Sadrac en el horno

Alrededor de 1972, tras haber pasado por un devastador incendio doméstico a finales de 1968 y sufrir una presión creciente, Robert Silverberg se rompió. Llevaba cinco años y pico produciendo obra maestra tras obra maestra y entonces la excelente «Muero por dentro» pareció erigirse en su canto del cisne. Se mudó de Nueva York, su ciudad natal, a la costa oeste y redujo de forma significativa su producción, hasta el punto que su siguiente novela, «El hombre estocástico», tuvo que esperar hasta 1975.

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Ese mismo año, a la edad de cuarenta años, anunció que abandonaba la escritura (decisión que posteriormente revocaría, iniciando una nueva etapa en su carrera hacia finales de 1979 al abordar la lucrativa publicación de las Crónicas de Majipur). Así pues, la publicación en 1976 (inicialmente en Analog) de «Sadrac en el horno» («Shadrach in the furnace») estaba destinada a convertirse en su testamento literario, y aunque a veces se la hace un poco de menos (al compararla con las grandes novelas de su lustro milagroso), lo cierto es que hubiera sido un broche de oro (si bien prematuro) para su carrera.

«Sadrac en el horno» se centra obsesivamente en su protagonista, Sadrac Mordecai, el médico personal de Genghis II Mao IV Khan, presidente del Comité Revolucionario Permanente, que dirige los destinos del mundo bajo la filosofía de la depolarización centrípeta. En otras palabras Genghis Mao es un dictador que dirige con mano firme el mayor imperio que jamás haya existido, erigido sobre las ruinas del antiguo orden (en 1995, un supervolcán chileno provocó tal inestabilidad global que estallaron guerras civiles por doquier y, finalmente, provocó la Guerra del Virus, que contaminó a toda la población con la descomposición orgánica, una enfermedad mortal integrada en el genoma que puede activarse en cualquier momento en ausencia de un escaso antídoto, provocando indefectiblemente la muerte).

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Sadrac, un alto y atlético negro de Filadelfia, se ocupa de mantener en las mejores condiciones posibles al anciano Khan, lo que implica someterlo a habituales transplantes de órganos. También es el supervisor de tres grandes proyectos cuya finalidad última es prolongar indefinidamente la vida del tirano: el proyecto Fénix, que intenta regenerar las células de su cuerpo; el proyecto Talos, que busca construir un autómata capaz de replicar la apariencia y procesos cognitivos del líder mogol; y, por último, el proyecto Avatar, que busca transferir su consciencia al cuerpo joven de un «donante». Es este último el plan más prometedor… al menos hasta que el «heredero» designado se entera de los planes el dictador y se suicida.

Es entonces cuando Genghis Mao se fija en Sadrac, o más específicamente en el cuerpo de Sadrac, como receptor ideal de su mente, planteándole al médico un dilema de índole ético, pues por su juramento hipocrático no puede dañar a su paciente, pero si se limita a dejar pasar el tiempo, su destino estará sellado.

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La novela es densa, rica en sublecturas, en contraposición con su aparente sencillez narrativa. También se toma su tiempo en plantear el escenario (del lejano, por entonces, año 2012) de un modo sesgado, por medio del filtro que cosntituye la percepción y los pensamientos de Sadrac Mordecai. Poco a poco, sin embargo, empiezan a surgir elementos destacados. Tenemos, por ejemplo, la descripción de un sistema opresivo y desequilibrado, pero no necesariamente injusto, o al menos no más injusto que cualquier otro que hubiera podido imponerse. Se detiene también en la descripción de tres nuevos cultos (la muerte onírica, el transtemporalismo y el rito de carpintería) que ofrecen, cada uno a su manera, confort espiritual a los habitantes de este mundo postcatastrófico en el que tantos anhelos y tantas esperanzas han muerto.

De un modo más específico, y conociendo las circunstancias particulares en las que se concibió la novela, no resulta difícil adivinar sublecturas más personales. Así, se me antoja bastante evidente la influencia en el texto de la identidad judía de Silverberg, aunque Sadrac, pese a su nombre, es por nacimiento cristiano, escenificándose a través de diversas experiencias un sentimiento de alienación y distanciamiento de sus raíces (lo que también es aplicable a esa relocación espacial que experimentaba igualmente por esas fechas el autor). Es un desasosiego que lleva aparejado cierto sentimiento indefinido de culpa, o quizás un anhelo imposible de reintegración.

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Lo crucial a mi entender para interpretar la novela se refiere, sin embargo, a la aceptación por parte de Sadrac de su destino. Un proceso lento y doloroso que conlleva una profunda autoevaluación y que implica incluso como recurso literario una disociación cognitiva que impele a Sadrac a imaginar fragmentos de un hipotético diario personal de Genghis II Mao IV Khan. A la postre, busca alcanzar un compromiso entre lo ideal y lo posible, encontrar un camino ético a través de un escarpado paisaje moralmente ambiguo, sobreponerse al desengaño y reconciliarse con su fracaso… aunque a la hora de la verdad, quizás por imposición editorial, Sadrac Mordecai logra encontrar una solución satisfactoria a su dilema que se ventila de forma un tanto decepcionante en cuatro o cinco páginas (de las que podemos prescindir sin problemas).

Muy posiblemente, «Sadrac en el horno» es un libro que solo puede apreciarse por completo tras haber experimentado desilusiones y derrotas, tras haber alcanzado a tocar el Cielo con la punta de los dedos y haber sido arrojado de vuelta a tierra, tras haberse levantado y haber proseguido el camino hacia… alguna parte. No es en modo alguno una escenificación del eterno enfrentamiento entre el bien y el mal como proclama engañosamente la portada de la edición más disponible. La lucha, que la hay, no es realmente entre Sadrac y Genghis Mao, sino principalmente de Sadrac consigo mismo.

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No son sentimientos inusuales. Quien más, quien menos, todos hemos sufrido reveses semejantes y alcanzado compromisos, si bien no tan drásticos, sí posiblemente igual de dolorosos, y podemos por tanto identificarnos con el protagonista de la novela. Esto, posiblemente junto con cierta intención de brindar un homenaje postrero al autor, le valieron a Silverberg nominaciones a los premios Hugo y Nebula (quedando con un sexto puesto en puertas de poder considerarlo oficiosamente finalista también en los Locus). En el primer caso, la victoria fue para «Donde solían cantar los dulces pájaros«, de Kate Whilhem; mientras que el segundo quien se alzó con el triunfo fue Frederick Pohl con «Homo plus«.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en noviembre 14, 2022.

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