Las 100 vidas de Lazarus Long (Los hijos de Matusalén)

Aunque en su forma definitiva “Methuselah’s children” fue publicada en 1958, sus orígenes cabe situarlos en 1941, justo al principio de la carrera literaria de Heinlein (que se inició en 1939), cuando la primera versión fue serializada en Astounding Science Fiction. Como tal, es uno de los primeros grandes hitos de la Edad de Oro, integrada en la ficticia “Historia del Futuro”, delineada a través de cuentos y novelas durante los períodos 1939-1941 y 1945-1950, con unas pocas novelas escritas mucho después (La “Historia del Futuro” fue candidata al Hugo especial a la mejor serie de ciencia ficicón jamás escrita, otorgado de forma excepcional en 1966, que acabó llevándose la de la Fundación de Isaac Asimov).

La novela, por tanto, presenta detalles, organizaciones y desarrollos comunes con una parte significativa de la ficción heinleniana, destacando por su especial relevancia el protagonismo del personaje por excelencia de Heinlein, el ultraindividualista y longevo Lazarus Long.

Aparte de Lazarus, “Los hijos de Matusalén” presenta a las Familias de Howard, una institución eugénica, nacida a partir del testamento de un ricachón que murió por vejez prematura a mediados del siglo XIX y que impuso a sus albaceas la obligación de trabajar por aumentar las expectativas de vida humanas. ¿El método? Promover las uniones entre personas cuyos cuatro abuelos siguieran vivos y con buena salud bien pasada la esperanza de vida media.

A medida que este programa de crianza va dando sus frutos, los longevos descendientes de las primeras generaciones idean la Mascarada, una forma de ocultar su antinatural edad a sus convecinos, fingiendo muertes y creando nuevas identidades en lugares lejanos. Para 2125, sin embargo, con unos 100.000 miembros de las familias de Howard, esto se ha vuelto imposible, y los síndicos (representantes) de las familias se preparan para revelar su presencia al mundo, considerando que la sociedad ha avanzado lo suficiente para aceptarlos.

Nada más lejos de la realidad. Una crisis política (de raíces casi existenciales) desencadena una caza de brujas que deja como única salida la huida. Ahí entra en escena Lazarus Long, tomando sin que nadie se lo pida las riendas y “liderando” el éxodo hacia las estrellas, a bordo de una astronave convenientemente construida con las especificaciones adecuadas para tal fin y haciendo uso de un nuevo sistema de propulsión igualmente disponible por puro azar en el momento y lugar apropiados.

A partir de este punto, la novela asume la forma de un space opera (aunque mostrando una preocupación por las peculiaridades del espacio-tiempo einsteniano nada propia de la época, que lo emparenta con la ciencia ficción hard), llevando a los exiliados a sendos planetas en donde se encuentran con formas de vida inteligentes, aparentemente benignas en un principio, pero que en cada caso suponen una amenaza no tanto física como espiritual para los seres humanos. A la postre, Lazarus considera ignominioso haber huido con el rabo entre las piernas y propone regresar a la Tierra, armados con el excepcional conocimiento adquirido durante el viaje, para exigir su readmisión en la cultura humana.

Hasta aquí llega la reseña, que no se diferencia esencialmente de muchas de las ficciones de la época, salvo quizás en su especial atención a los componentes social y científico. De ahora en adelante entraré a fondo en la crítica (en todas las acepciones de la palabra), sin preocuparme de spoilers. Quedan avisados.

Seré directo: Lazarus Long es uno de los personajes más moralmente repulsivos con los que me he tropezado jamás.

En 1972 Norman Spinrad ya denunciaría mediante su novela “El sueño de hierro” los desarrollos como el descrito, muy comunes en la ciencia ficción de la Edad de Oro, como fantasías fascistoides (véase el artículo “El emperador de todas las cosas“), pero lo cierto es que Lazarus Long alcanza un nivel aún más bajo de inmoralidad, pues ni siquiera puede escudarse en el afán de poder o en algún objetivo último honorable. Básicamente, su única motivación consiste en seguir haciendo lo que le salga de debajo de la falda escocesa, en defensa de su sacrosanta libertad individual, sin importarle quién pueda hayarse en su camino.

