La llama negra

•septiembre 30, 2014 • Dejar un comentario

Stanley G. Weinbaum es un escritor singular dentro del género de la ciencia ficción, hasta el punto de que fue señalado por Isaac Asimov como una de las tres novas del género (junto con E. E. Doc Smith y Robert A. Heinlein), autores cuyo trabajo destacó como una explosión de luz entre sus coetáneos. Específicamente, se considera que Weinbaum fue el primer autor de la Edad de Oro… un lustro antes de que ésta arrancara oficialmente a mediados de 1938.

¿Qué ocurrió entonces para que no se trate de un nombre conocido entre los aficionados? Ocurrió que un cáncer cortó en seco su carrera apenas año y medio después de su primera publicación, el cuento “A martian odyssey” (Wonder Stories, julio 1934).

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En momento de su muerte, en diciembre de 1935, contaba en su haber con una novela romántica y una docena de relatos largos, publicados principalmente en Wonder Stories y Astounding, a los que se añadirían otros tantos, publicados póstumamente en los cuatro años siguientes, y un par de novelas; una de ellas, “La llama negra”, con una azarosa historia editorial.

“La llama negra” se compone en realidad de dos textos, que posiblemente nunca fueron concebidos una narración única coherente. Por un lado está el relato “El amanecer de la llama” (“Dawn of Flame”), que apareció originalmente en 1936 en un volumen conmemorativo póstumo al que daba título. Posteriormente, en enero de 1939, una novela corta, “La llama negra” (“The black flame”) apareció como plato fuerte del primer número de Startling Stories. En 1948, Fantasy Press los unió en un tomo, con reediciones en 1953 (Harlequin Books) y 1970 (Avon Books). Es esta última la que al parecer tomó como punto de partida La Biblioteca del Laberinto para la edición castellana de 2006 sobre la que se basa esta reseña.

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La historia de “La llama negra” no termina ahí, sin embargo. El texto original de Weinbaum, que se consideraba perdido (tras serle robado a Forrest J. Ackerman, quien lo había obtenido en una subasta), reapareció en 1995 en un volumen “restaurado” de Tachyon Publications, tras ser descubierta una copia al carbón del mismo en un arcón en posesión de uno de los nietos del autor. Esta versión recupera 18.000 palabras adicionales (unas cincuenta páginas).

Todos estos datos, en realidad, son poco significativos de cara a valorar la obra, salvo quizás para resaltar que no se trata en modo alguno de un texto definitivo, cerrado a plena satisfacción del autor, sino que es una especie de monstruo de Frankenstein, reconstruido con trozos de cadáveres y traído a la vida por el entusiasmo de los fans… y en estos casos siempre hay que andarse con pies de plomo a la hora de sacar conclusiones.

“El amanecer de la llama” se ambienta unos trescientos años después de que una enfermedad, la plaga gris, exterminara a dos tercios de la población terrestre y empujara al tercio restante a una serie de guerras que aniquilaron todo rastro de civilización (escenario que parece ser una secuela no confesa de “La plaga escarlata”, novela corta de 1908 de Jack London, con la salvedad de que se apunta a que el agente infeccioso fue de origen parcialmente artificial y fue desarrollado como arma biológica… algo que bien podría provenir del cuento del mismo “La invasión sin paralelo”, de 1910).

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El protagonista es Hull Tarvish, un montañés que viaja a la cercana ciudad de Ormiston justo a tiempo de participar en su defensa frente al ejército del Amo, un líder que pretende unificar bajo su dominio el mundo entero, para lo cual cuenta con retazos de la tecnología de los antiguos, rescatados de sus ciudades en ruinas, así como con el secreto de la inmortalidad, otorgada por medios científicos a él y a su más cercanos, incluyendo su hermana Margaret, apodada Margot la Negra (o también la Llama Negra), una mujer de belleza sin igual.

Enamoriscado de Vail, la hija del cacique local, Hull se enfrenta en una batalla perdida de antemano al poder de Joaquin Smith, el Amo (que resulta en realidad un tirano bastante ecuánime y comprensivo, con un objetivo y unos métodos que bien podrían tildarse de nobles). Lo peor, sin embargo, llega después, cuando la princesa Margaret se encapricha de Hull y lo hace debatirse entre su lealtad a Vail y a la resistencia de Orminston y la fascinación que sobre él ejerce la Llama Negra.

En cuanto a la novela corta “La llama negra”, da toda la impresión de ser una reescritura, corregida y aumentada, del mismo esquema básico. En esta ocasión el protagonista es Tom Connor, un hombre ajusticiado en 1960 por electrocución que despierta mil años después, para ser confundido con un Durmiente (personas que se someten voluntariamente a un proceso de electroéstasis, para disfrutar un par de siglos después de sus rentas acumuladas; algo inspirado en la novela de G. H. Wells “Cuando el durmiente despierte” 1899-1910).

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El reinado del Amo dura ya siete siglos y la civilización ha recuperado mucho terreno, hasta llegar incluso a superar en ciertos aspectos a la nuestra propia (con el descubrimiento y empleo de la energía nuclear de fusión). Curiosamente, sus matemáticas están tan por detrás de las nuestras que desconocen incluso los logaritmos (y con ellos la omnipresente regla de cálculo). Se trata de un imperio benévolo y próspero, lo cual no quita que haya su cuota de revolucionarios descontentos… como aquellos entre los que va parar Connor.

