Triplanetaria

Por space opera conocemos hoy en día a la ciencia ficción en su faceta más aventurera, aquella que traslada al vacío sideral los viejos relatos de hazañas bélicas, la que empuja incansable los límites de la espectacularidad (más grande, más rápido, más explosivo). La que, en suma, supone la concreción del sentido de maravilla de la Edad de Oro.

Eso sí, cuando se acuñó el término, en 1941, tenía un sentido derrogativo, pues siguiendo los pasos de los precursores el estilo había degenerado en una concatenación de clichés absurdos, a disposición de los malos escritores para pergueñar las historias de dudosa calidad que alimentaban la insaciable voracidad de las revistas pulp. Con el paso de las décadas, sin embargo, el grano fue separándose de la paja y se empezó a contemplar con auténtico afecto los grandes títulos y sagas que, para empezar, otorgaron al subgénero su extraordinaria popularidad (hasta el punto que para los años 90 la etiqueta se había rehabilitado lo suficiente como para ser lucida con orgullo por toda una nueva generación de héroes espaciales).

Entre los grandes nombres de la época dorada (Edmond Hamilton, Jack Williamson, el propio John W. Campbell), destaca con luz propia el considerado como padre de la space opera: Edward Elmer Smith (o E.E. Doc Smith), autor entre otros muchos libros de las series de Skylark y de Lensman, siendo para muchos esta última, escrita originalmente entre 1934 y 1950, la obra cumbre del subgénero, al menos en su primera encarnación (fue finalista en 1966 al premio Hugo a la mejor serie de todos los tiempos, que se acabó llevando Asimov con su serie de la Fundación, estando también nominados Tolkien por “El señor de los anillos”, Heinlein por su Historia del Futuro y Edgar Rice Burroughs por las historias de Barsoom).

“Triplanetary”, la primera aventura de los hombres de la lente, fue serializada en cuatro partes entre enero y abril de 1934, en las páginas de Amazing Stories. A ésta siguieron “Galactic Patrol” ( Astounding, 1937-38), “Gray Lensman” (Astounding, 1939-40), “Second stage Lensmen” (Astounding 1941-42) y “Children of the lens” (Astounding, 1947-48), así como un spin-off, “The vortex blaster” (Comet Stories y Astonishing, 1941-42). Cuando a finales de los años 40 empezaron a recopilarse las historias más famosas de la Edad de Oro en formato de libro, “Doc” Smith fue uno de los autores contactados por el recién creado sello Fantasy Press, inaugurando su colección en 1947 con “Spacehounds of IPC” (el segundo título fue “La legión del espacio“, de Williamson). El séptimo título, ya en 1948, fue “Triplanetaria”, y entre entonces y 1954 publicó siete entregas de la serie de los hombres de la lente.

Para esta edición, “Doc” Smith no se limitó a recopilar el material antiguo, sino que, entre otros retoques, escribió dos extensos textos a modo de prólogo. Uno de ellos conformaría el libro “First Lensman” (publicado en 1950 como segunda parte de la saga), mientras que el otro constituiría las dos primeras partes de la versión en libro de “Triplanetaria”.

En la primera parte (o Libro Uno), “Amanecer”, Smith presenta a las dos grandes y casi omnipotentes razas de su universo (multiverso, más bien), los arisios y los edorios. Iguales en antigüedad (cientos, quizás miles de millones de años) y en poder (con capacidades mentales extraordinarias), ambos pueblos no pueden ser más diferentes en su psicología. Mientras que los primeros son pacíficos, democráticos y benevolentes, a los segundos les domina una insaciable hambre de poder, y sólo la ley del más fuerte impone sobre ellos una suerte de organización dictatorial.

Descubiertos los edorios por los arisios (tras la irrupción en este universo del mundo natal de Edoria), se elabora un plan maestro para derrotarlos a través de la crianza de una especie capaz de dominar los poderes necesarios para destruirlos. Mientras esta estrategia se lleva a efecto, los edorios, ignorantes de sus contrincantes, se expanden por la galaxia cercenando de raíz cualquier civilización con el potencial de hacerles sombra. De este modo, se nos muestra la destrucción (en una guerra nuclear) de la Atlántida y la caída del imperio romano, orquestada por un edorio encarnado en Nerón.

En el segundo libro, “La guerra mundial”, Smith narra tres episodios ambientados en la Primera, la Segunda y la Tercera Guerras Mundiales, protagonizadas por hombres de la familia Kinnison (la línea genética cultivada por los arisios para dar origen en el futuro a los hombres de la lente). En particular, el fragmento correspondiente al segundo conflicto presenta tintes autobiográficos, representando quizás experiencias personales del propio autor mientras servía como químico en una planta de producción de explosivos.

A decir verdad, estos textos, aun siendo los más modernos, resultan un tanto anodinos. El primer libro constituye una amalgama de parrafadas expositivas puntuadas por relatos no demasiado inspirados. En cuanto al segundo, aunque su calidad literaria es mayor, tienen poco (casi nada) que ofrecer en cuanto a ciencia ficción (sólo el breve relato de la Tercera Guerra Mundial, un conflicto nuclear a gran escala, aporta algo en este sentido).

Donde de verdad arranca lo bueno es con “Triplanetaria” en sí, que constituye aproximadamente el 60% del libro. En sus páginas asistimos a una sucesión vertiginosa de lances espaciales, que se inicia con la captura de una astronave de línea por parte de unos piratas espaciales y a partir de ahí empieza a subir las apuestas con cada envite, presentando al edorio encargado del sistema solar al mando de un planetillo artificial que es sede de la flota pirata, a la flota de guerra de los tres planetas confederados (Tierra o Tellus, Marte y Venus), a la incursión de una raza extraterrestre anfibia, con una tecnología arrolladora, una gran ansía por el hierro y ningún escrúpulo a la hora de exterminar humanos, y el flete de la supernave Boise por parte de las autoridades triplanetarias.

