La guerra interminable

Los años 70 fueron de lo más interesantes para la ciencia ficción. Quizás en ningún otro momento se haya experimentado con la hibridación de subgéneros como durantes esta década, que asistió además a la madurez de algunos de los autores de la Edad de Oro, mientras que nuevas generaciones, formadas en un contexto editorial completamente diferente, se estaban abriendo paso. Tal es el caso de Joe Haldeman, que con su cuarta novela (tercera de ciencia ficción, aunque la primera firmada con su propio nombre), consecharía los premios Hugo, Nebula y Locus entre 1975 y 1976.

“La guerra interminable” es una novela de hazañas bélicas espaciales, un space opera antibelicista, aunque no antimilitarista, con suficiente respeto por la ciencia como para poder ser considerada hard y un toque de humor que aligera el conjunto sin terminar de enmascarar cierto grado de amarga ironía.

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Entra a fondo ya desde la primera frase: “—Esta noche les mostraremos ocho maneras silenciosas de matar a un hombre”, que da pie a una típica escena de adiestramiento militar que retrotrae inmediatamente a otra novela que obtuvo también un Hugo, aunque dieciséis años antes, “Tropas del espacio” de Robert A. Heinlein. Sin embargo, a partir de ahí, el tono es diametralmente opuesto, porque entre 1959 y 1974 (que fue cuando se publicó originalmente, serializada en Analog) cambió la forma en que EE.UU. veía la guerra. En ese intervalo, pasaron de ser los vencedores de la Segunda Guerra Mundial a comerse el orgullo y los dientes con Vietnam. Haldeman lo sabía muy bien. En 1967 fue reclutado y sirvió en el frente hasta resultar herido en combate. Sus vivencias de guerra lo llevaron a escribir su primer libro en 1972, “War time”… y tanto éstas como sus experiencias de veterano alienado en su propio país cristalizaron en una novela tan personal que incluso el apellido de su protagonista, Mandella, es casi un anagrama del suyo.

En la novela asistimos al adiestramiento del soldado Mandella, primero en la Tierra y luego en Caronte (no traducido en algunas ediciones como Charon), que no es la luna de Plutón (desconocida por aquel entonces) sino un hipotético planeta transplutónico (que se infería erróneamente de las alteraciones orbitales de Neptuno). La Tierra está en guerra con los misteriosos taurinos, una especie inteligente, encontrada durante la expansión por el universo, con la que todo intento de  comunicación ha fracasado. Tras el adiestramiento, asistimos a la primera acción militar, que consiste básicamente en una masacre de alienígenas desarmados. Claro que a partir de entonces las cosas se ponen un poco más duras.

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Asistimos a una escalada enloquecida del conflicto, agravada por cuestiones relativísticas. En el universo ideado por Haldeman, es posible viajar instantáneamente a grandes distancias usando colapsares, una especie de bocas de agujeros de gusano, pero viajar hasta el colapsar a velocidades cercanas a la luz conlleva una tasa temporal que los soldados deben pagar, tanto cuando se enfrentan al enemigo como cuando regresan entre misiones a casa.

De algún modo, Mandella logra ir sobreviviendo, y por simple aplicación de la lógica militar (no morir es suficiente cualificación), va subiendo en el escalafón, lo cual conlleva que debe mandar sobre soldados que no comprende (porque la evolución social no se ha parado mientras estaba de viaje por el cosmos) y utilizando una tecnología que le es igualmente extraña. Los vaivenes de la guerra lo separan también de Marygay Potter, compañera de promoción con la que establece lazos afectivos que la indiferente maquinaria burocrática militar no duda en cercenar. No revelaré mucho sobre la dirección de estos cambios sociológicos, porque de hacerlo me cargaría una de las mejores sorpresas que depara la novela, pero sí puedo señalar que se trata de una metáfora, no exenta de carga paródica, del sentimiento que debió embargar a los veteranos de Vietnam, despedidos como héroes y recibidos como villanos.

La guerra de Hadelman sólo es gloriosa en primer plano, cuando narra las acciones militares en las que las opciones son matar o morir, pero va enturbiándose a medida que se aleja el foco, hasta que en un plano general se nos presenta como un sinsentido, un error trágico que nunca debió haberse cometido, una secuencia de reacciones desproporcionadas que prometen una escalada sin fin… a no ser que alguien recupere la cordura (o evolucione lo suficiente) y rompa el círculo vicioso.

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La novela ha conocido dos secuelas: “Paz interminable“, una continuación que, a parte de ambientarse más o menos en el mismo universo, apenas guarda similitudes con “La guerra interminable”, publicada en 1997 y “merecedora” (extremo que discutiré en detalle en su momento) del premio Hugo de 1998 y “Forever free”, que sí es una continuación directa de los acontecimientos narrados en la novela original y que cosechó mucho menos éxito en 1999. El año 2006, a petición de Robert Silverberg (para una antología que invitaba a diversos autores a revisitar sus universos más famosos), escribió una novela corta “A separate war” que narra la última fase de la guerra desde la perspectiva de Marygay.

Actualmente, Ridley Scott está trabajando en la adaptación cinematográfica (en la que ha estado interesado desde que rodó “Alien”, pero en la que no pudo embarcarse hasta el 2008 por problemas con los derechos), que se estrenará, si la producción no experimenta dificultades, el año 2011. Según propia confesión, la rodará en 3D a ejemplo de “Avatar” de James Cameron.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en junio 6, 2009.

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