Cadete del espacio

“Cadete del espacio” (“Space cadet”, 1948) fue la segunda novela de ciencia ficción juvenil que Robert Anson Heinlein escribió para Scribner, tras “Rocket ship Galileo” del año anterior. Aunque suele ser considerada una obra muy superior a la primera, todavía se nota que no ha terminado de pillarle el tranquillo al asunto, y sigue siendo un título un tanto acartonado, que pese a todo hace gala de algunas de las virtudes que caracterizarían la obra del autor.

Por añadidura, desde la siempre polémica (cuando hablamos de Heinlein) perspectiva ideológica, nos encontramos con un texto de evidente glorificación militarista (no hay que olvidar lo reciente que estaba todavía la Segunda Guerra Mundial), pero que al mismo tiempo se muestra bastante menos radical en sus posicionamientos de lo que llegaría a ser la norma en su obra y, sobre todo, mucho menos aleccionador. Con “Cadete del espacio”, Heinlein no trata tanto de convencernos a través de su típica argumentación falaz (porque se sustenta sobre todo a través de la confirmación en la misma trama de sus bondades), como presentarnos un desarrollo futuro que aborda una gran preocupación de la época: ¿Quién vigila a quienes disponen de la bomba atómica? (o en la alocución latina que es el lema de la Patrulla Interplanetaria: “Quis custodiet ipsos custodes?“). El que la respuesta del autor resulte poco convincente ya es otro cantar.

Pero antes de entrar en disquisiciones éticas toca hablar de la trama, y en “Cadete del espacio” nos encontramos con la típica historia de formación y primer desempeño profesional de un soldado, que el propio autor perfeccionaría en “Tropas del espacio” (y que otros retomarían con intencionalidad exactamente opuesta, como es el caso de “La guerra interminable” o “Bill, héroe galáctico“). El muchacho en cuestión es Matt Dodson, de Iowa, con el que nos encontramos el día mismo en que es recibido como aspirante y debe pasar por una serie de pruebas de ingreso, cuya finalidad reside tanto en valorar sus aptitudes físicas como en certificar su catadura moral.

A esto le sigue un riguroso período de instrucción, durante el cual Matt y sus compañeros deben alcanzar la excelencia académica, así como familiarizarse con diversos aspectos del servicio en el espacio (como una práctica de actividad extravehicular, narrada con el habitual respeto por la física del autor, ingeniero de profesión). Es un segmento que posiblemente, junto con los detalles más especulativos, presente elementos autobiográficos del paso por la academia militar del propio autor (que fue licenciado forzosamente de la armada con el grado de teniente por culpa de una tuberculosis).

Obtenida la graduación, su primera misión como cadete le fuerza a poner en práctica todas las enseñanzas recibidas, y sin la supervisión (por toda una serie de circunstancias) de mandos superiores, al enfrentarse a una crisis diplomática con la matriarquía nativa del planeta Venus (un mundo pantanoso, como se caracterizaba por entonces), provocada por el proceder inmoral de un ex compañero de academia, que abandonó la formación militar para integrarse en la flota comercial de su padre.

Por un lado, Heinlein tomó un arquetipo preexistente, como puede ser el del oficial de una organización interplanetaria (véase por ejemplo, “La legión del espacio“, de Jack Williamson, o la Patrulla Galáctica de los Hombres de la Lente de E.E. Doc Smith), y lo transportó a un entorno ya no de space opera, sino de ciencia ficción dura, añadiéndole como propio de la literatura juvenil la historia de formación; lo cual no sólo es positivo, sino que posiblemente influyó en iteraciones posteriores del arquetipo, como es el caso de Lucky Starr, el Ranger del Espacio de Isaac Asimov (1952-1958).

Desgraciadamente, en el proceso se dejó atrás buena parte de la diversión, y “Cadete del espacio” resulta tan verosímil (teniendo en cuenta los conocimientos de la época) como anodina, con unos personajes fríos, unos diálogos plúmbeos (sobre todo por lo que se refiere a esos pilares de la virtud que son los oficiales superiores) y una acción lastrada por la pretensión de rigurosidad (ya no sólo científica, sino sobre todo militar). En novelas posteriores (incluso dentro de la propia serie de novelas juveniles), Heinlein crearía personajes mucho más pintorescos y tramas con un mayor grado de tensión, aquí no consigue elevarse sobre la correctitud formal, así que es una suerte que no recurra a sus trucos de costumbre para colar sus ideas, porque simplemente no estaba preparado para colárnosla a base de actitud y carisma.

Esto no quiere decir que abandone por completo toda pretensión de transmitir algo más. En 1948, con el mundo todavía impactado por el efecto devastador de las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki, Heinlein imagina su Patrulla Interplanetaria como un cuerpo de paz supranacional, que mantiene bajo control independiente la posibilidad de destrucción atómica a modo de garante de la paz mundial, aparte de realizar otras labores de vigilancia, exploración y diplomacia por todo el Sistema Solar. Básicamente, propone una organización sustentada en los más estrictos valores éticos como la única fuerza moralmente apta para gestionar el inmenso poder destructivo del átomo (el que a efectos prácticos cree con ello una dictadura militar supone una complicación menor, que en la mente de Heinlein no supone ningún contratiempo, porque para él el estamento militar está por encima de la falibilidad humana).

Nos parezca atinada o no la solución, de lo que no cabe duda es de que Heinlein logra adelantarse con “Cadete del espacio” al terrible problema de la amenaza nuclear y el equilibrio de poder, que dominaría la política internacional durante décadas tras el éxito de la primera prueba nuclear soviética en 1949. Vio con preocupación que un poder tal quedara en manos de intereses comerciales, e imaginó la mejor solución que se le ocurrió: una utopía de hombres justos, capaces de sacrificar incluso sus anteriores lealtades nacionales en aras de un bien superior, dentro de la más pura tradición castrense que tanto idolatraba.

Otro de los detalles que demuestran la complejidad del pensamiento político de Heinlein, queda patente en el hecho de que uno de los principales personajes secundarios (uno de los compañeros y amigos de Matt en la academía), es de raza negra, algo de lo que se nos informa de pasada a mitad novela (cuando ya ha habido ocasión de encariñarnos con los “héroes”), en un tiempo en el que la diversidad racial en la ciencia ficción era prácticamente inexistente (y mucho antes de que los movimientos por los derechos civiles hicieran de la cuestión un tema de debate). Para terminar, incluye también uno de los primeros ejemplos de teléfono móvil (que se queda sin cobertura).

Por desgracia, todo esto no basta para superar el que muestre el espacio con tal cotidianidad que lo deje huérfano de aventura. El que una novela de ciencia ficción no resulte entretenida, por muy rigurosa que sea, supone un fallo imperdonable (y una rareza si se trata de una obra de Heinlein, al que pocos le discuten la amenidad de sus propuestas).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en septiembre 14, 2018.

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