La Edad de Oro

Hace unos años ya glosé en la Cifilogenia el período histórico conocido como la Edad de Oro de la ciencia ficción, ésta es la reseña a la primera novela de John C. Wright (“The Golden Age”, 2002), primera también de su trilogía del Ecúmene Dorado.

En el tiempo transcurrido desde su publicación, Wright se ha convertido en uno de los abanderados de lo que podría denominarse ciencia ficción conservadora en los EE.UU. Aunque ojo, no es conservadora en lo que respecta a especulación, sino por una ideología subyacente que bebe del individualismo y unas posturas sociales no demasiado diferentes de las vigentes durante la Edad de Oro original (años treinta y cuarenta).

La combinación resulta (o al menos me resulta a mí) chocante. En “La Edad de Oro”, sin ir más lejos, nos encontramos con una humanidad bastante avanzada en la senda del transhumanismo, en medio de un escenario postciberpunk cuya filosofía de base, sin embargo, no puede ser mas opuesta a la de la mayor parte de la literatura precedente de dicho subgénero. Baste con constatar que, en vez de la anarquía tecnócrata, antisistema, que permeaba todo el cyberpunk original (y la mayor parte de los desarrollos posteriores), el Ecúmene Dorado es una plutocracia, en la que todo es controlado por un minúsculo consejo de ricos, que representan también diversas “escuelas” posthumanas. Y es que al contrario de lo que suele ser lo más habitual en este tipo de futuros (que las sociedades sean también postcapitalistas), el dinero sigue marcando clases en el mundo imaginado por John C. Wright.

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Ello implica, por supuesto, que el protagonismo debe recaer en alguien perteneciente a esa élite, en este caso Faetón Primo Radamanto, Humodificado (realce) Incompuesto, Indepconsciencia, Neuroforma Básica, Escuela Señorial Gris Plata, hijo del líder de la escuela Gris Plata, que propugna una realidad simulada lo más cercana posible a la realidad física, sometiéndose sus miembros a todas las pequeñas incomodidades que el ser humano debía afrontar en el día a día antes de que la existencia pasara a desarrollarse en entorno virtuales más o menos consensuados. Pero Faetón no es un ricachón cualquiera, sino que tiene grandes sueños y grandes proyectos, y aproximándose la fecha de las Ascendencia Dorada (una época de reevaluación de prioridades y determinación del camino de la humanidad para los siguientes siglos) pretende arrancar a sus semejantes de lo que él percibe como inmovilismo, abocándolos a un futuro con un potencial mucho más glorioso… pero también más incierto.

Claro que al principio no es consciente de ello, pues sus recuerdos han sido editados para borrar un importante pedazo de su existencia, constituyendo la mayor parte de este primer libro la lucha de Faetón por recuperar su memoria y reafirmar su individualidad (sin ceder un paso, aunque todos, incluso aparentemente su yo antiguo que no puede recordar, estén en su contra).

“La Edad de Oro” supone un deslumbrante ejercicio de construcción de un estilo de vida decididamente transhumano, con una experiencia enteramente virtual propiciada por lo que en la práctica es una existencia inmortal gracias a los avances médicos, en la que conviven diversas filosofías (entre las que el autor no puede ocultar su simpatía por el estilo gris-plata, frente a otros más laxos hedonistas o incluso los colectivizados en una gran mente colmena). Teóricamente, se trata de una utopía libertaria, en la que no existe propiedad pública de ningún tipo y donde el principal objetivo es la consecución de la autorrealización personal.

A la hora de la verdad, sin embargo, no sólo nos encontramos con la realidad plutocrática (con un estamente privilegiado de donde surgen todos y cada uno de los personajes del libro), sino que el propio Faetón desafía los principios libertarios de la sociedad, con una empresa considerada lo bastante peligrosa como para que dicha utopía libertaria imponga serias restricciones a uno de sus individuos, forzándola a una redefinición de su propia esencia (con desafío incluido al último elemento regulador… o coercitivo, según se mire, que le resta).

De aquí en adelante, supongo que el disfrute de la novela dependerá mucho de cómo el lector perciba a Faetón. Puede ser un campeón de la libertad individual, que está dispuesto a sacrificarlo todo (personal y globalmente) con tal de defender su derecho a ejercer su voluntad (derecho que viene respaldado por una más que considerable fortuna), o bien puede ser un idiota engreído, ensoberbecido por sus ambiciones y dispuesto a imponer su libertad individual sobre las de todos los demás… con lo cual empezamos a entrar en terrenos del objetivismo randniano (en muchos sentidos, “La Edad de Oro” constituye un remake de “El manantial”, de Ayn Rand, con Faetón en el papel de Howard Roark).

