El problema de los tres cuerpos

“El problema de los tres cuerpos”, de Cixin Liu, es una novela de ciencia ficción, serializada originalmente en la revista china Science Fiction World en 2006 y posteriormente publicada en formato de libro en 2008, convirtiéndose en uno de los títulos más populares de la ciencia ficción china. En 2014, con traducción de uno de los autores norteamericanos de mayor proyección actual (y de ascendencia china), Ken Liu (sin relación con Cixin Liu), fue publicada en los EE.UU., acabando por alzarse, un poco de rebote, con el premio Hugo de 2015, lo que la convirtió en la primera novela publicada originalmente en un idioma distinto del inglés en recibir tal distinción.

Todo ello, por supuesto, propició la distribución internacional de la novela, llegando también a España (aunque esta crítica se basa en la edición en inglés), y dado que se trata del primer volumen de una trilogía, la de Recuerdos del Pasado de la Tierra, a la espera estamos de la conclusión con “El bosque oscuro” y “El fin de la muerte” (que de nuevo ha cosechado nominación a los Hugo en la presente edición).

La trama fluye por tres líneas dramáticas entrelazadas, la primera de ellas protagonizada por el ingeniero de materiales Wang Miao, quien se ve involucrado en una especie de confabulación cuyo fin parece ser bloquear el desarrollo de determinadas tecnologías. Junto a él, nos enteramos también de la plaga de suicidios entre prominentes figuras científicas y acabamos tropezando con un juego de realidad virtual, 3cuerpos, que nos lleva al segundo escenario.

Aquí estamos en un mundo muy esquemático, sometido a terribles y aleatorios cataclismos, en los que la civilización medra en los oasis de estabilidad, de duración impredecible, que median entre eras caóticas, en las que las condiciones cambiantes con incompatibles con el sostenimiento de la vida. Los seres vivos de ese mundo han desarrollado la capacidad de deshidratarse para permanecer en letargo durante las eras caóticas, pero de vez en cuando una catástrofe de especial gravedad destruye todo rastro de civilización, devolviendo a la vida al casillero de salida.

La tercera línea argumental se nos cuenta a través de una serie de flashbacks, e involucra la vida de una astrofísica, Ye Wenjie, quien pierde a su padre durante las purgas de intelectuales de la Revolución Cultural en 1965 y acaba trabajando en un proyecto secreto conocido como Base Costa Roja, asumiendo tareas de cada vez mayor responsabilidad al cargo de un radiotelescopio experimental.

Con estos mimbres, Cixin Liu teje un misterio fascinante, relacionado con uno de los problemas clásicos de la física (descubierto inicialmente por el propio Newton), el problema de los tres cuerpos, que apunta a la dificultad computacional de predecir con absoluta exactitud las posiciones futuras de tres cuerpos sujetos a mutua influencia gravitatoria, conociendo tan sólo los datos de su posición y vector de velocidad en un momento concreto. Pronto resulta evidente que el escenario de 3cuerpos constituye una versión de este problema, con un planeta atrapado en el supuesto caos de un sistema trinario (siendo estrictos, por tanto, es una problema de cuatro cuerpos).

Trataré de ser lo menos revelador posible, pues parte del interés de la novela reside justo en el progresivo desenmarañamiento de sus misterios. Tan sólo quisiera comentar que mi perspectiva para con la novela es tremendamente ambivalente. Por un lado, los capítulos de la Revolución Cultural (y purgas posteriores), así como el planteamiento del escenario o las sucesivas “fases” del juego de los tres cuerpos, me resultan fascinantes (respecto a esto último, me ha recordado por momentos el manual ilustrado de “La era del diamante”). Cuando toca empezar a explicar las cosas, sin embargo, un escollo monumental se interpone en el camino de mi disfrute: la ciencia en la que se fundamente “El problema de los tres cuerpos” no tiene ni pies ni cabeza (y, por añadidura, las explicaciones acaban pintando un escenario especulativo tremendamente anticuado, que frustra las expectativas generadas por el sugestivo planteamiento).

“El problema de los tres cuerpos” supone una lectura contradictoria, porque lo que hace bien es extraordinario, pero cuando mete la pata lo hace también hasta el fondo. En el apartado positivo, me ha gustado mucho su análisis (literal) del alienamiento. En la novela se aplica sobre todo al sentimiento de extrañamiento para con la propia patria, resultado del trauma de la Revolución Cultural, aunque también tiene aplicación respecto al ecologismo radical, y lo cierto es que se trata de un estado mental que realmente trasciende fronteras y encuentra reflejo en muchas actitudes de difícil comprensión que vemos día a día (desde la violencia verbal o incluso física que exhiben en defensa de una postura ética ciertos animalistas hasta, llegados al extremo, ese proceso de radicalización express que exhiben ciudadano aparentemente integrados en la sociedad, que les lleva de la noche a la mañana a planificar y ejecutar atentados suicidas).

