Trilogía de Marte

Regreso fugaz a la Hugolatría. Aún faltan varios títulos, pero o todavía no los he leído, o necesito releerlos con cuidado antes de abordar una reseña en condiciones, o… bueno, o les ocurre como a las novelas de Kim Stanley Robinson. En cualquier caso, tengo intención de completar el listado de ganadores. Aunque me lleve varios años (asumiendo con optimismo que puedo seguir al pie del cañón con Rescepto).

Voy a agrupar las tres novelas que componen la serie marciana (existe, además, un libro de relatos) en una única entrada, porque lo cierto es que no podría tratarlas individualmente. Por un lado está la circunstancia de que la división es bastante arbitraria (sigue una secuencia cronológica ininterrumpida; o quizás debería decir fragmentada por igual). Por otro, he de confesar que tan sólo llegue hasta la mitad del tercer volumen, “Marte azul”, antes de rendirme y dedicarme a otras lecturas más satisfactorias.

En condiciones normales no incluiría la reseña en Rescepto, pero resulta que se trata de una de las series más premiadas, atesorando dos Hugos y dos Locus (1994 por “Marte verde” y 1997 por “Marte azul”) y un Nebula (1993 por “Marte rojo”). Así pues, por puro completismo, aquí me tenéis, devanándome la cabeza para ver cómo abordo la crítica.

Ante todo, supongo, habría que considerar cómo se gestó el proyecto. No se trata de una serie más dentro de la carrera de un escritor. Es la encarnación de una obsesión y de quince años de documentación exhaustiva, plasmados en una obra magna, que pretende examinar la colonización de nuestro vecino más similar desde una perspectiva científica, social, política, económica… en una palabra: holística. Casi doscientos años de historia futura, en los que Marte pasa de ser un desierto árido y anóxico a un mundo pujante, con océanos, vegetación, oxígeno en abundancia, presión atmosférica y una dinámica población, preparada para abordar nuevos y más ambicioso retos.

El pistoletazo de salida se da en el 2026, cuando la nave Ares transporta a los Primeros Cien colonizadores al nuevo mundo, y a partir de ahí seguimos la evolución histórica del asentamiento, saltando de protagonista en protagonista en primerísimos planos que detallan las dificultades, tanto técnicas como sociopolíticas, que deben afrontar. Así pues, pronto surge la primera desavenencia ideológica, entre los “Rojos”, partidarios de proteger el estado natural del planeta, y los “Verdes”, partidarios de la terraformación, que son finalmente quienes acaban imponiendo su voluntad (y llevando a los rojos a la clandestinidad).

Por si estos conflictos internos no fueran suficientes, la madre Tierra está atravesando sus propios problemas, con las grandes corporaciones multinacionales acumulando cada vez más poder e imponiendo un capitalismo salvaje, que ensancha la brecha entre ricos y pobres y somete a los trabajadores a condiciones casi feudales. La construcción del primer ascensor orbital en Marte traslada todos estos problemas al planeta rojo, propiciando una migración incontrolada (por encima de la capacidad de absorción de la sociedad marciana) y el traslado de las guerras corporativas al cuarto planeta.

El caos no hace sino aumentar, con atentados terroristas anti-terraformación (uno de ellos de magnitud impactante), el estallido de la Tercera Guerra Mundial y una catástrofe natural sin precedentes en la historia de la humanidad. Así, sobre el fondo de un planeta que, poco a poco y con enormes esfuerzos tecnológicos y humanos, va haciéndose más apropiado para la vida humana, los marcianos deben desarrollar (y luchar por) una nueva estructura política independiente y un nuevo sistema económico que permita un desarrollo sostenible.

Como se puede constatar, la premisa no puede ser más fascinante.

Si a esto se le añade la rigurosidad de Robinson en todo lo que atañe a la geología marciana y a los planes de terraformación, tenemos una obra con todos los mimbres necesarios para constituir un hito en el genero… y para muchos lo es (como bien demuestran los premios). En mi caso, me temo, no puedo suscribir esa valoración.

Mi aversión tiene dos componentes. Por un lado está el estilo, extraordinariamente monótono, detallista hasta lo insufrible y árido como el propio objeto de fabulación (quitando de determinadas escenas aisladas). No existe en realidad línea argumental. Nos acercamos a tal o cual personaje y durante un tiempo vivimos prácticamente pegados a su espalda, viendo lo que él ve y obsesionándonos con lo que a él le obsesiona (lo queramos o no). Es un sistema necesario para aunar profundidad y amplitud (tanto a nivel disciplinar como temporal), pero nos ofrece una realidad fraccionaria y entrecortada. Se nota bien a las claras que cuando trata sobre terraformación (bien sea la obtención de especies vegetales adaptadas, la utilización de espejos orbitales para proporcionar luz y calor, la búsqueda de aguas subterráneas o cualquier otra faceta del intrincado proyecto) sabe de qué está hablando, pero no basta con eso. Son novelas, mas por momentos se antojan manuales técnicos con interludios narrativos.

Lo cual me lleva a mi segunda causa de insatisfacción. Quizás para compesar, el componente humano de la colonización se me antoja hipertrofiado, tan poco creíble como rigurosa es la faceta técnica. En ciencia ficción, ante la acusación apriorística de acartonamiento de los personajes (que no voy aquí a sostener que carezca por completo de fundamento), algunos autores optan por la exageración de rasgos y “detalles humanizadores”, convirtiendo a sus protagonistas en caricaturas de complejidad. Cuando éstos suman varias docenas (a los principales de los primeros Cien pronto se les van uniendo nuevos inmigrantes), y cada uno de ellos dispone de un espacio limitado para definirse, la tentación de exagerar es difícilmente resistible.