Se repite en cierto modo el esquema de “El amanecer de la llama”, al encapricharse el protagonista de una chica, Evanie, y verse involucrado por tal vínculo en una lucha que no le va ni le viene (lo cierto es que contempla todo el asunto con una actitud bastante crítica). Tras el inevitable fracaso, la princesa Margaret se encapricha de él y hay un tira y afloja entre los sentimientos que cree sentir por Evanie y la fascinación que ejerce en él la Llama Negra, con las peculiaridades de un imperio postcatastrofista global, dirigido por inmortales, de fondo.

Ambas historias, en particular la segunda, presenta ideas intrigantes, y no cuesta comprender el porqué Weinbaum ejerció un impacto tan grande en su época (muchos de los conceptos se perciben como avanzados no ya en unos años, sino incluso en décadas a su época, con desarrollos que evocan obras de la New Wave como “Tú, el inmortal” o “La intersección de Einstein” (unos mutantes, surgidos del intento de replicar el proceso inmortalizador, con rasgos mitológicos). El desarrollo, sin embargo, denota a menudo su sustrato pulp, con una historia simplona y algo inconexa y unos héroes que tienen algo de howardiano y un aire que evoca aventuras como las de Doc Savage (en quien bien podría inspirarse el Amo… siempre que Savage hubiera conquistado la inmortalidad y le hubiera dado por gobernar un mundo postapocalíptico).

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Lo que quizás haga destacar más a “La llama negra” de las narraciones contemporáneas tal vez sea la psicología de los personajes, un aspecto que normalmente quedaba muy descuidado y que es central en ambas historias. No tanto por sus protagonistas, que son bastante básicos, sino por la creación de Margot, la Llama Negra, una joven inmortal, tan fascinante como enigmática, tan cruel como digna de piedad, atrapada en una trampa eterna por su condición adquirida, anhelante de amor y al mismo tiempo endurecida (casi enloquecida) por siglos de decepción (ante el doble obstáculo de su magnificiencia y su atemporalidad). Todo un personaje arquetípico, que bebe de las mismas fuentes (quizás incluso por influencia directa) que la “Ella” de Haggard y que constituye uno de los primeros personajes femeninos complejos (con ese halo de misterio desconcertante que le confiere la perspectiva masculina) de la ciencia ficción.

La edición española se complementa con la reescritura de “La llama negra” por parte de José Mallorquí (como J. Carr), con el título de “El hombre de ayer” para la colección Futuro en 1953 (una práctica, la de versionar, que ahorraba el abonar los derechos de traducción). Texto que me abstendré aquí de analizar.

La historia de Zoë

•septiembre 24, 2014 • Dejar un comentario

La colonia perdida” iba a ser la última novela ambientada en el universo de “La vieja guardia” o, cuanto menos, la última del arco argumental de John Perry y su familia. El problema surgió con la insatisfacción mostrada por muchos lectores ante ciertas inconsistencias del volumen final, incluyendo un elemento de la trama del que a partir de determinado punto no se vuelve a hablar y un deus ex machina como la copa de un pino.

¿Error de planificación? ¿Problema de gestión de los puntos de vista? ¿Exceso de celo en la poda? Lo cierto es que John Scalzi se encontró con un dilema, porque lo que le faltaba por contar no era demasiado, pero sí bastante crucial para redondear la historia. Así pues, tomó la decisión, aún no sé si respetuosa o todo lo contrario con sus fans, de reescribir por completo la última novela, contando los acontecimientos desde el punto de vista de Zoë, la hija adoptiva de John Perry y Jane Sagan.

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Así nació “La historia de Zoë” (“Zoe’s tale”, 2008), como cuarto libro de la saga, aunque en realidad corra en paralelo con el tercero. Scalzi no es el primer autor en intentar algo parecido. Quizás el caso más notorio sea el de Orson Scott Card, quien con “La sombra de Ender” (1999) retornó a la Escuela de Batalla para contar básicamente la misma historia de “El juego de Ender” (1985), pasando el protagonismo de Ender Wiggins a Bean (y con la dificultad añadida de una sorpresa final desvelada tres lustros atrás). Claro que los catorce años de lapso constituyen tanto una dificultad como una ventaja, pues, ¿qué podía ofrecer Scalzi de novedoso con apenas unos meses de barbecho?

La respuesta, me temo, es que bien poco. Lo cual no implica necesariamente que “La historia de Zoë” sea un desastre completo. Más bien al contrario, el autor se preocupa por ofrecer un libro con entidad propia, y deja patente su experiencia y buen hacer, hasta el punto de que posiblemente sea mejor novela juzgada como obra independiente que como parte de una serie… lo cual hace pensar cuán mejor hubiera podido ser (ella o la novela que hubiera podido escribir en su lugar) de no haberse visto encorsetado por la historia que ya había narrado.

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No voy a dedicar muchas palabras a exponer la trama (a la crítica de “La colonia perdida” me remito). La única novedad consiste en que la nueva narradora es Zoë, una chica adolescente con cierto equipaje a sus espaldas (ser la única superviviente de todo un mundo, la hija de un traidor a la humanidad y poco menos que una deidad para toda una especie alienígena, a la que su progenitor dotó de consciencia), o mejor dicho, la idealización, construida por referencias, de una adolescente de dieciséis o diecisiete años (que, particularmete, me ha resultado poco creíble, aunque claro, yo tampoco he sido nunca una chica adolescente).

La estrategia adoptada por Scalzi para lidiar con el problemilla de la narración paralela es interesante. Como no puede evitar que el lector (al menos el lector más probable) tenga conocimiento previo de los giros de la trama, opta por restarles importancia adelantándolos él mismo a base de flashforwards. Es decir, desactiva esa fuente de conflicto ridiéndose a lo inevitable e integrando esa circunstancia en los requisitos técnicos de la novela, de modo tal que resultara también un recurso apropiado para quien no contara con experiencia previa de Roanoke y las vicisitudes por las que pasa la colonia.

