Too like the lightning

En 2016, tras un largo y laborioso proceso de diseño, escritura y edición, se publicó la novela debut de Ada Palmer, “Too like the lightning”, que la hizo merecedora del premio John W. Campell al menor nuevo escritor en la Worldcon del año siguiente, inaugurando la serie de Terra Incognita, que contará con cuatro títulos, sumándole los ya publicados “Seven surrenders” y “The will to battle” y el futuro “Perhaps the stars”. La novela le valió, entre otros reconocimientos, el premio Compton Crook a mejor primera novela y una nominación al Hugo (que finalmente obtuvo de nuevo N. K. Jemisin por “El portal de los obeliscos“).

¿Es justificable tanto revuelo? Sí, por completo. “Too like the lightning” es una de las propuestas más innovadoras que ha dado la ciencia ficción en lo que llevamos de siglo, abordando precisamente la cuestión que más se le ha estado resistiendo al género (cuyo relevo en estas lides ha tomado la fantasía): el sentimiento de obsolescencia de los modelos (sociales, políticos, económicos…) imperantes.

Hace algo más de un siglo, la última vez que nos encontramos en una situación similar, la respuesta de la ciencia ficción consistió en una notable oleada de literatura utópica, que se extendió por las últimas décadas del siglo XIX y los primeros años del XX (siendo pieza central de la misma “El año 2000“, de Edward Bellamy), y si de algún modo encuentran reflejo en nuestra época es a través de distopías que se limitan a señalar los problemas, sin atreverse a proponer soluciones. “Too like the lightning” no es una utopía… ni una distopía. Quizás podría definirse como una proyección de nuestras tribulaciones al año 2454, un par (al menos) de crisis después.

La acción arranca con el hurto de una lista de personalidades influyentes que va a publicar un periódico y su hallazgo en una de las ubicaciones más sensibles de la Tierra, la residencia de la familia (bash) Saneer-Weeksbooth, encargada de supervisar buena parte del tráfico mundial (en vehículos automáticos hipersónicos de titularidad pública). Este hecho aparentemente menor, a través de múltiples ramificaciones, provoca importantes repercusiones en las más altas esferas políticas, llegando al punto de poner en cuestión algunos de los fundamentos del propio sistema global.

La novela, básicamente, nos lleva de la mano mientras desvela ante nuestros ojos las peculiaridades y complejidades de esa sociedad futura, organizada principalmente en siete grandes unidades políticas o naciones llamadas colmenas, aunque no se trata de naciones-estado, sino más bien naciones-cultura, o quizás naciones-afinidad: los humanistas, los primos, el Imperio Masón, los gordianos, Europa, Mitsubishi y Utopía; cada uno con su propio sistema de gobierno, su propia lengua y sus propios intereses, aunque compartiendo una serie de normas básicas comunes (blacklaw). Nuestro ojos (y nuestro narrador) es un personaje al margen de todo ello, el servidor público Mycroft Canner, condenado por una serie de atroces asesinatos trece años antes a una vida de trabajo comunitario, sin poder contar con propiedades personales ni tomar otro alimento que aquel con el que se retribuyan sus servicios.

Pese a esta humilde posición, gracias a sus notables capacidades, Mycroft es reclamado a menudo por los grandes líderes del mundo (tanto dirigentes de colmenas como funcionarios planetarios del más alto nivel), por lo que se encuentra en todo momento rebotando de encargo en encargo, obligado a servir con igual devoción a múltiples señores (sin dejar traslucir sus propias preferencias), enmarañados todos ellos en una trama que no parece sino espesarse y espesarse a medida que los investigadores van ahondando en ella. Por si fuera poco, Mycroft también se encuentra en el dilema de proteger a Bridger, un niño con una insólita capacidad creadora, que podría ser la clave, si nadie lo echa a perder, del futuro de la humanidad.

Lamentablemente, exponer de qué va la historia no ofrece siquiera un atisbo de lo que cuenta. Se trata de una inmersión sin apenas preparación en una (o siete) cultura(s) que nos es tan extraña a nosotros como nosotros lo seríamos para alguien del siglo XVII. Para terminar complicar el asunto, el narrador escoge modelos propios de la literatura del siglo XVIII, de la Ilustración, para narrar la historia como si se tratara de una novela histórica, contada desde un indefinido momento posterior (cuando ya todo se ha resuelto de un modo que el hipotético lector conoce, aunque nosotros vayamos a oscuras).

