Cifilogenia V – La New Wave

La primera gran revolución dentro de la ciencia ficción se produjo a mediados de los años 60, y su influencia directa se extendió hasta finales de los 70, dejando tras ella un poso que cambió el modo restrictivo de entender el género.

La New Wave fue un movimiento poco estructurado y reaccionario, que surgió como respuesta a la percepción de estancamiento alcanzada con los temas clásicos de la ciencia ficción. De igual modo, se buscó potenciar los aspectos literarios sobre los especulativos, fomentando la experimentación estilística y disminuyendo (o incluso despreciando) el rigor científico, en favor de lecturas más metafóricas. El protagonismo pasó de héroes y tecnócratas a gente común, enfrentados a menudo a confictos internos (que, en no pocos casos, tenían su reflejo en el contexto o la trama). Muchos de sus autores buscaron con ahínco (y sin demasiado éxito en general) romper la barrera del género e incorporarse al mainstream (lo cual llevo a muchos a renegar de la etiqueta “ciencia ficción”).

En su afán rupturista, los temas predilectos fueron aquellos considerados hasta la fecha tabú (entre otros motivos por la orientación juvenil original de la ciencia ficción estadounidense), como el sexo, la religión, la política, las drogas… No resulta extraño que el núcleo principal de autores surgiera de la escena británica, donde la evolución natural del romance científico había desarrollado una cifi autóctona más filosófica y madura (aunque también más rígida, por lo que se precisó una fusión de tendencias para expandir al máximo el abanico de posibilidades).

El proceso de maduración fue lento, pudiendo encontrarse antencedentes más o menos claros desde 1950, pero suele considerarse la fecha de arranque del movimiento en mayo de 1964, fecha en que se publicó el primer volumen de la revista británica New Worlds bajo la dirección de Michael Moorcock. Aunque desde algún tiempo antes algunas revistas americanas (como Galaxy) ya prestaban especial atención al estilo, Moorcock planteó como línea editorial el fomento de la experimentación, proscribiendo de las páginas de New Worlds las naves espaciales y demás parafernalia operística.

Junto con Moorcock, la principal figura de los inicios de la New Wave fue el escritor J. G. Ballard, quien entre 1962 y 1966 publicó una influyente serie de novelas apocalípticas (“El viento de ninguna parte”, “El mundo sumergido”, “La sequia” y “El mundo de cristal”).

Al otro lado del charco, los vientos de cambio también soplaban con fuerza, aunque se carecía de una figura prominente que ejerciera el liderazgo. En vez de ello, los jóvenes autores se fijaron en otros movimientos contraculturales y literarios como la Generación Beat (con especial influencia de William S. Burroughs y su trilogía Nova, que entre 1961 y 1966 tomó prestados elementos de la ciencia ficción a los que aplicó su técnica de recortes, como puede apreciarse en “Nova Express“), y se lanzaron a la conquista (y derribo) del género a través de la narración corta.

Cabe destacar dos nombres. Por un lado, Frederick Pohl, como editor de If entre 1960 y 1969, etapa en la que la revista alcanzó su mayor éxito, cosechando para Pohl el premio Hugo a mejor editor tres años seguidos (1966-68). Fue principalmente en las páginas de If, donde los nuevos escritores empezaron a tantear los límites del género. Uno de ellos, Harlan Ellison, tuvo la ocurrencia de dar voz a la rebelión que se estaba gestando (llamada despectivamente New Thing, de donde después derivaría en New Wave a semejanza de la Nouvelle Vague francesa), promoviendo una gran antología que sirviera de estandarte y presentación: “Visiones peligrosas” (“Dangerous visions”, 1967).

Fue un proyecto único, tanto por su volumen (33 narraciones, 550 páginas), como por la particularidad, contraria a la costumbre establecida, de que todos los textos eran inéditos. Una apuesta arriesgadísima (tanto que acabó teniendo que poner dinero de su bolsillo para que la editorial siguiera adelante) que se saldó con un éxito resonante, convirtiéndose en una de las antologías más influyentes de la historia de la ciencia ficción y la primera en definir y consolidar todo un movimiento.

El impacto se dejó sentir en el reparto de premios correspondientes a ese año. Ellison obtuvo un Hugo honorífico por su labor de antologista, Philip José Farmer el de novela corta por “Jinetes del salario púrpura” y Fritz Leiber el de cuento largo por “Hagamos rodar los huesos” (merecedor también del Nebula), estando también nominado Philip K. Dick por “La fe de nuestros padres”. El premio a relato lo obtuvo Ellison, pero por un cuento aparecido en If (“No tengo boca pero debo gritar”). Sin embargo, sus dos contrincantes, Larry Niven (“El rompecabezas humano”) y Samuel R. Delany (“Por siempre y Gomorra”, ganador del Nebula), sí que provenían de “Visiones peligrosas”.

