Cifilogenia III – La era del pulp

En una demostración de la naturaleza esencialmente caótica de este blog, en vez de esperar mes y medio para publicar una nueva entrega de la Cifilogenia, he decidido escribirla justo a continuación de la anterior. A decir verdad, algo de lógica tiene el asunto, porque, como decía en la entrada referida al romance científico, la evolución del género a ambos lados del Atlántico siguió caminos semi independientes (aunque la obra de H.G. Wells fue también muy influyente en los EE.UU.).

El fenómeno que marcó el desarrollo de la ciencia ficción en los Estados Unidos fue la era de las revistas pulp, que se inicia en 1896, con la reconversión al formato que luego sería el estándar (unos 25×18 cm, con 128-200 páginas de sólo ficción), de la revista Argosy (fundada en 1882 como revista juvenil). La fórmula de este tipo de producto es sencilla: bajos costes de impresión (gracias a la introducción de la imprenta a vapor), papel de mala calidad (de ahí el término “revista de pulpa”) y colaboradores baratos (con mucho escritor aficionado, aunque la retribución podía ir ajustándose de acuerdo con el caché que fueran adquiriendo), todo ello con el fin de ofrecer entretenimiento de bajo coste para la clase trabajadora. Por supuesto, el contenido tenía que ser excitante y evocativo, es decir, historias de género (policíaco, terror, fantasía, amor, western, hazañas bélicas o deportivas…), de ahí que se acabaran relacionando los conceptos “literatura de género” y “literatura barata”, hasta el punto que hoy en día sigan persistiendo ciertos prejuicios (más o menos erradicados/justificados según el caso).

En 1905 se sumó una nueva revista al carro del pulp, The Popular Magazine, que cosechó un gran éxito con la serialización de las historias sobre imperios perdidos de Henry Rider Haggard e introdujo las portadas llamativas. A partir de ahí, empezaron a proliferar los títulos, produciéndose una progresiva especialización por géneros, llegando a coexistir docenas de ellos, los más exitosos de los cuales tenían tiradas en los años 20 y 30 por encima del millón de ejemplares.

Desde la perspectiva que nos preocupa, el desarrollo de las revistas pulp americanas hizo mucho por definir los géneros fantásticos tal y como hoy en día los conocemos (incluyendo la separación en fantasía, ciencia ficción y terror). Los autores, al principio, se limitaron a experimentar con la demanda popular, produciendo aquello que las masas deseaban leer. Las condiciones no eran idóneas (porque los que realmente se lucraban eran los editores), pero el auge del pulp creó las primeras generaciones de escritores profesionales de relatos y novelas cortas (aunque, por supuesto, ya existieran precedentes aislados).

Por lo que atañe a la ciencia ficción, podemos distinguir cuatro grandes etapas, de las cuales sólo me extenderé aquí en dos, pues las otras dos, por su importancia, las dejaré para posteriores entregas de la Cifilogenía.

La primera fase comprendería entre 1896 y 1926, y sería una etapa de pura experimentación creativa, hibridación y construcción de unas señas de identidad definidas a partir de préstamos de la novela de aventuras decimonónica y del resto de géneros hermanos. En realidad, ya existían relatos que podríamos clasificar como ciencia ficción. Poe, por ejemplo, ya había experimentado con la idea de entremezclar ciencia y ficción (aunque sus conocimientos técnicos no eran excesivos y estos elementos están prácticamente ausentes en sus obras más notables), y otro de los grandes autores de la época, Jack London, cuenta en su haber con varios ejemplos notables, publicados en revistas “serias” (véase “El millar de muertes“, aparecido en The Black Cat en 1898).

Dentro del universo del pulp, quizás la primera figura destacable sea la de Edgar Rice Burroughs, escritor fuertemente influenciado por la obra de Haggard y recordado sobre todo por su creación más icónica: Tarzán, el rey de los monos. En su búsqueda de escenarios exóticos donde ubicar su ficción, y dado que cada vez quedaban menos territorios vírgenes, no dudó en dirigir su mirada al espacio y ubicar una de sus sagas más famosas en Marte, o Barsoom para los nativos. Así pues, en 1912 empezó a serializarse en All-Story “Bajo las lunas de Marte”, la novela que en 1914 se publicaría independientemente con el título “Una princesa de Marte”, un ejemplo paradigmático de lo que pasaría a conocerse como romance planetario. La ubicación es poco más que una excusa para dar rienda suelta a la imaginación (aún faltaba una década para que Robert E. Howard revolucionara la fantasía con sus ciclos cataclísmicos… aunque posteriormente, en 1943, él mismo inició su propia aproximación al romance planetario con “Almuric”).