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Wright recurre a todos los trucos del libro para presentar a su protagonista como un mártir de la libertad, pero a la postre creo que la novela cae víctima de sus contradicciones. Todo el montaje se sostiene en el supuesto de infalibilidad de Faetón. Si no lo aceptas, va resultando un personaje cada vez más cargante, un tirano en potencia que ejemplifica el mito del iluminado que se enfrenta a unos privilegiados inmovilistas en nombre de una masa ignorante que debe ser liderada (sin contar, por supuesto, con su opinión).

Para mí “La Edad de Oro” es una cáscara hueca, que juega con la apariencia de transgresión innovadora para transmitir un mensaje profundamente reaccionario. La gran trampa del individualismo es la creencia ciega en la valía personal como justificación suficiente. Una filosofía un tanto infantil, con el potencial de servir de apoyo a cualquier creencia, dado que elimina por completo el requisito de validación externa.

También juega en su contra que no se trata tanto de una novela como de un tercio de novela, sin entidad individual. En cierto punto la historia, simplemente, termina, emplazando para el segundo título, “Fénix Exultante” (que, supongo, aplazará la resolución para “La trascendencia dorada”). Pese a toda la interesante pirotecnia, me ha costado horrores terminar este primer volumen por culpa de sus contradicciones filosóficas, así que dudo que vaya a continuar con la aventura de Faetón por demostrar que él tenía razón y todos los demás no.

Desde la publicación de “La Edad de Oro” John C. Wright parece haber ido extremando sus opiniones (y una misoginia que ya es aparente en este primer título, en donde el único personaje femenino relevante es, literalmente, una marioneta), lo que le ha llevado a ser ensalzado por los sectores más conservadores (especialmente los Sad Puppies) y denostado por la mayoría de los aficionados (un disgusto espoleado por explosivas declaraciones homófobas), de modo que hoy en día es una figura controvertida, que no ha terminado de desarrollar el potencial que se le auguraba tras  debutar con la trilogía del Ecúmene Dorado.

Un último apunte. A poco que busquéis por internet descubriréis que al parecer estoy bastante solo en mi apreciación de “La Edad de Oro”. Así que, más que nunca, os animo a consultar…

Otras opiniones:

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~ por Sergio en diciembre 23, 2016.

5 comentarios to “La Edad de Oro”

  1. Tienes razón y el resto de internet está equivocado. Me hace gracia porque el lector conservador es capaz de tragarse esta cosa tan torpemente hilada.

    Fue uno de mis muchos chascos con el mundo editorial de cf en España, por cierto.

    • Pues he podido comprobar por la reacción que no estaba tan solo (aunque curiosamente las reseñas no representaban en modo alguno esta opinión). ¿Pero por qué un chasco con el mundo editorial en su conjunto?

  2. Pues yo empecé el primer libro, pero no tuve paciencia para seguir a Faeton ni tan siquiera a que recuperase su memoria. Es una de las que tenía pendientes para retomarla, pero me da que después de tu crítica, mejor la dejo descansar ad eternum. Solo una cosa, ¿tiene ideas realmente innovadoras sobre transhumanismo? Porque a mí me dio la impresión de que no, que es lo que me echó para atrás.

    • Pues ésa es un pregunta para la que no tengo todavía respuesta. Yo también tuve la impresión de que en medio de los fuegos artificiales no me estaba contando nada nuevo (y en muchos aspectos es más postcyberpunk que transhumanista). Eso sí, la he acabado leyendo más de una década después de su publicación original.

      Si tuviera que mojarme, diría que la especulación no es novedosa, aunque la mezcla sí (y bastante vanguardista en su momento). Donde falla es en el desarrollo. Como comento en la reseña, he percibido en todo momento una fuerte discrepancia entre el fondo y la forma de la especulación; una desconexión entre las posibilidades tecnológicas y la sociedad que presuntamente han configurado.

  3. Pues a mi me la habían recomendado, me dijeron que su visión del mundo futurista era realmente innovadora, mejor voy a buscar más información antes de decidirme a comprarlo.

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