Planilandia

•julio 21, 2014 • Dejar un comentario

Hacia finales del siglo XIX uno de los temas de discusión más populares en los círculos educados fue la cuarta dimensión, una “ficción” matemática que los científicos empezaban a considerar como una posibilidad física. De este caldo de cultivo surgieron las primeras historias sobre viajes en el tiempo, como “El anacronópete” de Enrique Gaspar y Rimbau (1887), “Un yanqui en la corte del rey Arturo” de Mark Twain (1889) y “La máquina del tiempo” de H. G. Wells (1895), y también “Planilandia” (“Flatland”, 1884), de Edwin Abbott Abbott.

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Aunque su adscripción al género pudiera resultar discutible, se ha considerado a menudo a esta novela corta como una obra de ciencia ficción. Con mayor propiedad, debería etiquetarse como algo así como matemática-ficción, ya que en realidad no cuenta con elementos puramente especulativos, pero dado que resulta innegable su influencia (que empezó a ejercer tardíamente, como expondré más adelante), tampoco resulta descabellado presentarla, cuanto menos, como un magnífico ejemplo de protociencia ficción.

Antes de pasar a comentar la obra en sí, quisiera detenerme un momento en su autor, Edwin A. Abbott, que firmó el texto originalmente como “A. Square” (juego de palabras traducible como “Un Cuadrado”, en referencia al protagonista de la historia, o como “A al cuadrado”, en referencia a sus dos apellidos idénticos (por ser sus padres primos). Seudónimos aparte, Edwin A. Abbott fue una figura importante del mundillo educativo londinense, como director de uno de los principales colegios de la ciudad, el City of London School, del que fue él mismo alumno antes de graduarse en Cambridge en Clásicas, Matemáticas y Teología.

PLANILANDIA

El grueso de su obra se orienta de hecho hacia la teología, disciplina en la que fue una figura lo bastante importante como para que se le encargara escribir el artículo sobre los Evangelios en la novena edición de la Enciclopedia Británica. De su producción destacan también textos educativos y filológicos. El libro, sin embargo, que ha mantenido vigente su nombre por más de un siglo, fue en cierto modo una pequeña rareza en su producción: la historia de un cuadrado al que cierto día una esfera desvela el mundo tridimensional.

“Planilandia, una novela de muchas dimensiones” posee dos partes bien diferenciadas. En la primera, “Este mundo”, el protagonista, un respetable cuadrado abogado, describe para nuestro beneficio las peculiaridades de su universo, un lugar que sólo conoce dos dimensiones, anchura y longitud. Los habitantes de Planilandia son diversas figuras geométricas, estratificadas en un rígido orden social según su número de lados. Así pues, la clase más baja corresponde a triángulos más o menos agudos, cuya máxima aspiración, con el correr de las generaciones, es que alguno de sus descendientes llegue a isósceles, pasando a continuación en orden creciente de importancia por los cuadrados, pentágonos, hexágonos… hasta llegar a figuras que a efectos prácticos tienen tantos lados minúsculos que son consideradas circulares y que conforman la élite sacerdotal. Las mujeres, por su parte, son meras líneas y se las considera en general tan peligrosas como poco inteligentes.

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Más afamada es la segunda parte, “Otros mundos”, en la que nuestro cuadrado sueña con Linealandia y es transportado por una esfera al espacio tridimensional, desde donde contempla lo limitado de lo que él consideraba su universo, al tiempo que especula con dimensiones de orden superior, en una progresión, quizás infinita, de superación, que invita a contemplar con humildad los propios logros y a aspirar a destinos mayores (se llega a insinuar de un modo un tanto vago que la cuarta dimensión podría ser del pensamiento, y que los propios ángeles podrían ser entes tetradimensionales, aunque el tema no pasa de una oscura mención, tal vez por no meterse en pantanales teológicos).

Existe una clara separación en cuanto a los objetivos de cada parte. La primera, aparte de introducir las peculiaridades de la vida en dos dimensiones que luego serán útiles para establecer analogías con el universo tridimensional, es una sátira de la rígida sociedad victoriana, con sus masas de obreros poco cualificados y sus minorías acomodadas, gobernadas por una aún más minoritaria aristocracia. En la segunda se esfuerza por transmitir a los lectores el concepto de una dimensión de grado superior a la nuestra, a través de los esfuerzos del Cuadrado por visualizar la novedosa “altura”.

Flatland

Si bien en su momento la popularidad de la obra fue limitada, con el revuelo causado por Einstein y su teoría de la relatividad, que convertía al tiempo en una cuarta dimensión geométricamente indistinguible de las tres espaciales, el interés por “Planilandia” repuntó considerablemente a principios del siglo XX, en particular a partir de una edición crítica de 1920, y se ha mantenido desde entonces, con todo merecimiento. Han pasado las décadas y nadie ha sido capaz de imaginar un modo mejor que el de Abbott de transmitir un concepto tan extraño como el de una dimensión de orden superior (por lo que a mí respecta, siempre que he intentado imaginar un hipercubo he fracasado miserablemente).

