A través de un billón de años

Robert Silverberg irrumpió como un ciclón en el campo de la ciencia ficción en 1955. Durante sus primeros años, su trabajo se caracterizó sobre todo por su descomunal volumen. Escribía 250.000 palabras al mes, lo que le permitía producir decenas de relatos y varias novelas al año (solo en 1958, bajo diversos seudónimos, publicó siete novelas y ochenta relatos). En 1959, redujo su producción de género, pero no bajó en modo alguno el ritmo, pues se dedicó con igual productividad a la no ficción y a la novela erótica (de las que llegó a publicar más de doscientas).

A pesar de que había recibido un premio Hugo al nuevo autor más prometedor en 1956 (una categoría que no volvería a repetirse, aunque cabe mencionar que derrotó a Frank Herbert y Harlan Ellison), no creo que entrados los sesenta nadie esperara mucho de él (aunque Frederick Pohl, en calidad de editor, le abrió las puertas de las revistas de categoría superior). Sin embargo, al igual que ocurrió con John Brunner, la irrupción de nuevas ideas, el aumento de las exigencias literarias y el desarrollo de la New Wave parecieron obrar un milagro, porque de repente la calidad de sus novelas (que seguía produciendo a un ritmo inalcanzable para otros autores) experimentó un salto de calidad brutal.

Entre 1967 y 1972 hubo unos cinco años en que Silverberg pareció tocado por la mano de Dios, publicando obra maestra tras obra maestra. Este período comenzó más o menos con “Espinas” (sus primeras nominaciones al Hugo y el Nebula de novela) y se cerró con “Muero por dentro“. Entre medias, una veintena larga de novelas, que se cuentan en general entre lo mejor ya no solo de la New Wave, sino de la ciencia ficción en general.

Digo en general, porque como es lógico incluso en medio de esa racha increíble tenemos altibajos, y claro, los bajos destacan de forma especial en una compañía tan excelsa. Tal vez ese sea el motivo por el que no suele prestársele mucha atención a uno de esos Silverberg menores: “A través de un billón de años” (“Across a billion years”, 1969).

La historia, ambientada en el 2375, es narrada por Tom Rice, un joven arqueólogo embarcado en una expedición multiespecífica para explorar un yacimiento de los Superiores en el lejano e insignificante planeta Higby V. Los superiores son una raza antiquísima, que se expandió por la galaxia mil millones de años atrás (el billón americano) y cuyos restos se han datado por un período de más de doscientos cincuenta millones de años, hasta desaparecer sin dejar rastro.

El género escogido por Silverberg para narrar esto es el epistolar, con Tom grabando cubos de mensaje para beneficio de su hermana melliza, Lorie, una telépata inválida que forma parte del sistema TP universal (un método de comunicación instantánea… aunque cara). Esta elección narrativa es prácticamente lo único que sitúa la novela dentro de la New Wave, porque por lo demás es un historia bastante clásica, que de hecho parece sacada directamente de la Edad de Oro.

Más específicamente, el modelo es calcado del empleado por Heinlein en sus juveniles, aunque luego, por supuesto, existen importantes diferencias ideológicas. Así, en la novela de Silverberg no hay ningún sabio mentor que guíe el desarrollo moral del joven, sino que debe aprender básicamente a golpes; y esa misma independencia moral cabe tal vez aplicarla a la relación entre los Superiores y las razas hermanas de la terrestre.

Hablando de estas, Silverberg se esfuerza por presentarnos varios alienígenas más o menos integrados en el equipo, aunque podemos percibir claramente en Tom cierta xenofobia inicial (uno de los defectos que necesita pulir), nacida más de prejuicios tontos que de una auténtica mala fe. Esta actitud se hace extensible a la androide del grupo (en realidad, un ente biológico artificial), que forma parte de la única minoría racial que aún está sujeta a discriminación en la Tierra.

En general, se advierte una perspectiva optimista acerca de la evolución social de la humanidad, con las antiguas fronteras expandiéndose para abarcar cada vez una mayor diversidad, aunque en los límites siguen produciéndose conflictos que reflejan los prejuicios actuales (ya superados para entonces). Lo que no parece haber avanzado demasiado son determinadas actitudes machistas, tan tan patentes que por poco consiguen hacer zozobrar la novela a mitad camino. Entiendo que las actitudes de Tom lo convierten en imperfecto por diseño (si no, ¿cómo podría madurar?), pero creo que Silverberg, en su afán por hacerlo inexperto en el plano sexual/afectivo, se pasa de la raya y lo hace fundamentalmente odioso (hasta el punto que la subtrama romántica queda totalmente comprometida).

En el plano de las ideas, tampoco es que haya nada realmente novedoso. Es la típica historia de descubrimiento de antiguas reliquias (extrañamente funcionales, incluso tras todo el tiempo transcurrido), que ya exploró por ejemplo Heinlein en “El granjero de las estrellas“. Si acaso, Silverberg logra dotar a la expedición arqueológica de un aura de veracidad, nacida sin duda de que ese tema, el de los descubrimientos arqueológicos, es uno de los más repetidos entre sus libros de no ficción.

Juega con conceptos tales como las tramas burocráticas, los funcionarios desagradables, los problemas de financiación (y dilapidación de fondos), los egos profesionales… los pequeños conflictos que jalonan cualquier empresa humana (o, como se ve aquí, también alienígena). Nada, sin embargo, resulta excesivamente serio, y los problemas van solucionándose casi antes de aparecer, dejándonos con una historia que, para fundamentarse en la maravilla del descubrimiento (con el salto de mil millones de años para aumentar el asombro), resulta excesivamente formulaica.

La novela funciona, sí, y se lee con facilidad, pero no hay nada en ella que resulte memorable. Tal vez sea una historia que concibió, o incluso comenzó a escribir unos años antes, pero sea como sea queda por debajo del nivel medio de su ficción en esa etapa. Lo que sí es perceptible es cómo algunos de los temas que toca son esbozos de ideas que desarrollaría poco después en todo su esplendor en obras muy superiores. Por ejemplo, los androides (y la religión) en “La torre de cristal” (1970) o la telepatía en “Muero por dentro” (1972).

Otra cuestión que no puedo dejar de mencionar son los sorprendentes paralelismos que existen entre “A través de un billón de años” y “Pórtico“, de Frederick Pohl (1977). Tantos, de hecho, que no puede ser una coincidencia. Podría casi considerarse la novela de Silverberg como un primer boceto imperfecto de lo que luego fructificaría como la saga de los Heechee.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en noviembre 27, 2020.

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