Los nueve príncipes de Ámbar

•septiembre 22, 2014 • Dejar un comentario

Los setenta fueron años difíciles para la fantasía. Tras el éxito masivo de la edición americana de “El Señor de los Anillos” en 1965, que propició que se empezara a recuperar buena parte de la fantasía clásica a través de distintos sellos (como Ballantine o Lancer), las ventas no acompañaron generalmente a las propuestas nuevas, situación que se mantuvo hasta 1977 (con la edición del descarado plagio de Tolkien “La espada de Shannara”, de Terry Brooks, y el inicio de las Crónicas de Thomas Covenant el Incrédulo, de Stephen R. Donaldson).

Pese a ello, fue un período interesante, que no sólo fue testigo del desarrollo del multiverso de Michael Moorcok (“Elric de Melniboné) a partir del molde de la espada y brujería y de la maduración de la fantasía juvenil de la mano de Ursula K. Le Guin (“Un mago de Terramar“), sino que también propició la introducción en el género de muchas ideas nuevas provenientes del campo de la ciencia ficción, con numerosos autores entregados a explorar la frontera entre ambos géneros, tales como Marion Zimmer Bradley (la serie de Darkover), Anne McCaffrey (los dragones de Pern) o Roger Zelazny.

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Zelazny, uno de los principales nombres de la New Wave, ya había mostrado cierta querencia por la fantasía en sus dos novelas premiadas con el Hugo, “Tú, el inmortal” (1966) y “El Señor de la Luz” (1967), ambas con una premisa propia de la ciencia ficción y una ambientación más deudora de la fantasía (y la mitología), algo que compartieron con su propuesta de 1969: “Criaturas de luz y oscuridad”. Pasar de ahí a una historia de fantasía con elementos propios de la ciencia ficción requería tan solo un paso, que dio cuando publicó en 1970 “Los nueve príncipes de Ámbar” (“Nine princes in Amber”), la primera entrega las Crónicas de Ámbar.

La narración arranca de forma bastante tópica y anodina, con el protagonista despertando amnésico en una cama de hospital. A base de pura chulería, de la aplicación de una lógica cuanto menos debatible y de seguir la guía de un instinto infalible, escapa de allí y, atando cabos, llega hasta la mansión de la que supuestamente es su hermana, donde, sin revelar su memoria deficiente, va jugando a ciegas una partida que, aparentemente, lleva en siglos en liza.

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A la postre se entera (y nos enteramos) de que es Corwin, uno de los príncipes herederos de Ámbar, la única tierra verdadera, de la que todas las demás (incluido la nuestra) no es sino una sombra, un universo paralelo entre una miríada, que quizás no tenga siquiera entidad propia salvo cuando nos visita algún miembro de la nobleza de Ámbar (los únicos capacitados para viajar entre las Sombras). También descubre que los nueve príncipes que sobreviven (junto con cuatro princesas), no se llevan precisamente bien, y que su hermano Eric, quien es con toda probabilibad el responsable último de su actual condición, está a punto de coronarse como rey de Ámbar ante la ausencia prolongada e injustificada del padre de todos ellos, Oberón.

Corwin quizás no tenga muchos recuerdos, pero hay algo grabado a fuego en el corazón de todos los príncipes de Ámbar: el anhelo por el poder. Así que da inicio, casi sin darse cuenta a una rebelión en toda regla contra su hermano, con el trono de la única tierra verdadera como premio para el ganador. Eso sí, su estancia en la Tierra (durante al menos seis siglos) lo ha cambiado un poco. Ya no es el noble insensible de antes, sino que ha adquirido cierto sentido de la responsabilidad por los demás, aunque sean meros habitantes de una Sombra.

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La novela detalla a continuación la intentona de Corwin (aliado con otros hermanos), por destronar a Eric, en una contienda que se libra a través de invinitos universos, aunque su punto focal sea fijo e inmutable. A lo largo de las diversas peripecias, Zelazny se preocupa tanto por mantener un tensión in crescendo, como por ir desvelando detalle a detalle las peculiarides del multiverso que ha creado como escenario para sus aventuras; y si decía un poco antes que el inicio no es muy prometedor (dejémonos de rodeos: es rematadamente malo, y no empieza a mejorar hasta haber dejado atrás un cuarto bien cumplido del libro, que por fortuna no es muy extenso), una vez se libera de la “tiranía” de la realidad y hace que Corwin y sus aliados se internen por los caminos de las Sombras, empieza a configurar una aventura en mayúsculas, tan fascinante en su concepción como amena cuando toca entrar en faena y hacer uso de las espadas (porque en Ámbar y sus universos limítrofes la pólvora no funciona).

De nuevo presenta el autor unos personajes semidivinos, con características físicas excepcionales y que, de hecho, son adorados como dioses en determinados universos Sombra (dado que hay un número infinito, siempre es posible encontrar en alguno lo que se está buscando), y si bien no se puede afirmar que su desarrollo sea muy cuidadoso, es bien cierto que Corwin al menos se debate entre su naturaleza principesca (los príncipes de Ámbar no son precisamente unos tipos cordiales y amables con los demás… y especialmente si esos demás pertenecen a su propia familia) y lo aprendido en su exilio involuntario.

