamente el único que conserva los pies en el suelo es Bilbo (gran interpretación de Martin Freeman). En particular, Thorin, en ancla emocional de la historia ha perdido la capacidad de evolucionar coherentemente, de ahí que Jackson tenga que recurrir al supuesto “mal del dragón” (avaricia pura y dura, aderezada con mono de Piedra del Arca) para justificar sus decisiones.

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El Thorin literario, incluso siendo “El hobbit” una novela juvenil, es mucho, mucho más complejo, con numerosos matices que justifican su proceder. Es imposible desligar su renuencia a compartir el tesoro de un sentimiento que podríamos tildar de reivindicación histórica. La historia de los enanos es la de una doble diáspora. Expulsados primero de Moria y luego de Érebor, con múltiples precedentes de encarnizadas guerras con los orcos y una prolongada enemistad con el elfos (el mismo Thranduil que les reclama una parte del tesoro es el que se negó en su momento a socorrer a los refugiados del ataque de Smaug). Thorin no busca sólo riquezas. La Piedra del Arca es mucho más: el Corazón de la Montaña, un símbolo fundacional del reino enano.

Por añadidura, reducido a alguien que sufre enajenación mental, su enfrentamiento con Bilbo carece de tensión, pues la traición del hobbit no requiere ni de lejos tanto coraje (y no me estoy refiriendo sólo al que permite afrontar riesgos físicos) y la reconciliación posterior es algo de cajón, que no precisa ningún tipo de autoexamen ni un cambio de prioridades.

Es sólo un caso, pero ejemplifica a la perfección el modo en que la evolución de todos los personajes deja en gran parte de estar sujeta al fluir natural de la trama y empieza a depender de golpes de efecto con la sutileza de un martillazo en la cabeza (aderezados con alguna que otra distorsión vocálica, por si a alguien todavía se le escapan los matices).

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Y esa misma carencia de sutileza se extiende por todo el metraje. Hay que evitar a toda costa que el espectador tenga que deducir o interpretar nada por sí mismo, no vaya a  liarse, perderse o aburrirse, y si ello implica exagerar hasta el extremo de la parodia (involuntaria), sea. Sólo así se explican ineptitudes como el tratamiento del personaje (inventado) de Alfrid, la brutal escalada armamentística que convierte al ejército que asedia Minas Tirith (o el Abismo de Helm) en la trilogía de El Señor de los Anillos en una panda de desarrapados o la fiesta rave en que deviene el Concilio Blanco.

Peter Jackson ha demostrado una y otra vez que no entiende realmente el concepto de la épica. Para él, épica es cualquier victoria in extremis, obtenida por la aparición sorpresiva de refuerzos imparables. Más bien al contrario, la epicidad se alcanza obteniendo la victoria más allá de cualquier esperanza, a través del sacrificio y el esfuerzo (eso sí, con un límite, porque enfrentar a un grupo de zarrapastrosos mal equipados contra una infantería pesada profesional sólo puede conducir a un resultado, por mucho que el discurso heroico exija otra cosa). De igual modo, no entiende a sus personajes (o no los respeta), y obligado a rellenar huecos, sin la guía de una obra maestra de la literatura, pierde el rumbo.

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De todas las grandes escenas con potencial dramático de una adaptación seria, “La batalla de los cinco ejércitos” tan sólo respeta una, la aparición de Bilbo en la tienda de Thranduil y Bardo con la llave para desbloquear la situación. Nos priva, por ejemplo, de la irrupción en la batalla de los enanos de la compañía ataviados con armaduras de antaño (sin necesidad de esperar al momento “rescate improbable in extremis”), de Fili y Kili defendiendo con sus vidas el cuerpo de su tío en medio de la batalla antes de la llegada de Beorn (porque Kili está metido en sus propios líos y a Beorn ya se encargaron de despreciarlo a conciencia en “La desolación de Smaug”), del zorzal indicándole a Bardo el hueco en la coraza de Smaug (eliminando, de paso, la pequeña autoridad moral que podían mantener los enanos para reclamar el tesoro)…

Con todo esto no ansío sino ilustrar un punto: “La batalla de los cinco ejércitos” puede que sea un espectáculo de acción (a mí no me ha convencido tampoco en ese aspecto, pero bueno…), pero carece por completo de alma. Emocionalmente, es una cáscara brillante pero hueca. Ello, más aún que lo nefasto de la adaptación (que a estas alturas ya no tenía remedio), es lo que condena a la conclusión de “El hobbit” a la mediocridad.

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Esta vacuidad quizás explique uno de los peores fallos de la división de la historia en tres películas. No existe ninguna razón en absoluto para dejar para el final el Concilio Blanco, la destrucción de Esgaroth y la Batalla de los Cinco Ejércitos (el primero debería haber sido el clímax intermedio de “La desolación de Smaug” y el segundo hubiera funcionado perfectamente como colofón de esa misma entrega). La decisión de apelotonar todo de mala manera en este capítulo esconde en cierta forma las carencias dramáticas. Si todo ocurre muy rápido y muy intenso, a lo mejor funciona sin necesidad de que la historia central conecte a nivel emocional.

Al principio de esta entrada prometía dedicar unas palabras a analizar (muy someramente) el posible efecto de esta trilogía en el público en general con respecto a la percepción de la fantasía. Soy de la opinión de que la trilogía original de “El Señor de los Anillos” abrió los ojos a mucha gente con respecto al género. Demostró que podías tomarte en serio, como personaje, a un elfo o a un enano, que lo mágico no va en detrimento de lo humano (algo que ha refrendado la serie de “Juego de tronos”… que vino propiciada precisamente por el cambio perceptual original).

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Las tres películas de “El hobbit” invitan a pensar justo lo contrario. Con ellas se desanda mucho camino. Hace falta que alguien más tome el relevo. Peter Jackson parece haberse quedado atrás en la revolución que él mismo inició, y la adaptación seminal de “El hobbit” aún está por filmarse (lo que hemos perdido es la oportunidad de homogeneización que proporcionaba el empleo de parte del elenco y el equipo técnico de la que sí fue una empresa llevada a puerto con éxito).

