Cifilogenia IV – La Edad de Oro

En la anterior entrega de la Cifilogenia definía las diferentes etapas que atravesó la ciencia ficción durante el extenso período de pervivencia de las revistas pulp en EE.UU. En la actualidad, suele reservarse, sin embargo, el calificativo de Era del Pulp para las dos primeras de ellas, marcando el punto de inflexión entre ambas la aparición de Amazing Stories, editada por Hugo Gernsback. Como comenté en su momento, por su importancia y características definitorias, la siguiente gran etapa se desmarca de su predecesora pese a no darse, en un principio, ningún cambio de formato. Así pues entre mediados de 1939 y la primera mitad de los años 50, se extiende un período que ha recibido el nombre de Edad de Oro de la Ciencia Ficción, durante el cual adquirieron prominencia buena parte de los más aclamados (y conocidos) autores del género.

John W. Campbell en 1957

El acontecimiento que impulsa el cambio es la designación de John W. Campbell como editor de Astounding, que se produjo a finales de 1937, aunque el joven editor no tomó por completo las riendas hasta mediados de 1938. Desde el principio, sin embargo, tuvo clara su línea editorial. Campbell buscaba atraer a un público más maduro y sofisticado que el típico consumidor de ficción pulp, por lo que impulso varios cambios, el primero de los cuales fue cambiar el nombre de la revista, de Astounding Stories a Astounding Science-Fiction, destacando el componente científico riguroso de las historias (pretendió, en un principio, dejarlo sólo en Science-Fiction, pero el nombre ya estaba pillado).

También se involucró como hasta entonces ningún editor lo había hecho en el proceso creativo, “adoptando” bajo su tutela a varios de los más prometedores autores que empezaban a despuntar, animándolos a mejorar su estilo e incluso proponiéndoles ideas de partida para que las desarrollaran. Todo este trabajo condujo a un incremento en los requisitos estilísticos y argumentales (al que muchos autores de la era del pulp no pudieron responder), desplazando el centro de gravedad de las historias hacia los personajes que se enfrentan a las maravillas de la tecnología (abandonando, por tanto, los toscos arquetipos heroicos imperantes hasta el momento). Uno de sus más famosos requerimientos, por ejemplo, fue: “Mostradme unos alienígenas que piensen tan bien o mejor que un humano, pero no como un humano”.

Por poner una fecha concreta al inicio de la Edad de Oro, suele señalarse el número de julio de 1939 de Astounding como aquel a partir del cual Campbell dejó bien afianzada su marca, con la publicación de los primeros relatos de A.E. Van Vogt e Isaac Asimov que superaban su filtro. Con el paso del tiempo, fue rodeándose de un grupo de jóvenes escritores que, bajo su tutela, llevaron nuevos aires a la ciencia ficción. Entre ellos se cuentan, además de los mencionados, otros muchos que adquirirían gran renombre, como Lester del Rey, Robert A. Heinlein, Clifford D. Simak, L. Sprague de Camp, Hal Clement, Theodore Sturgeon o el reciclado Jack Williamson (el que se tratara de la revista que mejor pagaba, y que, por tanto, mejores autores reunía, contribuyó a su predominio durante más de una década, hasta la fundación de Galaxy en 1950).

En contrapartida, se ha acusado a Campbell de un excesivo control ideológico, que llevó a la publicación de determinados relatos de sus escritores de confianza en otras revistas (cuando exploraban desarrollos que no eran de su agrado) y a la marginación de Astounding de algunos de los nuevos escritores que empezaron a despuntar en los 50, como Ray Bradbury o Phillip K. Dick (cuya obra no sigue los patrones generales de la Edad de Oro, demostrando lo peligroso que resulta generalizar en estos temas).

La evolución que experimenta, desde un punto de vista filosófico, la ciencia ficción durante la Edad de Oro supone, especialmente durante sus primeros años, un período de optimismo y fascinación por lo que puede deparar el futuro, tanto a nivel tecnológico como social. La Space Opera aventurera da paso progresivamente a una aproximación más humanista (ejemplificada en la trilogía original de la Fundación, escrita por Asimov en base a sugerencias de Campbell) y cobra gran importancia la ciencia ficción dura, aquella que se apoya en mayor medida en conocimientos científicos rigurosos (aunque, por supuesto, no menudean las féminas ligeras de ropa acosadas por mostruosos alienígenas, que suelen copar las portadas). Con el paso del tiempo,  el mercado dicta sentencia y la ciencia ficción se  va decantando decididamente por la ruta señalada por Campbell, llegando a su madurez como género bien diferenciado del resto de manifestaciones del fantástico. También toman cuerpo dos de los más recurrentes conceptos asociados a la ciencia ficción: por un lado el Sentido de Maravilla (asociado a un enfoque de exploración de nuevas fronteras, de libertad y de progreso ilimitado) y por otro la Literatura de Ideas (ya no basta con narrar una historia entretenida, es necesario un trasfondo de mayor calado).

En cuanto al formato, nos encontramos con la época dorada del relato, lo cual lleva a la proliferación de antologías recopilatorias, que en el caso de los nombres punteros son de autoría única, alcanzando en ocasiones tanta o mayor fama que las novelas (compuestas a menudo por novelas cortas serializadas previamente en las revistas). Tal es el caso, por ejemplo de “Yo, robot“.