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En cuanto a los elementos que comentaba como propios de la ciencia ficción, es de destacar la concepción del multiverso de Ámbar y los medios de los que se valen los personajes para navegar entre las Sombras (por medio de pequeños pasos incrementales, a través de los arcanos de unas barajas de tarot muy peculiares o resolviendo el Patrón). De hecho, la inspiración directa de todo esto proviene de una serie de Philip José Farmer, la del Mundo de los Niveles (que por entonces contaba con cuatro entregas), a lo que quizás podría añadírsele el conflicto entre el orden y el caos de Moorcock y, según propia confesión, la novela de 1946 “El mundo sombrío”, de Henry Kuttner (y su esposa C. L. Moore).

Más allá de la aventura específica de este primer volumen, se aprecia además que hay detrás un plan maestro, con continuas insinuaciones hacia elementos que sólo adquirirán importancia en volúmenes ulteriores, dejando bien a las claras que la pentalogía original (1970-1978) había sido concebida (o cuanto menos planificada) como un arco cerrado, del que a día de hoy no podría indicar sino generalidades a falta de seguir explorando la serie (algo que, sin dudarlo, tengo previsto hacer a poco que se me presente la ocasión).

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En 1985, Zelazny decidió recuperar el universo de Ámbar, centrando la acción en el hijo de Corwin, Merlín (e introduciendo elementos propios del momento, como hacer que su disfraz en la Tierra sea como informático e intentar explicar el multiverso en términos cuánticos). Esta segunda pentalogía, que se cerró en 1991, suele presentar una consideración mucho menor entre los lectores (y ya no digamos nada respecto la precuela “oficial”, licenciada tras su muerte por los herederos de Zelazny, en contra de su deseo explícito de no abrir a otros autores el universo de Ámbar).

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Embassytown (Ciudad Embajada)

•septiembre 11, 2014 • 4 comentarios

Tras revolucionar la fantasía con su New Weird, China Miéville irrumpió el año 2011 en la ciencia ficción con “Embassytown”, novela que le deparó el premio Locus (que ya había ganado en tres ocasiones, dos a novela de fantasía y una en la categoría de Yound Adult) y sendas nominaciones en los premios Hugo y Nebula. Tampoco es que hubiera sido por completo ajeno al género. De hecho, una de las claves del New Weird reside en la hibridación, y ya en “La estación de la calle Perdido“, por ejemplo, incluía autómatas e inteligencia artificial desbocada.

Eso sí, en vez del mundo ficticio de Bas-Lag, tenemos el planeta ficticio de Arieke (la diferencia estriba en que la Tierra está por ahí, en algún lugar), habitado por os ariekei, unos seres verdaderamente alienígenas con un Lenguaje complejo, que para empezar debe pronuniciarse a dos voces, en donde se ubica una pequeña colonia, una ciudad embajada, aislada del resto del planeta por una burbuja de aire respirable. Ciudad Embajada es un enclave colorista, a donde llegan naves estelares que atraviesan el immer (una especie de subespacio) gracias a la pericia de los pilotos, donde habitan humanos, robots y embajadores (parejas de humanos criados para poder comunicarse con los ariekei), bajo el gobierno laxo de Bremen, el lejano imperio que exporta bioteconología alienígena.

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En realidad, la diferencia entre la ciencia ficción de Miéville (en base a este ejemplo aislado) y su fantasía es meramente de grado, pues son más importantes las similitudes con su obra previa que las divergencias. Así, en “Embassytown” vuelve a primar el escenario urbano, con el steampunk de Bas-Lag (por ejemplo) transformado en una suerte de biopunk alienígena y la magia sustituida por ciencia… suficientemente avanzada.

El punto que quizás distinga claramente la novela dentro de la obra del autor (al menos por cuento le he leído hasta ahora) es que es posible buscarle una sublectura, algo más común en la ciencia ficción que en la fantasía. Pese a lo cual, no deja de seguir caminos propios para ello, alejados de los mecanismos habituales. Quizás por ello también haya resultado tan fresca y novedosa a unos lectores huérfanos hasta cierto punto, en lo que llevamos de siglo, de referentes sólidos en un género que muchos consideran en crisis.

La historia está narrada desde el punto de vista de Avice Benner Cho, una nativa de Ciudad Embajada que logra “escapar” de Arieke al demostrar capacidades para immersar. Tras unos años de vagabundeo por el espacio, regresa a casa a tiempo de asistir (y participar) en una crisis, suscitada por los movimientos encaminados a controlar el recurso clave de la colonia: la capacidad de hablar con los nativos.

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El caso es que los ariekei no sólo hablan a dos voces, sino que para comprender siquiera que alguien les está hablando, deben escuchar dos voces con una conciencia única (o lo bastante similar a una conciencia única) detrás. Otra peculiaridad de su lenguaje es que al participar tanto de una faceta meramente audible como de una autoconsciencia, no por inmaterial menos precisa, niega la posibilidad de la mentira. De hecho, su rigidez obliga a los ariekei a crear símiles literales para poder expresar nuevos conceptos, y la propia Avice, en su niñez, tomó parte de uno de ellos, pasando a ser “la niña a la que hicieron daño y comió lo que le dieron”.

El complejo equilibrio de intereses de la colonia se ve perturbado cuando desde Bremen llega un embajador nuevo, no ya una pareja clónica, criada desde la niñez para su función, sino dos individuos disímiles que presentan un grado de empatía mutua inusual, casi inconcebiblemente alto. El experimento, sin embargo, produce efectos inesperados, y pronto la Ciudad Embajada se encontrará peleando por su supervivencia… con Avice metida en todos los follones (por motivos que no quedan demasiado claros, salvo que se trate de un imperativo narrativo).