La única pega de esto es que tal vez la fama de esa segunda parte oscurezca una primera que no resulta nada desdeñable, a poco que se reflexione sobre ella, pues incluye nada menos que un ataque directo a las oligarquías y un llamamiento (muy disimulado) a la revolución. La sociedad de Planilandia podría casi considerarse antiutópica (y existen indicios, como una mención a cierta forma de doble pensar, que me llevan a pensar que George Orwell pudo inspirarse de algún modo en “Planilandia” para “1984”), con una estructura férrea que cada mil años un nuevo profeta de la tercera dimensión trata de sacudir. Lo osado de la propuesta es que incluso establece paralelismos entre una antigua revolución cromática en Planilandia y la revolución francesa, lo cual unido a la naturaleza reiterativa de los intentos de reforma sugiere la posibilidad de una nueva intentona igualitaria para un siglo después de la toma de la Bastilla… o sea, para unos poquitos años en el futuro de 1884.

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A la ya mencionaba influencia hipotética sobre Orwell, me atrevería a sumar la posibilidad de que la experiencia del señor Cuadrado encontrara su reflejo en la del anónimo protagonista de “Hacedor de estrellas” (1937) de Olaf Stepledon (cuya base teológica presenta puntos de contacto con la idea del progresivo perfeccionamiento que expone Abbott), y que bien sea por influencia directa, bien por convergencia evolutiva, el mundo de los cheela de “Huevo del dragón” (Robert L. Forward, 1980) tiene mucho de Planilandia (y si queréis leer sobre una vida bidimensional verosímil, y romperos la cabeza con las complejidades de la física pentadimensional, podéis dedicarle un rato a “Diáspora“, de Greg Egag, 1997).

Otras opiniones:

Wendy de los gatos

•julio 18, 2014 • 3 comentarios

Con motivo de las cinco nominaciones a los premios Ignotus obtenidas por “Reyes de aire y agua”, hemos decidido lanzar una edición electrónica gratuita de “Wendy de los gatos”, el cuento fnalista de Jesús Fernández Lozano, que incluye además mi artículo nominado “Sobre la fantasía feérica”.

La portada, como los lectores habituales del blog habréis descubierto al primer vistazo, es parte de la ilustración nominada de Olga Esther.

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Los tres quisiéramos expresaros nuestro agradecimiento por vuestro apoyo a este pequeño proyecto, que se hace grande cada vez que un nuevo lector se adentra en esa tierra maravillosa donde se entremezclan hasta confundirse los campos que conocemos con el reino de Faerie.

El volumen puede obtenerse de forma gratuita (mediante lo que denominan “pago social”, que consiste simplemente en publicar un mensaje alusivo a la descarga en Facebook o Twitter) a través de Lektu.

Nominados a los premios Ignotus 2014

•julio 17, 2014 • 11 comentarios

Ya se han hecho públicos los resultados de la primera fase de los Premios Ignotus 2014, que determina los finalistas entre los que se elegirán a los ganadores (en el transcurso de la próxima, la Mircon).

Este año no ha podido ser, Rescepto se ha quedado fuera de la papeleta para mejor página web, pero la cosecha tampoco ha estado mal: seis nominaciones para Cápside Editorial, incluyendo cinco para “Reyes de aire y agua” y una para “La 100cia ficción de Rescepto“.

Sin más dilación, he aquí el listado completo:

Novela

Esta noche arderá el cielo, de Emilio Bueso (Salto de Página)

Gente muerta, de J. G. Mesa (aContracorriente)

La canción secreta del mundo, de José Antonio Cotrina (Hidra)

Los nombres muertos, de Jesús Cañadas (Fantascy)

Memoria de tinieblas, de Eduardo Vaquerizo (Sportula)

 

Novela corta

En el filo, de Ramón Muñoz (en Terra Nova Vol. 2. Fantascy)

La edad del vuelo, de Alberto Moreno Pérez (Zaibatsu / La edad del vuelo. Juan José Aroz, Espiral)

La montaña, de Juan González Mesa (Bizarro)

La penúltima danza del Griwll, de Ramón Merino Collado (De monstruos y Trincheras. Juan José Aroz, Espiral)

Rafentshalf, de Jesús Fernández Lozano (en Reyes de aire y agua. Cápside)

 

Cuento

Dariya, de Nieves Delgado (en Ellos son el futuro / Web Ficción Científica / Revista Terbi nº 7)

El aeropuerto del fin del mundo, de Tamara Romero (en Visiones 2012. AEFCFT)

