El juego de los Vor (y la saga de Miles)

En 1991 se premió por primera vez en los Hugo de novela a Lois McMaster Bujold. Poco podía imaginarse nadie que en los trece años siguientes conquistaría otros tres galardones (dos de ellos por entregas de la misma serie) y tres nominaciones (a sumar a la que cosechó en 1989), convirtiéndose así en la autora más laureada, empatada nada menos que con Heinlein (no cuento aquí su retrohugo, pues no pasa de ser una curiosidad).

¿Excesivo? Bueno, los Hugo son en el fondo un premio a la popularidad, y las historias de la Bujold son rabiosamente entretenidas. Además, no se puede perder de vista el efecto de la competencia. Al menos dos veces se alzó con el triunfo en añadas flojas (ya llegaremos a ello, que no es el caso de 1991). Dicho lo cual, sí, resulta extraño que con un trabajo tan poco variado (todos sus premios y nominaciones se concentran en dos series)  haya conseguido tal recompensa, cuando autores como Dick (1 victoria, 1 nominación), Clarke (2 victorias, 2 nominaciones) o Le Guin (2 victorias, 1 nominación), con un corpus mucho más impresionante han tenido que pelear sus Hugos (y no digamos ya Niven o Sawyer, que comparten el récord nominaciones para una sola victoria con 8; aunque reconozco que lo de Sawyer no me lo explico… el que no paren de destacar su mediocridad, quiero decir).

el juego de los vor - nova

No quiero implicar que sus novelas no sean entretenidas, que lo son, ni que carezcan de méritos, pero ¿merecedoras de tanto bombo? No.

Lo que no puedo negar es que el caso de las aventuras de Miles Vorkosigan (protagonista principal de la saga) es paradigmático de un subtipo de literatura fantástica puesta de moda a princpios de los noventa y en auge hasta ahora. Se trata de las series focalizadas en un personaje singular, que siguen muy de cerca su evolución a lo largo de los años. Se trata de una concepción heredera directa de las sagas militares o policíacas, y en su mayor parte no son sino eso, cambiando un poco el escenario para asimilarlo a la fantasía o a la ciencia ficción (otros ejemplos pueden ser los libros de Anita Blake, los de Honor Harrington o los de Harry Dresden; en el subgénero de la espada y brujería también se dan las sagas de personaje, pero provienen de una tradición distinta que hunde sus raíces directamente en el pulp, sin haber pasado por el remozado postmodernista del bestseller ochentero).

Allá por 1986, Lois McMaster Bujold tuvo la gran idea de entremezclar dos corrientes literarias. Una externa al género (la de las sagas personales) y otra interna (el resurgir de la Space Opera, que ya analicé en la entrada sobre “Marea estelar“, aunque llevaba  dando guerra, nunca mejor dicho, al menos desde 1981). Además lo hizo con una aproximación muy metódica, inventando un escenario adecuado (el Nexo de Agujeros de Gusano) y probando con tres personajes, para ver cuál tenía más tirón. Así pues, ese año salieron al mercado: “Ethan de Athos”, “Fragmentos de honor” (sobre el momento en que se conocieron los padres de Miles) y “Aprendiz de guerrero” (la primera aventura espacial del propio Miles).

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El mejor personaje, a juicio del mercado, fue Miles, un enano (por acción de sustancias químicas durante su gestación) hiperactivo, con muy poco respeto por la cadena de mando y una genial mente militar, que tiene que luchar contra el prejuicio de sus compatriotas (lo ven como un mutante, algo tabú en un planeta arrasado recientemente por un conflicto nuclear) y navegar por las complejas aguas de la política interna (es el tercero en la línea sucesoria, en un mundo famoso por sus intrigas) y externa (Barrayar, su mundo, es un planeta atrasado tecnológicamente por culpa de siglos de aislamiento, que acaba de repeler contra todo pronóstico la invasión del poderoso imperio cetagandés).