Pese a que la orientación del libro es esencialmente aventurera (con un terrestre, John Carter, transportado mágicamente a Barsoom y abocado a heroicidades diversas para rescatar a la chica), la obra no carece de un leve sustrato científico, si bien de teorías que se han probado erróneas. La inspiración principal proviene de las ideas de Percival Lowell, que popularizó la idea de los canales marcianos (“descubiertos” por Giovanni Shciaparelli en 1877). Esto proyectó la imagen de un planeta antiguo, que se ha ido secando, forzando a sus habitantes a titánicas obras de ingeniería para sobrevivir y creando, por tanto, un ambiente duro, de frontera, perfecto para reeditar los viejos ideales aventureros de antaño. La imaginación de Burroughs pobló Barsoom de razas exóticas, animales fabulosos, ciudades abandonadas, tiranos y bellas damiselas en apuros, que dieron para una docena de libros, el último póstumo.

A esta serie, se le sumaría la de Pellucidar (un reino prehistórico en el centro de la Tierra), con seis novelas, la de Carson Napier de Venus (cuatro novelas) y cierto número de títulos independientes.


La idea del mundo perdido es atrayente para otros escritores, como por ejemplo Abraham Merrit (conocido principalmente por ser una de las influencias de Lovecraft). En 1918-1919 publicó en All-Story Weekly “El estanque de la luna”, una obra cuyos elementos de terror y fantasía son predominantes, aunque presenta una curiosa inspiración en los trabajos del annus mirabilis (1905) de Albert Einstein, tal y como traté de demonstrar en la entrada
Einstein reflejado en el Estanque de la Luna.

Y hablando de Lovecraft, qué decir de su giro hacia la ciencia ficción ficción, identificando, eso sí, ciencia y progreso con horror, la característica diferenciadora de la etapa de los Mythos, iniciada en 1928 con “La llamada de Cthulhu” y cuyo máximo exponente es “En las montañas de la locura“, publicada en 1936 (fuera de Weird Tales, su pulp de referencia, más centrado en lo macabro).

Aunque para entonces ya se había iniciado la segunda etapa de la ciencia ficción durante la era pulp, que se inició exactamente en abril en 1926, con la aparición en el mercado de la primera revista pulp dedicada exclusivamente a la ciencia ficción: Amazing Stories, fundada por Hugo Gernsback (en cuyo honor se bautizaron los premios más famosos del género). La calidad nunca fue una característica de la revista, debido entre otras razones a la racanería de los sucesivos editores, que hacía que sólo los autores más novatos aceptaran las condiciones de publicación. Sin embargo, a partir de enero de 1927 la revista dio cabida a una sección de cartas de los escritores (algo que fue rápidamente copiado), que puso en contacto a los aficionados, hasta entonces dispersos, y fundamentó las bases para el desarrollo del fándom. También se le reconoce a Gernsback la creación (o popularización), del término ciencia ficción (aunque él personalmente  prefería “cientificción”).

Entre los autores que iniciaron su carrera en Amazing Stories se cuenta, por ejemplo Jack Williamson (probablemente el autor más longevo de la ciencia ficción, pues su carrera se extiende a lo largo de nueve décadas, desde 1928 hasta 2005), que pronto estuvo publicando en todas las revistas de género. En 1934, por ejemplo, serializó en Astounding “La legión del espacio“, una obra prototípica de la ciencia ficción pulp: pura aventura, inspirada en “Los tres mosqueteros”, con toneladas de sentido de la maravilla (y bastante poca base científica). También podría destacarse a Edmond Hamilton, (“Los reyes de las estrellas“) receptor del primer premio por votación popular de la ciencia ficción (el Jules Verne, por “The island of unreason”, publicado en Wonder Stories en 1933) y a E. E. Doc Smith, quien había concluido una novela de ciencia ficción en 1920, “The Skylark of space” (“La estrella apagada”), pero que no consiguió venderla hasta la aparición de Amazing. En 1934 publicó, también en Amazing, “Triplenatary“, la que luego sería el germen de la serie de Lensman (finalista del Hugo especial a la mejor serie de todos los tiempos, entregado excepcionalmente en 1966). La obra de E. E. Doc Smith se considera que sentó las bases de la space opera.

