Pórtico (y su saga)

Estas últimas semanas había dejado un tanto descuidada la Hugolatría, así que ya iba siendo hora de volver sobre ella y, dado que el veredicto sobre las últimas novelas reseñadas (“American Gods” [2002], “Tú, el inmortal” [1966] y “Un caso de conciencia” [1959]) no había sido muy positivo, iba siendo hora también de equilibrar la balanza, que en realidad se decanta con claridad del lado de la excelencia. Y ya que estoy en ello, voy a hacerlo a lo grando, comentando uno de los títulos fundamentales dentro de la ciencia ficción (y, de paso, mencionado algo sobre sus distintas secuelas).

En 1977, Frederick Pohl, uno de los grandes nombres de la cifi americana (aparte de su carrera como escritor, fue editor durante diez años de las revistas Galaxy e If, consiguiendo con esta última ganar tres años consecutivos el premio Hugo a la mejor revista profesional), publicó su obra más reconocida, “Pórtico” (“Gateway”), que le reportaría el premio Nebula de ese año y el Hugo y John W. Campbell de 1978 (es la única obra que ha conseguido este triplete, algo especialmente significativo dada la disparidad de los respectivos cuerpos de votantes: miembros de la Science Fiction and Fantasy Writers of America, participantes en la Worldcon y un jurado anual). Ya el año anterior había ganado el Nebula (y sido candidato al Hugo) por “Homo Plus”, y quién sabe si lo hubieran nominado en 1954 por “Mercaderes del espacio” (ese año no se entregó el premio, aunque, como quedó patente con el polémico retro-Hugo que se votó en el 2004, 1953 fue una añada extraordinaria para la ciencia ficción; aparte de “Mercaderes del espacio” nada menos que “Farenheit 451” de Bradbury, “El fin de la infancia” de Clarke, “Las cuevas de acero” de Asimov”, “Misión de gravedad” de Clement y “Más que humano” de Sturgeon; dos o tres obras maestras como poco).

Las compañeras de papeleta para el Hugo fueron “La torre prohibida” de Marion Zimmer Bradley (una aportación bastante anodina a su serie de Darkover, que consiguió la segunda posición), “El martillo de Lucifer” de la dupla Larry Niven y Jerry Pournelle (pareja que conseguía con esta novela apocalíptica la tercera de sus cuatro nominaciones, a las que Niven suma otras tres y una victoria), “Time Storm” de Gordon R. Dickson (no la conozco en absoluto, aunque no soy un gran seguidor del autor) y “Muerte de la luz” de George R.R. Martin (ciencia ficción romántica, aunque con un giro particular y, cómo no, crepuscular). Menos glamurosa fue la competencia para el Nebula, pues sólo “En el océano de la noche”, perteneciente a la soporífera saga del centro galáctico de Grefory Benford, ha aguantado el paso del tiempo (los otros tres candidatos fueron “Cirque” de Terry Carr, “Moonstar Odyssey” de David Gerrold y “Sword of the Demon” de Richard Lupoff).

Pero volvamos sobre “Pórtico”. ¿Qué la hace tan extraordinaria?

gateway

La respuesta no es sencilla, porque es una combinación de aciertos y singularidades. Para empezar, resulta imposible adscribirla de forma inequívoca a ningún movimiento. Los años finales de la década de los 70 asistieron a la transición entre la New Wave y el renacer de una ciencia ficción dura neo-campbelliana (de la que ya habrá tiempo de escribir cumplidamente). De forma muy apropiada, “Pórtico” se encuentra casi a mitad camino entre estas dos concepciones casi irreconciliables, aunque bien podría argumentarse que la aventura de Robinette Broadhead es Space Opera… si no estuviera teñida de tanta carga social y el triunfo de su protagonista no fuera tan ambiguo.

