La desagradable profesión de Jonathan Hoag

Robert A. Heinlein irrumpió en la ciencia ficción en 1939, a la relativamente tardía edad de treinta y dos años. Gracias a la calidad de su ficción, muy por encima del estándar incluso de la Edad de Oro (no digamos ya del pulp anterior a la revolución campbelliana), pronto fue reconocido como uno de los más importantes escritores del género, cuando no directamente el principal, posición que se mantendría indisputada durante décadas (con el tiempo, por popularidad y volumen de producción, pasaría a ser considerado uno de los tres grandes, con Isaac Asimov y Arthur C. Clarke, aunque siempre se le reconoció una prosa más depurada).

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Su primera etapa, hasta 1959, estuvo caracterizada por sus novelas juveniles (doce, entre 1947 y 1958) y por una importante producción breve para las revistas del género (y alguna que otra generalista), con la particularidad que a partir de entonces abandonó en la práctica el formato para centrarse en la novela. Buena parte de estos relatos (veintitrés, entre cuentos y alguna novela corta, a los que se sumarían con posterioridad las novelas “Los hijos de Matusalén“, “Tiempo para amar” y “Viaje más allá del crepúsculo”) forman parte de un ciclo, bautizado como “Historia del futuro”, que se inscriben en una narración coherente que abarca desde mediados el siglo XX hasta principios del XXIII.

Sus textos, sin embargo, no se limitaban a esbozar paso a paso esta panorámica del futuro de la humanidad. De hecho, ni siquiera se limitaron a la ciencia ficción, y prueba de ello la encontramos en “La desagradable profesión de Jonathan Hoag” (“The unpleasant profession of Jonathan Hoag”, también publicada como “6 x H”), una antología de 1959 que recopilaba seis textos, presentados originalmente desde 1941 a 1959, y que adoptaba como título global el de la novela corta que ocupa más de la mitad de las páginas y abre el volumen.

“La desagradable profesión de Jonathan Hoag” (la novela corta) fue publicada originalmente en 1942 en Unknown, y se abre con el susodicho personaje tratando de averiguar a qué dedica sus días, información que no está registrada en lugar alguno de su memoria. Tras una infructuosa visita a un médico, acaba contratando a un matrimonio de detectives, Ted y Cynthia Randall, que son quienes asumen el auténtico protagonismo. El caso, que de buenas a primeras no puede parecer más simple, no tarda en discurrir por siniestros derroteros, a medida que entran en acción fuerzas sobrenaturales que amenazan la vida de la pareja.

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La historia va derivando del planteamiento realista hacia la fantasía y con posterioridad el terror, aunque el racionalismo extremo de Heinlein no le permite conjurar una atmósfera verdaderamente ominosa. Los ingredientes están ahí, pero no se le nota cómodo con los mecanismos del género, que al parecer no le resultan tan naturales como los de la ciencia ficción. En particular, desentonan las reacciones de Ted ante los acontecimientos, que se antojan a menudo un artificio burdo para dosificar las revelaciones.

El director Alex Proyas consiguió hace un año financiación para adaptar esta historia al cine, aunque desde entonces apenas se han tenido noticias del proyecto. No pueden dejar de notarse los paralelismos entre la historia de Jonathan Hoag y su película de 1998 “Dark City” (lo que hace abrigar la esperanza de que lo de la adaptación de “Yo, robot” fuera un tropezón por injerencia excesiva del estudio).

El componente fantástico de la siguiente historia, “El hombre que vendía elefantes” (“The man who traveled in elephants”) es sutil, se podría argumentar que inexistente (lo que no impidió que se publicara originalmente en 1957 en la revista Saturn, dedicada por entonces a la ciencia ficción). Al igual que con “La desagradable profesión de Jonathan Hoag”, una pareja constituye el núcleo de la narración, aunque en este caso nos encontramos con el hombre, ya viudo, perpetuando la ficción de ser un viajante de comercio un tanto especial que había iniciado con su esposa tras la jubilación. El relato es bastante previsible, pero ello no impidió que fuera uno de los favoritos del propio Heinlein (¿Quizás por estar dedicado a su tercera y definitiva esposa, Virginia?

