La Luna es una cruel amante

Está calentita en las librerías la última novela (aunque cosechó otras tres nominaciones) de Robert Anson Heinlein ganadora de un Hugo (segunda edición de La Factoría de Ideas). Ya traté en la Hugolatría la primera, “Estrella doble“, así que es un buen momento para volver sobre el autor, con una de sus obras más políticas (lo cual, siendo quien es, ya es mucho decir).

En la superficie, “La Luna es una cruel amante” (“The moon is a harsh mistress”, 1966) narra la incubación, desarrollo y conclusión de una rebelión colonial. La Luna, utilizada durante casi un siglo como penitenciaria (al estilo de Australia), está llegando a una situación límite, con los descendientes de los primeros internos, que ya no pueden volver a la Tierra tras años de aclimatación a la gravedad lunar, en una especie de limbo legislativo, exprimidos por las exigencias terrestres (de productos agrícolas y materia prima).

TheMoonIsAHarshMistress

La historia fue serializada entre 1965 y 1966 en la revista If, recibiendo una nominación a los Hugo ese último año (perdió frente al doble impacto de “Dune” y “Tú, el inmortal“). Posteriormente, la edición en formato libro fue nominada en 1967 (la reglamentación permite estas cosas) y se alzó con el triunfo, por delante de las dos novelas que le arrebataron el Nebula de 1966 (siendo así la única obra que ha perdido el mismo año en los dos grandes premios ante sendas parejas), “Babel-17” de Samuel R. Delany y la extraordinaria “Flores para Algernon” de Daniel Keyes.

Si existe un Heinlein puro y duro, seguramente sea éste. Tenemos todas sus señas de identidad: defensa a ultranza de liberalismo libertario (preponderancia de la libertad individual sobre cualquier tipo de gobierno estatal), sociedad de frontera, ruptura de las convenciones sexuales, triunvirato protagonista (chico-heinlein, chica-heinlein, viejo-heinlein) y, por supuesto, personajes tan, tan listos y capaces que se salen con la suya sin sufrir demasiados percances.

Mannie Davis es el protagonista principal, un típico chico-heinlein; buen tipo, trabajador, capaz, aunque políticamente ingenuo e inicialmente pasivo. Debido a un accidente laboral, acaba trabajando como programador, poniéndose así en situación de ser el primer ser humano en descubrir que HOLMES IV, el superordenador que controla todos los aspectos funcionales de la Luna ha crecido tanto que ha adquirido auto-conciencia. Al contrario de lo que suele ser la norma, se trata de un supercomputador bastante amigable, y pronto Mannie lo está llamando Mike (por Mycroft Holmes, el hermano más listo de Sherlock) y accediendo a ser sus ojos y oídos, por ejemplo en una reunión clandestina de agitadores.

Luna_cruel_amante

La policía colonial irrumpe en el mitin y Mannie se encuentra fugitivo en compañía de una escultural rubia llamada Wyoh, que posee toda la iniciativa que a él le falta (por cierto, es la chica-Heinlein, es decir, una mujer de fuerte carácter e independiente, así como sexualmente liberada, pero que acaba ineludiblemente supeditada como compañera del chico-heinlein). Ellos dos, junto con el orador invitado de la velada, el profesor Bernardo de la Paz (sí, el viejo-heinlein o, más exactamente, el alter ego del propio Robert Anson, un pensador infalible que se encarga de enserñarle las verdades de la vida al joven-heinlein y impulsar, encauzar y controlar el despertar de su conciencia política), forman el núcleo de la rebelión lunar, cuyo estratega jefe es Mike, bajo la identidad creada de Adam Selene.

La novela es a partes iguales panfleto político (más de un cuarto del total de páginas está destinado a verter las ides de Bernardo de la Paz (Heinlein), sentando cátedra de un modo que puede llegar a ser cargante, y novela de intriga, muy similar a muchas obras de espías propias de la Guerra Fría, aunque con el añadido del superordenador y sus capacidades (que, a decir verdad, constituye una de las escasas ocasiones en que el autor se quedo excesiamente corto con sus especulaciones, pero ¿quién hubiera podido prever a mediados de los 60 hasta dónde avanzaría la informática?). También constituye una oportunidad de aplicar ingeniería social, creando una sociedad de frontera, donde el peligro aguarda literalmente al otro lado de la pared y donde el individuo es la base de las relaciones (su prestigio, fundamentado en su honradez, capacidad, acciones y conocimientos, constituye su principal activo). No existen apenas crímenes, las disputas se resuelven cara a cara o, en casos muy especiales, acudiendo de mutuo acuerdo al arbitrio de personalidades de prestigio reconocido, y las muertes tan sólo se castigan con la obligación de asumir las responsabilidades que hubiera tenido el finado… durante toda su vida, por lo que es demasiado oneroso para que nadie incurra en tal comportamiento. Vamos, que no es la típica utopía en las formas, pero en el fondo sigue siendo igual de irrealizable (el mismo Heinlein es consciente de esto, apuntando a que sólo es posible debido a la limitado de la población, y anticipando que la Luna caerá en el futuro en los vicios de la burocracia). Personalmente, no creo que funcionara ni siquiera en los términos propuestos.