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A partir de ahí, va delineando la historia con mucho oficio y exhaustividad y pocas sorpresas, ofrece una solución de compromiso para los hombres-lobo (uno de los problemas de “La colonia perdida”) y echa el resto en el viaje de Zoë en busca de ayuda, lo que deja el porcentaje de novedad en torno a un veinte por ciento.

Durante el transcurso de la novela refuerza la evolución general de la serie, haciendo hincapié en los personajes que buscan mediar pacíficamente en los enfrentamientos (que generalmente surgen por dificultades de comunicación), separando cada vez más a la serie de sus orígenes militaristas. Eso sí, después del desarrollo de “La colonia perdida”, lo que se nos cuenta o sugiere en “La historia de Zoe” queda en poco más que una coda o una mera matización, que no aporta en realidad nada nuevo (algo probablemente reservado para “The human división”, el quinto libro, publicado en 2013 con nuevos protagonistas).

Lo que sí aporta de novedoso como subtexto es el modo en que Zoë lidia con su papel, no demasiado claro, como modelo de los obin, toda una raza alienígena. Algo que le obliga a examinar cuál es en realidad su papel, a qué le obliga y qué le puede aportar. En ese sentido, “La historia de Zoë” es una novela de maduración personal… algo que hubiera tenido mucha más enjundia si al personaje se le hubiera dado espacio para crecer y, sobre todo, se le hubiera dotado de alguna que otra arista que ir puliendo.

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Lo que queda es una novela que cumple, sin más. Totalmente prescindible salvo quizás por algunas revelaciones y reflexiones que quizás hubieran encontrado un mejor vehículo de expresión en una novela corta. Pese ello, como testimonio a la popularidad de Scalzi (y quizás también reflejando lo anémico del panorama general de la ciencia ficción), la novela fue finalista del premio Hugo de 2009 que conquistó “El libro del cementerio”, de Neil Gaiman.

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Los nueve príncipes de Ámbar

•septiembre 22, 2014 • 2 comentarios

Los setenta fueron años difíciles para la fantasía. Tras el éxito masivo de la edición americana de “El Señor de los Anillos” en 1965, que propició que se empezara a recuperar buena parte de la fantasía clásica a través de distintos sellos (como Ballantine o Lancer), las ventas no acompañaron generalmente a las propuestas nuevas, situación que se mantuvo hasta 1977 (con la edición del descarado plagio de Tolkien “La espada de Shannara”, de Terry Brooks, y el inicio de las Crónicas de Thomas Covenant el Incrédulo, de Stephen R. Donaldson).

Pese a ello, fue un período interesante, que no sólo fue testigo del desarrollo del multiverso de Michael Moorcok (“Elric de Melniboné) a partir del molde de la espada y brujería y de la maduración de la fantasía juvenil de la mano de Ursula K. Le Guin (“Un mago de Terramar“), sino que también propició la introducción en el género de muchas ideas nuevas provenientes del campo de la ciencia ficción, con numerosos autores entregados a explorar la frontera entre ambos géneros, tales como Marion Zimmer Bradley (la serie de Darkover), Anne McCaffrey (los dragones de Pern) o Roger Zelazny.

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Zelazny, uno de los principales nombres de la New Wave, ya había mostrado cierta querencia por la fantasía en sus dos novelas premiadas con el Hugo, “Tú, el inmortal” (1966) y “El Señor de la Luz” (1967), ambas con una premisa propia de la ciencia ficción y una ambientación más deudora de la fantasía (y la mitología), algo que compartieron con su propuesta de 1969: “Criaturas de luz y oscuridad”. Pasar de ahí a una historia de fantasía con elementos propios de la ciencia ficción requería tan solo un paso, que dio cuando publicó en 1970 “Los nueve príncipes de Ámbar” (“Nine princes in Amber”), la primera entrega las Crónicas de Ámbar.

La narración arranca de forma bastante tópica y anodina, con el protagonista despertando amnésico en una cama de hospital. A base de pura chulería, de la aplicación de una lógica cuanto menos debatible y de seguir la guía de un instinto infalible, escapa de allí y, atando cabos, llega hasta la mansión de la que supuestamente es su hermana, donde, sin revelar su memoria deficiente, va jugando a ciegas una partida que, aparentemente, lleva en siglos en liza.

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A la postre se entera (y nos enteramos) de que es Corwin, uno de los príncipes herederos de Ámbar, la única tierra verdadera, de la que todas las demás (incluido la nuestra) no es sino una sombra, un universo paralelo entre una miríada, que quizás no tenga siquiera entidad propia salvo cuando nos visita algún miembro de la nobleza de Ámbar (los únicos capacitados para viajar entre las Sombras). También descubre que los nueve príncipes que sobreviven (junto con cuatro princesas), no se llevan precisamente bien, y que su hermano Eric, quien es con toda probabilibad el responsable último de su actual condición, está a punto de coronarse como rey de Ámbar ante la ausencia prolongada e injustificada del padre de todos ellos, Oberón.

Corwin quizás no tenga muchos recuerdos, pero hay algo grabado a fuego en el corazón de todos los príncipes de Ámbar: el anhelo por el poder. Así que da inicio, casi sin darse cuenta a una rebelión en toda regla contra su hermano, con el trono de la única tierra verdadera como premio para el ganador. Eso sí, su estancia en la Tierra (durante al menos seis siglos) lo ha cambiado un poco. Ya no es el noble insensible de antes, sino que ha adquirido cierto sentido de la responsabilidad por los demás, aunque sean meros habitantes de una Sombra.