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A continuación llega uno de los textos más famosos del autor, “Todos vosotros zombies…” (“—all you zombies—”), publicado originalmente ese mismo 1959 en Fantasy & Science Fiction (también es, de largo, el más veces traducido al español de la antología). Es un cuento bastante breve del que cuanto menos se diga, mejor. Tan sólo apuntar que supone una vuelta de tuerca sobre el tema de las paradojas temporales… y luego otra y otra más. Imprescindible.

Mucho más flojo resulta “Ellos” (“They”, 1941, Unknown), aunque reconozco que es posible que los años hayan erosionado cualquier potencial de asombro que hubiera podido atesorar. Al igual que todos los anteriores, versa sobre la percepción subjetiva de la realidad e incluso sobre la naturaleza misma de ésta (los temas que luego obsesionarían a Dick).  El cuento presenta al paciente de un psiquiátrico afectado de cierta paranoia solipsista que… en fin, si no averiguas el giro final a las dos páginas es que acabas de adentrarte en el género fantástico.

“Nuestra hermosa ciudad” (“Our fair city”) desentona un poco por varios motivos. Para empezar, es de 1949, con lo que queda un poco en tierra de nadie, además es decididamente fantástico (fue publicado originalmente en Weird Tales) y no menos decididamente político (inspirado quizás por las no demasiado agradables experiencias en ese campo de Heinlein en los años 30, cuando llegó a ser candidato a la Asamblea Estatal de California… por los demócratas, su giro hacia la derecha se verificó a partir de finales de los 40). La historia trata sobre un torbellino viviente llamado Gatita y la campaña que a su alrededor orquesta un periodista en contra de las corruptas fuerzas públicas de la ciudad.

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La recopilación se cierra con “…y construyó una casa torcida” “—and he built a crooked house—”, la más cienciaficcionera de todas las historias del volumen, que narra el empeño de un arquitecto californiano por construir una casa tetradimensional, con la forma de un teseracto (un hipercubo de cuatro dimensiones). Su aproximación inicial consiste en construirlo desplegado, pero entonces el terreno sufre un pequeño terremoto y… 

El cuento, publicado originalmente en Astounding Science Fiction a principios de 1941, explica a la perfección el porqué de la fama de Heinlein. Su formación como ingeniero le permitía transmitir conceptos científicos (matemáticos en este caso) con una perspectiva muy práctica, (relativamente) fácil de aprehender. Sus personajes, además, huían del acartonamiento típico del género. ¡Incluso incluía mujeres! (eso sí, por entonces distaban de los fuertes personajes femeninos que luego serían una de sus marcas características).

“La desagradable profesión de Jonathan Hoag” es un volumen que permite echar un vistazo a una porción de la obra de Robert A. Heinlein que ha quedado un tanto eclipsada, tanto por la fama de las novelas posteriores como por la Historia del Futuro. Además de permitirnos contemplar un registro diferente, constituye un vistazo a esas narraciones de sus primeros años que sacudieron la comunidad de aficionados a la ciencia ficción (hasta el punto que ya en 1941 fue el invitado de honor de la tercera Worldcon), con el aditamento de dos cuentos tardíos muy especiales.

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Por las debilidades descritas, tal vez la novela corta que le da título no sea de lo mejor de su producción, pero no deja de tener su interés, entre otras razones porque en ella (así como en otros textos de la antología) se pueden rastrear la semilla del concepto del Mundo como Mito que terminaría exponiendo en “El número de la bestia” (1980). No es precisamente la problemática sobre la naturaleza de la realidad lo primero en lo que se suele pensar al mencionar a Heinlein, pero he aquí la prueba de que sus inquietudes iban más allá de la polémica filosofía ética y política con la que se le asocia.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en mayo 19, 2013.

Una respuesta to “La desagradable profesión de Jonathan Hoag”

  1. […] dar un lavado de cara a clásicos de la fantasía urbana como Los que pecan, de Fritz Leiber, o La desagradable profesión de Jonathan Hoag, de Robert A. Heinlein, poseído por el espíritu del foro macgufo de forocoches y adaptándolos a […]

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