El enemigo en casa, de Concepción Regueiro (en Historias del Crazy Bar. Stonewall)

La última huella, de Miguel Santander (en La costilla de Dios. Libralia / Revista TerBi nº 6)

Los orcos no comen golosinas, de Carlos López Hernando (en Visiones 2012. AEFCFT)

Wendy de los gatos, de Jesús Fernández Lozano (en Reyes de aire y agua. Cápside)

 

Antología

Cuentos para Algernon Año I, de Marcheto (Cuentos para Algernon)

Hic sunt dracones. Cuentos imposibles, de Tim Pratt (Fata Libelli)

La bomba número seis, de Paolo Bacigalupi (Fantascy)

Reyes de aire y agua, de Jesús Fernández Lozano (Cápside)

Terra Nova Vol. 2, de Mariano Villarreal y Luis Pestarini (Fantascy)

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Libro de ensayo

Cómo escribir ciencia-ficción y fantasía, de Orson Scott Card (Alamut)

El poder de la sangre, de Pedro L. López (Dolmen)

Jack Kirby. El cuarto demiurgo, de José Manuel Uría (Sportula)

Japón sobrenatural, de Daniel Aguilar (Satori)

La biblia steampunk, de Jeff Vandermeer y S. J. Chambers (Edge Entertainment)

La 100cia ficción de Rescepto, de Sergio Mars (Cápside)

La literatura fantástica argentina en el siglo XIX, de Carlos Abraham (La Biblioteca del Laberinto)

Silencios de pánico, de Diego López y David Pizarro (Tyrannosaurus Books)

Steampunk Cinema, de Varios autores (Tyrannosaurus Books)

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Artículo

Howard Koch, el guionista tras la magia de La guerra de los mundos de Orson Welles, de Luis Alfonso Gámez (Web Magonia)

La ciencia ficción española, de Mariano Villarreal (Web El rincón de Koreander)

Literatura Fantástica en cifras. Estadística de producción editorial de género fantástico en España durante el año 2013, de Mariano Villarreal (Web Literatura Fantástica)

Sobre la fantasía feérica, de Sergio Mars (Antología Reyes de aire y agua)

Ucronía, de Asociación Cultural ALT+64 (Revista TerBi nº 7 / Web alt+64 Wiki)

 

Ilustración

Cubierta de De monstruos y trincheras, de Koldo Campo (Juan José Aroz, Espiral)

Cubierta de El dirigible, de Carlos Argiles (Dlorean)

Cubierta de El mejor de los mundos posibles, de Alejandro Colucci (RBA)

Cubierta de Memoria de tinieblas, de Eduardo Vaquerizo (Sportula)

Cubierta de Reyes de aire y agua, de Olga Esther (Cápside)

Cubierta de Terra Nova Vol. 2, de Ángel Benito Gastañaga (Fantascy)

Cubierta de Zaibatsu / La edad del vuelo, de Koldo Campo (Juan José Aroz, Espiral)

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Producción audiovisual

El cosmonauta, de Nicolás Alcalá (Largometraje)

Fallo de Sistema, de Santiago Bustamante (Programa de Radio)

Los últimos días, de Álex Pastor y David Pastor (Largometraje)

Luces en el Horizonte, de Luis Martínez y Pablo Uría (Podcast)

Los VerdHugos, de Miquel Codony, Pedro Román, Elías F. Combarro y Joseph María Oriol (Podcast)

 

Tebeo

Categoría cancelada en esta edición al no haber alcanzado el mínimo de candidaturas referidas en el artículo 26 del Reglamento.

 

Obra poética

Categoría cancelada en esta edición al no haber alcanzado el mínimo de candidaturas referidas en el artículo 26 del Reglamento.

 

Revista

Alfa Eridiani, editada por la Asociación Cultural Alfa Eridiani

Barsoom, editada por La Hermandad del Enmascarado

Delirio, editada por La Biblioteca del Laberinto

miNatura, editada por Asociación Cultural miNatura Soterrània

Planetas Prohibidos, editada por el Grupo Planetas Prohibidos

Scifiworld, editada por Inquidanzas Ediciones

 

Novela extranjera

2312, de Kim Stanley Robinson (Minotauro)

El vacío de la evolución, de Peter F. Hamilton (La Factoría de Ideas)

Embassytown, de China Miéville (Fantascy)

La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski (Alpha Decay)

El ladrón cuántico, de Hannu Rajaniemi (Alamut)

Las luminosas, de Lauren Beukes (RBA)

Tierras rojas, de Joe Abercrombie (Alianza)

 

Cuento extranjero

26 monos, además del abismo, de Kij Johnson (en Cuentos para Algernon Vol I)

Araña, la artista, de Nnedi Okorafor (en Terra Nova Vol 2. Fantascy)

