Cifilogenia VI – El hard neocampbelliano

Había dejado la Cifilogenia en medio de la revolución de la New Wave, una revolución que se probó hasta cierto punto fallida. Pese a sus importantes y duraderas victorias, jamás llegó a conquistrar su principal aspiración: la integración plena de la ciencia ficción dentro de la literatura generalista y su reconocimiento crítico (fuera de círculos específicos y casos aislados). En el proceso, además, había conseguido alienar a muchos de los fans de toda la vida, que echaban de menos antiguos valores como el “sentido de la maravilla” y reivindicaban la faceta lúdica del género.

Durante toda la década de los 70 ya hubo autores que, a contracorriente, se aferraron tozudamente a los temas clásicos. Entre estos se cuentan tanto escritores que, por formación e intereses no terminaron de encajar en la New Wave (caso de Larry Niven), como los que nunca se plegaron a modas (Arthur C. Clarke), como otros que retornaron a la escritura tras un hiato embarcados en otros menesteres (Frederik Pohl, cuya saga de los Heechees, inciada en 1977 con “Pórtico“, sería una de las más importantes de la época). A medida que se acercaban los 80, la presión se acrecentó con la entrada en liza de una nueva generación de autores, nacidos en torno a 1940-1950, muchos de ellos con sólida formación científica (en contraposición con la humanística de buena parte de sus predecesores inmediatos).

El éxito de la contrarrevolución quedó sellado con el retorno triunfal a sus escenarios más famosos de ciertos autores de la Edad de Oro, tales como Asimov (con sus series de Fundación y de los Robots, empezando por “Los límites de la Fundación“), Heinlein (tras siete años de obligado parón por motivos de salud) o Clarke (con “2010: Odisea dos”). Así pues, se entró en los años 80 promoviendo la recuperación de los viejos valores campbellianos (es decir, los principios instaurados por John W. Campbell al frente de Astounding en los años 30), en particular la inclinación hacia la especulación científica sólida (el hard), unida a una claro enfoque aventurero (que relanzó la space opera).

Por supuesto, achacar toda la responsabilidad a la simple dinámica interna del género sería simplista. De igual importancia serían la rehabilitación de la ciencia (con el inicio de la revolución electrónica en el ámbito doméstico), el impacto de las misiones Voyager (1 y 2) y Pioneer (10 y 11), que hicieron de nuevo al espacio protagonista de los sueños de muchos jóvenes, curada ya la desilusión del abrupto fin de la carrera espacial, e incluso la implementación (con elevadas tasas de aprobación popular) de agresivas políticas económicas y de asuntos exteriores por parte de la administración Reagan.

La etapa previa, sin embargo, no fue descartada como si nunca hubiera existido. La exigencia literaria había sido implantada, y los aficionados ya no estaban dispuestos a bajar los estándares admisibles. La que sí quedó relegada en gran medida fue la experimentación extrema, en favor de una narrativa más directa (lo cual no implica tramas lineales, sino que se limita a moderar un poco las formas). De igual modo, la psicología de los personajes mantiene una importancia que nunca fue la norma durante la Edad de Oro, y muchos recursos y temas fueron cooptados, dando lugar a una literatura que, aun buscando despertar el entusiasmo, no descarta de plano la exploración de cuestiones de mayor calado.

Quizás el subgénero más característico de esta época sea la space opera con base hard (o, cuanto menos, con pretensión de rigurosidad científica, aunque por supuesto quepa realizar a veces concesiones para permitir, por ejemplo, viajes translumínicos). Aquí encontraríamos desde el universo de la Unión y la Alianza de C.J. Cherryh (con varias subseries), hasta la ciencia estricta de la Saga del Centro Galáctico de Gregory Benford, pasando por la trilogía geana de Varley (iniciada con “Titán” en 1979). Aunque quizás la serie más famosa y aclamada sea la primera trilogía de la elevación de los pupilos, de David Brin, cuya segunda entrega, “Marea estelar“, ejemplifica a la perfección los principios del hard neocampbelliano.

Tras la explosión inicial, las posturas fueron asentándose poco a poco, dando origen a dos ramas más o menos divergentes que irían definiéndose a partir de 1985 y durante toda la década de los 90. Por un lado, quedaría la space opera más pura, desprovista en gran medida de elementos especulativos. Entre sus cultivadores, que a menudo se inclinaron por la ficción más o menos militarista, encontramos a Lois McMaster Bujold, que empezó a dar forma al universo Vorkosigan en 1986, o la obra inicial de Orson Scott Card, en particular “El juego de Ender” (1985). En el otro bando encontraríamos autores más interesados en explorar conceptos como la biotecnología, la nanotecnología o la inteligencia artificial, tales como Greg Bear o Vernor Vinge, con ideas más ambiciosas pero escenarios más contenidos.

La mayor debilidad del movimiento cabría encontrarla en la carencia de un núcleo filosófico potente y bien definido. La recuperación de los valores campbellianos (adaptados, por supuesto, a los nuevos tiempos y conocimientos) no bastaba. La ciencia ficción es, ante todo, un género rupturista, que busca continuamente nuevos terrenos que explorar. La prolongación de antiguas sendas, por muchas novedades que incorporen los vehículos empleados, no constituye por sí sola una motivación suficiente. De ahí que, un poco en la periferia, se empezara a fraguar la segunda gran revolución, un movimiento que explotó (casi literalmente) en 1985 y que para 1990 ya estaba agotado, aunque la energía residual bastó para alimentar e inspirar al género por toda una década: el cyberpunk.

Pero esto ya es una historia que se merece su propia entrada.

Otras entregas de la Cifilogenia:

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~ por Sergio en junio 8, 2011.

4 comentarios to “Cifilogenia VI – El hard neocampbelliano”

  1. Llevo ya un tiempo visitando este blog puntualmente, y esta serie de Cifi me está encantando.
    Además, estoy conociendo y leyendo obras nuevas para mí. La última: Flores para Algernon, una pasada.

    Gracias por compartir estos interesantes artículos, Mars. Espero con ansias el VII, de Cyberpunk.

  2. Muchas gracias por el feedback (que de vez en cuando hace falta).

    Desde luego, “Flores para Algernon” es una de las grandes novelas que ha dado el género (y la literatura en general). ¡Y hay muchas más esperándonos!

    El cyberpunk, si todo va bien, en julio.

  3. Ya tengo en mi poder La mirada de Pegaso. Advierto que no quiero repetición en las dedicatorias. Ya te diré que tal. Salut!!

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