La torre de cristal

De un tiempo a esta parte existe una clara tendencia a la hipertrofia en la literatura fantástica, más acusada quizás en la fantasía, pero igual de presente en la ciencia ficción. Al parecer, lo que cuenta es amortizar el precio (a veces exagerado) del libro a base de asegurar horas de lectura, con cualquier otra variable arrinconada como un factor secundario.

Ignoro cómo será la cosa en EE.UU., pero por estos lares puede establecerse una clara conexión entre este fenómeno y la completa desaparición de las ediciones populares (es decir, baratas). Habría mucho que analizar al respecto para poder establecer correctamente las relaciones de causalidad (no es algo tan evidente como parece, pues en realidad el incremento del coste de producción entre una edición en bolsillo y otra en rústica con solapas, por ejemplo, es porcentualmente pequeño sobre el precio final del libro; lo que condiciona de verdad es el modo en que está montada la cadena comercial, las expectativas del consumidor y la reducción brutal de las tiradas), pero baste a efectos de esta entrada quedarnos en la superficie: lo gordo vende.

El problema, por supuesto, surge al constatar que no todas las historias requieren cientos y cientos de páginas, y que para cumplir con la norma vigente no son pocos los títulos que se limitan a añadir paja y más paja, hasta que la densidad conceptual de los libros queda diluida a veces a niveles homeopáticos. De vez en cuando surge pues la necesidad de una buena cura de desintoxicación, y en ciencia ficción el mejor lugar al que acudir para ello es a la época dorada de la New Wave, entre finales de los sesenta y principios de los setenta. Elegir un Silverberg de este período suele suponer un acierto seguro.

TowerOfGlass(1971Bantam)

“La torre de cristal” (“Tower of glass”, 1970) es una novela tan sencilla como ambiciosa. Sencilla por su planteamiento, con la obsesión de un hombre, Simeon Krug, por construir una altísima torre (mil quinientos metros) para responder a una misteriosa señal extraterrestre como elemento central de los acontecimientos. Ambiciosa por los temas que aborda: religión, trascendencia, legado, dignidad, libertad, decepción, sexo no procreativo… No busca tanto alcanzar conclusiones como someter a escrutinio una serie de características puramente humanas, cumpliendo la aspiración de buena parte de la producción contemporánea de explorar el universo interior del hombre.

La acción tiene lugar a lo largo de unos meses a partir de finales del 2218. Más allá de un accidentado camino, la humanidad ha alcanzado un estado de bienestar caracterizado por cierta riqueza material y una vida larga y sana. Esta prosperidad se asienta en el trabajo de los androides, que no son robots (pues se demostró que éstos carecían de versatilidad), sino humanoides criados artificialmente en tanques de cultivo mediante el empleo de avanzadas técnicas genéticas, producidos en tres categorías o castas: alfas, betas y gammas (¿un guiño quizás a “Un mundo feliz“), estériles aunque con capacidades plenamente humanas (sobre todo los alfas, cuyas modificaciones tal vez los hagan incluso más aptos que los hijos del útero), aunque considerados por ley como meros objetos.

Torre_de_cristal

La riqueza de Krug proviene de hecho a la comercialización de androides, pues fue él quien los diseñó y quien detenta el monopolio sobre su manufactura.

Los otros dos personajes principales de la historia (el punto de vista va alternando entre los tres) son sus hijos. Uno es el heredero natural, Manuel, un típico rico de segunda generación, acomplejado por la imposibilidad de ser un digno sucesor hasta el punto de la parálisis. El otro es Alfa Thor Vigilante, mano derecha de Krug (en el campo de los negocios) y supervisor de la operación de construcción de la torre. Es, además, un personaje influyente en la comunidad androide, tanto por su propias virtudes como por su cercanía al creador.

Cualquier somero análisis que pueda hacer en unos párrafos se quedará corto para siquiera empezar a mostrar la riqueza conceptual de “La torre de cristal”, pero algo tengo que apuntar.

La explotación de los androides constituye un factor primordial en el desarrollo de la historia. Mientras existe una facción que busca mejorar su estatus legal a través de la política, la gran mayoría de hijos del tanque son devotos de una religión en la que Krug, el Creador, los está probando a través de la penalidad, con la promesa de equiparar en un futuro no especificado su estatus con el de los hombres naturales. Es una religión teológicamente compleja, que distingue entre el Simeon Krug material e imperfecto y su auténtica naturaleza divina, con sus propios ritos e incluso su libro sagrado, desarrollándose a escondidas de los patronos y con especial arraigo entre los desfavorecidos gammas.

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Cansados de esperar en vano, sin embargo, e impulsados por los acontecimientos, un grupo de alfas planea forzar de algún modo la implicación de Krug, utilizando como intermediario a su hijo Manuel, estableciendo, por tanto, un reflejo del cristianismo, con el Hijo llevando al Padre la noticia de su divinidad (la trinidad la completaría Alfa Thor Vigilante, aunque asumiendo más bien la función de un segundo hijo). El sustrato religioso del autor, sin embargo, es el judaísmo, así que también son múltiples las referencias al antiguo testamento (empezando, por supuesto, en la Torre de Babel, y continuando por detalles demasiado numerosos para ser glosados… ni mucho menos analizados… en el blog), así pues, el papel de Manuel también puede asimilarse al de Moisés.

No cabe buscar, sin embarego, paralelismos literales. Los propios personajes lo desaconsejan, aunque refiriéndose a la comparación entre la situación de los androides y el proceso de abolición de la esclavitud en norteamérica. Este antecedente se presenta como un hecho análogo, no como una iteración previa. La situación, sin las diferencias pertinentes (por ejemplo, el que los androides sean de hecho productos industriales), no pasaría de mero eco distorsionado. Tal y como se presenta, el autor aspira a alumbrar facetas nuevas del mismo conflicto básico.

Así pues, el culto a Krug no es cristianismo ni judaísmo, sino una religión diferente, que comparte con las mencionadas elementos clave como el monoteísmo, la sumisión a la voluntad de un dios creador, la esperanza de redención… pero que también se distingue en cuestiones fundamentales, siendo la más destacada la presencia tangible del dios (o cuanto menos una manifestación del mismo) ante su pueblo; por no hablar de su ignorancia ante el papel que le ha sido adjudicado.

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Como suele ser habitual en la New Wave, no hay que abordar “La torre de cristal” buscando respuestas. Robert Silverberg se limita (que no es poco) a plantear nuevas preguntas para cuestiones tan antiguas como el propio hombre.  Si acaso, se aprecia en la novela una sublectura que apunta hacia la soledad del hombre decepcionado, quizás abandonado, por Dios. Es también significativo que de los tres personajes sólo uno, Manuel, el más dubitativo y carente de propósito de todos, nos narre sus fragmentos en primera persona (tanto las acciones de Simeon Krug como las de Vigilante se nos presentan en tercera persona). Su vacío existencial es a la postre la reacción más humana, más cercana, frente a la soberbia megalomaníaca de su padre y la fe (casi) indestuctrible del alfa.

Esta novela fue candidata a los premios Hugo y Nebula (por aquella época, esto ocurría año sí, año también con las novelas de Silverberg) y quedó segunda en la primera votación de los Locus. En los tres casos el triunfo fue para “Mundo Anillo“, de Larry Niven, siendo “El año del sol tranquilo“, de Wilson Tucker, la otra obra que hizo triplete de nominaciones.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en marzo 11, 2013.

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