También en Rescepto:

El Libro de los Tres (Crónicas de Prydain I)

•diciembre 18, 2014 • Dejar un comentario

Las Crónicas de Prydain son una serie de cinco novelas de fantasía juvenil, publicadas por Lloyd Alexander entre 1964 y 1969. El autor había derivado hacia ese género, tras una serie de libros no demasiado exitosos (cuatro novelas autobiográficas y dos biografías para niños), con la publicación el año anterior de “Time cat” (una historia sobre los viajes en el tiempo de un gato y su dueño, por las nueve vidas del felino).

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Las Crónicas de Prydain, una historia de alta fantasía (siguiendo el modelo esbozado por Tolkien) inspirada en la mitología galesa (y secundariamente en los mitos artúricos), constituye una de las principales series de fantasía juvenil, reconocida habitualmente como el siguiente gran hito generacional tras las Crónicas de Narnia de C. S. Lewis (1949-1954). Entre sus reconocimientos, se cuenta la concesión de la Medalla Newbery para su quinta entrega, “El Gran Rey”, con una mención de honor ya cosechada por la segunda, “El Caldero Mágico”.

Todo ello se inició con “El Libro de los Tres” (“The Book of Three”, 1964), que empieza a relatar las aventuras de Taran de Caern Dallben, un muchacho aprendiz de porquerizo al que las circunstancias le ponen en la necesidad de dar lo mejor de sí mismo (que en ocasiones no es demasiado) para tratar de frustar los planes de conquista de Arawn, el Señor de la Muerte, señor de Annuvin y de un caldero mágico que devuelve la vida a los muertos (convirtiéndolos en esclavos sin voluntad). En este punto de la historia, sin embargo, el antagonismo recae principalmente en uno de sus siervos, el Rey Astado, que ha reunido un poderoso ejército para derrocar a los Hijos de Don, los gobernantes de Prydain.

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La respuesta a esta amenaza podría tenerla Hen Wen, una cerda con el don de la profecía confiada al cuidado de Taran, y cuando se escapa asustada por el inminente ataque del rey Astado a Caern Dallben, Taran parte en su búsqueda sin pensárselo dos veces, dando comienzo a su aventura. Por el camino irá conociendo a diversos personajes, como Gwydion, uno de los príncipes de Prydain, así como a quienes serán sus compañeros durante la mayor parte de la serie: la princesa Eilonwy (una niña de su edad), el bardo Flewdur Flam, Gurgi, una criatura medio bestia medio humana, y (bastante avanzado el libro) el enano Doli (con características élficas, tal y como corresponde al fundamento mitológico de la serie).

Alexander no se complica demasiado la vida con una trama compleja. “El Libro de los Tres” está orientado a niños de entre nueve y doce años, por lo que toda la acción es bastante directa, con resoluciones simples de los conflictos (a veces excesivamente simples). Lo que le confiere riqueza es el sustrato sobre el que se erige: el Mabinogion, la recopilación de las once historias que componen la tradición mitológica galesa en prosa, una serie de mitos celtas recopilados en la Edad Media, aunque con raíces que podrían extenderse hasta la Edad de Hierro, con los que entró en contacto durante su entrenamiento como oficial de inteligencia en Gales, durante la Segunda Guerra Mundial.

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A ello se le añaden otros mitos modernos (aunque con raíces igual de antiguas, e incluso en parte coincidentes). En particular, se aprecia la influencia de la síntesis artúrica de T. H. White en “The once and future king”, con especial atención a “La espada en la piedra” (1938), de donde tal vez extrajo la idea del joven pupilo de un mago (aunque Dallben es bastante más sutil que Merlín), así como un enfoque muy tolkiniano (más propio de “El hobbit” que de “El Señor de los Anillos”, descontando sus primeros capítulos). “El Libro de los Tres” se publicó antes de la primera edición estadounidense de la obra magna de Tolkien, aunque múltilpes pasajes del mismo invitan a suponer que Alexander no sólo estaba familiarizado con ella, sino que constituyó una importantísima fuente de inspiración.

Aunque la evolución de Taran en este primer libro es limitada (aparte de proporcionarle una idea bastante más realista de lo que son las aventuras y de sus propias limitaciones), la serie en su conjunto presenta características de bildungsroman o viaje iniciático, algo que queda especialmente patente en el cuarto tomo: “Taran el vagabundo”. Curiosamente, esta combinación de la épica tolkiniana y novela de maduración (por no hablar de las influencias célticas y artúricas) acabaría erigiéndose en la receta maestra para buena parte de la fantasía de los años 80 y 90 (período que experimentó una juvenilización del género, por influencia de los juegos de rol), lo cual juega un poco en contra de “El Libro de los Tres”, al restar “originalidad” a muchos plateamientos que en su momento hacían gala de mucha mayor frescura (sin parar mientes en que quizás fueron las Crónicas de Prydain una de las principales influencias para asentar el modelo).

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En 1985, en plena crisis de la compañía, Disney produjo una adaptación de los dos primeros libros de la serie, bajo el título de “Taron y el caldero mágico”. Fue una película polémica por resultar inusitadamente oscura (en especial atendiendo a la trayectoria previa de Disney de la animación infantil en general), carente en buena medida del humor de que hace gala el original literario (a costa de las excentricidades de los compañeros de Taran: la personalidad de Gurgi, el malhumor y los intentos de volverse invisible de Doli o el arpa de Flewdur, cuyas cuerdas se rompen cada vez que el bardo “adorna” la verdad). Su altísimo coste, unido a una taquilla decepcionante, hicieron que por casi quince años Disney se negara siquiera a reconocer su existencia. Desde entonces, sin embargo, ha adquirido cierto estatus como película de culto.

Otras opiniones:

Espinas

•diciembre 16, 2014 • Dejar un comentario

En los autores de ciencia ficción que dieron inicio a su carrera en los años cincuenta suele apreciarse un patrón común. Tras una primera fase dedicada a la exploración más o menos destacable de las ideas y recursos nacidos durante la Edad de Oro  (mucha space opera, aventurillas más o menos intrascendentes y heroísmo progresivamente más juvenil), en cierto momento experimentan un punto de inflexión, abrazan los postulados de la New Wave (originados Gran Bretaña, aunque acabaron conformando un movimiento en EE.UU.) y la calidad de su ficción, en los casos más significativos, pega un salto cualitativo.

