Tiempo de cambios

Resulta harto increíble constatar cómo un escritor de la talla de Robert Silverberg fue hasta cierto punto ninguneado por los principales premios del género. En novela (que es al fin y al cabo la categoría que de verdad tiene peso) posee el “récord” de más nominaciones sin premio en los Hugo (nueve), mientras que se salva del mismo destino en los Nebula (con el mismo número de nominaciones) gracias al solitario galardón cosechado por “Tiempo de cambios” (“A time of changes”) en 1971.

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Entre 1967 (año en que su carrera dio un giro, plasmado en su primer libro multinominado, “Espinas”) y 1972 (cuando abandonó temporalmente la escritura tras la publicación de “Muero por dentro“), Silverberg sacó al mercado nada menos que veinticuatro novelas de ciencia ficción (además de seis antologías y ¡treinta y cuatro títulos de no ficción!), entre las que se cuentan las mejores de toda su carrera. “Tiempo de cambios” apenas destacaría si no fuera por la anécdota del premio… lo cual en cierta forma dice mucho sobre esta etapa extraordinaria de uno de los mejores escritores que nunca se hayan dedicado al género.

La novela se nos presenta como la autobiografía de Kinnall Darival, segundo hijo del septarca de Salla, en el planeta Borthan. Lo singular del caso es que desde los tiempos de la colonización (unos dos mil años atrás), toda la sociedad se encuentra sometida al Pacto, un código moral que prohíbe la autocomplaciencia, hasta el punto que incluso el uso de la primera persona (como pronombre o forma verbal) es considerado una obscenidad, siendo considerados quienes hablan de sí mismos como sucios exhibicionistas. Como resultado, los habitantes de Borthan son individuos cerrados en sí mismos, que sólo se permiten cierta conexión con sus hermanos vinculares (un hombre y una mujer de su misma edad, sin relación de parentesco biológico, a los que se les vincula de forma oficial desde antes incluso de su nacimiento).

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Pronto descubrimos (nos cuenta) que Kinnall es un proscrito, buscado por el crimen de incitar al exhibicionismo, lo cual vendría a ser otra forma de decir que ha promovido la demolición de las barreras artificiales que mantienen a los seremos humanos del planeta separados los unos de los otros. Poco a poco, desde sus primeros años como príncipe de la septarquía, pasando por su exilio voluntario (aunque furtivo) cuando su hermano accedió al trono y su asentamiento final en la provincia de Manneran, ocupando un importante cargo burocrático gracias a la influencia del padre de su hermana vincular, asistimos a su búsqueda, al principio inconsciente, de conexión con sus semejantes (en especial con Halum, su hermana vincular, a la que secretamente ama, siendo su aspiración carnal contraria a todos los tabúes de la sociedad).

La oportunidad se le presenta en la forma del comerciante terrestre Schweiz, un hombre a la busqueda de su propia epifanía (lo que él anhela es compartir la espiritualidad que tan arraigada está en los habitantes de Bothar), poseedor de una droga que, de acuerdo con las promesas recibidas, es capaz de anular por completo las barreras entre dos personas y promover la fusión de las consciencias.

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Silverberg explora en “Tiempo de cambios” uno de sus temas recurrentes, la búsqueda (a menudo infructuosa) de conexión interpersonal (que alcanza su desagarradora conclusión con “Muero por dentro”). Para ello recurre a la ciencia ficción sociológica, al modo, por ejemplo, de Ursula K. Le Guin (ganadora dos años antes de Hugo y Nebula por “La mano izquierda de la oscuridad“) en su ciclo Hainish. Al igual que ella, hace uso de un elemento ajeno, el terrestre Schweiz, para abrir brecha en el entramado de costumbres de Bothar, que incluyen, por ejemplo, el drenaje ritual, una especie de confesión ante los dioses para aliviar las tensiones psicológicas del aislamiento. Bajo su influencia, Kinnall rompe sus prejuicios y se transforma en un… ¿mesías?

Sin duda, la vida de Kinnall tiene mucho de mesíanico (con paralalismos tanto con Siddharta, al principio, como con Jesucristo, al final), incluyendo su mensaje de amor, que también entronca con la contracultura hippie, a la que sin duda también debe el hecho de recurrir a drogas expandidoras de la conciencia (algo de ecologismo simplista también está presente).

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Las raíces filosóficas de la novela, sin embargo, se hunden más profundo que en un mero “haz el amor y no la guerra”. Al igual que haría un año después con “El libro de los cráneos“, Silverberg está expresando su desencanto por la sociedad estadounidense del momento, y su anhelo por un cambio, por una apertura tanto en el terreno moral como espiritual (terreno en el que, al igual que Schweiz, los anhelos del propio autor se estrellaban contra una personalidad escéptica). Cabe resaltar que Borthan fue colonizado por fundamentalistas religiosos que huían del relajamiento moral (y las persecuciones) en sus lugares de origen, del mismo modo que los primeros colonos estadounidenses fueron calvinistas que buscaban en los nuevos territorios un lugar donde vivir su fe a su manera.

Pese a esta riqueza de elementos, lo cierto es que, quizás por autoimposiciones en el estilo (limitado a una primera persona bastante santurrona, con ocasionales interpelaciones en segunda persona por dar un poquito de variedad), la novela no termina de fluir, e incluso con su escasa longitud puede llegar a hacerse pesada en fragmentos que más parecen servir de relleno que otra cosa. Por añadidura, su conexión con el movimiento hippie no la ha ayudado a mantener su vigencia. Tampoco cabe desdeñar la circunstancia de que el listón, para Silverberg, está situado muy alto… algo que el propio autor se encarga de recordarnos a través de un puñado de capítulos sublimes, que ya por sí solos justifican sobradamente la lectura.

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Para concluir, sólo me queda señalar que el triunfo en los Nebula no se replicó con los Hugo al año siguiente, y eso que solicitó que se retirara su otra nominación, por “El mundo interior“, para no hacerse competencia a sí mismo. Con lo que no contaba era con la irrupción de una novela que los miembros de la SFWA habían ignorado por completo pero no así la gran masa de aficionados (con la que Silverberg nunca llegó a conectar): “A vuestros cuerpos dispersos“, de Philip José Farmer, la primera entrega de la serie del Mundo del Río.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en septiembre 11, 2013.

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