Cifilogenia VIII – Los híbridos años 90

A medida que nos vamos aproximando al momento actual comienza a ser más difícil distinguir corrientes bien definidas en la ciencia ficción. En parte es debido a una ausencia real de referentes claros, aunque no debe descartarse la posibilidad de que sea necesaria mayor perspectiva histórica para discriminar las tendencias relevantes. Sea como sea, la Cifilogenia debe proseguir, así que me veo en la tesitura de caracterizar el género en los años 90, y sólo se me ocurre recurrir a un concepto: hibridación.

Los 80, tal y como desarrollé en las dos entregas anteriores, fueron una década de reivindicación de la ciencia ficción clásica (una especie de contrarreforma tardía contra la New Wave) y de irrupción virulenta de la nueva rebeldía cyberpunk. Para cuando las aguas se aquietaron un poco tras tanto bandazo, todos los subgéneros se habían entremezclado, e incluso la ciencia ficción había traspasado fronteras y empezaba a permear en la corriente principal de la literatura (lo que entendemos por mainstream), fenómeno que también se verificó en sentido opuesto (aunque aún faltaba mucho para que fuera aceptable reconocerlo abiertamente).

Para este período, más que nunca, recurriré a la guía de los premios Hugo como barómetro de tendecias (aceptemos sus limitaciones; no hay nada mejor), empezando por la novela ganadora en 1990, “Hyperion” de Dan Simmons, una auténtica amalgama de géneros (space opera, hard, epopeya, viaje iniciático…) y temas (demasiado numerosos para ser enumerados, a su crítica me remito). La obra magna de Simmons ejemplifica quizás la consolidación de una tendencia que había evolucionado durante la década previa. Los lectores de ciencia ficción ya no se contentaban con verse obligados a escoger entre sentido de maravilla y especulación, sino que exigían el pack completo.

Así, inclinándose ora hacia la filosofía ora hacia la ciencia, nació una space opera tan preocupada por ahondar en problemas sociológicos o filosóficos como en colmar las ansias de asombro del lector. En Estados Unidos, por ejemplo, el principal cultivador de esta ficción sería Vernor Vinge, ganador de dos Hugos durante este período (por “Un fuego sobre el abismo” en 1994 y por su precuela, “Un abismo en el cielo”, en 2000), con la exploración de temas como el transhumanismo o la inteligencia artificial en un contexto científicamente riguroso. Aunque quizás su aportación más importante, que marcaría la evolución del género durante la primera década del siglo XXI, sería la introducción del concepto de Singularidad Tecnológica en 1993 (ya me ocuparé de esto en la próxima entrega de la Cifilogenia).

Al otro lado del Atlántico, la ciencia ficción británica tomaba un rumbo decididamente más aventurero, al tiempo que la especulación asumía objetivos más comprometidos social y políticamente. El máximo representante de esta tendencia sería Iain Banks, con su serie de la Cultura (que se extiende a lo largo de, por ahora, ocho novelas, entre 1987, con “Pensad en Flebas“, y 2010), precursor de autores como Ken MacLeod, Alastair Reynolds o Richard Morgan (muchos de ellos desarrollando su ficción bien pasado el año 2000). Su obra conjunta posee suficientes rasgos compartidos como para que podamos hablar de una space opera hard británica bien diferenciada, con inquietudes sociales muy patentes, que se aparta del desarrollo predominante en norteamérica, ejemplificado en el éxito de la saga de Miles Vorkosigan.

Su creadora es la autora más exitosa (a nivel de premios) de las últimas dos décadas: Lois McMaster Bujold.  En 1986 publicó tres novelas ambientadas en un mismo escenario aunque con protagonistas diferentes: “Aprendiz de guerrero”, “Fragmentos de honor” y “Ethan de Athos”. El éxito abrumador del primero determinó que la pieza central de su universo sería un enano hiperactivo, cuya capacidad para meterse en líos al más alto nivel se ve sólo superada por su habilidad para escapar de ellos y salvar a la postre la situación, tanto para sí como para el imperio barrayarés (o barrayano, según traducción). Tres de las entregas de sus aventuras: “El juego de los Vor“, “Barrayar” y “Danza de espejos” conquistaron el Hugo (en 1991, 1992 y 1995).