El hombre que puso fin a la Historia: documental, de Ken Liu (en Terra Nova Vol 2. Fantascy)

Las manos de su marido, de Adam-Troy Castro (en Terra Nova Vol 2. Fantascy)

Separados por las aguas del Río Celeste, de Aliette de Bodard (en Terra Nova Vol 2. Fantascy)

Sueños imposibles, de Tim Pratt (en Hic sunt dracones. Fata Libelli)

 

Sitio Web

Alt+64-Wiki, Asociación cultural Alt+64 

Cuentos para Algernon, de Marcheto

La tercera fundación, de Asociación para la difusión de la literatura fantástica ‘Los Conseguidores’

Literatura Fantástica, de Mariano Villarreal

Sense of wonder, de Elías Combarro

Mi más sincera enhorabena a Jesús y a Olga, así como al resto de nominados. El resultado final, en diciembre. Mientras tanto, por si aún no lo habéis hecho, os invito a conseguir en electrónico la multinominada “Reyes de aire y agua” en Lektu o Amazon. No os fiéis de las nominaciones ni de las críticas, ¡comprobad su excelencia por vosotros mismos!

La metamorfosis

•julio 16, 2014 • Dejar un comentario

Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.

Así comienza “La metamorfosis” (“Die verwandlung”, 1915), una de las novelas cortas más influyentes de la historia de la literatura, escrita por Franz Kafka (en torno a 1912) y uno los textos que llegó a ver publicados en vida (al contrario que la mayor parte de sus escritos).

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Mucho se ha publicado en torno a la obra de Kafka, reconocido como uno de los autores más influyentes del siglo XX. Sobre su estilo, la posible influencia de sus relaciones familiares (en particular con su padre), de su trabajo (mayormente burocrático), su salud (física y mental), su ascendencia judía… No voy a ser yo ahora quien añada nada a todo este corpus, o siquiera lo glose, que para eso ya hay infinidad de páginas más adecuadas. Me limitaré a reflexionar un poco sobre aquello que le es propio a blog, examinando “La metamorfosis” desde el punto de vista de su pertenencia al género fantástico.

No creáis, se trata de una cuestión controvertida, pues hay no pocos estudiosos que niegan toda relación (el viejo prejuicio: si es cultura, no puede ser fantástico). No importa que parta de una premisa imposible, no es fantasía porque no se trata de literatura evasiva y punto.

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Vale, algo de razón hay ahí. Porque “La metamorfosis” (o “La transformación”, traducción que ha sido sugerida como más exacta) no se inscribe en la tradición fantástica desarrollada, principalmente en el Reino Unido, a lo largo del siglo XIX y principios del XX (algunos de cuyos principales hitos ya he tenido ocasión de examinar en Rescepto). En todo caso, sus raíces cabría encontrarlas en el romanticismo alemán (de donde también fluye la corriente arriba descrita), en autores como Goethe y E.T.A. Hoffman, con un empleo de la fantasía radicalmente opuesto a la búsqueda de lo maravilloso de autores como George MacDonald, William Morris o Lord Dunsany.

De hecho, el elemento fantástico de “La metamorfosis”, la transformación de un viajante de comercio, de la noche a la mañana y sin que medie nunca explicación alguna, en un bicho con mandíbulas, múltiples patitas y un caparazón quitinoso, cumple en realidad la función de enfocar, poner de manifiesto, la realidad de su existencia. No es pues una fantasía evasiva, sino todo lo contrario: desveladora. Destruye la ilusión que disfraza la cotidianidad y permite reevaluar la posición de Gregor con respecto a su trabajo y a su familia. Lo logra en parte a costa de una inversión de términos. Si antes de su transformación era el sostén de su familia, su incapacitación los fuerza a romper con los cómodos roles hacia los que han derivado, a reestructurar sus vidas, algo que hacen dejándolo a él fuera, como un peso muerto.

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Otro elemento importante es la incapacidad de comunicación. Aunque él yo insectil de Samsa entiende todo lo que se dice, su aparato fonador no puede modular de forma correcta las palabras, por lo que su familia asume que es incapaz de comunicarse… lo cual es el primer paso para convencerse de que es incapaz de razonar, de que es una simple sabandija, de que no le deben nada. Asume ahí la narración una cualidad un tanto pesadillesca (precisamente en el sentido que ha acabado siendo bautizado como kafkiano), agravada por la propia incapacidad de Gregor para interpretar los pensamientos e intenciones de su padre, su madre y su hermana.

Tampoco es que antes de convertirse en insecto la comunicación hubiera sido muy fluida, aunque entonces al menos podía achacarse la carencia a que se encontraba continuamente de viaje.

