La bestia estelar

Por lo común, leer a Heinlein, aun cuando suele resultar gratificante desde un punto de vista estético, suele ponerme de mala leche por la ideología de fondo. Hay momentos, sin embargo, en que pocos textos pueden ser más adecuados que una (semi)inofensiva novela juvenil de Robert Anson, como por ejemplo “La bestia estelar ” (“The star beast”), serializada entre mayo y julio de 1954 en The Magazine de Fantasy and Science Fiction y compilada ese mismo año como la octava entrega de la serie de obras juveniles del autor publicadas por Scribner’s entre 1947 y 1958 (en 1959 rechazaron publicar la primera versión de “Tropas del espacio” y la relación se interrumpió en la docenita).

Los protagonistas principales de la obra son John Thomas Stuart XI y su mascota, el alienígena de ocho patas, tres ojos, dos cerebros y el tamaño de un mastodonte, Lummox. Tras una existencia pacífica que se remonta a tres generaciones de John Thomas (desde que el abuelo del actual recogió a un simpático animalito durante el transcurso de una misión espacial pionera), la bestia grandullona (pero con muy buen carácter) se mete en graves problemas a raíz de una escapadita para merendarse las rosas de la vecina que acaba desencadenando un impremeditado caos en la cercana población de Westville. Denunciada por particulares y autoridades municipales, Lummox se encuentra de pronto para congoja de su joven propietario en peligro de ser sacrificada por su potencial peligrosidad, sin que los capitostes del Departamento de Asuntos Espaciales parezcan tomarse demasiado interés en amnistiarla.

Hasta cierto punto es comprensible. Sergei Greenberg y su jefe, Henry Kiku, tienen problemas más graves. Una astronave perteneciente a una hasta el momento desconocida especie, los Hroshii, acaba de situarse en órbita de la Tierra (capital de una gran federación de sistemas solares), reclamando la devolución de una de su pueblo, presuntamente raptada por terrestres. Lo peor es que el tradcutor medusiano deja caer, como quien no quiere la cosa, que esa simple nave podría disponer de suficiente capacidad destructiva para aniquilar a la especie humana de no atender a sus demandas (sí, da toda la impresión de que los guionistas de “Men in Black” guardaban buenos recuerdos de sus lecturas de infancia).

En esencia, “La bestia estelar” constituye una hiperbólica fantasía de niño-con-mascota (aunque, con diecisiete años, John Thomas ya está un poco talludito para el papel). Lummox es a ese respecto la mascota definitiva. ¿Qué mejor que un dinosaurio indestructible, pavoroso para los desconocidos pero dócil y obediente, que además es capaz de hablar (al nivel de un niño de cuatro años)? Asumiendo el auténtico protagonismo de la novela, sus literales procesos mentales, así como la despreocupación que le otorga su superioridad física lo conducen al panteón de los alienígenas memorables (y el doctor Ftaeml, el mediador medusiano, no le va demasiado a la zaga).

No puede decirse lo mismo, sin embargo, de los actores humanos. Por una vez, Heinlein prescinde de sus habituales personajes hipercapaces, que igual valen para freir un huevo que para reparar un reactor nuclear con una pinza de pelo o escribir un tratado de derecho internacional. John Thomas Stuart XI es un niñato, su novia Betty una marisabidilla insoportable, su madre una parodia de ineficiencia sobreprotectora… y así con casi todos. No es una tendencia arbitraria, sino que resulta fundamental dentro del subtexto de la novela. Por desgracia, los hábitos cuestan de quitar, así que casi todos ellos se comportan exactamente como si fueran tan perfectos como cualquier personaje heinlenita asume (en general con razón) ser. La combinación resulta… poco convincente.

Ahora bien, ¿por qué precisan de falibilidad?

El caso es que “La bestia estelar” es un alegato contra la xenofobia, que en esa Tierra del siglo XXII no ha sido erradicada, sino que apenas ha cambiado de objetivo. Ya lo comenta el keniata Henry Kiku: con tanto alienígena raro a mano, las diferencias entre fenotipos humanos devienen en irrelevantes (el propio Kiku, aún reconociendo que en un pasado no tan lejano él mismo hubiera podido sufrir discriminación racial, debe combatir con hipnosis la antipatía irracional que despiertan en él los apéndices craneales del doctor Ftaeml).

Así pues, tras la excusa de mantener el bienestar y la seguridad pública, las autoridades judiciales no tienen reparos en declarar a Lummox como animal no sapiente, sujeto por tanto a la posibilidad de sacrificio. Tarea que el jefe de policía local está más que dispuesto a llevar a término… aun saltándose unos cuantos procedimientos sobre la marcha (aunque lo cierto es que la invulnerabilidad de Lummox, aun dando ocasión a ramalazos de humor, le quita cierto dramatismo al asunto). En cuanto a los esfuerzos diplomáticos, no deja de percibirse en todo momento la doblez de los dignatarios, más preocupados en ocasiones de las apariencias que de otra cosa (con la supeditación de casi cualquier principio a la consecución de sus objetivos; sin que ello implique que éstos sean en sí mismos reprobables).

A la postre, Heinlein da un vuelco irónico a la trama (bastante previsible, cabría matizar; no se puede decir que la sutileza constituya una de sus virtudes), trastocando posiciones y situando a cada cual en su sitio. Eso sí, tal vez un enamoramiento excesivo de los personajes le impida llegar al nivel de mordacidad que alcanzarían con posterioridad autores como Haldeman o Aldiss. Al fin y al cabo, John Thomas y Betty son un chico y una chica-Heinlein (por no hablar de que supuestamente el lector debe identificarse con ellos, así que no conviene cargar demasiado las tintas sobre ellos).

Como anticipaba, una lectura sencilla, amena e inofensiva (apenas se cuelan un par de párrafos de ideología heinlenita, defendiendo la pertinencia, en ocasiones especiales, de obviar la democracia y actuar sin más).

Dentro de la bibliografía del autor, se percibe ya un interés por ir incluyendo temas de mayor calado en su ficción (aquí, por ejemplo, la caracterización de qué tipo de inteligencia es suficiente para otorgar a su poseedor plenos derechos humanos… con la xenofobia inherente al hombre nublando su juicio en un tema tan delicado). El tono es, todavía, más cómico que trascendente, tomando el asunto con cierta ligereza (tanto en planteamiento como en conclusiones), pero se pueden detectar ya las semillas de una ambición mayor (la que le llevaría apenas cinco años más tarde a romper definitivamente con su etapa como escritor juvenil).

En las ediciones de Nebulae (1955 y 1962), se omite un breve capítulo (el XIII original,  “Complicaciones”), restaurado para la de Martínez Roca (1981) y la de Edisan (1987) (con el texto tomado en préstamo de la anterior).

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

About these ads

~ por Sergio en diciembre 18, 2011.

Una respuesta to “La bestia estelar”

  1. [...] En esencia, “La bestia estelar” constituye una hiperbólica fantasía de niño-con-mascota (aunque, con diecisiete años, John Thomas ya está un poco talludito para el papel). Lummox es a ese respecto la mascota definitiva. ¿Qué mejor que un dinosaurio indestructible, pavoroso para los desconocidos pero dócil y obediente, que además es capaz de hablar (al nivel de un niño de cuatro años)? Asumiendo el auténtico protagonismo de la novela, sus literales procesos mentales, así como la despreocupación que le otorga su superioridad física lo conducen al panteón de los alienígenas memorables (y el doctor Ftaeml, el mediador medusiano, no le va demasiado a la zaga). (rescepto indablog) [...]

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 78 seguidores

%d personas les gusta esto: