Cifilogenia II – El romance científico

En la anterior entrega de la Cifilogenia databa las primeras muestras de ciencia ficción “popular” (es decir, escrita y difundida fuera de los ámbitos científicos) a principios del siglo XIX. Desde entonces, numerosos autores experimentaron con mayor o menor fortuna con ese tipo de historias (atraídos por la fascinación que empezaba a difundirse entre el público por los avances técnicos), pero no empezó a alcanzar masa crítica (a perfilar unas características claramente identificables como un tipo de literatura distinta del resto) hasta que faltó apenas una década para entrar en el siglo XX.

Tal desarrollo se verificó en Inglaterra, gracias a la influencia del considerado como padre de la ciencia ficción: Herbert George Wells, abanderado de un género que en aquellos primeros estadios se dio en llamar romance científico. Sin embargo, para entender este proceso tenemos que retrotraernos unos cuantos decenios, a principios de los 1860’s, y desplazarnos en dirección sur, hasta Francia. Porque si Wells es el padre de la ciencia ficción, no cabe duda que Jules Verne (o Julio Verne, como nos es más familiar) es su abuelo.

Verne inició su carrera literaria alrededor de 1848, escribiendo obritas de teatro y relatos de viajes (su fascinación por la exploración de lo desconocido se mantuvo como una constante durante toda su vida). Durante varios años estuvo trampeando, dividiendo su tiempo entre la escritura y un trabajo que le permitiera sostenerse económicamente, hasta que cayó bajo la tutela de Pierre-Jules Hetzel, uno de los principales editores de la época. Siguiendo sus consejos, reescribió y publicó en 1963 “Cinco semanas en globo” (obra que había sido rechazada en numerosas ocasiones por ser considerada demasiado árida en su meticulosidad técnica), obteniendo un éxito rotundo que no hizo sino acrecentarse con la publicación de “Viaje al centro de la Tierra” (1864) y “De la Tierra a la Luna” (1865). A partir de 1866, y hasta su muerte en 1905, Julio Verne publicó dos libros al año (no todos de ficción), agrupados bajo el apelativo de Les voyages extraordinaires. De éstos, un número significativo presentaban, o bien elementos propios de la ciencia más puntera de la época (hoy su equivalente serían los technothrillers) o incluso elementos especulativos que aventuraban adelantos fuertemente asentados en el estado presente de los conocimientos científicos (ciencia ficción, vamos).

La lista es asombrosa. A las ya mencionadas, podrían añadirse como títulos más significativos: “20.000 leguas de viajes submarino” (1870), “Héctor Servadac” (1877), “Robur el Conquistador” (1886) o su secuela, “Dueño del mundo” (1904). Desde su publicación, su fama no ha hecho sino acrecentarse. Si bien a nivel especulativo casi todas ellas han quedado ampliamente superadas por el avance de la ciencia (el periplo del Nautilus sigue siendo tan fascinante hoy como hace siglo y medio), quedan como inmejorable literatura de aventuras para jóvenes de todas las edades.

Como curiosidad, cabe preguntarse cómo hubiera podido evolucionar su carrera (y, por extensión, el género de la ciencia ficción), de haberse llegado a publicar en vida su segunda novela: “París en el siglo XX”, una distopía que describe un 1960 deshumanizado, con rascacielos de cristal, un culto exacerbado a la técnica que relega las humanidades al oprobio, electricidad omnipresente y masas empobrecidas y hambrientas. Hetzel, quizás acertadamente, previno a Verne sobre el efecto devastador que podía tener sobre su incipiente carrera la publicación de una obra tan vanguardista (por no hablar de que supuraba pesimismo), y le sugirió guardarla en un cajón por lo menos veinte años. A la postre, los veinte años se transformaron en ciento veintiséis, pues no fue encontrada hasta 1989 por uno de los nietos del escritor, siendo al fin publicada en 1994.

Una serie de pésimas traducciones (por no hablar de cierta confrontación imperialista entre Francia e Inglaterra), limitaron la popularidad de Verne en el mundo anglosajón (en España, por el contrario, se llegó al extremo de publicar la traducción de “20.000 leguas de viaje submarino” un año antes que el original en Francia). Sin embargo, su obra, así como la de otros pioneros como el astrónomo y novelista Camille Flammarion, mereció una catalogación especial: la de romances científicos.

En inglés, como en castellano, “romance” tiene dos acepciones. Por un lado, puede tratarse de una narración o un hecho amoroso. Por otro, hace referencia a las lenguas derivadas del latín. Más específicamente, en literatura se conocían como romances todas aquellas obras traducidas del francés, italiano, español… y por asociación se solía reservar el término para aquellos géneros más propios de las letras continentales (como la novela de caballerías). Así pues, cuando empezaron a llegar estas historias novedosas, que abordaban temas para los que no existía una categorización previa, surgió el concepto del romance (novela) científico, término que empezó a ser adoptado como propio hacia 1886 (a instancias del matemático y escritor Charles Howard Hinton).

El romance científico británico se diferencia sustancialmente de su precursor francés, y se va separando gradualmente de la novela de aventuras decimonónica para adquirir unas características propias, principalmente a través de la obra temprana de H. G. Wells: “La máquina del tiempo” (1895), “La isla del doctor Moreau” (1896), “El hombre invisible” (1897), “La guerra de los mundos” (1898), “Cuando el durmiente despierte” (1899), “Los primeros hombres en la Luna” (1901), “El alimento de los dioses” (1904), “En los días del cometa” (1906) o “La guerra en el aire” (1908).

Wells utiliza los elementos especulativos para expresar ideas filosóficas y abordar temas como la lucha de clases, el imperialismo, las desigualdades sociales. Su gran acierto, y lo que le diferencia de la fantasía previa, es el empleo de conceptos científicos rigurosos para dotar a su obra de un anclaje sólido con la realidad que refleja. Por añadidura, este ardid argumental le abrió la posibilidad de examinar en profundidad la relación entre el ser humano y la tecnología, arrojando luz sobre una faceta que cada vez tenía mayor impacto en la vida cotidiana.

Al igual que en Verne antes que él, se aprecia a lo largo de su obra un progresivo descenso hacia el pesimismo. Idealista en sus convicciones políticas (fue un destacado orador en favor del socialismo), la naturaleza humana le fue desengañando. Sus peores temores acabaron cumpliéndose poco antes de su muerte, con la explosión de las bombas atómicas en Hirosima y Nagasaki, probándose así vanas sus estremecedoras profecías de “El mundo liberado” (1914).

El romance científico, como movimiento, se caracterizó siempre por esta mezcla entre especulación tecnológica y sociológica, abordando con igual audacia arriesgadas predicciones y espinosos temas políticos o filosóficos. El protagonismo de estas obras, muy a menudo, recae en personajes alejados del arquetipo heroico, quedando relegados a menudo al papel de meros representantes de la humanidad ante las fuerzas infinitamente más poderosas de la historia y el universo. Así pues, no son extrañas las crónicas de siglos o milenios de evolución, de la que los personajes son meros testigos impotentes.

Aunque su principal impulsor fue H. G. Wells, lo cierto es que hubo otros autores contemporáneos que cultivaron el género con notable éxito. Entre los precursores se cuenta, por ejemplo, el hoy casi olvidado George Griffith, reconocido como el autor más popular del género entre 1893 y 1895 (fue eclipsado por Wells, aunque sus obras y su carácter aventurero siguieron siendo muy populares hasta su muerte en 1906). [Como nota curiosa, tengo por ahí en proyecto la traducción de una de sus novelas: “Los forajidos del aire” (1895), de la que llevo unas 30.000 palabras. A ver si encuentro en algún momento tiempo y ánimos para concluirla.] De igual modo, se cuentan incursiones en el género de otros famosos novelistas de la época, tales como Sir Arthur Conan Doyle, con su serie sobre el profesor Challenger (1912-1929), Henry Rider Haggard con “Cuando el mundo se estremeció” (1918-1919) o William Hope Hodgson con “La casa en el límite” (1908) y “El país de la noche” (1912).

El legado de Wells pasó a generaciones posteriores de escritores británicos, muchos de los cuales, hasta la Segunda Guerra Mundial, no se sintieron identificados con la etiqueta Ciencia Ficción, que se había hecho popular en Estados Unidos para definir al género, y siguieron considerándose o bien autores de romances científicos, o bien autores sin más. De éstos destaca especialmente Olaf Stapledon, discípulo y amigo de Wells (aunque posteriormente se distanciaron debido a una disputa teológica entre el agnosticismo del primero y el ateismo acérrimo del segundo), en cuya obra (“La primera y la última humanidad” (1930), “Juan Raro” (1935), “Hacedor de estrellas” (1937), “Sirio” (1944)…) el movimiento alcanza la madurez tanto a nivel estilístico como filosófico.

Hacia finales de la década de los 40, en la época de postguerra, las corrientes americana (la Edad de Oro) y británica (el romance científico), que tampoco habían sido totalmente impermeables hasta entonces, se influyeron fuertemente entre sí, pavimentando el camino para el futuro desarrollo del género. Aunque eso ya es tema para otra entrega.

No quisiera concluir sin hacer mención del romance científico español, que haberlo húbolo, aunque el posterior desarrollo histórico, con la Guerra Civil y el complicado ambiente político-económico que siguió, truncó la evolución de la ciencia ficción española hasta bien entrados los años 50.

Así pues, obras y autores destacados serían, por ejemplo, Enrique Gaspar y Rimbau, autor de “El anacronópete“, escrita en 1881 y publicada en 1887, la primera novela acerca de una máquina del tiempo (que viaja sólo hacia el pasado). También es de destacar José de Elola y Gutiérrez, quien firmando como Coronel Ignotus fue el responsable de la Biblioteca novelesco-científica, una colección de diecisiete novelas, producidas entre 1921 y 1927, con tintes de space opera, que arranca en el siglo XXII y narra, con fuerte espíritu divulgativo y aventurero, los viajes interplanetarios del Orbimotor de la ingeniera aragonesa Mari Pepa (sic).

Otro autor destacado, apodado el Julio Verne español, fue Jesús de Aragón y Soldado, cuya obra de ciencia ficción se extiende entre 1924 y 1933, con títulos como “40.000 kilómetros a bordo del aeroplano Fantasma”, “Viaje al fondo del océano”, “Los piratas del aire”, “Una extraña aventura de amor en la Luna”…, firmados con los pseudónimos Capitán Sirius y J. de Nogara.

En la próxima entrega de la Cifilogenia, saltaré el charco para examinar el desarrollo del género, durante sus primeras etapas, en Estados Unidos.

Otras entregas de la Cifilogenia:

Anuncios

~ por Sergio en marzo 5, 2011.

5 comentarios to “Cifilogenia II – El romance científico”

  1. Brillante y erudito. Yo también creo fervientemente en esta línea filogenética de la CF, la del romance científico, está la Shelley como una señal de, pero sin llegar a ser, y luego ya sí, el abuelo Verne y ya como cosa plenamente deliberada y estructurada el papa Wells. Curiosisimos los autores españoles que citas ¿sabes si han sido reeditados? Bueno, el Anacronopete, sí… ese sí…

  2. Enhorabuena por la excelente entrada. Me has recordado mis tiempos de aventuras increíbles con Verne y Wells.

  3. Efectivamente, “El anacronópete” fue reeditado recientemente (en 2000 y 2005). Del Capitán Sirius, la Editorial Juventud reeditó tres novelas en 1994, dos de ellas etiquetables como romance científico (“40.000 kilómetros a bordo del aeroplano Fantasma” y su continuación, “De noche sobre la ciudad prohibida”). Aparte, está su contribución no reconocida a “La torre de los siete jorobados” (atribuida en exclusiva a Emilio Carrere, aunque en la reedición de Valdemar un extenso prólogo procura desentrañar la auténtica autoría de cada capítulo).

    El Coronel Ignotus no ha corrido tanta suerte (la culpa fue suya, por ser español). Sin embargo, sé de buena tinta que “De los Andes al cielo” está a puntito de regresar como edición electrónica…

    • Hola, sigo con interés estos artículos de “cifilogenia”.
      ¿Se pueden dar más datos de esa edición electrónica del Coronel Ignotus? Una buena noticia, sin duda, aunque yo preferiría reediciones en papel, pero todo no puede ser…

  4. La edición electrónica se enmarca en el proyecto E-libris de la AEFCFT (y la intención es proseguir, al menos, hasta completar la primera trilogía).

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: