Cifilogenia IX – Del Futuro Cercano al Postsingularismo

Al tiempo que se acercaba la mítica fecha del 2001 una circunstancia preocupante se hizo evidente. No sólo estábamos lejos de contar con bases permanentes en la Luna (y, desde luego, la Estación Espacial Internacional, en construcción, tenía poco que ver con una masiva rueda radiada girando al compás de la música de Strauss), sino que además la ciencia ficción, el género que había alimentado ese tipo de sueños, estaba en crisis.

Un hecho esclarecedor: de los diez premios Hugo de la década, la mitad recayeron en obras de fantasía, cuando era ésta una circunstancia inédita en las cuarenta y seis ediciones anteriores (lo más que más se había acercado era la ciencia ficción fantasiciada de Joan D. Vinge y su “Reina de la nieve“).  Lo peor es que, con la excepción de “Jonathan Strange y el señor Norrell“, ninguna de estas novelas resulta particularmente destacable, sino que se antojan más bien triunfadoras por defecto. La ciencia ficción y sus seguidores (que han sido y siguen siendo mayoría en las convenciones, aunque luego en volumen total se encuentren a años luz del potencial de la fantasía, en especial la de corte juvenil) se encontraban sumidos en el estupor. Expresado en pocas palabras: se habían dado de morros contra el futuro.

La “culpa” de todo la tuvo Vernor Vinge (por seguir la gloriosa tradición de colgarle el muerto al mensajero). Aunque ya llevaba tiempo dándole vueltas a la idea y divulgándola (y el concepto mismo le precede en al menos veinte años), fue a raíz de un artículo suyo de 1993, “The coming Technological Singularity: How to survive in the Post-Human Era“, que el novedoso concepto del límite de predictibilidad comenzó a calar en autores y lectores.

Dada la ley de Moore (el número de transistores que caben en un circuito integrado se duplica cada dos años; una predicción realizada en 1965 a partir de la extrapolación de los siete años de existencia del circuito integrado, y que se estima que pueda mantenerse hasta el 2015 ó 2020… sin descartar un cambio de paradigma que propulse el crecimiento exponencial de la potencia de cálculo mucho más allá), Vinge y otros estimaron que en algún momento del primer tercio del siglo XXI (a la vuelta de la esquina, vamos) la capacidad de computación de los ordenadores superará la del cerebro humano. A partir de ese momento, en lo que es sin duda la predicción más libre y polémica de todo el montaje, la inteligencia artificial será capaz de pensar conceptos más allá de la capacidad de la mente orgánica y el ser humano habrá quedado obsoleto.

Desde su formulación, esta idea ha recibido muchas críticas y ha evolucionado para enfrertarse a ellas. Por ejemplo, aunque sea simplista equiparar potencia de cálculo e inteligencia, la singularidad podría acontecer igualmente por medio del desarrollo de un superintelecto humano (por ingeniería genética) o mixto (mediante interfaces neuroelectrónicos). En cualquier caso, aunque sea un tema en sí mismo apasionante, lo que realmente golpeó a la ciencia ficción en su línea de flotación es tan sólo una pequeña faceta del mismo: la predicción de impredictibilidad.

La denominación de singularidad se debe a la analogía con las singularidades físicas (agujeros negros, el Big Bang…), fenómenos del espacio-tiempo con unas condiciones tan extremas que las leyes generales dejan de aplicarse, provocando una discontinuidad en las ecuaciones que imposibilita conocer qué hay más allá. O, dicho de otro modo, una singularidad sería una barrera que la información no puede atravesar. En el caso que nos ocupa, vendría dada por la incapacidad teórica del cerebro humano para procesar pensamientos post-humanos.

Como resulta evidente, estas ideas suponen un serio problema para el escritor de ciencia ficicón. Básicamente, le están diciendo que existe un punto, y no muy lejano, a partir del cual su capacidad de predicción vale exactamente cero.