A la postre, la transformación revela la vacuidad de la existencia de Gregor. No es nada, nunca lo ha sido; nunca ha encajado, nunca ha entendido ni se ha hecho entender, no era imprescindible, sino todo lo contrario. La fantasía ha desvelado una realidad subyacente, que quizás sin ella se hubiera perpetuado indefinidamente o, cuanto menos, hubiera necesitado de muchas más palabras para manifestarse.

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Esta forma de enfocar la fantasía, diametralmente opuesta a la tradicional, ha ejercido su influencia a lo largo de los años, de un modo más o menos evidente. Así pues, resulta muy palpable en el realismo mágico, a través de autores como Jorge Luis Borges (que tradujo al español la obra de Kafka) y Julio Cortazar. Ahí también las intromisiones fantásticas realzan la realidad antes que se distancian de ella (lo cual no implica necesariamente negarla; a veces se precisa cierto distanciamiento para cobrar perspectiva). Y es una influencia que se mantiene hoy en día, como puso de manifiesto Haruki Murakami al titular una de sus novelas como “Kafka en la orilla”.

La fantasía y la realidad no están enfrentadas, no son antagónicas ni ofrecen mero contraste. A veces la una sirve para acentuar la otra.

La muerte de la Tierra

•julio 13, 2014 • Dejar un comentario

Tras Jules Verne y Camille Flammarion, la ciencia ficción en lengua francesa alcanzó su madurez gracias a la obra de una pareja de hermanos belgas, Joseph Henry Honoré Boex y Séraphin Justin François Boex, quienes escribieron bajo el seudónimo conjunto de J. H. Rosny. Tras salir de Bruselas y pasar por Londres, los hermanos recalaron en 1885 en París, donde iniciaron una carrera literaria dedicada a la divulgación científica y a dos géneros muy peculiares: la ciencia ficción y la novela prehistórica, subgénero este último del que son considerados fundadores y al que contribuyeron con varios títulos, siendo el más famoso “La guerra del fuego” (1909). A partir del 1909 los hermanos iniciaron sendas carreras en solitario, conservando eso sí el seudónimo, al cual Joseph añadió “aîné” (el mayor) y Séraphin “jeune” (el joven).

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Así pues, J. H. Rosny Aîné publicó en 1910 “La muerte de la Tierra” (“La mort de la Terre”), una novela corta de ciencia ficción apocalíptica, que traslada al lector doscientos mil años en el futuro, a un planeta que poco a poco ha ido quedándose sin agua, y en el que los escasos descendientes de la humanidad (los Últimos Hombres) habitan en pequeños oasis de verdor en medio de desiertos habitados (y habitables) únicamente por ferromagnetales, una nueva forma de vida de origen mineral.

El protagonista de la historia es Targ, un hombre que presenta el atavismo de un espíritu combativo, que se niega a entregarse al fatalismo y la apatía de sus coetáneos. Así pues, no pierde la esperanza de que los mismos movimientos sísmicos que modelan catastróficamente la superficie de la Tierra y hacen que la poca agua restante se vaya filtrando hacia las profundidades ignotas puedan liberar depósitos vírgenes e ignotos del preciado líquido; de que el largo declive de los reinos vegetal y animal no sólo puede frenarse, sino incluso revertirse; de que hay todavía futuro para el ser humano. Los acontecimientos, sin embargo, parecen llevarle la contraria. Por cada pequeño paso que logra dar a favor de su gran objetivo, la naturaleza de devuelve un golpe mayor, y aunque nunca llega a perder la esperanza, la sombra del fin nunca deja de revolotear sobre él y los suyos.

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“La muerte de la Tierra” es una obra sorprendentemente madura, que anticipa escenarios pintados muchos años después por autores de la New Wave como J. G. Ballard (“La sequía”) o Brian Aldiss (“Un mundo devastado”). Pero ya no se trata sólo de temática, sino también de tratamiento. Quizás la imagen de un mundo moribundo (inspirado posiblemente en el Marte descrito en sus obras de divulgación por Camille Flammarion) no resulte tan aterradora como su descripción de la psique derrotista de los Últimos Hombres, capaces de entregarse sin emoción a los brazos de la muerte (en eutanasias masivas, programadas con la fría lógica que dicta no ya la supervivencia, sino el mero hábito de perpetuar fracciones progresivamente menores de la especie).

Sumado a este diezmo luctuoso, se presenta también la amenaza de lo desconocido, de lo absolutamente alienígena de la biología mineral llamada a sustituir al hombre (y nacida en cierta forma de ella, tras la nunca muy explicada era de la radioactividad, en la que se liberaron las fuerzas ocultas del átomo). Se trata de un tema que fascinaba al autor. Ya en su primera obra de ciencia ficción, “Los Xipéhuz” (1887, firmada con su hermano), especuló con organismos minerales, y aún ahondaría en el tema en “Les navigateurs de l’infini” (1925), en donde los presentaría como la Némesis de los últimos marcianos (e incluso en el prólogo a “La muerte de la Tierra” los presenta como prueba de las diferencias entre su obra y la de Wells).

