Cifilogenia VII – El cyberpunk

A principios de los 80, mientras la corriente principal de la ciencia ficción retornaba con entusiasmo a los escenarios, géneros y filosofía de la Edad de Oro (en su versión 2.0), un grupúsculo de escritores se rebeló contra lo que entendían como una involución estilística y conceptual del género. Aunando un profundo interés por la tecnología puntera del momento (con la irrupción y explosivo avance de la informática en el plano laboral e incluso doméstico) y por el panorama contracultural nacido en los años 70, cuya máxima expresión era el movimiento punk, tomaron el relevo de la agotada New Wave como punta de lanza de la innovación literaria, alumbrando un subgénero radicalmente nuevo: el cyberpunk.

Al contrario que en la revolución anterior, la adhesión quedó lejos de ser mayoritaria, y desde su puesta de largo en 1984 hasta su disgregación en una miríada de hijos ilegítimos transcurrieron apenas seis años de furioso esplendor. Su triunfo, más allá de la publicación de un puñado de obras fundamentales, queda reflejado en las cicatrices que dejó a su paso, marcando irremediablemente y para siempre el rostro de la ciencia ficción. Además, como una infección que nunca acaba de ser purgada, son muchos los autores que siguen recayendo en mayor o menor medida, bien sea por imitación de su poderosa estética o por afinidad filosófica, en un molde que aún esconde ideas valiosas por explorar.

Una de sus peculiaridades fue que, por una vez, podemos asignar “culpas” con nombres y apellidos, sin temor a ser injusto o dejar a nadie de lado. El Movimiento no surgió espontáneamente por mero relevo generacional o por efecto sinérgico de las acciones inconexas de varios impulsores. En vez de ello, existió un núcleo central en torno al cual se fueron aglutinando los distintos actores, y ese núcleo tenía por nombre William Gibson. Suyos son los primeros relatos con todas las características que luego caracterizarían al movimiento (aunque es posible detectar rasgos precursores en la obra de autores como Samuel R. Delany [“Nova“] o John Brunner [“El jinete en la onda del shock“]). En particular, “Quemando Cromo”, escrito en 1981 y publicado en 1982, puede colgarse la medalla de ser la primera mención escrita del término “ciberespacio”.

Desde 1980, encuentros informales en varias convenciones del género fueron configurando un grupo de autores con ideas e intereses afines. Este sentimiento de unidad se solidificó en la ArmadilloCon (una convención de Austin, Texas) de 1982, a través de una mesa redonda sobre ciencia ficción y punk, en la que participaron William Gibson, Bruce Sterling, John Shirley y Lewis Shiner, quienes junto con Rudy Rucker constituirían el eje del movimiento.

Pero si Gibson fue el impulsor, cabe atribuir a Bruce Sterling el papel de ideólogo y organizador. Bajo su dirección se publicó a principios de los 80 un fanzine, Cheap Truth, en donde estos autores, bajo seudónimo (se conoce el de Sterling, que era Vincent Omniaveritas, pero el resto de firmantes siguen sin ser identificados), expusieron su visión sobre el género, ejercieron crítica literaria y, a grandes rasgos, establecieron los cimientos de la filosofía cyberpunk. Fue también el antólogo de “Mirrorshades: la antología Cyberpunk”, publicada en 1986, cuyo impacto fue análogo al que supuso las “Visiones Peligrosas” de Harlan Ellison para la New Wave. Su edición puede considerarse como la puesta de largo del subgénero.

Pero antes, en 1984, William Gibson había publicado la primera (y para muchos la mejor) novela cyberpunk: “Neuromante“. Con ella se alcanzarían también las más altas cotas de reconocimiento crítico para el movimiento, al conquistar en 1985 los premios Hugo y Nebula.

¿Qué es exactamente eso del Cyberpunk? Lo cierto es que es más fácil de identificar que de definir. Con el tiempo se ha impuesto un modelo que toma la estética de “Blade Runner” (Ridley Scott, 1982) y el estilo de “Neuromante” (pese a las similitudes, película y libro se produjeron simultáneamente de forma independiente). Según palabras de Sterling, la obra de Gibson combinaba lowlife y high tech, en un entorno donde la realidad virtual es tan importante o más que la física, con una serie de tecnologías emergentes como la cibernética o la inteligencia artificial. Los personajes suelen ser antihéroes que medran al margen del sistema, dedicados a actividades ilícitas, con una moral individualista, casi de guerrilla (ellos contra el mundo). El antagonismo, por su parte, recae en sistemas más o menos institucionalizados de control (desde megacorporaciones hasta capos mafiosos).

Bajo este caparazón, que podría asemejarse a una fantasía juvenil de rebelión, cabe encontrar sin embargo una filosofía subyacente de mayor calado, preocupada por la deshumanización (los implantes y demás alteraciones a que se somenten los protagonistas son más bien una reacción ante la opresión económica/empresarial, que es la auténtica cosificadora), la relación hombre-máquina (con una progresiva difuminación de la frontera) y el libertarismo (político, económico, tecnológico e incluso evolutivo). Por desgracia, en no pocas ocasiones la estética se impone sobre el fondo, quedando reducido el cyberpunk a una mera exhibición de fuegos artificiales (distópicos), con nula proyección especulativa (todo lo más, abrazando la crítica social del género negro, estilo emulado a menudo para elaborar el esqueleto dramático de las historias).