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Tal es el caso, por ejemplo de Brian Aldiss con “Barbagrís” (1964, aunque al pertenecer a la escuela británica muchos de sus títulos previos, aun sin ser tan revolucionarios, poseen bastante más sustancia que los de sus homólogos americanos), John Brunner con “El hombre completo” (1964) o Robert Silverberg con “Espinas” (“Thorns”, 1967).

Para finales de los años 50, Robert Silverberg se había medio retirado de la ciencia ficción, buscando sustento en terrenos más productivos (es decir, que pagaran más, abarcando desde el ensayo histórico a la novela erótica). En ésas, Frederick Pohl se hizo con la dirección de las dos revistas más prestigiosas de la época, Galaxy e If, y le concedió carta blanca para escribir sobre lo que quisiera, sin restricciones de ningún tipo, permitiéndole explorar temas y recursos estilísticos más complejos y estimulantes.

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Todo ello desembocó en 1967 en el fix-up “Las puertas del cielo”, un pulp ambicioso que hacía uso de la religión (y las guerras de religión) como motor de la exploración espacial. La novela le abrió las puertas de Ballantine y le proporcionó la estabilidad necesaria para que el lustro siguiente fuera para él uno de los más brillantes que haya tenido ningún autor de ciencia ficción (obra maestra tras obra maestra entre 1968 y 1972).

Uno de los primeros frutos de este acuerdo editorial fue la novela “Espinas”, que le cosechó a su ficción sus primeras nominaciones al Hugo y al Nebula (en 1956 había ganado el Hugo a mejor nuevo autor… el único año en que se concedió; y ese mismo 1968 fue candidato a novela corta por “La estación Hawksbill”).

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La novela se centra en dos personajes profundamente dañados. Por un lado Minner Burris, un navegante estelar, superviviente de una misión trágica al planeta Manipool. Capturados por una avanzadísima raza postecnológica, los tres miembros de la expedición fueron sometidos a una extraña cirugía experimental a la que sólo sobrevivió Burris, aunque modificado, con su rostro, su piel, sus órganos internos y sus articulaciones transformadas en algo que no es humano. Por el otro Lona Kelvin, una joven virgen de diecisiete años, protagonista pasiva de un experimento de fertilidad, madre donante de cien niños, nacidos a partir de sus óvulos manipulados in vitro y gestados ex útero.

Burris vive escondido del resto de la humanidad, odiando el ser visto, la repulsión instintiva que despierta. Lona, por su parte, sobrelleva cicatrices no por invisibles menos desfigurantes. La sensación de futilidad, su maternidad excesiva y, al mismo tiempo, intangible (pues no le permiten conservar ni un solo bebé) generan en su interior un vacío existencial que la empuja una y otra vez al suicidio. Son, pues, dos especímenes perfectos para captar la atención de Duncan Chalk, magnate del entretenimiento y algo así como un vampiro emocional, que se alimenta del sufrimiento ajeno.

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Bajo distintas promesas, los agentes de Chalk reúnen a Burris y a Lona, construyendo para las masas sedientas de emociones un romance singular entre el monstruo y la jovencísima super madre, un romance condenado además al fracaso por el distinto grado de madurez y los intereses diversos de ambas partes; destinado por tanto a ocasionar, tras el efecto balsámico inicial, dolor a ambos integrantes de la pareja. Un dolor que para Duncan Chalk es casi un fin más importante que el propio dinero que obtendrá de la farsa.

Aunque no deja de explorar el mundo de un futuro impreciso (con visitas a la Luna y a Titán incluidas), Silverberg centra su atención sobre todo en la personalidad herida de sus dos protagonistas, concentrándose (con cierto sadismo, que evoca al interés mórbido de Duncan Chalk) en su mundo interior, una de las principales señas de identidad de la New Wave.

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El planteamiento de “Espinas” es brillante, con múltiples facetas de interés. Por mencionar sólo unas pocas, estaría el paralelismo religioso de Lona como una madre virgen o el análisis del vouyerismo morboso devenido en espectáculo de masas. Por desgracia, Silverberg no acierta a entrelazar todos los temas, centrándose machaconamente en la relación Minner-Lona, a la que le falta pasión para acabar de funcionar como historia de amor y drama para constituir una fábula moral trágica. La historia va desinfándose poco a poco, sin terminar de encontrar los argumentos necesarios para revigorizarla, desembocando en una conclusión positiva (y apresurada) que se antoja un tanto falsa.

Pese a ello, la novela de deja de tener su interés. El que las ideas no acaben de entretejer una tesis sólida no quiere decir que no estén presentes, sazonando una trama que analiza un conflicto emocional desde una perspectiva quizás demasiado fría e intelectual (con algún que otro ramalazo de esa pedantería en la que tan fácilmente cae a veces Silverberg). En el fondo, “Espinas” celebra el triunfo del espíritu humano más allá del sufrimiento, un sufrimiento que condiciona y modifica, pero que no llega a destruir.

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Como avanzaba, la novela le supuso a Silverberg sus primeras nominaciones a los principales premios (en novela, ha acabado sumando dieciocho finalistas entre Hugo y Nebula, para una solitaria victoria, en 1972, por “Tiempo de cambios“). El resto de dobles nominaciones del año fueron para autores recién llegados al género (aunque subidos desde el principio en la Nueva Ola y ya con algún que otro reconocimiento a sus espaldas): “El Señor de la Luz”, de Roger Zelazny (premio Hugo), “La intersección de Einstein“, de Samuel R. Delany (Premio Nebula) y “Chton”, de Piers Anthony (su primera novela).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

“La 100cia ficción de Rescepto” premio Ignotus 2014

•diciembre 9, 2014 • 6 comentarios

El domingo por la noche se entregaron los premios Ignotus 2014 en la cena oficial de la XXXII Hispacon, MIRcon. Personalmente, contaba con dos nominaciones, a mejor ensayo y a mejor libro de ensayo, pero mi editorial, Cápside, había logrado sumar seis (con sólo dos libros publicados).