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La ciencia ficción tardaría mucho en volver a presentar alienígenas (pues aunque su origen es terrestre, no dejan de ser alienígenas) tan extraños, y tendría que llegar un autor como Stanislaw Lem para presentar un alegato igual de poderoso sobre la tragedia de la imposibilidad de comunicación (en “El invencible”, por ejemplo).

Con “La muerte de la Tierra”, J. H. Rosny Aîné esboza un cuadro breve y poderoso sobre la decadencia, la futilidad y la muerte, reflejando quizás el pesimismo existencial de la época, que encontraría eco en la obra de muchos autores de ese género naciente que llegaría a ser conocido como ciencia ficción (con aportaciones de H. G. Wells, William Hope Hogdson, Arthur Conan Doyle, George Griffith…). Al mismo tiempo, sin embargo, no puede dejar de mostrar un leve atisbo de esperanza, o si no de esperanza al menos de continuidad, en la extraña vida de los ferromagnetales (una idea similar a la que casi un siglo después inspiraría “Inteligencia Artificial”).

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En contra de lo que a veces se piensa, la ciencia ficción no es necesariamente un género optimista. A lo largo de su historia, también ha servido para expresar inquietudes escatológicas, para destronar al ser humano y poner fecha de caducidad a su pretendido dominio sobre la naturaleza e incluso sobre sí mismo. Ha presentado ciclos de expansión e introspección, de fe en el futuro y pesimismo ante lo que nos pueda deparar. Ello convierte “La muerte de la Tierra” en un obra singularmente actual, que se atreve además a llevar sus ideas hasta sus últimas consecuencias.

A lo mejor la más terrible de ellas no es que nos enfrente con el fin de la Tierra, sino sólo con el fin de Nuestra Tierra. Existe vida más allá de nosotros… aunque sea una incognoscible vida mineral.

Entre las diversas ediciones de esta obra es posible encontrar tanto publicaciones independientes como en conjunto con otros textos de diversa longitud firmados por J. H. Rosny.

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Titus Groan

•julio 11, 2014 • Dejar un comentario

Mientras en los EE.UU. el género fantástico se desarrollaba al amparo de las revistas pulp (con todo lo que ello implica, para lo bueno y para lo malo), en el Reino Unido (y en el resto de Europa) el impacto, mucho más directo, de las Guerras Mundiales, lo iba arrinconando cada vez más, dejándolo circunscrito a iniciativas personales y aisladas como la obra de E. R. Eddison, a reivindicaciones casi desesperadas (como “La hija del rey del país de los elfos”, de Lord Dunsany) o a reconstrucciones medievalistas (como la del ciclo artúrico de T. H. White o, en cierto sentido, “El hobbit”, de Tolkien).

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En medio de este panorama, irrumpió en 1946 Mervyn Peake, con “Titus Groan”, el que sería el primer volumen de su serie de Gormenghast, una “fantasía” muy diferente a todo cuanto se había creado hasta el momento, y muy diferente también del estilo que a partir de 1954 “El Señor de los Anillos” volvería hegemónico. De hecho, hay bastante poco de épico en la obra de Peake. Sus referentes no son los cantares de gesta medievales, ni la mitología celta o nórdica, sino autores y géneros decimonónicos como Charles Dickens y Robert Louise Stevenson, el romance en la línea de Jane Austen y la literatura gótica, con cierta tendencia al surrealismo y al costumbrismo, hasta el punto que la serie de Gormenghast está considerada como la primera muestra de “fantasía costumbrista”, que no se desarrollaría hasta muchas décadas después, a través de la obra de autoras (sobre todo) como Susanna Clarke (“Jonathan Strange y el señor Norrell”) o Jo Walton (“Dientes y garras”).

Aunque bien considerado por la crítica, Peake nunca llegó a ser un autor popular, siendo conocido principalmente en su faceta pictórica (llegó a ser un retratista famoso) y como ilustrador de los libros de otros (como Lewis Carroll, los hermanos Grimm o Robert Louise Stevenson). También desarrolló una productiva labor como poeta, fruto de la cual publicó en vida hasta seis volúmenes recopilatorios. Tras su prematura muerte (en 1968, a los 57 años, aunque incapacitado desde casi una década antes a resultas de una enfermedad degenerativa), la popularidad de sus libros sobre Titus fue creciendo, llegando a ser considerados hoy en día una importante influencia por autores como China Miéville (serie de Bas-Lag) o M. John Harrison (Viriconium).

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“Titus Groan” arranca con el nacimiento del susodicho, destinado a ser el septuagésimo séptimo señor de Gormenghast, heredero de una línea ininterrumpida de Groans. La novela pronto muestra sus cartas, tanto por lo caleidoscópico del protagonismo, que salta entre los diversos habitantes del castillo, como por la opresiva figura del castillo y sus tradiciones, un escenario monolítico, excluyente, inamovible.

Entre los principales protagonistas (utilizo los nombres ingleses, pues he leído el libro en versión original; la traducción de Minotauro los adapta con muy buen criterio) se cuentan Lord Sepulchrave, el actual señor, prisionero de una serie interminable de rituales cuyo significado, si alguna vez lo tuvo, se pierde entre los polvorientos volúmenes legales de la biblioteca que supone su único solaz; su hija Fuchsia, hermana mayor de Titus, soñadora y retraída a partes iguales; la imponente condesa Gertrude, madre de Titus aunque su amor esté monopolizado por decenas de gatos y aves de todo tipo; lady Cora y lady Clarice, las hermanas gemelas (y un tanto retrasadas) de lord Groan, que ansían reconocimiento por encima de todo; el doctor Prunesquallor (y su hermana solterona), el cocinero Swelter, el mayordomo Flay, el guardián de la tradición Sourdust, la niñera Nannie Slag y el advenedizo joven Steerpike, todos ellos parte del microcosmos de Gormenghast (cuya influencia apenas se extiende hasta los habitantes del barro, en las polvorientas casas que se extienden más allá de los muros del castillo).

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La trama abarca apenas dieciocho meses, e incluso ese lapso está tratado de forma desigual, con la mayor parte de los acontecimientos narrados agrupados en unos pocos días (e incluso unas pocas horas). El estilo de Peake es detallista hasta el extremo, puntilloso, machacón incluso, contribuyendo con ello a evocar la atmósfera inmovilista de Gormenghast. No importa en absoluto nada de cuanto pueda acontecer más allá de sus muros (incluso la ocasional digresión en torno a las cuitas de los habitantes del barro resulta totalmente ajena a los moradores del castillo). El drama es autocontenido, bien sean las aspiraciones de lady Cora y lady Clarice, el encono mortal entre Swelter y el señor Flay o las maquinaciones de Steerpike, una mezcla entre arribista e iconoclasta, que no duda en recurrir al crimen, la manipulación e incluso la extorsión con tal de cumplir unas ambiciones imprecisas (y que se antojan, desde una perspectiva externa, tan fútiles como las motivaciones del resto de personajes).

También es importante considerar que el autor nunca pretendió que la novela fuera una historia autoconclusiva, sino sólo el primer peldaño de un todo mayor (que ha quedado incompleto). Así, en 1950 publicó “Gormenghast”, el segundo volumen, que comprende entre los siete y los diecisiete años de Titus y en el que culminan algunas de las tramas abiertas en “Titus Groan” (y que, por tanto, cierran en falso allí). En 1959, limitado ya por su enfermedad, sacó “Titus solo”, que abre la historia al mundo más allá del claustrofóbico señorío (mostrando una fantasía industrialista que anticipa en cierta forma el steampunk), en una edición considerada fallida que fue reconstruida póstumamente en 1970 en base a las notas de Peake. Estas mismas notas permitieron en 2011 a su viuda, Maeve Gilmore, publicar un cuarto volumen, “Titus awake”, del que Mervyn Peake sólo llegó a escribir un corto fragmento introductorio.

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A medio camino entre la sátira (todos y cada uno de los personajes tienen algo de caricaturescos) y el retrato psicológico, “Titus Groan” constituye una fantasía tan diferente que, en realidad, poco o nada tiene de fantasía (salvo quizás la propia existencia de un escenario tan cerrado como Gormenghast, que quizás presente ecos de la Ciudad Prohibida de Pekín, o también del recinto, igualmente aislado, para occidentales de Tianjin, donde Peake vivió hasta los once años). Se considera que el tema principal de la serie es el enfrentamiento entre libertad y tradición (o cambio frente a inmovilismo), pero el tratamiento del mismo dista de ser evidente, y las aspiraciones literarias son al menos tan exigentes como las metafóricas (a este respecto, he de señalar que resulta muy, muy británico… lo que cada cual puede valorar de acuerdo a sus inclinaciones).

La publicación en 1954 de “El Señor de los Anillos” eclipsó en gran medida la obra de Peake (muy a su pesar, pues consideraba la fantasía de Tolkien infantil), pero quedó como ejemplo a un modo alternativo de enfocar el género, extremadamente literario y alejado sobre todo de cualquier pretensión de epicidad.

