El puente

“El puente” (“The bridge”) fue en 1986 la tercera novela publicada de Iain Banks. Al año siguiente sacaría dos: “Espedair Street” y “Pensad en Flebas“, su primera novela de ciencia ficción, ya ambientada en la Cultura (cuya primera versión data en realidad de 1984), escindiéndose a partir de entonces su producción en ambos campos (separados por el uso de la inicial intercalada “M”). Quizás por ello se trata, de entre toda su obra considerada mainstream, la que incluye más elementos fantásticos.

El libro posee una estructura compleja, con múltiples planos narrativos intercalados y cierta experimentación estilística en determinados fragmentos. El protagonista principal es John Orr, un amnésico rescatado de mar por unos pescadores del Puente, una titánica obra de ingeniería capaz de albergar sociedades enteras a lo largo de una sucesión aparentemente infinita de voladizos, que se extienden entre masivas estructuras de soporte asentadas en islotes rocosos alineados con regularidad matemática. Allí es atendido por el doctor Joyce, un psicoanalista empeñado en alcanzar sus recuerdos ocultos a través de sus sueños.

Entre estos pasajes oníricos (algunos “inventados”), destacan los que involucran a un bárbaro prototípico, que hace gala de un cerradísimo acento escocés (elemento que se pierde en la traducción) y es acompañado por un duende familiar verborreico, que le proporciona la sagacidad de la que carece (y le calienta la oreja con su palabrería interminable y eso). El bárbaro, un personaje recurrente, vive diversas aventuras (inspiradas en la mitología clásica, a modo de héroe de un mito griego pasado por el filtro de la espada y brujería pulp), y va perdiendo su acento a medida que las vivencias lo suavizan un poco.

Más perturbadores son, sin embargo, otros sueños, aquellos en los que rememora pasajes en la vida de un ingeniero escocés que, sospecha, podrían ser de alguna forma el recuerdo de su auténtica vida, antes del Puente. En ellos asistimos a la evolución de su carrera profesional y al desarrollo de una relación (abierta) con Andrea Cramond, una chica independiente con otra relación paralela en Francia.

Precisamente, la tensión derivada de su lucha interna por aceptar esta situación parece ser la causa primaria (el alcohol también ayuda lo suyo) del accidente automovilístico que al parecer lo sume en un estado de coma que escinde su mente en los diversos escenarios que habitan John Orr, el bárbaro y tantas otras personificaciones de sus deseos y temores (por no hablar de alter egos de Andrea).

Es pues en la lectura psicológica donde “El puente” adquiere su sentido a partir de la integración de los distintos niveles narrativos. En cualquier caso, aunque existen numerosas opiniones que identifican a distintos personajes con conceptos freudianos (John Orr sería el yo, el bárbaro el ello y su familiar el superyó), lo cierto es que la novela no parece aspirar tanto a servir de metáfora para los procesos mentales en general como a deconstruir a su protagonista (el ingeniero escocés) y a sus conflictos interiores.

Así pues, cabe interpretar el puente como una metáfora del estancamiento. Se trata de una estructura, que en principio debería ser sólo de paso, que deviene en la ensoñación de Orr en cómodo asentamiento libre de preocupaciones (ya sean los recuerdos perdidos o las pasiones, derivadas hacia los sueños del bárbaro, en un nivel subconsciente más profundo). Debe de nacer en John Orr el anhelo de avanzar, dejar atrás esa seguridad estática y abrazar un futuro incierto (representado en la novela por un paisaje asolado por la guerra). Y parte de ese avance consiste en concretar la relación con Andrea Cramond, aceptando sin ambages la relación que plantea (o rechazándola de una vez por todas).

No acaban ahí las interpretaciones posibles. El puente se extiende también entre la vida y la muerte, entre el estado vegetativo y la consciencia; sirve de fulcro entre los ideales políticos de izquierdas del ingeniero y su realidad cotidiana como exitoso empresario en una nación dirigida por gobiernos conservadores; entre sus rústicas raíces escosas y la sofisticada vida cosmopolita a la que aspira; incluso podría verse como reflejo de una crisis de mediana edad (la que exige, de hecho, solucionar todos los conflictos abiertos, empezando por el sentimental).

Todo ello queda implícito en la narración, aunque Banks se cuida mucho de aportar una guía de interpretación inequívoca. Algunos símbolos son claros (el puente es una versión ampliada del Forth Bridge, sobrevolado ocasionalmente por Supermarine Spitfires de la Segunda Guerra Mundial y recorrido por poderosos trenes como los que recuerda de su infancia), pero otras veces nos encontramos con imágenes de difícil interpretación, hasta el punto que es muy posible que el propio autor ignore de dónde surgieron. Al fin y al cabo, se trata de una inmersión en el subconsciente. Un viaje que no tiene el porqué justificarse por completo, tan particular como pueda serlo cada psique individual.

Curiosamente, por esas mismas fechas Haruki Murakami escribió una novela con temas y herramientas similares: “El fin del mundo y un despiadado país de maravillas” (de 1985, aunque traducida al inglés en 1991). Esa intromisión de esquemas y personajes propios de la literatura fantástica en el mainstream (y en especial su aceptación por parte de la crítica) fue una tendencia que cobró fuerza durante la decáda de los 80 y que llevó a la acuñación en 1989 del término slipstream para clasificar las obras ubicadas en la nebulosa frontera entre realismo y fantasía.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en noviembre 16, 2011.

Una respuesta to “El puente”

  1. […] verla en listas como esta sobre 1000 novelas que debes leer, por delante de otros títulos como El puente. Incluso tuvo una adaptación de la BBC con unos resultados a la altura del material de […]

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