A la postre, “Reyes de aire y agua“, la (en mi opinión) magnífica antología de fantasía feérica de Jesús Fernández Lozano se tuvo que marchar de vacío, al perder en las cinco categorías a que concurría (antología, cuento, novela corta, ensayo e ilustración). Sin ánimo de minusvalorar a los premiados, creo sinceramente que este resultado tan negativo me es achacable por entero. No supe como editor posicionar a Jesús y a Olga de modo que contaran con posibilidades reales de victoria.

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Soy muy consciente de que los premios Ignotus tienen sus bondades y sus defectos, y que concurren muchos factores para determinar qué obras se alzarán con el triunfo final (e incluso con una nominación), pero aun así, me hubiera colmado de satisfacción haber podido compensarles, en cierta forma, el inmenso privilegio de que hayan confiado en Cápside para dar a conocer su obra.

Culminado el proceso, tan sólo nos resta felicitar a los ganadores y emplazarnos todos para futuras ediciones. Con su inmenso talento, no me cabe duda de que a Jesús y a Olga les acabarán llegando antes o después sus monolitos, y ese día la decepción de hoy habrá contribuido a consolidar el éxito de mañana.

Estamos metidos en una carrera de fondo, en la que los reconocimientos no suelen llegar por el trabajo de hoy, sino por el de ayer, sumado al de anteayer y al de las semanas, meses y años precedentes. Pasito a pasito, sin desfallecer ni desesperar, concentrados únicamente en llegar cada vez un poquito más lejos, un poquito más alto. No hay otra estrategia: realizar el mejor trabajo posible y perseverar.

Enhorabuena, Jesús. Enhorabuena, Olga. Hoy hemos llegado lejos. Mañana intentaremos superarnos.

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Y hablando de perseverar, me tomo el galardón cosechado por La 100cia ficción de Rescepto como un premio a la perseverancia. En ese libro hay más de seis años de esfuerzos, volcados mayoritariamente en este blog. Con el paso del tiempo, ha ido experimentando altibajos, que se han reflejado en períodos más o menos productivos. A la postre, dirigiéndonos ya hacia el ocaso de octavo año (y al amanecer del noveno), aquí estamos Rescepto y yo, todavía el pie del cañón y trabajando, entre otros proyectos, en el volumen correspondiente a la historia de la fantasía.

Mi quinto Ignotus de quince nominaciones en ocho años (en cuatro categorías de las ocho a las que he concurrido… un día de estos tengo que escribir una entrada sobre la dispersión).

Muchísimas gracias por el reconocimiento. Me lo tomo como el voto de confianza y apoyo a Cápside, a Rescepto Indablog y a mí que es.

Os dejo ahora con el listado completo de ganadores (mi enhorabuena a todos ellos),  aunque antes, un saludo especial a Juan Ángel Laguna Edroso, receptor del premio Domingo Santos, otorgado también durante la cena de la Hispacon, alguien que ejemplifica a la perfección lo que sostenía de la calidad y la perseverancia. Enhorabuena, Kachi.

Premios Ignotus 2014 (ganadores resaltados)

Novela

  • Esta noche arderá el cielo, de Emilio Bueso (Salto de Página)
  • Gente muerta, de J. G. Mesa (aContracorriente)
  • La canción secreta del mundo, de José Antonio Cotrina (Hidra)
  • Los nombres muertos, de Jesús Cañadas (Fantascy)
  • Memoria de tinieblas, de Eduardo Vaquerizo (Sportula)
Novela corta

  • Detective, de Rodolfo Martínez (Sportula)
  • En el filo, de Ramón Muñoz (en Terra Nova Vol. 2. Fantascy)
  • La montaña, de Juan González Mesa (Bizarro)
  • La penúltima danza del Griwll, de Ramón Merino Collado (De monstruos y Trincheras. Juan José Aroz, Espiral)
  • Rafentshalf, de Jesús Fernández Lozano (en Reyes de aire y agua. Cápside)
Cuento

  • Dariya, de Nieves Delgado (en Ellos son el futuro / Web Ficción Científica / Revista Terbi nº 7)
  • El aeropuerto del fin del mundo, de Tamara Romero (en Visiones 2012. AEFCFT)
  • El enemigo en casa, de Concepción Regueiro (en Historias del Crazy Bar. Stonewall)
  • Mercaderes de tiempo, de Víctor Conde (Sportula)
  • La última huella, de Miguel Santander (en La costilla de Dios. Libralia / Revista TerBi nº 6)
  • Los orcos no comen golosinas, de Carlos López Hernando (en Visiones 2012. AEFCFT)
  • Wendy de los gatos, de Jesús Fernández Lozano (en Reyes de aire y agua. Cápside)
Antología

  • Cuentos para Algernon Año I, de Marcheto (Cuentos para Algernon)
  • Hic sunt dracones. Cuentos imposibles, de Tim Pratt (Fata Libelli)
  • La bomba número seis, de Paolo Bacigalupi (Fantascy)
  • Reyes de aire y agua, de Jesús Fernández Lozano (Cápside)
  • Terra Nova Vol. 2, de Mariano Villarreal y Luis Pestarini (Fantascy)
Libro de ensayo

  • Cómo escribir ciencia-ficción y fantasía, de Orson Scott Card (Alamut)
  • El poder de la sangre, de Pedro L. López (Dolmen)
  • Jack Kirby. El cuarto demiurgo, de José Manuel Uría (Sportula)
  • Japón sobrenatural, de Daniel Aguilar (Satori)
  • La biblia steampunk, de Jeff Vandermeer y S. J. Chambers (Edge Entertainment)
  • La 100cia ficción de Rescepto, de Sergio Mars (Cápside)
  • La literatura fantástica argentina en el siglo XIX, de Carlos Abraham (La Biblioteca del Laberinto)
  • Silencios de pánico, de Diego López y David Pizarro (Tyrannosaurus Books)
  • Steampunk Cinema, de Varios autores (Tyrannosaurus Books)
Artículo

  • Howard Koch, el guionista tras la magia de La guerra de los mundos de Orson Welles, de Luis Alfonso Gámez (Web Magonia)
  • La ciencia ficción española, de Mariano Villarreal (Web El rincón de Koreander)
  • Literatura Fantástica en cifras. Estadística de producción editorial de género fantástico en España durante el año 2013, de Mariano Villarreal (Web Literatura Fantástica)
  • Sobre la fantasía feérica, de Sergio Mars (Antología Reyes de aire y agua)
  • Ucronía, de Asociación Cultural ALT+64 (Revista TerBi nº 7 / Web alt+64 Wiki)
Ilustración

