Las máscaras del tiempo

Entre 1967 y 1972, Silverberg nos brindó la que posiblemente sea la etapa más espectacular de cualquier autor en la historia de la ciencia ficción (con la posible excepción de H. G. Wells entre 1895 y 1901). Obra maestra tras obra maestra, representando la madurez de la New Wave americana, culminando, agotado, con su opera magna: «Muero por dentro«.

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«Las máscaras del tiempo» («The masks of time») es una novela de 1968 que le supuso su segunda nominación al premio Nebula de la categoría (tras «Espinas« el año anterior) y que parece pertenecer a un pequeño subgrupo de narraciones que especulaban sobre el viaje temporal, iniciado en 1967 con «The time hoopers» y prolongado en 1969 con «Por el tiempo» (finalista también del Nebula… y del Hugo). En cada una de ellas, sin embargo, el enfoque y la intencionalidad son muy diferentes.

La historia de «Las máscaras del tiempo» tiene lugar en 1999, con la irrupción en la esfera pública de Vornan-19, un autoproclamado turista temporal, procedente del año 2999, que aparece el día de Navidad (de 1998) flotando desnudo sobre la famosa escalinata de la Plaza de España de Roma. El momento no puede ser más delicado. La sociedad del futuro está enferma, enfrentada a un pánico milenarista que se manifiesta en una serie inconexa de cultos apocaliptistas que preconizan el fin del mundo para el 1 de enero del año 2000 y que son la fuente de numerosos desórdenes públicos (incluyendo orgías multitudinarias).

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Pese a que no revela absolutamente nada sobre su época (e incluso las autoridades políticas y científicas son incapaces de validar o refutar su procedencia), Vornan-19 se convierte rápidamente en una especie de mesias para las masas carentes de propósito y enfrentadas a la incertidumbre. Un mesías, eso sí, críptico, que solo se preocupa por asombrarse ante el peculiar mundo medieval al que ha llegado y divertirse lo máximo posible (provocando a menudo desastres con su proceder descuidado).

La historia nos la narra uno de sus «apóstoles» (designado por el gobierno de los EE.UU. para hacer de niñera/acompañante durante su prolongada visita al país), Leo Garfield, un físico mediático que lleva décadas intentando resolver el aparentemente imposible problema del viaje en el tiempo (aunque solo ha logrado enviar al pasado un solo electrón y cree fervientemente en la imposibilidad de llevar a cabo el proceso a gran escala por la transformación de la materia en antimateria).

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Por supuesto, como ocurre con todas las historias de viajes en el tiempo, lo que está examinando de verdad Silverberg es su época, ya no solo vista a través de los ojos de un hombre de (supuestamente) otra muy lejana (el testigo objetivo), sino proyectada hacia un futuro que en el momento de la publicación se encontraba treinta años por delante. El que hoy esa misma fecha se haya convertido en un pasado alternativo, dejado atrás hace dos décadas, tan solo añade otra capa más al juego de espejos, pemitiéndonos valorar el grado de cumplimiento de aquellos miedos y esperanzas, lo que convierte, si cabe, en más fascinante el ejercicio.

Silverberg estaba en plena forma cuando escribió «Las máscaras del tiempo». Sus personajes son ricos y complejos (al menos los que se molesta en describir, los coetáneos a Leo Garfield, que Vornan-19 no deja de ser un misterio a lo largo de todo el libro), buscando además hacerlos verdaderamente distintos, tanto en actitudes como en principios, a los ciudadanos de 1968. Las dudas y miedos existenciales de la humanidad, sin embargo, son constantes, y si bien algunas de las ideas expresadas resultan como poco chocantes hoy en día (sobre todo el dilema moral de un estudiante de Garfield, inventor de un proceso para obtener energía ilimitada, que se resiste a publicar su trabajo porque eso trastocaría el orden mundial), la idea central, la necesidad que tenemos los seres humanos de adorar ídolos huecos y la ceguera con que estamos dispuestos a seguirlos hacia ninguna parte, es hoy tan pertinente como lo era entonces.

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Vornan-19, a la postre, constituye meramente el elemento ajeno que desestabiliza un equilibrio ya de por sí precario; un catalizador que pone de manifiesto las contradicciones de nuestra sociedad (vanidad, orgullo, nacionalismos, sistema económico, hipocresía moral…) forzando inesperadamente el statu quo más allá de su punto de ruptura. El caos se alza a su paso, aunque él mismo no deja de ser un agente aparentemente inocente (respecto al mesianismo, porque sí que alberga en su interior una perversa vena traviesa, asociada a una absoluta falta de moral).

Otra gran novela de Silverberg, publicada durante su lustro glorioso, que tal vez se queda a las puertas de ser obra maestra por el modo en que a partir de cierto momento empieza a repetir un poco el esquema básico (visita programada a alguna localización significativa de 1999, ridiculización a través de la mirada externa de Vornan-19 y finalmente el caos que acaba estallando allá por donde pisa el visitante temporal). Lo que la salva de esa trampa es que el sarcasmo de Silverberg es sutil, dejando libertad al lector para interpretar la historia, sin forzar ninguna exégesis (hasta el extremo de dejar un final tan abierto que hay quienes podrían sentirse frustrados).

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Todo ello no bastó para otorgarle el Nebula. Se quedó sin premio en parte por la tendencia de los votantes de la SFWA de resolver con sus premios polémicas fandomitas, en esta ocasión, premiando a la correcta pero anodina «Rito de iniciación«, de Alexei Panshin, cuyo libro de ensayo «Heinlein in dimension» había suscitado acaloradas reacciones a favor y en contra… aunque la competencia de «Todos sobre Zanzíbar» de John Brunner (ganadora del Hugo) posiblemente se hubiera probado también insuperable.

Entre los finalistas se contaba también «¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?» de Philip K. Dick (que trece años después serviría de inspiración para «Blade runner»), las primeras novelas de dos autores que alcanzarían gran renocomiento (aunque no necesariamente gran popularidad) posteriormente, como son R. A. Lafferty («La tercera oportunidad») y Joanna Russ («Pícnic en el Paraíso») y una corta novela de fantasía de James Blish, «Black easter».

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en abril 4, 2022.

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