Otras opiniones:

Aranmanoth

•julio 4, 2014 • Dejar un comentario

El miércoles de la semana pasada, de madrugada, nos dejó Ana María Matute, Premio Nadal, Premio Planeta, Premio Nacional de las Letras Españolas, Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, Premio Cervantes, académica de la RAE (sillón K)… Su obra abarcó desde la novela realista (con la que se dio a conocer y sobre la que cimentó su prestigio) a los cuentos infantiles, incluyendo tres títulos atípicos, que han sido, quizás un tanto arbitrariamente, agrupados en lo que se conoce como su Trilogía Medieval, pues son textos ambientados en una alta edad media fantástica, que comprenden “La torre vigía” (1971), “Olvidado rey Gudú” (1990, su obra preferida y una de las mejores novelas fantásticas de la literatura española… si no directamente la mejor) y “Aranmanoth” (2000).

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“Aranmanoth” carece de la complejidad de su hermana mayor. De hecho, por estructura, es casi más un cuento o una fábula (aun con longitud de, al menos, novela corta) que una novela propiamente dicha. Lo que sí comparte con “Olvidado rey Gudú” (no he leído “La torre vígia”, así que ignoro cómo se relaciona con las otras dos) es una visión muy personal de la fantasía, alejada de las corrientes mayoritarias del género y muy próxima a los orígenes mismos de la fantasía feérica, los cuentos de hadas que se contaban en los salones franceses del siglo XVII, con una diferencia importante. Su visión del medievo (específicamente, de la alta Edad Media), no se encuentra tan idealizada, ni es ajena a las miserias del período. En cierto modo, los elementos fantásticos (que no son excesivos) establecen un contrapunto positivo, aunque no necesariamente compensatorio, a las carencias de la realidad. Esta concepción es central a “Aranmanoth”, que examina además otro de los temas principales de la autor, como es el contraste entre la niñez, la juventud y la edad adulta.

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La historia arranca con el regreso del adolescente Orso al señorío de Lines, para hacerse cargo del mismo ante la enfermedad de su estricto padre. En el camino, se detiene en una fuente natural y su juventud y belleza enamoran a la ninfa que la habita, la más joven entre las hadas. De este encuentro fortuito (y prohibido) nacerá Aranmanoth, Mes de las Espigas, un niño con una doble naturaleza, humana y mágica, que a los nueve años será conducido junto a su padre, llevando consigo una trágica promesa de redención.

En los años transcurridos Orso ha perdido buena parte de su inocencia. A las órdenes de su conde se ha convertido en un soldado huraño, cada vez más parecido a su padre. Pese a todo, acoge a Aranmanoth con amor, no desprovisto de incertidumbre.

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La relación entre ambos se complica con la llegada de Windumanoth (nombre con que la bautiza Aranmanoth), una niña entregada como esposa, por motivos políticos, a Orso, quien la pone bajo la protección de su hijo, mientras parte de nuevo a la guerra. Ambos niños, de edad similar, crecen juntos, con Aranmanoth  debatiéndose por las contradicciones entre su mitad mágica y su (peor) mitad humana, y con Windumanoth enfrentada a la pérdida de la inocencia de su niñez con su añoranza por el Sur, la región casi mítica donde se crió y de la que partió para ser entregada al señor de Lines.

Llega un momento en que estos conflictos resultan demasiado intentos, y ambos, ya jóvenes y en el camino directo a la edad adulta, parten del castillo en busca de ese Sur mítico, una tierra lejana e inalcanzable, a la que resulta imposible regresar una vez ha sido dejada atrás.

“Aranmanoth” transita todo el rato al borde mismo de la alegoría, reflejando en todos sus personajes los cambios (negativos) que ocasiona el enfrentamiento cotidiano con la realidad (o, en otras palabras, el asumir responsabilidades e intereses adultos, entre los que se cuentan tanto la violencia como el amor). Así pues, desde Orso, cuya evolución (o involución) queda reflejada en los cambios físicos que sufre, hasta Windumanoth (destinada a la consumación de su matrimonio, que amenaza con marcar el fin definitivo de su niñez), todos los personajes se ven arrastrados hacia el cambio, incluso Aranmanoth, empujado por su mitad humana.

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Pese a todo, Ana María Matute logró esquivar el peligro de transformar su obra en un alegato rígido, de interpretación estricta, gracias a una prosa que trata la fantasía como importante en sí misma, sin el apoyo de posibles significados metafóricos. Es esa fantasía, el poder redentor de esa fantasía, lo que finalmente golpea y redime la realidad, pero es una redención melancólica, no exenta de pérdidas, pues, al fin y al cabo, el Sur es inalcanzable, y partir en su búsqueda una empresa irrealizable, destinada al fracaso, aunque, pese a todo, inspiradora.

Del mismo modo en que el libro transita por el traicionero límite entre alegoría y narración pura, busca un acuerdo similar entre nuestro yo infantil y nuestro yo adulto, entre magia y realismo. Ahí, en ese territorio incierto y esquivo, es donde podemos encontrar a “Aranmanoth”.

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Ana María Matute (26 julio de 1925 – 25 de junio de 2014)

IN MEMORIAM

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