  • Cubierta de De monstruos y trincheras, de Koldo Campo (Juan José Aroz, Espiral)
  • Cubierta de El dirigible, de Carlos Argiles (Dlorean)
  • Cubierta de El mejor de los mundos posibles, de Alejandro Colucci (RBA)
  • Cubierta de Memoria de tinieblas, de Eduardo Vaquerizo (Sportula)
  • Cubierta de Reyes de aire y agua, de Olga Esther (Cápside)
  • Cubierta de Terra Nova Vol. 2, de Ángel Benito Gastañaga (Fantascy)
  • Cubierta de Zaibatsu / La edad del vuelo, de Koldo Campo (Juan José Aroz, Espiral)
Producción audiovisual

  • El cosmonauta, de Nicolás Alcalá (Largometraje)
  • Fallo de Sistema, de Santiago Bustamante (Programa de Radio)
  • Los últimos días, de Álex Pastor y David Pastor (Largometraje)
  • Luces en el Horizonte, de Luis Martínez y Pablo Uría (Podcast)
  • Los VerdHugos, de Miquel Codony, Pedro Román, Elías F. Combarro y Josep María Oriol (Podcast)
Tebeo
Categoría cancelada en esta edición al no haber alcanzado el mínimo de candidaturas referidas en el artículo 26 del Reglamento.
Obra poética
Categoría cancelada en esta edición al no haber alcanzado el mínimo de candidaturas referidas en el artículo 26 del Reglamento.
Revista

  • Alfa Eridiani, editada por la Asociación Cultural Alfa Eridiani
  • Barsoom, editada por La Hermandad del Enmascarado
  • Delirio, editada por La Biblioteca del Laberinto
  • miNatura, editada por Asociación Cultural miNatura Soterrània
  • Planetas Prohibidos, editada por el Grupo Planetas Prohibidos
  • Scifiworld, editada por Inquidanzas Ediciones
Novela extranjera

  • 2312, de Kim Stanley Robinson (Minotauro)
  • El vacío de la evolución, de Peter F. Hamilton (La Factoría de Ideas)
  • Embassytown, de China Miéville (Fantascy)
  • La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski (Alpha Decay)
  • El ladrón cuántico, de Hannu Rajaniemi (Alamut)
  • Las luminosas, de Lauren Beukes (RBA)
  • Tierras rojas, de Joe Abercrombie (Alianza)
Cuento extranjero

  • 26 monos, además del abismo, de Kij Johnson (en Cuentos para Algernon Vol I)
  • Araña, la artista, de Nnedi Okorafor (en Terra Nova Vol 2. Fantascy)
  • El hombre que puso fin a la Historia: documental, de Ken Liu (en Terra Nova Vol 2. Fantascy)
  • Las manos de su marido, de Adam-Troy Castro (en Terra Nova Vol 2. Fantascy)
  • Separados por las aguas del Río Celeste, de Aliette de Bodard (en Terra Nova Vol 2. Fantascy)
  • Sueños imposibles, de Tim Pratt (en Hic sunt dracones. Fata Libelli)
Sitio Web

Por añadidura, la junta directiva de la AEFCFT decidió conceder un Premio Gabriel (honorífico a la labor de toda una vida) al ilustrador Antoni Garcés.

Camuflaje

•diciembre 5, 2014 • Dejar un comentario

En teoría, los premios Nebula, gestionados y escogidos por autores profesionales de fantasía y ciencia ficción, deberían ser los galardones del ramo más fiables. En la práctica, sin embargo, son los que más fluctúan, dándose años en que sus elecciones se antojan cuanto menos desconcertantes. Por ejemplo en 2006, cuando optaron por conceder el premio a mejor novela a “Camuflaje”, de Joe Haldeman (“Camouflage”, 2004).

“Camuflaje” nos cuenta básicamente la historia de un alienígena que llegó a la Tierra hace un millón de años, y que lleva todo ese tiempo mezclándose con la fauna autóctona y adoptando diversas formas, principalmente la de un gran tiburón blanco. En 1931, por primera vez, sale del mar y entra en contacto con los seres humanos, imitándolos con la misma habilidad y facilidad con que simulaba ser un escualo. Claro que los seres humanos, comportamentalmente, son un poquito más complejos que un pez prehistórico, así que el ser polimorfo tiene unas cuantas cosas que aprender.

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La narración de su periplo de descubrimiento se entrelaza con una trama de futuro cercano, ambientada entre el 2019 y el 2021, en la que una empresa oceanográfica descubre un objeto superdenso, enterrado en el fondo del Pacífico y cubierto por estratos coralinos que han tardado un millón de años en depositarse. Tras montar una operación científica en Samoa, intentan primero estudiarlo, para pasar a continuación a tratar de comunicarse con él, cuando se hace evidente que es algún tipo de instrumento artificial.

Entre una trama y otra, nos encontramos un segundo alienígena del que no llegamos a saber mucho más que es capaz de asumir instantáneamente la apariencia de cualquier hombre, al que se le apoda “el camaleón”, quien vive entre nosotros desde hace miles de años, impulsado por un instinto de autoconservación feroz, unido a una actitud muy poco respetuosa (incluso cruel) con la vida humana.

Como no puede ser de otra forma, sabemos que todo ello terminará confluyendo, pero al menos esperamos que el camino sea interesante… lo cual no se cumple del todo. La trama del polimorfo es la más intrigante, con sus primeros intentos por asimilar la cultura humana a partir inicialmente de la mera imitación. Sus primeros errores y su camino de humanización, que culmina con su participación en la marcha de la muerte de Bataan durante la Segunda Guerra Mundial (lo cual le confiere el sentido ético), son muchísimo más atractivos que un enigma científico al que se dedica muy poca ciencia (aunque dé para muchos capitulitos).

En cuanto a la trama del Camaleón, se podría decir que Haldeman no le presta demasiada atención… no vaya a ser que le reviente la “sorpresa” final.