“Embassytown” se inspira claramente en el sistema colonial británico decimonónico y, en particular, en la relación entre China y Gran Bretaña… muy, muy alterada (nada que ver con la recreación casi al pie de la letra de la Rebelión de Boxers por parte de Paolo Bacigalupi en “La chica mecánica“). Así, nos encontramos ecos de Hong Kong, así como de las Guerras del Opio, con la diferencia importante de que los ariekei son auténticos alienígenas y de que la esencia de la “discrepancia” con los humanos posee una base lingüística… más o menos.

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Que nadie espere algo del estilo de “Los lenguajes de Pao” (Jack Vance) o “Babel-17” (Samuel R. Delany). Detrás de “Embassytown” no hay un teoría lingüística como la hipótesis de Sapir-Whorf. Se trata más bien de un concepto, como el que sirve de excusa para “Empotrados” de Ian Watson, aunque en este caso es más sencillo, casi elemental: el concepto de la metáfora como una mentira que encierra una verdad más profunda.

El Lenguaje ariekei no emplea metáforas. Toda mentira es literalmente impensable para ellos, y así hubiera seguido siendo de no haberse encontrado con los humanos, una especie muy bien capacitada para la mentira.

No profundizaré más en el desarrollo de la historia. Me limitaré a analizar superficialmente el concepto de la mentira verdadera, que es a la postre el que quiere transmitir Miéville, y lo haré sugiriendo que quizás lo que pretendía con la novela es algo absolutamente metarreferencial. Tal vez trataba de defender algo tan fundamental como la propia validez del género fantástico, que en el fondo no es sino una mentira (o una serie de mentiras), que pese a ello pueden transmitir una verdad (y hacerlo de un modo nuevo, que abre posibilidades previamente inaccesibles, sin que tenga necesariamente que articularse esa verdad en forma de tesis bien definida… algo que suele ser más propio de la ciencia ficción).

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Tal vez haya sido precisamente la intención de transmitir una tesis específica la que le ha hecho decantarse (ya sea consciente o inconscientemente) por cargar un poco más las tintas en los elementos de ciencia ficción. Eso sí, me da la impresión de que ello ha ido en detrimento de algunas de las virtudes de la ficción de Miéville. Arieke no presenta la misma vitalidad desbordante de Bas-Lag y Avice no resulta un personaje particularmente atractivo. En ambos casos (sobre todo por lo que respecta al planeta), echo de menos un poco más de atrevimiento (quizás por culpa de la comparación inevitable con la nueva space opera).

Lo que sí ofrece “Embasytown” es, como ya he avanzado, una forma relativamente novedosa de abordar el género de ciencia ficción, que sin duda sorprenderá a quienes no hayan seguido la evolución reciente de su hermana la fantasía. Es posible que sea precisamente eso lo que más necesita, una buena inyección de vitalidad hibridante.

Tanto el premio Hugo como el Nebula de aquella añada los conquistó la novela de fantasía “Entre extraños” de Jo Walton, que fue además la única junto a “Embassytown” en cosechar la doble nominación.

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Presentando “Los Forajidos del Aire”

•septiembre 8, 2014 • 3 comentarios

Ya es hora de presentar el proyecto en el que he estado trabajando los últimos dos meses y que acaba de ser remitido a imprenta. Se trata de la traducción de “Los Forajidos del Aire” (“The Outlaws of the Air“), la primera novela que se traduce al español del autor inglés George Griffith <EDITADO 17-9-15><Gracias al escritor Alberto López Aroca, he descubierto que en 1901, la revista La Patria de Cervantes publicó la traducción de “Viajes a otros mundos”, un serial que en 1901 conformaría el libro “A Honeymoon in space”>, uno de los pioneros de la ciencia ficción, con una carrera que se inició en 1893 con la publicación en Pearson’s Weekly de “The angel of revolution: A tale of the coming terror“.

“Los Forajidos del Aire” se publicó orginalmente por entregas entre el 4 de septiembre de 1894 y el 23 de mayo de 1895 en Short Stories, y fue compilado en forma de libro por Tower of London Publishing ese mismo año, el año en que iniciaba su carrera literaria H. G. Wells, con la publiacación de “La máquina del tiempo“. Esta coincidencia temporal marcó la carrera de George Griffith, que siempre estuvo a la sombra de su más famoso colega.

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La evolución del género de ciencia ficción británico también “conspiró” para hundir poco a poco a Griffith en el olvido, pues su ficción tuvo siempre un regusto más aventurero y menos filosófico del que se impondría en el romance científico británico. Sus historias sobre la guerra futura, luchada principalmente en el aire, se orientan más bien el dirección de tomar como punto de partida las aventuras de prodigios mecánicos de Julio Verne… y meterles caña a tope.

“Los Forajidos del Aire”, sin ir más lejos, es lo más parecido que podía encontrarse en la era Victoriana a una superproducción de tiros, explosiones y efectos especiales de Hollywood. Algo sí como un “Independece Day” decimonónico, con unas gotas de “xXx” (la peli de Vin Diesel) de aderezo, porque la destrucción desde el aire no la reparten unos alienígenas cabreados, sino una frágil alianza de terroristas anarquistas… cabreados.

