La estrella de los gitanos

Hacia finales de 1975 (o quizás fuera a principios de 1976, no he podido precisarlo bien), Robert Silverberg anunció que abandonaba la ciencia ficción, pese a ser por entonces uno de los autores que concitaban mayor reconocimiento crítico (aunque no todo este reconocimiento corresponde a sus dos primeras épocas, es de largo el autor con más nominaciones a los Locus, un total de 154, de las cuales 102 corresponden a obras de ficción; a lo cual deben sumarse las 22 nominaciones a los Nebula, también récord, y las 28 nominaciones a los Hugo, el segundo autor con más; el balance de victorias es de 9, 5 y 4 respectivamente). La decisión, anunciada en términos bastante duros para con la ciencia ficción de la época, se debió en parte al agravamiento de una crisis creativa (que, paradójicamente, inspiró una de sus mejores obras, “Muero por dentro“) y en parte al modesto éxito comercial de su obra.

Su resolución se mantuvo por cinco años, hasta que en 1980 regresó (triunfalmente) con “El castillo de Lord Valentine”, un híbrido entre ciencia ficción y fantasía (más de la última que de la primera), que inauguraría la serie de Majipur (donde se ambientaría buena parte de su producción posterior). Sin embargo,  las novelas de este último período que podrían clasificarse inequívocamente como ciencia ficción son escasas. Entre ellas cabe encontrar “La estrella de los gitanos” (“Star of gypsies”, 1986), publicada en España en 1989 por Júcar, aunque como desarrollaré a continuación mantenía pocos puntos de contacto con la cifi de la época, quedando más bien como un ejemplo de New Wave tardía.

El protagonista absoluto de la historia es Yakoub Nirano, el rey de los gitanos (rom) en el siglo XXXII. En esa época, la humanidad se ha expandido por una pequeña porción de la galaxia, dejando atrás la Tierra (destruida por algún cataclismo ignoto), ocupando algunos centenees de mundos. Junto con ellos, los gaje, se ha expandido el pueblo rom, sólo que ya no son los vagabundos descastados de antaño (aunque siguen sintiendo predilección por una vida nómada), sino que son los únicos pilotos capaces de dirigir sin esfuerzo las astronaves a través de las rutas de salto y están organizados como un reino semi-independiente dentro del gran Imperio humano.

Pese a su (limitada) integración, lo cierto es que los rom no son realmente humanos, pues su mundo de origen no es la Tierra, sino un planeta muerto en torno a una estrella muy particular, la Estrella Romaní, que unos quince mil años antes entró en un ciclo de inestabilidad forzando la emigración masiva de los pocos gitanos que cupieron en dieciséis grandes naves de evacuación. Así llegaron a la Tierra, y construyeron la ciudad de la Atlántida como fiel reflejo del esplendor de antaño, hasta que un nuevo cataclismo (esta vez local), los lanzó a los caminos, a vagar entre los gaje (sufriendo persecuciones y desprecio) sin volver a poseer nunca un hogar fijo.

Milenios después de la gran migración, la obsesión de Yakoub, lo que siente como su gran cometido en la vida, es guiar a su pueblo de vuelta al mundo natal, a la Estrella Romaní (cuya última convulsión siente inminente), pero de algún modo considera que el largo período de prosperidad ha erosionado la voluntad de los rom, que muchos han olvidado su herencia y se contentan con medrar en el imperio gaje. Ante esta situación decide abdicar (algo que no contemplan sus leyes) y exiliarse a Mulano, un mundo helado y remoto, como estrategia para sacudir la conciencia colectiva de su pueblo. Sólo que quizás el momento no sea el más adecuado, pues el decimoquinto emperador está a punto de morir sin dejar atada la cuestión sucesoria y el vacío de poder a la cabeza del Imperio y del reino rom podría llegar a ser más desestabilizante de lo que el propio Yakoub había anticipado.

A lo largo de la novela, somos testigos, a través de Yakoub, de las intrigas de aquellos que ansían el poder, así como receptores del disperso e incesante discurso del rey de los gitanos, que tan pronto rememora episodios de su vida (iniciada como esclavo y repleta de alegrías y desgracias) como se lanza a peroratas sobre el modo de vida rom y su delicada relación con los gaje, como explora escenas del lejano pasado a través de la habilidad innata de los gitanos de “espectrar”, o lanzar su proyección a cualquier punto del pasado (sin limitaciones espaciales, de forma que resultan, si así lo desean, visibles y audibles para otros representantes del pueblo romaní).