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La novela detalla a continuación la intentona de Corwin (aliado con otros hermanos), por destronar a Eric, en una contienda que se libra a través de invinitos universos, aunque su punto focal sea fijo e inmutable. A lo largo de las diversas peripecias, Zelazny se preocupa tanto por mantener un tensión in crescendo, como por ir desvelando detalle a detalle las peculiarides del multiverso que ha creado como escenario para sus aventuras; y si decía un poco antes que el inicio no es muy prometedor (dejémonos de rodeos: es rematadamente malo, y no empieza a mejorar hasta haber dejado atrás un cuarto bien cumplido del libro, que por fortuna no es muy extenso), una vez se libera de la “tiranía” de la realidad y hace que Corwin y sus aliados se internen por los caminos de las Sombras, empieza a configurar una aventura en mayúsculas, tan fascinante en su concepción como amena cuando toca entrar en faena y hacer uso de las espadas (porque en Ámbar y sus universos limítrofes la pólvora no funciona).

De nuevo presenta el autor unos personajes semidivinos, con características físicas excepcionales y que, de hecho, son adorados como dioses en determinados universos Sombra (dado que hay un número infinito, siempre es posible encontrar en alguno lo que se está buscando), y si bien no se puede afirmar que su desarrollo sea muy cuidadoso, es bien cierto que Corwin al menos se debate entre su naturaleza principesca (los príncipes de Ámbar no son precisamente unos tipos cordiales y amables con los demás… y especialmente si esos demás pertenecen a su propia familia) y lo aprendido en su exilio involuntario.

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En cuanto a los elementos que comentaba como propios de la ciencia ficción, es de destacar la concepción del multiverso de Ámbar y los medios de los que se valen los personajes para navegar entre las Sombras (por medio de pequeños pasos incrementales, a través de los arcanos de unas barajas de tarot muy peculiares o resolviendo el Patrón). De hecho, la inspiración directa de todo esto proviene de una serie de Philip José Farmer, la del Mundo de los Niveles (que por entonces contaba con cuatro entregas), a lo que quizás podría añadírsele el conflicto entre el orden y el caos de Moorcock y, según propia confesión, la novela de 1946 “El mundo sombrío”, de Henry Kuttner (y su esposa C. L. Moore).

Más allá de la aventura específica de este primer volumen, se aprecia además que hay detrás un plan maestro, con continuas insinuaciones hacia elementos que sólo adquirirán importancia en volúmenes ulteriores, dejando bien a las claras que la pentalogía original (1970-1978) había sido concebida (o cuanto menos planificada) como un arco cerrado, del que a día de hoy no podría indicar sino generalidades a falta de seguir explorando la serie (algo que, sin dudarlo, tengo previsto hacer a poco que se me presente la ocasión).

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En 1985, Zelazny decidió recuperar el universo de Ámbar, centrando la acción en el hijo de Corwin, Merlín (e introduciendo elementos propios del momento, como hacer que su disfraz en la Tierra sea como informático e intentar explicar el multiverso en términos cuánticos). Esta segunda pentalogía, que se cerró en 1991, suele presentar una consideración mucho menor entre los lectores (y ya no digamos nada respecto la precuela “oficial”, licenciada tras su muerte por los herederos de Zelazny, en contra de su deseo explícito de no abrir a otros autores el universo de Ámbar).

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Embassytown (Ciudad Embajada)

•septiembre 11, 2014 • 4 comentarios

Tras revolucionar la fantasía con su New Weird, China Miéville irrumpió el año 2011 en la ciencia ficción con “Embassytown”, novela que le deparó el premio Locus (que ya había ganado en tres ocasiones, dos a novela de fantasía y una en la categoría de Yound Adult) y sendas nominaciones en los premios Hugo y Nebula. Tampoco es que hubiera sido por completo ajeno al género. De hecho, una de las claves del New Weird reside en la hibridación, y ya en “La estación de la calle Perdido“, por ejemplo, incluía autómatas e inteligencia artificial desbocada.

Eso sí, en vez del mundo ficticio de Bas-Lag, tenemos el planeta ficticio de Arieke (la diferencia estriba en que la Tierra está por ahí, en algún lugar), habitado por os ariekei, unos seres verdaderamente alienígenas con un Lenguaje complejo, que para empezar debe pronuniciarse a dos voces, en donde se ubica una pequeña colonia, una ciudad embajada, aislada del resto del planeta por una burbuja de aire respirable. Ciudad Embajada es un enclave colorista, a donde llegan naves estelares que atraviesan el immer (una especie de subespacio) gracias a la pericia de los pilotos, donde habitan humanos, robots y embajadores (parejas de humanos criados para poder comunicarse con los ariekei), bajo el gobierno laxo de Bremen, el lejano imperio que exporta bioteconología alienígena.

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En realidad, la diferencia entre la ciencia ficción de Miéville (en base a este ejemplo aislado) y su fantasía es meramente de grado, pues son más importantes las similitudes con su obra previa que las divergencias. Así, en “Embassytown” vuelve a primar el escenario urbano, con el steampunk de Bas-Lag (por ejemplo) transformado en una suerte de biopunk alienígena y la magia sustituida por ciencia… suficientemente avanzada.