Pese a esta ligereza superficial, nada más lejos de mi intención que sugerir que “Los Forajidos del Aire” (y el resto de la producción de Griffith) carece de mayor trasfondo que la simple aventura por la aventura. El conflicto que se orquesta en sus páginas no es gratuito, sino que se nutre de las graves tensiones sociales e internacionales de su época. Así pues, la revolución industrial había aumentando las diferencias entre la clase trabajadora y la acomodada, condunciendo a una serie de injusticias que sirvieron de fermento para la eclosión, hacia finales del siglo XIX del fenómeno del terrorismo anarquista (que llegó a ser declarado amenaza internacional a finales de 1898); de igual modo, la obsolescencia del modelo económico colonial generaba fricciones entre las grandes potencias de la época; todo lo cual llevó a las revoluciones y las grandes guerras de la primera mitad del siglo XX.

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Lo curioso (o preocupante) del asunto es que se trata de una situación que presenta grandes paralelismos con la nuestra actual. También hoy nos vemos sumidos en una grave crisis de obsolescencia (de modelos políticos y económicos), también hoy pende sobre nosotros la amenaza del terrorismo y también hoy el poder se aferra a los modelos caducos. El símil no es perfecto, porque las causas son múltiples y muy complejas, pero a grandes rasgos se percibe en la atmósfera la misma sensación de fin de ciclo. Esperemos haber aprendido algo a lo largo del último siglo.

Ciento veinte años después, “Los Forajidos del Aire” parece más vigente que nunca y, por si hicera falta más alicientes, las máquinas asombrosas de Griffith constituyen uno de los más claros antecedentes de la estética steampunk que tan de moda está últimamente. Eso sí, en su época no se trataba de retrofuturismo, sino de ficción especulativa en toda regla.

Pasando ahora a comentar la edición, empezaría afirmando que Cápside no puede competir con las grandes (o incluso medianas) empresas editoriales. Pero ello, en el fondo, abre tantas puertas como cierra. Así, me puedo permitir abordar proyectos especiales, y hacerlo saliéndome un poco de la norma, mimando cada libro. Ahí tenéis, por ejemplo, la portada, obra de nuevo de Olga Esther (algún día tengo que contar cómo fue evolucionando de un pequeño pseudograbado central hasta la portada y contraportada final), y también la maquetación interior presenta sus detallitos, como podéis comprobar leyendo el avance editorial con las 46 primeras páginas.

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La distribución será limitada, básicamente, a través de Cyberdark (donde ya podéis reservar vuestro ejemplar) y por medio de las librerías que trabajan habitualmente con Cápside (espero poder añadir a lo largo de los próximos meses al menos un par de puntos de distribución, en Madrid y Zaragoza). Como contrapartida, el prescindir del circuito habitual me permite ajustar un poquito más los precios, así que “Los Forajidos del Aire” tendrá un PVP de 15 euros en formato físico (para 434 páginas) y de 3 en electrónico.

Espero que la novela sea de vuestro agrado y que se pruebe una empresa exitosa, porque me encantaría poder seguir “rescatando” títulos clásicos de la historia del género fantástico que, por alguna razón, nunca han llegado a ver la luz en nuestro idioma.

La fecha prevista de salida de “Los Forajidos del Aire” es el 20 de septiembre, para ser presentada durante la Eurosteamcon de Valencia, que se celebrará ese fin de semana en Burjassot. Os dejo ahora con el texto de contraportada (y espero, también, con ganas de leer esta entretenidísima novela de 1895):

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Hasta los terribles acontecimientos de 1899, pocos en Europa conocían el nombre de Max Renault. Al hombre de la calle le preocupaba más la creciente tensión bélica entre Gran Bretaña, Rusia y Francia, que podía estallar en cualquier momento en forma de guerra continental a gran escala. Pero como líder del Grupo Autónomo Nº 7, Max Renault estaba a punto de embarcarse en una campaña de terror como el mundo nunca había conocido. Gracias al secreto de la navegación aérea, arrancado por la fuerza de las confiadas manos de los colonos de Utopía, él y sus seguidores llevarán al terrorismo anarquista a cotas jamás soñadas, bombardeando desde las alturas inexpugnables del cielo con igual facilidad ciudades, flotas y ejércitos. Porque de no alzarse en su contra un nuevo poder, capaz de plantarles cara en su propio elemento, el mundo estará inerme ante la brutalidad de Los Forajidos del Aire.

Un mago de Terramar

•septiembre 6, 2014 • 4 comentarios

En 1967 le pidieron a Ursula K. Le Guin que escribiera un libro para niños ya creciditos, lo que hoy en día se clasificaría como Young Adult (YA para los apresurados). Eran otros tiempos, y el resultado lo demuestra. “Un mago de Terramar” (“A wizard of Earthsea”) no es una historia de amores juveniles o rebelión adolescente, sino una historia de crecimiento, autoconocimiento y superación, que trasciende todos los condicionantes previos y se erige en uno de los títulos fundamentales de la historia de la fantasía.

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Ya en 1964 la autora había comenzado a explorar algunos de los temas y el escenario, Terramar, donde se desarrollaría su principal serie de fantasía, por medio de dos cuentos, “La palabra que desliga” y “El poder de los nombres” (recopilados en 1975 dentro de la antología “Las doce moradas del viento”). En ellos describe un gran archipiélago, donde la magia convive con el trabajo duro en una ambientación similar a nuestra Edad de Hierro. Pero es una magia peculiar, que se basa en el poder que conocer el auténtico nombre de las cosas otorga al mago y que exige mantener el equilibrio.

