The obelisk gate (El portal de los obeliscos)

En 1987, por primera vez, la secuela (“La voz de los muertos“) de una novela ganadora el año anterior del Hugo (“El juego de Ender“) se alzó con el galardón. Desde entonces, algo que había sido poco menos inconcebible, el que una secuela cosechara el mismo reconocimiento que la obra original, empezó a ser relativamente frecuente (aunque dejando pasar, en general, un poco más de tiempo entre entregas).

Así, tenemos el caso de “La rebelión de los pupilos”, de David Brin, premiada cuatro años después de “Marea estelar“; “Barrayar“, de Lois McMaster Bujold, al años siguiente de “El juego de los Vor“, y tres años después “Danza de espejos“; “Un abismo en el cielo“, de Vernor Vinge, siete años después de “Un fuego sobre el abismo” (sin ninguna otra publicación del autor entre ambas); tres años también entre las dos últimas entregas de la trilogía de Marte, de Kim Stanley Robinson; y por supuesto el éxito continuado de Connie Willis y su serie de los historiadores de Oxford, galardonada en 1993 (“El libro del día del juicio final“), 1999 (“Por no mencionar al perro“) y 2011 (“El apagón”/”Cese de alerta”). A todo ello debería unírsele, supongo, el reconocimiento a “Paz interminable“, de Joe Haldeman, veintidós años después de “La guerra interminable“).

Curiosamente, si prescindimos del último Hugo de Willis, todos estos reconocimientos duplicados se agrupan en un muy estrecho margen de diecisite años (entre 1986, cuando ganó “La voz de los muertos”, y 2000, fecha del triunfo de “Un abismo en el cielo”). Durante la mayor parte de la historia de los premios Hugo el reconocimiento múltiple a un misma saga ha sido extremadamente raro. En general, los votantes han puntuado muy alto la originalidad.

Ahora, por primera vez, una trilogía tiene la oportunidad de ver premiados todos sus integrantes… en años consecutivos. Quien ha logrado revertir la tendencia de lo que llevamos de siglo ha sido N. K. Jemisin, con su serie de la Tierra Fragmentanda, que lleva cosechados dos premios Hugo, para “La quinta estación” y “El portal de los obeliscos”, y se encuentra en inmejorable posición para lograr lo propio con “The stone sky”… pero centrémonos por ahora en el que casi siempre es el eslabón más crítico de una trilogía, el intermedio.

“El portal de los obeliscos” (“The obelisk gate”, 2016) es un poco más contenida narrativamente que su predecesora. En vez de tres líneas argumentales cuenta con sólo dos, una que continúa directamente la historia de Essun, a quien habíamos dejado junto con Tonkee y el comepiedras Hoa en una comunidad construida en el interior de una geoda, y otra que nos narra las vivencias de su hija Nassun, desde que está a punto de ser asesinada por su padre y este la secuestra para alejarla de Essun (el conflicto con el que se iniciaba “La quinta estación”). Existe, por añadidura, un pequeño arco puente, que traslada al guardián Schaffa de la órbita de Essun (Sienita) a la de Nassun, al tiempo que altera sus lealtades.

¿Suena confuso? Bueno, porque lo es. Jemisin no se preocupa lo más mínimo por refrescar información y, en muchos sentidos, “El portal de los obeliscos” no actúa tanto como una secuela como a modo de continuación directa. Supongo que una lectura correlativa de ambos volúmenes ofrecería mayor claridad, pero cuando has dejado pasar algo más de un año… digamos que cuesta reagrupar todos los hilos.

He ahí la principal debilidad de la novela: como obra independiente, carece por completo de entidad. Tras la presentación del mundo de la Quietud y sus peculiaridades, aquí nos encontramos con la definición misma de una novela puente, que no imprime realmente ningún giro sustancial a la trama, sino que se limita a añadir un par de detalles para terminar de caracterizar elementos que ya conocemos (como los comepiedras o los guardianes) y a posicionar a sus personajes para el clímax que llegará con el tercer volumen.

A ver, “El portal de los obeliscos” no es en modo alguno una mala novela, pero comparado con “La quinta estación”, que era una montaña rusa de sorpresas y un ejercicio deslumbrante de worldbuilding… pues sabe a poco, con sus dos localizaciones principales (una de ellas ya conocida) y su lenta construcción de las piezas que no se usarán hasta un libro después.