El punto que quizás distinga claramente la novela dentro de la obra del autor (al menos por cuento le he leído hasta ahora) es que es posible buscarle una sublectura, algo más común en la ciencia ficción que en la fantasía. Pese a lo cual, no deja de seguir caminos propios para ello, alejados de los mecanismos habituales. Quizás por ello también haya resultado tan fresca y novedosa a unos lectores huérfanos hasta cierto punto, en lo que llevamos de siglo, de referentes sólidos en un género que muchos consideran en crisis.

La historia está narrada desde el punto de vista de Avice Benner Cho, una nativa de Ciudad Embajada que logra “escapar” de Arieke al demostrar capacidades para immersar. Tras unos años de vagabundeo por el espacio, regresa a casa a tiempo de asistir (y participar) en una crisis, suscitada por los movimientos encaminados a controlar el recurso clave de la colonia: la capacidad de hablar con los nativos.

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El caso es que los ariekei no sólo hablan a dos voces, sino que para comprender siquiera que alguien les está hablando, deben escuchar dos voces con una conciencia única (o lo bastante similar a una conciencia única) detrás. Otra peculiaridad de su lenguaje es que al participar tanto de una faceta meramente audible como de una autoconsciencia, no por inmaterial menos precisa, niega la posibilidad de la mentira. De hecho, su rigidez obliga a los ariekei a crear símiles literales para poder expresar nuevos conceptos, y la propia Avice, en su niñez, tomó parte de uno de ellos, pasando a ser “la niña a la que hicieron daño y comió lo que le dieron”.

El complejo equilibrio de intereses de la colonia se ve perturbado cuando desde Bremen llega un embajador nuevo, no ya una pareja clónica, criada desde la niñez para su función, sino dos individuos disímiles que presentan un grado de empatía mutua inusual, casi inconcebiblemente alto. El experimento, sin embargo, produce efectos inesperados, y pronto la Ciudad Embajada se encontrará peleando por su supervivencia… con Avice metida en todos los follones (por motivos que no quedan demasiado claros, salvo que se trate de un imperativo narrativo).

“Embassytown” se inspira claramente en el sistema colonial británico decimonónico y, en particular, en la relación entre China y Gran Bretaña… muy, muy alterada (nada que ver con la recreación casi al pie de la letra de la Rebelión de Boxers por parte de Paolo Bacigalupi en “La chica mecánica“). Así, nos encontramos ecos de Hong Kong, así como de las Guerras del Opio, con la diferencia importante de que los ariekei son auténticos alienígenas y de que la esencia de la “discrepancia” con los humanos posee una base lingüística… más o menos.

Embassytown

Que nadie espere algo del estilo de “Los lenguajes de Pao” (Jack Vance) o “Babel-17” (Samuel R. Delany). Detrás de “Embassytown” no hay un teoría lingüística como la hipótesis de Sapir-Whorf. Se trata más bien de un concepto, como el que sirve de excusa para “Empotrados” de Ian Watson, aunque en este caso es más sencillo, casi elemental: el concepto de la metáfora como una mentira que encierra una verdad más profunda.

El Lenguaje ariekei no emplea metáforas. Toda mentira es literalmente impensable para ellos, y así hubiera seguido siendo de no haberse encontrado con los humanos, una especie muy bien capacitada para la mentira.

No profundizaré más en el desarrollo de la historia. Me limitaré a analizar superficialmente el concepto de la mentira verdadera, que es a la postre el que quiere transmitir Miéville, y lo haré sugiriendo que quizás lo que pretendía con la novela es algo absolutamente metarreferencial. Tal vez trataba de defender algo tan fundamental como la propia validez del género fantástico, que en el fondo no es sino una mentira (o una serie de mentiras), que pese a ello pueden transmitir una verdad (y hacerlo de un modo nuevo, que abre posibilidades previamente inaccesibles, sin que tenga necesariamente que articularse esa verdad en forma de tesis bien definida… algo que suele ser más propio de la ciencia ficción).

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Tal vez haya sido precisamente la intención de transmitir una tesis específica la que le ha hecho decantarse (ya sea consciente o inconscientemente) por cargar un poco más las tintas en los elementos de ciencia ficción. Eso sí, me da la impresión de que ello ha ido en detrimento de algunas de las virtudes de la ficción de Miéville. Arieke no presenta la misma vitalidad desbordante de Bas-Lag y Avice no resulta un personaje particularmente atractivo. En ambos casos (sobre todo por lo que respecta al planeta), echo de menos un poco más de atrevimiento (quizás por culpa de la comparación inevitable con la nueva space opera).

Lo que sí ofrece “Embasytown” es, como ya he avanzado, una forma relativamente novedosa de abordar el género de ciencia ficción, que sin duda sorprenderá a quienes no hayan seguido la evolución reciente de su hermana la fantasía. Es posible que sea precisamente eso lo que más necesita, una buena inyección de vitalidad hibridante.

Tanto el premio Hugo como el Nebula de aquella añada los conquistó la novela de fantasía “Entre extraños” de Jo Walton, que fue además la única junto a “Embassytown” en cosechar la doble nominación.

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Presentando “Los Forajidos del Aire”

•septiembre 8, 2014 • 3 comentarios

Ya es hora de presentar el proyecto en el que he estado trabajando los últimos dos meses y que acaba de ser remitido a imprenta. Se trata de la traducción de “Los Forajidos del Aire” (“The Outlaws of the Air“), la primera novela que se traduce al español del autor inglés George Griffith <EDITADO 17-9-15><Gracias al escritor Alberto López Aroca, he descubierto que en 1901, la revista La Patria de Cervantes publicó la traducción de “Viajes a otros mundos”, un serial que en 1901 conformaría el libro “A Honeymoon in space”>, uno de los pioneros de la ciencia ficción, con una carrera que se inició en 1893 con la publicación en Pearson’s Weekly de “The angel of revolution: A tale of the coming terror“.