“Un mago de Terramar” surgió también de preguntarse de dónde surgían los magos, qué eran antes de convertirse en ancianos con cayado y luenga barba blanca. Así, narra la vida de Ged, conocido como Gavilán por todos menos sus más íntimos, en quien la magia se manifiesta a una edad muy temprana, lo que lo lleva a ser primero discípula de la bruja del pueblo, luego de Ogión, un mago local y, por último en la escuela de magia de Roke.

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Las habilidades de Ged son grandes, como lo es también su orgullo, que lo lleva a intentar un peligroso hechizo nigromántico sin estar preparado. Esta acción libera en Terramar un poder extraño, una sombra innominada, que se cierne sobre la vida del joven mago y le obliga a la postre a huir o a enfrentarse con ella, con el resultado de dicho encuentro ignoto incluso para el más sabio de los magos.

En “Un mago de Terramar” hay magos, así como dragones, invasores de allende el mar, hechicería maligna y prodigios, pero todo ello, aun siendo importante, no resulta central para la narración. La historia se articula en torno a Ged y su sombra. Examina cómo un niño aprende a tratar con un gran poder, cómo, en suma, yerra, aprende y crece como persona. Es decir, como muchas otras novelas fantásticas (y no fantásticas) juveniles es una bildungsroman, una novela de aprendizaje. Lo que la diferencia de la mayoría es que lejos de optar por soltar cuatro generalidades que halagan al lector antes que lo desafían, su tesis central es rica y su filosofía elaborada.

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Respecto a esto último, dos son las principales fuentes (no sólo de esta novela, sino de buena parte de la obra de Le Guin). Por un lado está el taoísmo, con el concepto del equilibrio y del encuentro armónico de opuestos (sobre todo luz y oscuridad, una imagen que también fue fundamental en la siguiente novela de la autora, “La mano izquierda de la oscuridad“). Por otro el concepto psicoanálitico del subconsciente y la sombra, que se enraíza en el trabajo de Sigmund Freud, anque fue desarrollado principalmente por Carl Jung. De hecho, el proceso (el viaje) descrito en el libro presenta grandes similitudes con la doctrina jungiana, aunque la autora ha manifestado en alguna ocasión que la redacción del libro predata sus lecturas a fondo de la obra del psicólogo.

Dejando de lado estas cuestiones, “Un mago de Terramar” constituye también un hito por ser la primera obra que describe un colegio de magia, precediendo en décadas a títulos posteriores como la serie de Harry Potter o “El nombre del viento” (cuya magia de nombres se basa también en el mismo concepto). De igual modo, el equilibrio en la magia se reflejaría en títulos como “Las crónicas de Belgarath” de David Eddings y, en general, la serie de Terramar supondría una importante influencia en buena parte de la fantasía de los años ochenta y noventa (durante los que se vivió cierta juvenilización del género).

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Otro aspecto a destacar sería la diversidad racial de los habitantes de Terramar. Hasta “Un mago de Terramar” los protagonistas de las sagas fantásticas eran siempre blancos, mientras que Ged, como la mayor parte de sus compatriotas posee un tez cobriza, cercana a la de los amerindios, existiendo en el archipiélago diversas tonalidades (siendo los más bárbaros, o cuanto menos los más belicosos, los kargos blancos del norte).

La serie original de Terramar se completó con las novelas “Las tumbas de Atuán” (1971) y “La costa más lejana” (1972). Bastante después, en 1990, Le Guin presentó “Tehanu: el último libro de Terramar”… que no cumplió su promesa, pues en 2001 se publicaron sendos tomos que suponen, por el momento, el broche final a la serie: “El otro viento” (2001) y la antología “Cuentos de Terramar, que incluye cinco narraciones cortas adicionales (estas últimas aportaciones, aun acaparando premios, no poseen el mismo reconocimiento crítico ni popular que la trilogía original).

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Alice’s adventures in Wonderland (Alicia en el País de las Maravillas)

•septiembre 2, 2014 • Dejar un comentario

En 1865 se publicó una de las obras más influyentes de la historia de la fantasía… aunque su adscripción a este género podría hallarse sujeta a interpretación.

Todo empezó el cuatro de julio de 1862, día en que los reverendos Charles Lutwidge Dodgson y Robinson Duckworth salieron a navegar por el Támesis con las tres hijas menores del vicedecano de la Universidad de Oxford: Lorina, Edith y Alice Liddell. Para entretener a la niñas durante el trayecto Dodgson les contó la historia de una niña, Alicia, que vive una serie de aventuras estrambóticas, que se ampliaron un mes más tarde, en el transcurso de un segundo viaje. Alice Liddell le pidió a Dodgson que le escribiera el cuento, y a ello se dedicó los meses siguientes.

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Tras diversas versiones (la original no se conserva), compuso “Alice’s adventures underground” y buscó el consejo de uno de los principales autores infantiles de la época, George MacDonald (“La princesa y los trasgos“), cuyos hijos disfrutaron de la historia, y así pues empezó a buscar editor, sustituyendo los dibujos que él había hecho por ilustraciones de uno de los grandes profesionales de la época, John Tenniel, quien añadió una nueva faceta gráfica a la obra (y fijó iconográficamente muchos de sus personajes más emblemáticos).

Así vio la luz “Alice’s adventures in Wonderland”, abreviado a veces, sobre todo a raíz de las sucesivas adaptaciones a otros medios, como “Alice in Wonderland”, de donde viene el título español de “Alicia en el País de la Maravillas”, que se ha empleado en todas las ediciones desde 1951 (año en que se estrenó la película animada de Disney, que sigue siendo la versión audiovisual más popular).