El lugar que da nombre a la novela es un asteroide, en apariencia anodina pero que alberga en su interior los restos mejor conservados en el Sistema Solar de una antigua raza extraterrestre, apodada los Heechee (en Venus también es posible encontrar un gran sistema de túneles, aunque prácticamente desiertos). Su importancia radica en que, además de múltiples objetos de función desconocida, el asteroide alberga una flotilla de varios centenares de naves translumínicas, capaces de alojar entre uno y cinco tripulantes, cuyo pilotaje es un misterio indescifrable. Sin embargo, cada una de ellas tiene programado un viaje hacia un lugar desconocido, y en los puntos de destino puede aguardar conocimiento científico inapreciable o artefactos alienígenas de gran utilidad, lo que supone cuantiosas regalías para los exploradores… o una muerte atroz. Los seres humanos están completamente inermes ante los caprichos de esta especie de ruleta rusa cósmica,  el 33% de las expediciones nunca regresa y son pocos los que consiguen lo suficiente para pagar algo más que los elevados impuestos por aire y alimentos (por no hablar de amortizar el pasaje hasta Pórtico), sin embargo, no faltan los voluntarios, pues la superpoblada Tierra, para el 99% de la población, es un infierno de hambre, pobreza y carencia de futuro. Robinette (Robin) es uno de los pocos afortunados que han logrado dar la campanada y regresar de un viaje entero y rico. Sin embargo, la culpa le corroe, porque sus nueve compañeros (dos naves de cinco), incluyendo a su enamorada, han quedado atrapados en un agujero negro y son sus regalías las que disfruta.

La historia nos la cuenta retrospectivamente el propio Robin o, mejor dicho, se la cuenta a Sigfrid, el programa virtual psicoanalítico que lo trata de su síndrome del superviviente. La narración se alterna entre breves fragmentos que nos narran el tira y afloja entre Robin y Sigfrid para alcanzar la verdad y fragmentos más largos que van detallando la aventura del primero y sus (a menudo patéticos) intentos por medrar en medio de la desespéración y el miedo. Intercalados obtenemos también multitud de fragmentos menores, con anuncios de trabajo, informes de misiones, noticias, especulaciones sobre los Heechees… que nos empapan de la atmósfera enfermiza de Pórtico.

Sobre este arriesgado tapiz, Pohl nos dibuja una historia de exploración que poco tiene de épico. Lo que impulsa a los individuos en particular y a la humanidad en general es la necesidad. La Tierra se tambalea al borde mismo de una catástrofe malthusiana y la única esperanza reside en conseguir rapiñar algún conocimiento de la avanzada tecnología Heechee. Los exploradores no son mejores que ratas que abordan como polizontes naves cuya tecnología les supera, entregándose a los vientos del azar más cruel; carroñeros que buscan migajas de carne en el esqueleto extraterrestre para seguir subsistiendo una hora más, un día más o un año más. Cada misióne es al mismo tiempo un acto de fe y un suicidio, pero una vez llegados al asteroide no hay vuelta atrás, pues de él sólo es posible salir muerto o rico. En estas circunstancias, el protagonista no podía ser muy heroico. Claro que tampoco es lo contrario. Es un simple hombre, llevado hasta el límite y acosado por el miedo primero y la culpa después. Y, sin embargo, la aventura es en sí misma fascinante. ¿Qué aguarda al otro extremo del salto hiperlumínico? ¿A qué maravillas puede conducir la siguiente nave? ¿A qué horrores? Esta combinación de asombro infantil y crisis existencial, desgarra a los terrestres (y al lector) y transforma a Robinette en uno de los personajes más humanos que ha dado la ciencia ficción y a la novela en una de las que más niveles de lectura y satisfacciones proporciona.

portico

Por supuesto, dado el éxito (sólo en España se han publicado nueve ediciones distintas, la más reciente de 2006), una continuación estaba asegurada, así que nació la saga de los Heechee, aunque para ser estrictos “Pórtico” no fue su primera entrega, sino que estos extraterrestres, así como el propio asteroide, se presentaron en sociedad con la novela corta “The merchants of Venus”, publicada en 1972 en la antología “The gold at the starbow’s end”.