Aparte de estas cuestiones, tendría una pequeña queja en lo referente al contenido especulativo de la trilogía. Mientras Kim Stanley Robinson se limita a la tecnología terraformadora (que, recuerdo, llevaba estudiando casi media vida) pisa terreno sólido, pero apenas se aleja comienza a patinar de mala manera (por ejemplo, cada vez que trata sobre genética; una disciplina importante en los tratamientos antienvejecimiento). Por ello me resisto a calificar la obra como hard, igual que no calificaría de hard una obra divulgativa o un artículo científico. Aquí tal vez esté aplicando una asignación muy restrictiva de la etiqueta, pero a mi modo de ver precisa no sólo de contenido científico (que ya he dejado expuesto que lo tiene), sino también de orientación científica (básicamente, aplicar la metodología científica a la especulación propia).

En la trilogía de Marte la especulación se inclina hacia la vertiente humanística, con especial hincapié en la génesis social. No hace falta mucha vista para detectar el paralelismo evidente entre la aventura marciana y la colonización anglosajona de Ámerica (sin tener en cuenta a la población nativa, como un conflicto entre colonias y metrópoli). Es un tema bastante recurrente dentro de la ficción estadounidense (supongo que les permite sacar pecho y mirar por encima del hombro a la vieja Europa). Eso sí, aquí no hay tanto una nostalgia edulcorada por la sociedad de frontera (propia, por ejemplo, de la obra de Heinlein), como una crítica al sistema sociopolítico capitalista, que debe ser superado (a través de una revolución colonial; ahí no hay diferencia). Son ideas interesantes, aunque, ahondando en mis neuras, no me acaba de llenar el tonillo New Age con que se revisten a veces.

La trilogía de Marte, a priori, debería ser fruto de mi agrado, pero por todo lo comentado acabó cansándome. Problemas de forma sobre todo, pero también, en determinados casos, de fondo. Tan sólo he leído otra novela de Kim Stanley Robinson (“Icehenge”), que me reafirma en mis impresiones generales sobre su estilo. Quizás sea un problema de incompatibilidad.

Como curiosidad, el año que ganó el Hugo “Marte Verde” también estaba nominada otra novela sobre terraformación del planeta rojo y revolución anticolonialista ulterior, “Marte se mueve”, de Greg Bear… que le devolvió el detalle arrebatándole el Nebula (al que la tercera entrega ya no estuvo nominada).

Otras opiniones:

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~ por Sergio en mayo 13, 2011.

5 comentarios to “Trilogía de Marte”

  1. A mí me paso lo mismo, pero en verde.
    Marte rojo fue una experiencia impresionante, pero los defectos que la lastraban se hicieron más patentes en Marte verde. Yo me decía mientras la leía, “¡superverde!”, para animarme, pero no la conseguí acabar. Al final no llegué al azul, pero me quedé a mitad camino, entre el rojo y el verde, lo que da lugar a un color muy sucio, tipo caca.
    Buena crítica.

  2. Totalmente de acuerdo con la crítica, aunque yo me quedé a la mitad de marte rojo.

    También me pasó eso de animarme a mí mismo para intentar acabarlo pero fui incapaz.

    Un saludo.

  3. Yo ahora estoy hacia la mitad de Marte Azul. Es cierto que la trilogía es una obra casi tan árida como el propio Marte ;) y difícil de recomendar incluso a los fans acérrimos de la Ciencia-Ficción dura (entre los que me encuentro), pero me parece un escenario y un planteamiento grandioso, y llevado a cabo con un hiperrealismo impresionante que hace que le perdone su dificultad.

    Pasa un poco como con Tolkien en ESDLA: una historia grandiosa y un mundo elaborado hasta en sus más pequeños detalles, pero con una narración bastante aburrida. Sin embargo ambas dejan un poso importante en el lector.

    En resumen, si me preguntan “¿Vale la pena el esfuerzo de leerlos?”, en mi opinión SÍ, rotundamente. Pocas obras me han impactado tanto, a pesar de sus defectos, que estoy de acuerdo que los tiene.

    • Yo mismo soy un fanático de la ciencia ficción dura… y no estoy seguro de que la trilogía de Marte lo sea (la parte biológica especulativa es muy poco convincente y el resto es más técnico que científico). De todas formas, no creo que la comparación con Tolkien le haga mucho bien a Kim Stanley Robinson.

      “El señor de los anillos” es una obra maestra de la literatura universal, sin duda uno de los principales títulos del siglo XX, con una prosa que por sí sola hace que valga la pena leer el libro (la traducción es muy, muy buena, pero en el inglés se aprecia aún mejor su calidad).

      La trilogía de Marte puede ser impactante, fascinadora o exhaustiva, pero a nivel literario está varios escalones por debajo (lo cual no implica que sea mala, ni mucho menos, sólo que sus méritos apuntan a otro lado). Al final, como en cualquier obra, todo depende de qué nos aporta personalmente, y a juzgar por el reconocimiento que ha cosechado, no estás solo ni mucho menos en tu apreciación.

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