El libro del día del juicio final

Voy a aprovecharme descaradamente de la conyuntura histérico-mediática actual para ver de subir un poco las entradas al blog reseñando justo ahora “El libro del día del juicio final”, novela de Connie Willis ganadora de los premios Hugo, Locus (1993) y Nebula (1992). Por favor, nada de acusaciones de frivolizar con un tema “serio”. La presente cepa H1N1 de Influeza A es, en estos momentos y mientras no se produzca ninguna mutación que le confiera mayor virulencia, un triste monaguillo dentro del mundo de los patógenos. La auténtica hija de puta que nos puede amargar la existencia es la cepa HPAI A(H5N1), más conocida como gripe del pollo, en como descubra la forma de transmitirse eficientemente de humano a humano. Todos los años muere medio millón de personas en el mundo por culpa de la gripe, y la porcina no se está mostrando mucho más letal; si la H5N1 se desmelena, podríamos encontrarnos ante un incremento de las víctimas por un factor de 100.

Pero volvamos al mundo de la ficción.

Entre 1992 y 1993, Connie Willis se hizo con los más importantes galardones dentro de la literatura fantástica gracias a una novela de viajes en el tiempo que rechaza desde su planteamiento el principal recurso de las mismas, las paradojas. La acción se inicia en la Universidad de Oxford, en el año 2054. La facultad de historia posee una máquina del tiempo que emplea para realizar estudios enviando a sus miembros al pasado para registrar in situ los acontecimientos. Supuestamente, el propio continuum se protege a sí mismo, impidiendo cualquier viaje que pueda generar una paradoja insoluble (lo cual, bien analizado, es un poco… implausible, incluso poniendo la mejor voluntad en aceptarlo como premisa).  En fin, quizás se explique todo mejor en “Por no mencionar al perro“, novela con la que Willis volvería a ganar el Hugo en 1999 y en la que interviene el mismo Departamento de Historia de Oxford (era una de las lecturas que tenía pendientes, y tras subsanar esta carencia he de comentar que no, lo del continuum autoreparador sigue siendo una cuestión de fe). El caso es que una joven investigadora, Kivrin Engle, ha conseguido convencer a su tutor, el profesor James Dunworthy, para que la envíe al año 1350, dos después del primer paso de la Peste Negra por Inglaterra, para verificar los datos sobre el impacto real de la pandemia, que considera enormemente exagerados.  Tras un breve y paternal tira y afloja, Dunworthy consiente y se procede con el experimento. Por supuesto, todo empieza a ir rematadamente mal.

doomsday_book

La acción de la novela se escinde en dos líneas temporales, por un lado, el Oxford de mediados del siglo XXI, que se ve asolado por una grave epidemia de gripe, de origen aparentemente medieval (los primeros en contraerla son historiadores que han estado exhumando cadáveres del medioevo para realizar un estudio antropológico). Por otro lado, Kivrin nada más llegar a su destino empieza a experimentar, pese a su sistema inmunológico potenciado, los síntomas de la enfermedad que se ha traído consigo desde el futuro (para estropearse un poquito las manos ha estado participando en la excavación del cementerio). Claro que ése pronto se revela como un incidente menor, pues acaba descubriendo que, de algún modo, ha acabado en 1348, adelantándose por unos pocos días a la llegada de la Muerte Negra.

Como novela de ciencia ficción, he reconocer que “El libro del día del juicio final” me resulta bastante decepcionante. Toda la trama de Oxford es de un aburrido e intrascendente que echa de espaldas, y además cuenta con un punto negativo adicional: la presencia de un niñato insufrible, de esos que sólo temes encontrar en la películas americanas. Todo el montaje sobre el funcionamiento de los viajes temporales y el uso que se les da es pueril en grado sumo. Si se trataba de un mero artificio para contar la historia, por mí perfecto, pero entonces hubieran servido igual de bien una decenita escasa de páginas. En vez de ello, nos encontramos con interrupción tras interrupción de una historia sin apenas tensión dramática, que parece existir sólo como contrapeso de la pandemia del siglo XIV. Su problema es que resulta tan ligerita que el libro se presenta claramente desequilibrado, sobre todo porque la historia de Kivrin en la aldea (que nosotros sabemos condenada) alcanza por momentos una intensidad absorvente.

Quizás se trate, precisamente, de nuestro conocimiento, compartido por Kivrin,  sobre lo que va a pasar, que confiere mucha mayor relevancia a los pequeños detalles y construye una atmósfera anticipativa, el morbo de estar a punto de asistir a una catástrofe. Willis se encarga inteligentemente de interesarnos por los personajes. La peste, cuando llegue, no segará simples números en un censo de población (el Domesday Book original se escribió en 1086 como resultado de un censo solicitado por el rey Guillermo el Conquistador, proviniente de “Dom”, “cuenta”, por lo que se podría traducir como “el libro del día de rendir cuentas”, comparado pronto, por razones obvias con el juicio final divino), sino personas de carne y hueso en cuyas vidas nos hemos involucrado (la enfermedad de Kivrin y su indefensión inicial propicia que toda pretensión de convertirse en observadora imparcial se eche a perder).

doomsday_book2

De nuevo, me resultan muy implausibles las premisas iniciales que fuerza Connie Willis, tales como la escasa preparación de Kivrin para hacerse pasar por una mujer de la época. Los errores que comete serían perdonables en una neófita, pero se supone que es historiadora, y que sus viaje ha sido preparado con sumo cuidado por auténticos expertos en la época. Por el contrario, se nos presenta con errores que no son ya académicos, sino de puro sentido común, todo con tal de establecer, por las bravas si es necesario, la contraposición entre los conocimientos asépticos de biblioteca y la realidad. Tal vez sea un problema mío, pero cuando intentan hacerme tragar con artimañas la tesis de una novela se me cierra el gañote y no hay manera de que pase. Y es una pena, porque cuando se limita a describir (la sencilla y dura vida de los aldeanos, la estratificación por clases, la llegada de la enfermedad, los actos de bondad incluso en medio de la tragedia…) alcanza cotas de interés realmente notables.

