Estrella doble

Ya iba siendo hora de comentar en la Hugolatría alguna de las novelas ganadoras de Heinlein. Después de todo, es con cuatro premios el autor más galardonado (empatado con Lois McMaster Bujold, aunque el retrohugo de 1951 podría servir de desempate) y también el más nominado, con 11 menciones (incluyendo las que se alzaron con el triunfo). “Estrella doble” fue una de sus primeras novelas no juveniles, siendo la única reseñable anterior “Amos de títeres” de 1951 (publicada originalmente en España bajo el título “Titán invade la Tierra”).

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La diferencia estriba sobre todo en la fuerte carga política de la historia, que apoya, cómo no, el mensaje ideológico. Separar las novelas de Heinlein de la ideología de Heinlein es tarea imposible, sobre todo porque, al contrario que otros autores, era muy consciente de la idoneidad del género para transmitir ideas de carácter filosófico y político, y muchas de sus novelas están concebidas como vehículo de un determinado ideario. La antes mencionada “Amos de títeres”, por ejemplo, constituye un aviso contra la insidiosa infiltración de agentes comunistas en suelo americano y un alegato a utilizar cualquier medio necesario para erradicar el peligro. “Estrella doble” no se libra de esta ambigüedad moral, de esta filosofía de “el fin justifica todos los medios”.

La historia nos la narra en primera persona el actor Lawrence Smythe, que responde al nombre artístico de “El Gran Lorenzo”, quien es contratado en un momento particularmente bajo y casi a la fuerza para interpretar el papel de su vida. Lorenzo deberá actuar de doble de John Joseph Bonforte, candidato del Partido Expansionista a Ministro Supremo de la Gran Asamblea, el principal órgano político del Sistema Solar, que ha sido secuestrado por sus opositores (y dado que Bonforte es el líder de la oposición, cabe suponer que éstos se cuentan en el bando del gobierno saliente). El problema reside en que, aun siendo parecidos físicamente, las convicciones de Smythe y Bonforte difieren en varios aspectos fundamentales, empezando por el empeño del político en otorgar plena representación en la Gran Asamblea a los marcianos (oriundos, no colonos, constituyen una civilización extraterrestre con poco poder industrial o militar, pero gran riqueza cultural).

A lo largo de la novela, Smythe cambia radicalmente de postura por varios motivos. Por un lado está la inmersión total en el papel que le ha sido adjudicado, que le lleva a asumir como propias las ideas de Bonforte (hasta el punto de poder reescribir sus discursos tal y como el mismo Bonforte lo hubiera hecho). Por otro, Lorenzo se ve sometido a un auténtico lavado de cerebro ideológico, incluyendo tácticas como el condicionamiento hipnótico (para vencer su asco hacia los marcianos), extorsión emocional, sometimiento a situaciones de estrés físico extremo y bombardo continuo (también al lector) de la ideología de la Coalición Expansionista. Se trata de una evolución poco habitual en el género en este momento de su desarrollo, que resulta tanto más cercana por cuanto es contada en primera persona. Sin embargo, pierde buena parte de su interés por cuanto es una evolución forzada, ya no sólo dentro del contexto de la novela, sino por imperativo de la trama.

Double_star

La historia entra en terrenos incluso más pantanosos desde una perspectiva moral cuando descubrimos que Bonforte no va a estar nunca en condiciones de retomar su puesto al frente del partido y Smythe se convierte en su doble a perpetuidad, accediendo (él y todos cuantos están al tanto de la sustitución, lo cual incluye altos cargos del estado) a lo que sólo puede calificarse como fraude electoral en aras de la victoria (y, se presupone, del bien último para la humanidad). De un plumazo, por tanto, Heinlein niega el valor de la pluralidad de ideas y apoya sin concesiones un ideario que se basa en la exaltación del individuo como sujeto responsable y libre, con mínima injerencia de cualquier poder centralizado y, paradójicamente, apoyo a la diversidad y a la integración (en otras palabras, una ideología de frontera, similar a la defendida en “Los Stone“). También resulta paradójico que la defensa de la libertad individual se cobre como víctima la individualidad de Smythe, cuya personalidad acaba asimilada y anulada por la de Bonforte.