Lo que mejor ejemplifica todo esto es que estoy experimentando dificultades para explicar de qué va sin echar a perder las pocas sorpresas que depara. Lo que sí podría mencionar, quizás, es cierta decepción a nivel personal por la introducción de la que quizás sea la mayor novedad de la historia: la magia, como una energía fundamentalmente diferente de la orogenia, aunque inexplicablemente dominable por los orogenes (algo que contraviene flagrantemente las reglas sobre las que supuestamente se había construido la historia; siendo algo así como sacarse un conejo de la chistera). Desde mi perspectiva personal, este desarrollo constituye una suerte de “traición” al concepto mismo que intentaba vendernos, y resulta curioso que justo cuando la autora se decide a reforzar la inclinación hacia la ciencia ficción desvelando la naturaleza del mundo y el motivo que llevó a la aparición de las estaciones, busque quizás compensarlo reduciendo la racionalidad del entramado fantástico.

Donde sí aumenta las apuestas es en su faceta referencial, utilizando de forma todavía más evidente el marco catastrofista para plasmar una utopía de integración, en la que tanto el sexo como las característica fenotípicas son mucho menos importantes que la utilidad personal. En la Quietud, la auténtica discriminación se reserva para los orogatas (algo que, dada su fundamental función apaciguadora de seísmos, no es algo que termine de ser congruente), e incluso en comunidades relativamente tolerantes, como las de Castrima y Luna Hallada, las dos en donde tiene lugar la mayor parte de la acción de la novela, las tensiones entre orogenes y táticos (normales) constituyen una fuente permanente de inestabilidad.

Después de todo esto huelga decir que no puedo mostrarme muy de acuerdo con la decisión de premiar esta obra con un Hugo. Sus mayores virtudes son heredadas, y como novela independiente carece por completo de entidad propia. Tampoco es que 2016 fuera un mal año. Aún no he tenido ocasión de leer algunos de sus títulos destacados (como “Todos los pájaros del cielo”, de Charlie Jane Anders, ganadora de Nebula y Locus de fantasía; “A close and common orbit”, de Becky Chambers; o “El fin de la muerte”, de Cixin Liu, ganadora del Locus de ciencia ficción… y segunda secuela de una obra ganadora del Hugo), pero si se hubiera querido reconocer la innovación, la elección era más que obvia: “Too like de lightning“, de Ada Palmer.

Un efecto secundario (e imprevisto) del ataque a los premios de los Sad Puppies en 2015 y 2016 fue un aumento muy significativo en el número de votantes. Es muy pronto para determinar si esto supondrá una fluctuación estadísticamente insignificante o una tendencia, pero de consolidarse podría suponer un retorno a la época en que la familiaridad podría valorarse tanto o más que la novedad (o tal vez esté leyendo demasido en un resultado aislado, después de todo, sólo un puñado de votos decidieron que la batalla final fuera entre “El portal de los obeliscos” y “Todos los pájaros del cielo”, que es la que había ido en cabeza durante las primeras rondas, en vez de entre esta última y “Ninefox gambit”, de Yoon Ha Lee).

Otras opiniones:

Otras obras de la misma autora reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en julio 5, 2018.

2 comentarios to “The obelisk gate (El portal de los obeliscos)”

  1. Debo discrepar un poco, si bien entiendo la crítica, a mí me gusto, ya que me permitió digerir y profundizar mejor el mundo creado (ahora estoy de acuerdo en que el libro por sí solo no se sostiene bien). Lo leí muy rápido y con gran placer.
    Lamentablemente los problemas que indicas crecen en el tercer libro (y aparecen unos nuevos), que es el más débil de toda la saga.

    • Pues vaya pena, porque el inicio de la serie es glorioso. A mí este me ha costado bastante. En parte, supongo, será por discrepancias “filosóficas”. La deriva hacia el fantástico inexplicado, después de lo cuidadosa que había sido creando la orogenia (al estilo hard fantasy, que propugna Sanderson), no me ha gustado nada. Al final me he encontrado leyendo otros dos libros en paralelo, para tener un poco de variación. Habrá que esperar a que llegue la gran obra de Jemisin (ojalá se olvidara de series y se lanzara a por una obra en tomo único, que creo que eso trabajaría a favor de sus puntos fuertes).

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