Camuflaje

A nivel de estilo y contenido, me ha llamado la atención, como ya ocurrió con “Viejo siglo XX“, la ausencia de ideas no ya novedosas, sino incluso actuales (entendiendo por “actual” el año de su publicación). A decir verdad, en muchos momentos parece un refrito de tal o cual película (por ejemplo la saga de Terminator, “La cosa” o, por breves momentos, “Contact”), tratando todo lo científico de la forma más vaga posible… lo cual es complicado, porque si de alguna tradición bebe es del thriller con algún componente hard.

En todo lo que respecta a las habilidades del polimorfo, por ejemplo, Haldeman se esfuerza por dotar a su habilidad de unas reglas más o menos coherentes, aunque por desgracia acaba tropezando siempre con alguna complicación que obliga a aludir a la magia (y no vale invocar a Clarke para soslayar la cuestión). Como resultado, lo que en principio podía resultar atractivo acaba deviniendo en irrelevante, no tanto por su incapacidad para dotarlo de un armazón lógico creíble como por su obstinación en forzar en el lector ese enfoque en concreto.

Sufre, además, del gran problema del futuro cercano cuando la época de lectura va aproximándose a la de ambientación. Ese 2019, que tenemos a menos de un lustro vista, no se parecerá demasiado al propuesto por el autor en 2004 (aunque ya por entonces no creo que lo hubiera juzgado como particularmente acertado, pues apenas se limita a añadir un escáner retinal ubicuo y a juguetear muy tímidamente con pequeños ajustes geopolíticos.

camouflage

La novela, pues, va desarrollándose capítulo a capítulo, sin grandes ideas o desarrollos pero razonablemente atractiva para quien sólo busque pasar el rato (nada que objetar al respecto, simplemente no se trata de material digno de especial reconocimiento), hasta que llega a una de las conclusiones más decepcionantes que recuerdo haber leído en mucho tiempo… y ahí sí que surge la gran pregunta:

¿Qué vieron los votantes del Nebula en “Camuflaje” que fuera siquiera equiparable a “Jonathan Strange y el señor Norrell“, la ganadora del Hugo de aquel año y cocandidata al Nebula? (por no hablar de que ignoraron a los otros candidatos al Hugo como “El río de los dioses” de Ian McDonald, “El algebrista” de Iani Banks, “El Concilio de Hierro” de China Miéville o “El amanecer de hierro” de Charles Stross). Tampoco es que unos años antes, en 1999, no le hubieran concedido ya a Haldeman un premio más honorífico que otra cosa por “Paz interminable”.

Por añadidura a este galardón, “Camuflaje” obtuvo también el Premio James Tiptree Jr., que se concede a obras de ciencia ficción o fantasía que expanden o exploran el conocimiento de los géneros sexuales., básicamente porque el polimorfo empieza imitando a un varón y acaba decantándose por un cuepor de mujer. Tampoco aprecio que profundice mucho en las peculiaridades psicológicas del proceso, pero no se puede decir que la lista de ganadores del premio desvele muchos títulos realmente significativos (eso sí, Haldeman puede enorgullecerse de ser uno de los pocos hombres en conseguirlo, casi todos ellos distinguidos entre 2002 y 2005).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Matadero Cinco

•diciembre 3, 2014 • Dejar un comentario

Kurt Vonnegut (quien durante la primera mitad de su carrera añadía un “Jr.” al nombre) es uno de los escasos escritores de ciencia ficción que han logrado una amplia aceptación y prestigio en los círculos literarios generalistas. Esta especial consideración empezó a forjarse con su cuarta novela, “Cuna de gato” (1963), aunque se consolidó y expandió con su sexta: “Matadero Cinco” (“Slaughterhouse Five“, 1969).

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El principio de su carrera corrió más o menos paralela a la de su compañero y amigo Theodore Sturgeon (que serviría de inspiración para Kilgore Trout, uno de sus personajes recurrentes). Como escritores surgidos durante la Edad de Plata, sus planteamientos y recursos diferían bastante de los autores de la generación (literaria, en edad no se llevaban tanto) precedente, con una aproximación más filosófica que tecnológica a la ciencia ficción.

Vonnegut comenzó además a experimentar con recursos posmodernistas, rompiendo con la linearidad temporal de los acontecimientos narrados, jugando con la metaficción y explorando a través del humor el panorama ético y social surgido tras la Segunda Guerra Mundial. Todo ello se amalgamó en “Matadero Cinco”, una novela parcialmente autobiográfica que pivota sobre un acontecimiento terrible, el bombardeo de Dresden hacia el final de la Gran Guerra, que el propio autor vivió como prisionero, salvando la vida gracias a la solidez del antiguo matadero donde los tenían recluidos.

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“Slaughterhouse Five, or the children crusade: a duty-dance with death” ha sido definida como una sátira por su empleo del absurdo (realista) como recurso para afrontar no sólo la terrible experiencia en que se fundamenta, sino desde una perspectiva más amplia la muerte en todas sus manifestaciones (recalcada una y otra vez, cada vez que aparece en la novela, con la frase “Así es”, “So it goes”, en pasado, presente o futuro).

El protagonista de la obra, una vez el narrador innominado (claramente el propio Vonnegut, termina de justificar la escritura del libro y da paso a la narración) es Billy Pilgrim, un óptico de Ilium, Nueva York, enrolado en 1944 en el ejército estadounidense y desplegado en Bélgica, sin apenas preparación ni equipamiento, poco antes de la Batalla de las Ardenas. No tarda en ser hecho prisionero y conducido, con alguna que otra parada intermedia, a Dresden, donde será testigo de la extraordinaria mortandad producida por el bombardeo con proyectiles incendiarios del 13 de febrero de 1945.

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Durante todo este proceso, además, su conciencia no deja de ser proyectada adelante y atrás en el tiempo, reviviendo experiencias pasadas y acontecimientos todavía por llegar, que incluyen episodios de su vida familiar (su mala relación con su padre, su matrimonio sin amor con su esposa Valencia, su relación con sus hijos) y profesional, así como acontecimientos significativos como una crisis nerviosa post traumática, un grave accidente de avión, su propia muerte (así será) y su rapto por parte de los tralfamadorianos, para tenerlo expuesto en un zoo extraterrestre, a billones de kilómetros de la Tierra junto con una actriz.