En 1980, Pohl lanzó al mercado “Tras el incierto horizonte” (“Beyond the blue event horizont”), que cosechó nominaciones al Hugo y al Nebula, supongo que exclusivamente por influencia de su ilustre predecesora, pues se trata de una entrega bastante floja. En ella se nos narra una expedición familiar, financiada por Robinette (que se ha hecho asquerosamente rico) a un misterioso objeto en la Nube de Oort que resulta ser una superastronave Heechee habitada por un chico semisalvaje (fruto de los amores de una pareja de exploradores de Pórtico, que quedaron varados allí cuando la nave que los había transportado se averió), una tribu de neandertales, recreados en el lejano pasado, por algún motivo ignoto, por los Heechee, y un robot loco que gobierna el lugar. En resumidas cuentas, se trata de la típica continuación que busca apartarse de su predecesora tanto que acaba matando lo que ésta tenía de especial. Capítulo anodino de transición que nos lleva a:

“El encuentro” (“Heechee Rendezvous”), de 1984, y “Los anales de los Heechee”, de 1987″ (pese a los tres años de lapso entre ambas, las considero casi una unidad). Vencidos gracias a los descubrimientos de la expedición narrada en “Tras el incierto horizonte” los problemas de la Tierra (no sólo se consigue una fuente inagotable de alimentos, sino también la clave para descifrar la tecnología Heeche), un Robin que ya es la personalidad más importante de la Tierra vuelca sus esfuerzos en organizar el rescate de su novia (pese al tiempo transcurrido fuera del agujero negro, por mor de la dilatación temporal, para ella apenas habrán pasado unos minutos). Simultáneamente, la exploración del universo empieza a arrojar pistas sobre el destino de los benefactores involuntarios de la humanidad y un terrorista utiliza tecnología alienígena para sembrar literalmente el terror y la locura en la mente de los seres humanos. Como el título ya nos indica, al finalizar el tercer libro ya se ha establecido contacto… y los motivos por los que los Heechee desaparecieron se hacen terriblemente presentes para unos hombres que se las prometían tan felices.

Ante todo, he de admitir que estas dos entregas se quedan lejos de la genialidad de “Pórtico”. Técnicamente son libros bastante simplones, muy alejados de la experimentación formal del iniciador de la saga. Ni siquiera se puede afirmar que exploten al máximo su potencial ni que sean muy rigurosos con la ciencia (al parecer, dentro de un agujero negro se puede hacer de todo una vez superado el radio de Schwarzschild, y no hay ni fuerzas de marea ni singularidades que valgan). Sin embargo, los conceptos que presenta me resultan fascinantes y el alcance de la resolución rivaliza en amplitud con el propio concepto de “Pórtico”.

anales_heechee

Al igual que ya ocurrió con “Homo plus”, Pohl se adelanta a su tiempo e introduce conceptos que años después se convertirían en pilares de la especulación anticipativa; ni más ni menos que nos habla de transhumanismo y de algo parecido a la singularidad tecnológica, aunque con un fuerte componente evolutivo. Por supuesto, son conceptos que en 1984 no poseían el mismo significado que ahora, así que Pohl tan sólo exploró el campo conceptual, introduciendo como elemento fundamental de la saga la aparición de la inteligencia como información pura en sistemas informáticos, bien sea recreando patrones cerebrales de formas de vida orgánicas, bien como entidades puramente artificiales (Albert, el asistente de Robin, que simula la apariencia y maneras de Albert Einstein, cual ayudante de Windows, pero útil). Como auténtico pionero, y vistas desde un cuarto de siglo de distancia, estas ideas se antojan a veces a medio explotar, pero hay que poner las cosas en perspectiva: el primer ordenador personal con interfaz gráfico (no sólo texto), un Apple Lisa, se había lanzado en 1983 y el mayor superordenador de la época, el Cray X-MP, operaba a 105 MHz y podía realizar 200 millones de operaciones por segundo (en estos momentos el IBM Roadrunner ha sobrepasado los mil billones).