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La premisa es de sobras conocida. Cierta tarde, merendando en el campo, Alicia ve un conejo blanco con una prisa enorme que despierta su curiosidad. Lo sigue cuando entra en un agujero y va a parar a un lugar extraño, donde la lógica y el sentido común brillan por su ausencia, los animales hablan (aunque no siempre lo que dicen tiene sentido) y la altura es una cuestión variable. En su periplo por tan extraño lugar, Alicia se encuentra con diversos personajes icónicos, como la oruga fumadora, el Sombrerero Loco o la Reina de Corazones, que la enredan en conversaciones y situaciones absurdas.

Y ahí radica la esencia del libro, en lo absurdo, el “nonsense” literario, un estilo que surgió en parte de las rimas infantiles tradicionales y que fue adoptado como medio para expresar juegos de palabras, parodias y sátiras, basado todo ello en el sinsentido intrínseco del propio lenguaje empleado. La primera figura importante de este estilo fue el británico Edward Lear (quien en 1846 publicó un libro de poemillas sin sentido, “A book of nonsense”), aunque quizás su autor más destacado sea el reverendo Dodgson, bajo su seudónimo literario de Lewis Carroll (autor no sólo de los libros de Alicia, sino también de numerosos poemas sin sentido como “La caza del Snark”).

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Dodgson/Carroll juega con las palabras y con la estructura, convierte rimas victorianas populares en poesías absurdas, altera la secuencia lógica y, en general, envuelve a Alicia en un escenario desquiciado, que la hace exclamar en más de una ocasión “¡Eso no tiene sentido!”.

Los innumerables análisis a los que ha sido sometida la obra han identificado a numerosos personajes y lugares de Oxford (y del Christ Church College donde Dodgson enseñaba matemáticas) parodiados en la obra (el propio autor sería un dodo), así como bromas y sátiras más o menos mordaces a costa de diversos aspectos de la cultura de la época, y algún que otro juego matemático. Lo interesante del asunto es que quizás el libro funcione mucho mejor desconociendo todo esto. Es decir, liberando por completo a los símbolos de significado y abrazando sin más el absurdo por el absurdo.

Quizás por ello la relevancia de la obra no haya hecho sino incrementarse con el paso de los años, haciéndose un ejemplo más puro de nonsense literario cuanto más apartado se encuentra el lector del contexto cultural en que surgió.

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Comentaba al principio que situar a “Alicia en el Pais de las Maravillas” dentro de la tradición fantástica no es algo automático. Aunque presenta elementos como animales parlantes o alteraciones poco menos que mágicas, lo cierto es que todo ello responde al intento premeditado de impactar al lector con su imposibilidad. Es decir, rompe deliberadamente el pacto de suspensión de la incredulidad en que se basa la fantasía como género literario (o como andamiaje para la creación de historias). Y, sin embargo, su influencia ha sido y es innegable.

Desde la fantasía onírica británica de Lord Dunsany y seguidores (al final descubrimos que Alicia ha estado soñándolo todo) hasta la fantasía infantil americana (con L. Frank Baum, Roald Dahl y el Doctor Seuss como principales referentes), el estilo e iconografía de Lewis Carroll (y John Tenniel) ha servido de inspiración a incontables escritores, liberando en parte al género de las restricciones del folclore, llevando a la fantasía más allá de los cuentos de hadas. Tras la Primera Guerra Mundial, este tipo de exploración de lo absurdó se organizó en movimientos como el dadaísmo y el surrealismo, que a su vez han retroalimentado (en particular el surrealismo, generalmente con intencionalidad cómica) la fantasía.

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En 1871, Lewis Carroll publicó una continuación, “Through the looking-glass and what Alice found there” (“A través del espejo”), una aventura un poco más sombría, que cambia la iconografía del juego de cartas por el ajedrez. La mayor parte de las adaptaciones entremezclan elementos de ambas obras (a la secuela pertenecen, por ejemplo, los gemelos Tweedledum y Tweedledee).

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The gods of Pegāna

•agosto 31, 2014 • Dejar un comentario

El autor de fantasía más importante e influyente de al menos el primer cuarto del siglo XX fue Edward John Moreton Drax Plunkett, quien firmó sus obras como Lord Dunsany (fue el 18º Barón de Dunsany, uno de los títulos nobiliarios ingleses más antiguos de Irlanda).

Desde mediados del siglo XIX, Irlanda estaba experimentando un movimiento de recuperación de la identidad nacional, que en el ámbito literario se manifestó en la recuperación del idioma y de los viejos mitos gaélicos. Liderado por William Butler Yeats, este renacimiento literario irlandés llevó a la publicación de numerosos libros sobre mitología céltica y temas afines, más o menos adaptados a los gustos literarios del momento, con algunos autores, como James Stephens, más especializados en cultivar este tipo de literatura mitológico-folclórica, con obras como “La olla de oro“.

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Lord Dunsany irrumpió en este panorama en 1905 con su primer libro, “The gods of Pegāna”, que más que explotar esta tradición folclórica, la destilaba, para dar origen a una fantasía nueva, con sus raíces bien asentadas en la tradición mitológica (y la fantasía feérica de George MacDonald y William Morris), pero sin hacer uso específico de sus dioses, personajes y héroes. Así, la antología constituye toda una cosmogonía original, que toma prestados elementos no sólo de la mitología gaélica, sino también de la grecorromana (cuyos mitos eran incluidos asiduamente, por ejemplo, por Andrew Lang, el principal compilador inglés de cuentos de hadas, en sus antologías anuales) e, indudablemente, de la nórdica.