Como comentaba, el acontecimiento central, el motor que impulsa la novela, es la mortandad de Dresden, que cifra en 135.000 fallecidos, casi todos ellos civiles (siguiendo fuentes propagandísticas, pues el número real de víctimas se cifra en torno a las 25.000). Todo el texto se podría interpretar como un arduo proceso para aceptar un hecho tan brutal, y de un modo más personal aceptar la realidad de la muerte, tanto propia como de los individuos cercanos, así como de la fatalidad.

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Filosóficamente, la obra se decanta por el eternalismo, una concepción del tiempo como la cuarta dimensión de un bloque inmutable. El pasado, el presente y el futuro siempre fue y siempre será, todo está predeterminado, no hay libre albedrío, ni capacidad para alterar el porvenir (de igual modo que no se puede cambiar el pasado). Aboga, en cierta forma, por disfrutar de los buenos momentos y sobrellevar los malos, bajo la convicción de que todos ellos conforman una única realidad, inmutable y “simultánea”.

La cuestión con “Matadero Cinco”, como ocurre con casi todas las obras de Vonnegut, es que ni la sinopsis ni el análisis terminan de hacerle justicia a la novela. A través de los continuos saltos temporales, de las digresiones, de las inserciones más o menos bien traídas (como las abundantes sinópsis de novelas de Kilgore Trout), del patetismo de la experiencia bélica de Pilgrim, de las coincidencias intrascendentes, de las predicciones y rememoraciones, se configura un relato absorbente, que va avanzando inexorable hacia su centro, hacia ese bombardeo cuya sombra se extiende sobre toda la vida de Billy, al tiempo que va desarrollando su tesis.

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Lo crucial, sin embargo, es que cada segmento, bien ocupe varias páginas, bien sea cuestión de unas líneas, cuenta, es relevante, posee su propia entidad literaria, y eso hace que la novela se devore.

Como comentaba, “Matadero Cinco” fue un éxito tanto en los círculos especializados como en los generalistas. Respecto a los primeros, le cosechó a Vonnegut sendas nominaciones a los premios Hugo y Nebula, aunque perdió ambos frente a “La mano izquierda de la oscuridad” de Ursula K. Le Guin (lo cual no es demérito en absoluto, que en situación parecida se encontraron títulos como “Incordie a Jack Barron“, de Norman Spinrad, que también obtuvo doble nominación, u “Órbita inestable“, de John Brunner, candidato al Nebula).

En cuanto a los medios generalistas, con el paso de los años el prestigio de “Matadero Cinco” no ha hecho sino aumentar, a lo cual posiblemente ayude bastante el que casi todo cuanto ocurre en la novela puede atribuirse a un artificio narrativo curioso (hacer consciente al protagonista de los flashbacks y flashforwards de toda la vida… empleados, eso sí, con holgura) y al doble trauma de Dresden y de las heridas en la cabeza sufridas en el accidente de aviación (el secuestro por parte de los tralfamadoranos, por ejemplo, no presenta ninguna evidencia física ni interfiere temporalmente en la vida de Pilgrim, por lo que podría atribuirse perfectamente a un delirio alucinatorio).

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Curiosamente, junto con su inclusión en diversas listas de la mejor literatura en inglés del siglo XX, también es uno de los principales objetivos de censura en el sistema educativo estadounidense, presumiblemente por su contenido sarcástico e inmoral, aunque podría estar más relacionado con su discurso antibelicista y desmitificador de las glorias militares (especialmente por lo que respecta a la actuación estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial), así como sus críticas, tangenciales pero abundantes, a la religión.

Otras opiniones:

Primer libro de Lankhmar (3) – Espadas en la niebla

•noviembre 28, 2014 • Dejar un comentario

Con un poco de retraso, prosigo con el análisis de la serie de Fafhrd y el Ratonero Gris, pasando al tercer volumen del ciclo (incluido todavía en el primer tomo de la reciente recopilación de Gigamesh), que recibió por título “Espadas en la niebla” (“Swords in the mist“, 1968).

Pese a su ordenación según la cronología interna, “Espadas en la niebla” bien podría considerarse también el punto de partida de la serie, pues fue el primer volumen publicado por ACE Books en su recopilación canónica, y eso que no incluye los primeros relatos publicados de la pareja de truhanes… aunque sí el primero escrito. Todo esto requiere un poco de historia.

Primer libro de Lankhmar

La primera antología, “Two sought adventure“, fue publicada por Gnome Press en 1957 (y sirvió luego de base para la edición de 1970 de “Espadas contra la muerte“, de ACE). Por aquel entonces no había casi nada más publicado (de la excepción hablaré más adelante), y allí quedó todo.

Entonces, a finales de 1958 hubo un cambio editorial en Fantastic, un revista nacida en 1952 y que había estado experimentado problemas para consolidarse. La nueva editora, Cele Goldsmith, decidió dedicar el número de noviembre de 1959 a Fritz Leiber, y aunque estuvo orientado más hacia la ciencia ficción, lo cierto es que incluyó la primera historia de Fafhrd y el Ratonero Gris publicada en seis años, “Malos tiempos en Lankhmar”. Durante los dieciséis años siguientes, bajo distintos editores, Leiber publicaría en Fantastic otras diez historias de distinta extensión, que constituirían la columna vertebral de la compilación de ACE Books… pero para pasar a este punto tenemos que hacer un alto en el camino y mirar hacia Tolkien.

En 1965 ACE Books se aprovechó de una laguna legal para publicar una edición no autorizada (ni, por supuesto, remunerada) de “El Señor de los Anillos”, la primera que veía la luz en Estados Unidos. El escándalo fue mayúsculo, y con la edición oficial de Ballantine, le llovió a ACE tal alubión de críticas que se vieron obligados a pagar a Tolkien por lo ya comercializado y a desistir de futuras reimpresiones. Como efecto colateral, la fantasía se puso de moda, algo que capitalizó primero la propia Ballantine con su mítica Adult Fantasy Series.

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De repente, todo el mundo miraba hacia el pasado para ver qué podía relanzar, aprovechando la redescubierta hambre del público por la fantasía. Ballantine se había quedado con los clásicos, Gnome Press había quebrado en 1962, Lancer fue más lista y se hizo muy pronto con los derechos de Conan (su recopilación canónica se empezó a publicar en 1966, aunque tras quebrar en 1973 la completó ACE) y ACE optó en 1968 por Leiber, dejando pasar en principio los textos ya compilados por Gnome Press.