Tortas a mansalva, caos, destrucción, un héroe muy macho, una chica muy resuelta (y muy bien dispuesta hacia el héroe), más tute, unos cuantos viajes entre sistemas estelares, una escalada tecnológica y armamentística desbocada condensada en apenas unos días, batallas espaciales, huidas, invasiones, aún más tortas… En fin, no resulta difícil comprender por qué E.E. Doc Smith merece el apelativo de padre de la space opera.

En las páginas de “Triplanetaria” podemos encontrar antecedentes directos para casi cualquier aventura espacial posterior que podamos imaginar. Las similitudes con la trilogía original de La Guerra de las Galaxias han sido ampliamente comentadas y discutidas (e incluso medio reconocidas implícitamente por parte de Lucas), pero hay mucho más. Buena parte del sustrato de “Babilon 5” lo podemos encontrar en el conflicto entre arisios y edorios, la Federación de Star Trek fue anticipada por la organización Triplanetaria… incluso obras tan recientes como “Transformers: el lado oscuro de la Luna” o “Invasión a la Tierra” beben, posiblemente sin saberlo, del manantial cartografiado por “Doc” Smith. En pocas palabras, la acción no ofrece ni un respiro… lo cual está muy bien, porque lo que nos cuenta no tiene ni pies ni cabeza.

Aunque en su momento se alabó la verosimilitud de las especulaciones del autor, lo cierto es que no es más que una impresión superficial. Smith, doctor en química (de ahí su sobrenombre), no posee más que los más someros conocimientos de física. Su gran acierto consiste en soslayar la necesidad de explicar cómo funciona lo que describe asumiendo la perspectiva del ingeniero, al que no importa tanto el cómo sino, principalmente, el qué (ciencia aplicada versus teórica).

Así pues, nos encontramos con gazapos tan llamativos como que postule el hierro como el material fisionable perfecto (siendo por el contrario el elemento más estable)… que en el fondo importan bien poco, pues las batallas son pura y simplemente el viejo conflicto entre el proyectil y la coraza. Eso sí, pirotecnia y sentido épico al máximo, sin que le tiemble el pulso lo más mínimo.

Esto, que en 1948 ya olía un poco a rancio, hoy en día cuesta mucho menos de tragar como simple (e incluso simpática) muestra de colorido desfase temporal (al fin y al cabo, la mayor parte de las películas que nos lanza Hollywood rebosan de imposibilidades semejantes y ni siquiera tienen las excusa de setenta y cinco años de avances científicos). Lo más duro de aceptar es la visión imperialista, me atrevería a decir incluso que fascista, de lo que significa ser un héroe para “Doc” Smith.

Básicamente, Costigan Conway, el protagonista, es un tipo cuya filosofía de vida consiste en golpear primero y recoger después los restos para llegar, si se tercia, a un acuerdo amistoso. Ninguna atrocidad (llegando al genocidio indiscriminado) es excesiva cuando toca defender la democracia que representa… Una democracia, por cierto, muy sui generis, pues al jefe de la organización Triplanetaria no le tiembla el pulso ni a la hora de ordenar el asesinato sin juicio previo de un grupo de piratas, ni cuando extorsiona según el más puro estilo J. Edgar Hoover a un congresista americano empeñado, ¡horror!, en exigir transparencia para las actividades de su dictatorial organización.

Era la época de máximo poder (y arrogancia) de EE.UU. Existía carta blanca para mangonear donde y como quisieran, tutelando el mundo por el bien de los demás, sin que cupiera siquiera la posibilidad de no ser los intachables paladines del mundo libre. En cierto sentido, la ciencia ficción en la línea de la serie de Lensman constituye la fantasía masturbatoria definitiva de esta filosofía: los objetivos son tan justos que cualquier exceso no sólo está justificado, sino que constituye un imperativo moral.

Esta apología (posiblemente inconsciente) del nuevo Destino Manifiesto alimentó buena parte de la ciencia ficicón de la época (e incluso hoy en día pega coletazos a poco que te descuides, con la proliferación de Elegidos y demás iluminados). Precisamente durante la Edad de Plata (entre mediados los cincuenta y los sesenta), con la Guerra Fría y las tensiones derivadas de la amenaza nuclear, empezaron a quedar expuestas sus miserias y con la New Wave ya recibió ataques directos con obras como “Los oscuros años luz” (Brian Aldiss, 1964) o “El sueño de hierro” (Norman Spinrad, 1972).

No resulta, sin embargo, difícil dejarse arrastrar por la seguridad de un mundo de blancos y negros completamente definidos, sin áreas de gris que enturbien la satisfacción de estar, por una vez, del bando de los matones sintiéndonos además buenos.

Soslayando este sustrato ideológico (que, en cualquier caso, como ya he indicado, es absolutamente impremeditado y fruto de una época y unas circunstancias particulares que tampoco vamos a ponernos a negar a estas alturas… so pena de reincidencia), “Triplanetaria” sigue siendo una lectura amena, frenética y espectacular. Aquel que la lea ya no necesitará que le expliquen qué es la space opera, pues la habrá degustado en su forma más pura.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en diciembre 12, 2011.

Una respuesta to “Triplanetaria”

  1. Otra obra claramente influida por la serie de los Lensmen, ahora en el cómic, es Green Lantern, con toda su parafernalia de los Guardianes del Universo y los Linternas Verdes como policías universales armados con un arma todopoderosa. De hecho, Englehart, en su etapa de guionista al frente de la serie, reconoció implícitamente esa influencia al llamar “Arisia” a un personaje femenino con el que Hal Jordan tendría un romance.

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