Por último, un lector habitual del autor podrá distinguir sin problemas los tres prototipos heinlenitas: el joven-Heinlein, un chaval repleto de ideas e ilusión pero un tanto ingenuo, que debe ser guiado por…, el viejo-Heinlein, un ideólogo refunfuñón y ultraindividualista que alecciona sobre las verdades de la vida al joven-Heinlein y la chica-Heinlein, aparentemente fuerte e independiente, pero en el fondo no es sino el apoyo/premio del joven-Heinlein (a menudo cumpliendo una función poco más que erótica). Cabe matizar, sin embargo, que dado que aún no había alcanzado su madurez como escritor, estos prototipos no están delineados del todo y no responden exactamente a la descripción (que se ajusta más bien a su producción de los años 60).

La novela, como suele ser habitual en Heinlein, no ha envejecido demasiado mal, al menos dede un punto de vista de actualidad (o ranciedad). Sin embargo, una historia que en 1956 pudo parecer excepcional hoy en día no pasa de aventurilla bastante simplona (entretenida, eso sí; la satisfacción lectora es algo con lo que siempre se puede contar al recurrir a Heinlein… siempre que no molesten demasiado sus ramalazos ideológicos). De hecho, 1955 fue un año nada malo para la ciencia ficción, pues se publicaron obras como “Las estrellas mi destino” de Alfred Bester (bueno, había ganado en 1953, tal vez hubiera sido demasiado apresurado), “El fin de la eternidad” de Isaac Asimov (considerada por muchos como una de sus mejores novelas y una de las mejores aportaciones al subgénero de viajes en el tiempo) o “Marciano, vete a casa” de Fredric Brown (la respuesta humorística a la oleada de invasiones extraterrestres propiciadas por la guerra fría). Tal vez el premio obedeciera a que “Estrella doble”, con su vertiente política, representaba una mayor divergencia del modelo típico de la Edad de Oro, que justo por entonces estaba dando sus últimos coletazos (debido al cierre de revistas, pues sólo en 1955 cayeron Planet Stories, Startling Stories, Thrilling Wonder Stories y Beyond, aunque cabe resaltar que “Estrella doble” se publicó originalmente serializada en Astounding Science Fiction, revista que aún sigue en activo bajo el nombre de Analog, siendo por tanto la más antigua revista de género que está todavía en circulación, al remontarse su historia a enero de 1930).

Intriga_estelar

En cuanto a su legado, “Estrella doble” ha inspirado al menos dos obras. Por un lado, la película de 1993 “Dave, presidente por un día”, en la que Kevin Klein es un actor reclutado para hacerse pasar por el presidente de los EE.UU. que ha sufrido un embarazoso accidente vascular. Por otro, el remake no oficial de John Varley, “El globo de oro”, publicado en 1998, que traslada la historia a su universo de “Los Ocho Mundos” y construye en torno a la figura del actor itinerante una historia de mucha mayor ambición y calado que, en mi opinión, demuestra que un discípulo puede superar al maestro (Varley, como veremos en otra entrega de la Hugolatría, es todo un especialista en los remakes de las obras de Heinlein).

Como curiosidad, la primera edición de las cuatro que tiene en nuestro idioma (pueden consultarse los detalles en esta página), fue en 1967 en la colección Nebulae de Edhasa y, al igual que pasó con “Amos de títeres”, le cambió el título a “Intriga estelar” (suponiendo, quizás, que el público español no estaba lo bastante metido en astronomía para pillar el doble sentido del original y que convenía algo más impactante).

Lo que han opinado otros:

Otros libros del mismo autor reseñados en Rescepto:

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~ por Sergio en julio 2, 2009.

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