Pero eso no es lo peor. Al fin y al cabo, podríamos vivir muy contentos en la negación, obviando la posibilidad de evento singularista. Sin embargo, todas estás ideas derivan de un concepto superior que no puede soslayarse pues sus efectos son claros y patentes para cualquier hijo de vecino. Me refiero a lo que se conoce en futurología como la Ley de Rendimientos Acelerados, cuyo principal valedor es Raymond Kurzweil, y que constituye una generalización de la ley de Moore (o, al revés, podría verse ésta como una predicción especializada de aquélla).  Esta ley defiende la existencia de un incremento en la tasa de progreso tecnológico (y, por influencia directa, social y cultural) a lo largo de la historia. El escenario sociotecnológico cambia cada vez a mayor velocidad.

Bajo este paradigma ya no es siquiera necesario llegar a una discontinuidad. Cada vez resulta más difícil proyectar cambios hacia el futuro con un mínimo de seriedad. Si en los tiempos de la Edad de Oro los escritores (y, sobre todo, los lectores) se sentían cómodos jugando con lapsos de miles de años, poco a poco el horizonte predictivo se ha ido aproximando y hoy en día aspirar a proyectar más allá de quince o veinte años es pura utopia.

No quiero decir que en ese plazo vaya a cambiar todo de forma radical, pero sí puntualmente, siguiendo un patrón impredecible que puede volver obsoleta (o peor, irrelevante) la especulación más aventurada en menos de una década. El vértigo existencial que tal circunstancia origina llevó a los escritores de ciencia ficción a asumir dos aproximaciones opuestas para soslayar el problema, las dos grandes ramas que, originadas en los años 90, han dominado la primera década del siglo XXI (aunque la space opera ha seguido siendo una opción popular, si bien satisfaciendo sólo la vertiente lúdica de la ciencia ficción): el Futuro Cercano (Near Future) y el postsingularismo.

La primera estrategia es fácil de caracterizar. Ya que el futuro predictivo se encuentra próximo lo que hay que hacer es proyectar las historias aún más cerca, a diez años vista, por ejemplo. Los cambios con respecto al presente (el momento de su escritura) son mínimos. La idea consiste en introducir una variable (de cuya elección pedende en buena medida el éxito de la empresa) y ver cómo encaja y qué cambios origina. Por añadidura, para complementar el interés, se suele optar por emular esquemas propios de la novela contemporánea, bien sea el thriller (equiparándose el technothriller de los años 80 y 90, aunque otorgando a la especulación un papel más fundamental), el policíaco o el melodrama.

Los dos grandes escollos que presenta esta aproximación para su aceptación por el aficionado a la ciencia ficción son, por un lado, lo relativamente somero de su indagación especulativa (al fin y al cabo, debe basarse en una ciencia apenas un par de pasos por delante de la contemporánea), y por otro el acelerado ritmo de obsolescencia, que puede hacer que determinados pasajes se antojen desfasados a los pocos años de su publicación (y prácticamente seguro para cuando se alcanza la fecha de desarrollo de la acción).

El principal autor de esta corriente es el canadiense Robert J. Sawyer, nominado nueve veces desde 1996 al premio Hugo y ganador de la edición de 2003 con “Homínidos” (otros libros suyos reseñados en Rescepto son “El cálculo de Dios” o “Flashforward“). Aunque otros muchos escritores han optado por seguir, al menos de inicio, estos planteamientos. Tal es el caso, por ejemplo, de Robert Charles Wilson (también canadiense de adopción), con obras como “Mysterium“, o también su ganadora del premio Hugo en 2006, “Spin“, que pese a adentrarse millones de años en el futuro tecnológica y socialmente lo hace sólo unas pocas décadas; Greg Bear, desde “La radio de Darwin” a “Quántico” o “Vitales”;  e incluso abanderados del hard como Arthur C. Clarke y Stephen Baxter con “Luz de otros días“.