En cualquier caso, lo que me convenció a mí cuando leí la saga hace ya unos años (cuando no estaba muy metido en elucubraciones filosófico-tegnológicas sobre el futuro de la humanidad), fue la osadía de la conclusión. Sólo por llegar hasta ahí vale la pena el viaje.

Para terminar con las fuentes escritas, en 1990 se publicó “Los exploradores de Pórtico” (“The Gateway trip”), una colección de relatos ambientados en este universo, más o menos por la época en que Robinette era un viajero translumínico novato. No son imprescindibles, pero recuperan en parte el espíritu de la novela original y se leen con agrado como eco del impacto de la obra original.

Por último, en el año 2004 Pohl aún publicó una última novela de explícito título aún no traducida al español: “The boy who would live forever: a novel of Gateway”. Al parecer se trata de un fix-up que narra la historia de uno de los desesperados aspirantes a descubridor, de forma paralela a la saga anterior, en un lapso situado entre “Tras el incierto horizonte” y “Los anales de los Heechee”.

No puedo terminar sin hacer referencia a las adaptaciones a otros medios.

gateway_game

Aunque resulte increíble, no existe (ni existen planes para) ningua película ambientada en Pórtico, pero esta obra llamó la atención de los creativos de Legend Entertainment quienes en 1992 y 1993 lanzaron sendas aventuras conversacionales (“Frederik Pohl’s Gateway” y  “Gateway II: Homeworld”), que pueden considerarse la cumbre del género (aunque por entonces las reinas de la función eran las aventuras gráficas con motor SCUMM o similar, tan míticas como “Gabriel Knight: sins of the fathers” de Sierra o “Indiana Jones and the fate of Atlantis” de Lucasarts). En lo que los juegos basados en Pórtico superaban a sus rivales era en la no lineraidad (relativa) de su desarrollo. El jugador se metía en la piel de uno de los prospectores de Pórtico de un modo más similar a los mundos libres actuales, con capacidad para elegir entre distintas misiones y moverse por la base de operaciones (aunque la ventana gráfica era estática y poco detallada), con uso de lapsos restricciones temporales o de equipamiento e incorporando características de RPG. Desde luego, se trataba de juegos poco convencionales, un poco atrasados tecnológicamente y a contracorriente de la tendencia predominante, pero con una enorme capacidad de provocar la inmersión en la piel de nuestro Robinette particular y vivir la incertidumbre y la emoción de ser un explorador de Pórtico (con la ventaja de que si palmabas sólo tenías que cargar alguna partida guardada).

Otras opiniones:

Otras novelas del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en marzo 29, 2009.

11 comentarios to “Pórtico (y su saga)”

  1. La segunda me pareció un auténtico peñazo. La primera impresiona.

  2. Que coincidencia tan coincidente, justo acabo de leer los tres primeros. Bueno, Pórtico ya me lo había leído hace un montón de años pero como conseguí Tras el incierto horizonte y El encuentro decidí hacer una re-lectura.

    Pórtico sobrevivió, quizá ahora no le veo mucho sentido a esa homosexualidad escondida de Robin (y Pohl como que tampoco ya que en los siguientes libros desaparece completamente) y si eran capaces de crear programas como Sigfrid ¿Por que no los ponían a pilotear las naves?

    Los dos siguientes los sentí flojos, El encuentro tiene una multitud de ideas asombrosas pero me parecen mal explotadas, en cierto momentos el libro desvaría de un protagonista a otro sin que parecieran ser importantes para nada y creo que el revelar a los heechees pierde un poco de su gracia y emoción.