“Aprendiz de guerrero” es una montaña rusa que no te deja un segundo para tomar aire. En ella, Miles despliega todo su carisma, arropado por un elenco de personajes secundarios muy bien definidos (algunos de ellos, como sus padres o su guardaespaldas, el sargento Bothari, se benefician de una profundidad especial, obtenida por su protagonismo en “Fragmentos de honor”). En definitiva, una de las mejores space operas nunca escritas (pese a lo cual, no fue ni nominada, acabando decimosexta en la votación de los Locus, algo que no está nada mal como carta de presentación).

Con el paso de los años, gracias a una nueva novela “Hermanos de armas” (1989) y, sobre todo, a la novela corta “Las montañas de la aflicción” (del mismo año, ganadora de los premios Hugo y Nebula con un enfoque más intimista), la serie estaba lo bastante madura para recoger frutos, venciendo “El juego de los Vor” en los premios Hugo por delante de “La caída de Hyperion” de Dan Simmons, “Tierra” de David Brin (ambas, en mi opinión, mucho más arriesgadas y de mayor entidad, aunque claro, no soy un gran fan de la space opera), “Reina de los ángeles” de Greg Bear (estas tres quedaron por delante en la votación de los Locus) y “The quiet pools” de Michael P. Kube-McDowell.

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Bueno, ya he cubierto mi cuota de plabras. Ahora, a reseñar un poco la novela.

He de confesar que si me he enrollado tanto con los preliminares es porque mi recuerdo de “El juego de los Vor” es neblinoso. Las aventuras de Miles (salvo en un par de casos destacados) se entremezclan en mi memoria, así que tengo que recurrir a resúmenes ajenos para desmadejar el hilo.

La historia arranca con el primer destino militar del joven Miles, una estación de investigación situada en el polo de Barrayar, la primera ocasión en que deberá enfrentarse a la animadversión de sus superiores por su doble naturaleza de fenómeno (presunto mutante) y aristócrata (la partícula Vor, que precede a los apellidos, es la marca de las familias nobles). Pronto, muy a su pesar, se topa con un trama de corrupción, que desbarata mediante procedimientos tan poco ortodoxos que ningún cuerpo del ejército está dispuesto a admitirlo (empiezan a circular rumores de favoritismo), de modo que termina en Seguridad Imperial.

Esta primera parte de la novela presenta un marcado contraste con el resto, funcionando casi como un episodio preliminar (algo que de hecho es, pues nació como narración independiente).  A partir de aquí, y una vez en su nuevo destino, un sistema estelar clave en la comunicación entre Cetaganda y Barrayar, la aventura entronca más con el estilo de “Aprendiz de guerrero”, mientras Miles, pasándose por el forro la supervisión de su oficial superior, se ve involucrado en un trama que afecta al emperador Gregor Vorbarra (un joven de su misma edad, veinte años, compañero de juegos y amigo, que se ha escapado de palacio para ver mundo y ha acabado reclutado a la fuerza en una tropa mercernaria), a una mujer, Cavilo, como adversario a la altura de Miles (en todos los sentidos) y un plan secreto cetagandés para asestar un golpe a su antiguo enemigo.

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Miles entra a saco en el escenario del conflicto, tomando decisiones muy por encima de su rango con tal de salvar a su amigo (y salvarse de paso de las intrigas palaciegas de los Vor, que allá en casa están tramando la caída de los Vorkosigan, y eso que Gregor aún se presupone vivo y libre). Para ello debe entrar de nuevo en la piel del Almirante Naismith, jefe nominal de la tropa de Mercenarios Libres Dendarii (papel que creó en “Aprendiz de guerrero”), para disponer de las únicas naves de guerra bajo control (indirecto) barrayano (o barrayanés, según traducción) en la zona.

De nuevo, es diversión en estado puro, impulsada a base de carisma y energía maníaca por parte del personaje principal. Una lectura muy recomendable como esparcimiento sin complejos (mucho más disfrutable cuanto más se conozca del universo del Nexo).

Otras opiniones:

Otras obras de la misma autora reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en octubre 9, 2009.

Una respuesta to “El juego de los Vor (y la saga de Miles)”

  1. Muy oportuno. Vi de saldo “aprendiz de guerrero” en la librería del pueblo y, no me dio muy buena espina (seróa por la textura). Voy corriendo a por él.

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