Hasta 1970 aproximadamente, el enfrentamiento entre la vieja guardia y los jóvenes alborotadores de la New Wave levantó cierta polvareda (aunque a posteriori queda la sospecha de que se trató en buena medida de un ardid publicitario). Desde entonces hasta final de la década, la “revolución” fue más bien una aventura de exploración de los nuevos territorios, lo que dejó obras tan extraordinarias como “Muero por dentro” de Silverberg, “Rebaño ciego” de John Brunner o “Flores para Algernon” de Daniel Keyes, así como experimentos realmente extremos, como “A cabeza descalza” de Brian Aldiss.

Otros autores importantes de la New Wave (aunque recalco de nuevo que nunca llegó a ser un movimiento organizado, sino más bien una generación de escritores con unos intereses y unos enfoques similares) fueron Roger Zelazny (“Tú, el inmortal“), Norman Spinrad (“Incordie a Jack Barron“), Samuel R. Delany (“Babel-17“), Philip José Farmer (“A vuestros cuerpos dispersos“) o Thomas M. Disch (“Campo de concentración“).

Durante la New Wave se produjo además la integración de las mujeres al mundo de la ciencia ficción, siendo quizás la pionera Ursula K. Le Guin (“Los desposeídos“). La apertura del abanico de temas hacia cuestiones de género hizo que durante los 70 cobrara auge la ciencia ficción feminista, abanderada por autoras como Le Guin, Joana Russ (“El hombre hembra“), Vonda McIntyre (“La serpiente del sueño“) o Marion Zimmer Bradley (serie de Darkover), que perdió algo de fuelle con la reacción antifeminista de los 80 (aunque las escritoras ya no perdieron su lugar dentro de la ciencia ficción, sino que se lanzaron a cultivar, con enorme éxito en algunos casos, cualquier otro subgénero).

No es posible fechar con precisión el fin de la New Wave (e incluso cabría preguntarse si concluyó o si, simplemente, fue asimilada). En parte cabría encontrar las razones que llevaron a un retorno parcial a la ciencia ficción campbelliana (lo que será tema de la próxima entrega de la cifilogenia) en la desconexión entre lectores y escritores (sobre todo por lo que se refiere a los experimentos literarios más exigentes). Como ya he comentado, los autores no consiguieron (al menos desde la ciencia ficción) el reconocimiento de la crítica generalista (un telépata seguía siendo un telépata, bien fuera como héroe pulp o en medio de una reflexión sobre los problemas de comunicación y el talento creativo), y por contra parte del público tradicional se vio alienado.

Más importante quizás, llegaban nuevas generaciones de escritores, para los que ahondar en las formas y temas de la New Wave ya no suponía rupturismo, sino continuidad. Además, la ciencia ficción, gracias al trabajo de la pasada década y media, había ganado un motón de juguetes nuevos, y los autores (muchos de ellos, como los maestros de la Edad de Oro, con formación científica) estaban ansiosos de probarlos en los viejos terrenos de juego para ver hasta dónde podían llegar. La vanguardia apuntaba a otros objetivos. En el horizonte asomaba el cyberpunk para encauzar las ansias revolucionarias.

En cualquier caso, el legado de la New Wave sigue vivo. Ya no existe razón alguna para no elevar en ciencia ficción los requisitos estilísticos al mismo nivel que en cualquier otra forma literaria (ajustados, por supuesto a las necesidades narrativas). Además, aunque sigue siendo “ciencia ficción” la mejor etiqueta que podemos asignarle (como defendía en la primera entrega de la cifilogenia), el panorama que cubre el género es mucho más amplio de lo inicialmente considerado. Quizás ocurrió que se suavizaron las posturas y dejaron de considerarse antagónicos conceptos como aventura, ciencia y filosofía.

Como conclusión, y a modo de curiosidad, no puedo resisitirme a comentar la circunstancia de que, de un par de años a esta parte, estoy percibiendo en la ciencia ficción española una corriente muy cercana a la New Wave (con las lógicas salvedades que cupiera hacerle), con obras como “Fragmentos de burbuja” de Juan Antonio Fernández Madrigal o “Mobymelville” de Daniel Pérez Navarro, así como posicionamientos creativos que recuerdan mucho a los defendidos por Harlan Ellison en el prólogo de “Visiones Peligrosas”. Dentro de la diversidad que caracteriza la producción actual, no deja de constituir una tendencia a estudiar (y disfrutar, si se tercia) con interés.

Otras entregas de la Cifilogenia:

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~ por Sergio en mayo 9, 2011.

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