Moonisaharshmistress

Entre las peculiaridades de la sociedad lunar, destaca la concepción de la familia. La proporción de hombres y mujeres, debido a la colonización forzosa, es desigual. Al principio era de 10:1, aunque en el tiempo de la novela se ha estabilizado en un más aceptable 2:1. Como resultado, se han tenido que adoptar soluciones inadmisibles en la Tierra, como la poliandria generalizada, o incluso más exóticas, como la adoptada por la familia Davis (la de Mannie), que es un matrimonio lineal, en el que periódicamente los esposos aceptan a nuevos miembros más jóvenes, asegurando la continuidad de la familia (los hijos son de todos, así como la propiedad, y existe cierta jerarquía desde los integrantes más antiguos del matrimonio múltiple a los más nuevos, aunque legalmente cada miembro está casado con todos los demás).

Por último, la revolución posee ecos de la guerra de independecia colonial de Estados Unidos (la victoria se obtiene un 4 de julio), pero también de la revuelta bolchevique (extremo apoyado por la influencia lingüística de inmigrantes rusos). Estableciendo una especie de ambigüedad política que pretende distanciarse de todos los regímenes previos. Llega incluso al extremo de mofarse de la democracia, como forma de gobierno de la masa, tomada en un sentido despectivo, algo que choca con la defensa de la libertad individual (al parecer, sólo funciona el invento cuando los individuos son todos sin excepción inteligentes y honrados, los mismos que, misteriosamente, al juntarse se vuelven cazurros inconscientes).

Dejando de lado la faceta política (todo lo que es posible, claro), me temo que la obra no ha envejecido nada bien, algo inusual en una novela de Heinlein. Al centrar su trama en un superordenador tal y como podía ser concebido en 1965 (justo ese año fue enunciada la ley de Moore que, incluso ateniéndonos a su forma más limitada de 1975, según la cual la capacidad de acumular transistores por unidad de superficie se duplica cada dos años, implica que en estos cuarenta y cuatro años los ordenadores se han hecho 4.194.304 veces más potentes), el resto de especulaciones, bastante plausibles, quedan en un segundo plano. Tampoco ayuda el exceso de adoctrinamiento (no se trata de verdadero diálogo cuando un personaje se pasa todo el rato estableciendo sin posibilidad de discusión cómo son las cosas, algo así como una versión manipuladora de la dialéctica socrática de Platón), que conlleva un ritmo entrecortado, muy lento en ocasiones y fugaz en otras.

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Así pues, desde la distancia, no parece uno de los premiados más memorables (sin duda, “Flores para Algernon” es infinitamente superior). Se trata a primera vista de la típica victoria obtenida a base de prestigio personal, aunque también es posible que el tiempo pasado impida apreciar en su justa medida la importancia de su lectura política. Desde ese punto de vista, que podríamos llamar de sociedad-ficción, es un ejemplo interesante que no se limita a copiar alguna estructura preexistente (lo clásico era trasladar al espacio sociedades de carácter feudal), sino que se aventura a proponer una organización propia, con su apoyo ideológico al completo (otra cosa es que traguemos esa visión ultraliberal, que camufla un feroz darvinismo social, sólo apto para los triunfadores).

Personalmente, me decanto por el remake que en 1992 escribió el sucesor oficial de Heinlein. Me refiero a “Playa de acero” de John Varley, una historia que toma muchos de los temas de “La Luna es una cruel amante” (incluyendo el ordenador central con ínfulas revolucionarias, aunque por motivos distintos) y los actualiza a un universo post-ciberpunk, mucho menos politizado (y al mismo tiempo más anárquico), que incluso cuenta con su propio grupúsculo seguidor de las ideas del maestro (los heinlenitas).

Otras opiniones:

Otros libros del mismo autor reseñados en Rescepto:

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~ por Sergio en octubre 15, 2009.

4 comentarios to “La Luna es una cruel amante”

  1. Muy interesante tu reseña.
    Con Heinlein siempre me pregunto si soy la única a la que sus novelas le dan ganas de buscar su tumba, desenterrar su cadaver y darle unas tortas. Me irrita de tal manera (sobre todo Forastero en tierra extraña), que creo que es malo para mi salud. No sé por qué sigo insistiendo…

  2. Heinlein es muy polarizante, y sus ideas son… en fin, muy suyas. Sin embargo también es alguien que te atrapa con su prosa, aun en aquellos párrafos que tienes que leer negando con la cabeza. Es curioso porque no es el mejor literato (tampoco, ni de lejos, el peor). Tal vez sea la convicción con que escribe, que impregna de fuerza sus frases. Quizás porque fue uno de los primeros autores de ciencia ficción consciente de la idoneidad del medio para transmitir un mensaje, y por su buena predisposición a hacer uso de este conocimiento.

  3. Hombre, creo que es la primera vez que encuentro alguien a quien “Forastero en tierra extraña” le irrita tanto como a mí.

    Y me gusta Heinlein (por los motivos que apunta Sefio, entre otros, y también por su sentido del humor). Pero la que es considerada su obra capital siempre me ha resultado falsa de arriba a abajo y me chirría en cada página. No consigo creerme la historia que me cuenta. Y siempre he tenido la sensación de que ni el propio Heinlein se la creía.

    Aunque Charles Manson, al parecer, sí que se la creía.

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