Espinas

En los autores de ciencia ficción que dieron inicio a su carrera en los años cincuenta suele apreciarse un patrón común. Tras una primera fase dedicada a la exploración más o menos destacable de las ideas y recursos nacidos durante la Edad de Oro  (mucha space opera, aventurillas más o menos intrascendentes y heroísmo progresivamente más juvenil), en cierto momento experimentan un punto de inflexión, abrazan los postulados de la New Wave (originados Gran Bretaña, aunque acabaron conformando un movimiento en EE.UU.) y la calidad de su ficción, en los casos más significativos, pega un salto cualitativo.

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Tal es el caso, por ejemplo de Brian Aldiss con “Barbagrís” (1964, aunque al pertenecer a la escuela británica muchos de sus títulos previos, aun sin ser tan revolucionarios, poseen bastante más sustancia que los de sus homólogos americanos), John Brunner con “El hombre completo” (1964) o Robert Silverberg con “Espinas” (“Thorns”, 1967).

Para finales de los años 50, Robert Silverberg se había medio retirado de la ciencia ficción, buscando sustento en terrenos más productivos (es decir, que pagaran más, abarcando desde el ensayo histórico a la novela erótica). En ésas, Frederick Pohl se hizo con la dirección de las dos revistas más prestigiosas de la época, Galaxy e If, y le concedió carta blanca para escribir sobre lo que quisiera, sin restricciones de ningún tipo, permitiéndole explorar temas y recursos estilísticos más complejos y estimulantes.

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Todo ello desembocó en 1967 en el fix-up “Las puertas del cielo”, un pulp ambicioso que hacía uso de la religión (y las guerras de religión) como motor de la exploración espacial. La novela le abrió las puertas de Ballantine y le proporcionó la estabilidad necesaria para que el lustro siguiente fuera para él uno de los más brillantes que haya tenido ningún autor de ciencia ficción (obra maestra tras obra maestra entre 1968 y 1972).

Uno de los primeros frutos de este acuerdo editorial fue la novela “Espinas”, que le cosechó a su ficción sus primeras nominaciones al Hugo y al Nebula (en 1956 había ganado el Hugo a mejor nuevo autor… el único año en que se concedió; y ese mismo 1968 fue candidato a novela corta por “La estación Hawksbill”).

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La novela se centra en dos personajes profundamente dañados. Por un lado Minner Burris, un navegante estelar, superviviente de una misión trágica al planeta Manipool. Capturados por una avanzadísima raza postecnológica, los tres miembros de la expedición fueron sometidos a una extraña cirugía experimental a la que sólo sobrevivió Burris, aunque modificado, con su rostro, su piel, sus órganos internos y sus articulaciones transformadas en algo que no es humano. Por el otro Lona Kelvin, una joven virgen de diecisiete años, protagonista pasiva de un experimento de fertilidad, madre donante de cien niños, nacidos a partir de sus óvulos manipulados in vitro y gestados ex útero.

Burris vive escondido del resto de la humanidad, odiando el ser visto, la repulsión instintiva que despierta. Lona, por su parte, sobrelleva cicatrices no por invisibles menos desfigurantes. La sensación de futilidad, su maternidad excesiva y, al mismo tiempo, intangible (pues no le permiten conservar ni un solo bebé) generan en su interior un vacío existencial que la empuja una y otra vez al suicidio. Son, pues, dos especímenes perfectos para captar la atención de Duncan Chalk, magnate del entretenimiento y algo así como un vampiro emocional, que se alimenta del sufrimiento ajeno.

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Bajo distintas promesas, los agentes de Chalk reúnen a Burris y a Lona, construyendo para las masas sedientas de emociones un romance singular entre el monstruo y la jovencísima super madre, un romance condenado además al fracaso por el distinto grado de madurez y los intereses diversos de ambas partes; destinado por tanto a ocasionar, tras el efecto balsámico inicial, dolor a ambos integrantes de la pareja. Un dolor que para Duncan Chalk es casi un fin más importante que el propio dinero que obtendrá de la farsa.

Aunque no deja de explorar el mundo de un futuro impreciso (con visitas a la Luna y a Titán incluidas), Silverberg centra su atención sobre todo en la personalidad herida de sus dos protagonistas, concentrándose (con cierto sadismo, que evoca al interés mórbido de Duncan Chalk) en su mundo interior, una de las principales señas de identidad de la New Wave.

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El planteamiento de “Espinas” es brillante, con múltiples facetas de interés. Por mencionar sólo unas pocas, estaría el paralelismo religioso de Lona como una madre virgen o el análisis del vouyerismo morboso devenido en espectáculo de masas. Por desgracia, Silverberg no acierta a entrelazar todos los temas, centrándose machaconamente en la relación Minner-Lona, a la que le falta pasión para acabar de funcionar como historia de amor y drama para constituir una fábula moral trágica. La historia va desinfándose poco a poco, sin terminar de encontrar los argumentos necesarios para revigorizarla, desembocando en una conclusión positiva (y apresurada) que se antoja un tanto falsa.

Pese a ello, la novela de deja de tener su interés. El que las ideas no acaben de entretejer una tesis sólida no quiere decir que no estén presentes, sazonando una trama que analiza un conflicto emocional desde una perspectiva quizás demasiado fría e intelectual (con algún que otro ramalazo de esa pedantería en la que tan fácilmente cae a veces Silverberg). En el fondo, “Espinas” celebra el triunfo del espíritu humano más allá del sufrimiento, un sufrimiento que condiciona y modifica, pero que no llega a destruir.

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Como avanzaba, la novela le supuso a Silverberg sus primeras nominaciones a los principales premios (en novela, ha acabado sumando dieciocho finalistas entre Hugo y Nebula, para una solitaria victoria, en 1972, por “Tiempo de cambios“). El resto de dobles nominaciones del año fueron para autores recién llegados al género (aunque subidos desde el principio en la Nueva Ola y ya con algún que otro reconocimiento a sus espaldas): “El Señor de la Luz“, de Roger Zelazny (premio Hugo), “La intersección de Einstein“, de Samuel R. Delany (Premio Nebula) y “Chton”, de Piers Anthony (su primera novela).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en diciembre 16, 2014.

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