Así llegaron los tres primeros volúmenes de la saga de Fafhrd y el Ratonero Gris: “Espadas en la niebla”, “Espadas contra la magia” y la novela “Las espadas de Lankhmar”, todos ellos publicados en 1968 y recopilando material aparecido en Fantastic (con algún que otro relatillo corto como conector). En 1970 ACE Books completó la saga con un volumen de orígenes (“Espadas y demonios“) y la reedición ampliada de “Two sought adventure” en forma de “Espadas contra la muerte” (cuyas respectivas historias editoriales ya ha contado), y a partir de ahí fue sacando un nuevo libro a medida que existía suficiente material, hasta completar los siete del ciclo de Lankhmar… aunque eso es otra historia que deberá ser contada en otra ocasión.

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Centrándome ya en el contenido de “Espadas en la niebla”, el volumen comienza con el relato “La nube de odio” (Fantastic, 1963), un ejemplo de fantasía eminentemente urbana, en la que la ciudad de Lankhmar y sus habitantes constituyen ya un elemento imprescindible de la serie. También es de destacar, aparte de ser uno de los textos más decididamente emparentados con el terror de la saga, su tratamiento satírico de la religión y la sociedad, características que lo convierten en predecesor directo del Mundo Disco de Terry Pratchet, algo que resulta aún más evidente con el segundo relato del volumen.

“Malos tiempos en Lankhmar” (Fantastic, 1959) es el cuento con el que Leiber retomó a sus personajes más característicos, apreciándose un importante cambio en cuanto a orientación de las historias, que se alejan de los arquetipos clásicos de la espada y brujería que caracterizaron su producción original para abrazar decididamente el humor. Un humor satírico, que nos presenta una calle de Lankhmar donde las diversas religiones compiten por sus fieles, adelantando y atrasando en la fila en función de su popularidad, y donde la codicia y el negocio importan tanto o más que la espiritualidad.

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“Su amante, la mar” es un texto breve de conexión, escrito expresamente para la compilación, y como en todos los casos similares, no merece mucha atención, pues se limitan a tratar de explicar algún cambio brusco de escenario, como el que da paso a “Cuando el rey del mar está fuera” (Fantastic,1960), una narración que recupera los motivos y atmósferas típicos de Weird Tales, aunque con un giro irónico, que matiza lo fantástico del escenario y la situación con unas reacciones e intereses por parte de los protagonistas muy poco heroicos (y no me refiero a que muestren cobardía… más allá de la lógica preocupación por la propia integridad física, sino por su cualidad mundana, de tipos corrientes en situaciones extraordinarias).

El quinto relato, “El ramal errado”, supuso a buen seguro todo un desafío, pues es otro de esos minirrelatos de conexión sobre el que descansa la responsabilidad de negar, ni más ni menos, todo lo que se conocía hasta entonces de Fafhrd, el Ratonero Gris y su mundo. Esto es así porque da entrada a un texto que precede a todo el resto, de una época en que ambos no eran más que dos personajes, descontextualizados, surgidos de la mente de Fritz Leiber y Harry Otto Fischer.

En 1934, durante un intercambio epistolar entre ambos, surgió la semilla del mundo de Lankhmar: dos antihéroes, un norteño gigantón y un ladronzuelo pequeñajo, que pese a sus diferencias (y ocasionales desencuentros) son grandes amigos. La primera narración de Leiber, inspirada en este intercambio, fue “El gámbito del iniciado”, una novela corta completada en 1936 pero inédita hasta 1947, cuando apareció en la primera antología personal de Leiber “Night’s black agents” (previniendo así probablemente que formara parte de la posterior de Gnome Press).

Espadas entre la niebla

Es una historia singular, entre otros motivos, porque no está ambientada en el mundo de Newhon, sino en algún momento inespecífico de la edad del bronce (posiblemente en torno al 1.800 a.C.) en Oriente Próximo, a orillas del Mediterráneo. Justificar esto obligó a Leiber a hablar de mundos paralelos, de misiones secretas instigadas por criaturas arcanas, de héroes que tienen su reflejo en múltiples universos… y todo ello por respetar la redacción original, que da inicio a la aventura en una taberna de Tiro, donde Fafhrd descubre que sus potenciales amantes acaban transformadas en gorrinos (para hilaridad del Ratonero Gris… hasta que descubre que sus propios ligues se metamorfosean en caracoles gigantes).

La narración que sigue presenta una búsqueda de respuestas un tanto inconexa, impulsada una y otra vez a fuerza de injerencias externas que van sacando a la pareja de cada atasco sin excesiva sutileza. Más interesante que la trama es quizás la ambientación, donde se aprecia (mucho mejor que en posteriores textos) la deuda con autores clásicos del pulp como Abraham Merritt o, sobre todo, Clark Ashton Smith.

Lo que diferencia a Leiber, ya en esta fase temprana del desarrollo de su estilo, es el humor soterrado, que matiza el horror, e incluso la propia fantasía, con una ironía que tiene un poquito de autoparódica. Fafhrd y el Ratonero Gris no encajan ni el molde del héroe pulp ni el de la no menos arquetípica víctima propiciatoria de poderes más allá del entendimiento humano. Son, como bien indicó su primera antología, dos amigos en busca de aventura, y es esa humanidad, esa cercanía con el lector, su principal virtud… aunque también su principal limitación.

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El ciclo no ha acabado recibiendo el apelativo “de Lankhmar” por casualidad. La ciudad (y hasta cierto punto el mundo de Newhon) los complementa, los resalta, les ofrece lo que quizás por sí solos son incapaces de alcanzar. Una perfecta combinación de escenario y personajes.

No hace falta ir muy lejos para comprobarlo. Sin despreciar al resto, sin duda la mejor historia de este volumen es “Malos tiempos en Lankhmar”.

Agradezco a Gigamesh el envío de un ejemplar del “Primer libro de Lankhmar” para su reseña en Rescepto.

Otras opiniones (del volumen completo):

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Serie de Lankhmar

 
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