De nuevo he tenido que mentar a Asimov, y no es por algún tipo de malsana fijación, sino porque es uno de los tres autores que ejemplifican mejor la época y que suelen conocerse como los Tres Grandes de la Ciencia Ficción: Asimov, Heinlein y Clarke.

De Asimov, por ejemplo, destacan sus series de relatos y novelas sobre los robots (con el famoso enunciado de las tres leyes de la robótica), la Fundación (votada como mejor serie de todos los tiempos en la Worldcon de 1966) y el Imperio (series que unificaría en su regreso al género en los años 80). En cuanto a Heinlein, su aportación en este período comprende desde sus novelas juveniles (una al año entre 1947 y 1958, por ejemplo “Los Stone“) hasta su serie de relatos y novelas cortas sobre la Historia del Futuro, que proseguiría en numerosas novelas como “Las 100 vidas de Lazarus Long” hasta mediados de los años 80 (y que fue finalista al galardón obtenido por la serie de la Fundación).

El caso de Clarke es algo distinto, debido a que, por su origen británico, se encontró muy influenciado por el romance científico de Wells y Stapledon y a que su actividad profesional se inició algo más tarde, al concluir la Segunda Guerra Mundial, en la que participó como técnico de radar. Clarke es el escritor hard prototípico, con una obra que se extiende por varias docenas de relatos (recopilados en múltiples antologías) y un buen puñado de novelas, publicadas con una cadencia reposada a lo largo de décadas, un poco al margen de las modas del momento. De esta época son, por ejemplo, “Las arenas de Marte” o “Claro de Tierra“.

Además de apartar de la escritura temporalmente a muchos autores, la Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias tuvieron una gran influencia en la Ciencia Ficción. Por un lado, la carestía de papel aceleró la agonía de las revistas pulp. Las últimas en resistir, las de ciencia ficción, claudicaron a principios de los 50, pasando a un más acorde con los tiempos formato Digest (la pionera volvió a ser Astounding). Eso por no hablar de la competencia del cómic, que en un principio fue un gran aliado del género pero pronto se convirtió en un competidor con una evolución divergente, debido a la instauración en 1954 del sello de aprobación de la Comics Code Authority (una censura de facto para “contenidos no apropiados para jóvenes”). Por otro, el desarrollo de la política global, con la instauración de la Guerra Fría y la amenaza nuclear impactó profundamente a la sociedad estadounidense, creando un clima de desconfianza hacia el género humano y la ciencia, que se vio reflejada en algunos de los títulos más señalados de los años 50, como “Más que humano” (Sturgeon), “El fin de la infancia” (Clarke), “Ciudad” (Simak) o “Galaxias como granos de arena” (Aldiss).

El lanzamiento del Sputnik I (1957) y el consiguiente pistoletazo de salida de la Carrera Espacial actuó también, irónicamente, como un factor en contra de la ciencia ficción, pues la sensación generalizada era que la ciencia real había dado alcance a la ciencia ficción (el requisito de rigor científico impone un horizonte predictivo cada vez más cercano)… y que nada resultaba tan maravilloso como lo que habían pintado esos mismos autores durante los primeros y optimistas años de la Edad de Oro. Muchos escritores se reconvirtieron, a tiempo completo o parcial, en asesores científicos o divulgadores.

Se inicia entonces un interregno (conocido en ocasiones como Edad de Plata), a medida que los temas van evolucionando hasta abarcar nuevas inquietudes, como la religión (“Cántico por Leibowitz“) o la política (“Estrella doble“), y el énfasis se desplaza aún más hacia el universo humano interior, en detrimento de la faceta científica, el proceso de “desjuvenilización” se acentúa (Astounding vuelve a cambiar de nombre en 1960, pasando al más serio Analog Science Fiction, aunque Campbell no sabe adaptarse a los nuevos vientos y la revista va perdiendo protagonismo) y, en general, el campo va abonándose para la próxima gran revolución de la ciencia ficción, la New Wave, impulsada por una nueva generación de autores  que incluye nombres como Robert Silverberg, Brian Aldiss, Michael Moorcock, John Brunner o Roger Zelazny.

Durenta estos años se consolidan además los premios Hugo, que comienzan a otorgarse en 1953 y anualmente desde entonces salvo en 1954, y que suponen un buen termómetro de los cambios que va experimentando el género [en Rescepto, pueden leerse críticas de todos los Hugo de este período (la fecha es la de concesión del premio): “El hombre demolido” (1953), “La máquina de la eternidad” (1955), “Estrella doble” (1956), “El gran tiempo” (1958), “Un caso de conciencia” (1959), “Tropas del espacio” (1960), “Cántico por Leibowitz” (1961), “Forastero en tierra extraña” (1962), “El hombre en el castillo” (1963), “Estación de tránsito” (1964) y “El planeta errante” (1965)]. En 1966, el premio (ex-aequo con “Dune“) a “Tú, el inmortal” marca el punto de inflexión hacia la nueva etapa, que será tratada en detalle en la próxima en la próxima entrega.

Otras entregas de la Cifilogenia:

~ por Sergio en abril 9, 2011.

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