El dios principal de este panteón es Mana-Yood-Sushai, que creó al resto de dioses y cayó en un profundo sueño, arrullado por el redoble continuo de Skarl el Tamborilero. Sin nada que hacer, estos dioses crearon diversos mundos, para entretenerse jugando con los mortales, aunque siempre bajo la promesa del despertar de Mana-Yood-Sushai, que creará nuevos dioses y nuevos mundos, descartando los antiguos.

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A través de capítulos muy cortos, a medio camino entre el microrrelato y el poema en prosa, Lord Dunsany va describiendo su panteón. Presenta así a Kib, el creador de hombres y bestias; a Sish, el dios del tiempo; Mung, el dios de la muerte… y así hasta una decena de dioses mayores, cada uno con su propia esfera de influencia, expresada con un lenguaje poético, deudor tanto del estilo arcaico de la Biblia del Rey Jacobo como del medievalismo impostado de los romances en prosa de William Morris.

Los episodios mitológicos ocupan apenas unos pocos capítulos, con la rebelión de tres dioses menores de ríos como elemento más destacado, para pasar a la sección más irónica del libro, con una sucesión de profetas, escogidos por los hombres para hablarles de los dioses, aunque dado que no son capaces de ver nada, las más de las veces tan sólo se aprovechan de su posición. En estos capítulos se aprecia el desden del autor por la religión organizada, lo cual no deja de presentar un contraste curioso, al presentar una religión mayormente falsa (al menos a nivel ceremional) fundamentada en unos dioses muy reales.

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Sobre todos estos capítulos se cierne siempre la promesa del Fin, el despertar de Mana-Yood-Sushai, que barrerá a los dioses y con ellos a los mundos que han creado para su diversión. Así, con ecos del Ranarök vikingo, los dos  últimos episodios están dedicados a narrar ese inexorable Fin, que acabará con Pegāna, con sus dioses y con los hombres, que no son sino sus juguetes.

Al ser por aquella época prácticamente desconocido para el público en general, Lord Dunsany se vio obligado a pagar por la edición de éste su primer libro (un tomo de menos de cien páginas), que hizo ilustrar por Sidney Sime, quien se convertiría en su ilustrador de referencia hasta 1922 (el período durante el cual produjo el grueso de sus cuentos. El éxito de la obra fue tal que ya no volvió a tener a recurrir a este modelo de edición, publicando nuevos cuentos de Pegāna en la continuación directa, “Time and the gods” (1906), y visitando de nuevo el escenario en algunos de los relatos de su tercera antología, “La espada de Welleran” (1908).

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En español se ha publicado dos veces en sendas ediciones que recopilan todos los cuentos de “The gods of Pegāna” y “Time and the gods”. Primero como “En el País del Tiempo” (Siruela, 1987) y más recientemente como “Pegāna. Tiempos y dioses” (La Biblioteca del Laberinto, 2011), que incluye tres relatos no relacionados de fantasía onírica, organizados en “Tales of the three hemispheres” (1919) como una miniserie (“Más allá de los campos que conocemos”). Eso sí, ignoro hasta qué punto la imposibilidad de trasladar fielmente el arcaísmo de la prosa de Lord Dunsany (durante esta fase de su producción, ya que exploró diversos estilos a lo largo de su carrera) puede afectar a la cualidad estética de los relatos, tan importante al menos como lo que cuentan.

Por lo que respecta a la influencia que ejerció esta colección (y las antologías subsiguientes), sólo puede definirse como enorme. Hubo cierta época, sobre todo tras el tour que Lord Dunsany realizó por EE.UU. en 1919, en que todo aspirante a escritor de fantasía caía en una imitación de sus temas y su prosa recargada (hasta el punto de que incluso hoy en día hay revistas que en sus directrices de recepción de originales aconsejan en contra de dicha práctica). Entre los jóvenes deslumbrados por el estilo de Lord Dunsany se encontraba, por ejemplo H. P. Lovecraft, cuyos relatos escritos entre 1919 y 1920, en especial su producción onírica (que culminó unos años después en la escritura de “La búsqueda onírica de la desconocida Kadath“), muestran una influencia directa y reconocida (su terrible panteón cósmico hunde sus raíces en los dioses de Pegāna, aunque con el paso de los años fue transformando a sus deidades en poderes alienígenas).

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Por supuesto, Pegāna es también la primera mitología ficticia de la historia de la literatura fantástica, con lo que culminó el camino iniciado por William Morris, quien fue el primer autor en imaginar un mundo distinto de la Tierra y del reino de Faerie para ubicar sus historias. Aunque aún faltaban muchos años para que Tolkien acuñara el término, Pegāna podría considerarse como el primer mundo secundario completo, y hoy en día resultaría impensable crear un universo ficticio que no contara con su propia cosmogonía (ya sea literal o, cuanto menos, mítica).

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Consigue un traje espacial, viajarás

•agosto 28, 2014 • Dejar un comentario

En 1958 Heinlein publicó su duodécima y, aunque por entonces aún no lo sabía, última novela juvenil para Scribner. Al año siguiente, las desavenencias entre autor y editor suscitadas a raíz del borrador de “Tropas del espacio”, pusieron de manifiesto las tensiones entre la necesidad de Heinlein por llevar su obra a otro nivel y el conservadurismo exigido por la orientación de la colección, y se rompió una exitosa relación de más de una década.