Un truco habitual consiste en marcar un punto de inflexión profundo, que conceda mayor libertad especualtiva al truncar por completo la proyección natural. Tal acontecimiento puede ser negativo (una catástrofe global, una profunda recesión…), suponiendo a efectos prácticos la abolición de la ley de rendimientos acelerados (por ejemplo, “Leyes de mercado” de Richard Morgan), o positivo (la irrupción de una tecnología inesperada), con la consiguiente evolución que ya no se sustenta en la dificultosa y poco fiable proyección del presente (como ocurre en “Spin”).

En cuanto a la segunda estrategia, el postsingularismo, consiste en asumir la inevitabilidad de la singularidad y ubicar la historia pasado ese punto, en un futuro donde la más improbable tecnología no necesita ser justificada, sino sólo presentar coherencia interna. El principal fallo de esta aproximación es obvio: por definición, no deberíamos poder comprender ningún desarrollo postsingularista.

En realidad lo que sustenta estos escenarios no es un acontecimiento tan radical como una singularidad, sino más bien lo que en historia se conoce como “revolución”, entre las que podemos contar la neolítica (VIII milenio a.C.), la industrial (a partir del siglo XVIII), la científica (desde principio del siglo XX) y la informática (a partir de mediados del siglo XX).  Por cierto, ¿a que se podría extraer de esta cronología un buen ejemplo de la Ley de Rendimientos Acelerados? La idea subyacente es que no resulta necesario explicar de forma coherente cómo se ha llegado a la situación que se describe. Hay una serie de tecnologías y desarrollos que se consideran axiomas, y a partir de ellos se respeta el entramado lógico necesario para servir de esqueleto a la historia.

El problema reside en que, por mucho que la psique de los protagonistas no tenga el porqué resultarnos incomprensible por completo, resulta muy difícil desarrollar un cultura plausible que sea lo bastante extraña como para resultar aceptable en un entorno postsingularista (asumamos a partir de ahora que esto significa en realidad “postrevolucionista”) y no alienar a los lectores contemporáneos (basta con imaginar a un cavernícola leyendo a Tolstoi para hacernos una idea del calibre del choque cultural que supondría para nosotros acceder a una obra realmente postsingularista).

La más de las veces, el enfoque es aventurero, propio de la space opera, aprovechando para introducir conceptos altamente especulativos (como el Escatón, o la inteligencia artificial omnisciente que surgirá en el fin del universo) o tecnologías basadas en teoría de cuerdas, nanotecnología todopoderosa, mecanismos de violación de la causalidad… Lo difícil en muchos casos es poner límites a la tecnología, porque sin límites no hay posibilidad de generar tensión. Ello implica introducir salvaguardas arbitrarias… que a menudo también justifican la relativa cercanía de ese futuro postsingularista a nuestro presente (o incluso nuestro pasado).

El principal núcleo de escritores postsingularistas lo encontramos en esta ocasión en Escocia, con nombres como Charles Stross (“El amanecer de hierro“, “Cielo de singularidad“) o Ken MacLeod, así como cierta afinidad temática en la mayor parte de los escritores británicos, bien sea a través de la space opera hard (Iain Banks, Alastair Reynolds) o con toques cyberpunk (Richard Morgan). Aunque Canadá no se podía quedar atrás, contribuyendo a la corriente sobre todo con Karl Schroeder (“Nuestra señora de los laberintos“).

Como subtipo especial de este tipo de ficción estarían las historias protosingularistas, es decir, aquellas centradas precisamente en el período inmediatamente anterior a la singularidad, cuando los cambios se van sucediendo a un ritmo cada vez más veloz. Así pues tendríamos obras como “Accelerando” de Charles Stross o “Al final del arco iris” de Vernor Vinge (ganadora del premio Hugo 2007).

