Consigue un traje espacial, viajarás

En 1958 Heinlein publicó su duodécima y, aunque por entonces aún no lo sabía, última novela juvenil para Scribner. Al año siguiente, las desavenencias entre autor y editor suscitadas a raíz del borrador de “Tropas del espacio”, pusieron de manifiesto las tensiones entre la necesidad de Heinlein por llevar su obra a otro nivel y el conservadurismo exigido por la orientación de la colección, y se rompió una exitosa relación de más de una década.

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Lamentablemente, no se puede decir que “Consigue un traje espacial, viajarás” (“Have space suit — will travel”) constituya una de sus aportaciones más logradas. La novela narra las peripecias de Kip Russell, un chaval de diecisiete o dieciocho años (a punto de entrar en la universidad) obsesionado por viajar a la Luna. Tras participar (muy metódicamente) en un concurso de eslóganes publicitarios, logra hacerse con un traje espacial de segunda mano, al que bautiza como Óscar mientras lo restaura con cuidado.

La noche de la prueba final, la radio del traje, sintonizada en la frecuencia de emergencia espacial, capta una llamada de socorro, a la que responde confuso para encontrarse, de forma bastante confusa, raptado a bordo de una especie de platillo volante, en compañía de Piwi (Peewee en el original) una precoz niña de once años. Así, casi sin comerlo ni beberlo, acaba viajando a nuestro satélite, aunque sea como prisionero de un par de maleantes y una horrible criatura alienígena a la que bautiza como Caragusano, cuyas intenciones no parecen ser muy buenas para con la Tierra y sus habitantes.

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Del lado de los niños se encuentra otro alienígena, la Cosa Madre, cuyo intento de salvamente desesperado por parte de Piwi ha propiciado todo. A la postre, Kip (con Óscar) y Piwi tendrán que ingeniárselas para escapar de Caragusano y sus secuaces, liberando en el proceso a la Cosa Madre, sin saber que al final del camino les aguarda un proceso trascendental, en el que estará en juego no sólo su propia vida, sino la propia subsistencia de la humanidad.

Antes de emitir la valoración definitiva conviene contextualizar un poco.

En 1958 se acababa de dar el pistoletazo de salida a la carrera espacial, con el lanzamiento del Sputnik en octubre de 1957 (aunque la intención de hacerlo se había anunciado en 1955). Unas semanas después el lanzamiento del Vanguard estadounidense fue un fracaso estrepitoso, que se subsanó en enero de 1958 con el lanzamiento del Explorer I por parte del equipo de Wernher von Braun en Cabo Cañaveral. El primer hombre en el espacio (y, por tanto, el primer traje espacial operativo) no llegó hasta 1961, con Yuri Gagarin, seguido tres semanas después por Alan Shepard como culminación del proyecto Mercury, que se había anunciado en diciembre de 1958.

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En otras palabras, cuando Heinlein publicó su novela lo de los trajes espaciales distaba mucho de ser la (relativa) obviedad que nos parece hoy en día.

La faceta de ingeniería de la obra deriva de la información publicada en artículos de divulgación de Wernher von Braun y Willy Ley, así como de las propias experiencias de Heinlein durante la Segunda Guerra Mundial, cuando se vio involucrado en el diseño de trajes de vuelo a altitudes extremas para el ejército. Los segmentos más interesantes de la novela, de hecho, giran en torno al acondicionamiento de Óscar y a un par de paseos espaciales, el primero de ellos sobre la superficie de la Luna y el segundo en un planeta un poco más lejano. Una buena muestra de su buena vista como ingeniero reside en que, salvando el errorcillo ocasional aquí o allá, sesenta y cinco años después no chirrían en absoluto (aunque tampoco invocan el mismo pasmo maravillado que cuando el hombre no había alcanzado todavía el espacio).

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Por desgracia, la historia que entrelaza estos episodios resulta… chapucera cuanto menos. Estas deficiencias narrativas se suelen disculpar por su carácter juvenil o por la fecha de redacción, pero el propio Heinlein había demostrado en años anteriores que las limitaciones suponían sólo retos, no obstáculos insalvables, y para 1958 la ciencia ficción empezaba a estar bastante madura. La impresión que produce es que la historia en sí no le interesaba demasiado, bien fuera por considerarla un mero soporte para sus ideas de ingeniería, bien por haber intentado algo que no le salió muy bien.

Porque lo cierto es que, cambiando un poco los personajes y el estilo, la novela bien la hubiera podido escribir otro de los grandes nombres de la época, Arthur C. Clarke, a quien el tono humanista de la historia le cuadraba mucho mejor que a Heinlein (lo intenta, pero le pueden sus ramalazos individualistas; la última persona más o menos decente a la que querrías representando a la humanidad sería a un personaje heinlenita). En “Consigue un traje espacial, viajarás”, la subtrama más o menos trascendental queda forzada, e incluso el elogio de la exploración espacial incipiente (los protagonistas viajan cada vez más lejos, primero a la Luna, luego a Plutón, de ahí a Vega y, por último, a la Nube Magallánica Menor) se ve curiosamente desprovisto de emoción.

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Era, quizás, una historia que requería de unas habilidades diferentes a las que exhibía Heinlein (por no hablar de la faceta polémica que nunca puede faltar en sus obras, en esta ocasión a cuenta de la relación proto-romántica entre Kip, un chaval de en torno a los dieciocho años y Piwi, una niña de once… tan sólo un año después de que el autor vadeara por las mismas aguas fangosas con su novela “Puerta al verano”).

“Consigue un traje espacial, viajarás” fue serializada originalmente entre agosto y octubre en The Magazine of Fantasy & Science Fiction, y prueba del impacto que tuvo en su época (o de la popularidad de Heinlein), se hizo con una nominación a los premios Hugo en 1959 (una añada muy floja, que coronó a “Un caso de conciencia”, de James Blish).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en agosto 28, 2014.

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