La serie de Vorkosigan traslada a la ciencia ficción la fórmula del bestseller de personaje, que por aquella misma época hacía furor en la literatura mainstream (con médicos, policías, detectives o cualquier otro profesional altamente carismático enfrentado a una amenza, prueba o adversario por entrega… la misma fórmula que llena de series la parrilla televisiva). Se trata de entretenimiento puro, con prácticamente nula intencionalidad especulativa, que combina elementos de ciencia ficción (toma los que considera convenientes del pool conceptual generado a lo largo de las décadas) y trucos del manual del thriller (en este caso, principalmente, de las novelas de espionaje, con ingredientes diplomáticos o incluso abiertamente bélicos). Con una inclinación más militarista (y un éxito algo menor) tendríamos también a David Webber y su serie de Honor Harrington (empezando con “En la estación Basilisco“), y muchos otros autores ansiosos de encontrar su filón (no sólo en ciencia ficción, sino que es un fenómeno que se extendió y extiende con igual facilidad por la fantasía y el terror).

La aproximación a la literatura mainstream no se limitó a copiar una fórmula magistral con mejor o peor fortuna. Connie Willis, por ejemplo alcanzó el éxito con sus novelas sobre los viajes temporales de académicos de la universidad de Oxford (tres Hugos y tres Nebulas, dos de cada en este período para “El libro del día del juicio final” y “Por no mencionar al perro“). Son novelas que entremezclan costumbrismo (británico, por supuesto), algo de historia y personajes próximos (alejados del arquetipo heroico), junto con ciertas dosis de humor (también británico, claro).

Bruce Sterling acuñó en 1989 el término slipstream para referirse a la ficción cercana al realismo, pero con elementos desconcertantes, en ocasiones tomados de la ciencia ficción, que muchos autores comenzaron a explorar por aquella época, en particular antiguos gurús del cyberpunk, como el propio William Gibson, que empezó a acercar su universo predictivo con la trilogía del Puente en los 90, para pasar a escribir en la pasada década ficción completamente contemporánea como “Mundo espejo” o “Spook country”).

Otros hicieron evolucionar su antiguos postulados hacia el postcyberpuk (que comento en mayor detalle en la entrega anterior de la cifilogenia), lo cual le valió por ejemplo el Hugo a Neal Stephenson en 1996 por “La era del diamante” (antes de abrazar directamente el slipstream con obras como “Criptonomicón”).

Con este breve muestrario no acabo con las formas de hibridación que se dieron durante los 90. Por completar la serie de premios Hugo, podría mencionar la trilogía de Marte de Kim Stanley Robinson (hard sociológico) o las guerras económicas y la tecnología de la nanofragua de “Paz interminable” de Joe Haldeman (quizás un premio más honorífico que merecido). Eso por no hablar del New Weird de China Miéville y compañía (que se desarrollaría principalmente pasado el año 2000), los remakes/homenajes nostálgicos de John Varley (en la senda de Heinlein, como con “Trueno Rojo“) y Stephen Baxter (emulando nada menos que a Wells) o la fantasía con ribetes de ciencia ficción de Joan D. Vinge o Anne McCaffrey.

Tras toda esta turbamulta creativa, sin embargo, se escondían las semillas de una profunda crisis que acechaba a la ciencia ficción. El horizonte predictivo se iba acercando alarmantemente y las nuevas ideas (la singularidad tecnológica) no sólo no abrían nuevos senderos, sino que amenazaban con clausurar cualquier posible desarrollo imaginable. Cuando los autores terminaron de juguetear con las piezas ideadas por anteriores generaciones y buscaron concretar una nueva identidad para seguir abriendo senderos en el universo de la ciencia ficción, se encontraron con que tal vez ésa iba a resultar una tarea más ardua de lo que hubieran podido desear.

Pero bueno, ya he elucubrado bastante por hoy. Sobre las corrientes propuestas para salvar la brecha ya especularé en la próxima entrega de la Cifilogenia.

Otras entregas de la Cifilogenia:

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~ por Sergio en septiembre 3, 2011.

2 comentarios to “Cifilogenia VIII – Los híbridos años 90”

  1. Ya pensé que se te acababa el fuelle… Porque, como bien dices al principio, es mucho más difícil seguir distinguiendo corrientes a partir de los 90.
    Es como en el Bachiller cuando estudiaba literatura. Hasta los 80 y 90 todo estaba bien claro. A partir de ahí, era un caos…
    Te sigo. Un saludo!

  2. Habiendo llegado tan lejos había que terminar… pero en agosto no disponía de medios de consulta adecuados para abordar los años 90, que son la época más complicada. La última década es mucho más definida (aunque también más frustrante).

    En fin, ya sólo quedan dos entregas.

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