El millar de muertes de Jack London

Voy a aprovechar que me estoy leyendo “La plaga escarlata”, una recopilación de cuentos fantásticos de Jack London publicada por Ediciones Abraxas en 2003, para darme el gustazo de analizar uno de los relatos integrantes, “Un millar de muertes”. Es un texto interesante por varios motivos. Para empezar, se trata de una de las pocas contribuciones de London a la ciencia ficción (bastante buena, por cierto), que data de 1898. Además, me sirve para ilustrar el tema surgido en los comentarios a la entrada Una (o dos) de bolsilibros.

plagaescarlata

Primero, una pequeña sinopsis: El innominado protagonista de la historia, que muere por primera vez al final de la primera página, nos relata en primera persona la aventura, iniciándola con un breve repaso de su vida. Nacido en el seno de una familia de clase alta, su espíritu inquieto le lleva a un enfrentamiento que le lleva a ser repudiado por su padre. Se inicia entonces una vida aventurera, no demasiado diferente de la emprendida por el mismo London, que culmina ahogándose en las frías aguas de la bahía se San Francisco,  a los treinta años, en su intento por escapar de un barco. Lo próximo de que es consciente es que ha sido revivido con una extraña máquina que le sirve de respirador y se encuentra en el camarote de un yate privado. Para su sorpresa, su providencial salvador no es sino su propio padre, que no lo reconoce. En los días siguientes, descubre que la extraña personalidad de su progenitor le ha llevado a soltar lazos con el mundo y embarcarse en una investigación encaminada a burlar a la propia muerte. Gracias a la educación recibida, pronto se convierte en ayudante de laboratorio y se entusiasma con el trabajo. La pesadilla comienza cuando, arribados a una isla, se queda solo con su padre y dos sirvientes negros y descubre que le quiere como sujeto experimental de su proceso resurector. Ni siquiera la revelación de su parentesco le hace cambiar de idea (pues “¿quién tenía más derecho a quitarle la vida sino quien se la había dado?”), así que se inician las pruebas, matándolo con procedimientos no destructivos (venenos, electricidad, toxinas, asfixia, drogas…). Todos las pruebas, incluso las más extremas, son exitosas, pero eso no evita que la ambición científica de su padre crezca desmesuradamente. De este modo, el día que descubre tras su última resurrección una terrible cicatriz en su pecho, fruto de una vivisección, decide que tiene que poner fin a los experimentos antes de que sea demasiado tarde. Para ello, se enfrasca en el estudio de la apergy, la fuerza repulsiva que evita que la materia colapse por atracción gravitatoria. Sus esfuerzos se ven coronados por el éxito, y consigue desintegrar sucesivamente a sus dos guardianes negros y por último a su propio padre, quedando por fin libre. (Texto íntegro en inglés)

Resulta fácil descubrir en el cuento elementos freudianos, nacidos del rechazo de su presunto padre biológico, el astrólogo William Chaney (quien en 1897, ante el requerimiento de London, negó tajantemente tal extremo). Sin embargo, lo que más me interesa es el enfoque cientifista que asume el autor, un tanto atípico en la protocienciaficción de la época, nacido seguramente de su profundo interés en la documentación y en extraer ideas de cualquier texto, literario o periodístico (lo cual, por cierto,  le reportó no pocas acusaciones de plagio).

Ante de entrar en materia, sin embargo, quisiera detenerme en las circunstancias de su publicación, pues se trata de un hito trascendental en la carrera literaria de London. Resumiendo, de no haber sido aceptada la historia en “The Black Cat” (una de las primeras revistas pulp, nacida gracias al abaratamiento de los costes de impresión), es posible que hubiera tenido que renunciar a su propósito de vivir de los frutos de su intelecto antes que del trabajo manual. Corría el año 1898 y ya le habían publicado cuatro historias en la revista Overland Monthly, publicación que había dejado atrás sus mejores años y pagaba tarde y mal (por entonces, debía a London los cuatro pagos, con montantes que iban de los 5 a los 7,5 dólares). En esas, “The Black Cat” le acepta su cuento (unas 4.000 palabras) y le paga 40 dólares (al cambio actual, vendrían a ser unos 1.200 pavos). Para 1900, London ya vivía de la literatura, cobrando 2.500 dólares al año. En 1903 publicó “La llamada de la selva” (cobrando sólo 2.000 dólares por ella y cediendo todos los derechos de explotación a cambio de una importante campaña de promoción) y se convirtió en uno de los principales autores americanos de la época (y uno de los primeros que logró vivir de la literatura).

Tuvo suerte. Un poco antes y no hubiera podido aprovechar la explosión del pulp y, si bien es cierto que los beneficios de su primer superéxito se los llevó su editor, es muy posible que sin la fuerte inversión en promoción se hubiera perdido en medio del oceáno de publicaciones que inunda las librerías (¡Cuántas obras maestras deben haberse perdido en microtiradas o en cajones polvorientos mientras otros tantos monumentos al detritus han disfrutado de una éfimero aunque lucrativa fama por mor de algún editor avispado!).

black_cat_189902

El tomo de London fue el de mayo, pero no he encontrado la portada.