Entre las principales obras se contarían la trilogía del Sprawl, de William Gibson, compuesta por “Neuromante” (1984), “Conde Cero” (1986) y “Mona Lisa Acelerada” (1988) (así como su antología recopilatoria de 1986 “Quemando Cromo”); el universo Formadores/Mecanicistas, compuesto por varios relatos (recopilados la mayoría en la antología de 1989 “Crystal Express”) y la novela “Cismátrix” (1985), así como “Islas en la red” (1988), de Bruce Sterling; la trilogía Eclipse de John Shirley (1985-1990); “Software” (1982) y “Wetware” (1988) de Rudy Rucker (ampliada a tetralogía con “Freeware” y “Realware” en 1997 y 2000); “Cuando falla la gravedad” (1986), “Un fuego en el Sol” (1989) y “El beso del exilio” (1991) de George Alec Effinger. Asimismo, cabe señalar toda una costelación de obras menores (por ejemplo, “Metrófago” de Richard Kadrey en 1988), por no empezar con las obras escritas con posterioridad siguiendo el patrón cyberpunk.

Hacia 1990, el movimiento había caído en su propia trampa, con una importancia exacerbada de la estética y un abuso de los clichés que convertía las obras (en particular las de aquellos autores que se limitaban a apuntarse a la moda del momento) paradójicamente en construcciones mecánicas y sin alma, pudiendo llegar en casos extremos a la autoparodia. El destino del subgénero quedó sellado con la aparición de los primeros títulos que explotaban sus excesos conscientemente, siendo quizás el más significativo de ellos “Snow Crash” (Neal Stephenson, 1992). Había llegado el postcyberpunk.

En cierto modo, la corriente postcyberpunk consistió en un proceso de asimilación, extrayendo del movimiento elementos significativos e integrándolos en la corriente principal de la ciencia ficción. Al no tratarse de un fenómeno estandarizado, no es posible ofrecer unos rasgos característicos. En general, se trata de futuros más optimistas, que de todos los temas antes descritos se quedan principalmente con la interacción hombre-tecnología, enlazando ya con la literatura transhumanista. De igual modo, queda cierta tendencia hacia la subversión de las estructuras de poder tradicionales (principalmente naciones) y una ultraliberalización de la información.

Aparte de nuevos autores (Neal Stephenson repetiría con “La era del diamante” en 1995), algunos de los promotores supieron adaptarse a las nuevas demandas. Así, por ejemplo, William Gibson publicó la trilogía del Puente (“Luz virtual” en 1993, “Idoru” en 1996 y “Todas las fiestas del mañana” en 1999), que llevaba la acción al futuro cercano para especular sobre el desarrollo e implementación de la cultura digital. Por su parte, Bruce Sterling exploró la senda transhumanista con “El fuego sagrado” (1996).

Esta última novela tiene la peculiaridad de seguir a rajatabla los fundamentos “clásicos” del cyberpunk, pero dirigiendo la evolución tecnológica al campo de la biología (más concretamente, hacia los tratamientos de prolongación de la vida). Este tipo de aproximación se hizo muy popular en los 90, coincidiendo con el auge de la genética, dando lugar a su propia rama, el biopunk (que mantiene su vigencia hasta el momento; basta con comprobar cómo la última edición de los premios Hugo, Nebula y Locus han coincidido en destacar a “La chica mecánica” de Paolo Bacigalupi). La combinación entre cibernética y biotecnología ha sido examinada por autores como Greg Egan (con su trilogía de la cosmología subjetiva, 1992-1995, oscilando entre el postcyberpunk de “Ciudad Permutación” y el biopunk de “El instante Aleph“). En cualquier caso, todas estas etiquetas son más descriptivas que definitorias, en el sentido de que las novelas en sí tienen poco en común. Sus enfoques, así como las filosofías subyacentes, responden a distintas inquietudes y, en última instancia, se trata de este substrato el que realmente define a una obra.

Otro de los hijos del cyberpunk tomó de éste principalmente la estética, trasplantándola de tiempo y dándole un carácter más lúdico y aventurero. La era escogida fue la victoriana y el género pasó a denominarse steampunk (por la fuente de energía de los ingenios imposibles con que especula, en general a partir de acontecimientos ucrónicos). Los pioneros fueron una vez más Gibson y Sterling, quienes publicaron conjuntamente en 1990 “La máquina diferencial”. Me extiendo algo más sobre el particular en la crítica a “La trilogía steampunk” de Paul di Filippo.