En general, los personajes de Heinlein están cortados por un patrón muy similar: autosuficientes, preternaturalmente capacitados para desempeñar cualquier actividad u oficio, opuestos a toda autoridad externa y con las ideas tan, tan claras (e indiscutiblemente ciertas) que no cabe que cualquier otro personaje o desarrollo las altere en lo más mínimo. Por fortuna, en general se dedican a sus cosas sin erigirse en el papel de “salvadores” (salvo en las novelas de contenido más político, como “Estrella doble” o “La luna es una cruel amante“). En “Los hijos de Matusalén” (lo de “Las 100 vidas de Lazarus Long” es una edición posterior, que rescata un título en principio asignado a la posterior “Tiempo para amar”, en cuya cabecera hubiera cuadrado mucho mejor), Lazarus Long toma unilateralmente decisiones que afectan a 100.000 personas; no sólo sin consultarlas, sino admitiendo que tal consulta sería contraproducente, pues lo que se necesita es una mano firme que sepa lo que hay que hacer.

La contradicción es evidente: Para extender al máximo su libertad individual, Lazarus Long debe restringir la de todos los demás. Y lo hace sin dudarlo, alumbrado por una seguridad mesiánica en el discernimiento de lo que es bueno y lo que es malo. Después, eso sí, se desentiende de cualqueir tipo de responsabilidad, defendiendo que cada cual es muy libre de obrar como crea conveniente… hasta que se cruce de nuevo en su camino.

La auténtica trampa de la novela reside en la forma en que presenta la actuación de Lazarus como inevitable. Fuerza las situaciones, maximiza los peligros e ignora las equivocaciones para dar la impresión de que el protagonista es un héroe reluctante, un Cincinato futurista que se ve obligado a cargar sobre sus espaldas con el destino de los desvalidos. El maquillaje adquiere tintes grotescos en momentos como la evacuación forzosa de los 100.000 integrantes de las familias de Howard, con su posterior hacinamiento y sometimiento a fuerzas de hasta 3G, ¡sin que se produzca un solo accidente, no digamos ya una baja! (¿Por qué 100.000? Para la importancia que tiene el número bien hubieran podido ser 10.000 y la magnitud de la muchedumbre hace implausible en grado sumo los movimientos de masas y la existencia misma de una astronave de exploración diseñada para albergar y sustentar el equivalente a una ciudad de tamaño medio).

Resulta evidente la identificación de Heinlein con Lazarus. No es algo nuevo. En casi todas sus novelas nos encontramos con un alter ego, encargado de transmitir las enseñanzas políticas y filosóficas del autor. En “Las 100 vidas de Lazarus Long”, sin embargo, va un paso más allá, transformándose en una idealización fantasiosa de sí mismo (llega al punto de poner al almirante de la astronave, elegido por supuesto a dedo, el nombre del capitán del último navío donde sirvió), un héroe que traiciona los mismos principios que afirma defender sin el más mínimo rubor.

El cinismo llega al punto de mostrar sendas sociedades utópicas (alienígenas y pastoriles), a las que acaba encontrando (imaginando si lo consideramos desde la perspectiva dell autor) pegas que “demuestran” inequivocamente que Lazarus tiene razón y todos los demás son unos borregos. En la segunda, en particular, el pecado consiste ni más ni menos que en la renuncia a la sacrosanta individualidad (en forma de entidades grupales), mostrada con las peores connotaciones imaginables (conduce a la molicie, la pérdida de objetivos y, en suma, a la deshumanización). Como anécdota, aquí sí se da la opción de elegir, teniendo lugar una votación que, en realidad, sólo conlleva soltar lastre y reabsorber a los pocos disidentes “salvables”.

Heinlein es un gran narrador. Así pues, no es de extrañar que su mensaje cuele, especialmente cuando es tan cercano a las fantasías que cualquiera de nosotros puede llegar a albergar. No por ello, sin embargo, resulta menos moralmente reprobable (si acaso más, por presentarlo bajo ropajes respetables). En toda la novela apenas media docena de personajes toma decisiones por todos los demás, y nadie las toma por Lazarus, que ya cuenta él con su chulería y su desintegrador para asegurarse que su derecho divino (más bien de primogenitura, pues es el más viejo, aunque no aparente otra edad que la que el propio Heinlein tenía por entonces) a la libertad se respeta.

Vale, no hay problema, existe gente así (no tan capaz, desde luego, pero sí igual de creídas), pero ¿y las consecuencias? El que sean todas positivas es el dato definitivo para descubrir la manipulación. Sinceramente, me asombra leer por internet lo maravilloso que es el personaje. ¡Atención, no es un “entrañable bribón”, es un hijo de puta de tomo y lomo! Quizás molara mucho ser él, ¿pero encontrarse con él? No hay nada como no tener dudas, pero esto sólo es posible desde la absoluta ceguera moral, el fanatismo y la soberbia intelectual más cerril.

No sé si las implicaciones morales de la historia han influido en mi apreciación general de la novela, de modo que no he querido exponerla hasta haber ofrecido tanto la sinopsis como la crítica. Lo haré ahora, con todas las cartas sobre la mesa.

“Las 100 vidas de Lazarus Long” es una novela primeriza, con cierta tendencia al deus ex machina y la coincidencia asombrosa (o inexplicable con postulados lógicos) que hace avanzar la acción. Fue reescrita, sin embargo, tras casi dos décadas de oficio, y eso se nota. Para ser de la época que es, resulta sorprendentemente moderna, y salvo por detalles insignificantes bien podría pasar por escrita mucho después (a esto contribuye tanto el rechazo a la sociedad típica de su época como la especulación científica que no se dirige tanto a mecanismos concretos como a principios teóricos expresados con tanta vaguedad como le resulta posible).

Para concluir, me resulta imposible determinar de primera mano su importancia dentro del corpus heinleniano, dado que apenas he leído una pequeña porción de su “Historia del futuro”. Lazarus Long pasaría, eso sí, a ser un personaje recurrente, con protagonismo total en “Tiempo para amar” y secundario en otras tres novelas.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

Aunque en su forma definitiva “Methuselah’s children” fue publicada en 1958, sus orígenes cabe situarlos en 1941, justo al principio de la carrera literaria de Heinlein (que se inició en 1939), cuando la primera versión fue serializada en Astounding Science Fiction. Como tal, es uno de los primeros grandes hitos de la Edad de Oro, integrada en la ficticia “Historia del Futuro”, delineada a través de cuentos y novelas durante los períodos 1939-1941 y 1945-1950, con unas pocas novelas escritas mucho después (La “Historia del Futuro” fue candidata al Hugo especial a la mejor serie de ciencia ficicón jamás escrita, otorgado de forma excepcional en 1966, que acabó llevándose la de la Fundación de Isaac Asimov).La novela, por tanto, presenta detalles, organizaciones y desarrollos comunes con una parte significativa de la ficción heinleniana, destacando por su especial relevancia el protagonismo del personaje por excelencia de Heinlein, el ultraindividualista y longevo Lazarus Long.Aparte de Lazarus, “Los hijos de Matusalén” presenta a las Familias Howard, una institución eugénica, nacida a partir del testamento de un ricachón que murió por vejez prematura a mediados del siglo XIX y que impuso a sus albaceas la obligación de trabajar por aumentar las expectativas de vida humanas. ¿El método? Promover las uniones entre personas cuyos cuatro abuelos siguieran vivos y con buena salud bien pasada la esperanza de vida media.A medida que este programa de crianza va dando sus frutos, los longevos descendientes de las primeras generaciones idean la Mascarada, una forma de ocultar su antinatural edad a sus convecinos, fingiendo muertes y creando nuevas identidades en lugares lejanos. Para 2125, sin embargo, con unos 100.000 miembros de las familias Howard, esto se ha vuelto imposible, y los síndicos (representantes) de las familias se preparan para revelar su presencia al mundo, considerando que la sociedad ha avanzado lo suficiente para aceptarlos.Nada más lejos de la realidad. Una crisis política (de raíces casi existenciales) desencadena una caza de brujas que deja como única salida la huida. Ahí entra en escena Lazarus Long, tomando sin que nadie se lo pida las riendas y “liderando” el éxodo hacia las estrellas, a bordo de una astronave convenientemente construida con las especificaciones adecuadas para tal fin y haciendo uso de un nuevo sistema de propulsión igualmente disponible por puro azar en el momento y lugar apropiados.A partir de este punto, la novela asume la forma de un space opera (aunque mostrando una preocupación por las peculiaridades del espacio-tiempo einsteniano nada propia de la época, que lo emparenta con la ciencia ficción hard), llevando a los exiliados a sendos planetas en donde se encuentran con formas de vida inteligentes, aparentemente benignas en un principio, pero que en cada caso suponen una amenaza no tanto física como espiritual para los seres humanos. A la postre, Lazarus considera ignominioso haber huido con el rabo entre las piernas y propone regresar a la Tierra, armados con el excepcional conocimiento adquirido durante el viaje, para exigir su readmisión en la cultura humana.Hasta aquí llega la reseña, que no se diferencia esencialmente de muchas de las ficciones de la época, salvo quizás en su especial atención a los componentes social y científico. De ahora en adelante entraré a fondo en la crítica (en todas las acepciones de la palabra), sin preocuparme de spoilers. Quedan avisados.

Seré directo: Lazarus Long es uno de los personajes más moralmente repulsivos con los que me he tropezado jamás.

En 1972 Norman Spinrad ya denunciaría mediante su novela “El sueño de hierro” los desarrollos como el descrito, muy comunes en la ciencia ficción de la Edad de Oro, como fantasías fascistoides (véase el artículo “El emperador de todas las cosas”), pero lo cierto es que Lazarus Long alcanza un nivel aún más bajo de inmoralidad, pues ni siquiera puede escudarse en el afán de poder o en algún objetivo último honorable. Básicamente, su única motivación consiste en seguir haciendo lo que le salga de debajo de la falda escocesa, en defensa de su sacrosanta libertad individual, sin importarle quién pueda hayarse en su camino.

En general, los personajes de Heinlein están cortados por un patrón muy similar: autosuficientes, preternaturalmente capacitados para desempeñar cualquier actividad u oficio, opuestos a toda autoridad externa y con las ideas tan, tan claras (e indiscutiblemente ciertas) que no cabe que cualquier otro personaje o desarrollo las altere en lo más mínimo. Por fortuna, en general se dedican a sus cosas sin erigirse en el papel de “salvadores” (salvo en las novelas de contenido más político, como “Estrella doble” o “La luna es una cruel amante”). En “Los hijos de Matusalén” (lo de “Las 100 vidas de Lazarus Long” es una edición posterior, que rescata un título en principio asignado a la posterior “Tiempo para amar”, en cuya cabecera hubiera cuadrado mucho mejor), Lazarus Long toma unilateralmente decisiones que afectan a 100.000 personas; no sólo sin consultarlas, sino admitiendo que tal consulta sería contraproducente, pues lo que se necesita es una mano firme que sepa lo que hay que hacer.

En el mismo momento en que

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~ por Sergio en julio 9, 2010.

4 comentarios to “Las 100 vidas de Lazarus Long (Los hijos de Matusalén)”

  1. Saludos. Muy interesante tu análisis. Discrepo contigo en varias cosas muy básicas. Aunque es cierto que el personaje tiene a veces un cierto tufillo casi fascistoide, el atacarlo por tomar decisiones que afectan a cientos de miles de personas sin preguntarles es un argumento flojo. Todo político de tres al curto hace eso, y si, les votan, pero seamos realistas, hay miles de decisiones que toman somre miles de personas que nunca son consultadas sobre ellas.

    Lazarus Long es hijo de puta, es cierto, y a él le encantaría que le llamases así, si existiese. Es un tipo que se echa a la espalda la responsabilidad del futuro de esos cientos de miles de borregos. El libro es extraordinariamente individualista, si, ¿y eso es malo? ¿Cuál es la alternativa?, ¿poner de acuerdo a varios millones para que voten sobre todo un plan de escape?.
    Lo hermoso de LL es eso, que le importa un pito lo que digan de él, sabe qué es lo correcto y lo hace. Punto pelota. Eso me encató, y lo releo con frecuencia desdce que lo descubrí hace más de 30 años.

    De nuevo gracias por tu post.

    Antonio

  2. De nada, Antonio.

    No es tanto que decida sobre miles de personas, sino la tremenda hipocresía de hacerlo en base a la defensa de su libertad individual. Un cargo electo, mal que nos pese, es un cargo electo. Lazarus actúa como un dictador y, además, se desinhibe de las consecuencias de sus actos.

    De todas formas, no es tanto el personaje lo que resulta éticamente reprobable (que también), sino la novela en sí misma. La forma en que enmascara su naturaleza y lo pretende presentar como un héroe reluctante (ya lo comento en la reseña, todo esta diseñado para dotarlo de infalibilidad absoluta, lo cual ayuda a aceptarlo). La trama constituye una manipulación constante para dejar como única opción que Lazarus decida. Se trata de una filosofía que sólo se sostendría si alguien pudiera saber en todo momento qué es lo correcto (o lo necesario), sin posibilidad de equivocación.

    No es así. Eso es un mera idalización o, en otras palabras, una fantasía identificativa: Cómo molaría tener siempre razón y obrar siempre en consecuencia. Otra variante del Emperador de Todas las cosas, aunque desde luego moralmente es menos ambigua.

    Por supuesto, todo ello no quita que sea entretenido.

  3. Hola, como estás? quería saber si sabes, por favor, de alguna reedición en plan majo de la novela de “Las 100 vidas de Lazarus Long” ya que solo encontré la edición del 78 y quedá muy antigua y con letra muy pequeña. Gracias. Un saludo. :-)

    • Hola. Desde entonces ha habido tres reediciones, aunque ya bastante antiguas y tampoco ninguna maravilla, todas ellas integradas en ediciones de la “Historia del futuro”. En 1981 la editó Acervo (volumen 2), en la que posiblemente sea la mejor edición (en dos formatos, tapa dura y rústica). En 1986, se editó en Argentina (editorial Hyspamérica) y España (Orbis), ambas en los respectivos tomos 4 de la Historia del Futuro. No son buenas ediciones, pero la traducción es de Domingo Santos.

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