Los Stone

Entre 1947 y 1958, Robert Anson Heinlein escribió 12 novelas de ciencia ficción dirigidas al público juvenil y editadas por Charles Scribner’s Sons. Estas novelas salían invariablemente cada navidad, empezando por “Rocket ship Galileo” y terminando con “Consigue un traje espacial: viajarás”. Esta prolongada colaboración fue un tira y afloja continuo entre autor y editores, pues la idea de Heinlein sobre qué temas eran adecuados para los adolescentes no siempre era compartirda por quienes ponían el dinero. De hecho, la relación se rompió por la negativa de estos a publicar la primera versión de “Tropas del espacio”, que posteriormente reescribiría para meter todo lo que se había dejado en el tintero y le reportaría su segundo Hugo (pero esto ya es cosa de la Hugolatría y ya habrá tiempo de analizarlo en su momento).

El caso es que la entrega de 1952 fue “The rolling Stones”, una obra que ha permanecido inédita en España hasta el año pasado, siendo publicada por la malhadada editorial El Andén (nació en 2007 con la intención de publicar 250 títulos al año y lo último que sé de ella es que se la comían las devoluciones… y desde hace meses silencio absoluto, con buena parte de su producción en la sección de saldos de las librerías). La novela, narra las peripecias de la familia Stone (padre, madre, abuela, hija-florero, gemelos adolescentes protagonistas y crío superdotado) a lo largo y ancho del Sistema Solar, viajando y viviendo en  la astronave “Rolling Stone”.

Los_stone

Podría ser una aventurilla instrascendente y caduca, pero es de Heinlein, y si algo sabía Robert Anson era contar historias con un ritmo perfecto. Además, su aproximación a la literatura juvenil, como ya he apuntado, era muy peculiar. No le tenía miedo a tratar temas polémicos (como por ejemplo el derecho constitucional a llevar armas) o a presentar mujeres aparentemente liberadas (no sé hasta qué punto transgredía las convenciones sociales de su época, pero las tres generaciones de mujeres Stone se nos muestran desde la fuerte y aventurera abuela Hazel, hasta la apocada y neutra hija Meade (encargada por decreto de la cocina, aun siendo teóricamente mejor navegante que sus hermanos pequeños), pasando por la doctora Stone, a medio camino entre la independencia de carácter y la subordinación a su menos brillante esposo.

En fin, dejando de lado la idiosincrasia de la época y del propio Heinlein, hay algo que sorprende en una novela de ciencia ficción de 1952, y es lo increíblemente actual que resulta (algo que ya había tenido ocasión de comprobar, por ejemplo, con “Puerta al verano”, de 1957). El autor sabe plegarse a las imposiciones científicas (sobre todo en cuestión de órbitas y efectos gravitatorios) sin explicitar demasiado y centrándose en los personajes y en constantes del comportamiento humano como la política y el comercio. Así nos ofrece un producto que hoy en día todavía puede leerse casi con la misma frescura que hace más de medio siglo. Lo único que desentona (y lo hace de un modo pintoresco), es el perenne uso de las reglas de cálculo por parte de todo el mundo. Echando la vista atrás, parece incongruente que alguien como Heinlein, que dota a su astronave de algo muy parecido a una computadora de navegación, no fuera capaz de anticipar la aparición de algún tipo de ayuda mecánica para calcular, pero hay que tener en cuenta que en la época concebir a un ingeniero sin su regla de cálculo era como privar a un pintor de sus pinceles o a un médico de su estetoscopio.

Desde un punto de vista ideológico, “Los Stone” es una buena muestra del punto de vista ultraindividualista de Heinlein. La novela presenta dos mensajes complementarios. Por un lado, la idea de que todo hombre (o mujer) que se precie debe ser capaz de sacarse las castañas del fuego en cualquier situación (con ayuda de su familia o, todo lo más, con buena camaradería entre iguales). La excesiva injerencia en la vida privada de instituciones y poderes públicos no es ni aceptable ni deseable. Por otro lado, es una invitación a la expansión de horizontes, a empujar los límites de la experiencia humana hasta los confines del Sistema Solar y más allá (cabe resaltar que aún faltaban cinco años para el inicio oficial de la carrera espacial).

La historia, pues, narra la búsqueda romántica de la frontera, el lugar donde un hombre (o una familia) emprendor puede labrar su propio destino. Los Stone abandonan la Luna cuando la presión social se hace demasiado intensa y en su periplo van adentrándose en lo ignoto, visitando Marte, luego el cinturón de asteroides y, finalmente, planeando la visita a las lunas de los gigantes gaseosos, concibiendo el espacio exterior como el hábitat natural de la vanguardia de la humanidad.

The_Rolling_Stones

Todo muy bonito, aunque, por supuesto, con truco, pues los Stone no son ni mucho menos una familia normal. Quien más, quien menos, es un superdotado (el benjamín de cuatro añitos es un experto ajedrecista, quizás incluso con poderes telepáticos). Así es muy sencillo abogar por una ideología individualista. Siendo los mejores, no tienen nada que perder y mucho que ganar soltando lazos (y renunciando, como por ejemplo hace Hazel con su pensión, a los beneficios de una civilización preocupada por distribuir los beneficios sociales). El espacio de Heinlein está abarrotado de pobres diablos que no han sido capaces de estar a la altura de este sueño de independencia, pero aparecen en segundo o incluso tercer plano, donde no molestan, pues las luces del escenario iluminan sólo a los vencedores, que son, casualmente, nuestros protagonistas (con quienes se busca la identificación del lector).

Lecturas ideológicas aparte, “Los Stone” es una novela ligera que se lee con agrado y facilidad. No desentona para nada con la producción más reciente e incluso se permite un par de pullas contra la típica basurilla ciencia ficcionera de todos los tiempos (primero el padre y luego la abuela consiguen dinero a base de escribir sin aparente esfuerzo guiones inverosímiles para un serial de ese tenor) e incluso hacia compañeros de viaje (en plan amistoso), pues hay un párrafo que se me antoja como referido directamente a Isaac Asimov y a su propia serie juvenil de ciencia ficción, la de Lucky Starr (iniciada en 1952), cuya entrega de 1953 sería “Lucky Starr y los piratas de los asteroides” (esta serie ha envejecido sin duda mucho peor, pues Asimov se centra más en la ciencia y menos en las relaciones entre personajes).

Para fanáticos de Heinlein: no aparecen gatos, pero sí unos seres que parecen la síntesis de sus mejores virtudes, los marcianos gatolisos (protagonistas del último tercio de la novela e inspiración para un famosísimo episodio de Star Trek), y Hazel Stone (de soltera Meade) es un personaje recurrente, que desempeña pequeños papeles en “La Luna es una cruel amante” y “El número de la bestia” y no tan pequeño en “El gato que atravesaba las paredes”.

Otros libros del mismo autor reseñados en Rescepto:

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~ por Sergio en junio 26, 2009.

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