“Los Forajidos del Aire” se publicó orginalmente por entregas entre el 4 de septiembre de 1894 y el 23 de mayo de 1895 en Short Stories, y fue compilado en forma de libro por Tower of London Publishing ese mismo año, el año en que iniciaba su carrera literaria H. G. Wells, con la publiacación de “La máquina del tiempo“. Esta coincidencia temporal marcó la carrera de George Griffith, que siempre estuvo a la sombra de su más famoso colega.

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La evolución del género de ciencia ficción británico también “conspiró” para hundir poco a poco a Griffith en el olvido, pues su ficción tuvo siempre un regusto más aventurero y menos filosófico del que se impondría en el romance científico británico. Sus historias sobre la guerra futura, luchada principalmente en el aire, se orientan más bien el dirección de tomar como punto de partida las aventuras de prodigios mecánicos de Julio Verne… y meterles caña a tope.

“Los Forajidos del Aire”, sin ir más lejos, es lo más parecido que podía encontrarse en la era Victoriana a una superproducción de tiros, explosiones y efectos especiales de Hollywood. Algo sí como un “Independece Day” decimonónico, con unas gotas de “xXx” (la peli de Vin Diesel) de aderezo, porque la destrucción desde el aire no la reparten unos alienígenas cabreados, sino una frágil alianza de terroristas anarquistas… cabreados.

Pese a esta ligereza superficial, nada más lejos de mi intención que sugerir que “Los Forajidos del Aire” (y el resto de la producción de Griffith) carece de mayor trasfondo que la simple aventura por la aventura. El conflicto que se orquesta en sus páginas no es gratuito, sino que se nutre de las graves tensiones sociales e internacionales de su época. Así pues, la revolución industrial había aumentando las diferencias entre la clase trabajadora y la acomodada, condunciendo a una serie de injusticias que sirvieron de fermento para la eclosión, hacia finales del siglo XIX del fenómeno del terrorismo anarquista (que llegó a ser declarado amenaza internacional a finales de 1898); de igual modo, la obsolescencia del modelo económico colonial generaba fricciones entre las grandes potencias de la época; todo lo cual llevó a las revoluciones y las grandes guerras de la primera mitad del siglo XX.

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Lo curioso (o preocupante) del asunto es que se trata de una situación que presenta grandes paralelismos con la nuestra actual. También hoy nos vemos sumidos en una grave crisis de obsolescencia (de modelos políticos y económicos), también hoy pende sobre nosotros la amenaza del terrorismo y también hoy el poder se aferra a los modelos caducos. El símil no es perfecto, porque las causas son múltiples y muy complejas, pero a grandes rasgos se percibe en la atmósfera la misma sensación de fin de ciclo. Esperemos haber aprendido algo a lo largo del último siglo.

Ciento veinte años después, “Los Forajidos del Aire” parece más vigente que nunca y, por si hicera falta más alicientes, las máquinas asombrosas de Griffith constituyen uno de los más claros antecedentes de la estética steampunk que tan de moda está últimamente. Eso sí, en su época no se trataba de retrofuturismo, sino de ficción especulativa en toda regla.

Pasando ahora a comentar la edición, empezaría afirmando que Cápside no puede competir con las grandes (o incluso medianas) empresas editoriales. Pero ello, en el fondo, abre tantas puertas como cierra. Así, me puedo permitir abordar proyectos especiales, y hacerlo saliéndome un poco de la norma, mimando cada libro. Ahí tenéis, por ejemplo, la portada, obra de nuevo de Olga Esther (algún día tengo que contar cómo fue evolucionando de un pequeño pseudograbado central hasta la portada y contraportada final), y también la maquetación interior presenta sus detallitos, como podéis comprobar leyendo el avance editorial con las 46 primeras páginas.

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La distribución será limitada, básicamente, a través de Cyberdark (donde ya podéis reservar vuestro ejemplar) y por medio de las librerías que trabajan habitualmente con Cápside (espero poder añadir a lo largo de los próximos meses al menos un par de puntos de distribución, en Madrid y Zaragoza). Como contrapartida, el prescindir del circuito habitual me permite ajustar un poquito más los precios, así que “Los Forajidos del Aire” tendrá un PVP de 15 euros en formato físico (para 434 páginas) y de 3 en electrónico.

Espero que la novela sea de vuestro agrado y que se pruebe una empresa exitosa, porque me encantaría poder seguir “rescatando” títulos clásicos de la historia del género fantástico que, por alguna razón, nunca han llegado a ver la luz en nuestro idioma.

La fecha prevista de salida de “Los Forajidos del Aire” es el 20 de septiembre, para ser presentada durante la Eurosteamcon de Valencia, que se celebrará ese fin de semana en Burjassot. Os dejo ahora con el texto de contraportada (y espero, también, con ganas de leer esta entretenidísima novela de 1895):

Vengeur

Hasta los terribles acontecimientos de 1899, pocos en Europa conocían el nombre de Max Renault. Al hombre de la calle le preocupaba más la creciente tensión bélica entre Gran Bretaña, Rusia y Francia, que podía estallar en cualquier momento en forma de guerra continental a gran escala. Pero como líder del Grupo Autónomo Nº 7, Max Renault estaba a punto de embarcarse en una campaña de terror como el mundo nunca había conocido. Gracias al secreto de la navegación aérea, arrancado por la fuerza de las confiadas manos de los colonos de Utopía, él y sus seguidores llevarán al terrorismo anarquista a cotas jamás soñadas, bombardeando desde las alturas inexpugnables del cielo con igual facilidad ciudades, flotas y ejércitos. Porque de no alzarse en su contra un nuevo poder, capaz de plantarles cara en su propio elemento, el mundo estará inerme ante la brutalidad de Los Forajidos del Aire.

