Bill, héroe galáctico

Existe cierta tendencia a minusvalorar la literatura con intencionalidad cómica. Esta actitud presenta particular predicamento entre los aficionados a la ciencia ficción, por eso de “procurar que la gente se tome el género en serio”. Lo que muchas veces se les escapa a los críticos es que, en ocasiones, la comedia puede ser terriblemente seria.

Tomemos por caso “Bill, héroe galáctico”, de Harry Harrison. Su fama, así como la mayor parte de las portadas que la han anunciado a lo largo de los años (tanto aquí como en su país de origen), se han preocupado por resaltar la cualidad paródica de su humor. La historia del joven granjero, reclutado y entrenado para una causa mayor que él mismo, que tras múltiples peripecias consigue escapar de las garras de la muerte, salvar el mundo (cuanto menos) y alcanzar la gloria, resulta un blanco demasiado fácil para lanzar contra él dardos de afilada ironía. El que la ciencia ficción, desde los tiempos del pulp, tenga cierta predilección por recorrer de tanto en tanto la “senda del Elegido” a través de la glorificación bélica, no hace sino volver más dulce el caramelo.

Tanto exceso heroico tenía que conducir indefectiblemente a la autoparodia, y qué mejor momento para ello que mediada la década de los 60, cuando los modelos tradicionales estaban poniéndose en entredicho y empezaba a surgir el movimiento reaccionario de la New Wave (un antecedente muy evidente de héroe a la vieja usanza ridiculizado lo podemos encontrar en “Los oscuros años luz“, publicada por Brian Aldiss en 1964, mientras que una deconstrucción más sutil, enlazada directamente con el fascismo, fue “El sueño de hierro“, publicada por Norman Spinrad en 1972). ¿Y qué mejor punto de partida que la última gran novela de hazañas bélicas espaciales, “Tropas del espacio”, de Robert A. Heinlein, ganadora del premio Hugo en 1960?

El Imperio está en guerra contra los malditos chíngers, los pelotones de reclutamiento rastrillan los mundos coloniales a la búsqueda de carne fresca con la que alimentar el fuego de la guerra, los sargentos de acero inoxidable aguardan dispuestos a forjar a fuego y golpes de martillo a los futuros soldados y debido a la continua sangría de bajas nunca faltan puestos que cubrir en primera línea de batalla. Es un trabajo duro, pero claro, con un poco de suerte puedes sobrevivir lo suficiente para ir ascendiendo en el escalafón, y quizás tu valentía te haga acreedor del gran honor de ser condecorado por el emperador en persona, allá en el hiperurbanizado mundo capital (un Trantor cualquiera).

Las décadas de explotación del manual de la perfecta space opera habían producido suficientes clichés y suficientes escenarios y situaciones ridículas como para alimentar no una, sino varias parodias. Sin embargo, cuando Harry Harrison se embarcó en la narración de las (des)venturas de Bill no se limitó a dejarse llevar, sino que centró también sus miras en objetivos más sustanciosos.

En 1965, año de publicación de la novela, los Estados Unidos dieron inicio a la fase terrestre de su participación en la guerra de Vietnam (no más cabezas de puente, ni comandos de instrucción para las tropas aliadas, sino despliegue de miles de soldados y campaña de conquista de territorio). La opinión pública, por aquel entonces, se posicionaba mayoritariamente a favor de esta mayor implicación militar. En marzo se enviaron 3.500 marines, para diciembre ya había 200.000 soldados estadounidenses en territorio vietnamita.

Por supuesto, es dudoso que Harry Harrison, en una etapa tan temprana del conflicto, pudiera prever el desastroso desenlace de la invasión y las cicatrices que dejaría en la conciencia colectiva del país. Sin embargo, algo sí era capaz de percibir: veía la sucia realidad detrás de la máscara de triunfalismo idealista… y la plasmó sin medias tintas en “Bill, héroe galáctico”.

Aquí es donde interviene la vertiente satírica de la novela. Mientras que la parodia es una mera imitación burlesca, la sátira utiliza el humor para ridiculizar personas, instituciones o ideas. En el caso que nos ocupa, los objetivos no menudean. Por un lado, por supuesto, está el concepto mismo de la guerra como una actividad gloriosa, pero son sobre todo las instituciones las que peor paradas salen: el ejército no es ese mecanismo perfectamente engrasado que nos quieren hacer tragar, la burocracia es una pesadilla que crea más problemas de los que resuelve y los símbolos son pura propaganda hueca.

Lo más demoledor de la novela es que, pese a su clara intencionalidad burlesca, nunca se permite caer el los excesos paródicos de, pongamos por ejemplo, la saga de Mundodisco de Terry Pratchett (con un propósito similar, orientado hacia el campo de la fantasía). Las vivencias de Bill son extremas (por lo ridículo, pintoresco y en ocasiones escatológico), pero en modo alguno cruza la línea de lo incoherente, según las reglas y esquemas propios de las obras que toma como base (muchas de ellas, cabe mencionarlo, escritas por veteranos de la Segunda Guerra Mundial, un conflicto con unas implicaciones morales muy diferentes).

“Bill, héroe galáctico” es pues una novela antipropagandística, que emplea el humor como salvoconducto para pillar a su objetivo con la guardia baja. Posee, además, una aplicabilidad más amplia que un discurso meramente antibelicista. La novela invita a dirigir una mirada cínica a cualquier intento de manipulación a través de la exaltación de valores que tanto pueden ser castrenses como nacionalistas, raciales o políticos. Bill, que al principio de la historia es una chavalote simplón, acaba aprendiendo por las malas, y al concluir la misma ya es un curtido veterano de vuelta de todo, cuya máxima ambición es sacar la tajada que pueda de lo que la vida ponga a su alcance por error.

Bueno, ése tendría que haber sido el final.

La llamada del dinero acabó cruzándose en su camino y a instancias de sus agentes Harry Harrison acabó recuperando el personaje para una serie de novelitas (todas, incluyendo esta original son muy breves) que ya se encargarían otros de escribir (en honor de la verdad, se ocupó de la primera, “Bill, héroe galáctico, en el planeta de los esclavos robots”, aunque en el resto se limitó a poner el nombre y recoger el cheque). Así pues, entre 1989 y 1992 se publicaron otras cinco entregas de las aventuras de Bill, que por lo que se desprende de los comentarios van de lo prescindible a lo insultante (ejemplos de parodia que acaba asimilándose a aquello que pretende ridiculizar, sin una pizca de sátira por ninguna parte).

Otras opiniones:

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~ por Sergio en febrero 7, 2011.

Una respuesta to “Bill, héroe galáctico”

  1. Que buenos ratos pasé con Bill. Especialmente con la primera, como bien dices.

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