“Too like the lightning” es un juego dentro de un juego, que se encuentra todo el rato haciendo malabares con lo que desconocemos, lo que supuestamente deberíamos conocer si fuéramos contemporáneos al autor pero que desconocemos y lo que es un reflejo de la filosofía y las ideas ilustradas. Así, nos muestra de refilón acontecimientos tan significativos como las guerras de religión del siglo XXIII, que cambiaron por completo el modo en que la sociedad trata con el sentimiento religioso, o la propia construcción del modelo de colmenas sobre los cimientos de obsoleto sistema de naciones-estado con una clara delimitación geográfica, al tiempo que apunta hacia la propia obsolescencia del modelo de las colmenas, dejándonos entrever sus debilidades (en la creación de peligrosas mayorías y por el elevado grado de endogamia en el poder) y haciendo alusión a una gran revolución ulterior.

Porque sí, del mismo modo que el siglo de la razón desembocó en la Revolución Francesa, que configuró el mundo moderno (y fundó muchos de los modelos aún imperantes), la prolongada paz mundial de mediados del siglo XXV es más frágil de lo que nadie está dispuesto a reconocer.

“Too like the lightning” nos invita a reflexionar sobre nuestra propia crisis identitaria, desplegando ante nosotros la de nuestros lejanos descendientes. De igual modo, critica actitudes que tienen en común el empeño por hacer desaparecer los problemas enterrándolos; tanto en lo que se refiere al sentimiento religioso (o vértigo metafísico, que propicia la creación de la figura de los sensayers), como a la creencia de que apartar de la vista (de la violencia o el nacionalismo) o subsanar a través del lenguaje (el sexismo) nuestros problemas los corregirán al nivel más profundo.

En el apartado de la igualdad sexual, en particular, el narrador asume la “anacrónica” postura de dirigirse a sus personajes como “él” o “ella”, cuando el estándar es tratar a todo el mundo con un plural neutro (en inglés: “them”). La peculiaridad es que Mycroft no asigna género gramatical de acuerdo con la presencia/ausencia de genitales externos, sino para potenciar los prejuicios sexuales que, según afirma, aún están presentes en su pretendidamente igualitaria sociedad. He ahí otro nivel de complejidad (tanto en la comprensión de la trama como en la traducción, que se encuentra actualmente en proceso).

Una obra rica, con un prodigioso trabajo de worldbuilding y profundidad referencial para ocupar meses de reflexión. Hay detalles, sin embargo, que alejan a “Too like the lightning” de la perfección. Por un lado, el último acto, en un burdel (en honor del marqués de Sade), no termina de funcionar (entre otras razones porque se percibe forzado, notándose casi por primera vez la mano de la autora empujándonos como lectores hacia las conclusiones, en vez de dejar que lleguemos a ellas por nuestra cuenta; algo que se agrava con el epílogo). Sin embargo, su principal escollo, examinada como obra individual, es que sus cuatrocientas y pico páginas son una mera introducción; el prólogo necesario para que podamos situarnos y entender lo que vendrá después . Nada que no puedan solucionar las secuelas (más bien, volúmenes de una historia única).(<<Editado>>me informa Elías Combarro de que cada uno de los dos libros previstos inicialmente se dividió en dos a petición de la editorial, así que “Too like the lightning” es en realidad la primera parte del primer libro, y el corte le quedó un poco brusco, algo mejor gestionado en los siguientes; más información en esta entrevista.>>)

En definitiva, “Too like the lightning” es quizás la primera novela en mucho tiempo de la que realmente percibo que está abriendo nuevos caminos para la ciencia ficción. Lejos de rehuir la Gran Cuestión de nuestros tiempos, se apoya en la filosofía del pasado pero embiste de frente contra los grandes temas cuya resolución definirá nuestro futuro. Ya iba siendo hora, porque no bastaba con trabajos (maravilloso) enfocados desde la perspectiva de la fantasía como el de N. K. Jemisin en su trilogía de la Tierra Quebrada. La ciencia ficción proporciona a la literatura prospectiva esa mirada hacia el futuro, más allá de la oscuridad de la crisis, que tanta falta nos viene haciendo.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en marzo 13, 2018.

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