  3. Bueno, Sigfrid es un programa muy especializado, que opera en un plano totalmente virtual. Un ser humano es siempre más versátil y puede realizar operaciones extravehiculares (y, a buen seguro, es más barato que un robot controlado por una inteligencia artificial.

    Además, leyendo “El encuentro” y “Los anales de los Heechee” se aprecia que las inteligencias artificiales se encuentran en el borde mismo de dar su propio salto evolutivo y los seres humanos no son conscientes de su potencial.

    Lo de “una multitud de ideas asombrosas pero mal explotadas” es una buena descripción de “El encuentro” y “Los anales de los Heechee”.

  4. Hola, escribo esto porque ayer acabé de leer la primera novela de la saga. No voy a leer más porque ya imaginaba, como tú comentas, que el nivel sería dispar.
    Buscando información sobre Pórtico encontré esta interesante página y decidí volver por aquí cuando acabara de leer la novela. Ahora salto de alegría por haber tomado esa decisión porque ¿Cómo se te ocurre destripar tanto la historia? Descubres tantas partes importantes de la novela que impides que cualquier persona interesada en ella pueda alcanzar un cierto grado de satisfacción al acabarla. Solo con hacer desaparecer de tu exposición cualquier referencia al agujero negro ya tendrá sentido tu crítica, de lo contrario es como si empezaras una crítica de la película El sexto sentido diciendo que todos están muertos, entonces ¿Para qué verla?
    Esto no lo digo en plan soy el listo, ni cabreado, simplemente me ha parecido tan seria y bien expuesta tu narración que me ha sorprendido tu planteamiento.
    Saludos

    • Bueno, es una crítica sobre “Pórtico”… y el resto de la saga. Para continuar con el resto la mención a los agujeros negros es imprescindible, pues cobran una gran importancia a partir de “El encuentro”. De todas formas, sí que es verdad que con novelas más clásicas suele ser más “revelador” que con las novedades, pues suelo enfocar la entrada como una crítica más que como una reseña (y ello obliga a destripar algunos detalles). También depende un poco de lo que me pide cada libro.

      Esto plantea una cuestión a la que llevo dando vueltas un tiempo. Me gustaría en algún momento indagar si los lectores habituales de Rescepto prefieren leer las entradas antes o después de haberse leído el libro en cuestión…

  5. Pues depende del libro, chatungo. Si veo que me empeiza a destripar algo, dejo de lerte hasta que he terminado la novela. Pero para ser sinceros, he rastreado, comprado, leido y disfrutado muchas novelas despues de leer las reseñas

  6. El colmo de los colmos: que alguien se queje de que le “destripen” un libro de 1978. A que niveles de chorrada se está llegando con la tontería de los “spoilers”, señor…

  7. “es como si empezaras una crítica de la película El sexto sentido diciendo que todos están muertos, entonces ¿Para qué verla?”

    Si, el único motivo de ver o leer algo es no saber como acaba. Por eso nadie sabe como acaba La Iliada o el Quijote. De verdad, hasta los huevos de los locos de los spoilers….

  8. “es como si empezaras una crítica de la película El sexto sentido diciendo que todos están muertos, entonces ¿Para qué verla?”

    A propósito, ¿si alguien que no ha visto “El sexto sentido” lee el comentario fcortell debería sentirse indignado porque haya contado el final? ¿Por qué da por supuesto que todos saben como termina esa película? ¿Será que sólo se puede hacer “spoilers” de lo que a él le da la gana? ¿De un libro de 1978 se pueden hacer spoilers pero de una película de 1999 no?

  9. […] extraterrestre, la obra maestra de los Strugatski, y otras novelas memorables al respecto son Pórtico, de Frederick Pohl, o El hombre en el laberinto, de Robert Silverberg. Hay sentido de la maravilla […]

  10. A mi me aburrio mucho ese libro, el 1er, los demas ni me trevi, la deje faltandome 20 paginas no pude soportarla mas , era una tortura que no pude soportar mas.

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