Para ir concluyendo, he de constantar cómo el cine no se ha sustraído a la fascinación del cyberpunk, con resultados irregulares (y, por supuesto, con una década de retraso). Así pues, tenemos “Johnny Mnemonic” (1995), basada en la obra de Gibson, y “Virtuosity” en la misma fecha. Aunque el estilo no calaría en el gran público hasta 1999 con “Matrix” (pese a ser mucho más interesante desde un punto de vista conceptual “Nivel 13”, que se estrenó a su sombra). Las aproximaciones más puras, sin embargo, provienen, como no podía ser de otro modo, de Japón, destacando la saga de “Ghost in the Shell” (con películas en 1995 y 2004 y una serie, “Stand alone complex”, de 2002, que muy posiblemente sea la serie de televisión más osada jamás emitida por lo que respecta a la exploración de conceptos de ciencia ficción). En cuanto al steampunk, también podemos encontrar buenos ejemplos de anime, como “Steamboy” (2004).

En España, el auge del cyberpunk coincidió con el semidesierto editorial de los 80, pero a posteriori el subgénero ha sido recuperado (evidentemente, en su encarnación postcyberpunk) por autores como Rodolfo Martínez (“La sonrisa del gato” en 1995 o “El sueño del Rey Rojo” en 2004), Joaquín Revuelta (“Esperando la marea“, 2005) o Luis Besa (“Metaversos”, 2007, e “Ínsula Avataria“, 2011).

Otras entregas de la Cifilogenia:

~ por Sergio en julio 15, 2011.

8 comentarios to “Cifilogenia VII – El cyberpunk”

  1. Me sigo sumando títulos para leer. Pero me hubiese gustado ver más extendida la parte del Steampunk, mi gran pasión. ¿Quedará quizá para una entrada más adelante? ;)

    De todos modos, muy buena entrada…

    • Pues en principio no. En la próxima intentaré encontrar algunos rasgos generales para la ciencia ficción de los 90. Me temo que el steampunk nunca me ha llamado demasiado la atención (es un subgénero esencialmente estético, más cercano en ocasiones a la fantasía que a la ciencia ficción).

      ¿Has leído “Antihielo”, de Stephen Baxter? Es una obra que aúna bastante bien la estética steampunk con la orientación de la ciencia ficción (literalmente) más clásica.

      Además, en unos días, si nada se tuerce, debería subir la reseña de una novela steampunk de autor español.

  2. Estoy leyendo Antihielo estos días. La encontré por casaulidad en una librería de ocasión. Y me está gustando mucho. La reseñaré en cuanto la acabe.

  3. Pues entonces te recomendaría probar también con “Materia celeste”, de Richard Garfinkle. No es exactamente steampunk, pero comparte su filosofía. Trata de una expedición griega para obtener una muestra del fuego del Sol… asumiendo como ciertas las especulaciones científicas de la Grecia clásica (geocentrismo, generación espontánea, las esferas celestes, etc.).

  4. Ok. Me lo añado a la lista.
    Gracias.

  5. (Recuperando esto de los anales del blog)

    El cyberpunk dices que está bien acotadito en sus promotores, y en cierta medida lo es, pero créeme: cómo fue evolucionando estilísticamente a través de los 80, ya sea en cómic, literatura, videojuegos o cine, es practicamente imposible de sintetizar. Hace poco descubrí un anime, bastante conocido, llamado “Armitage III”, de finales de los 80 o principios de los 90, y créeme: daba vértigo identificar las influencias. Y es que el cyberpunk es algo que con el tiempo ha resultado mucho más decisivo para la identificación de la cultura de los 80 y 90 de lo que creíamos. Hay influencia cyberpunk en Blade Runner, toda la cultura oriental parece haber sido moldeada basándose en el cyberpunk, y ahora toda, absolutamente toda la ciencia ficción futurista de los 80, en cine, en series, parece cyberpunk. Los cyborgs, los chips, darse cuenta de que el multiculturalismo iba a ser la única salida, aceptar la contaminación y vivir con ella, las ciudades gigantescas… hasta en algo tan alejado como Koyaanisqatsi se ven bastantes retazos del mundo cyberpunk.

    Una web que hace una exégesis fabulosa sobre lo cyberpunk respecto a todo es http://www.cyberpunkreview.com/

    Saludos

  6. Me llama la atención como, en cualquier ensayo en español sobre el cyberpunk (como en el aquí presentado), nunca se menciona ni analiza el papel neurálgico que desempeñó John Shirley en el movimiento, papel importantísimo reconocido, inclusive, por el mismo Gibson y por Sterling. Y ya no se diga otros nombres quizás secundarios, como Cadigan, que terminaron cimentando el género. Pero quizás ello sea sólo el reflejo del conocimiento incompleto de la corriente que existe en castellano, conocimiento derivado, finalmente, de lo único traducido al español, y que nunca le ha hecho justicia a Shirley. Curioso, cuando menos.

    • Pero es que sí que lo menciono, junto con Gibson, Sterling y Shiner, al comentar la ArmadilloCon de 1982, de donde surgieron las bases del movimiento. Lo que no destaco son obras individuales suyas (en parte por no estar traducidas, sí, pero también porque carecen de la relevancia que otorgan, por ejemplo, los premios… o la calidad de la trayectoria posterior; Shirley ha acabado escribiendo novelizaciones y otros libros franquiciados, de los que sí hay publicados tres en español, junto con una de sus novelas de terror).

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