Por supuesto, con esto no he abarcado más que una pequeña parte de la producción de ciencia ficción de la primera década del siglo XXI, aunque sí he expuesto las principales corrientes nuevas. En realidad, su gran problemadurante este decenio radica en la carencia de referentes evidentes, pues ni el Futuro Cercano ni el Postsingularismo han sido capaces de liderar de forma convincente la evolución del género. Esa carencia de punta de lanza bien definida explica la sensación de crisis en que se haya sumida la ciencia ficción. Los lectores no acaban de aceptar los nuevos modelos propuestos, y los viejos… bueno, pues eso, son viejos. Pueden ser historias muy entretenidas, pero para un público acostumbrado a cabalgar la ola de la vanguardia el reciclaje de conceptos, por muy ingenioso e innovador que sea a su manera, no deja de saber a poco.

En estas llegamos al momento presente. Sumidos en un pequeño pantano filosófico a la búsqueda de caminos para seguir avanzando. A lo mejor alguien ya ha encontrado el camino, aunque nos falte perspectiva para darnos cuenta. A lo mejor está a punto de hacerlo. Quizás, por qué no, aquí mismo, en nuestro escuálido panorama cienciaficcionero, que ya va siendo hora de dejar de ir siempre a remolque.

Aunque claro, a lo mejor antes nos pilla por banda la Singuralidad y la cuestión pierde la poca o mucha importancia que pudiera tener.

Otras entregas de la Cifilogenia:

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~ por Sergio en octubre 6, 2011.

3 comentarios to “Cifilogenia IX – Del Futuro Cercano al Postsingularismo”

  1. En mi opinión interesada, la novela de la última década que reformula mejor las virtudes de la cf clásica para retratar convincentemente un futuro lejano es _La edad de oro_ de John C. Wright. Está tan bien pensada que incluso incorpora lo que podría argumentarse que es una respuesta a cómo narrar tras la singularidad bajo la forma de las Estructuras Mentales que dan nombre a las eras históricas (y hasta aquí puedo leer). Además, es divertidísima.

    Por contra, tengo mis dudas sobre que obras como _Singularity Sky_ de Charles Stross traten realmente el tema, ya que Stross contaba que lo de poner “singularity” en el título fue una idea de su agente o su editor para aprovechar la moda.

    No sucede lo mismo con _Accelerando_ (que sale por fin el mes que viene), que es una confrontación directa con la singularidad tan, pero tan bruta que no dudo que perderemos a la mayoría de los lectores por el camino.

    Por último, quiero mencionar que el final de _Visión ciega_ de Peter Watts incluye una forma de singularidad que probablemente ha pasado desapercibida para casi todo el mundo, pero al parecer Watts se va a encargar de remacharla con una novela paralela en la que está trabajando, _State of Grace_.

    Y ahora me doy cuenta de que _La edad de oro_, _Accelerando_ y _Visión ciega_ no sólo constituyen para mí lo mejor de la cf pura de la última década, sino que me parece que demuestran inmejorablemente que la cf es un género muy, pero que muy vivo intelectualmente (otra cosa es que lo sea comercialmente), y que la mejor cf, una vez separas el grano de la paja, se publica en colecciones especializadas.

  2. Me temo que no he leído nada de Wright. Sin embargo, sí puedo defender la pertinencia de “Cielo de Singularidad”. Quizás no ahonde en el concepto de la Singuralidad, pero, como comento en mi crítica a la misma, ejemplifica con gran habiilidad diversos escenarios derivados del mismo, como podrían ser el encontronazo entre dos armadas diseñadas según paradigmas diferentes (con resultados catastróficos para la “anticuada”) o el desarrollo paroxístico de una revolución singularista en un mundo que había optado por la involución.

    Eso sí, desde mi punto de vista, prefiero la aproximación protosingularista (incluso utilizo un apelativo personal para ella, pues entra dentro de mis inquietudes como autor; la llamo “literatura inflexionista”), pues se fundamenta mucho más en la ciencia actual y, por ello, es capaz de desarrollar una especulación de mayor calado, y no por ello desligada por completo de nuestro actual estadio sociotecnológico. Ahí, sin duda, la obra de referencia es “Accelerando”.

  3. […] Mars ha completado su serie de artículos que resumen la historia de la ciencia-ficción en Rescepto. […]

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