Otro autor extraordinariamente importante, aunque de carrera trágicamente breve, fue Stanley G. Weinbaum. Su obra comprende unas dos docenas de relatos (la mitad de ellos publicados póstumamente) y dos novelas (también póstumas, publicadas mucho después de su muerte, por cáncer de pulmón en 1935. Su primer relato de ciencia ficción, “A martian odyssey”, publicado a finales de 1934 en Wonder Stories, fue revolucionario por el modo de tratar a los aliegnígenas (hasta entonces poco más que bichos verdes a los que aniquilar). Se adelantó por unos meses a la segunda gran revolución de la ciencia ficción: el inicio de la era campbelliana.

La fecha, una vez más, es unívoca: diciembre de 1937, cuando se publicó el primer número de Astounding Stories bajo la dirección de John W. Campbell (la revista había sido fundada en 1930 bajo el nombre Astounding Stories of Super-Fiction). A partir de 1938, rebautizada como Astounding Science-Fiction, la revista, bajo su influencia, se convirtió en la gran renovadora del género, elevando considerablemente los requisitos literarios y de verosimilitud científica, para apuntar hacia un público más adulto e instruido. Tutelada por Campbell, una nueva generación de escritores de ciencia ficción, entre los que destaca Isaac Asimov, llegaba dispuesta a explorar a fondo las posibilidades creativas y expresivas de ese género, sacándolo de la adolescencia y llevándolo poco a poco a la madurez.

El período comprendido entre 1938 y finales de los años 40 (la etapa de Campbell al frente de Astounding) es conocido como la Edad de Oro de la ciencia ficción, y por su importancia merece una entrega propia de la cifilogenia, así que cerraré este bloque limitándome a indicar que esta revista sigue en activo, bajo el nombre de Analog Science Fiction and Fact, siendo la publicación más longeva del género).

Para concluir con la historia de las revistas pulp, hay que indicar que a partir de principios de los 40 empezaron a recibir una serie de reveses que fueron afectando a su popularidad. Uno de los motivos principales de su declive cabe encontrarlo en la carestía de papel durante la Segunda Guerra Mundial, que motivó, por ejemplo, un cambio de formato (a volúmenes más pequeños y con más páginas) y subió los costes de producción. Además, aparecieron toda una serie de competidores por su segmento de mercado (principalmente, cómics, aunque con el boom económico de postguerra también otras revistas con calidad de impresión mayor a un precio no muy superior), que fueron volviendo los proyectos económicamente inviables hasta que prácticamente sólo quedaron revistas de ciencia ficción (que, gracias a Campbell, habían logrado labrarse un nicho diferenciado).

En 1957 cerró American News Company, la principal distribuidora de los títulos pulp supervivientes, lo cual se suele tomar como el hito que marca el final de la era pulp.

Para entonces, la ciencia ficción había entrado en una nueva etapa, conocida en ocasiones como Edad de Plata (aunque el término no es, ni mucho menos, tan popular como el de la Edad de Oro), manteniendo el progresivo aumento de la exigencia en términos literarios y produciéndose un cambio del centro de gravedad de las historias, desde el optimismo en la ciencia y en el progreso que caracteriza la Edad de Oro hacia una visión más desencantada y un giro hacia temáticas sociales (fuertemente influenciado por las manifestaciones tardías del romance científico británico). Pero, de nuevo, esto es un proceso que tendrá que ser examinado en otra ocasión.

A modo de conclusión, y por no abandonar la tónica de emplazaros a posteriores entregas de la Cifilogenia, en España también tuvimos nuestra era pulp en ciencia ficción, aunque con cierto retraso (como ya comenté, la evolución se vio truncada por la Guerra Civil). En nuestro caso, cabe hablar de la era de los bolsilibros (o novelas de a duro), que se extiende desde principios de los años 50 hasta mediados de los 80, así como de la influencia de la revista Nueva Dimensión (148 números entre 1968 y 1983). Pero como decía Ende: Eso es otra historia, que tendrá que ser contada en otra ocasión.

Otras entregas de la Cifilogenia:

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~ por Sergio en marzo 9, 2011.

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