“El libro del día del juicio final” funciona muy bien como novela histórica (a su manera, claro, con poca historia y mucho drama de personajes), pero no tanto, a mi entender, como libro de ciencia ficción. Contrasta la sutileza y paciencia con que desarrolla la trama principal, con lo desmañado y burdo de su planteamiento. Bastaba con la transformación de Kivrin, de fría y escéptica científica a víctima moral de la tragedia, para transmitir el mensaje del texto, sin necesidad de recurrir a reflejos en el tiempo (léase, la epidemia en el Oxford futuro) o a trampas expositivas (como su nula preparación). O quizás Connie Willis pensó que sin toda la paja la novela no parecía lo suficiente de ciencia ficción. En cualquier caso, me resultó una lectura muy contradictoria. La recomendaría por su parte medieval (quizás por mi propia tendencia hacia los escenarios apocalípticos), pero no soy capaz de apoyarla como un todo.

Antes de pasar a las críticas externas, cabe resaltar que el premio Hugo lo compartió con “Un fuego en el abismo“, novela de Vernor Vinge donde éste desarrolla sus ideas acerca de la singularidad tecnológica (en 1993 publicó precisamente su influyente ensayo “The coming technological singularity: How to survive in the post-human era“), y el resto de nominados fueron “Marte Rojo” de Kim Stanley Robinson (que de hecho ganó el Nebula de 1993 y ganaría también ese año el Hugo con la segunda entrega de la trilogía, “Marte verde”), “China Montaña Zhang” de Maureen McHugh y mi preferido, “Playa de acero”, el remake de John Varley de “La Luna es una cruel amante” de Heinlein.

Otras (y en general más entusiastas) perspectivas sobre la novela:

Otros libros de la misma autora reseñados en Rescepto:

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~ por Sergio en mayo 3, 2009.

7 comentarios to “El libro del día del juicio final”

  1. Me alegro al leer esta crítica tuya. Estoy en mitad de la novela y ya me da pereza continuar…pero como estoy de turno de noche… seguiré con el ladrillo. A mi hermano le comentaba cosas parecidas que tu comentas aquí.. Además del tostón que supone, por ahora, la trama de Oxford añadiría que los personajes en general me parecen muy planos, sobre todo los de Oxford. La única que me hace un poco de “tilín” es la niña Agnes….pero como digo, solo voy por la pagina 400 así que a saber con que me encuentro a continuación. Vengo de leerme Pórtico y la profundidad del personaje le saca años luz a estos del Libro del día del juicio final., quizás de ahí mi tirria.

  2. Perdon, la niña Agnes es insufrible.

  3. Al principio estaba pesada la lectura, y no me pareció atractiva la forma de crear algunos suspenso. Se podria haber utilizado un poco mas de emocion alterando los acontecimientos tanto en la era actual o en el mismo pasado, pero estoy de acuerdo con que las primeras 450 paginas +/- invita a dejar la lectura, pero debo confesar que se pone interesante a partir del momento en que cae enfermo el clerigo. La forma de hacer que tomemos cariño a los personajes es un elemento importante que CONNIE utiliza inteligentemente, reconozco que me fue dificil dejar el libro en la biblioteca, volvi a leer varios fragmentos y en muchas ocasiones, como quien no desea perder contactos con cada personaje, me quedo muy marcada la frase de Kivrin “OH, ROSEMUND”.
    Para el que desea evaluar una idea que tenga alguna posibilidad de relacion real sobre un futuro viaje al tiempo, no sé si contiene los cuidados necesarios para convencer a eruditos del tema, pero quien desea hacer un viaje al tiempo por el simple placer de conocerlo atraves de la narrativa de CONNIE, lo recomiendo totalmente, hace mas de una semana que termine de leerlo y no quiero pasar a otro libro, este es un efecto que no me habia pasado antes en la lectura de otros libros. FELICIDADES CONNIE!!!

  4. En un momento dado hice algo aborrecible para mí, me salté capitulo tras capitulo. Concretamente la parte “presente”, osease, la que discurre en Oxford. Creo, hoy por hoy, que no me perdí nada, y sí gané en salud. Vengo de la critica Oveja Mansa pero esta autora me da tremenda pereza.

  5. Estaba navegando por el blog, saltando de artículo en artículo cuando he visto que la última de las portadas que has puesto para El Libro del Día del Juicio Final es en realidad la portada de otro libro: Poison Sleep, de Tim Pratt

    ¿Te habías dado cuenta? Esa portada que has puesto, ¿es la oficial de alguna edición española? Porque si lo es… ¡qué cara más dura!

    https://www.goodreads.com/book/show/2003738.Poison_Sleep

    Pregunto meramente por curiosidad :)

    • Es la portada de la edición de 2008. De todas formas, es una práctica usual. Resulta más barato adquirir una licencia de uso que encargar una ilustración específica. Los ilustradores pueden firmar contratos de exclusividad por una obra, pero normalmente no se extienden a otros países y lenguas, y es una forma de complementar ingresos (y para las editoriales, de reducir gastos).

      También ayuda el que Tim Pratt sea un autor prácticamente inédito en España (y en 2008 no contaba siquiera con libro propio publicado por estos lares).

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