Este tipo de ficciones, tan centradas en un personaje, tienen un peligro: el grado de disfrute depende casi exclusivamente de cómo te caíga el protagonista. Y yo me temo que apenas he sido capaz de aguantar a Yakoub. Las 100 primeras páginas, de pura exaltación personal en el desolado Mulano, han sido una dura prueba, que sólo la huida hacia horizontes más amplios, en la más pura tradición del space opera (aunque sin abandonar el filtro de la mente de Yakoub), ha conseguido suavizar. Además, toda la historia tiene un tufillo racista que me repele. No importa que se inviertan los términos, la novela sigue defendiendo la separación natural entre gaje y rom, que de hecho pertenecen explícitamente a razas diferentes. Respecto a la capacidad de espectrar, cuya relevancia (y coherencia) argumental es bastante escasa, parece directamente sacada de la tradición del “negro mágico”. Para poner en plano de igualdad (o incluso de superioridad) a un personaje no caucásico,, hace falta concederle capacidades milagrosas (lo cual suele complementarse en el cine con una obsesión inexplicable por ayudar al prota-blanco-acomplejado).

Por añadidura, la trama política es de una simplicidad insoportable (básicamente, la estrategia de Yakoub para resolver cualquier conflicto consiste en retirarse estratégicamente o contemporizar sin hacer nada, hasta que la situación se resuelva por sí misma) y la histórica constituye un ejercicio de manipulación que no termina de resultar convincente (es difícil justificar que un pueblo capaz de construir la avanzadísima ciudad de la Atlántida miles de años antes de que se erigieran las pirámides, por no hablar de su capacidad de surcar el espacio y la pequeña ventaja de la espectración, acabara como un grupo de parias descastados).

No descarto que estas apreciaciones negativas nazcan en gran medida de mi antipatía hacia el protagonista. En cualquier caso, no se puede decir que “La estrella de los gitanos” sea un título muy reconocido. Llegó quizás una década demasiado tarde. Si bien la ambientación de space opera resurgió con fuerza en los ochenta, el enfoque de Silverberg es demasiado introspectivo. La habilidad de espectrar recuerda poderosamente a recursos argumentales de la New Wave (como los viajes en el tiempo mentales  de “Criptozoico” de Aldiss) y en pleno renacer del hard (por no hablar de la revolución cyberpunk), la tecnología de Silverberg no pasa de tecnojerga para justificar invenciones que tan bien hubieran podido ser descritas como mágicas. Si a esto le sumamos una ambientación que, por muy futurista que sea, no deja de ser seudomedieval (aunque el propio autor se toma la molestia explícita, una y otra vez, de intentar marcar distancias), no es de extrañar que no conectara lo más mínimo con el público de 1986, y que incluso hoy en día se nos presente como una mezcla de tendencias que no ha terminado de cuajar del todo.

Para terminar, quisiera hacerme eco de una interpretación de la novela que identifica al autor con su personaje, es decir, Silverberg como el rey que abdica de su trono y se somete a un autoimpuesto exilio durante cinco años, para que sus súbditos (los aficionados) acudan a él y le soliciten que vuelva para poner solución a la decadencia que se ha instaurado en el reino (la ciencia ficción). Resulta, sin duda, una interpretación pintoresca, y no me atrevería a negarle por completo su fundamento, aunque me inclino más hacia otro paralelismo que se vislumbra en numerosas ocasiones a lo largo de la novela. Yakoub Romano es una figura que muy bien podría identificarse con el Moises bíblico, el guía del pueblo elegido, destinado a llevarlo de vuelta a la Tierra Prometida. De igual modo, las penalidades sufridas por los rom (su eterno vagar, la desconfianza y odio que suscitan, la necesidad de dedicarse a los oficios que nadie más quiere…), tal y como las describe Yakoub, bien podrían aplicarse al pueblo judio (con breve visita espectral a Auschwitz, que efectivamente poseía un sector gitano,  incluida).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en septiembre 7, 2010.

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