Cixin Liu disecciona con gran habilidad la mezcla de rabia contenida, desilusión y pérdida de esperanzas que podría conducir a la traición más inconcebible, y en el proceso pone de manifiesta las profundas cicatrices dejadas en la sociedad china por esa auténtica era caótica que fue la Revolución Cultural, al tiempo que delinea una plantilla de aplicabilidad mucho más amplia. El problema surge cuando trata de sustentar todo ello sobre un armazón supuestamente hard… porque a poco que el lector sepa algo de astronomía o siquiera de la física más elemental, ese armazón se desmorona como un castillo de naipes.

Todo ello, además, se agrava con el paso de los capítulos, a medida que la trama va trasladando el foco de atención de la psicología a la ciencia, llegando en las últimas páginas a auténticos despropósitos, del tipo que no se han dado en la ciencia ficción desde los primeros años de la Edad de Oro. Porque una cosa es ignorar obstáculos físicos (como el límite de la velocidad de la luz, algo que curiosamente sí respeta “El problema de los tres cuerpos”) y otra muy distinta es coger de aquí y de allá lo que le parece y construir una realidad física totalmente alternativa… que ni siquiera es internamente coherente y sólo se sostiene bajo al promesa tácita de que es así como funciona el universo.

Yo, personalmente, no soy capaz de entrar en el juego, porque no tengo la impresión de que surja de un ánimo especulativo, sino que es producto, simple y llanamente, de la ignorancia (o, siendo un poco más generoso, de la interpretación libre de nociones incomprendidas). Lovecraft salió bastante bien librado de ello, pero eso fue en los años treinta, y hoy en día casi nadie entiende su obra como perteneciente a la tradición de la ciencia ficción. Para cuando en “El problema de los tres cuerpos” llegan los sofones y esa interpretación tan peculiar de las dimensiones adicionales avaladas por ciertas formulaciones de la Teoría de Cuerdas, la novela ya ha perdido para mí toda credibilidad e incluso buena parte de su interés.

Recurriendo a clasificaciones ya superadas, diría que “El problema de los tres cuerpos” resulta una obra magnífica cuando se circunscribe a la faceta soft… pero fracasa estrepitosamente cuando trata de apoyarse en el estilo hard. En conjunto, pues, no puedo sino considerarla fallida.

Pese a ello, como avanzaba, conquistó el premio Hugo de 2015, aunque lo hizo de rebote, y posiblemente beneficiada por el escándalo de los sad/rabid puppies (y aquí entro ya en cuestiones extraliterarias, así que si deseas dejar de leer, mi opinión respecto a la obra ya está expresada y lo que queda son detalles circunstanciales). De hecho, ni siquiera se encontraba en el quinteto de finalistas hasta que Marko Kloss retiró su candidatura por “Lines of departure”. Como primera novela de reserva, acabó compartiendo papeleta con “The goblin emperor” de Katherine Addison, “Ancillary sword” de Ann Leckie (premio Locus) y dos candidatos de los puppies (que quedaron por debajo de la opción de “Sin premio” en la votación final): “The dark between the stars” de Kevin J. Anderson y “Skin game” (la decimoquinta novela de Harry Dresden) de Jim Butcher.

No es en modo alguno una certeza que “El problema de los tres cuerpos” no hubiera podido triunfar en un campo abierto (después de todo, también fue finalista del premio Nebula, que ganó “Aniquilación”, de Jeff VanderMeer), pero no fue una edición tradicional y hay análisis estadísticos que apuntan a que sin el medio millar largo de puppies contaminando el proceso “The goblin emperor” hubiera (y recalco el “hubiera”, porque además habría habido un cambio en dos candidatos) podido alzarse con la victoria.

A la postre, toda esta especulación es un poco ociosa. Lo que de verdad importa es cómo se sostiene la novela por sí misma, y a ese respecto me reafirmo en mi opinión: muy bien… y al mismo tiempo, por desgracia, muy mal. Ambivalencia en estado puro.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en abril 25, 2017.

2 comentarios to “El problema de los tres cuerpos”

  1. Estoy de acuerdo en que la novela pierde credibilidad y por tanto interés en su parte final, sólo que yo no me tomo tan serio este libro que pienso que es sobre todo de entretenimiento. Excepto en su inicio todo está contado en un tono bastante jocoso y muchos de sus personajes (sobre todo Da Shi) son caricaturescos. Parte de la gracia que le encuentro a la novela es ese desparpajo con el que Cixin Liu se sirve de la ciencia tal y como hacían muchos autores clásicos como Philip K. Dick, Alfred Bester o Fredric Brown por mencionar algunos.

    Esta es mi reseña: http://universodepocos.blogspot.com/2016/11/el-problema-de-los-tres-cuerpos-de.html

    • Lo siento, pero no me convence. Esos autores lo hacían al servicio de una especulación atrevida (o de una sátira igual de atrevida, en el caso de Brown). “El problema de los tres cuerpos”, a la postre, no empuja ninguna frontera (ni se acerca, de hecho). Simplemente, no se toma la molestia de construir un entramado especulativo sólido, optando en vez de ello por la apariencia. El peligro que ello conlleva es que requiere de la complicidad total del lector. Si por algún motivo eso falla…

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