Centrándonos ya en el componente cienciaficcionero, asombra constatar el grado de verosimilitud que alcanza, aun empleando teorías evidentemente desfasadas e incluso malinterpretando ciertos conocimientos de la época. Se nota una cuidadosa documentación y un interés genuino por estar al tanto de los avances científicos de su época (al tiempo que se nota que pronto le superarán, lo cual quizás haya sido la razón de que no continuara por esa senda… o tal vez sea que era más lucrativo escribir sobre esforzados aventureros del salvaje norte y arriesgados lobos de mar).

La descripción del respirador artificial con el que resucita ya es reveladora: “[La máquina a la que estaba sujeto] Se componía principalmente de vidrio, con esa clase de construcción tosca que con frecuencia se usa con fines de experimentación. Un recipiente de agua estaba rodeado por una cámara de aire a la que estaba fijo un tubo vertical remontado por un globo. En el centro de éste había un manómetro. El agua del recipiente se movía arriba y abajo, creando inhalaciones y exhalaciones alternas, que a su vez se me comunicaban por medio de la manguera.”

Este aparato, sin embargo, no es más que el modelo portátil. En la isla dispone de una cámara de resurección mucho más avanzada: “El aparato que debía devolverme a la vida era una cámara de aire comprimido, adecuado para recibir mi cuerpo. El mecanismo era sencillo: unas cuantas válvulas, un eje giratorio y un cigüeñal, con un motor eléctrico. Cuando funcionaba, la atmósfera interna se condensaba y rarificaba alternativamente, comunicando a mis pulmones una respiración artificial sin la ayuda de la manguera anteriormente utilizada.”

En realidad, estos aparatos sólo suplen la función respiratoria mientras actúan los verdaderos agentes resurectores, unas sustancias anticoagulantes, pues la teoría elaborada por el padre del protagonista se basa en que la muerte no es sino el cese de actividad biológica por coagulación de los humores protoplasmáticos, una contingencia que puede frenarse e incluso revertirse suministrando los agentes adecuados (siempre que no haya destrucción de tejido o putrefacción).

Si bien no es una teoría muy consistente desde nuestra perspectiva moderna (no soy capaz de determinar su agudeza en el contexto de su época), los métodos descritos por London sí que demuestran una enorme curiosidad por los últimos adelantos científicos. Así pues, describe un aparato para monitorizar el avance de la coagulación: “En un tubo de vidrio al vacío, similar pero no exactamente igual a un tubo de Crookes, formó un campo magnético. Cuando lo penetró la luz polarizada, no produjo ningún fenómeno de fosforescencia ni de proyección atómica rectilínea, sino que emitió unos rayos no luminosos, muy semejantes a los rayos X. Pero mientras que los rayos X pueden revelar objetos opacos ocultos en medios densos, este otro poseía una penetración más sutil. Con él mi padre fotografió mi cuerpo y descubrió en el negativo un número infinito de sombras borrosas, debido a los movimientos químicos y eléctricos aún en marcha.” Cabe resaltar que Wilhelm Röntgen había publicado los resultados de sus experimentos con tubos de Crookes acerca de los misteriosos rayos X producidos, y sus propiedades, en diciembre de 1895, aunque es posible que London obtuviera esa información gracias a la charla dada por Nikola Tesla en la Academia de Ciencias de Nueva York en 1897 (Tesla llevaba una década investigando el fenómeno, aunque al ser más ingeniero que teórico no se le había ocurrido caracterizarlo como una nueva fuente concreta de radiación).

tesla_colorado

La de Tesla sí que es una vida propia de Ciencia Ficción

Me atrevo a realizar esta suposición porque en el siguiente párrafo afirma: “Otra serie de experimentos estupendos los efectuó con electricidad. Así comprobamos el aserto de Tesla, según el cual la corriente elevada resultó totalmente inocua al pasar 100.000 voltios por mi cuerpo. Como esto no me afectó, la corriente fue reducida a 2.500 y al instante fui electrocutado.” Aquí hay una pequeña confusión acerca del efecto pelicular, explotado por Tesla al trabajar a altos voltajes y altas frecuencias. En realidad, las altas frecuencias y los cortos períodos de exposición tienen más importancia en la relativa seguridad de estas descargas, pero Tesla estaba embarcado en una guerra con Edison por imponer la corriente alterna (frente a la continua que defendía Edison) como estándard industrial y se preocupaba en sus espectaculares demostraciones con bobinas tesla de remarcar su inocuidad (Edison contraatacó consiguiendo que las sillas elécticas para ejecuciones funcionaran con corriente alterna).

