El granjero de las estrellas

En 1950 Robert Anson Heilein publicó su cuarta novela juvenil, “El granjero de las estrellas” (“Farmer in the sky”), que se convirtió en la más exitosa de todas, al cosechar en 2001 el premio retroHugo de 1951. El caso es que, incluso en su época, se la había considerado siempre una novela ejemplar sobre la exploración espacial, abordando el tema con una seriedad y un rigor que no desmerecían el de cualquier novela adulta de la época.

El punto de vista que asume la novela es el de Bill Lermer, un adolescente que vive junto a su padre viudo en una Tierra superpoblada. Cuando surge la oportunidad de postularse como colonos en Ganímedes, la luna de Júpiter, y tras un pequeño tira y afloja inicial, ambos se apuntan, junto con Molly, una mujer con la que George se casa en segundas nupcias (para disgusto de Bill), y su hija pequeña, Peggy. Así, tras un viaje un poco más accidentado de lo que hubiera sido de desear, los nuevos colonos llegan a su destino para descubrir que la realidad no es tan maravillosa como la compañía les había prometido.

En realidad, Ganímedes es un mundo prácticamente virgen, que no puede absorber el flujo de colonos que, pensando únicamente en su beneficio comercial, les manda la Compañía, así que se ven obligados a vivir en barracones prefabricados, en medio de un tiempo gélido, hasta que el comité de tierras pueda concederles una parcela que terminar de terraformar (sobre todo por lo que respecta a la generación del suelo). Todo ello somete a los nuevos colonos a tensiones con los precedentes. Tensiones a las que no es ajeno Bill, cuya única válvula de escape es la pertenencia al movimiento Scout (la novela fue serializada primero, en una versión ligeramente resumida, en su revista interna, Boys’ Life, bajo el título de “Satellite scout”).

Finalmente, para cuando obtienen su parcela y Bill puede empezar a trabajar, una catástrofe a nivel planetario somete a la incipiente colonia a tensiones tan graves que hacen pensar a muchos, Bill y George incluidos (sobre todo porque la pequeña Peggy no ha podido adaptarse a las condiciones del mundo), que lo mejor sería forzar a la compañía que los retorne a la Tierra. A la postre, sin embargo, se impone el espíritu emprendedor, con tal suerte que Bill y un amigo acaban realizando un descubrimiento asombroso (que supone el colofón de la novela, cuando en cualquier otra circunstancia bien hubiera podido ser el punto de partida, por lo que queda un tanto truncado).

En líneas generales, queda demostrado que para cuando escribió “El granjero de las estrellas” Heinlein ya dominaba el tono y estilo de sus juveniles, pues tras tres tomos imperfectos (incluyendo “Cadete del espacio“, una obra a la que se referencia de pasada), por fin ofrece un título a la altura del resto de su producción. Además, posiblemente sea la primera gran novela sobre terraformación de un mundo extraterrestre (el término había sido acuñado en 1942 por Jack Williamson en la novela corta “Órbita de colisión”), adelantándose en un año a “Las arenas de Marte“, de Arthur C. Clarke. Con su visión de ingeniero, además, Heinlein esquivó las enormes dificultades técnicas, inasumibles para la ciencia de su época, proponiendo soluciones vagas a los problemas más importantes, como una misteriosa “trampa de calor”, que crearía un efecto invernadero, alimentada por un sistema nuclear inespecífico que transmuta materia en energía (y que sirve igualmente para propulsar las grandes naves de colonización).

En realidad, lo que le interesa al autor es narrar una historia de aprendizaje y maduración en un contexto de frontera, idealizando la mística de la conquista del oeste, pero prescindiendo de sus características indeseables, como el fundamentalismo religioso de los colonos del Mayflower (nombre que adopta también la nave de transporte) o la mancha ética que supone el exterminio de los indígenas (algo que nos ahorramos en Ganímedes porque, aparentemente, se encuentra vacío). Por otra parte, Heinlein se cuida mucho de idealizar la aventura. Se trata de un empeño dificultoso, apto solo para hombres duros (y las mujeres capaces de apoyarlos… ya llegaremos a eso), y ni está exento de peligros, ni los protagonistas son ajenos a las dudas (el único inasequible a ellas es el personaje que ejerce más o menos el papel de mentor, tan habitual en la obra heinleniana, que es además un trasunto del folclórico Johnny Apleseed).

Es este realismo el que eleva la narración por encima de su objetivo original de servir de entretenimiento a los jóvenes (y de enseñar carácter a los scouts), y lo que sin duda pesó en la concesión del retroHugo (aparte del estatus del autor… una consideración que, a decir verdad, parece haber ido declinando con los años). La competencia aquel año, sin duda, es de relumbrón, pues entre el resto de nominados se cuentan títulos tan significativos como “Un guijarro en el cielo”, de Isaac Asimov (su primera novela, perteneciente a la serie del Imperio); el inicio de las Crónicas de Narnia con “El león, la bruja y el armario“, de C. S. Lewis; “Primer Hombre de la Lente”, de E. E. Doc Smith, la primera novela escrita ex profeso para la edición en formato de libro de la saga clásica de space opera; y “La Tierra Moribunda“, de Jack Vance, que dio nombre a todo un subgénero… casi nada.

No todo son, sin embargo, parabienes. Sobre todo al principio, cuando está intentando encontrar su ritmo, “El granjero de las estrellas” constituye un muestrario de las peores características de Heinlein, como sus personajes imposiblemente lógicos y eficientes (hasta el punto de resultar insoportables) o una misoginia tan patente e infantiloide que resulta casi paródica. Por fortuna, llega un momento en que al parecer el autor se olvida un poco de replicar el sexismo inherente a una organización como los Scouts, y deja también de poner en labios de sus personajes (principalmente George) discursos aleccionantes, y permite así que la novela respire. Es entonces cuando las vivencias de Bill en Ganímedes se erigen por fin en el foco de la narración, la historia gana en interés y, teniendo en cuenta su contexto histórico y lo innovador de sus planteamientos, se hace merecedora de la distinción que se le concedió (aunque es difícil defender a tope el galardón teniendo en cuenta la excelencia de la competencia).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en marzo 23, 2020.

Una respuesta to “El granjero de las estrellas”

  1. La has pintado muy bien.

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