Un mago de Terramar

•septiembre 6, 2014 • 4 comentarios

En 1967 le pidieron a Ursula K. Le Guin que escribiera un libro para niños ya creciditos, lo que hoy en día se clasificaría como Young Adult (YA para los apresurados). Eran otros tiempos, y el resultado lo demuestra. “Un mago de Terramar” (“A wizard of Earthsea”) no es una historia de amores juveniles o rebelión adolescente, sino una historia de crecimiento, autoconocimiento y superación, que trasciende todos los condicionantes previos y se erige en uno de los títulos fundamentales de la historia de la fantasía.

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Ya en 1964 la autora había comenzado a explorar algunos de los temas y el escenario, Terramar, donde se desarrollaría su principal serie de fantasía, por medio de dos cuentos, “La palabra que desliga” y “El poder de los nombres” (recopilados en 1975 dentro de la antología “Las doce moradas del viento”). En ellos describe un gran archipiélago, donde la magia convive con el trabajo duro en una ambientación similar a nuestra Edad de Hierro. Pero es una magia peculiar, que se basa en el poder que conocer el auténtico nombre de las cosas otorga al mago y que exige mantener el equilibrio.

“Un mago de Terramar” surgió también de preguntarse de dónde surgían los magos, qué eran antes de convertirse en ancianos con cayado y luenga barba blanca. Así, narra la vida de Ged, conocido como Gavilán por todos menos sus más íntimos, en quien la magia se manifiesta a una edad muy temprana, lo que lo lleva a ser primero discípula de la bruja del pueblo, luego de Ogión, un mago local y, por último en la escuela de magia de Roke.

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Las habilidades de Ged son grandes, como lo es también su orgullo, que lo lleva a intentar un peligroso hechizo nigromántico sin estar preparado. Esta acción libera en Terramar un poder extraño, una sombra innominada, que se cierne sobre la vida del joven mago y le obliga a la postre a huir o a enfrentarse con ella, con el resultado de dicho encuentro ignoto incluso para el más sabio de los magos.

En “Un mago de Terramar” hay magos, así como dragones, invasores de allende el mar, hechicería maligna y prodigios, pero todo ello, aun siendo importante, no resulta central para la narración. La historia se articula en torno a Ged y su sombra. Examina cómo un niño aprende a tratar con un gran poder, cómo, en suma, yerra, aprende y crece como persona. Es decir, como muchas otras novelas fantásticas (y no fantásticas) juveniles es una bildungsroman, una novela de aprendizaje. Lo que la diferencia de la mayoría es que lejos de optar por soltar cuatro generalidades que halagan al lector antes que lo desafían, su tesis central es rica y su filosofía elaborada.

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Respecto a esto último, dos son las principales fuentes (no sólo de esta novela, sino de buena parte de la obra de Le Guin). Por un lado está el taoísmo, con el concepto del equilibrio y del encuentro armónico de opuestos (sobre todo luz y oscuridad, una imagen que también fue fundamental en la siguiente novela de la autora, “La mano izquierda de la oscuridad“). Por otro el concepto psicoanálitico del subconsciente y la sombra, que se enraíza en el trabajo de Sigmund Freud, anque fue desarrollado principalmente por Carl Jung. De hecho, el proceso (el viaje) descrito en el libro presenta grandes similitudes con la doctrina jungiana, aunque la autora ha manifestado en alguna ocasión que la redacción del libro predata sus lecturas a fondo de la obra del psicólogo.

Dejando de lado estas cuestiones, “Un mago de Terramar” constituye también un hito por ser la primera obra que describe un colegio de magia, precediendo en décadas a títulos posteriores como la serie de Harry Potter o “El nombre del viento” (cuya magia de nombres se basa también en el mismo concepto). De igual modo, el equilibrio en la magia se reflejaría en títulos como “Las crónicas de Belgarath” de David Eddings y, en general, la serie de Terramar supondría una importante influencia en buena parte de la fantasía de los años ochenta y noventa (durante los que se vivió cierta juvenilización del género).

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Otro aspecto a destacar sería la diversidad racial de los habitantes de Terramar. Hasta “Un mago de Terramar” los protagonistas de las sagas fantásticas eran siempre blancos, mientras que Ged, como la mayor parte de sus compatriotas posee un tez cobriza, cercana a la de los amerindios, existiendo en el archipiélago diversas tonalidades (siendo los más bárbaros, o cuanto menos los más belicosos, los kargos blancos del norte).

La serie original de Terramar se completó con las novelas “Las tumbas de Atuán” (1971) y “La costa más lejana” (1972). Bastante después, en 1990, Le Guin presentó “Tehanu: el último libro de Terramar”… que no cumplió su promesa, pues en 2001 se publicaron sendos tomos que suponen, por el momento, el broche final a la serie: “El otro viento” (2001) y la antología “Cuentos de Terramar, que incluye cinco narraciones cortas adicionales (estas últimas aportaciones, aun acaparando premios, no poseen el mismo reconocimiento crítico ni popular que la trilogía original).

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Alice’s adventures in Wonderland (Alicia en el País de las Maravillas)

•septiembre 2, 2014 • Dejar un comentario

En 1865 se publicó una de las obras más influyentes de la historia de la fantasía… aunque su adscripción a este género podría hallarse sujeta a interpretación.