Por último, llegamos a la parte más especulativa, donde el protagonista concibe y construye su aparato desintegrador. Él mismo lo explica del siguiente modo: “Edifiqué mi teoría sobre estas dos premisas: primera, la electrolisis o descomposición del agua en sus gases constituyentes por medio de la electricidad; y segunda, por la hipotética existencia de una fuerza, contraria a la gravitación, que Astor llamó “apergy”. La atracción terrestre, por ejemplo, solamente atrae a los objetos juntos pero no los combina; por tanto, la apergy es sólo rechazo. Bien, la atracción atómica o molecular no sólo atrae juntos a los objetos, sino que los integra; y era lo contrario, o sea una fuerza desintegradora, la que yo deseaba  no sólo descubrir y producir sino dirigir a voluntad.” Sigue describiendo que, igual que la electricidad separa el agua en oxígeno e hidrógeno, el apergy debía ser capaz de separar los integrantes de cualquier compuesto.

El Astor al que se refiere London no es un científico famoso, sino John Jacob Astor IV, millonario, empresario, militar, inventor y novelista, que en 1894 había publicado la novela “A journey in other worlds”, donde describía la vida en el año 2.000 en los planetas Saturno y Júpiter (que al parecer incluye predicciones como una red telefónica global, energía solar, viaje aéreo y proyectos de terraformación tan ambiciosos como enderezar el eje de la Tierra). El apergy es una forma de antigravedad que, en realidad, había sido inventada por Percy Greg en 1880 en su novela de espada y brujería en el espacio (un predecesor de las novelas de John Carter de Burroughs) “Across the zodiac”, en la que se emplea para propulsar una astronave hasta Marte. Como curiosidad, Astor se hizo mundialmente famoso como una de las víctimas más notables del hundimiento del Titanic (corriendo multitud de leyendas en torno a su muerte, como la que afirmaba que tras el topetazo había exclamado: “Sé que he pedido hielo, pero esto es ridículo”).

Volviendo a centrarnos en “Un millar de muertes”, lo cierto es que la aplicación de la idea del apergy que propone London no anda muy desencaminada, aunque a decir verdad esa fuerza de rechazo con la que especulaba ya estaba descrita, pues no es sino la electromagnética (hay que resaltar que los electrones acababan de ser descubiertos, en 1897, por Joseph John Thompson, utilizando tubos de Crookes, aunque aún faltaban unos años para su modelo atómico, así que por entonces, y a todos los efectos, los átomos seguían siendo partículas indivisibles). Como nota curiosa, el efecto de la máquina que construye es verdaderamente desintegrador en el sentido descrito, no como se ha popularizado el término. El proceso no destruye la materia, sino que sólo la separa en sus átomos constituyentes de forma tal que: “Quedó un leve olor a ozono en el aire, pero como los principales elementos gaseosos de su cuerpo eran hidrógeno, oxígeno y nitrógeno, todos ellos incoloros e inodoros, no buho ninguna manifestación de su partida. Sin embargo, cuando desconecté la corriente y aparté aquellas prendas [la materia inorgánica no se desintegra por poseer una malla más tupida], encontré un depósito de carbono en forma de carbón animal; también hallé otros polvos, los elementos aislados y sólidos de su organismo, como azufre, potasio y hierro.”

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Jack London en 1900

Como ya apuntaba, una pena que London enfocara sus intereses en otros temas, porque sin duda hubiera podido ser un gran precursor de la ciencia ficción (incluso compartía las ideas socialistas de H.G. Wells). Al menos le sirvió para sentar las bases de su carrera. No está mal como pregunta de trivial con trampa: ¿De qué género fue el primer cuento por el que Jack London cobró? La respuesta: De ciencia ficción. Y todo gracias a una publicación pulp.

PS: En otro orden de cosas, creo que voy a tener que replantearme la periodicidad si siguen saliéndome tochos como éste.

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~ por Sergio en enero 13, 2009.

2 comentarios to “El millar de muertes de Jack London”

  1. Creo que London es un escritor poco querido por los eruditos de la literatura. Además de ser escritor de primera línea, ahondó en temas de todo tipo, ciencia ficción, viajes astrales (El Vagabundo de las Estrellas) psicología de los personajes en las condiciones más extremas y en los lugares más recónditos.
    Creo que el cine le hizo más mal que bien, pues dio del escritor una imagen de cuentista de aventuras y punto (Colmillo Blanco, chiquichientasmil versiones)
    Los libros de London no faltan en mi biblioteca, junto a Poe o a Stevenson o Conrad. Tan genial como todos ellos.

  2. El gran problema de London es que es inclasificable. No encaja en ningún molde simple y directo, así que muchos no se molestan en considerarlo siquiera como algo más que un autor popular. Resulta muy sencillo descartarlo como escritor de aventurillas exóticas.

    Al mismo tiempo, es demasiado “mainstream” para que los aficionados a la literatura fantástica le reserven un huequecito similar al que disfrutan Poe, Wells o incluso Haggard.

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