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Lamentablemente, no se puede decir que “Consigue un traje espacial, viajarás” (“Have space suit — will travel”) constituya una de sus aportaciones más logradas. La novela narra las peripecias de Kip Russell, un chaval de diecisiete o dieciocho años (a punto de entrar en la universidad) obsesionado por viajar a la Luna. Tras participar (muy metódicamente) en un concurso de eslóganes publicitarios, logra hacerse con un traje espacial de segunda mano, al que bautiza como Óscar mientras lo restaura con cuidado.

La noche de la prueba final, la radio del traje, sintonizada en la frecuencia de emergencia espacial, capta una llamada de socorro, a la que responde confuso para encontrarse, de forma bastante confusa, raptado a bordo de una especie de platillo volante, en compañía de Piwi (Peewee en el original) una precoz niña de once años. Así, casi sin comerlo ni beberlo, acaba viajando a nuestro satélite, aunque sea como prisionero de un par de maleantes y una horrible criatura alienígena a la que bautiza como Caragusano, cuyas intenciones no parecen ser muy buenas para con la Tierra y sus habitantes.

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Del lado de los niños se encuentra otro alienígena, la Cosa Madre, cuyo intento de salvamente desesperado por parte de Piwi ha propiciado todo. A la postre, Kip (con Óscar) y Piwi tendrán que ingeniárselas para escapar de Caragusano y sus secuaces, liberando en el proceso a la Cosa Madre, sin saber que al final del camino les aguarda un proceso trascendental, en el que estará en juego no sólo su propia vida, sino la propia subsistencia de la humanidad.

Antes de emitir la valoración definitiva conviene contextualizar un poco.

En 1958 se acababa de dar el pistoletazo de salida a la carrera espacial, con el lanzamiento del Sputnik en octubre de 1957 (aunque la intención de hacerlo se había anunciado en 1955). Unas semanas después el lanzamiento del Vanguard estadounidense fue un fracaso estrepitoso, que se subsanó en enero de 1958 con el lanzamiento del Explorer I por parte del equipo de Wernher von Braun en Cabo Cañaveral. El primer hombre en el espacio (y, por tanto, el primer traje espacial operativo) no llegó hasta 1961, con Yuri Gagarin, seguido tres semanas después por Alan Shepard como culminación del proyecto Mercury, que se había anunciado en diciembre de 1958.

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En otras palabras, cuando Heinlein publicó su novela lo de los trajes espaciales distaba mucho de ser la (relativa) obviedad que nos parece hoy en día.

La faceta de ingeniería de la obra deriva de la información publicada en artículos de divulgación de Wernher von Braun y Willy Ley, así como de las propias experiencias de Heinlein durante la Segunda Guerra Mundial, cuando se vio involucrado en el diseño de trajes de vuelo a altitudes extremas para el ejército. Los segmentos más interesantes de la novela, de hecho, giran en torno al acondicionamiento de Óscar y a un par de paseos espaciales, el primero de ellos sobre la superficie de la Luna y el segundo en un planeta un poco más lejano. Una buena muestra de su buena vista como ingeniero reside en que, salvando el errorcillo ocasional aquí o allá, sesenta y cinco años después no chirrían en absoluto (aunque tampoco invocan el mismo pasmo maravillado que cuando el hombre no había alcanzado todavía el espacio).

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Por desgracia, la historia que entrelaza estos episodios resulta… chapucera cuanto menos. Estas deficiencias narrativas se suelen disculpar por su carácter juvenil o por la fecha de redacción, pero el propio Heinlein había demostrado en años anteriores que las limitaciones suponían sólo retos, no obstáculos insalvables, y para 1958 la ciencia ficción empezaba a estar bastante madura. La impresión que produce es que la historia en sí no le interesaba demasiado, bien fuera por considerarla un mero soporte para sus ideas de ingeniería, bien por haber intentado algo que no le salió muy bien.

Porque lo cierto es que, cambiando un poco los personajes y el estilo, la novela bien la hubiera podido escribir otro de los grandes nombres de la época, Arthur C. Clarke, a quien el tono humanista de la historia le cuadraba mucho mejor que a Heinlein (lo intenta, pero le pueden sus ramalazos individualistas; la última persona más o menos decente a la que querrías representando a la humanidad sería a un personaje heinlenita). En “Consigue un traje espacial, viajarás”, la subtrama más o menos trascendental queda forzada, e incluso el elogio de la exploración espacial incipiente (los protagonistas viajan cada vez más lejos, primero a la Luna, luego a Plutón, de ahí a Vega y, por último, a la Nube Magallánica Menor) se ve curiosamente desprovisto de emoción.

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Era, quizás, una historia que requería de unas habilidades diferentes a las que exhibía Heinlein (por no hablar de la faceta polémica que nunca puede faltar en sus obras, en esta ocasión a cuenta de la relación proto-romántica entre Kip, un chaval de en torno a los dieciocho años y Piwi, una niña de once… tan sólo un año después de que el autor vadeara por las mismas aguas fangosas con su novela “Puerta al verano”).

“Consigue un traje espacial, viajarás” fue serializada originalmente entre agosto y octubre en The Magazine of Fantasy & Science Fiction, y prueba del impacto que tuvo en su época (o de la popularidad de Heinlein), se hizo con una nominación a los premios Hugo en 1959 (una añada muy floja, que coronó a “Un caso de conciencia”, de James Blish).

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