Todo empezó el cuatro de julio de 1862, día en que los reverendos Charles Lutwidge Dodgson y Robinson Duckworth salieron a navegar por el Támesis con las tres hijas menores del vicedecano de la Universidad de Oxford: Lorina, Edith y Alice Liddell. Para entretener a la niñas durante el trayecto Dodgson les contó la historia de una niña, Alicia, que vive una serie de aventuras estrambóticas, que se ampliaron un mes más tarde, en el transcurso de un segundo viaje. Alice Liddell le pidió a Dodgson que le escribiera el cuento, y a ello se dedicó los meses siguientes.

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Tras diversas versiones (la original no se conserva), compuso “Alice’s adventures underground” y buscó el consejo de uno de los principales autores infantiles de la época, George MacDonald (“La princesa y los trasgos“), cuyos hijos disfrutaron de la historia, y así pues empezó a buscar editor, sustituyendo los dibujos que él había hecho por ilustraciones de uno de los grandes profesionales de la época, John Tenniel, quien añadió una nueva faceta gráfica a la obra (y fijó iconográficamente muchos de sus personajes más emblemáticos).

Así vio la luz “Alice’s adventures in Wonderland”, abreviado a veces, sobre todo a raíz de las sucesivas adaptaciones a otros medios, como “Alice in Wonderland”, de donde viene el título español de “Alicia en el País de la Maravillas”, que se ha empleado en todas las ediciones desde 1951 (año en que se estrenó la película animada de Disney, que sigue siendo la versión audiovisual más popular).

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La premisa es de sobras conocida. Cierta tarde, merendando en el campo, Alicia ve un conejo blanco con una prisa enorme que despierta su curiosidad. Lo sigue cuando entra en un agujero y va a parar a un lugar extraño, donde la lógica y el sentido común brillan por su ausencia, los animales hablan (aunque no siempre lo que dicen tiene sentido) y la altura es una cuestión variable. En su periplo por tan extraño lugar, Alicia se encuentra con diversos personajes icónicos, como la oruga fumadora, el Sombrerero Loco o la Reina de Corazones, que la enredan en conversaciones y situaciones absurdas.

Y ahí radica la esencia del libro, en lo absurdo, el “nonsense” literario, un estilo que surgió en parte de las rimas infantiles tradicionales y que fue adoptado como medio para expresar juegos de palabras, parodias y sátiras, basado todo ello en el sinsentido intrínseco del propio lenguaje empleado. La primera figura importante de este estilo fue el británico Edward Lear (quien en 1846 publicó un libro de poemillas sin sentido, “A book of nonsense”), aunque quizás su autor más destacado sea el reverendo Dodgson, bajo su seudónimo literario de Lewis Carroll (autor no sólo de los libros de Alicia, sino también de numerosos poemas sin sentido como “La caza del Snark”).

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Dodgson/Carroll juega con las palabras y con la estructura, convierte rimas victorianas populares en poesías absurdas, altera la secuencia lógica y, en general, envuelve a Alicia en un escenario desquiciado, que la hace exclamar en más de una ocasión “¡Eso no tiene sentido!”.

Los innumerables análisis a los que ha sido sometida la obra han identificado a numerosos personajes y lugares de Oxford (y del Christ Church College donde Dodgson enseñaba matemáticas) parodiados en la obra (el propio autor sería un dodo), así como bromas y sátiras más o menos mordaces a costa de diversos aspectos de la cultura de la época, y algún que otro juego matemático. Lo interesante del asunto es que quizás el libro funcione mucho mejor desconociendo todo esto. Es decir, liberando por completo a los símbolos de significado y abrazando sin más el absurdo por el absurdo.

Quizás por ello la relevancia de la obra no haya hecho sino incrementarse con el paso de los años, haciéndose un ejemplo más puro de nonsense literario cuanto más apartado se encuentra el lector del contexto cultural en que surgió.

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Comentaba al principio que situar a “Alicia en el Pais de las Maravillas” dentro de la tradición fantástica no es algo automático. Aunque presenta elementos como animales parlantes o alteraciones poco menos que mágicas, lo cierto es que todo ello responde al intento premeditado de impactar al lector con su imposibilidad. Es decir, rompe deliberadamente el pacto de suspensión de la incredulidad en que se basa la fantasía como género literario (o como andamiaje para la creación de historias). Y, sin embargo, su influencia ha sido y es innegable.

Desde la fantasía onírica británica de Lord Dunsany y seguidores (al final descubrimos que Alicia ha estado soñándolo todo) hasta la fantasía infantil americana (con L. Frank Baum, Roald Dahl y el Doctor Seuss como principales referentes), el estilo e iconografía de Lewis Carroll (y John Tenniel) ha servido de inspiración a incontables escritores, liberando en parte al género de las restricciones del folclore, llevando a la fantasía más allá de los cuentos de hadas. Tras la Primera Guerra Mundial, este tipo de exploración de lo absurdó se organizó en movimientos como el dadaísmo y el surrealismo, que a su vez han retroalimentado (en particular el surrealismo, generalmente con intencionalidad cómica) la fantasía.

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En 1871, Lewis Carroll publicó una continuación, “Through the looking-glass and what Alice found there” (“A través del espejo”), una aventura un poco más sombría, que cambia la iconografía del juego de cartas por el ajedrez. La mayor parte de las adaptaciones entremezclan elementos de ambas obras (a la secuela pertenecen, por ejemplo, los gemelos Tweedledum y Tweedledee).

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